Los personajes son de la increíble JKR, sólo la historia es mía, creada en el febril confinamiento y para el club de Yo también estoy esperando un nuevo capítulo de MyM
#QuédateEnCasa y mejor lee fics.
Día 05/ Hace calor, bajen la calefacción, por favor
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Malfoy se levantó en la noche y vomitó, ni siquiera le dio tiempo de cerrar la puerta para no despertar a Granger. Las arcadas lo invadieron y nuevo vómito lo secundó. Jaló la cadena y se levantó tambaleante, se sentía débil y mareado. Se acercó al lavabo y se echó agua al rostro, enjuagando su boca para quitar aquél sabor amargo. Tenía aquél rubor naranja que lo estresaba, tan acostumbrado a su palidez.
Dejó el agua correr un rato mientras se aferraba a ambos lados del lavabo, recordando una escena similar hacía varios años atrás, en los servicios de Myrtle la llorona.
Estaba temblando y el sudor frío se le pegaba en la ropa.
—Tranquilo —le susurró Hermione quien había aparecido detrás suyo y le frotaba la espalda, con suavidad. Llevaba una camisa gris y un short para dormir, ropa que al fin había encontrado después de amenazar con quitarle el control remoto a Malfoy.
Malfoy asintió mientras metía la cabeza en el chorro de agua.
—Creo que sí tengo la peste cómo se llame —gimió Malfoy, mientras Hermione le tendía una toalla, solícita y preocupada—. Por fin se te hará el milagro, Granger, me voy a morir y te dejaré en paz —dramatizó fingiendo encontrarse mejor de lo que se sentía.
La chica negó con la cabeza y lo tomó del brazo, acompañándolo a la cama. Lo sentó en una esquina y le posó una mano en la frente, con cuidado.
—Estás ardiendo en fiebre —dijo Granger mientras lo miraba con preocupación—. Debería llamar a un sanador, dijeron que si se incrementaban los síntomas, vendrían.
Malfoy negó con la cabeza y se recostó en medio de la cama, temblando.
—No —dijo él—. ¿No has leído las noticias?, están al tope en todos los hospitales muggles, imagínate los mágicos, estoy seguro que si salgo de este lugar, meterán a otros cinco contigo, porque ya no caben, lo mejor que puedo hacer es pasarlo aquí y seguir monitoreando mis síntomas hasta que nos den de alta. Sólo es influenza o algo tonto. Mañana vendrán a revisarnos y seremos libres...
—¡Pero tienes fiebre! —chilló Hermione, mirándolo con preocupación. Malfoy abrió un ojo y la miró con una sonrisa que ocultó de inmediato.
—Pero no me duelen las muelas ni tengo piel de naranja —replicó él medio adormecido—. Me podrías examinar, Granger, usando tu lengua. Hasta las amígdalas, si quieres. Sé mi enfermera.
Hermione lo golpeó débilmente en el pecho, pero él ya estaba dormido para entonces. La chica soltó una sonrisita resignada, la sacaba de sus casillas a cada rato, pero sus comentarios eran divertidos cuando se acostumbraba a ellos.
Después suspiró, porque Malfoy se había quedado dormido quejándose suavemente y supo que ella no iba a dormir, porque le preocupaba.
Al parecer, Draco Malfoy le preocupaba.
—¿Granger? —llamó débilmente Malfoy por la mañana, ella se había pasado la noche dormitando, sentada en el suelo, al pendiente de él. Abrió los ojos y se acercó a la cama, con el trasero entumecido, tocándole la frente en busca de fiebre, pero estaba fresco, así que sonrió mientras el chico abría sus grandes ojos grises y se encontraba con los suyos—. Tuve un sueño muy raro...
—¿Qué soñaste? —preguntó la chica con amabilidad. Malfoy atrapó su muñeca antes que la retirara y la examinó, con el ceño fruncido, claramente confundido y los ojos grises abiertos grandes e inocentemente.
—Soñé que la erótica Anne Marie era juzgada injustamente.
Hermione soltó un gritito y le aporreó con las manos, sonrojada. Mientras un ya recuperado Malfoy reía y atrapaba sus manos al vuelo, atrayéndola hacia él, ambos dejaron de gritar y se miraron, muy cerca...
Entonces se escuchó un golpe en la puerta y Hermione dio un brinco, alejándose del chico. Corrió hacia la puerta, dejando a Malfoy recostado. Abrió de un tirón y ahí, frente a ella, estaba el sanador de turno, con su traje de pandemia.
—Buenos días Señora Malfoy —saludó el hombre entrando al apartamento y cerrando detrás suyo. Hermione frunció el ceño—. Mi nombre es Perkins y he venido a hacer mi rondín para saber si están o no contagiados, el día de hoy ya no deberíamos saber si la tienen o no...
—Soy Granger —le corrigió la chica y el hombre asintió, sacando un pequeño botiquín—. O Señora Weasley —dijo, ya debería irse acostumbrando a que la llamaran así, en unos meses sería legítimo, pensó para sí misma con un bamboleo en el estómago.
—Lo siento mucho, señorita, pero estamos sobre saturados, así que hemos decidido ponerle el nombre del primer paciente a todos los miembros recluidos, para efectos de practicidad. Algunos son ocho en un departamento como este, ya se imaginará a Thomas 1, Thomas 3, Thomas 8...
