Los personajes son de la increíble JKR, la historia es mía, creada en el febril confinamiento.
#QuédateEnCasa y mejor lee fics.
Día 01 /Todo va bien, como un muggle
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Hermione abrió la puerta del departamento, enfadada. Malfoy iba detrás, con las manos en los bolsillos y tropezando con ella a cada tanto, zafándole la zapatilla con intención, claramente.
—¿Puedes hacer el favor de no tocarme? —gruñó la chica mientras le daba un pisotón al rubio, quien ignoró el golpe y se adelantó por la puerta, como si fuera su casa.
Qué caballero.
— Tú tienes la culpa por ir a buscarme y tocarme tanto el avión, tú me contagiaste, te morías por tocarme...
Hermione le lanzó una mirada enfurruñada al chico y se giró hacia el sanador que se encontraba detrás de ellos, con un traje especial de cuarentena, intentando mantener toda la distancia posible, sin parecer grosero.
—¿En serio nos tenemos que quedar juntos? —le preguntó al sanador con sufrimiento—. ¿Por qué no nos podemos quedar cada quién en su casa?
—Como le comentaba, señorita Granger, es mejor estar en un solo espacio y dado que han estado en contacto las últimas horas, no sabemos a ciencia cierta quién contagió a quién... Lo siento mucho, pero es lo mejor para todos. Así contenemos la enfermedad en un solo sitio y como está en las primeras fases, no necesita más medicamento que una buena alimentación, dormir mucho, hidratarse y tomarse la poción que se encuentra en la encimera dos veces al día, cada uno. Si empeora, y pasan del color naranja al dolor de muelas o inflamación de pies, color de un naranja frutal al naranja cono de tráfico, entonces alguien de San Mungo vendrá a examinarlos y serán internados. Hay un 99 por ciento de posibilidad de que usted también esté contagiada. Además, estamos al tope con los casos graves... no sabemos en cuánto tiempo se llene aquí... Por el momento, cuentan con todas las comodidades del Ministerio, esperando su pronta recuperación. Pero esto está escalando a nivel mundial y no sabemos en cuánto tiempo se llene todo el complejo de cuarentena. Aún no sabemos si otros seres mágicos se pueden contagiar, así que sólo nos hemos limitado a llenar el frigorífico y que ustedes cocinen. La ropa se desechará por los ductos que hay en el baño y en este momento, debemos confiscar sus varitas, por seguridad de todos, ya que la magia se puede poner un poco... inestable.
—¿Cómo un... como un muggle? —preguntó casi aterrorizado, Malfoy. Hermione le lanzó una de sus miradas enojadas y cerró su boca.
Hermione y Malfoy suspiraron entregándole sus varitas, las cuales el hombre metió en una bolsa de epidemia y les puso una etiqueta: "Sr. Y Sra. Malfoy"
—Yo no soy Señora Malfoy —protestó la chica, indignada. Ya era la segunda vez en esa noche.
—Para efectos prácticos, hemos colocado el apellido del primer infectado al departamento, así será más fácil identificarlos. Por el momento son un ciento, pero se espera que en los próximos días, haya más y más casos... Me despido, vendremos a revisarlos periódicamente.
Y el sanador desapareció, sellando mágicamente la puerta y las ventanas del inmueble. Hermione intentó abrir la puerta, pero ésta no cedió. Se apoyó en la puerta y suspiró e inhaló muchas veces, intentando calmarse.
—¿En serio tienes fiebre naranja? —preguntó Hermione mientras fulminaba con la mirada al chico.
Apenas y podía mirarlo a los ojos después de haber pasado cinco horas con él en aquella burbuja médica, con Ron mirándola desde fuera, claramente enfadado de la cercanía de Malfoy, quien no hacía la gran cosa por apartarse de ella cada que la chica se levantaba y resbalaba hasta quedar entre él, que cuan largo era, ocupaba la mayoría de la burbuja.
El recuerdo la hacía ruborizarse todavía, probablemente nunca iba a superar estar en ropa interior con Malfoy.
