¡Hola de nuevo!
Gracias a todos los que leen esta historia. También al amable anónimo que dejó un comentario.
Disfrutad de la lectura.
ADVERTENCIAS: Mención de abuso sexual y pensamientos suicidas.
7. Purpur – Púrpura
Al despertar por la mañana, con un traicionero rayo de luz cenicienta incidiendo en su rostro, Yuuri tardó varios segundos en recordar por qué todo parecía balancearse bajo él.
Barco. Río Púrpura. Ajá.
Tomó aire con lentitud y lanzó un brazo laxamente a su derecha. Una curiosa sensación de desilusión se adueñó de él cuando notó el otro lado del camastro vacío. La sábana fría bajo el dorso de la mano.
Frunció el entrecejo. Lo último que recordaba era a Wolfram apretado contra él en la oscuridad, encogido en posición fetal y con la nariz hundida en la curva de su cuello. En cualquier otra circunstancia aquella postura le hubiera incomodado, pero por algún motivo le tranquilizó comprobar que Wolfram seguía buscándole incluso en su sueño.
Aceptando su cercanía.
Abrió los ojos de golpe, consciente que algo se removía incómodamente en su conciencia. ¿Cuándo había empezado a buscarle a su lado, tanteando las sábanas para comprobar que estaba allí?
Pensándolo bien, no era la primera vez. Lo había hecho varias veces cuando estaba en la Tierra, incapaz de saber a ojo si estaba en un palacio o en una casa adosada. Extender la mano y tocar el brazo de Wolfram sobre la tela del camisón era una especie de contacto seguro con aquel otro mundo, una garantía de que ocurriera lo que ocurriera él estaría allí y lo afrontaría con él...
Los pensamientos se agitaban en su cabeza, todavía contaminados con el embotamiento del sueño. Solo sabía que la ausencia de Wolfram a su lado le irritaba. Pero eso no parecía ser estímulo suficiente para abandonar la única cama decente que había conocido en semanas.
Escuchó un sonido angustioso, húmedo y desagraciadamente familiar. Se incorporó, frotándose un ojo con el puño, y oteó la estancia.
Wolfram estaba asomado a la única ventana del camarote, vomitando.
Suspiró con resignación mientras se ponía en pie sin molestarse en calzarse y se acercaba a él. Con manifiesta paciencia, le puso una mano entre los omoplatos y la otra en la frente sudorosa, retirándole el cabello dorado de los ojos para que no le molestara.
Definitivamente lo tenía más largo. Le llegaría por debajo de la línea del cuello si no fuera por su naturaleza ensortijada. ¿Tal vez su captor lo prefería así y por ello…?
"No ahora. Eso ya ha pasado."
Pasaron varios minutos hasta que Wolfram recuperó el aliento y la entereza suficientes para incorporarse. Tenía los ojos llorosos y la frente perlada de sudor. Le temblaban las piernas. Carraspeó, aceptando el vaso y el paño que Yuuri le tendió para quitarse el desagradable regusto del paladar.
—Creo que ya está… por ahora… —alcanzó a balbucear, secándose los labios con el dorso de la mano.
Yuuri percibió algo fuera de lugar en su rostro, más allá del evidente malestar innato. Las ojeras eran más pronunciadas que la noche anterior. Debería tener mejor aspecto tras dormir unas cuantas horas, pero parecía seriamente enfermo.
Le tomó por el brazo y le ayudó a volver al camastro, recostándolo sobre la almohada. Wolfram se dejó arrastrar con inusual docilidad.
—Dormir un poco más te sentará bien —opinó Yuuri con una leve sonrisa—. Así no te marearás.
Wolfram asintió débilmente, aunque ni siquiera parecía haber entendido el consejo. El sudor le brillaba en las mejillas y sobre los párpados, que cerró lentamente hasta quedarse dormido a una velocidad exorbitada. En menos de dos minutos ya estaba roncando a bajo volumen.
Yuuri frunció el ceño con cierta diversión. No conocía a nadie cuya capacidad para dormirse se acercara a la de Wolfram; incluso había llegado a preguntarse si lo de Wolfram podía considerarse narcolepsia. Muchas veces se había quedado dormido a media conversación, o había cerrado los ojos un segundo y habían tenido que evitar que se estrellara contra el suelo al dormirse de pie. Según Gisela, era debido a una tendencia natural a tener la presión arterial baja.
Se sentó al borde del camastro y se dedicó a observarle en silencio. Parecía más relajado, como si el sueño fuera más profundo que a lo largo de la noche. Su rostro no obstante seguía macilento, el tipo de palidez que evidencia mucho tiempo sin recibir de forma regular la caricia del sol.
Dio un respingo cuando un horripilante balbuceo arrancó a su izquierda. Se relajó al percatarse de que era Morgif, apoyado contra la pared y emitiendo sonidos sin sentido. Se llevó un dedo a los labios.
—Shhh… —chistó—. Silencio. Wolfram necesita descansar.
Obviamente, el ser no le hizo caso y siguió mascullando en tono gutural. Yuuri arqueó una ceja, tomó la espada del mango y abrió el destartalado armario del rincón.
—Lo siento, Morgif.
Era una mentira piadosa, especialmente cuando volvió a reinar el silencio. Se volvió hacia la cama y descubrió que Wolfram había cambiado de postura, tirado sobre la almohada con los brazos en cruz.
"Definitivamente, hay cosas que no cambian"
Se atrevió a levantar la sábana para analizar sus pies. Habían sangrado bajo las vendas que Yozak pusiera, sendas manchas ennegrecidas punteando el tejido cuidadosamente colocado. Tomó nota de avisar al soldado cuanto antes.
Se frotó la barbilla. Tenerle por allí vagabundeando en el pequeño espacio no ayudaría a Wolfram a descansar, así que tomó una decisión.
Entrecerró la ventana para sumir el cubículo en penumbra. Comprobó una vez más que Wolfram seguía apaciblemente dormido antes de ponerse el jubón encima de la camisa, calzarse las botas y salir del camarote.
En cuanto la puerta se cerró, expulsó el aire por los labios y se dejó caer contra la puerta hasta que su frente estuvo incómodamente presionada contra la rugosa superficie. Notaba su propio pulso latiéndole en el cráneo, como el inicio de una migraña.
Confiaba en que Wolfram no hubiera notado su agitación, el esfuerzo casi titánico en dar un tinte auténtico a sus sonrisas.
¿Qué debía hacer? ¿Seguir como hasta entonces, ignorando lo que sabía como si nunca hubiera sucedido? ¿Fingir que Wolfram no había sufrido tres años de ignominioso cautiverio?
¿O debía inquirir, preguntar —forzarle— a hablar? Todos los que conocía le animaban a compartir su pesar, a hacer partícipes a otros para no soportar solo la carga. Aunque a la hora de la verdad todo el mundo —Gwendal, Conrart, su propio hermano— traicionaran flagrantemente su propio consejo.
"Los traumas se superan hablando de ellos". Era una especie de máxima que parecía reinar en cada serie y película que había visto en su mundo. Defendida a capa y espada por escenas en las que la víctima de un evento traumático se descomponía diez, veinte años después. Un terapeuta con gafas en la punta de la nariz le observaba por encima de los cristales y parecía juzgarle, reprobarle.
"¿Por qué no se lo has contado a nadie?"
Pero aquello no era una obra de ficción. Era real. Era su amigo y caminaba a su lado con algo destrozado en la mirada.
¿Hubiera existido una diferencia si aquellos guardias no se hubieran burlado en voz alta de la situación de Wolfram? ¿Si él siguiera en la benévola —deseable, envidiable— ignorancia respecto a lo que su amigo había vivido?
No. No iba a ser tan patéticamente ingenuo.
Seiffert se había encargado de que lo supiera. Estaba convencido de que sin la intervención del Maoh se hubiera permitido ser mucho más gráfico al respecto. Antes de…
Estaba respirando más rápido de lo habitual, el corazón martilleándole entre las costillas como si intentara huir. Esconderse en algún rincón sombrío donde no recordara.
Pestañeó con furia cuando los colores empezaron a licuarse en su visión. Se sorbió la nariz cuando la familiar sensación húmeda le quemó las fosas nasales.
Realmente era un enclenque.
Cuando llegó al exterior, había ya mucha actividad. Los marineros iban de un lado a otro haciendo rodar barriles y empujando cajas. Se gritaban órdenes y se desplegaban velas con pasmosa facilidad. Yuuri nunca hubiera imaginado que hombres curtidos con uniforme de marinero y falda pudieran aparentar tal seriedad.
Anduvo por la cubierta despejada, los tablones crujiendo en ciertos puntos bajo sus pies. El amanecer aún era incipiente, las extensas orillas del Púrpura bañadas de oro y carmesí. Yuuri apenas entreveía las copas de los árboles emerger de los bancos de bruma como formas fantasmales. La niebla que ondulaba en las orillas daba un aspecto diáfano y dorado al paisaje, irreal.
Vio una figura familiar recortada contra el fondo que dejaban atrás con relativa velocidad. Avanzó en su dirección.
Previsiblemente y aunque sin duda había permanecido en vela toda la noche, Conrart estaba fresco como una rosa. Tranquilamente sentado en la barandilla de cubierta, observaba los bosques que pasaban a babor como un tapiz verde cincelado de naranja.
Tuvo la sensación de que Conrart, al igual que él, atesoraba aquel breve lapso de paz, de silencio. Era más fácil ignorar el conflicto que borboteaba a su alrededor en una mañana dorada y quieta.
Fue Conrart el que rompió el mutismo.
—¿Wolfram?
—Durmiendo.
—¿Cómo se encuentra?
Yuuri suspiró con resignación.
—Me he despertado y estaba vomitando —explicó.
Para su absoluta sorpresa, Conrart esbozó una levísima sonrisa.
—Puede que sea una buena señal.
Yuuri le miró como si le hubiera crecido otra cabeza. ¿En qué universo echar las tripas podía ser algo bueno? Conrart pareció notar su estupefacción y se apresuró a explicarse.
—La razón por la que Wolfram no tolera viajar en barco es por su afinidad con los Espíritus del Fuego —expuso—. Su maryoku es tan poderoso que no puede moverse por las grandes masas de agua sin sentirse enfermo. Si manifiesta dicho síntoma, puede ser un signo de que está mejor de lo que creemos.
Sonaba lógico. Aunque dudaba que Wolfram pudiera verlo desde aquella perspectiva mientras su última comida yaciera desperdigada frente a él.
—No te preocupes por él, Yuuri —le animó su padrino—. Se recuperará… a su ritmo. Ahora lo mejor que podemos hacer por él es dejarle descansar y apoyarle. Estar cerca de ti le ayudará a recuperar la salud.
