OMG. 18.000 palabras. El capítulo más largo que he escrito jamás de los jamases. Me ha costado lo mío... Espero que valga la pena.
Gracias a todo el mundo el que lea y disfrute la lectura.
ADVERTENCIAS: Tortura, lenguaje soez y non-con (sexo no consentido) en este capítulo.
8
Auflösung
Disolución
La mente de Yuuri tardó una eternidad en procesar las palabras, en absorber el significado de la simple y lapidaria petición. Las preguntas se aglutinaban sin control.
No podía pensar. No podía moverse. Comprobó con horror que apenas podía respirar.
Abrió la boca y volvió a cerrarla varias veces, boqueando como un pez fuera del agua.
—¿Perdón?
De pronto toda la resolución de Wolfram pareció volatilizarse. Agachó… no, más bien dejó caer la cabeza: unos pocos mechones húmedos cayeron sobre su rostro ocultando parcialmente su mirada.
—Si tuviera pergamino y el sello familiar, lo pondría por escrito de forma oficial —aseguró—. Dadas las circunstancias, deberá valerte con mi petición en persona.
El mutismo de Yuuri no parecía querer desaparecer. De nuevo fue incapaz de articular una frase medianamente coherente. No conseguía poner nombre a todas las emociones que le abordaban, y la confusión era la más horrenda de todas.
Wolfram estaba a escasos cuatro metros de él, pero Yuuri tenía la impresión de que les separaba un precipicio. Sin pasarela ni fondo visible.
Era como si no reconociera al joven plantado frente a él.
No se había sentido tan alejado de Wolfram desde la primera vez que cruzaran miradas. Desde aquel choque inicial, Wolfram había empezado a subir peldaños en su jerarquía de seres queridos hasta que fue imposible imaginar un futuro sin él. Hasta que estuvo más cerca de él de lo que había estado nunca nadie.
Más que su hermano, más que Murata.
Mucho más que Conrart… y de una manera muy distinta.
Y allí estaba Wolfram, agrietando el frágil vínculo. Justo cuando Yuuri se sentía más necesitado de viejas costumbres, de patrones predecibles en un mundo que no dejaba de girar vertiginosamente.
—Dame una razón —exigió.
—Dame tú una para no hacerlo —rebatió el mazoku.
La réplica fue como si le hubiera dado un puñetazo; incluso se hizo imperceptiblemente hacia atrás.
"Hablas en serio."
Wolfram descruzó los brazos; los había mantenido frente a él como una especie de coraza. Sus manos pendieron a ambos lados de su cuerpo como si las fuerzas se hubieran drenado de su organismo.
—La única razón es que no hay razones para seguir comprometidos —afirmó—. Simplemente es eso.
Yuuri bufó. Le iba a costar mucho convencerle de que ese era el único motivo. Estaban sumergidos en una huida clandestina donde se jugaban más que la propia vida y Wolfram decidía discutir algo fuera de lugar en el momento más inesperado.
Era un asunto pendiente entre ambos, eso Yuuri debía admitirlo. Algo por lo que pasaba por encima de puntillas para evitar la tensión entre Wolfram y él. Era más fácil pretender que se trataba de una anécdota sin consecuencias que de un contrato que algún día debería hacerse efectivo.
Al principio, había recibido su compromiso accidental con una mezcla de pánico e incredulidad. Tras el shock inicial, la sensación había ido cambiando hasta ser dejadez. "Se solucionará con el tiempo", había pensado. ¡No había manera en que le obligaran a casarse con otro hombre!
En tiempos recientes, había empezado a sopesar las ventajas de mantener el compromiso… al menos por el momento. Wolfram estaba siempre a su lado: se le permitía acompañarle a lugares donde cualquier otro estaría vetado. Era positivo de cara a visitas diplimáticas a países extranjeros, donde tener un soldado durmiendo en su misma cama le había salvado de algún que otro intento de asesinato.
Wolfram siempre había defendido su compromiso con fervor. Que decidiera disolverlo era un giro argumental inesperado.
Demasiado, de hecho. Yuuri seguía sin dar crédito.
—La última vez volviste a restaurarlo después de aclarar las cosas —le recordó con cautela—. Perdona si no acepto tu palabra sin rechistar.
Supo que había tocado un punto sensible. Una espinita clavada en el costado de Wolfram.
Una flagrante muestra de debilidad. Al menos desde el punto de vista del orgulloso Lord Bielefeld.
—Eso fue muy distinto…
Aquellos caóticos días eran una especie de tabú entre ellos. Resultaba evidente que ambos se sentían incómodos al recordar aquel corto periodo que había forzado su amistad hasta el límite, así que existía un acuerdo tácito de no mencionarlo.
Yuuri aún tenía la sensación de que todo había sucedido a una velocidad vertiginosa, desdibujando los detalles en su memoria.
Al principio había sido un regreso como cualquier otro. Los habitantes del Pacto de Sangre le habían recibido con los brazos abiertos... Había tardado una cantidad considerable de tiempo en advertir la tensión subyacente en sus rostros, en la manera en que esquivaban asuntos apremiantes.
Wolfram seguía sin aparecer y Yuuri sospechaba que no le contaban toda la verdad.
Noches después, la patrulla Bielefeld había regresado con su líder malherido a lomos de su montura. Wolfram le había apartado la mirada mientras Gwendal le ayudaba a descender de su caballo, un gesto tan atípico que dejó a Yuuri descuadrado. Solo días después, al encontrar la nota en la que el muchacho rompía su compromiso, comprendió por qué.
Valtrana había propuesto a Wolfram como Vigesimoctavo Maoh en su ausencia. Y su amigo solo había aceptado bajo la firme creencia de que jamás volvería a verle. Asegurándose que sus ideales permanecieran para convertir Shin Makoku en un lugar mejor.
Las implicaciones políticas de aquel entuerto aún no estaban claras para él. Gwendal, Wolfram… los nobles en general actuaban movidos por un sentido del honor que aún entonces le parecía abstracto y carente de auténticas motivaciones.
Antes de marcharse en aquel fatídico salto temporal, había estado batallando en una guerra fría con los Diez Aristócratas. Porque el osado movimiento de Valtrana von Bielefeld había conseguido sembrar la duda. El plan de Wolfram, en respuesta, era lo único que había logrado que su suspicaz pariente le diera un voto de confianza.
Un plan de Wolfram tan arriesgado que podría haberle costado la vida.
Por poco lo había hecho.
Solo en aquel momento álgido, entre el viento y el agua, Yuuri había comprendido el alcance de la lealtad de Wolfram, hasta entonces opacada por la de Conrart. Jamás había barajado un escenario en el que Wolfram se dejara ejecutar por su mano solo para lavar su imagen frente a Lord Valtrana von Bielefeld. Pensar que alguien le profesara tal devoción aún le resultaba perturbador. Incluso un poco terrorífico.
Pero Wolfram le había mirado a los ojos sin un atisbo de miedo cuando el Maoh había desatado su cólera sobre él. Solo fascinación. Y esperanza.
Tras recuperarse, todo había vuelto a ser como antes… en apariencia sin secuelas. Solo había necesitado tender sobre los hombros de Wolfram un camisón rosa que su madre había encontrado en una boutique de la ciudad y el chico había recuperado su carácter temperamental e impetuoso —desequilibrado, hubieran dicho algunos—.
Lo que en algún punto del pasado hubiera crispado sus nervios, fue en su momento una fuente de profunda serenidad para Yuuri. No le gustaban los cambios, y ya había tenido los suficientes en su vida en poco tiempo como para permitir otro más.
Despertarse cada mañana con el peso caliente de Wolfram al otro lado del colchón, incluso en posturas grotescas e imposibles, le aportaba tranquilidad. Y también parecía equilibrar el voluble carácter de Wolfram, aunque siguiera acusándole de infiel y etiquetándole de "enclenque".
Precisamente por ello, la súbita petición de Wolfram resultaba más impactante.
El esquema de pensamientos de Wolfram debía ser muy parecido. Si miraba con atención, Yuuri podía ver los recuerdos de aquellos días turbulentos desfilar en su mirada.
—De eso hace cuatro años, Yuuri —murmuró, tan bajito que apenas fue audible—. Ha pasado mucho, incluso para un mazoku...
—¿De verdad, Wolfram? —le espetó, incapaz de morderse la lengua—. ¿Tanto como para desechar algo que has defendido a capa y espada durante años?
Un breve escalofrío sacudió los hombros de Wolfram; las palabras casi parecían haberle provocado en una molestia física.
—Han sido cuatro años muy largos —se defendió.
Yuuri tragó saliva. Wolfram no parecía querer ser razonable, esquivando con incomodidad el meollo del asunto. Al final liberó las palabras que habían bailado en su lengua en los últimos minutos.
—Wolfram… Si todo esto es por lo que te pasó, yo no…
La mandíbula inferior de Wolfram cayó levemente, aunque volvió a cerrarla en lo que parecía un rictus.
—No tiene nada que ver con eso —manifestó. No parecía haber sopesado siquiera la idea…o lo fingía muy bien—. Sé que jamás pensarías menos de mí por algo así.
Si bien la aseveración le inundó de alivio, solo trajo consigo más preguntas.
—¿Entonces por qué?
Era consciente que estaba forzando la paciencia de Wolfram. Si había algo que el joven no soportara era tener que repetirse o que alguien cuestionara sus actos o palabras. Oh, y Yuuri estaba tensando la cuerda más de lo considerado prudente. En el entrecejo de Wolfram empezaban a formarse unas arrugas de tensión.
Yuuri esperaba oír el célebre "enclenque" mascullado con irritación.
—¿Por qué pareces tan reticente? —susurró Wolfram en su lugar—. Has pregonado durante años que ese compromiso no significaba nada para ti.
Si había algo de resentimiento en sus palabras, hizo un impecable trabajo camuflándolo. Su entonación era desapasionada: no le estaba recriminando.
Algo tan impropio de él que Yuuri sintió miedo.
Un largo suspiro abandonó los labios de Wolfram: un gesto más para sí mismo, en aras de recuperar el control de la situación. Se llevó una mano a la sien izquierda, masajeándola mientras entrecerraba los ojos.
—No es por ti, Yuuri: es por mí —prometió, cargándose la responsabilidad.
"¿No había otra fase menos tópica? ¿Estamos en una película?"
Su indignación debió plasmarse en sus rasgos, pues Wolfram le interrumpió antes de que pudiera abrir la boca.
—Déjame hablar, por favor —exigió, levantando una mano en un gesto cortante.
Y Yuuri le dio el beneficio de la duda. Esperó de brazos cruzados a que el muchacho se explicara.
Wolfram no se dignó a establecer contacto visual.
—Ha pasado mucho tiempo desde aquel malentendido —explicó lentamente, con voz firme—. He aprendido a ver las cosas desde otro ángulo y, la verdad, no vale la pena hacerte pasar situaciones vergonzosas por proclamar que soy el prometido del Maoh. Entre nosotros sólo hay una buena amistad y eso no cambiará por mucho tiempo que pase —suspiró, y Yuuri creyó reconocer cierto aire melancólico en aquel sonido—. Si deshacemos el compromiso, cuando esta maldita guerra acabe serás libre de buscarte una esposa; tendrás libertad para casarte con quien quieras y formar una familia con una mujer que pueda hacerte feliz.
Su entonación era convincente, y al mismo tiempo a Yuuri le recordaba a los estudiantes que aprenden la lección punto por punto y la recitan textualmente en el examen. Como si hubiera planeado su discurso. Su tono monótono y desprovisto de emoción, mecánico.
Algo abominable parecía estar incubándose en la boca de su estómago. Debería estar experimentando un alivio desmedido, y no obstante cada palabra era como una puñalada.
El subconsciente le traicionó, transformando su voz en una inflexión estremecida.
—¿Lo dices de verdad? —preguntó en un hilo de voz.
Un atisbo de lengua rosada humedeció el labio inferior. Después Wolfram le miró, el verde de sus ojos tan hermoso y terrible como la primera vez que le vio.
—Sí —afirmó. Parecía sinceramente convencido—. Es lo adecuado: no vale la pena cargar con una promesa vacía. El compromiso sólo era algo "oficial", por decirlo de alguna manera. Sólo papel mojado. Será un alivio desembarazarse de algo así. Sólo crea incomodidad entre nosotros…
Yuuri seguía viendo algo fuera de lugar en su tono, en su postura. En la sonrisa adivinada que parecía fijada a la fuerza en sus comisuras.
Aquello no podía estar pasando…
Después intentó ordenar sus pensamientos y una nueva hipótesis afloró en su perspectiva. Una tan simple y obvia que no había querido sopesarla.
Tal vez Wolfram era sincero.
Su amigo había cambiado mucho desde que le viera por primera vez desde el pie de aquella escalera. Desde que le girara la cara de un —bien merecido— tortazo. El Wolfram con el que había chocado al convertirse en Maoh había hecho honor a su apodo de Lord Mocoso. Una criatura egocéntrica, elitista, prejuiciosa y con un temperamento insufrible.
El tiempo, sin embargo, se había encargado de limar tales defectos para resaltar sus innombrables virtudes. Conrart y Gwendal solían decir que la llegada de Yuuri había cambiado profundamente a su hermano. Cecilie afirmaba en tono soñador que el amor saca lo mejor de la gente.
Yuuri consideraba aquellas afirmaciones injustas. No aceptaba que le restaran importancia a Wolfram por su admirable evolución.
Tal vez su único mérito atribuible era haber sido un amigo para Wolfram. Desde el principio le había quedado claro (tanto por los retazos de conversaciones ajenas como por sus propias deducciones) que Wolfram había sido un niño solitario. Sin una figura paterna a la que amoldarse, con dos hermanos centrados en sus carreras y su historia personal con Conrart. Visualizaba perfectamente a un joven Wolfram sentado solo en el jardín real. Jugando solo. Retroalimentando su propia amargura hasta que se volviera insostenible y decidiera que volverse inalcanzable era la única manera de no sentirse tan desgraciado.
