Wow.
8 años. Redéu. Rediós. OMG.
La vida, oiga. Acabé la universidad. La volví a empezar. La volví a acabar. Estuve en paro. Empecé a trabajar.
8 años.
WOW
ADVERTENCIA: Non-con y lenguaje soez.
5. Aufbrechen – Rotura
El semental de pelaje azabache se encabritó cuando uno de los criados le puso una mano encima, intentando guiarlo hacia un lugar distinto de las caballerizas. Terco y orgulloso, el animal piafó y relinchó con violencia aun cuando distintos hombres intentaron reducirlo a base de tirar de las bridas.
Yozak, que estaba cepillando el pelaje de un bonito caballo alazán, levantó la mirada y observó con una sonrisa torcida los esfuerzos de los criados por domar al animal. Era divertido así como irónico: cuando una bestia era fogosa por naturaleza, reacia a recibir órdenes, nada podía hacerse por cambiar su modo de ser. Los mazoku eran iguales: orgullosos, amantes de la libertad e imposibles de domesticar por seres a los que consideraran inferiores.
El único modo de ganárselos era permitir sus acometidas, dejarles expresar su rugiente espíritu sin ninguna atadura palpable. Permitirles elegir. Yozak lo sabía porque había escogido ser un mazoku casi noventa años atrás, aceptando aquella filosofía grandilocuente y llena de contrapuntos.
Se puso en pie con lentitud y se acercó al lugar del incidente. Un hombre yacía tirado en el suelo con la nariz sangrante después de haberse golpeado contra un pilar de madera.
—Soltad a ése pobre animal —propuso.
—¿Qué? —sugirió un adolescente que se aferraba como podía a las bridas del animal—. Pero, señor... Este animal está loco.
—Bah, sólo está de mal humor porque está encerrado. Cualquiera lo estaría —opinó Yozak encogiéndose de hombros—. ¿Alguno de vosotros lo ha probado?
Las miradas confundidas de los presentes le demostraron que ninguno se había planteado aquel dilema. Acercándose al muchacho, Yozak le hizo soltar el extremo de la cuerda. Una vez se vio libre, el caballo relinchó amenazadoramente y golpeó el suelo con sus enormes cascos provistos de herraduras. Los criados retrocedieron con espanto y sólo el chico se quedó en primera línea, no exento de temor.
Yozak avanzó sin miedo, extendiendo los brazos frente al animal en un intento de aplacar su cólera. El caballo giró de un lado a otro, nervioso, pero poco a poco fue reduciendo la violencia de sus movimientos hasta permanecer en una digna y erguida postura.
—Eh, eh... Tranquilo —murmuró el mazoku, alargando la mano para acariciarle el hocico.
Contra todo pronóstico, quizás en agradecimiento por la libertad recibida, el semental agachó la reluciente cabeza y permitió que el soldado le tocara. Yozak le palmeó la mandíbula y dirigió una mirada entre socarrona y divertida al resto de criados, que aún permanecían boquiabiertos. El más joven de ellos tenía una enorme sonrisa de maravilla en el rostro.
Aferró las bridas y pasó los dedos por las crines negras como hilos de noche.
—Cuando nos vayamos, tú vendrás con nosotros... Pero es un secreto, ¿eh? —susurró, sonriendo con picardía.
Después lo guio a su parte del establo, y él se dejó atar pacíficamente al correspondiente poste de madera. Cuando cerró el compartimento, se encontró de frente con el chaval de la sonrisa entusiasta. Le observó de los pies a la cabeza, notando cierto matiz distinto en su persona.
—Tú no eres humano, ¿cierto? —preguntó, asegurándose de que nadie podía oírles—. ¿Cuántos años tienes?
El muchacho palideció efímeramente, pero al final su lengua se desató, como si llevara tiempo intentando confesar algo imperdonable.
—Cincuenta y nueve, señor. Soy mitad y mitad —reconoció—. Padre era humano, y murió antes de que yo naciera a causa de una enfermedad. Madre era una mazoku que sabía utilizar el poder del viento. Yo sin embargo no puedo hacer nada extraordinario...
—¿Qué pasó con ella? ¿Está aquí contigo? —quiso saber Yozak.
El chico negó con la cabeza.
—Murió en la guerra —explicó—. Combatió en el primer regimiento de usuarios de majutsu que defendieron este castillo...
—Lo siento —dijo Yozak, conmovido.
Sentía cierta empatía por aquel crío. No era fácil ser un mestizo en una sociedad en la que los mazoku pura sangre eran repudiados por el resto del mundo. Entendía el sentimiento de inferioridad que podía leer en su mirada.
—Te confiaré algo, chico —afirmó, guiñándole un ojo—: yo también soy mitad y mitad. Y sé que no es fácil, que a veces es complicado revelar tu condición, pero nunca te sientas menos que nadie. Si tu padre y tu madre se querían tanto como para tenerte aún con esos estúpidos roces raciales, ¿no te parece que eres alguien de quien vale la pena sentirse orgulloso?
La sonrisa del muchacho no podía ser más amplia y luminosa, sincera, mientras le daba las gracias y se marchaba. Y Yozak no pudo evitar que le evocara a aquella primera sonrisa que vio en los labios de Conrart cuando le conoció, tantas décadas atrás.
Al volverse, vio a su rey de pie en el umbral de la puerta trasera de las cuadras. Tenía las mejillas enrojecidas y su respiración era entrecortada, seguramente producto de haber llegado corriendo hasta allí.
—He encontrado a Wolfram —anunció Yuuri. Sonrió levemente—. Está vivo.
Y después se sentó a su lado y empezó a hablar.
Por respeto y por muchas otras cosas no mencionó las vivencias que Wolfram le había confiado: él era el único con derecho a hablar de su experiencia cuando estuviera preparado. Tampoco, aunque en este caso por mantener la poca autoridad que le quedaba, aludió a la pequeña crisis de ánimo que había sufrido y que le había llevado a llorar como un niño sobre el regazo de Wolfram. Y no es que le molestara que Yozak se enterara, pero decírselo a Yozak equivalía a que Conrart lo descubriera tarde o temprano, y consideró que éste ya tenía suficientes quebraderos de cabeza como para añadir uno más a una lista interminable.
Yozak escuchó en silencio todo lo que él tenía que decirle, reflexionando detenidamente en sus palabras, hasta que la voz del Maoh se difuminó con el golpeteo creciente de la lluvia en el exterior.
—¿Has notado algo extraño en él? —sugirió al final.
Yuuri pensó en algunos gestos atípicos que le había visto a Wolfram en aquel rato que habían pasado juntos. Los largos silencios, el modo de apartar la mirada, los ojos mortecinos en contraposición a aquella antigua mirada ardiente...
—Bueno, estaba un poco... —intentó buscar la palabra adecuada—..."apagado"... Pero es normal, ¿no? Tanto tiempo atrapado en este lugar... —echó un vistazo inquieto sobre sus hombros, al jardín iluminado por antorchas. Miró a su protector—. ¿A qué viene esa pregunta?
Yozak se encogió de hombros, especialmente concentrado en anudarse las botas.
—La gente cambia cuando ve cosas malas —se limitó a explicar—. Las circunstancias pueden modificar el comportamiento de las personas, e incluso romper sus lazos afectivos. Yo lo he visto, chaval, y no es agradable.
Yuuri gruñó, contrariado. Estaba harto de que todos los que le rodeaban se jactaran inconscientemente de sus múltiples vivencias, de entender cualquier situación y reacción como si fueran doctorados en psicología o algo. Sabía de sobras que él era inexperto e ingenuo, ¿pero qué querían que le hiciera si todos ellos, a excepción de Wolfram, superaban el siglo de vida? ¡Él justamente acababa de empezar a vivir como mazoku!
