Tras un bloqueo que me acojonó bastante, volví :d
12
Haushalt
Hogar
Yuuri dio un mordisco a una manzana de un azul intenso. El jugo, casi negro, le goteó por la barbilla. Era lo más delicioso que había probado en su vida. O tal vez solo estaba particularmente hambriento.
Cabalgaba junto a Murata, ambos sumidos en un silencio incómodo que Ken se encargaba de romper con regularidad en base a comentarios aleatorios, intrascendentes. Yuuri no le seguía el juego, dejando morir las conversaciones antes de que surgieran. Estaba más pendiente a las pláticas ajenas de los desconocidos que les rodeaban que de lo que su amigo pudiera decir.
Al coro de murmullos que le seguía allí a donde fuera. Los soldados que fingían silencio en cuanto se giraba de soslayo a mirarlos.
No era su mayor preocupación. Una sensación de inminencia, de cercanía de alguna desdicha, había caído sobre él y le impedía sosegar ni un instante. Y sabía con certeza que la razón de su agitación era Lord Voltaire, que cabalgaba a la cabeza de la comitiva flanqueado por sus dos hermanos menores.
No era para menos. Desde que irrumpiera en el campamento, Gwendal ni siquiera le había mirado. Ni una vez le había dirigido la palabra. Incluso se las había apañado para no interactuar con él mientras montaban a caballo y se dirigían a los dominios Spitzwerg.
Yuuri tenía una vaga idea de por qué, pero comprobar su teoría le producía más pavor que mantenerse en la ignorancia.
Solo en una ocasión Gwendal había dado muestras de ser consciente de su presencia. En el momento en el que se había desentrelazado del abrazo con su hermano, dejando tras de sí un Wolfram luchando por recomponerse. Entonces Gwendal le había mirado por encima del hombro de su hermano, y Yuuri había sentido el impacto de su mirada como algo físico. Incendiario.
—Majestad —había emanado a modo de escueto saludo.
Al parecer, Gwendal no era partidario de mantener en secreto su identidad. O más bien le traía al pairo.
Se había producido un tenso silencio cuando los presentes se unieron a una bocanada colectiva.
—De verdad era el Maoh —había dicho alguien.
Los murmullos habían crecido hasta ser conversaciones a gritos, preguntas lanzadas al aire y elucubraciones que habían ascendido de tono a una velocidad mareante. Yuuri no se había sentido tan expuesto en toda su vida.
De lo que siguió solo había conseguido retener retazos. Gwendal y Adelbert habían estado hablando, una tirante conversación en voz baja que no había llegado a los oídos de nadie más. Durante lo que duró el intercambio, él había estado más pendiente de Wolfram, de pie en absoluta tensión y con los ojos fijos en ninguna parte. Una hora más tarde, se habían marchado con la comitiva de Gwendal en dirección al castillo Spitzwerg.
Eso había sido el día anterior. Pareciera que había pasado un mes, el tiempo extendido al encontrarse en una travesía monótona donde las conversaciones eran escasas y triviales.
Atravesaban una zona boscosa, un hayedo denso a cuyo sotobosque apenas llegaba la luz del sol. Una humedad gélida se adhería a su piel, a sus huesos, llevándole a tiritar. El musgo que cubría los troncos de los árboles refulgía como si fuera de cristal allí donde la escarcha no había llegado a derretirse.
Tardó un poco, pero Yuuri identificó la sensación de ser observado. En un principio pensaba que eran los soldados, que le analizaban furtivamente cuando no miraba, pero después adivinó formas humanas en la espesura, ojos que les seguían desde las sombras. El brillo de armas cuando un rayo de luz se colaba entre el tupido follaje. Resultaba obvio que Gwendal se había encargado de tener protegidos los caminos que conducían al castillo.
—¿Puedo hacerte una pregunta personal, Shibuya?
Yuuri parpadeó, saliendo de su ensimismamiento y focalizando su atención en su amigo. La intensidad de la mirada de Murata, como de costumbre, parecía capaz de desnudar su alma para exponer todos sus secretos.
—Supongo —aceptó a regañadientes.
Murata se tomó unos largos segundos para lanzar el mencionado interrogatorio, tal vez para darle un toque dramático.
—¿Cómo está tu relación con Lord Bielefeld?
La pregunta le tomó con la guardia baja, en especial porque de todos los temas existentes no había esperado que Murata decidiera sacar aquel. Echó un vistazo hacia la cabecera de la comitiva, hasta la cabeza rubia que le daba la espalda, antes de responder.
—Eh… Pues… como siempre, supongo —mintió, esbozando una sonrisa tensa—. Esta no es una situación corriente y todo eso, pero es lo mejor que podemos estar dadas las circunstancias —se miró las manos, consciente de que aferraban las riendas con tanta fuerza que le temblaban los nudillos—. ¿Por qué lo preguntas?
Murata le dedicó una de aquellas medias sonrisas condescendientes de alguien que se cree en poder del conocimiento supremo.
—Porque no os he visto juntos ni un solo instante desde que abandonamos el campamento —apostilló—. Y teniendo en cuenta el historial de Lord Bielefeld, me resulta llamativo que no se dedique a pegarse a tus talones como solía hacerlo en el Pacto de Sangre.
Yuuri retuvo el aire un larguísimo instante. ¿Si Murata se había dado cuenta, lo habría notado también el resto? Todo era ya lo bastante complicado como para tener que preocuparse por los rumores sobre su vida personal.
—No quiero hablar de eso —murmuró, esquivo.
—No esperaba otra cosa —reconoció Murata, llevándose una mano a la barbilla—. Así que me quedo solo con mis teorías. Y todas van encaminadas a lo que quiera que Lord Bielefeld haya sufrido en estos tres años de cautiverio.
A Yuuri se le subió el corazón a la garganta, y en consonancia su cuerpo entero se tensó. El gesto en sí debió tirar instintivamente de las riendas del caballo, porque el animal emitió un bufido de protesta y sacudió la cabeza parda con desazón.
—Por supuesto, solo puedo especular —elucubró Murata en voz baja—. Pero sé qué tipo de trato suelen recibir los prisioneros con el origen noble de Lord Bielefeld y su talante. Más si se trata de gente con los estándares de moral que parece poseer este Imperio.
Yuuri empezaba a sentirse mareado.
—Si mi conjetura es correcta, no me extraña que alguien con el sentido del honor de Lord Bielefeld haya optado por alejarse de ti de forma voluntaria.
Sus manos sudaban tanto que las bridas se le escurrieron momentáneamente.
—No va por ahí —se apresuró a decir al recuperar el control de su voz. Era una verdad a medias, pero no iba a compartirla con Murata—. Wolfram… ha aceptado que no hay un futuro romántico para ambos. Solo somos amigos, nada más. Buenos amigos.
—¿Y entonces por qué parece que quiera esquivarte a como dé lugar? —lanzó Murata.
La sonrisa artificial de Yuuri se descompuso al ser incapaz de seguir defendiendo una falsa jovialidad en la que no creía. Le faltaba el aire: incluso hinchando los pulmones al máximo, sentía la cabeza ligera y una sensación de ahogo.
Miró derredor con desconfianza, cerciorándose de que nadie les prestaba atención. Expulsó el aire entre los labios resecos antes de atreverse a hablar.
—Me ha pedido que anulemos nuestro compromiso —acabó por confesar, tan bajito que dudó que el otro le hubiera oído—. Pretende hacerlo oficial cuando lleguemos a Spitzwerg.
Murata le bendijo con un mutismo que no había esperado. Tal vez estaba conmocionado, o solo sorprendido. Lo mismo le daba: la simple ausencia de comentarios fue más que bienvenida.
—Eres el único que lo sabe. Por ahora, al menos —añadió Yuuri—. Preferiría que siguiera siendo así.
—Seré una tumba —prometió Murata—. Pero esto me lleva a mi segunda pregunta comprometida.
Yuuri cerró los ojos por un instante. Por supuesto, Murata no iba a dejarle en paz así como así.
—¿Cómo te sientes al respecto? —lanzó Ken.
Solo necesitó unos instantes para meditar su pregunta buceando en su propio inconsciente. En desentrañar las emociones que llevaban un tiempo girando en vertiginosas espirales. Confundiéndole, trastocando sus esquemas. Llegó a la conclusión de que era infinitamente más fácil ser sincero que intentar maquillar la verdad.
—¿Sinceramente? —murmuró, mirando al frente con una mueca tensa—. Creía que me sentiría aliviado.
—¿Y no es así? —insistió Murata.
—No —admitió Yuuri en el acto—. No tengo muy claro cómo me siento, pero desde luego no es el descanso que había esperado.
Dejó caer los hombros, mirando hacia el cielo moteado de nubes redondeadas y esponjosas que entreveía entre los árboles.
—El malentendido sucedió hace ya tres años —divagó—. Bueno… seis en este mundo. Es mucho tiempo: el suficiente para que alguien se habitúe incluso al giro más inesperado. Creo que me he acostumbrado tanto a tener a Wolfram pendiente de mí que me cuesta asimilar que ya no será así a partir de ahora.
Se dio cuenta que al decirlo se había quitado un gran peso de encima, un lastre del que había tirado durante días.
—Suena un poco egoísta, ¿no crees? —añadió con una sonrisa palpitante.
La sonrisa que Ken le dedicó era un híbrido entre empatía y condescendencia.
—No es egoísta. Es humano. Un rasgo que, en lo personal, considero más que deseable.
Yuuri se mentiría a sí mismo si negara que aquella última frase le había aportado tranquilidad mental. Se había machacado durante días por una reacción inadecuada a sus ojos, egocéntrica por resultar suave. Un incomprensible impulso acaparador para con Wolfram por el que aún se culpaba.
Por suerte, siempre podía contar con la imparcial opinión de Murata. No tenía ninguna duda de que Ken le tiraría a la cara sus errores si lo consideraba necesario.
—¿Quieres un consejo? —apostilló éste.
Era una pregunta retórica. Iba a dárselo lo quisiera él o no: ése había sido su papel desde el principio. Se limitó a asentir mientras le observaba fijamente.
—No dejes perder tu amistad con Lord Bielefeld —lanzó Murata—. Coincidirás conmigo que, más allá de su colorida personalidad, es una persona a la que vale la pena tener cerca.
Yuuri no fue capaz de responder. En su lugar, aferró las riendas del caballo con renovada fuerza para que no se notara el temblor de sus manos. Volvió a abordarle un miedo antiguo, uno que no había sentido desde justo antes de encontrar a Wolfram en aquella habitación sombría.
¿Estaba realmente en juego su amistad con Wolfram? ¿Podría su cambio de dinámica tensar tanto el hilo hasta romperlo? Se había preocupado tanto en las implicaciones del viraje de su relación que no se había planteado la posibilidad de que ésta, sencillamente, dejara de existir.
La idea le hubiera hecho reír en el pasado por lo absurdo de la misma. No obstante, vista la turbulencia en la que estaba sumida su vida, bien podría acabar siendo una realidad.
Más asustado de lo que querría admitir, siguió la recomendación de Murata y decidió probar suerte con Wolfram una vez más aprovechando una breve parada. Lo encontró al margen del grupo, sentado sobre la hierba con la espalda recostada contra el tronco de una viejísima haya. Con una mano levantada y una letanía en los labios.
Como era de esperar, Wolfram había seguido intentando invocar maryoku en cuanto pudo escaquearse de la vista de sus hermanos. Yuuri caminó hacia él con aire casual, balanceándose sobre las puntas de los pies al detenerse sobre la hierba.
—¿Sigue sin aparecer?
Wolfram emitió un largo suspiro y dejó caer la mano sobre la rodilla. Desde allí, Yuuri podía ver las gotitas de sudor que se escurrían por el interior del cuello de su camisa.
—Apenas un chisporroteo —explicó—. Noto la pulsión del maryoku, pero es lejana… Difusa. Como un espejismo.
