Gracias a todos los que leen este despropósito. Besotes enormes.
6: Wut - Furia
Incluso desconectado de los Espíritus del Fuego como en los últimos tres años, Wolfram pudo notar el súbito estallido de maryoku como un pulso de energía que le sacudió el organismo.
Una excitación conocida, solo que irritantemente aletargada, estimuló su propia energía interna a chisporrotear como si intentara cobrar vida. Como soplar sobre un montón de ascuas con la esperanza de reavivarlas.
De pronto lo que fuera que había bloqueado la puerta se soltó y Wolfram cayó hacia atrás por su propio impulso. Aterrizó con escasa gracia sobre un lado en las baldosas húmedas. Aún medio noqueado, tomó la bata que había llevado y la ató de cualquier manera a su alrededor, lo justo para proteger su decencia.
Se asomó a la puerta. El caótico panorama le era desoladoramente familiar. Parecía que un huracán se hubiera liberado dentro de la habitación.
No había nada en la posición en la que Wolfram lo había visto por última vez. Gran parte del mobiliario había sido reducido a astillas; las ventanas, con todos sus cristales hechos añicos, golpeaban furiosamente contra el marco hasta salirse de sus goznes.
Justo en el centro de aquella vorágine estaba el Maoh, en toda su oscura gloria. Envuelto en un centelleante maryoku azul que emitía energía en rítmicos pulsos. Las sencillas ropas de plebeyo no le restaban ni un punto de magnificencia.
La mirada acerada, negra y carente de compasión.
Wolfram retuvo el impulso de echarse a llorar de emoción. Tanto había soñado con contemplar de nuevo aquella visión, aquel despliegue de poder por el cual habían clamado tantos aliados de Shin Makoku.
La negra silueta que infundía respeto, adoración o temor en función de la ética de cada uno.
Se aferró al marco de la puerta mientras oteaba la estancia. Seiffert estaba tendido en el suelo, toda su temible figura reducida a un mortal como cualquier otro a merced de la cólera de un dios. La espada olvidada lejos de su alcance y los ojos desorbitados en una mueca aterrada.
El Maoh, que por fin parecía haber tomado el control del cuerpo de Yuuri, empezó a avanzar hacia a Eberhart. Poco a poco pero sin pausa. Como un enorme felino acechando a un ratoncito.
—En tu egolatría, proclamabas que no osaría acercarme a tus dominios —dijo, su voz siempre grave y ceremoniosa—. Y aquí estoy. En el corazón de tu fortaleza robada, donde has llevado a cabo tus más atroces actos.
El maryoku del Maoh desbordaba la contención de las houseki. La condena personal de Wolfram durante aquel tiempo se había tornado en un enclenque muro intentando contener una avenida catastrófica, resquebrajándose en el intento.
Las piedras literalmente explotaron, bañándoles a todos con una lluvia de fragmentos esmeralda. El Maoh seguía avanzando, sus pies apenas rozando el suelo, en dirección su enemigo.
—Tus crímenes adolecen de una crueldad desconocida —prosiguió—. Esclavitud. Maltrato. Asesinato. Violación.
Lo siguiente que saltó por los aires fue el muro donde antaño hubiera habido ventanales. Un sonido como de una montaña desgajándose retumbó en los aledaños y de pronto Wolfram estaba mirando al mar embravecido desde un segundo piso entre una cortina de escombros y vigas astilladas.
Solo el Maoh había permanecido inmóvil ante aquella apabullante muestra de poder.
—No hay redención ni perdón posibles para ti, Seiffert —sentenció.
Una amarga satisfacción se aposentó en el estómago de Wolfram al percibir, por primera vez, auténtico miedo en el rostro de Eberhart. Terror ante la posibilidad del final.
Ante un final todo menos rápido y piadoso.
Se regodeó en aquella visión, bañándose en un sádico deleite. Podría ver aquella expresión aterrorizada durante todo lo que le quedaba de vida y no sería suficiente.
¿Acaso no había oído las historias? ¿Las leyendas negras sobre el Maoh de Shin Makoku, que castigaba de modos absurdamente creativos a sus enemigos? ¿Tal vez se había perdido la parte de la historia donde se mencionaba que el Rey Demonio podía usar maryoku en tierras humanas?
La realidad golpeó a Wolfram como un mandoble, agriándole la efímera excitación. Aquello ya no era territorio mazoku. Si el Maoh seguía utilizando aquella cantidad de maryoku sin reserva, tal vez el cuerpo de Yuuri no lo resistiría.
No podía permitirlo.
Avanzó trabajosamente contra las rachas de viento que desgajaban los tapices de las paredes y tumbaban los muebles. Las ráfagas sobrenaturales se le metían en los ojos hasta hacerle llorar. El Maoh ni siquiera parecía haber reparado en su presencia.
—No deseo derramar sangre o quitar vidas, pero en esta ocasión no tengo elección —aseguró.
Sonaba a sentencia de muerte. Su mano ya estaba levantada en dirección a Eberhart, el maryoku acumulándose en su palma como el corazón de una supernova.
—¡Parad, por favor…! —vociferó Wolfram para hacerse oír por encima del estruendo—. ¡Parad o matareis a Yuuri…! ¡Por favor, Majestad…!
El Maoh se volvió hacia él, bajando momentáneamente la mano, y Wolfram experimentó la misma mezcla de fascinación y pavor de la primera vez, cuando un accidente le había convertido en la primera víctima de la cólera del Rey de los mazoku.
Consiguió asirse al brazo del Maoh, tomándole de la muñeca con toda la fuerza que fue capaz de reunir, y le miró implorante. Comprobó sorprendido que el gesto furibundo del Maoh se había suavizado hasta ser una mezcla de… ¿lástima? ¿Cariño?
—Oh, Wolfram… —susurró—. ¿Sufres por el bienestar de Yuuri?
Vio por el rabillo del ojo cómo Eberhart se ponía torpemente en pie y se dirigía hacia la salida, olvidando incluso su arma. El Maoh le dedicó una mirada sagaz y la puerta se cerró con estruendo, sellada. El comandante retrocedió poco a poco.
—Todavía no he acabado contigo —rugió el Maoh.
Sin tener que hacer un gesto en consonancia, el agua empezó a correr bajo los pies de todos desde el cuarto de baño. Wolfram conocía de sobras aquella habilidad, así que no se sorprendió en absoluto cuando el líquido cobró la forma de tres dragones de agua y se enroscó entorno a Seiffert, elevándole del suelo y privándole de aire.
Iba a ahogarle. Yuuri —el Maoh— iba a matar a su primer oponente por él. Con el maryoku temible que no parecía conocer fronteras.
Retuvo el aire cuando el Maoh se inclinó sobre él y le sostuvo la barbilla con dos dedos. Wolfram sintió que la sangre se le apelotonaba en las mejillas cuando un pulgar se paseó por el hueco entre sus labios.
—¿Por qué no preocuparte un poco por ti mismo? —propuso el Maoh, una media sonrisa en su rostro—. Después de todo lo que has sufrido, no estaría fuera de lugar.
No parecía que el militar que había subyugado a medio territorio estuviera asfixiándose a escasos metros de ellos. En realidad todo el mundo podría haberse desmoronado entorno a ambos y Wolfram solo vería los ojos negros, rasgados, que le miraban como algo que mereciera ser atesorado.
Parpadeó, rompiendo el sortilegio, y observó el exótico rostro con detenimiento. Tras la fachada inmutable, su frente estaba cubierta de sudor. Le temblaban los párpados, como si le supusiera un esfuerzo sobrehumano mantener los ojos abiertos. Su respiración era errática y superficial.
Yuuri, su cuerpo, estaba agotándose. Devorándose a sí mismo por el despliegue de maryoku tan lejos de los territorios del Maoh. Podía colapsar en cualquier momento.
—Por favor, Majestad —musitó—: estamos en tierras humanas. El houryoku impregna cada rincón de este lugar. Yuuri morirá si seguís invocando tanto maryoku.
El rostro del Maoh volvió a endurecerse, dedicando una mirada asesina al hombre que seguía preso por sus espectros de agua. Convulsionándose.
—Antes de permitirle regresar, debo deshacerme de ese ser execrable —se explicó en tono impertérrito—. Podría hacerlo con mis propias manos. No merece otra cosa después de lo que te ha hecho.
—Si lo hacéis ahora, si le matáis, Yuuri y yo moriremos antes de poder salir de aquí —murmuró Wolfram con cautela—. Lo necesitamos con vida como rehén, para asegurar nuestra huida. Os lo suplico, Majestad…
Vio el odio corrosivo en los ojos rasgados del Maoh, el deseo apremiante de traer la desgracia sobre aquellos que habían dañado a los suyos.
Supuso que era un reflejo de sí mismo, de la necesidad imperiosa de venganza. Un impulso aterradpor e incontenible que le hubiera llevado a carbonizar aquel lugar al completo de poder utilizar su maryoku. Quemar poco a poco a Eberhart, achicharrarlo hasta que solo quedaran huesos y ceniza.
Era todavía más sencillo: permitir que la furia del Maoh lo arrasara todo. No oponerse el apremiante deseo de venganza del Rey Demonio. Ser testigo privilegiado de un cataclismo sin precedentes que borraría de un plumazo más vidas que las que se había llevado la guerra.
Le tentaba permitírselo. Cada fibra de su ser gritaba por el justo desagravio.
Pero ello, con toda seguridad, implicaría cercenar sus aspiraciones de libertad. Y perder a Yuuri, lo cual no era asumible.
Lo más probable sería que, tras matar a Eberhart, la forma del Maoh no durara mucho. Se encontrarían desprotegidos en territorio enemigo, rodeados de soldados cuyo general habría sido asesinado.
Les matarían. A ambos, y no con clemencia.
No iba a correr ese riesgo. Y el Maoh lo sabía.
Apretó el brazo del Maoh, casi llevándoselo a los labios. Olía como él a pesar de todo.
Éste se volvió hacia él, el maryoku aun agitando su cabello y ropas; cada rasgo de su rostro se relajó. Muy pocas veces había visto al Maoh sonreír con algo que no fuera suficiencia o satisfacción.
—Mantente a salvo, mi prometido —suplicó—. Por Yuuri… y por mí.
Y dicho esto, sus ojos se cerraron y todo terminó.
