Gracias a todas las hermosas personitas que se molestan en comentar (y leer) esta historia.

Sin advertencias especiales en este capítulo :/


11

Zusammensein

Reunión


Rechaza el efecto del houseki.

Las voces llevaban rato hablando, pero Wolfram no había logrado comprender ni una palabra hasta aquel instante.

Vendadle la pierna.

Él perseguía osos-abeja. Había cientos, miles de ellos. Se escurrían por debajo de los muebles, volaban desde su lienzo. Por mucho que se esforzaba, no lograba atrapar ninguno.

Notó el roce fantasmal de una mano en el rostro. O tal vez solo era la brisa helada acariciándole la piel.

Tiene fiebre.

Oh. Eso explicaba en parte lo de los osos-abeja.

Llamad a su Alteza.

¿Quién era "Alteza"? Si solo pudiera recordar…

Está ocupado con el chico.

Dudo que el chico en cuestión esté muy contento si despierta y descubre que hemos dejado morir a su prometido. ¡Traedle cuanto antes!

Prometido. El término le resultó hilarante. "Soy tu prometido", había dicho alguien, alguna vez, en algún lugar. Varias veces, de hecho. Para obtener como respuesta un bufido despectivo, hastiado, cada una de las veces.

El silencio se instauró durante un tiempo largo (¿minutos? ¿días? ¿siglos?). Al final, cuando había empezado a recitar al revés el árbol genealógico de Bielefeld, pasando por todos los primos y tíos y parientes posibles, las voces volvieron. Más que la vez anterior.

Congelación —la tercera voz sonaba clínica—. Era esperable

Es lo que tiene la nieve, y la ventisca, y una maldita montaña que parte en dos un país entero.

Puede que pierda los dedos.

La imagen mental de sus dedos cayéndosele de las manos y desperdigándose a sus pies resultó más cómica de lo que debiera. Debía estar delirando. O loco.

No. Traed agua tibia.

Se removió, cada nervio agitándose en espasmos. A lo lejos, alguien gritaba.

Sujetadle.

Era él el que estaba gritando.

Su mente, sin embargo, solo albergaba un único pensamiento.

"Yuuri"

—Y-yuuri…


Cuando Wolfram volvió en sí, fue incapaz de dilucidar si habían pasado minutos o días. Si estaba vivo o muerto. La congoja de la incertidumbre le mordió el alma, acelerándole el pulso.

"¿Pulso?"

Oh, estaba vivo. Algo es algo.

Intentó abrir los ojos, pero por algún motivo sus párpados parecían pesar una tonelada. Un gruñido gutural, frustrado, abandonó su garganta. Sintió movimiento alrededor, voces cuyas palabras no conseguía dotar de sentido.

Movió la mano a un costado, cerrando los dedos entorno a la empuñadura de un arma fantasmal. No la llevaba consigo.

—La bella durmiente se ha despertado.

Dejó caer la mano. Conocía aquella voz. Si solo pudiera ponerle rostro…

—No te muevas —una nueva voz, aunque igualmente familiar—: vamos a curarte, ¿de acuerdo? No intentes luchar contra ello.

No era maryoku. Le provocaba un estremecimiento particular, no doloroso pero sí molesto. Sin embargo, estimuló sus tejidos a sanar de igual manera a como lo haría el majutsu, así que podía darse por satisfecho.

Abrió los ojos. Ante él todo era de un blanco uniforme que ondulaba de forma esporádica.

Necesitó unos segundos para comprender que estaba mirando al techo de una tienda a través del cual se filtraba la luz del sol. Estaba acostado en un camastro medianamente mullido que crujía con cada leve movimiento. A juzgar por el calor sofocante de la almohada y el olor no del todo agradable, debía llevar cierto tiempo tendido en él.

Al incorporarse, sintió como si alguien intentara abrirle el cráneo a martillazos. Se llevó las manos a la cabeza; descubrió que parte de la uniforme presión se debía a una venda fuertemente ceñida a su frente y parte posterior del cogote. Algún tipo de vendaje compresivo, aunque a juzgar por el tejido debía ser improvisado.

Cuando el mundo dejó de dar vueltas por un segundo, se atrevió a explorar lo que tenía alrededor.

Lo último que había esperado era encontrarse con la cara petulante de Lord Adelbert von Grantz a escasos centímetros de su persona.

—Adelbert… —balbuceó, los ojos desorbitados y una mueca de estupefacción—. ¿C-cómo…? ¿Cuándo habéis…?

La respuesta más inmediata fue una sonrisa siempre despectiva e irritante a partes iguales.

—Reconozco que tienes pelotas —dijo Adelbert en tono malicioso—. Tenías una buena herida en la pierna, mocoso, y aun así cruzaste aquella montaña con el Maoh a la espalda... Parece ser que las señoritas Bielefeld están hechas de una pasta más fuerte de lo que creía.

Las preguntas se aglutinaban en la mente de Wolfram, luchando por ser la primera en ser dicha en voz alta, pero como era esperable una se antepuso a las demás.

—¡Yuuri…! ¿¡Dónde está Yuuri…!? —exigió saber.

El cerebro le pulsaba dentro del cráneo con cada golpe de voz.

—Está ahí al lado, durmiendo. Mejor que tú, francamente —aseguró Adelbert.

Las palabras de Grantz deberían tranquilizarle, pero solo aumentaron su inquietud. ¿Estaría Yuuri bien de verdad? ¿Por qué no estaban en la misma tienda?

Otro rostro conocido apareció a su lado: aparentemente había estado ocupado removiendo enseres curativos de una mesita adyacente. Los ojos rasgados le miraron con la misma indiferencia de siempre.

—No hemos podido curarte del todo porque rechazabas inconscientemente el houjutsu —explicó Keenan.

De su cuello colgaba un pedrusco carmesí del tamaño de un huevo. Wolfram no podía explicarse de dónde sacaban Adelbert y los suyos el infinito arsenal de piedras esotéricas.

—Estoy bien entrenado —se jactó.

La mayoría de soldados mazoku recibían instrucciones en defensa instintiva contra houjutsu, en especial sobre técnicas mentales. Wolfram en particular se había interesado en su momento en un mecanismo reflejo que repeliera el houryoku a no ser que él permitiera expresamente dicha magia.

—Ese entrenamiento te ha tenido al borde de la muerte durante casi tres días —aseguró Adelbert en tono de mofa.

Wolfram tuvo la decencia de sonrojarse. Adelbert seguía teniendo aquel poder sobre él, el de hacerle parecer un niño cuyas elecciones reportaban desastrosas consecuencias.

Apretó la manta superior entre los puños, sintiéndose incómodo y aún confundido.

—¿Cómo nos habéis encontrado? —quiso saber.

Por el rabillo del ojo, vio a Adelbert esbozar una mueca de suficiencia.

—Tenemos el mejor rastreador de maryoku del mundo —garantizó.

En aquel momento, la puerta de la tienda se apartó para dejar paso a una tercera persona. Wolfram frunció el ceño y se tensó como una vara. Se preguntó si el recién llegado había esperado al momento de ser mencionado para hacer una entrada con estilo.

Los ojos negros del Gran Sabio titilaron tras los cristales de las lentes. No vestía sus habituales ropas negras, similares a las de Yuuri, sino uno sencillo atuendo de plebeyo bajo una capa forrada de lana.

—Es un placer y un alivio verte con vida, Lord Bielefeld —garantizó con una leve sonrisa, siempre enigmática.

Como de costumbre, fue incapaz de dilucidar si Ken Murata mentía o era sincero.

—Alteza —murmuró con una leve inclinación de cabeza.

—Te debo un agradecimiento en nombre de todo el pueblo mazoku —aseguró—. Según me han informado, de no ser por ti el Maoh no seguiría con vida.

Wolfram apartó la mirada, incómodo por la intensidad de la mirada del Gran Sabio.

—El precio ha sido exorbitado —replicó, su voz apenas audible.

No volvió a elevar la cabeza, temeroso de establecer contacto visual con aquella mirada negra que le perturbaba. El Gran Sabio poseía poderes fuera de lo corriente. ¿Vería en su rostro, en su postura, lo que cargaba a las espaldas?

Volvía a dolerle la cabeza, pinchazos rítmicos que se hundían en la parte alta de su cráneo. Murata pareció notar su malestar, porque le oyó expulsar el aire con lentitud.

—Podemos postergar esta conversación para cuando estés al cien por cien —le concedió. De reojo, Wolfram adivinó una sonrisa turbia en sus labios.

—Descansa un poco, chico —añadió Adelbert, levantándose de la silla en la que había estado repantigado—. En esta ocasión, te lo has ganado.

La pulla final sí llamó su atención, llevándole a lanzar una mirada sombría al hombre.

—¿"En esta ocasión"?

—Deja los reproches y amenazas varios para luego —insistió Adelbert, y desapareció de la vista sin darle margen de réplica, flanqueado por Keenan.

El Gran Sabio le siguió poco después, tras unos largos segundos en los que Wolfram notó la intensidad de su mirada puesta en él. No se negó a sí mismo que se sintió aliviado de perderlo de vista.

Se hundió paulatinamente en el camastro, tirando las cobijas de cualquier modo sobre su persona. Sus extremidades aún carecían de la fuerza habitual, así que optó por seguir el consejo de Adelbert y descansar un poco.

"Intentar" sería un término más adecuado. El sueño huía de su agarre, y pasó al menos un par de horas removiéndose en todas las posturas posibles sin encontrar ninguna que le permitiera descansar. Contó diez veces las costuras de la tienda, e intentó leer desde allí las etiquetas garabateadas de los potingues apilados en una mesa en un extremo de la tienda.

Su mente iba a mil por hora. Era incapaz de permanecer allí inmóvil, sin hacer nada, contemplando el ondeante techo de la tienda. Sin actividad, sin algo en lo que ocupar sus crecientes energías, inevitablemente los recuerdos le abordaban. Le conducían a sendas que no quería volver a recorrer.

Con un bufido frustrado, se incorporó y saltó fuera del camastro. Iba descalzo, aunque al menos vestía la anodina combinación de túnica y calzas grises que solían llevar los plebeyos. Si una parte de él se sintió inquieta por haber sido desnudado y posteriormente vestido, luchó encarnizadamente por ignorarlo.

Alguien había dejado unas botas al lado del lecho. Calzárselas y ponerse en pie no resultó fácil. Necesitó un par de minutos para atreverse a incorporarse desde su postura al borde del camastro, e incluso entonces sus piernas parecían tan inestables que no confiaba en que pudieran sustentarle.

Aunque la tela de la tienda era blanca, el sol acuchilló sus retinas al descorrer la entrada. Ver un cielo sin nubes por primera vez en tanto tiempo fue un soplo de aire fresco. Dio dos pasos al exterior y se tomó unos instantes para ubicarse en su mapa mental.

No estaban lejos de la estribación este de las montañas de Christ; podía ver las cumbres blanquísimas arañando el cielo allá arriba. Desde abajo se veían igual de temibles, aunque la distancia le daba una perspectiva interesante.

Lo más rematadamente probable era que nunca les hubieran encontrado. ¿Habría algún ser superior velando por ellos? No era la primera vez que le abordaba aquel pensamiento.

La tienda en la que había estado no era la única. Si lo pensaba bien, resultaba lógico. Las últimas noticias que habían recibido sobre Adelbert, a juzgar por las escuetas explicaciones de Yozak, le ubicaban en tierra de nadie con un desigual grupo de mazoku, humanos y mestizos que recorrían los territorios aún libres saqueando de forma sistemática asentamientos imperiales y defendiendo aldeas dispersas. Por lógica debían actuar como nómadas, montando un improvisado campamento que les permitiera moverse con rapidez llegada la necesidad.

En su breve recorrido, se cruzó con hombres y mujeres, en su mayoría surtidos de armas de escasa calidad. Nadie hizo ningún comentario ni intentó detenerle, pero notó varios pares de ojos siguiendo sus pasos.