Se removió con inquietud, estirando las largas piernas frente a sí. Llevaba los pies descalzos: Yuuri identificó antiguas heridas lineales que nada tenían que ver con la apresurada huida que había lacerado sus plantas.
—Creía que después de lo que pasó allá arriba, podría volver a usarlo sin problemas —reconoció Wolfram, observando detenidamente sus manos—. Pero la conexión sigue rota. Los espíritus no quieren acudir a mi llamada.
Yuuri analizó su perfil; las pronunciadas ojeras, la postura descompuesta. Captó de inmediato el aura decaída de alguien que se había dado por vencido.
Se llevó una mano al estómago cuando sus entrañas se agitaron acompañadas de un escalofrío. No dejaría marchar al Wolfram que conocía así como así.
—Tal vez cuando lleguemos a Spitzwerg, Gwendal, Günter o Chêri-sama puedan ayudarte —propuso en tono forzosamente jovial.
Le vio morderse el labio inferior, constreñir una serie de palabras antes de pronunciarlas. Se quedó con las ganas de preguntarle lo que iba a decir, porque la voz de Conrart llamándoles a sus espaldas les indicó que volvían a moverse.
Aquel breve encuentro no fue suficiente para calmar su agitación. Y las palabras de Murata daban vertiginosas vueltas en su cabeza, retorciendo sus propias emociones hasta volverlas inidentificables. Pasó lo que quedó de marcha, un día completo con su noche, sumido en sus cavilaciones e interactuando con los demás solo lo indispensable.
En un momento dado, el hayedo desapareció de forma abrupta para ser sustituido por una calzada bordeada de árboles espigados semejantes a cipreses. Al final de la rectilínea avenida, se adivinaba un impresionante castillo con torreones coronados de escarlata.
Vieron ondear desde lejos los orgullosos estandartes de la familia Spitzwerg, como si desafiaran el enemigo: la rosa roja coronada con laureles de oro sobre fondo verde. Alcanzaron la fortaleza justo cuando el cielo empezaba a teñirse de rosa y oro en el horizonte. El puente levadizo que salvaba el foso perimetral a la muralla cayó con un estruendo justo antes de que los primeros jinetes se acercaran a los gigantescos muros.
Una multitud de curiosos se apiñaba en la calle principal que conducía al castillo. No parecía haber ni un solo habitante del recinto que hubiera permanecido en su casa.
—¡Es el Maoh! —gritó alguien.
Con aquello el rumor fue creciendo hasta ser una oleada de gritos de distinta naturaleza. Yuuri tiró del borde de la capucha, cubriéndose el rostro para que no le identificaran entre la masa de soldados. Porque había algo más que vítores y aclamaciones de niños que correteaban a los flancos del grupo.
Acusaciones apenas murmuradas. Miradas desconfiadas, desdeñosas. Traicionadas.
Yuuri rezó porque su imaginación desbordada le estuviera jugando una mala pasada y se caló la capucha hasta que no se le vio ni la punta de la nariz. No se permitió desviar la mirada de la espalda del soldado que le precedía en lo que restó de camino.
Spitzwerg estaba estructurado de forma semejante al Pacto de Sangre, con una pequeña salvedad: el jardín que rodeaba el palacio era el doble de grande que las casas apretujadas contra las murallas. Una sucesión inmensa de parterres, árboles frutales, fuentes, setos atestados de flores, rosales y un sinfín de plantas ornamentales en todos los tamaños, colores y formatos. Yuuri se sintió mareado por la saturación de olores que llegó a sus fosas nasales.
Había tres figuras aguardándoles al pie de las escalinatas del castillo. Los ojos de Yuuri solo fueron capaces de ver a una, en especial cuando la susodicha se lanzó a su encuentro con un rítmico estruendo de tacones.
—¡Wolf! ¡Wolf…! —gritó una voz emocionada y estridente.
Una cascada de cabello dorado se cernió sobre Wolfram, que había tenido el tiempo justo de descabalgar, y le cubrió de la vista del mundo.
Cecilie depositó una lluvia de besos en el rostro de su retoño, balbuceando de forma incoherente. Después le puso una mano en la nuca y le acercó a ella hasta que sus mejillas se rozaron. Rodeó al muchacho con los brazos y rompió a llorar en su hombro.
—Mi niño… Mi pequeño Wolfram… —sollozó, desconsolada.
El Wolfram caprichoso de antes hubiera rehuido el abrazo de su madre, farfullando y haciendo aspavientos para que no notaran su sonrojo; el de ahora se dejó acurrucar sobre su amplio pecho y aceptó que le acariciara el pelo.
—Madre… —murmuró con voz estremecida.
Las manos del joven, temblorosas, viajaron por la espalda de su madre y cerraron sobre la tela negra del vestido hasta convertirse en puños.
La escena tocó una fibra sensible en el interior de Yuuri. Se dio cuenta de que Wolfram no había esperado volver a abrazar jamás a su madre. Verla, tocarla, oír su voz. Se imaginó en su lugar, consumido por la certeza de no volver a ver a Miko, a su padre, a su hermano.
Por primera vez en toda aquella vertiginosa serie de desdichas, reparó en lo mucho que les echaba de menos. Nunca había estado tanto tiempo separado de su familia. Y lo peor de todo era que nadie podía predecir cuánto tardaría en poder regresar.
De forma irracional y un tanto egoísta, envidió a Wolfram.
Madre e hijo necesitaron varios minutos para separarse, tiempo en el que nadie de los presentes siquiera pestañeó. Los ojos de Cecilie, verdes y enormes como los de su hijo, relucieron como esmeraldas al posarse en su benjamín. La elegante mano de la ex–Maoh acarició con el dorso la mejilla izquierda de su hijo.
—Solo Shinou sabe lo mucho que he rezado para que volvieras a mí… —aseguró, una sonrisa triste en sus labios carmesíes.
Wolfram suspiró, una exhalación cargada de tensión y emociones retenidas, y cerró los ojos, tal vez para sentir en toda su extensión el tacto de la mano de su madre contra la mejilla.
Por algún motivo, la visión le aportó tranquilidad a Yuuri. Un alivio imposible. Cecilie era una de las personas más poderosas que conocía, más firmes a la hora de defender sus convicciones. No había lugar en el mundo donde Wolfram estuviera más seguro que bajo la atenta mirada de su madre.
Cecilie se despegó al fin de su hijo (tardó un rato largo), tras propinarle una nueva remesa de acuchones y palabras zalameras. Yuuri tuvo que reconocer la firmeza de Wolfram al aceptarlas a pesar de su creciente incomodidad.
Por desgracia para el joven mazoku, las situaciones embarazosas aún no habían terminado. La expresión de Wolfram era un poema cuando Stoffel se lanzó sobre él y le apresó en un fuerte abrazo. De hecho, juraría que había oído como se descoyuntaban los omoplatos del chico.
—Gracias a Shinou que estás bien, sobrino —murmuró el patriarca Spitzwerg.
Yuuri nunca había visto a Stoffel ser cercano con sus sobrinos. No obstante, habría puesto la mano en el fuego sobre que los sentimientos de Lord Spitzwerg eran auténticos. Un tipo complicado, qué duda cabe.
Uno que a aquellas alturas, por normal general, ya estaría deshaciéndose en lisonjas sobre su persona. Era una sensación desconocida que él pasara a un segundo plano entre los miembros de la Corte. Aunque claro… La mayoría de los presentes debían haber asumido que Wolfram estaba perdido para siempre.
Sí hubo alguien que se focalizó en él. Se dio la vuelta al sentir una mano en el hombro (tal vez había estado intentando llamar su atención desde hacía rato, si lo pensaba bien) y se encontró con la sonrisa galán de Günter. Aquel tipo de expresión que solo parecía dedicarle a él.
—Günter —exclamó con entusiasmo.
No pudo contenerse de abrazarlo. Había añorado incluso la obsesiva atención de Lord Christ.
Günter estaba cambiado, aunque un fantasma de su anterior actitud desatada aleteó en sus ojos claros al mirarle. A diferencia de la indumentaria que Yuuri le conocía, la túnica y la larga capa blancas, llevaba un uniforme militar del mismo color, con dos espadas gemelas asidas a los lados. Su envidiable cabello, antaño largo y liso como una cortina, era más corto (aunque meticulosamente recogido en la nuca).
El hombre realizó una elaborada reverencia al separarse de él. Incluso hincó una rodilla en el suelo.
—Bienvenido de nuevo, Majestad.
No pasó por alto la desmedida cantidad de esperanza contenida en apenas cuatro palabras.
Cecilie por fin había conseguido apartarse del espacio personal de su hijo, aunque por cómo se estremecían sus dedos quedaba patente que aún ansiaba estrujar cuando pudiera a su retoño. Se acercó a Yuuri mientras se recolocaba meticulosamente los tirabuzones rubios entorno a la cara con forma de corazón. El vestido negro que llevaba era menos provocativo de lo que estaba acostumbrado, pero seguía ciñéndose a las voluptuosas curvas como si estuviera pintado sobre el cuerpo de la ex–Maoh.
—Celebramos que hayas vuelto, Majestad —garantizó—. El futuro parece menos aciago contigo aquí.
Yuuri no tuvo tiempo de saborear la confianza depositada en él por una de las personas más optimistas que conocía.
—Eso está por decidir, Madre —comentó Gwendal, pasando de largo del grupo y dirigiéndose al interior del castillo.
Yuuri tuvo que concederle a Cecilie su saber estar al poner los ojos en blanco con disimulo en cuanto su primogénito desapareció de la vista. Notó la mano de la mujer posarse sobre su hombro en un cariñoso y reconstituyente apretón.
—No le tomes en serio —opinó con un gesto indolente de mano—. La presión le ha hecho más malhumorado que de costumbre. Ni siquiera se permite sentir un poco de fe.
—Debería hablar con él —pensó Yuuri en voz alta, con la vista aún fija en el punto donde Lord Voltaire había desaparecido.
—Dejemos los asuntos políticos para más tarde. Ahora debéis reponeros —concedió Stoffel, dándole una breve palmada en el brazo—. Os hemos preparado comida, un baño y una de las mejores habitaciones.
El cuerpo de Yuuri vibró de placer ante la mención, pero una necesidad más acuciante se antepuso a todas ellas.
—Antes quiero ver a Gisela —exigió.
Solo había estado una vez en el interior del Castillo Spitzwerg (durante su inofensivo secuestro), y lo recordaba como un lugar de cuento, incluso más que el Pacto de Sangre. La decoración era recargada y exquisita en cada rincón, y el aire olía a jazmines y rosas. A veces en exceso. Semejante a la nube de perfume que Cecilie dejaba a su paso allá a donde fuera.
La habitación en la que tenían a Gisela no era una excepción. Jarrones y macetas con flores atestaban cada superficie plana disponible, inundando la habitación de una combinación de perfumes florales. Unos gigantescos ventanales con cortinas blanquísimas dejaban pasar un sol deslumbrante al interior.
—Supongo que cuando despierte preferirá encontrarse en una habitación soleada —comentó Günter al entrar, como para justificarse.
Yuuri también lo creía. Un poco cohibido, se acercó a pasos cortos hasta el artefacto cuidadosamente apoyado en el suelo. De igual modo que los anteriores usuarios de la urna, Gisela gozaba de una blancura fantasmal. De no saber cómo funcionaba el artilugio en sí, hubiera pensado que ya estaba muerta.
A Yuuri le recordó vagamente a aquel cuento que su madre le había contado un par de veces de niño, el de la princesa que dormía eternamente en un sarcófago de cristal. Blancanieves o algo así.
Günter se arrodilló frente a la urna y utilizó un pañuelo blanquísimo para limpiar la superficie de cristal. Ni siquiera había una mota de polvo, prueba palpable de que debía repetir aquel gesto a menudo. Probablemente cada día.
—No pudo soportar la inestabilidad de maryoku —explicó—. Colapsó. De no ser por Lady Anissina, no estaría aquí.
