NA: Holaaa. Ya sé. He estado desaparecida. Pero por alguna razón mi computadora no quería entrar a esta página. Por eso empecé a subir esta y otras historias a wattpad. Allí estoy con el mismo nombre y he subudo algunos d emis viejos fanfics y una historia original. Si quieren pásense por allí.
Pero bueno, pude entrar e intentaré seguir actualizando. He adelantado un poco la historia. Ojalá les guste.
21 La Perla
Elissa agarró con fuerza las correas de la yegua marrón que Bann Teagan le entregase en las caballerizas del castillo. Aunque el sujeto expresó su deseo de que tuviesen un buen viaje ella vio en sus ojos la inconformidad y la desesperación. Con cada gesto mostraba su compromiso con las acciones de los Grey Wardens, pero les estaba tomando tiempo a los magos llegar a Redcliffe. A pesar de comprender su insatisfacción Elissa sabía que la historia se movía más aprisa de lo que estaba previsto. Aedan estaba llevando la alianza de los elfos, el descubrimiento de Heiben y el ritual de Connor al mismo tiempo. En parte se debía a que tenía más personal, pero lo principal era la libertad movimiento y la capacidad de decisión que su hermano estaba demostrando.
Aedan había regresado a desearle un buen viaje y cuando la abrazó prometió que hablarían al respecto sobre su actitud sospechosa. Claro que eso fue mucho antes de que Elissa se subiera en la dócil yegua y recorriera cientos de millas desde Redcliffe hasta Denerin. En un grupo de tres y caballos fuertes y frescos el trayecto había tomado un día entero y mitad de la noche. La luna estaba cayendo cuando divisaron las puertas de Denerin. Amell sugirió que acampasen y pasaran la noche fuera, pero Elissa sobornó a los guardias de la puerta, quienes les permitieron el paso gustosamente tras ver algunas monedas de plata.
Pensé que debíamos ahorrar el dinero. – dijo Amell con sarcasmo cuando hubiesen traspasado las puertas.
Las gruesas capas de piel cubrían las armaduras de acero que el herrero había forjado para ellos. La de Alistair, que era mucho más pesada que la de Amell, apenas era cubierta en su totalidad por la tela que ondeaba. El mago no estaba adaptado al ajustado cuero que le envolvía las piernas y los brazos. La placa de metal agregada en el pecho para protección le pesaba, haciéndole estar de peor humor que de costumbre. La armadura de Elissa se ajustaba perfectamente a su figura. El cuero endurecido le resguardaba todo el cuerpo y gracias a la capa era capaz de ocultar un arco pequeño y una mano de flechas.
Amell se reclinó en el caballo, observando las calles desiertas.
A estas horas ninguna taberna nos permitirá el paso. – remarcó. – Hubiese sido mejor quedarnos fuera.
¿Quién ha dicho que nos quedaríamos en una taberna? – preguntó Elissa. Alistair giró el rostro, buscando alrededor un sitio al que pudiese referirse.
Entonces ¿dónde? – la voz ácida del mago le llegó desde su derecha, donde Amell había colocado su caballo. – Si no es mucha molestia, amanecerá en un par de horas y yo necesito mi sueño de belleza. –
Elissa le sonrió. Amell estaba disgustado casi desde el momento en que salieron del castillo. Primero Aedan le había pedido que dejase allí su mabari para ayudarles a mantener los ojos sobre Connor. Luego el trayecto había sido angosto e interminable. Una vez los habían atacado unos bandidos y el rayón de un corte brillaba limpio en la placa del pecho de su armadura nueva. Con todo, la alegre personalidad del mago se había tornado aún más sarcástica. Sin embargo, a Elissa no le preocupaba demasiado. No si lo que le había dicho Jowan aquella tarde era verdad.
Su mano derecha descendió hacia la bolsa que le colgaba de la cadera. En su interior casi podía sentir palpitar la sangre de la phylacteri. Por un instante le había preocupado haberla tomado y ser incapaz de usarla. Tal vez Alistair no supiese como utilizarla para rastrear a los magos, y no sabía su un mago supiese hacerlo. Sin embargo, recordó en el Dragon Age II como el discípulo del asesino de Leandra le propuso a Hawke rastrearla a partir de una muestra de sangre.
Entonces recurrió a Jowan.
Una leve sonrisa adornó su rostro surcado por las cicatrices cuando se dirigió al hombre para contestar.