Fiel a la palabra de Adelbert, encontró a Yuuri en la tienda junto a la suya. Estaba previsiblemente dormido, tendido en un parco camastro y arrebujado con varios pares de mantas. Su rostro estaba pálido, pero por lo demás no parecía haber daños permanentes.

Solo cuando sus ojos se detuvieron en cada delicioso detalle, en cada gloriosa bocanada de aire, Wolfram se dio cuenta de que no había creído del todo que volvería a ver a Yuuri. Allá arriba, en la infinitud helada, había estado tan convencido de que iba a morir que la posibilidad había sido demasiado remota.

La certeza acabó por doblarle las rodillas, y se encontró hincado frente al lecho del Maoh con las manos apretadas junto a su cuerpo. Aquella escena se había repetido varias veces en el pasado, pero ninguna con un significado tan profundo para él.

Sonrió, avergonzado por su propio y burdo sentimentalismo, y pestañeó con insistencia para disipar la humedad en sus párpados.

Levantó una mano, suspendida sobre el rostro de Yuuri hasta que el aliento ajeno le acarició la palma. ¿Se atrevería? ¿Se la jugaría a una última bocanada de autoindulgencia?

La imperiosa necesidad de contacto eligió por él. Le acarició el pelo, sumergiendo los dedos en aquellos cabellos negros que tanto le llamaban la atención. Eran suaves al tacto, y tan finos que se le escurrían entre los dedos. Los había tocado muchas otras veces, cuando compartían cama en el palacio Pacto de Sangre. Eso, naturalmente, mientras Yuuri dormía.

Suspiró, incapaz de resistirse a un contacto que había añorado cada instante de su esclavitud.

Era hermoso: no sabía hasta qué punto. Y no era algo en lo exótico de sus rasgos, en aquellos colores oscuros que teñían su anatomía, aunque ello no hiciera sino añadirle atractivo. Ni el Gran Sabio ni el hermano del Maoh despertaban en él ningún tipo de fascinación más allá de sus posiciones de honor.

Algo en la gentileza infinita de su mirada. En cómo se le formaban profundos hoyuelos en las comisuras cuando sonreía, lo cual era muy a menudo.

"Shinou… Esta condena la cargaré de por vida"

Advirtió de pronto que Adelbert estaba allí, de pie en la entrada y observando la escena con mirada fría e indiferente. Se apresuró a retirar la mano, aunque sabía que era demasiado tarde y que el mazoku le había visto.

—Es sublime y terrorífico a la vez, ¿no es así? —comentó el hombre con aire casual, entrando en la tienda y deteniéndose a escasos pasos de ambos—. Sentir algo así por otro ser…

Adelbert solo dejaba caer su armadura todopoderosa cuando se refería a Julia. Años atrás, Wolfram se había mofado internamente de Lord Grantz al considerarlo un pobre enfermo de amor que no conseguía pasar página.

El destino parecía estar riéndose de él, devolviéndole el golpe con triplicada contundencia.

—Me recuerdas a mí cuando Julia estaba viva —opinó Adelbert, por lo demás inmóvil—. Orbitando a su alrededor como una luna consumida. No pocos hombres han sucumbido a un destino semejante.

Wolfram expulsó el aire entre los labios cuarteados. Debería haber previsto que aquella conversación entre ambos surgiría tarde o temprano: se sentía identificado con Adelbert hasta cierto punto. Al fin y al cabo, ambos amaban a personas inalcanzables.

Justo cuando pensaba que el hombre no volvería a abrir la boca, Adelbert habló.

—¿El chico lo sabe?

Wolfram frunció los labios, irritado. ¿Acaso no quedaba implícito que quería que se marchara y le dejara en paz con sus asuntos?

—Sé más específico —exigió.

Adelbert esperó unos segundos irritantemente largos para responder.

—¿Sabe que lo que sientes por él es auténtico?

Dejó que la tensión en sus hombros se drenara al advertir que no tenía razones para seguir mostrándose reticente. ¿Qué mal podía hacer compartir su desdicha con alguien tan desgraciado como él?

—Lo dudo —afirmó—. Seguramente sigue creyendo que es una cuestión de honor.

"Como tú lo creíste de Julia"

Posiblemente Adelbert nunca había podido ver el amor en los ojos de Suzanna Julia. Sin duda había pasado todo su noviazgo creyendo que la joven solo obedecía los designios de su familia, de lo que el decoro y la nobleza esperaban de ella.

Wolfram, que había pasado más horas durante la Guerra con Julia que con ninguna otra persona, sabía mejor que eso. Había visto divagar su mirada hacia el infinito, buscando algo que sus ojos no alcanzaban a ver.

Durante mucho tiempo, había creído que se trataba del recuerdo de Conrart. La añoranza de un idilio que nunca había llegado a consumarse. Durante mucho tiempo, había mirado a Julia y había asumido que algún día entraría a formar parte de su familia.

Con los años, los pequeños gestos y las verdades veladas habían virado hacia otra realidad. Que Julia se había enamorado de la idea de compartir su vida con Lord Grantz. Y que todos habían estado muy equivocados sobre la naturaleza de su relación con Conrart.

Ese asunto no le incumbía y nunca había indagado más allá de sus propias impresiones. No era algo que Conrart fuera a confiarle a él, así que supuso que solo le quedaba especular.

—Una vez te dije que tu desgracia era haber nacido como hábil usuario de maryoku —le recordó Adelbert—. Sin embargo, te perderá la estupidez: te empeñas en acudir a la guerra cuando no es ella la que te llama. Solo los necios combaten en una guerra sabiendo que está perdida.

Wolfram apretó los puños sobre el borde del camastro, anclándose a la visión del rostro dormido frente a él para mantener el control.

—Es ése amor el que te destruirá tarde o temprano, Wolfram von Bielefeld —añadió Adelbert.

Ya había tenido suficiente. Una cosa era tolerar una dosis de inocente autocompasión, y otra muy distinta ser increpado por algo tan íntimo que llegaba a su propio centro.

—¿Igual que te está destruyendo a ti, Adelbert? —sugirió.

La réplica pareció tomar con la guardia baja al susodicho, porque Wolfram le oyó tomar aire con brusquedad.

—¿De qué hablas?

Se incorporó de su sitio, forzando a sus débiles rodillas a mantenerle erguido. Después se volvió hacia Lord Grantz con aire desafiante, acusador. Tal vez de forma instintiva, se movió a la izquierda para bloquear la visión de Yuuri de los ojos de Adelbert.

—Veo cómo le miras —aseguró—. Esa añoranza, esa contradicción en tu mirada. Sentimientos encontrados a los que no puedes poner nombre.

Los ojos de Adelbert iban abriéndose más y más ante las implicaciones de sus palabras. En otros tiempos, la compasión hubiera hecho que Wolfram detuviera su escalada de acusaciones en un despliegue de empatía.

No entonces. Ya había sufrido demasiado como para permitirse una gentileza que otros no tendrían con él.

—Me cabrea —masculló—. La pretensión de que él no estuviera aquí. El deseo de que él nunca hubiera existido porque eso significaría que Julia seguiría viva.

Si Adelbert estaba sorprendido por su acusación, nada en su rostro lo indicó salvo un capilar que palpitaba en su sien.

—Por retorcido que sea, es una verdad innegable —apostilló—. El chico es su reencarnación. Si Julia siguiera viva…

—Yuuri no es Julia —le cortó Wolfram, un enfado incipiente elevándose en su tono—. Sólo tiene un alma antigua, sólo una conciencia común. Deja de buscarla en él, porque no la encontrarás.

Avanzó hacia Adelbert, indiferente al hecho de que éste era una mole que le sacaba casi dos cabezas. No se dejaría achantar: no cuando se trataba de Yuuri y la verdad estaba de su parte. Clavó la mirada en él, insuflando toda la determinación que fue capaz de reunir dado su precario estado físico.

—Y aunque estás en tu derecho de ansiar que Julia no hubiera muerto… —concedió—. Te conmino a no desear que Yuuri nunca hubiera existido. Existe, está aquí y ahora. Vivo. Y no es Julia —repitió, dando por zanjada la conversación.

Justo a tiempo. Captó un movimiento lánguido por el rabillo del ojo y en una fracción de segundo había regresado a su sitio, arrodillado junto al objeto de sus afectos.

—¡Yuuri…! —exclamó en tono esperanzado.

No pensó: se permitió depositar una mano en su mejilla. Cálido. Oh, maravillosamente vivo. Todo lo demás fue expulsado de su perspectiva, pasando a un segundo plano.

Yuuri parpadeó unos pares de veces y luego los ojos negros más expresivos que había visto jamás le estaban mirando a él.

—Wolfram… —murmuró. Su voz albergaba una profunda pincelada de emoción.

Éste experimentó un histérico deseo de echarse a reír y llorar al mismo tiempo. La propia naturaleza opuesta de ambas emociones logró que se mantuviera más o menos entero. Contuvo a duras penas el impulso de aferrar las manos de Yuuri por encima de las cobijas.

—¿Cómo te encuentras, Yuuri? —su voz sonó estremecida. Con un poco de suerte, Yuuri no se daría cuenta.

El aludido volvió la cabeza hacia un lado en una mueca confundida.

—Un poco mareado —reconoció—. ¿Qué demonios ha pasado? —se apoyó en un codo con clara intención de incorporarse.

—N-no, no te levantes —le instó Wolfram. Sin éxito, ya que Yuuri peleó con su propio aturdimiento hasta quedar sentado con la frente apoyada en una mano.

—¿D-dónde estamos? ¿Q-qué…?

Sus ojos rodaron hacia su izquierda, luego a la derecha y allí se quedaron congelados. Yuuri pareció necesitar unos segundos para asimilar la presencia de Adelbert.

—¡Ah! ¡El super-macho…! —exclamó al fin, echándose ligeramente hacia atrás.

—Bienvenido al reino de los vivos, Majestad —exclamó Adelbert, abriendo los brazos en una pantomima de recibimiento.

El comentario pareció desatar un alud de recuerdos en Yuuri. Su mano se movió automáticamente al punto donde la flecha le había hendido la piel. Palpó por encima de la áspera túnica: la confusión fue haciéndose patente en sus rasgos al no hallar ni siquiera un rasguño.

—¿C-cómo…? —balbuceó.

—Utilizamos houseki para curarte —le informó Adelbert—. Aunque, en honor a la verdad, serías un bonito cadáver de no ser por una pequeña ayuda extra.

—¿Ayuda… extra? —repitió Yuuri.

Una cuarta persona apareció en el umbral de la tienda. Wolfram puso los ojos en blanco, incapaz de creer la desfachatez de Murata. Estaba por jurar que efectivamente el Gran Sabia aguardaba agazapado para personificar una teatral aparición.

—¡Murata! —chilló Yuuri de forma automática, y salió de la cama para saltar sobre su amigo y apresarle en un abrazo.

Ken dibujó una sonrisa incómoda, extrañamente gentil, y le palmeó el hombro con torpeza.

—Me tenías muy preocupado, Shibuya —comentó Murata, con aquel tono regañón y maternal que tal vez había heredado de una de sus vidas anteriores.

—Eso debería decirlo yo —replicó Yuuri de forma automática, separándose de Ken y dedicándole una mirada acusatoria—. Nunca volviste con nosotros.

La sonrisa del Gran Sabio era trémula, como si escondiera tantos secretos que a duras penas pudiera contenerlos.

—Incluso sintiendo tu maryoku, esta es una tierra gigantesca. Avanzasteis más rápido de lo que había previsto. Además, debía ocuparme de unos asuntos —aseguró, dando dos pasos hacia atrás—. Ulrike y Ondine te envían recuerdos, por cierto.

Daba la sensación de que Yuuri no había escuchado la última frase: sus ojos se abrieron a sobremanera y su boca se entreabrió en una "o" perfecta. Parecía haber recordado algo que había pasado por alto hasta entonces. Levantó ambas manos frente a sí: temblaban.

—Conrart y Yozak… —musitó—. ¡Murata, siguen allí arriba! Nos emboscaron los soldados del Imperio: se quedaron atrás para darnos tiempo…

—Un grupo ha salido a buscar a Sir Weller y Gurrier —se apresuró a tranquilizarle Murata—. Dedujimos que, si vosotros estabais aquí, no debían andar lejos. Les encontrarán, Shibuya.