A pesar de todo, las palabras de Yozak le habían preocupado.
—Wolfram no es así —murmuró, deseando en el fondo de su alma que fuera cierto—. Él es fuerte.
Daba la sensación que Yozak quería decir algo al respecto, pero prefirió no descorazonarlo y se limitó a observar la marcha de una tropa de soldados que cruzaba el camino de adoquines.
—¿Y ahora qué hacemos, chico? —preguntó finalmente.
—Esperaba que tú me lo dijeras —admitió Yuuri con abatimiento.
—Lamento decepcionarte, pero lo veo francamente negro —admitió Yozak. Para desgracia de Yuuri, era la enésima vez en poco tiempo que le oía utilizar aquella expresión—. La seguridad es a prueba de los mejores ladrones y espías: entrar es mil veces más fácil que salir. Las verjas están hechizadas a prueba de gente con maryoku, y hay casi ciento cincuenta arqueros vigilando el perímetro desde el tejado. Hoy han acribillado a flechazos a una mujer que no ha querido enseñar su fardo... Intentaré buscar cualquier posible vía de escape, pero necesito tiempo para hacerlo sin levantar sospechas —concluyó.
Yuuri captó el mensaje: debían esperar, esperar una oportunidad que quizá no llegaría. No sabía si era por todo lo que había visto aquel día o por el constante y gris tiempo atmosférico, pero empezaba a dudar del éxito de su misión.
Ni él ni Yozak repararon en la comitiva que entró a la fortaleza por las puertas principales, atravesando la noche lluviosa como sombras de un rojo cegador.
En su sueño Wolfram era de nuevo libre.
Más que eso: era feliz.
Conrart sonreía como nunca, esgrimiendo una espada que él se apresuraba a desviar con una carcajada. Luchaban como cuando eran niños, intentado desarmarse bajo la mirada apacible de Gwendal y otros tantos habitantes del castillo. Al final abandonaban las armas y se atacaban cuerpo a cuerpo, tirándose al suelo entre risas y manchándose los uniformes de tierra y hierba. Wolfram jamás había creído que recuperaría aquella ingenuidad infantil, aquel afán de convertir cada segundo en diversión.
Por la noche, cansados pero satisfechos, asistían a una reprimenda de Günter sobre la mala imagen que daba que dos capitanes como ellos llevaran los uniformes tan desastrados. Y cuando después de tomar la cena y darse un baño regresaba a su estancia, Yuuri estaba metido entre las sábanas con su pijama azul. Al verle llegar, sonreía y separaba las cobijas. Sus ojos negros brillaban como ónices, felices de toparse con él.
"He intentado calentar tu sitio. Esta noche hace bastante frío"
Y él se deslizaba también entre las sábanas y se quedaba dormido en aquel apacible calor ajeno, soñador, lleno de esperanzas. Seguro de que su despertar sería agradable mientras su ser amado estuviera a su lado.
Por la mañana, era su madre la que estaba sentada al borde de la cama, con la melena de rizos dorados derramada sobre los hombros. Su sonrisa era maternal y acogedora mientras le acariciaba el cabello con los largos y elegantes dedos. Adormecido, Wolfram se frotaba los ojos y sonreía también con dejadez.
"¿Qué haces aquí, madre? ¿Querías ver cómo me despertaba, como en los viejos tiempos?"
La sonrisa de Cecilie se teñía súbita e incomprensiblemente de tristeza.
"Mi pequeño Wolfram... Aún no estás despierto"
Wolfram abrió los ojos, y la realidad le recibió como la destrucción de mil cristales.
No estaba en su cama del Pacto de Sangre, y ni su madre ni Yuuri le acompañaban en su despertar. Estaba solo en aquel frío familiar, en un castillo que había perdido toda la vida.
Suspiró dolorosamente, descorazonado, mientras se acercaba las rodillas al pecho. Hubiera deseado seguir dormido para siempre, no ser capaz de recordar qué le mantenía preso en aquella fortaleza.
Captó un movimiento muy cerca de él, una mano helada que le acarició la mejilla. A pesar de estar adormecido, su cuerpo reaccionó instintivamente y rodó fuera de la cama, alerta. Se plantó firmemente a escasos metros de la ventana y observó la estancia con ojos desacostumbrados a la penumbra.
Eberhart estaba de pie al lado de la cama, alto y terrible, con la sangre ajena y las heridas cubriendo su fornido cuerpo a partes iguales. La tenue luz de la habitación le daba un aire más que siniestro, amenazador. Wolfram le observó con cautela desde su sitio, intentando mantenerse lo suficientemente lejos de su alcance.
¿Qué hacía allí tan pronto? ¿Acaso no debía tardar varios días en volver? Eso había querido que creyera, al menos.
"¡Mierda! Mierdamierdamierdamierda…"
—Esos malditos fieles al Maoh... —gruñó el hombre con fastidio, sin quedar muy claro si para él o para sí mismo—. Estaban mejor preparados de lo que creíamos... Aunque claro, de poco les ha servido —añadió, esbozando una sonrisa siniestra.
El muchacho permaneció mudo y en absoluta tensión, como si intentara camuflarse con los tapices ensombrecidos. Eberhart se quitó la cota de malla y la arrojó de cualquier modo al suelo: un arma que había conseguido burlar los anillos de acero había dejado una herida superficial pero extensa en su abdomen. La sangre aún se escurría roja y fluida por su estómago, mezclándose con la más oscura que pertenecía a sus víctimas. Pero a él no parecía importarle.
—Los mazoku ya no son lo que eran —continuó su discurso belicista, quitándose las muñequeras de bronce—. Ahora prefieren rogar por su vida antes que levantar la espada contra nosotros. Es deprimente: ni siquiera satisface matarlos...
—¡Cállate! —exhortó Wolfram, incapaz de soportarlo por más tiempo.
Eberhart se quedó quieto y después, lentamente, clavó los ojos en él. Wolfram temblaba de los pies a la cabeza, pero sólo por la cólera retenida que amenazaba con liberarse con la fuerza de un tifón.
—¡Los mazoku levantamos una nación donde sólo había muerte y oscuridad! —gritó—. ¡Shin Makoku acogía a todos los humanos que nos apoyaran, y también a los mestizos que quisieran colaborar con la causa! ¡Hemos cometido errores, pero nunca nos rebajamos a invadir un país enemigo para obtener tierras o poder, a matar a los de nuestra propia raza sólo para expandir nuestro país...!
En un sonido metálico rápido como un trueno, Eberhart había desenvainado la espada y le apuntaba con ella. La punta del arma quedó suspendida a escasos milímetros de su garganta, tan cerca que si respiraba demasiado fuerte podría sentirla penetrar en su piel.
—¿A qué viene esa repentina insolencia? —preguntó Eberhart, burlón—. ¿Qué ha cambiado para que vuelva a haber fuego en tus ojos?
Lejos de intimidarse, Wolfram siguió desafiándole con la mirada, alimentado por alguna insospechada energía interna.
—Me gustas más así que siendo una manejable muñeca de porcelana —reconoció Eberhart. Curvó la comisura de los labios—. Quieres matarme, ¿verdad? Si pudieras me cortarías la garganta sin pensarlo un sólo instante...
