¡Saludos de nuevo!

Gracias a las hermosas personas que leen, en particular Grazi-chan, Bell scarlet y Your fan por sus amables reviews. Disfrutad (espero?) de un nuevo capítulo.

ADVERTENCIAS: Lengua soez, referencias a non-con y violencia en este capítulo.


10

Feuer

Fuego


Encontrarse en una batalla real, sumergido hasta la médula en la contienda, era una sensación demasiado exigua en el haber de Yuuri. Una con la que había fantaseado, muy al principio de su aventura en Shin Makoku, cuando había emprendido la misión para recuperar la Espada Demoníaca. Fugazmente, se había imaginado a sí mismo en un heroico escenario, en gestas gloriosas que se recitaran de padres a hijos. Siendo una figura inspiradora que eliminara los prejuicios imperantes sobre los mazoku.

La realidad había sido harto menos utópica. Y el cerebro de Yuuri se había encargado de borrar la mayor parte de los detalles de tales encontronazos. Altercados en los que su actuación había sido más bien torpe, plagada de casualidades, hasta que el Maoh se decidiera a manifestarse.

Solo una, de entre todas, había permanecido grabada a fuego y sangre en sus recuerdos. Con el coro de gritos, el chasquido de metal hundiéndose en carne viva. El propio retumbar de su corazón, doloroso como si lo que latiera en su caja torácica fuera un oxidado artilugio mecánico.

Oh, nunca podría olvidar aquel olor…

El pestilente aroma a hierro introduciéndose en sus fosas nasales, impregnando cada fibra y cada célula. Un hedor putrefacto que había perdurado incluso días después de que el brazo de Conrart volara por los aires ante sus ojos.

Aún no lo olía, pero lo anticipada. Ver a sus tres guardianes chocar espadas contra unos oponentes que les cuadruplicaban en número solo podía acabar en derramamiento de sangre.

Morgif clamaba por unírseles, tirando de él hacía la reyerta donde bullían rencores y amenazas. Hubiera sido la opción fácil, ceder a la sed de sangre del espíritu atrapado en la espada.

Pero no era esa la manera en la que él solucionaba las cosas. La experiencia le dictaba que todo el mundo estaba dispuesto a dejar de lado sus rencores por algún precio. O por una justa dosis de intimidación.

Aprovechó un hueco efímero entre los cuerpos de sus oponentes para plantarse con firmeza espalda contra espalda con sus compañeros. Blandió a Morgif frente a su rostro, esperando resultar lo bastante intimidante como para que no osaran acercarse demasiado.

—¿Qué haces? —masculló Wolfram, sin mirar en su dirección—. ¡Tenías que mantenerte oculto…!

—¿Cómo iba a hacerlo? —replicó Yuuri, intentando insuflar pedantería a su voz.

No se giró a mirar a Wolfram, pero sí escuchó el bufido, y en su mente había una media sonrisa sardónica en sus labios.

—No esperaba otra cosa —aseguró su amigo.

—Diecinueve —masculló Yozak por lo bajo, interrumpiendo el breve clima de compañerismo.

La repentina aparición de Yuuri pareció refrenar la virulencia de los ataques enemigos, por razones que escapaban a su comprensión. A sus ojos solo era un muchacho flacucho, con una paupérrima postura ofensiva en comparación a sus compañeros.

Uno de los hombres se adelantó de la masa aparentemente homogénea. Era casi tan alto como Conrart pero lucía una pulquérrima barba oscura en el mentón y entorno a los labios. En cuando se detuvo, a escasos cinco metros frente al resto, Yuuri supo captar el aire elevado de alguien que está al mando.

—Nadie, salvo alguien muy desesperado, se arriesgaría a cruzar este camino en pleno invierno —su voz era ronca, con un tinte de fanfarronería—. ¿No es así, Capitán Weller?

Conrart parecía menos impresionado por la referencia directa que el propio Yuuri.

—No sois tan anónimos para el Imperio como creéis —aseguró el comandante, malinterpretando su silencio—. Todos conocen a las viejas glorias de Ruthenberg que han atrincherado a un grupo de rebeldes en los bosques más inhóspitos. Al segundo hijo de la Vigesimosexta Maoh y a su perro faldero.

Si Yozak se sintió ofendido por el apelativo, lo camufló de forma encomiable. Su sonrisa socarrona no tembló ni un ápice, la espada levantada frente a él y todo su lenguaje corporal bramando en ofensiva.

—Me honra saber que soy célebre entre vuestra gente —aseguró en tono sardónico—. Aunque sea con un apodo tan indigno e inmerecido.

Los ojos del cabecilla enemigo rodaron a su izquierda, ignorando la salvedad de Yozak, y posándose de forma inequívoca sobre el propio Yuuri.

—Y ése —puntualizó, apuntándole directamente con la espada—, pobremente disfrazado, es el destronado Rey Demonio de Shin Makoku.

Yuuri dio un respingo, la directa alusión sorprendiéndole. Presumió que después del altercado en el antiguo castillo Khrennikov solo era cuestión de tiempo que todo el país supiera que el Maoh volvía a campar por aquel mundo. Pero no esperaba que el rumor hubiera corrido tanto.

—Nadie le ha destronado —repuso Conrart antes de que Yuuri pudiera articular réplica.

—¿El ausente Rey Demonio, pues? —replicó otro—. Todavía menos honorable.

La coletilla consiguió herir a Yuuri, retorciéndole el estómago en un nudo de culpabilidad. El brazo de Wolfram no se movió ni un milímetro, ejerciendo de barrera entre él y sus enemigos.

Fue precisamente él el que captó en último lugar la atención de su interlocutor.

—Qué decir de ti… Todos los soldados del General Seiffert saben cómo es su dorada mascota —se regodeó en cada sonido—. La noticia del robo al General se expandió rápidamente por todo el Imperio.

Si bien Wolfram permaneció inmóvil, Yuuri hubiera jurado que el poco color que poseía su rostro se había drenado de sus mejillas.

Tal vez su amigo no había previsto el alcance de las noticias. De las habladurías y los detalles indeseables. O, más probablemente, seguía firme en su empeño de no compartir sus escabrosas vivencias con Conrart y Yozak.

—Hablas demasiado —siseó Wolfram—. Deberías permitir que tu espada hablara por ti.

Yuuri volvió la cabeza en su dirección, impresionado por el inesperado arranque de soberbia, de desafío. No tuvo tiempo de saborear la satisfacción, evanescente, porque el primer paso de Wolfram desencadenó el choque.

Conrart y Yozak le imitaron, y el enfrentamiento ya fue imparable. Toda esperanza de Yuuri de llegar a un acuerdo, a una tregua, se disolvió entre gritos y cuerpos chocando.

Los siguientes momentos, dilatados hasta el infinito, fueron una confusión de bramidos, impactos y empujones. Ninguno alcanzó a Yuuri. Lejos de considerarlo una bendición, era una evidencia inequívoca de que sus compañeros se tomaban en serio su deber de protegerle.

Allá donde una espada iba a su encuentro, otra surgía para bloquearla con un chirrido ensordecedor.

Algunos de los soldados se agrupaban cabalgando juntos en pos de ellos. Conrart despachó a dos pares, tumbándolos de sus monturas. Un quinto avanzaba a toda velocidad en su dirección, y obcecado en sus oponentes, su padrino no parecía verlo.

Pero sí su fiel compañero.

Yozak sacó una daga de su bota, la tomó por la hoja y la lanzó con terrorífica precisión. El cuchillo se hundió en la junta de la armadura del soldado, justo entre el cuello y la clavícula. El impacto le tiró de su montura, una fuente de sangre acompañando la trayectoria de su caída.

Estaba muerto cuando tocó el suelo.

Los oídos de Yuuri se llenaron de un pitido estridente, estremecedor, que anuló todos los demás sonidos. Ni la ventisca, ni el choque de las espadas de Conrart y Wolfram, ni los gritos y amenazas que flotaban en el aire.

Nunca había visto morir a nadie.

Siempre había esquivado el momento crítico en sí. Apartando la mirada de forma casual cuando una espada caía con letal resultado, pasando por encima de los soldados que se desplomaban en el campo de batalla en las escasas beligerancias que había presenciado.

Yozak había conseguido que pareciera fácil. Levantar un brazo, desconectar de la empatía y arrebatar una vida antes de que su enemigo hiciera lo propio.

El rostro sin vida del soldado enemigo estaba vuelto hacia él. Inmóvil, con las mejillas aún provistas de color y los ojos relucientes, tal vez por lágrimas involuntarias.

Yuuri gritó. Y el mundo explotó en torno a él.

Era una de aquellas raras ocasiones en las que el Maoh no consideró oportuno elaborar discurso alguno. Levantó la mano, juzgó e impartió justicia.

Dragones de hielo ulularon en el vacío blanco, arremetiendo contra sus enemigos con el pulso implacable del agua que nunca se detiene. Sus aullidos de pánico, breves, reverberaron contra los cercanos despeñaderos.

El Maoh valoró dar un empujón de maryoku a Yozak. Una advertencia, un gesto de reprobación por su desdén hacia las vidas ajenas. Lo había hecho antes, juzgando por encima de aliados y enemigos. El compás moral del Rey Demonio no obedecía a preferitismos.

En apenas unos pocos segundos, la planicie entorno a ellos estaba sembrada de cuerpos inconscientes vestidos de carmesí, como amapolas que hubieran logrado vencer la capa de nieve.

El espacio de tiempo en el que había perdido el control de su cuerpo había sido tan corto que hubiera jurado que no había sucedido. Apenas se le habían aflojado las rodillas, aunque tenía el pulso acelerado y la respiración agitada.