Yuuri luchó por empujar hacia abajo el nudo en su garganta antes de que le ahogara.
—¿Habéis intentado despertarla?
—Lady Khrennikov opina que es mejor dejar que despierte por sí sola —le informó Günter—. El equilibrio de maryoku es muy inestable en estas tierras, así que por el momento dejarla reposar es lo mejor que podemos hacer.
El rostro lívido de Gisela empezó a desdibujarse, la habitación volviéndose acuosa en las esquinas.
—Lo siento tanto, Günter… —murmuró—. Si hubiera estado aquí, nada de esto habría pasado…
Günter se volvió hacia él tan rápido que le sobresaltó, congelando las lágrimas en sus párpados antes de poder ser visibles. Había una furiosa indignación en su mirada.
—Jamás digáis eso. No podíais saberlo —insistió—. Nadie podía. Echaros la culpa de algo inevitable no cambiará el curso de los acontecimientos.
Un angustioso dejà vu se apoderó de él. Conrart, Wolfram, Murata… Tantas personas le habían eximido de la culpa en las últimas semanas que el hecho en sí empezaba a no resultarle aliviador.
De hecho, apenas les daba ya credibilidad. Pero Günter no se daría por vencido hasta que él estuviera convencido, así que fingió una leve sonrisa y asintió un par de veces.
—Está bien, Majestad —aseguró Günter, deslizando los dedos por encima de la urna de cristal—. En cuanto volváis a sentaros en el trono del Pacto de Sangre, despertará.
Yuuri se obligó a sentirse optimista por Gisela. Después de todo, Günter era su padre. Si se mostraba esperanzado respecto al futuro de su hija, él también podía.
Conrart y Yozak les habían estado esperando de pie en el corredor. El último se separó de la pared y adoptó una postura más digna.
—¿Estás bien, chico? —preguntó.
¿Tan evidente era que se sentía consternado? ¿Tan visible era su abatimiento que solo habían necesitado un segundo para ver su semblante alicaído?
—Estoy bien —aseguró, no muy convencido de sus propias palabras.
Yozak se encogió de hombros, casi resignado, y dibujó una media sonrisa.
—Si tú lo dices…
Echaron a andar por el pasillo, con Günter flanqueándole y Conrart y Yozak siguiéndole a escasos pasos de distancia. Ken, como no podía ser de otra manera, se había esfumado en cuanto habían cruzado las puertas del castillo.
—¿Dónde está Murata? —inquirió Yuuri, con la esperanza de cambiar de tema.
—Preguntó a Lord Spitzwerg por el templo familiar y desapareció —apostilló Yozak.
"¿Habrá ido a comunicarse con Shinou?" No era algo de lo que Murata y él solieran hablar. Su extraña relación con la figura mística de Shinou aún era en gran parte un misterio para Yuuri. Ni siquiera sabía si Shinou seguía presente en aquel plano tras el abismo de tres años.
Lo cual no significaba que el Gran Sabio dejara de intentarlo.
Se cruzaron con diversas personas (soldados y miembros del servicio, en su mayoría) que le dedicaron un gradiente de expresiones que iban desde el rencor a la adoración más absolutas.
—Hay un asunto que requiere vuestra atención inmediata —le informó Günter, al parecer retomando su rol de secretario del Maoh—: debéis escribir sin falta una misiva para la princesa
Yuuri se detuvo de golpe. Su pecho se calentó por dentro ante la simple mención.
—Greta —murmuró.
—Imagino que ya sabéis que está al cuidado de la reina Flurin, en Caloria —explicó Günter—. La enviamos allí hace más de un año junto a una escolta de veinte hombres, en vistas de que estas tierras no eran seguras.
—¿Habéis recibido noticias suyas? —se apresuró a preguntar Yuuri.
—No desde hace meses, pero dado que Caloria no ha sido objetivo de ninguno de los avances del Imperio, su seguridad está garantizada. Yo mismo podría enviar un mensaje anunciando vuestro regreso —añadió—, pero estoy convencido de que nada le proporcionará tanta felicidad como recibir una carta escrita con vuestro puño y letra.
—Me pondré a ello inmediatamente —prometió Yuuri.
Llevaba semanas sin escribir nada en makokuan. Esperaba que su caligrafía aún fuera entendible, al menos para Greta. No tenía muy claro qué iba a decirle: fácilmente podía acabar siendo un gran cúmulo de nada.
¡Greta! La imagen de su hija, con la mirada de cálido color chocolate, flotó ante sus ojos y creó una burbuja reconfortante en su pecho. Dudaba que pudiera plasmar en palabras cómo la echaba de menos, como ansiaba hacer como cualquier padre del mundo y abrazar a su hija tras una larga —infernal— jornada de trabajo.
Cruzaron frente a unos elaborados portones que a Yuuri le eran tremendamente familiares. Necesitó unos segundos para ubicarlos en su memoria: era el salón donde Stoffel le había retenido durante su catastrófico intento de secuestro. De donde Yozak le había rescatado armado con una fregona y un delantal de volantes.
Parecía que la escaramuza hubiera transcurrido hacía un siglo.
Se sobresaltó cuando las puertas, como si fueran automáticas, se abrieron cuando el grupo pasó frente a ellas. Solo una persona salió de ellas, de espaldas y con la cabeza gacha, como en señal de respeto. Notó su presencia en el acto, y giró noventa grados para encararlos.
Había algo extraño en el lenguaje corporal de Wolfram. Un detalle anómalo en la manera en que esquivaba su contacto visual, como si temiera que descubrieran algo en su rostro.
Al mismo tiempo, parecía liberado. Como si se hubiera descargado un gran peso de encima.
Conrart también detectó el elemento disonante, a juzgar por la manera en la que se dirigió hacia su hermano en una actitud que solo podía describirse como ansiosa.
—¿Estabas con Gwendal? —preguntó.
—Evidentemente —confirmó Wolfram—. Ofreciendo a mi superior toda la información de la que dispongo.
—¿Qué información? —se interesó Yozak—. Creía que no sabías nada que pudiera ser útil.
La mirada que Wolfram le dedicó estaba indudablemente teñida de arrepentimiento.
—Yo nunca he dicho que no tuviera información relevante —afirmó en tono apático.
Conrart y Yozak intercambiaron un breve gesto ceñudo, patidifuso.
—¿Por qué no consideraste oportuno contárnosla a nosotros? —sugirió Yozak.
Ante el ataque directo, Wolfram recuperó la aspereza en su lenguaje no verbal.
—Porque no debía compartirla salvo con mi superior —sentenció, la mandíbula rígida al hablar.
Yuuri se hizo partícipe de la incredulidad de sus compañeros mediante una mueca confundida. Si se sintió un poco traicionado por la deliberada omisión de información de Wolfram, creyó hacer un buen trabajo disimulándolo.
Afortunadamente, el intercambio no fue a más. Gwendal salió del salón con los puños apretados a los lados. Por la evidente palidez de su rostro y la manera en la que su mirada parecía desenfocada, Yuuri tuvo la horrible certeza de que había recibido noticias que no esperaba.
Ninguna de ellas esperanzadora.
Yuuri tardó un poco en advertir que iba flanqueado por dos guardias ataviados con los colores de Spitzwerg. Stoffel salió el último, con gesto solemne y ligeramente afligido. La mirada azul y gélida de Gwendal pasó por encima de su cabeza, sin detenerse.
—No quería hacer esto en presencia del Maoh, pero poco importa ahora —advirtió.
Se volvió hacia su hermano menor, pero su atención incidió en un punto por encima de su hombro en lugar de su rostro.
—Lord Wolfram von Bielefeld —anunció Gwendal—: por la autoridad que me ha sido concedida como Jefe de Estado, quedáis arrestado a esperas de juicio.
Un silencio denso, asfixiante, siguió a la palabra "juicio". Yuuri solo alcanzó a parpadear en sucesión rápida, como un estúpido. Ante su absoluto desconcierto, Wolfram no reaccionó negativamente. Dejó caer los brazos y agachó la cabeza.
Tras la breve estupefacción, Yuuri se negó a admitir de tan buena gana la detención de su amigo.
—¡U-un momento!, ¿cómo que detenido? ¿Qué juicio? ¿De qué se le acusa? —bramó, las preguntas apelotonándose en su garganta.
Gwendal no se tomó la molestia de mirarle al responder.
—Del asesinato de Lord Dieter von Khrennikov.
El cerebro de Yuuri por poco cortocircuitó. Lo sabían. ¿Cómo podía saberlo si él no…?
—Lord Bielefeld ha confesado el asesinato —anunció Gwendal, poniendo voz a sus dudas.
Casi juraría que había oído a Conrart inspirar a su espalda. La mandíbula inferior de Yuuri cayó hacia abajo, sin ser capaz de despegar los ojos de Wolfram.
—Wolfram… ¿Qué has hecho…? —balbuceó, incapaz de dotar de entereza a sus palabras.
El aludido permaneció firme en su empeño de no establecer contacto visual con él –con nadie-.
Yuuri lo vio con total clarividencia. Debía haber previsto que Wolfram confesaría en cuanto tuviera ocasión, incapaz de soportar la culpabilidad y el deshonor que le carcomían por dentro. Se sintió estúpido por haber siquiera valorado un panorama en el que los pormenores de la muerte de Lord Khrennikov quedaran en un secreto entre ellos.
Gwendal cuadró los hombros al cruzar las manos a la espalda en actitud solemne.
—No obstante, esa información llevaba tiempo en mis manos —reveló.
La puntualización sí consiguió llamar la atención de Wolfram, que arrancó la vista de sus propios pies para clavarla en su hermano.
—Hubo testigos —aseguró Gwendal, esquivando la mirada de Wolfram—. Soldados que combatieron en dicha batalla y que se contaron entre los supervivientes. Las habladurías llevan circulando desde hace años, así que el rumor se hubiera expandido tarde o temprano. Algunos de los nobles exigieron que estos cargos se investigaran. Considero que la manera adecuada de proceder es retener el acusado hasta que el asunto se esclarezca.
—¡No lo permitiré! —rugió Yuuri, tomando las riendas de sus propias reacciones—. ¡Gwendal, no puedes…!
—Déjalo, Yuuri —le interrumpió la voz de Wolfram, irritantemente serena.
Por fin le miraba, aunque no encontró en sus ojos lo que había previsto. Una ausencia total de angustia, de miedo, aunque se enfrentara a acusaciones tan graves.
—Hace lo que debe —aseveró en tono firme—. No te inmiscuyas.
Obligó, quién sabe cómo, a su mandíbula a cerrarse y en su lugar canalizó las energías en dotar a su rostro de un ápice de rabia. Se acercó a él, a un solo paso de invadir su espacio personal. Si estuvieran solo un poco más cerca, sería capaz de notar el olor de su cabello.
—¿No piensas defenderte? —le espetó, indignado—. ¿De verdad permitirás que se te juzgue como a un criminal?
—Técnicamente, es lo que soy —respondió Wolfram sin vacilar—. No espero de Lord Voltaire nada más que el más absoluto apego a las leyes.
Yuuri experimentó un violento deseo de cerrar los puños sobre el cuello de su camisa y zarandearlo hasta hacerle entrar en razón. Dios, incluso podría descargarle un puñetazo en su estoica y perfecta cara si seguía aceptando su situación como si no le importara.
Stoffel pareció estar en su línea de pensamientos, y tal vez por eso se apresuró a dar por zanjado el intercambio antes de que fuera a más.
—Lleváoslo —indicó.
A su orden, los dos guardias se dirigieron hacia el joven Bielefeld a pasos sincronizados. Wolfram sencillamente levantó ambas manos, exponiendo las blancas muñecas. En ellas aún se adivinaban las marcas vetustas de cuerdas, cadenas y cuero.
El rostro de Stoffel se endureció de forma visible.