Atrajo la espada hacia sí y la giró en el aire, ofreciéndole la empuñadura al muchacho. Wolfram le dedicó una mirada desconcertada, oliéndose algún tipo de truco encaminado a humillarle de nuevo. Observó la espada detenidamente: era ancha y afilada, poco elegante a la vista, pero aun así seguro que no pesaba más que las espadas de acero puro que forjaban los mazoku.
Quizá la supuesta gracia estaba en que no podría sostenerla, debilitado como estaba por las houseki... o en que no se atrevería a hacerlo.
En un repentino arranque de decisión, extendió la mano y la cerró sobre la empuñadura. Sólo medio segundo después supo que no había sido un gesto inteligente.
Su mano ardió en contacto con el metal, hiriéndole la piel como si tocara ascuas y obligándole a soltar un aullido de sorpresa. Aquel calambrazo de dolor se extendió por todo su cuerpo, sacudiéndole el cerebro y haciendo vibrar cada una de sus extremidades. El olor a carne quemada llegó hasta su nariz. La espada cayó al suelo con un chasquido mientras el muchacho se agarraba la muñeca con la mano sana, confuso. Sus ojos se detuvieron un instante, velados por el dolor, en la gema de un verde venenoso que siempre había tomado por una ostentosa esmeralda.
—Es Piedra de Maldar, una potente fuente de houseki. El simple contacto te resulta insoportable, ¿no? —canturreó Eberhart—. Produce ese efecto en todos los mazoku pura sangre...
Wolfram le miró con rencor, respirando entre jadeos mientras el dolor remitía paulatinamente. Eberhart sonrió con ironía y pasó por encima de la espada, reduciendo peligrosamente la distancia entre ambos.
—Hablas sin conocer, como todos los pura sangre —replicó—. ¿Te crees conocedor de toda la historia de tu patético país? ¿Sabes sobre qué mentiras se edificó Shin Makoku? ¿Sabes qué decisiones tomó tu amado Shinou para mantener su ridícula utopía?
Wolfram dio un paso atrás, en silencio.
—No, no puedes saberlo... —concluyó Eberhart, acercándose más—. Eres joven e ingenuo, demasiado crédulo para cuestionar los conocimientos que tus padres y maestros te han inculcado. ¿Cómo puedes luchar por una causa de la que ni siquiera conoces sus orígenes?
Maldita pared. Wolfram no pudo retroceder más y su espalda se arqueó contra el frío muro cuando Eberhart se posicionó frente a él, extendiendo una mano en su dirección.
—Te he echado de menos... —susurró, lascivo.
El chico experimentó una sensación más que dolorosa, porque costaba creer que la misma frase, pronunciada por personas distintas, entrañara tamaño abismo de significado.
Eberhart olía intensamente a sudor y a sangre. Como un dios de la guerra que regresaba al hogar...
...esperando una recompensa por la victoria lograda.
—¡No me toques! —chilló Wolfram, repeliendo su mano de un manotazo.
Con aquel gesto irreflexivo y totalmente imprudente, los acontecimientos se precipitaron. En un segundo se vio tumbado de bruces contra el suelo, con una mano oprimiendo su cuello para mantenerle inmovilizado. Aquel aroma a muerte se volvió insoportablemente cercano.
—A mí nadie me da órdenes en mi casa —gruñó Eberhart.
Tiró de él hacia arriba y a continuación estampó con violencia su cabeza contra el suelo. Wolfram sintió el ramalazo de dolor extenderse por su frente como si le hubieran partido el cráneo. Forcejeó insistentemente, pero sabía de antemano que sería tan inútil como las otras veces. Eberhart parecía tener la habilidad para colocarle en la posición que se le antojaba con los mínimos tiempo y fuerza.
—Así es como menos te gusta, ¿verdad? —sugirió éste—. Hincado de rodillas, como si suplicaras. Como una puta complaciente. Simplemente no puedes soportarlo... El dolor y la humillación deben ser insufribles para una criatura tan orgullosa como tú...
Notó la mano que le bajó los pantalones, y en menos de un instante se encontraba gimiendo bajo una sensación tan cruel como conocida. Aquello se había convertido en algo mecánico, y él apenas oponía ya resistencia...
—Ha habido otros, ¿sabes? Las mujeres y efebos más bellos del reino del otro lado del mar —jadeó Eberhart con frenetismo—. En el sitio del que yo vengo esto es normal... Los grandes señores deben tener algunos privilegios, ¿no te parece? A estas alturas los otros ya se habían resignado... —admitió. Otra embestida—. Algunos incluso lo disfrutaban... Me pregunto por qué tú no.
Wolfram intentaba desesperadamente evadirse de aquella desgarradora realidad, sumergirse en la última sensación feliz que había experimentado. Era tan difícil... Hacía tres años desde que había reído por última vez, desde que había sentido un instante de calma. Y la voz de Eberhart tenía el curioso efecto de anclarle al presente, a su cuerpo tan esclavo como todo él.
—En realidad lo sé... —siseó éste—. Sigues esperando a tu Maoh. A ése falso héroe que no se ha dignado a aparecer a pesar de que su pueblo aúlla de agonía y su prometido es ensuciado por otro que no es él...
"Cállate" pensó Wolfram para sus adentros, cerrando los ojos con fuerza "No le conoces. No hables de él de ése modo" La ausencia de réplicas parecía enfurecer a Eberhart.
—¿Por qué...? ¿¡Cómo puedes creer en alguien que te ha abandonado...!? —le oyó bramar, enardecido—. ¿¡Por qué sigues esperándole...!?
Cada embestida era más profunda y dolorosa, como si intentaran quebrar su alma. Sus propios jadeos eran cada vez más agudos y rotos, y apretaba los puños con tanta fuerza que le manaba sangre de los sitios en los que incidían las uñas.
"Él ha venido... aunque no debería haberlo hecho. Es un enclenque estúpido..."
Sonrió aun cuando no había nada por lo que sonreír.
"...pero le importo"
Su cuerpo empapado en sudor golpeó contra el suelo de un frío demoledor. En aquel momento no sintió nada, lo cual lo hizo todo más irreal: el dolor sólo era algo lejano y diáfano, demasiado intangible para que enturbiara aquel chispazo de silenciosa confianza que había restallado en su cabeza.
Quizá ya había perdido del todo la cordura. Aquel pensamiento no le resultó tan desagradable como había esperado.
Ladeó la cabeza sobre un hombro, la mirada estoica y desafiante puesta en su captor, retándole, provocándole sin palabras a que intentara quebrar aquella súbita sensación de fortaleza. Supo que no le había gustado. Le cogió del mentón para obligarle a mirarle a los ojos. Los dedos como garfios le apretaban la mandíbula con tanta fuerza que no parecía requerir esfuerzo alguno para astillarle los huesos. El pulgar se paseó por el espacio entre sus labios, presionando sobre piel húmeda y enrojecida.
Él, dolorido y noqueado, apenas capaz de respirar, sólo llegó a oír una última y aterradora orden.
—Abre la boca —y le dejó caer postrado frente a él.
Wolfram fue arrojado con violencia al cuarto de baño, golpeándose dolorosamente el pómulo contra el frío mármol. Jadeando con desesperación, consiguió arrodillarse en el suelo; apoyó ambas manos en el piso y vomitó. Sentía aquellos ojos crueles puestos en su espalda, observando cada gesto que indicara que se había venido abajo. Él lo ignoró, incapaz de concentrarse en nada más que no fueran aquellas horribles arcadas y en la sensación de repulsa que hacía estremecer todo su cuerpo.