El Maoh había acudido con la misma facilidad que siempre, fiel a su mudo juramento. Solo una vida había sido cercenada. Ninguna por su mano.

Se volvió hacia Wolfram, esbozando un gesto triunfante. Éste le dedicó desde lejos una mirada que Yuuri no pudo descifrar: una mezcolanza de alivio y contrariedad que le dejó desarmado.

Un instante después, su rostro se había teñido de alarma.

—¡Cuidado! —aulló Wolfram, emprendiendo la carrera.

Yuuri pestañeó, perdido respecto al motivo de su pánico. Giró al captar un movimiento en su límite visual.

Su corazón se saltó un latido al ver una figura vestida de rojo a escasos centímetros de él.

El soldado le propinó un revés con el puño cerrado. Yuuri solo tuvo tiempo de cerrar los ojos e intentar protegerse al rostro antes de que los nudillos colisionaran con su pómulo y mandíbula. El mundo se volvió patas arriba y él cayó a plomo, su espalda golpeando la nieve endurecida y forzando el aire fuera de sus pulmones. Su nariz se llenó de olor a hierro mientras Morgif se desprendía de su mano.

—¡Yuuri! —gritó alguien.

¿Conrad? ¿Wolfram?

Estaba demasiado lejos.

Abrió los ojos.

Todo en su campo de visión era un torbellino negro y gris que rotaba sin parar. Las náuseas borbotearon en su estómago, ácido ardiente ascendiendo por su faringe. Solo el frío penetrante en su espalda le indicaba que estaba tendido sobre la nieve.

Algo se cerró entorno a su garganta, reteniendo por igual arcadas y oxígeno. Intentó hacer acopio de aire, pero la presión solo aumentó. Su cerebro tardó un instante interminable en comprender que era una mano que le oprimía el cuello, privándole del aire.

Manoteó sin blanco. En el centro de su enfoque, empezó a dibujarse un rostro desconocido deformado en una mueca de profundo odio.

—Seré un héroe… —mascullaba—. Seré un maldito héroe cuando pasee la cabeza del Maoh por esta tierra podrida…

Su aliento, caliente y fétido, impactó en su rostro cuando se inclinó sobre él. No ayudó a sus náuseas.

—Nos llevaremos a tu preciosa puta —siseó la voz insidiosa—. Le pondremos un collar refulgente y lo arrastraremos hasta los pies de nuestro General…

Yuuri pateó con todas sus fuerzas, pero las rodillas del hombre le mantenían inmóvil. Las pocas palabras que conseguían atravesar la niebla del aturdimiento empezaban a crearle un profundo malestar que le acuchillaba el corazón.

Entre las pestañas temblorosas, húmedas, vio el destello de algo metálico.

—Tal vez por el camino nos permitamos ablandarlo un poco para el General. Te aseguro que podrás oírle chillar desde el infierno, maldito diablo…

Algo cortó el aire en un suspiro. Un crujido húmedo seguido de una agónica exhalación. El rostro de su agresor quedó congelado, la boca entreabierta y los ojos en blanco en una mueca de terror.

Como impelido por una onda expansiva, el soldado se precipitó de medio lado. Aterrizó sobre la nieve a su derecha, tendido en una disposición grotesca. Yuuri vio la estela de rojo que siguió la trayectoria de la caída, las salpicaduras que derritieron la nieve en pozos escarlata.

Tras de sí había una figura encorvada, una mano que se había cerrado sobre la armadura del soldado para conducirle hasta el beso de la muerte.

Wolfram, inclinado en una postura anómala y con su espada ensangrentada en la mano. La misma hoja que había atravesado el pecho de su enemigo como si fuera de delgado papel.

Nada sucedió durante unos instantes eternos. El resto del mundo más allá de ellos dos y el cadáver fresco desaparecieron de la perspectiva de Yuuri.

Wolfram se tambaleó al darse la vuelta sobre la nieve, volviendo el rostro con una lentitud endemoniada. Expulsó el aire por los labios, creando una espiral de vapor que se disolvió en la oscuridad.

Los ojos de Yuuri se agrandaron ante la visión que quemó sus retinas. Una imagen delirante que no olvidaría mientras viviera.

Goterones de sangre corrían por el rostro perfecto de Wolfram; por la línea de las cejas y el arco de los pómulos. Chorreaban por su mano y muñeca. Apelmazaban su cabello rubio, calientes allí donde todo a su alrededor era gélido.

Wolfram cuadró los hombros, hermoso y terrible, elevándose sobre el caído como un ángel vengativo.

Yuuri no pudo contenerse. Por mucho que su subconsciente le advirtiera en un mantra inacabable que luchara contra el vergonzoso impulso. La maldita situación le superaba. Se movió justo a tiempo para inclinarse a un lado y evitar ahogarse con su propio vómito. Espasmos violentos que expulsaron el poco contenido que almacenaba su estómago.

Tardó minutos en controlar las arcadas, un tiempo precioso en el que la lucha siguió desarrollándose a ridículos metros de ambos. Cuando por fin logró incorporarse, secándose la boca con la manga del abrigo, Wolfram no se había movido de su sitio.

Sus ojos clamaban un "te lo dije". No petulante, no jactancioso. Solo resignado.

Yuuri no podía dejar de mirar el hilo de sangre ajena que delineaba su mentón. Al menos hasta que la mano de Wolfram ascendió a limpiar el escarlata; solo consiguió esparcirlo por su barbilla, dándole un aspecto truculento.

Después aquella figura de pesadilla se acercó a pasos inciertos, arrodillándose a escasos milímetros de su persona. Una mano se levantó en pos de él, directa a su rostro: por puro reflejo, Yuuri retrocedió unos palmos con brusquedad, los ojos desorbitados en alarma.

Advirtió su error solo un instante después, por cómo se descompuso la expresión de Wolfram, el estremecimiento de los dedos ensangrentados. Las comisuras de sus ojos adoptaron una curva alicaída y Yuuri no quiso atreverse a especular qué pensamientos pasaban por su cabeza.

¿Creía que le repugnaba lo que había visto? ¿Que le culpaba por la muerte de un hombre, aunque fuera un enemigo con claras intenciones homicidas?

¿Que le odiaba por lo que se había visto obligado a hacer?

Ni él mismo lo sabía. Pero no podía forzar su rostro a borrar la expresión de horror.

El dolor en la mirada de Wolfram era insondable, resignado. Y por mucho que lo intentó, Yuuri fue incapaz de verbalizar las palabras de empatía que bailaban en su lengua.

Al final, Wolfram habló.

—¿Te encuentras bien, Yuuri?

Asintió con fervor. Cualquier cosa antes que la mano ensangrentada le tocara.

Los ojos de Wolfram se movieron hacia su derecha, observando a sus dos compañeros de soslayo. Las espadas de Conrart y Yozak volvían a bailar una vez se cercioraron de que estaban a salvo.

A lo lejos, un pequeño bando de figuras rojas se acercaba a toda velocidad.

—Vienen más —murmuró Wolfram. Su tono era aciago.

Yuuri vio cómo Conrart despachaba a un enemigo que corría en su dirección, embistiéndolo con la espada y lanzándolo directamente al suelo. Recuperando la verticalidad, girando de tal manera que la capa se le enredó con el torso, se volvió hacia ellos.

Los dos hermanos intercambiaron una larguísima y significativa mirada. Conrart articuló algo, remarcándolo con un visible fruncimiento de cejas.

Incluso Yuuri pudo leer en los labios de Conrart.

"Marchaos"

En un pavoroso instante de lucidez, creyó que aquella sería la última vez que vería el rostro de su padrino.

—Conrad… —balbuceó.

—¡Protege a su Majestad, Wolfram!

Cuatro palabras que actuaron como un catalizador. Lo próximo que supo fue que la mano de Wolfram se había cerrado entorno a su muñeca, como la garra de algún depredador, y toda la potencia concentrada de su amigo tiraba de él ladera abajo.

Necesitó unos segundos para recomponerse, para construir una reacción en sentido contrario.

—¡Suéltame, Wolfram…! —chilló—. ¡No podemos dejarlos!

Pero Wolfram no le escuchaba. Había puesto el piloto automático, se percató; la capacidad de ignorar cualquier contraorden que contraviniera su objetivo primordial.

Protegerle a él. Alejarle del peligro. Por encima de todas las cosas.

De cualquier otra persona.

Tiraba de él con una fuerza huracanada, desproporcionada para alguien de su complexión. Por mucho que Yuuri lo intentara, su propia resistencia no podía compensar la violencia con la que Wolfram le obligaba a avanzar.

—¡Es una maldita orden, Wolfram…! —insistió, desgañitándose en cada sílaba. Su voz empezaba a gozar de un tinte histérico—. ¡Debemos volver a por ellos…!

El joven se mantuvo sordo a sus exhortaciones, redoblando la insistencia de sus tirones.

Tres soldados corrían hacia ellos, las espadas enarboladas en una clara amenazada. Yozak y Conrart les despacharon antes de que pudieran avanzar cincuenta metros.

La masa roja parecía crecer por momentos. Eran al menos treinta. Quiso gritar; sus cuerdas vocales no le obedecieron al instante.

Ni siquiera Conrart y Yozak podrían con una multitud como aquella.

Apretó los dientes. No iba a permitirlo.

Wolfram emitió una exclamación de sorpresa cuando Yuuri clavó ambos pies en el suelo y bloqueó su avance. Giró sobre sí mismo a una velocidad increíble, justo a tiempo de asistir a cómo Yuuri se libraba de su afiance y corría en sentido contrario.

"Maldición, Wolfram. Tengo que hacerlo."

No llegó muy lejos.

Los brazos de Wolfram surgieron a su espalda y se cerraron entorno a su torso, impidiéndole moverse ni un milímetro. Yuuri siguió luchando por desembarazarse de su agarre, permitiéndose acciones más drásticas como golpes bajos o mordiscos furtivos.