La última puntualización le llevó a parpadear, turbado. Súbitamente le quemaban las mejillas.
—¿Tú crees? —balbuceó.
—Es el poder del Maoh el que define dónde empiezan los territorios mazoku —le recordó su padrino—. Wolfram ha estado mucho tiempo bajo influjo houseki, pero tu cercanía produce el efecto contrario. Cuanto más tiempo paséis juntos, antes regenerará su maryoku.
Era evidente que no poder usar su maryoku era una de las cosas que más frustraban a Wolfram. La conexión espiritual del chico con los espíritus del Fuego era íntima y de algún modo bidireccional, al igual que la de Gwendal con los entes de la Tierra. Era muy distinto para él, así que no conseguía comprenderlo del todo.
Las veces anteriores que habían acudido a territorio humano, Wolfram se había mostrado contrariado, casi deprimido, por ser incapaz de generar una sola chispa. Era un buen soldado, capaz de luchar con prácticamente cualquier útil, pero quitarle tal vez su arma más poderosa reducía en mucho sus probabilidades de éxito.
—Su maryoku es lo que menos me preocupa —reconoció—. Algo le ronda la cabeza a Wolfram, carcomiéndole. Y creo que sé de qué se trata.
Conrart tomó aire a su lado; no le oyó soltarlo.
Wolfram no había mencionado el asunto de Lord Khrennikov desde antes de abandonar el antiguo palacio Khrennikov, pero era algo que a Yuuri le intranquilizaba profundamente. Tal vez más que al propio Wolfram.
Al menos hasta que se reunieran con el resto. Yuuri dudaba seriamente que Wolfram se mantuviera indiferente, hermético, respecto a aquella muerte cuando se plantara frente a Anissina. Dado su frágil estado emocional, lo visualizaba con terrorífica claridad derrumbándose presa del remordimiento.
Conrart debería estar al corriente de aquel hecho, aunque dudaba mucho que Wolfram se lo confiara. Su relación había mejorado exponencialmente desde que Yuuri los conocía, pero Wolfram tendía a ser inescrutable con aquello que le preocupaba si era el único afectado.
Un cambio meritorio tras toda una juventud siendo la persona más (?) egocéntrica de Shin Makoku.
—Está convencido de que él asesinó al padre de Anissina —soltó—. Al parecer… es probable que así fuera.
La expresión de Conrart era indescifrable. No parecía sorprendido por la noticia, o al menos luchaba duro por no mostrar su reacción a ella.
—¿Qué pasó?
Yuuri procedió a citar textualmente lo que Wolfram le había explicado, intentando no obviar detalle sobre la extraña sensación de pérdida de control. El ceño de Conrart iba arrugándose más y más en desasosiego.
—Debe ser un houryoku muy poderoso si consigue alienar a Wolfram hasta ese nivel —dijo al final—. Siempre ha tenido una cierta tolerancia a ése tipo de magia. Y coincidirás conmigo en que una voluntad fuera de lo corriente.
—Saralegui dijo que nadie había logrado resistirse tanto tiempo a su horyoku —recordó Yuuri en voz alta—. ¿Qué tipo de poder puede ser más fuerte?
—Eso no podemos decidirlo nosotros —repuso Conrart—. Tal vez su Alteza, Günter… o Anissina lo sepan.
De nuevo muchas incógnitas y muy pocas respuestas. Una en concreto bailaba en el fondo de su mente: ¿no hubiera sido más lógico que el hechicero intentara influenciarle a él? Hubiera podido obligarlo a usar maryoku donde Wolfram no podía. Potencialmente, el daño al elegirle como marioneta hubiera sido mucho mayor.
A no ser…
—Creo que a Wolfram le preocupa… que ese hechicero aún pueda tener control sobre él —elucubró en voz alta.
No le había pasado por alto el pavor en la expresión de su amigo cuando habían topado con aquel indeseable individuo. Aún con la vorágine de pensamientos confusos rotando en su cabeza, había tenido la inquietante sensación de que Wolfram temía hacerle daño. Que su mano se moviera contra su voluntad y la espada encontrara carne, hueso y órganos.
Algo impensable desde su punto de vista. Wolfram era una de las personas a las que confiaría su vida sin dudarlo. Jamás había barajado la posibilidad de que pudiera herirle en modo alguno.
—Comprendo su preocupación, pero eso es improbable —le tranquilizó Conrart—. Se necesita contacto visual directo para iniciar un control mental de ese tipo. Cada poco tiempo, el sortilegio debe renovarse o decae. Si a estas alturas Wolfram no muestra síntomas de estar controlado, eso ya no va a pasar.
Estaba convencido de que la estupefacción se traslució en su rostro.
—Creía que no tenías ni idea de magia…
Allí estaba, aquella expresión plácida y sorprendente que encerraba muchas verdades.
—Sé algunas cosas —confesó.
—¿Quién te enseñó?
Los labios de Conrart se curvaron en una sonrisa melancólica. Sus ojos rodaron por instinto hacia el pecho de Yuuri.
Como no. Suzanna Julia.
En los últimos tiempos, a Yuuri había comenzado a resultarle incómodo que Conrart le mirara con aquella inquietante añoranza. Era como si intentara ver a Julia en sus gestos, en su manera de hablar, en cada una de sus intenciones.
Por supuesto, todo eran elucubraciones suyas. No podía asegurar al cien por cien cómo pensaba Conrart, pero le molestaba la idea de que su padrino pudiera estar pensando en su anterior encarnación mientras interactuaba con él.
No era como si pudiera competir con Julia si es que eso fuera así. Sabía de sobras que los sentimientos de Conrart por ella habían sido profundos, aunque su naturaleza fuera aún un misterio para él (sospechaba que incluso para el propio Conrart). En alguna ocasión había reflexionado largo y tendido sobre ello, dando vueltas para llegar a ninguna parte. Conrart podía apreciarle mucho, pero tenerle constantemente bajo el punto de mira debía ser un recordatorio constante de que Julia ya no estaba.
Su vida, su simple existencia, había implicado la muerte de una persona amada y respetada por todos en Shin Makoku. Aunque creía haber hecho las paces con aquella certeza tiempo atrás, su alcance volvía para darle en la cara.
Permanecieron en silencio un rato más, observando cómo transcurría el entorno. Bajo el casco del barco nadaban criaturas largas veteadas de púrpura, como gigantescas anguilas, y unos cuantos peces esqueleto. Eran pequeños y daban la sensación de ir a desintegrarse en cualquier momento.
¿Sería también consecuencia de la caída del territorio Mazoku?
Un pensamiento intruso interrumpió su superflua curiosidad, agriándole las entrañas.
Seguía ocultándole a Conrart algo vital. Un secreto que le quemaba la base de la garganta como si hubiera tragado un ascua encendida.
Ser partícipe de la naturaleza del cautiverio de Wolfram le estaba comiendo vivo. En especial porque no creía ser capaz de lidiar con las consecuencias.
Nunca había conocido a nadie que hubiera pasado por una experiencia como la de su amigo. Por supuesto había visto algún que otro caso en los informativos, mientras devoraba el desayuno y repasaba a toda prisa las fechas de exámenes o jugadas de béisbol. Apenas recordaba los detalles, solo la imagen más general: jóvenes y mujeres que desaparecían y regresaban a casa con una historia atroz a las espaldas.
Vivas o no.
Noticias como aquella salpicaban regularmente los periódicos. La gente hablaba de ello en voz baja, conversaciones fugaces e incómodas con una fingida fachada compungida. Se sucedían los datos: la identidad del criminal, de la víctima, opiniones de terapeutas sobre los efectos a largo plazo en su estado mental. Recomendaciones varias de precaución y autodefensa para no sufrir la misma suerte.
Hasta entonces, Yuuri no había reflexionado demasiado sobre aquella realidad. Por supuesto sentía un pinchazo oprimente en el pecho cada vez que un suceso como aquel invadía la actualidad de Japón, pero la sensación desaparecía rápidamente al ser apartada por sus prioridades personales.
Encontrarse frente a frente con tan terrorífica realidad era algo nuevo que sabía manejar. Porque no era tan sencillo como empujar el conocimiento a un rincón de su mente donde acumulara polvo hasta el fin de los días.
No.
La verdad le perseguía a cada instante, como una sombra que se escurre por el rabillo del ojo cuando uno se gira a mirarla. Agriando los segundos, los pensamientos y esperanzas más alentadores a los que podía aferrarse en aquel mundo en guerra que aún estaba empezando a asimilar.
No podía huir de aquella realidad. Porque cada vez que cruzaba la mirada con Wolfram veía el trasfondo de su porte fingidamente estoico, como si aullara sin descanso bajo un muro sólido y nadie oyera sus alaridos.
Era solo cuestión de tiempo que se derrumbara de nuevo, que la realidad de lo que le habían hecho cayera sobre él hasta aplastarle. Nadie, ni siquiera el más fuerte, podía sufrir algo semejante y quedar indemne. Yuuri no sabía que esperar, así que optaba por aparentar que no había sucedido. Caminando de puntillas alrededor de Wolfram como si llevara algún tipo de explosivo entre las manos.
Tic-tac. Tic-tac. Pero no podía ver la cuenta atrás. Saber cuándo le reventaría en la cara.
No podía desatenderle en una fase tan vulnerable; no después de todo lo que Wolfram había arriesgado —soportado— por él.
Le inquietaba su propio egoísmo, su deseo vehemente de compartir la carga del conocimiento. Pero dejarlo en sus manos, en su torpeza al lidiar con emociones que no conocía, podía causar un mal mayor.
Conrart seguía en silencio, como si intuyera que intentaba hacer una elección difícil.
Había jurado a su amigo, a su prometido, que no se lo diría a nadie, pero era absurdamente fácil confiar en Conrart. En Conrart el de la sonrisa perpetua y su incuestionable lealtad.
En aquella circunstancia concreta, sin embargo, era otra cualidad de su protector la que estaba empujando a Yuuri a una actuación irreflexiva.
Después de todo, Conrart había estado mucho más tiempo —toda su vida… ¡casi un siglo!— con Wolfram… lo quisiera éste o no. Él sabría qué hacer, cómo conseguir que su hermano mejorara. ¿Qué mal podía hacer?
Apretó el borde de madera hasta que los nudillos se le volvieron blancos. Le hubiera gustado estar tan convencido como la voz en su cabeza.
—A Wolfram le pasó algo mientras era prisionero —murmuró.
Sus entrañas le recordaron que tal vez no estaba haciendo lo más correcto, retorciéndose por la tensión. Como si alguien jugara a anudar y desatar sus tripas.
Hubo un instante de increíble silencio, en el que incluso el sonido del barco cortando el agua se extinguió.
