—Gracias por acompañarme Raku-kun.
—Ni lo menciones. Es peligroso para una chica andar en las calles a estas horas.
Kosaki sonrió ante su gentileza. Así era el chico del que estaba enamorada. Amable y caballeroso.
Siguieron caminando codo a codo disfrutando una charla amena, de la quietud de las calles y de la luz de la luna. Ambos intercambiando sonrisas y miradas. Hasta que llegaron a la puerta del hogar de la familia Onodera.
—Y gracias por las notas, voy a darles una leída antes de irme a la cama.
—Solo no te acuestes muy tarde.
—Nos vemos mañana.
—Que descanses Kosaki.
Se vieron largamente, ambos sonriendo como el par de tórtolos que eran. Si esta hubiera sido una pareja con más tenacidad, ahora sería el momento del beso de la despedida. Pero en esta pasiva relación eso aún estaba muy lejos de verse.
Después de un momento incómodo, Raku se giró y reculó por el callejón de la dulcería rumbo a la calle principal. En la esquina, se detuvo un instante y volvió la cabeza para echarle un último vistazo a la adorable chica, y fue cuando la notó rebuscando en su maletín con gesto impaciente. Inquieto, volvió a acercarse.
—Kosaki, ¿sucede algo?
—No, no es nada, es solo que… no encuentro mis llaves —respondió ella. Una expresión de preocupación se cernía en su lindo rostro mientras se palpa los bolsillos de la falda. Sacó ambos bolsillos hacia afuera, una servilleta y pelusa cayeron al suelo pero nada más.
Se sentó en el peldaño de la puerta donde había buena luz y sacó uno por uno los objetos de su maletín. Varios libros, cuadernos, su smartphone, un neceser con lo que parecían ser productos de belleza, un paquete de pañuelos, un estuche con útiles escolares, la caja de su bento, un par de peluches, una caja de curitas, una lata de comida para gatos, un yoyo. Raku observó sorprendido como seguían apareciendo más objetos y cada vez más ridículos. En su mente la pregunta milenaria de ¿cómo es posible que las mujeres puedan cargar tantas cosas en tan poco espacio?
—No están… —dijo abatida, sacudiendo su vacío maletín de cabeza— Las llaves no están.
—¿Son las únicas que tienes? ¿No tendran por aqui afuera alguna copia escondida? ¿Abajo de una roca o del tapete?
Sin levantar la mirada, Kosaki negó con un gesto de la cabeza, y después dijo:
—Normalmente siempre hay alguien en casa.
—¿Y tus padres a que horas llegan?
—Salieron de viaje por su aniversario a la posada de mi tia, y no regresarán hasta el domingo.
—¿Y Haru no tiene llave?
—No, y ahora mismo está estudiando con Fuu y Paula. Esto es terrible, no puedo creer lo torpe que soy —murmuró apesadumbrada, enterrando su rostro entre sus manos—. Esta bien Raku-kun, no tienes porque preocuparte. Llamaré a mi madre y ya se nos ocurrirá algo.
—¿Estas loca? Lo siento pero no ahi manera de que te deje aquí afuera. Podría tardar horas en llegar la ayuda y ya empieza a refrescar.
Raku se quitó el cardigan y se lo colocó sobre los hombros, luego los frotó por un momento para que entrara en calor. Onodera en ese momento se alegró de la poca iluminación de la calle, era perfecta para ocultar el profundo rubor de sus mejillas.
—¿Y si rompemos una ventana?
—El sistema de alarma de la dulcería se activaría y entonces estaríamos en más problemas.
Raku se acuclilló frente a ella y le dedicó una mirada al suelo con aire pensativo.
—Veamos… un cerrajero a estas horas cobraría carisimo… mmmh. Podría llamar a uno de mis chicos y ellos abrirían en un tris, o en el peor de los casos podrías dormir conmigo… —Al denso de Raku le tomó un segundo entero darse cuenta del malentendido que estaba creando con su mala selección de palabras, pero cuando lo nota se apresura a corregir—: ¡No que digo! Lo que quiero decir es que puedes dormir en mi casa, tenemos muchas habitaciones vacías y… —Se interrumpió al escuchar a Kosaki reir. Esa risa dulce y angelical que alimenta su alma. Se alegra de al menos haberle quitado esa mueca de preocupación del rostro.