El chapoteo del agua al derramarse chasqueó a escasos metros. Pasaron varias cosas simultáneamente: las rodillas de Yuuri fallaron, dejándole desmadejado sobre un gigantesco charco, y el cuerpo de Eberhart impactó contra el suelo y se quedó tendido de medio lado, escupiendo agua y tosiendo con violencia.
Su mente trabajaba a toda velocidad. Podía oír el sonido de botas y armaduras, de espadas siendo desenvainadas. La guardia.
—Yuuri —exclamó, zarandeándole.
Sus ojos escudriñaban enloquecidos por la habitación, buscando algo que pudiera usar como arma. Cualquier cosa…
Un brazo le tomó por la cintura, tirando de él hacia atrás y despegándole los pies del suelo. Otro le retorció la diestra a la espalda, hasta que sintió el hombro chasquear por el ángulo forzado. Gritó.
—Primera regla de la Academia: nunca bajes la guardia. Ni siquiera para proteger a un compañero.
Sintió el aliento de Seiffert, húmedo y jadeante, contra su coronilla. El agua le chorreaba por el cabello y caía sobre él. Forcejeó con insistencia, pero le tenía bien sujeto por el brazo. Un mal gesto podría partirle el hueso con facilidad.
—Un encomiable intento, Bielefeld —siseó la voz odiosa en su oído—. Lástima que tú mismo hayas convencido al Maoh de que no me mate. El Rey Demonio, subyugado por su propia ramera...
La articulación de su hombro crujió peligrosamente cuando Seiffert tensó un poco más el agarre. Wolfram apretó los dientes para no proferir ni un sonido.
Se estremeció de los pies a la cabeza cuando sintió una lengua caliente deslizarse por el lóbulo de su oreja izquierda. Era repulsivo, humillante. Y Yuuri estaba frente a ambos.
—A pesar de tu osadía, me siento generoso —canturreó—. No os mataré. No todavía… Al Emperador le encantará tener al Maoh comiendo de su mano. En cuanto a ti… Pon esa dorada cabeza a trabajar en una teoría sobre tu futuro inmediato.
No tuvo que pensar demasiado. Sabía muy bien qué haría Eberhart con él si no conseguían huir de allí. Las marcas en su espalda serían solo arañazos en comparación. Aquella vez le haría pagar de verdad.
Y oh, estaba muy cerca. Era evidente que Seiffert era un soldado: sabía perfectamente cómo inmovilizar a un oponente para evitar que un bandazo le liberara.
Por fortuna, él también había recibido una rigurosa instrucción militar. De los mejores mentores de Shin Makoku.
Como en un dejà vú, las antiguas instrucciones de Yozak desfilaron ante sus ojos y oídos. Una tarde lejana, cuando él apenas tenía treinta años y quería aprender técnicas de lucha alternativas a espaldas de sus hermanos. Se vio a sí mismo de pie con el rostro y las rodillas sucias escuchando cada sonido de los labios del soldado.
"—Eres delgado y bajito. Y además con aspecto delicado. No importa que seas más diestro, más rápido o más fuerte que ellos: no te tomarán en serio, chico. Ése debe ser precisamente tu punto fuerte: permitir que te subestimen.
Wolfram había empezado a protestar. En aquel momento, Yozak se había agachado hasta que sus caras estuvieron al mismo nivel.
—Si tu oponente es un hombre, su entrepierna es una buena opción. Pero la cabeza y los ojos son siempre la elección segura. Ciégale, desequilíbrale, y poco importará que te sobrepase varios palmos: será tuyo."
"Gracias, Yozak"
En un impulso no premeditado, echó la cabeza hacia atrás al tiempo que golpeaba el esternón de su captor con el ángulo del codo.
Obviamente le había tomado desprevenido. Escuchó el gratificante crujido de una nariz desviándose, un alarido de dolor. Consiguió cortarle la respiración unos valiosos segundos en los que su agarre se tornó descoordinado y él logró escabullirse.
Rodó por el suelo, protegiéndose la cabeza con el brazo, y cerró la mano sobre la empuñadura de la espada de Eberhart. El familiar e insufrible dolor se extendió por su brazo y le agarrotó los músculos, pero no le embotó el cerebro y con ello tuvo suficiente para forzarse a levantar la espada en dirección a Seiffert.
Disfrutó de la efímera expresión de estupor que desdibujó los rasgos de Eberhart instantes antes de que saltara sobre él, enredara el brazo en su cuello y le hiciera caer hacia atrás. Solo consiguió que se apoyara en una rodilla, pero ello puso la yugular a su altura.
"Te tengo" el triunfo le inflamó las venas como hacía años.
En aquel momento la puerta se abrió con estruendo y una veintena de guardias armados con espadas accedieron en turba a la habitación, llamando a su señor. Wolfram levantó la maldita espada con ambas manos y se aseguró de que vieran el extremo, cuidadosamente afilado, bailando sobre la yugular de Seiffert.
—No os mováis u os juro que le rebano el cuello —amenazó. Su voz ni siquiera titubeó—. Un solo sonido y le degolló.
Algunos dieron un paso adelante, sin bajar las espadas. Wolfram no retrocedió ni aflojó el agarre sobre el arma, luchando por ocultar cómo le temblaba el brazo.
—¿¡Creéis que bromeo!? —rugió.
Para demostrar su resolución, arañó superficialmente la piel del cuello de Eberhart hasta que manó sangre. Éste siseó pero no se movió ni un ápice. Vio la resolución de los soldados trastabillar.
Los humanos eran predecibles… Vencer al comandante implicaba descabezar todo un ejército. No sabían cómo actuar sin un líder que les marcara el objetivo.
Olía a carne quemada: su piel estaba ardiendo en contacto con el metal. La agonía, paradójicamente, le mantenía lúcido. Aunque el sudor se le metiera en los ojos, escociéndole.
—Que alguien me dé una espada —masculló—. El resto tiradlas al suelo. ¡Ya!
Un soldado especialmente joven pateó su arma y la hizo resbalar por el suelo hasta su posición. Los demás las dejaron caer de sus manos, una llucia de chasquidos y metal inservible. En aquel preciso momento, sintió cómo Eberhart emitía una desdeñosa carcajada.
—Me sorprende que hayas llegado tan lejos —reconoció—. No parecías capaz de más que débiles aspavientos hace apenas unas horas, cuando gimoteabas debajo de mí. Y ahora has tomado esa espada que te quema la piel para amenazarme con ella...
Wolfram intentó que sus palabras no le perturbaran, que no le arrastraran a los breves y catastróficos lapsos de autocompasión.
—Aún bajo cadenas, una bestia salvaje sigue siendo salvaje —siseó—. Te lo dije. Tú mismo lo dijiste.
Miró de reojo a Yuuri, que se sobaba la cabeza en un intento de despejarse. No podía condensar en palabras el alivio que experimentó al verlo consciente. Le propinó un puntapié a la espada del soldado para acercársela.
—Coge esa espada, Yuuri —le indicó.
El muchacho logró sobreponerse a su aturdimiento y se arrastró a cuatro patas para coger el arma. Wolfram le siguió con la mirada cuando se retiró hasta la pared con la espada firmemente asida con ambas manos. La sujetaba de la misma manera que solía sostener a Morgif, como si fuera un mandoble.
—Podías haber montado un numerito semejante hace mucho —se carcajeó Eberhart, incansable—. Robarme la espada en cualquier momento, disfrutar de tu breve instante de triunfo… ¿Crees que ahora tienes más posibilidades?
—No —respondió automáticamente.
Echó un vistazo a Yuuri, que le observaba fijamente con una expresión a medio camino entre preocupada y decidida. La familiar sensación cálida le borboteó en las entrañas.
—Ahora sé que hay algo por lo que luchar —se limitó a afirmar sin despegar los ojos de él.
No supo si le había oído, pero los labios de Yuuri se curvaron en una leve sonrisa esperanzadora. Asintió.
Lo estaba dejando en sus manos.
Se volvió hacia los soldados allí apelotonados, expectantes.
—Alejaos de la puerta. Contra la ventana. Ahora —exigió.
Al igual que un rebaño, los soldados se apartaron poco a poco hasta situarse de espaldas al muro que había sido arrancado de cuajo. No le quitaban los ojos de encima, tal vez dispuestos a utilizar cualquier signo de flaqueza. No iba a darles ése placer.
—Sal, Yuuri —ordenó con firmeza—. Asegúrate de que no haya nadie.
El chico obedeció solícitamente, retrocediendo hasta cruzar el dintel. Echó un rápido vistazo a sus espaldas, cerciorándose de la ausencia de guardias.
—No hay nadie… por ahora.
Con calma, Wolfram tomó a Eberhart por el cabello y le obligó a arrastrarse de espaldas, lastimosamente, como algún animalillo que reptara. Apuntó la espada a su cogote, dejando que el extremo rozara la piel de su cuello. Un solo movimiento en falso y podía ensartarle. Y Eberhart lo sabía.
—¡Camina, escoria! —siseó.
—Dime, Wolfram: ¿cómo vas a salir de aquí? —masculló este, hablando entre dientes apretados.
—Silencio —chistó este.
Su advertencia no pareció impresionar a Eberhart. Era una técnica muy usada en la milicia: fingir tenerlo todo bajo control para intimidar al enemigo.
Hacía medio siglo que Wolfram había aprendido a ver a través de ella. Ello no consiguió que se mantuviera inmune al discurso de Seiffert.
—No tienes un plan. Solo hay una manera posible en la que esto puede acabar, independientemente de si me matas o no —garantizó—. No hay modo en el que puedas sacar al Maoh con vida de aquí. Sea cual sea el resultado, él muere hoy.
Su argumento no parecía contemplar otra opción, otro desenlace.
"Él muere hoy". Las tres palabras quedaron grabadas a fuego en su cerebro.
—Si no me matas, volverás a servirme con la misma diligencia que hasta ahora —prosiguió Seiffert con una calma frustrante—. Aunque tal vez, dada la ofensa cometida, me muestre menos benevolente y más entusiasta. Si decides matarme… perderás tu único seguro y mis soldados caerán sobre ti —canturreó—. Y ten por seguro que te dispensarán el mismo trato que yo. Todos, uno tras otro, hasta que no puedas soportarlo más y mueras o supliques que te maten. ¿Acaso no te es familiar?
