Capítulo 1: invisible string
"Time, curious time, gave me no compasses, gave me no signs. Were there clues I didn't see? And isn't it just so pretty to think all along there was some invisible string tying you to me?"
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Toda mi vida amé las historias de amor.
Desde pequeña me dediqué a leerlas apenas que pude aprender a hacerlo, en la universidad perfeccioné mi talento y pasión por la escritura y finalmente, en mi primer trabajo, pude ponerlo en práctica. Escuché, escribí, revisé y volví a escribir cientos de historias que decantan en todo tipo de finales.
Los finales felices son los favoritos de todos. Esas historias que comienzan turbulentas, con problemas y fácilmente fluyen hacia el "vivieron felices por siempre". Al final siempre los protagonistas se reencuentran; se buscan entre la multitud en un aeropuerto, se declaran su amor frente a cientos de personas y viven felices por siempre.
Mis favoritas, en cambio, son aquellas agridulces; las que te emocionan hasta la médula, las que son tan pasionales y tan trágicas que no puedes creer que sean reales. Me gustan tanto que, inevitablemente, mi historia es así.
Todo comenzó hace años, cuando tenía apenas 17, pero es importante empezar donde verdaderamente comenzó todo: aquel jueves 7 de julio en Manhattan.
Yo no lo sabía, pero desde ese momento, mi vida ya no volvería a ser la misma.
El sol pegaba tan fuerte sobre la acera que parecía que reflejaba directamente hacia todos los que caminaban sobre ella. Pocas veces sentí tanto calor como en ese momento.
Un iced coffee en mi mano izquierda, mi celular en la otra, la cartera colgaba de mi brazo y unas gafas de sol cubrían mis ojos inútilmente mientras se resbalaban en el tabique de mi nariz.
"Hola." En medio de malabares, atiendo mi celular que no paraba de sonar. "Si, habla ella. ¡Oh, Anna! Ayer intenté contactarte pero no estabas en casa. ¿Te puedo llamar en quince minutos? Genial, gracias."
Cualquiera diría que era un verdadero desastre. La verdad es que lo era, al menos en ese momento. Tenía una reunión importantísima a las diez y eran las diez menos cinco. Había salido tan tarde que ni siquiera había tenido tiempo para desayunar.
No podía perder ni un segundo.
De repente el sol comenzó a sentirse todavía más fuerte. Cerré los ojos y me detuve por un momento, intentando recuperar un poco de energía mientras me refrescaba a la sombra de un árbol. Pero fue en vano, porque de un momento a otro todo se puso negro.
Me desperté lo que parecieron ser horas después, completamente cegada por las luces blancas de la habitación donde estaba acostada. Paredes blancas, un sofá cama a mi lado y flores artificiales sobre una mesa.
Estaba en un hospital.
La pregunta era, ¿por qué había terminado ahí?
"¿Rose? Encantada, soy Claire." Alguien golpeó la puerta. Quien parecía ser una doctora me sonreía desde el marco. "¿Cómo te encuentras?"
"Un poco confundida a decir verdad." La mujer entró a la habitación y se paró a mi lado.
"¿No recuerdas nada? Te desmayaste en medio de la calle, unas personas te auxiliaron y te trajeron aquí." Comentó mientras revisaba mi historial clínico en su iPad y anotaba algunas cosas. Lo hacía todo tan natural que me hacía sentir menos miedo. "Yo creo que fue una combinación de la alta temperatura y tu estómago vacío, tu presión se desplomó. ¿Ya te ha sucedido antes?"
"Sólo una vez, pero fue hace mucho tiempo y estaba en mi casa."
Me maldije a mi misma por no haber desayunado antes de salir.
"Tratemos de que no pase de nuevo, ¿está bien? Con días tan calurosos debes tomar muchos líquidos y asegurarte de ingerir azúcares, de lo contrario, te desmayas." Me indicó y, por un momento, me hizo sentir una niña de cinco años.
"¿A qué hora puedo irme?"
"Vendrá una enfermera a administrarte unos fluidos así nos aseguramos de que estés bien hidratada." Yo rodé mis ojos, frustrada, y ella me dedicó una cálida sonrisa. "Lo sé, es tedioso, pero no me quedaría tranquila si te dejo ir ahora. Además, necesitamos que alguien te acompañe y tu esposo todavía no ha llegado."
"Entiendo."