—Así que... para efectos prácticos, eres la Señora Malfoy —se burló Malfoy saliendo del cuarto, se veía más sano que por la noche, sin embargo seguía pálido y tambaleante, con un ligero halo naranja.
—Cállate —gruñó ella.
El sanador los sentó en el pequeño sofá y les tomó la temperatura, la presión y los examinó de cerca.
—¿Cómo se siente, señor Malfoy? —preguntó Perkins con ojo crítico.
—Estoy bien, apenas un refriado, me temo.
—Mmmhm —asintió Perkins mientras le miraba—. Tiene la pupila extendida y el ritmo cardíaco acelerado... Claros síntomas de la fiebre naranja.
—¿Seguro que es eso? —preguntó Malfoy, intentando no pensar en que Hermione llevaba una camiseta blanca y shorts pequeños de algodón, el cabello recogido y a su ojo experto, sin sostén. Perkins procedió a revisar a Granger y asintió, preocupado.
—Me temo que usted también tiene ese halo naranja —dijo Perkins, acercándose al frigorífico para alejarse disimuladamente de ellos.
—¡Eso no puede ser! —exclamó con voz chillona Hermione—. Me siento fantástica. Es un error... se supone que hoy nos liberarían...
—Señorita, usted también tiene ese halo naranja, pupilas dilatadas y un ritmo bastante acelerado, me temo que no puedo darlos de alta. El vómito y la fiebre son síntomas comunes, esperemos que no empeoren, aunque aquí, sin corrientes de aire y sin otras personas, no debería complicarse el asunto.
Anotó algo en su libreta y los miró, de lejos.
—¿Hay alguna petición que pueda hacerles más ligero el confinamiento?
—¿Nuestras varitas, por ejemplo? ¿Pasar la cuarentena en nuestras propias casas? —aventuró Malfoy.
—Algo menos... mágico. Les instalamos el tevelitor —señaló la televisión—, esperamos que eso pueda ayudar a pasar el rato...
—¿Qué hay del ministerio? ¿nuestros trabajos? ¿cuánto tiempo durará el confinamiento? —preguntó Hermione, no dispuesta a dejarlo ir sin responder.
—Me parece que el Ministerio ha cerrado —dijo Perkins y Hermione soltó una exclamación—, así que no me preocuparía por sus trabajos, el Ministro Shackelbolt también está recluido en su casa, la cual se volvió un hospital temporal, aún no sabemos cuánto puede durar el confinamiento, pues a nivel mundial hemos pasado a etapa 2 de pandemia, es decir, nadie, muggle, mago o ser mágico tiene permitido salir, a decir verdad — los miró con un deje de confidencialidad —, ustedes son uno de los pocos departamentos del anexo de San Mungo donde hay dos personas, estamos al límite de casos y ahora las personas están haciendo la cuarentena en sus casas...
Hermione se llevó las manos a la boca, preocupada y Malfoy miró fijamente a Perkins.
—¿Quiere decir que podríamos compartir estancia con otras personas en el caso que haya más personas infectada?
—Les estoy avisando que próximamente, compartirán este apartamento con mínimo, otra pareja. Si no hay más por el momento, me retiro. No es una cuestión de "si", sino "cuando".
—Libros y juegos de mesa —dijo de pronto Hermione.
—¿Perdón, Señora Malfoy?
—Nos dijo que podíamos pedir algo, porque no estamos en la comodidad de nuestras casas... Me gustaría pedir libros y juegos de mesa —se sonrojó—, si no es mucho pedir.
Perkins asintió y lo anotó en su lista.
—Intentaremos conseguir algo por el estilo. Por el momento, seguimos con lo mismo, la ropa sucia se incinera, ustedes preparan sus alimentos y vendré más adelante en caso de que no haya complicaciones, El Profeta seguirá apareciendo en su mesa sin falta... Al menos hasta que siga produciéndose. Hasta luego.
Y salió de la habitación, claramente ansioso por abandonarlos.
Hermione miró a Malfoy y este le devolvió la mirada.
—Al parecer seremos compañeros una larga temporada.
—¡Granger, mira! —exclamó Malfoy y Hermione llegó corriendo, descalza, se había pasado el día en su habitación, malhumorada y la ansiedad la corroía, así que el llamado fue bien recibido, apenas en tres pasos, llegó a su lado, frente a la ventana.
—¿Qué ocurre? ¿ya han abierto? —preguntó la chica mirando los tallos de la flor de luna. Pero Malfoy negó con la cabeza y señaló hacia enfrente.
Hermione levantó la vista y vio luz del otro lado, apenas a dos o tres metros de distancia, en el departamento de frente.
—¡Tenemos vecinos! —exclamó Hermione, sonando muy emocionada, patéticamente. Malfoy la miró alzando una ceja y la chica no pudo evitar sonrojarse.
—Aún no se ve a nadie, al parecer lo están acondicionando.
Se quedaron parados un largo rato, pero nadie apareció, así que regresaron a sus habitaciones, ligeramente desilusionados.
—¿Granger?
Hermione levantó la mirada de los papeles que tenía en las manos, se encontraba sentada con las piernas cruzadas en su cama, Malfoy estaba apoyado en el marco de la puerta.