—¡Que me sueltes, Wolfram…!

—¿¡Qué piensas hacer!? —gritó éste en su oído, haciendo vibrar dolorosamente su tímpano. Redujo el tono antes de hablar de nuevo—. No puedes invocar al Maoh de nuevo…

—¡Conrad! —chilló Yuuri, tironeando de ambos en dicha dirección—. ¡Conrad…!

Una mano se cerró sobre su hombro. Fuerte, los dedos hundiéndose con escasa delicadeza en el hueco de la clavícula.

—Tú me has obligado a esto, Yuuri… —susurró su voz favorita en su oído.

—Wolfram, ¿qué…?

Notó los dedos de Wolfram presionar su cuello, justo sobre la carótida. Sus nervios y articulaciones se aflojaron. En apenas un parpadeo, su visión empezó a tornarse borrosa en los bordes.

Un recuerdo diáfano, ajeno, zigzagueó en el fondo de su subconsciente.

Suele usarse con pacientes violentos o poco cooperativos —decía una voz de mujer, recitando la información en tono musical—. No produce ningún efecto secundario salvo un corto periodo de inconsciencia; valioso y suficiente tiempo para sanar una herida o realizar una intervención.

—¿Por qué es la primera vez que oigo mencionarlo, entonces? —Wolfram, más joven por al menos tres décadas, le dedicaba una mirada inquisitiva desde encima de su cuaderno de notas.

Yuuri se inclinaba sobre él. No, no Yuuri. Reconoció las manos finas, elegantes e imposiblemente pálidas.

Porque muy pocos poseen una precisión suficiente para realizarlo sin dañar los nervios del paciente en sí —sentenció Julia La Blanca.

Manoteó en el aire. Sus dedos rozaron la mejilla de Wolfram, cayendo como un peso muerto instantes después.

Los brazos de Wolfram le sostuvieron antes que sus rodillas rozaran la nieve bajo sus pies. A continuación, mucho rato nadando en la nada.


Conrart no se permitió vigilar a sus adversarios más que de soslayo.

Al menos hasta que la cabeza dorada de Wolfram desapareció de la vista, camuflándose con la enormidad helada junto con su valiosa carga. Y ellos dos estaban justo en el camino que deberían seguir sus asaltantes para llegar hasta Yuuri y su hermano.

—Ya habéis visto cómo ha terminado para los insensatos que lo han intentado —advertía Yozak en tono socarrón, apuntando a los cadáveres con su espada—. Nosotros somos vuestros oponentes. Un solo movimiento en pos de los chicos y os uniréis a ellos.

Los soldados enemigos adoptaron la estrategia básica esperable: rodearles, valiéndose de su superioridad numérica para intimidarles. En opinión de Conrart, parecían harto más amedrentados que ellos.

—Esto me es desgraciadamente familiar… —canturreó Yozak.

—¿Ruthenberg? —probó Conrart.

Escuchó a Yozak reír a su espalda, una carcajada que hizo vibrar su propia caja torácica.

—Bueno… y al menos otras veinte ocasiones —confesó su camarada—. Empieza a ser un patrón predecible.

Sus oponentes parecían desconcertados por el incontestable buen humor de Yozak. Sin duda le consideraban un loco o un necio. Conrart mismo había llegado a dudar de la cordura de su camarada en más de una ocasión.

—¿Confías en el Lord Mocoso?

Su sonrisa se disolvió. Un fortuito cambio de tono, de actitud, también era una seña de identidad de Gurrier.

—No hay nadie en quien pueda confiar más para mantener a Yuuri con vida —aseveró Conrart—. Nadie que estuviera dispuesto a sacrificar cualquier cosa.

—Esa es una apuesta arriesgada —murmuró el espía—. Por varias razones.

Hubo un breve silencio. Y Yozak lo rompió con una frase inconexamente optimista.

—Una que secundo de buen grado —sentenció.

Conrart no pudo más que sonreír. Incluso al borde de la perdición, siempre podía esperar el apoyo de Yozak.

—Yo borraría esa expresión pretenciosa —se mofó uno de sus oponentes.

Había tomado el puesto de lugarteniente tras su malogrado comandante, caído bajo la implacable espada de Yozak.

—Tacharla de "pretenciosa" tal vez sea exagerado —opinó Yozak, exhibiendo todos los dientes al sonreír.

—No habéis conseguido nada, solo posponer lo inevitable —garantizó el hombre, acercándose un par de pasos hacia ellos.

Sus allegados le dedicaron miradas alarmadas, como si le creyeran un loco, pero él se mantuvo firme.

—Tenemos rastreadores en esta montaña —anunció—. Oteadores que han observado lo que aquí ha sucedido.

Otro paso. Acompañado de una sonrisa ladina y prepotente.

—Darán caza al Maoh y a su puta demonio —aseguró—. Quizá se molesten en tomarse una pequeña recompensa antes de devolverlo en bandeja de plata al General Seiffert.

Conrart lo sintió.

El instinto primitivo alimentado por la furia, por el deseo básico de sangre. El matiz que diferenciaba a un soldado de un guerrero.

Avanzó una zancada a una velocidad demencial. Su mano se revolvió, y con ella la espada, antes de que su enemigo registrara el movimiento.

La garganta quedó abierta en canal, la tráquea asomando y sufriendo espasmos húmedos. Las manos del desdichado acudieron raudas a su cuello, convulsas, intentando vanamente restañar una herida mortal. Los ojos se le salían de las órbitas cuando cayó sobre sus rodillas para desmoronarse poco después, inerte, la sangre expandiéndose en un estanque sin final sobre la nieve.

Tal vez su fama en las naciones humanas sí estaba un poco justificada, se dijo, mientras la marabunta escarlata caía sobre ellos.

Antes de que su espada se hundiera en el pecho del primer soldado, dio las gracias a Shinou, al universo, por una sola cosa.

Yuuri no le vería matar.


Lo primero que Yuuri vio al regresar al mundo consciente fue un suelo blanquísimo que quedaba atrás a toda velocidad. Cerró los ojos y volvió a abrirlos en sucesión rápida mientras su mente se esforzaba en ofrecer una explicación al curioso fenómeno.

Los recuerdos más inmediatos tardaron un tiempo demasiado prolongado en encajar en su memoria fragmentada. Y lo primero que caló en él fue estupefacción.

"Maldita sea, Wolfram… Me ha hecho un ninjuntsu de llave del sueño…"

Ni siquiera sabía que existiera algo parecido en aquel mundo. Bueno, tampoco en la Tierra, a decir verdad… Siempre lo había creído muy peliculero, un clásico del manga de ninjas.

Las repercusiones del aparentemente sencillo gesto tardaron un poco más en hacerse patentes en su cabeza, disparando una dopante sensación de pánico.

—¡Wolfram! —chilló—. ¡Bájame…!

Para dar énfasis a su petición, procedió a golpear con pies y manos toda parte del cuerpo de su amigo que tenía a su alcance. Wolfram aguantó con estoicismo los primeros impactos, con toda seguridad por lo descoordinados que eran, pero pareció particularmente molesto por la que le incidió en el bajo vientre.

—Estate quieto —advirtió en un gruñido.

El agarre de Wolfram sobre su abdomen era firme, imposible de quebrar, así que tras un breve forcejeo que solo sirvió para mantener su orgullo se dio por vencido.

Una de las lecciones básicas de vivir en el Pacto de Sangre era que llevar la contraria a Wolfram von Bielefeld rara vez terminaba en nada bueno. Aún obtuso en sus procesos mentales, Yuuri se dejó llevar durante unos minutos más sin rechistar.

Wolfram pisaba cuidadosamente allí donde no había nieve, aprovechando las raíces que emergían de la capa blanca o las rocas más expuestas. Una manera de no dejar huella, comprendió. Se movía con agilidad a pesar del difícil terreno y el peso extra de él mismo.

Muy a menudo olvidaba que Wolfram tenía una instrucción militar a sus espaldas, que seguía un riguroso entrenamiento para mantenerse en forma. Él no hubiera podido avanzar ni doscientos metros en aquel terreno con otra persona a cuestas.

Alcanzaron una vaguada con rocas dispersas. Hacía mucho que Yuuri había perdido la capacidad de fijarse en los detalles del paisaje: le era imposible afirmar si ya había estado en aquel lugar. Aquella maldita montaña ofrecía un panorama tan monótono, tan carente de puntos de referencia, que no podía imaginar qué había llevado a Wolfram a elegir aquel sitio en concreto.

A juzgar por la dejadez con la que le hizo bajar, depositándole con escaso cuidado en la superficie nevada bajo una conífera, tal vez solo estaba cansado.

Wolfram le dio la espalda y se alejó de él una decena de pasos antes de detenerse, la capa de viaje ondeando entorno a sus hombros. Algo en su postura reprimió todas las recriminaciones que Yuuri había preparado.

—Me ha apartado… —dijo al fin, con voz ronca y estremecida—. Otra vez me ha apartado de la lucha…

Yuuri oía su respiración agitada, trabajosa y superficial. ¿Estaba hiperventilando? Deseó haber prestado más atención en la clase de educación sanitaria donde habían hablado sobre ataques de pánico (en su momento, le pareció más productivo esbozar el contorno de un jugador de béisbol en una esquina de su cuaderno).

—No confía en mí —afirmó, su tono descorazonado—. Ninguno lo hacéis.

Yuuri llegó hasta él: se había movido con tal lentitud que con toda seguridad su compañero no lo había notado. Estiró los dedos y se atrevió a depositarlos sobre su hombro. Aunque dio un leve respingo, Wolfram no se los apartó.