Se sentía vulnerable, asquerosamente vulnerable y frágil. Pero había plantado cara, oh sí... se había resistido, algo que llevaba meses sin hacer. Los moretones ya aparecían sobre su piel, acompañados por el pulsante dolor de los vasos sanguíneos reventados, pero la satisfacción resultaba desmedida y siniestramente reconfortante.
Eberhart pareció adivinar la satisfacción que su comportamiento le había producido, porque se apresuró a aplastar cualquier emoción agradable que pudiera anidar en su pecho.
—Por tu bien y por tu estabilidad mental te recomendaría darte por vencido —opinó con ironía—. Nadie vendrá a buscarte. Tus cadenas no son tangibles pero sí duras como el diamante.
Le dedicó una última mirada entre complacida y despectiva.
—Date un baño —ordenó—. Estás hecho un asco.
Wolfram le oyó recoger las piezas de su armadura antes de marcharse. El silencio fue una auténtica bendición después de horas de tormento.
Aún sentía arcadas, así que se aferró con ambas manos al mármol de la bañera e intentó contener las ganas de vomitar de nuevo. Aquel desagradable sabor en su boca siempre tardaba horas en desaparecer. Tras unos largos instantes de titubeo, tembloroso y con la vista emborronada por el sudor, hizo un esfuerzo sobrehumano por incorporarse y quedarse sentado en el frío suelo.
Encogió las rodillas contra el pecho, sin llorar ni lamentarse, sólo una expresión vacía de emoción alguna.
Aquello era lo que más le repugnaba de su situación. La sensación de suciedad después de que "ocurriera", el olor a sudor ajeno impregnando la propia piel. A veces se preguntaba cómo había sido capaz de soportarlo durante tanto tiempo.
El orgullo del soldado, se dijo. Aquel que le llevaría a morir de la peor de las maneras antes que rebajarse a suplicar por su integridad.
Levantó la mirada y contempló su reflejo en el espejo empañado. Un moretón horrible se le extendía por el ojo derecho, obligándole a entrecerrarlo. Eberhart siempre se había mostrado violento con él, más en los días en los que él se sentía especialmente terco y optaba por canalizar su ira en estallidos de cólera y palabras malsonantes por los que era castigado. Estaba pálido, consumido, con los pómulos prominentes y unas ojeras amoratadas que le hacían parecer enfermo.
Se incorporó con cuidado sobre las rodillas, acercándose tanto a su doble invertido que casi podrían fundirse. Odiaba lo que veía. Odiaba cada milímetro de sí mismo.
Desde luego las peores heridas no eran visibles, y aun así seguían doliendo en cada rincón de su cuerpo... y alma. Si sólo pudiera utilizar su maryoku... Oh, si pudiera. Carbonizaría hasta los cimientos de lo que se había convertido en un lugar maldito para su persona.
En una repentina explosión de energía contenida, convirtió la mano en puño y soltó un potente aullido mientras lo estrellaba contra el espejo. La impoluta superficie se fragmentó en decenas de pedazos que se vinieron abajo como esquirlas de su propio reflejo. Una lluvia de cristales rotos roció el suelo y le cortó las rodillas, esparciendo gotas de sangre por las baldosas azuladas. Su puño sangraba allí donde los nudillos se habían herido.
Sonrió con sádica satisfacción, saboreando aquel momento con el pulso acelerado. El dolor le hacía sentir vivo, le recordaba que aquello no era sólo una pesadilla.
Una evidencia de que aún tenía en sus manos el poder para modificar el curso de los hechos. Tan pequeño, tan inseguro... pero real.
En los últimos tiempos, cuando intentaba ver más allá de aquel nefasto presente no veía nada. Simplemente no hallaba un futuro significativo, un horizonte que variara la deplorable situación en la que estaba sumergido. Sólo oscuridad y muerte acudían a sus ojos, noches enteras de terror y lamento en las que cada recuerdo agradable sería brutalmente despedazado hasta que sólo quedaran las vivencias más horrendas.
Y de pronto una mota de luz había estallado en aquella inmensa negrura. Por primera vez en tres años se atrevió a imaginarse libre de su cautiverio, cabalgando al lado del Maoh hacia una batalla por la libertad y la felicidad. Volvía a haber algo en su futuro, algo frágil e improbable, pero posible. Era mucho más de lo que podía haber esperado.
Se obligó a constreñir sus ensoñaciones. Sabía muy bien lo que tenía que hacer, el comportamiento que se esperaba de su honor y su puesto como servidor del Maoh. Se cubrió el ojo derecho con los dedos, pensativo. El muy tonto de Yuuri no tardaría en volver a verle, así que debería pensar algún modo de disimular aquel desperfecto.
Suspiró, descorazonado. Era la cercanía del Maoh lo que le había sacado de su letargo, lo que había reavivado su carácter explosivo y su cólera incendiaria.
Lo único que le había hecho sentir esperanza en aquellos tres eternos años.
—Yuuri... —susurró de forma casi inconsciente.
El tiempo se había ido volviendo más y más tormentoso a medida que avanzaba hacia el sur. La lluvia ya había formado ríos donde antes sólo hubieras tierras baldías, de modo que Murata se veía obligado a utilizar todo su ingenio para encontrar los puntos por los que vadear aquellas maleables corrientes.
Según sus cálculos se encontraba ya muy cerca del territorio de los von Khrennikov: sólo tenía que cruzar el río y en pocas horas se plantaría en la ciudad portuaria. Podía sentir el maryoku de Yuuri borbotear lentamente en algún punto del este: incluso desde allí sentía que era una bomba de relojería a punto de estallar.
"Paciencia, Shibuya. Aún no es el momento de tomar venganza"
Él mismo sentía una cólera desmedida gestándose en su alma, alimentada por todo lo que había visto en el corto periodo posterior a su regreso. Familias desechas, hombres con miembros amputados y gente a la que habían cegado con hierro líquido. Niños atenazados por el hambre que habían extendido una mano suplicante hacia él, las muñecas tan frágiles que pareciera que fueran a partirse.
Era todo lo que quedaba de Shin Makoku, del hermoso Shin Makoku que él había ayudado a fundar al lado de Shinou. Era doloroso comprobar que el destino se había cebado con aquella tierra de promesas y esperanzas.
Se detuvo bruscamente, tirando de las riendas del caballo y haciéndole relinchar. Escudriñó el páramo con detenimiento: los bancos de bruma eran tan densos que apenas distinguía nada a más de cinco metros de él. La niebla se rizaba, blanca y fría, formando figuras caprichosas que podían ser producto de su imaginación...
...o desconocidos acechándole. No podía estar seguro.
Observó largamente las sombras que se dibujaban entre la confusión brumosa. Tras unos cuantos segundos advirtió que éstas no se movían con la niebla, de modo que eran personas, aguardando el momento idóneo para... lo que quiera que desearan.
Algo embotaba sus sentidos, como un polvo mágico flotando en el aire. Le costó un poco reconocer aquella sensación.
"¿Houjutsu?"
Se quedó quieto, sospesando los pros y los contras de su posible decisión. Él era ante todo un pacifista, reacio a utilizar su maryoku si no era estrictamente necesario... pero si ése era el único modo de poder volver al lado del Maoh, estaba dispuesto a volar por los aires la mitad de las tierras de los humanos.
Percibió flechas siendo tensadas en los arcos, espadas rascando las fundas al ser desenvainadas: estaba claro que sus intenciones eran hostiles, o al menos cautelosas. El caballo relinchó, inquieto, y él le palmeó el costado al tiempo que enviaba una ráfaga de maryoku en todas direcciones, como la onda expansiva de un meteorito.