A Yuuri le parecía una eternidad, pero en retrospectiva se daba cuenta que Wolfram se había suavizado en los bordes en muy poco tiempo. Apenas quedaba nada de la personalidad intratable que el joven exhibiera cuando llegara por primera vez a aquel mundo.
Y después aquel abismo de tres años, con sus horrores y su dolor, se había abierto entre ambos sin que pudieran ver el fondo.
No iba a permitir que ése hecho echara a perder una amistad como la suya. Que destruyera todo lo que habían construido juntos.
—Quiero seguir siendo tu amigo, Wolfram —garantizó, intentando insuflar la mayor dosis posible de sinceridad en cada sonido—. Nada va a cambiar entre nosotros.
Titubeó un segundo antes de ponerle una mano en el hombro. Tocarle parecía un gesto atrevido en aquellas circunstancias, ambos desnudos y tras haber mantenido una conversación trascendental.
De un modo mecánico, Wolfram alzó una mano y le depositó sobre la suya. Tuvo la impresión que la sonrisa del mazoku temblaba por un momento, pero tal vez era solo un juego de la penumbra.
—No lo querría de otro modo —repuso el joven.
Dicho esto, Wolfram se dio la vuelta y salió del estanque, el agua adhiriéndole el cabello rubio al cuello.
Yuuri dejó la vista clavada en su espalda. Si obviaba su delgadez y las líneas irregulares que desfiguraban su lado posterior, aún podía entrever los hombros fuertes y las caderas pronunciadas que había admirado, con disimulo, en las escasas veces en que le había visto desnudo.
La toalla cubrió rápidamente aquella visión paradójica como quien oculta un lienzo rasgado. Y sintió una lamentable mezcla de alivio y remordimiento.
La primera vez que se bañó en el mar, Cecilie le había acercado a Wolfram una caracola de un rojo carmesí. La había presionado contra su oído hasta que el niño pudo escuchar con claridad un lejano e hipnótico arrullo.
"Es el canto del mar, Wolf. El mar vive en el interior de las caracolas y canta en cada una de ellas"
Su madre amaba el mar: saltaba a la vista para cualquiera que la conociera. No perdía oportunidad de marcharse en algún crucero de varios días y, si podía elegir, sus viajes diplomáticos eran en barco.
Desde pequeño, desde antes incluso de realizar un pacto con Halégyr en el Templo del Fuego, Wolfram había detestado los barcos. La primera vez que puso un pie en un uno, vomitó de forma automática. Empeoró con la edad, hasta tal punto que se sentía incapaz de mantener la verticalidad o retener algo en el estómago por más de unas horas.
Al final había acabado excusándose con más frecuencia de los viajes por mar. Por prescripción de Julia, todo hay que decirlo. Pasó casi veinte años sin poner el pie en una embarcación. En su lugar, fue creando una impresionante colección de caracolas marinas que le traía su madre. Cada vez, nada más desembarcar, Cecilie le entregaba una nueva adición: caracolas con formas imposibles, diseños psicodélicos y colores espectaculares.
Cada vez, Wolfram la pegaba a su oreja y suspiraba al oír las olas en su cabeza. Cada noche en la que Cecilie no estaba, en la que sus hermanos no estaban, se dormía escuchando las olas.
El mar le odiaba, pero él no se daría por vencido.
Tenía casi sesenta cuando Anissina lo encontró sentado en el patio interior del Pacto de Sangre, con una caracola de un azul eléctrico con franjas doradas pegada al oído. Escuchando el mar.
—¿Puedo? —había preguntado.
Wolfram se la había tendido. Anissina observó la concha por todos los costados y al final la había pegado a su oído.
"Sabe que lleva la canción del mar" se recordaba pensando. Incluso alguien como Anissina se dejaba seducir por un pedazo de magia innata.
—Fascinante… —la voz de Anissina sonaba relajada—. ¿Sabías que el sonido que oyes es el de tu propia sangre reverberando en el interior de la caracola? La forma es perfecta, un amplificador con la curvatura idónea. Aumenta cada mínima vibración —se le iluminaron los ojos—. Esto me da una idea. Crearé el Oye-Todo-A-Tu-Alrededor-kun. Una maravillosa obra que ayudará a aquellos que han perdido la audición a poder disfrutar de nuevo de los sonidos del…
Wolfram no oyó ni una palabra más. Se la quedó mirando con los ojos como platos, aunque era incapaz de comprender lo que decía. Su mente actuaba de pronto como una caracola. Ya no era un rumor tranquilizador: más bien era un zumbido molesto, desquiciante, que inundaba su cabeza y le impedía pensar.
En aquel pasillo vacío, descalzo sobre un suelo entarimado, sentía que el engañoso ronroneo del mar anegaba su raciocinio, su propia consciencia, hasta asfixiarle. Exactamente la misma sensación.
Solo que multiplicada hasta el infinito. Dejando tras de sí un aturdimiento momentáneo que le había mantenido en el limbo durante unos cuantos pasos mecánicos.
Su mundo colapsó sobre sí mismo en un fatídico instante, cuando fue consciente de la magnitud de lo que acababa de hacer.
En cuanto se perdió de la vista, en un estrecho pasillo que parecía llevar a la lavandería, corrió a dejarse caer en la pared más cercana antes que las rodillas le fallaran. Solo entonces permitió que los estertores se adueñaran de su pecho, comprimiendo en espasmos su caja torácica al ritmo de sus crecientes sollozos.
Apoyó una palma en la pared, tal vez lo único que evitó que se desplomara del todo, y su mejilla le siguió hasta descansar sobre los nudillos.
Shinou… Unos segundos más y se habría desmoronado frente a Yuuri.
Se permitió sentirse ufano por la capacidad de ocultar su desdicha. Era algo que se le daba bien, incluso desde pequeño. Esconder los alaridos de impotencia, los quejidos de su corazón desgarrado; retorcerlos en pequeños núcleos hasta que solo fueran sonrisas impávidas.
No había perdido el toque.
Yuuri no había visto las profusas lágrimas de desconsuelo, surcando sus mejillas e inundándole los labios de un sabor salado y amargo al mismo tiempo.
"Es lo mejor... No mereces cargar con algo que es sólo mío..."
Lo mejor era restañar la herida antes de que ésta le desgarrara el alma.
Se había permitido un breve periodo de regodeo, un frugal sueño de autoindulgencia. Aceptar los abrazos de Yuuri. Que le tomara las manos para calentárselas.
Pero tras el efímero remanso la verdad había vuelto a embestirle como una avenida.
¿Cómo podía pretender que algún día todo volvería a su cauce habitual cuando tal cosa era imposible?
Al menos para él.
Yuuri, como de costumbre, no era consciente de las repercusiones más básicas de los hechos. No era capaz de ver cómo los pequeños incidentes cambiaban el gran esquema del mundo. No sabía que por mucho que fingiera que todo volvía a la normalidad entre ambos, dicha posibilidad les había sido arrancada.
No solo había perdido el derecho a siquiera optar a ser el consorte de Yuuri; a ser reconocido como tal… aunque no hubiera nada real entre ambos.
Ya no se trataba de sí Yuuri le correspondería algún día (cosa que dudaba) o no. Era más sencillo que todo eso. No iba a perder algo que jamás había conseguido. Eso sería como pestañear una mañana y olvidar un sueño larguísimo.
Su pérdida sería algo íntimo, vital, que había dado por sentado hasta entonces.
En cuanto la naturaleza de su cautiverio llegara a los oídos de los Nobles, perdería el derecho a estar cerca de él. El simple hecho de que compartiera habitación con Maoh era un desacato manifiesto a las leyes de protocolo y decencia.
Su incompetencia había permitido que algo que debía pertenecer al Maoh hubiera sido reclamado por un enemigo. Poco había más ignominioso de acuerdo a las antiguas leyes.
Si algún día los mazoku expulsaban a los invasores y recuperaban Shin Makoku, no habría nada que le permitiera permanecer en el Pacto de Sangre. Le arrancarían el humilde rango militar que había alcanzado; su derecho de nacimiento a heredar las tierras Bielefeld.
A efectos prácticos, se le estaría prohibiendo que viera o hablara jamás con Yuuri.
Lo más doloroso de todo el asunto era que él estaba de acuerdo en aquel razonamiento.
Tragó saliva en un intento de serenarse. Su pulso se había normalizado y ya no le temblaban las piernas. Se veía capaz de llegar hasta la habitación sin toparse con el suelo. Se incorporó con esfuerzo: sus miembros parecían lastrados con plomo cuando por fin se decidió a moverse.
Si las historias de Günter contenían algo de verdad, los antiguos se habrían apresurado a separar a una criatura mancillada del Maoh elegido por poder divino. Antaño se creía que el compañero del Maoh debía ostentar una pureza anímica y física máximas para poder ser aceptado como Consorte.
De otra manera, el derecho divino del Rey Demonio sería puesto en entredicho.
Intentó verse a través de los ojos de Yuuri, la persona con el alma más pura que conocía. ¿Podía ver la mancha que se adhería a su espíritu? ¿Se estremecía con su cercanía como si estuviera junto a algo corrompido?
"Le repugno. La asquea mi cercanía, pero es demasiado magnánimo como para apartarme."
Si tuviera un mínimo de dignidad, de honor, se mantendría alejado de Yuuri para que su cercanía no le contaminara.
Oh, pero había echado tanto de menos su proximidad. El tacto de sus manos. Su olor exótico y dulce. El sonido de su risa. ¿Cómo podía no caer de nuevo?
Esbozó una sonrisa melancólica y rígida, histriónica, mientras se limpiaba las lágrimas con la base de la palma. Siguió andando.
Lo había cortado de cero, restañando la herida que había crecido más y más en los últimos años.
Con un poco de suerte, habría llegado a tiempo para no desangrarse.
Yuuri permaneció inmóvil, con medio cuerpo dentro del agua, durante unos interminables minutos después de quedarse solo. Después, paulatinamente, se dejó hundir en el agua hasta que ésta le llegó a la barbilla.
Sus pensamientos parecían sacudidos por un maremoto. La sensación era muy parecida a cuando el torbellino de agua le arrastraba entre mundos, tirando de él en todas direcciones hasta que solo el rumor del agua inundaba su conciencia.
"¿Qué demonios acaba de pasar?"
Un rinconcito de su cabeza había esperado que Wolfram se enfureciera por el beneplácito a su decisión. Le hubiera aliviado que el joven se hubiera puesto hecho una furia y hubiera amenazado con carbonizarle.
"¡Enclenque infiel! ¿¡Me dejas ir con tanta facilidad!? ¿¡Acaso tienes una chica en algún lugar y quieres desembarazarte de mí para volver a sus brazos!?"
Dioses, se hubiera echado a reír a carcajadas si fuera el caso. Por la simple satisfacción de recuperar al Wolfram de antes.
No había habido gritos, ni acusaciones, ni miradas chispeantes de celos.
En su lugar, una fría petición carente de apegos.
Cerró los ojos unos instantes, tratando de elegir qué era aquella desagradable emoción que le había vaciado por dentro. Muy en contra de lo que todos pensaban, sí tomaba en serio los sentimientos de Wolfram. No era tan estúpido como para no advertir que el joven mazoku sentía algo por él. Si era curiosidad, atracción o… en fin, amor, él no lo sabía. Tampoco iba a preguntárselo.
No había necesidad. Porque no había manera en la que aquello acabara bien para Wolfram, fuera cual fuera su respuesta.
Yuuri había confiado desde el primer momento que darle largas arreglaría el asunto. Elizabeth había sido una oportunidad caída del cielo, pero Wolfram la había desechado desde el punto de vista romántico sin pestañear. Eventualmente, por lógica, Wolfram se cansaría de esperar algo que jamás llegaría y pasaría página, divergiendo sus atenciones a alguien que pudiera corresponderle.
En los últimos meses (para él), no obstante, había admitido para sí mismo que había subestimado la tozudez y la pasión desbordantes de Wolfram. Si bien había dejado de ser tan violento en la manifestación de sus afectos y emociones, parecía igual de firme respecto a su compromiso.
Hasta aquel último y desafortunado encuentro.
Abrió los ojos y observó la nube de vapor que ondulaba en la oscuridad. ¿No era eso lo que había deseado? ¿Era lo pronto que había sucedido, lo repentino, lo que le molestaba en realidad?
Se puso en pie y salió del estanque, estremeciéndose cuando el agua se enfrío nada más gotearle por el cabello y descender por su espalda. Se tomó un tiempo exageradamente largo en secarse, molestándose incluso en vaciar el agua de sus oídos.
Cualquier cosa para retrasar el incómodo e inevitable encuentro.
Mientras atravesaba el corredor vacío con intencionada lentitud, sopesó la idea de llamar a la puerta de Conrart y pedir dormir con ellos. La descartó con rapidez: ¿cómo se sentiría Wolfram si después de prometerle que todo seguía igual evitaba compartir habitación? Sería una hipocresía inaceptable.
Estaba pensando demasiado y con ello iba a solucionar poco o nada. Con las mejillas ardientes, Yuuri aceleró y siguió su camino.
Había contornos de pies descalzos justo a la entrada de la puerta, huellas húmedas que empezaban a desvanecerse sobre la tarima. Wolfram estaba dentro. La evidencia hizo tambalear su resolución.
¿Qué actitud debía adoptar? ¿Debía fingir que no había pasado? ¿Mostrarse molesto? ¿Aliviado?
¿Cómo se supone que tratas a tu ex, con quien tienes que compartir cama?
"Esto parece el argumento de un shoujo malo…" se dijo con sorna. "El joven Shibuya Yuuri, estudiante de diecisiete años, se ve obligado a compartir cama con un espectacular bishounen que resulta ser… ¡su ex – prometido!"
Ugh. Lo peor del asunto era que con toda seguridad sería un éxito de ventas. Más si decidían poner la cara de Wolfram en la portada.