—Esa no es la razón —murmuró.

Ante esto, Wolfram se irguió con una lentitud desquiciante. Yuuri le oyó inspirar varias veces antes de hablar.

—¿A no?

Se volvió hacia él, aunque solo a medias: Yuuri podía ver su perfil perfecto y un solo ojo verde clavado en él, inquisitivo. Increpante, incluso.

—Hicieron lo mismo durante la Guerra —reveló—. Me obligaron a permanecer en el Pacto de Sangre aunque empeñé años en aprender a luchar. Me excluyeron como si todo mi esfuerzo no hubiera valido nada.

Del mismo modo que había avanzado, Yuuri fue retrocediendo. Se arrepintió de haber echado de menos los ataques de cólera de Wolfram, porque no era aquella la rabia que él había añorado.

Aquello era… antiguo. Más que él. Y más profundo que cualquier superficial pataleta.

—Me arrebataron toda oportunidad de honor y gloria, de… realización —su voz iba en crescendo, empapada de resquemor—. Obligándome a ser solo una pantomima del soldado que debería haber sido. Un mocoso sin ninguna utilidad. Seguro que no es la primera vez que lo oyes —añadió con sarcasmo—. Fui el hazmerreír de todos aquellos que, con varios grados por debajo, se coronaron de gloria en la guerra.

Yuuri no podía empatizar con las aspiraciones militares de Wolfram. Era uno de los aspectos de la sociedad mazoku que no podía compartir; siempre le había parecido absurdo el querer ascender por los estamentos militares para estar lo más cerca posible de la cima (en aquel caso, Gwendal).

Evidentemente, era algo que gozaba de mucha importancia para su amigo. Que aumentaba su autoestima cada vez que sus subordinados se dirigían a él con respeto.

El asunto con sus hermanos era otro cantar. Saltaba a la vista que Wolfram pasaba gran parte de su tiempo intentando impresionar a Gwendal (y, aunque no lo admitiera, también a Conrart). Que no le creyeran apto para un fin concreto parecía minar su amor propio.

—Conrad confía en tus habilidades, Wolfram —cercioró—. Siempre lo ha hecho.

—¿Entonces por qué me aparta de este modo? —replicó el aludido—. ¿Por qué me desecha tan rápidamente? ¿Por qué ni siquiera me otorga las migajas de la duda?

—¡Porque también quiere protegerte a ti! —soltó Yuuri.

Vio el momento exacto en el que la revelación caló en él, desorbitándole los ojos. Tal vez había sucedido lo mismo un sinfín de veces, ocasiones en apariencia aleatorias donde Gwendal le había prohibido acudir a primera línea de conflicto con quién sabe qué excusas, pero con un único objetivo.

Proteger a su hermano menor.

Pero Wolfram nunca lo había visto desde aquella perspectiva. Jamás, ni una sola vez, había valorado que su seguridad fuera el motivo último para desestimar sus habilidades.

Y la inercia de tal dogma seguía persiguiéndole.

—¿Es eso lo que te han dicho? —le espetó—. ¿Esa es su razón para justificarse…?

—¡Basta!

Wolfram reaccionó como si le hubiera alcanzado una corriente eléctrica, irguiéndose en un virulento espasmo. Una expresión dolida empezaba a asomar en sus rasgos, pero Yuuri sencillamente no podía parar.

No entonces.

—¡Me has arrastrado lejos de Conrad y Yozak! —rugió, acusatorio—. ¡De tu hermano, Wolfram…! ¡Por esa estúpida idea de que protegerme a mí es lo más importante…!

—Es lo más importante —repuso Wolfram. Irritantemente sosegado.

—¿¡Más que las vidas de Conrad y Yozak!? —gritó Yuuri, inclinándose hacia adelante. Apuntó hacia una dirección aleatoria con deliberada violencia—. ¡Por lo que sabemos, podrían estar muertos…! ¡Cuando lleguemos a Spitzwerg, ¿serás capaz de decirle a Chêri-sama que has abandonado a tu hermano a su suerte…!?

Su última pregunta acusatoria creó un eco en las cercanas paredes, y después le siguió un vacío dilatado.

Wolfram le miraba con los ojos abiertos como platos, las pupilas temblando en el globo ocular. No podía asegurarlo desde allí, pero sus globos oculares eran acuosos en las comisuras.

Yuuri se cubrió los labios con ambas manos, deseando echar el tiempo hacia atrás para borrar sus últimas palabras. Lo había pagado con la única persona presente, que había resultado ser Wolfram. Wolfram, que al fin y al cabo solo obedecía órdenes de alguien con un rango superior.

—Lo siento… —balbuceó entre sus propios dedos—. Lo siento…

Retrocedió hasta dejarse caer sentado en el mismo punto donde estuviera unos minutos antes. No se apartó las manos del rostro. Wolfram le observaba con una mezcla de aprensión y culpabilidad, como si valorara la sensatez se acercarse a él dado su anterior exabrupto.

No fueron palabras lo primero que llegó hasta él. Los dedos de Wolfram se posaron en su mentón y le obligaron a volver la cabeza.

—¿Te duele? —preguntó.

Yuuri no comprendió inmediatamente a qué se refería; reparó entonces en el dolor pulsante en su pómulo, en cómo su ojo se entrecerraba y palpitaba. Las yemas de Wolfram, heladas, suponían un alivio contra su piel inflamada.

—Apenas —carraspeó.

Debía haberse limpiado las manos en algún momento. Ni siquiera detectó el distintivo olor a sangre coagulada.

—¿Qué pinta tiene? —se aventuró a preguntar, mordisqueándose el labio inferior.

No osó establecer contacto visual. La cercanía de Wolfram, aquel tipo distinto de intimidad, le resultaba incómoda. Le frustraba. ¿No se suponía que habían cercenado la tirantez entre ambos tras disolver de mutuo acuerdo su compromiso?

Una parte de él, tozuda y algo irracional, no parecía haber captado el concepto.

—Empieza a amoratarse —confirmó Wolfram—. Pero no es grave.

Dejó los dedos danzando sobre el que sin duda sería un moretón memorable. Yuuri estuvo tentado de inclinar el rostro, vencer aquellos escasos milímetros que les separaban para volver a sentir el tacto fresco, reconfortante, de sus dedos.

—Siento que hayas tenido que verlo —murmuró Wolfram.

Yuuri pestañeó varias veces, enfocando al infinito frente ambos.

—Has hecho lo que debías —replicó.

Y aun así no pudo sostenerle la mirada. Wolfram no soportaría ver la vacilación en sus ojos, no cuando había demostrado su inestabilidad emocional apenas unos minutos antes.

—No lo dices de verdad —sentenció Wolfram.

Yuuri retuvo el aire un doloroso segundo, los ojos desorbitados al experimentar la familiar y odiada sacudida en el pecho. Levantó la cabeza como un resorte, pero no lo bastante rápido para atisbar la expresión de Wolfram antes de que éste girara sobre sus talones.

—Wolfram… yo…

—No importa —le interrumpió Wolfram sin volverse—. Estás a salvo. Cualquier precio a pagar por ello es irrisorio.

Por su postura, Yuuri intuyó que bajo la capa tenía la mano en el pomo de la espada.

—Duerme un poco —le recomendó—. No podremos permitírnoslo una vez caiga la noche.


Rohnan había tardado varias horas en admitir para sí mismo que el plan tenía grietas importantes.

Se había imaginado a sí mismo entrando en el palacio de los Spitzwerg a lomo de Yuki, con semblante serio y aire urgente. Dirigiéndose a Lord Voltaire y sus allegados para comunicarles la buena nueva de que el Maoh estaba en los bordes de su territorio.

El momento culmen del desengaño sobre su idealizada heroicidad llegó al mismo tiempo que una furiosa tormenta de nieve.

La ventisca se le metía en los ojos, obligándole a parpadear cada pocos segundos. Incluso con los párpados entrecerrados, las pestañas se le cubrían de escarcha. Tampoco hubiera importado mucho: su campo visual se reducía a la parte superior de las orejas de Yuki. Hacía mucho que había dejado de intentar dirigir el camino del animal, dejando en manos del instinto lo que él era incapaz de escoger.

En un momento dado, Yuki se detuvo en un movimiento grácil que la dejó inmóvil, congelada entre la ventisca.

—¿Qué ocurre, bonita?

La notó estremecerse bajo su peso, bufar entre dientes. Achicó los ojos y analizó el panorama frente a él, revuelto por la creciente ventisca. El alma se le cayó a los pies.

¿Estaba alucinando o realmente había jinetes entre la tormenta?


—Duerme un poco —había repetido Wolfram, sentado en guardia con ambas manos entorno a la empuñadura de su espada.

Contra todo pronóstico, Yuuri le había hecho caso. Incluso tras repetirse hasta la saciedad que la insufrible situación no le dejaría sosegar, el agotamiento le venció con humillante facilidad.

Debía haber dado una cabezada más o menos corta, porque despertó cuando su cabeza cayó sobre el punto donde había estado el hombro de Wolfram… quién sabe cuánto rato antes.

Permaneció unos largos minutos inmóvil, intentando hacer las paces con la execrable realidad que llevaba a cuestas. Con haberse separado de Conrart y Yozak y haberlos dejado a quién sabe qué destino. Con estar con Wolfram perdidos en medio de la nada y sin duda perseguidos por una horda de soldados vestidos de rojo.

Tragó saliva. Derrumbarse no iba a valerle a nadie de nada. No a Yozak, no a Conrart. Y desde luego tampoco a Wolfram.

Se puso en pie, sacudiéndose la nieve del bajo de la capa; empezó a buscar. Todo estaba tranquilo. Irritantemente tranquilo. Solo podía oír el golpeteo de la nieve fundida en el sotobosque.

