Gracias mil a todo el que lea, y en especial a LirioCastle y al anónimo que me dejó un comentario. Va por vosotros

Disfrutad de la lectura.

Sin advertencias especiales en este capítulo.


9

Schnee

Nieve


La nieve se depositaba en copos del tamaño de un puño que descendían con pereza. Uno aterrizó en la punta de la nariz de Yuuri. La frunció, quitándoselo solo para ser reemplazado por otros dos.

Habían dejado atrás el terreno volcánico de Rochefort el día anterior, y casi inmediatamente había empezado a nevar. Al principio Yuuri se había entusiasmado, dándose el lujo de revolcarse por la nieve virgen y construir algo vagamente parecido a un muñeco de nieve.

En su ciudad natal, rara vez nevaba; y cuando lo hacía apenas servía para salpicar de blanco los tejados y el coche de Shouma. Así que le importó muy poco que Conrart le dedicara una sonrisa tensa y el resto pusieran los ojos en blanco mientras se convertía en una espumosa croqueta blanca.

Tras más de veinticuatro horas de nevada ininterrumpida, el clima perdió gran parte de la diversión.

La nieve calaba al ir fundiéndose con el calor corporal, empapándole el torso y los brazos. Mejor no hablar de sus pies, que había dejado de sentir esa misma mañana incluso enfundados en botas forradas de piel en la cara interior. Aún con los guantes que habían conseguido en la primera aldea del territorio, debía ponerse las manos bajo las axilas para recuperar la sensibilidad.

—En Christ nieva más de trescientos días al año —aportó Wolfram en tono académico—. Es el territorio de mayor elevación de todo Shin Makoku.

Yuuri intentó ignorar el deje irritado, con toda seguridad una manera de recordarle que él, como Maoh, debería saber aquellas cosas.

—Desde los tiempos posteriores a Shinou, los territorios de los Diez fueron una buena razón para iniciar conflictos entre clanes —le explicó Conrart—. Las familias más fuertes se adjudicaron aquellas tierras con climas más benévolos o mejores situaciones estratégicas.

—Deduzco que los Christ no eran los más poderosos de la época —murmuró Yuuri.

Si había aprendido algo de cómo había funcionado aquel mundo casi medieval siglos atrás, tras la muerte de Shinou sus cuatro generales debían haber ostentado el mayor poder de cara al pueblo. Era de esperar que Voltaire, Bielefeld y Wincott consiguieran hacerse con aquellas tierras más vastas y productivas. Los territorios que algún día heredaría Wolfram, por ejemplo, estaban bajo el benévolo influjo del mar y eran cruzados por multitud de ríos caudalosos que permitían una exuberante agricultura.

—Deduces bien —concedió Conrart—. Aunque en los últimos siglos la familia Christ ha producido sendos Maoh y también portentosos guerreros, tuvieron que prosperar en una tierra donde muy pocos se hubieran abierto camino.

—Y que lo digas —bufó Yuuri, observando la extensión de blanco y más blanco que iniciaba a las afueras de la aldea y no parecía tener fin.

Le parecía poco menos que un milagro que alguien tan excesivo y bullicioso como Günter fuera nativo de aquel maldito rincón congelado.

El silencio se instauró de nuevo entre los tres. Yuuri empezaba a odiar las enervantes pausas interminables.

Schneeman, o como quiera que se llamara aquel pueblo (estaba seguro de que jamás sería capaz de pronunciar el makokuan con total corrección), apenas contaba con una treintena de casas apretujadas al pie de una colina. Las construcciones eran circulares y todas tenían una chimenea de la que surgía una densa columna de humo.

Conrart, Wolfram y él aguardaban en las afueras del asentamiento, apoyados contra el muro de un pozo cuyo arco y cuerda estaban cubiertos de escarcha. Yuuri había comprobado rato atrás que el fondo era tan duro como la roca que lo rodeaba… a juzgar por la manera en la que había rebotado el pedrusco.

—¿Por qué no podemos esperar en algún sitio que no implique congelarnos las p-…? —había preguntado Yuuri ingenuamente.

—Los soldados del Imperio campan demasiado cerca como para permitirnos riesgos innecesarios —apostilló Conrart—. Mientras menos nos dejemos ver por esta gente, mejor. Es un pueblo pequeño: se acordarían de un grupo de cinco extranjeros.

Sonaba lógico, pero Yuuri no podía evitar ansiar un poco más de riesgo si ello implicaba codearse con los lugareños en una taberna con una chimenea de leña y un alegre fuego. En su lugar, se contentó con expulsar el aliento contra las manos y sorberse la nariz.

Miró a su derecha entre pestañas estremecidas. Wolfram estaba de brazos cruzados, mirando al infinito; la ventisca salpicaba de puntos relucientes el cabello dorado que se escapaba de la capucha. Cuando expiraba, una nube de vapor huía de la tupida bufanda entorno a su cuello.

La visión le recordó al mismo escenario, pero en contextos distintos. Tiempo atrás... uno demasiado largo. Cuando los ojos de Wolfram aún poseían la motivación necesaria para comerse el mundo.

Cuando solo habían sido ellos dos, uno contra el otro, frente a un fuego que les separaba del inmenso mundo congelado de allá afuera.

Casi podía imaginarse el gorro felpado con orejitas presionando los bucles dorados contra su frente.

Pestañeó y volvió la cabeza justo a tiempo de esquivar la mirada de Wolfram. Hundió la nariz en su propia bufanda, notando las mejillas ardientes. No sabía cuánto había estado mirándole, pero sin duda lo bastante para ser tachado de "raro".

"¿¡Qué narices te pasa!?" se reprendió a sí mismo. Cuando por fin Wolfram parecía dispuesto a dejar atrás sus actitudes inapropiadas, ¿era él el que se dedicaba a mirarle de manera furtiva, incomodándole?

La constante tensión y el agotamiento hacían mella en su comportamiento, se dijo. De igual manera que iba frunciendo más y más el entrecejo de Conrart y añadía una tirantez palpitante en la sonrisa siempre deslumbrante de Yozak.

Hablando del diablo…

Yozak y Rohnan aparecieron tras girar una esquina. La mano izquierda del primero se cerraba entorno a las riendas de una peculiar criatura que trotaba con diligencia a su lado.

Era una extraña combinación entre caballo y cervatillo, aunque se parecía más al primero… a pesar de los pequeños cuernos argénteos y ramificados que emergían frente sus orejas. Lo que más llamaba la atención era el pelaje negligentemente blanco, las crines plateadas ondeando con ligereza.

—¡Oh, un yuki-baa! (1) —exclamó Yuuri con entusiasmo y una mueca maravillada.

Tiempo atrás había llegado a la conclusión de que las curiosas criaturas que poblaban Shin Makoku despertaban en él la misma sobredosis de ternura que los peluches y animalillos peludos en general para Gwendal. Las manos le hormigueaban por el deseo de hundir los dedos en aquel pelo blanco que flotaba entorno al lomo del caballo.

Al acercarse, comprobó con desconcierto que el morro del animal apenas le llegaba a la nariz.

—¿No es un poco pequeño? ¿Es una cría?

—Es un adulto —le corrigió Yozak—. Una hembra, además. Los machos son más pequeños.

—Son snipferd —le explicó Rohnan, apartando con suavidad la cabeza del animal que le mordisqueaba el puño del abrigo—. Una raza de caballos salvajes que habitan en las cumbres más altas, en las zonas perpetuamente cubiertas de nieve. A pesar de su tamaño, son capaces de saltar a alturas increíbles y en pendientes imposibles.

—Ah… Entonces, ¿son como cabras montesas?

Los otros cuatro intercambiaron miradas ceñudas que reflejaban confusión.

—Ya sabéis… —añadió Yuuri. Extendió dos dedos a los lados de las sienes—. Son como ovejas, pero con grandes cuernos. Pueden subirse a cualquier sitio, incluso en paredes verticales, y tienen una fuerza increíble.

Una nueva ronda de muecas desconcertadas. Hasta que Yozak se golpeó la palma con un puño, como si acabara de recordar algo.

—Creo que se refiere a las vacas montaraces —especuló.

—Eso me pareció —coincidió Conrart con una sonrisa condescendiente.

Yuuri pestañeó varias veces en sucesión rápida.

—¿"Vacas montaraces"?

—Viven en las cumbres más altas de Gran Shimaron. Tener cuatro pares de patas ayuda bastante en eso —comentó Conrart.

Yuuri asistió a la imagen mental de animales de varios cientos de kilos saltando de roca en roca como si nada, pero resultó tan esperpéntica que prefirió no cebarse en ella.

—Volviendo a los snipferd… —dijo Yozak, rodando los ojos—. No se hunden en la nieve, lo cual es una apreciable ventaja sobre el resto de mortales. Supongo que por eso los domestican y crían.

Yuuri alargó la mano para tocar el hocico, agradablemente húmedo, de la peculiar criatura. El animalito le husmeó la mano y luego le lamió la palma. Tenía una lengua húmeda y rasposa como la de los gatos que le hizo cosquillas.

Observó de cerca los ojos negros de la criatura. Parecían gentiles y peculiarmente inteligentes.

—Podríamos llamarla Yuki —anunció con entusiasmo.

Hubo un breve silencio tenso, hasta que Wolfram decidió romperlo con un bufido.

—Sigues teniendo tan mal gusto para los nombres como siempre…

Yuuri pestañeó varias veces y luego emitió una risita entre dientes. Era difícil ignorar lo mucho que le aliviaba oír a Wolfram ser mordaz.

Como volver a casa tras un viaje muy largo.

—Ya es arduo avanzar de por sí en la nieve sin equipaje —apostilló Yozak—. Esta preciosidad nos ayudará a transportar lo que no podamos llevar.

—¿Eso no es un poco injusto para ella? —murmuró Yuuri con aire pensativo.

Yozak le palmeó dos veces el brazo, y a continuación le tomó por los hombros y le hizo girar casi ciento ochenta grados.

—Mira eso, chico: es la dirección que debemos tomar. Ahora dime si se te ocurre una idea mejor —canturreó con sorna.

Los ojos de Yuuri se abrieron como platos a medida que escaneaba el panorama.

Entre la uniforme cortina de aguanieve, una cordillera de picos puntiagudos se extendía a lo largo y ancho de su campo visual. De hecho las crestas se fundían parcialmente con una masa gris de nubes con aspecto furioso, así que en realidad no veía el límite superior. En la vertiente encarada a ellos. Yuuri solo apreciaba paredes verticales de roca desnuda.

