**Spoilers everywhere**

Al menos desde el 263 del manga, así a ojo, la que avisa no es traidora. Iba ponerlo como segunda parte de "I'm not a hero" pero realmente no tienen nada que ver. Sólo es otro one shot de estos dos que son mutuamente dañinos y parte del #Tododrama pero whocares.

(Intento de canon, o como me gusta pensar, "lo que pasa entre bambalinas").

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Se sienta en la cama.

Ya le han retirado la mayor parte de las vendas, aunque el dolor sigue ahí. Y las quemaduras. Le han asignado una habitación que no tiene espejo en el baño, y está seguro de que no es casualidad. Pero no lo necesita. No hace falta ver. Puede sentirlo.

No están.

Las alas que le convirtieron en un héroe han desaparecido. No queda de ellas ni una pluma. Nada.

Patético, Keigo.

"Sigues por aquí, héroe", le dijo, sólo tres días antes, en la mansión del Frente de Liberación Paranormal.

Había encontrado su habitación y llamado a su puerta, como un jodido perro. Y Dabi abrió, por supuesto. Con su sonrisa perdonavidas. Con ese gesto de estar de vuelta de todo. Le miró unos segundos, haciéndose de rogar. Un héroe arrastrándose.

Esa era toda su fantasía.

Keigo durmió allí. En el mismo colchón. Descubrió que Dabi se escoraba hacia el lado derecho de la cama, casi hasta el borde, y respiraba suave al dormir, y no tardaba en hacerlo. No tenía insomnio, quizás porque tampoco tenía conciencia. Y le importaba tres cojones la vida, ¿o cómo conciliaba el sueño al lado del tío que podría cortarle el cuello de madrugada?

Idiota, se dice. Sabía que a él no serías capaz de matarlo.

Suspira, dejándose caer hacia atrás, sobre las sábanas. Tendría que ir a verle, a Enji. Es lo último que le gustaría hacer, y a la vez lo primero. Keigo no es de los que piensan demasiado antes de actuar, y sin embargo se ha imaginado un millón de veces recorriendo el pasillo del Hospital Central, buscando con la mirada su habitación.

¿Y luego, qué?

Con estas manos, le diría, mostrándole las palmas, llenas de rasguños, rastros de la pelea. Con estas manos he matado.

Los héroes matan. La gente parece olvidarlo. Prefieren no saber, en realidad. Quizás sea como ese cadáver que se entierra en lo más profundo del jardín, bajo los rastrojos. La bestia encerrada en el sótano. El elefante en medio de la sala.

Con estas manos, Endeavor, maté a una buena persona.

Keigo no llora. Ni siquiera lo hizo cuando le dieron la noticia.

"Sentimos no haber podido salvarlas; las quemaduras eran muy profundas".

Se pregunta si habrá alguien que esté llorando por el chico que mató.

Twice.

Se pregunta si alguien en el Frente de Liberación conoce el auténtico color de sus ojos. Si alguien sabe el nombre de su primer perro. Si alguna vez le abrazaron. Si dio un primer beso, o un último.

Las empresas han popularizado muñecos de trapo, muy kawaii, que representan a los mejores héroes. La mayoría están rellenos de algodón, blandos, suaves, sedosos. Los niños les abrazan para dormir seguros de noche. Cierran los ojos y esperan su protección, porque así es como funciona el mundo. Los muñecos no les cortan, no son filosos; no les golpean ni les insultan ni les queman vivos.

Takami Keigo arrastró un peluche en llamas más tiempo del que podría reconocer, susurrándole sus sueños imposibles. El héroe en que se quería convertir. Uno al que un niño cualquiera, en una cloaca sin nombre, pudiese aferrarse para no caer en la desesperación.

Se imagina acercándose a Endeavor y preguntándole y ahora qué, compañero y se imagina -también- que no dirá nada. Keigo es quien habla, quien llena el aire de palabras y, cuando le apetece, también de risas. Se pregunta si vio alguna vez sonreír al número uno.

La persona por la que me convertí en héroe.

Puede recorrer el pasillo -vamos, no son tantos metros- y abrir la puerta sin llamar. Puede acercarse a su cama, quizás esté despierto. Puede hablarle como si no estuviesen rotos, como si no hubiese muerto todo aquello en lo que creían.

Soy Keigo, querría decirle. ¿Está Enji? Verás, tengo un problema. He estado jugando con fuego y me he quemado hasta los huesos.

Ha visto el vídeo, en su teléfono móvil. A Dabi, no, a Touya, expuesto, sin camiseta; sus quemaduras, carne muerta y oscura. Los trozos de piel que acariciaba con los dedos bajo la camiseta, extrañamente suaves, fríos. Le ha visto fingir dolor y tristeza. Su mejor actuación.

El chico desechado.

El juguete roto de Endeavor.

Tremendo hijo de puta.

"Esta es la última", le dijo Keigo tres días antes, entre besos. Presintió la situación, la guerra, tal vez un instito de esos que vienen en el pack de su don, o simple miedo, humano y natural. Lo que sea.

Un intento de despedida de mierda que sobraba por todas partes, como el aire entre ellos.

Ni llevaba la cuenta de las veces que se había rendido bajo sus sábanas desde aquella primera en el piso franco. Touya le aplastó la cara contra la almohada como respuesta, recostándose entero sobre su espalda, en el hueco que dejaban sus alas. "Cierra la puta boca, héroe" susurró en su oído, embistiéndole despacio. Debió hacer algo entonces. En ese momento. Debió levantarse y saltar por la ventana, aprovechar la sorpresa. Debió girarse. Apuñalarle por la espalda.

Matarle.

"No te despidas de mí, héroe", susurró, suave, moviéndose más fuerte contra él, "porque te buscaré en el infierno".

Se mira las palmas. Enji, con estas manos toqué a tu hijo, su piel quemada, sus cicatrices; le miré a los ojos y sé que le reconocí pero ¿sabes qué? Me importó todo una jodida mierda.

Aprieta los dientes.

Y se acurruca, cerrando los ojos.

Siempre creyó que un héroe, al caer, sería como un meteorito sobre la tierra. Un ruido sordo, un relámpago en el cielo. Una exclamación de asombro, seguido de un aplauso.

Gracias por su servicio.

Gracias por entregar su vida.

Le construiremos una estatua, pondremos su nombre a nuestros hijos.

Su viuda recibirá una pensión vitalicia, una medalla al honor, una palmadita en la espalda.

Keigo aprieta los párpados. Ya no es Hawks. Ya no tiene alas, aunque su caída como héroe se produjo mucho antes. No puede ponerle una fecha.

A lo mejor cuando tuvo que matar por primera vez.

A lo mejor cuando descubrió la verdad, y es que no todo el mundo puede ser salvado.

A lo mejor cuando dejó de ser un niño.

A lo mejor cuando miró a Dabi a los ojos, y vio a Touya, y supo que ya estaba perdido y que si seguía mirándole acabaría estándolo él también.

Con estas manos te empujé hacia delante, número uno, le diría, y seguiré haciéndolo mientras respire.

Sabiendo lo que hiciste.

Sabiendo lo que yo hice.

No hay redención posible. Tampoco la espera.

"Te buscaré en el infierno, Keigo", volvió a decirle mientras le quemaba vivo, esta vez sin susurros, un grito entre dientes con olor a carne quemada.

—Bien, Touya —dice en voz alta, abandonando la cama—. Allí te estaré esperando.

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