ADVERTENCIA: Violencia.
4. Hoffnung - Esperanza
La tormenta parecía arreciar cuando toparon con el final de la cola de gente, en su mayoría campesinos y vendedores que esperaban su turno para franquear las puertas del castillo. Yuuri se puso de puntillas y miró por encima de las cabezas: todos parecían humanos corrientes y humildes atenazados por el frío, y le preocupó no saber comportarse como ellos y delatarse.
—No te preocupes, joven amo —repuso Yozak en un murmullo sólo audible para él—. Sólo intenta no parecer demasiado ansioso por entrar y todo irá bien. El truco está en que no se fijen demasiado en uno. Ah —añadió—, y déjame hablar a mí.
Observándole con objetividad por vez primera, Yuuri llegó a comprender que Yozak fuera uno de los mejores espías con los que Shin Makoku contaba. Obviamente su modo de "camuflarse" era todo menos sutil y ortodoxo, pero poseía una habilidad pasmosa para pasar desapercibido, para que no repararan en él si así lo quería. Algo en su naturalidad, quizás, que evitaba que nadie sospechara de sus segundas intenciones.
Tardaron casi un cuarto de hora en llegar frente a los guardias, ataviados de rojo de pies a cabeza. Eran altos y fornidos, y aun así a Yuuri no le parecieron tan temibles. De hecho bromeaban entre ellos de vez en cuando y lanzaban comentarios que hacían sonreír disimuladamente a los que intentaban entrar al castillo. Yuuri se sintió un poco mejor, pues era una prueba más de que no todos los humanos que habían llegado del mar eran tan terribles como los mazoku creían.
—¿Asunto que os trae aquí? —exigió un centinela cuando se plantaron frente a él.
—El trabajo, amigo —repuso Yozak, frotando el pulgar y el índice al tiempo que utilizaba su locuacidad para intentar ganárselo—. Los malditos mazoku atacaron el pueblo del Vado Grande hace casi un mes y destruyeron nuestra casa. Desde entonces yo y mi amigo hemos errado por estas tierras buscando algo que hacer mientras se gesta la venganza. Oí en la ciudad portuaria que aquí podríamos encontrar trabajo.
Yuuri comprendió que sólo alguien como Yozak, que estaba al tanto de todos los sucesos recientes en aquellos lares, podría inventar sobre la marcha una explicación convincente.
—Je, suerte que el amo no estará ahora mismo, porque si no seguramente os echaría a patadas —sonrió maliciosamente el soldado, aunque era obvio que Yozak le había caído simpático. Señaló en una dirección—. Pasad por allí para que comprueben que no vais armados. Y ya os digo de manera extraoficial que hace falta personal en las caballerizas —añadió, fingiendo que no les prestaba atención.
Yozak se lo agradeció con un vago gesto de mano y se dirigió en la dirección indicada, seguido de cerca por Yuuri.
—Ese hombre es buena persona —observó el chico—. Sigo creyendo que no todos los humanos son tan terribles...
—Nadie ha dicho que sean malos, pero si su lealtad está con alguien despiadado no supone una diferencia desde nuestro punto de vista —argumentó Yozak con una sonrisa torcida—. Pueden ser todo lo maravillosas personas que parezcan, pero se decantarán hacia el mejor postor, y como tal le deben lealtad. He sido mercenario, chico: sé de lo que hablo.
Yuuri quiso preguntarle en qué momento había sido mercenario, pues no tenía conocimiento de ello, pero justo en aquel momento llegaron junto a los hombres que custodiaban la entrada al castillo, abierta de par en par. Aún se conservaban las verjas doradas de antaño, retorcidas y sofisticadas, pero habían intentado darles un aire más agresivo en base a añadir chapiteles afilados como cuchillas apuntando al cielo. En opinión del muchacho habían conseguido bastante bien su objetivo.
Les registraron a conciencia para asegurarse de que no llevaban arma alguna. Yuuri se sintió algo incómodo cuando le palparon todo el cuerpo a la búsqueda de algún objeto peligroso, pero por suerte el escrutinio fue corto.
—No llevan armas —dijo el cacheador, e hizo un gesto a un compañero para que les guiara hacia el interior.
Mientras les conducían a través del jardín, ahora convertido en una improvisada plaza de mercado, Yuuri pensó en lo ingenuos que eran al valorar su peligrosidad en base a los objetos punzantes que llevaran encima. Por su parte podían estar tranquilos, pero Yozak era otro cantar. Le había visto defenderse de varios guardias con una simple fregona, hacer retirar a una pandilla de bandidos con un palo cogido en el último momento. Conrart podía ser el mejor esgrimista de Shin Makoku, pero desde luego no había quien ganara a Yozak en cuando a versatilidad en el combate.
De todas maneras había sido demasiado fácil. Había esperado una fortaleza inexpugnable, donde la desconfianza reinara en todos sus habitantes y comprobaran rigurosamente la procedencia de cada recién llegado. Apenas se creía que Wolfram hubiera sido incapaz de huir por su propio pie...
Y de repente y sin previo aviso un personaje de lo más intimidante, vestido de rojo de pies a cabeza, surgió de la nada para cortarles el paso. Yuuri se detuvo bruscamente, levantando la cabeza para analizar al desconocido. Tenía unos ojos de un gélido color plateado, y estaban puestos en él como si intentaran traspasar su disfraz y entrever la mirada negra que había debajo. Pudo notar que a su lado Yozak se había puesto en alerta, algo que no fue una buena señal: éste tenía un instinto nato para detectar el peligro.
Sentía frío. No era como si fuera una sensación física, sino algo intangible y profundo que le erizaba la piel sin explicación aparente. Penetraba, explorando su interior a sus anchas.
"No sigas... No sigas o verás lo que soy en realidad" rogó para sí.
Dado que el balance entre maryoku y houryoku era tan precario en aquellas tierras, se sentía peligrosamente expuesto a las miradas ajenas. Y aquella mirada en particular parecía más aguda de lo habitual. Irreflexivamente, agachó la cabeza.
Aquel acto reflejo pareció romper el hechizo, porque la sensación de hielo se disolvió, dejándole aturdido y algo tembloroso. El hombre de los ojos argentados siguió observándole unos segundos, como si hubiera algo en él que no le encajara del todo, pero al final giró sobre sus talones y le dio la espalda.
—No tienen maryoku —observó, monótono—, y tampoco detecto rastro alguno de houryoku. Dejadles ir libremente.
Había sido una dura prueba. Una sola muestra de descontrol por su parte y aquel tipo hubiera sentido el mínimo atisbo de maryoku. Sintió el brazo de Yozak sosteniéndole por debajo del codo: fue una suerte, porque dada la debilidad de sus rodillas se sentía perfectamente capaz de estrellarse contra el suelo.
—Era un mago —opinó el soldado en un susurro—. Intuyo que está por aquí exactamente para lo que estás pensando. Menos mal que eres especial, chaval, porque si no lo tendríamos negro...
Bueno, al menos habían comprobado que sí había seguridad a prueba de majutsu. Con que hubiera unos pocos tipos como aquel pululando por allí era más que suficiente.
De pronto cayó en la cuenta de que había salvado la primera barrera. No fue hasta que Yozak le sacudió un hombro con cariño que salió de su contradictoria estupefacción.