La niebla se retorció, hondeando violentamente, y pudo oír cómo algunos de los atacantes caían de sus caballos. ¿Caballos? Entonces no debían ser simples bandidos. Soldados enemigos, seguramente, dispuestos a matar a cualquier mazoku que hiciera ademán alguno de adentrarse en territorio enemigo. Obligándose a no actuar antes de tiempo, aferró las bridas con más fuerza y elevó la voz:
—No deseo dañaros ni importunar de modo alguno a los que viven en vuestros dominios. Permitidme seguir mi camino y no tendremos que enfrentarnos sin sentido.
Escuchó una risotada entre la niebla y una respuesta que le mandó a hacer algo muy desagradable. Comprendió con resignación —sólo un poco— que no le dejarían pasar por las buenas (o al menos de una pieza), así que se arremangó los puños del uniforme y empezó a acumular una sustanciosa cantidad de maryoku en sus palmas.
Inesperadamente, uno de los acechantes salió del banco de niebla y se enfrentó a él directamente. Murata, tras unos segundos de inmovilidad, curvó las comisuras y dejó que la energía acumulada se disolviera en el aire.
—Vaya, vaya... Con un soukoku hemos ido a topar —canturreó el no tan desconocido.
No paraba de llover. Yozak nunca tenía suficiente del olor de la lluvia, del tacto fresco del agua corriéndole por la piel desnuda.
Allá en su infancia, la lluvia era una bendición que los dioses se negaban a regalarles. La tierra se resquebrajaba y habían pasado meses enteros sin ver un mísero charco. Desde entonces había recibido la lluvia como una bendición de los cielos. Allí donde ensombrecía el ánimo de la mayoría, a él le ponía de buen humor.
En aquella situación en particular, poco parecía hacer por su optimismo. Había valorado unos cien planes y los había desechado del mismo modo. Muchos incluían fuego, fingir enfermedades, abrirse camino a la fuerza. Al final ninguno parecía viable.
Se frotó la barbilla, pensativo. El Joven Amo confiaba en él. Y posiblemente era lo más cerca que Wolfram había estado de la libertad en todo aquel tiempo.
Pero a él le faltaba una pieza en el mecanismo. Si solo…
—¿Puedo hablar un minuto con usted? —una voz interrumpió sus reflexiones.
Yozak miró a su interlocutor y encontró al joven mazoku con el que había hablado la noche anterior. Era todo mejillas moteadas de pecas y cabello imposiblemente rojo.
Y unos ojos que le miraban con una seriedad que le intrigó.
—¿De qué se trata? —preguntó.
—No aquí —se apresuró a decir el chico, llevándose un dedo a los labios—. Podrían oírnos.
Yozak lo siguió a una de las cuadras ocupadas. En ella piafaba apaciblemente una yegua blanca que había alumbrado un potrillo varios días atrás. El muchacho se inclinó a acariciar las crines níveas mientras hablaba.
—Ayer os oí hablar con aquel muchacho del acento extraño —confesó, un murmullo apenas inaudible—. Lo lamento, señor: ¡no quería escuchar, lo prometo! Pero me encargaron limpiar la cuadra de Miranda y estaba justo al lado y…
—Ve al grano —exigió Yozak en tono neutro.
El joven se mordió brevemente la lengua antes de continuar.
—Hablabais de un tal Wolfram —musitó—. ¿No era ése el heredero Bielefeld?
Yozak contuvo el aliento. Deslizó la mano hacia su bolsillo, rozando el mango de un cuchillo que había "tomado prestado" de las cocinas.
—Es él a quien el Amo tiene prisionero, ¿verdad? —prosiguió el chico—. El prometido del Maoh…
Yozak apretó los dedos entorno a la empuñadura. Un solo parpadeo y podría abrirle la garganta en canal. No iba a permitir que los delatara cuando habían llegado tan lejos.
—Creo que habéis venido a rescatarle… —exhaló el joven.
¿Valía la pena mentir? Si hacía un gesto en falso, el chico se ahogaría en su propia sangre en pocos segundos. Solo encontrarían un cadáver degollado al amanecer.
—Lord Valtrana von Bielefeld, su tío, ofrece una generosa recompensa a quien le traiga de vuelta a su amado sobrino y heredero —inventó sobre la marcha—. Imagino que el Maoh ofrecerá una retribución aún mayor si le devolvemos a su prometido. Un acto noble y un bolsillo lleno. Podemos ganar mucho si tenemos éxito.
No soltó el cuchillo, monitorizando las reacciones en el rostro del muchacho.
Ignorante de sus intenciones, el chico suspiró y le dio la espalda. Pudo ver la tensión en sus hombros, el encogimiento de alguien que lucha por pasar desapercibido.
—Aunque puedo comprenderlo, en mi opinión perdéis el tiempo —sentenció—. Dudo que haya nada que rescatar.
Yozak no esperaba aquella respuesta.
—¿Por qué lo dices?
El joven se volvió hacia él, algo amargo y sin nombre titilando en sus ojos grises.
—¿No conoces acaso lo que sucede con los prisioneros de guerra bajo yugo humano? —inquirió—. El Amo le tomó como su juguete personal.
La última frase careció de sentido para Yozak durante los primeros segundos. Después la revelación caló y le dejó momentáneamente noqueado, tanto que tuvo que luchar encarnizadamente por controlar sus emociones.
Joder.
—Todo el Castillo lo sabe —aseguró el muchacho, bajando más la voz—. Al principio, justo después de que los Khrennikov cayeran, podíamos oír los lamentos del desdichado durante la noche. Varias veces creímos que el Amo le había matado.
Yozak cerró momentáneamente los ojos, intentando ahuyentar las imágenes abominables que acudieron a su cabeza. El Mocoso Malcriado, siempre bullicioso y explosivo, sollozando sobre una cama demasiado grande para él.
Demasiada piel desnuda.
—Pero resistió, contra todo pronóstico —prosiguió el adolescente. Era evidente que el tema le resultaba ingrato—. Por lo que tengo entendido, muchos prisioneros que Seiffert tuvo antes de llegar a Shin Makoku acabaron quitándose la vida. Que alguien sobreviva tres años bajo ése trato…
Le vio apretar los puños. ¿Impotencia?
—Su voluntad debe ser muy férrea —opinó—. Alguien que merece ser salvado.
Yozak percibió empatía, compasión. Tal vez un matiz de rabia. ¿Confiaba lo suficiente en su capacidad para detectar las segundas intenciones?
A la mierda. Es mi última mano.
—Si has servido aquí desde que este castillo pertenecía a los Khrennikov, debes conocerlo bien —murmuró—. ¿Hay algún modo de salir al exterior sin pasar por las murallas?
El joven no contestó inmediatamente. Del mismo modo que Yozak desconfiaba de él, el chico no debía sentirse proclive a confiarle todos los secretos.
—Lo hay —admitió—. Desemboca justo en el amarre del Río Púrpura. Una vía de escape que pudiera usar la familia Khrennikov en caso de necesidad.
Bingo. Allí estaba la maldita pieza. Por fin empezaba a entrever la imagen que formaba el rompecabezas.
—¿Me indicarías dónde y cómo usar ése camino?
—Con una condición —le atajó el chico.
Yozak elevó una ceja con aire inquisitivo. ¿Se atrevía a negociar con él, a exigirle un término por la información?
Dinero, con toda seguridad. Algo de lo que Yozak no andaba precisamente sobrado.
—Llévame con vosotros —pidió el chico—. No deseo seguir atado a personas que esclavizaron a mi país.
Aquella petición le desarmó. Era sin duda la última opción que había barajado.