"¿Cómo se atreve?" pensó Wolfram, estupefacto. ¿Cómo osaba ofrecerle palabras de alivio cuando lo más probable era que solo encontraran dos cuerpos semisepultados por la nieve?

El por qué él mismo se mantenía íntegro a pesar de aquella certeza era chocante. Debería estar derrotado, guardando luto por el hermano perdido.

La única explicación plausible era que su instinto protector hubiera bloqueado el dolor, comprimiendo la sensación de pérdida para que Yuuri no se contaminara de su desesperanza.

Aún le necesitaba. Cualquier alarde de egoísmo debería quedar aplazado por el momento.

La esperanzadora promesa parecía haber conformado a Yuuri. La tensión se drenó de sus rasgos, de su postura en general, dándole de nuevo el aspecto de un adolescente ingenuo y absurdamente optimista.

—Gracias —murmuró, mirando alternativamente a Adelbert y Murata.

—En realidad, es a Lord Bielefeld al que deberías mostrar tu gratitud —repuso el Gran Sabio, dedicándole una floritura de mano.

Wolfram se tensó en el acto cuando la mirada azabache de Yuuri se posó en él. Había estado a gusto pasando a un segundo plano en aquella conversación, observando desde lejos. Ser de nuevo el foco de atención de Yuuri le tomó desarmado.

—Te bajó de la montaña a cuestas aun cuando él mismo estaba malherido —prosiguió Murata, cruzando las manos a la espalda—. De no ser por él, no estarías aquí. Os encontramos justo a tiempo, Shibuya.

Las últimas palabras de Murata no parecían haber sedimentado en el cerebro de Yuuri. Éste le observaba con una intensidad que le hizo sentirse desnudo, expuesto para que todos pudieran analizar sus más profundas emociones.

Entonces, Yuuri dibujó una de aquellas sonrisas besadas por el sol que calentaban sus entrañas incluso en el recuerdo. Un gesto cálido, genuino, que en general solo dedicaba a Greta y a un selecto grupo de personas cercanas.

—Sabía que no lo había soñado… —alcanzó a murmurar.

A pesar de todo, de la incertidumbre y el miedo y el dolor dejados atrás, Wolfram no pudo controlar el chispazo de esperanza que floreció en su pecho como una llama latente. Se atrevió a esbozar una sonrisa débil, nerviosa, sencillamente porque era imposible no hacerlo.

—¿Qué otra cosa podía hacer? —comentó, encogiéndose de hombros.


Fue un día poco productivo para ambos, en el que se dedicaron a descansar, compartir conversaciones intrascendentes y a recuperarse en general de la catastrófica travesía por Nimander. Wolfram mismo no había advertido lo quemada que estaba su piel, irritada y enrojecida, hasta que se desprendió de la túnica al caer la noche.

Tras un bien merecido baño y una cena frugal, Wolfram abrazó la idea de tumbarse en una cama y olvidarse de todo durante unas horas. Y así debería haber sido, de no ser por un detalle.

Una segunda persona se deslizó junto a Wolfram en el camastro en mitad de la noche. Una cuyas manos cálidas se cerraron entorno a su camisa como si quisieran asegurarse que no huiría de su alcance.

Wolfram fingió estar dormido, los ojos muy abiertos en la oscuridad. Aguardó inmóvil, fingidamente relajado, a que Yuuri encontrara la postura adecuada. Al final, con la frente rozándole la nuca y su aliento impactando en su cuello, el joven se quedó dormido.

La mente de Wolfram estaba aullando. Lo estuvo durante horas, maldiciendo en su mutismo a quien quiera que hubiera decidido mantenerle con vida solo para ser víctima de tan retorcida tortura.

Se durmió muy cerca del amanecer, contando los latidos del corazón de Yuuri que se transmitían allí donde sus cuerpos se tocaban.


Yuuri no identificó el mecanismo mental que le había llevado a colarse en la cama de Wolfram en mitad de la noche. Irónicamente, una imagen invertida de lo que sucediera aquella noche en el Pacto de Sangre, hacía una eternidad.

Ni siquiera había reflexionado en las implicaciones cuando se había deslizado junto a Wolfram en el estrecho camastro. No se había planteado las cuestiones más básicas, como lo que pudieran pensar los desconocidos con los que compartían tienda. O los propios pensamientos que nacían y morían en su mente atribulada en favor de una dopante sensación de seguridad.

Sus comeduras de coco habían caído en saco roto porque, al despertar, Wolfram ya no estaba a su lado. Lo encontró no muy lejos de la tienda, cargando fardos de un lado a otro con otra decena de desconocidos. No hablaron salvo unas pocas palabras tensas y cordiales al mismo tiempo; Yuuri lo achacó al cansancio general que pesaba sobre ambos y que una sola noche de sueño ligero no conseguiría solucionar.

Al final pasaron toda la mañana pululando por el campamento y ayudando en cualquier tarea a quién quiera que lo necesitara. Yuuri estimaba que había unas trescientas personas entre hombres, mujeres y niños, lo cual implicaba trabajo constante. Para cuanto llegó el mediodía y sus tripas empezaron a rugir, habían hecho la colada, recolectado leña, apiñado montañas de provisiones e incluso de niñera para un batiburrillo de niños humanos y mazoku.

Viendo a aquellas criaturas, que a pesar de su aspecto uniforme podían llevarse décadas, las esperanzas de Yuuri de una paz futura se elevaban como la espuma. Los ideales que había defendido durante su reinado seguían vivos, acercando a humanos y mazoku incluso tras una guerra que por lógica debería haber recrudecido antiguos rencores.

Con los adultos no era tan sencillo. En especial cuando la odiosa sensación, la de ser continuamente observado, le cosquilleaba en la nuca cada vez que se daba la vuelta.

—¿Crees que saben que soy el Maoh?

Wolfram lanzó sendas miradas a su alrededor, sin detenerse.

—No lo creo —opinó—. No la mayoría, al menos. Tu cabello aún no es negro.

La insegura respuesta de Wolfram logró serenarle, devolviéndole una frágil sensación de anonimato. No quería verse obligado a lidiar con genuflexiones, miradas de pavor o, solo quizá, acusaciones varias.

Yuuri se preguntó fugazmente dónde estaba Murata. No le había visto en toda la mañana, y eso que estaba seguro de que había dado varias vueltas completas al campamento. Tal vez estaba con Adelbert, debatiendo futuras estrategias. Ése era su lugar natural, después de todo.

Se pusieron en una cola de al menos treinta personas (una de las tres). Al final de la misma, un hombre gigantesco servía generosas raciones de estofado en sendos cuencos de madera. Mientras olisqueaba su guiso de un olor delicioso, atisbó un cabello rojo que pasaba a su lado a toda velocidad. Pensó automáticamente en Yozak, pero al volverse se encontró con un rostro igualmente conocido.

—¡Rohnan…! —llamó.

El joven se detuvo casi vertiendo el contenido de su cuenco. Su rostro se iluminó al reconocerles.

—¡Chicos…! —exclamó. Al menos no había gritado "Majestad" a pleno pulmón.

Yuuri analizó el rostro del muchacho: parecía ileso, aunque juraría que sus pecas se habían multiplicado en los pocos días transcurridos desde que se separaran.

—Sabía que estabais aquí, pero no he podido escaquearme para visitaros —aseguró Rohnan, caminando con celeridad junto a ambos.

Avanzaron por el campamento, buscando un lugar tranquilo donde sentarse a comer. Encontraron los restos de una hoguera al límite del asentamiento, a todas luces un lugar frecuentado para reuniones informales. Por si albergaban alguna duda, detectaron de inmediato a la criatura de un blanco impoluto tendida sobre la hierba.

—¡Yuki! —exclamó Yuuri, corriendo al encuentro de la yegua.

El animal emitió uno de sus extraños relinchos y procedió a mordisquearle el puño de la túnica.

—Lo lamento —se disculpó Rohnan a su espalda—: no alcancé el territorio Spitzwerg. Lord Grantz me encontró antes. Nos sorprendió una tormenta de nieve y…

—Rohnan —le cortó Yuuri, incapaz de soportar tal retahíla de disculpas.

La exclamación ahogada del joven le hizo plantearse si había dotado de un exceso de brusquedad a tu tono. Se encargó de suavizar la primera impresión apretándole el brazo por encima de la ropa.

—Me alegra que estés a salvo —aseguró—. Y cumpliste tu misión, ¿no es así? Tú le dijiste a Murata y a Adelbert que estábamos en ésa montaña. Nos encontraron gracias a ti.

Rohnan pestañeó varias veces en secuencia rápida. Daba la sensación de que no se le había ocurrido pensar en aquel detalle hasta que alguien lo había puesto en palabras.

—B-bueno… Su Alteza ya estaba sobre vuestra pista —apuntó, quitándose importancia—. Os hubieran encontrado de todos modos.

Yuuri ahogó una risita al notar el súbito sonrojo en las mejillas del muchacho. Aún quedaba gente buena en aquel mundo.

—¿Qué es ese ruido? —intervino de pronto Wolfram, la mano suspendida sobre la blanquísima cabeza de Yuki.

Yuuri necesitó unos segundos para comprender a qué se refería. Había un sonido de fondo, una confusión de gritos y cascos de caballos que se extendía desde el otro extremo del campamento. Rohnan se volvió en dicha dirección después de dejar su bol cuidadosamente a un lado.

—Llegan jinetes —anunció—. Sucede todo el tiempo. Al parecer, el grupo no deja de crecer…

La curiosidad tironeó de Yuuri hacia la fuente del sonido, sin ser demasiado consciente de si Wolfram y Rohnan le seguían o no. Caminó entre tiendas, hogueras y círculos de gente hasta que topó con los recién llegados. No eran más de veinte, la mitad de ellos a caballo y el resto a pie. Empezaba a preguntarse cuál sería su historia cuando algo captó su atención.

Cabalgando en el flanco izquierdo de la comitiva, había dos rostros que conocía a la perfección.

Una sonrisa inmensa, sin barreras, se extendió por su rostro hasta que le dolieron las comisuras. Pasó por en medio de un grupo sentado en el suelo, casi metiendo el pie en lo que quiera que estuvieran comiendo, para llegar hasta los jinetes.

—¡Conrart! ¡Yozak! —exclamó con desbordante alegría.

—Yuuri —llamó Conrart, descabalgando ágilmente y acercándose a él a media carrera—. ¿Estás bien, Yuuri? ¿Estáis bien los dos?

Las manos de su padrino se cerraron sobre sus hombros, como si quisiera cerciorarse de que era real. Parecía ileso a excepción del vendaje improvisado que le ceñía el brazo izquierdo hasta la juntura del codo. Yuuri no pudo más que esbozar una sonrisa tranquilizadora.

—Perfectamente. Adelbert ha cuidado bien de nosotros.

—Por la cuenta que le trae —aportó Yozak, palmeándole el hombro con tanta fuerza que casi se lo sacó del sitio. Tenía algunas magulladuras y un moratón memorable entorno a la nariz, pero su sonrisa eclipsaba cualquier desperfecto.

Yuuri se volvió hacia su padrino con el ánimo por las nubes por primera vez en mucho tiempo.

—Wolfram me salvó —reveló, esforzándose por dotar de orgullo a cada sílaba—. Dos soldados nos persiguieron. Me hirieron, pero Wolfram me protegió. Cargó conmigo ladera abajo aunque él mismo estaba herido.

Conrart pestañeó varias veces, como si intentara asimilar la acelerada explicación, y lanzó una mirada por encima de su hombro. Yuuri giró sobre sus talones, estableciendo contacto visual con Wolfram. Éste les observaba a ambos con los ojos muy abiertos y un rubor incipiente en los pómulos. Apartó la cabeza, carraspeando.

Yuuri rio entre dientes. Incluso después de todo, Wolfram se desarmaba ante la aprobación de su hermano mayor.

Justo detrás de Yozak, descabalgó un jinete de cabello oscuro y ojos claros.