—Lo sé —admitió Conrart en un susurro.
Yuuri abrió mucho los ojos, patidifuso. De todas las opciones, aquello era lo último que esperaba que respondiera su padrino.
—¿Ah, sí? —exhaló en un hilo de voz.
—Es mi hermano. Fui el primero en cogerle en brazos cuando nació —le recordó Conrart con solidez y monotonía—. No me insultes insinuando que no puedo notar algo como eso.
"Claro" se dijo Yuuri con amargura "¿Cómo no iba a notarlo? Soy el único lo bastante lento como para no unir dos más dos a la primera…"
—Vi las marcas en su cuello y brazos —prosiguió Conrart—. No hay golpe o arma que puedan dejar una herida de ése tipo. Solo puedo suponer que no fue algo puntual, sino sistemático.
Yuuri visualizó con aterradora claridad el momento en el que Wolfram se había derrumbado, llorando contra su hermano con la bata caída sobre los hombros. Gran parte de sus heridas habían quedado al descubierto, muchas de naturaleza perturbadora. Supuso que Yozak también se había dado cuenta, entonces.
—Conociéndole, estoy seguro de que Wolfram prefiere que no lo sepamos —aseveró Conrart—. De hecho, pondría la mano al fuego de que te ha instado a no confiárnoslo.
Touché. Sintió de nuevo una oleada de culpabilidad, de vergüenza, aunque el tono de Conrart no indicaba que le estuviera juzgando. ¿Tan previsible era?
—¿Sucede esto… a menudo? En las guerras… —tragó saliva, su garganta reseca como si hubiera tragado paja—. ¿Los prisioneros son…?
—No en Shin Makoku —repuso Conrart—. Según los registros, era algo habitual entre los mazoku hace milenios. Desde que Shinou fundó nuestra nación, persiguió y castigó ese tipo de costumbres.
Yuuri relajó solo ligeramente la tensión en sus hombros. Shinou era una presencia caprichosa, incomprensible y a menudo pueril, pero era evidente que poseía altos estándares de moral.
Y la capacidad para luchar por ellos.
—Sin embargo, sigue siendo una práctica recurrente en algunos países humanos —continuó Conrart—. Es el caso de Svelera y Gran Shimaron. Es mucho más habitual con los prisioneros nobles de alto linaje y los cargos militares elevados. Y los mazoku, por supuesto.
—¿Por qué con los mazoku? —musitó Yuuri. La voz le salió estrangulada.
Conrart no le devolvió la mirada al hablar.
—Debes comprender que no es un acto de atracción, ni siquiera de satisfacción de una necesidad física —su voz sonaba ronca, con ligeros altibajos—. Se trata de humillación, de sumisión. Para muchos no hay nada más estimulante que arrancar el honor a una criatura orgullosa.
Sonaba terroríficamente lógico.
Recordaba la mirada de impotencia de Wolfram cuando le había relatado los episodios de ausencia inducida en batalla. Cómo le había temblado el labio, exhibiendo un atisbo de dientes apretados.
"Por humillarme"
—Como sabes, en los países humanos no consideran… moral que en Shin Makoku se acepten las parejas del mismo sexo —le recordó—. Para la mayoría cualquier intercambio físico entre dos mujeres o dos varones es un acto deleznable y degradante.
Todo cobró un monstruoso sentido. No pudo más que llevarse una mano a la boca, tal vez para acallar un potencial grito de impotencia. Le ardía el interior de los párpados.
—¿Lo comprendes ahora? —musitó Conrart—. ¿Por qué aún con la repulsa que les produce se permiten tener chicos en los burdeles y prisioneros de guerra con los que los generales puedan entretenerse? Es una señal de poder; de deshonra a un enemigo derrotado. Convertir algo en principio deseable y placentero en un acto abominable que solo implique dolor y escarnio.
¿Acaso Günter había estado suavizándole la historia reciente? ¿Omitiendo los detalles más escabrosos al creerle demasiado inocente para asumirlos? ¿No debería ser aquello tan merecedor de ser aprendido como las idas y venidas amorosas del Decimoctavo Maoh o las gestas dantescas del Undécimo Rey Demonio?
—Durante la Guerra hace veinte años, no fueron pocos los que vieron ése destino —prosiguió Conrart—. Es la razón por la que Madre y Stoffel prohibieron que Wolfram luchara en primera línea. Una muerte heroica era solo el más benévolo de los escenarios… No puedes imaginar las historias que llegaron a nosotros desde el frente, Yuuri. Soldados leales a Shin Makoku cautivos en campamentos hostiles, siendo utilizados por un enemigo tras otro para premiar a los militares más sobresalientes…
Si no fuera imposible, habría jurado que Conrart estaba temblando. Si era de impotencia o de miedo, él no lo sabía.
—Parece ser que al final solo retrasamos algo destinado a suceder…
Su voz sonaba derrotada, como si una gran vergüenza pesara sobre su ser. Si la situación de Wolfram ya parecía estar destrozándole a él, no quería ni imaginar lo que debía sentir Conrart. Wolfram era su hermano pequeño, un lazo que les unía más de lo que al parecer el benjamín hubiera deseado en su momento.
De pronto sus rodillas parecían gelatina, como si cargara una tonelada de rocas a la espalda y sus huesos fueran a astillarse.
—No sé cómo actuar frente a él… —reconoció, cada sílaba sufriendo altibajos—. Temo que una palabra fuera de lugar le haga recordar…todo eso.
Empezó a ver borroso, su campo visual tornándose acuoso e indefinido. Se llevó una mano a la cara en un vano intento de ocultar su expresión descompuesta.
—No es justo, Conrad… —sollozó—. No es justo… Wolfram no merece lo que le ha pasado…
Todo en él exigía hundir el rostro en el pecho de Conrart y deshacerse en llanto, aflojar de algún modo aquel nudo odioso en sus entrañas. Se sentía pequeño y frágil, impotente ante un alud de sucesos desagradables. Había demasiado dolor en aquel mundo y él no podía hacer nada.
"Enclenque" acudió de pronto la voz de Wolfram a su cabeza, teñida de reprobación.
Yuuri se sorbió la nariz, apretando con tanta fuerza el pasamano que se le clavaron astillas en las palmas. Wolfram le necesitaba entero, sereno para apoyarle cuando él no pudiera mantener el tipo. Algo que, tristemente, estaba condenado a suceder.
—Fue Seiffert, ¿verdad?
Yuuri levantó la cabeza y algo involuntario, cobarde, se estremeció de terror en sus entrañas. Volvió poco a poco el rostro hacia su derecha, las lágrimas apelotonándose en sus párpados.
El semblante de Conrart, siempre gentil, había mutado en un gesto aterrador que nunca había visto en la cara de su padrino. Más parecía una mueca, la manifestación de una profunda pretensión. Una que prometía una violencia sin límites.
Un desagravio a la altura del crimen cometido.
Conrart habló en un siseo, a todas luces librando una lucha encarnizada por seguir pareciendo imperturbable.
—Te aseguro que si algún día me encuentro cara a cara con el malnacido que le dañó de tal manera, lo pagará muy caro.
Por norma general, algún tipo de indignación debería haberle llevado a protestar en voz alta por uno de sus allegados profiriendo una amenaza tan directa.
No obstante una pequeña porción de su ser, una hastiada de ver sufrimiento e injusticias, le obligó a silenciar sus palabras. Nunca le ordenaría a Conrart que matara, que torturara a nadie.
Pero tampoco iba a impedírselo si Seiffert se cruzaba en su camino y Conrart decidía dar rienda suelta a su lado más visceral.
Yuuri regresó al camarote cuando pasó un tiempo prudencial y consiguió borrar todo rastro de lágrimas de su cara. Fue una suerte: Wolfram estaba sentado al borde a la cama, aunque sus ojos presentaban una curva soñolienta. Sus mejillas tenían algo más de color y en general parecía más revitalizado.
—¿Cómo te encuentras?
Wolfram hizo descender a ambos lados las manos que habían estado anudando los lazos de una sencilla túnica verde botella. La de la noche anterior, blanca, yacía perfectamente doblada en un taburete junto a la cama.
—Mejor —reconoció—. No creo que consiga comer nada en breve, pero al menos ya no parece que mis intestinos se dispongan a ir a la guerra.
La tripa de Yuuri eligió aquel momento para rugir. La noche anterior no había podido ingerir demasiado antes de que las noticias le cerraran la boca del estómago. En deferencia a Wolfram, no comentó el hambre que tenía.
—¿Cuánto falta para llegar a… donde sea que vayamos?
—Al menos otro día —respondió Yuuri.
Wolfram gimoteó y se dejó caer con aire dramático, hundiendo el rostro en la almohada. El desordenado cabello rubio se derramó entorno a su cabeza como una aureola.
—Moriré de inanición antes de tocar tierra —se lamentó, su voz ahogada por la tela.
Yuuri se atrevió a reír, alabando el intento de humor de Wolfram. Éste le miraba con un único ojo enmarcado en oro. La hinchazón del golpe había disminuido y apenas podía ver un tono amarillento en la piel.
—¿Me acompañarías a cubierta? —pidió—. Quiero tomar el aire…
Yuuri arqueó una ceja.
—¿Crees que es buena idea?
—No queda nada en mi estómago —aseguró Wolfram—. Así que no hay peligro.
Era un tono de advertencia que no admitía réplica. Yuuri sabía que no conseguiría convencerlo de quedarse descansando, así que se inclinó sobre él para ayudarle a incorporarse.
No fue un gesto bien recibido.
—No estoy inválido —gruñó, apartándole la mano.
—Tus pies…
—Soy un soldado, Yuuri —replicó Wolfram, obviamente escaso de paciencia—. Unos pocos arañazos en los pies no me impedirán andar.
Y dicho esto se apoyó con ambos brazos en la cama y se puso en pie. Salió de la habitación a paso ligero. No consiguió camuflar del todo el gesto tenso y el entrecejo firmemente arrugado. Especialmente cuando se aferró al pasamano para impulsarse escaleras arriba.
Para cuando llegaron al exterior, la respiración de Wolfram era superficial. Estaba luchando encarecidamente por ocultar la expresión dolorida cada vez que las magulladas plantas se apoyaban más de lo justo. Ni siquiera se mostró reacio a que Yuuri le ayudara a tomar asiento en el banco que bordeaba la cubierta. Yuuri se dejó caer a su lado, en el mismo punto en el que encontrara a Conrart esa mañana.
El aire era menos agobiante, más limpio que apenas una hora atrás. Durante su rato junto a Conrart, le había desagradado comprobar que la bruma tenía un leve olor hediondo, como si la corriente no fuera suficiente para evitar que se eutrofizara el agua.
A su lado, Wolfram emitió un largo suspiro.