—Dices que no simpatizas con el Imperio. Pero si conoces un camino, podrías haberte marchado hace tiempo —observó con cautela—. ¿Por qué has esperado tanto?
La respuesta fue una sonrisa amarga, carente de humor.
—¿Con qué fin? —murmuró—. ¿Qué garantías hay para un mestizo solitario en el mundo de fuera? La muerte o la esclavitud. Tal vez acabar en un lugar peor que este. ¿De verdad creéis que todos los que están aquí sirven de buen grado al Imperio?
No. Por supuesto que no. Era el miedo. La aprensión a un futuro incierto.
¿Cuántos idealistas habría todavía en Shin Makoku, jóvenes que habían vivido la Era Dorada del país y perseguirían su libertad hasta la muerte sin dudarlo? ¿O sobreviviendo día a día, manteniendo el perfil bajo entre los soldados de aquel Imperio?
Yozak podía empatizar con aquella filosofía. Después de todo, él había hecho cosas peores por sobrevivir.
—¿Cómo te llamas, chico?
—Rohnan, señor —fue la diligente respuesta.
—¿Sabes cuándo sale la próxima partida de minerales hacia Zorashia?
El alba estaba cerca, perforando la capa de nubes grises con un débil puñal de luz rosada. El castillo se ponía en marcha, aunque la mayoría de gente aún dormía en el salón común. Yuuri fue despertado de una patada por alguien que ladró una orden sobre su cabeza; le costó lo suyo emerger de la parca manta que le habían prestado, pues una vez en el frío ambiente de la habitación sus huesos protestaron en silencio y la mente le dio un toque de alarma.
"Ubícate... Ubícate, Yuuri Shibuya, por favor..."
Ah, sí. Palacio Khrennikov. Estaba allí para rescatar a Wolfram.
Se frotó un ojo mientras se incorporaba. Su columna vertebral chasqueó, sin duda tras haberse visto obligado a dormir sobre un jergón como única separación con el suelo.
—¿¡Acaso no me has oído, perro!? —rugió una voz en su oído, dándole un susto de muerte—. ¡Arriba! Hoy te toca de nuevo alimentar al prisionero.
—¿Eh? —balbuceó, su mente todavía luchando por despertar.
—El príncipe demonio —insistió el hombre, en un tono que daba a entender que le creía lelo—. Te ha tocado otra vez. No sabes dónde te has metido, chaval.
La afirmación fue coreada por las risas de los sirvientes más cercanos.
Lejos de sentirse intimidado, Yuuri experimentó un creciente optimismo ante la perspectiva de ver de nuevo a Wolfram. Esperó de pie mientras las cocineras preparaban lo que fuera que debía llevar, intentando que la sonrisa no se exteriorizara en su rostro.
—Poco importa que cocinemos un manjar o lo más anodino del mundo —aseguró una entre dientes—. Come lo justo para seguir vivo y el resto nos lo lanza a la cabeza. Una criatura testaruda, no cabe duda.
Las criadas parecían sorprendidas porque hubiera vuelto de la habitación de Wolfram de una pieza, o como mínimo sin ningún objeto incrustado en el cerebro. En honor a la verdad, no las culpaba. Wolfram podía ser una furia incontenible cuando estaba cabreado. Tiempo atrás, en el Pacto de Sangre, casi se había convertido en un espectáculo observar al Maoh correr despavorido frente a su furibundo prometido, que a menudo esgrimía su espada o invocaba una bola de fuego. O ambas a la vez.
Quince minutos después, se vio transportando una bandeja en precario equilibrio. Olía maravillosamente. Había tostadas y miel, leche caliente y varios tipos de frutas, ninguna de las cuales le resultaba familiar. Recordaba que Wolfram era amigo de un desayuno frugal en favor de una comida algo más copiosa. Sin duda dejaría sin tocar la mayor parte de aquella comida; tal vez no le importara si Yuuri daba un bocado antes de llevárselo.
Le trataban sorprendentemente bien para ser un prisionero. Había podido ver una habitación enorme, una cama sin duda tan cómoda que no tenía nada que envidiar a su lecho en el Pacto de Sangre. Si no fuera por la horrorosa decoración, casi hubiera parecido un hotel de lujo.
Dos guardias custodiaban el inicio del corredor. Se detuvo frente a ellos con una leve inclinación de cabeza.
—¿Vas a darle de comer al principito demonio? —sugirió uno, burlón—. No sabes dónde te metes, chico.
—¿Por qué decís eso? —preguntó Yuuri con absoluta inocencia—. Ayer ya se me encargó esta tarea y no fue tan difícil…
El hombre se apoyó en su gigantesca alabarda con aire impertinente.
—Bueno, tiene un temperamento insufrible —soltó una risotada y dedicó una mirada cómplice a su compañero—. No parece sentarle muy bien que el amo se lo folle cuando le viene en gana.
El tazón de leche se partió en miles de pedazos al estrellarse contra el suelo, dibujando sobre la cercana alfombra una mancha blanca difícil de lavar. Le siguió toda la bandeja con el suntuoso desayuno.
Por un segundo, largo como un siglo, el mundo dejó de girar para Yuuri. Y de hecho ya no importaba que volviera hacerlo, que el sol volviera a trazar su arco eterno en el cielo o que la oscuridad reinara para siempre. Aquellas nimiedades no tenían la menor importancia al lado de...
Se cubrió los labios con una mano, notando unas arcadas terribles, como si algo monstruoso intentara salir de su cuerpo.
—Lo siento —farfulló, arrodillándose a recoger el estropicio. Le temblaban las manos hasta el punto que tuvo que aferrarse las muñecas para contener los estremecimientos.
—¿Acaso no lo sabías, chico? —espetó el guardia, incrédulo—. ¿Por qué crees que nuestro señor conservaría con vida un mazoku entre nuestros muros?
Un término acudió al abotagado cerebro de Yuuri.
Prisionero de guerra.
Había sucedido antes, antes de Cecilie, si había prestado algo de atención a las lecciones de Günter. Algo habitual en los tiempos de Shinou y posteriores, cuando los líderes humanos eran sensiblemente más belicistas en sus guerras. Había estado cerca durante su propio reinado, cuando algún país humano enemistado había intentado secuestrarle a él mismo o a alguien de su Corte en beneficio político.
Nunca habían llegado más lejos. Pero Yuuri no podía evitar rememorar cómo habían mirado algunos enemigos a Wolfram, a él mismo… o a Greta. Como si pretendieran devorarlos en vida.
Su mente no había vagado hasta tan escabrosa posibilidad. Ni en un millón de años.
—Al principio de servir aquí, corría el rumor de que el Amo recompensaría una vez al mes al guardia más disciplinado permitiéndole poseer esa dorada belleza durante toda una noche —prosiguió el guardia, inmune a su tormenta emocional—. De hecho estoy convencido de que en más de una ocasión el Amo permitió a unos cuantos disponer de él como castigo por su desobediencia.
—Los mazoku ven con buenos ojos que dos hombres se acuesten —masculló el otro guardia—. ¡Señor, si hasta el Maoh tenía a ése chico como prometido! A mí personalmente no me agrada la idea, pero puedo comprender que el Amo sucumbiera ante una criatura como ésa.
—Yo mismo haría una excepción si se me ofreciera tal premio en bandeja —confesó el segundo entre dientes—. Seguro que gimotea como una virgen cuando el Amo le monta.
Estallaron en carcajadas cómplices, despreocupadas.
Aunque su cuerpo se negara a moverse, la mente de Yuuri funcionaba a toda velocidad, los pensamientos y emociones apelotonándose unos sobre otros hasta perder el sentido y la coherencia.