—Yuuri —saludó el hombre con un gesto de cabeza—. Me alegra que volvamos a encontrarnos.

Aún con tres años más encima y una barba incipiente, reconoció el rostro gentil del hombre que caminaba a la cabeza. Así como la Espada Sagrada que asomaba de la vaina en su espalda.

—Alford… —murmuró, incrédulo—. Supuse que estabas…

—¿"Muerto"? —terminó el humano por él. Le dedicó una sonrisa indulgente—. Yo también lo pensé de ti durante mucho tiempo. Lord Grantz me instó a tener esperanza, pero era cada vez más difícil.

Yuuri aceptó la réplica con una sonrisa estoica. En realidad, Alford solo era uno en una interminable retahíla de personas a quien no había podido dedicar segundos pensamientos desde su regreso. Era perfectamente feliz sin que el susodicho conociera tal detalle.

—Siento mucho no hab-

No llegó a expeler su disculpa. El grupo de curiosos se apartó como una oleada y Adelbert apareció entre ellos, caminando con el aplomo de alguien que se sabe el dueño del lugar. Tal y como Yuuri había esperado, Murata seguía a Lord Grantz muy de cerca, con aquel aire casual de alguien acostumbrado a llamar la atención.

El momento en el que Adelbert y los recién llegados cruzaron miradas, el resto de asistentes contuvieron el aliento sin saber muy bien por qué. Yuuri no pudo más que mirarlos alternativamente, encontrado idénticas miradas desconfiadas. No era para menos: aunque sus asperezas se habían limado en los últimos tiempos, Yuuri sabía que la historia entre Adelbert y Conrart era larga y teñida de desencuentros. Algo que, por extensión, había salpicado también a Yozak.

No sabía muy bien si se estrecharían la mano o la emprenderían a espadazos. Con Lord Grantz nunca podía predecirse.

Al final, Adelbert levantó ambas manos en un gesto de recibimiento.

—Bienvenidos, Patriotas de Ruthenberg —incluso se atrevió a sonreír, una mueca socarrona que en él no significaba más que un acercamiento amigable.

—Gracias por vuestra hospitalidad, Lord Grantz —repuso Conrart con un gesto de cabeza.

Eso fue todo. Adelbert se marchó en dirección contraria con la raída capa ondeando a su espalda.

—¡Que alguien les traiga algo de comer a estos caballeros! —ordenó antes de irse.

Yuuri intercambió con sus amigos sendas miradas desconcertadas. Había previsto algo un poco más… hostil.

—Cuando los dioses te bendicen, no preguntes el por qué —opinó Yozak, encogiéndose de hombros.

Diez minutos después, Yuuri se sentía como en un sueño, rodeado de nuevo de una inmejorable compañía. Incluso Alford se les había unido. Las raciones que consiguieran ya estaban frías a aquellas alturas, pero alguien se encargó de sustituirlas por sendos cuencos humeantes. Acabaron sentándose en círculo junto a una pequeña hoguera mientras apuraban su comida. En honor a la verdad, Yozak ya había acabado la primera e iba por la segunda para cuando Yuuri había hecho cuenta de la suya.

—¿Cómo conseguisteis… en fin, libraros de los soldados? —se aventuró a preguntar tras un rato de mutismo.

—Estoy seguro de que no quieres conocer los detalles —apostilló Yozak, empezando su tercer plato. Habló de nuevo antes de tragar del todo—. Me interesa más saber cómo lo lograsteis vosotros, siendo que al parecer te regalaron un flechazo y que el Maoh ya nos había honrado con su presencia unas horas antes.

—B-bueno… Wolfram lo hizo todo —confesó.

Las miradas de todos se movieron a su derecha, donde Wolfram permanecía sentado con las manos entorno a su bol medio vacío. Como era de esperar, se removió con incomodidad.

—Tuve que utilizar… majutsu para permitirnos una huida —soltó, sin elaborar los detalles.

Yuuri agradeció su escueta explicación. No se sentía con ánimos de debatir los entresijos morales de las vidas que habían arrebatado allá arriba.

—¿Utilizaste maryoku en territorio humano? —inquirió Yozak, perplejo.

—No sé cómo lo hice, pero sucedió —insistió Wolfram—. Nadie está tan sorprendido como yo mismo.

—Hace tres años, todos los mazoku, con contadísimas excepciones, perdieron la capacidad de usar el maryoku —corroboró Conrart—. Solo mi madre y Ulrike, que sepamos, conservaron dicha habilidad. Naturalmente, ello precipitó la caída de Shin Makoku. Nuestra mayor fuerza ofensiva y a la vez defensiva fue reducida a nada.

—Tiene sentido —intervino de pronto Murata, quien había guardado silencio hasta entonces.

Yuuri volvió la cabeza y se encontró con Murata mirándole fijamente. Aquel tipo de expresión que evidenciaba su edad real, un ser vetusto atrapado en el cuerpo de un adolescente.

—El regreso de Shibuya… Es posible que esté redefiniendo los bordes del país —prosiguió el Gran Sabio.

—No tengo ése poder —se apresuró a decir Yuuri. La simple idea le resultaba absurda.

—No es tan descabellado —insistió Murata, el mentón apoyado en sus manos entrelazadas—. Al fin y al cabo, es el poder del Maoh el que concreta dónde empiezan los territorios mazoku. Si tu ausencia lo cambió, tu regreso puede estar arreglándolo. Quizá los mazoku vayan recuperando paulatinamente dicha habilidad.

—Siento mucho interrumpir esta apasionante disertación sobre el alcance del poder del Maoh, pero no he podido dejar de notar que nadie está haciendo la pregunta más obvia —apostilló Alford.

La tensión brotó en el aire. No, no había nacido de la nada: más bien había estado agazapada aguardando el momento oportuno. Los ojos claros de Alford incidieron en él con la intensidad de un arma de fuego.

—¿Qué te mantuvo lejos de Shin Makoku durante tres años?

El tono de Alford no era acusatorio, solo genuinamente indagador. Y aun así el odioso monstruo de la culpabilidad llevó a Yuuri a apartarle la mirada con turbación.

—Nada —garantizó, entrelazando las manos bajo la capa para que nadie notara cómo le temblaban—. En mi mundo solo pasaron tres días.

Se hizo un silencio increíble después de su revelación. Uno en el que las emociones en el rostro de Alford cambiaron de forma caótica, desde la estupefacción al miedo, pasando por la incredulidad.

—Tres días… —murmuró al fin—. Dioses…

—Nunca había sucedido nada como esto… —aseguró Yuuri, la garganta seca como si hubiera tragado paja—. El paso del tiempo aquí es más rápido que en La Tierra, pero nunca había sido… así.

—Es sin duda un evento excepcional —corroboró Murata—. Uno que, sospecho, no es casual.

Las implicaciones de su teoría planearon por encima de todos como una nube asfixiante.

—Una teoría arriesgada —opinó Wolfram—. Eso significaría que hay alguien… o algo capaz de manipular ya no las conexiones entre mundos sino el espacio-tiempo entre ambas. El poder que poseería una persona así es… inconcebible.

—Solo para aclarar… —intervino Yozak, analizando de reojo a Murata—. No hablamos del Rey Original, ¿verdad?

—No fue Shinou —se apresuró a aclarar el Gran Sabio—. Además de que carece de motivos para un acto como este, su poder sobre el mundo físico es muy limitado desde que Shibuya aquí presente le venció.

Dejó caer las manos sobre las rodillas. Su cabeza se inclinó de manera que sus ojos quedaron oportunamente cubiertos por el reflejo de las llamas.

—No, es alguien más —aseguró—. Alguien más poderoso que Shinou… y tal vez que el Maoh.

—¿M-más poderoso que el Maoh? —repitió Alford, aferrando su espada con inquietud—. Me cuesta creerlo.

Como casi todos los presentes, Alford había presenciado uno de los famosos (y esperpénticos) despliegues de poder del Maoh.

—La idea me inquieta tanto como a todos, pero no veo otra explicación a este fenómeno —sentenció Murata.

Hasta entonces, Yuuri dado por sentado que el desbarajuste temporal que había provocado aquel embrollo había sido una desafortunada casualidad. Jamás, ni por un instante, había sopesado que alguien podría haberlo causado. Y la idea le perturbaba más de lo que quería admitir.

No era tan engreído como para asumir que el Maoh era la criatura más poderosa de aquel u otros mundos. Había conocido un buen puñado de seres con poderes virtualmente ilimitados: Shinou, Soushu, Bob, su propio hermano Shouri. Incluso Lady Chêri, Ondine y Ulrike entrarían en la categoría de criaturas casi omnipotentes.

No obstante, alterar el flujo temporal no era algo que incluso seres todopoderosos pudieran hacer de un plumazo. En su momento, Shinou había necesitado una cantidad considerable de poder espiritual para llevarle y traerle de vuelta de la Tierra.

La primera vez que viajó sin el soporte de Shinou ni Murata, Yuuri aterrizó inconsciente en los brazos solícitos de Wolfram. Despertó dos días después rodeado de sus más allegados y con la sensación de haber corrido diez días sin descanso.

Pero una cosa era cruzar las dimensiones y otra muy distinta modificar la corriente temporal hasta el punto de crear un desfase de tres años. No imaginaba a nadie, ni siquiera a Shinou, llevando a cabo una hazaña semejante.

Murata rompió el largo silencio con un comentario en apariencia fuera de lugar.

—He oído hablar mucho del Emperador, aunque a menudo eran comentarios vagos y contradictorios. ¿Qué tipo de persona es?

—Nadie lo sabe en realidad —afirmó Yozak—. De hecho, la inmensa mayoría de sus subordinados no le han visto jamás. O eso afirman.

—Algunos aseveran que no hay tal Emperador —añadió Alford—. Que en realidad hay más de una persona dirigiendo el Imperio.

Murata se sobó la barbilla mientras su rostro adoptaba una actitud reflexiva.

—Un gobierno multicéfalo. No sería algo extravagante. No obstante, hay personas con el carisma y el poder de persuasión suficientes para edificar un gobierno entorno a sí solos.

Obviamente, se refería a Shinou. Los Maoh posteriores habían gobernado en consonancia con los Diez Aristócratas, pero el Rey Original había agrupado en solitario a las tribus mazoku en una misma nación.

Si había aprendido algo de sus lecciones de historia con Günter y de su tiempo en la escuela secundaria, que una sola persona llevara el peso de la corona solía acabar en despotismo y naciones beligerantes. Shinou, que además de con su liderazgo había contado con un maryoku casi infinito, bien podría haberse convertido en uno de aquellos tiranos que con tanta frecuencia salpicaban la historia.

Una combinación de compañías adecuadas y buena voluntad habían impedido tal desarrollo.

—El Emperador existe, y es una sola persona —se hizo oír una voz.

Yuuri volvió la cabeza como un resorte hacia su izquierda. No podía ver desde allí la expresión de Wolfram, pero sí apreciaba lo blancos que estaban sus nudillos, apretados contra sus piernas para que las manos no le temblaran.

¿Por qué no se le había ocurrido? Wolfram había pasado tres años en un asentamiento enemigo, en el propio corazón de un bastión imperial. Si había alguien que pudiera aportar información indispensable para aquel entuerto… en fin, lo tenía sentado al lado. Murata parecía ser de un pensamiento parecido, a juzgar por el redoblado interés con el que lanzó su siguiente pregunta.

—¿Llegaste a verle alguna vez, Lord Bielefeld?

—No —negó Wolfram—. Pero Seiffert hablaba de él a menudo. Había un flujo constante de mensajes entre ambos, en su mayoría mandatos militares. Es el Emperador el que elige cuándo y dónde atacar. Y Seiffert acataba como un perro obediente —añadió con desdén.

Yuuri tuvo que lidiar con el violento impulso de ponerle una mano en el brazo para reconfortarle. Estaba bastante seguro de que Wolfram no apreciaría un gesto tan público de cercanía.