—Es precioso —dijo, al parecer solo porque merecía ser dicho.
Yuuri arqueó una ceja y observó el horizonte. Supuso que tenía su encanto. Desde que había llegado a Shin Makoku había visto paisajes de una belleza arrebatadora. Llanuras extensas de flores cuyos colores ni siquiera existían en la Tierra. Montañas altísimas envueltas en bruma en cuya cima sobrevolaban dragones. Lagos con agua tan transparente que podía verse el fondo a decenas de metros de profundidad.
En comparación, aquel río no era gran cosa más allá de su impresionante anchura. Monótono, una sucesión de agua y orillas demasiado lejanas para apreciar los detalles. Daba la sensación de que a ambos lados solo había cañaverales y ciénagas.
Wolfram, sin embargo, parecía maravillado. Apenas pestañeaba, observando la masa de agua como si quisiera almacenar cada diminuto detalle.
—Todos estos años no vi nada más allá de los muros del castillo —murmuró—. Solo un jardín extraño y el mar embravecido bajo el acantilado.
Yuuri le vio titubear, frenándose un instante antes de seguir hablando. Retuvo el impulso irracional de acercarse más y rodearle los hombros con el brazo. Temió que fuera a romperse entre sus dedos si lo hacía.
No era de extrañar que se sintiera fascinado por cualquier escenario distinto a la visión tras su ventana. Wolfram tenía de por sí un carácter volátil: no podía ni imaginar cómo se había sentido al ser apresado en un pequeño reducto, sin libertad ni esperanza. A merced de los caprichos de un señor de la guerra.
—Pensé en saltar, ¿sabes? —su voz apenas era audible—. Incontables ocasiones. Fantaseaba con la idea. Me seducía cada noche cuando miraba el océano y pensaba lo fácil que sería acabar con todo…
Hablaba con apatía, como si relatara algo que le ha ocurrido a otra persona.
Yuuri se removió en el sitio, sintiéndose incómodo y apenado. Nunca había oído a nadie hablar sobre el suicidio; que fuera precisamente Wolfram lo volvía más violento, desesperanzador.
¿Podía existir un calvario tan grande como para empujar a la muerte a la persona con más pulsión de vida que conocía?
Tragó saliva.
—¿Qué te detuvo?
Vio sus labios palidecer, apretarse en una fina línea. Fuera cual fuera la respuesta que bailaba en su lengua, hizo centellear sus ojos con efímero fulgor. Algo captó su atención antes de tener la oportunidad de hablar.
Yuuri siguió la trayectoria de su mirada. Unas aves gigantescas de color negro veteado de azul surcaban el río a ras de agua, lanzándose de vez en cuando para ensartar un pez con el poderoso pico. Cuando la niebla lo permitía, sus plumas presentaban brillos iridiscentes en púrpura y verde.
Se preguntó qué pasaría si pescaban un pez esqueleto. ¿Eran comestibles para las aves de aquel mundo? ¿O siquiera nutritivas?
A su lado, Wolfram se estremeció.
—¿Qué ocurre? —preguntó, alarmado.
—Tengo las manos frías…
Sin esperar su consentimiento, Yuuri le cogió de las muñecas y entrelazó los dedos de sus manos. Dedos endurecidos y con antiguos callos por el uso constante de la espada y las riendas de su caballo.
Efectivamente, las tenía frías. Casi heladas, se atrevería a decir. Algo totalmente atípico —y alarmante— en un usuario de majutsu de fuego.
Wolfram siempre había sido como un brasero, emanando un suave y agradable calor que cualquiera podría notar con una mínima cercanía. En verano llegaba a ser agobiante, llevándole a sudar en las noches en las que acababa pegado a él entre las sábanas. Su piel podía llegar a quemar al tacto cuando sus emociones se desbordaban. Yuuri incluso le había visto crear pequeños incendios accidentales, como prender una almohada o la esquina de una mesa. Casi siempre había sido él el culpable de tales incidencias.
Levantó la vista. La expresión de Wolfram era inusualmente turbada, entre avergonzada e incómoda.
¿Era rubor lo que veía en sus mejillas?
No estaba seguro. Solo sabía que le parecía más vivo que en cualquier momento de los últimos tres días. Suficiente para calentarle por dentro como un trago de algo cálido y delicioso.
El momento fue muy breve. Wolfram carraspeó, los párpados cayendo y cubriendo los irises en una cortina dorada.
—Nunca antes había tenido frío, no realmente —confesó—. Ya sabes, por lo del maryoku de fuego... Podría caminar durante días por la nieve y no se me congelarían ni las puntas de los dedos. Bueno, al menos antes era así... —rectificó, encogiéndose dentro de la capa.
Yuuri impidió que apartara las manos de las suyas. De hecho las deslizó dentro de sus mangas hasta que descansaron contra sus antebrazos. Era algo que Shouri había hecho cuando eran pequeños y él perdía los guantes, contingencia que sucedía muy a menudo.
—¿Mejor?
Wolfram pestañeó varias veces, pillado con la guardia baja con el gesto. Uno que sin duda era más íntimo para él de lo que podría serlo para Yuuri.
Sí, definitivamente estaba sonrojado. Saberse el causante de aquel pueril tinte rojo en su rostro le inundó de una desconcertante soberbia.
—Lo sé: es patético que un soldado entrenado se queje por algo así... —murmuró Wolfram, esbozando una mueca amarga.
—Yo no lo creo —se apresuró a opinar Yuuri—. Soldado o no, tienes derecho a quejarte. A expresar cuando algo te atormenta.
Analizó su rostro, aprovechando que estaban tan cerca. Tenía los ojos velados, una película de humedad borboteando en los párpados. ¿Iba a llorar? No, más bien estaba luchando con uñas y dientes para no hacerlo…
—Está bien llorar, ¿sabes? —susurró, intentando insuflar empatía a sus palabras—. Nadie te juzgará por ello ni te creerá débil.
Sin darse cuenta se había inclinado sobre él, reduciendo en mucho el espacio vacío entre ellos. No le resultó incómodo ni por un momento. Wolfram tragó saliva y tomó aire varias veces antes de hablar.
—Ya no me quedan lágrimas, Yuuri —dijo con fingida seguridad—. Un soldado nunca llora, y sin embargo yo ya lo he hecho por todos los años de vida que me quedan.
—¿Se puede saber quién ha decretado que los soldados no deben llorar? —protestó Yuuri con el ceño fruncido—. Que yo sepa nunca he firmado esa orden.
El intento de hacerle reír no funcionó. Wolfram le miró con aire descorazonado: resultaba sorprendente que aún con una expresión tan falta de esperanza siguiera siendo la persona más atractiva que Yuuri conocía.
—No quiero que me compadezcas, Yuuri —sentenció, en voz baja pero firme—. No soy una víctima. No quiero ser tratado como una víctima.
¡Oh, Wolfram! ¡Siempre tan orgulloso! Le daba rabia y lástima al mismo tiempo. El joven Bielefeld podía soportar mil tormentos pero se rebelaba contra cualquier muestra de la propia debilidad. Nada le importaba más que mantener su fachada impertérrita ante la adversidad.
Gwendal y Conrart le habían enseñado bien en ése aspecto.
—No lo eres —aseveró—. Eres un superviviente.
El aludido le dedicó una mirada irónica, miserable y carente de humor.
—Es una curiosa manera de verlo —opinó.
—Es la única válida para mí —garantizó Yuuri.
Ante sí sucedió un milagro.
Wolfram esbozó la primera sonrisa real desde que se habían reencontrado. Débil y quebradiza, estremecida, pero prometiendo alegrías futuras.
Aquel simple gesto de infinita gratitud reavivó su esperanza. La de que Wolfram estuviera, aunque fuera a su paso, encaminado hacia la recuperación.
Se quedaron un rato más allí, las manos de Wolfram encajadas en sus mangas y sus rostros a escasos centímetros.
Contra su antebrazo, los dedos de Wolfram empezaban a tornarse cálidos.
Conrart sintió sus comisuras tirando hacia arriba para dibujar una sonrisa plácida. A solo unos metros su hermano y su ahijado seguían unidos por las manos, tan juntos que el contraluz les daba el aspecto de una criatura con más apéndices de lo usual. Por supuesto, no se había molestado en interrumpirles. Ambos necesitaban aquellos pequeños momentos de sinceridad, de contacto.
Ni Yuuri ni el propio Wolfram podían imaginar el efecto curativo que ejercía su mutua cercanía. Aun permaneciendo ambos en la ignorancia sobre aquel curioso fenómeno, Conrart lo había visto decenas, cientos de veces. Como un maravillado y ajeno espectador.
Había asistido al momento en el que una mano en el hombro conseguía levantar el ánimo de Yuuri. Un enfado incipiente de Wolfram volatilizarse ante una sonrisa infantil del Maoh. Algo impensable apenas cinco años atrás, siendo su hermano como fuera en el pasado.
Independientemente de su relación, los dos jóvenes parecían mantenerse en perfecto equilibrio en una órbita simétrica. Estabilizándose, compensándose. Manteniéndose a flote.
Y lo más emocionante de todo era que surgía de forma instintiva, sin forzarlo. Cuan afortunados eran aquellos que encontraban una complicidad semejante sin tener que buscarla…
—Nunca te he tenido por un mirón, Capitán, pero esto es francamente sospechoso.
Conrart no se molestó en volverse: intuía la sonrisa zorruna de Yozak desde allí.
—¿No es acaso habitual que los hermanos mayores vigilen que no les rompan el corazón a los menores? —bromeó.
El espía se colocó a su lado, apoyándose de forma distendida en el tabique de la caseta.
—¿Es eso lo que más te preocupa? ¿Que le rompan el corazón?
El cambio de tono no le pasó desapercibido. Era una de aquellas raras ocasiones en las que Yozak se ponía más serio que él. Nunca era una buena señal.
—¿Qué quieres decir con eso?
El espía expulsó el aire con lentitud y cruzó las manos por detrás del cuello en una postura típica en él.
—Para ti siempre será tu hermanito, pero no olvides que es un soldado. Uno muy orgulloso, además. Está entrenado para recuperarse de las eventualidades.
Algo en el tono de Yozak le resultó tremendamente molesto.
—¿Consideras "eventualidad" lo que ha vivido?
—No es eso lo que quería decir —gruñó Yozak en tono apaciguador—. Debes recordar que el principito se ha pasado toda la vida luchando por no ser tratado como un niño. Por demostrar que es tan merecedor de confianza como tú o Lord Voltaire.
—Ni yo ni Gwendal hemos experimentado nada semejante —protestó Conrart, a la defensiva—. La comparación está fuera de lugar.