—Eso no será necesario, Lord Bielefeld —se apresuró a aclarar—. Confiamos en que no intentaréis fugaros —se dirigió a los dos guardias—. Confinadle en la habitación del extremo del ala sur. Que haya dos guardias apostados en la entrada en todo momento.
Un ligero alivio se adueñó de Yuuri. Por supuesto, Stoffel no iba a encerrar a su sobrino en una celda.
Asistió, dividido en dos, cómo uno de los guardias ponía la mano en el hombro de un solícito Wolfram y lo conducía lejos de la vista. Una parte de él quiso echar a correr tras él, despertar al Maoh y llevarse a Wolfram en volandas.
Sonaba más impresionante en su cabeza.
En cuanto quiso darse cuenta, todos los demás se habían puesto en marcha y se alejaban en dirección contraria. Escogió su propio rumbo en cuestión de segundos. No iba a permitir que le que apartaran de aquellos asuntos, así que se pegó a Conrart y le siguió durante dos pasillos, sin alejarse más que unos metros incluso cuando éste entró en el despacho de Gwendal con más aplomo del que estaba acostumbrado.
Su padrino se le adelantó.
—¿En qué estabas pensando? —exigió Conrart, deteniéndose frente al escritorio de Gwendal y observándole con creciente indignación—. ¿Apresar a Wolfram es lo primero que consideras hacer cuando por fin está a salvo?
Gwendal no parecía impresionado por la manera en la que su hermano le increpaba. O al menos hacía un excelente trabajo fingiéndolo.
—Ha confesado —dijo únicamente, alineando una pila de papeles con el pulgar—. Por respeto a su propia voluntad, mi deber es organizar una vista en la que pueda limpiar su nombre con la aprobación de los Aristócratas.
—Encerrarle hasta entonces me parece un acto más nacido de la desconfianza que de la precaución o el protocolo —protestó Conrart.
—Imagino que sabes la experiencia por la que ha pasado con el hechicero humano. No sabemos si el daño es permanente —razonó Gwendal en voz alta—. Si realmente estuvo bajo el control de un poderoso houryoku, ¿cómo podemos estar seguros de que aún no lo está? ¿De que no cometerá de nuevo un acto semejante?
—Yo he estado con él durante semanas —replicó Conrart, su tono elevándose a cotas que Yuuri desconocía—. Yo, no tú. Creo que mi criterio es más válido que el tuyo para juzgar su estado mental, y te aseguro que no es una amenaza para nadie.
Gwendal desdeñó la réplica con irritante rectitud.
—Él no lo tiene tan claro.
Ante aquella puntualización, el empeñó de Conrart pareció atenuarse.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Así me lo ha hecho saber —garantizó Gwendal—. Que cada instante que estaba cerca de vosotros, del Maoh —añadió, dedicándole una fugaz mirada por encima del hombro de Conrart—, temía dañaros sin poder controlar sus actos de igual manera que lo hizo con Lord Khrennikov. Él mismo me ha pedido ser recluido. Por la seguridad de todos.
Yuuri se volvió hacia a Conrart, esperanzado. Su padrino sabría qué hacer: tendría una solución diplomática bajo la manga que convenciera a Gwendal. Siempre sabía cómo lidiar con las resilientes personalidades de sus familiares.
El semblante desencajado de Conrart fue como un jarro de agua fría. Los ojos abiertos como platos y la ausencia de reacción evidenciaban que también se encontraba en un callejón sin salida.
Gwendal emitió un larguísimo suspiro y se dejó caer a plomo sobre la silla. Hizo un ademán de llevarse una mano a la sien, pero le pensó mejor y las cruzó sobre el escritorio.
—Por ahora, no hay ninguna alternativa en mis manos. Si Gisela estuviera consciente, y en el hipotético caso de que pudiera usar maryoku, podría analizar el estado mental de Wolfram sin margen de error —garantizó—. Cerciorarse de que no hay ningún tipo de control sobre su voluntad.
—¿Y Anissina? —intervino Yuuri en un momento de lucidez.
La mandíbula de Gwendal se tensó visiblemente en el maxilar. Yuuri se preguntó si él mismo lo habría notado.
—Lady Khrennikov no está en condiciones de realizar un diagnóstico fiable —sentenció Gwendal—. Y menos en el hombre que asesinó a su padre. Por no hablar de que la mayoría de sus… útiles fueron destruidos cuando cayó el Pacto de Sangre.
Yuuri se desinfló en el acto. Se estaba quedando sin opciones. Nunca se había acostumbrado a lidiar con la impotencia, a no tener ninguna alternativa en sus manos.
—Si es inocente, no tiene nada que temer —garantizó Voltaire—. El juicio es un trámite necesario para limpiar su nombre. Un mal necesario: los rumores se expanden sin control y ya se alzan voces peligrosas contra los Bielefeld. Hay que acabar con esto antes de que se extienda más.
Yuuri se volvió hacia Conrart, esperando algún tipo de reacción por su parte. Imaginó fugazmente una escena épica en la que golpeara el escritorio de Gwendal con los puños y le gritara su indignación a la cara hasta hacerle cambiar de opinión.
En su lugar, el rostro de su padrino se había vuelto lívido. Los puños apretados a ambos lados le temblaban.
—Ordenaste a Yozak que vigilara a Wolfram —le acusó en un murmullo.
Hablaba como si el aludido no estuviera presente. Yozak no movió ni un músculo, manteniéndose en su habitual postura con los brazos cruzados y apoyado en el dintel. La conversación no parecía ir con él.
Gwendal no desmintió su inculpación.
—¿Le hubieras dado la orden de matar a tu propio hermano? —prosiguió Conrart—. Es de Wolfram de quien estamos hablando, Gwendal…
Yuuri detectó en la voz de su padrino una emoción profunda que Weller solo se permitía en muy contadas ocasiones. Cuando hablaba de Suzanna Julia. De su padre. De él. Un estremecimiento que resquebrajaba su coraza impávida, llevando a bailar las sílabas como la llama de una vela.
Frágil.
Gwendal no le concedió la satisfacción de una respuesta, una excusa para una réplica airada.
—No vamos a seguir con esto. Hay asuntos por lidiar más acuciantes que el juicio de Wolfram, aunque la reunión de los Diez con motivo de la vista nos permitirá discutirlo en persona —sentenció—. Retírate, Capitán.
Conrart así lo hizo, en el acto y sin rechistar, pero con un aura amenazadora emanando de cada centímetro de su cuerpo. Pasó al lado de Yozak sin mirarle, prácticamente llevándoselo por delante. Yozak tomó aire, el pecho enorme expandiéndose bajo los brazos cruzados. Después ejecutó una breve inclinación de cabeza y se marchó a paso ligero, cerrando la puerta a sus espaldas.
Yuuri no se movió del sitio. Incluso cuando Gwendal decidió ignorarle y centrarse en una serie de mapas desenrollados sobre su escritorio. Lord Voltaire dibujó un total de siete marcas sobre el plano antes de dignarse a aceptar su presencia.
—¿Hay algo en particular que queráis discutir, Majestad?
No pudo dejar de notar el sarcasmo en la última palabra. Ni siquiera sabía que Gwendal pudiera ser irónico.
El mismo abismo que se había abierto entre Wolfram en él parecía separarle entonces de Gwendal. Aún más infranqueable, si cabe, amplificado por una hostilidad que no lograba descifrar del todo.
Tragó salva.
—Wolfram ha pasado por algo terrible —alcanzó a decir—. N-no puedes ni imaginarlo; nadie puede. Tampoco yo —reconoció, humedeciéndose el labio antes de seguir—. Te imploro que postergues el juicio. Necesita tiempo para reponerse: esto no puede hacerle ningún bien.
Algo en sus palabras pareció sonar divertido, pues la comisura izquierda de Gwendal se levantó. Más que festivo, el gesto quedó macabro. Casi cruel.
—Tiempo… —masculló—. Es precisamente de lo que menos disponemos. Cada día que pasa nuestras posibilidades de supervivencia se desploman. Cuanto más se alargue este asunto, menos esfuerzos podremos dedicar todos a la resolución de esta crisis. Con todo el respeto a vuestro punto de vista, no cometeré el mismo error dos veces —añadió.
Algo en su discurso no tenía sentido. Yuuri experimentó el familiar cosquilleo en la nuca, en las palmas de las manos. La conocida sensación de que le estaban manteniendo al margen. Ocultándole detalles trascendentales.
—¿A qué te refieres con "dos veces"?
Gwendal contuvo la respiración, los ojos fijos en sus manos entrelazadas. Yuuri advirtió que no se había percatado de su propio desliz. Algo atípico en Gwendal, si le preguntaban a él: la manifestación de la presión infame a la que debía estar sometido.
—Hace tres años, tardé demasiado en declarar la guerra —reveló Lord Voltaire—. Y con ello sentencié a muerte a cientos que podrían seguir con vida.
Empezaba a estar mareado. La habitación se diluía en los bordes. La extraña sensación de estar fuera de su propio cuerpo se acrecentó hasta darle náuseas.
—¿Firmaste una Declaración de Guerra?
Hasta entonces, aquel había sido un trámite ajeno y muy rimbombante en la cabeza de Yuuri. Un último recurso que solía anunciarse con pompa en el clímax de alguna película ambientada en el Medievo. Uno al que estaba seguro de que no debería recurrir jamás. Que solo sería una mancha del pasado que su reinado se encargaría de dejar obsoleto.
—Esa fue precisamente la razón por la que acepté ser el Maoh —aseveró en un hilo de voz—. Para evitar que algún día tuviera que darse una situación tan terrible. Para tener que obligar al país a ir a la guerra.
—No había otra manera de movilizar refuerzos de Cabalcalde y Caloria, de poder comandar yo mismo las tropas de los Aristócratas —replicó Gwendal, imparable. Su tono, al igual que su mirada, eran firmes. Sin un ápice de remordimiento—. La burocracia es engorrosa pero necesaria para prevenir posteriores males mayores. Para evitar ulteriores reproches por parte de la población.
Yuuri cerró los puños para evitar que le temblaran. Tenía las manos sudadas, temblorosas.
—No es así como quería que fuera todo —exhaló, afligido.
—Tú no estabas —rugió Gwendal.
Fue una acusación genuina, directa a su centro. Yuuri creía que los ojos se le saldrían de las órbitas.
Gwendal siempre había sido más suave con él de lo que tal vez debería. Reconocía en los ojos de Lord Voltaire la misma ternura instintiva que despertaban en él las criaturitas peludas que caían en sus manos de forma accidental. Aunque ya no era el mismo adolescente quinceañero de aspecto asustado y nervioso, desbordado por un nuevo mundo que no comprendía, siempre podía contar con una dosis de indulgencia por parte del primogénito de Cecilie.
Ya no veía nada de ello en el Gwendal derrotado, envejecido, que tenía ante sí. No parecía existir espacio para la condescendencia en alguien sobre cuyos hombros había recaído el peso de la guerra.
—Como Jefe de Estado en funciones, tomé una decisión en consecuencia. Pero por respeto a tus convicciones, busqué cualquier resquicio en mi mano para evitar llevar el país a la guerra. Una elección lamentable por la que se perdieron muchas vidas.
Le miró —por fin le miró— a los ojos, con todas sus consecuencias. Por el estremecimiento en su ceño perpetuamente fruncido, el rictus en la comisura de los labios, supo que le había herido su expresión desolada.
—No te atrevas a mirarme así —su tono no era furioso, solo consternado—. La alternativa era dejar que nos masacraran.
—Deberías haber intentado negociar —Yuuri quiso gritarlo, pero su voz sonó más bien gimoteante. Empezaba a tener dificultades para respirar.
—¿Negociar? —bufó Gwendal. Había una burla intrínseca y afligida en su voz—. No sabes de lo que estás hablando…
—Ha funcionado antes —se apresuró a puntualizar Yuuri—. Hablar ha salvado incontables ocasiones a este país de la guerra. Nos salvó de Pequeño Shimaron. Nos salvó de Gran Shimaron después de la caída de Belal. Dialogar nos ha granjeado más aliados de los que Shin Makoku ha tenido en su historia.