—Aquí nos separamos, chavalín: si queremos resultar convincentes, debemos encontrar una razón para que no nos echen de este sitio. Confío en ti, chico —aseguró el soldado guiñándole un ojo—. Por suerte para ti, tengo más fe en tus habilidades que el propio Capitán...
Yuuri se forzó a esbozar una sonrisa tímida, insegura. A pesar de que no se sentía especialmente valeroso después de aquel encontronazo, saber que Yozak había previsto mil y un inconvenientes y sus correspondientes soluciones le ofreció un revitalizante soplo de esperanza.
—¿Y tú qué sabes hacer? —sugirió la mujer.
Vaya, Yozak no lo había previsto todo.
Las dependencias de los criados eran con diferencia las estancias más concurridas que Yuuri había visto nunca. Se preguntó si realmente algún señor feudal necesitaba realmente aquella ingente cantidad de lavanderas, cocineros, sastres, herreros, artesanos, cantantes, bailarinas y un largo etcétera de variopintas ocupaciones. Había esperado ver la cabeza rubia de Wolfram entre la masa informe de gente, pero al parecer su trabajo como esclavo no debía ser tan ordinario. Quizás estaba en las caballerizas, en cuyo caso Yozak ya lo habría encontrado, o...
Yuuri no quería ni pensarlo. Se había prometido creer que Wolfram seguía vivo, al menos hasta que una prueba contundente le demostrara lo contrario.
No obstante frente a sí tenía un problema más inmediato. Y la mujer del apretado moño y la mirada iracunda seguía observándole, con las manos en las voluminosas caderas y esperando una respuesta que no parecía querer llegar.
—Eh, pues... —balbuceó Yuuri, apabullado.
—Algo sabrás hacer, ¿no? —insistió ella, notablemente escasa de paciencia—. El amo es exigente con el servicio. No queremos gente inútil.
—Bueno... —murmuró Yuuri, pensando a toda velocidad—. Soy buen jugador de béisbol...
Él mismo advirtió que estaba hablando por hablar. ¿Era lo único que se le ocurría? ¡Maldita sea, seguro que aquella gente ni siquiera sabía qué era el béisbol! Definitivamente tenía la cabeza en otra parte...
Pero, pensándolo bien, ¿qué podía él aportar a un gran castillo como aquel? Su madre siempre se ocupaba de todas las tareas domésticas, así que él nunca había tocado una escoba o un mísero estropajo. Y qué decir de la imposibilidad de cocinar nada decente, ni siquiera cuando lo había intentado de verdad.
Lo tenía muy negro.
—H-haré cualquier cosa que me mandéis —se apresuró a corregir—. Cualquier cosa, no importa lo duro que sea.
—O sea, que no sabes hacer nada —puntualizó la mujer, sagaz.
—Todo lo contrario —protestó Yuuri con vehemencia—. Estoy dispuesto a trabajar aquí a como dé lugar. Es... el único sitio en el que deseo estar —añadió.
Supo que había sonado sincero porque la mujer suavizó la expresión hasta volverla indiferente.
—Chico, entiendo que tus intenciones sean buenas y quieras un sitio seguro en el que vivir... —se conmiseró— ...pero más te vale ser eficiente en la tarea que elijas o pueden hacértelo pasar muy mal. En tiempos de guerra, lo innecesario es desechado.
Yuuri iba a escupir una nueva excusa cuando una muchacha que aparentaba su misma edad, ataviada con un delantal y con el moño recogido con un pañuelo, se paró frente a ellos y juntó las manos en actitud de ruego.
—Quédate, por favor —chilló la chica—. No me importaría que me ayudaras en la lavandería...
—¡No! —chilló otra de cabello rizado—. ¡El chico atractivo vendrá conmigo a las cocinas!
¿"Chico atractivo"? Yuuri imaginó perfectamente la cara de Wolfram si hubiera estado presente mientras alguien le lanzaba un cumplido. De ser el caso, hubiera llegado a sentir lástima por la pobre chica.
Aunque varias sirvientas intentaron partirle en múltiples trozos, al menos la mayoría de su cuerpo acabó en las cocinas, limpiando platos. No era agradable intentar concentrarse en algo cuya mecánica apenas conocía y a la vez ser el blanco de los suspiros de un puñado de jovencitas, pero se esforzó en resultar eficiente. El éxito de su desesperada misión dependía de su habilidad para pasar desapercibido, y lamentaría profundamente desechar la suerte que había tenido al llegar hasta allí.
A pesar de todo, no comprendía por qué Conrart y Yozak habían demostrado tanto temor por adentrarse en aquel lugar. Podía notar la tensión en cada rincón (algo lógico si se trataba de una fortaleza de guerra), pero aun así la gente no parecía atemorizada ni mucho menos cruel. Aquello sólo reafirmaba su postura de que los humanos no eran tan terribles.
El sonido de porcelana rota le hizo dar un respingo, aunque por suerte reprendió el plato que estaba frotando antes de que se estrellara contra el barreño. Al parecer a una chica se le había escapado un vaso de entre las manos y éste había quedado reducido a añicos contra el piso húmedo.
—Ve con cuidado, Gladis —le advirtió una compañera—. Si vas rompiendo cosas, te echarán de aquí. O aún peor...
—Sí, ya lo sé —respondió la aludida de mal humor, recogiendo los pedazos de porcelana—. Pero si no los rompo yo los romperá el príncipe demonio... ¡Seis tazas y cuatro platos en una semana! A veces me da miedo que me los estrelle en la cabeza si le pillo enfadado...
—No sé qué vio en él el señor para tenerlo aquí tanto tiempo... —admitió la primera, barriendo las esquirlas restantes con una escoba—. Esos malditos mazoku deberían estar muertos.
Aquellas palabras provocaron tal impacto en Yuuri que dejó caer el plato y se volvió bruscamente.
—¿¡De quién estáis habl...!? —comenzó, alarmado.
Desgraciadamente, su codo impactó contra una buena parte de la vajilla que estaba cuidadosamente apilada sobre el mármol. Varias piezas de porcelana y cristal (incluyendo una magnífica ensaladera con detalles en oro) se precipitó al suelo. Se llevó la mano a la boca, aterrado, mientras por las cocinas se propagaba el ruido que hace algo muy caro al romperse.
Hubo unos segundos de silencio absoluto en el cual todos los presentes le observaron con los ojos como platos. Yuuri intuyó que había hecho algo gordo: tanto silencio nunca significa nada bueno. Un tipo ataviado de rojo y con ojos afilados apareció en la estancia, echó un vistazo al estropicio y después clavó su mirada iracunda en él.
—¿Has sido tú? —exigió.
—Lo siento... —se disculpó el muchacho, solícito—. Estaba distraído y...
Sin darle tiempo a decir nada más, el hombre le clavó las uñas en el brazo y le arrastró hasta el centro de la cocina. Allí otro le desnudó de cintura para arriba y le obligó a mantenerse de rodillas sobre el suelo mugriento, todo ello sin que el muchacho fuera consciente de lo que se le venía encima.
—Diez azotes —aseveró el jefe—, para que aprendas a conservar las pertenencias de nuestro señor.