—Eso ya lo sé —repuso el espía—. Pero tratarle como si fuera de cristal no ayudará a mantener su honor. Tampoco contribuirá a su recuperación. Y yo sí sé de lo que hablo —añadió con apatía.
El último esclarecimiento le dejó mudo, todo lo que tenía pensado decir atascado en el fondo de la garganta.
Yozak nunca había compartido con él aquella circunstancia de su pasado, ni siquiera mencionarlo. No obstante Conrart lo había sospechado durante largo tiempo, sabedor de que tales sucesos eran comunes en los campos de concentración de mestizos.
Ya tendría tiempo de compadecerse por Yozak más tarde.
—No todos lidian de igual manera con la adversidad —protestó, aunque con menos resolución que antes—. Conoces a Wolfram: se traga el dolor hasta que no puede más y explota por algún lado. Sé por experiencia que es una actitud ineficaz a la larga. Lo mínimo que podemos hacer para intentar impedirlo es ser indulgentes con su situación.
Yozak le sostuvo la mirada con aquella convicción que le hizo titubear.
—Él no quiere indulgencia. Solo rendir cuentas y ser capaz de seguir con su vida. Prisionero o no, tiene un puesto y un estatus. Responsabilidades —puntualizó—. Y deberá lidiar con ellas tarde o temprano.
La puntualización le dejó clavado en el sitio durante unos desconcertantes instantes.
Después todo sucedió a una velocidad vertiginosa.
Cerró la mano entorno a la camisa de Yozak, con más fuerza de la estrictamente necesaria, y tiró de él lejos de cubierta, donde no pudieran ser oídos. El espía se dejó arrastrar hasta el primer rellano de la escalera de la bodega, impertérrito incluso cuando el puño de Conrart se estampó en la madera junto a su cara haciendo tintinear un quinqué.
—¿Informaste a Gwendal acerca de Wolfram y Dieter von Khrennikov?
Reconoció la sombra de culpabilidad en los irises negligentemente azules, la manera en la que parecía esquivar su mirada. No necesitó su confirmación explícita para saber que había dado en el clavo.
Por supuesto, Yozak había oído meses, años atrás, los rumores sobre Wolfram cabalgando junto al enemigo con el arma en ristre. De su espada decapitando al cabeza de los Khrennikov y a otros tantos aliados. Se lo había confesado la noche misma que Yuuri y él habían aparecido en el campamento del bosque.
En ningún momento se le había ocurrido pensar que Yozak actuaría antes de corroborar tal información, comunicándole el supuesto suceso a Gwendal.
Y mucho menos sin consultarle primero.
—Temes que aún esté bajo control del enemigo, ¿no es así? —le acusó. Su tono iba en crescendo—. ¿Gwendal te ha ordenado que le vigiles? ¿Un perturbado ha abusado durante tres años de mi hermano y lo que os preocupa a Gwendal y ti es que pueda enajenarse hasta el extremo de dañar a Yuuri?
Sabía que no le estaba dejando margen para negar sus acusaciones o siquiera defender su postura. La cólera y la hiriente sensación de perfidia no le permitían ser coherente, elevando sus inculpaciones en espiral.
—¿Te ha ordenado Gwendal que le arrestes llegado el momento? —aventuró—. ¿Que le… ejecutes?
Yozak escuchó su exabrupto con frustrante indiferencia. Parecía saber de antemano cuál sería su reacción. Lógico, teniendo en cuenta que probablemente el soldado le conocía mejor que ninguna otra persona en el mundo.
—No me lo ordenó —aseguró finalmente—. Tampoco lo contrario. Imagino que eso lo deja todo a mi criterio.
Lo admitió para sí mismo: le dolió el esquema de acción de Yozak. Aunque lo más desagradable era la sensación de traición. De que Yozak tuviera una segunda intención, fuera o no justificable, y no lo hubiera compartido con él.
—En ése caso espero que tu criterio sea prudente, Gurrier —su tono encerraba una clara amenaza—. Si conoces mínimamente a Wolfram, sabrás que jamás dañaría a un aliado. Mucho menos a un noble que le supera en estatus.
—Voluntariamente o no, todo apunta a que así fue —dijo Yozak con cautela—. ¿Estás totalmente seguro de que no volverá a hacerlo? ¿No sientes ni una pizca de duda al permitirle dormir en la misma cama que el Maoh?
No supo qué responder, lo cual irremediablemente le dio la razón a Yozak. Empujó con vehemencia las imágenes sangrientas, aterradoras, que punzaban su mente como algo al rojo vivo.
El rostro de su hermano, ido, impregnado de una mezcla de sangre y lágrimas.
Lo que sucedería después. El espanto y los alaridos y el deseo de morir.
No lo permitiría. No-
Tragó saliva. Era pastosa y amarga, como veneno. ¿Cuánto tiempo se había quedado en blanco?
—Hiciera lo que hiciera, Wolfram es mi hermano. Ese hecho no admite discusión ni segundas interpretaciones.
Soltó a Yozak, el cuello de su camisa arrugado por la fuerza que había ejercido. Se retiró varios pasos. Su amigo parecía irritantemente firme mientras él era sacudido por una conmoción cegadora.
—Le protegeré —juró—. No importa de quién. No permitiré que le importunes con este asunto antes de que tengamos tiempo de valorar detenidamente la situación. No le tocarás un cabello mientras yo pueda evitarlo. Ni tampoco Gwendal.
Giró sobre sí mismo, sin esperar respuesta ni desearla. Oh, pero Yozak no era hombre de ceder la última palabra sin una digna batalla.
—Si llegara el caso y tuvieras que elegir entre proteger a tu hermano o a tu Rey, ¿cuál sería tu elección?
La duda mordió su alma un breve instante. Un titubeo que le asqueó profundamente.
Las imágenes estallaban dentro de sus párpados. Recuerdos de un tiempo que preferiría ser capaz de olvidar. Posibilidades y disyuntivas que aún atormentaban sus sueños aunque hubieran transcurrido años.
Visiones en las que no era más que un espectro con el uniforme de Gran Shimaron. Blandiendo su espada contra Yozak. Contra Yuuri. Contra todo lo que había jurado proteger.
Wolfram se había interpuesto entre la espada de Gwendal y Yuuri. Alguien —no recordaba quién— lo había mencionado en una ocasión, en una conversación mucho más distendida de lo que invitaba la puntualización.
Yuuri no había querido desprenderse de su brazo cercenado, decían. Y aunque la idea llenaba su pecho de imposible calidez —de la tranquilizadora sensación de pertenencia—, otra certeza se había impuesto a su regocijo.
Wolfram, que había tenido siempre a Gwendal como su ídolo, su modelo a seguir, le había desafiado por proteger a Yuuri. Su hermano que ya no era un niño como todos seguía pretendiendo, que había crecido antes los ojos de todos sin que pudieran o quisieran asimilarlo.
No podía concebir la idea de tener que enfrentarse a Wolfram. De herirle, cortarle, derramar su sangre por proteger a su Rey.
No. No iba a barajar tal escenario. Tal aberrante pesadilla.
—Esperemos que nunca se presente y no tenga que tomarla —sentenció. Y regresó al exterior bañado en luz cetrina.
Para cuando desembarcaron en lo que fuera territorio Rochefort, casi treinta horas después, Wolfram se arrodilló, prácticamente arrastrándose, a besar el suelo. Poco le importó que algunos viandantes se pararan y le señalaran, alarmados por tan extravagante comportamiento.
—No vuelvo a pisar un barco… —exhaló—. Os lo juro, nunca más…
—Llevo oyéndote decir lo mismo desde hace al menos cuatro años —se burló Yozak.
Si las miradas mataran, Yozak ya estaría hecho cachitos. Yuuri no pudo contener una risa nerviosa.
Dado que el aspecto de Wolfram era reconocible en todo el antiguo territorio mazoku, había optado por calarse una capa de viaje con capucha que ocultaba su brillante cabello rubio. La única ropa que habían podido encontrar para él estaba pensada para alguien a todas vistas mucho más alto y ancho. Había tenido que darse dos vueltas a las mangas y ceñirse la camisa con un cinturón, y aun así ésta parecía bailar a su alrededor. El exceso de tela aún acentuaba más su delgadez.
A pesar de ello, tenía mejor color. Lo cual poseía su mérito dado que su organismo no toleraba la navegación de ningún tipo. Yuuri dudaba que hubiera logrado ingerir siquiera el equivalente a dos comidas completas en tres días.
Una vez se reagruparon, Yozak puso otra bolsita tintineante en la mano del capitán del barco. Éste se despidió con un breve gesto de cabeza antes de dedicarse a sus asuntos.
—Francamente, esperaba que le agujerearais el barco o algo… —musitó Yuuri. Se puso rígido y se volvió hacia Yozak con expresión de pánico—. ¿¡No lo habéis hecho, verdad!?
—No será necesario, chico —aseguró el espía, agachándose para recoger su fardo.
—Es habitual que muchos mazoku o mestizos paguen por conseguir un pasaje seguro a territorios pacíficos —comentó Rohnan—. Los más afortunados pueden permitirse viajar a Caloria o Cabalcalde. La mayoría se conforma con alejarse del este. Dudo que arriesgue una segura fuente de ingresos.
Yuuri dedicó una mirada inquisitiva al chico del brillante cabello rojo. Físicamente parecía más joven que él, pero era evidente que era mucho menos ingenuo respecto a las intenciones de la gente. Al fin y al cabo, él no había vivido una auténtica guerra.
Suponía que todo Shin Makoku estaría lleno de niños con ojos de anciano, obligados a crecer más deprisa de lo debido.
Puerto Púrpura no daba la sensación de encontrarse en un país en guerra. Los barcos iban y venían, los marineros transportaban barriles y cajas de aquí para allá. Los niños chapoteaban en la orilla intentando atrapar cangrejos y mujeres y ancianos pujaban por el pescado en la lonja.
Solo cuando estuvieron sentados en una taberna, con un sencillo almuerzo frente a ellos (y sendas jarras de cerveza en las manos de Yozak y Conrart), pudo Yuuri notar el matiz discordante en la aparentemente bulliciosa ciudad portuaria.
Las risas de la gente eran forzadas, a excepción de aquellos con pocas monedas en el bolsillo y muchas pintas en el estómago. Los pobladores interrumpían a menudo sus conversaciones para echar miradas recelosas por encima del hombro. Por debajo del griterío había un ruido de fondo, murmullos apenas emitidos, frases que se cortaban en pausas suspicaces.
Yuuri intentó comportarse como Yozak le había enseñado, evitando con aparente aleatoriedad las miradas dirigidas a ellos. Fue difícil al principio, pestañeando en exceso cuando alguien de una mesa contigua le observaba un segundo más de lo esperable. Apartando la vista con demasiada rapidez.