—Pasa —le dijo, palmeando a un lado de su cama, lo cual era una tontería, porque sus cuartos eran igual de insulsos, apenas con una sábana y un colchón en un cuarto sin ventana. Malfoy entró y Hermione tragó saliva, inconscientemente, lo cual era una tontería, sobre todo, porque él no la miraba como a una presa, sólo era un hombre sentándose al borde de su cama y ella era papa casi casada, desechó el pensamiento de inmediato, ni siquiera debía incomodarse por él, a ella no le interesaba y mucho menos él se interesaría por alguien como ella.
—Deberíamos establecer reglas y un horario —dijo él con un papel y pluma en la mano. Hermione abrió los ojos, sorprendida.
—Te iba a proponer lo mismo, mira —Y le enseñó el papel que tenía entre las piernas. Se los intercambiaron para leerlos y después se miraron, entre divertidos y asombrados—. Al parecer, pensábamos en lo mismo.
—Creo que la rutina sería buena para no perder la cabeza —afirmó Malfoy mirándola a los ojos.
—Levantarnos a una hora fija...
—Turnarnos para hacer de comer...
—Llevarnos relativamente bien...
Sin darse cuenta, se habían acercado y Malfoy pudo apreciar lo tersa que parecía su piel, el tono entre blanco y bronceado de su tez, las pecas en su nariz ligeramente puntiaguda y sus pestañas espesas, libre de maquillaje. Hermione pestañeó y luego se sonrojó, alejándose.
—Me parece bien —dijo ella mirando a todos lados.
—Bien.
—Bien.
Malfoy se miró las manos y después asintió, como si tuviera algo que hacer y salió de ahí, dejándola turbada.
¿Hacía calor o era ella? ¿Qué le pasaba?
Era Granger, por el amor de Merlín.
Pero vaya que "era Granger", tenía las piernas muy largas y torneadas y llevaba las mismas camisetas que él, pero sus pezones se marcaban y se veía tan mona con sus trenzas, que no le fue difícil perderse en la imaginación de lo que haría con ella si no fuera Granger, claro está. Sí, la Granger que leía libros de novelas eróticas que a decir verdad, lo había dejado picado sobre todo porque la protagonista era una bella castaña y el amante un rubio fornido...
Draco gimió.
El encierro lo iba a matar.
—¡Malfoy! —gritó Hermione por quinta vez mientras aporreaba la puerta del baño dando brinquitos. El rubio llevaba más de una hora en la ducha y ella se moría por orinar.
Después de su conversación sobre horarios y reglas (la conversación más larga y emocionante que había tenido con él, al descubrir que era un obseso del control como ella), se había sentido bastante turbada con su cercanía, Malfoy al parecer también estaba incómodo y salió de su cuarto, como si de pronto, hubiera recordado que ella era ELLA y él, ÉL.
Recargó la frente en la puerta y cerró los ojos.
Además, era una mujer casi casada, no entendía por qué de pronto, se sentía ligeramente, casi nada, poco de poquito, atraída por él. El chico que más la había maltratado en Hogwarts, el que arrugaba la nariz cuando ella aparecía, él... era el tipo de persona en el que ella pasaba de largo, fastidiada por su presencia, pero... no era tan desagradable como en el colegio, quizá había cambiado un poco y ahora la madurez obedecía en vez de los estereotipos ya obsoletos de sangre pura, sangre sucia.
Pero eso estaba mal, se regañó, andar pensando en otro hombre teniendo a su adorable pelirrojo esperándola. Bufó.
Aquél día apenas pudieron cruzar dos palabras y siempre en presencia de Malfoy, pero él se veía preocupado por ella. Pensar en Ron la calmó. Ella lo quería y no tenía ningún tipo de dudas sobre ellos. Así que Malfoy... no representaba nada, además no era que él le coqueteara o algo, sencillamente estar tanto tiempo con alguien a quien apenas conocía, encerrados en apenas 30 metros cuadrados la hacía sentir medio obsesionada. Era todo.
La puerta se abrió y Hermione perdió el equilibrio, cayendo sobre Malfoy, mejor dicho, sobre su pecho desnudo, aún húmedo. Hermione soltó un gritito cuando puso las manos para incorporarse, pero se resbalaron por el torso del chico y de los nervios, su rostro también fue a dar contra la piel cálida, casi afiebrada, de Malfoy, quien sólo vestía una toalla atada a la cintura.
Sólo una toalla, por Morgana.
—¿¡Pero qué!? —exclamó Malfoy mientras tomaba las muñecas de la chica y la empujaba, plantándola contra la pared. Granger tenía las orejas coloradas y balbuceaba muchas tonterías, así que decidió aprovechar la situación para burlarse—. Pero Granger —dijo con fingida indignación—, como ya me has dicho hasta el cansancio, eres una mujer casi casada, ¿cómo te lanzas sobre mí? Contrólate —Y pasó de largo, dejándola muy ruborizada.
Por Morgana, Merlín y todos los magos poderosos de la historia, Malfoy sólo llevaba una toalla y estaba buenísimo.
Hermione gimió, frustrada.
El encierro la iba a enloquecer.
¿Por qué Granger siempre llevaba unos shorts pequeños y esas camisetas de algodón claro?