Después de aparecer en lo que parecía un antiguo jardín de algún sangre pura ahora convertido en hospital improvisado con carpas de fiesta, los habían pasado a una salita blanca donde les pidieron que se desvistieran para esterilizar su ropa, así que ahí estaba, Hermione Granger, Premio Anual, Jefa del departamento de Regulación de Aplicación y Leyes de Seres Mágicos, Segunda mano del ministro de Magia y prometida de Ron Weasley, en braguitas de encaje y camiseta, sentada con toda la dignidad que pudo reunir, con las manos sobre el pecho firmemente cruzadas y odiándose por haberse decidido a dejar el sostén como parte de su movimiento de feminismo liberador en un sofá muy pequeño en medio de un cuarto con mamparas improvisadas evitando con todo su corazón la vista de Malfoy.
Malfoy, por su parte, se movía con soltura por todo el espacio, apenas con un bóxer bastante ajustado y estornudando de vez en vez, cubriéndose con la parte interna del brazo. Se recostó al lado de Hermione y le puso los pies encima de las piernas blancas, ella dio un brinco, pero no se levantó ni se alejó, ya que de hacerlo, él vería la ropa interior que llevaba, aquella que estaba planeada para que sólo cierto pelirrojo la disfrutara, antes de su estúpido estornudo.
Se mantuvo estoica cuando él se paseó de un lado a otro, con su altura, su esbeltez y sus músculos trabajados, como un modelo de ropa interior.
—Como me sigas viendo así, Granger, te voy a pedir que te levantes y me dejes hacer lo propio, me incomodas.
Hermione apartó la vista, ruborizada y se enfocó en contar el tiempo, esperando que les dijeran que era un error y ninguno tenía la enfermedad esa.
Pero ahí estaban, en uno de los departamentos privados que tenía San Mungo para este tipo de crisis. Le habría gustado estar en el hospital en observación, junto a la gente normal, pero los funcionarios del ministerio tenían aquél departamento adjunto para evitarles la molestia de que los vieran en batas de papel y también, para que se curaran más rápido, pues de ellos dependía el funcionamiento del país.
Malfoy había exigido desde el inicio aquél sitio, era inconcebible que alguien como él, tan importante, se mezclara entre ancianos y niños llorones de color naranja, dijo, mientras golpeaba su anillo sobre la pila de papeles que debía firmar, en nada más y nada menos que sus bóxer ajustados.
Hermione quiso quedarse allá, en ese pedazo de carpa, pero, dado que su rango era uno de los más importantes, le exhortaron a hacer uso del departamento hasta que terminara su observación rutinaria, pese al color naranja-ruborizado que presentaba Malfoy en ese momento.
—Sí, Granger, a mí tampoco me gusta que nos hayan encerrado aquí por prevención porque me contagiaste fiebre naranja.
—No tenemos la fiebre naranja y ¡ese no es su nombre! —replicó la castaña—. Además, nos dijeron que sería menos de una semana, porque no estamos contagiados, pero... deberían alertar a todo el avión, había muggles y magos en aquél sitio y...
Malfoy ya no la escuchaba, estaba dando vueltas por el pequeño apartamento, el cuál consistía en una salita-comedor-cocina abierta, un baño completo y dos habitaciones sin ventanas, una frente a la otra, para alivio de la chica.
—Aquí no hay suficiente luz natural —se quejó Malfoy entrando en ambas habitaciones y luego de nuevo paseándose por la única ventana que contaba la salita, miró hacia fuera y no vio la luna, apenas veía la ventana del departamento de enfrente. Muy cercano, por cierto.
El departamento se veía desocupado, como casi todos los del edificio, en realidad.
—¿Para qué quieres la luz? —preguntó Hermione con curiosidad, acercándose para examinar la ventana. En verdad estaban muy pegados un edificio con el otro, casi podía ver la cocinita del departamento de frente con una claridad perturbadora.
Malfoy abrió su maletín, del cual no se había despegado en todo ese tiempo sacó unos finísimos tallos plateados
—La flor de luna —exclamó la chica, atenta a cómo Malfoy la colocaba sobre el resquicio de la ventana, con sumo cuidado y hasta mimo, intentando aprovechar los rayos lunares.