La mano de Yozak le palmeó la rodilla por debajo de la mesa.
—Relájate, chaval —comentó con aire casual, los labios bordeados de la espuma de su jarra—. La ventaja de este sitio es que la gente va y viene constantemente. No es raro que haya forasteros. Nadie llama demasiado la atención… a no ser que vista de rojo, claro.
El comentario apaciguó ligeramente su ansiedad. No obstante, siguió con la incómoda sensación de decenas de ojos clavados en su cogote, analizando sus movimientos.
Salieron al exterior y tomaron la calle que se dirigía al oeste. La ciudad pasó a ser apenas una villa a ojos de Yuuri: una vez cruzaron dos manzanas, se encontraron en campo abierto. Una extensión gigantesca de tierra negruzca, moteada de cercados y cabañas, se abría a ambos lados del camino hasta fundirse al sur con el mar. El cielo seguía siendo plomizo como los últimos dos días.
Mientras avanzaban en relativo silencio, Yuuri intentó encajar aquel territorio en el mapa mental del que fuera su país. El pedazo de tierra que veían en la otra lejana orilla ya no era Konanshia sino Gresla, nación de la cual sabía francamente poco. Solo que su sociedad era matriarcal y que el gobierno y el poder militar estaban formados únicamente por mujeres. Inusual como mínimo.
Aquel rato fue muy distinto al bullicio de Puerto Púrpura. Apenas se cruzaron con unas pocas personas, en su mayoría comerciantes que transportaban mercancías diversas en carros tirados por caballos. Yozak aprovechó la ocasión para proveerse de un surtido de frutas exóticas que Yuuri no recordaba haber visto ni probado. Dulces, aunque la pulpa tuviera una textura semejante a la arena.
En un punto dado el sendero se bifurcaba: uno seguía bordeando los acantilados durante kilómetros de costa; el otro serpenteaba a la derecha, entre matorrales bajos con alguna construcción, hasta perderse en una masa boscosa a la izquierda. Entreveía montañas puntiagudas en la lejanía, aunque era incapaz de estimar la distancia.
—Propongo esquivar los caminos principales —opinó Conrart—. Iremos bosque a través, cruzaremos parte del territorio Radford y llegaremos a Spitzberg.
Nadie pareció tener una alternativa mejor, así que siguieron a Conrart con un mudo asentimiento. Yuuri ni siquiera sabía hacia qué punto cardinal se dirigían.
El bosque era distinto al que había en las regiones cercanas al Pacto de Sangre. Ni robles ni avellanos ni alcornoques. Aquello más bien parecía una selva, con árboles altísimos que apenas permitían el paso de la luz y helechos cubriendo el sotobosque. Criaturas emplumadas de largas colas y ojos púrpura les observaban desde las ramas, con curiosidad. A Yuuri le recordaba a los documentales de Hawaii y otras islas del Pacífico.
Empezó a sudar al poco rato de andar, una humedad oprimente colándose entre sus ropas aunque no hiciera calor. Parecía el único realmente molesto con el ambiente tropical.
En el camino toparon con lo que parecían pequeños asentamientos abandonados. No desde hacía mucho, a juzgar por las cortinas más o menos intactas, ropa rasgada y descolorida pendiendo de los tendederos. Yuuri vio una capa de polvo y hojas secas en el interior de las pocas en las que se atrevió a mirar.
Eran hogares mazoku. No había ningún matiz que pudiera delatarlo: Yuuri sencillamente lo sabía. Algo que palpitaba en el aire, en los muros, en cada objeto polvoriento. Quizá el recuerdo del maryoku, latente, de sus antiguos moradores.
De pronto cayó en la cuenta de algo a lo que no había prestado atención hasta entonces.
Había visto muchos humanos en Puerto Púrpura y pocos mazoku. Era una proporción interesante teniendo en cuenta que los humanos siempre habían sido minoría en Shin Makoku (entorno a un 30% de la población, si recordaba bien las enseñanzas de Günter). Aunque claro…
…¿podía considerarse todavía aquellas tierras como Shin Makoku? Es más.
¿Seguía existiendo Shin Makoku como tal?
—¿Qué ha sido de los mazoku de esta provincia? —inquirió, más que nada por cortar el esquema de pensamientos.
La pregunta no iba hacia nadie en particular. Cualquiera que hablara en aquel momento le libraría de la opresión en el pecho.
Al final, cómo no, fue Yozak.
—Los plebeyos se han integrado… en cierto modo —puntualizó—. Los fríen a impuestos, pero no es una zona conflictiva… por ahora. A no ser que des problemas contra el Imperio.
Conrart se encargó de agriar el consolador comentario.
—Los nobles no corrieron tanta suerte —señaló—. Su destino no fue muy distinto al de aquellos en Khrennikov o Voltaire. La única diferencia es que tuvieron más tiempo para preparar una defensa.
Por el rabillo del ojo, Yuuri vio un destello de oro. Un rayo de sol que había vencido la bóveda vegetal y se derramaba sobre el cabello de Wolfram, libre de la capucha por primera vez en horas.
El muchacho permanecía un poco apartado, observando el porche en ruinas de una casa en el límite del asentamiento. Inmóvil como un joven árbol, en apariencia igual de frágil. Mirada fija en un balancín cubierto de líquenes y moho, todavía con la almohada que había utilizado su último dueño.
—Lady Rochefort se resistió a abandonar sus tierras —explicó Conrart—. Según dicen, ella misma se plantó frente a los invasores, quebrantando la tierra y dejando manar el fuego. Al final capituló, como cualquier persona sensata haría, cuando amenazaron a sus súbditos. Los últimos rumores apuntan a que se refugió con Lord Radford.
Yozak ahogó una carcajada.
—Parece ser que Lady Rochefort tiene más pelotas que el resto de Nobles juntos —silbó.
Era aquel dejo desenfadado que pasaba por encima del decoro y la etiqueta. Los rangos y los títulos.
—No había posibilidad de resistencia —se hizo oír una voz ronca.
Yuuri se volvió y vio a Wolfram al final del grupo, firmemente plantado pero con la vista fija en el suelo. No estableció contacto visual para hablar.
—Yo estuve allí, Yozak —relató—. Antes y después de que me vendieran como esclavo para esos humanos.
El vacío en el estómago regresó. Súbitamente el cuerpo de Yuuri pesaba una tonelada y su punto de equilibrio bailaba peligrosamente.
Era el tono de Wolfram. Aquella entonación genuinamente falta de esperanza que solo había oído contadas ocasiones.
—Nos superaban en cuatro contra uno, y todas sus armas estaban imbuidas de houseki —prosiguió Wolfram, tono forzosamente apático—. No importa cuántos derrotáramos, venían más y más… Nos retiramos para poder luchar un día más y salvar vidas que se hubieran perdido sin sentido. Yo… —titubeó un instante—. Me arrastraron a la fuerza fuera del campo de batalla. De buen grado hubiera dado mi vida si hubiera servido para algo. No fue así.
A pesar de sus esfuerzos en ocultarlo, le temblaba el brazo.
—Puede que no sea una gesta tan grande como Ruthenberg, puede que perdiéramos miserablemente… —dijo, las palabras cada vez más apelotonadas—. Pero te suplicaría unos pensamientos por los abanderados Khrennikov, Voltaire y Bielefeld que perdieron la vida ése y muchos otros días antes de menospreciar sus elecciones. Actos que se cobraron incontables vidas defendiendo la costa de Shin Makoku de un enemigo implacable.
El silencio era tan denso que Yuuri podría haberlo cortado con Morgif. Miró alternativamente a Yozak y a Wolfram, no muy seguro de quién hablaría primero. La expresión de Wolfram era terrible pero carente de cólera: solo amargura.
Fue Yozak el que dio el primer paso.
—Mis disculpas —sonaba sincero—. He hablado de más.
Wolfram se limitó a apartar la mirada, apretar la capa de viaje con un puño y pasar por delante de todos para seguir el camino a pasos largos y notablemente contrariados. Yuuri levantó la mano por instinto para ofrecerle un contacto tranquilizador, pero bien deliberadamente o por azar Wolfram rehuyó sus dedos.
La mano de Yuuri cayó en el aire sin destino. Se apresuró a esconderla en el abrigo para que nadie notara la amargura en su postura.
Nadie mencionó el incidente en lo que restó de camino, aunque si el ambiente ya había estado cargado antes, se tornó insoportablemente enrarecido. La tensión entre Conrart y Yozak, que Yuuri ya había notado de antemano, no hizo más que intensificarse. Respecto a Wolfram, no volvió a interactuar con ninguno de ellos durante lo que quedaba de marcha.
"Menudo viaje…"
Tras caminar durante lo que le parecieron horas y solo ver maleza y más maleza, con todo tipo de espinas clavadas en los pantalones y el calzado, Yuuri se quedó ojiplático cuando distinguió un edificio surgir de entre los árboles.
—Aquí estamos —anunció Yozak.
Yuuri miró la construcción de arriba abajo, reparando en especial en el cartel de madera que presidía la puerta. Se volvió hacia ellos con una mueca y señaló el letrero.
—¿¡Baños termales!? ¿Qué tipo de posada es esta? —exclamó—. ¿Podemos permitirnos un alojamiento de lujo?
¿Estaban escondiéndose del enemigo y su primera opción era un resort de aguas termales?
Surrealista. Por lo demás, típico de Shin Makoku.
—Es lo más humilde que hay en veinte kilómetros a la redonda, chico —garantizó Yozak encogiéndose de hombros—. Tener baños termales en un alojamiento o en el patio trasero no es nada del otro mundo.
—Cada posada del territorio Rochefort tiene aguas termales —le explicó Conrart, su tono infinitamente más empático—. Prácticamente toda la comarca es zona volcánica.
Era información nueva para él. Había territorios que no había llegado a visitar, solo cruzándolos de pasada. Los Rochefort, Radford y Gyllenhaal, entre ellos. Aún había tantas cosas que desconocía de su propio reino… Se le subió la sangre al rostro, avergonzado por su ignorancia.
—Conozco este sitio —aportó Rohnan—. Por su situación, no es muy frecuentado. Es improbable que tengamos problemas aquí.
—Además, si no recuerdo mal, el servicio es de primerísima calidad —añadió Yozak, una sonrisa anchísima en el rostro.
Yozak había recorrido los bajos y altos fondos del país durante más de un siglo. No existían razones para dudar de su criterio.
Era un edificio pequeño, parcialmente fusionado con el peñasco cubierto de foresta que tenía detrás. Parecía construido en madera casi en su totalidad, lo cual explicaría el aspecto parcialmente enmohecido de las esquinas. La puerta estaba abierta; no había signos de actividad.