—Gracias por ayudarme Raku. La verdad es que no sabría que hacer sin ti.
El tenso ambiente desaparecio y ambos se quedaron absortos mirándose el uno al otro. En el corazón de Raku surgio el impulso de acercarse y darle un buen beso. Lo que él no sabe es que en de ella latia el mismo deseo. Pero como siempre los nervios y la timidez pueden más con ambos. Se ponen de pie de un salto y Raku farfulla:
—M-mira, ¿por que no damos un rodeo a la casa? alomejor encontramos una ventana abierta.
—S-si buena idea, yo voy por este lado.
Ruborizados hasta el cabello, se separaron y cada uno corrio por un lado de la casa. Apenas pasaron unos segundos cuando Onodera escuchó el llamado del yakuza al otro lado del edificio.
—¡Kosaki!
Onodera se apresuró a llegar a el.
—¿Que pasa, encontraste algo?
—Si, mira allá arriba —le señaló con un gesto— en la terraza del segundo piso, el ventanal de ese cuarto está abierto.
Apenas se apreciaba por la oscuridad pero una cortina ondeando por el viento que entraba por ella la hacía visible.
—Es la habitación de mis padres. Como mi madre no puede fumar en la tienda, suele salir a la terraza. Debió olvidar cerrarla.
—No es mucha la distancia entre la pared del vecino y la barandilla. Puedo trepar por el cerco y saltar.
—¡¿Saltar?! ¡Imposible, imposible! —negó ella haciendo aspavientos con las manos— No puedo dejar que hagas algo tan peligroso, si te lastimaras no podría perdonármelo.
—Confia en mi, sera facil.
Raku trepó por la reja y se posicionó en uno de los pilares del cerco. Vaciló un momento midiendo la distancia y en las consecuencias de fallar, pero ya era muy tarde para arrepentirse.
Kosaki solo pudo observarlo. Entrelazó las manos sobre su pecho. La expresión de preocupacion en su rostro aún más pronunciada que antes.
Sin mas preambulos, Raku dio un salto y apenas alcanzó a agarrarse de la barandilla de la terraza. Se sorprendió en lo fácil que había sido, pero entonces uno de sus torpes pies resbaló y luego el otro le siguió, provocando que la mitad de su cuerpo colgara al aire apunto de caer.
—¡RAKU! —chilló Kosaki pegando un sobresalto al verlo colgar a cuatro metros de altura.
—¡Estoy bien! Estoy bien. No es nada… solo necesito…
Un puto milagro porque estaba apunto de quebrarse las piernas frente a la chica que le gustaba y todo por tratar de impresionarla. Se maldijo a si mismo y de pasada maldijo a las changas maromeras que eran Chitoge y Tsugumi. Ellas que trepaban edificios y saltaban paredes haciéndolo ver tan facil; y el aqui estaba apunto de matarse con este miserable salto de dos metros.
Tuvo que hacer uso de toda su fuerza para impulsarse y subir solo con los brazos, pero lo logró. Con un gruñido cayó de cabeza en la terraza, a salvo.
—Ya vez, te dije que seria facil —le gritó con la respiración agitada— Ya te abro.
Entró por el ventanal, atravesó la habitación de los padres de Kosaki, bajo las escaleras (que casi se cae por la prisa y falta de luz) y después de lidiar con los dos pasadores, abrió la puerta.
—Listo Kosa-
Fueron las últimas palabras que Raku alcanzó a pronunciar, antes de verse interrumpido por una bola de cañón directa a su abdomen en forma de la linda Kosaki. En el momento que se abrió la puerta la chica se le lanzó en brazos mandandolo de trasero al suelo de linóleo, y lo abrazó con tal fuerza que no quedó ni una brisa de aire entre sus cuerpos. Los segundos comenzaron a pasar. Ninguno de los dos habló. Ninguno de los dos se soltó. Raku cada vez más ruborizado, Kosaki restregando su rostro en su pecho. Después de minutos enteros la chica por fin se separó de él lo suficiente como para alzar la mirada.
—¿Por que tienes que ser así? ¿Por qué siempre tienes que arriesgarte tanto por los demás? —le reprendió ella. Su voz quebradiza. Sus enormes ojos cafés húmedos y centelleantes.
Fue entonces cuando Raku comprendió que realmente la había cagado preocupandola con sus locuras.