Consiguió quién sabe cómo levantar la bandeja, olvidando el tazón de leche vertido. Caminó hacia el final del corredor como quien se dirige al cadalso. Las risas de los guardias le acompañaron como un réquiem.
Todo cobró sentido. La lujosa habitación, el aspecto desmejorado de Wolfram. Las marcas amoratadas en su cuello y hombros.
Iba a vomitar. Estaba seguro.
Necesitaba verle. YA.
Lo que no sabía era lo que iba a decirle.
—¡Wolfram...!
La voz de Yuuri aullando su nombre, desgarrada de dolor, atravesó sus oídos y sacudió su sistema nervioso como una descarga eléctrica. Su mente tardó sólo unos segundos en advertir que estaba totalmente desnudo, que su ropa estaba lejos de su alcance y que no sería capaz de cubrir su cuerpo marcado por decenas de signos de violencia.
La puerta chirrió cuando alguien la empujó. Reaccionó en apenas un instante.
—¡No entres...! —gritó con desesperación.
En un acto totalmente impulsivo, salió de un salto de la piscina y se arrojó contra la puerta semiabierta, cerrándola con gran estruendo. Sintió cómo Yuuri ejercía resistencia desde el otro lado pero él se sentó, inamovible, en el suelo y se afianzó con pies y manos para impedir que la puerta se moviera un sólo milímetro.
Yuuri pareció darse por vencido. Casi pudo ver cómo su frente chocaba por la puerta y se dejaba caer al suelo.
—Wolfram... —balbuceó tras unos largos segundos—. Dime que no es verdad...
Retuvo el aire en los pulmones, negándose a respirar. El corazón le latía con tanta violencia que le había vibrar la caja torácica.
—Dime que ése hombre no te... —se paró con un jadeo vacilante, incapaz de continuar.
Lo sabes. Oh, Yuuri… Lo sabes.
No valía la pena seguir fingiendo. Tomó aire, lo soltó por la boca y habló.
—¿Por qué quieres que te mienta? —preguntó, la voz ronca y casi irreconocible. El dolor atascado en el fondo de la garganta apenas le dejaba hablar.
Hubo una breve pausa, como si Yuuri intentara asimilar el mazazo.
—Por favor, Wolfram... Déjame entrar —suplicó al final.
Aquel tono herido, frágil, estuvo a punto de quebrarle. De hacer titubear su empeño.
Shinou, deseaba abrazarlo más que nada en aquel mundo…
—Ha estado aquí hace poco. No quiero que me veas así —admitió, sin moverse en lo más mínimo.
Esperó unos segundos prudenciales para dejar que la implicación calara en su ingenua cabecita. Dibujó una sonrisa amarga y apoyó la coronilla en la puerta.
—Ahora ya lo sabes —murmuró—. ¿Por qué crees que no quería que vinieras? Nunca deberías haber sabido esto...
—¿Cómo es posible...? ¿Por qué ha sucedido todo esto...? Wolfram...
Reconoció aquel tono, los sonidos inconexos, el tono errático. Lo había visto otras veces en Yuuri. Aún joven e ingenuo, desconocedor de las perversiones más grandes del mundo. Un alma tan gentil era incapaz de procesar ciertos actos, de asimilar que existieran personas capaces de matar, violar, destruir.
Había sucedido en Svelera. En Gran Shimaron. En el borde de Shin Makoku, cuando habían quemado una aldea hasta los cimientos.
No podía exponerle de nuevo a ello.
—Márchate —ordenó.
—Wolfram...
—Márchate —repitió, cerrando lentamente los ojos.
—Por favor...
—¡Ahora! —bramó Wolfram, inflexible. Su grito reverberó por la inmensa estancia y se amplificó diversas veces.
—Te lo suplico, Yuuri... No dejes que todo esto sea inútil —imploró—. Vete a tu mundo y olvídate de esta maldita guerra...
—¿¡Cómo quieres que me marche y te deje aquí con ése desgraciado!? —rugió Yuuri—. ¿¡Has perdido la cabeza!?
—¿Acaso no he sobrevivido hasta ahora? —repuso, su tono inmutable.
Oh, sí. He sobrevivido. Vacío por dentro. Como un mecanismo orgánico.
Debía terminar ya con ello. Eberhart estaba en sus tierras. Durante el día solía ocuparse en entrenar a sus tropas y tratar asuntos políticos, pero ello no era una garantía. Podía volver en cualquier momento y bajo ningún concepto debía encontrar a Yuuri allí.
—Yuuri, por favor… —musitó con voz suave—. Te ruego que me escuches.
La ausencia de protesta fue indicativo suficiente de que el susodicho parecía receptivo.
—Si he soportado tanto y tanto tiempo ha sido sólo con la esperanza de que volvieras —afirmó con solemnidad—. De que el Maoh regresara e impartiera justicia sobre todos aquellos que habían asesinado a tantos inocentes.
Titubeó un instante antes de la siguiente frase, consciente que las lágrimas habían vencido la barrera de sus párpados.
—De que vinieras a buscarme… —sollozó, forzando su voz a no sonar entrecortada.
Cerró los ojos y se apretó el puente de la nariz, intentando ganar el pulso a las lágrimas. Las restañó antes de que se derramaran.
—Pero... —añadió, sorbiéndose la nariz. La voz no le titubeó ni un ápice— ...ha sido un deseo egoísta. Lo que tienes que hacer como rey justo e inteligente es marcharte de este lugar y ponerte a salvo —inspiró profundamente, sonriendo con amargura—. Solo soy un soldado: no valgo tantos esfuerzos. No valgo que arriesgues tu vida por mi.
Esperó una retahíla de protestas vehementes.
Esperó.
Yuuri permaneció en silencio.
—¿Yuuri? —probó.
—Creo que no nos conocemos —dijo una voz terroríficamente conocida al otro lado de la puerta.
El corazón de Wolfram se detuvo por unos dolorosos instantes cuando el pánico más visceral le contaminó los pensamientos.
"Se acabó"
—Creo que no nos conocemos.
Su cuerpo dio una sacudida. La voz en efecto le era desconocida. Y aun así mandó un estremecimiento directo a su espina dorsal. Se apartó a toda prisa de la puerta y se puso en pie en actitud defensiva.
En el umbral de la habitación había un hombre enorme. Debía ser tan alto como Gwendal, si no más, y al menos igual de fornido. Empuñaba una espada de gran tamaño, un mandoble con una gigantesca esmeralda engarzada en el mango.
No necesitó nada más para reconocerlo.
Y de igual modo supo, con pasmosa certeza, que él podía ver a través de su disfraz, que su parcamente camuflado aspecto no le había engañado ni por un instante. Todas las excusas que había pensado fugazmente en su cabeza murieron en su lengua como azúcar derretido.
No le importó en lo más mínimo. Solo una cosa importaba.
"Proteger a Wolfram. Mantenerlo alejado de él. Que nunca vuelva a tocarle"
Podía sentir zarcillos de maryoku, débiles y pulsantes, irradiar de sus manos. Desconocía su fin, pero parecían estar siguiendo su inconsciente. Fuere lo que fuere, no parecía estar activando las houseki.
El recién llegado se acercó unos pasos a él; no levantó la espada.
—Su Majestad el Maoh —canturreó—. Qué inesperada visita.
Hizo una breve reverencia, grotesca, a todas luces una sátira. Se incorporó un segundo después, sin quitarle los ojos de encima. Sus irises eran rojos como el uniforme de aquel desconocido Imperio. El color exacto de la sangre que empieza a coagularse.