Yuuri se detuvo en el segundo escalón. ¿Habría sucedido lo mismo que en las aldeas que habían dejado atrás?
—¡Bienvenidos! —exclamaron dos voces femeninas al unísono.
Al principio Yuuri creyó estar viendo doble. Poco después comprendió que les acababan de recibir dos gemelas idénticas de cabello intensamente púrpura y calcadas sonrisas. Mazoku al menos en parte, a juzgar por la irreal perfección de sus rasgos.
—Buenas noches, amables señoritas —se apresuró a decir Yozak con una pomposa inclinación—. Requerimos de los servicios de este acogedor establecimiento durante la noche.
—Será un placer darles alojamiento, caballeros —apostilló una de la chicas con una breve inclinación.
—Y una cena decente —añadió Yozak—. Llevamos muchos días de camino desde Svelera y aún nos quedan al menos otros cinco hasta que lleguemos a casa de nuestros parientes. Tal vez incluso podamos saciarnos adecuadamente antes de partir.
A medida que hablaba, se había acercado a la más cercana de las muchachas, todo movimientos medidos y deliberadamente elegantes. La chica le observó a través de una cortina de espesas pestañas oscuras, mejillas ruborizadas y labios entreabiertos. Emitió una risita.
Yuuri miró a Yozak con una ceja arqueada; el espía le guiñó un ojo mientras su sonrisa se ensanchaba hasta límites insospechados.
"A eso se refería con el servicio de primera calidad…" se dijo, observando la postura desenfadada e intencionadamente coqueta de Yozak.
Dio un respingo al notar algo cálido rozarle el brazo: la otra hermana se había acercado hasta que Yuuri pudo notar claramente su olor corporal. La chica se inclinó sobre él, haciéndole ojitos, para pedirle la capa. El gesto juntó sus generosos pechos, dibujando un pronunciado canalillo en el borde de la túnica. El calor repentino que se arremolinó en su rostro le recordó que al fin y al cabo era un adolescente y sus hormonas estaban al acecho.
Las manos le temblaban ligeramente mientras aceptaba algo áspero y cuidadosamente doblado por parte de la otra hermana (no había podido registrar de qué se trataba). La chica le puso las manos en los hombros y le murmuró algo, probablemente instrucciones sobre el alojamiento. Fue incapaz de entender ni una sola palabra: la chica olía estupendamente, a rosas y jazmín.
No parecía ser relevante que hubiera camuflado el color de sus ojos y cabello: algo en sus rasgos orientales parecía resultar irresistible con la gente de aquel mundo, en especial con los mazoku. No era la primera vez (ni creía que fuera a ser la última) que se encontraba en aquella situación.
Yuuri echó una ojeada a su derecha, donde sin duda Wolfram estaría fulminándoles a él y a la chica con una expresión aterradora.
Ni siquiera estaba mirando; parecía más interesado en el patrón que formaban los tablones de madera bajo él. En realidad tenía la mirada perdida, las pupilas inmóviles sin enfocar nada.
Se había percatado de aquellas pequeñas crisis de ausencia. Sencillamente su mente parecía desconectar del entorno, dejando a su cuerpo funcionando por inercia. Le había sucedido mientras tomaban un refrigerio aquella misma mañana en Puerto, y luego durante varios minutos mientras avanzaban por la senda que cruzaba el bosque.
Yuuri se imponía no preocuparse, pero cada nuevo episodio le provocaba un vacío en el estómago que nada tenía que ver con el hambre.
Captó por el rabillo del ojo algo reluciente. Veintisiete monedas tintinearon al caer de la bolsita de Yozak a la mano abierta de una de las jóvenes.
Por obvias razones, Yuuri no se preocupaba por el dinero cuando estaba en Shin Makoku. Su bolsillo siempre estaba lleno. En realidad casi siempre era otro —Conrart, Wolfram— los que pagaban cuando estaban de viaje, fuera cual fuera la causa. Él no estaba acostumbrado a manejar el dinero de aquel mundo. Ni siquiera sabía cuándo considerar algo caro o barato. No obstante, veintisiete monedas parecía una cantidad elevada.
Yozak miró en su dirección y debió atisbar el interrogante implícito.
—Ha habido un pequeño extra —reconoció en un murmullo—. Por cerrar la posada por esta noche.
A veces olvidaba que Yozak era un maestro de la sugestión. Al parecer tal habilidad incluía un amplísimo abanico de destrezas sociales. Entre ellas el arte del coqueteo. Llevara o no falda.
La habitación de Conrart, Yozak y Rohnan estaba nada más subir una crepitante escalera. Una de las muchachas apuntó otra al fondo a la derecha antes de disculparse y volver por donde había venido.
—¿Por qué siempre duermen juntos? —preguntó Rohnan con total inocencia—. ¿Acaso son matrim-?
—¡Nos vemos para cenar, chavalines! —interrumpió Yozak con una enorme sonrisa, empujando con excesiva brusquedad a Rohnan en el hombro para que entrara en la habitación.
Yuuri tragó saliva. No era la primera vez que alguien daba por sentada una relación entre Wolfram y él cuando ni ellos mismos podrían definir su naturaleza. No obstante, tacharlos de "matrimonio" había sido un nuevo nivel.
Wolfram y él estaban solos en el angosto corredor. Una polilla solitaria revoloteaba en el único punto de luz visible.
Yuuri forzó una sonrisa incómoda. No podía ser tan ingenuo para pretender que Wolfram no hubiera oído la puntualización de Rohnan.
—Erm… ¿No hubiera sido más fácil dormir todos en la misma habitación?
Esperó su reacción con la respiración contenida. "Fulmíname con la mirada. Grítame. Recrimíname que no quiera dormir solo con mi prometido."
Por favor.
Pestañeó varias veces, pero el silencio solo se dilató en el tiempo. Wolfram anduvo hacia el fondo del pasillo y empujó la puerta. Yuuri le siguió con el pulso agitado.
Efectivamente, el alojamiento no era nada del otro mundo: a todas luces un lugar de paso para viajeros sin demasiados recursos. Apenas una habitación sencilla con escaso mobiliario. Un pequeño armario en una esquina, una sola silla para acompañar, una jofaina sobre una mesita para asearse.
Y, cómo no, una sola cama de matrimonio.
Yuuri arqueó una ceja. ¿Era el destino riéndose en su cara o era su padrino el que movía los hilos? ¿Tanto costaba haber escogido una habitación con camas gemelas?
Se volvió hacia Wolfram, que se estaba quitando la capa de los hombros y la colgaba en un gancho tras la puerta.
—Esta noche hace bastante frío —dijo, abriendo el armario y observando las mantas cuidadosamente dobladas en su interior. Habían visto tiempos mejores—. Pondremos dos mantas y estaremos calentitos, ¿te parece?
Wolfram no dijo ni una palabra, limitándose a asentir levemente. A continuación se dirigió a la cama y se dejó caer sentado mientras se quitaba las botas con meticulosidad.
Yuuri apretó los puños para refrenarse de emitir un alarido de impotencia.
Hubiera preferido mil veces que gritara, que llorara. Que golpeara a alguien porque sencillamente le resultaba insoportable lo que había vivido.
En su lugar permanecía en una introvertida apatía en la que parecía descender en espiral. Algo que lejos de atenuarse con el tiempo estaba progresando sin control.
Le asustaba. Le aterrorizaba más que nada en el mundo porque las emociones de Wolfram siempre habían sido explosivas y ruidosas para que todos pudieran oírlas. Que no compartiera ni siquiera con él su congoja no auguraba un desenlace agradable.
Volvió en sí al oír el distintivo crujido de una cama vieja cuando alguien se tumba en ella. Wolfram se había tendido en uno de los extremos del colchón y deslizaba las piernas debajo de las cobijas. No se había quitado más ropa.
—Deberías comer algo —opinó Yuuri.
Wolfram no se molestó en mirarle al hablar.
—Tengo más sueño que hambre —reconoció en un murmullo, la voz ya entorpecida por el sopor.
—¿Ni siquiera vas a tomarte un bañ-?
—Déjame dormir, Yuuri —gruñó Wolfram.
Yuuri enmudeció, porque era el tono más genuinamente "Lord Mocoso" que le había oído desde que se reencontraran.
Le infundió una frágil esperanza.
Pensó efímeramente en pincharle con una frase provocativa: "¡No pienso dormir junto a un hombre apestoso…!". Más lo conocía lo suficiente como para refrenarse. Si seguía presionando, lo más probable era que se llevara una torta. Con un largo suspiro, cogió sus cosas y salió de la habitación.
Una hora más tarde, tras un baño en su opinión demasiado corto que apenas sirvió para retirar la suciedad más superficial, llenaron su estómago con una cena sustanciosa. Parecía el tipo de sitio que consigue hacer maravillas con los ingredientes más básicos. Aquel cocido era lo más sabroso que Yuuri había comido desde que volviera a Shin Makoku.
Mientras se llevaba una taza de hierbas aromáticas a los labios, observó de soslayo a sus acompañantes. Le preocupaba que Conrart y Yozak siguieran sin hablarse: en el pasado, había asistido con malestar a momentos en los que su padrino había herido los sentimientos de su más antiguo amigo. Jamás olvidaría la expresión destrozada de Yozak el breve momento que creyó que Conrart les había traicionado, allá en Gran Shimaron.
Grande debía ser la lealtad de alguien capaz de arrojarse por un precipicio para cubrir una artimaña. Sin embargo, la lengua a menudo irreflexiva de Yozak había topado con un muro insalvable incluso para él: no había nada en aquel mundo que Conrart no estuviera dispuesto a hacer por su hermano pequeño, incluso si ello implicaba mostrarse perpetuamente enfurruñado con su mejor amigo.
No: era más que simple molestia. Conrart parecía vigilar a Yozak cada vez que éste no se daba cuenta. Esquivando su mirada para no coincidir en el contacto. ¿Habría algo que no le estaban contando?
"Como si fuera la primera vez…" se dijo con los ojos en blanco.
Al final, con tan insufrible tensión y aún más inconcebible silencio, lo que debería ser una cena deliciosa acabó sentándole mal.
Cuando regresó a la habitación, Wolfram seguía despierto. Sin duda creía que le había engañado al respecto, pero a él no le pasó por alto el patrón de su respiración, premeditadamente rítmico, o la postura que aullaba tensión. Si daba la vuelta a la cama, estaba seguro que Wolfram estaría mirando la pared opuesta con los ojos muy abiertos.
Por deferencia a él, no intentó entablar conversación. Levantó las cobijas de su lado y se deslizó en la cama con cuidado. Emitió un largo suspiro. Wolfram no se movió.