Te ruego que resistas un poco. – observó sobre su hombro a Alistair, quien les observaba atentamente. Aunque en su rostro se veía claramente el agotamiento, parecía soportarlo mejor que Amell. - ¿Tienes el mapa de Denerin que Bann Teagan nos entregó? – le preguntó con dulzura.
Aquella sería, sin duda, la primera vez que hablase con Alistair estando comprometidos. Tal vez el muchacho lo había notado, por eso se sonrojó profundamente.
Sí – contestó intentando mostrarse seguro. Cuando metió las manos en su mochila estas se enredaron sobre si mismas. Alistair entró en pánico, viéndose quedar como un idiota frente a Elissa.
Amell rodó los ojos exasperado. Molesto por aquel espectáculo. "Debí haberlo cogido yo" Elissa le escuchó murmurar. Finalmente Alistair consiguió extraer el mapa y aunque el papel estaba relativamente arrugado ella reconoció las mismas localizaciones que podían identificarse en el mapa del juego.
La joven extendió el mapa, mostrándole a Amell el punto que estaba señalando.
Pasaremos la noche en este lugar – anunció con convicción. – En un sitio como ese nadie le prestará atención a la ropa que usamos mientras paguemos el peaje. –
Amell se inclinó hacia adelante siguiendo la dirección del dedo de la mujer. Cuando sus ojos cayeron sobre el local sus cejas se alzaron casi hasta la línea de su cabello. La expresión atónita duró unos segundos en los que observó tentativamente del mapa a Elissa sin darle mucho crédito a sus oídos. Cuando quedó convencido, una sonrisa socarrona desdibujó su rostro.
¿Sabes? – dijo con aparente mejor humor – Puede que te halla juzgado mal. Eres una mujer con mucha perspectiva. – extendió el brazo hacia la joven, dándole un cariñoso codazo en el costado.
Elissa soltó una carcajada. ¿Qué si sabía? Con la personalidad del mago y sus mordaces comentarios estaba convencida de que sería el más complacido con aquel giro de los acontecimientos.
Solo no se lo digas a mi hermano. – pidió casi en un susurro.
Ambos intercambiaron una mirada cómplice cuando Elissa le ofreció el mapa. Amell arreó su caballo con decisión, colocándose frente a la pequeña escuadra.
¿De qué va todo eso? – la voz de Alistair le llegó desde su costado. EL muchacho la observaba curioso y un poco colorado. Por su expresión Elissa dedujo que no le había gustado quedarse fuera de la conversación.
Ya verás. Solo no te espantes demasiado. –
Alistair no alcanzó a comprender del todo sus palabras, pero asintió. No fue hasta que comenzó a vislumbrarse las columnas del edificio que los ojos del templario se desorbitaron. Encima de la entrada principal había un inmenso letrero con forma circular. Decorado como la joya que representaba.
¡La Perla! – bramó un muy complacido Amell.
Pese a la oscuridad de la noche las antorchas que colindaban con la puerta se mantenían encendidas otorgando una visión casi móvil de la descolorida madera. Por debajo de la madera se veía un tintinear diferente. La iluminación del interior y el ronroneo sordo de las voces indicaba que los habitantes más activos de la taberna aún se encontraban despiertos. Los alcanzó el estruendo de una jarra destrozándose contra el suelo y la risa coqueta de una mujer.
No hablas en serio. – murmuró Alistair al tiempo que el mago se apeaba del caballo.
Elissa le dirigió una sonrisa benévola, desmontando del manso animal. Amell se apresuró a amarrar sus caballos al poste cerca de la entrada, claramente ansioso por atravesar el umbral. Tuvo que apresurar a su compañero templario, pues él estaba impaciente por un poco de calor. Finalmente Alistair imitó al dúo que lo acompañaba. El pobre muchacho esperaba un espectáculo cuando las puertas se abriesen y aunque se puso pálido como la cal, no encontró el escenario alarmante que aguardaba.
Amell fue el primero en entrar, frotándose las manos con entusiasmo bajo la capa. Nada más traspasar el umbral la propietaria se presentó ante ellos. Con una sonrisa cordial les advirtió de las condiciones de pasar la noche en su taberna y aunque Amell insistió en ver a los chicos Alistair sencillamente pidió por un par de habitaciones para pasar la noche.
Elissa no prestó demasiada atención al intercambio. La muchacha observaba alrededor con mirada inquisidora, como si creyese que su objetivo saltase desde atrás de una mesa. Consideró el preguntarle a la propietaria por el hombre en cuestión, pero optó por guardar el secreto un poco más.