Su mente se quedó momentáneamente en blanco mientras alguien le pasaba la fusta al soldado. ¿Diez azotes por romper unos cuantos platos? Separó los labios, quizás intentando decir algo en su defensa, pero nada surgió de ellos, paralizado como estaba por el pánico.
Si a él le castigaban así por aquella nimiedad, ¿qué le había deparado a Wolfram, siendo como era tan dado a mostrarse irreverente? Comprendió fugazmente la cautela que Conrart y Yozak habían intentado inculcarle, y se arrepintió de no haberlos tomado más en serio.
Cerró los ojos cuando el primer latigazo cayó sobre él, rápido. Imparable.
Le escocía la espalda. Incluso estando sentado y sin apoyarse en el respaldo de la silla.
Al menos aún no le habían echado del castillo...
Nunca había experimentado algo parecido, y comprendió que la fusta fuera un castigo tan temido en algunas culturas. El dolor se había ido atenuando desde aquellos terribles primeros instantes, pero había dejado una sensación punzante de quemazón que se le hacía insoportable. Cuando se movía, los músculos tensados de la espalda parecían querer gritar de agonía. Era demasiado arriesgado despertar el maryoku y curarse, así que se dispuso a aguantarlo hasta que pudiera aplicarse algún ungüento refrescante.
Sonrió amargamente al pensar que Wolfram le tildaría de "enclenque" por quejarse de algo así... aunque también sabía que acto seguido gritaría su nombre y se apresuraría a curarle las heridas. Wolfram era así, temperamental pero predecible.
—Te lo advertí —anunció una voz conocida.
El muchacho alzó la mirada meditabunda y emborronada por el sudor y se encontró de frente con la mujer que le había interrogado a su llegada a aquel lugar. Llevaba un cubo de metal con unos cuantos paños blancos flotando en agua caliente. Le hizo un significativo gesto con la cabeza.
—Quítate la camisa —indicó.
Más por la necesidad de no pensar que por otra cosa, Yuuri obedeció y se deshizo del jubón y la camisa, a aquella alturas ya veteada de rojo. Las heridas abiertas ardieron al contacto con el aire húmedo de la habitación, cortándole la respiración. La mujer se inclinó sobre él y empezó a lavarle las heridas con cuidado y técnica, como si llevara años haciéndolo. Yuuri gruñó por lo bajo ante el primer contacto, que le dolió como si aún le estuvieran azotando, y se mordió el labio inferior para no emanar ni un sólo sonido más. Agradeció el hecho de que todos hubieran vuelto a sus quehaceres y no repararan más en él: no creía poder soportar semejante vergüenza y muy posiblemente hubiera acabado gritando.
—Te advertí que cuidaras muy bien lo que hacías —le recordó la mujer—: no eres ni el primero ni el último que reciba una advertencia por errar en su cometido. Pareces buen chaval, así que espero que te apliques si quieres quedarte mucho tiempo aquí y no recibir a cambio otra azotaina.
"No quiero estar en éste lugar. En cuanto vea a Wolfram, nos marcharemos de este sitio y le llevaré a un lugar seguro..." se repetía constantemente. Morderse la lengua le ayudó a la vez a no soltar algo indebido o sospechoso.
—¿Por qué la gente se empeña en quedarse en un sitio así...? —dijo entrecortadamente.
Se arrepintió en el acto de aquella opción B: sonaba más sospechoso que cualquier otra cosa que hubiera podido decir. Por suerte su benefactora no lo consideró como tal.
—¿Por qué has venido tú? —sugirió—. Por lo mismo que todos... La guerra está por todas partes, y no hay lugar más seguro que éste y el Castillo Primo en el norte. Los mazoku están resentidos y atacan a los humanos, he oído que incluso a algunos que estaban de su parte...
Yuuri quiso protestar y desmentir aquello último, pero se obligó a callarse y no empeorar más la situación.
—La gente allá abajo pasa hambre y la muerte es mucho más probable fuera de esas verjas doradas. Prefiero vivir amenazada que no vivir —prosiguió ella con amargura—. Tú eres muy joven y quizá no lo recuerdes del todo, pero nos trajeron aquí prometiéndonos una tierra de riquezas y abundancia, y ya te digo yo que no noto la diferencia con el sitio del que nos sacaron. ¿No te lo contaron tus padres al embarcar?
—No —repuso Yuuri, estremeciéndose cuando los dedos de la mujer cruzaron un corte especialmente profundo—: ellos se han quedado en casa... —añadió para salir del apuro.
Ella se colocó entonces frente a él para curarle un corte que le llegaba hasta la clavícula, producto de un latigazo escapado. Le observó largamente con lástima mientras se ocupaba de lo suyo, y pareció notar algo conmovedor en la tristeza que empañaba sus ojos. Él agachó la cabeza, temeroso de que descubriera las lentes de contacto.
—No te ofendas por lo que voy a decirte, pero me recuerdas a aquel... chico de los ojos verdes. También su mirada era martirizada y llena de malos recuerdos...
—¿De quién habla...? —preguntó Yuuri, perdido.
—De un muchacho mazoku que el Señor compró en la ciudad después del asedio al Pacto de Sangre —reveló ella—. Al parecer es alguien importante, el prometido del último Maoh...
Aquellas simples palabras consiguieron acelerarle el pulso, y sus músculos se tensaron hasta que el dolor de la espalda volvió a nublarle la mente.
—Nadie diría que es un demonio, la verdad—-reconoció la mujer—. Tiene una bonita cara y el cabello dorado como un niño. Casi parece una chica. Cuando me mandaban a su habitación a curarle las heridas... La primera vez que le vi estaba tan débil que no creí que llegara a sobrevivir. Consiguió darme lástima el verle llorar de desesperación...
Si no fuera porque aún sentía el palpitar de su corazón en los oídos, Yuuri hubiera jurado que se le había helado la sangre en las venas. No podía imaginar a Wolfram llorando, era algo que no cabía en su cabeza. Nunca había visto una sola lágrima surcar su rostro, y debería seguir siendo así. La mujer pareció intuir su desconcierto, aunque obviamente no atinó a adivinar la razón.
—No me malinterpretes, chico —se apresuró a corregir—: soy una orgullosa humana, y los mazoku merecen todo esto y mucho más... Pero no apruebo del todo los métodos de los nobles.
Se quedaron en silencio un par de minutos mientras ella le pasaba unas vendas limpias por la espalda y el pecho, apretando para asegurar una buena cicatrización. Una vez terminó, sus ojos se posaron en el cuello del joven.
—Es un colgante precioso —alabó. Sonrió—. ¿Es un regalo de alguna chica?
Yuuri hizo descender la mirada y descubrió el colgante de Suzanna Julia descansando sobre su pecho, exponiendo descaradamente su llamativo color azul. Lo rodeó con las manos para intentar camuflarlo.
—Algo así... —admitió.
Se preguntó si Julia la Blanca habría hecho lo mismo que él, arriesgando su propia integridad (la del Maoh, para colmo de males) y el futuro de todo el país para salvar a una única persona apreciada. Tenía sus dudas al respecto, y temió estar equivocándose también en aquello.
Movió un poco los brazos y comprobó que el vendaje cumplía su función a la perfección: apenas notaba la presencia de los latigazos más allá de un puntual escozor.