La última puntualización envió una oleada de náuseas directamente a la boca de su estómago. Más no dejó que el pánico le nublara el juicio y calentara sus emociones. Por el momento, en un giro vertiginoso de los acontecimientos, la vida de Yuuri dependí de él.
Su visión periférica empezaba a sembrarse de puntos blancos. El dolor apenas le permitía mantener firme la espada: todo su brazo estaba en llamas.
—Desearía hundirte esta espada entre las costillas —masculló—. Cortarte los dedos uno a uno.
Se inclinó más sobre él, para que percibiera con claridad el profundo odio que despertaba en él. En su mirada y en su voz.
—Arrebatarte la hombría de la que te sientes tan orgulloso —siseó—. Quedarme mirando cómo te desangras poco a poco entre alaridos…
Sonaba poético, idílico, pero inalcanzable.
Si mataba a Seiffert, ambos le seguirían en lo que dura un parpadeo. No era tan estúpido. Günter, Gwendal y Conrart le habían enseñado mejor que eso.
La elección entre la revancha y el deber, su corazón, estaba clara.
—Pero eso no me ayudaría a sacar a Yuuri de aquí —concluyó.
Levantó la mano y le golpeó en la base de la nuca con el mango de la espada. Un solo y seco movimiento ascendente, justo en el punto que Conrart le había enseñado. Fuerte, hasta que sintió el cerebro rebotar en el interior del cráneo. Ojalá le hubiera causado un derrame letal.
Las rodillas de Eberhart fallaron y a punto estuvo de desplomarse, sin sentido. Wolfram le propinó un empujón con las escasas fuerzas que le quedaban y lanzó el cuerpo inconsciente al interior de la habitación. Tal como había previsto, los primeros guardias en la línea se movieron hacia él para evitar que su general se estrellara contra el suelo. Muchos otros se inclinaron a por sus espadas.
Retrocedió y cerró de un portazo. Encajó la espada en el picaporte justo antes de que ésta crujiera sobre sus goznes tras el impacto de varios cuerpos.
Deberían romper la puerta. La maldita espada no se movería.
Notó en su sistema nervioso la pérdida de contacto del maldito metal. Sus miembros dejaron de aullar de agonía, el nivel de adrenalina en su sangre lo suficientemente disparado como para impedirle sentir el dolor.
Se volvió hacia Yuuri, escondiendo intencionadamente la mano herida entre los pliegues de la bata.
—Corre —musitó.
Y así lo hicieron, dando gracias por cada nuevo tramo que recorrían sin encontrarse con nadie. Wolfram no tenía muy claro a donde iba, pero eligió por instinto aquellos pasillos que sabía menos concurridos. A sus espaldas iba creciendo un murmullo, el eco de un tumulto.
El resto de la guardia debía estar en camino, alarmados por todo el escándalo. Tal vez incluso los otros habían conseguido salir. No había tenido muchas opciones en el momento.
Al girar una esquina, Yuuri chocó de bruces con una alta criada que transportaba una pequeña montaña de enseres de cocina. La mujer se arrodilló a recoger solícitamente los cacharros.
—¡Perdóneme, señorita…! —se apresuró a decir—. Solo estamos busc-..
—¡Yuuri, la espada…! —exigió Wolfram, escaso de paciencia.
Por inercia, el muchacho obedeció y le tendió el arma. Wolfram le levantó frente a su rostro con la mano sana mientras mantenía a Yuuri tras él con la herida.
Oía pasos, aunque no eran acelerados como lo que la lógica dictaría en un soldado. No le gustó.
Una sola persona apareció al inicio del corredor. Todas las esperanzas de escapar se diluyeron automáticamente de la perspectiva de Wolfram.
El hechicero de Seiffert, con su mirada plateada y perpetuamente estoica, se detuvo a escasos metros de ambos y les observó con indiferencia. Wolfram se movió instintivamente hacia un lado, cubriendo a Yuuri con su propio cuerpo de la línea directa de visión del hechicero.
Ni siquiera sabía su nombre, aunque había sufrido los efectos de su magia en incontables ocasiones. Una vez Anissina le había dicho que los hechiceros humanos rara vez revelaban su nombre real, pues el houryoku exigía un precio y esa información en manos de un enemigo podía aumentar la contrapartida de obtener la magia.
Le daba escalofríos. Allí donde Eberhart era absoluta petulancia y risas prepotentes, el mago era terrorífica calma. De alguien que se sabe tan al mando de la situación que no se molesta en proclamarlo.
Ante su absoluto horror, los ojos argentados pasaron por encima de él y se posaron en Yuuri.
—Ahora lo comprendo —habló el hechicero, su voz siempre inalterable—. Sin duda es un truco de una precisión admirable. Aun ahora soy incapaz de notar un solo trazo de energía demoníaca. Debe ser un reto ocultar una cantidad tan grande de maryoku…
No se movió, no avanzó hacia ellos. Y aun así fue como si tuviera las manos entorno a su cuello, privándole de aire.
—Pasaste frente a mis ojos sin que notara tu naturaleza demoníaca —continuó—. ¿Cómo lo has hecho, poderoso Maoh, si se me permite la pregunta? Simple curiosidad de un estudioso de la magia… ¿Qué retorcido conjuro habéis utilizado para engañarme?
Wolfram se movió unos centímetros más hacia atrás, hasta que pudo sentir el pecho de Yuuri contra su espalda.
—No hay engaño —juró—. No ha nacido en este mundo, así que su maryoku posee otra naturaleza. A pesar de ello, es más poderoso que lo que cualquiera de vosotros podría imaginar…
Las pupilas, inusualmente claras, se enfocaron esta vez en él. Sí compartía algo con Seiffert.
La capacidad de advertirle sin palabras que iba a castigarle hasta que se arrepintiera de su desobediencia.
—Le advertí a Seiffert que debería haberte matado en cuanto caíste en sus manos —aseguró—. Que saciar su libido no compensaba el riesgo de mantener un pura sangre encerrado. Los mazoku sois criaturas instintivas pero impredecibles. Imposibles de contener.
Parecía poco afectado por la eventualidad.
—Debería haberte aplastado la mente hace mucho —se lamentó—. Dejar tu consciente hecho trizas para que fueras solo una marioneta sin vida. Nos habría ahorrado muchos quebraderos de cabeza.
Suspiró, tranquilo, ni siquiera superficialmente molesto.
—Aún estoy a tiempo —avaló—. Tu voluntad es fuerte, pero es lo único que tienes a tu favor… y no es inquebrantable, como bien recordarás.
No tuvo que mover ni un músculo para proyectar su magia, exudándola como no había visto hacer jamás a otro hechicero.
Wolfram sacudió varias veces la cabeza, sintiendo los primeros tentáculos de houryoku incidiendo en su cabeza, luchando por tomar el control de su voluntad.
Para su absoluta frustración, avanzaba en la dirección correcta. Podía sentir sus miembros perdiendo fuerza, una niebla conocida invadiendo el interior de su cráneo y nublando sus sentidos. Intentó concentrar el poco maryoku que aún le quedara, aunándolo a modo de defensa, una barrera frágil contra la inmensidad de aquella magia ajena.
Un dolor cegador, como de un tizón al rojo vivo, despertó en su sistema nervioso ante el intento de resistencia. Sentía vagamente, como si fuera un sueño, la mano de Yuuri aferrándole la muñeca y zarandeándole. Llamando su nombre.
"No, por favor… cualquier cosa menos esto…"
Había cercenado la vida de conocidos, aliados, bajo el influjo de aquella magia que le contaminaba la mente. Y en ningún momento había podido resistirse a los actos atroces que le habían obligado a llevar a cabo. Solo deshacerse en alaridos de terror cuando conseguía volver en sí y ver la masacre en la que había participado.
Qué triunfo sería para el Imperio… Que el propio prometido del Maoh fuera el que acabara con su vida. Una gesta de la que hablar durante siglos. El pánico le paralizó, consciente de que no soportaría ver morir a Yuuri.
De que, esa vez, acabaría con su propia vida ante la imposibilidad de resistir el dolor.
Súbitamente, un sonoro ¡clang! hizo eco en el corredor. El hechizo se diluyó como tinta en agua, drenándose rápidamente de su organismo.
Wolfram pestañeó varias veces, aturdido, incapaz de comprender inmediatamente lo que había sucedido.
Apenas un instante después, los ojos del mago giraron al interior del cráneo y se desplomó limpiamente de bruces. Tras él, se alzaba una conocida silueta alta, fornida y de llameante cabello naranja. Y vestido con el uniforme blanco del sector femenino del servicio.
—¡Yozak! —exclamó Yuuri, su voz rebosante de alivio—. ¡Justo a tiempo!
Yozak acababa de dejar fuera de combate al hechicero humano. De un sartenazo. Ataviado con un vestido y un delantal.
Wow.
—Como siempre —coincidió éste, haciendo girar la sartén en la mano como si hiciera malabares—. Ya me lo agradeceréis más tarde. Ahora lo mejor será correr. Has liado una buena, chaval…
—¡Oye, no es para lo q-¡
—¡Corre! —le instó Yozak, empujándole el hombro con escasas contemplaciones.
Yuuri obedeció sin chistar. Corrieron a toda velocidad por los pasillos vacíos, descendiendo unas escaleras retorcidas que les condujeron al primer nivel del sótano. Se escuchó cómo una puerta se abría con estruendo no muy lejos de allí. El suelo prácticamente temblaba bajo sus pies.
"Ya vienen. Shinou, nos tienen…"
—¡Izquierda! —indicó Yozak.
A Wolfram se le helaron las entrañas. ¿Dónde iba el insensato? ¡Aquel corredor llevaba directo a las cocinas! Tal vez el sitio más concurrido de todo el maldito castillo.
—Ahí. La puerta de la derecha.
Yuuri frenó justo a tiempo para no pasar de largo. Abrió la portezuela de un tirón y se quedó momentáneamente congelado al descubrir un armario de escobas y otros enseres en su interior.
—Pero Yozak, ¿esto no es…?
—¡Adentro! —insistió el soldado, empujándole de malos modos.
Wolfram le siguió, escéptico. Puso un pie en el interior sombrío sin mirar adelante. Luego otro.
De pronto el suelo bajo sus pies desapareció y la gravedad tiró de sus entrañas.
No tuvo tiempo de emitir una exclamación de sobresalto porque el suelo volvió a su encuentro. Con más dureza de la que le hubiera gustado. Estaba convencido de que se había partido la mandíbula.