Se río de sí mismo por un breve instante. A veces sus desvaríos se pasaban de la raya. Apoyó la mano en el pomo y entró, achicando los ojos para acostumbrarlos a la semi oscuridad.
La cama estaba vacía, las mantas levantadas pero sin ningún ocupante.
Pestañeó varias veces, desconcertado, hasta que vio el bulto en una esquina. Wolfram estaba tendido en un delgado jergón en el suelo, arrebujado en una colcha de retazos multicolores y de espaldas a la puerta.
—¿Qué haces en el suelo, Wolfram? —preguntó, desconcertado.
El aludido no se dignó a mirarle al responder.
—Ya no estamos prometidos —le recordó—. Sería inapropiado que compartiéramos cama.
Yuuri pestañeó varias veces con aturdimiento. Lo había hecho demasiado en las últimas horas; sin duda desde fuera debía presentar un aspecto bobalicón.
—Te lo dije —murmuró con cautela—: nada va a cambiar.
Dado que Wolfram no parecía dispuesto a discutir, se acercó a pasos deliberadamente sonoros y puso los brazos en jarras.
—Oficialmente, el compromiso todavía existe —bufó—. Tú mismo lo dijiste: no hay nada de inapropiado en compartir cama.
Intentó ignorar la resolución con la que dijo la última frase. Wolfram seguía en silencio, así que le pateó suavemente por encima de la cobija con un pie. Un ojo verde curvado en una expresión asesina le observó entre los pliegues de la sábana.
—La cama es lo bastante grande para los dos —masculló—. Y el suelo no parece muy cómodo.
Wolfram hundió de nuevo la nariz en la improvisada almohada.
—He dormido en sitios infinitamente peores —protestó en un gruñido—. Ahora ya he entrado en calor, así que no importa.
—Pero…
—Duérmete, Yuuri —gruñó Wolfram, dando por zanjado el desacuerdo.
Dicho esto subió el borde de la sábana hasta que solo la parte superior de su cabeza fue visible. Yuuri torció el gesto y bufó.
—¡Vale! —siseó—. ¡Haz lo que quieras!
Se dirigió a la cama a largas zancadas y separó las cobijas. Se dejó caer con más fuerza de la justa, asegurándose de que Wolfram escuchara el crujido de la cama y el furioso tirón que dio a las sábanas para cubrirse.
Cuando por fin reinó el silencio, era su pulso el que le martilleaba la cabeza. Al apoyar la mejilla en la almohada, la notó incandescente contra la tela fría. Estaba seguro de que estaba frunciendo el ceño en la oscuridad.
"Estúpido Wolfram…"
Dio gracias al baño caliente que había relajado sus músculos, porque estaba convencido de que el sueño tardaría en dignarse a visitarlo.
La noche había caído horas atrás sobre el territorio Spitzwerg, pero Gwendal seguía sentado en su escritorio haciendo cálculos y garabateándolos en hojas que acababan en el fuego.
Lord Wincott solicitaba el envío de al menos doscientos hombres para defender su territorio. Con urgencia. Todo era urgente en aquellos días oscuros. Gwendal llevaba desde mediodía valorando a posibilidad, analizando rutas rápidas y seguras y las alternativas.
Se le agotaba el tiempo. Wincott estaba a punto de caer, y Christ sería el siguiente. Con ello, Spitzwerg quedaría cercado por los cuatro costados.
Gwendal sabía muy bien cómo acababa una situación como esa. Sin una vía de escape, ni siquiera en dirección oeste, no había esperanza.
Apretó el entrecejo hasta que puntos blancos danzaron en su campo visual. Al contrario de lo esperado en el Jefe de Estado, estaba desviando parte de sus energías mentales hacia una cuestión menos trascendental pero igual de apremiante.
No había recibido ninguna misiva de Yozak en días, lo cual le había mantenido en una tensión insoportable. Había intentado razonar consigo mismo, dándose razones para no alarmarse.
"Tal vez no pueda conseguir un ave mensajera con tanta facilidad"
"Habrá tormenta en el sur, así que tal vez el pájaro haya muerto"
Y la más probable.
"Están en el mismo corazón de zona hostil. No se atreve a mandar un mensaje cuando hay ojos enemigos observando"
A pesar de sus feroces intentos de autoinfundirse serenidad, los escenarios macabros desfilaban en su cabeza con ofensiva facilidad.
Conrart atravesado por decenas de flechas al interponerse entre el Maoh y sus enemigos. Un vórtice de maryoku consumiendo a Yuuri hasta hacerlo desaparecer en la cólera de su propio poder.
Los ojos de Wolfram, opacos, mirando hacia el cielo sin ver nada en realidad.
El golpeteo en el exterior del cristal fue una fortuna, obligándole a focalizar su atención en asuntos más apremiantes.
Esa vez, Yozak había usado un pájaro harto más discreto que una paloma.
Un gorrión tiritaba contra la ventana, las plumas ahuecadas a su alrededor como una capa protectora. Gwendal trató de controlar la mezcla de calidez y compasión que se apoderó de él mientras se apresuraba a abrir la ventana y a atrapar con cuidado a la diminuta criatura. Lo depositó en una pequeña jaula, donde la avecilla se apresuró a atiborrarse de semillas, y a continuación desenrolló el diminuto pergamino.
La nota estaba escrita en tinta roja y con una caligrafía tan curvada y exuberante que nadie dudaría que perteneciera a una mujer.
"Oh, Mi Capitán… Capitán de lo Adorable ~,
Disculpa el retraso, pero había aguas turbulentas. Hemos sacado al cachorro de lobo del cercado. Camina por si solo pero no parece morder. Será un buen perro pastor.
Lo llevamos a través de la tierra negra hasta donde crecen las rosas; tal vez allí tenga más alimento. ¿Seguimos con el plan?
Siempre tuya,
La Bella Pastora"
Gwendal frunció el ceño. Gurrier había tenido la desfachatez de dejar la impresión de sus labios pintados en la esquina del papel. Justo al lado de una última frase.
P.D. El cachorro de lobo no le gruñe a nuestra oveja negra.
Gwendal no pudo retener un largo suspiro de alivio. Algo tan profundo que le hizo sentir ligero, como si hubiera soltado de golpe un peso aplastante que no había notado hasta entonces.
No solo Wolfram y Su Majestad estaban a salvo en el momento de enviar la misiva, sino que al parecer todo estaba en orden en la actitud de su hermano. Sus peores temores seguían sin confirmarse, lo cual aún le permitía tener un estrecho margen para la esperanza.
"A través de la tierra negra hasta donde crecen las rosas"
Estaban en Rochefort, entonces. Encaminados hacia Spitzwerg.
Analizó el mapa de Shin Makoku que ocupaba casi toda la mesa, descolorido y pintarrajeado con decenas de líneas y círculos de tantos colores que ya no tenía claro a qué pertenecían. Apuntó a Puerto Púrpura y resiguió con el dedo la ruta probable que Weller y el resto debían haber tomado para dirigirse a Spitzwerg.
Retuvo el aire un doloroso instante, las alarmas disparándose en su cabeza.
No. La trayectoria que perseguían les llevaría por territorio Radford.
Justo el nuevo frente que sus hombres habían luchado por defender durante los últimos cuatro días. Sin demasiado éxito, a juzgar por las decenas de cuerpos devueltos a Spitzwerg. Una pequeña parte de los caídos.
No iba a permitir que cayeran de bruces en el campo de batalla. No después de lo lejos que habían llegado.
Tomó una de las tiras de papel cuidadosamente cortadas para mensajería y garabateó once palabras.
"Hay alimañas antes de los prados. Será mejor pastar en altura"
Ató la misiva a la pata del ave escogida, una belleza de plumas del color de la brea y enormes ojos dorados. En cuanto abrió la ventana, el animal se lanzó hacia la oscuridad sin mirar atrás, extendiendo las gigantescas alas en un planeo silencioso.
—Vuela rápido —urgió.
El viento soplaba del norte. Con un poco de suerte, en dos días el mensaje llegaría a Gurrier.
No había nadie en los pasillos sombríos. Ni siquiera guardias en las esquinas o custodiando las estancias de las personas importantes. La suela de sus botas en los inmensos corredores provocaba un eco vano, aciago.
Era una sensación que Gwendal no había conocido desde que fuera niño. Desde aquel periodo borroso en su memoria en la que solo fueron Cecilie y él. Vacíos, atrapados en un palacio interminable en el que podía pasar horas sin cruzarse con otro ser vivo.
La llegada de Conrart y después de Wolfram había traído luz y sentido a su mundo.
Tomó aire antes de llamar a la puerta doble de caoba. Una voz de hombre le permitió el paso.
Solo había tres ocupantes en la estancia, aunque contar a Raven como ocupante era ir muy lejos. La mayor parte del tiempo se limitaba a permanecer en silencio y a apoyar las opiniones de Stoffel cuando así lo consideraba oportuno. Ocasionalmente, aceptaba con honorable impasibilidad las abiertas atenciones de Cecilie.
Eso, claro está, había sido antes de aquella maldita guerra.
Los ojos verdes que habían estado observando el retrato de Adolph von Spitzwerg, su bisabuelo, se volvieron poco a poco hacia él. Meditabundos.
Cecilie había envejecido de golpe desde que empezara la invasión. No aparentaba ni un año más que durante su reinado: probablemente alguien que no la conociera íntimamente no notaría la diferencia. No obstante, para los que la querían era desconsoladamente obvio.
Que algo había muerto tras su mirada el día que le habían arrebatado a su benjamín. Como una joven con ojos ancianos. Trágico como poco.
—Gwendal, tesoro —murmuró Cecilie, poniéndose en pie tras dejar sobre la mesa la taza de té que había estado sosteniendo, sin duda fría.
Su tono era expectante. Casi se diría que intuía una buena nueva. Su expresión le resultaba terriblemente familiar a Gwendal. La misma mezcla de pavor y esperanza que había pintado su rostro cada día mientras aguardaba el regreso de Dan Hiri Weller.
A diferencia de la vez anterior (de demasiadas ocasiones anteriores), la antigua Maoh tendría razones para sentirse optimista.
—Wolfram está de camino, Madre —reveló—. Y también su Majestad Yuuri. Conrart y Gurrier los traen de vuelta.
Hubo un silencio preñado de expectativas. Un momento extraño en el que los ojos de Cecilie se agrandaron como platos y se quedaron así, sin pestañear. Tras una pausa inexplicablemente larga, un atisbo de vida chispeó en sus ojos verdes. Un soplo de esperanza que iluminó todos sus rasgos.
—¿Es eso verdad, Gwendal…? —los labios de color cereza apenas se movieron al hablar—. ¿Nuestro Wolf está… vivo?
Gwendal intentó atesorar el momento, plasmarlo en su memoria para que le acompañara en los próximos días. Tal vez fuera la última buena noticia en mucho, mucho tiempo.
—A no ser que Gurrier esté demostrando un retorcido sentido del humor, así es —confirmó.
La mano de Cecilie acudió rauda a cubrirse los labios. La segunda la siguió en el mismo momento en el que sus ojos se tornaban acuosos y se inundaban de lágrimas. La Maoh dejó atrás toda su entereza para postrarse en el suelo, inclinando la cabeza y apretando los nudillos contra sus labios.
—Gracias, Shinou… —gimoteó contra sus dedos entrecruzados—. Solo él sabe cuánto he rezado por esto…
Las manos de Stoffel se cerraron entorno a sus hombros, enormes en comparación a las delicadas curvas de su hermana.
—¿Qué ha pasado? ¿Cómo han burlado a los soldados? ¿Cómo ha vuelto su Majestad de-?
—No conozco los detalles —Gwendal no sintió ningún remordimiento al cortar la verborrea de su tío—. Los mensajes de Gurrier son escuetos por obvios motivos. Solo he podido dilucidar que están cruzando el territorio Rochefort.
La expresión de Stoffel se endureció, dividida entre la preocupación y la serenidad.
—Eso les conducirá por Radford. Shinou…
Cecilie miró primero a su hermano y luego a su primogénito. Su expresión se tiñó de horror en el momento en que comprendió las implicaciones. Se puso en pie con brusquedad, casi golpeando la cabeza de su hermano.
—¡Debemos enviar a alguien a por ellos! —exclamó Cecilie—. ¡Envía a tus hombres, hermano! —añadió, volviéndose hacia Stoffel.
Por un momento, Lord Spitzwerg pareció sopesar la opción. Gwendal sabía hacia dónde se dirigía el esquema de pensamientos de su tío. Se veía a sí mismo como el salvador del Maoh, cabalgando al frente de un pequeño escuadrón y abriéndose paso entre los soldados del Imperio.
Había muy poco que Stoffel no haría por impresionar a Yuuri.
—Por seguridad, Yozak no ha especificado la posición en la que se encontraban —explicó, notando palpitar la traicionera vena en su sien—. El mensaje tiene por lo menos tres días: es difícil predecir dónde están ahora. Enviar a alguien a su encuentro sería contraproducente a la par que arriesgado.
Cecilie miró alternativamente a los tres caballeros presentes, como si no concibiera que no compartieran su opinión. Se volvió como un tornado reluciente hacia la puerta, sus tacones de aguja repiqueteando en el suelo impoluto.
—¡Iré yo misma, maldita sea!
Todos los presentes sabían que Cecilie von Spitzwerg era muy capaz de cometer tal insensatez. Por la mente de todos desfiló la imagen de la ex-Maoh ataviada de cuero rojo y lanzando gigantescas bolas de fuego a sus enemigos.
De alguien había heredado su hijo el temperamento y la precipitación.
Cecilie frenó en seco cuando encontró su camino bloqueado por Raven. La mujer cuadró los hombros con expresión temible.
—Apártate, Raven —exigió en un siseo.
El aludido no se movió ni un milímetro. Con el labio fruncido, Cecilie giró sobre sí misma para encararse a Stoffel y Gwendal, que se habían acercado unos pocos pasos en su dirección.