Era muy difícil no mirarla cuando era el único ser viviente en esa casa, los vecinos aún no habían aparecido y ella no era muy divertida cuando se ponía en plan "no coqueteo porque me voy a casar". O sea, su plan diario.
Sin embargo, como personas maduras y decentes en las que se habían convertido, se toleraban lo suficiente para tener una convivencia más o menos pacífica, lo que se tornaba aburrido conforme pasaban los días. A veces, hacía comentarios hirientes para enfadarla, pero al cabo de dos o tres comentarios mordaces, volvían a su sopor de aburrimiento y tensión. Porque la única fuente apenas decente de luz natural era la ventana que estaba en la sala-comedor-cocina, así que ahí solían pasar el tiempo, entre ignorándose y entre aburridos, sentados o acostados en la formaica, la única parte más o menos fría de todo el espacio, ya que sospechaban, mantenían la calefacción prendida para mantenerlos sin corrientes de frío que los pudieran enfermar más, sin embargo, como no había aire fresco, tenían una terrible sensación de hacinamiento y asfixia veinticuatro por siete, lo que los llevaba a andar con apenas shorts como Granger o en bóxer (con la puerta cerrada) en el caso de Malfoy.
Aún no se les iba el halo naranja, pero no parecían haber empeorado, a excepción de ocasionales sesiones de vómito y dolor de muelas o estornudos con mocos naranjas, no era la gran cosa, al contrario, Granger tenía una apariencia de bronceado californiano artificial con su rubor naranja y él parecía un tipo que se había quedado dormido al sol.
Nada que podría pasar de extraño, o no demasiado.
Así que esa tarde, mientras Granger se recostaba con la cabeza pegada al suelo, panza abajo, Malfoy intentó no mirarle el trasero mientras le cambiaba al televisor, se había vuelto un experto en su manejo y eso lo enorgullecía en secreto, pero era muy difícil concentrarse, ya que ella mantenía las piernas levantadas, descalza.
—Me aburro —suspiró Granger mientras flexionaba la pierna una vez más y Malfoy la miraba, medio hipnotizado.
—Yo podría des-aburrirte, Granger —no pudo evitar decir con su peor tono seductor—. Pero insistes en que te vas a casar. Una lástima.
—Oh cállate.
Hermione abrió la boca para decir otra cosa, pero un ligero golpeo en la puerta la detuvo y se incorporaron, emocionados.
Perkins, con su traje de epidemia, abrió la puerta y se coló dentro.
—Buenas tardes, señores Malfoy —saludó, ignorando la mueca que le hizo Hermione—. Les he traído lo que han pedido —Dejó una bolsa encima de la mesa y se acercó—. Ahora, procederé a examinarlos.
—¿Cómo va todo fuera? —preguntó Malfoy, ansioso de hablar con otra persona que no fuera Granger
—Tal cual dice El Profeta —contestó Perkins mientras le tomaba la presión a Granger—. Lo siento, pero no puedo platicar mucho, he revisado a más de cien pacientes hoy y apenas llevo cinco horas de servicio.
Hermione le sonrió siempre comprensiva y negó con la cabeza.
—No se preocupe, lo entendemos, es solo que... estamos aburridos, aquí recluidos sin aire fresco y la calefacción está al tope...
—¿Podrían hacer algo con la maldita calefacción? ¡Hace mucho calor aquí, siempre, incluso el agua hierve!
—¿Calefacción?, no tenemos calefacción... —Se extrañó Perkins. Les apuntó con su aparatito blanco y soltó una exclamación—. ¡Por Merlín! ¡Están al tope en fiebre! —Inconscientemente, Perkins se alejó y tomó su maletín, con nerviosismo, sacando dos de los cinco frasquitos que le quedaban—. Deben darse duchas frías dos veces al día y tomen esta poción tres veces al día hasta que comiencen a sentir que baja la temperatura, porque si no, comenzarán a tener alucinaciones... Vendré mañana.
—Espera, Perkins —dijo de pronto Malfoy , ceñudo, el sanador se giró—, ¿por qué no mejor nos consigues los ingredientes y nosotros preparamos las pociones? Seguramente estas reservas deberían darse a quienes no son muy diestros en pociones, lo cual no es el caso de este apartamento. Podrían traer mi caldero y el botiquín que tengo y así ustedes no se verían comprometidos con quienes realmente las necesitan, ni con sus ingredientes.
Perkins asintió y lo anotó en su libreta.
—Veré qué puedo hacer, si lo autorizan mis superiores, entonces sería una buena opción, incluso podríamos implementarlo para los demás pacientes, ¡Qué gran idea, señor Malfoy!
Y desapareció, apurado por dejarlos solos.
Malfoy suspiró y miró a Granger, quien aferraba las pociones en su pecho.
—Fue una gran idea, Malfoy —susurró Granger sin mirarlo a los ojos—. Ni siquiera a mí se me ocurrió que estamos diezmando sus reservas y no hay nadie que elabore más...
—Bueno, al menos podemos cooperar con eso —dijo Malfoy restándole importancia. Entonces se acercó a la bolsa de la mesa, dispuesto a romper el momento emotivo y hurgó en su interior.