Pese a la insistencia de Alistair, Amell contrató a un chico para que le acompañase esa noche, obligando al chico a pasar la noche en la misma habitación que la muchacha.
Definitivamente no. – alzó la voz. - ¿Te parece medianamente adecuado acaso? –
Por supuesto. ¿No están ustedes comprometidos? – canturreó Amell, lanzándole el brazo sobre el hombro al muchacho que había seleccionado.
Lo que le llamó la atención a Elissa fue que era un elfo, casi de la estatura de Zevran, pero con la mirada mucho más inocente y ojos grandes.
Las orejas de Alistair se tiñeron de rojo escarlata bajo la exclamación de Amell, quedándose mudo al instante. Miró de soslayo a Elissa, desviando la mirada cuando sus ojos chocaron con los de ella.
No me molesta en lo absoluto. – intentó consolarle la chica. Extendió su mano sujetando con ella los dedos del muchacho. – Sé que estaré a salvo contigo. –
Amell rió por lo bajo al ver la expresión de Alistair. Creía que se desmayaría en ese instante, pero cuando Elissa le jaló escaleras arriba la siguió dócil como un corderito.
La risa de Amell se volvió aún más angosta. Se dejó caer en un banco de madera, colocando al pequeño elfo sobre su regazo. Había pagado por diversión y diversión pretendía tener. No era de los que daban besos lentos, por eso cuando tuvo la lengua enterrada en la garganta del sujeto le sintió endurecerse contra su vientre.
Aquel aspecto de su vida era fácil. El sexo siempre le permitió escapar de la realidad y la tortura. Pero al final era solo el intercambio carnal de momento. Siempre regresaba a su mente oscura y podrida de un hombre que ha estado malhumorado toda la vida. Esconder sus emociones con el sarcasmo resultaba agotador, pero Amell lo había asumido con una sonrisa. Después de todo, los más jóvenes sufrían más y como uno de los mayores debía dar ejemplo.
No que aquel pensamiento no hubiese regresado para patearle el culo en varias ocasiones…
Siempre quiso salir de la torre. Ahora estaba fuera y tenía que jugársela en una guerra de la que no quería tener nada que ver.
Por aquella razón, estar allí en ese momento, con aquel chico duro contra su cuerpo le hacía agradecer los pequeños placeres de la vida. Puede que muriera en esa guerra ajena, pero viviría como quisiera fuera del alcance de los templarios. Su uniforme le entregaría esa libertad y cuando la guerra terminara seguiría con su vida. Ni siquiera los mismos Grey Wardens podrían detenerlo.
Con aquella fantasía en mente Amell pasó una de las mejores noches de su vida. Aprovechó todo cuanto pudo de aquel sujeto a su lado. Lo hicieron en la banca donde estaba sentado. Contra el bar de las bebidas y en la habitación que había tomado. Le alegró que su acompañante fuese ruidoso, así no tenía que escuchar los ruidos de las habitaciones adyacentes. Si de algo estaba seguro era de que no quería escuchar a Alistair teniendo sexo. Aunque dudas no le faltaban que el chico aun no tenía las agallas para pedírselo a Elissa… pero ella… podía probar ser demasiada mujer para el.
Disfrutó al máximo la libertad que le ofreció la taberna. Se rió satisfecho cuando terminaron y el elfo le dirigió varios halagos. Dudaba que muchos fueran realmente verídicos, pues tenía trucos para hacer a la gente enloquecer bajo su tacto, y no los había utilizado.
Aún estaba demasiado encerrado en la idea de no dejarse notar. "¿Por qué tengo que ser tan consciente?" maldijo para sus adentros. Sin embargo sabía que le temía a los templarios. Y no deseaba que irrumpieran en la taberna porque se le había antojado darle un poco de "intensidad al acto sexual".
A pesar de toda la energía gastada Amell no pudo dormir más de tres horas. Cuando bajó al pub se sorprendió de encontrar gente allí. Había gente de todo tipo, incluyendo un sujeto con pintas de pirata que alimentaba una extraña ave sobre su hombro. Un encapuchado en la esquina opuesta a la suya que conversaba con una mujer morena de abundante cabello negro. Sobre el delgado cuello llevaba una enorme gargantilla de oro que hacía resaltar el tono tostado de su piel. Aunque admitía que le quedaba bien Amell se preguntaba cómo era capaz de pararse con aquel extraordinario peso.