—Os recuerdo que sigo siendo la única capaz de usar maryoku en cualquier parte —masculló, sus ojos dos fogonazos verdes—. Si alguien se interpone entre mi Wolf y yo, acabará convertido en un montón de cenizas.
Era evidente que le costaba ser racional cuando su retoño estaba implicado.
—Sé razonable, Chêri —murmuró Stoffel con cautela—. No puedes pretender que te permitamos tal insensatez.
—El secreto es su mejor baza —añadió Gwendal, conteniendo la angustia de enfrentarse a su propia madre—. Cuatro personas tienen más posibilidades de escabullirse que un ejército, por humilde que sea.
La impotencia iba haciéndose patente en cada rasgo del perfecto rostro de Cecilie.
—¿¡Pretendéis que me quede de brazos cruzados mientras dos de mis hijos están en peligro de muerte!? ¿¡Te estás oyendo, Gwendal!? ¡Estamos hablando de Wolf y Conrart!
Gwendal nunca hubiera imaginado que ser increpado a gritos por su madre le resultaría tan doloroso. Un nódulo opresivo de remordimiento parecía presionar contra su diafragma hasta que le faltó el aire.
—Madre —habló, usando su tono más fraternal—: Conrart y Wolfram son perfectamente capaces de desenvolverse en situaciones de riesgo. Ambos han sido entrenados para ése fin. Confía en ellos.
Oh, cómo desearía tener tanta fe como predicaba. Poseer el convencimiento de que sus hermanos sobrevivirían en un mundo que devoraba hasta los huesos a cualquiera que se opusiera a él. Le hubiera dado paz mental, algo de lo que andaba muy necesitado.
Pero no se rebajó a engañarse a sí mismo. Su madre era otro asunto.
Advirtió el momento en el que Cecilie empezó a temblar, sus puños tan tensos que sus numerosas pulseras tintinearon. Algo chisporroteó entre sus dedos estremecidos.
—Chêri… —murmuró Stoffel, alargando una mano en su dirección.
Cecilie cerró los ojos y chilló. Su maryoku se liberó con brusquedad, pequeñas llamaradas explotando en todas direcciones. Gwendal tuvo el tiempo justo de hacerse a un lado: un proyectil llameante le rozó la oreja, chamuscándole unos cuantos cabellos.
Un silencio sepulcral reinó en la sala, solo alterado por la respiración jadeante de Cecilie. Levantó la barbilla, dedicando miradas fulminantes de un verde tóxico a los presentes. A continuación, se marchó dando un portazo, dejando a tres hombres patidifusos y unas cortinas carmesí en llamas.
—Entrará en razón… tarde o temprano —opinó Raven.
Era lo primero que Gwendal le oía decir desde que había entrado por la puerta. Y también lo último, dado que se marchó con su habitual sigilo tras el torbellino dorado que arramblaba por los pasillos. Pudieron oír con claridad una retahíla de maldiciones con un "¡Hombres!" final bufado con especial resquemor.
Sonó demasiado a Lady Khrennikov. Gwendal se llevó una mano a las sienes, intentando contener el estremecimiento.
Stoffel se incorporó tras haber apagado el fuego que consumía los cortinajes. No se giró, observando en su lugar el jardín oscuro que se abría bajo la ventana.
—¿Hay algo más que quieras compartir conmigo, Lord Voltaire?
Gwendal retuvo el aire un instante muy largo. Subestimar a Stoffel era un error. Uno en el que caía una y otra vez.
—Gurrier se ha molestado en denotar su opinión sobre la salud mental de Wolfram —explicó—. Deduzco de sus palabras que Wolfram no ha intentado en ningún momento un gesto hostil hacia su Majestad ni hacia ninguno de ellos.
—Tampoco había atentado nunca contra ningún Noble pero asesinó a Lord Khrennikov. Que no ataque al Maoh no descarta un cambio de lealtades.
—Por supuesto —coincidió Gwendal—. No obstante… Si realmente nos hubiera traicionado, ¿no sería lógico aprovechar cualquier oportunidad para acabar con el Maoh de Shin Makoku?
Stoffel se rascó la barbilla con aire pensativo.
—Quién sabe cómo piensan aquellos que abandonan sus antiguos lazos para encomendarse a otro señor… —elucubró—. En las mentes retorcidas de los traidores no existe la lógica.
Fue más de lo que Gwendal pudo soportar. Cuadró los hombros y le dedicó a Stoffel su mirada más amenazante.
—Es de mi hermano del que estáis hablando —explotó, luchando por mantener un tono educado—. Os conmino a ser prudente con vuestras palabras cuando os dirijáis a Lord Wolfram von Bielefeld.
Los labios de Stoffel se cerraron en una curva irritada; su rostro se llenó de arrugas de tensión.
—Cuidado, Lord Voltaire —masculló—. Puede que seas mi sobrino, pero en este territorio yo soy la autoridad. El único motivo por el que te permito permanecer en este palacio es porque tu madre es mi amada hermana.
Gwendal cerró el puño varias veces de forma espasmódica para evitar enterrarlo en el rostro de su tío.
No albergaba duda alguna que Stoffel podría mandarle de vuelta a los territorios Voltaire si seguía tensando la cuerda. Era evidente que Lord Spitzwerg no toleraban bien la presencia de otro líder en sus dominios. Los encontronazos entre ambos parecían aumentar exponencialmente en los últimos meses, alimentados por la forzada convivencia.
Además… Sin duda Stoffel no le había perdonado el papel clave que tuvo en su destitución como Regente. Era una cruz que agradecía llevar solo, sin que alcanzara a sus hermanos.
Lord Spitzwerg se crecía ante la adversidad, alimentando su ego ante la oportunidad de tomar las riendas de un reino en crisis. Era un peculiar rasgo de carácter que había aflorado casi treinta años atrás, durante la Guerra.
Ya entonces Gwendal había tenido una posición decisiva en el funcionamiento del país, tanto como General del Ejército como a título de administrador de la nación. La llegada del conflicto a sus puertas le había obligado a focalizarse en dirigir a las tropas, dejando un vacío tácito de poder que Stoffel había ocupado de buen grado.
Las noticias de Ruthenberg le habían alcanzado estando en el frente, defendiendo por el oeste el territorio Gyllenhaal. Entonces la disyuntiva le había desgarrado en dos, dividido entre acudir a apoyar a Conrart y los otros mestizos en una misión suicida o volver al Pacto de Sangre y estrangular a su tío con sus propias manos.
Para cuando llegó a Ruthenberg, la comarca en sí era solo un páramo cubierto de cadáveres y cenizas. Nadie había sobrevivido.
Había guardado luto durante días, intentando escoger las palabras exactas que utilizaría para anunciar a su madre que su hijo había muerto. Imaginó mil maneras distintas en las que mataría a Stoffel por la despótica orden que había condenado a los mestizos del país a un final horrible.
Apenas dormía. No comía. Solo… funcionaba de algún modo. Aullando en el interior de su cabeza.
Y entonces, cuando la guerra se había dirigido a un colapso inevitable, un soldado de su división acudió a su campamento con la buena nueva: Gurrier había arrastrado al malherido Conrart lejos del campo de batalla, salvándole la vida.
Solo la llegada apresurada de Gisela, tres días después, había impedido que Conrart siguiera a Julia en un final dramático. Para entonces Sir Weller había agonizado durante más de una semana. La hija de Lord Christ había asegurado que algún ser divino le quería vivo. Que no había explicación plausible para que hubiera resistido tanto tiempo.
Cuando Conrart volvió a la vida, la amargura sin fin de la guerra había quedado plasmada en su mirada. Un dolor interminable que le atenazaría tanto como viviera.
Nunca volvería a ser el mismo. Ninguno podría.
Gwendal no podía evitar el pensamiento intrusivo, el resquemor apenas camuflado: que Stoffel había llevado a Julia a la muerte y a Conrart a la perdición. Al país entero a una guerra sin ganadores. Sin maldad, solo con avaricia y ansia de poder desmedidas.
Lo cual, si lo pensaba bien, lo hacía todo más lamentable.
Gwendal se mordió la lengua para ahogar la réplica mordaz que desataría la cólera de su tío. En su lugar le dedicó una breve inclinación, mecánica y ligera, y salió de la habitación con un golpe que hizo retumbar los goznes.
La tensión insufrible en su cabeza se atenuó solo un poco al verse solo. No se sentía con fuerzas para discutir con Stoffel. Sin Yuuri cerca para suavizar el carácter de Lord Spitzwerg, el susodicho se veía con libertad para mostrarse ufano.
Una vanidad que, en su opinión, no merecía. Spitzwerg no seguía resistiendo por una inteligente gestión militar de su señor: más bien era su posición estratégica. Una ubicación que le había permitido resistir más el envite que territorios costeros como Voltaire o Khrennikov.
Al menos a corto plazo. La situación privilegiada de Spitzwerg no hacía más que alargar lo inevitable.
—Haces bien —apuntó una voz serena.
Gwendal pestañeó y miró a su derecha. Lord Christ estaba plantado a escasos metros de la puerta, como una aparición de una blancura que desentonaba con el entorno. Los ojos violeta de Günter traslucían una apatía reconfortante.
—¿En qué?
Su semblante de ensombreció solo una pizca.
—En ocultarle esa parte a Lady Cecilie.
Gwendal no supo qué responder. ¿Cuánto había oído Günter? ¿Estaría furioso con él? ¿Decepcionado?
Le asombró darse cuenta que seguía importándole la opinión de Günter. Incluso tras más de un siglo donde sus roles de alumno y tutor habían dado paso al de líder y consejero.
—¿Cuánto hace que lo sabes? —gracias a Shinou, Günter fue el primero en hablar.
Gwendal le apartó la mirada, incapaz de soportar la desagradable sensación en su garganta. Ya no era un niño, Günter no había sido su maestro en décadas… y aun así la culpabilidad por la traición a su confianza le hacía difícil respirar.
Ya iban dos veces en un día.
—Más de dos años —reconoció—. La primera noticia la tuve de labios de un soldado que llegó agonizando al campamento de Spitzwerg.
Si Günter se sintió dolido por la deliberada omisión de información, su rostro no lo denotó.
—¿Cómo sucedió?
El tono profesional de Lord Christ le dio la seguridad necesaria para seguir hablando. Fue una explicación escueta: no conocía demasiados detalles y no pretendía sesgar el juicio de Günter con sus propias apreciaciones.
Éste escuchó su disquisición en respetuoso silencio; Gwendal podía ver las líneas de tensión hacerse más profundas en su rostro. Casi pareció que el tiempo empezaba a dibujar surcos en la cara perpetuamente joven de Günter.
El mutismo de Lord Christ se mantuvo incluso cuando Gwendal terminó de hablar. La ausencia de respuesta le enervó y angustió al mismo tiempo.
—¿Qué opciones tenemos? —exigió saber.
"Por favor, Günter. Di algo" suplicó para sus adentros. Más allá de su carácter histriónico y… desquiciante, Günter era la persona más impertérrita que conocía en las situaciones que lo requerían. No por nada era el luchador más laureado de la historia reciente de Shin Makoku.
Había conseguido contener su entusiasmo por las buenas noticias sobre Yuuri. Dado su historial, Gwendal debía concederle el mérito de la entereza.
—Debería estudiarlo… —reconoció Günter—. Hay muchos factores a tener en cuenta y no conocemos la mayoría de ellos —se llevó una mano a la barbilla, pensativo—. Sea lo que sea, debe ser un acto público. La deliberación necesariamente incluirá a los Diez o a sus representantes legales… incluyendo a Lady Khrennikov. Sería deseable que su Majestad también estuviera presente, aunque es posible que alguno de los Diez impugne su voto alegando…
Era aquello lo que Gwendal había esperado oír. El análisis, las posibilidades, de alguien capaz de ver más allá del instante presente.
—Prepara su defensa, Günter —indicó, interrumpiéndole con un gesto de mano—. Empieza esta misma noche. Busca cualquier antecedente en los archivos que rescatamos del Pacto de Sangre. Todas las condenas y absoluciones derivadas de magnicidios en Shin Makoku.
El gesto de Günter se torció en una mueca desalentada.
—En todos los que recuerdo, la resolución fue la misma —confesó—. No existen indultos para tal crimen.
—Alguno debe ser el primero —siseó Gwendal, dándose la vuelta—. Weller no ha llegado tan lejos por rescatar a Wolfram para lanzarle a los pies de un verdugo.
Incapaz de seguir con aquella conversación que solo haría que escalar su ansiedad, giró sobre los talones y se alejó por el pasillo.
Cuando entró al estudio, éste ya tenía una ocupante.
A diferencia de su actitud exuberante y casi siempre ruidosa, Anissina se mostraba taciturna la mayor parte del tiempo. Ver su expresión interesada por algo después de tanta indiferencia, las cejas fruncidas como solía hacer de pequeña al intentar resolver un enigma, le aportó una increíble sensación de alivio.
Duró poco. Hasta que la luz del candil le permitió apreciar su perfil y vio los labios apretados en una fina línea.
—¿Puedes explicarme por qué me has ocultado este mensaje, Gwendal?
Sus dedos elegantes de uñas cortas sostenían en alto una carta cuidadosamente doblada. Gwendal observó las escasas líneas y después miró al segundo cajón abierto de su escritorio.
Era la carta que recibiera semanas atrás. Cuando Gurrier le había confirmado sus previas sospechas sobre la implicación de Wolfram en la muerte de Lord Khrennikov. La última yacía abierta sobre el escritorio.
Anissina era una mujer inteligente, demasiado curiosa para su propio bien. Sin duda no había podido resistirse.
Aunque Gwendal supuso que había descubierto algo que no esperaba.
Se acercó en tres zancadas y le quitó la misiva de las manos. Con una brusquedad excesiva que lamentó al instante.
—No deberías haberlo leído —murmuró—. De hecho, no deberías comprender su significado.