—¿Qué trajeron? —preguntó Hermione intentando mirar al interior. Entonces Malfoy sacó una caja brillante negra y leyó la etiqueta, divertido.
—Juegos eróticos para pareja.
Malfoy se levantó en la noche y vomitó, ni siquiera le dio tiempo de cerrar la puerta para no despertar a Granger. Las arcadas lo invadieron y nuevo vómito lo secundó. Jaló la cadena y se levantó tambaleante, se sentía débil y mareado. Se acercó al lavabo y se echó agua al rostro, enjuagando su boca para quitar aquél sabor amargo. Tenía aquél rubor naranja que lo estresaba, tan acostumbrado a su palidez.
Dejó el agua correr un rato mientras se aferraba a ambos lados del lavabo, recordando una escena similar hacía varios años atrás, en los servicios de Myrtle la llorona.
Estaba temblando y el sudor frío se le pegaba en la ropa.
—Tranquilo —le susurró Hermione quien había aparecido detrás suyo y le frotaba la espalda, con suavidad. Llevaba una camisa gris y un short para dormir, ropa que al fin había encontrado después de amenazar con quitarle el control remoto a Malfoy.
Malfoy asintió mientras metía la cabeza en el chorro de agua.
—Creo que sí tengo la peste cómo se llame —gimió Malfoy, mientras Hermione le tendía una toalla, solícita y preocupada—. Por fin se te hará el milagro, Granger, me voy a morir y te dejaré en paz —dramatizó fingiendo encontrarse mejor de lo que se sentía.
La chica negó con la cabeza y lo tomó del brazo, acompañándolo a la cama. Lo sentó en una esquina y le posó una mano en la frente, con cuidado.
—Estás ardiendo en fiebre —dijo Granger mientras lo miraba con preocupación—. Debería llamar a un sanador, dijeron que si se incrementaban los síntomas, vendrían.
Malfoy negó con la cabeza y se recostó en medio de la cama, temblando.
—No —dijo él—. ¿No has leído las noticias?, están al tope en todos los hospitales muggles, imagínate los mágicos, estoy seguro que si salgo de este lugar, meterán a otros cinco contigo, porque ya no caben, lo mejor que puedo hacer es pasarlo aquí y seguir monitoreando mis síntomas hasta que nos den de alta. Sólo es influenza o algo tonto. Mañana vendrán a revisarnos y seremos libres...
—¡Pero tienes fiebre! —chilló Hermione, mirándolo con preocupación. Malfoy abrió un ojo y la miró con una sonrisa que ocultó de inmediato.
—Pero no me duelen las muelas ni tengo piel de naranja —replicó él medio adormecido—. Me podrías examinar, Granger, usando tu lengua. Hasta las amígdalas, si quieres. Sé mi enfermera.
Hermione lo golpeó débilmente en el pecho, pero él ya estaba dormido para entonces. La chica soltó una sonrisita resignada, la sacaba de sus casillas a cada rato, pero sus comentarios eran divertidos cuando se acostumbraba a ellos.
Después suspiró, porque Malfoy se había quedado dormido quejándose suavemente y supo que ella no iba a dormir, porque le preocupaba.
Al parecer, Draco Malfoy le preocupaba.
—¿Granger? —llamó débilmente Malfoy por la mañana, ella se había pasado la noche dormitando, sentada en el suelo, al pendiente de él. Abrió los ojos y se acercó a la cama, con el trasero entumecido, tocándole la frente en busca de fiebre, pero estaba fresco, así que sonrió mientras el chico abría sus grandes ojos grises y se encontraba con los suyos—. Tuve un sueño muy raro...
—¿Qué soñaste? —preguntó la chica con amabilidad. Malfoy atrapó su muñeca antes que la retirara y la examinó, con el ceño fruncido, claramente confundido y los ojos grises abiertos grandes e inocentemente.
—Soñé que la erótica Anne Marie era juzgada injustamente.
Hermione soltó un gritito y le aporreó con las manos, sonrojada. Mientras un ya recuperado Malfoy reía y atrapaba sus manos al vuelo, atrayéndola hacia él, ambos dejaron de gritar y se miraron, muy cerca...
Entonces se escuchó un golpe en la puerta y Hermione dio un brinco, alejándose del chico. Corrió hacia la puerta, dejando a Malfoy recostado. Abrió de un tirón y ahí, frente a ella, estaba el sanador de turno, con su traje de pandemia.
—Buenos días Señora Malfoy —saludó el hombre entrando al apartamento y cerrando detrás suyo. Hermione frunció el ceño—. Mi nombre es Perkins y he venido a hacer mi rondín para saber si están o no contagiados, el día de hoy ya no deberíamos saber si la tienen o no...
—Soy Granger —le corrigió la chica y el hombre asintió, sacando un pequeño botiquín—. O Señora Weasley —dijo, ya debería irse acostumbrando a que la llamaran así, en unos meses sería legítimo, pensó para sí misma con un bamboleo en el estómago.
—Lo siento mucho, señorita, pero estamos sobre saturados, así que hemos decidido ponerle el nombre del primer paciente a todos los miembros recluidos, para efectos de practicidad. Algunos son ocho en un departamento como este, ya se imaginará a Thomas 1, Thomas 3, Thomas 8...