—Gracias por su amabilidad —murmuró, sincero—. Le prometo tener más cuidado —añadió, y de aquello último ya no estuvo tan seguro.
Ella sonrió y le deseó buena suerte antes de volver a su trabajo. En otras circunstancias, quizá le hubiera gustado tenerla como criada en el Pacto de Sangre. Le apenaba que gente como ella pasara desapercibida a los ojos de los mazoku entre una masa de crueles soldados vestidos de rojo.
Suspiró largamente y se apoyó con cuidado en el respaldo de la silla, meditativo. Pensó en la aterradora expectativa de pasar varios días allí, ocultando su identidad y soportando en silencio hasta que alguien hiciera de nuevo alusión a Wolfram y él pudiera preguntar por su paradero sin miedo a levantar sospechas.
La recompensa era grande, pero él nunca se había enfrentado a algo como aquello. Sentía el destino de aquel mundo pendiendo sobre sus hombros, absolutamente condicionado por sus decisiones.
Demasiada responsabilidad. Posiblemente nadie desde el mismísimo Shinou se había enfrentado a una crisis semejante. En aquello momentos echaba en falta los tranquilizadores consejos de Murata...
—Tú, el nuevo —señaló una joven que le sacaba dos palmos y cuya cara daba bastante miedo.
Al ver su cara de malas pulgas, uno se daba cuenta de que no parecía obnubilada por su supuesto "atractivo" como el resto de muchachas. Yuuri sintió el impulso de agacharse cuando le tiró a través de la mesa un cuenco con caldo, que se hubiera volcado si no se hubiera puesto en pie (igual a como si tuviera un muelle en el trasero) y lo hubiera detenido con la mano.
—Llévale esto al "principito" demonio —ordenó la chica—. El muy idiota lleva días sin probar bocado. A mí me importa muy poco si se muere de hambre, pero es lo que el amo ordenó antes de irse.
El muchacho se quedó paralizado, incapaz de entender la orden a la primera. ¿"Principito demonio"? Sólo podía estar refiriéndose a una persona.
Una sonrisa boba se extendió por su rostro. ¿Era posible tanta suerte? No llevaba ni un día allí y le mandaban directo hacia la persona que había estado buscando. Intentando que las manos no le temblaran de nerviosismo, aferró el plato con los dedos y se dispuso a salir por la puerta. Se detuvo, advirtiendo que no sabía a dónde debía ir.
—Esto... —comenzó.
—Es la última puerta del pasillo de la derecha del ala sur —indicó la chica con fiereza. Esbozó una sonrisa maliciosa y burlona—, y ah, tén cuidado. Es como un animal salvaje: a veces muerde.
Sus palabras fueron coreadas por las demás, que rieron también de buena gana. Yuuri no dejó de notar el tono peyorativo en sus palabras, el desprecio en el modo en el que habían definido a su amigo como a una bestia sin domesticar. Aquella parte constreñida volvió a hacerse notar, instándole a gritar una defensa empañada de ira, pero se dijo que había cosas de más prioridad que enojarse por un comentario hiriente. Salió de la cocina a toda velocidad, intentando que no se vertiera el caldo caliente que transportaba.
Lo que la chica había llamado "el pasillo de la derecha" era un amplio corredor que cruzaba el ala sur de un extremo a otro, con alrededor de treinta puertas en cada lado. Yuuri ya había estado allí antes, al principio de su aventura en aquel otro mundo, pero a pesar del tiempo transcurrido era capaz de recordar que la decoración nunca había sido tan... siniestra. Siendo noche cerrada en el exterior, la única iluminación la aportaban unas danzantes llamas que teñían de sangre las sombras.
Y de pronto sintió una oleada de euforia que, por alguna razón, había tardado en llegar a su anonado cerebro.
Wolfram estaba vivo. Lo estaba, no había duda. Y nada menos que al alcance de su mano.
Aquel nerviosismo volvió a despertar en cuerpo y mente, obligándole a caminar más deprisa de lo habitual. Aquella búsqueda estaba llegando a su fin, y también la sensación de que, en breve, volvería a estar completo del todo. Por fin podría ocupar sus esfuerzos en salvar el país de su terrible situación, con la fiel compañía de Wolfram a su lado...
Se detuvo, indeciso, frente a la puerta indicada, notando que el corazón le latía tan deprisa que era incapaz de contar las palpitaciones. Una súbita duda le había asaltado: ¿qué podía decirle para justificar tres años de ausencia en los que él debía haberlo pasado tan mal?
"Hola, Wolfram: mientras tú eras un maldito esclavo y la mitad del país se iba a la mierda yo he estado jugando al béisbol tan feliz. ¿Aún somos amigos, verdad?"
No, definitivamente no podía ir en aquel plan, se dijo mientras retiraba la mano del picaporte. No si quería evitar un ataque de ira de Wolfram o, peor aún, un largo y resentido silencio.
Antes de poder decidirse, su cuerpo había actuado por sí solo y había girado el pomo y se había asomado al interior.
La habitación estaba sumida en las sombras, sólo dispersadas por los ocasionales rayos y unos extraños objetos poliédricos que brillaban, azulados, en las paredes. Olía extrañamente a rosas y jazmines, y también a algo desagradable que Yuuri fue incapaz de identificar. Dio un paso al interior, cauteloso, y deslizó la mano hacia su espalda para cerrar la puerta con el mayor sigilo posible. Se estaba maravillando con el lujo imperante en cada mueble que podía ver en la penumbra cuando un movimiento llamó su atención.
Le vio de espaldas, apoyado con ambas manos sobre una mesa, y supo de inmediato que era él: la postura erguida de los hombros y aquel cabello rubio, resplandeciente bajo los fugaces relámpagos, eran inconfundibles. Le miró por unos instantes sin llamar su atención, analizando cada detalle. ¿Era posible que tuviera el pelo un poco más largo? ¿Eran imaginaciones suyas o había crecido en estatura desde la última vez que se habían visto?
Y de pronto fue Wolfram el que reaccionó.
—¡He dicho que no me moleste nadie! —vociferó, y su mano golpeó una taza de porcelana que se estrelló contra el suelo para hacerse añicos, vertiendo la infusión que contenía—. ¡No quiero comer, no quiero nada! ¡Marchaos todos...!
Para Yuuri fue tanta la impresión que le produjo verle en aquel estado de furia desatada que fue incapaz de moverse, anclado en el mismo lugar en el que el grito le había alcanzado. Había sentido un curioso dejà vú al verle destrozar la taza, pues desde el primer momento Wolfram había sido una persona temperamental y abierta a cualquier impulso de agresividad. Agresividad que solía pagar la cristalería del Pacto de Sangre. Sin ir más lejos, en su primera conversación propiamente dicha había destrozado buena parte de la vajilla en un arrebato violento.
Sin embargo había cierta frialdad en su voz desgarrada, un dolor profundo y oculto tras cada una de las letras. Incluso él, tan lento para notar aquellas cosas, lo había percibido con vibrante claridad.
Wolfram pareció extrañado de no obtener una disculpa o unas palabras explicadoras, porque se incorporó del todo y giró sobre sus talones, encarándose a él.
Fue sólo un segundo y le reconoció, desvelando de inmediato la verdad bajo aquel fútil disfraz. Yuuri fue testigo de cómo le mutó la expresión de la cara, de cómo los ojos verdes se abrían a sobremanera y los labios resecos se entreabrían en una única palabra.