—Esta pequeña necesita el claro de luna para florecer. Se debe cortar en el cuarto menguante con un cuchillo hecho por duendes y luego colocarse durante cinco noches sin moverla para que abra su tallo, lo cual es curioso, uno pensaría que sería el bulbo, y suelten las pequeñas flores, son muy caras y muy difíciles de conseguir —explicó Malfoy mientras las acariciaba casi con adoración—. Sobre todo, porque hacía siglos que no se encontraban.
Hermione estaba sorprendida de la manera en laque hablaba de aquella planta y su mirada dedicada e inteligente.
—¿Quién lo descubrió? —preguntó, muy intrigada.
—Yo —contestó con cierto orgullo en su voz—. Me pasé todas las vacaciones desde que salimos de Hogwarts buscándolas en diferentes partes y por fin la encontré, me atrevería a decir que es la única planta viva que hay en el mundo. Desafortunadamente, no pude aplicar los hechizos correctos de protección al plantío, dado tu interés por escapar de Turquía —le lanzó una mirada elocuente—. Pero espero poder encontrar la forma de reproducirla con las semillas que traje, aparte de la flor que saldrá del tallo.
—¿Qué poción se hace con ellas? —preguntó la chica, intentando recordar sobre pociones, pero la verdad es que ya no las hacía.
—La primer poción matalobos incluía esta flor, pero se volvió tan difícil de conseguir, que se cambió por el acónito... Sin embargo —agregó Malfoy observando sus tallos con cierto orgullo—, se cree que esta plantita no sólo disminuye los efectos de la licantropía, sino que los elimina.
Hermione alzó las cejas, muy sorprendida.
—¿Cómo es que no tengo conocimiento sobre eso? —preguntó más para sí misma que para él—. Nunca escuché nada parecido.
—Sólo había dos personas en el mundo que lo sabían y ambas están muertas —contestó él limpiándose las manos con un pañuelo plateado—. Quien escribió vagamente la teoría en rúnico y Severus Snape.
—¿El profesor Snape? —preguntó la chica.
—Sí, Granger, así como dije, Snape descifró parte de los textos y yo la otra, me contó sus sospechas sobre dónde se encontraba esta planta y el beneficio que podía traer —titubeó un poco—, sin embargo murió antes de... antes de... dar con ella. Así que pedí mi año sabático y me fui a recorrer el mundo a buscarla y aquí está. Por fin podré acabar lo que él empezó —terminó el chico, sonando bastante nostálgico y emocionado. Después se calló de golpe, dándose cuenta a quién se lo contaba y dónde estaban.
Carraspeó y Hermione parpadeó, regresando también al presente.
—Es increíble —dijo ella con sinceridad—. Espero que pueda sobrevivir al encierro y no enloquezca —bromeó, sonrió y alzó la vista, pero Malfoy ya se había marchado, dejándola sola en aquella minúscula sala.
Granger llevaba ya un rato en el baño, ¿por qué se tardaban tanto en el baño las mujeres? ¿No había una puerta secreta ahí, o sí? se preguntó Malfoy dando vueltas en aquél pequeñito espacio, cuando le llamó la atención el bolso que llevaba la chica, echó una mirada a la puerta del baño y se abalanzó sobre él, rebuscó superficialmente, apenas papeles y cómo no, un libro, pero no era un libro cualquiera observó con perverso interés.
Era una portada muggle de una chica bastante curvilínea y un detective;"El erótico relato de Anne Marie, una mujer juzgada injustamente". Sonriendo maliciosamente, Malfoy aguzó el oído, se escuchaba aún la ducha correr, así que se tumbó en la cama, abriéndolo por cualquier hoja y leyó.
Cuando Hermione despertó, se sentía de mejor humor y la vida le sonreía, tenía una cama cómoda para ella sola y quizá pronto saldrían de ahí.
Realmente se encontraba muy cansada después de haber pasado días enteros sin dormir, canalizando a las brujas y magos hacia una evacuación segura y después se tuvo que lanzar hacia otra ciudad, para llevar a rastras a Malfoy. Apenas había descansado en el avión y después del exhaustivo examen que les realizaron en San Mungo, con los pies matándole, hasta el suelo era un buen lugar para dormir.