La pregunta era sencilla: ¿por dónde demonios iban a subir?

Tragó saliva.

—¿Estáis seguros de esto? ¡Eso parece tan alto como el Monte Fuji!

—Eso es una exageración —le contradijo Conrart con gentileza—. La cordillera Nimander es más baja que el Monte Fuji, pero de pendiente más abrupta. No obstante, existen pasos que los mazoku han utilizado durante milenios, incluso antes de que existiera nuestro país. Cruzar no es sencillo, pero sí factible.

—La ruta principal circula por Radford —aportó Yozak—. La que atraviesa Nimander solo es segura de transitar en verano. La utilizan los pastores para trashumar el ganado desde Rochefort y Wincott. Imagino que ves los beneficios de esquivar los caminos principales.

En teoría, el razonamiento de Yozak sonaba legítimo.

En las siguientes jornadas, en la práctica, Yuuri deseó haberse arriesgado a pasearse por medio Shin Makoku gritando "¡Soy el Maoh!" a pleno pulmón.

Al menos en comparación. La esperpéntica lógica le acosaba con reiteración mientras se arrastraba por pendientes interminables sin apenas abrigo de la ventisca.

Avanzaban con una lentitud irritante, en gran parte debido al escarpado desnivel. En los tramos con menos pendiente, en cambio, la densa capa de nieve se presentaba como el principal obstáculo. Yozak iba el primero con Yuki, abriendo camino y compactando la nieve a su paso; de no ser así, con cada paso Yuuri se hubiera hundido hasta la rodilla.

Le seguían los tres jóvenes, y su padrino cerraba la marcha. Conrart volvía sobre sus pasos de vez en cuando para borrar las últimas huellas, pisando cuidadosamente allí donde la nieve ya había sido pisoteada. Toda precaución era poca.

Yuuri no recordaba haber experimentado antes un frío tan intenso. Tenía escarcha en la punta de las pestañas, sudaba frío dentro de las diversas capas de ropa y no sentía los pies. La nariz le goteaba sin descanso y le resultaba inusualmente difícil respirar.

Se enorgullecía de su excelente forma física, pero estaba acostumbrado a correr en terreno llano. No podía —ni quería— imaginarse como sería si encima tuviera que cargar con parte del equipaje. Pero los demás no se quejaban, así que mantenía la boca cerrada con terquedad.

Las noches parecían inhumanamente largas y los días pasaban en un suspiro al no atisbar apenas la luz del sol. Con suerte podían refugiarse al abrigo de una balma al pie de un escarpe cuando azotaba la ventisca, pero durante la noche debían recurrir a refugios más improvisados.

Obviamente la tienda que Yozak había conseguido no estaba diseñada para albergar a más de tres personas. Ellos consiguieron apretujarse de manera que cupieran cuatro, aunque Wolfram y él acabaran enredados bajo la misma manta con pocos milímetros entre ellos.

La primera noche Yuuri no había dormido en lo más mínimo, limitándose a escuchar durante horas el golpeteo de la nieve y el viento contra la precaria lona. A juzgar por el patrón de la respiración de Wolfram y su total inmovilidad, el sueño tampoco le había visitado.

La segunda pernocta, con el cuerpo dolorido y sus fuerzas tan al mínimo, Yuuri colapsó y consiguió dormirse, incluso en una posición incómoda y forzada. Más bien podría decirse que había perdido el conocimiento.

Al despertar, las silueta de Yozak y Conrart se recortaba contra el exterior de la tienda. Amanecía, y en el instante más frío de toda la jornada el aliento de Yuuri se congelaba al abandonar sus labios.

Y aun así su cuerpo estaba caliente. Tanto que incluso la rigidez de sus articulaciones se había aflojado, sus piernas estiradas en una postura más que cómoda.

No tardó en descubrir la razón de tan inexplicable fenómeno.

Wolfram estaba encogido contra él; más bien enredado, con un brazo sobre su costado, sus pies entre los tobillos y la frente hundida en el hueco de su estómago. Incluso en la penumbra mortecina de la aurora, Yuuri atisbaba el gesto contraído y el sudor frío que le corría por el rostro. Los labios cuarteados murmurando en un hilo de voz.

Con un largo suspiro acongojado, Yuuri procedió a acariciarle el pelo en movimientos repetitivos, suaves. Se había convertido en una especie de ritual; tras la segunda noche en la que Wolfram había caído en las garras de una pesadilla oprimente, había comprobado que notar los dedos en su cuero cabelludo parecía calmar su frágil estado emocional.

Tal vez era algo que Cecilie había hecho por él de pequeño. O alguno de sus hermanos. Sonrió por inercia al imaginar a un Gwendal en sus ochenta y tantos haciéndole arrumacos a un Wolfram de edad preescolar.

Se sonrojó con el mero pensamiento. Wolfram ya le había parecido ofensivamente atractivo al conocerle; no podía ni imaginar el tipo de criatura adorable que debía ser de niño.

Volvió a caer en un sopor superficial, acunado por escenarios de cabello dorado y olor a girasoles, y cuando despertó su sol particular parecía haberse desvanecido.

Le había dejado rato atrás, dedujo, por el frío que incidía en su cuerpo y le había agarrotado todas las extremidades. A juzgar por la poca intensidad del sol contra la tela grisácea, no había pasado más de una hora. Se envolvió en la manta a modo de gigantesca oruga y se armó de valor antes de aventurarse al exterior.

A fuera nevaba con dejadez, copos esponjosos que descendían en vertical en ausencia de viento. Yozak batallaba contra los elementos para mantener un pequeño fuego entorno al que Conrart y él estaban sentados.

—No me habéis despertado para la guardia —protestó Yuuri, arrastrando el borde de la manta por el suelo al acercarse.

—Necesitabas dormir, chaval —replicó Yozak, en absoluto afectado por su tono reprobatorio—. Si te empeñas, esta noche te despertaré con un par de gentiles pataditas.

Yuuri gruñó por lo bajo y se acercó al fuego, estirando las manos para calentárselas.

—¿Cuánto falta para llegar a Spitzwerg, por cierto?

—Depende de la meteorología, pero estamos a más de la mitad del recorrido —repuso Conrart con su infaltable sonrisa de ánimos—. Hoy llegaremos a la cresta y mañana iniciaremos el descenso.

Sonaba a día difícil. Sin embargo, el alegre chisporroteo de unas cuantas salchichas y un par de huevos consiguió subirle substancialmente el ánimo.

—¿Gonde esda Wofam? —farfulló con la boca llena.

Rohnan, que había estado contemplado el fuego con expresión embotada, apartó los ojos de la hoguera un momento.

—Ha dicho que no tenía hambre. Que quería estar solo un rato —balbuceó.

Yuuri hizo un buen trabajo controlando el retortijón que estrujó sus tripas y que nada tenía que ver con el hambre. Intercambió una mirada con su padrino, en cuyo rostro la sonrisa se había descompuesto.

Wolfram no tenía apetito. Nunca había tenido mucho, pero Yuuri empezaba a preocuparse al ver que apenas tocaba la ración que le correspondía y no esperaba la comida con el mismo entusiasmo que el resto. Al principio lo había achacado al malestar derivado de la travesía por el río, algo que siempre lograba que su salud se resintiera. En veces anteriores, Wolfram podía pasar varias horas con un evidente malestar aunque ya hubieran abandonado la embarcación de turno.

Esa vez era diferente. Wolfram no parecía experimentar ninguna molestia física; y aun así a Yuuri le preocupaba que no alimentarse debidamente en condiciones tan extremas acabara mermando su salud.

—Voy a buscarlo —anunció, poniéndose en pie.

Nadie hizo ademán de impedírselo.

Siguió el reguero de huellas recientes que se alejaban del improvisado campamento. Allá a donde fuera reinaba un silencio desquiciante, quebrado solo por el crujido de sus botas al hundirse en la nieve o algún pájaro solitario chillando entre las copas, rebuscando en las ramas por un tallo tierno.

—…orgulloso mazoku que os invoca

Se detuvo en el acto, esforzándose en averiguar la dirección exacta de dónde venía la voz. El sonido revotaba en los árboles hasta confundir su sentido de la orientación.

Las archiconocidas palabras volvieron a oírse, repitiéndose en una secuencia que Yuuri conocía de memoria.

Todos los espíritus que conforman el elemento fuegoOíd mi voz

Descendió una leve pendiente y detectó la silueta de su amigo. Yuuri solo veía su espalda, la capucha retirada sobre los hombros desvelaba su cabello dorado. Su postura aullaba nerviosismo, con una mano enarbolada en el aire y los pies separados anclados al suelo.

—…¡escuchad al orgulloso mazoku que os invoca!

La última palabra, expelida con especial ímpetu, creó un eco atronador que fue apagándose hasta fundirse con un silencio circundante.

La mano de Wolfram cayó como un peso muerto.

—¡Maldición! —rugió—. ¡Joder, maldita sea…!

Yuuri asistió con una mezcla de estupefacción y desasosiego a la confusa escena de Wolfram propinando patadas y puñetazos al tronco congelado de un árbol solitario. El joven parecía poseído por una furia ciega, una cólera irracional que solo se adueñaba de él en contadas ocasiones.

Algo crujió de forma desagradable. Si eran los nudillos de Wolfram o la madera cediendo, no lo sabía.

La alarma se sobrepuso de inmediato y le impulsó a acercarse corriendo al muchacho fuera de sí.

—Eh-eh, ¡Wolfram! —exclamó, asustado—. ¡Vas a hacerte daño!

Los dedos de su mano envolvieron el puño cerrado de Wolfram. La piel bajo sus yemas estaba caliente, irritada.

Tragó saliva. Una vez se aseguró que la mano del chico no seguiría su trayectoria en pos del tronco del desdichado árbol, se atrevió a levantar la mirada.

Se encontró cara a cara con un Wolfram despeinado y de rostro enrojecido; su expresión evidenciaba que no le resultaba grato que le hubiera sorprendido perdiendo los estribos. Carraspeó, irguiéndose y echándose el cabello hacia atrás para retirárselo de los ojos. Era un gesto recurrente cuando se sentía frustrado.

—¿Vas a decirme qué te pasa? —insistió Yuuri—. Y no te atrevas a decir "nada".

Wolfram se volvió hacia él, y Yuuri asistió a una visión de furiosa belleza.

Los ojos del mazoku le miraron como la primera vez, a mitad de la escalinata del Pacto de Sangre: dos fogonazos de fuego verde, incandescentes. Capaz de fulminarle en su sitio con una pulsión de vida inimaginable.