Previsiblemente, Wolfram no había ido muy lejos. Ni en un millón de años esperaría que se alejara más que lo justo para tenerle bajo su vista y oído. A escasos metros en el bosquecillo disperso, se abría un despeñadero, y allí le encontró, encorvado entorno a su mano entrecerrada.

Todos los espíritus que componen el elemento fuego…

Yuuri no pudo evitar suspirar de resignación. Debería haber supuesto que Wolfram volvería a intentarle en cuanto tuviera oportunidad.

Se acercó con disimulo: obcecado como estaba en su imposible tarea, Wolfram no le notó acercarse.

—…escuchad al orgulloso mazoku que os invoca…

Tenía el rostro pálido y el cabello se le apelmazaba a las sienes y la frente por el sudor. Temblaba.

¿Cuánto tiempo llevaba intentándolo?

No estaba seguro de querer saber la respuesta. Se acercó a decididas zancadas y le aferró con determinación la muñeca izquierda.

—Para ya, Wolfram —exigió—: estás hecho polvo. Deberías descansar un poco...

—No... —insistió éste con aspereza, desembarazándose de su agarre y sosteniéndose sobre unos pies más que inestables—. Si no soy capaz de usar el majutsu, ¿cómo voy a protegerte?

Yuuri retrocedió un paso, apenado por el esquema de pensamientos de Wolfram.

—Conrad lo hace —dijo de pronto—. Él no es un mago ni nada parecido, pero su espada siempre me protege.

Fue consciente de su desliz una milésima de segundo después de que las palabras abandonaran sus labios.

Un error que le costó una expresión profundamente dolida en el rostro de Wolfram, subrayada con un enfado inminente.

—Es eso, ¿no? Conrart Weller el perfecto —silbó Wolfram con sarcasmo—. Conrad esto, Conrad lo otro... Él siempre lo hace todo bien, ¿verdad?

No le dio margen de réplica; le empujó con ambas manos en el pecho. Fuerte. Con rabia. Si Wolfram hubiera estado en su mejor momento, seguramente le hubiera tumbado. Entonces solo logró hacerle trastabillar y retroceder dos pasos.

—¡Él sí puede protegerte como es debido, ¿no?! —su tono de voz se había elevado vertiginosamente, volviéndose resentido—. ¿¡Hubieras preferido que fuera él el que estuviera aquí!?

Lo único que Yuuri deseaba era poder golpearse la cabeza contra un muro hasta perder el conocimiento, pero dado que estaban en medio de la nada tuvo que conformarse con castigarse mentalmente.

Wolfram se retiró antes de que Yuuri pudiera dar forma a sus pensamientos. Dio un paso hacia atrás, luego otro, las manos frente a él estremeciéndose en espasmos. Su expresión le recordó a Yuuri a los animalillos deslumbrados por un faro en una carretera, justo antes de ser embestidos.

—Yo también lo preferiría —musitó Wolfram en un hilo de voz—. Porque Conrart sabría qué hacer, cómo cuidar de ti.

Le temblaba el labio inferior. Toda la insospechada frustración, momentánea, se había transformado en un parpadeo en… nada.

Wolfram, sencillamente, parecía cansado. Derrotado.

—Soy inútil ahora… —susurró, tan bajito que Yuuri apenas pudo registrarlo—. Yo tampoco querría depender de una criatura tan miserable…

Yuuri quedó desarmado ante sus palabras. ¿Realmente Wolfram tenía una visión tan baja de sí mismo?

Deseó creer que era algo adquirido durante su cautiverio, pero en el fondo una vocecita le repetía que era algo muy, muy anterior. ¿Soushu? ¿La Guerra? ¿Antes, incluso? La idea de que el joven presumido, vanidoso y ególatra que había conocido al aterrizar en Shin Makoku no fuera más que un espejismo, una fachada, le provocaba una amargura que no sabía explicar.

—Nunca he pensado nada parecido sobre ti, Wolfram —lo dijo con toda la sinceridad del mundo. Con una dosis completa de verdad.

La sonrisa de Wolfram era tensa, burlesca, como una pantomima de su anterior ser.

—Tú piensas bien de todo el mundo, Yuuri —susurró—. Tu benevolencia… la repartes por igual. Sea merecida o no.

Yuuri abrió la boca, tal vez para emitir una protesta airada, pero la frase en cuestión murió en su garganta. En su lugar, una exclamación queda abandonó sus labios cuando un violento espasmo sacudió su caja torácica. Aún boquiabierto, hizo descender la mirada.

Sus ojos se agrandaron de pánico al ver el extremo agudo de una flecha sobresalir de su clavícula derecha. Algo caliente, líquido, le chorreaba por el interior del abrigo y la camisa.

Levantó la cabeza, la mandíbula colgando en una expresión despavorida. Los ojos de Wolfram, abiertos como platos, reflejaban su propio terror.

—Y-yuuri… ¡Yuuri…!

Separó los labios, pero fue incapaz de expeler ni una sílaba.

Las rodillas le fallaron y se precipitó a los brazos abiertos de Wolfram, que no pudo hacer más que sostenerle con expresión de shock. En una fracción de segundo, el joven invirtió sus posiciones, utilizando su cuerpo de escudo entre él y la inesperada amenaza.

—¡Le he dado! —gritó una voz triunfante—. ¡He matado al Rey Demonio…!

Su mejilla se recostaba en la junta de la clavícula de Wolfram; uno de los brazos del mazoku estaba a su alrededor, manteniéndole contra sí. Su otra mano estaba sobre su cabeza, como si intentara protegerle de cualquier amenaza externa.

Oyó el distintivo roce de una espada al ser desenvainada. La respiración que impactaba en su coronilla era caliente, irregular. Insuflada de pánico.

El dolor le llegó por fin. Blanco, enajenante.

Uno de aquellos horripilantes gritos que solo había oído en tercera persona fue arrancado de su propia garganta. Ni siquiera era consciente de sus funciones vitales más básicas, de la pulsión instintiva que llevaba a su cuerpo a seguir funcionado.

Aquel dolor lo devoraba todo. Lo impregnaba todo. Cada instante, cada pensamiento. Cada dolorosa expansión de su caja torácica.

La voz de Wolfram atravesó la densa bruma en la que había caído su mente.

—Te ha dado en el hombro. No es letal, ¿de acuerdo? Sé que duele, pero no es mortal. ¿Me oyes, Yuuri?

Yuuri intentó con todo su ahínco serenarse, permitir que su pánico se doblegara ante el tono forzosamente tranquilizador de Wolfram, pero su mente parecía tener otros planes.

Había visto heridas graves. Mortíferas. Wolfram había yacido frente a él, aún caliente, pero con el corazón inerte. Conrart había agonizado a sus pies con una miríada de saetas en el cuerpo, una suerte de grotesco puercoespín.

Nunca había estado en el otro lado. En la disyuntiva de ver la sangre abandonar el propio cuerpo o la paralizante certeza de la vida de uno escapándose entre los dedos.

—Voy a partirla.

"No… No-no-no-nonono…" Incluso en su ignorancia, sabía que ello solo multiplicaría el dolor. No podría soportarlo.

Ahogó un alarido contra el pecho de Wolfram. El interior de sus globos oculares estalló en puntos blancos, el dolor magnificándose hasta el infinito antes de descender a la misma velocidad.

El proceso le dejó agotado, obligándole a recostar parte de su peso sobre Wolfram.

Miró de soslayo a sus oponentes, intentando enfocarles entre lágrimas involuntarias y sudor frío. Solo veía dos figuras ataviadas de rojo, manchurrones de color que se desdibujaban y redefinían por momentos.

Adivinó el contorno de una ballesta en la mano de uno, dirigida hacia ambos.

Vio de reojo los ojos verdes de Wolfram analizar la situación. Algo evidente por la manera en que danzaban sus pupilas de un lado a otro, enfocando detalles en apariencia inconexos. Siempre había alabado la capacidad de análisis de su amigo.

—¿No habéis tenido suficiente con una demostración? —éste lanzó la pregunta al aire, sin duda para ganar tiempo—. Habéis comprobado de lo que el Maoh es capaz. ¿Correréis el riesgo?

Hubo un breve silencio en el que incluso la ventisca fue audible. Acto seguido, una sonrisa amplísima se dibujó en el rostro del soldado que parecía llevar el mando, con un mandoble bien asido con ambas manos.

—Sabemos cuál es su punto débil. El Maoh no puede liberar su maryoku en tierras humanas dos veces en poco tiempo. No sin arriesgar su vida.

El pánico se disparó en su sistema nervioso, dando temblores a todas sus extremidades (¿o tal vez era el dolor?).

¿Cómo podían saberlo? Muy pocos conocían aquel detalle en concreto, contagiándose de la impresión general de que el Maoh era omnipotente en todos los aspectos.

A su lado, oyó a Wolfram tragar saliva.

—¿Quién os ha dado esa información a medias? —probó.

—Los mazoku son proclives a hablar cuando se… persuaden de la forma adecuada —aseveró el soldado.

Tal vez era la hemorragia o el dolor, o un poco de ambas, pero Yuuri no comprendió la alusión.

—Sé cuáles son vuestros métodos de persuasión —habló Wolfram—. Sobreestimáis la credibilidad de la información obtenida bajo tortura.

—La fuente era absolutamente fiable, os lo garantizo —replicó el soldado, irritado ante la obstinación de Wolfram.

Ante su absoluta estupefacción, Wolfram emitió una carcajada vacía de humor.

—No os referís a Weller —aseguró—. Ni tampoco a Gurrier. Ni las más retorcidas torturas conseguirían que ellos hablaran. Ni siquiera amenazando con la vida del otro.