La mujer pareció sentir su mirada, pues alzó la vista en su dirección. Amell se sorprendió del denso color de sus ojos y la intensidad que había en ellos. Esa mujer era una vividora, podía decirlo con solo mirarla. Parecía haber tenido una vida dura, pero cuando le sonrió el mago percibió un aura coqueta… como la de Zevran.
Alzó el brazo y pidió una bebida. El licor de la perla no era malo, pero no quería emborracharse tan temprano cuando tendría trabajo luego. Le trajeron un trozo de filete y un gran tarro de cerveza. Antes de probarlo notó que una nueva mirada caía sobre él. El hombre junto a la mujer morena le miraba bajo la capucha. No percibía ningún tipo de aura sobre el, así que no le dio importancia. No al menos hasta que notó el intenso color miel de sus ojos.
No había hostilidad en ellos, sino una intensa curiosidad. Su sonrisa se curvó cuando vio a lo que creyó un sujeto más joven que el guiñarle un ojo. La mujer a su lado soltó una carcajada, dándole al mago la idea de que ambos tenían… "otros" intereses más concretos.
"Parece que es mi día de suerte" pensó Amell. Sin pensárselo demasiado llamó a la mesera y pagó un par de bebidas para ellos. Cuando les entregaron las jarras llenas la mujer le guiñó un ojo. Le susurró algo al hombre a su lado y juntos se levantaron de la mesa bebida en mano. Amell solo tuvo tiempo de cortar una rebanada de carne y llevársela a la boca antes de que el sospechoso dúo llegase a su mesa.
La mujer se sentó frente por frente a Amell. Desde aquella posición el mago tenía una vista perfecta de la redondeada forma de sus tetas. Entre aquel gran escote y lo corta que era su falda ella dejaba muy poco a la imaginación. Todo lo contrario del sujeto sentado a su lado. El hombre junto a Amell usaba una gruesa capa de viaje, debajo tenía una túnica raída. No era tan elegante como la mujer, sin embargo, había algo en el que le llamaba la atención. Algo familiar.
Buenos días corazón. ¿Qué hace un hombre tan apuesto como tú tan solito? – preguntó la mujer inclinándose sobre la mesa. Sus ante brazos apretaron la curva de sus senos, haciéndolos sobresaltar todavía más.
Por el brillo que tenían Amell dedujo que usaba alguna clase de aceite para la piel. Su descaro amplió aún más su sonrisa.
¿Y qué te hace pensar que estoy solo? – contestó, complacido de lo gruesa que le salió la voz.
No se me ocurre otra razón por la que estarías desayunando solo. No hay en el mundo una mujer tan tonta como para dejar a un sujeto como tú solo en este nido de pirañas. –
O un hombre – a Amell le sorprendió el tono sedoso de la voz de aquel hombre. Estaba seguro de haberlo escuchado en alguna parte. Solo que no estaba seguro de dónde. Desvió la vista para mirarlo. Aunque su rostro estaba medio oculto pudo ver lo claro de su piel y el tono de sus labios.
Lamentablemente "cariño" – le dijo al sujeto con el mismo tono grueso mientras con la mano izquierda señaló el espacio entre su cuello y su abdomen. – no todos los hombres están dispuestos a este "tipo" de placeres. –
No entiendo por qué – contestó el muchacho sin inmutarse. Bajo la mesa, Amell sintió una mano ascender lentamente desde su rodilla hasta su entrepierna. – A mí me parece muy tentador. – una chispa placentera ascendió desde aquella mano.
Fue sutil, electrizante, pero Amell era lo bastante mayor para reconocer el toque de otro mago. Aunque intentó disimular la sorpresa sus ojos quedaron clavados en los del otro hombre.
¿Ah sí? – murmuró con una sonrisa. Sus iradas se encontraron, quedando conectadas por un segundo en el que Amell se sintió absorto. Consumido.
Por supuesto. – la respuesta vino tan baja que el mago la percibió como un ronroneo.
Ya no supo si fue su tono o si volvió a usar aquel truco en el, pero Amell sintió una oleada de excitación recorrerle el cuerpo y las entrañas. No podía creer lo excitado que estaba por culpa de aquel sujeto.
"Parece que Karl tenía razón" pensó Amell sin poder evitar la sonrisa que se formaba en su rostro "sí me gustan más los hombres". Bajó la mano hasta el cinturón de su armadura, tomando en ella la pequeña llave de bronce con el número de su cuarto tallado en ella.
Supongo entonces que te veré esta noche. – dijo el hombre bajando. Entrelazó sus dedos con los del sujeto más joven, entregándole la llave con disimulo.