Afortunadamente, tenía una cama para ella sola y ahora se daba cuenta, también tenía un hambre terrible. Todavía somnolienta, se puso de pie y salió a la cocina, donde, muy sorprendida, encontró a Malfoy desayunando y leyendo el periódico, llevaba puesto un conjunto de chándal gris e iba descalzo. La pequeña salita olía muy bien, como a tocino y zumo de naranja. Con curiosidad, se acercó al sartén y encontró huevos con tocino.
—Vaya, Granger, luces horrible —la saludó Malfoy mirándola por encima de El Profeta. Hermione se encogió de hombros y se sentó a su lado.
—No estoy aquí para coquetearte, así que, qué más da cómo luzco —dijo Hermione. Malfoy levantó una ceja y también se encogió de hombros. Acercándole el sartén a la chica.
—Sírvete —le ofreció. La chica lo miró con desconfianza y Malfoy puso los ojos en blanco—. No te voy a envenenar en un apartamento de San Mungo. No seas tonta.
—No es eso —contestó Hermione sirviéndose lo que quedaba del sartén, muy hambrienta y engullendo más que comer—. No sabía que cocinabas.
—No sabes muchas cosas —dijo Malfoy con soltura, volviéndose a hundir en el periódico. Hermione leyó del otro lado, con curiosidad, pero Malfoy pasó de la página, interrumpiendo su lectura. Entonces leyó otra nota y al poco tiempo, Malfoy volvió a doblarlo. La chica soltó un bufido, enojada—. Oh, ¡lo siento! no sabía que estabas leyendo MI periódico.
Hermione lo miró enojada y se concentró en sus huevos y tocino, no dispuesta a caer en sus provocaciones. Al poco tiempo, La hoja que estaba leyendo, se deslizó a su lado. La chica alzó la vista, aún recelosa, pero Malfoy le tendió el periódico, con un gesto de disculpa.
—Es un mal adquirido, no puedo evitar molestarte. Es como un hábito —le dijo el chico para después enfrascarse en otra sección del periódico.
La castaña tomó la hoja que le ofrecía, sin evitar echar una mirada al que se había quedado Malfoy y soltó una risita cuando vio que él estaba resolviendo el crucigrama en la sección de juegos.
—¿Qué? —preguntó cuando sintió la mirada de la chica en él.
—No pensé que fueras de los que resuelven crucigramas —dijo Hermione con una sonrisa. El rubio la miró sin sonreír y volvió a bajar la vista, ufanamente.
—Confirmo que no sabes muchas cosas, Granger.
—Ilústrame, pues, de dónde has sacado el periódico y la ropa nueva, Malfoy —contraatacó la castaña como quien no quiere la cosa, pero la verdad es que detestaba aquella falda, anoche no había encontrado la ropa que le habían prometido y dormir con la falda era incómodo, sin embargo, la siempre recatada Hermione Granger no dormiría en calzones cuando un hombre desconocido dormía cruzando el pasillo.
—Es información clasificada, pero síguelo intentando, quién sabe, igual y mañana me tratas mejor y te digo dónde está la ropa cómoda y limpia.
—Mi ropa está limpia —rezongó Hermione mirándolo con superioridad—. Gracias a ti, hasta la esterilizaron.
—Pero no es cómoda —le dijo Malfoy mientras la miraba sentarse de nuevo, incómoda—. Y es muy fea.
La chica le lanzó una mirada furiosa y levantó su sección del periódico, ignorándolo.
—Palabra de diez letras para poción revitalizante hecha de cuatro o más ingredientes —susurró Malfoy como al aire, pensativo—, que incluye...
—Herbovitalizante —le interrumpió Hermione de inmediato, dando su típico brinquito en el asiento cuando respondía a los profesores. Inmediatamente se sonrojó y se volvió a hundir.
—Brillante, obviando, Granger, que "herbovitalizante" tiene más de diez letras y que soy el experto en pociones, la respuesta correcta es Wiggenweld.