En aquel momento… No, incluso entonces, Wolfram era lo más parecido a una criatura sobrenatural que había visto jamás. Justo como imaginaba que debían ser los mazoku.

Terribles, etéreos, e imposiblemente hermosos.

El desafío se apagó rápido, como una brisa extinguiendo la llama de una vela diminuta. Sus hombros perdieron la fuerza hasta darle un aire alicaído. Hasta entonces, Yuuri no se había percatado de que seguía envolviendo su mano con la propia.

—No siento mi maryoku —jadeó—. Sencillamente… no está.

Yuuri pestañeó varias veces. La revelación no provocó en él el efecto que Wolfram parecía esperar.

—Quizá has perdido práctica —especuló Yuuri en voz alta, llevándose una mano a la barbilla—. A mí me pasaba igual con el béisbol tras un tiempo sin jugar. Además, ahora esto se consideran tierras humanas: que yo sepa nunca has podido usar el majutsu en esos lugares…

—No es solo que no pueda utilizarlo, sino que no lo siento —esclareció Wolfram, visiblemente irritado.

No, no era irritación, se dijo Yuuri tras analizar su lenguaje corporal.

Era aprensión. El detalle ahogó cualquier verborrea sin sentido que hubiera manado de sus labios.

—¿Hay una diferencia? —inquirió.

Wolfram giró la cabeza; Yuuri creyó ver vergüenza en su gesto, también vulnerabilidad.

—Antes… —tomó aire antes de seguir—. Antes de la guerra y aunque estuviera en tierras humanas, seguía sintiendo el maryoku —explicó en voz baja—. Era como si alguien le hubiera puesto un cerrojo y me volviera loco buscando la llave. No obstante, siempre seguía notándolo dentro de mí aunque no pudiera usarlo.

Alzó ambas manos frente a él. Los dedos delgados y elegantes se estremecían en leves espasmos.

—Es distinto ahora. Es como si fuera un humano corriente... —murmuró con temor—. Sin un núcleo de maryoku que me mueva.

Yuuri no supo qué palabras escoger para reconfortarle. Tenía claro que el manejo del maryoku no era igual para él que para la inmensa mayoría de mazoku. Pasaba la mayor parte del tiempo sin ser consciente del centro de energía demoníaca que dormitaba en su interior, aguardando el momento justo para despertar y… arrasarlo todo bajo su mandato.

La sensación de la que le hablaba Wolfram le era, sencillamente, desconocida. Tampoco había hablado con nadie sobre tal anomalía, así que no conocía ninguna explicación o causa de lo que Wolfram experimentaba.

—Al principio pensé que era debido a la alta densidad de houseki en el castillo Khrennikov —prosiguió Wolfram—. No pensé demasiado en ello. Pero ahora… No lo sé, creo que debería empezar a sentirlo.

Sus puños se cerraron, tan fuerte que empezaron a temblar con violencia. Yuuri visualizaba las uñas hundiéndose en sus palmas y rasgando la piel.

—Puede que... después de tanto tiempo sin utilizarlo y estando bajo la influencia de las houseki... —tragó saliva y esbozó una sonrisa amarga—. Quizá no pueda volver a utilizar el majutsu.

Cada sonido estaba impregnado de resignación y una profunda aflicción. Yuuri necesitó unos pocos instantes para desentrañar la intensidad de su congoja.

Wolfram era un buen espadachín, fruto de un riguroso entrenamiento durante su adolescencia que se mantenía a día de hoy. Le había visto enfrentarse a enemigos que a priori debían ser muy superiores, y Wolfram los había despachado con pasmosa facilidad.

No obstante, al igual que él estaba a años luz de Wolfram, Yuuri era consciente de que su amigo era ampliamente inferior a Conrart, Gwendal o Yozak en el uso de la espada.

Era joven e inexperto, al menos en comparación a sus hermanos mayores. Por ello Wolfram depositaba gran parte de su confianza en su habilidad para manipular el fuego para suplir sus carencias en el cuerpo a cuerpo.

En opinión de Yuuri, no era para menos. Había visto (y sufrido) los efectos del maryoku de Wolfram, el lametazo del fuego en forma animal que rugía en desafío. En comparación a otros mazoku, Wolfram poseía un control magnífico sobre su maryoku y sacaba el máximo partido de amplificar su poder en consonancia con sus emociones.

Su propia seguridad dependía del Maoh, ése alter ego que despertaba sin permiso cuando estaba en peligro real, así que sería hipócrita pretender que no conocía dicha sensación. Si bien su maryoku no sufría las restricciones del resto de mazoku

Quiso decir algo elocuente que elevara el ánimo de Wolfram. Sin embargo, solo alcanzó a emitir una sarta de tópicos vacíos de sentido.

—Estoy seguro de que volverá. Solo… date tiempo.

Wolfram le había estado mirando como si sus próximas palabras fueran un salvavidas. Se desinfló en el acto, tambaleándose sobre sus pies al retroceder.

Yuuri no supo qué fue peor: que alguien con tanta autoconfianza como Wolfram dependiera de su opinión o que le hubiera decepcionado en ése aspecto.

—Creer que el tiempo lo cura todo es una lamentable muestra de ingenuidad —murmuró Wolfram.

Avanzó en su dirección con movimientos mecánicos y semblante resoluto. Por un breve momento, Yuuri tuvo la irracional impresión de que iba a besarle.

Un solo instante que se alargó una eternidad.

Hasta que Wolfram pasó de largo y se marchó por donde el propio Yuuri había venido.

No fue consciente de cómo había contenido la respiración hasta que empezó a sentirse mareado. Tampoco de que su temperatura corporal se había desmoronado a medida que Wolfram se alejaba de él.

El corazón le martilleaba frenético contra la garganta.

—E-eh, ¿a dónde vas? —balbuceó.

Fue incapaz de darse la vuelta para mirarle; no supo muy bien por qué.

—Tengo hambre —gruñó Wolfram como única respuesta—. Vamos.

Yuuri se forzó a emitir una carcajada; sonó tensa y desapasionada.

—Adelántate. Tengo que… ya sabes.

Wolfram pareció comprender su insinuación. Y Yuuri lo notaba debatirse desde allí, valorando si era seguro dejarle privacidad.

—No te alejes —fue su última advertencia—. Enviaré a Conrart a por ti si tardas más de dos minutos.

Yuuri volvió a oír la nieve hundiéndose bajo sus botas. Pasos rítmicos pero desganados.

Se dio la vuelta en el momento exacto para ver su rubia cabeza desaparecer entre los árboles,

Expelió aire por los labios resecos. Tomó asiento sobre un tronco caído tras retirar la nieve a manotazos; fue una suerte, dado que sus piernas parecían de pronto inestables. Se revolvió el cabello con una mano, tironeando de las hebras hasta que le picó el cuero cabelludo.

Daba igual qué estrategia utilizara, cómo se dirigiera a él. Fallaba miserablemente en recuperar la naturalidad con la que las conversaciones habían fluido con Wolfram en el pasado.

Claro que Wolfram no era el mismo.

Tal vez nunca volviera a serlo.

Inspiró con dificultad, la familiar opresión en el pecho dándole una sensación de mareo.

Tras todo lo que había aprendido en el castillo Khrennikov, los escabrosos detalles que hubiera preferido seguir ignorando, no podía pretender que Wolfram actuara como cuando era un ingenuo ex–príncipe cuya mayor preocupación era asegurarse de no perder de vista a su prometido bajo sospecha de adulterio.

Preveía un tiempo racional de duelo, por lo perdido y lo pasado. Un periodo en el que los recuerdos se transformaran en frustración y explosiones de cólera que camuflaran la amargura. Eventualmente, su voluble humor se estabilizaría y le dejaría cruzar la coraza construida a toda prisa para protegerse de todo y todos.

Nunca, en ningún momento, había sopesado la ominosa alternativa.

Que Wolfram jamás se recuperara. Que las secuelas de su esclavitud fueran tan profundas que hubieran logrado aplastar su espíritu hasta el punto de no retorno.

Que la persona que él había conocido hubiera dejado de existir.

La mera ocurrencia le daba ganas de gritar hasta quedarse sin voz. Hundir el rostro entre las manos y aullar; que solo quedara un entumecimiento que destruyera la horrible anticipación.

Le faltaba el aire. Joder, estaba hiperventilando.

Se inclinó hasta el límite de su flexibilidad, la cabeza alojada entre sus rodillas. El familiar calor le burbujeaba bajo los párpados y no se sentía con fuerzas para detenerlo.

—No debería forzarse de esa manera —intervino una voz.

Yuuri se incorporó tan rápido que sus hombros chasquearon.

Era Rohnan, con semblante hermético y una manta descolorida anudada de forma precaria sobre un hombro. El frío conseguía que sus mejillas fueran tan rojas como su cabello. Asía dos recipientes metálicos humeantes; le tendió uno a Yuuri, que la envolvió con las manos por inercia para sentir el calor del líquido a través del metal.

—Gracias —alcanzó a murmurar.

Bebieron en silencio. Lo que fuera que había en el vaso olía a flores secas y le calentó por dentro, disimulando el frío de otra naturaleza que le atenazaba el estómago.

—Si realmente ya no queda maryoku en él, no debería arriesgarse a consumir lo poco que tenga —dejó caer Rohnan.

Yuuri tragó con dificultad, tomado con la guardia baja por el comentario. No tenía un especial deseo de hablar sobre Wolfram sin que él estuviera presente, pero la aclaración final consiguió despertar su curiosidad.

—Creía que eras mestizo como yo —murmuró—. ¿Cómo sabes tanto sobre maryoku?

Rohnan no respondió en el acto. Su gesto se ensombreció, un raro evento que a ojos de Yuuri denotaba la edad real de alguien que solo parecía un adolescente.

—Aunque no tengo maryoku, siempre sentí curiosidad —le informó—. Mi madre se encargó de instruirme en cualquier campo que fuera relevante para vivir entre mazoku. Ella era descendiente de una rama secundaria de la familia Khrennikov. Servía a Lord Dieter von Khrennikov en la salvaguarda de las fronteras marítimas como Almirante —una leve sonrisa se agitó en su comisura izquierda—. La hija de Lord Dieter, Lady Anissina, se mostró muy satisfecha en su momento de que una mujer ostentara un cargo tan elevado en los territorios de su familia.

Yuuri soltó una risita nerviosa: no le cabía ninguna duda sobre la última afirmación.

La distendida carcajada sucumbió tan buen punto captó la expresión de Rohnan por el rabillo del ojo.