—Esa información no es reciente —replicó el soldado—. Todos los oficiales del Imperio la conocíamos, en el improbable pero posible caso que el Maoh fuera lo bastante loco como para regresar.

Su compañero no bajaba la ballesta, que en opinión de Yuuri apuntaba directamente a la cabeza de Wolfram. ¿Por qué no disparaban? Era improbable que pudieran defenderse si decidían freírlos a flechazos.

—Hace tres años, el General Seiffert capturó entre muchos otros a una mujer humana en el Pacto de Sangre —relató el soldado—. Era cercana a la Corte, por lo que parece. No dudó en cambiar valiosa información por la seguridad de su bebé mestizo…

Un nombre acudió a la mente de Yuuri como un fogonazo. "Nicola…" La misma idea pareció circular por la mente de Wolfram, porque la mano que empuñaba la espada empezó a temblar de forma visible. Cólera, impotencia tal vez.

—¿Cómo podríais… culparla…? —alcanzó a decir Yuuri, su voz más parecida a un sollozo. Posiblemente no le habían oído.

—Yuuri… —murmuró Wolfram. Su tono era de advertencia.

—No importa —sentenció el soldado—. ¿Cuánto tiempo aguantará el Maoh, absurdamente humano, con una flecha atravesándole el pecho?

La última puntualización llevó a flaquear la fachada de Wolfram, cuya mirada se posó en Yuuri un instante antes de volver a clavarse en sus enemigos en una pobre imitación de ferocidad.

—La única razón por la que no os convertimos ahora mismo en una masa espinosa es porque el General Seiffert especificó que te quiere de vuelta de una pieza… Para poder desmembrarte él mismo…

Wolfram contuvo la respiración durante un larguísimo segundo, para después dedicar una mirada rebosante de odio a sus enemigos. Desde aquel ángulo, Yuuri veía sus cejas apretadas y sus labios fruncidos en una mueca temible.

—Estáis dementes si creéis que permitiré que Seiffert vuelva a tener algún tipo de poder sobre mí… —siseó, masticando las palabras.

Después, agachó la mirada para clavarla directamente en Yuuri. Tal vez era la hemorragia, que empezaba a hacer mella en su percepción, pero los ojos verdes que le miraban desde arriba le parecieron lo más hermoso que había visto jamás.

—No hagas nada —le advirtió Wolfram.

Sintió la mano de Wolfram cerrando sus propios dedos entorno a la empuñadura de Morgif. La espada empezó a ulular, tomando el gesto como una invitación a la batalla.

—No lo sueltes. Incluso los humanos saben que deben temer a la Espada Demoníaca.

"Como si sirviera de algo…" quiso decir. Se río internamente, encontrando hilarante su propio pensamiento. Empezaba a alucionar.

Notó a Wolfram erguirse bajo la capa, apoyando ambos pies en el suelo en una postura que evidenciaba un sprint inminente. Entonces gritó, el rugido ofensivo más feroz y a la vez desesperado que Yuuri había oído nunca.

Sus enemigos permanecieron paralizados unos valiosos segundos, desarmados ante el súbito arranque de velocidad y cólera. Wolfram se precipitó sobre el primero de ellos y saltó en el aire en un flagrante desafío a la gravedad.

La ballesta de su enemigo se partió en un crujido seco bajo la espada de Wolfram. Éste aprovechó los preciosos instantes de desconcierto de su rival para golpearle en la cara con la base de su arma. Lo logró, agachándose justo a tiempo de esquivar el envite de su segundo oponente, cuyo mandoble ya bailaba en su mano.

Yuuri no podía hacer más que mirar, navegando entre la creciente inseguridad y una admiración que no había encontrado hasta entonces. Quizá porque nunca se había fijado realmente en la técnica de Wolfram, siempre más concentrado en las impolutas maniobras de Conrart, las fintas de Yozak o el baile de Günter, ligero como el mismo aire.

Y se arrepintió de no haber mirado antes. Porque era un espectáculo digno de admirarse.

Sus movimientos carecían de su habitual elegancia, tal vez por el prolongado periodo de inactividad, pero eran igual de certeros al repeler ataques fortuitos. Su juego de pies era tan ágil como de costumbre, vertiginoso a ojos de Yuuri, a quien tanto movimiento resultaba mareante. La gran baza de Wolfram residía en su imprevisibilidad, la manera en apariencia errática en la que cambiaba de dirección a medio movimiento y tomaba por sorpresa a su oponente. Günter lo había tachado en alguna ocasión de torpe, descoordinado.

A Yuuri, desde su ignorancia, se le hacía clara y llanamente imposible de vaticinar.

¿Qué diría Günter si viera a Wolfram mantener a raya a dos enemigos al mismo tiempo, evitando que llegaran hasta él?

Oh, sin duda se apresuraría a colgarle una medalla con lágrimas de emoción en los ojos.

Una espada encontró blanco en la pierna derecha de Wolfram, adelantada en un practicado movimiento de esgrimista. Yuuri le oyó gritar antes de ver la sangre, que manó a borbotones de la herida que seccionaba la cara interior de su muslo.

La rodilla de Wolfram tocó la superficie nevada bajo sus pies. Y aun así se las ingenió para enarbolar la espada sobre su cabeza y devolverle un mandoble a su agresor.

Un puño colisionó con el pómulo izquierdo de Wolfram, tumbándole de medio lado. Solo un instante después, un intencionado pisotón aflojó su mano y dejó caer la espada de su empuñe.

Yuuri, en su estado catatónico, solo pudo mirar. Ante sus ojos, todo sucedía más deprisa de lo que debiera.

La cabeza de Wolfram estaba bajo la bota de uno de sus perseguidores. El mismo energúmeno le aferraba la muñeca, elevando su brazo hacia atrás en un ángulo forzado. La espada del soldado se apoyaba con descaro en el cuello blanco de Wolfram, justo bajo la barbilla.

Si respiraba demasiado fuerte, el metal heriría su yugular. Si se movía más de la cuenta, su brazo se partiría como una rama seca.

La expresión de Wolfram era una combinación de horror e impotencia que le dejó traspuesto.

Vencido.

—Un paso en falso, demonio, y le degollo.

Yuuri necesitó una eternidad para comprender que la amenaza iba dirigida a él. La advertencia era firme. Incluso con el embotamiento en su cabeza, supo que no se marcaba un farol.

Su agarre entorno a la empuñadora de Morgif era precario. Empezaba a sentirse mareado, aunque no sabía si era por el dolor, la pérdida de sangre o un poco de ambas. Le costaba estimar la distancia a la que se encontraban sus oponentes.

Solo el cabello dorado de Wolfram, su sangre y las ropas de sus perseguidores eran un fogonazo de color en el gélido vacío.

—Suelta la espada, diablo —señaló el soldado.

Para dar énfasis a su exigencia, tiró ligeramente del brazo de Wolfram hacia arriba. La articulación crujió peligrosamente; Yuuri atisbó el blanco de los dientes de Wolfram cuándo éstos se cerraron sobre el labio para evitar gritar.

Sus músculos eligieron por él. El filo de Morgif se hundió en la nieve bajo sus pies mientras las sonrisas triunfantes de sus oponentes bailaban ante sus ojos. Ondeaban más bien, lo cual le indicaba que su equilibrio (y tal vez su cordura) pendían de un hilo.

—Esto son los mazoku. Nombres rimbombantes y una decepción en la vida real.

El soldado dedicó una mirada desdeñosa al joven tendido a sus pies, a quien apuntaban en aquel momento el filo de dos espadas.

—El mejor ejemplo es tu antiguo prometido aquí presente. Lord Bielefeld el Indeseable —canturreó.

Si bien algo en la última frase chirrió en la perspectiva de Yuuri, no identificó de inmediato el elemento discordante.

—¿Sabes por qué ese apodo, Majestad? —preguntó el soldado—. ¿El por qué ese nombre en tierras humanas?

Yuuri, demasiado concentrado en mantenerse en pie, fue incapaz de responder. Su silencio pareció molestar al soldado, que propinó una violenta patada a la cabeza de Wolfram.

—¡Responde! ¿¡Sabes por qué, poderoso Maoh!? —vociferó.

—N-no… ¡No lo sé…! —no podía apartar los ojos de la expresión atormentada de Wolfram, del hilillo de sangre que delineaba su comisura desde el labio inferior partido.

—Era una burla —aseguró el hombre—. Una burla para la mascota del Rey Demonio.

La última frase desató algo en Wolfram, que volvió a su actitud primera de removerse con toda la fuerza que le fue posible.

—Oh, ¿no quieres que lo oiga? —se burló el soldado—. ¿Tan entre algodones mantenéis a vuestro niño rey?

—¿De qué hablas…? —alcanzó a balbucear Yuuri, luchando encarnizadamente por mantener la verticalidad—. ¿Qué no debo oír…?

El pie opresor se encajó en el hueco entre los omóplatos de Wolfram, constriñendo cualquier fantasma de insumisión.

—En cada rincón se oía el rumor —prosiguió el soldado, implacable. Su sonrisa enseñó un perfecto abanico de dientes—. El heredero Bielefeld, entregándose como una dócil esposa al único que jamás le correspondería: su propio prometido.

Los ojos del hombre eran claros, azules como pequeños carámbanos. No debía ser mucho mayor que el propio Yuuri, aunque su rostro adusto hablaba de una dilatada experiencia en batalla.

—Siguiéndote a todas partes, suplicando tu atención… sin recibirla jamás —continuó—. Como una puta a la que nadie quiere.

Yuuri se llevó una mano al pecho; tal vez buscando la flecha que le atravesaba el hombro. Sus dedos efectivamente tocaron la sangre pegajosa que aquellas alturas ya impregnaba su torso, pero no era esa la fuente del dolor sordo que había detonado en sus entrañas.