"¿Qué demonios…?"
Yuuri se frotaba la base de la espalda con expresión dolorida. Oyó cómo se cerraban las puertas arriba; la oscuridad se lo tragó todo. Instantes más tarde, escuchó a Yozak aterrizar frente a ambos, sin duda con mucha más elegancia que Yuuri o él.
—¿Estáis de una pieza? —murmuró el soldado.
—Yozak, ¿qué se supone q-?
—¡Shhh…! —exigió este.
Yuuri enmudeció para después acercarse a él hasta dejarse caer a su lado. Wolfram podía sentir cómo su aliento le impactaba en la mejilla.
Permanecieron en absoluto silencio durante varios minutos, agazapados en la oscuridad, temerosos de que cualquier mísero ruido delatara su escondite.
Oían pasos, voces que gritaban, puertas siendo abiertas y cerradas. Wolfram tuvo que recordarse que debía seguir respirando. Sentía arcadas, una sensación ardiente en la boca del estómago. Se llevó una mano a los labios para acallar su alterada respiración.
Podía oír cómo latía el corazón de Yuuri, desbocado.
Tras lo que pareció una eternidad, la marabunta allá arriba fue calmándose. Al final solo oían voces lejanas y pasos acelerados que no seguían ningún patrón. Yozak expulsó el aire con lentitud, Yuuri le imitó.
Él, incapaz de resistir la tensión durante más tiempo, apartó bruscamente a Yuuri y vomitó en el suelo.
No supo muy bien la razón. Tal vez el influjo constante de las houseki, la tensión acumulada o el fuego repentino en su sangre. El pavor a que Yuuri corriera daño. El caso es que estuvo vomitando durante varios minutos, hasta que solo bilis ácida le goteó de los labios.
Alguien le había puesto una mano en el omoplato, aunque si era Yuuri o Yozak no podía saberlo. Era tranquilizador.
Se incorporó tras quedarse vacío, el nauseabundo olor obligándole a retirarse contra la pared opuesta de aquel extraño espacio. El cabello se le adhería a la frente en mechones apelmazados. Pestañeó, sus ojos llorosos desacostumbrados a la luz cuando Yozak sacó un objeto luminoso del bolsillo. El resplandor estremecido le produjo una familiar sensación de mareo.
—Lo siento, chico —se apresuró a decir Yozak—. Es lo único que he encontrado capaz de iluminar un poco este sitio.
La humillación le punzó las entrañas como una molestia física. Su estado no era digno de un soldado entrenado, echando las tripas ante un poco de acción. Se retiró los mechones pegajosos del rostro con una mano.
Inspiró. Expiró. Y vuelta a empezar.
Una vez el martilleante latido de su corazón se tranquilizó, pudo concentrarse en el dolor abrasador que le sacudía el brazo como si fueran agujas al rojo vivo. Se aferró el antebrazo para evitar que los temblores fueran percibidos.
—Wolfram, tu brazo…
Apartó la mano en cuanto Yuuri intentó tomársela. Adivinó fácilmente sus intenciones.
—Si usas de nuevo el maryoku, nos encontrarán —le advirtió—. No es la herida más grave que he recibido.
—Pero…
—Sujeta esto, chico —intervino Yozak, depositando la piedra luminosa en la mano indolentemente abierta de Yuuri.
El soldado se inclinó sobre él, se arrancó una tira del pomposo delantal y procedió a envolverle la mano con él. Wolfram apretó los dientes para contenerse de gritar cuando la tela entró en contacto con las quemaduras cubiertas de ampollas. Yozak trabajaba con rapidez y eficiencia, consiguiendo un firme vendaje hasta la juntura del codo.
—Deberá servir por el momento —murmuró Yozak al terminar, palmeándole el hombro con empatía—. En cuanto estemos a salvo, lo trataremos adecuadamente. ¿Puedes seguir?
Wolfram le miró fijamente y descubrió una expresión apesadumbrada en su rostro afable. Como si pudiera leer en su rostro las heridas que le punteaban al completo.
—Por supuesto —se apresuró a afirmar.
—Bien —aplaudió Yozak, recuperando la jovialidad—. Si te parece, puedes caminar detrás de Yuuri y yo iré delante. Así estarás lo más lejos posible de la piedra.
Wolfram asintió en agradecimiento, viendo puntos blancos danzar en su campo visual. Observó su alrededor cuanto pudo: no estaban en una cámara como había esperado si no en un túnel. La galería había sido deliberadamente excavada, con maryoku a juzgar por el perfecto acabado de las paredes. No obstante resultaba obvio que llevaba tiempo, años, sin usarse. El aire estaba enrarecido y todo tipo de criaturitas de varios pares de patas reptaban lejos de la luz. Sin duda había sido construida por los Khrennikov, los dueños legítimos del castillo.
La galería proseguía tanto frente a ellos como a sus espaldas. Sumida en las tinieblas.
—¿A dónde lleva esto? —preguntó Yuuri, poniendo voz a sus preguntas.
—Fuera de los muros del castillo, más allá de la ciudadela —explicó Yozak—. Sin duda han izado el puente y nos buscan por cada rincón del interior de la muralla. Poco imaginan que vamos a pasar bajo ella.
Wolfram experimentó un súbito acceso de rabia, de impotencia. Su vía de escape había estado tan cerca todo aquel tiempo. Durante tres años que le habían parecido siglos. De haberlo sabido, nunca hubiera permitido que Seiffert…
La mano de Yuuri cerrándose entorno a su muñeca cortó el patrón deprimente de sus pensamientos. Era un agarre ligero pero firme, como si no quisiera dejarle ir pero tampoco retenerle.
No sabía por qué aquel gesto. ¿Tendría miedo a perderle en la oscuridad?
—Fue excavado por los Khrennikov hace generaciones —prosiguió Yozak—. Obviamente, los ocupantes actuales desconocen la existencia de esta red subterránea.
Se volvió hacia ambos, la luz palpitante daba a sus ojos claros la apariencia de redomas.
—Será mejor que nos pongamos en marcha —opinó—. Deben estar como locos buscándonos. No les demos la oportunidad. Con un poco de suerte, para cuando se den cuenta ya estaremos muy lejos.
Echaron a andar, con Yozak a la cabeza y Wolfram cerrando la marcha. Yuuri no le soltaba en ningún momento, como si temiera que perder el contacto un solo instante significara verse de nuevo separados por un abismo.
Unos metros más adelante, el túnel se volvía tan angosto que Wolfram enseguida se sintió claustrofóbico. El cómo Yozak conseguía abrirse camino en él era un misterio que tal vez nunca resolvieran. El soldado caminaba medio encogido pero ágil, la cabeza rozándole constantemente el techo irregular. Parecía saber a dónde iba, incluso cuando aparecían esporádicas bifurcaciones.
Yuuri apretó más el agarre sobre su muñeca.
—¿Estás bien? —murmuró.
Wolfram levantó la cabeza, desarmado por la pregunta. En la oscuridad era incapaz de definir la expresión de Yuuri.
No se sintió con fuerzas para fingir.
—Un poco mareado —reconoció—. Nada que no pueda soportar.
Un ruidito escapó de la garganta de Yuuri; Wolfram casi hubiera jurado que era una carcajada contenida.
—Al final siempre eres tú el que acaba salvándome —comentó en tono irónico—. Eso de ahí arriba ha sido bastante impresionante… Supongo que sigo siendo un enclenque, ¿no?
Wolfram guardó silencio, observando la nuca que había mirado con anhelo un millón de veces antes. Yuuri, en línea con su incapacidad de ver sufrir a nadie, estaba haciendo lo previsible: intentar que no pensara en lo que había dejado atrás, utilizando para ello cualquier recurso a su alcance. Incluso recurrir a antiguos motes que Wolfram creía que nunca volvería a oír.
Se lo agradecería cada instante que viviera.
Paraban cada poco rato a tomar un sorbo de agua de un odre que Yozak había tenido la previsión de llevar consigo. Apenas un par de minutos y seguían avanzando en la oscuridad.
Wolfram nunca había estado tan cansado en su vida. Una vez la adrenalina se había desplomado en su organismo, sus extremidades parecían pesar una tonelada. Si cerraba los ojos un solo instante, estaba seguro de que dormiría una semana entera. Un sudor helado le cubría el cuerpo y le adhería la bata a la piel. Se sentía francamente enfermo.
Tuvo que concederse el mérito de conseguir disimularlo. En una ocasión, durante su instrucción en la Academia, había caminado durante tres días con fiebre y escalofríos a través de una ciénaga gigantesca. En comparación aquello no debería ser un problema.
De no ser por las implicaciones. Tener que abandonar una prueba de cadetes nada tenía que ver con provocar que sus compañeros fueran capturados –asesinados– por su desfallecimiento.
—Ya casi estamos —anunció Yozak de pronto—. Yo saldré primero, ¿de acuerdo?
Wolfram levantó la cabeza: no conseguía ver nada más allá del estremecido círculo de luz, solo más y más negrura. Todo atisbo de iluminación se transformó en oscuridad cuando Yozak guardó la piedra en su sitio.
Se hizo un silencio agobiante, una ausencia de colores y sonidos que encogía el pecho. Después Yozak tanteó sobre sus cabezas y se oyó el familiar chasquido de un mecanismo activándose.
Una pequeña línea de luz mortecina se filtró desde el exterior acompañada de una lluvia de gravilla y ramitas. Wolfram contuvo el impulso de toser cuando un polvo fino y denso inundó el ambiente.
Yozak esperó unos instantes y luego se aupó con pasmosa facilidad por la obertura en la que se colaba la escasa luz natural. Yuuri y él intercambiaron una mirada tensa. En algún momento, la mano de Yuuri se había cerrado sobre su brazo sano y no parecía dispuesto a soltarle.
Los escasos segundos en los que no tuvieron respuesta se alargaron como horas.
—¿Crees que…? —empezó a decir Yuuri en un hilo de voz.
Ambos dieron un respingo cuando el rostro sonriente de Yozak apareció en el irregular boquete.
—No hay peligro. Podéis subir.
Yuuri hizo un ademán para que él fuera primero. Wolfram se limitó a empujarle sin ningún reparo hasta que pudo tomar el brazo de Yozak. Él aguardó el último hasta que dos pares de manos se ofrecieron para auparle.