—Lo siento Kosaki, no pretendía…
—¿Te lastimaste? ¿Te duele mucho?
—No, no, para nada. Estoy bien, lo juro.
—Dejame ver.
Ella (y el resto de las chicas) ya se conocían bien sus evasivas y pretextos. Así era el chico del que estaba enamorada. Osado e impulsivo. Siempre con la manía de minimizar los daños para no preocupar a los demás. Un dia podía llegar a la escuela sin un brazo y él iba defender que solo había sido un rasguño. Así que sin esperar, ella misma empezó a desabotonarle la camisa. Los dos seguían en el vestíbulo, Raku en el suelo y ella sentada a horcajadas sobre su regazo.
Lo primero que Onodera notó es que tenía la camisa sucia y rasgada. Cuando la abrió, se encontró un gran arañazo le cruzaba los abdominales y otros más pequeños en el pecho. Respiró aliviada al ver que no era nada grave.
—Voy por el kit de primeros auxilios, sube y espérame en mi habitación.
—Kosaki en serio, esto no es necesario me sie-
—¡Raku! —se obligó a subir la voz para exigir obediencia, y en un tono más suave que casi parecia que le rogaba, añadió— Por favor.
Un minuto después, Raku estaba tendido en su cama, sin camisa y con Kosaki sentada a su lado, tratando sus heridas.
Sus ojos índigo vagaron por su habitación. Su escritorio, sus decenas de peluches, sus coloridos muebles tan adorables como ella, y claro, su fragancia femenina inundando la habitación, tan apetecible que desearía poder meterla en un frasco y llevarsela a casa.
—Tu habitación apenas a cambiado.
—Ya tenias mucho sin entrar ¿no? Desde el año pasado, cuando estábamos en segundo.
—No se porque, pero se siente tan nostálgico. Como si hubiera sido hace mil años.
—Debe ser porque han pasado tantas cosas desde entonces. Descubrimos la verdad tras la promesa. Esos viajes a los que hemos salido y todo lo que hemos pasado en la escuela.
De improviso, una fugaz memoria hizo que Raku se incorporara de golpe. Kosaki, quien ya había terminado de parcharlo y estaba guardando los bártulos del kit, se sorprendió.
—¡Oi! ¿Sabes a que me recuerda?
—¿He?
—¡Nunca me dijiste quien era la chica que estaba enamorada de mi durante la secundaria!
Onodera bajo la cabeza y se llevó una mano a la boca, conteniendo unas risas. Así era el chico del que estaba enamorada. Denso y lento.
—Realmente eres un despistado Raku —le dijo. La risa divertida filtrándose entre sus labios.
—¿Heee por que lo dices? Anda deja de reirte de mi y dime.
—¡Onee-chan, ya llegue! —resonó la voz de Haru desde el primer piso, interrumpiendo el momento.
—Rayos —maldijo Raku poniéndose de pie. Alcanzó su camisa y se empezó a vestir— Si Haru me ve aquí a solas contigo, me va dar una buena tunda. Será mejor que me vaya.
Esperaron a que la hermana menor de Onodera entrara a su habitación y Raku aprovechó para escaparse. Kosaki lo acompañó hasta la puerta.
—Buenas noches Raku. Y gracias de nuevo por lo de hoy.
—No fue nada. Buenas noches Kosaki.
El joven se despidió con un gesto de la mano y estaba apunto de retirarse cuando sintió que lo jalaban por la camisa, y entonces, tomándolo por sorpresa, la chica le plantó sus labios en su mejilla en un pequeño ósculo. Tierno, suave y efímero. Era tan alto que tuvo que levantarse sobre la punta de sus pies para alcanzarlo.
Y al separarse, Kosaki le dijo en un susurro que fue tan suave y ligero como una brisa:
—Era yo, tontote.
Cuando el joven reparó en lo que había sucedido, la puerta de la casa de la familia Onodera ya se había cerrado. Se llevó la mano a la mejilla donde aún yacia latente el calor de sus labios, preguntándose a sí mismo si realmente había pasado lo que acababa de pasar.
Al mismo tiempo Kosaki estaba recargada al otro lado de la puerta, estrujando su pecho. El corazón latiendole a un millón por segundo y las mariposas en su estómago revoloteando locas de placer.
Esa noche, ambos durmieron con una permanente sonrisa en sus rostros.