¿No te preocupa que te robemos? – preguntó el sujeto un tanto sorprendido de su disposición.
Lamentablemente lo valioso lo llevo encima. Así que tendrás que esperar a desvestirme para tomarlo. –
Es bueno saberlo – escucharon decir a la mujer frente a ellos. Amell ciertamente la había olvidado, así que casi regresó a la tierra al oír su voz.
Se aclaró la garganta.
Bueno supongo que… ¿los veré esta noche? – preguntó Amell un tanto contrariado por la sonrisa de la mujer.
Estaremos allí. Ambos – contestó ella con pícaro descaro.
Sin decir más se levantó de la mesa con su jarra en mano de camino a su propia mesa. Su acompañante le miró durante unos minutos más antes de seguirla, dejando a Amell con un burbujeo de excitación en lo más bajo de su vientre.
Con un suspiro miró el interior de su jarra, aún medio llena.
Ha sido suficiente bebida por hoy – murmuró aparatándolo hacia un costado.
En ese momento sintió unos pasos pesados descender por la escalera. Sabía de quien se trataba antes de que llegase. Cuando Alistair se sentó a su lado halló cumplidas sus sospechas.
"Perfecto" pensó. "Necesito a alguien a quien molestar para poder distraerme". Sin pensarlo mucho se volteó topándose con un muy sonrojado templario a su lado.
"…"
"…"
"…"
"… No puede ser…"
¡¿Perdiste tu virginidad?! – gritó a pleno pulmón en medio del pub haciendo girar un par de cabezas, entre ellas las de sus antiguos compañeros de mesa.
¡Shuuuuu! – Le espetó un muy sobresaltado Alistair. - ¡No digas tonterías! –
Amell se relajó instantáneamente ante sus palabras. Sin embargo pretendió estar muy sobresaltado. Se llevó la mano al pecho que subía y bajaba como si tuviera un ataque.
Por las faldas rasgadas de Andraste ¡¿Cómo que no?! ¡¿Cómo que no?! Te di el momento perfecto. Lejos de sus hermanos. Solos en una habitación. – enumeró con los dedos. - ¡Es una chica noble! ¡Esta era probablemente tu única oportunidad antes de la boda! ¿Y tú vas y la desperdicias? Oh Maker ¿en qué me equivoqué? –
Para de una vez. Yo no quiero eso. – protestó Alistair. Rojo como una cereza el joven templario se inclinó sobre él en la mesa. – Quiero que hagamos las cosas bien. Voy a cortejarla adecuadamente y le pediré a su padre su mano en matrimonio. –
¡Realmente quieres esperar a casarte con ella! ¿Y si te aburres? ¿Y si resulta que no es lo que tu pensabas? ¿Y si es una tipa pesada y molesta que le gusta hurgarse en la nariz y beber hasta caerse borracha? ¿Y si no te gusta el olor de su aliento por la mañana? ¿Y si no te gusta su olor o cómo te mete la lengua? ¿Qué harás entonces? –
¡Para de una vez! – protestó Alistair escandalizado cubriéndose los oídos con las manos.
¡Solo piénsalo por un momento! Todos nos hurgamos en la nariz y tenemos aliento matinal – exclamó cuando Alistair empezó a gritar un "lalalalala" para opacar su voz.
Con una sonrisa satisfecha Amell bebió un vaso de agua y comió otro trozo de carne. No fue hasta que Alistair se detuvo que volvió a prestarle atención.
Entonces, si no follaron ¿Qué hicieron toda la noche? – preguntó con desvergonzada curiosidad.
Nosotros solo…hablamos. – contestó el templario dubitativo.
¿Hablar? ¿de qué? – preguntó dándose otro bocado - ¿de sus planes de boda? –
De la torre de los magos. – en cuanto Alistair terminó de hablar Amell dejó a un lado su cubierto.
Ah, ya. No es un tema muy agradable. – murmuró. - ¿Qué le dijiste? –
La verdad. Le conté como escapaste de tu ilusión y atravesaste el laberinto para liberarnos. –
Amell suspiró.
Seguro que no estaba muy impresionada. Es vidente después de todo. –
Estás equivocado. – en el tono de Alistair había cierta satisfacción. Y aquello llamó la atención del mago. ¿Cómo podía ella no saberlo? El templario se acomodó en el asiento, colocándose de frente a Amell. – Ella pensaba que había sido Sereda. –
El mago hizo una pausa. "Interesante" pensó.