—¿Y-Yuuri...?
Había miles de sentimientos retenidos en la pronunciación de aquel nombre. Cada sonido parecía haberle costado un esfuerzo sobrehumano, como si arrastrara las letras a través de una senda de sensaciones punzantes. Su mirada era incrédula y asustada, como si estuviera viendo el espíritu de un difunto. Había tanto anhelo en aquellos ojos verdes...
—Yuuri... —repitió. Parecía capaz de desplomarse allí mismo, sin más ceremonias.
El aludido, intentando contener a duras penas una oleada de emociones ardientes y contradictorias, esbozó una sonrisa despistada típica en él.
—Siento haber tardado tanto, Wolfram —murmuró.
Wolfram permaneció quieto en su sitio sobre aquellos pies blancos y descalzos, mirándole como si intentara ver a través de una ilusión de locura. Yuuri avanzó dos pasos más, confuso, observando al objetivo de sus más dolorosos pensamientos sin saber qué hacer. ¿Cuándo se había vuelto tan oscuro el verde de sus ojos? ¿Cuándo había pasado a transmitir tan poco aquella mirada siempre flamígera?
—No puedes estar aquí... —balbuceó Wolfram, retrocediendo un paso.
La distancia que los separaba ya era tan pequeña que Yuuri podía ver su reflejo en los ojos de su amigo. Presa de un súbito impulso, se inclinó hacia adelante y, rodeándole la espalda con los brazos, le acercó a él en un sentido e íntimo abrazo. El cuenco que había llevado se derramó sobre la alfombra, olvidado.
Fue el abrazo más cercano que Wolfram había recibido en su vida, y quizá por eso al principio se quedó helado y sin posibilidad de reaccionar, con los brazos laxos a ambos lados del cuerpo como un grotesco muñeco. El abrazo de Yuuri era tibio, muy en contraste con su propia piel perpetuamente fría.
Yuuri estrechó el abrazo, deslizando la mano por su espalda como si quisiera asegurarse de que era real para no dejarle marchar nunca más.
—Temí no poder encontrarte... —confesó en un susurro, sonriendo de dicha—. Gracias a dios que estás bien...
Aquella afirmación contenía más verdad que la que él mismo podía imaginar. De pronto sus esperanzas en un futuro mejor se habían reavivado, y el aplomo y el deseo de una paz duradera que tanto le caracterizaran habían vuelto a asentarse en su pecho.
Suspiró, rozando su mejilla contra la de Wolfram. Su cabello olía diferente a la última vez.
—Te he echado de menos... —susurró cerca de su oído.
Aquellas palabras, sinceras y arrancadas del mismo fondo de su alma, fueron como liberar algo que había permanecido latente durante mucho tiempo.
Wolfram estaba en otro mundo, dolorosamente suspendido sobre los fragmentos de un sueño que ahora lamentaba haber abandonado. Yuuri le estaba abrazando, sin límites ni ataduras, y le había murmurado al oído la evidencia de que no se había olvidado de él. Aunque claro, ¿cuánto tiempo había pasado realmente para Yuuri? ¿Horas? ¿Días? ¿Semanas, tal vez?
Aquellos tres años se alzaban como una infranqueable barrera entre ambos.
Suspiró dolorosamente y levantó los brazos para aferrarle la camisa por la espalda, buscando un punto de apoyo para aquel sufrimiento que no conocía límites. Sabía que si volvía a atarse a él, posiblemente ya no podría dejarle ir; y antepondría su roto corazón a la seguridad del Maoh.
Se sorbió la nariz cuando las lágrimas asomaron en sus párpados. No podía permitirse tal desliz.
Yuuri aún intentaba poner sus pensamientos en orden cuando Wolfram le rechazó de un violento empujón que casi le hizo caer sentado. Cuando pudo reponerse vio que el otro jadeaba intensamente, como si estuviera manteniendo una encarnizada lucha interna. Sus ojos eran insondables y llenos de fría determinación. Irreconocibles.
—Márchate —escupió.
Yuuri se quedó congelado por unos segundos, convencido de que no había oído bien. ¿Había dicho Wolfram lo que creía que había dicho?
—¿Perdón? —sugirió, patidifuso.
—Que te marches —repitió Wolfram con más agresividad—. No tienes nada que hacer aquí.
No había nada más doloroso que tener que mentir para garantizar la seguridad del ser amado. ¿Por qué era el destino tan cruel? ¿Por qué ver a la persona que más le importaba tenía que reportarle tanto miedo y sufrimiento? Había soñado durante años con aquel reencuentro, pero jamás en aquel sombrío escenario. Era tan injusto que le daban ganas de llorar.
Escrutó su rostro, aquellas facciones atractivas y tremendamente familiares. Ante su absoluto horror, Yuuri se echó a reír. Oír su risa fue como un sádico bálsamo para sus heridas, de esos que escuecen pero curan.
—Sé lo que vas a decir —aseguró Yuuri sin suavizar la sonrisa—. Me echarás en cara que haya estado tres años fuera, ¿no? Sé que no lo dirías de verdad, Wolfram. Tu lealtad me parece previsible —añadió con notable cariño.
Volvió a acercarse, ya desprovisto de cautela o titubeos.
—Sé que lo haces por protegerme —afirmó—, pero no pienso irme de aquí sin ti. Con lo que me ha costado encontrarte...
—Estúpido —gruñó Wolfram, impotente, sentándose en la cama y hundiendo la cabeza entre las manos.
Yuuri contuvo las ganas de correr a sentarse a su lado: había aprendido a manejar en gran medida las cabezonerías de Wolfram, y sabía que necesitaba que le dejaran su espacio para entrar en razón. En lugar de acercarse se dedicó a observarle de hito a hito: seguía siendo tan guapo como siempre, como aquellos querubines que aparecen en los cuadros renacentistas, pero estaba mucho más delgado de lo que recordaba y se le habían hundido un poco las mejillas.
Tras un rato de tensa ausencia de palabras que Wolfram se encargó de rellenar con expresiones malsonantes masculladas entre dientes, Yuuri estudió la habitación a la que no había prestado la más mínima atención hasta entonces. Aunque era lujosa y espaciosa, no era precisamente agradable a la vista; el frío en aquel lugar era mortífero. Se volvió hacia Wolfram al notar un plato, exactamente igual al que él le había traído, descansando sobre una mesa como si no se hubiera tocado desde que fue dejado.
—Sé que llevas días sin comer —le advirtió con firmeza—. Te pondrás enfermo si no comes —señaló el bol de sopa (desgraciadamente) fría.
—Maldita sea, Yuuri... —gruñó Wolfram, contrariado. ¿Iba a encargarse de mandarle comer, igual que a un niño caprichoso?
—Come y luego hablaremos —insistió Yuuri, cruzándose de brazos en actitud inamovible.
Wolfram le dedicó una mirada iracunda; se sentía desesperado y cabreado. Sobretodo cabreado. Enfadado porque Yuuri no hubiera aprendido nada en todo el tiempo que llevaba siendo rey. Enojado porque Yuuri no quisiera entender la nueva y negra situación en la que se encontraban.