La última puntualización pareció despertar algo salvaje que chispeó en las pupilas de la mujer.
—Hombres —bufó, y por un momento pareció de nuevo la mujer irreverente que conocía—. Siempre os creéis más sofisticados, más astutos. Hasta un niño con un oído mínimamente curioso podría comprender este código.
Gwendal ahogó la réplica que bailaba en su lengua. El código no era perfecto (con un preocupante exceso de lisonjas y comentarios lascivos, en su opinión) pero por el momento había sido sorprendentemente efectivo. Algunos mensajes habían sido interceptados, pero a juzgar por la ausencia de contraataques el enemigo no debía haber adivinado su motivo ni procedencia.
Anissina dejó caer la mano a un lado, solo para recolocarla unos instantes después sobre el otro brazo. Casi parecía estar sosteniéndose a sí misma.
—Dime —su tono era mucho más plano, casi temeroso—: ¿es verdad? ¿Mató el Lord Mocoso a mi padre?
Titubeó por un instante; uno demasiado largo. El suficiente para que Anissina agotara su aparentemente escasa paciencia y golpeara la mesa con la mano abierta. La llama del candil se estremeció con brusquedad, bailando en los irises azules inundados de determinación.
—No me trates como algo frágil que vaya a romperse, Gwendal —siseó—. Hace mucho que he dado por perdida a mi familia: tengo muy poco que arriesgar a nivel personal. Solo responde a la pregunta.
Era la primera emoción verdadera que Gwendal había visto en ella en años. Que fuera una mezcla de cólera e infortunio no era el mejor escenario posible, pero sí mejor que la frustrante apatía.
—Todo apunta a que así fue —admitió—. Aunque desconocemos bajo qué circunstancias.
Anissina emitió un largo suspiro y se llevó una mano a la cara, pulgar y anular presionando contra sus sienes. Parecía abrumada por la avalancha de información, toda su figura desplomándose como falta de fuerzas.
—Supongo que es mucho suponer que hayas valorado mantenerlo en secreto…
El giro de la conversación le desconcertó. Anissina era a menudo predecible en sus esquemas mentales (algo de lo que pecaban ambos, en realidad), así que no poder adivinar hacia dónde se dirigía su pregunta a medias le inquietó.
—Si llegó a mis oídos y los de Gurrier, es solo cuestión de tiempo que alcance a los Diez Aristócratas —se defendió Gwendal—. Es posible que ya hayan oído rumores. Tarde o temprano, se sabrá. Pretendía dejar el asunto apartado, teniendo en cuanta que no sabíamos si Wolfram… —la breve pausa estuvo a punto de ahogarle ante el nudo de angustia— …volvería a nosotros. Ahora que Weller y Gurrier le han encontrado, esta cuestión vuelve a tener relevancia.
Anissina no replicó, aceptando su esclarecimiento con creciente convicción.
—Gurrier tiene órdenes muy concretas —garantizó Gwendal, cruzando las manos a la espalda y dando la vuelta al escritorio—. Ello incluye vigilar cada movimiento de Wolfram. Aunque, como has leído, no parece haber nada anormal en su conducta.
—No crees que Wolfram esté fingiendo… ¿verdad?
El silencio que siguió fue denso como la linaza. Anissina le estaba poniendo contra las cuerdas y Gwendal no quería dejar en evidencia su propia inseguridad.
—Es imposible saberlo hasta que no le interroguemos al respecto —murmuró.
—¿Dudas de él, Gwendal?
Se atrevió a mirar por encima del hombro. Ella seguía recostada sobre el escritorio, las manos convertidas en puños de nudillos blancos.
—Wolfram es fiel hasta la estupidez —le recordó Anissina con una mueca amarga—. Sabes que se arrancaría la piel a tiras antes que hacer daño a su adorado Maoh. Lo último que podríamos esperar de él es que hubiera sufrido un cambio de lealtades.
—No sabemos en qué ha consistido su cautiverio —apostilló Gwendal—. La gente del Imperio parece particularmente creativa con sus métodos de tortura. Wolfram es fuerte, pero incluso la fortaleza más grande tiene un límite.
¿Intentaba justificarlo? ¿Le permitiría el beneficio de la duda, de la compasión, si Wolfram había sucumbido a un constante calvario y había asesinado a uno de los Diez por ahorrarse más tormentos?
Un atisbo de lengua humedeció los labios cuarteados de Anissina.
—¿Quién más lo sabe?
—Solo Stoffel y Günter. Probablemente Raven —elucubró—. Hemos preferido ocultárselo a Madre.
La última puntualización dibujó una sonrisa trémula en los labios de Anissina.
—Esa es probablemente la única decisión sensata que has tomado en años —concedió.
Gwendal intentó no tomárselo como un insulto. Probablemente no lo era: Anissina siempre iba a degüello cuando del género masculino se trataba.
—Stoffel ha sido muy claro —añadió tras un silencio prudencial—: Wolfram será arrestado en cuanto ponga un pie en este castillo. Solo por… precaución.
—Por descontado —bufó Anissina con desdén—. Lord Spitzwerg nunca permitiría que un escándalo así lo salpicara. Aunque eso suponga condenar a su sobrino.
Por un momento había esperado que Anissina le exigiera penar a su propio hermano. El corazón de una mujer es imprevisible, después de todo. Y ella había sido particularmente golpeada por el conflicto.
Comprendió entonces dónde estaba el juego de Lady Khrennikov. Anissina intentaba sonsacarle detalles sobre su propia postura, sus sospechas y elucubraciones.
En más de cien años de amistad, era la primera vez que Anissina parecía necesitar su dictamen para tomar una decisión.
Eso le asustaba; no se permitió regodearse en lo mucho que le aterraba el pensamiento, la posibilidad de que ella hubiera perdido esa parte más vital de sí misma.
La absoluta independencia que la caracterizaba.
—Tendrá un juicio justo, por supuesto. Günter ya está investigando los precedentes y articulando su defensa, a falta de más detalles. Reuniremos a las Diez Familias: Valtrana, Günter y yo mismo formaremos parte del jurado. No faltarán voces en su favor.
El resoplido de Anissina fue poco menos que despectivo.
—¿A eso lo consideras un juicio justo? No necesitas que te diga nombres para saber que algunos se lanzarán sobre él como carroñeros. Aprovecharán la inestabilidad para intentar degradarle y poner a otro von-lo-que-sea en su lugar. Sea o no culpable.
Gwendal sabía eso. No necesitaba que Anissina le recordara lo obvio.
Que lo único que había permitido que en su momento los Nobles aceptaran a Wolfram como próximo Maoh había sido la esperanza de unirle en matrimonio con alguno de sus hijos, hijas o sobrinos.
Nada muy distinto a lo que había sucedido a lo largo de toda la adolescencia de su hermano, cuando al empezar a madurar fue evidente que iba a rivalizar con su madre en belleza. Gwendal mismo se había encargado de ahuyentar a los pretendientes más insistentes, muchos de los cuales se habían atrevido a pedirle a él la mano de Wolfram.
Algunos habían sido desgraciadamente gráficos con sus intenciones y la naturaleza de su atracción por el joven. Los mismos que habían huido del Pacto de Sangre ante la amenaza de ser aplastados, vapuleados y despellejados. En ése orden.
Con la aparición de Yuuri, el punto de mira de los Nobles había virado hacia un blanco (o "negro") más prometedor. Poco importaba ya que Wolfram fuera un pura sangre descendiente del propio Rey Original: Yuuri era el Maoh, e incluso siendo mestizo su estatus no podía ser rivalizado por un ex - príncipe sin rango militar ni títulos efectivos.
Lo que había sido un alivio al principio había resultado ser un quebradero de cabeza para Wolfram, que había tomado como deber primordial espantar a cuanto pretendiente quisiera pasar por encima de él para llegar a Yuuri.
Anissina estaba en lo cierto: los Nobles no tendrían compasión. Iban a comerse vivo a Wolfram, fuera o no inocente. Aquella era la oportunidad perfecta para deshacerse del estorbo que suponía un compromiso legal con el Maoh.
—¿Y qué harás tú, siendo la principal damnificada? —su tono fue deliberadamente defensivo—. Por algún motivo, pareces escudar a Wolfram más que yo mismo. Resulta curioso, dado que tu postura será vital en el desenlace de todo esto.
—No me malinterpretes: si el Lord Mocoso asesinó a mi padre intencionadamente, yo misma pediré su cabeza en retribución de tal crimen.
Gwendal no albergaba ni una duda al respecto. Anissina, al igual que él, había visto crecer a Wolfram desde que era un bebé. Lejos de cegar su juicio, ello sería razón de más para no tolerar una hipotética traición de tal nivel.
—La diferencia entre vosotros, hombres, y yo es que aguardaré a oír lo que tiene que decir antes de llegar a conclusiones precipitadas.
Anissina solo tardó un instante en poner una mueca que le recordó a Gwendal que seguía siendo la persona más inteligente que conocía.
—¿Qué hay de ti, Gwendal?
Ah, el demorado contraataque. La réplica que bailaba siempre en la lengua sagaz de Lady Khrennikov para adjudicarse la última palabra.
—Si se le declara culpable, ¿serás capaz de condenar a tu hermano a la pena que decida el Consejo? ¿Será capaz Conrart? ¿Podrás decírselo a Chêri-sama?
Fue como un mudo romper de cristales.
En un momento de reveladora lucidez, Gwendal cayó en la cuenta de que había estado tan concentrado en lo que debía hacer que no se había para ni un solo momento a considerar si podría. Si llegado el mismo instante de la elección final, podría dejar caer la pena escogida sobre el niño eterno al que había visto crecer desde que abrió los ojos al mundo.
Sí… ¿Podría?
—Carece de sentido anticiparse a sucesos futuros que aún son inciertos —probó a repeler la pregunta.
La sonrisa que le dedicó la mujer fue una mezcla de condescendencia y amargura. Gwendal juraría que podía ver su reflejo en la inmensidad de un azul irreal.
—Oh, Gwendal… Tu ingenuidad me conmueve —canturreó, la voz tan dulce como la ponzoña—. Si hay algo que se ha mantenido inmutable desde los Tiempos Oscuros es que la guerra es una oportunidad de oro para los más sagaces. Aquellos dispuestos a pisotear a sus propios aliados por ascender unos cuantos peldaños.
Giró sobre sus talones con ímpetu y se dirigió a la puerta.
—Es la primera vez que sonríes en años.
Anissina se detuvo, congelada en su sitio, mientras Gwendal imploraba al universo que borrara los últimos tres segundos.
La mujer suspiró, sus hombros aflojándose en una postura relajada. Al darse la vuelta para mirarle sobre el hombro, un tirabuzón carmesí se escapó del tupido moño y se deslizó sobre un lado del cuello.
—El Niño Rey ha vuelto —dijo únicamente—. ¿No es ése acaso motivo para tener un poco de esperanza?
La pregunta quedó en el aire cuando cruzó el umbral y se marchó, la falda gris revoloteando entorno a sus tobillos.
Gwendal cerró los ojos un instante, cabalgando en la migraña colosal que empezaba a acuchillarle el cerebro. Deseó poseer una fracción del recobrado optimismo de Anissina.
En su perspectiva, el regreso del Maoh solo significaba otra persona más de la que preocuparse.
"Algo arrítmico le distraía, tirando de su conciencia con cada golpe de sonido.
Glop. Glop-glop. Glop. Glop.
Su cabeza parecía palpitar con el golpeteo. Su propio pulso le latía en las sienes como si alguien hundiera algo afilado en su cráneo. Pestañeó con insistencia, pero el aturdimiento permaneció.
Glop. Glop-glop. Glop.
Era la sangre goteando de su boca reventada. Precipitándose desde su barbilla. Impactando contra el suelo y adhiriéndose a la piedra en una masa coagulada.
Glop. Glop. Un sonido húmedo y repugnante.
Sus hombros dolían por la forzada postura, soportando todo el peso de su cuerpo. Estaba seguro de que le sangraban las muñecas, el óxido del metal desconocido hundiéndose en su piel hasta alcanzar vasos sanguíneos.
Le resultaba tan difícil enfocar su alrededor como reconstruir los sucesos de las últimas horas. Tal vez alguno de los golpes en la cabeza le había provocado una conmoción…
Había parecido una huida prometedora al principio. Noquear al primer guardia había sido fácil. Robarle el arma y dejar inconsciente al segundo, un juego de niños. Deslizarse hasta el exterior sin ser notado, tan sencillo como respirar.
Tan cerca… Unos segundos más y hubiera pasado por encima de la maldita verja como un pájaro volando hacia la libertad.
Pero le habían reconocido. Incluso bajo la capa desgastada del primer soldado.
Obligándole a hacer lo que mejor sabía hacer.
Se había vuelto con fuego en la mirada y había embestido contra ellos.
Sus rostros eran lo único que permanecía claro en su memoria. Se bañó con satisfacción en la expresión patidifusa de los hombres de Seiffert cuando había sido capaz de lidiar con uno, dos, hasta cuatro de ellos. Era evidente que en ningún momento habían valorado que un joven mazoku afectado por las houseki sería capaz de plantarles cara.
Su puño cerrado había colisionado con la nariz de uno, despidiéndole hacia atrás, y después llegó la espada.
Tener una auténtica arma en las manos después de meses fue casi extático. Su espada había pasado a ser una extensión más de sí mismo, del mismo modo que su magia. Incluso aquella, mucho más pesada y tosca que la suya, era como recuperar una mitad de su propia esencia.
El primer grito, el primer caído. Sus venas se inflamaron con el impulso básico del combate cuando el soldado cayó de rodillas con un tajo en el muslo. El segundo se lanzó sobre él, solo para ver su mano cerrarse sobre aire cuando Wolfram le esquivó con facilidad y golpeó su esternón con la empuñadura.