—El Emperador, sea quien sea, no se ha asentado en ninguna fortaleza en particular —les comunicó Yozak—. Cedió el castillo Khrennikov a Seiffert, pero el palacio Voltaire y Bielefeld solo albergan militares de forma temporal, si mi información es correcta. Por ahora, los mazoku mantienen el resto de fortalezas, así que se podría decir que el Imperio carece de un centro de operaciones.

—O eso quieren aparentar —puntualizó Murata, su comisura derecha elevándose en una mueca sagaz—. Si solo sus más fieles saben dónde encontrarle, se asegura cubrirse las espaldas. Me sorprendería que Seiffert no lo supiera.

—Nunca supe de dónde provenían las misivas —especificó Wolfram, anticipándose al interrogatorio—. No se comunicaban con aves sino con mensajeros, así que las opciones de interceptar cualquier mensaje eran mínimas.

Murata se frotó las manos mientras su sonrisa se iba extendiendo. Parecía divertirle encontrarse frente a un acertijo insalvable.

—Es astuto —concedió—: se ha tomado muchas molestias para que nadie sepa su ubicación exacta. Si no sabes dónde está la cabeza del monstruo, difícilmente conseguirás matarlo.

A Yuuri se le ocurrió que, como todo lo que hacía Murata, aquel cambio de tema debía tener un sentido. Necesitó unos instantes para comprender hacia dónde conducía el proceso mental de su amigo.

—¿Crees que fue él? —sugirió—. ¿El qué modificó la corriente temporal entre nuestros mundos?

—Él —opinó Murata—. O uno de sus allegados, tal vez. Alguien cuyas lealtades residen con el Imperio.

—¿Qué motivos tendría para algo así? —murmuró Yuuri.

Ante el pasmo de los presentes, Murata emitió una risita entre dientes. Un sonido sarcástico en cualquiera, pero que en él resultó francamente estremecedor.

—La motivación para introducir un cambio como este en el espacio-tiempo es lo único que está flagrantemente claro, Shibuya.

Por el rabillo del ojo, Yuuri vio que Yozak negaba con la cabeza con aire resignado. El propio Wolfram se cubrió medio rostro con una mano y suspiró sonoramente.

¿Tan evidente era?

Su padrino fue el único que se apiadó de su extrema ingenuidad.

—¿No te parece mucha casualidad que una ausencia tuya haya sido la excusa perfecta para invadir Shin Makoku? —dijo Conrart en tono compungido—. ¿De verdad crees que es fortuito que el Imperio haya decidido atacarnos justo cuando tú no estabas?

Yuuri empezó a notar que se ponía enfermo a medida que las connotaciones penetraban en su cerebro. Un violento escalofrío recorrió su columna vertebral al tiempo que un feroz deseo de esconderse en algún rincón y perderse para el mundo se apoderaba de él.

Lo que todos insinuaban poseía un monstruoso sentido. Que alguien hubiera aguardado a uno de sus periódicos viajes a casa para infectar el tejido temporal. Aprovechar la ausencia de un Rey para arrasar su país.

No era una coyuntura. Todo había sido orquestado.

¿Cuánto tiempo llevaba aquella invasión gestándose mientras todos permanecían en la ignorancia total, preocupándose de males menores como Shimaron?

Cuando por fin se atrevió a mirar a Murata, con los glóbulos oculares escociéndole, éste se había desprendido del Gran Sabio para volver a ser Ken. Su gesto era gentil, empático y, en cierto modo, atemorizado.

—Créeme, Shibuya: cuando recuerdas tantas vidas, acabas aprendiendo que el azar rara vez existe.


Esa noche, Wolfram luchó contra su propio cansancio para mantenerse despierto el máximo tiempo posible. Incluso compartió una cerveza… más bien un par con Yozak, en un silencio cortante que el susodicho llenó con canciones e historias indecentes. Al final, cuando la mayoría del campamento ya dormía y solo se oían las conversaciones en voz baja de los centinelas, él mismo se dejó caer en el pequeño lecho con el rostro ardiente y los oídos zumbando.

El intruso tardó un poco más en ocupar su sitio, tal vez temeroso de ser descubierto en mitad de la noche en una actitud indecorosa. Pero al igual que la noche anterior, Wolfram detectó el peso de una segunda persona a su lado, el calor cercano que se transmitía en oleadas allí donde sus cuerpos coincidían.

Emitió un largo suspiro antes de aventurarse a girar sobre su eje. Estaban tan pegados uno al otro que unos mechones oscuros le rozaron los labios y la nariz.

—Yuuri… —murmuró—. Esto tiene que terminar.

Las pestañas azabache se levantaron. Los ojos de Yuuri eran enormes, negros como la noche en la que estaban sumergidos, y le miraban con súbita aflicción.

—¿A qué te refieres? —susurró.

Wolfram no podía creer lo surrealista de aquella pregunta, de la situación en sí. Durante un momento llegó a barajar si no estaría dormido y aquello no era más que un sueño delirante, retorcido.

—Ya no estamos prometidos —masculló, y tuvo la sensación de que lo había repetido un millón de veces—. Esto es totalmente inadecuado.

Yuuri se removió, incómodo, y rompió el contacto visual. El movimiento consiguió que su rodilla le rozara el muslo.

—Dijiste que nada iba a cambiar…

La culpa constriñó su pecho, castigándole en el acto por lo que estaba haciendo con una sensación parecida a la asfixia.

—Seamos realistas, Yuuri —protestó, su tono menos tajante de lo que pretendía—: si esperas a que todos duerman para meterte en mi cama, es porque en el fondo también lo consideras impropio.

Le vio tragar saliva, sus labios rosados y entreabiertos gesticulando varias veces sin emitir sonido.

—Wolfram, yo…

Basta.

—Déjalo —musitó Wolfram, saliendo del camastro y depositando de nuevo las mantas en su sitio—. La cama ya está caliente. Buscaré otro sitio para dormir.

Dejar atrás la calidez de Yuuri, obligarse a no mirar atrás, fue de las cosas más duras que Wolfram había tenido que hacer en su vida.

Lo había permitido la noche anterior. Yuuri debía sentirse solo, con la posibilidad de haber perdido a Conrart y Yozak pendiendo sobre ambos. Ni su previa decisión de cortar por lo sano podría haber echado a Yuuri de su cama bajo tales circunstancias.

Pero Conrart y Yozak habían vuelto. Yuuri ya no le necesitaba para mantenerse íntegro, y una condescendencia como aquella solo acabaría haciéndoles daño a ambos.

Estaba seguro… no, más bien quería creer que el propio Yuuri se lo agradecería con el tiempo.


La mañana amaneció fría, con escarcha cristalizando en la nieve en torno a la tienda. Y, aun así, Yuuri creyó que no volvería a tener frío en su vida.

Porque al menos ya no había nieve.

Dudaba seriamente que volviera a envidiar las estampas invernales de las áreas montañosas de Japón. Y aún más que la mayoría de japoneses adoraran la visión nevada del Monte Fuji de tener que cruzarlo a pie de punta a punta.

La jornada se desarrolló de forma similar a la anterior, aunque con dos salvedades. La primera que Yozak y Conrart no se despegaron de él en todo el día, realizando las tareas más pesadas a su alcance y asegurándose de tenerlo bajo vigilancia en todo momento.

La segunda… Wolfram le esquivó durante todo el día. En las contadas ocasiones en las que se encontraron, el joven siempre tenía una excusa para no hablar con él. En total no le habría visto más de diez minutos.

No podía evitar sentirse culpable. ¿Se habría pasado de la raya? ¿Le había hecho sentir tan incómodo que había logrado enfadarle? Había una diferencia entre la actitud anterior de Wolfram, melancólica hasta donde él podía decir, y la actual negación rotunda a compartir un espacio físico con él.

Aún le daba vueltas al asunto cuando se reunieron para la cena; él, personalmente, no tenía apetito. No podía evitar lanzar miradas furtivas a Wolfram de vez en cuando, solo para descubrir que éste no había hecho lo propio ni una vez.

Su entrecejo iba frunciéndose más y más en algo entre el mosqueo y la perplexión. Tal vez estaba mal acostumbrado a sentir la mirada de Wolfram perpetuamente sobre su persona. Como alguien que ha perdido un brazo y no lo echa de menos hasta que el miembro en cuestión desaparece.

Al menos había algo bueno: las viejas rencillas entre Adelbert, Yozak y Conrart parecían haber quedado aparcadas en favor del clima de camaradería en tiempos de guerra. Era un logro considerable: Yuuri no recordaba un escenario en el que Adelbert no hubiera intentado otra cosa que partirle la cabeza de un mandoble a sus dos compañeros.

Tal vez el que se hubiera colocado estratégicamente entre Adelbert y sus dos guardianes tenía algo que ver con el clima cordial.

—Mañana alzaremos campamento —anunció Adelbert casi al final de la cena—. Iremos al este y luego al norte, en busca de las Tierras de Grantz. El límite entre Bielefeld y Grantz es un punto caliente en estos instantes. El Imperio sigue devastando aldeas y asentamientos; como si no tuvieran ya el control sobre todo el territorio…

Yuuri dio un respingo cuando Adelbert le miró directamente. Posiblemente su intención no era resultar agresivo, pero incluso las sonrisas de Lord Grantz eran belicosas.

—Os escoltaremos hasta el castillo Spitzwerg, pero no pienso poner un pie en ése sitio —gruñó Adelbert—. En esos lugares solo se refugian los señoritos que no están hechos a la guerra.

Un tenso silencio se instauró entre los presentes, solo roto por un leve gruñido entre dientes de Wolfram. La sonrisa de Conrart, si bien temblaba un poco en las comisuras, permaneció en su sitio.

—Imagino que mi madre tendría algo que decir a esa acusación —elucubró.

—Y aún no ha nacido el hombre lo suficientemente loco como para plantarse frente a Chêri-sama y acusarla de cobarde —añadió Yozak.

La ausencia de réplica de Lord Grantz tal vez indicaba que se había imaginado a sí mismo en dicha situación… con catastrófico resultado. Yuuri no tenía ninguna duda que Adelbert acabaría convertido en un montoncito humeante si se daba la coyuntura de ofender a Lady Cecilie.

En un momento dado, Wolfram dejó su plato vacío junto al tocón, se puso en pie sin soltar palabra y giró sobre sus talones, alejándose del fuego. Yuuri no pudo contener el impulso que le llevó a imitarle, dando dos pasos hacia él.

—¿D-dónde vas?

Wolfram se detuvo y giró brevemente en su dirección. El fuego danzaba en sus ojos verdes, ensombreciendo su semblante.

—¿Es necesario que te dé explicaciones? —masculló.

Yuuri permaneció inmóvil ante la mordaz respuesta, pestañeando como un estúpido. Era consciente de la mirada de todos los presentes puesta en ambos, indagando, preguntándose el porqué de su inusual dinámica.

Ni el mismo lo sabía. Al parecer, incluso tras todo aquel tiempo Wolfram seguía siendo imprevisible para él.

También se sentía desconcertado consigo mismo, ya puestos. No podía ofrecer una explicación plausible a aquella imperiosa necesidad de tenerlo en todo momento bajo su punto de mira, así que optó por dibujar una sonrisa inocente y volver a sentarse junto a Murata.

—Creo que es la llamada de la naturaleza, Shibuya… —elucubró éste en un murmullo mientras Wolfram se perdía de vista.

En su periferia, vio que Yozak y Conrart intercambiaban una de aquellas miradas suyas que parecían conversaciones en sí mismas. El segundo se levantó, dejando a medias su ración, y se dirigió al límite del círculo de luz.

—Se ha olvidado una tea —se explicó, tomando una antorcha clavada en el suelo a su paso—. Es bien capaz de perderse en la oscuridad.

Yuuri observó en silencio a su padrino hasta que desapareció del círculo de luz. La mano de Murata en su hombro apaciguó cualquier impulso de seguirle.

—Necesitan hablar, Shibuya —aseguró—. Hay cosas que solo un hermano es capaz de comprender.


Mientras se sumergía en la oscuridad a paso ligero, Conrart tuvo un breve momento de trascendencia iluminadora.