Elissa les había dicho que en sus visiones había varias posibilidades. Lo repetía cada vez que tenía una oportunidad. Sabía que ella siempre se decantaba por la que pensaba más posible, pero hasta determinado punto lastimaba su amor propio el que no hubiese pensado en el. Sino en Sereda…
Cuando Amell se liberó de su visión y se encontró con un compañero mago que le indicó el camino a través del laberinto tuvo que atravesar las ilusiones de todos sus acompañantes antes de llegar a Sereda.
Estaban en Orzamar, en una casa tallada en la roca. Decorada humildemente, se encontraba junto a una forja. El ruido del martillo sonaba incesante contra el metal. Una mujer pequeña trabajaba incansablemente dándole forma a un inmenso martillo de metal enano. Aunque llevaba el cabello recogido en un moño alto algunos mechones escapaban sobre su rostro, sobresaliendo incluso del poblado cerquillo castaño.
Amell la reconoció de inmediato, pero fue incapaz de avanzar hacia ella cuando un hombre enano regresaba vestido de comerciante con un niño colgado de su mano. El pequeño tenía el mismo color de cabello y los ojos de Sereda, pero sus fracciones reflejaban al hombre. El pequeño se libró de su padre cuando la vio.
"Mamá" le llamó, corriendo a colgarse de su cintura. Sereda dejó el martillo y las pinzas para recibirlo.
Aunque lo regañó por haber saltado sobre ella en medio del trabajo no pareció enojada y tanto ella como su pequeño rieron por lo bajo. El marido se acercó a ellos, dándole la noticia de que su suegro vendría a visitarlos esa noche.
La satisfacción de Sereda fue tan clara que Amell se sintió derrotado. Sabía que aquel niño, su esposo eran demonios… pero ella era tan feliz. Nunca la había visto sonreír cómo en ese momento y cuando se armó de valor para mostrarle la verdad supo que nunca volvería a hacerlo. Con sus propias manos Sereda mató a los demonios que encarnaban a su familia de ensueño y en el momento que estaba desapareciendo la vio llorar por primera vez.
"Mantengámoslo en secreto" murmuró antes de esfumarse. El resto era historia. Una anécdota que nunca repetiría. Pero aquello Alistair no debía saberlo.
Supongo que le contaste sobre tu hermana entonces. – dijo intentando desviar la atención.
… sí. Pero ella ya sabía de Goldana. Aunque me dio la impresión de que no le agradaba mucho. ¿Puede alguien desagradarte por lo que has visto en visiones? – preguntó Alistair.
Yo que sé. Nunca he tenido una. Pero supongo que sí. Si realmente son tan vividas como ella dice. Pero dime la verdad. Para que hallas bajado tan sonrojado no pueden haber solo hablado. ¿Pasó algo más? – Supo que había dado en el blanco cuando Alistair volvió a sonrojarse.
Nosotros… nos besamos. – murmuró el templario cubriéndose el rostro con las manos. Como si aquello fuese lo más vergonzoso del mundo. Amell alzó una ceja.
¿Solo eso? – preguntó aburrido.
¿Cómo que solo eso? ¡Eso es mucho! – protestó Alistair escandalizado.
Pero ella ya te había besado en la torre. – dijo Amell con cierto desinterés. Aunque la forma en que Alistair se sobresaltó hizo que su curiosidad y sus ganas de molestarle regrezaran. – Hubo otra vez ¿no es así? –
¿Qué? NO – se sobresaltó el muchacho.
Oooh no puedes engañarme. ¿Cuándo fue? Dilo –
¡No hubo otra vez! – dijo apretando los dientes
Mientes. Dímelo o se lo preguntaré a ella. Estoy seguro que tiene el coraje suficiente para admitir que no le avergüenza pasar la noche contigo y besarte. Seguro que hasta está dispuesta a llegar más lejos. –
Esa es una conversación que deberíamos tener Alistair y yo en privado. – dijo una voz femenina desde atrás de Amell.
El mago reconoció la voz de Elissa al instante. Al alzar la vista la vio sonriente, mirando de uno a otro con interés. Sin preocuparse demasiado del entorno Elissa se sentó entre los dos. Alistair le dio el espacio que ella necesitaba para acomodarse y Amell llamó a la mesera para que les sirviera a ambos algo de comer. Elisa besó en la mejilla a su prometido antes de mirar a Amell con una sonrisa ampliada.