—Murió porque la obligaron a utilizar hasta la última gota de maryoku —anunció—. No fue una muerte agradable. O eso se me transmitió…

Ups. Aquello le sucedía más a menudo de lo que le hubiera gustado.

—Lo siento —se esforzó porque no sonara vacío.

Las dos palabras aborrecibles habían abandonado sus labios tantas veces en las últimas semanas que empezaban a carecer de sentido.

Ignoró adrede el brillo húmedo en los ojos de Rohnan, al menos hasta que el chico se frotó los ojos con lo que pretendía ser disimulo.

—El último coletazo de maryoku es como una… explosión —describió, la voz algo más ronca que segundos antes—. Los espíritus elementales cortan el vínculo de la manera más brusca posible cuando el mazoku en sí se extralimita y exige más de lo que ambos pueden asumir.

Yuuri apenas respiraba, absorbiendo cada sílaba con fervorosa curiosidad. ¿Por qué Günter consideraba más útil para su educación las ideas y venidas amorosas del Octavo Maoh o el lado sádico de la Decimosegunda Reina Demonio que aquella información sobre el uso del maryoku en situaciones límite?

Se humedeció los labios agrietados antes de hablar.

—¿Qué puede sucederle a Wolfram si se… extralimita?

—Depende. ¿Con qué elemento estableció el contrato Lord Bielefeld?

—Fuego —la palabra, en consonancia, supo a ceniza en su boca.

No podía jurarlo, pero a sus ojos Rohnan había palidecido. Necesitó poco más para confirmar sus temores.

—El colapso de un usuario de majutsu ígneo es el más terrible de todos —soltó Rohnan—. Tuve la desgracia de contemplar de cerca tan macabro espectáculo cuando el Imperio tomó Khrennikov.

No quiero saberlo, se dijo Yuuri, aullándolo en su interior. Por favor, no lo digas. La información le llegó antes de poder obligar a sus cuerdas vocales a hacerse oír.

—Arderá desde las entrañas si sigue forzándose. Una agonía instantánea. Y después se irá apagando hasta que deje de latirle el corazón.

Yuuri no se movió ni un milímetro. Dioses, juraría que su propio corazón había dejado de latir.

Conocía la posibilidad. A sus oídos había llegado el destino fulminante de aquellos mazoku que abusaban de su poder, por muy noble que fuera su motivo.

Suzanna Julia había muerto de forma similar, aunque por lo que había oído su final había sido mucho más plácido. Tal vez relacionado con la naturaleza de su maryoku, eminentemente sanador. Nunca se le había ocurrido pensar que las consecuencias de agotar el maryoku difirieran en función del elemento con el que se firmaba un contrato.

¿Podía pasarle lo mismo a Wolfram? ¿Se arriesgaba a morir si extinguía la última chispa de maryoku remanente en sus entrañas?

—No lo permitiré… —siseó.

Notaba la mirada de Rohnan clavada en él, pero no osó sostenerle el contacto visual.

De algún modo, sabía que sus pupilas verticales alarmarían al joven.

—No lo permitiré… —repitió.

A su reiterado juramento siguió un silencio que se alimentaba a sí mismo como un monstruo insaciable.

Ante sus ojos desfilaba en bucle un espejismo sobrecogedor. Wolfram consumiéndose desde dentro, devorado por su propio elemento en una irónica vuelta de tornas. Una llamarada fugaz, hermosa y terrible, y su cuerpo derrumbándose sin vida apenas un instante después.

Cerró los ojos, apretándolos tan fuerte que estrellas explotaron dentro de los párpados.

"No lo permitiré. No lo perderé así…"

—¿Puedo hacerte una pregunta… personal? —preguntó Rohnan a su lado, sacándole de su ensimismamiento.

Gracias al cielo.

Yuuri escudriñó a su camarada, intentando adelantarse a la naturaleza del interrogatorio en sí. El cambio brusco de tono no le había pasado desapercibido.

—C-claro —tartamudeó.

Las cejas de Rohnan estaban tensas, dando a sus ojos grises una expresión incómoda.

—¿Sabe el Maoh que su prometido tiene una aventura?

Un silencio sepulcral se extendió alrededor de ambos. Yuuri casi podía jurar que la ventisca había callado para escuchar lo que acontecía allí.

—¿Eh?

Rohnan carraspeó, un sonido embarazoso reverberando en su garganta.

—Es evidente que os conocéis de antes… —elaboró—. Si vivías en la Corte del Pacto de Sangre, probablemente el Maoh sabe quién eres. ¿Cómo habéis conseguido mantenerlo en secreto tanto tiempo?

Otro breve silencio. Más embarazoso que el anterior.

—¿Eh?

—B-bueno, no es asunto mío —tartamudeó Rohnan, su discurso acelerándose sin control—. Los nobles son gente peculiar… Quizá al Maoh no le importe que su prometido tenga un amante si él mismo tiene libertad de hacer lo propio. De todas maneras siempre ha corrido el rumor de que fue solo un compromiso político…

Antes de emitir un tercer "¿Eh?", la mente de Yuuri encontró un sentido a aquella surrealista conversación. Contuvo las ganas de soltar una sonora carcajada.

Rohnan no sabía que él era el Maoh.

Al parecer era una reacción habitual. Cuando la mayoría oía hablar del Maoh, esperaba un guerrero de rostro feroz y siempre dispuesto a desenvainar su legendaria espada demoníaca. Un lamentable patrón que se había cumplido durante muchos Reyes Demonio anteriores a él.

Nadie consideraba a primera vista que un chico desgarbado y delgaducho fuera el rey de Shin Makoku. Con el cabello teñido y la ausencia de ropas negras, debía ser una posibilidad demasiado remota.

Yuuri se preguntó si Conrart y Yozak lo había mantenido en secreto de forma deliberada o a Rohnan sencillamente se le había escapado la información clave en sí. Por si acaso, prefirió guardar el detalle para sí.

—N-no debería meterme donde no me llaman, lo sé… Pero es evidente que tienes algo con Lord Bielefeld —prosiguió Rohnan, metiendo las manos en los bolsillos de su abrigo—. Siendo el Maoh tan poderoso como dicen… Lord Bielefeld debe valer mucho la pena para correr el riesgo de ser su amante bajo las narices del Rey Demonio.

La tentación de seguirle el juego era irresistible. Dioses, apenas había tenido la oportunidad de un pueril divertimento desde que había abandonado su mundo.

Cualquier intento de burla quedó asfixiado por sus siguientes palabras, surgidas de lo más profundo de su ser.

—Por supuesto que vale la pena —aseveró—. Más de lo que puedas imaginar.

La intensidad de su respuesta pareció incomodar a Rohan, que abrió la boca varias veces en sucesión rápida y agachó la cabeza. Yuuri se apiadó del muchacho, por entretenido que resultara tomarle el pelo.

—Si te soy sincero, no somos… pareja, amantes o como quieras llamarlo —apostilló.

Rohnan le miró sin pestañear durante unos segundos. A continuación, soltó la carcajada más irónica que Yuuri había oído en su vida.

—Venga ya —se burló el joven, golpeándole el brazo en un gesto de compañerismo—. Salta a la vista. Dudo que alguna vez llegue a toparme con el Maoh, así que no debes temer que te delate…

—¡O-oye, es verdad…! —protestó Yuuri, notando cómo sus mejillas se encendían—. Wolfram y yo n-no somos… —se señaló alternativamente a él y al vacío frente a sí.

—Ya, ya, claro… —se carcajeó Rohnan, poniéndose en pie y sacudiéndose la nieve de la ropa. Sus comisuras se curvaron en una sonrisa bellaca—. Os he visto hacer manitas cada noche…

—¿¡"Ma-manitas"!? —chilló Yuuri, varias octavas más alto de lo debido.

La risotada de Rohnan hubiera sido refrescante en otras circunstancias; entonces solo le pareció burlesca y, en cierta manera, violenta.

Esa jornada de travesía Yuuri la pasó sumido en sus propios pensamientos. Su mente reconectaba con la realidad lo justo para no despeñarse y lanzar alguna mirada furtiva en busca del cabello dorado de Wolfram.

No fue capaz de negarse a sí mismo que la observación de Rohnan le había perturbado; principalmente porque era alguien ajeno que no conocía el trasfondo de su relación. Conrart o Gwendal no se atreverían a sugerirle a la cara que les consideraban una pareja (tal vez Yozak, pero los comentarios indecentes formaban parte tan íntima del espía que Yuuri ni le tomaba en serio).

Volviendo a su ex–prometido … ¿De verdad daban aquella impresión?

Él mismo se daba cuenta de que se comportaba con Wolfram de manera muy distinta a como lo haría con cualquier amigo en la Tierra. Sin embargo, comparar Shin Makoku con Japón sería un error indecente por su parte. Por varias razones.

Los mazoku eran obscenos en algunos comportamientos, al menos para los estándares japoneses, y sorprendentemente recatados en otros. Wolfram era la máxima expresión de aquella dualidad: no había tenido ningún reparo en meterse desnudo en su cama al poco de conocerse, pero le había resultado violento quitarse la camisa en su primer enfrentamiento.

La lista era interminable. Los matrimonios entre dos hombres o dos mujeres no eran ningún escándalo, pero dar un abrazo a alguien en público sí se consideraba inadecuado. Nadie batía una pestaña porque Yozak (o ellos mismos) utilizaran ropas de mujer para colarse en territorio enemigo, y ni un alma parecía escandalizada porque Chêri-sama se dedicara a amedrentar a sus enemigos ataviada como una dominatrix (con látigo y todo).

Con el tiempo, Yuuri había ido asumiendo aquellas rarezas y el factor sorpresa había perdido gran parte del impacto. Poco había ya que pudiera resultarle extraño en las rocambolescas costumbres de los mazoku. No era más que esperable que el tiempo le llevara a adoptar actitudes típicas del país que gobernaba.

Y aun así…

¿Era tan hipócrita como para negarse a sí mismo que trataba a Wolfram de forma distinta a cualquier otro?

No hubiera aceptado que cualquiera se autoproclamara como su prometido cuando se infiltraban en algún país hostil. Que le tomara de la mano para ahuyentar a dignatarios extranjeros que aspiraran a una unión política… o íntima.

Y, por supuestísimo, no permitiría a cualquier amigo meterse en su cama con un camisón rosa a un punto de ser translúcido.

Era distinto con Wolfram. Siempre lo era.

En qué sentido… Bueno, no podía —no quería— dilucidarlo. Y menos en aquel momento.