Podría haberse quedado en el campamento, al lado de Yuuri. Podría haber optado por dejar a Wolfram lidiar por sí solo con sus propios fantasmas. Hubiera sido tan fácil como confiar una vez más en la inagotable entereza de su hermano.

Y ahí estaba la revelación, la furiosa e insistente clarividencia.

De no haberle seguido, le hubiera perdido para siempre. De un modo u otro.

Captó el reflejo del fuego en algo dorado que avanzaba entre la foresta.

—Wolfram —llamó.

Por un momento creyó que no se detendría; tal vez incluso acelerara para no tener que entablar conversación. Experimentó un alivio desmedido cuando Wolfram se paró sobre ambos pies, dándole la espalda.

—¿Qué quieres, Weller?

¿Volvía a ser "Weller"?

Conrart se atrevió a avanzar unos pasos más hacia él. Desde allí apreciaba la tensión en sus hombros, en toda su postura. Un lenguaje corporal que bramaba "déjame en paz".

Pero no podía hacerlo. No en aquella ocasión.

—Tenemos que hablar —lanzó.

—¿De algo en particular?

Estaba a la defensiva. En su opinión, una clara señal de que sabía hacia dónde iba a virar la conversación. Dada su poca receptividad, resultaba inútil invertir esfuerzos en abordar el tema por la tangente.

—Duele verte así, Wolfram—afirmó Conrart con pesadez—. Duele muchísimo.

El chico hizo un amago de girarse, pero pareció pensárselo mejor y siguió ofreciéndole la espalda.

—¿No se me permite ni un breve tiempo de duelo? ¿Ni unos días para asimilar un largo cautiverio?

Su tono era desapasionado, forzosamente estoico. Con más de ochenta años a su lado, Conrart había aprendido de sobras a ver a través del espejismo digno de Wolfram, de la furiosa pretensión de "todo está bien".

—No hablo de eso —atajó—. Hablo de Yuuri. De la frialdad que esgrimes con él como si fueran armas.

Le vio tomar aire y luego erguirse, la tensión multiplicada que serpenteó por su columna vertebral.

Había dado en el clavo.

Incluso a sus ojos había sido absurdamente clara la repentina distancia que existía entre Wolfram y Yuuri. Una mácula nueva, un matiz desconcertante que no había estado allí la última vez que les viera, en las cimas de Nimander. Y sus roles se habían invertido hasta el límite del absurdo.

Era Yuuri el que buscaba a Wolfram a cada instante. Conrart lo había visto, y no pocas veces: persiguiéndole con la mirada, buscando su cercanía y luchando por forzar palabras de alguien que parecía condenarse al mutismo.

Y Wolfram no reaccionaba a ninguno de sus acercamientos, manteniendo una férrea distancia con Yuuri que rallaba lo cordial. Una actitud tan fría con Yuuri, que había sido durante años el objeto de los afectos de Wolfram, había disparado todas sus alarmas. No había podido más que intervenir.

Wolfram giró poco a poco sobre sus talones hasta que la luz de la tea le iluminó el rostro. La amargura se traslucía en sus rasgos, se le derramaba por los ojos más allá de la tirantez en el ceño. Para Conrart fue como si le apuñalaran el vientre.

—¿En qué quedamos, Conrart? —sugirió—. Si le agobio como desde el principio, mal; si intento alejarme para no hacerle daño, peor.

—Tu cambio de actitud ha sido demasiado brusco —intentó razonar Conrart—. Estoy seguro de que se siente desconcertado. Y herido.

Los brazos de Wolfram se cruzaron frente a su pecho, un instintivo gesto de protección que para los que no le conocían podía resultar pretencioso.

—Dudo que le importe —afirmó—. Más bien creo que se sentirá aliviado de no tenerme pegado a sus talones a cada instante. Un peso que no pidió y que sin embargo debe soportar —añadió con desdén.

—Sorprendentemente, sigues teniendo una visión equivocada de Yuuri —aseguró Conrart, esforzándose por mantener su voz calmada—. Puede que la naturaleza de sus sentimientos no sea la misma, pero eres importante para él. Lo has sido prácticamente desde que llegó a Shin Makoku. Negarle tu compañía ahora, cuando más apoyo necesita, podría ser un error.

La última puntualización agitó algo en la expresión de Wolfram, una mezcla de indignación y temple que incendió fugazmente sus ojos.

—Jamás perderá mi apoyo —aseveró—. Cuidaré de él hasta mi último aliento.

—¿Qué ha cambiado tanto, entonces?

—Debo alejarlo de mí —explicó Wolfram—. Cuanto antes suceda, tanto mejor. No importa lo que él sienta o lo importante que sea para él: no puedo seguir pretendiendo ser su prometido.

Los dedos de Wolfram se hundieron en la carne de sus brazos por encima de la túnica; a Conrart no le sorprendería que hubieran dejado mediaslunas enrojecidas en la piel.

—Tú sabes por qué —murmuró su hermano—. ¿No es así?

El dardo le había sido lanzado al mismo centro de su ser. Y carecía de tiempo para ofrecer una respuesta más elaborada.

—Lo sé —admitió.

La sonrisa de Wolfram, torcida y amarga, daba a entender que no había esperado otra cosa.

—Claro que sí… —murmuró con ironía.

—Es mi obligación decirte que Yuuri no me lo confió —se apresuró a puntualizar Conrart—. Lo deduje por mí mismo. He vivido guerras y visto la suficiente maldad en el mundo como para no reconocer una de las más terribles.

Wolfram asintió varias veces para sí mismo, la mirada perdida en algún punto situado a su izquierda.

—Tan evidente es, ¿no? —su mandíbula se cuadró, tensándose en el maxilar—. Y aun así preguntas el por qué…

—Pregunto el por qué —insistió Conrart—, porque apostaría ambos brazos a que a Yuuri no le importa en lo más mínimo.

El comentario arrancó un bufido burlesco de los labios de Wolfram. Sus manos temblaban apretadas entorno a sus propios brazos.

—Estoy mancillado, Conrart —sentenció—. Una mancha que cargaré de por vida. ¿Cómo podría obligar a Yuuri a seguir comprometido con alguien tan… indigno?

La compasión se transformó en un santiamén en indignación. En odio hacia aquel mundo de férrea moral que había llevado a Wolfram a un esquema de pensamiento tan fatídico.

—Cuidado —le previno—: es de mi hermano del que estás hablando.

Wolfram expulsó el aire por las fosas nasales y volvió a apartarle la mirada, optando por mostrarle un medio perfil indefinido.

—La disolución de nuestro compromiso se hará efectiva en cuanto Yuuri entre en territorio Spitzwerg —relató, ignorando su última advertencia—. Solo necesitamos la firma de Gwendal y estará hecho.

Conrart guardó silencio, intentando en vano asimilar las palabras de Wolfram. Nunca había lamentado como en aquel instante la resolución de su hermano, la incapacidad de desdecirse de sus palabras. Una vez tomaba una decisión, hacerle cambiar era misión imposible.

—¿No crees que esté haciendo lo correcto?

—Por supuesto que no —replicó Conrart.

Wolfram ladeó la cabeza sobre un hombro y emitió un larguísimo suspiro rendido con el que pareció desinflarse.

—Las Diez Familias no pensarían lo mismo —apostilló—. En cuanto fuera de dominio público, no permitirían que siguiera siendo el prometido del Maoh.

—Nadie se atrevería a culparte por lo sucedido —garantizó Conrart, descorazonado por el rumbo que tomaba aquella conversación—. No es así como funcionan las cosas, Wolfram.

—¡Así funcionan para mí…! —replicó el aludido.

Conrart enmudeció ante el exabrupto. Allí estaba su hermano, con los puños apretados y las lágrimas retenidas estallándole en los párpados. Apenas un niño para la medición de sus gentes. Tan frágil y roto y fingiendo seguir entero porque era lo que el mundo esperaba de él.

—Desde el momento en el que quedamos prometidos, me entregué a él —expuso Wolfram con fervor—. Le prometí mi devoción. Sin embargo, permití que otro tomara lo que por derecho le pertenece al Maoh —sus labios se curvaron en una mueca tensa—. ¿Existe acaso mayor derrota, mayor vergüenza?

Lo vio con pavorosa claridad: nada de lo que él dijera disuadiría a Wolfram de su postura.

Nunca en su vida se había sentido tan aterrorizado.

—Me arruinaron, Conrart —murmuró Wolfram, tan bajito que apenas pudo oírle—. De maneras que no puedes ni imaginar.

Se sorbió la nariz. Sus ojos eran brillantes por las lágrimas entre el abanico de pestañas doradas; se apresuró a frotárselos con el dorso de la mano antes de continuar.

—Volveré a funcionar… eventualmente. Supongo. Pero eso no me hará de nuevo digno de Yuuri. Nada puede cambiar ése hecho. Nuestro futuro juntos ya no es una posibilidad. Ni siquiera una unión política es posible —añadió—. Así que, ¿por qué mantener un compromiso vacío? Hace mucho que he abandonado la esperanza de ser correspondido —reconoció—. Mucho antes de esta guerra, aunque me lo negara a mí mismo con vehemencia. En el mejor de los casos, nos casaríamos y viviríamos en un matrimonio sin amor. Por el qué dirán. Él tomando amantes bajo mis ojos y ambos fingiendo toda nuestra vida ser la pareja perfecta.

Las entrañas de Conrart iban congelándose a medida que avanzaba el depresivo discurso. Para cuando la última imagen mental se evocó en su cabeza, tenía la sensación de haber sido vaciado y rellenado a toda prisa con algodón.

¿De verdad Wolfram había pintado así su futuro?

—Eso es horrible —musitó—. ¿Por qué condenarte a un porvenir así?

En medio de un silencio imposible, Wolfram le miró a los ojos. Y Conrart deseó que alguien surgiera de la oscuridad y le arrancara el corazón del pecho.

La desolación en el rostro de su hermano era absoluta, íntima y antigua. Una desesperanza que no conocía final.

—La elección no estaba en mis manos —aseguró Wolfram—. No lo ha estado durante mucho tiempo.

Las palabras del joven carecieron de sentido durante unos largos instantes: tal vez una combinación de tristeza y dolor le hacía ser incoherente.

De inmediato, pero, su afirmación cobró un monstruoso significado.

—¿No me digas que…? —

La sonrisa de Wolfram, impregnada de una amarga tristeza, fue respuesta suficiente.

Conrart experimentó un violento deseo de lanzarse sobre él, enterrarlo en sus brazos y no dejarle marchar jamás. Pero era consciente de una verdad aterradora: ni todo el amor de su hermano podría proteger a Wolfram de lo que él mismo se había hecho.

—¿Por qué, Wolfram…? —alcanzó a decir—. Aun sabiendo que no te corresponde. Que tal vez nunca lo haga…

—Poco importa si me corresponde o no —aclaró—: yo ya no tengo elección. Y cargaré con ese hecho hasta las últimas consecuencias.

—¿Incluso aunque signifique alejarte de él?

Era un lanzamiento desesperado, un último intento de hacerle entrar en razón.

Oh, pero era una batalla que al parecer Wolfram había decidido ganar hacía mucho.

—Incluso entonces —garantizó—. Si él es feliz, será suficiente para mí.

Aquella conversación acababa de desintegrar de un plumazo la visión que Conrart tenía sobre su hermano… y sobre sus aspiraciones de futuro. Y se lamentó haber estado tan ciego como para no ver los indicios hasta aquel instante.

La postura de Conrart respecto a la relación entre Wolfram y su ahijado había diferido desde el principio de la de Günter, entre escandalizada y alarmista, y de la de Gwendal, a quien los constantes ataques de celos de su hermano menor habían granjeado un buen puñado de nuevas arrugas en el ceño. Y por supuesto nada tenía que ver con la de su madre, que parecía encontrar un sádico regocijo en mortificar al Maoh juntándole con su hijo menor… o cualquier pareja potencial que en su parecer tuviera futuro.

A su criterio, la atracción de Wolfram por Yuuri había quedado patente desde el principio, pero Conrart sabía mejor que para considerarlo a priori algo permanente, trascendental. Él mismo había conocido affairs de juventud que no habían durado más que unos meses (años en el mejor de los casos), pero que siempre había dejado atrás sin mayores problemas.