—Así que... para efectos prácticos, eres la Señora Malfoy —se burló Malfoy saliendo del cuarto, se veía más sano que por la noche, sin embargo seguía pálido y tambaleante, con un ligero halo naranja.
—Cállate —gruñó ella.
El sanador los sentó en el pequeño sofá y les tomó la temperatura, la presión y los examinó de cerca.
—¿Cómo se siente, señor Malfoy? —preguntó Perkins con ojo crítico.
—Estoy bien, apenas un refriado, me temo.
—Mmmhm —asintió Perkins mientras le miraba—. Tiene la pupila extendida y el ritmo cardíaco acelerado... Claros síntomas de la fiebre naranja.
—¿Seguro que es eso? —preguntó Malfoy, intentando no pensar en que Hermione llevaba una camiseta blanca y shorts pequeños de algodón, el cabello recogido y a su ojo experto, sin sostén. Perkins procedió a revisar a Granger y asintió, preocupado.
—Me temo que usted también tiene ese halo naranja —dijo Perkins, acercándose al frigorífico para alejarse disimuladamente de ellos.
—¡Eso no puede ser! —exclamó con voz chillona Hermione—. Me siento fantástica. Es un error... se supone que hoy nos liberarían...
—Señorita, usted también tiene ese halo naranja, pupilas dilatadas y un ritmo bastante acelerado, me temo que no puedo darlos de alta. El vómito y la fiebre son síntomas comunes, esperemos que no empeoren, aunque aquí, sin corrientes de aire y sin otras personas, no debería complicarse el asunto.
Anotó algo en su libreta y los miró, de lejos.
—¿Hay alguna petición que pueda hacerles más ligero el confinamiento?
—¿Nuestras varitas, por ejemplo? ¿Pasar la cuarentena en nuestras propias casas? —aventuró Malfoy.
—Algo menos... mágico. Les instalamos el tevelitor —señaló la televisión—, esperamos que eso pueda ayudar a pasar el rato...
—¿Qué hay del ministerio? ¿nuestros trabajos? ¿cuánto tiempo durará el confinamiento? —preguntó Hermione, no dispuesta a dejarlo ir sin responder.
—Me parece que el Ministerio ha cerrado —dijo Perkins y Hermione soltó una exclamación—, así que no me preocuparía por sus trabajos, el Ministro Shackelbolt también está recluido en su casa, la cual se volvió un hospital temporal, aún no sabemos cuánto puede durar el confinamiento, pues a nivel mundial hemos pasado a etapa 2 de pandemia, es decir, nadie, muggle, mago o ser mágico tiene permitido salir, a decir verdad — los miró con un deje de confidencialidad —, ustedes son uno de los pocos departamentos del anexo de San Mungo donde hay dos personas, estamos al límite de casos y ahora las personas están haciendo la cuarentena en sus casas...
Hermione se llevó las manos a la boca, preocupada y Malfoy miró fijamente a Perkins.
—¿Quiere decir que podríamos compartir estancia con otras personas en el caso que haya más personas infectada?
—Les estoy avisando que próximamente, compartirán este apartamento con mínimo, otra pareja. Si no hay más por el momento, me retiro. No es una cuestión de "si", sino "cuando".
—Libros y juegos de mesa —dijo de pronto Hermione.
—¿Perdón, Señora Malfoy?
—Nos dijo que podíamos pedir algo, porque no estamos en la comodidad de nuestras casas... Me gustaría pedir libros y juegos de mesa —se sonrojó—, si no es mucho pedir.
Perkins asintió y lo anotó en su lista.
—Intentaremos conseguir algo por el estilo. Por el momento, seguimos con lo mismo, la ropa sucia se incinera, ustedes preparan sus alimentos y vendré más adelante en caso de que no haya complicaciones, El Profeta seguirá apareciendo en su mesa sin falta... Al menos hasta que siga produciéndose. Hasta luego.
Y salió de la habitación, claramente ansioso por abandonarlos.
Hermione miró a Malfoy y este le devolvió la mirada.
—Al parecer seremos compañeros una larga temporada.
—¡Granger, mira! —exclamó Malfoy y Hermione llegó corriendo, descalza, se había pasado el día en su habitación, malhumorada y la ansiedad la corroía, así que el llamado fue bien recibido, apenas en tres pasos, llegó a su lado, frente a la ventana.
—¿Qué ocurre? ¿ya han abierto? —preguntó la chica mirando los tallos de la flor de luna. Pero Malfoy negó con la cabeza y señaló hacia enfrente.
Hermione levantó la vista y vio luz del otro lado, apenas a dos o tres metros de distancia, en el departamento de frente.
—¡Tenemos vecinos! —exclamó Hermione, sonando muy emocionada, patéticamente. Malfoy la miró alzando una ceja y la chica no pudo evitar sonrojarse.
—Aún no se ve a nadie, al parecer lo están acondicionando.
Se quedaron parados un largo rato, pero nadie apareció, así que regresaron a sus habitaciones, ligeramente desilusionados.
—¿Granger?
Hermione levantó la mirada de los papeles que tenía en las manos, se encontraba sentada con las piernas cruzadas en su cama, Malfoy estaba apoyado en el marco de la puerta.