—Ninguno de los emisarios que envié regresaron con vida —reveló Gwendal. Las manos entrelazadas le temblaban visiblemente—. Solo los mandé de cabeza a un destino atroz. Y con un Emperador fantasma que se niega a mostrarse abiertamente, andaba a ciegas sobre con quién intentar negociar, como tú lo llamas. Una vez agotada esa vía, solo quedaba la fuerza.
—No estoy de acuerdo —insistió Yuuri, andando en bucles sobre su propia negación—. Si hubier-
—Entraron a matar —le interrumpió Gwendal. Casi gritando.
La verborrea murió en su garganta, las palabras congelándose al mismo tiempo que sus entrañas.
No quería oírlo. Ya había visto, oído, sentido lo suficiente. No soportaría que Gwendal, el impávido, para el que ningún problema parecía ser lo suficientemente insalvable, le hiciera partícipe de su propia impotencia.
—En el primer choque murieron cerca de mil personas —relató Gwendal—. En las semanas siguientes, los caídos se contaban por más de cinco mil. Aniquilaron sin compasión a todo el que osó oponérseles. Esclavizaron a gran parte de la población mazoku e hicieron prisioneros a humanos y mestizos fieles a Shin Makoku.
Ladeó la cabeza sobre un hombro, mirando el reflejo de la vela en la ventana. El cambio de luz ensombreció más sus rasgos.
—No podíamos usar maryoku. Solo contábamos con la bruta potencia militar. Y aun así nuestra derrota es más grande cada día. ¿Se te ocurre acaso otra opción que responder al fuego con fuego?
Era una pregunta retórica. Obviamente, no esperaba que tuviera las agallas —la desfachatez— de contestar.
—Gwendal, yo…
No alcanzó a decir nada más, porque un soldado con los colores de Voltaire irrumpió en el despacho y le presentó sus respetos a Gwendal.
—Comandante —anunció el recién llegado, firme sobre ambos pies aunque visiblemente azorado. Después reparó en su presencia y sus ojos se abrieron como platos—. M-majestad: ha regresado el quinto escuadrón. Traen a los tres prisioneros.
—¿Prisioneros? —inquirió Yuuri, volviéndose hacia Gwendal—. ¿Qué prisioneros?
—Soldados Imperiales: los capturamos en las faldas de Nimander —especificó éste—. Al parecer habían estado espiando a Adelbert y su grupo desde que os rescataron de las montañas. Esperando el momento oportuno para reunir fuerzas y diezmar a los hombres de Grantz.
Después clavó la mirada en su subalterno, que seguía inmóvil y con una mano sobre la frente en actitud de respeto.
—Llevadlos a los calabozos —ordenó—. Iré lo más pronto posible para interrogarlos.
El último término encendió todas sus alarmas, secándole la boca en el acto. No consiguió exteriorizar sus miedos hasta que el soldado se marchó, dejándolos de nuevo solos en un silencio insufrible.
—¿Interrogarlos? —cuestionó—. No te referirás a…
—Me refiero a usar todos los métodos a mi alcance para obtener cualquier información relevante que puedan proporcionarnos —esclareció Gwendal.
Suavizaba la realidad. Yuuri conocía aquel tono despreciable, irritante, siempre dirigido a él para amortiguar los golpes más contundentes.
—¿Vas a torturarlos?
—No lo descarto si no se muestran cooperativos —ni siquiera había pensado su respuesta.
Yuuri permaneció inmóvil durante unos segundos que se hicieron eternos. Tortura. Era un término brutal que recordaba de heroicas historias de samuráis capturados y obligados a hablar o morir en el proceso. De películas estadounidenses donde soldados con enfermiza lealtad a su patria abrazaban la muerte con tal de mantener sus secretos a buen recaudo.
Si bien había considerado la posibilidad —brevemente— en un mundo medieval como aquel, ni por un instante había sopesado que los mazoku —Gwendal— aún lo consideraran una alternativa válida.
—N-no puedes hacer eso… —alcanzó a balbucear—. Tortura, Gwendal. Creía que Shin Makoku estaba por encima de eso.
—Estamos en guerra —lo dijo como si la aseveración justificara cualquier elección deshonrosa—. Si lo que Günter te ha enseñado estos años ha valido para algo, ya deberíais saber que las normas morales son mucho más laxas que en condiciones de paz.
—¡Eso no te da derecho a tratar a seres humanos como si sus vidas fueran inferiores! —replicó Yuuri, incapaz de contener la creciente indignación en sus entrañas.
Tardó una milésima de segundo en comprender que había cruzado una línea invisible sobre la que no podía retroceder.
El caos tardó unos instantes en desatarse, en forma del escritorio moviéndose dos palmos de su posición cuando Gwendal se puso en pie con violencia y se dirigió a él como una bestia enfurecida. Yuuri permaneció petrificado mientras la mano de Gwendal se cerraba sobre el cuello de su casaca, acercándole a él con un violento tirón. Los ojos de Lord Voltaire eran dagas de fuego azul.
—¿¡Es esto un juego para ti, Majestad!? —rugió Gwendal—. ¡Tus súbditos están muriendo allá a fuera! ¡Hay gente buena esclavizada por aquellos que nos invadieron hace tres años y te niegas a pagarles con la misma moneda!
Cualquier posible réplica se atascó en su garganta, ahogándole. Nunca había visto una cólera semejante en Gwendal, un maestro de lo pasivo-agresivo, que no necesitaba exteriorizar su enojo más que con breves gestos que tuvieran a todos acatando sus órdenes.
—¿¡Sabes que no podemos contar con exactitud los muertos que ha causado el Imperio!? — siguió, su tono creciente y su voz cada vez más estrangulada—. ¿¡Eres consciente de los niños no deseados que han nacido tras la invasión porque esos monstruos forzaron a cientos de los tuyos!?
Su rostro de absoluto espanto, de terror visceral, no hizo más que dar alas al apabullante despliegue de rabia de Gwendal. Se inclinó sobre él, y al hablarle pequeñas gotas de saliva le salpicaron la cara.
—¿¡Crees que ellos no te torturarían a ti si tuvieran la ocasión!? —rugió, implacable—. ¿¡Que no te ejecutarían de la manera más agónica y creativa que pudieran concebir!? ¡Mira lo que le han hecho a tu prometido y plantéate si vas a permitir que otros incontables leales a Shin Makoku sufran su mismo destino!
Resollaba como un animal tras una carrera. Yuuri solo podía mirarle sin pestañear, buceando en la inmensidad de sus ojos claros e intentando encontrar algo más allá de rabia. Algo menos terrorífico, acusador.
Creyó que iba a golpearle. Y una parte de él, recóndita y miserable, pensó que tendría todos los motivos para hacerlo.
La mano de Gwendal fue aflojándose, y por fin Yuuri fue capaz de volver a respirar. Su caja torácica se expandía y contraía en espasmos en un intento de restaurar el flujo de aire. Tenía lágrimas en los ojos, pero no quería pensar por qué.
Miedo. Arrepentimiento. Horror. Todas las opciones eran nefastas.
Todas le llevarían de cabeza a la desesperación.
Gwendal necesitó unos segundos para recuperar la calma, su pecho fornido ascendiendo en exhalaciones estremecidas. Cerró los ojos un instante, un gesto para autoinfundirse calma que compartía con su hermano menor.
—Soy tan responsable como tú de haber desperdiciado cientos de vidas —su tono era derrotado.
Le soltó, y sin el sustento extra Yuuri trastabilló sobre sus pies y hubiera caído de no ser por la pared hasta la que le había arrinconado. Fue incapaz de moverse, observando al mazoku con los ojos desorbitados y el corazón palpitándole en la garganta.
—Has hecho mucho bien a este país —garantizó Lord Voltaire—. Eres el mejor Maoh que Shin Makoku ha tenido desde los tiempos del Rey Original, pero es evidente que esto te supera.
La decepción en los ojos de Gwendal dolía de una manera íntima que no había previsto. Toda su cólera se había disuelto, descargado por fin de sus mil reproches, para dejar solo aflicción y un agotamiento que tensaba cada rasgo de su cara.
Volvió a su escritorio, sentándose con una parsimonia que no delataba el exabrupto que allí acababa de acontecer. Y, con la misma aparente estoicidad, volvió la vista a sus mapas.
—Si no eres capaz de tomar las decisiones correctas, te conmino a hacerte a un lado y dejar que otros las tomen por ti.
La última frase fue como un proyectil disparado directamente a su alma. Dolió más de lo que podría haber imaginado que dolería viniendo de alguien como Gwendal.
Se movió un paso a su izquierda. Luego otro. A continuación, salió de la habitación a toda carrera antes de que las piernas le fallaran y le dejaran caer tendido en algún rincón de aquel inmenso palacio. La puerta se cerró a sus espaldas como impelida por un tornado.
No fue capaz de moverse más que unos pasos. Tuvo que apoyarse con ambas manos en el muro adyacente a la puerta, tan mareado que se sentía incapaz de caminar en línea recta. Se cubrió los labios con una mano, las náuseas acrecentándose hasta que sintió el escozor de la bilis en la garganta.
Se sentía al borde del colapso. Sin ninguna alternativa en su mano.
El mundo seguía en su terrible esquema predeterminado y él no podía variar ni uno solo de sus frentes.
Se dejó caer sentado, rodillas estremecidas y el sudor corriéndole por el interior de la camisa. Hundió el rostro entre las manos, confiando en que ello detendría el núcleo de pánico que empezaba a gestarse en su pecho. Y las lágrimas incandescentes que le quemaban el interior de los párpados.
La traición de Yozak. La muda impotencia de Conrart. La confesión de Wolfram. Y las verdades que Gwendal había esgrimido como si fueran cuchillos.
No podía arrancar de raíz una única y asfixiante —categórica— verdad.
"Nada de esto hubiera pasado si hubieras estado aquí"
Vio unos pies detenerse frente a él tras la acuosa cortina de lágrimas. Yuuri liberó el aire en cortas bocanadas y levantó la cabeza, desesperado.
Murata estaba allí, inmóvil y oscuro como si aquella fuera su postura natural. Por la expresión de su rostro, resultaba evidente que había escuchado la conversación con Gwendal. Se miraron durante unos largos segundos en los que las lágrimas empezaron a enfriarse sobre sus mejillas, escaldándolas.
—¿No tienes nada que decir? —chilló con voz desafinada.
"Di algo, por favor. Siempre sabes qué decir para solucionarlo todo. Por favor…" suplicó, como en un mantra, para sus adentros.
La respuesta tranquilizadora —balsámica— que había esperado nunca llegó. Ken giró la cabeza, ofreciéndole un perfil recortado sobre la luz de una antorcha.
—Intuyo que lo que tengo que decir no te gustará —advirtió—. Comprendo la postura de Lord Voltaire. Y, en este caso en concreto, la defiendo.
Aquella debió ser la traición definitiva, pero Yuuri no la tomó como tal. Más bien sentía un amargo desamparo por el que no había culpables.
—Si Lord Voltaire no hubiera desplegado el ejército, me temo que no habría un Shin Makoku que defender —arguyó Murata—. Aun con su contraataque, se han perdido más de la mitad de territorios. Y el frente avanza cada día.
Al fin le miró, pero Yuuri era incapaz de dilucidar si su semblante era reprobatorio o solo triste.
—Sé que es duro para ti, pero incluso la bondad más grande termina en algún momento —prosiguió—. Se cruzan límites que ni los más benévolos pueden tolerar. Lord Voltaire encontró el suyo hace mucho, y actuó en consecuencia. No puedes culparle por ser coherente.
Ante su sorpresa, Murata se arrodilló frente a él y le puso ambas manos en las rodillas. Imaginó que pretendía ser un gesto tranquilizador.