Todos aquellos quebraderos de cabeza se hundieron a los últimos puestos de su lista de prioridades cuando llegó la noche.

La temperatura se había desplomado a límites insoportables. Muy en contra de lo que le dictaba la lógica, el cielo cuajado de estrellas y la gigantesca luna azulada trajeron consigo la sensación más gélida que Yuuri había experimentado jamás.

Yozak se había arriesgado a instalar la hoguera a escasos pasos de la entrada de la tienda, tal vez con la esperanza de que parte del calor se contagiara al interior.

Si le preguntaban a Yuuri, no era efectivo. Sus pies estaban congelados, tan doloridos que se obligaba a adoptar una rígida posición fetal. No sentía los dedos de las manos, obligándose a apretarlas bajo las axilas para recuperar la sensibilidad.

Cómo Conrart podía permitirse dormir con solo una fina manta, escapaba de su compresión. Ni cómo Wolfram había caído redondo nada más entrar de nuevo a la tienda tras sus dos horas como centinela. Rohnan dormitaba a duras penas con la espalda contra Conrart, cubriéndose con el extremo de la cobija que le sobraba a éste.

Había valorado darse por vencido en su empeño de dormir; sentarse junto al fuego, en vigilia si era necesario, si significaba huir del frío infernal. Más ello significaría admitir una bochornosa derrota, así que apretó la mandíbula con obstinación. Solo sirvió para volver más ruidoso el castañeteo de sus dientes.

Sintió removerse al chico tendido a su lado y el frío penetró bajo las mantas cuando el susodicho se incorporó.

—¿Yuuri…? —inquirió una voz adormecida.

Los ojos de Wolfram parecían negros y enormes en la semi-oscuridad. Presentaban una curva amodorrada, lo cual no hizo más que empeorar la frustración de Yuuri. Su amigo era célebre por quedarse dormido en cualquier lugar y situación, así que no le tomó desprevenido.

—¿No duermes? —alcanzó a preguntar con una sonrisa casual. La voz le salió estremecida y ronca, así que gran parte del efecto taimado quedó diluido.

—No puedo dormir con el ruido que haces —bufó Wolfram, subiéndose el borde de la manta hasta el cuello.

Yuuri quiso replicar —de verdad que sí— pero su mandíbula había perdido la movilidad. Wolfram escudriñó su rostro; sin duda veía la tensión en sus cejas, los dientes apretados y los labios azulados. Su expresión se suavizó; Yuuri percibió algo deslizándose junto a su muñeca.

—Ven —murmuró Wolfram, tirando de su mano.

Yuuri suspiró. Sus dedos estaban tibios.

Fue todo lo que necesitó para seguirle sin plantearse el dónde o por qué.

Salieron al exterior congelado, silencioso como un camposanto. Yozak levantó la mirada del fuego: los ojos azules les miraron brevemente, pero no hizo preguntas cuando se alejaron del sencillo campamento.

No fueron demasiado lejos, apenas una treintena de pasos. Allí, un pequeño parche de terreno nevado se levantó de golpe, dándole un susto de muerte a Yuuri. Tardó unos bochornosos instantes en comprender que lo que estaba viendo era a Yuki, tumbada sobre la nieve, inmune al frío. El animalito bostezó y les observó a ambos con los soñolientos ojos negros, pero no se levantó.

Wolfram despejó a patadas la nieve de un metro cuadrado de terreno junto al animal y después obligó a Yuuri a dejarse caer en él en base a presionarle los hombros.

—Túmbate contra ella —le indicó.

Aún desconcertado, Yuuri hizo lo que le decía. Dedicó una mirada de disculpa a Yuki; el animal no parecía especialmente contrariado. De hecho le ignoró categóricamente y volvió a hundir el hocico entre las patas delanteras.

Yuuri atisbó en pocos segundos el objetivo de aquel embrollo.

El calor se expandió rápidamente por su espalda, avanzando hacia sus brazos y piernas. Suspiró con bienestar cuando Wolfram tendió una manta sobre él, subiéndosela hasta las clavículas. Se removió hasta adoptar la postura más cómoda posible, hundiendo la nariz en el borde de la tela.

Miró a Wolfram de soslayo. El ex–príncipe se las arreglaba para parecer pagado de sí mismo incluso envuelto en una manta hecha de remiendos.

—Es una técnica de supervivencia básica de la Academia Militar —explicó—. La manera de soportar el frío durante las maniobras en pleno invierno. Cualquier animal con pelo emite más calor que un mazoku intermedio, así que solíamos dormir contra nuestros caballos cuando nevaba.

Yuuri esbozó una sonrisa maliciosa.

—Imagino que esa ley excluye a los usuarios de majutsu de fuego —probó.

Wolfram pestañeó un par de veces, como si no comprendiera el porqué de su comentario.

—Por supuesto —cedió—. En condiciones normales, podría usar el maryoku para aumentar mi temperatura corporal. Por ahora… —sonrió, apenas una curvatura estremecida que camufló en gran medida la amargura que Yuuri sabía que sentía.

Hubo un largo instante de silencio en el que Yuuri se dividió entre ofrecerle palabras de apoyo o esbozar una sonrisa ingenua, pero Wolfram fue más rápido y giró sobre sus talones.

—Eh, ¿dónde vas? —exclamó, intranquilo.

Wolfram se detuvo para mirarle de soslayo. A Yuuri le fue imposible descifrar su expresión.

—Me sentaré junto al fuego —murmuró el joven—. Estaré bien.

—¡Oh, por favor, Wolfram! —protestó Yuuri, con más fervor del que pretendía—. ¿Qué sentido tiene que pases frío?

Dicho esto, levantó el borde de la manta e hizo un gesto de cabeza hacia su izquierda. Wolfram frunció los labios, tal vez valorando protestar, pero el cansancio se sobrepuso y caminó con docilidad hasta los pies de Yuuri.

—No quiero quejas si te golpeo mientras duermes —gruñó.

—Como si fuera la primera vez… —bufó Yuuri.

Wolfram se dejó caer a su lado, desenrollando la manta que llevaba sobre los hombros para cubrirlos a ambos con las dos. Aunque tuvo todo el cuidado de que no se tocaran, Yuuri notó de inmediato cómo ascendía la temperatura en el pequeño reducto íntimo que habían creado.

Una voz insidiosa en su subconsciente sugería que parte de la placentera calidez no estaba relacionada con las leyes básicas de la física, sino con una naturaleza más etérea y perturbadora.

Pasaron unos veinte minutos sin intercambiar palabra. Yuuri empezaba a sentirse adormecido; en ése tiempo, por lo general Wolfram debería llevar grogui unos quince. Pero Yuuri le notaba alerta a su lado, sin permitirse dar ni una corta cabezada.

Resultaba reconstituyente, de una manera que le avergonzaba admitir. Pero había un elemento discordante que no conseguía identificar. Algo que hurgaba en su cogote sin permitirle bajar del todo la guardia.

Al final, cayó en la cuenta de qué era exactamente lo que echaba de menos. Bufó entre dientes, sonriendo.

—¿Qué? —preguntó Wolfram en el acto.

No estaba dormido. Previsible.

—Nada —repuso, removiéndose—. Solo pensaba.

—¿En qué pensabas?

¿Debía decirlo? ¿Poner nombre a algo que tal vez solo deprimiera más a Wolfram?

—Echo de menos a Greta —murmuró.

Escuchó el silbido del aire al escapar entre los labios de Wolfram.

—Yo también —reconoció—. Pero no hay un instante en el que no dé gracias porque no esté aquí con nosotros.

Yuuri cerró los ojos y esbozó una levísima sonrisa melancólica. Él también se sentía agradecido por saber que su niña estaba a salvo.

Lejos de la guerra; con un mar entre ella y el enemigo de rojas vestiduras.

Su cabeza se ladeó de tal manera que su nariz rozaba la línea de la mandíbula de Wolfram. El gesto le pareció natural, y tal vez embelesado del calor corporal del otro muchacho no se permitió ser golpeado por las implicaciones o los segundos pensamientos. Tampoco por la súbita tensión que percibió en su amigo, cuya respiración se detuvo un larguísimo instante para reanudarse con agitación.

No debía ser tan raro, ¿verdad? Habían aclarado las cosas, y ello había reducido significativamente la tensión entre ellos. Lo suficiente para permitirse gestos de afecto sin que la incomodidad ganara la partida a la familiaridad.

En la ya lejana misión con el miasma, había sido incapaz siquiera de tocarle: en su lugar habían permanecido junto al fuego a casi un metro el uno del otro, sumergidos en un silencio tirante que parecía eterno.

¿Tanto habían cambiado ambos? ¿Tanto se había contagiado de la cercanía de Wolfram, de la manera irracional e instintiva en que buscaba su proximidad cuando estaban solos?

Notaba la rodilla de Wolfram contra la suya y algo que parecía su mano pendiendo en el espacio entre sus caderas. Dada la manera en la que estaba acurrucado contra él, cuando el mazoku espiraba le removía el cabello de la coronilla.

Era tranquilizador. Notar el cuerpo firme de Wolfram a su lado, su presencia reconfortante.

La maravillosa certeza de que al despertar estaría allí.

Durmió bien por primera vez en varios días. Con sueños que evocaban una realidad que había quedado muy, muy atrás.


La pila de documentos en su escritorio había parecido eterna. Había proseguido incluso después de la cena, cuando todo el castillo dormía. Tendría pesadillas con la maldita montaña de papeles: misivas y peticiones y solicitudes y absoluciones sepultándole en pergamino y tinta.

Yuuri avanzaba por los pasillos sosteniéndose la lánguida muñeca derecha con la mano izquierda y bufando entre dientes. Le escocían los ojos tras leer durante casi dos horas a la luz de un candelabro

Te lo juro, Conrad: ¡no podré usar esta mano en una semana! —se lamentó.

Me consta que Wolfram no aceptará eso como excusa para saltarte el entrenamiento matutino —apostilló su padrino con una sonrisa condescendiente.

Yuuri frenó de golpe con una expresión de pánico.

—¿Tú crees?

Sabes lo estricto que es Wolfram con aquellos que adiestra —le recordó Conrart.

Wolfram puede ser razonable… —intentó argumentar con una mueca nerviosa.

No cuando de instrucción se trata; ahí no da su brazo a torcer —replicó Conrart—. Y mucho menos siendo que fuiste tú el que pediste específicamente que él te entrenara.

Sí, lo había hecho. Para gran regocijo de Wolfram y una sospechosa diversión del resto.