—Pasa —le dijo, palmeando a un lado de su cama, lo cual era una tontería, porque sus cuartos eran igual de insulsos, apenas con una sábana y un colchón en un cuarto sin ventana. Malfoy entró y Hermione tragó saliva, inconscientemente, lo cual era una tontería, sobre todo, porque él no la miraba como a una presa, sólo era un hombre sentándose al borde de su cama y ella era papa casi casada, desechó el pensamiento de inmediato, ni siquiera debía incomodarse por él, a ella no le interesaba y mucho menos él se interesaría por alguien como ella.
—Deberíamos establecer reglas y un horario —dijo él con un papel y pluma en la mano. Hermione abrió los ojos, sorprendida.
—Te iba a proponer lo mismo, mira —Y le enseñó el papel que tenía entre las piernas. Se los intercambiaron para leerlos y después se miraron, entre divertidos y asombrados—. Al parecer, pensábamos en lo mismo.
—Creo que la rutina sería buena para no perder la cabeza —afirmó Malfoy mirándola a los ojos.
—Levantarnos a una hora fija...
—Turnarnos para hacer de comer...
—Llevarnos relativamente bien...
Sin darse cuenta, se habían acercado y Malfoy pudo apreciar lo tersa que parecía su piel, el tono entre blanco y bronceado de su tez, las pecas en su nariz ligeramente puntiaguda y sus pestañas espesas, libre de maquillaje. Hermione pestañeó y luego se sonrojó, alejándose.
—Me parece bien —dijo ella mirando a todos lados.
—Bien.
—Bien.
Malfoy se miró las manos y después asintió, como si tuviera algo que hacer y salió de ahí, dejándola turbada.
¿Hacía calor o era ella? ¿Qué le pasaba?
Era Granger, por el amor de Merlín.
Pero vaya que "era Granger", tenía las piernas muy largas y torneadas y llevaba las mismas camisetas que él, pero sus pezones se marcaban y se veía tan mona con sus trenzas, que no le fue difícil perderse en la imaginación de lo que haría con ella si no fuera Granger, claro está. Sí, la Granger que leía libros de novelas eróticas que a decir verdad, lo había dejado picado sobre todo porque la protagonista era una bella castaña y el amante un rubio fornido...
Draco gimió.
El encierro lo iba a matar.
—¡Malfoy! —gritó Hermione por quinta vez mientras aporreaba la puerta del baño dando brinquitos. El rubio llevaba más de una hora en la ducha y ella se moría por orinar.
Después de su conversación sobre horarios y reglas (la conversación más larga y emocionante que había tenido con él, al descubrir que era un obseso del control como ella), se había sentido bastante turbada con su cercanía, Malfoy al parecer también estaba incómodo y salió de su cuarto, como si de pronto, hubiera recordado que ella era ELLA y él, ÉL.
Recargó la frente en la puerta y cerró los ojos.
Además, era una mujer casi casada, no entendía por qué de pronto, se sentía ligeramente, casi nada, poco de poquito, atraída por él. El chico que más la había maltratado en Hogwarts, el que arrugaba la nariz cuando ella aparecía, él... era el tipo de persona en el que ella pasaba de largo, fastidiada por su presencia, pero... no era tan desagradable como en el colegio, quizá había cambiado un poco y ahora la madurez obedecía en vez de los estereotipos ya obsoletos de sangre pura, sangre sucia.
Pero eso estaba mal, se regañó, andar pensando en otro hombre teniendo a su adorable pelirrojo esperándola. Bufó.
Aquél día apenas pudieron cruzar dos palabras y siempre en presencia de Malfoy, pero él se veía preocupado por ella. Pensar en Ron la calmó. Ella lo quería y no tenía ningún tipo de dudas sobre ellos. Así que Malfoy... no representaba nada, además no era que él le coqueteara o algo, sencillamente estar tanto tiempo con alguien a quien apenas conocía, encerrados en apenas 30 metros cuadrados la hacía sentir medio obsesionada. Era todo.
La puerta se abrió y Hermione perdió el equilibrio, cayendo sobre Malfoy, mejor dicho, sobre su pecho desnudo, aún húmedo. Hermione soltó un gritito cuando puso las manos para incorporarse, pero se resbalaron por el torso del chico y de los nervios, su rostro también fue a dar contra la piel cálida, casi afiebrada, de Malfoy, quien sólo vestía una toalla atada a la cintura.
Sólo una toalla, por Morgana.
—¿¡Pero qué!? —exclamó Malfoy mientras tomaba las muñecas de la chica y la empujaba, plantándola contra la pared. Granger tenía las orejas coloradas y balbuceaba muchas tonterías, así que decidió aprovechar la situación para burlarse—. Pero Granger —dijo con fingida indignación—, como ya me has dicho hasta el cansancio, eres una mujer casi casada, ¿cómo te lanzas sobre mí? Contrólate —Y pasó de largo, dejándola muy ruborizada.
Por Morgana, Merlín y todos los magos poderosos de la historia, Malfoy sólo llevaba una toalla y estaba buenísimo.
Hermione gimió, frustrada.
El encierro la iba a enloquecer.
¿Por qué Granger siempre llevaba unos shorts pequeños y esas camisetas de algodón claro?
Era muy difícil no mirarla cuando era el único ser viviente en esa casa, los vecinos aún no habían aparecido y ella no era muy divertida cuando se ponía en plan "no coqueteo porque me voy a casar". O sea, su plan diario.