—Sé lo mismo que tú sobre lo que ha sucedido aquí durante tres años, pero comprendo que Lord Voltaire no siguiera apostando por la diplomacia en esta ocasión —añadió.
Yuuri inspiró con fuerza, luchando por retener los sollozos que empezaban gestarse en su pecho.
—Va contra todo en lo que creo —sonó a excusa, a desesperada justificación.
—Te has enfrentado antes a personas así, por llamarles de algún modo —puntualizó Murata, su tono agradablemente comprensivo—. ¿Debo recordarte a Soushu? ¿A Belal? Hay gente con la que nunca podrás negociar, por el sencillo motivo de que no te dejaran vivo el tiempo suficiente para hacerlo. Por lo poco que he visto en las últimas semanas, este Emperador es de los peores en ese aspecto. Ni siquiera sabemos a ciencia cierta que exista: un hermetismo ilógico si hubiera tenido la más mínima intención de negociar.
Las palabras de Murata tenían sentido. Más que cualquier candorosa idealización que pudiera concebir en su cabeza.
El problema era que no se sentía preparado para asimilar una maldad tan gratuita. Podía ver cien veces la perversidad más genuina y su propia naturaleza siempre le inclinaría a dar segundas —o terceras— oportunidades.
Al parecer, todo el mundo se había hartado de aquella filosofía.
—No puedo con esto… —gimoteó, cubriéndose la cabeza con ambos brazos y encogiéndose en posición fetal—. Joder, es demasiado…
Se ahogaba. No podía llenar los pulmones del todo: su caja torácica parecía pesar una tonelada. El mareo iba en aumento, llevando todos los objetos de su campo visual a girar de forma vertiginosa.
Una mano cautelosa descendió por su espalda. Después un calor ajeno le cubrió por completo.
Murata raramente le abrazaba. Era una presencia constante, reconfortante, y a la vez lejana. Nada íntimo más allá de ocasionales palmadas en la espalda y murmullos que dejaban caer comentarios picantes, indecentes de pronunciar en voz alta.
—Te repondrás, Shibuya —garantizó en un susurro—. Y emergerá alguien mucho más fuerte de lo que puedas imaginar.
Yuuri quiso creerle con todas sus fuerzas.
Por si no hubiera sido suficiente con el lamentable —pavoroso— encuentro con el Maoh, Gwendal aguardaba un choque inminente de mayor envergadura. Incluso había postergado el reunirse con sus hombres en las mazmorras, a sabiendas de que debía lidiar con aquel asunto antes que cualquier otro.
Si tuviera que describirlo con una metáfora, sería la de colgar de la horca a esperas de que alguien activara la trampilla que le dejara caer. Solo que bajo sus pies no le aguardaba el vacío, sino el infierno. En toda su ardiente gloria.
No era más que cuestión de tiempo que el demonio supremo fuera a por él en cualquier momento. Y la espera le estaba matando.
No tardó más que media hora desde que el Maoh se hubiera marchado. Efectivamente, un retumbe acelerado, como una estampida, fue acercándose por el corredor adyacente a su estudio antes de que las puertas se abrieran con un estruendo que hizo vibrar los cristales.
—¿¡Qué significa esto, Gwendal!? —rugió Cecilie, los ojos llameantes como ascuas—. ¿¡Acaso has perdido el juicio!?
Ni por un momento dudó del sentido de sus acusaciones.
—¿¡Creías que no iba a enterarme!? —prosiguió la ex–Maoh, su voz ascendiendo en su tono.
—No —replicó Gwendal, sosteniéndole la mirada—. Era evidente que tardarías muy poco en saberlo.
El tono pasivo pareció suficiente para desconcertar a Cecilie, cuyos rasgos faciales se tensaron al completo. Se apoyó en la mesa con ambas manos, acercándose a él hasta que pudo verse reflejado en la inmensidad esmeralda.
—Libéralo —exigió—. Inmediatamente.
Tragó saliva.
—No, madre —alcanzó a decir. Su voz sonó menos firme de lo que pretendía.
Más allá de que fuera su madre, la belleza imposible por la que todos los hombres suspiraban, la que siempre tenía palabras lisonjeras para sus hijos, era uno de los seres más poderosos que hubieran caminado por el mundo en los últimos siglos.
Por primera vez en su existencia, fue muy consciente de las consecuencias que podía acarrearle desafiar a su madre de forma tan flagrante. Provocar a una mazoku en cuyo centro ardía una llama perpetua, solo contenida por una bondad que había soportado mil vaivenes.
—Wolfram tendrá un juicio justo. Así el honor de su apellido será reestablecido.
La respuesta a su argumento fue tan malsonante que incluso Gwendal se sorprendió.
—¡Al diablo el honor! —prosiguió tras su primer exabrupto—. ¿¡Wolfram ha regresado y tu primera ocurrencia es arriesgarle en una pantomima frente a los Diez!?
—No hay otra alternativa —replicó Gwendal, con toda la firmeza que fue capaz de reunir—. Entiendo tu postura, y la de Conrart, pero ambos debéis comprender que es lo mejor para Wolfram. ¿Qué otra opción tenemos, madre? No tardaría en saberse que Spitzwerg aloja a un sospechoso de magnicidio y que nadie hace nada al respecto. Lo mires por donde lo mires, sería un escenario intolerable.
Cecilie permaneció inmóvil durante unos largos segundos, asimilando el impacto de sus palabras. Tenía las fosas nasales dilatadas y un indicio de dientes mordían su rojísimo labio inferior. Se incorporó: al retirar las manos del escritorio, la madera estaba ardiendo allí donde sus dedos de perfecta manicura se habían acoplado al borde. Giró sobre sus talones y se dirigió a la puerta, aunque se detuvo antes de salir.
—Espero que sepas lo que haces, Gwendal —murmuró, su tono entre triste y amenazador—. No querría culparte para siempre de haber permitido que perdiéramos a tu hermano.
Y dicho esto, se marchó en un revuelo de faldas negras y cabello rubio.
Tras unos segundos de tenso silencio, Gwendal expulsó el aire lentamente por los labios y se echó hacia atrás en la silla. Estaba sudando y todas sus extremidades pesaban como si fueran de acero.
Ni siquiera había bajado aún a las mazmorras.
Iba a ser una noche muy larga.
Tras más de una hora sumergido en la bañera, hasta que el agua estuvo más helada que tibia, Wolfram por fin sintió que el enloquecedor ruido de en su cabeza se había transformado en un zumbido de fondo, lejano, casi agradable.
Sus pensamientos, en proporción, carecían de repente de la consistencia necesaria para importunarle.
Había pasado largo rato frotando con jabón cada rincón de su cuerpo, eliminando hasta el último rastro de suciedad. No paró hasta que la piel enrojeció en algunos puntos, para luego dedicarse al cabello. Usó una abusiva cantidad de jabón para ello.
No se había dado cuenta hasta entonces de cómo había añorado estar realmente limpio. La noche anterior solo había podido colapsar sobre las fragantes sábanas, demasiado enamorado de la idea de una cama decente como para preocuparse por nada más.
Tras repasar dos veces cada recoveco con la dura esponja, sencillamente se tumbó en la tina y dejó que el agua se fuera enfriando a su alrededor. En más de una ocasión, sumergió hasta el rostro y se permitió dejar de pensar.
Salió al cabo de mucho rato, descalzo, chorreando y con la bata apretada con firmeza entorno al cuerpo. Alguien, probablemente una doncella, había pasado por allí mientras él estaba en el baño. Habían dejado ropa interior, un sencillo atuendo de camisa y pantalones de algodón azul, un cinturón de cuero y unas botas altas. Por obvias razones, nadie iba a permitir que llevara el uniforme familiar mientras pesaba sobre él una acusación de tal calibre.
El estómago se le revolvió al ver la ropa de cama que habían escogido para él. Tironeó con manos temblorosas de la ofensiva prenda, un camisón de color salmón con lazos rojos en los puños y el cuello.
Contuvo las ganas de gritar mientras arrugaba la prenda entre las manos e invocaba a todos los espíritus para prenderle fuego. La tela emitió un chisporroteo, seguido de una débil espiral de humo y un olorcillo a quemado, pero por lo demás siguió intacta.
Más frustrado que antes, optó por reducir el camisón a trizas, encontrando una extraña satisfacción en el rasgueo de la tela al ir descomponiéndose. Tiró los pedazos en un rincón y se lanzó sobre la cama tal como estaba, con la bata húmeda abrazándose a su cuerpo.
Su madre había estado allí la noche anterior. Despotricando contra todos en general, aunque la mayor parte de su ira iba dirigida a su primogénito.
Cecilie era una mujer de portentosa inteligencia y un célebre saber estar, pero rara vez conseguía ser racional cuando su prole estaba implicada. Que su hijo mayor hubiera apresado a su benjamín era claramente más de lo que su entereza podía soportar.
—No consentiré que te juzguen —había repetido por enésima vez, andando de un lugar a otro de la habitación. Negando para sí misma sin parar.
Sus tacones incidían con tanto ímpetu en la moqueta que sin duda dejarán marca. Wolfram solo la observaba ir de una punta de la habitación a la otra, impasible, diciéndose que eventualmente Cecilie se cansaría de intentar evocar su misma indignación en él.
—No puedo comprender por qué tu hermano te haría esto —proseguía la ex–Maoh, imparable—. Solo tengo ganas de coger a Gwendal y…
—No, madre —había dicho, tajante, para interrumpir su retahíla de indignación.
Cecilie había detenido de golpe su senda errática para mirarle fijamente. Él se había puesto en pie, cruzando las manos a la espalda en la actitud más digna que su situación actual le permitía.
—Debo hacerlo —había sentenciado, resoluto—. Y Gwendal hace lo correcto permitiéndome tener un juicio lo más justo posible. De hecho, es la única alternativa.
Su madre se había inclinado sobre él, retirándole un mechón rubio de los ojos. La sonrisa de Cecilie era lo más triste y resignado que había visto nunca.
—Eres un Bielefeld —comentó, como si se lo recordara a sí misma—. Siempre correctos, siempre absurdamente apegados al honor y a las normas.
Después de aquel punto de inflexión, Cecilie se había limitado a intentar reconfortarle, ofreciéndole su apoyo y cercanía como si fueran un bálsamo. Se había quedado horas con él, sosteniéndole en su regazo y acariciándole el pelo. No se sintió con corazón de revelarle que el contacto físico le resultaba incómodo incluso viniendo de ella.
Wolfram deseó que todo volviera a ser tan sencillo, como en la lejana infancia en la que resguardarse entre los brazos de su madre alejaba todas las amenazas.
Aquellos pensamientos habían acompañado sus breves periodos de sopor, intercalados con horas infinitas mirando el techo y escuchando el silencio ignoto de un castillo moribundo. Por la mañana, había despertado con la sensación insidiosa de no haber descansado ni un instante.
Su periodo de paz fue absurdamente breve. Apenas diez minutos después de salir del baño, alguien llamó a la puerta y le arrancó de sus propios pensamientos. No se molestó en adecentarse o siquiera incorporarse en una postura más digna: en aquel momento en particular, le importaba muy poco que le vieran de aquella guisa.
—Adelante —concedió.
Tal vez era su madre, o Conrart. Igual era Yuuri, que por fin se había sobrepuesto al shock y había decidido que valía la pena pasar un mal rato con tal de verle.
Desde luego, no había esperado a Günter, armado con una montaña de libros, pergaminos y papeles varios. Emitió un largo suspiro hastiado mientras se aupaba sobre un codo.
—¿Qué haces aquí, Günter?
Lord Christ vestía de manera más informal que la noche anterior pero sin abandonar los colores de su familia. El uso de lentes correctoras era lo único que delataba la edad real de Günter, por la vista cansada de alguien que superaba los doscientos años.
—Gwendal me ha encargado tu defensa —dijo como única justificación.
Acto seguido cerró la puerta en las narices de los dos guardias, que se habían girado con disimulo con la esperanza de captar algún detalle morboso.