Maldito el momento en que tuvo la genial idea. ¡Imbécil, que se había creído más listo que nadie!

En su total simpleza, había esperado que Wolfram fuera indulgente con él. Después de todo, el joven era incapaz de negarle prácticamente nada. Yuuri debería sentirse ufano por tener un poder semejante sobre otra persona. En su lugar, se conformaba con pequeñas victorias inocuas, como que su (oficialmente) prometido le permitiera escaquearse la última media hora de adiestramiento.

Pronto se arrepintió de su supuesto logro. De lo que en su cabeza había sido una jugada maestra cambiando a Conrart por Wolfram como encargado de su instrucción en combate.

Wolfram se cobró muy cara la media hora de menos multiplicando la intensidad del resto de entrenamiento.

Aprendió enseguida que no debía subestimar a los hombres de Wolfram por la concurrencia de que fueran imposiblemente atractivos. Cayó en la cuenta de su error tras apenas diez minutos sumergido en el adiestramiento de la guardia Bielefeld.

Su traspiés también le reveló una insospechada verdad.

En contraposición a las apariencias, Gwendal y Wolfram eran siniestramente parecidos.

Wolfram era un superior temible, exigente con sus subordinados e inflexible respecto a la conducta de sus soldados. No tenía ningún reparo en castigar con extenuantes ejercicios físicos a quien, bajo su exquisito criterio, no rindiera como se esperaba de él.

Solo los mejores forman parte de mi escuadrón —aseguró, impertérrito, la primera y última vez que Yuuri osó cuestionar su método. Acto seguido cruzó las manos a la espalda y dirigió una mirada llameante a sus hombres—. Si alguno de los presentes prefiere una disciplina más laxa, estoy convencido que Sir Weller o Lord Voltaire estarán encantados de aceptaros en sus tropas. No sería la primera vez.

Nadie batió ni una pestaña. Ninguno de los presentes parecía estar respirando. El único movimiento que Yuuri se aventuró a realizar fue descolgar la mandíbula.

Costaba creer que aquel sargento de hierro fuera el mismo muchacho que acudía cada noche a su habitación enfundando en un camisón de seda color pastel.

En su primera sesión, Yuuri acabó con agujetas en partes del cuerpo de las que no había sido consciente hasta entonces. Moretones por todos lados y codos y rodillas raspados, algo que no había experimentado desde sus momentos más negros en el club de béisbol.

Paradójicamente, estaba cien por cien seguro que ni Conrart ni Gwendal hubieran permitido que acabara con tal cantidad de laceraciones; Wolfram no parecía tener ningún tipo de dilema moral al respecto.

No obstante, cuando tras el baño había regresado a su habitación con la firme intención de fusionarse con su cama, Wolfram había estado allí con sendos ungüentos y un aceite que olía a menta. Tras mucha reticencia, Yuuri había permitido que lo esparciera por sus músculos agarrotados y doloridos.

Siempre había sospechado que Wolfram había añadido algo de maryoku a la mezcla, porque al día siguiente no quedaba rastro de verdugones.

Era la norma con Wolfram. Una ambivalencia en la que más valía saber navegar pronto para no ahogarse.

¿Te arrepientes del cambio? —la voz de Conrart interrumpió su senda de pensamientos.

N-no en realidad… —reconoció Yuuri. Esbozó una sonrisa de resignación—. Aunque verlo dar órdenes da terror, estoy aprendiendo mucho de él.

Me alegro. A pesar de su… fervorosa intransigencia, dudo que haya nadie en este castillo que pueda enseñarte mejor a utilizar el majutsu —opinó Conrart.

Yuuri le dedicó una mirada inquisitiva.

¿Ni siquiera Günter?

Todos sabemos de la debilidad que siente Günter hacia ti —le recordó Conrart—. Wolfram no tendrá ningún reparo en corregirte los errores más básicos. Hay muy pocos en Shin Makoku que se atrevan a hablarle al Maoh con absoluta sinceridad.

Tienes razón —coincidió con un mohín—. Dudo que a Wolfram le importe lo más mínimo llamarme de todo frente a medio país…

¿Es eso algo malo? —sondeó su padrino.

Yuuri necesitó apenas un instante para responder.

No —aseguró con franqueza—. No podría esperar nada mejor.

Conrart le dedicó aquella sonrisa auténtica que eclipsaba a su gesto de impostada calma. Una expresión que esbozaba a menudo cuando Yuuri decía algo que merecía su aprobación.

Buenas noches, Majestad.

Yuuri pestañeó varias veces y miró a su alrededor. Sin darse cuenta, habían llegado a las puertas de sus estancias.

Es "Yuuri", Conrad. Lo sabes de sobra —protestó por inercia—. Buenas noches.

Saludó con efusividad a los guardias apostados en la puerta y entró en los aposentos reales para encontrarse con una escena conocida.

Wolfram estaba tumbado de bruces, con solo pies y cabeza emergiendo del nido de cobijas; incluso bajo las sábanas, Yuuri veía con claridad su postura distendida, despatarrado y con los brazos en un ángulo imposible.

Greta no se quedaba atrás. Se las había ingeniado para girar 90 grados respecto a la almohada, de modo que sus piernas descansaban sobre el vientre de Wolfram y su cabeza pendía peligrosamente cerca del borde de la cama.

Yuuri ahogó una carcajada contra su mano: Greta parecía haber heredado los hábitos de sueño de Wolfram. Incluso la tendencia a ser violenta si intentaban despertarla antes de tiempo.

No era demasiado raro: Wolfram había compartido cama con Greta muchas más veces que él mismo. Era de sentido común que se le contagiaran hábitos de su padre más presente.

Su mente dio vueltas a aquella idea mientras se quitaba el uniforme y se enfundaba en el pijama. Ser padre resultaba mucho más fácil cuando podía confiar en Wolfram para cuidar a Greta en su ausencia. Era él quien atendía a Greta mientras Yuuri estaba en Japón, encargándose de su educación y cuidado. Sabía de buena mano que Wolfram se permitía arañar cada minuto posible de su agenda para estar con la niña: leerle cuentos, llevarla en largos paseos por la ciudad, enseñarla a montar a caballo o encargarse personalmente de sus estudios eran solo una porción de la lista de responsabilidades que Lord Bielefeld se había adjudicado.

Tras abrochar todos los botones, analizó la situación en busca de la solución a un problema más inmediato.

Greta estaba demasiado cerca del borde como para que él cupiera allí. Moverla, aunque fuera con cuidado, no era una opción dado su historial de bruscos despertares. La alternativa lógica hubiera sido el diván. No le era desconocido: Wolfram le había mandado allí sendas veces sin mayores contemplaciones bajo acusaciones de "infidelidad".

Se quedó clavado en el sitio como un idiota, descalzo y en pijama y mirando la cama con mal camuflado deseo.

Un rubor insano escaló a sus mejillas al considerar la tercera alternativa. El hueco junto a Wolfram estaba allí, descaradamente disponible.

Frunció el ceño. Sin importar si dormía bien o no, Wolfram no tendría compasión con él por la mañana. ¿Por qué debería importarle a él?

La decisión no fue premeditada. Tenía seguro que mientras más se cebara en la idea más difícil le sería llevarla a cabo. Tomando aire para reunir valor, asió el borde de la manta y tiró de ella.

Un pie y parte del tobillo asomaban con indolencia de la sábana y el borde del camisón rosa. Pálido, estrecho, estilizado. Perfecto. De no ser por las durezas apreciables en la suela y los dedos, con toda seguridad fruto de décadas usando botas de cuero, nadie dudaría que aquella extremidad perteneciera a una delicada jovencita.

El detalle no redujo su incomodidad, así que se tomó un tiempo extra en deslizarse entre las sábanas sin tocar ninguna parte del cuerpo ajeno. Cuando al fin su cabeza descansó en la almohada, aflojó la tensión en sus extremidades hasta hundirse en la suavidad perfumada de las cobijas.

Apenas duró unos pocos segundos.

Wolfram gruñó algo, se dio la vuelta de un tumbo y tiró un brazo sobre él con excesiva fuerza.

Yuuri se tensó como una vara, apretando los dientes para no emitir un chillido. Podía sentir la rodilla de Wolfram contra su muslo. Por no hablar del aliento regular que le acariciaba la sien, cálido y húmedo.

Pero no desagradable. El detalle no sorprendió a nadie tanto como a sí mismo.

Giró la cabeza, de forma mecánica, hasta que estuvo encarado a Wolfram. Las ocasiones en las que habían estado tan cerca, rostro con rostro, podía contarlas con los dedos de una mano.

Era una visión interesante, en especial cuando podía regodearse en ella sin la presión de ser descubierto en su escrutinio. Se meció durante minutos en el panorama de ensueño, en las mejillas coloradas y los labios rosados entreabiertos.

Hubo un momento de lucidez en que su incomodidad dejó de tener sentido.

Estaba compartiendo cama con dos de las personas que más le importaban en el mundo. Una cama enorme y cómoda, en una habitación tranquila y segura.

Y el cabello dorado que reposaba a su lado era lo más fragante que había olido jamás. Como girasoles en una tarde de verano.

Se permitió relajarse, respirando profundamente y acurrucándose contra Wolfram. El borde de su pijama se levantó por encima del tobillo y su pie entró en contacto con el de Wolfram.

No podía describir la sensación que el simple roce provocó en él. Porque era caliente y suave y vivo.

Tendió un brazo sobre él, pasando de largo hasta que su mano reposó en el hombro de Greta, que había buscado ocupar el hueco que Wolfram había dejado tras su tumbo.

Era raro, y al mismo tiempo algo hacía "click" en su cabeza. Era su famila.

Sonrió.

No podía hacer otra cosa.


Su despertar en las cumbres de Christ no fue tan dulce. De hecho, fue el más brusco desde que habían abandonado el castillo Khrennikov, provocado por dos manos enormes sacudiéndole los hombros. Una protesta refleja danzó en su paladar, pero una palma le selló los labios antes de poder expresarla.

Los ojos castaños de Conrart, con sus irises bordeados de plata, le observaban con un inconfundible brillo de alarma.

—Marchamos de inmediato —anunció su padrino, susurrando.

Empezó a contagiarse del pánico que flotaba en el aire cuando percibió que Wolfram no estaba a su lado.

—¿Qué sucede? —murmuró cuando Conrart retiró la mano de sus labios.

—Tenemos compañía —la respuesta fue escueta, tensa.

Suficiente para despertarle como un balde de agua fría.