Era como bailar. Con unos pasos que hubiera practicado cada día de su vida hasta alcanzar la excelencia. Se agachó para esquivar la acometida de uno de sus atacantes, el cuerpo casi pegado a tierra para navegar sobre la derrapada y hundir la espada en su muslo.
Jugaba con una momentánea ventaja. Los guardias de Seiffert evitarían herirla, sabedores de las consecuencias de dañar la propiedad de su comandante. Por su lado, Wolfram no sentiría excesivo remordimiento si uno de sus mandobles se dirigía a una yugular en un desafortunado desliz.
Un cuarto guardia surgió de la nada y se lanzó sobre él. Wolfram atisbó de reojo un quinto desenvainando la espada.
No tenía mucho tiempo.
En cuanto el primer recién llegado le alcanzó, utilizó el propio muslo del desdichado para propulsarse y golpear su mentón con la rodilla. La colisión sonó a algo partiéndose; cruzó por encima del cuerpo a medio desplomarse y aterrizó justo a tiempo de dejar K.O. al siguiente cortándole el aire con un envite lateral de la hoja.
Se dio la vuelta a toda velocidad, dirigiéndose hacia el punto que tras mucho análisis había concluido que era el más débil del muro que rodeaba el jardín. Una extensa enredadera espinosa ascendía por el muro anciano, sembrada de flores de un rojo encendido. Apoyó el pie en un recoveco del retorcido tronco y se aferró a uno de los zarcillos que trepaban como arañas en busca de luz. La adrenalina en su torrente sanguíneo no le permitió notar el dolor multiplicado de las espinas hundiéndose en su palma.
Subir. Subir.
Oía voces de alarma, aún lejanas.
Subir… El borde del muro, tachonado de púas de metal, estaba a menos de un metro de su cabeza.
Una mano se cerró con fuerza sobre su tobillo y el peso de otro cuerpo tiró de él hacia abajo.
Contuvo un alarido cuando la carne de las manos se desgarró al hundirse por inercia en las espinas. Quien quiera que fuera, había usado un movimiento arriesgado: dejarse caer junto con él para arrastrarlo consigo.
Funcionó. Wolfram cayó a plomo y tuvo el tiempo justo de abrazarse a sí mismo para proteger sus órganos internos del impacto.
El golpe hizo rebotar su cerebro dentro del cráneo y expulsó el aire de sus pulmones en una dolorosa exhalación. Unas náuseas mareantes nacieron en la boca de su estómago, pero se forzó a incorporarse sobre codos y rodillas aunque el mundo diera vueltas a su alrededor.
Aún tenía tiempo. Antes de que el temerario que le hiciera caer con él se recuperara…
Un brazo le había rodeado el torso, tirando de él hacia atrás hasta que su espalda se acopló a algo duro. Una houseki había sido presionada contra su mejilla. Su sistema nervioso había empezado a aullar junto con su garganta y todas sus articulaciones se habían aflojado, dejándole caer al suelo como un peso muerto.
La lluvia de golpes que había seguido la había recibido como un castigo divino. Con una contradictoria satisfacción. Incluso cuando la sangre descendió por su garganta se vio impelido a dibujar una sonrisa entre dientes ensangrentados.
Había provocado una reacción, más allá de las mofas y los comentarios despectivos.
El destino, la senda predeterminada, eran una ilusión.
Había perdido el sentido en algún punto de aquel ensañamiento, solo para volver en sí quién sabe cuánto tiempo después en aquel espacio húmedo, frío y oscuro.
Le habían colgado de un único grillete doble encajado en el techo, así que pendía precariamente sobre sus rodillas en una postura más que grotesca. El anillo de metal era pesado y gélido contra sus muñecas, pero la desagradable sensación le indicaba que estaba imbuido de houseki.
"Cómo no"
Se sorprendía de su propia capacidad de mostrarse mordaz. Un efecto colateral de la demencia y el divagar de la mente, supuso.
Las horas de silencio fueron un correctivo previsible. Una de las muchas técnicas de tortura en tiempos de guerra: dejar al cautivo en la locura de la anticipación, el desasosiego de saberse receptor de un escarmiento pero incapaz de predecir cuándo ni en qué forma.
Je. Todos los militares del mundo parecían cortados por el mismo patrón.
Pestañeó solo un instante, y al abrir los ojos retuvo brevemente el aliento. Un par de pies calzados con botas de cuero se habían detenido frente a él, sobre el charco irregular de rojo ennegrecido.
—¿Sabes por qué estás aquí, no es cierto?
Apretó los labios hasta que las heridas se tensaron e hicieron danzar estrellas en los bordes de su visión.
—Claro que lo sé… —musitó.
Acto seguido, obligó a su cuello a levantar la cabeza. Se esforzó en poner la mayor dosis de desprecio posible en su mirada, en la tensión de los rasgos, mientras se enfrentaba a la fuente de su desgracia.
—Volvería a hacerlo si se me diera la oportunidad… —aseguró, masticando las palabras—. Una y otra vez. Solo por el placer de sacarte de quicio.
Eberhart no varió ni un ápice su expresión. Parecía aburrido, indiferente. Pero Wolfram sabía mejor que eso.
—No te molestes en negarlo… —le desafío—. Te enfurece que haya intentado huir… Supongo que esperabas que a estas alturas ya fuera una muñequita complaciente, resignada a una vida de esclavo…
La ceja izquierda del comandante se estremeció. Una vena en la mandíbula empezó a palpitar de forma rítmica. Wolfram podía ver una mezcla de sorpresa y cólera agitándose en sus irises rojos.
Oh, que dulce sabía la victoria…
—Aún bajo cadenas, una bestia libre sigue siendo libre —al hablar, la sangre le descendía por la garganta—. Sabes que volveré a intentarlo… Y otra vez, y luego otra… Hasta que eventualmente tenga éxito. No podrás retenerme para siempre…
"Dilo. ¡Dilo! Confiesa que te irrita que aún no me haya rendido…"
Seiffert desapareció de su campo visual, desconcertándole. ¿Qué hacía? ¿Se iba sin más?
Su corazón se saltó un latido, una leve inspiración que sonó sorprendida contra su voluntad, cuando notó el cuerpo de su captor acoplándose a su espalda. Intentó vanamente alejarse del indeseable contacto, pero las cadenas no le permitían margen de movimiento alguno.
—Tu obstinación resulta admirable —concedió Eberhart—. Eres un loco o un necio o un poco de ambas.
Lo siguiente que supo fue que un puño se había cerrado sobre su túnica y se la había arrancado del cuerpo, rasgándola por la espalda hasta que solo quedaron retazos de mangas y cuello colgando de su torso.
—Reconozco la valía de tu terquedad —aseguró Eberhart a sus espaldas—. A estas alturas, muchos se habrían resignado… o habrían intentado quitarse la vida.
Wolfram dio un respingo cuando una mano helada se apoyó entre sus omoplatos, apartando los desgarrones de tela que pendían sobre sus hombros. El bajo del uniforme de Seiffert le rozaba la curva de la espina dorsal.
—Supongo que tienes razón —le concedió—. Una bestia salvaje siempre será salvaje. Como un caballo que se niega a llevar jinete alguno.
Le notó inclinarse sobre él, el cabello ajeno rozándole el hombro semidesnudo. Eberhart se pegó tanto a él que la humedad de su aliento le impregnó la oreja.
—El dicho es igual en cada rincón de este mundo —canturreó en su oído—: hay que domar… romper a un semental antes de montarlo. Marcarlo a fuego para que sepa cada instante de su vida a quién pertenece…
El mordisco sobre la oreja le tomó desprevenido. Se maldijo en el mismo segundo que exhaló un gemidito entre dientes, así que cerró los ojos para intentar bloquear cualquier estímulo. Solo lo empeoró, permitiéndole sentir cada milímetro aullando por la caricia de una lengua húmeda.
Abrió los ojos al sentir un nuevo eco de pasos. El hechicero de Seiffert estaba en la celda, y caminó con parsimonia hacia una silla dispuesta contra la pared justo frente a él. El hombre tomó asiento con tranquilidad, con la expresión indiferente de alguien que se sienta en un jardín a pasar el rato.
Algo áspero le rozó un lado del cuello. No necesitó más detalles: había saboreado las veces suficientes el beso del látigo en la carne como para reconocerlo.
—¿Empezamos?
El primer azote aterrizó de forma inesperada sobre piel seca, intacta. Un chasquido que le rebotó en el cráneo. El ramalazo de dolor irradió a toda velocidad por su espina dorsal, sacudiéndole el cerebro. Sus pestañas se estremecieron, pero no se permitió cerrar los ojos. Cuadró la mandíbula cuando el dolor puro se transformó en un ardor insufrible y siguió mirando al frente, concentrándose en el vacío.
Apenas tuvo tiempo de reponerse cuando un segundo, y luego un tercero, le siguieron. No obedecían a un patrón: caían en todas direcciones y sentidos.
Cualquier otro se limitaría a ordenar que le azotaran mientras miraba con regocijo. Eberhart, en cambio, quería ser el encargado de marcarle. Permitiéndose sobrepasar la línea con más fuerza de la necesaria, suficiente para desfigurarle pero controlando hasta donde se permitía afear algo que consideraba de su propiedad.
Dejó la mente en blanco; tuvo éxito durante un tiempo. Era una de las muchas estrategias de resistencia pasiva que aprendiera en la Academia: desligarse del cuerpo, impidiendo formar pensamientos para que el tormento físico no se propagara por ellos. Apenas percibió los siguientes diez azotes.
—No funciona, General.
Wolfram pestañeó, volviendo por un instante a la realidad. El dolor en su dorso despertó con intensidad, haciéndole gimotear entre dientes.
Los ojos plateados del hechicero estaban a escasos milímetros de él. Wolfram nunca los había visto tan de cerca, y entonces pudo apreciar los espeluznantes detalles.
Las líneas negras, retorcidas como raíces, que salpicaban los iris argénteos. La manera en la que el azabache se agitaba como si algo vivo pugnara por atravesar el globo ocular.
Como si aullara en desesperación.
Le aterrorizó. Más que los recuerdos sangrientos, delirantes, que salpicaban su memoria. Más que la perspectiva de ser la puta de Seiffert durante el resto de su vida.
Un grito mudo de terror se gestó en la base de su garganta cuando los dedos huesudos se hundieron en su mejilla, con tanta decisión que parecían intentar atravesar la piel.
—Está bien entrenado —habló de nuevo el hechicero, con el tono desapasionado que le caracterizaba—. Usa técnicas de abstracción para evadirse.
¿Acaso leía su mente? ¿Acaso buceaba con tanta profundidad en su psique que desentrañaba cada pensamiento, cada futuro movimiento?
—No es un castigo a la altura —sentenció el hechicero.
Wolfram sintió dos dedos delineando una de las heridas que marcaba su espalda, jugando con el hilillo de sangre que manaba de la piel reventada.
—Lo será —garantizó Seiffert.
Lo siguiente que Wolfram supo fue que estaba gritando, dejándose la voz en un alarido desesperado. Algo hurgaba en su carne, retorciéndose entre las primeras capas de la piel. Su cuerpo se sacudió, un acto reflejo para intentar alejarse de la fuente del dolor.
Su torturador estaba hundiendo algo en su carne. Un dedo, un arma, el mango del látigo… No lo sabía, nunca lo supo. Pero cumplió con el objetivo de devolverle a la realidad, anclándole al calvario al que estaba siendo sometido su cuerpo.
Cerró la mandíbula con testarudez, ahogando el grito hasta que solo fue un gimoteo. El sudor le corría por el rostro y el cuello, escociéndole en los cortes que habían alcanzado sus hombros.
Eberhart retomó su tarea, imparable. El chasquido del látigo, la fuerza con la que lo descargaba sobre él, alcanzaron cotas inimaginables. Ni siquiera los criminales más peligrosos de Shin Makoku eran tratados con aquel salvajismo.
Y su crimen había sido intentar huir. Al parecer, el más imperdonable de todos.
No había un motivo último para aquella brutalidad. No intentaban sonsacarle información, obligarle a hacer algo contra su voluntad.
Era simple y llanamente un correctivo, un escarmiento por no ser dócil.
Un latigazo se escapó e impactó en el inicio de sus caderas. La carne suave multiplicó por diez el dolor. Sus dientes se hundieron en el labio inferior, determinados a ahogar el gemido que se gestaba en su garganta. Algo líquido, como ácido, burbujeaba bajo sus párpados.
La presencia del hechicero no parecía obedecer a otro objetivo que disfrutar de su tormento. Entre la humedad que empezaba a acumularse en sus pestañas, casi le pareció ver una sonrisa sádica, pagada de sí misma, en el rostro siempre impasible del humano.
Sin duda el dolor le hacía delirar…
Tras el treinta y siete, cuando cada azote caía ya sobre uno previo, sobre piel ya despedazada, fue incapaz de seguir en silencio y un alarido huyó de su garganta.
Casi pudo ver la mueca triunfante de Seiffert a sus espaldas.
Una mano con dedos inusualmente fuertes le tiró del pelo, forzando su cabeza a descender y su espalda a curvarse. Su mente se inundó de rojo cegador cuando su hombro izquierdo salió del sitio, incapaz de seguir sosteniendo el peso de su cuerpo en una posición tan forzada. El látigo cayó una vez más, impactando de lleno en la línea de su espina dorsal.
El sonido que abandonó su garganta no sonó humano. De haberlo oído en otro contexto, hubiera creído que alguien estaba siendo desollado en vida. El dolor zigzagueó por cada uno de sus nervios, atenuándose solo una fracción de segundo antes de embestirle con redoblada intensidad.
No tuvo tiempo a tomar aire cuando un nuevo azote se descargó sobre el anterior. Los dedos enredados en su cabello no parecían querer soltarle, exponiendo el grueso de su columna al beso mortal del cuero y el metal.
Gritó de nuevo, expulsando el aire hasta que su garganta estuvo en llamas. Empezó a toser. Se ahogaba, saliva espesa rebosándole las comisuras. La simple imagen debía ser patética.