El auténtico amor romántico, el que su madre perseguía de forma infatigable, aún era un misterio para él. Había supuesto que también para Wolfram, y que dicha situación se alargaría hasta por lo menos su primer siglo de vida.

Pero Yuuri había aterrizado en sus vidas, trastocándolo todo. También la eterna infancia de Wolfram, estirada más allá de lo natural por una familia que quería tener a su benjamín entre algodones el máximo tiempo posible.

En los últimos tiempos, una sospecha había ido creciendo en Conrart. Un temor que había florecido mucho antes de la invasión del Imperio y que había cobrado una fuerza inesperada en los últimos días.

Una posibilidad remota que su hermano, en su desconsolado despliegue de sinceridad, acababa de confirmarle.

Que todos, sin excepción, habían subestimado el alcance y la naturaleza de los sentimientos de Wolfram para con Yuuri.

Shinou… Habían vapuleado una y otra vez lo que Wolfram sentía por Yuuri, desestimándolo como si no importara nada. Su propia madre había jugado a ser celestina y a juntar al joven Maoh con otros y otras frente a las narices de su benjamín.

Y todo por un error de perspectiva.

Wolfram se acercó a él con una sonrisa descoyuntada en los labios. Sus manos se cerraron entorno a su camisa, los dedos estremecidos y los nudillos blancos. Agachó la cabeza de manera que Conrart solo veía su coronilla dorada.

—Necesito que me ayudes —imploró con voz trémula—. Por favor, Conrart… Ayúdame.

Requirió unos largos instantes para recuperar la entereza. En un gesto no premeditado, nacido de su mismo núcleo, rodeó las manos de Wolfram con las suyas. Un contacto que su hermano había rechazado durante los últimos cincuenta años: en aquella ocasión, sus manos heladas y temblorosas no esquivaron las suyas.

—¿A qué? —carraspeó—. Wolfram, pídeme lo que sea y haré lo posible por ayudarte.

Una suerte de risa palpitante borboteó en la garganta de Wolfram. Era el sonido más triste que Conrart había oído en su vida.

—A dejarle marchar —musitó. Siguió, con visible dificultad—. Porque incluso tras toda esta verborrea, la idea de dejarle ir me consume por dentro —hizo una breve pausa—. Soy así de egoísta, ¿no?

Entonces sí levantó la mirada, y Conrart no había esperado otra cosa que los ojos inundados de lágrimas que aparecieron en su campo visual. Incluso entonces, su mirada gozaba de una fervorosa resolución.

—Necesito que me recuerdes esta conversación cuando flaquee en mi empeño. Cuando en mi mezquindad intente retenerlo a mi lado. Cuando me permita soñar estúpidamente con un escenario en el que Yuuri acepta lo que siento por él.

Conrart fue incapaz de articular sonido ante la última retahíla de palabras melancólicas.

—Quiero ser alguien digno de respeto —juró Wolfram—. Hacer lo que pueda por haceros sentir orgullosos. Entregaré mi vida, mi futuro, a proteger Shin Makoku.

Las lágrimas le goteaban por las mejillas, pesadas, perdiéndose en la barbilla y el cuello de la camisa. Cerró los ojos e inspiró un par de veces, reuniendo fuerzas para continuar.

—Solo te pido que protejas a tu hermano menor de transformarse en el hazmerreír del reino —suplicó—. Que me protejas de hacer justicia a los rumores y apelativos que penden sobre mi persona.

A aquellas alturas, el rostro de Wolfram era acuoso ante sus ojos debido a sus propias lágrimas retenidas.

—Júramelo, Conrart. Por el bien de Yuuri… y por el mío.


La siguiente mañana, Wolfram despertó mucho antes que la mayoría de habitantes del campamento.

Yuuri no estaba a su lado.

Bien, se dijo, intentando autoconvencerse de que el estupor era provocado por el alivio. Se aupó con inusual energía del camastro y salió al exterior a paso ligero.

A unos doscientos metros del extremo del campamento discurría un arroyo bordeado de carrizo y densas sargas. El ambiente era mucho más fresco que en el claro en el que se había apostado el grupo de Adelbert, pero cálido en comparación a la insufrible travesía por la nieve.

Tras aliviar su vejiga, se arrodilló junto a la corriente y procedió a adecentarse. Sumergió las manos en el riachuelo; el agua estaba agradablemente gélida, despertándole mejor que nada cuando se mojó la cara con ella.

Observó su reflejo distorsionado por la corriente. Aún estaba pálido, esperable si contaba toda la sangre que había perdido apenas cuatro días antes. El cabello le caía entorno al rostro, delineando unos pómulos más marcados de lo que recordaba. Tironeó de un mechón que le pendía frente a la oreja izquierda: llegaba casi hasta su mentón.

Odiaba su estúpido pelo demasiado largo. La manera incitante, casi obscena, en la que se curvaban los extremos en pronunciados bucles. La sensación de las hebras acariciándole la base del cuello.

Eberhart solía jugar a enredar su cabello en un dedo, las noches cuanto él se sentía demasiado exhausto mentalmente para mostrarse irreverente. El monstruo en cuestión se había llevado un rizo a los labios y había sonreído, voraz.

"Tu Maoh nunca disfrutará de este tacto. El oro más suave que pueda existir"

Cerró las manos entorno a puñados de hierba de la orilla y se inclinó justo a tiempo. La bilis le quemó la garganta acompañada del escaso alimento que no había digerido la noche anterior.

Aquello debía terminar de una vez por todas. Debía empezar a dar pasos decisivos en una dirección concreta: sepultar los ominosos tres años en donde deberían estar, en el olvido.

Tomó la daga en su bota y la apoyó en su nuca mientras tiraba de su cabello.

El primer corte le proporcionó un amargo deleite. Las hebras doradas cayendo a su alrededor eran como librarse de un peso asfixiante. Siguió cortando de forma aleatoria, satisfecho a medida que los mechones cercenados resbalaban por sus hombros y brazos.

—¡Eh, eh…! —exclamó una voz alarmada—. ¿¡Qué haces!?

Al instante siguiente, una mano se había cerrado sobre su muñeca y alejaba la daga de su cabeza. Se volvió a toda velocidad hasta que cruzó la mirada con Yuuri, sus pulidas contraídas en la inmensidad negra.

Sus dedos apretaban tanto sobre los huesos de su muñeca que no se sorprendería si crujieran.

—Estaba demasiado largo —explicó—. Me molesta en los ojos.

No comprendió de inmediato el pánico evanescente en la expresión de Yuuri. Miró una vez más al cuchillo en su mano y entonces se le helaron las entrañas.

¿Había creído que intentaba… hacerse daño?

Los dedos de Yuuri se aflojaron entorno a su muñeca a medida que su rostro recuperaba el color. Sus ojos le escanearon al completo, deteniéndose en algún punto situado sobre su cabeza.

—Menudo desastre… —comentó Yuuri con el ceño fruncido—. Parece que te lo hubieras cortado a oscuras.

Wolfram pestañeó varias veces, aliviado por el cambio de tema.

—Tal vez te sorprenda, pero no acostumbro a cortar mi propio pelo —soltó.

—Trae —apostilló Yuuri, quitándole la daga de la mano—. No soy mi madre, pero confío en poder igualarlo.

Wolfram valoró negarse (de hecho, ése fue su primer impulso). Pero tras la conversación con Conrart consideró que la situación entre ambos ya estaba lo bastante tensa como para otro desplante.

Le dio la espalda, sentándose sobre la hierba en una postura tensa. Se preocupó de no tocar ninguna parte del cuerpo de Yuuri, aunque éste estiró ambas piernas a los lados y Wolfram acabó atrapado entre sus rodillas.

Pasaron un rato en silencio en el que solo el rasgar de la hoja era audible. Yuuri tironeaba aquí y allá, con sumo cuidado, sin duda seleccionando los mechones que él había obviado en su frenesí liberador.

Dudaba que Yuuri fuera consciente de lo íntimo que resultaba para él un acto de confianza semejante. No permitía a nadie, salvo a su madre, tocar su cabello. Incluso entonces seguía irritándole la manía persecutoria que sufrían Conrart y Yozak con revolverle el pelo al pasar, un gesto que uno dedicaría a un niño pequeño y revoltoso.

O a una mascota.

—Eh, Wolfram…

Reconectó con la realidad al detectar la cadencia en la voz de Yuuri. Su tono era tan serio que su estómago dio un vuelco: estaba convencido de que no iba a gustarle lo que venía a continuación.

—Lo que ése hombre dijo… sobre ti —apuntó Yuuri, sin dejar de cortar—. Sobre los… rumores

Debería haber previsto que el tema surgiría tarde o temprano. Yuuri era como un pollito recién salido del huevo, dando tumbos por el perímetro del nido y maravillándose y horrorizándose al mismo tiempo con la naturaleza más básica de humanos y mazoku.

Iba siendo hora de que alguien le diera la patada que le precipitara al vacío.

—Ya lo sabía —confesó.

A su espalda, Yuuri retuvo el aire durante unos larguísimos instantes. Podía notar la mano con la que sostenía la daga suspendida sobre su cabeza.

—Ese apelativo lleva años circulando por Shin Makoku —prosiguió Wolfram, ignorando la reacción de su compañero—. Mucho antes del Imperio. Incluso dentro de la Corte. Lo oí unas cuantas veces de labios de los sirvientes y del personal de cocina —bufó—. Parecía una broma recurrente.

Sentía la mirada de Yuuri en su nuca. Si insuflaba un poco más de intensidad a su escrutinio, tal vez le agujereara el cráneo.

—¿Por qué harían eso? —dijo al final en un hilo de voz.

—La gente nunca está satisfecha. El pueblo habla sin cesar, poco importa si es por algo bueno o malo. Por lo visto, pasó cuando mi madre aún no era Maoh, y siguió durante toda su vida —levantó la barbilla en una pantomima—. ¿Por qué sigue Cecilie soltera? ¿Por qué aún no se ha casado? ¿Cuándo dará un heredero a la corona? ¿Cuándo tendrá el príncipe un hermano…? ¡Shinou, se ha casado con un humano! Tres hijos de tres esposos distintos. Etc., etc…

—Eso es horrible —exclamó Yuuri, indignado.

—¿Acaso no hay rumores en Japón? —replicó Wolfram.

—B-bueno, claro que sí —replicó Yuuri—. Aunque la mayoría de veces son las señoras mayores las que se enteran de todo y se encargan de difundir esos rumores con detalles de su cosecha… —reconoció.

—Lo mejor que puedes hacer es fingir que no oyes los comentarios —le instó Wolfram, cortando su divagación antes de tiempo—. El Indeseable… —emitió un resoplido despectivo, forzosamente desdeñoso—. En mi opinión, es un cambio positivo respecto a los que tenía antes.

—¿Lord Mocoso? —probó Yuuri, tal vez en un desesperado intento de rebajar la tensión—. No me parece tan terrible.

Era tiempo de una pequeña dosis de realidad.

—No. El Polvo de Oro, por ejemplo.

Yuuri no reaccionó a la información como había esperado. Desde luego, que se quedara callado era la última de la lista. La primera era un grito de indignación.

¿En serio era tan ingenuo, tan rematadamente inocente?

—Oh… —se oyó al fin, tras una eternidad—. ¿T-te refieres a…?

—Siempre he llevado ésa etiqueta —le cortó, a sabiendas de que si paraba no sería capaz de seguir—. La mayoría asume que dado que mi madre es una ferviente buscadora del amor, yo soy igualmente… libertino —especificó, a falta de un término mejor—. Sé con certeza que existían apuestas sobre mi persona en la ciudad.

Se arrepintió del último comentario tan buen punto las palabras abandonaron sus labios. Como no podía ser de otra manera, Yuuri no lo había pasado por alto.

—¿Qué tipo de apuestas?

Como no podía ser de otra manera, había tenido que preguntar. Si había algo más desmedido que la ingenuidad del Maoh, era su curiosidad.