Algo duro fue presionado contra su torso: cerró las manos por inercia entorno a la empuñadura de Morgif. La superficie peluda sobre la que reposaba se sacudió con nerviosismo hasta que él mismo se obligó a incorporarse, clavando las rodillas en la nieve.

Las dos mantas que le habían cubierto cayeron arrugadas a sus pies, arrastrando consigo los últimos retazos de una calidez evanescente. Siguió a Conrart a pasos torpes, imitándole en su empeño de avanzar con la espalda doblada a ras de suelo.

Yozak y Rohnan estaban tumbados sobre la nieve, el vientre pegado al borde mismo de un pequeño roquedo. Sus expresiones sombrías eran una perfecta antesala para lo que Yuuri atisbó al asomarse al despeñadero.

Una comitiva de jinetes vestidos de rojo atravesaba la llanura a trote ligero. Yuuri contó diecinueve. Incluso en la distancia, atisbaba el muestrario de armas que colgaban de las sillas de los caballos. Se dejó caer al suelo de medio lado, tal como había visto hacer en decenas de películas.

—¿Nos han encontrado?

—Hemos tenido suerte —murmuró Conrart—: unas pocas horas antes y hubieran visto el fuego.

—Puede que hayan encontrado los restos de nuestro campamento en los últimos días —especuló Yozak—. Dudo mucho que la noticia de la huida de Khrennikov haya motivado que estén por aquí. Más probablemente sea una patrulla rutinaria.

Para Yuuri, ambas cosas sonaban horribles. No había manera en que los soldados del Imperio toparan con ellos y les dejaran irse de rositas.

—¿Y Wolfram?

Solo los ojos de Conrart se movieron, hacia su derecha. Yuuri acompañó la trayectoria de su mirada y descubrió a Wolfram semioculto por el tronco de un árbol al final de un ligero promontorio. Con la capucha calada y la postura inmóvil, Yuuri solo apreciaba el fulgor de sus ojos.

Por el ángulo de su codo, supo que empuñaba la espada bajo la capa. Dispuesto a acometer el primero si la situación lo exigía.

Esperaron, congelados en el sitio como si formaran parte del paisaje. Minutos después, el retumbe de los cascos de los caballos acabaron por extinguirse, la compañía escarlata difuminándose en la lejanía. No obstante, Yuuri no se atrevió a moverse ni un milímetro hasta que Wolfram descendió hacia ellos por la breve pendiente, sus botas hundiéndose en la nieve al ir frenando.

—¿Cómo han llegado tan lejos a caballo? —exigió saber—. Dijisteis que los pasos eran impracticables en esta época.

—Y lo son —insistió Conrart—. Mi teoría es que ya existía un asentamiento del Imperio aquí.

—Es lo más probable —coincidió Yozak—. Tener los accesos entre territorios controlados es un movimiento esperable. Aunque reconozco que ha sido un secreto bien guardado, incluso entre las gentes de Christ.

Wolfram permaneció impertérrito durante una fracción de segundo antes de que un amago de cólera aleteara en sus rasgos.

—¿Sabíais de la posibilidad y asumisteis el riesgo?

Su tono era acusatorio, pero Yuuri sospechaba que le molestaba más que no hubieran compartido la información con él que el nivel real de peligro.

—No había otra opción, chico —protestó Yozak—. No cuando Radford quedaba descartado.

La sensata puntualización apaciguó el arrebato de Wolfram, devolviéndole pronto a su habitual apatía.

—Estamos relativamente cerca del borde Spitzwerg —arguyó Conrart—. Si conseguimos esquivarlos durante las próximas horas…

—Si están apostados en esta zona, nos acabarán descubriendo —replicó Rohnan. Era difícil ignorar el deje de pánico que volvía su voz varias octavas más aguda.

—Los soldados de Lord Spitzwerg podrían llegar hasta nosotros en menos de un día —explicó Yozak—. En especial si conseguimos descender lo suficiente para huir de las llanuras.

—Todo eso está muy bien, pero sigue estando la cuestión de que no podemos comunicarnos con ellos —apuntó Wolfram, no exento de mordacidad.

—Si Lord Voltaire entendió bien mi respuesta, los soldados de Spitzwerg ya deben estar en camino —apostilló Yozak—. Muy posiblemente con él a la cabeza.

Un fogonazo de júbilo se adueñó de Yuuri al pensar en la figura del mayor de los tres hermanos. Si bien Conrart y Wolfram siempre estaban a su lado, protegiéndole de todo mal, la presencia de Gwendal en un conflicto por lo general indicaba una victoria aplastante por su parte.

—¡Genial! —exclamó, conteniendo el chillido de excitación—. ¿Y dónde está el problema?

Su entusiasmo no iba en concordancia con las caras largas a su alrededor. Wolfram se mordisqueó ligeramente el labio y se volvió hacia Yozak.

—¿Sabe Gwendal de la eventualidad de que tengan las cimas de Christ cubiertas?

—Lo dudo —admitió el espía—. De ser así, nos habría advertido de este peligro en concreto.

Yuuri identificó el porqué de la inquietud general. Conrart se le adelantó y puso voz a tales miedos.

—Gwendal enviará una misión de rescate. Unos cuantos hombres a caballo con víveres, los suficientes para escoltarnos hasta zona segura en Spitzwerg. Pero no para combatir un grupo numeroso de soldados del Imperio.

El alma se le cayó a los pies a Yuuri cuando asimiló la magnitud de lo que estaba en juego. No solo ellos estarían en peligro, sino también Gwendal y todos los desdichados que trajera consigo.

—La avanzadilla no será suficiente —sentenció Conrart—. Menos aún si nos descubren antes de tiempo. Ni siquiera sabemos si los que hemos visto son los únicos soldados que hay en las montañas.

—Subestimas a Gwendal —garantizó Wolfram—. Habrá previsto este tipo de coyunturas.

—¿Estás cien por cien seguro? —repuso Yozak.

Wolfram apretó los labios hasta que se volvieron blancos, una línea torcida impregnada de frustración. Paradójicamente, a Yuuri le supo a gloria: uno de los rasgos más característicos de Wolfram era su intolerancia a ser cuestionado.

—Se me ocurre una idea, aunque sospecho que no os va a gustar… —aseguró Wolfram.

—No es que tengamos demasiadas alternativas… —comentó Yozak, sardónico.

—Tenemos un snipferd —puntualizó Wolfram, ignorando el tono condescendiente del espía—. Sobre la nieve será mucho más rápido que cualquier caballo del Imperio, y podrá avanzar en lugares donde los otros no se aventurarían. Será la manera más segura y rápida de hacer llevar un mensaje.

—Solo puede llevar a uno —observó Conrart.

Yuuri miró alternativamente a uno y a otro. No lo parecía a simple vista, pero a sus ojos se estaba produciendo un tira y afloja por un motivo que escapaba a su comprensión.

—Soy consciente —protestó Wolfram, sosteniéndole la mirada a su hermano sin pestañear—. Un solo hombre es suficiente para llevar un mensaje.

Siguió un silencio cortante en el que todos intercambiaron miradas con todos. Yuuri las devolvió con torpeza, incapaz de adivinar qué pensaban sus compañeros.

—Deberías ir tú, Capitán —sugirió Yozak al fin.

—No dejaré a Yuuri —replicó Conrart—. Wolfram, tal vez tú…

—¿Estás de broma? No voy a ningún lado sin Yuuri —se rebotó Wolfram en el acto.

—Y dudo que el animalito pueda cargarme a mí, la verdad… —murmuró Yozak.

Yozak era puro músculo, un palmo más alto que Conrart y al menos dos más fornido. No parecía plausible que Yuki pudiera sostener su peso.

Cuatro rostros se volvieron automáticamente en dirección a Rohnan, que parpadeó varias veces antes de caer en la cuenta.

—No me parece justo qu-, ¡eh!

Yozak interrumpió su réplica de forma tajante y definitiva tomándole con facilidad por debajo de las axilas. Le sentó con firmeza a lomos del caballo, sin esfuerzo de ningún tipo, y le caló la capucha de la capa hasta que solo asomó la nariz pecosa del muchacho. Yuki apenas se inmutó, soportando con estoicismo el súbito aumento del peso en su lomo.

—Es lo lógico, chaval —canturreó Yozak con su acostumbrado tono jovial—. No te conocen como a nosotros. Incluso si te interceptan, pasarás desapercibido…

Sin darle tiempo a replicar, se quitó la gigantesca capa y se la puso a Rohnan por encima. Era de un gris clarísimo, casi blanco, y a alguien de la constitución de Rohnan le cubría hasta los tobillos. A cierta distancia, un jinete blanco con una montura argéntea sería difícil de detectar en aquella extensión nevada.

—Cabalga hacia el este, ladera abajo —indicó Yozak, atando diversos bártulos a los bastes de la silla—. La vaguada bordea un río, aunque en esta época estará congelado. Al pie de la montaña y el final del Río Blanco hay una calzada que conduce a las tierras Spitzwerg.

—Dirígete al castillo Spitzwerg —Conrart tomó el relevo de las instrucciones, aferrando las bridas para hablarle cara a cara al muchacho—. Pide audiencia con Lord Gwendal von Voltaire. Es mi hermano y lo más parecido a un Jefe de Estado. En caso de que no se encuentre allí, dirígete a Lord Günter von Christ o Lord Stoffel von Spitzwerg.

Rohnan parecía aturrullado por el exceso de información; sus labios articulaban sin emitir sonido, tal vez un intento de exteriorizar su contrariedad a tan improvisado plan.

—Dile que te envía el Patriota de Ruthenberg —indicó Conrart—. Comunícale que el Maoh se encuentra en las tierras donde se halló la fuente del miasma.

Rohnan frenó en seco su ininteligible verborrea.

—¿El Maoh…?

Los ojos del muchacho se desorbitaron cuando se posaron en Yuuri con un súbito chispazo de reconocimiento. La mandíbula inferior cayó de tal manera que en cualquier otro contexto hubiera resultado hilarante.

En lugar de una carcajada, solo una sonrisa encontró la manera de curvar sus comisuras hacia arriba.

—Vete, Rohnan —le animó—. Si esto sale bien, ten por seguro que no volverás a ser jamás un esclavo.

En su defensa, el joven se recompuso con relativa rapidez de la revelación. Sus manos enguantadas apretaron los costados del cuello níveo, a ambos lados de la línea plateada de las crines.

—Sin dilación, Majestad —se inclinó sobre la espalda del caballo y le dedicó una breve inclinación—. Gracias, en nombre de Shin Makoku.