Sentía la sangre amarrarle la espalda, chorrearle por la cara posterior de los muslos y gotear en el suelo entorno a sus rodillas. El aire olía a óxido, un hedor penetrante que se adhería a sus fosas nasales y le daba arcadas. Nunca había creído que alguien pudiera sangrar tanto sin desmayarse.
Su mala suerte le impedía incluso la piedad de la inconsciencia.
Hubo un instante de bochornosa debilidad cuando se encogió por instinto, esperando un golpe que no llegó a producirse.
Una carcajada reverberó en la celda. La siguió una segunda, y una tercera… y hasta tres pares de voces deshaciéndose en risotadas burlescas. Wolfram intentó aferrarse a la cordura para cerciorarse de que no eran alucinaciones.
El dolor no le dejaba pensar. ¿De dónde provenían las voces? ¿De qué se reían? Intentó levantar la mirada, pero la simple intención le produjo un dolor sobrehumano que le obligó a abandonar.
Estaba muy mareado y cada milímetro de su espalda se sentía como espinas siendo incrustadas en la carne. Un frío imposible calaba paulatinamente en sus huesos y articulaciones.
En algún rincón de su mente, aquella que almacenaba su breve instrucción como sanador, identificó vagamente los síntomas de un shock hipovolémico.
Apenas era consciente de su entorno. Solo las risas estridentes que se le clavaban en los oídos.
Éstas tardaron una infinitud (¿segundos?¿minutos?¿días?) en sofocarse. Fue un silencio breve, expectante.
—Empiezas a conocer las consecuencias de intentar huir —sentenció Seiffert, en algún lugar (arriba o abajo o a sus espaldas)—. Toma nota para próximos desvaríos de libertad.
Estaba jadeando, la barbilla rozándole el pecho con solo ambos brazos descoyuntados impidiendo que se derrumbara contra el suelo. Y aun así una bochornosa esperanza se adueñó de él.
Había terminado. En unos instantes Seiffert se marcharía y le dejaría desangrándose en aquel calabozo. Sucumbiría a la fiebre y a la inconsciencia y tendría, por fin, un remanso de paz.
Se desvanecerán las risas, las miradas regodeadas con su calvario.
—Traed el agua —orden Eberhart.
Agua… Su desmoronada lógica intentó dar sentido a la exhortación.
¿Iban a bañarle para desinfectar las heridas? Por supuesto, a Eberhart no le interesaba que muriera por algo tan insignificante como una infección. Además, tras horas sangrando y sudando sin duda apestaba a mil demonios. El señorito Seiffert no querría algo tan repulsivo en su cama…
El contenido del balde le golpeó en una fresca oleada. El alivio solo duró una milésima de segundo, hasta que el líquido penetró en la primera capa de la piel.
El aullido más horrible que había oído jamás emanó de sus propias cuerdas vocales. El dolor fue tan absoluto que anuló momentáneamente su percepción del mundo. Un suplicio que le arrancó la escasa cordura que le quedaba en un lapso que pareció eterno.
Ácido. O fuego. Sus heridas ardían. Su espalda estaba en llamas.
Tomó aire y siguió gritando hasta que le dolió la garganta; hasta que ardió como su espalda. Aferró sus cadenas con tanta fuerza que se le sacudían los brazos por la tensión. Si le hubieran astillado los huesos no hubiera sido más doloroso.
Agua con sal. Le habían echado agua con sal en las heridas. Bien podrían haberle lanzado ascuas directamente sobre la carne abierta. La sensación hubiera sido la misma.
Tuvo que ordenar a sus pulmones a seguir respirando. Dentro. Fuera. Dentro. Fuera.
Eventualmente, el insufrible escozor se atenuó. Ya no era fuego sino diminutas agujas incidiendo en la carne abierta. Más soportable.
Solo un poco.
La mezcla de sangre y agua corría sobre la piel y entre los tejidos machacados, escurriéndose abajo hasta perderse entre sus piernas y rodillas. Calando los jirones de ropa que aún quedaban sobre él.
Dentro. Fuera. Dentro. Fuera...
La mano de Eberhart se sumergió en su cabello empapado y se cerró entorno a unos cuantos mechones. Tiró de él hacia arriba para obligarle a levantar el rostro. Sonrió, pletórico, al ver los ojos inyectados en sangre y las mejillas quemadas por las lágrimas.
Sonrió. Una mueca exultante y satisfecha. Preñada de regocijo.
—Aunque no todos los entenderían, esta es la auténtica belleza —susurró—. Cuando por fin el potrillo salvaje es domado. Cuando puedes ver la derrota en sus ojos y sabes que serás su dueño para siempre…
Las palabras de Eberhart desataron algo en su interior, una cólera incendiaria que se abrió camino en el mar infinito de tormento que nublaba su mente. No toleraría que le arrancaran la última brizna de dignidad.
Acumuló saliva en el paladar y le propulsó con toda la energía que pudo reunir. Seiffert pestañeó cuando un amasijo de sangre y saliva impactó cerca de su párpado.
Wolfram sonrió. Un espasmo en las comisuras que las curvó hacia arriba. Confió en que los dientes enmarcados en carmesí dieran un toque sádico a su mueca.
—Mocoso insolente... —siseó Seiffert, sin molestarse en limpiar el esputo.
La mano se posicionó a ambos lados de su mandíbula, hundiendo las uñas en los hoyuelos de las comisuras. Forzando su boca a abrirse con un practicado movimiento. La otra mano, de alguna manera, había conseguido deshacer el cierre del pantalón y liberar su hombría. Tal vez ni siquiera lo había llevado abrochado en un principio.
Notó el sabor amargo bailar en sus labios entreabiertos, el calor ominoso en el paladar.
No pudo evitar el impulso. Sus nervios machacados por el dolor parecían desconectados del raciocinio más básico, incapaces de ver más allá del instante. De la relación causa-efecto.
Cerró la mandíbula. Bastante fuerte. Sus incisivos se hundieron en piel ardiente.
Un alarido rebotó en sus oídos. No era suyo, lo cual resultaba refrescante tras meses de cautiverio.
El manotazo impactó en su mejilla, girándole la cara con violencia. Acto seguido, retorcieron varios mechones de su cabello para levantarle la cabeza. Su mente empezaba a ser incapaz de procesar lo que estaba sucediendo, lo que le estaban haciendo.
—Pagarás por esto, puta mazoku…
Los dedos presionaron con renovada crueldad, hasta que su mandíbula chasqueó de forma desagradable. Su boca se abrió por inercia, más que nunca. Notó el impacto en el fondo de su garganta y se rindió a la inevitable. Cerró los ojos y dejó que nuevas lágrimas se unieran a las que ya le escaldaban el rostro.
No duró mucho, aunque lidiando contra el reflejo de náuseas el tiempo pareció expandirse hasta el infinito. El calor detestable reventó en su faringe y las arcadas despertaron con violencia.
Eberhart se retiró justo a tiempo de evitar la oleada de vómito. Salpicó las botas de cuero, y dada su precaria postura también su pecho semidesnudo.
—Qué desafortunada visión… —canturreó su captor—. ¿Qué diría tu adorado Rey Demonio si pudiera verte ahora?
Un nudo opresivo logró abrirse paso entre el dolor cegador y el deplorable estado de su cuerpo. Su vieja amiga, la vergüenza, decidió visitarle. Apretó los dientes cuando el ardor le estalló bajo los párpados.
Seiffert le levantó la barbilla con el extremo del látigo, obligándole a mirarle. Apenas fue capaz de enfocarle, las lágrimas densas entre sus pestañas. No tenía fuerzas para seguir mostrándose insolente.
—Una noche aquí te enfriará las ideas —garantizó—. Te aseguro que por la mañana acabarás echando en falta el calor de nuestra cama.
Tocó con el pulgar los restos de semen de sus comisuras antes de retirar la mano. La cabeza de Wolfram cayó a plomo hasta que su cuello chasqueó con brusquedad. Permaneció inmóvil, luchando por mantenerse íntegro, mientras Seiffert y su siervo le dejaban solo en aquella celda que olía a muerte.
El silencio que siguió fue funesto, alterado solo por su respiración jadeante.
Al principio empezó como un borboteo, una contracción discordante de su caja torácica. Después llegaron los gimoteos, débiles y agudos, que brotaban de su garganta. Todo ello fue en crescendo vertiginoso hasta que se encontró aullando de impotencia.
Sin nadie para contemplar su derrumbe, permitió que el dolor, la humillación y la desesperanza se adueñaran de él.
Incluso cuando creyó que ya no le quedaban lágrimas, éstas estallaron entre sus párpados hinchados y le corrieron por el rostro, arrastrando sangre y mugre hasta sus labios y barbilla.
Había tocado fondo. Shinou, no podía caer más bajo. No podían hacerle nada peor que…
—¿Wolfram?
El universo entero pareció congelarse tras esa simple pregunta. La mecánica misma del cosmos deteniéndose con un éxtasis silencioso.
Los ojos de Wolfram se abrieron, desorbitados hasta el punto de que le dolieran los globos oculares. Su mandíbula inferior cayó mientras una serie de estertores sacudían su caja torácica.
Dentro. Fuera. Dentro. Fuera. Den…
Hombros en un ángulo imposible, cuerpo ensangrentado y restos de blanco en sus comisuras, forzó su espalda machacada a erguirse para mirar al frente.
Yuuri estaba allí. Los enormes ojos negros muy abiertos, observándole con una mixtura de horror y repulsa.
Juzgándole.
—No… —balbuceó.
El pánico escaló de forma exponencial a pesar de que, en el fondo, la lógica le dictaba que Yuuri no podía estar allí.
—No mires…
Ya lo había visto todo. Todo lo que Eberhart le había hecho. Un espectador de lujo para cada macabro detalle.
Aún podía verlo. En su peor momento, el fondo de su foso de miseria. La visión más patética y desagradable que nadie pudiera ver jamás.
Cerró los ojos, con desesperación, incapaz de seguir viendo la mueca horrorizada, asqueada, de Yuuri.
En un catatónico instante, deseó morir.
—¡No mires…!"
Yuuri fue bruscamente arrancado del sueño por un gimoteo demasiado cercano.
Pestañeó en la oscuridad y se incorporó. Apenas quedaba una débil iluminación cetrina que atravesaba los destartalados porticones. Observó su alrededor, dando un rápido escaneo a la habitación: aunque no había ningún dato que apoyara su teoría, estaba convencido de que su vista se había agudizado a su llegada a Shin Makoku. Debía acordarse de preguntar a Conrart al respecto…
No detectó nada fuera de lugar. Todo estaba en idéntica posición a antes de dormirse.
El sonido volvió. Un sollozo lastimero, entrecortado. Conteniendo la respiración, Yuuri miró hacia abajo.
Wolfram se sacudía entre sueños, removiéndose en desasosiego bajo las cobijas. Solo podía ver la mitad de su rostro, permitiéndole adivinar un ojo cerrado y el destello de dientes.
—¿Wolfram? —murmuró.
No le respondió. ¿Estaba dormido?
—Ngh…
Sonó húmedo y sin duda acongojado.
Yuuri salió de la cama y se dejó caer de rodillas junto al bulto en el suelo. A aquella distancia pudo percibir la respiración alterada de Wolfram, la intranquilidad que agitaba su cuerpo bajo la cobija. Apoyó una mano en él (sobre el costado, a juzgar por la curvatura): se estremecía en breves y erráticos espasmos.
—Eh, Wolfram…
Le sacudió el hombro, aunque sin respuesta. Se inclinó sobre él para verle la cara: no encontró lo que esperaba.
Los dientes apretados, la mandíbula tensa como si su instinto le obligara a constreñir los gritos. Bajo los párpados cerrados con tenacidad, las lágrimas se escurrían por las mejillas hasta humedecer la almohada bajo él.
Su pavor empezaba a despertar a una velocidad alarmante. No era una pesadilla corriente. Había visto a Wolfram sumido en sueños desapacibles y aquel no era uno de ellos.
Se arrodilló a su lado y le puso ambas manos en los hombros, zarandeándole con algo más de ímpetu. El cuello de la túnica estaba oscurecido, la tela empapada en sudor helado adherida a sus clavículas. Los dientes habían herido el labio y un hilillo de sangre le corría por la barbilla.
Wolfram luchó contra su agarre, tal vez por instinto, lazando las manos hacia delante en un intento de apartarle. Le arañó en un lado de la cara; una de sus rodillas le golpeó en el esternón. A Yuuri, con los ojos llorosos y viéndose sobrepasado, le costaba mantenerlo inmóvil: a pesar de su aspecto andrógino, Wolfram poseía mucha más fuerza física que él.
—¡Eh, Wolfram…! —llamó.
Se excedió. Le levantó y dejó caer con tanta fuerza que pudo oír el "cloc" de los omoplatos al golpear el suelo.
Wolfram abrió los ojos en un instante. Su respiración se transformó en el acto en sollozos expelidos a medias.
—Wolfram…
Levantó una mano con toda la intención de apoyarla en su mejilla. Después de todo, era un gesto que su madre había usado para tranquilizarle a él durante las pesadillas.
En su lugar, Wolfram le aferró por la muñeca con tanta fuerza que le crujió la articulación.
—¡Eh, Wolfr-¡
Enmudeció tras ver de cerca la expresión del chico, la mueca tensa y aterrorizada bajo los desordenados mechones rubios.
Las pupilas temblaban, enloquecidas. Fijas en él, pero carentes del chispazo de reconocimiento.
Yuuri tardó un segundo en comprenderlo: Wolfram no sabía dónde estaba.
Quién era él.
—Wolfram… —balbuceó, intentando desembarazarse de su agarre.
El movimiento provocó una reacción en consecuencia. Wolfram le soltó la muñeca y aferró en su lugar su túnica, emitiendo un chillido de pánico. Yuuri observó con horror que el joven luchaba encarnizadamente por mantenerle alejado de sí mismo, empujándole con todo su empeño.