Horrorizado ante la idea de que alguien descubriera su presencia allí y le sometieran a un destino igual o peor que la muerte.
Se obligó a pensar positivamente: Eberhart no estaba en el castillo, y según sus cálculos no volvería hasta el día siguiente. Nadie le molestaba ni le prestaba la menor atención cuando "el señor" no estaba en casa, así que por el momento debían estar a salvo.
Se inclinó y cogió el plato de sopa con más rudeza de la justa. Empezó a devorarla a toda prisa, sintiendo que el hambre que había ignorado en los últimos días volvía a arderle en el estómago. Cuanto antes acabara, antes podría acabar aquella conversación.
Yuuri sonrió de medio lado y se sentó a su lado; el colchón se hundió levemente bajo su peso. Tanto la parte de Wolfram que quería acribillarle a golpes como la que quería estrecharlo entre sus brazos se negaron a actuar, así que permaneció en la misma posición, comiendo en silencio mientras pensaba la forma más rápida de mandar a Yuuri bien lejos de aquel lugar.
Intentar herirle verbalmente no había funcionado: tendría que ser más sofisticado y maquiavélico. Quizá Yuuri sí había aprendido algo después de todo...
—¿Cómo has llegado hasta aquí? —masculló al cabo de un rato.
Yuuri pareció agradecido de que le dirigiera la palabra y no exteriorizara una reacción violenta porque se acercó unos pocos centímetros hasta que sus rodillas casi se rozaron.
—Me ha traído Conrad —reveló. Ante la sorpresa de su rostro, esbozó una tenue sonrisa—. Sí, está bien. Y Yozak está también aquí, cuidando de mí -aquello último lo dijo con cierto disgusto, como si no considerara en absoluto que necesitaba protección.
Wolfram sintió tamaño alivio al saber que Conrart seguía con vida que olvidó de golpe todas las preguntas lógicas que había planeado hacerle, como cuánto tiempo llevaba buscándole o cómo había conseguido entrar en el castillo sin ser descubierto. Todos aquellos pasaron a ser meros detalles deleznables ante su infinita necesidad de conocer la situación fuera de aquellos gélidos muros.
—Greta... —murmuró automáticamente.
—A salvo —se apresuró a tranquilizarle Yuuri—. Gracias a ti, por lo que he oído. No he llegado a verla, pero Conrad me ha dicho que está bajo la protección de tu tío Stoffel.
—Qué alivio... —susurró Wolfram, entornando los ojos por un momento.
Siempre había querido creer que su sacrificio había servido para algo, que Greta había salido ilesa de aquella noche sangrienta que había marcado el destino de todo el país.
—Mi madre... ¿está viva? —sugirió.
—Viva y en pie de guerra, como puede esperarse de ella —aseguró Yuuri con una leve sonrisa—. Y Gwendal y Günter están con ella, defendiendo la tierra de los Spitzberg —le zarandeó el hombro con una mano como muestra de compañerismo—. Cuando salgamos de aquí, iremos directamente al castillo Spitzberg a verlos. Allí estaremos a salvo.
Wolfram esbozó una sonrisa amarga que se esforzó en camuflar: la ingenuidad de Yuuri no conocía límites. No importa a dónde fueran ni cuán rápido corrieran, nunca estarían a salvo. La sombra de la guerra les seguiría como cuervos hambrientos, esperando a que cayeran para abatirse sobre ellos como la mismísima y negra muerte.
Sintió el roce de un dedo sobre su cuello descubierto, y dio un involuntario respingo.
—¿Qué tienes ahí? —quiso saber Yuuri.
La pregunta le congeló las entrañas. Se llevó una mano al cuello en un acto reflejo, cubriéndose lo que sabía que era un chupetón hecho la última vez que Eberhart había dispuesto de él. Le sostuvo la mirada a Yuuri, tenso, sabedor de que no se conformaría con eludir el tema.
Había deseado fervientemente no tener que darle explicaciones, que aceptara el silencio como una suficiente muestra de todo el sufrimiento padecido y del que no quería aportar más detalles. Pero era Yuuri a fin de cuentas: siempre quería saberlo todo, hurgar en las razones de todo el mundo, por mucho dolor que le acarreara conocer la verdad.
—¿Qué...? —murmuró Yuuri, posándole una mano en el hombro.
Sin que él tuviera tiempo de detenerle, Yuuri cogió los bordes de la bata y se la deslizó por los brazos, exponiendo los pálidos hombros. El dolor se hizo máximo en su expresión al comprender lo que estaba viendo.
—Wolfram... —aquella palabra sonó a un gemido constreñido.
El aludido le apartó la mirada y sus ojos titilaron de tristeza y amargura. Yuuri escudriñó el cuerpo de Wolfram, notando las contusiones que le adornaban los brazos y salpicaban su torso como un rosario de cardenales negros.
—¿Por qué permites esto...? —balbuceó, incapaz de apartar la mirada de su cuerpo.
Wolfram inspiró aire dolorosamente y volvió a cubrirse con rapidez, anudándose con tanta firmeza la bata que creyó que el cinto le partiría en dos. No podía mirarle a los ojos, no podía ser testigo de cómo la alegría del reencuentro se iba agriando en su rostro hasta transformarse en lástima o, peor aún, rechazo.
—No deberías dejar que te pegaran —murmuró Yuuri.
Oh.
Aquella respuesta había sido tan inesperada que Wolfram estuvo tentado de estallar en carcajadas desquiciadas. ¿Acaso era Yuuri tan ingenuo como para no comprender el origen de aquellas marcas que le decoraban la piel?
Mejor. No estaba seguro del efecto que podía provocar la verdad en Yuuri.
Y, sobre todo, no sabía cómo reaccionaría él mismo al ver la realidad en sus ojos.
—Eso es lo de menos —afirmó, recuperando la compostura e intentando sonar convincente—. Hay cosas mucho peores.
—¿Como qué? —quiso saber Yuuri—. ¿Peor que esto? Wolfram, esto no va contigo...
—No es fácil llevar la contraria a un señor feudal, y menos si tiene un ejército de diez mil hombres que obedecerán cada uno de sus gestos —protestó el aludido con fiereza. Volvió a hundir la cabeza entre los hombros—. A veces me lleva consigo en sus campañas militares —explicó con amargura—. Supongo que sabía desde un principio que soy bueno con la espada... Cabalgo junto a él, atado y amordazado, y cuando llegamos al campo de batalla...
Tragó saliva, intentando encontrar la expresión adecuada para describir aquella nefasta experiencia, resumir en pocas palabras las noches en las que las pesadillas le habían atormentado por lo sucedido en aquellos escenarios de muerte roja.
—...pierdo la conciencia de mí mismo.
—¿A qué te refieres? —inquirió Yuuri.
Aquella conversación tenía un contexto tan surrealista que a Wolfram le daba ganas de golpear algo. No resultada lógico que estuvieran intercambiando palabras con la tranquilidad típica de dos amigos sentados al aire en un día soleado. ¿En qué momento habían huido de aquel gélido castillo para estar ellos solos en un mundo aislado y sin preocupaciones?
Sólo las terribles vivencias de los últimos tiempos le anclaban a la realidad, insistentes, impidiéndole olvidar que Yuuri había ido a buscar la muerte tras aquellas paredes.