Tardó unos larguísimos segundos en reconocer el calor húmedo que estallaba en sus ojos.

—¿Es cierto lo que cuentan de él, Majestad?

Yuuri parpadeó, sintiéndose más mareado que nunca en su vida. Se mordió el labio inferior, anticipándose a una nueva verdad que le heriría más de lo que jamás hubieran podido imaginar.

—Que se rebajaba a llevar un vestido de mujer para intentar despertar tus deseos —su enemigo no esperó a su respuesta.

Todo frente a él era acuoso, visto a través de una cortina de lágrimas. El sollozo que le partió el pecho envió un ramalazo de dolor a todo su cuerpo.

¿Por qué dolía tanto? Solo eran palabras.

—Patético —escupió el soldado.

Pateó la cabeza de Wolfram con saña. Éste solo emitió un gemido corto que ahogó mordiéndose la lengua. La sangre le chorreaba por la cara desde la nariz partida, desbordándole las comisuras del labio.

—Una ramera virgen… Hasta que el General Seiffert le puso las manos encima, claro —concluyó.

Wolfram aún parecía poseer un coletazo de resistencia, reavivado por la directa alusión a su esclavizador. Se las apañó para girar la cabeza y morder el extremo de la bota expuesta frente a él.

El pie del segundo soldado aplastó sin compasión el muslo herido de Wolfram.

El alarido que escapó de sus labios sonó inhumano. El joven se encogió sobre sí mismo cuando dio de sí su precaria postura, hundiendo el rostro en la nieve revuelta en un intento de sofocar sus gritos.

—¡Basta…! —gritó Yuuri, cerrando momentáneamente los ojos. Las lágrimas agolpadas en sus comisuras desbordaron los párpados—. Basta… Dejadle en paz…

—Me temo que eso no es posible —anunció el líder—. Es el único que saldrá con vida de esta montaña. De vuelta a su legítimo dueño.

El simple término le dio asco. Sus ojos se cerraron un instante, pero se forzó a mantener los párpados despegados.

—Wolfram no tiene dueño… No habléis de él como si fuera un objeto… —se sorprendió de poseer la estamina suficiente para ensartar tantas palabras seguidas.

Los dos soldados intercambiaron una rápida mirada y estallaron en risotadas.

—Esta miserable criatura no ha sido más que un esclavo toda su vida —aseguró uno—. Primero de su familia, luego del Niño Rey… y después del General.

Yuuri hizo descender la mirada para observar a su amigo. Wolfram ya no reaccionaba a las insidiosas palabras vertidas sobre su persona.

¿Se había desmayado? Parecía haber perdido mucha sangre…

—Estoy seguro de que el General estará más que satisfecho si le llevamos de vuelta a su juguete junto a la cabeza del M-

Se detuvo a media frase, inclinándose sin retirar el pie de su sitio sobre la espalda de Wolfram. El movimiento hundió más el rostro del muchacho en el barro que se había formado bajo ambos.

—¿Dices algo, demonio?

Si Yuuri se esforzaba lo suficiente, casi podía entrever los labios de Wolfram murmurando entre el cabello apelmazado.

Espíritus que conforman el Elemento Fuego…

Los ojos de todos descendieron a la forma derrumbada en el suelo, el rostro semioculto entorno al que empezaba a crecer una aureola de rojo.

Oíd mi voz…

—No… —balbuceó Yuuri.

La visión que Rohnan había invocado en su cabeza volvió con renovadas fuerzas.

Wolfram ardiendo hasta consumirse en una pira humana. Huesos y cenizas donde antes estuviera alguien vivo, maravillosamente vivo.

La letanía apenas murmurada, aunque con tono creciente, alarmó también a sus enemigos. No obstante, Yuuri sospechaba que por una razón bien distinta.

—¡Silencio, escoria mazoku!

La siguiente patada no consiguió acallar la voz de Wolfram.

Escuchad al orgulloso mazoku que os invoca…

Una pausa prolongada siguió al conjuro, apagándose en un eco breve. A continuación, el rostro ensangrentado de Wolfram se volvió de medio lado para observar a sus captores.

Y Yuuri lo vio, danzando en sus ojos.

Un destello salvaje, como un rescoldo, que incendió momentáneamente sus pupilas.

Acto seguido, Wolfram rugía.

Un grito de guerra como Yuuri no había oído jamás. Una liberación violenta de emociones y poder que, literalmente, incendió el aire.

¿Estaba delirando o en realidad una onda incandescente acababa de azotarle en la cara?

La reacción fue momentánea, lógica. Ambos enemigos retrocedieron con brusquedad y soltaron a Wolfram. El propio Yuuri se cubrió el rostro para protegerse de la nube de pavesas que flotaba en su dirección. El gesto tensó la herida de su hombro, pero ni siquiera ello consiguió arrancarle de la desconcertante realidad.

Wolfram se erguía con dificultad, tambaleante, con fuego iracundo centelleando en sus manos abiertas. Su semblante, lívido en una mezcla de cólera y agonía, le dio la espalda apenas un instante después.

Yuuri no podía ver desde allí lo que contemplaban los soldados enemigos, pero las muecas de absoluto espanto le ofrecieron una imagen muy aproximada.

Un auténtico demonio, una criatura infernal surgida de las entrañas del mundo. Con un averno ardiendo en la mirada.

—No soy el esclavo de nadie —masculló Wolfram, su voz estremecida por la cólera.

Dio un paso al frente, inestable. Sus enemigos, en contrapartida, retrocedieron tres.

—Pero sí uno de los más peligrosos soldados del Maoh —sentenció.

Elevó una mano: entre sus dedos danzaba una fina serpiente de fuego naranja.

—Marchaos —advirtió, su entonación implacable—. Dad la vuelta y, por Shinou, olvidad que nos habéis visto.

Los soldados no se movieron. Yuuri pensó efímeramente que debían tener tanto miedo a Wolfram como a un potencial correctivo por omisión del deber. Llegó a compadecerlos, puestos entre la espada y la pared.

Wolfram interpretó su inmovilidad como una negativa a su alternativa.

—Os lo he advertido —su tono era burlesco, cargado de amargura. Tal vez estaba delirando.

Alguna vez, Yuuri había sopesado si generar fuego desde las entrañas debía freírle los circuitos a uno. Sumergiéndole en un frenesí destructivo hasta que sencillamente no había nada más que arder.

Vio la mano de Wolfram moverse en el aire, insegura y sacudida por espasmos y aun así, oh, terriblemente categórica.

El mundo estalló en llamas. Y los gritos de los condenados acompañaron a aquel infierno en la tierra.

La oscuridad se cernió los ojos de Yuuri. Una mano, cubriéndole la visión del mundo.

—No mires —susurró la voz de Wolfram en su oído izquierdo. No le había oído moverse hasta allí.

Y no lo vio. Pero no le impidió oír los alaridos desesperados, las súplicas por compasión, el chisporroteo de ropa, cabello y huesos al carbonizarse.

Tampoco el distintivo, inconfundible, hedor a carne quemada.

Una eternidad después, Yuuri aún oía los aullidos desgarrados de uno de los hombros. Los dedos de Wolfram cayeron, resbalando por su rostro empapado de lágrimas, para desvelar una masa negra y retorcida donde unos segundos antes había un ser humano.

El otro soldado, caído de medio lado, intentaba desesperadamente ponerse en pie. Le había ardido la mitad del cabello, parte de las ropas y a juzgar por sus movimientos al menos parte del brazo. Yuuri agradeció no ser capaz de discernir los detalles.

—¡Diablo! —chillaba el hombre, su tono acusatorio impregnado de terror—. ¡DIABLO…!

Retrocedió varios pasos a gatas, el viento gélido zarandeando su capa chamuscada, más negra que roja a aquellas alturas. Alejándose de ellos, a pasos inconexos, hacia el abismo que se abría a escasos metros.

El soldado perdió pie. Voluntariamente.

Yuuri vio su rostro congelado de terror justo antes de que la gravedad tirara de él hacia abajo y desapareciera de la vista. Su grito se difuminó en la distancia hasta fundirse con la ventisca. Oyó el impacto, una eternidad después, mucho más abajo.

El desdichado había preferido arrojarse antes que sufrir la misma suerte de su compañero.

Permaneció inmóvil, observando el abismo frente a él con los ojos desorbitados y el corazón reteniendo los latidos durante un paréntesis imposible.

Cuatro muertes. Cuatro vidas perdidas ante sus ojos en tan poco tiempo.

Inspiró, espiró. Solo dos veces. Su cuerpo fue incapaz de seguir prolongando la agonía. Sus piernas cedieron y el suelo reluciente vino a su encuentro a toda velocidad.

No.

Él se iba, y Wolfram quedaría solo. Herido y perdido en la inmensidad.

—¡Yuuri…! —gritó una voz.

Nada más.


El momento en el que Yuuri se derrumbó, inerte y cubierto en su propia sangre, fue para Wolfram como contemplar sus peores pesadillas condensadas en un fatídico instante.

—¡Yuuri…!

No llegó a tiempo. El cuerpo de Yuuri impactó sobre la nieve revuelta, sus piernas rebotando de forma caricaturesca hasta que quedó inmóvil, tendido de bruces con la capa arrugada a su alrededor.

Tan, tan pálido…

Wolfram se dejó caer a su lado y depositó ambas manos, ensangrentadas a aquellas alturas, sobre el pecho de Yuuri. La caja torácica ascendía y descendía bajo sus palmas. Murmuró para sus adentros, instando a los mismos espíritus a ofrecerle una habilidad sanadora que en tiempos había desdeñado por innecesaria, poco heroica.