Abandonó la habitación y dio la orden a una enfermera de que fuera a hacerme lo que sea que tenía que hacerme. Cerré los ojos mientras me pinchaba y juré que Liam me las iba a pagar por no estar conmigo en ese momento. Una vez que tuve la vía puesta no me quedó otra opción que esperar.
De brazos cruzados y mirada impaciente fue cómo recibí a mi marido una vez que se dignó a ir a verme. En ese entonces, Liam Bletchley era un joven de 28 años. Alto y de compostura atlética. Con una nariz respingada cubierta por pequeñas pecas, ojos de un extraño color verde y cabello castaño enrulado.
Mi marido desde hacía ya dos años.
"Al fin." Le dije mientras entraba directo a darme un beso en los labios, pero yo le corrí la cara. "¡Hace más de dos horas que estoy aquí!"
"Lo siento, lo siento, cariño." Me dió un beso en la frente. "Estaba en una reunión y Brooke no me dio el mensaje hasta hace quince minutos, no pude salir antes."
"Ajá."
"Vamos, no puedes enojarte por eso, fueron sólo un par de horas." Se sentó a mi lado mientras me tomaba de ambas manos. Continúo ignorándolo. "¿Qué te dijeron?"
"Me bajo la presión." Lo noté aliviado. Si bien estaba en un hospital, la situación no era grave.
"Tienes que empezar a desayunar en casa." Yo asentí.
"Sabes que odio los hospitales, Liam."
Hace un puchero en forma de burla y yo no pude evitar reírme.
"Me lo recompensarás."
"Como siempre." Me aseguró.
Una vez que me quitaron la vía, me puse el vestido celeste que llevaba cuando me desmayé y llené unos formularios del seguro, me dejaron ir. Liam me guiaba entre la multitud que iba y venía dentro del pasillo del hospital. Lo hacía de una forma casi paternal, como si sintiera compasión por mí y tuviera la necesidad de protegerme; yo, acostumbrada a ese tipo de actos, lo dejé hacerlo.
"Hablé con Edith y pospusieron la reunión de hoy para mañana a las cuatro." Me dijo, intentando calmarme. "Ahora tienes que irte a casa y descansar, te pediré un taxi."
"¿No me puedes llevar tu?"
"Tengo que estar lo antes posible en la oficina, Rosie, lo siento."
Tras decirle que no pasaba nada y reprocharme al menos veinte veces por haberme desmayado en medio de la calle, logramos llegar a la entrada. Él continuó guiándome como si fuera una niña.
Al momento de llegar a la puerta giradiza y pasar por la misma, sentí que me iba a desmayar por segunda vez en el día. No estaba segura, pero tampoco tenía dudas. El asunto era que del otro lado de la puerta, girando en posición contraria a mi, me pareció ver un par de ojos grises que recordaba muy bien.
Los recordaba tan bien que no había chances de que no fueran los de él.
En fin, la vida no es perfecta. Las historias de amor no son perfectas. Ningún gran amor comenzó fácilmente y fluyó sin ningún problema. Las historias que recordamos son aquellas con obstáculos, complicaciones y dudas.
La mía no iba a ser la excepción.
Dos avocado toasts, huevos revueltos, salchichas, un bowl con frutas y granola. Charla mediante y ya con la ventaja de dos mimosas cada una, las tres compartiamos brunch un domingo a la mañana.
"Anoche tuve la peor cita del mundo." Comenzó Lola. "Al principio todo iba bien, me llevó a ese lugar nuevo de la Quinta, pedimos unos tragos y todo iba excelente, hasta que al final de la cita me dijo para dividir la cuenta, ¿pueden creer?"
Nos miró indignada esperando una respuesta.
Lola Simmons era mi mejor amiga desde la universidad. Nos conocimos en una fiesta cuando las dos, inútilmente, intentabamos ligar con el mismo chico que, queriendo pasar desapercibido, nos había invitado a ambas. Desde esa noche decidimos que ningún hombre se metería en nuestro camino y nos volvimos inseparables.
Mi amiga era la típica neoyorquina soltera; su pasatiempos favorito consistía en salir con todos los hombres que se crucen en su camino, claro que ayudaba el hecho de que parecía salida de Vogue o Elle, con su larga melena castaña y piernas tan largas que parecían nunca terminar, jamás se quedaba sin cita. Aunque claro, siempre terminaba decepcionandose y quejándose con nosotras al día siguiente, tal como lo estaba haciendo en ese momento. Sin embargo, rara vez se daba por vencida. Por lo tanto, acaba siendo la fuente de historias alocadas para mi y Julie, que ya dejamos nuestras épocas de citas atrás.