El segundo par de brazos no era el de Yuuri, advirtió. Al lado de Yozak, un muchacho de ojos grises y cabello imposiblemente rojo miraba hacia abajo en su dirección. Wolfram se llevó la mano a la cadera por inercia, buscando su espada, pero Yozak levantó una mano en actitud pacificadora.
—Es Rohnan, un amigo —le tranquilizó—. Él me enseñó este túnel. De no ser por él, no estaríamos aquí.
Wolfram frunció el ceño pero aceptó los dos brazos extendidos que le ayudaron a subir a la superficie, donde se quedó sentado sobre las rodillas. Apenas creía que Yozak hubiera sido tan inconsciente como para confiar el éxito de la misión a un desconocido. Podría haber sido un cómplice del Imperio, o haberles traicionado cuando su meta peligrara.
Era un mazoku, al menos en parte. Aunque Yuuri hubiera pregonado siempre que no era algo que saltara a la vista, para Wolfram resultaba evidente. Al menos en la mayoría de los casos.
Soltó la mano del chico tal vez con demasiada brusquedad. Compartir ancestros no le haría confiar en él. El joven no pareció demasiado afectado por su hostilidad a juzgar por la sonrisa deslumbrante que le dedicó a Yozak.
—Lo habéis conseguido, señor Yozak… —exclamó con alivio.
Algo en su voz, en su tono de genuina gentileza, le provocó el incontenible deseo de confiar en él. Pero Wolfram sabía mejor que eso, especialmente tras su reciente vivencia: no le quitaría el ojo de encima.
Después fue consciente de que estaba en el exterior, sin muros hechizados a su alrededor. Una brisa húmeda le golpeó el rostro, removiéndole el cabello.
Tomó la primera bocanada de aire libre en tres años. Aunque el aire tuviera un ligero olor a podredumbre, le parecía maravilloso sentirlo llenarle los pulmones.
Lo repitió una, dos, hasta cinco veces. Solo después se permitió observar su alrededor.
La bruma era tan espesa que todo parecía de un plateado cristal. Era difícil decidir qué hora del día era. Tal vez pasado el mediodía, aunque no estaba seguro. La vegetación que alcanzaba a reconocer estaba compuesta de olmos, chopos y un sotobosque sembrado de helechos. Podía oír buscarlas y ruiseñores cantando entre la neblina. La fría humedad calaba en los huesos de Wolfram, haciéndole tiritar.
—¿Por qué no has dicho que no llevabas zapatos? —apuntó de repente Yozak.
Wolfram pestañeó varias veces e hizo descender la mirada con lentitud. Sumergido en el frenesí de la huida, ni siquiera se había percatado de sus pies desnudos. Una vez volvió a prestarles atención, reparó en lo helados y doloridos que los tenía. La hierba bajo sus pies estaba manchada de rojo, así que probablemente se los había herido en algún punto de la escaramuza.
Yuuri no dijo nada, pero se sentó en el suelo y procedió a quitarse los lazos de las botas.
—Y-yuuri, n- —empezó a protestar él, adivinando sus intenciones.
—No repliques —repuso éste sin mirarle—. Es una orden.
Wolfram enmudeció, observando cómo Yuuri se quitaba las botas y le pedía sin palabras que le cediera el pie. Demasiado cansado como para protestar, mantuvo el equilibrio mientras Yuuri se empeñaba en su absurda tarea. A pesar de su contrariedad, no pudo evitar suspirar de bienestar cuando sus maltratadas plantas entraron en contacto con la suave lana que forraba el interior del calzado, aún caliente por la piel de Yuuri.
—Mucho mejor… —concluyó éste con los brazos en jarras, aparentemente satisfecho con lo conseguido—. Suerte que llevo calcetines.
Wolfram pestañeó varias veces, incrédulo ante un Maoh descalzo y absurdamente optimista. La situación en sí poseía la extraña consistencia de un sueño delirante.
—Si ya habéis acabado de intercambiar arrumacos, sugiero que nos alejemos de este sitio —intervino Yozak, moviendo unos arbustos para ocultar el agujero por el que acababan de cruzar.
Los cuatro descendieron por una senda apenas abierta entre la maleza. Avanzaron deprisa y en silencio, aunque el terreno era húmedo y resbaladizo, y más de una vez alguno acabó con el trasero en el fango. Wolfram solo podía pensar en los pies de Yuuri, descalzos por haberle concedido el obsequio de sus botas.
El tal Rohnan guiaba la pequeña comitiva. Al menos daba la impresión de saber a dónde iba. Wolfram, tal vez sugestionado por tres años de cautiverio, seguía esperando que en cualquier momento los soldados de Seiffert cayeran sobre ellos y el chico se llevara una bolsa llena de monedas como pago.
El susodicho se detuvo tras casi veinte minutos de monótono camino. Yozak se inclinó sobre él e intercambiaron palabras en murmullos que ni Yuuri ni Wolfram oyeron.
Estaban en el margen mismo del Río Púrpura. Entre la niebla blanquecina, Wolfram podía entrever la otra orilla. Lejos, muy lejos, ya en territorio de Konanshia. No estaban lejos del estuario a juzgar por el olor a salitre, pero sin duda se encontraban por lo menos dos kilómetros río arriba.
Descendiendo por una suave pendiente, se erigía un humilde embarcadero que había visto tiempos mejores. Un pequeño islote poblado de olmos y sarguetillos, carrizos en la orilla, cubría en gran medida la vista de la inmensidad de agua que se abría ante ellos. Wolfram supuso que era uno de los muchos puntos donde los barcos paraban brevemente para repostar víveres o productos de los pueblos locales.
Yozak se rascó la cabeza con una mano y se dejó caer en el suelo, a la sombra de un tupido espino albar.
—Esperemos un rato.
Un rato acabó convirtiéndose en varias horas.
Horas en las que permanecieron ocultos entre la maleza sin saber qué esperar. No hablaron ni una vez, como si sus enemigos pudieran oírles desde lo lejos. Yozak ni siquiera se permitió explicar los pormenores de sus planes.
En varias ocasiones, al dejar vagar los ojos alrededor, descubrió que Yozak le estaba observando. Cada vez apartaba la vista con incomodidad, pero seguía sintiendo la mirada azul clavada en su persona. Más de lo considerado adecuado.
Por alguna razón, la expresión inquisitiva y alerta del soldado le daba repelús. Las hipótesis se aglutinaban en su cabeza sin orden. ¿Esperaba que se derrumbara y les descubriera? ¿Qué huyera? ¿Qué fuera incapaz de luchar si les encontraban?
Odiaba la curiosa amalgama de lástima y desconfianza. Así que se forzó a no cruzar contacto visual con Yozak aunque siguiera cosquilleándole su mirada en el cuello.
Fueron horas profundamente angustiosas para Wolfram. Cada momento transcurría con la abominable incertidumbre de poder ser descubiertos. Intentaba no imaginarse el hipotético escenario, los soldados cayendo sobre ellos.
Seiffert arrastrándole a aquel cuarto que odiaba. O peor aún: tomándole allí mismo, frente a sus compañeros, para después obligarle a ver cómo los mataba.
Trató de luchar contra aquellos nefastos escenarios, pero éstos le abordaban una y otra vez. Sin pausa, con la insistencia de una ola golpeando la playa.
Se rodeó las rodillas con los brazos para intentar frenar el violento temblor de sus extremidades. Lo último que quería era que Yuuri se angustiara.
El susodicho notó que estaba temblando. No emitió ni un sonido, pero se acercó hasta que sus hombros entraron en contacto. Una calidez arrolladora se extendió desde el punto en el que su mano entró en contacto con su espalda.
Por algún motivo, el gesto consiguió apaciguar el latido acelerado de su corazón. Permitirle respirar con calma, pensar con más claridad. No dejarse abordar por el pánico o la inminencia hasta que sencillamente recostó la frente en las rodillas y dejó pasar el tiempo con su endemoniada lentitud.
Cuando el horizonte ya empezaba a tornarse dorado por encima de la niebla, oyeron el distintivo conjunto de crujidos de una gran estructura de madera. Algo enorme cortaba la niebla en el cauce mismo del río, creando olas en el remanso de corriente.
Yozak se puso en pie; parecía haber estado durmiendo apenas unos instantes atrás, pero Wolfram bien sabía del sueño ligero de la mayoría de soldados. Capaces de pasar varias horas en inactividad para saltar como un resorte ante cualquier sonido sospechoso.
Un barco con velas rojas produjo volutas al aparecer frente a ellos, chasqueando y chirriando. Wolfram se tensó como una vara: sabía muy bien el color que llevaba todo en el Imperio. Los carruajes, los uniformes, las velas de sus buques. El color exacto de la sangre recién derramada.
Una vez el pico de pánico se normalizó, intentó dar sentido a lo que estaba viendo. Ningún barco del Imperio presentaría aquel aspecto tan decadente, con maderas viejas y el mascarón de proa corroído por la humedad. Las velas que habían parecido de un rojo uniforme estaban en realidad formadas por retazos irregulares de tonos distintos.
No era un navío imperial. Más bien alguien que se aprovechaba del color oficial para tener libre paso por las vías navegables.
La embarcación avanzó lentamente hasta que alguno de sus tripulantes lanzó un cabo y lo enganchó a un poste dispuesto en la orilla para tal fin. Instantes después, una precaria pasarela de madera cayó desde la cubierta hasta el destartalado embarcadero. Nadie descendió de la nave. Los cuatro intercambiaron miradas tensas.
Yozak silbó, una tonadilla de cuatro sílabas. Alguien contestó del mismo modo.
—Vamos —murmuró.
Se dirigieron en comitiva hacia el barco, con todo el sigilo que fueron capaces de reunir. Un hombre de aspecto huraño y con la piel quemada por el sol les esperaba en el acceso a cubierta con los brazos firmemente cruzados. Sus ropas, la indumentaria típica de los marineros de aquel mundo, habían visto mejores épocas e iba descalzo.
Sin decir nada, el desconocido extendió la mano en un claro gesto. Yozak rebuscó en el delantal y depositó una bolsita de cuero que tintineó al tocar la palma. El marinero sospesó el envoltorio y luego hizo un gesto con el brazo.
A sus espaldas, Wolfram oyó el inconfundible sonido de un amarre soltándose. El barco chasqueó de nuevo al ponerse en marcha, a contracorriente, hacia el oeste.