¿Pasaste una buena noche? – le preguntó. El mago notó como observaba alrededor con ojo crítico. Parecía buscar algo entre aquellos rostros. ¿Sería a su acompañante de la noche?
Muy buena. Gracias a ti. – contestó el hombre con satisfacción.
Bien. Hoy tendremos un día movidito. Debemos localizar la casa de Genitivi y partiremos en la mañana. – dijo ella con convicción.
¿Por qué no esta mismo noche? – preguntó Alistair – Si logramos encontrarlo deberíamos regresar lo antes posible.-
No – intervino Amell. – Esta noche no. Tengo planes. –
Y yo – dijo Elissa, sorprendiendo a ambos hombres. – debemos recolectar toda la información que podamos. Además, hay dos personas en esta ciudad que me gustaría ver. – extendió la mano, sujetando la de Alistair en ella. – Una es tu hermana. –
Tanto Amell como Alistair se quedaron quietos como estatuas.
Ha… ¿hablas en serio? – preguntó Alistair casi tartamudeando. Como respuesta obtuvo un asentimiento de la cabeza de la muchacha.
Sabes donde vive y ya estamos aquí. No estaría mal pasar a saludarla y de paso hacer uno que otro trabajito para la guardia. Así recaudamos un poco de dinero. –
Me parece muy bien – aceptó Amell. – Ustedes hagan eso. Yo me concentraré en disfrutar la poca libertad que se me ha entregado. –
¡Eso no es justo! – protestó Alistair.
¿Qué? ¿Acaso me quieres allí cuando tu hermana te abrace? Te prometo que estaré recordándote hasta el día en que mueras como lloraste como un bebé. –ante sus palabras, el templario pareció pensárselo mejor.
… -
Gracias por la aclaración Amell – dijo Elissa entre risas. – Supongo entonces que debemos marcharnos cuando comamos.
Dicho esto tanto ella como Alistair comenzaron a devorar sus desayunos. Conversaron un poco más sobre donde ella creía estaba la casa del tal Genitivi y aunque el templario insistió no consiguió convencer a Amell de ayudarlos a recaudar dinero en la ciudad. Aunque si lograron sacarle que tenía una cita doble en la noche y por más que Alistair se sobresaltó Elissa no pareció molesta con la idea de que Amell se divirtiera.
Salieron de la taberna al mediodía y de camino pasaron por la capilla. Tomaron un par de misiones y siguieron su camino. Amell notó como Elissa evitó que tomaran algunas diciendo que hasta que Aedan no estuviese con ellos tenían riesgo de fallarlas. Que les faltaba fuerza pesada. Él estaba demasiado concentrado en lo que traería la noche para preocuparse por pequeñeces.
Encontraron la casa del hermano Genitivi en menos tiempo del que Amell esperaba. La puerta estaba abierta y como Elissa había predicho encontraron dentro al supuesto aprendiz. Sacarle la información y matarlo no representó un reto y mientras Elissa y Alistair se internaban en la casa en busca del diario de Genitivi Amell le vació los bolsillos de cualquier objeto que pudiese resultarles útil. También buscó en lo libreros, los estantes y los cofres abiertos. No encontró mucho de utilidad y seguro que el tal Genitivi no extrañaría un libro o dos escritos por el mismo. Cuando terminó de guardarlos en su mochila sus compañeros regresaron con el libro en mano.
Aunque Elissa quiso que lo viera, él estaba demasiado ansioso para hacerlo. Así que se excusó, dejándolos solos en la casa. Se encaminó a la taberna donde se dio un buen baño y se cambió de ropas. Enviando a lavar su armadura. Quería dar una buena segunda impresión así que no se tildó de perezoso. Incluso sacó un par de hierbas y preparó una poción de estámina y otra de mana. Quería tener sus reservas de energía y magia llenas antes de la gran fiesta.
Tenía el corazón acelerado como un adolescente. Y cuando la tarde calló que llamaron a su puerta tuvo que respirar profundo varias veces antes de poder comportarse cool.
"Ya es hora" se recordó sonriendo como un tonto. Hacía mucho que no tenía sexo con otro mago y estaba acelerado. Finalmente podía mostrar todo de lo que era capaz sin contenerse.
"Esperemos que sea guapo" pensó antes de abrir la putera.
Elissa se levantó de la barra con cierta desgana. Aunque las misiones de la tarde habían ido a pedir de boca el día no había ido tan bien como esperaba. La reunión con Goldana había salido tal y como en el juego, dejando a Alistair con un mal sabor de boca. Ella le había dicho que iba siendo hora de que decidiese por sí mismo y él había prometido pensárselo. Aún así estaba deprimido, por lo que subió a acostarse nada más llegaron a la perla.