"No suelo coincidir contigo pero en esto tengo que darte la razón." Afirmó Julie a mi lado. "El hombre es quien debe pagar la cena y más si se trata de la primera cita."
Julie McAdams, por otro lado, es más tradicional, hasta podría decirse que el polo opuesto de Lola. Su cabello negro azabache cae lacio y perfecto y siempre lo llevaba corto a la altura de los hombros, nunca viste inapropiadamente ni dice nada fuera de lugar. Convirtiéndose, lógicamente, en la voz de la razón del grupo, aunque nosotras optamos por ignorarla la mayoría del tiempo. Es el fiel reflejo de una socialité neoyorquina, con su apartamento en el Upper East Side y un marido que trabaja en Wall Street. Todo lo que una chica decente debe apostar a ser, técnicamente.
"¡Gracias! Creeme que esta fue la primera y la última."
"Por favor dime que no te acostaste con él."
"¡Claro que no! Una vez que pagué mi mitad." Resopló al decir esto. "Tomé mis cosas y me largue de ahí."
"Menos mal, ¿no intentó llamarte?"
"Creo que se dio cuenta de que yo no hubiera salido con él nuevamente."
Yo llevaba la mitad de la mañana sin decir nada.
"Estás rarita hoy, Rose." Comentó Lola observándome. "¿Todavía sufres secuelas de tu episodio de desmayo?"
"Muy graciosa." Le contesté. "Estoy normal, ¿les parece que estoy rara?"
"Espero tu comentario sobre mi cita fallida."
"No es fallida, Lols, tal vez resulte ser un chico genial, deberías darle otra oportunidad."
"Confirmadísimo: estás rara. ¿Qué te pasa?"
Mi mirada iba de Julie a Lola, y de Lola a Julie, debatiéndome si debía o no contarles que era lo que me atormentaba. Finalmente cedí ante mis impulsos.
"Creo que vi a Scorpius." Solté rápidamente.
"Espera, espera, ¡¿que?!" Gritó Julie.
"¿EL Scorpius?" Lola me miraba sorprendida, como si esperaba que lo que le estaba diciendo fuera una broma.
"¿Qué tantos Scorpius conoces, Lola?"
"Buen punto."
"¿Dónde lo viste?"
"El jueves cuando salía del hospital. Estoy casi segura de que era él, no sé si me habrá visto. Fue todo tan rápido y yo seguía un poco mareada."
"Pensé que vivía en Londres."
"Yo también." De nuevo mi mirada se perdió, centrándose en un punto fijo. Aclaré mi garganta. "Tal vez está de visita, por lo que tengo entendido sus padres siguen viviendo en la ciudad."
"¿Y qué es lo que te preocupa de haberlo visto?"
"Nada. Sólo me sorprendió."
Lola rodó los ojos y volvió a su asunto: seguir tomando su mimosa, mientras Julie centraba su atención en el bowl con frutas. Yo me quedé en trance por unos minutos y tras volver a mí, las miré fijamente.
"¿No creen que sea el destino? ¿Haberlo visto después de tantos años?"
Ok, estoy consumiendo demasiadas historias de amor últimamente y puede ser que eso me esté afectando.
"¿De verdad te importa tanto?"
"No lo sé." Me tomé la cabeza con mis manos, desesperada. "¿Debería importarme?"
"Rosie, ya pasaron... ¿cuántos? ¿seis, siete años?"
"Y estás casada." Agregó Julie.
"Con otro hombre." Continuó Lola, ambas rieron, al parecer mi vida era una especie de comedia.
"Lo sé. Vamos, no estoy diciendo que quiera estar con él. Solo digo que es… raro."
"Tal vez ni siquiera era él."
Esa era una posibilidad. Pero, mi empedernido corazón de romántica siempre va a buscar las casualidades. Es algo que me atormenta desde pequeña: intentar buscarle a todo el lado positivo y sacar de cada situación, por más fea que fuera, una enseñanza o mensaje. Por eso mismo, ante el aparente reencuentro con mi ex mejor amigo de la secundaria / casi novio o algo parecido, no iba a cruzarme de brazos y dejar que fuera sólo una casualidad.
Era una casualidad, sí, pero todas las casualidades pasan por algo.
Estoy probando algo nuevo con este AU sobre mi pareja favorita.
Se viene mucho, MUCHO drama.
Espero que les guste.
Comentarios? :)