Expulsó el aire de los pulmones hasta que le dolió el diafragma. No se había percatado hasta entonces de la tensión que tenía acumulada en los hombros. Una mezcla de alivio, amargura y pavor forzó las lágrimas a despuntar en sus comisuras.
Cayó en la cuenta de que en ningún momento había creído que lograrían escapar. Que la idea de ser libre por fin se le antojaba demasiado lejana e improbable. Había luchado por inercia, por el impulso básico de mantener a Yuuri vivo.
Sin esperanzas para él.
Verse allí, por fin lejos de la mirada de Eberhart y rodeado de amigos, le produjo una sensación de vacío tan reconfortante como ajena. Paradójicamente, le hizo sentirse perdido.
Se sorbió la nariz y limpió los ojos con fiereza antes que dejarse arrastrar por el llanto. Intentó centrarse en lo que le rodeaba. Yuuri se encaraba a Yozak con expresión inquisitiva.
—¿Dónde has conseguido ese dinero?
El soldado, apoyado en el borde en una postura indolente, le dedicó una mirada ceñuda.
—¿De verdad quieres saber la respuesta, chico?
El cerebro de Yuuri pareció tardar varios segundos en llegar a una conclusión.
—¡Yozak…! —exclamó, indignado—. ¡Da igual la situación, robar está mal…!
El aludido puso los ojos en blanco ante la reprimenda.
—Te aseguro que aquel al que se lo tomé prestado no lo necesitaba.
—¿Lo tomaste prestado? —inquirió Yuuri—. Entonces, ¿vas a devolverlo?
—Es una manera de hablar —replicó Yozak con una sonrisa zorruna.
—¿No vamos muy lentos? —les interrumpió Wolfram.
Todos se volvieron hacia él. Por un momento Wolfram pensó que se habían olvidado de su presencia allí. La expresión de Yuuri, definitivamente culpable, corroboraba su hipótesis.
—Bueno, aún falta un pasajero —le informó Yozak. Echó un vistazo por la borda y sonrió, triunfante—. ¡Ah, ahí está…!
Wolfram miró también, con escaso interés, justo a tiempo de ver un pequeño bote impactar contra el casco de madera. Su único ocupante se aferró a la escala de cuerda que pendía de cubierta y trepó con pasmosa facilidad por la superficie vertical hasta aterrizar frente a ellos.
Había algo en la forma de moverse…
—Creía que ya estarías aquí arriba —apostilló Yozak.
—En el último momento, he preferido vigilar desde fuera —repuso la figura encapuchada—. Me he asegurado de que no haya pasajeros indeseados. Solo nosotros y la tripulación.
Conocía aquella voz. Una voz que en tiempos condensó todo lo que odiaba y que en aquel catártico instante solo le inundó de una dopante tranquilidad.
—Conrart…
Su voz sonó tan cansada y débil entre los labios resecos que casi logró avergonzarle.
El recién llegado se retiró la capucha de la capa, la escasa luz de los danzantes quinqués de cubierta incidiendo en su cabello castaño, en los ojos que le miraban con una extraña mezcla de amargura y cariño.
—Gracias por devolvérmelo, Yuuri —dijo.
Las palabras sonaban tan cargadas de gratitud... Realmente, Conrart se sentía afortunado de haberle recuperado.
Aunque Yuuri solo le hubieran traído de vuelta una cáscara vacía.
Anduvo un paso. Luego otro. Así hasta entrar en el espacio personal de Conrart.
Se dejó caer contra su hermano, su frente chocando en el centro de su pecho. Allí se quedó, inmóvil con los ojos desorbitados; intentando no desmoronarse.
No lo consiguió.
Primero empezaron a sacudírsele los hombros. Después tuvo que luchar contra los estertores y las lágrimas que le quemaban como ácido el interior de los párpados. Se puso a temblar. Al final, el desmedido alivio fue lo que le impulsó a emitir un sollozo quebradizo, lastimero y débil.
—Eh, eh… Wolfram…
Las manos de Conrart eran cálidas contra sus mejillas cuando le levantaron el rostro. Wolfram intentó enfocarle entre la cortina de lágrimas que le inundaba los ojos. Al no conseguirlo, el llanto regresó con renovadas potencia y desesperación.
Las rodillas le fallaron y le dejaron caer frente a Conrart. Se aferró a su ropa con ambas manos, como si fuera lo único que le impidiera sumirse en la demencia. Poco le importó estar ofreciendo una imagen lastimosa. Su orgullo y su fachada estoica habían pasado a importar bien poco. Al final solo los brazos de Conrart a su alrededor, su mano frotándole la espalda, poseían sentido.
Le dejaron llorar hasta que ya no pudo llorar más. Hasta que olvidó por qué lloraba. Hasta que tuvo la garganta tan irritada que solo pudo sollozar en voz baja.
Eventualmente, paró. Con los ojos y las mejillas quemados por las lágrimas, respiró durante minutos, entre estertores, sobre la casaca de Conrart. Impregnándose de una presencia que, aún sin ser consciente, le había acompañado cada instante que había vivido.
O casi.
Conrart se quitó la capa que llevaba y le cubrió con ella, incluso el dorado cabello. Tal vez para permitirle mantener un último atisbo de dignidad. Wolfram la ciñó a su alrededor, consciente que la bata se había escurrido por sus hombros. No se había dado cuenta hasta entonces del frío que sentía.
Se quedó allí, sintiéndose pequeño, miserable y frágil, hasta que Conrart le puso ambas manos en los hombros en un intento de reconfortarle.
—Estás a salvo, Wolfram.
No quiso descorazonarle. Así que calló los pensamientos que desfilaban por su cabeza.
"Nunca estaré a salvo. No hay lugar en este mundo en el que pueda estarlo"
Apenas una hora más tarde, Yuuri estaba sentado entorno a una mesa baja de madera junto a Conrart, Yozak y Rohnan. Los cuatro habían disfrutado de una cena frugal, consistente básicamente en fruta y un puñado de cereales con leche. Suficiente para calmar el gruñido de sus estómagos; era todo lo que Yozak les había conseguido.
Con sendas tazas de humeante té entre las manos, se habían permitido hablar de forma distendida por primera vez desde que Yuuri había llegado allí. Por supuesto, dado que habían mantenido en secreto su identidad e intenciones, se habían preocupado de atrancar la puerta para evitar que cualquier retazo de su conversación fuera oída.
—Este barco viaja a Zoraisha —explicaba Yozak—. Se llevan el metal que extraen de las minas para forjar armaduras en ése país. Ello implica penetrar por el estuario y alcanzar los territorios Rochefort, donde pararán para abastecerse. Es una zona relativamente pacífica. Si llegamos hasta allí, estaremos a salvo.
Yuuri intentó ubicar nombres y lugares en el mapa mental que tenía de aquel mundo. Por alguna razón, tenía la sensación de que llevaba años sin procesar aquella información.
—¿No teméis que esta gente nos traicione? —musitó, echando miradas de desconfianza a ambos lados.
—Te lo dije antes y te lo repito ahora, chico —suspiró Yozak, apoyando la barbilla en una mano—: la inmensa mayoría de personas se venderán al mejor postor. No te garantizo que no nos traicione justo tras poner un pie en Puerto Púrpura. De hecho lo más seguro es que corra a decirle nuestro paradero a la gente del Imperio. Pero para entonces, con suerte, ya estaremos lejos de zona hostil.
—¿Y Zoraisha comercia con este… Imperio?
—Con toda satisfacción, además —apostilló Yozak—. Al parecer la tierra de origen de estas gentes en rica en metales y piedras preciosas. Justo las dos cosas que más le gustan a Zoraisha.
Yuuri se llevó una mano temblorosa al mentón, entre pensativo y confundido. Solo un mes antes había estado dilucidando movimientos internacionales bajo la instrucción de Günter y Gwendal. Le parecía que había transcurrido un siglo desde entonces. El giro en el patrón de las cosas había sucedido con increíble velocidad y radicalidad.
—¿Qué hay de los otros países? —inquirió—. Mencionaste a Caloria, Cabalcalde y Francia. ¿Los demás se mantienen neutros mientras unos desconocidos invaden Shin Makoku?
—Tanto Gran Shimaron como Pequeño Shimaron han preferido no posicionarse, por distintas razones —explicó Conrart—. Gran Shimaron debe verles como un competidor. Por su lado, imagino que Saralegui no se atreve a oponerse a alguien que ha vencido a los mazoku con tanta facilidad.
Yuuri solo reparó unos breves instantes en la hipótesis: le parecía totalmente plausible que Gran Shimaron se sintiera amenazado por un país beligerante que apareciera de repente en el panorama internacional.
Y aún más plausible que Saralegui caminara entre la cobardía y la astucia para mantener su país al margen de problemas. Aguardando el momento oportuno para mover ficha y beneficiarse con el conflicto.
—Svelera y Konanshia, no obstante, comercian de buen grado con ellos —continuó su padrino—. No tienen una alianza propiamente dicha, pero se benefician mutuamente. Supongo que incentivar el comercio de esclavos es un punto de similitud a considerar.
Esclavitud… Yuuri había llegado siglos después de que esta fuera perseguida y abolida en Shin Makoku, pero era algo habitual en algunas de las naciones colindantes. A menudo debía hacer la vista gorda para no ofender a emisarios de otros países.
Como en la catastrófica ocasión en la que, visitando a un señor feudal de Svelera, le habían ofrecido una señorita para pasar la noche. Una típica cortesía de la zona, decían. Obviamente Wolfram había puesto el grito en el cielo, furioso con el mundo entero y amenazando con quemar la maldita mansión.
Ante su explosivo enfado, la chica en cuestión se había acercado a él con aire seductor para anunciarle que no le importaba que ambos la compartieran.
En aquel momento, Yuuri se había reído de la expresión patidifusa en el rostro absolutamente carmesí de Wolfram. Dioses, había sido jodidamente divertido.
Después de haber rescatado a Wolfram, sin embargo, la anécdota había pasado a ser algo atroz. Repulsivo. Porque no conseguía ver diferencia alguna entre lo que el chico y aquella muchacha y todos los esclavos de aquel mundo se veían obligados a hacer. Quisieran o no.
La respuesta a la siguiente pregunta le aterrorizaba más que a nada en el mundo.