Antes de cerrar los ojos, tuvo que reconocer para sí mismo que incluso tras un día viajando sin parar Wolfram seguía oliendo a verano y girasoles.
La almohada era blanda y olía a jabón. El colchón, por otra parte, tenía irregularidades que se le clavaban en la cadera. Tenía un poco de calor, así que pateó la manta para que no le cubriera del todo. Se arrepintió a los pocos minutos cuando empezaron a helársele los pies.
Bufó con frustración, más cansado que cuando se había acostado.
"Lo tengo claro…"
El sueño tampoco visitó a Wolfram.
Yuuri no sabía cuánto tiempo había pasado exactamente, pero abrió un ojo curioso cuando notó a su amigo levantarse, el colchón distendiéndose desde su lado. Unos pies sigilosos caminaron hacia el exterior y pudo oír abrir y cerrarse la puerta en un instante.
Se incorporó sobre un codo apenas un instante después. ¿A dónde iba? ¿No había sido un día lo suficientemente agotador?
Pasó varios minutos dando vueltas, pero lejos de tranquilizarse su mente parecía más agitada a cada segundo que pasaba. Se incorporó con un gruñido de frustración, cogió la toalla que le proporcionaran por la tarde y salió al corredor sombrío. Tal vez un rato en agua caliente le sosegara lo suficiente para dormir unas cuantas horas.
La noche no era especialmente fría, aunque sospechaba que la temperatura era varios grados superior a lo esperable gracias a las surgencias de agua caliente. Casi todas las luces estaban apagadas, salvo algunos quinqués solitarios entorno a los que aleteaban polillas de un azul eléctrico.
Cualquier biólogo de la Tierra se pondría las botas en aquel mundo.
Se detuvo a medio camino cuando algo llamó su atención al cruzar el corredor cuya pared derecha se abría a un espacio con jardineras de diferentes tipos. Vio a Wolfram y Yozak sentados frente al patio, las piernas parcialmente cruzadas sobre la tarima. Hablaban en voz baja, casi murmurando, así que Yuuri no podía oírles. No veía la expresión de Wolfram desde allí, pero sí adivinaba una mueca compungida en el semblante de Yozak.
No necesitó demasiado para comprender lo que veía. Yozak se estaba disculpando con él por su falta de tacto. Yuuri esbozó una ligera sonrisa, solo para sí mismo, mientras pasaba de largo y se dirigía a su destino.
Incluso tras años siendo el Maoh, le seguía llamando la atención que la Tierra y aquel mundo poseyeran tantas y extrañas similitudes. A menudo inexplicables. Si obviaba los últimos acontecimientos, bien podría llegar a convencerse de que se encontraba en unos baños termales de Hokkaidou en lugar de un lugar perdido de Shin Makoku.
El acceso al baño era una larga pasarela de madera rodeada de vegetación. Al final se bifurcaba en dos, previsiblemente para separar entre hombres y mujeres. Empujando una puerta formada por cañas trenzadas con cuerda se encontró en un reducido estanque sobre el que pesaba una densa nube de vapor. Sentadas no cabrían más de seis personas, pero cumplía su función. Las orillas y el fondo eran de piedras oscuras, y una serie de paneles de madera separaban la masa de agua de los espacios contiguos. Un farol de cristal era el único punto de luz.
"Esto es un onsen en toda regla"
La única diferencia apreciable: no le habían proporcionado un yukata en la entrada, sino una toalla que dejó caer a sus pies sin demasiado reparo. Tampoco la típica toalla pequeña, aunque ya había notado que en Shin Makoku no se estilaba aquella costumbre en concreto —los mazoku usaban esponjas como los occidentales de la Tierra, aunque más ásperas—.
No había nadie más, aunque unas huellas en las irregulares escaleras de descenso ponían de manifiesto que alguien había estado hacía poco.
Titubeó un instante antes de meterse en el agua. Había aprendido a no depender de Shinou para elegir el momento de sus viajes entre dimensiones. Aun así… ¿Sería absorbido por el estanque y acabaría en la piscina de su patio en Japón?
La mera idea le provocó un terror cuyo origen no podía ubicar. ¿Su reacción lógica no debería ser ansiar estar en su casa, a salvo?
"No quiero abandonar Shin Makoku" se dijo. "No quiero dejarlos a su suerte"
"Me necesitan" quiso pensar. El mismo verde de siempre danzando ante él.
Sacudió la cabeza y se sumergió en la poza, hasta las clavículas.
El agua olía ligeramente a azufre, al igual que la mayoría de baños naturales de Japón, pero los arbustos que rodeaban el estanque conseguían que un perfume primaveral se sobrepusiera. Flores blanquísimas se inclinaban desde las finas ramas a besar el agua, desperdigando pétalos por la superficie. No las había visto nunca, así que tal vez solo podían crecer allí, con el calor constante y la intensa humedad.
Suspiró profundamente. La tensión parecía drenarse desde su cuerpo hacia el agua caliente. Los nódulos de rigidez se aflojaban y toda suciedad en general se quedaba en la poza. Durante la travesía por el río apenas habían podido adecentarse con agua fría. El cambio le hizo un bien insospechado.
Se hundió más, hasta que solo su rostro estuvo fuera, y dejó de pensar.
Podrían haber pasado minutos o más de una hora cuando la puerta que daba al estanque se abrió con un chirrido. Yuuri se incorporó en un instante y miró al recién llegado, con medio cuerpo fuera y chorreando agua.
Era Wolfram, envuelto en la toalla de cuerpo entero más grande que había visto nunca. Sus ojos verdes se desorbitaron al verle allí, inusualmente aprensivos. E hizo algo inesperado.
—Perdona, Yuuri —balbuceó, rompiendo el contacto visual—. No sabía que estabas aquí… Volveré luego.
Hizo un ademán de cerrar de nuevo la puerta. Aquella actitud era tan atípica en Wolfram que Yuuri permaneció congelado unos largos segundos. Lo esperable del mazoku si entraba en un baño y le encontraba a él era que se ofreciera a frotarle la espalda e incluso declararle su amor inmortal.
—¡Eh, no! ¡Wolf…! —exclamó cuando consiguió reponerse—. ¡Vuelve! No me importa: no es como si fuera la primera vez que nos bañamos juntos…
La mano de Wolfram se quedó suspendida en el picaporte. Después, con aparente reticencia, entró en el recinto y cerró la puerta a su espalda. Se dirigió al agua con pasos cortos y comedidos. Iba con la cabeza gacha, apretando con fuerza la toalla a su alrededor.
Nudillos blancos, estremecidos.
"¿Qué demonios…?"
—¿En serio vas a bañarte con la toalla puesta? —inquirió Yuuri, ceñudo, cuando el chico se sentó al borde de la piscina—. ¿Con qué vas a secarte luego?
Wolfram levantó la cabeza y le dedicó una mirada interrogante, perdida. Daba la sensación que no sabía muy bien cómo actuar y responder.
Fueron tal vez los instantes más incómodos de su vida. La conversación con Wolfram, más incluso que con Conrart, siempre fluía con pasmosa facilidad. Aunque con caracteres opuestos y niveles distintos de tolerancia, le resultaba sorprendentemente cómodo hablar con Wolfram.
Tras unos insoportables segundos, Wolfram agachó la cabeza. Titubeó antes de dejar caer la toalla, que se deslizó por sus hombros hasta arrugarse entorno a sus caderas.
El tercer hijo de Cecilie von Spitzberg siempre había parecido etéreo en todos los sentidos, atrapado en una realidad demasiado gris en la que estaba condenado a destacar. Desde la piel imposiblemente pálida, lisa y sin ninguna impureza, hasta el blanco pecho sin vello, estrecho y firme. El cabello dorado brillando como una aureola y los ojos verdes reluciendo en un rostro hermoso que dejaba en ridículo a los más perfectos bustos helénicos.
Había esperado encontrar aquella imagen de ensueño que siempre asociaba con él. Una prueba de que las cosas podían solucionarse.
La realidad le golpeó como una maza, privándole de aire.
Wolfram nunca había sido fornido, pero sí fibroso, estilizado y firme en todas partes como un joven árbol. Sólo entonces se dio cuenta de lo desmejorado que estaba. Había adelgazado tanto que podía contarle las costillas a simple vista, y sus brazos parecían frágiles a excepción de los definidos músculos de esgrimista.
Pero había más.
Tenía los pálidos hombros y la espalda llenos de cicatrices, algunas blanquecinas y otras tan recientes que aún parecían sangrar. Eran más gruesas alrededor de la columna que en los omóplatos y los glúteos, donde se tornaban en finos lametazos; a todas luces el extremo de un látigo abrazando la piel. Un moretón del tamaño de una nuez destacaba en su brazo izquierdo, y el elegante cuello presentaba tres hematomas ennegrecidos hechos con auténtica saña. Un extenso cardenal le ocupaba todo el costado derecho.
Yuuri fue incapaz de seguir mirando y giró la cabeza mientras Wolfram se sumergía en el agua y empezaba a frotarse la piel con especial cuidado, sin duda para no irritar sus heridas. Tal vez no había notado su escrutinio. O así lo fingía.
Con toda seguridad su actitud retraída obedecía a ocultar a toda costa sus heridas. Y él prácticamente le había obligado a lo contrario.
"Estúpido. Mil veces estúpido…" se castigó mentalmente.
Levantó una mano y delineó con aire ausente una de las heridas de su propia espalda: llegaba por encima de su hombro izquierdo, lo justo para que notara una textura distinta en la piel. Si él había estado a punto de perder el sentido tras la azotaina, no quería (ni podía) imaginarse lo que debía haber experimentado Wolfram tras un vapuleo semejante.
Obviamente no compartió con Wolfram sus comederos de tarro. Lo último que deseaba era que se sintiera violento. Solo supo que se sintió aliviado cuando el chico giró sobre sí mismo y las horribles marcas desaparecieron de su perspectiva.
Levantó la barbilla: Wolfram le estaba mirando. Había una enfermiza resolución en su mirada. Le hizo sentir incómodo.
—Debo discutir un asunto contigo —anunció de pronto
Yuuri echó un rápido vistazo alrededor. Estaban desnudos en un estanque termal, un pequeño remanso después de ser sacudidos por una corriente inclemente.
—¿Crees que este es el mejor lugar?
—Carece de importancia —protestó, su tono plano y sin altibajos—. Este es un lugar tan bueno como cualquier otro.
Frunció el ceño. ¿Por qué tenía aquel mal presentimiento?
—¿De qué se trata? —quiso saber.
Le vio morderse el labio inferior, la breve tensión que contrajo sus músculos. Titubeó. Todo su lenguaje corporal estaba aullando.
Después habló con absoluto aplomo.
—Solicito formalmente que anules nuestro compromiso.
lel