—No eres al único que le gustan los crucigramas —dijo Hermione ligeramente ruborizada por su error. Entonces, para su sorpresa, Malfoy giró la hoja y le tendió la pluma.
—Adelante, apantállame.
Hermione sonrió y tomó la pluma, rozando sin querer, los dedos de Malfoy en el acto. Era curioso, pero su tacto era cálido, contrario al frío gélido que ella siempre habría pensado que poseía...
Sacando esos pensamientos de su cabeza, se enfocó en el papel, ignorando que Malfoy la miraba conteniendo una sonrisa ladeada...
Y sólo era el primer día.
—¿Granger? —llamó Malfoy, parado frente a un aparato plano y negro que se encontraba frente al sofá de dos piezas—, ¿qué es esto y porqué hay gente moviéndose?
Hermione asomó la cabeza del baño mientras se lavaba los dientes. Malfoy estaba parado, a una distancia prudente, apenas con la espalda tocando la puerta de entrada. Claramente asustado del hombrecito que se movía por la pantalla.
—Es un televisor, Malfoy —contestó la chica con una sonrisa—. Sirve para ver programas muggles y como es un ala sin magia, agarra muy bien la señal. Te entretendrá.
—Es peligroso, nos están mirando...
—No, es un programa que grabaron anteriormente... es como... un programa de radio, pero con personas —explicó la chica intentando aguantar la risa—. No es peligroso y es un buen método para pasar el rato...
Malfoy la miró con desconfianza y no se movió de su sitio hasta que Hermione salió del baño y se sentó, dándole una palmadita al asiento a su lado, invitándolo a hacer lo mismo. Con lentitud premeditada, tomó el asiento y miró la pantalla como si lo ofendiera.
—Este programa se llama American Idol, es muy famoso en Norteamérica, se trata de gente cantando y actuando para hacerse famosos.
—¿Y por qué alguien vería a otros ser patéticos? —preguntó Malfoy dispuesto a odiar aquél aparatejo muggle.
—Porque eso es lo divertido, ver fallar a otros —explicó Hermione con cierta maldad. Malfoy arqueó las cejas, interesado.
—¿Y es lo único que pasan? Con razón los muggles son tan tontos.
Hermione le lanzó una mirada furiosa y le apuntó al aparatejo con otro aparatejo negro y pequeño y la imagen cambió.
—Wow —dijo Malfoy mientras Kim Kardashian aparecía en pantalla, probándose un conjunto camel.
Así que por varias horas, se entretuvieron viendo a las Kardashian pelear, llorar y comprar cosas ridículamente caras y de mal gusto.
—Deberíamos ir a dormir —propuso Hermione mientras bostezaba, incómoda de estar sentada la mayor parte del día en una posición bastante tensa para no tocar a Malfoy más de lo necesario, lo cual era imposible en el sofá tan reducido.
—¿Juntos? —preguntó con cierto retintín el chico, mirándola de arriba abajo, aún llevaba la falda de lápiz y su blusa blanca. Hermione lo golpeó, enfurruñada—. Si la respuesta es no, ve tú.
—¿Ves esto? —preguntó la chica, muy enfadada y poniéndole la mano en los ojos. Malfoy despegó los ojos de las Kardashians y lo miró, sobre su mano pequeña, había una sencilla sortija plateada con un diamante discreto en su dedo—. Estoy comprometida, deja de hacer esas insinuaciones.
—Ese es un anillo muy pequeño, Granger... Tan minúsculo, que no cuenta. Quién imaginaría que el pobretón por fin se animaría a proponértelo.
—Es muy bonito, cállate.
—Yo no me voy a casar con él —dijo Malfoy con burla—. Así que no me interesa. A mí lo que me interesa es saber si China y Rob se casarán.
—Quién pensaría que tienes un muggle en tu interior, Malfoy y uno con gustos muy malos de televisión—agregó Hermione negando con la cabeza, ofendida y se metió a su cuarto, esta vez, sí se quitó la falda y la blusa, harta de esa ropa tan incómoda.
Llevaba un día y ya quería matar al rubio. No era un avance muy elegante de su parte.