—¿Cuándo será el juicio? —quiso saber Wolfram, todavía tirado sobre la cama.
—Gwendal pretende convocarlo para dentro de quince días —reveló Günter.
Wolfram cerró los ojos, luchando por autoinfundirse calma. Quince días. Dos semanas interminables para cebarse en los confusos recuerdos que conservaba sobre el asesinato. Para analizar con detenimiento cada instante de su esclavitud sin poder pasar página.
—Vendrán los Diez, ¿no es así?
—Por supuesto —coincidió Günter, tomando asiento en una de las sillas junto a la mesa—. Esa es la razón de la demora: Gwendal pretende que la mayor cantidad de representantes de los Aristócratas tengan tiempo de acudir.
Al final, Wolfram se dignó a incorporarse, quedando sentado con las manos hundidas en la colcha.
—No es el mejor escenario posible en el que esperaba reunirme con mi tío —reconoció.
No estaba seguro de la postura que adoptaría Valtrana respecto a su acusación. El hermano menor de su padre siempre le había tenido en muy alta estima, pero Wolfram no pondría la mano al fuego porque ello le importara más que el honor de la familia.
—Seguro que Gwendal te ha puesto al corriente de los detalles —se aventuró, observando a Lord Christ con el ceño fruncido.
—Así es —confirmó Günter—. Pero necesito oírlo de ti.
Wolfram dejó caer todas las extremidades, con las piernas colgando por el borde de la cama, y empezó a hablar.
Se esforzó en ser tan exhaustivo como lo fuera con Gwendal, aunque sin duda se había dejado algún detalle por el camino al tener que repetir la misma historia. Allí donde el rostro de su hermano había permanecido impasible, delatando solo su turbación por el ceño cada vez más y más fruncido, las expresiones de Günter eran de lo más transparentes. Pasaron de la incredulidad al horror y finalmente a una analítica clarividencia.
Cuando dio por terminado el relato, dejando su voz morir en un susurro, Günter se quitó las lentes y apoyó la patilla en el mentón, un gesto recurrente cuando intentaba concentrarse.
—Eso te convierte, virtualmente, en inocente —sentenció.
El término le resultó cómico a Wolfram, que no pudo más que soltar una risotada irónica.
—Tú y yo sabemos que, por mucho que crean mi versión, algunos se empeñarán en negarla —aseveró—. Afirmaran que maté a Lord Khrennikov de forma deliberada.
—Es por eso que debemos esforzarnos en reunir todos los argumentos a tu favor —insistió Günter—. Y tras analizar las crónicas he topado con algo que podría sernos útil.
La última frase llamó la atención de Wolfram,
—Si hablamos sobre manipulación mental… No he encontrado antecedentes con este factor en particular —reconoció Günter, incorporándose sobre la mesa—. Y debo decir que el historial de magnicidios no ha acabado bien en lo que refiere a los acusados de los crímenes. Con tal vez una excepción.
Depositó en la mesa entre ambos un pesado y polvoriento volumen. Por el aspecto desmejorado del libro, tenía por lo menos unos mil años. Lo abrió por una página previamente señalada; un dedo delgado punteó al margen de la tercera línea.
—Lady Elinor von Grantz —leyó Günter por él—. Secuestrada por soldados de Shimaron en tiempos del Decimonoveno Maoh, Basil von Rocheford. Torturada durante años, si las crónicas de los escribas son apegadas a la realidad.
Wolfram no había oído hablar en su vida de Elinor von Grantz. Debía ser una figura irrelevante en la historia mazoku. O omitida de la misma por algún motivo.
—Fue liberada por Shimaron en un estado lamentable —prosiguió Günter, con el tono displicente que había usado en su infancia para recitarle los manuales de historia—. Al regresar a Shin Makoku, aguardó siete meses y asesinó al que fuera su marido, Lord Gerolf von Gyllenhaal.
Si Günter esperaba que la información creara algún tipo de impacto en él, no le conocía lo suficiente. Estaba lo bastante familiarizado con la historia antigua de su país como para escandalizarse por un parricidio. Cualquier "–cidio", en realidad, era anodino y episódico en la línea temporal de un país con un pasado tan brutal como Shin Makoku.
—No obstante, se le conmutó la pena de muerte por el destierro tras oír su alegato —apuntó Günter—. Su bebé recién nacido había sido secuestrado junto con ella, y Shimaron le prometió devolver al niño sano y salvo si asesinaba a Lord Gerolf. Así lo declaró en su juicio, y los Diez fallaron a su favor. Fue una sentencia muy sonada en la época —agregó—. En especial porque todo el mundo asumía que Lord Gerolf sería el próximo Maoh.
Las cejas de Wolfram se elevaron hasta confundirse con su cabello.
—Es una historia fascinante. Supongo —concedió, intentando contener la ironía en su tono—. Pero no tiene nada que ver con mi situación.
—No en los detalles, desde luego —coincidió Günter—. Pero sí podemos aprender de lo que permitió que la vida de Lady Elinor fuera perdonada.
Se subió las gafas con el dedo corazón. El anular fue a descansar contra la comisura de sus labios mientras los ojos violeta le analizaban de cabo a rabo.
—¿Cómo te trataron el tiempo que fuiste prisionero?
Cuadró los hombros por instinto, todas sus articulaciones tensándose como la cuerda de un arco. La boca se le secó en un instante.
—Fue un infierno de tres años —concedió con forzosa apatía—. Es todo lo que cualquiera necesita saber.
—Vas a tener que ser más específico en la vista si quieres que los nobles fallen a tu favor.
Wolfram le dedicó una mirada airada, incrédula. ¿De verdad le estaba pidiendo lo que él creía? Se apretó los antebrazos por encima de la bata, tan fuerte que las uñas se le hundieron en la carne.
—¿"Más específico"? —lanzó—. ¿Y qué nivel de especifidad sería adecuada, Günter?
Por la mueca horrorizada de Lord Christ, dedujo que su expresión debía ser poco menos que terrorífica, ida. No le importó.
—¿Las veces que Seiffert me… humilló? ¿Cómo lo hacía? —su tono iba en un crescendo vertiginoso—. ¿Los castigos que recibía cuando me mostraba poco cooperativo?
Günter cerró los ojos un instante, dolido por su velada acusación.
—No es eso lo que quiero decir, Wolfram, y lo sabes —aseguró, en un deje tranquilizador—. Pero oír de tus labios el trato que reciben los prisioneros del Imperio ablandará sus corazones.
Wolfram se puso en pie y caminó hasta la ventana. A fuera el día era plomizo, a minutos de desencadenarse la lluvia. Apoyó la frente en el cristal: el frío del exterior pareció despejarle las ideas.
—No hay modo en alguno en que permita que todo Shin Makoku sepa lo que me sucedió —susurró, lo suficiente para ser oído—. Jamás, Günter.
—Será difícil poner a los Nobles de tu parte si no apelas a su compasión —opinó éste—. La primera derrota en Khrennikov abrió la puerta a las tropas del Imperio, y todos lo tienen muy patente.
Ante la mención de uno de sus más estrepitosos fracasos, Wolfram se volvió con las manos convertidas en puños.
—Mantener o no Khrennikov no hubiera cambiado nada —vociferó.
—Yo lo sé —se apresuró a decir Günter, irritantemente sereno—. Y los Aristócratas lo saben. Pero todos han perdido mucho y necesitan alguien que acarree con la culpa.
Wolfram expulsó el aire por las fosas nasales y cruzó los brazos para que Günter no le viera temblar.
—No hay nadie que pueda corroborar tus palabras respecto a ése hechicero y sus poderes —prosiguió Günter—. Solo contamos con tu testimonio, e imagino que sabes que no se considerará imparcial. Solo si convences a los Diez de lo insufrible que ha sido tu cautiverio se verán obligados a apoyar que jamás atentarías contra un mazoku de forma intencionada.
Wolfram sonrió, un gesto que curvó sus comisuras hacia arriba hasta convertirse en una mueca.
—Eso ya deberían saberlo —sentenció—. Odio más al Imperio de lo que puedo describir. De lo que puedas imaginar.
Inclinó la cabeza. Solo entonces notó la migraña galopante que empezaba a gestarse en su cráneo.
—Nunca intentaron interrogarme para conocer secretos o estrategias militares —confesó—. Hubiera sido más… digno si me hubieran encadenado en una mazmorra y hubieran intentado sacarme información a la fuerza. Pero ni siquiera me concedieron el mérito. Me redujeron a algo tan insignificante que solo servía para…
Frenó a tiempo. No iba a decirlo, a poner nombre a su desdicha. Pestañeó con fervor, disolviendo las lágrimas antes de que Günter las viera. Nadie iba a verle llorar como un niño asustado.
—Estás loco si crees que dejaré que los Diez sean partícipes de tan abominables memorias —concluyó con voz áspera.
—¿Tu honor no quedará igualmente manchado si te acusan de asesinato?
—No voy a lloriquear delante de los Diez para suplicar clemencia —replicó Wolfram, iracundo—. No cuando sé a ciencia cierta que nada que yo hiciera podría haber evitado la muerte de Dieter von Khrennikov —tomó aire—. Solo puedo confiar en la verdad, y en que será suficiente. No obstante, si todo se tuerce y me consideran culpable… —hizo una breve pausa, sopesando qué decir a continuación—. Si puedo elegir, prefiero ser acusado de abatir a un virtuoso de la espada que de ser el juguete de uno.
—¿Y qué sucede con su Majestad? —contraatacó Günter—. ¿Has pensado en qué pasará con él si te declaran culpable?
Había estado tan concentrado en el ominoso momento en que tuviera que enfrentarse a los Diez —a Anissina— que no se había parado a pensar en el después.
Si… Cuando le decretaran culpable, ¿cuál sería su destino? ¿El destierro? ¿El resto de su vida en una mazmorra? ¿La horca? ¿El bloque de decapitación? Tal vez, si Anissina tenía algo que decir, fuera uno de sus venenos el encargado de llevarle al sueño eterno.
En el hipotético escenario de su ejecución, siempre había alguien que se interponía entre él y su verdugo. Su madre. Conrart. Incluso Gwendal, aun siendo el artífice de su juicio —dudaba que fuera capaz de conducirle al cadalso llegado el momento.
Y Günter había sacado a colación aquel que sin duda lucharía con más fervor para salvarle de tan horrible destino. Yuuri —sus buenas intenciones— estaban por encima de las leyes de hombres y mazoku. Le creía bien capaz de volar el castillo por los aires y llevárselo de allí cabalgando en sendos dragones de agua, sumiendo el territorio Spitzwerg en una lluvia perpetua como castigo.
El Maoh era así de melodramático. Formaba parte de su encanto.
—Yuuri nunca permitirá que me ejecuten —aseguró, su tono entre amargo y consecuente—. No obstante, tendrá que aceptar mi encarcelamiento… o destierro.
Dejó caer los hombros, los brazos colgando a ambos lados de su cuerpo como apéndices inútiles.
—Si te soy sincero, Günter, creo que es lo mejor que podría pasarle —reconoció—. Alejarse de mí es justamente lo que Yuuri debería hacer.
Günter le analizaba de forma crítica. Lejos de su carácter estridente, resultaba muy difícil adivinar sus pensamientos cuando adoptaba aquella expresión tan seria. No obstante, Wolfram creyó ver cierta lástima.
—Si ése es tu parecer, poco podemos hacer para defender tu inocencia —se lamentó.
—No debería ser necesario —replicó—. No maté a Lord Khrennikov de forma voluntaria.
—Estamos andando en círculos —advirtió Günter, frotándose los ojos con cansancio—. La verdad es solo aquella que uno es capaz de demostrar, y ahora por ahora no tienes nada.
Se puso en pie, alisándose la túnica con esmero. No hizo ademán alguno de recoger la montaña de manuscritos que había traído consigo: tal vez tenía la esperanza de que los leyera y cambiara de opinión.