—¿Hemos perdido a alguien?
Ambos le apartaron la mirada. Coordinados al milímetro. Se le helaron las entrañas como si hubiera tragado cubitos picados.
—Necesito saberlo… —se forzó a decir.
—Murieron a miles, chico —repuso Yozak—. ¿Para qué quieres saber sus nombres?
Así funcionaban los Patriotas de Ruthenberg. Sedimentando los momentos amargos, las pérdidas desgarradoras, en una capa homogénea. Transformándolos en número para que los rostros no les distrajeran de su misión hasta que pudieran llorarlos como se merecían.
Conrart, conmiserándose con él, apoyó una mano en el hombro de Yozak. Éste le miró, adivinando sus intenciones.
—Es una mala idea —opinó—. Más que mala: nefasta. Lo único que tiene que saber por ahora es quién es el enemigo y cómo derrotarlo.
—En su momento, te alegraste de tener un Rey que se preocupara por el pasado de sus súbditos —le recordó Conrart—. Que comprendiera las razones detrás de cada acto. No podemos si no ser sinceros con el primer gobernante que pone a todos sus allegados al mismo nivel.
Yozak se volvió hacia él y Yuuri tuvo la certeza de que estaba evaluándole. Aunque por una razón más altruista de la que Conrart creía.
Quería protegerle de la verdad, del mazazo de poner rostro a los fallecidos. Un dolor que les perseguía a ellos y que Yozak quería ahorrarle.
Al final, los ojos claros pestañearon y giró la cabeza en un gesto de rendición.
—Haz lo que quieras, Capitán. Pero luego te encargarás tú de recoger los pedazos.
Conrart se volvió hacia él. Incluso bajo la luz palpitante del candil, Yuuri podía ver las pinceladas de plata que veteaban sus irises oscuros.
—Perdimos a Huber —hizo una breve pausa antes de seguir—. Y a toda su familia.
Yuuri tardó unos largos segundos en dotar de sentido a sus palabras. Empezó a temblar, los estremecimientos sacudiendo su cuerpo aunque luchara por contenerlos.
Shinou. Iba a vomitar.
—Eru y Nicola… —murmuró, incapaz de procesar la pena.
—Nunca les encontramos —reveló Conrart—. Hay muchos en el Pacto de Sangre que jamás recibieron una despedida adecuada. No había cuerpos que enterrar ni personas para darles la sepultura que merecían. Podrían haber sido tomados como esclavos o asesinados en el sitio. Nunca lo sabremos.
Yuuri luchó encarecidamente contra las lágrimas que borboteaban en sus comisuras. Tiempo atrás, Ulrike y Murata habían dicho que Eru sería el bebé que cambiaría el destino de Shin Makoku. Una criatura nacida de un humano y un mazoku con un poderoso maryoku.
La guerra había cercenado todas aquellas posibilidades. Todas las esperanzas.
Se llevó una mano a la cara para intentar mantener la entereza. Shinou, para él solo habían pasado unos días… Apenas dos semanas antes, había estado jugando con Eru, conversando con Nicola. No asumía una realidad en la que no existieran.
Una mano áspera y cálida se apoyó en su hombro. Supo que se trataba de Yozak, tan táctil cuando de reconfortar se trataba. No consiguió amortiguar la pena, pero sí impidió que se desmoronara en aquel instante.
Carraspeó, incitando a Conrart a continuar. No podía permitir que siguieran viéndole como un soberano de paja.
—Y Gisela... —empezó Conrart.
El corazón de Yuuri se contrajo, casi impidiéndole oír la continuación de la explicación.
—Cuando el Castillo Pacto de Sangre cayó, toda esta tierra dejó de ser territorio mazoku. Una vez te dije que Gisela era incapaz de acercarse a las tierras humanas donde se extrae houseki porque la cantidad de houryoku que hay en esos lugares la asfixia.
Recordaba vagamente haber tenido aquella conversación. Algo sobre la naturaleza del maryoku de Gisela, íntimamente ligado con la tolerancia del cuerpo.
—Gisela utilizó muchísimo maryoku durante el asalto al Pacto de Sangre —prosiguió Conrart—. Empleó casi toda su energía en sanar a aquellos que aún tenían salvación. No estaba preparada para un desequilibrio de poder tan fortuito. Cuando el territorio dominado por el Maoh pasó a ser territorio humano, Gisela sufrió un shock repentino y, por lo que sé, aún no ha despertado —concluyó—. Sigue viva gracias al invento de Anissina, pero no ha dado muestras de volver en sí.
Yozak llevaba rato sin decir nada, los ojos del color del cielo en verano extrañamente pensativos. Taciturnos, incluso. Por mucho que intentara disimularlo, su siempre bullicioso carácter poseía un deje de amargura.
—Gisela salvó a muchos, pero no fue suficiente —murmuró—. Caíamos más deprisa de lo que cualquiera podría evitar. El enemigo era una oleada imparable. Era como tratar de contener el mar con un muro de arena.
Yuuri advirtió que todos ellos hablaban de las pérdidas como si fuera algo antiguo, una tristeza que se había ido petrificando hasta ser solo un peso sordo alojado en el pecho.
Para él, sin embargo, el dolor aún era reciente. Inesperado. Confió en que comprendieran que necesitaba más tiempo para asumir el mazazo, el desmorone del mundo a su alrededor.
Rohnan, el muchacho mazoku, hacía rato que se había quedado dormido en un rincón. Yozak le había cubierto los hombros con una manta para que no pasara frío. El gesto en sí parecía tierno; Yuuri no podía evitar pensar que tal vez Yozak se veía reflejado en él. Golpeado por la vida antes de tener edad suficiente para comprender la crueldad del mundo.
Como sin duda cientos de niños y jóvenes que aún vivían en Shin Makoku con miedo a ver su último amanecer. Madres separadas de sus hijos. Esposas de sus maridos. Familias enteras quebrantadas por la guerra.
Otrora, cuando aterrizó por primera vez a aquel mundo, no hubiera dudado en emprender una desesperada misión para liberar de su yugo a todos aquellos cuya libertad había sido cercenada.
Entonces sabía mejor. Debía aguardar, agrupar a sus aliados, y luego planear detenidamente su siguiente paso. O su empresa estaría evocada al fracaso.
Por el momento, egoístamente, se conformó con saber que Wolfram estaba a salvo.
Debía haberse quedado callado más rato del que creía, sumido en sus cavilaciones, porque al volver en sí Conrart y Yozak le miraban fijamente con aire preocupado.
—Será mejor que descanses, Yuuri —opinó su padrino—. Nada podemos hacer hasta que no toquemos tierra en territorio Rochefort.
En honor a la verdad, estaba rendido. Tenía agujetas por todo el cuerpo y solo el frenesí de la huida había impedido que su anterior explosión de maryoku le llevara a desplomarse. Se frotó un ojo con el puño mientras contenía un bostezo.
—¿Dormirás con Wolfram esta noche? —quiso saber Conrart.
Yuuri esbozó una levísima sonrisa.
—¿Dónde si no?
La pregunta era retórica: no había otro lugar donde quisiera estar en aquel momento.
Conrart copió su gesto, apenas una trivial curvatura de las comisuras. Se puso en pie y le puso una mano en la curva de la espalda.
—Te acompaño.
El exterior estaba tranquilo salvo el constante crujido del barco y la brisa golpeando las velas. Navegaban justo en el centro del cauce, muy lejos de cualquier orilla. A estribor podía ver un puñado de luces que sin duda pertenecían a algún puerto del territorio Khrennikov. La orilla de Konanshia, en cambio, era solo una veta de negro uniforme. El hombre de la cofa del vigía estaba dormido en una precaria posición allá arriba.
Suspiró.
—Hay tanta calma… —murmuró—. Nadie diría que se trata de un mundo en guerra.
—Las guerras tienen diversas fases y frentes —apuntó Conrart—. Es como un huracán: aunque en el exterior reine el caos y la destrucción, en el centro hay absoluta quietud.
Era una buena metáfora, tuvo que reconocerlo.
La mano de Conrart, siempre gentil cuando de él se trataba, le rodeó el antebrazo antes de que empezara a bajar la escalinata que llevaba a las cabinas de la tripulación. Se volvió, interrogante, y vio el gesto más grave en el rostro de su padrino.
—¿Puedo darte un consejo sobre Wolfram? —se aventuró.
Yuuri no comprendió la pregunta durante los primeros instantes. Después se le ocurrió que tal vez incluso Conrart, que había pasado toda la vida de Wolfram con él, no le había visto jamás en un estado emocional tan frágil. Él sabría mejor. Asintió.
—Es apenas un niño para la medición de los mazoku —comenzó Conrart en voz baja—. Siempre se ha cargado más responsabilidades de las que por lógica deberían corresponderle. Siendo el tercer hijo, no necesitaba ser soldado o incluso cumplir como heredero Bielefeld —hizo una breve pausa—. Las circunstancias le han obligado a crecer más deprisa de lo considerado sano. De lo que ha podido asimilar.
No sabía a donde llevaba aquel discurso, hechos de los que él era partícipe desde hacía tiempo. ¿Qué estaba intentando decirle?
Conrart se mordió brevemente el labio antes de soltar la siguiente frase.
—Te pido que no le consideres débil por lo que has visto —suplicó—. Cualquiera reaccionaría igual tras ser liberado de un cautiverio tan largo.
La petición le conmovió y enfadó al mismo tiempo. "Oh, Conrart: ni siquiera sabes la mitad de la historia. ¿Qué dirías si supieras hasta qué punto han roto a tu hermano?"
—No hay escenario posible en el que pudiera considerar débil a Wolfram —garantizó con resolución. Casi parecía el Maoh el que hablaba—. Ni siquiera después de esto. Ése pensamiento nunca ha pasado por mi cabeza.
La respuesta pareció satisfacer a Conrart lo suficiente como para tranquilizarle.
—Buenas noches, Yuuri.
Éste asintió una vez más antes de descender las escaleras iluminadas por quinqués.
Yozak había negociado un camarote decente para Wolfram y él (a golpe de bolsillo, se entiende). Conrart, Rohnan y el soldado, mientras tanto, se habían conformado con una esquina de la bodega. No importaba lo mucho que Yuuri había protestado.