Sin embargo, como personas maduras y decentes en las que se habían convertido, se toleraban lo suficiente para tener una convivencia más o menos pacífica, lo que se tornaba aburrido conforme pasaban los días. A veces, hacía comentarios hirientes para enfadarla, pero al cabo de dos o tres comentarios mordaces, volvían a su sopor de aburrimiento y tensión. Porque la única fuente apenas decente de luz natural era la ventana que estaba en la sala-comedor-cocina, así que ahí solían pasar el tiempo, entre ignorándose y entre aburridos, sentados o acostados en la formaica, la única parte más o menos fría de todo el espacio, ya que sospechaban, mantenían la calefacción prendida para mantenerlos sin corrientes de frío que los pudieran enfermar más, sin embargo, como no había aire fresco, tenían una terrible sensación de hacinamiento y asfixia veinticuatro por siete, lo que los llevaba a andar con apenas shorts como Granger o en bóxer (con la puerta cerrada) en el caso de Malfoy.
Aún no se les iba el halo naranja, pero no parecían haber empeorado, a excepción de ocasionales sesiones de vómito y dolor de muelas o estornudos con mocos naranjas, no era la gran cosa, al contrario, Granger tenía una apariencia de bronceado californiano artificial con su rubor naranja y él parecía un tipo que se había quedado dormido al sol.
Nada que podría pasar de extraño, o no demasiado.
Así que esa tarde, mientras Granger se recostaba con la cabeza pegada al suelo, panza abajo, Malfoy intentó no mirarle el trasero mientras le cambiaba al televisor, se había vuelto un experto en su manejo y eso lo enorgullecía en secreto, pero era muy difícil concentrarse, ya que ella mantenía las piernas levantadas, descalza.
—Me aburro —suspiró Granger mientras flexionaba la pierna una vez más y Malfoy la miraba, medio hipnotizado.
—Yo podría des-aburrirte, Granger —no pudo evitar decir con su peor tono seductor—. Pero insistes en que te vas a casar. Una lástima.
—Oh cállate.
Hermione abrió la boca para decir otra cosa, pero un ligero golpeo en la puerta la detuvo y se incorporaron, emocionados.
Perkins, con su traje de epidemia, abrió la puerta y se coló dentro.
—Buenas tardes, señores Malfoy —saludó, ignorando la mueca que le hizo Hermione—. Les he traído lo que han pedido —Dejó una bolsa encima de la mesa y se acercó—. Ahora, procederé a examinarlos.
—¿Cómo va todo fuera? —preguntó Malfoy, ansioso de hablar con otra persona que no fuera Granger
—Tal cual dice El Profeta —contestó Perkins mientras le tomaba la presión a Granger—. Lo siento, pero no puedo platicar mucho, he revisado a más de cien pacientes hoy y apenas llevo cinco horas de servicio.
Hermione le sonrió siempre comprensiva y negó con la cabeza.
—No se preocupe, lo entendemos, es solo que... estamos aburridos, aquí recluidos sin aire fresco y la calefacción está al tope...
—¿Podrían hacer algo con la maldita calefacción? ¡Hace mucho calor aquí, siempre, incluso el agua hierve!
—¿Calefacción?, no tenemos calefacción... —Se extrañó Perkins. Les apuntó con su aparatito blanco y soltó una exclamación—. ¡Por Merlín! ¡Están al tope en fiebre! —Inconscientemente, Perkins se alejó y tomó su maletín, con nerviosismo, sacando dos de los cinco frasquitos que le quedaban—. Deben darse duchas frías dos veces al día y tomen esta poción tres veces al día hasta que comiencen a sentir que baja la temperatura, porque si no, comenzarán a tener alucinaciones... Vendré mañana.
—Espera, Perkins —dijo de pronto Malfoy , ceñudo, el sanador se giró—, ¿por qué no mejor nos consigues los ingredientes y nosotros preparamos las pociones? Seguramente estas reservas deberían darse a quienes no son muy diestros en pociones, lo cual no es el caso de este apartamento. Podrían traer mi caldero y el botiquín que tengo y así ustedes no se verían comprometidos con quienes realmente las necesitan, ni con sus ingredientes.
Perkins asintió y lo anotó en su libreta.
—Veré qué puedo hacer, si lo autorizan mis superiores, entonces sería una buena opción, incluso podríamos implementarlo para los demás pacientes, ¡Qué gran idea, señor Malfoy!
Y desapareció, apurado por dejarlos solos.
Malfoy suspiró y miró a Granger, quien aferraba las pociones en su pecho.
—Fue una gran idea, Malfoy —susurró Granger sin mirarlo a los ojos—. Ni siquiera a mí se me ocurrió que estamos diezmando sus reservas y no hay nadie que elabore más...
—Bueno, al menos podemos cooperar con eso —dijo Malfoy restándole importancia. Entonces se acercó a la bolsa de la mesa, dispuesto a romper el momento emotivo y hurgó en su interior.
—¿Qué trajeron? —preguntó Hermione intentando mirar al interior. Entonces Malfoy sacó una caja brillante negra y leyó la etiqueta, divertido.
—Juegos eróticos para pareja.