—Es algún tipo de houjutsu muy poderoso: tiene un mago de gran poder a su servicio y a menudo le sigue a todas partes —explicó Wolfram—. A veces me hace algo... No sé describirlo —reconoció—. Cuando ocurre pierdo de vista el mundo, como si me quedara dormido, y al despertar mi espada y mi ropa están empapadas de sangre. Lucho sin saberlo contra los míos, contra los mazoku a los que conozco.
Explicarlo era como revivir cada uno de aquellos instantes. Aquella primera vez, cuando despertó después de un letargo insensible, el olor metálico y el tacto húmedo de la sangre ajena contra la piel le habían recibido como una puñalada. Los pocos recuerdos, quebradizos, que conservaba del lapso en el que había sido manejable como una marioneta le retrataban a sí mismo como un monstruo de mirada ida cuya espada caía una y otra vez sobre los que fueran sus aliados, sin distinción de edad o clase social. Había matado a mujeres y a hombres por igual, y a menudo veía rostros conocidos flotando en aquella carnicería, con eternas expresiones de pánico petrificado.
Recordaba vagamente a aquel hombre de cabello rojo que había matado la primera vez, rebanándole la garganta de un sólo y fugaz mandoble.
—Yuuri, creo que yo maté al padre de Anissina —admitió, elevando la vista al techo—. O a su hermano, no lo sé...
Negó con la cabeza y se llevó la mano a la frente, suspirando para no dejar salir el cúmulo de sensaciones desagradables. Se había prometido, en un rápido y urgente juramento, que no permitiría que Yuuri notara rastro alguno de debilidad en él. Jamás imaginó que sería tan duro seguir fingiendo entereza.
Yuuri le observaba con el horror plasmado en el rostro, incrédulo y confundido. No sólo era la sensación desagradable que parecía haberse deslizado hasta su estómago: algo no encajaba en aquella explicación. Una vez, cuando Wolfram le había acompañado hasta Pequeño Shimaron, éste había sido víctima de la técnica ocultar del soberano de dicho país. Ante la estupefacción del propio Saralegui, Wolfram había sido capaz de resistirse al influjo de su houjutsu, algo que al parecer nadie había logrado hasta la fecha.
La fuerza de voluntad de Wolfram era reconocida, así como su tozudez. No era fácil de doblegar por técnicas de control mental.
Y aun así se acordaba de aquel hombre de ojos plateados que había estado a punto de descubrirle y vio más que plausible que nadie pudiera rebelarse ante su poder.
—Lo siento tanto, Wolfram —murmuró con sinceridad, cerrando los ojos por un segundo—. No te preocupes por eso; nadie te culpará por...
—Las houseki... —señaló éste con aspereza, indicando con la cabeza las piedras que brillaban en los muros—. Son de un tipo que no había visto nunca. Al tener tanto maryoku, su efecto sobre mí se multiplica. Estoy débil todo el tiempo —confesó con amargura, esbozando un gesto de dolor—, y no sólo físicamente...
Advirtió que estaba intentando justificarse, pero su orgullo le impidió hablar más de la cuenta y admitir abiertamente su depresión. Ni siquiera la mano que Yuuri depositó en su hombro le hizo sentirse mejor: el tan ansiado contacto era cálido y, por tanto, doloroso.
—¿Por qué...? —inquirió éste, confundido—. ¿Por qué haría algo así...? No lo entiendo...
—Por humillarme —opinó Wolfram, retorciéndose las manos sobre el regazo—. Si obligar a un mazoku a que mate a otros como él le sirve de diversión, no se lo piensa dos veces. Debía sentirse pletórico mientras me veía luchar contra los míos... —comentó, impotente.
Se puso en pie con lentitud y caminó hacia la ventana, alejándose del contacto de Yuuri. El mar estaba embravecido al otro lado, y la espuma de las olas al estrellarse contra el acantilado llegaba a salpicar el lado externo del cristal.
Tantas veces había valorado abrir la ventana y dejarse caer al vacío... Acabar de una vez con el miedo y el sufrimiento. Un efímero instante de absoluta libertad, el choque violento contra las olas rizadas... y después se dejaría llevar por la nada apacible que borraría todos los recuerdos desagradables de su memoria.
Sonrió con tristeza al océano: lo único que le había impedido arrojarse a los brazos del suicidio estaba allí, ingenuamente sentado en su cama. Tenerle allí y no poder expresar sus sentimientos como antes era con lejos la peor tortura que pudieran haberle impuesto.
Se llevó el puño cerrado a los labios, apretando, ansiando partirse los dedos. ¿Cuándo había aprendido a controlar así sus expresiones faciales? ¿Cuándo había asumido el control sobre el fuego que aún entonces le carbonizaba las entrañas, latente, esperando la mínima oportunidad para explotar en una tormenta de emociones incontroladas?
—Lo lamento tanto...
Aquel dolor que no le dejaba respirar se intensificó cruelmente tras oír aquel murmullo. Giró sobre sí mismo y vio a Yuuri como nunca le había visto: pequeño, abatido, un rey sin espada ni corona. Tragó saliva y se acercó lentamente hasta quedar de pie frente a él.
—No es culpa tuya, Yuuri... —intentó consolarle—. No podías saber que estaba pasando todo esto...
Y sus palabras hicieron sentir a Yuuri aún más impotente y miserable. Porque Wolfram podía gritarle, insultarle o incluso golpearle, pero al final siempre estaba allí, benevolente, perdonando cada una de sus faltas con la paciencia digna de un santo.
Incapaz de retener más las lágrimas, apoyó la cabeza en el estómago de Wolfram y se aferró a su bata, asiéndose a su persona como si soltarse le supusiera caer en un abismo de oscuridad infinita.
Lloró en silencio por todo por lo que no había llorado todavía: por las mujeres y los hombres muertos, por los niños que no volverían a reír, por el palacio desolado y los cuadros carbonizados; por el dolor insondable en la mirada de Conrart.
Por la gris frialdad en los ojos de Wolfram, antes llenos de fuego.
Y lloró también por sí mismo, por la vida feliz y estable que se le había desintegrado entre los dedos. Por aquella culpabilidad que no le dejaba vivir, que le consumía y amenazaba con volverle loco.
Entreabrió los ojos, pero sólo vio una porción de tela azul a través de una cortina de densas lágrimas.
—Tú siempre has estado conmigo, soportándolo todo a mi lado... y en cambio yo no estaba cuando más me necesitabas —balbuceó con dificultad.
Sentía como si el corazón se le hiciera pedazos, lentamente, con ensañamiento. Estaba solo en aquel maremoto de emociones desagradables que le habían alcanzado de golpe. Nadie le comprendía, nadie era capaz de entender aquel horroroso arrepentimiento.
—No merezco ser Rey... —se lamentó. Apretó el puño alrededor de la tela—. He fallado a todo el mundo... Te he fallado, Wolfram...
Había llegado a darse cuenta de lo mucho que había añorado la fiel compañía de Wolfram, su apoyo incondicional y sus palabras de ánimo aun cuando sus decisiones fueran erróneas y cuestionables.
Pero definitivamente nunca habría imaginado que necesitaba de aquel modo su contacto físico, sentirle como algo tangible que no se desvanecería aunque cerrara los ojos. Una mano que no le dejaría caer aún a riesgo de exponer su propia vida. Era el mayor consuelo del que podría disponer jamás.