"Wolfram necesita descansar en una cama decente. Que estés con él le reconfortará"
De todos modos, estaba convencido que tanto Yozak como Conrart montarían guardia en el exterior del habitáculo. Cualquier otra cosa sería una sorpresa.
La puerta del camarote chirrió al abrirla.
"Mierda" Lo último que quería era despertar a Wolfram.
Su preocupación era en estaba metido en la cama pero despierto, los ojos muy abiertos aunque toda su postura gritaba agotamiento. Parecía recién salido del baño a juzgar por los mechones empapados que se derramaban sobre la almohada.
Yuuri titubeó un poco antes de avanzar al interior del camarote. Por un momento se preguntó si Wolfram podría volver a dormir algún día. Con mil pesadillas esperando para abordarle, para atormentarle.
De estar en su lugar, él hubiera sido incapaz.
—Ey, Wolf —saludó de forma escueta, forzando una sonrisa distendida—. ¿Qué tal tu brazo?
—Mejor —repuso éste sacudiendo el brazo, firmemente envuelto en vendas frescas hasta el codo—. No sé muy bien qué llevaba el ungüento de Yozak, pero ha funcionado. Apenas me duele. También ha hecho maravillas con mis pies…
Volvió a reposar el codo en la colcha y le dedicó una mirada inquisitiva.
—¿Cómo ha ido? —murmuró. Parecía una pregunta de cortesía, como si realmente no le importara la respuesta.
—Me han puesto al día —comentó, encogiéndose de hombros. Maniobró para quitarse las botas sin perder el equilibrio—. ¿Sabías que Gisela…?
—Sí —le cortó Wolfram—: todavía estaba en el Pacto de Sangre cuando sucedió. La mayoría daban por perdida a Gisela, pero de ningún modo Anissina iba a dejarla allí. ¿Han podido despertarla?
—Por lo que dice Conrart, no —se lamentó Yuuri.
Wolfram hundió más la mejilla en la almohada, el cabello rubio cayéndole sobre los ojos. Era tan fino que Yuuri podía ver perfectamente el verde de sus irises a través del desordenado flequillo.
—Al menos Greta está bien —suspiró—. Y Gwendal y mi madre.
Yuuri se sentó al borde de la cama, mirándole de refilón. Los pies desnudos rozaban el frío suelo del camarote.
—Conrart ha dicho que Huber, Nicola… y Eru —hizo una breve pausa—. Ya no están.
Vio cómo la noticia calaba lentamente en su ánimo, en su esquema mental del mundo. Le vio luchar contra las emociones enajenantes que una pérdida genera en alguien. Sin duda estaba recordando los memorables ratos pasados con Eru, incluido el incidente que había enloquecido a los kotsuhizoku y atraído a la cría de dragón Pochi-Liesel y a su madre.
Se recobró rápido, al parecer empujando el dolor al fondo de su conciencia para que no le perturbara.
—En una guerra se pierden vidas, Yuuri —sentenció con voz ronca, apática—. Nadie gana al final.
A veces Yuuri olvidaba que Wolfram tenía cerca de un siglo de vida. Viendo su carácter aparentemente inmaduro y pueril, resultaba fácil obviar que había participado en una guerra que había quebrantado Shin Makoku. Que había visto muerte y destrucción. Que conocía la pérdida, la incertidumbre y las penurias.
Que muy posiblemente había matado en algún punto de aquel conflicto.
Debía poseer alguna estrategia para lidiar con la adversidad. Al igual que Conrart, que Gwendal, que cualquier soldado. Un esquema de pensamientos que les permitiera seguir funcionando, como mecanismos orgánicos, hasta que pudieran permitirse explayarse en la pena.
—Les odio… —musitó Wolfram—. Les odio con toda mi alma por lo que nos han hecho…
Tenía la mirada perdida al frente, los puños tan apretados contra la almohada que se le sacudían los brazos. Todo él se estremecía, aunque si era de cólera o de miedo, Yuuri nunca lo supo.
Yuuri esperó a que su ánimo se templara, las uñas separándose de las palmas, y se tumbó a su lado. El colchón crujió bajo su almohada aún estaba húmeda.
Era tan extraño, volver a estar en la misma cama con Wolfram. Cientos de veces habían compartido lecho en el pasado, pero de algún modo un muro invisible les separaba en aquella ocasión.
Como si estuvieran muy cerca y muy lejos a la vez.
No hablaron durante largos minutos, incluso esquivándose la mirada mutuamente. Aquel nivel de incomodidad no había estado presente entre ambos desde que Yuuri le ganara el estúpido desafío accidental que los había comprometido.
Si lo pensaba bien, resultaba sorprendente lo fácil que había sido congeniar con Wolfram desde el principio. Incluso con sus diferencias, desacuerdos y personalidades prácticamente opuestas, no se sentía tan cómodo en presencia de nadie como en la del joven mazoku.
De ningún otro modo hubiera tolerado a otro hombre con un camisón rosa metiéndose en su cama noche tras noche. O frotándole la espalda en el baño. O teniendo una hija en común, ya puestos…
Wolfram se removió, hundiéndose en las viejas mantas hasta que la tela le llegó hasta la barbilla. El gesto en sí descolocó a Yuuri. En tiempos Wolfram no se había mostrado reticente a enseñar parte de su anatomía (de hecho, había optado por meterse en su cama totalmente DESNUDO cuando solo hacía unas semanas que se conocían). El absurdo camisón rosa tampoco había dejado mucho a la imaginación; especialmente por la mañana, cuando tras varias horas de moverse en todas las posturas posibles la vaporosa tela dejaba al descubierto todo de cintura para abajo.
Lo cual, teniendo en cuenta la escandalosa ropa interior de costumbre, era bastante.
En aquellos momentos, sin embargo, daba la sensación de estar esforzándose en cubrir cada milímetro de piel que no fuera indispensable.
Aquella sensación abominable volvió a agitarse en su interior al imaginarse la causa. Había visto algún atisbo durante la precipitada huida. Un verdugón en su brazo. Un moretón en la base del cuello, justo bajo la línea del cabello. La inconfundible impronta de una dentadura en la clavícula.
Si el resto de su cuerpo era como su cuello, hombros, brazos, comprendía perfectamente su celo.
Le miró fijamente a la cara. Estaban tan cerca que su aliento impactaba en su nariz; podía contar perfectamente cada pestaña. El hematoma alrededor de su ojo había pasado a ser negro; el golpe le obligaba a entrecerrar ligeramente el párpado.
Su mirada reflejaba un agotamiento que iba más allá de lo físico. Un ruego mudo. El titubeo previo a una petición difícil.
—Te ruego que no comentes los… detalles de lo sucedido con los demás —suplicó en un murmullo, tan bajo que nadie podría oírlo—. Prefiero que no lo sepan. No vale la pena angustiarlos por algo ya pasado.
Yuuri tardó unos largos momentos en procesar la petición, en dotar de sentido a su súplica.
—Wolfram…
Previsiblemente, Wolfram pretendía lidiar solo con el trauma. No había esperado otra cosa.
—Si lo supieran, todos estarían constantemente encima de mí, preocupándose de forma innecesaria —apostilló el mazoku—. Estas cosas suceden en las guerras: es solo una anécdota en el gran esquema del mundo —tragó saliva—. No soportaría que lo supieran…
Una indignación como no había conocido se elevó desde sus entrañas, quemándole por dentro como ácido. Quiso tomarle por los hombros, zarandearle y gritarle hasta que dejara de restar importancia a su estado, a lo que había vivido. A su propia persona.
Pero algo le obligó a contenerse. Una duda, demasiado acuciante como para ignorarla, le incidió en la conciencia. Algo en la expresión de Wolfram, en su reciente ataque de vulnerabilidad. En todo en conjunto.
¿Se despedazaría si le gritaba? ¿Rompería a llorar de nuevo?
¿Podría él lidiar con un Wolfram emocionalmente frágil?
Optó por el beneficio a corto plazo, por aportarle una tranquilidad mental que le permitiera empezar a sanar.
—De acuerdo —cedió.
Vio cómo la tirantez se reducía en su cuerpo, en su rostro extenuado. Ladeó la cabeza sobre la almohada hasta que Yuuri solo pudo ver un ojo intensamente verde.
—Por favor… —su voz era apenas un susurro—. Yuuri, quédate conmigo…
Por primera vez en mucho, mucho tiempo, Wolfram sonó asustado. Vulnerable. Cayó en la cuenta que debía ser la primera vez en años que Wolfram podía sentir un mínimo espejismo de seguridad, de esperanza. El hecho en sí encogió el corazón de Yuuri.
Se forzó a sonreír, consciente que nada podría inspirarle tanta tranquilidad a Wolfram.
—No iré a ninguna parte —prometió—. Duerme tranquilo.
Así lo hizo, esperando pacientemente hasta que los párpados de Wolfram empezaron a pesar y cayó en un sueño ligero pero definitivamente necesario. Yuuri le miró en silencio, sin moverse ni un milímetro. Por mucho que deseara poner una mano en el hombro, abrazarle, tocarle, le pareció un atrevimiento improcedente dadas las circunstancias.
Dormido, Wolfram poseía la apariencia de una criatura angelical. Sus pestañas eran sorprendentemente largas y espesas, doradas como hilos de oro, y temblaban suavemente mientras dormía. Se preguntó por qué nunca se había fijado en aquellos detalles, en el lunar que adornaba su cuello o aquel mechón de cabello que le formaba un rizo permanente cerca de la oreja.
La verdad le sorprendió y a la vez le produjo cierta inseguridad: nunca le había mirado como entonces. Y eso que siempre le había tenido a su lado, prácticamente desde el primer momento.
Había estado incluso cuando Conrart se había ido de su lado, empeñado en llevar a cabo un descabellado plan que por fortuna había salido bien. Wolfram había llevado la carga de ser su mayor apoyo, la sombra de Conrart, al mismo tiempo que sufría en silencio el dolor por su hermano desaparecido.
Tal vez había estado tan cerca de perderlo que su mente se esforzaba en procesar todos los detalles. Atesorarlos ante la perspectiva de un futuro incierto.
Suspiró. Se le cerraban los ojos. Le dolía todo el cuerpo; la espalda aún le producía tirantes pinchazos, pero estaba tan cansado que no se creía capaz de comprobar su estado.
Se acurrucó junto a Wolfram, notando el calor de su cuerpo bajo la ropa, y suplicó dormir sin soñar.