Espoleó los cuartos traseros de Yuki con un breve golpe seco de los talones. El animal emitió una suerte de relincho y salió al galope tendido, ligera como la niebla, sin que sus pezuñas hendidas dejaran apenas huella. Dio dos saltos y se precipitó ladera abajo, un desnivel en el que cualquier otro animal se despeñaría.

En menos de un minuto, jinete y montura se habían disuelto en la neblina cristalina que flotaba sobre la llanura.

Nada se movía. Nadie respiraba.

La nieve endurecida crepitó bajo las suelas de Yozak cuando se inclinó a cargar el escaso equipaje que conservaban. Sin duda había dado prioridad a los víveres, aunque Yuuri no descartaba que cargara un pequeño arsenal de armas arrojadizas.

—Avancemos —apuntó por encima de la cabeza de Wolfram, hacia lo que Yuuri estimaba que era el sur—. El descenso es más escabroso por esa vertiente, pero mucho más rápido. De hecho, en algunos tramos un caballo será incapaz de avanzar con seguridad.

Se pusieron a ello. Yuuri no había considerado que hubiera nada más duro que subir una montaña, pero bajarla estaba demostrando superarlo.

Patinaba cada dos por tres en el hielo incrustado entre las rocas. Los pies se le hundían en oquedades traicioneras que habían quedado ocultas bajo la densa capa de nieve. Media hora después, sus tobillos y rodillas dolían como si hubiera corrido dos maratones seguidas. Estaba sin aliento para cuando la vaguada hizo un leve codo y decidieron sin palabras tomarse un descanso.

El bosque de abetos dispersos se abría a una explanada de terreno llano, su superficie uniforme y lisa como el suelo de un salón infinito. Ninguna vegetación rompía la armonía cristalizada de un mundo inhabitado.

—Diez minutos y seguimos —advirtió Conrart, que había tomado un frugal tentempié y se dedicaba a examinar su espada—. Sería deseable avanzar un par de leguas antes de que caiga la noche. Esta sierra termina a unas cuantas millas. Esperaremos en el linde del bosque a que anochezca y recorreremos un trecho durante la noche.

—¿Por qué esperar a la noche? ¿No sería mejor avanzar mientras dure la luz? —elucubró Yuuri en voz alta.

—Si nos encuentran, no tendremos otra opción que derrotarlos —murmuró Wolfram—. Huir no será una opción si van a caballo, menos en una planicie.

Yuuri tragó en seco, apretando el borde del abrigo contra el cuello con la otra mano.

—¿A qué te refieres con "derrotarlos"?

Wolfram no se dio la vuelta para mirarle. A juicio de Yuuri, incluso ladeó la cabeza en un ángulo adecuado para ocultar su expresión.

—Despierta, chaval —le espetó Yozak, con los brazos en jarras y una mirada displicente—. Estamos en guerra. Tus ideales pacifistas pueden tener sentido en un escenario de tensión, pero no cuando el conflicto es real y amenaza a nuestras gentes.

—Entiendo todo eso —garantizó Yuuri, sin saber qué hacer con sus manos—. Pero…

—No te preocupes, Yuuri —intervino Conrart, frotándole la cabeza por encima de la capucha—: te protegeremos a como dé lugar.

—¡No es eso lo que me preocupa! —exclamó Yuuri.

Se cubrió la boca con una mano, consciente que había levantado la voz más de lo necesario. Entre los mechones de cabello negro, analizó los rostros de sus guardianes.

Ninguna de sus caras reflejaba nada mínimamente alentador. La de Yozak estaba a medio camino entre la resignación y el tedio; la expresión de Conrart navegaba entre la frustración y una sosegada lástima.

No se atrevió a intentar vislumbrar la de Wolfram. No lo soportaría.

Abrió la boca para hablar, pero el súbito placaje de Conrart cercenó cualquier oración que hubiera querido entonar.

Algo cortó el aire a una velocidad de vértigo, un silbido estremecedor que anunciaba muerte; una saeta se hundió en la nieve a milímetros de donde había estado su mano izquierda un instante antes.

A una distancia no lo suficientemente larga, Yuuri oía voces ajenas que ladraban órdenes. Por el rabillo del ojo, captó varias figuras escarlatas moviéndose como un rebaño.

—Nos han encontrado —masculló Wolfram, ya en pie aunque Yuuri no le había visto moverse.

Antes de que Yuuri pudiera articular sonido, la mano de Wolfram se había cerrado sobre el cuello de su capa y le había empujado contra la base retorcida de una avetosa. Conrart y Yozak hicieron lo propio, parapetándose tras un pequeño peñón que emergía entre la nieve.

Justo a tiempo. Una lluvia de proyectiles impactó en la cara opuesta del árbol, hundiéndose con repetidos chasquidos en la madera. Otras rebotaron y se partieron contra el peñasco.

Las voces se acercaban, inexorables. Yuuri juraría que podía oír el suelo temblar bajo sus pies.

La mente de Yuuri había entrado en bloqueo. Era una lamentable reacción que se repetía en situaciones donde no atisbaba una salida diplomática.

Solían llevar a un desenlace similar. Uno al que no quería recurrir.

—Podríamos necesitar al Maoh —murmuró Wolfram—. De verdad.

Yuuri giró la cabeza para mirar a su amigo. Estaban tan cerca que podía detallar cada gota de sudor que le corría por las sienes y el arco de las cejas. La mano entorno a la empuñadura de la espada, enfundada en un raído guante de lana, se estremecía visiblemente.

Wolfram era una de las pocas personas sin miedo que Yuuri conocía. Algo que compartían Conrart y Gwendal y que parecía heredado de Cecilie von Spitzwerg. Podía contar con los dedos de una mano las veces que había visto pavor real en la expresión de su amigo.

Cada una de dichas escasas ocasiones era como caer sin final. Yuuri confiaba en la capacidad de Wolfram de mantener el valor allí donde a él le fallaba, desconocedor de las actitudes bárbaras de aquel mundo.

—El Maoh siempre está dispuesto a aparecer cuando se le necesita —repuso en tono indulgente.

Aunque no le estaba mirando, Yuuri sintió los ojos de Wolfram horadando en sus sienes.

—Sabes a qué me refiero.

lo sabía. Por profundo que fuera el terror que la certeza la produjera.

Desde el mismo instante en que fue consciente de ésa segunda personalidad, etérea y todopoderosa, había sido un constante tira y afloja por asumir el control y establecer límites. Si bien el Maoh compartía gran parte de sus esquemas morales, sus límites eran substancialmente más laxos.

En los desconcertantes periodos en el limbo, un lugar sin nombre donde permanecía mientras el Maoh tomaba las riendas, compartía unos pensamientos que eran suyos solo en parte.

Sin su influencia, su desesperada contención, el Maoh se hubiera cobrado muchas vidas. Belal, Maxine, Saralegui. Y una larga lista de enemigos con quiénes el Rey Demonio consideraba aceptable lidiar de forma definitiva.

Solo en una ocasión había compartido Yuuri la pretensión de arrebatar una vida, si bien por un periodo muy breve, hasta que había logrado separar qué deseos pertenecían al Maoh y cuáles a sí mismo.

Había estado dispuesto a matar a Seiffert en el castillo Khrennikov. El Maoh en su interior aún clamaba venganza, sediento de la sangre de quien con tanta alevosía le había ofendido. Si Wolfram no le hubiera detenido, inculcando prudencia, el Maoh se hubiera encargado de desmembrar a Seiffert hasta que fuera una mescolanza sanguinolenta.

No tenía ninguna duda que Seiffert merecía un final cruento. El problema era que él no se creía capaz de lidiar con las consecuencias emocionales de cargar con una muerte.

Solo pensar en ello le daba escalofríos. Era una elección demasiado definitiva y él no era el adecuado para elegir quién vivía o moría.

—No permitiré que el Maoh mate a nadie —lo expresó en tono tajante, que no admitía réplica.

Wolfram no emitió ni un suspiro, y fue la ausencia de réplica lo que impulsó a Yuuri a volverse hacia él. Se le cortó la respiración; incluso dio una pequeña sacudida.

Jamás había visto aquella mirada en los ojos de Wolfram. No dedicada a él.

Decepción.

—¿Aún sigues confiando en la benevolencia de nuestro enemigo? —se las apañó para insuflar una cantidad considerable de resignación en cada vocablo—. ¿Sigues creyendo que en el último momento sufrirán una revelación de pacifismo?

A Yuuri se le secó la boca. Su pulso se aceleró. Era francamente perturbador; como sostener la mirada a una criatura antigua brotada de las entrañas de la tierra entre fuego y ceniza.

—Tú no has visto lo que hemos visto nosotros —prosiguió Wolfram, en un tono que iba en crescendo—. Solo te has asomado a las consecuencias de la guerra. No estabas cuando masacraban a los nuestros en el campo de batalla ni cuando torturaban y aniquilaban a quien se les opusiera. Ya conoces a Seiffert —añadió, y su voz tembló como una onda en el agua—. Los que están a sus órdenes harán lo que sea por complacer a su señor.

Se inclinó hacia él, tan cerca que su aliento era incandescente contra la mejilla helada de Yuuri.

—Si pueden, te matarán —garantizó—. Nos matarán a todos si les damos la oportunidad. No hay margen para vacilaciones o alardes de empatía.

Los soldados estaban ya muy cerca. Yuuri oía de fondo, como en segundo plano, el crujido de la nieve bajo sus botas y las cuerdas de las ballestas tensándose.

Incluso con la muerte sobre él, era incapaz de desviar el grueso de sus sentidos de la criatura arrodillada a su lado.

Con una súplica muda en los ojos más bellos y tristes que había visto nunca.

—Es o ellos o nosotros, Yuuri —sentenció Wolfram—. Te pido que por una vez nos elijas a nosotros.

Y sin mediar más palabra, enarboló su espada y salió al encuentro de sus enemigos. Yozak y Conrart le habían tomado la delantera por una fracción de segundo.

Yuuri no se atrevió a asomarse al negro panorama. Apretó los dientes cuando escuchó los primeros chasquidos de espadas chocando, los gritos de guerreros que no se daban por vencidos.

Cerró los ojos, sosteniendo a Morgif tan cerca de su rostro que el ávido ulular de la espada demoníaca se le metió en el cerebro.

A diferencia de él, el espíritu que imbuía el arma ancestral latía por un combate violento. Por tener la libertad para hacer lo que se le había prohibido durante milenios.

No estaba seguro de tener la fuerza suficiente para impedírselo.


(1). Yuki-baa = lit. "caballo de nieve"