Escuchó a Wolfram aporrear la puerta desde el otro lado. Sus gritos le llegaban ahogados, como si estuviera muy lejos. Curioso, dado que segundos antes había podido comprender sus susurros con pasmosa facilidad.
—Os imaginaba distinto —reconoció—. Un aspecto temible que hiciera honor a las leyendas terroríficas que se cuenta a los niños para ir a la cama. Y me encuentro con un muchacho, aun imberbe, que apenas parece capaz de sujetar una espada.
Yuuri quiso decir algo en su defensa. Que sí sabía usar la espada. Que había aprendido de los mejores esgrimistas de Shin Makoku. Pero su lengua parecía pegada al paladar.
Aquel enemigo no le dejaba margen para dialogar, para hablar. Todo en él gritaba desafío, peligro. Muerte.
—Reconozco que no os creía tan estúpido como para esto —confesó el otro, tomando su mutismo como un turno de palabra—. Venir aquí, a mi hogar, a intentar rescatar a vuestro amante. Cuán conmovedor. Cuán valiente por vuestra parte.
Eberhart avanzó un paso más. Él, por inercia, copió su movimiento en sentido contrario, retrocediendo.
Primer error. Débil.
—Y yo que he pasado años descorazonándole —se burló Eberhart; una carcajada seca, sin humor y mucha malicia—. Repitiéndole una y otra vez que la lógica dicta que no te atreverías a ello.
Wolfram redobló sus intentos de hacerse oír, la puerta chasqueando sobre sus goznes. Su grito era una retahíla de sonidos que no conformaban un sentido en la cabeza de Yuuri.
—Y aquí estás —concluyó Eberhart—. La persona más odiada del Imperio, la más buscada. En mi Castillo, tras un noble objetivo. ¿Quién lo hubiera imaginado?
Dio un paso más. Yuuri retrocedió otro y su espalda chocó con algo, a todas luces el descansillo de la ventana.
Joder. Eberhart ya estaba sobre él. Sus dedos bailaban sobre la empuñadura de la espada.
—No obstante, os conmino a abandonar tan descabellada empresa —prosiguió Seiffert—. Dadas las circunstancias, vuestro prometido me pertenece más a mí que a vos.
El estómago de Yuuri se contrajo ante la última frase. No podía articular palabra, el horror y el asco luchando por ser la emoción dominante. Seiffert lo vio, el triunfo reflejado en cada rasgo del rostro.
—Le he marcado tan profundamente que jamás logrará quitarse mi huella —anunció Eberhart—. Cada noche, durante los últimos tres años. En todas las superficies que existen en este palacio.
Yuuri era vagamente consciente que su rostro debía reflejar su absoluto espanto. Sin duda tenía los ojos desorbitados, desenfocados, como los de aquellos animalillos deslumbrados por los faros de un coche.
—Llegó prístino a mi lecho, intocado. Un inmensurable regalo por vuestra parte, debo decir. Pero ahora… —negó con la cabeza—. Por mucho que busquéis, dudo que encontréis una puta más sucia que él.
La última puntualización le dio arcadas. A punto estuvo de perder el equilibrio.
Lo veía todo como si una película pasara ante sus ojos, a una velocidad vertiginosa. Todas las aventuras pasadas no le habían preparado para aquel horrible instante. Para enfrentarse a lo único que no podía cambiar o controlar.
La crueldad pura, irracional, de un alma podrida. Jamás se había encontrado cara a cara con alguien que dañara a otros por simple placer, sin otro objetivo que infringir dolor.
Pero Eberhart aún tenía algo más que añadir. Como un puñal que se va hundiendo lentamente, golpe a golpe. Su sonrisa se ensanchó hasta límites insospechados mientras se acercaba a él y levantaba la espada.
—¿Quién querría una manzana mordida en su plato?
La voz de Eberhart, calmada como la superficie de un lago, disparó su pulso en el acto.
Le había hablado a él de aquel modo en innumerables ocasiones. Un espejismo de calidez, de contención. Incluso de gentileza. Mientras se lo follaba de rodillas contra una pared cualquiera. Era el tono que utilizaba cuando se sabía en control de la situación.
Y Yuuri estaba allí fuera, a merced de aquel monstruo de maldad inmensa.
"No… nononononono…"
Cuando intentó abrir la puerta, la encontró firmemente bloqueada. El picaporte no se movía ni un milímetro, como si hubiera sido siempre un elemento fijo. Era como pretender mover un muro sólido.
Retiró las manos lentamente, patidifuso.
Maryoku. Aleteaba en el aire y en sus dedos como una latente corriente eléctrica. Muy distinto al houryoku. Era primigenio, básico e ilimitado.
Pero no era el suyo.
La idea le llegó solo unos instantes después, inundándole las entrañas de pavor.
Golpeó la puerta con ambos puños y luego con el hombro, inmune al dolor que se extendió por su brazo.
—¡Yuuri…! —rugió—. ¡Te matará, Yuuri…!
Wolfram gritaba algo pero él no podía dotar de sentido a sus alaridos. Solo podía oír su propio pulso en las sienes, acrecentándose hasta convertirse en un zumbido ensordecedor.
Solo veía la sonrisa ladina de su oponente, sus ojos carmesíes titilando en la penumbra. Sus aborrecibles palabras seguían rebotando en el interior de su cráneo.
"Libérame"
El corazón se le saltó un latido. El Maoh luchaba contra las paredes que le retenían en su interior, su maryoku casi infinito borboteando en una presión apenas contenida.
Se le aceleró el pulso, doblándose, triplicándose, y luchó por seguir respirando. Sabía perfectamente qué haría el Maoh si aparecía allí. Aquella vez no podría insuflarle ni una pizca de piedad.
Reduciría el maldito lugar a escombros con todos los que en él moraban.
"Libérame, Yuuri, y no conocerá el perdón"
Había aprendido a controlar a su otra personalidad, a mantenerlo encadenado si no era él quien escogía lo contrario, pero había algo visceral gestándose en sus entrañas. Tardó unos largos segundos en identificar dicha sensación.
Cólera. Una rabia sin final que parecía consumir cada fibra de su ser. Un odio que le llevaba a estremecerse con el vano intento de sobreponerse a él.
"Libérame y le haré pagar lo que ha hecho a nuestro prometido"
Sí… Sonaba bien.
Sonaba bien la idea de Seiffert con la caja torácica reducida a astillas, ahogándose en su propia sangre. Sus tripas desperdigadas por la lujosa alfombra.
Permitió solo un instante que la idea le sedujera, alimentada por el horror vivido en los últimos días. Nublándole el juicio.
Solo fue un instante. Solo uno.
Suficiente para que el Maoh tomara las riendas.
Desde el principio había sido como si un frágil e invisible alambre sustentara toda una montaña.
Y el alambre cedió.
Decenas de kilómetros más allá, Murata sintió un dolor abrasivo perforarle las sienes. Tiró de las riendas del caballo ante el peligro de caer de su montura al perder el hilo de la realidad. El jinete que cabalgaba a su lado le imitó, observándole con cierta cautela.
—¿Ocurre algo, Alteza? —sugirió
Murata no fue capaz de mentir, así que se limitó a morderse en labio inferior con fuerza para intentar orientarse en el brusco desequilibrio que había sacudido las entrañas de aquella realidad.
Una perturbación como aquella, fuere como fuere, no podía significar nada bueno. E intuía con absoluta claridad el origen de aquella abrumadora fuente de poder.
—Oh, no... ¿Qué hay de la discreción, Shibuya? —murmuró.
8 años. Lel...