Elissa se había quedado abajo, con esperanzas de localizar al mago que Jowan le había asegurado estaba en Denerin. Ella solo había asumido que se encontraría allí. En la perla. Pero había preguntado a la posadera sobre un hombre con sus características y ella le había asegurado que no había nadie con esa descripción. Aunque la mujer podía mentir, más si le habían dado unas monedas.
Lamentablemente no había rastro del hombre y Elissa estaba comenzando a perder la fe. Había recorrido cada pasillo de la perla con la esperanza de verlo aunque fuese de corrida. Hasta el momento sin suerte. Solo le faltaba ir tocando puerta por puerta del dichoso local.
Suspiró atormentada encaminándose a la habitación que compartía con Alistair. Si seguía despierto tal vez intentase consolarlo un poco. Aquel pensamiento la distrajo, de manera que no vio a la dama que venía en sentido contrario y chocó con ella.
Lo siento mucho – se apresuró a decir, sin embargo, cuando alzó la vista se quedó congelada. Frente a ella se erguía una mujer alta, de cabello negro, piel bronceada y profundos ojos café.
No te preocupes gatita. Estoy bien. – le contestó con una sonrisa coqueta llevándose una mano a la curva del cuello. Debajo de sus dedos había un enorme chupón que comenzaba a oscurecerse.
Elissa le miró tan fijamente que la mujer se quedó allí sonriéndole, como esperando que le hiciese alguna proposición indecente.
Elissa no supo por qué lo dijo, pero antes de que pudiese detenerse ya había abierto la boca.
¿Dónde está Anders? –
Vió los ojos de la mujer abrirse como platos por un instante antes de fruncir el entrecejo con divertido disgusto. Elissa tragó en seco. ¿Habría metido la pata? De hecho ¿Acaso la morena sabía el nombre del mago con el que chocó una vez en la perla? Y ¿Aquello ya habría ocurrido?
¿Por qué será que el día de hoy todo el mundo solo parece interesado en Anders? – sus palabras cortaron la línea de pensamiento de Elissa. – No me mires con esa cara gatita. No lo digo por mal. Es solo que eres la segunda persona hoy que me mira como a un postre pero se llena con el plato principal. – la muchacha tragó en seco.
¿Y… el primero? – murmuró sin desviar la mirada.
Oh, un sujeto muy guapo. Nos conocimos en la mañana y nos dio la llave de su habitación. Estuvimos juntos un rato pero, ju, sé cuando sobro. Aún así, tiene mucha resistencia, ese Amell. –
Elissa sintió las rodillas doblársele del susto. Para sostenerse se apoyó en la pared.
¿Estás bien gatita? ¿te lastimé? – preguntó Isabela con fingida preocupación.
Sí. Bien… y dices que… ¿aún están juntos? –
Pues claro. Anders es muy persistente y ese Amell tiene mucha energía. No me quejo porque me trató muuuy bien. Pero estaba muy claro cual culo le gustaba más. – Elissa se sonrojó ante el lenguaje obsceno.
Sus dedos descendieron a la bolsa en su cintura, donde aún permanecía guardado el vial de sangre. Aquella era su oportunidad. No sabía si tendría otra y… aunque no estaba preparada para lo que viera en esa habitación tenía que ir.
Gracias Isabela – dijo pasando apresuradamente por su lado.
La escuchó responderle y luego quedar confusa. Después de todo, ellas no se habían presentado.
Elissa corrió escaleras arriba hacia el cuarto de Amell. Ella había sacado las llaves, así que conocía el número mejor que ellos. Pasó frente a su propio cuarto escuchando unos ronquidos amortiguados por la puerta cerrada, pero ni siquiera reparó en que Alistair estaba dormido. No fue hasta que se detuvo frete al cuarto de Amell que se detuvo con respiración entrecortada.
Estaba agitada y su corazón latía en sus propios oídos. Las manos le temblaban por los nervios. ¿Cómo era posible que tuviese tanta suerte?
¿Cómo se conocieron aquellos dos? Y ¿en serio se estaban…?
¿Ellos estaban…?
Ningún sonido provenía del otro lado de la habitación y aquello le dio un poco de valor. Respiró profundo, apretando la bolsita en su cadera. Movió la manilla, comprobando que la puerta estaba abierta.
Tal vez Isabela había olvidado cerrarla.