El maryoku ni siquiera aleteó en sus entrañas cuando minutos antes había bullido con toda su antigua gloria.

—No… —gimió en pánico—. ¡Joder, vuelve…! —maldijo.

Ni un rescoldo de magia se agitó en su interior. De nuevo se sentía terroríficamente humano.

Se tragó el nudo de pavor y se instó a pensar con claridad. Instrucción, Julia. Capítulo veintisiete, sección treinta y cinco del manual del recluta. Curar sin maryoku.

Despejó los retazos de tela entorno a la herida, intentando retener las náuseas que la acometieron al pensar que era Yuuri, Yuuri el que estaba malherido frente a él. Se tomó unos larguísimos instantes para estabilizar su pulso antes de atreverse a aferrar el extremo de la flecha. En cuanto pudo moverla unos milímetros, la sangre borboteó en los bordes como si intentara escapar de su cuerpo. Soltó el proyectil a toda velocidad, alarmado.

Horrible ironía. La maldita flecha era lo único que evitaba que Yuuri se desangrara.

Recordó la retahíla de instrucciones en caso de tener un camarada herido en tales circunstancias.

"Estabilizar la base del proyectil"

Arrancó una tira de su propia túnica y dio varias vueltas al cuerpo de la flecha, presionándolo contra el punto donde perforaba la carne. El dolor debía haber sido enajenante, pero Yuuri ni siquiera emitió un sonido.

Intentó no sentirse alarmado al respecto, sencillamente dando gracias porque mantuviera la inconsciencia a lo largo del desagradable procedimiento.

"Si se es incapaz de cerrar la herida, por el motivo que sea, hay que asegurarse de mantenerlo caliente. En especial en ambientes fríos. El calor huye del cuerpo con la sangre a través de las heridas."

No sabía si recordar la voz de Julia, clínica y gentil a la vez, le reconfortaba o resultaba irritante.

Se apresuró a quitarse la capa, la cual había sufrido unos cuantos desgarros y enganchones pero sería mejor que nada. Envolvió a Yuuri con ella con meticulosidad, cerrando los extremos como bien pudo y asegurándose de no ejercer presión en el punto donde aún sobresalían tres dedos de saeta. Se cercioró de que seguía respirando, pasando una mano frente a los labios cuarteados.

No podía hacer nada más por Yuuri, por el momento. Su turno.

Se dejó caer sentado, eliminando cualquier presión innecesaria en la pierna herida. Desgarró la pernera del pantalón y observó la herida que había debajo. Se le cayó el alma a los pies: era una incisión limpia, profunda y en forma de cuña. Típica lesión de arma blanca corta.

De difícil curación. Al menos sin hilo ni aguja ni maryoku. Buceó en los recovecos de su instrucción en busca de un modo de aplazar los efectos de una hemorragia de tal nivel.

Se llenó el puño de nieve y la depositó sobre la herida. Su cabeza empezó a dar vueltas ante la ardiente sensación, pero el alivio se sobrepuso en pocos instantes. Agua rojiza le chorreaba por la pierna, convirtiéndose en escarcha en pocos instantes. Rasgó un pedazo más de su túnica y lo pasó por debajo de su muslo; a aquellas alturas, la extremidad se le sacudía como si sufriera espasmos.

Esperaba no desmayarse.

Si perdía el conocimiento, estaban muertos.

Si se desangraba, estaban muertos.

Si les encontraban en aquel estado, estaban muertos.

Ugh. Demasiadas opciones para un solo final.

Expulsó el aire varias veces por los labios y cerró con fuerza la mandíbula entorno al extremo de la tela. Contuvo el aliento y tiró de ambos lados.

El dolor llenó su campo visual de rojo y su mente de agonía.

Le acuchillaba, le consumía. Lo próximo que supo era que estaba gritando, cada una de sus células aullando con él. Gruñó entre dientes, inclinándose hasta que la frente tocó su rodilla. El mundo giraba en torno a él, dándole náuseas.

Anudó tan fuerte como pudo, las manos estremecidas y resbaladizas por su propia sangre. Las lágrimas le corrían por la cara, derritiendo la escarcha adherida a su piel. Se permitió unos segundos para recuperar la entereza, el dolor insufrible atenuándose hasta ser rítmicas punzadas solo en parte soportables.

Inspiró, espiró. Varias veces.

Agacharse para cargar a Yuuri fue un infierno en vida. Un bochornoso calvario. Un soldado entrenado, condecorado, batallando para llevarse a la espalda a un compañero de similar complexión.

Necesitó varios intentos para ponerse en pie, la pierna herida inestable como un castillo de naipes. Cuando por fin recuperó la verticalidad, la propia rigidez de su apéndice herido fue lo que le mantuvo erguido. Al menos Yuuri estaba firmemente sujeto a su espalda, su cabeza exánime descansando en el puente de su hombro.

Y, sin otro destino, empezó a andar.

La dirección la tenía clara (hacia abajo, siempre hacia abajo), aunque la huida precipitada de horas antes les había alejado de cualquier camino o senda. Dudaba que fuera capaz de encontrarlos de todos modos, no con la nieve densa que se compactaba bajo sus pies.

Solo se detenía lo justo para comprobar que Yuuri seguía respirando.

—Vamos, Yuuri... Por favor, aguanta...

Hablaba a la nada. Yuuri caminaba en las sendas de la inconsciencia y su voz no le llegaba. No obstante, mantener una conversación unidireccional le proporcionaba cierto alivio y sensación de cordura.

Hacía mucho que la hemorragia había vencido la barrera del improvisado vendaje, goteándole desde el muslo por la rodilla y el interior de la pernera. Sangre que se congelaba antes de llegar a su tobillo.

Cada paso era como caminar sobre cristales, su propio peso multiplicando el dolor al apoyarse sobre la pierna cercenada. Por suerte el frío volvía insensibles gran parte de sus terminaciones nerviosas, permitiéndole seguir avanzando.

Horas (o minutos) más tarde, caminando bajo un cielo negro como tinta y entre blanca oscuridad, su pierna herida se encasquilló en la nieve. Su rodilla impactó con el suelo bajo sus pies, enviando un calambrazo de dolor a toda su extremidad.

Necesitó todo su temple para que su cerebro reconectara con la realidad, para recordarle dónde estaba y por qué no se dejaba caer, ahorrándose sufrimiento inútil.

Su respiración no eran más que jadeos entrecortados, trabajosos. La temperatura se había desplomado tras la caída de la noche y cada inspiración era como tragar cuchillos.

Con la cabeza hundida entre los hombros y sus fuerzas reducidas al mínimo, Wolfram hizo las paces con la idea de morir allí.

En el fondo de su ser, supo que había abrazado su propio final hacia mucho. Tirándose por el ventanal en el castillo Khrennikov. Enfureciendo a Seiffert hasta el extremo de conducir a su propia muerte. Degollado en su empeño de proteger a Yuuri de sus enemigos vestidos de muerte.

Ah… pero permitir la muerte de Yuuri era muy, muy distinto. Nunca, ni en un millón de años, aceptaría al final de aquella criatura que le definía al completo.

Antes del cual no había habido nada, y tras el cual su propia existencia colapsaría sin objetivo.

—Por favor… por favor… —susurró una vez y otra en una incansable letanía.

Intentó invocar de nuevo su maryoku, pero éste apenas chisporroteó en sus dedos, demasiado débil para tomar forma. Con cada nuevo intento, el pulso era más débil.

Al final se encontró implorando al vacío, los espíritus de nuevo sordos ante sus súplicas.

No podía caer allí. No para que Weller y Gurrier, si es que habían sobrevivido, encontraran solo sus congelados cadáveres.

Consiguió avanzar cincuenta metros más hasta que trastabilló con su propio pie; su pierna herida había escogido dejar de obedecer las órdenes de su cerebro. No pudo enderezarse a tiempo para evitar la caída.

Se desplomó sobre la nieve, incapaz de dar un paso más. Su cabeza rebotó una vez contra algo duro que sobresalía de la superficie casi uniforme. Gritó en la ventisca, aunque su alarido no llegó a oírse.

Yuuri era un peso muerto sobre su espalda. Apenas cálido.

Poco importaba. Ni siquiera sentía ya el frío. Ni el dolor.

Recordaba lo suficiente de las lecciones de curación de Julia para identificar una hipotermia y la subsecuente congelación. El rostro inmaculado de su tutora le observaba con lástima dentro de sus párpados.

—Por favor, Shinou… —articuló, los labios azulados e insensibles.

Se removió con cuidado, aunque no impidió que Yuuri cayera sobre su espalda sobre la nieve con más violencia de la debida. Wolfram analizó su rostro entre la cortina de escarcha que eran sus pestañas. Estaba tan pálido que su tez parecía del mismo color que la nieve bajo ambos.

Le palmeó la mejilla: no consiguió ninguna reacción. No había diferencia entre su piel y sus dedos helados. Ni siquiera podía dilucidar si tenía pulso.

Cerró los ojos, hundiendo la cabeza entre los hombros en un gesto de desesperanza.

—Por favor… No permitas que Yuuri muera aquí…

Las palabras solo fueron audibles en su cabeza, devoradas por la furiosa tormenta.

En sus últimas fuerzas, envolvió a Yuuri con los brazos y se curvó entorno a él como una coraza. Si iba a morir, se aseguraría de que Yuuri le sobreviviera.

Aunque fuera solo por unos minutos. Unos valiosos segundos.

En el último delirio, le pareció oír voces entre la ventisca. Figuras humanas que danzaban en un todo gris. Fue incapaz de dotar de sentido a aquella alucinación terminal, si debía aterrorizarle o aportarle esperanza en sus últimos instantes.

En el frío más atroz que pudiera existir, se sumió en el amargo reposo de la inconsciencia.


No sé...