Wolfram aún se sentía más desorientado que su compañero. ¿Cómo podía Yuuri aferrarse a él en aquella situación cuando él era el más inestable de los dos, a un solo paso de perder los nervios y hundirse para siempre en la desesperación? Más no se movió, ofreciéndose como paño de lágrimas y consuelo del alma. Simplemente no podía ver llorar a Yuuri, era demasiado injusto: algo tan amargo como las lágrimas nunca debería aparecer en su rostro.
Al cabo de unos minutos de silencio, sólo roto por el entrecortado llanto de Yuuri, éste se incorporó con los ojos hinchados y las mejillas escaldadas por las lágrimas. Le costó varios intentos ser capaz de hablar.
—Te prometo que a partir de ahora todo irá como debería —afirmó en un débil suspiro, limpiándose los ojos con el puño de la camisa—. Pensaremos cómo salir de aquí: seguro que a estas alturas Yozak ya tiene algún buen plan —opinó—... Y cuando tú estés lo suficientemente lejos de este sitio... volveré y hablaré con él, el señor feudal.
—¿¡Qué!? —gritó Wolfram, saltando de su sitio y sobresaltándole—. ¿¡Te has vuelto loco...!?
—Me escuchará —afirmó Yuuri, decidido—. Lo hemos hecho otras veces, ¿no? Conseguimos evitar la guerra contra Gran Shimaron y nos ganamos el favor de Francia... No quiero más muertes para mí país.
—Yuuri... —empezó Wolfram, negando con la cabeza.
—Se hará así —insistió Yuuri, poniéndose en pie—. Seguro que podemos llegar a un acuerdo pacífico, estoy seguro.
Wolfram intentó decir algo, pero al principio las palabras se negaron a salir de sus labios paralizados por el horror. Aquello no podía estar sucediendo: Yuuri había adoptado la actitud que él había temido que adoptara, esforzándose en buscar planes absurdos para evitar más derramamiento de sangre. Siendo como era un alma benévola, era incapaz de comprender que el único modo de vencer a aquel nuevo enemigo era superándolo en armamento y poder militar.
Aquella magnanimidad significaría tarde o temprano su derrota. Wolfram siempre lo había sabido, y no había nada que pudiera infundirle más terror.
Sin darle tiempo a abrir de nuevo la boca, le apresó los brazos con ambas manos, apretando, inmovilizándole en una presa ineludible. Yuuri levantó la mirada hasta encontrarse con sus ojos, y creyó ver por un instante un reflejo de aquella determinación que le había hecho célebre en el antiguo Shin Makoku.
—Escúchame bien, Yuuri —rogó Wolfram, hundiendo las uñas en sus hombro—-: nunca te has enfrentado a nada como esto. Siempre lo has solucionado todo con palabras, con pactos que han favorecido a ambas partes y con sonrisas gentiles —tragó saliva, eligiendo muy bien las palabras para hacerlas más contundentes—. Eberhart no es como ellos: no se dejará avasallar, no permitirá negociaciones ni palabras diplomáticas. En cuanto descubra que estás aquí, te cortará el cuello delante de toda la corte. No le interesan las alianzas ni los beneficios políticos, sólo demostrar su fuerza y aumentar su renombre. Si verter tu sangre en la plaza le supone más poder y prestigio, lo hará sin pensarlo ni un sólo instante. Solo obedece a un soberano más poderoso y es el más despiadado de los mercenarios.
Deseó estar asustándole, pinchar aquella burbuja utópica en la que Yuuri se habían encerrado. Se mordió la lengua con saña, intentando empujar aquel dolor hacia el fondo de su alma para que no entorpeciera su objetivo.
—Tienes que marcharte —concluyó—. Díselo a Yozak y marchaos antes de que os descubran. Vuelve a tu mundo, Yuuri... Allí estarás a salvo.
Cada palabra era como un aguijonazo, como un nuevo pisotón sobre los frágiles fragmentos de sus ilusiones: estaba animando a la persona que más le importaba a alejarse de su lado, quizá para siempre.
No volvería a verle. Él moriría en aquel lugar, hecho pedazos, mientras Shin Makoku se convertía en un burdo espectro de lo que había sido.
Lejos de dejarse convencer, Yuuri se liberó de su agarre y se afianzó firmemente sobre ambos pies, en una postura que casi recordaba el porte de los monarcas clásicos.
—No puedes protegerme para siempre, Wolfram —anunció—. Soy un Rey, lo elegí por voluntad propia y me comportaré como tal. No me permitiré otro tropiezo como este. Y desde luego no dejaré que nadie se arriesgue ni sufra por mí.
—Pero... Yuuri... -intentó argumentar el mazoku.
El aludido eliminó la distancia entre ambos hasta que sus frentes entraron en contacto. Wolfram contuvo el aliento: sus ojos eran de un verde irreal, falso, que no camufló en absoluto el negro que titilaba detrás de las lentes de contacto. Aquella mirada despertó en él emociones que creía enterradas.
—Aún soy el Maoh —soltó Yuuri de pronto, con una voz tan autoritaria que casi parecía la de su alter ego. Sonrió—. Y tú debes obedecerme, como fiel soldado que eres. Si te ordeno que huyas de este lugar conmigo, tú lo harás. Porque me juraste lealtad, ¿recuerdas? Muchas veces —puntualizó.
Wolfram enmudeció, siendo incapaz de replicar aquellas honorables palabras. No podía negar que aquel improvisado discurso le había emocionado, pero sospechó que no provocaría el mismo efecto en labios de otra persona.
Porque eso era Yuuri: sinceridad, autenticidad. No tenía razones para fingir ni disponía de la malicia suficiente para hacerlo. Sus intenciones eran claras y puras como el cristal.
Yuuri se separó tras unos largos segundos. Fue capaz de aprovechar el lapso de estupefacción de su amigo para dirigirse hacia la puerta a paso decidido. Se detuvo un segundo con la mano en contacto con el picaporte, como si algo irresistible le incitara a quedarse.
—Sólo espérame —imploró—: hablaré con Yozak y vendré tan pronto como pueda. Mañana por la mañana ya serás libre.
Y después abandonó la sala sin mediar una palabra más.
Una vez solo, aquel gruñido de impotencia que Wolfram había intentado contener con todas sus fuerzas pudo salir sin reparos, desgarrándole dolorosamente la garganta. Se llevó ambas manos a la cabeza, estrujándose unos mechones de cabello en un intento de mantener la entereza a través del dolor.
Aquello era demasiado para él: le dolió estar admitiéndolo, dejarse vencer por las circunstancias. Él, que siempre había tenido un temperamento lineal e inestable, ocupando todas sus energías en una misma emoción, no podía procesar aquella confusión interna.
Porque él sabía cuál era su deber. Conocía los lazos de lealtad que le ataban a Shin Makoku y sabía perfectamente qué debía hacer para mantener a Yuuri a salvo.
Y aun así aquella parte más egocéntrica de sí mismo, la que ansiaba ver de nuevo la luz del sol, experimentaba una profunda y siniestra alegría porque Yuuri hubiera ido a buscarle, desafiando los crecientes peligros que sembraban aquel mundo que ya les era desconocido.