Solo tenía treinta y siete años y se escondía debajo de la mesa de los postres. Elizabeth, bastante más docta en pasar desapercibida si lo deseaba, intentaba sustraer un quinto pastelito de vainilla de la fuente de plata al borde de la mesa mientras él aguardaba encogido bajo el mantel.

Wolfram había contenido el aliento cuando unos pies calzados con botas negras se detuvieron junto a unos tacones de charol amarillo.

¿Habéis visto al hijo de la Maoh? Es su viva imagen.

Idénticos. Como si no hubiera heredado nada de Lord Bielefeld salvo las mejores tierras del país. Me pregunto si también habrá sacado su… libertinaje.

Un breve coro de carcajadas.

Podríamos apostar. ¿Quién será el primero en montar al potrillo de la Dorada Cecilie?

En aquel momento, Wolfram no había entendido la referencia. Elizabeth sí, a juzgar por la alegría con la que ardieron las botas y el bajo del vestido color miel.

Años más tarde, la noche después de obtener su título de Sargento, había acudido a una taberna a modo de celebración junto a una cincuentena de soldados también ascendidos. Acababa de aceptar su tercera copa de un vino suave y especiado cuando la conversación ajena, dos mesas más allá, había alcanzado su oído.

Mirad al chico Bielefeld —el tono del soldado estaba teñido de resquemor—. No hay nada como tener sangre real para conseguir lo que uno quiera.

Su ascendencia no es lo único que tiene a su favor —había intervenido un segundo—. Según dicen, ha concedido ciertos... favores íntimos para tener a sus superiores contentos.

El Polvo de Oro —se había burlado un tercero, los labios bordeados de espuma de cerveza—. Dicen que tirárselo proporciona poderes mágicos, como ascender tres rangos de golpe.

Funciona también a la inversa, por lo visto —había aportado el primero—. Apostemos: ¿con cuántos se abrirá de piernas para llegar hasta Capitán?

Sobra decir que las dos mesas entre ambos volaron por los aires y los tres implicados en el cotilleo habían regresado a sus puestos con varios dientes menos y los uniformes chamuscados. Wolfram nunca se arrepintió.

Y eran solo dos ocasiones de una retahíla interminable.

No quería ni imaginar cómo reaccionaría Yuuri ante aquella avalancha de desagradable información. En general, no toleraba bien que alguien pinchara su inmensa burbuja en la que todo el mundo tenía buenas intenciones y la hierba era verde en cada rincón.

—Como he dicho, Lord Wolfram el Indeseable es solo una anécdota si lo comparamos con cómo ha sido en el pasado —se reafirmó, sin aportar más detalles.

La prolongada ausencia de palabras le hizo girar la cabeza para mirar a Yuuri. Y una rabia muy familiar despertó en su pecho hasta contaminar sus pensamientos de un rojo cegador.

Conocía aquella mirada.

Lástima.

Shinou, cómo odiaba aquella maldita mirada... Se arrancaría los ojos si no los necesitara para proteger a la criatura cruelmente ingenua que tenía frente a él.

—Lo siento…

El corazón de Wolfram se saltó un latido para retomarlo con doble de intensidad. Un peso asfixiante se aposentó en sus entrañas hasta sofocarle.

"No, por favor… No era esto lo que pretendía. No dejes que se sienta culpable"

Luchó contra el impulso de mirar a los ojos a Yuuri, de ver una belleza desgarradora en sus ojos negros que solo le haría caer en espiral.

—No es culpa tuya —garantizó, dándole de nuevo la espalda.

Cierto que su fama era consecuencia directa del rechazo perpetuo de su ex–prometido, pero ni en su ser más profundo podía guardarle un rencor suficiente como para responsabilizar a Yuuri. Si algo había asumido en los últimos tiempos era que uno no elige lo que siente. Culpabilizar a alguien por algo incontrolable sería una flagrante injusticia y una hipocresía inasumible.

No esperó a la réplica. Se pasó las manos por el cuero cabelludo, retirando el cabello sobrante y notándolo agradablemente corto, ligero. Teniendo en cuenta que Yuuri no debía haber usado una daga en su vida, el resultado era sorprendentemente decente.

—Gracias —murmuró.

—B-bueno… —balbuceó Yuuri, apartando la mirada con turbación—. Yo de ti le pediría a Chêri-sama un repaso cuando lleguemos a Spitzwerg.

La ocurrencia le hizo esbozar una leve sonrisa.

—En realidad, mi madre nunca me ha cortado el pelo —reconoció—. Cuando era pequeño, era Conrart el que solía hacerlo.

—¿En serio? —la idea parecía divertirle.

—Y tuve suerte —apostilló Wolfram—. De ser por mi madre, llevaría una melena como la suya. Como ya sabes, siempre se empeñó en hacerme lo más parecido a una niña…

La distendida conversación terminó antes de arrancar, cuando Wolfram escuchó una algarabía de voces y pisadas a lo lejos, cerca del campamento.

—Algo sucede —anunció, y sin esperar a la reacción de Yuuri se puso en pie y se dirigió hacia el asentamiento.

Yuuri le siguió en silencio, pisándole los talones. En efecto, algo fuera de lo usual había alterado a aquellas gentes. Varios miembros del grupo correteaban por el claro y el límite de las tiendas, esquivando a otros y tomando las armas que descansaban en los márgenes del paso.

—¿Qué es todo este revuelo? —preguntó Wolfram.

Una de las personas que corrían de un lado a otro, una muchacha de nariz pecosa ataviada con una ligera armadura de cuero, se detuvo frente a ellos.

—Llegan jinetes —informó—. Al menos un centenar.

Demasiados para ser simples refugiados.

—¿Enemigos? —quiso saber Wolfram, su mano yendo por instinto hacia el mango de su espada.

—No. Llevan estandartes de Spitzwerg y Voltaire —anunció la joven antes de proseguir su camino a paso ligero.

Todo el ruido de fondo desapareció en su percepción auditiva, dejando solo un zumbido hueco que inundaba su cráneo. Tal vez era el propio latido de su corazón, acelerado, que no le dejaba sentir nada más.

Echó a correr sin meditarlo, sin ser capaz de luchar contra la imperiosa necesidad. Ignoró el grito de Yuuri llamándole.

Porque de una manera extraña y abstracta, sabía quién iría al frente de aquella comitiva.

Los habitantes del campamento habían formado un apretado muro entorno a los recién llegados. Por encima de la desigual línea de cabezas, Wolfram solo atisbaba los blasones verdes de Voltaire y Spitzwerg, ondeando desde los pendones que portaban los portaestandartes.

Se abrió paso a codazos entre la masa de curiosos. Estaba sin aliento cuando llegó al frente de la multitud.

La mayoría de mazoku montaban caballos de un blanco reluciente y portaban armaduras doradas sobre ropas rojas. Un reducido grupo vestía el austero verde botella de Voltaire. Todos ellos portaban espadas y lanzas tan brillantes que resultaban cegadoras.

Los recién llegados destacaban con el grupo de curiosos, con ropas que habían visto mejores tiempos y armas a menudo echas a toda prisa.

Wolfram analizó uno a uno a todos los hombres vestidos de verde, corriendo al lado del grupo a caballo para no dejar pasar ni un rostro.

Al final, reconoció al hombre que cabalgaba frente a la comitiva.

Dioses, le reconocería aun estando ciego. O muerto. Un pensamiento concordante dado que, de igual modo que a Conrart, no había creído que volviera a verle jamás.

Gwendal von Voltaire había cambiado nada o poco en aquellos tres años. Tal vez su cabello era un poco más gris, o había ganado algunas arrugas en el entrecejo y las comisuras de los labios. Los signos inequívocos de un mazoku que ha envejecido de forma prematura.

No obstante, sus ojos se incendiaron con un breve e intenso destello de emoción cuando le detectó, allí de pie entre la multitud.

Gwendal tiró de las riendas para redirigir la trayectoria de su semental, ignorando las miradas confusas de sus subordinados. En poco segundos, toda la comitiva había reconocido al mazoku de cabello rubio que había surgido de entre el gentío; los cuchicheos se elevaron hasta ser un murmullo atronados.

Lord Voltaire detuvo su caballo a escasos metros de él. No descabalgó, observándole desde arriba con su mirada azul y analítica.

Tuvo la absoluta certeza de que Gwendal le estaba juzgando, analizando cada detalle que pudiera delatar su entereza mental.

Tragó saliva e hincó una rodilla en el suelo en un gesto archiconocido. Cruzó un brazo por delante del pecho y elevó la cabeza, fijando la mirada en un punto situado sobre la cabeza de Gwendal.

—Teniente Wolfram von Bielefeld —anunció—. Os ofrezco mis respetos, señor.

La expresión de Gwendal era indescifrable. Había asistido a su ofrecimiento, a su muestra de respeto con la estoicidad de alguien que observa seguir órdenes a un soldado raso.

Entonces levantó la mano, un gesto autoritario que provocó el silencio entre los que le seguían. Incluso los curiosos que se mantenían al margen contuvieron la respiración.

Todo sucedió muy rápido, y un instante después el peso de otro cuerpo casi le hizo perder el equilibrio.

Se encontró apresado en el abrazo más cálido e íntimo que había compartido jamás con su hermano. Una desesperada búsqueda de contacto en el que la enorme figura de Gwendal le envolvió al completo, protectora y casi oprimente.

Gwendal no dijo nada. Tampoco había esperado otra cosa: no era un hombre de palabras, sino de actos.

Cerró los ojos, incapaz de no disfrutar de aquello. De la prueba muda de que Gwendal le había añorado al menos una fracción de lo que él a su hermano mayor.

La mano de Gwendal temblaba contra su espalda. Notaba el latido acelerado de su corazón bajo el regio pecho y cómo su cercanía le aprisionaba en un abrazo invisible, más perenne que el de sus cuerpos.

No puso resistirse a sonreír.

Tal vez todo fuera mejor a partir de entonces.


"El Maoh ha vuelto"

El rumor se expandía por Caloria como algo contagioso. Muchos lo susurraban con esperanza, atreviéndose a ver un final de aquella guerra que arrasaba el mundo. Otros contenían la fe, anticipando un recrudecimiento del conflicto que acabaría por afectarles directamente.

La Reina Flurin tenía clara su postura al respecto: sabía que era cuestión de tiempo que las huestes del Imperio llegaran a sus fronteras. Por ello había ordenado reforzar la milicia y mantener la flota a punto ante un posible ataque fortuito. Tres años desde la caída de Shin Makoku y su estrategia seguía siendo la misma.

Los refugiados del Reino Demonio llegados a Caloria crecían día a día. Se contaban por miles, si bien la tendencia había ido a la baja desde el éxodo inicial al inicio de la invasión. Muy pocos cruzaban ya las fronteras de Caloria, aunque había un goteo constante de mazoku que habían conseguido pasar como polizones en barcos pesqueros u otros que habían pagado un alto precio por un pasaje en un carguero mercante. Muchos llegaban aún con los grilletes imbuidos en houseki que nadie sabía cómo retirar.

Por algún motivo que escapaba al entendimiento colectivo, aquellos extraños de ultramar parecían estar cebándose con los mazoku.

Si bien era motivo de alivio para algunos, muchos otros eran capaces de ver más allá. El Imperio sencillamente había puesto su foco en la potencia más fuerte: en cuanto toda resistencia en Shin Makoku fuera aplastada, los países humildes como Caloria, Pequeño Shimaron o Francia no serían un obstáculo.

Solo terreno conquistado.

La muchacha lo sabía bien. No era desconocida a las miserias de países con poca perspectiva. Compartía totalmente la visión de Flurin sobre el conflicto vigente, pero sus lazos familiares la invitaban a un acercamiento distinto al eventual desenlace.

Precisamente por ello había planificado tan bien su fuga. Tapando todos los agujeros, asegurándose de no levantar sospechas. Aprendiéndose de memoria los horarios del servicio y sabiendo muy bien dónde y cuándo escabullirse.

Cuando la doncella llegó por la mañana con su atuendo para el día, la habitación ya estaba vacía y ella camino a Shin Makoku.