Yuuri se mordió el labio, conteniendo un sollozo cuando empezaron a escocerle los ojos.
Se formaba una idea aproximada de quién creía Wolfram que estaba sobre él.
De qué le estaba haciendo.
La idea era insoportable.
—Wolfram, soy yo —jadeó—. Soy Yuuri.
El pavor en la expresión de Wolfram era contagioso. Nunca, en los años que llevaba en aquel mundo, había contemplado un gesto de terror tan profundo en el rostro de su amigo.
A Wolfram siempre se le había dado bien esconder las emociones más profundas. El miedo, la tristeza… Dicha capacidad parecía haberse visto truncada tras su cautiverio.
—N-no… —gimoteó Wolfram—. N…no…
El tono, frágil y asustadizo, le rompió el corazón a Yuuri.
Sus palmas entraron en contacto con las mejillas de Wolfram. El calor húmedo bajo su palma le confirmó lo que ya sabía. Veía los ojos de Wolfram en la oscuridad, enormes y brillantes como la superficie de una gema.
—Wolfram… —repitió.
No lo pensó. Solo se inclinó hacia adelante hasta que sus frentes entraron en contacto. Notó las lágrimas de Wolfram contra la piel, la caricia estremecida de sus pestañas húmedas.
La respiración en estertores fue acompasándose con lentitud, los temblores bajo las manos de Yuuri se redujeron hasta que solo escuchó el aire sibilar entre los labios de su compañero.
—Yuuri… —apenas un suspiro.
Yuuri identificó el momento exacto en el que la tensión desapareció para ser sustituida por una avenida de emociones confusas. Los párpados cayeron levemente y en un instante estaban inundados de lágrimas.
Consciente de aquel hecho, Wolfram agachó la cabeza con violencia, arqueándose sobre sí en un intento de esconder su súbita debilidad. Yuuri quiso gritarle que no debía avergonzarse, que no había nada de débil o indigno en llorar.
No después de lo que había visto y vivido.
Su cuerpo eligió por sí mismo y se encontró rodeando el cuerpo estremecido entre los brazos. Era una combinación forzada, la cabeza de Wolfram casi acomodada en su regazo y Yuuri encorvado sobre él, envolviéndose en una quimera de seguridad.
—Estás a salvo… —murmuró, como en un mantra—. Estás a salvo, Wolfram…
Para dar énfasis a su afirmación, sumergió una mano en el dorado cabello y empezó a peinarlo con los dedos. Wolfram hipó, temblando cada vez que los dedos rozaban su cuero cabelludo. Su llanto había pasado a ser una cadena descoordinada de sonidos indescriptibles.
Yuuri tiró de la cobija para cubrirle, asegurándose de que la tela llegara hasta sus hombros. La impresión de ver a Wolfram sollozando con desesperanza, igual que si fuera un niño al que han separado de su madre, fue demasiado para él.
Se tragó el nudo imposible de angustia, de consternación, y se tumbó junto a él hasta que sus cuerpos coincidieron como dos negativos. El rostro de Wolfram se hundió en la tela de su camisa y allí se quedó, ahogando un lamento tras otro hasta que eventualmente el agotamiento pudo con él.
Yuuri no se atrevió a moverse, lo suficientemente impactado como para paralizar sus extremidades.
Durmió en el suelo, con Wolfram enroscado entorno a él como si fuera un salvavidas. Su cabeza en la almohada y la de Wolfram presionada contra su pecho.
Ni por un segunda la situación le resultó violenta.
Dos mañanas después, Yuuri se encontró parpadeando bajo un tenue resplandor rosado en un intento de sacudirse los últimos retazos de sueño. Sin despegarse de la almohada, bajó la mirada para observar el rostro dormido junto al suyo.
Las ojeras de Wolfram eran más pronunciadas y habían adoptado un tono amoratado.
Yuuri mismo había sido incapaz de dormir más que unas pocas horas cada noche. Invariablemente, era despertado por su compañero, siempre sumido en una pesadilla delirante que nunca compartía con él.
La noche anterior, abrigados en una cabaña abandonada en medio de ninguna parte, Yuuri había envuelto a Wolfram con su cuerpo hasta sofocar sus sollozos. Permitiendo al joven mazoku aferrarse a él como si el infierno fuera a tragárselo.
Por lo que él sabía, por lo que Wolfram no le contaba, bien podía ser así.
Por supuesto, en un espacio tan reducido, Yuuri había sido incapaz de ocultar el sueño inestable de Wolfram. Una vez los gimoteos del chico se habían reducido hasta ser expiraciones excesivamente cortas, había levantado la cabeza para adivinar a Conrart observándoles en la oscuridad.
No habían intercambiado ni una palabra. De hecho, Yuuri había sido incapaz de determinar si la expresión de Conrart era más apenada o sobrecogida.
Suspiró, removiéndose en la manta que mantenía el calor corporal de ambos. El aliento de Wolfram era caliente contra la base de su cuello, donde había acabado reposando tras la última y virulenta pesadilla. Uno de los brazos del chico estaba tendido sobre su costado, su mano habiendo soltado el firme agarre sobre su túnica horas atrás.
El sol se filtraba por las grietas de los destartalados ventanucos. Yozak había dejado de roncar hacía unos minutos, así que supuso que estaba arañando los últimos cinco minutos de paz antes de ponerse en marcha.
Pero Yuuri no se movió, disfrutando de la paz etérea que sabía tan breve.
Tiempo atrás, se había quejado en innumerables ocasiones al despertar con Wolfram adherido a él como una lapa. Algo embarazoso. Especialmente en los recurrentes despertares donde su adolescencia le recordaba su presencia con una incómoda excitación matutina. Por lo general el episodio acababa con él emitiendo un chillido de indignación, a menudo con un desafortunado empujón, que inevitablemente conducía a una de sus famosas peleas.
En aquel preciso momento, sin embargo, no se le ocurría ningún sitio en el que querría estar más que en aquel. Incluso con Wolfram pegado a él con las rodillas contra el pecho.
Se sentía… cómodo. Natural. Compartir el calor y sentir su respiración en la sensible piel de la clavícula.
Wolfram se revolvió entre sus brazos, un ruidito ahogado naciendo desde su garganta. Tras los párpados dorados, Yuuri vio la misma tristeza sorda que cada mañana. Cada minuto. Cada instante.
Wolfram apenas era capaz de demostrar otra emoción. Algo que él lucharía por solucionar.
—Buenos días —murmuró.
El chico pestañeó un par de veces y después se incorporó sobre un codo. El frío que penetró en el espacio le produjo a Yuuri un dolor casi físico.
—Perdona, Yuuri… —balbuceó con voz ronca.
"¿Por qué te disculpas? ¡Maldita sea, Wolfram…!" pensó, frustrado, mientras el chico se ponía en pie y se arreglaba las ropas.
Contuvo la respiración al vislumbrar en la penumbra la baja espalda de Wolfram, con dos cicatrices que se cruzaban en un ángulo cerrado hasta desaparecer bajo la cinturilla de los pantalones. Fue solo un segundo, hasta que el joven se recolocó la túnica y salió al exterior a pasos cortos.
Interpretó su silencio como una señal de que quería estar solo. Esperó cinco minutos antes de levantarse, con las articulaciones doloridas, y proceder a vestirse.
El amanecer aún era incipiente y la temperatura gélida. Yuuri se abrazó a sí mismo, las manos bajo las axilas para evitar que le castañearan los dientes. La cabaña estaba enclavada en un pequeño bosque de robles gigantescos con hojas casi del todo doradas.
No vio a Wolfram alrededor. Intentó ignorar el retortijón en el estómago, diciéndose que era hambre.
Yozak salió de la cabaña bostezando y desperezándose como un enorme felino. A pesar del frío matutino, llevaba los brazos al descubierto. Le dedicó un gesto de cabeza antes de sentarse, encender un pequeño fuego y dedicarse a cocinar el almuerzo.
En honor a la verdad, el ánimo de Yuuri se vino sustancialmente arriba cuando el tentador olor del pan tostado y panceta llegó a sus fosas nasales. La costumbre de los mazoku era realizar la comida más fuerte por la mañana, así que ya se había habituado a opíparos tentempiés a media mañana.
Se dedicó a escuchar a medias la conversación de los otros mientras daba generosos mordiscos a su bocadillo.
—Hay una aldea a unas dos millas, tomando un sendero y saliendo al Camino Largo —indicó Yozak, resiguiendo con el dedo una de las líneas que había trazado en el suelo con un palo—. Es el último sitio habitado antes de llegar a territorio Radford, así que sugiero reabastecernos en ella —dio un bocado a su almuerzo para dar énfasis a su punto.
Yuuri solo oyó a medias la réplica de Conrart, demasiado concentrado en observar con disimulo a Wolfram como para prestar atención. El chico estaba sentado a la izquierda de su hermano, con las piernas cruzadas y las manos apoyadas sobre las rodillas. Sostenía su ración, pero ni siquiera la había probado.
La falta de sueño empezaba a hacer mella en su coordinación, dándole una apariencia enfermiza.
—Tú lo has dicho —apostillaba Conrart cuando Yuuri reconectó con su entorno—: está en la frontera entre territorios. Es de prever que haya más movimiento de gente, en especial con el invierno tan cerca. La gente decide abastecerse.
Yuuri desconectó de nuevo: su cerebro parecía un teléfono móvil con mala cobertura. Un destello en el cabello rubio de Wolfram captó su atención, aunque éste no se había movido ni un milímetro. Era el propio sol el que había tenido que emerger de entre las nubes para besar la dorada cabeza.
Estaba seguro que alguien más creativo hubiera escrito un hermoso poema con aquel sencillo detalle.
—El Camino Largo no estará tan transitado en esta época —intervino Rohnan con la boca llena—: la mayoría de los aldeanos de la zona están con los ganados en los pastos bajos de Gyllenhaal. Si no ha cambiado la cos- ¡Por los dioses…!
Rohnan se agachó justo a tiempo de esquivar el impacto de una criatura enorme que descendió del cielo sobre ellos. Yuuri emitió un chillido de sorpresa cuando Conrart tiró de su ropa para alejarlo del animal en cuestión, que fue a posarse en el tocón donde Yuuri había estado sentado un instante antes.
—Esto es nuevo… —murmuró Yozak.
Ante ellos había una gigantesca lechuza de plumas de un negro iridiscente, posada en el tocón con ambas patas amarillas. Los observó a todos con unos enormes ojos dorados y redondos como monedas que no pestañeaban. Cuando levantó una garra afilada para rascarse la cara, vieron un arnés con un pedazo de papel enrollado.
—Al parecer Lord Voltaire tiene algo que decirnos —apuntó Yozak, poniéndose en pie y acercándose al ave—. Me pregunto si le habrá gustado mi carta de amor…
Conrart emitió una risita nerviosa. Por el rabillo, Yuuri vio a Wolfram poniendo los ojos en blanco.
En cuanto Yozak hizo el ademán de coger la misiva, el animal le lanzó un mordisco con el temible pico ganchudo.
—¡Auch! ¡Bicho ingrato…! —exclamó Yozak con un mohín.
El nuevo intento le permitió arrancar el pedazo de papel de la pata del ave, que se puso a bufar con las plumas erizadas. Yuuri hubiera jurado que emitía algo muy parecido al mugido de una vaca… lo cual no le sorprendió en demasía. Ningún animal de Shin Makoku emitía el sonido que por lógica debería.
Conrart intentó leer el mensaje con disimulo, pero el ángulo en el que estaba Yozak debía impedírselo. Tal vez de forma deliberada.
La expresión preocupada del espía no auguraba nada bueno.
—Malas noticias —confirmó—: Lord Voltaire nos advierte que los soldados del Imperio han invadido el territorio Radford.
Por inercia, la mano de Conrart se cerró entorno a la empuñadura de su espada; bien parecía estar esperando que el enemigo cayera sobre ellos en cualquier instante.
—¿Cuánto han avanzado tanto? Cuando salí de Spitzwerg, apenas habían llegado al Borde Este.
—No ha compartido más detalles —se encogió de hombros Yozak, sacudiendo la nota. Yuuri apenas vio una línea garabateada en ella—. Lo cual, intuyo, nos conmina a evitar Radford al completo.
—¿Podemos ir más al oeste? —preguntó Rohnan.
—Si tienes alguna preferencia sobre si quieres ser capturado por el Imperio o por Gran Shimaron… —canturreó Yozak en tono fúnebre.
El espía miró a su derecha e intercambió una significativa mirada con Conrart. Yuuri había visto mil veces aquel gesto: al principio había sopesado si poseían la habilidad de comunicarse telepáticamente. Con el tiempo había llegado a la conclusión que Yozak y su padrino se conocían tan bien que podían prescindir de las palabras en varias situaciones.
—Me temo que eso nos deja como única opción cruzar el sur de las tierras de los Christ —dijo Conrart con resignación.
Wolfram arrugó el entrecejo en una mueca de fastidio. La idea pareció ser lo bastante disparatada como para hacerle reaccionar.
—¿En esta época? ¿Estáis seguros de que es la única opción?
Yuuri miró alternativamente a todos sus compañeros solo para encontrar idénticas expresiones sombrías.
—¿Por qué parece como si no os gustara la idea? —preguntó—. ¿Qué hay al sur de Christ?
Wolfram volvió la vista hacia él, con suavidad, como si no quisiera que se diera cuenta. Yuuri reconoció algo en su expresión, una suerte de presentimiento… o un recuerdo.
Contra toda lógica, se sintió nostálgico.
—Ya has estado allí, Yuuri —le comunicó Conrart—. Es el lugar en el que encontramos el antídoto para el miasma.
Yuuri tardó unos segundos en ubicar el recuerdo, y después no pudo sacárselo de la cabeza.
Una extensa llanura helada, de un blanco interminable, inundó sus memorias.
Qué puedo decir... Adoro a Gwendal y Anissina.