—Gwendal y yo te apoyaremos. Imagino que también Stoffel y Waltrana. Pero quizá no sea suficiente. Según la ley, necesitas que al menos siete votos respalden tu inocencia para ser absuelto. Shinou nos bendiga si Gwendal consigue reunir siquiera a siete de los Diez. Y la voz de Lady Khrennikov valdrá el doble por ser la damnificada directa.
Las matemáticas no eran su fuerte, pero incluso a él no le salían las cuentas. Aunque Günter y sus familiares directos le apoyaran, no visualizaba un escenario tan favorable en que consiguiera los susodichos siete votos de confianza.
—Solo te queda confiar en un milagro.
Tomó aire y lo retuvo hasta el punto de resultar doloroso.
—Que así sea —sentenció con voz ronca.
Lord Christ le dedicó un gesto de cabeza, grave y cómplice al mismo tiempo. Giró sobre sí mismo con suma elegancia y se dirigió a la puerta tras la que sin duda había un par de guardias pegados a la madera.
—Una cosa más, Günter —le llamó en el último momento.
La mano del mazoku quedó suspendida en el pomo sin tocarlo.
—Si Yuuri intenta venir a verme, prohíbeselo.
Günter se había marchado hacía apenas una hora cuando un enérgico golpeteo resonó en la puerta. Wolfram, que había estado enfrascado en un viejo volumen sobre plantas medicinales, se incorporó de su postura repantingada contra la cama. Metió un dedo entre las páginas del libro.
—Márchate, Günter —advirtió en voz alta—: por mucho que insistas, no voy a…
La puerta se abrió sin la decencia de dejarle terminar la frase y una cabeza rubia se asomó al umbral. La fiera emoción en los ojos violeta le dejó traspuesto.
—Elizabeth… —murmuró, incrédulo, mientras se ponía en pie. El libro, a un lado, olvidado.
Ella avanzó hacia el interior, toda gracia y belleza inmaculadas. Incluso la luz cenicienta hizo relucir su cabellera rubia como si se reflejara en la superficie de un lago.
—Onii-san (1)…
Por enésima vez en aquellas veinticuatro horas que parecían interminables, se vio apresado en un abrazo del que no podía ni quería escaparse.
Su nariz acabó hundiéndose en la coronilla de Elizabeth. Como todo Spitzwerg que se preciara, olía a rosas y jazmines. Un perfume envolvente que él había aprendido a odiar. La presencia de la muchacha, sin embargo, elevó su ánimo de tal manera que incluso bloqueó su sentido del olfato. Inundándole de calidez y una añoranza reconfortante.
El abrazo se prolongó más de lo que a él le resultaba cómodo, así que se quedó laxo hasta que Elizabeth se separó por propia voluntad.
—¿Los guardias te han dejado pasar sin más? —inquirió.
Ella le dedicó una sonrisa torcida, incluso socarrona.
—Lady Cecilie ha movido los hilos para que me dejaran verte —reconoció—. Ya sabes que pocos hombres son capaces de negarle nada. Y a mí tampoco.
Sin esperar a su permiso, se dirigió a la cama a grandes zancadas y se sentó en la misma con los brazos cruzados. Llevaba un austero vestido escarlata, mucho más recatado de lo que sin duda estaba acostumbrada, que se le arremolinó entorno a los tobillos al dejarse caer.
Wolfram, por su parte, no sabía cómo reaccionar al tener a una chica sentada en su cama y con cara de malas pulgas.
Temía preguntar. Sin duda Elizabeth había oído los motivos de su reclusión. ¿Estaría enfadada, decepcionada con él?
Por suerte, la joven no permitió que se devanara los sesos durante mucho tiempo. Le ofreció su mejor perfil con un mohín en los labios rojos como cerezas.
—Me ofende que no me avisaran de tu llegada —reconoció—. Y que no hayas preguntado por mí en cuanto pusiste un pie en este lugar.
Wolfram experimentó un breve pero intenso sentimiento de culpabilidad. En honor a la verdad, el caos en el que estaba sumida su vida no le había permitido pensar en Elizabeth en los últimos tiempos. Apenas le había dedicado algún pensamiento melancólico en tres años, más centrado en los apacibles recuerdos de infancia que en la preocupación por su estado. Se retorció las manos, incapaz de sostenerle la mirada a la muchacha.
—Lo siento —se disculpó—. He sido un insensible.
—Eres un hombre —le corrigió Elizabeth, mirándole de soslayo con un único ojo violeta—. No se puede esperar más que una reiterada falta de tacto.
El comentario sonó tan "Anissina" que Wolfram estaba por perjurar que la joven era admiradora de las rocambolescas aventuras literarias de Lady Khrennikov.
—Todos te dábamos por muerto —continuó Elizabeth—. Guardé luto por ti, Wolfram. Aunque una parte de mí quería creer que seguías con vida, era difícil mantener la esperanza.
Se volvió hacia él. En el caprichoso e impredecible crecimiento de los mazoku, además de un ligero crecimiento en estatura los rasgos de la joven eran sensiblemente más afilados que la última vez que la viera.
—Desconozco lo que te ha sucedido, pero veo en tus ojos que ha sido terrible —musitó, voz quebradiza.
Las pálidas manos se apretaron contra la falda.
—¿Es cierto? —probó—. ¿Asesinaste a Lord Khrennikov?
Supuso que su negativa sería confirmación suficiente. Elizabeth tomó aire, sin parpadear ni despegar la mirada de él.
—Debías tener un buen motivo —sentenció, encogiéndose de hombros.
La afirmación fue tan inesperada que sus ojos se abrieron como platos.
—¿Vas a creerme por las buenas?
Elizabeth clavó la mirada en la suya. Su dedo índice jugaba a enredar un tirabuzón que le pendía sobre el hombro.
—Nunca podría creer que asesinarías a alguien a sangre fría —aseguró con aire casual—. Sencillamente… no está en tu naturaleza.
Por mucho que quiso echar por tierra su argumento (después de todo, Elizabeth solo hablaba desde la fe ciega, desde el recuerdo prístino de su lejana infancia), las palabras de réplica no llegaron a exteriorizarse. Era demasiado tentador aceptar sin más la confianza incondicional de una de las primeras personas con las que había compartido un lazo auténtico.
Ladeó la cabeza sobre un hombro, sintiéndose más cansado que nunca en su vida. Había estado en una tensión constante en las últimas horas, su mente trabajando a toda velocidad aun cuando intentaba evadirse de su espantosa realidad. Fingiendo entereza cuando cada paso que daba era como caminar sobre suelo inestable.
—No espero salir bien parado de esta, Elizabeth —reconoció—. Lo más probable es que acabe desterrado.
Ella se puso en pie en un abrir y cerrar de ojos, y Wolfram sintió su mano cálida contra su mejilla.
—No permitiré que nadie te haga daño —garantizó Elizabeth con fiereza—. No ahora que has vuelto con nosotros. Si se da el caso de tu destierro, ten por seguro que siempre encontrarás un hogar en las tierras de mi familia.
Aunque la idea de Elizabeth enfrentándose a todos Shin Makoku espada en mano para protegerle gozaba de cierta épica, no se permitió mecerse en ella.
—Conoces la ley —le recordó en tono fúnebre—. Cualquiera que ayude a un desterrado, será acusado de cómplice.
Elizabeth respondió a su réplica llevándose las manos a las caderas en actitud chulesca.
—El Maoh no te negará su ayuda, así que será gracioso ver cómo acusan al Rey Demonio de ayudar a un exiliado —comentó con una sonrisa maliciosa.
—Si Yuuri sabe lo que le conviene, no interferirá en este juicio —replicó Wolfram.
La respuesta fue una sonora risotada, sardónica y cargada de incredulidad. Nunca hubiera imaginado que un sonido tan irreverente pudiera manar de los labios de su amiga de infancia.
—¿Qué? —le espetó en un gruñido.
Elizabeth se recompuso lo justo para mirarle con un ojo entornado y una sonrisa zorruna.
—No le has visto desde que te arrestaron, ¿verdad?
Su cuerpo reaccionó de una manera que no esperaba: con un repentino sonrojo que incendió sus mejillas y estranguló su respiración en el pecho.
—No —reconoció.
—Yo sí, y puedo decirte que está hecho polvo —reveló Elizabeth. Su tono era menos trascendente de lo esperado, como si solo estuviera compartiendo con él un cotilleo—. Totalmente destrozado. Créeme, Wolfram —prosiguió, poniéndose en pie y alisándose la falda antes de acercarse a él—: si hay algo que su Majestad pueda hacer para salvarte, lo hará sin pestañear. Sin importar las consecuencias. Es ésa clase de persona.
Contra su voluntad, sin que una fibra de su ser pudiera controlarlo, las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba en un gesto soñador.
—Sí lo es —coincidió.
Tras casi una hora inclinado sobre el escritorio, Yuuri se hizo hacia atrás en la silla y emitió un largo suspiro. Los dedos manchados de tinta eran un pequeño precio a pagar por la reconfortante satisfacción que sentía.
Cerró el sobre y estampó en cera el sello real (¿lo había mantenido Günter todo aquel tiempo? Quién sabe…).
El nudo en el estómago volvió a estrangularle el ánimo con rapidez al hacer un rápido repaso a la misiva para Greta. Tenía la sensación de que había llenado líneas y líneas de palabrería intrascendente, indudablemente emotiva pero encaminada a seguir manteniendo a su hija en una burbuja.
Era una chica lista: sin duda notaría que le ocultaba una gran parte de la verdad.
No tardaría en percatarse de lo muy por encima que había mencionado a Wolfram. Una de las primeras líneas de su escrito aseguraba que Wolfram estaba a salvo con él en el Castillo Spitzwerg, pero no tenía manera de justificar por qué él mismo no había incluido algo de su puño y letra.
Hizo danzar la mirada por sus alrededores, meditabundo. Le habían cedido una pequeña habitación que contaba con un escritorio con una silla junto a la cama. Le recordaba más a su cuarto de toda la vida en Japón que a la fastuosa estancia que compartía con Wolfram en el Pacto de Sangre.
Cortó aquel hilo de pensamientos, porque irremediablemente conducirían a la cama con dosel, a la almohada con olor a girasoles y al camisón rosa de seda.
Necesitó varios minutos para reunir el valor de ponerse en pie y salir al pasillo.
Günter surgió de la nada en cuestión de segundos. Sin duda había aguardado fuera para no importunarle. Tres horas no parecían importar demasiado para Lord Christ si eso significaba estar lo más cerca posible del Maoh sin resultar indecente.
—La carta para Greta —anunció, tendiéndole la misiva. Se ruborizó—. Tiene cuatro páginas. Casi cinco, en realidad. Espero que el pájaro la lleve sin problemas.
—Se enviará por la mañana, por mar —confirmó Günter, tomando la carta y guardándola entre sus ropas.
—¿Por mar? ¿Y eso es seguro? —inquirió Yuuri, ceñudo.
—Sigue habiendo canales seguros para transmitir información de un lado a otro —corroboró Günter—. Yozak no es el único con la habilidad para circular por todas partes sin levantar sospechas: ciertos navegantes están dispuestos a recibir una generosa cuantía con tal de llevar mensajes a nuestros aliados. Aún existe un puerto seguro al norte de Grantz: de ningún otro modo hubiéramos podido mantener un contacto regular con nuestros aliados.
—Mmm…
No era la respuesta más elocuente, pero tampoco se sentía con ánimo de asimilar todos aquellos detalles geopolíticos. Decidió saltar a un tema menos agresivo y alto más significativo para él.
—He intentado ir a ver a Wolfram, pero los guardias me han prohibido el paso —comentó con aire preocupado—. Dos veces. ¿Crees que Gwendal les ha ordenado que no me dejen pasar?
Günter se tensó a su lado, descoordinando uno de sus pasos. A Yuuri no le pasó desapercibido.
—¿Günter? —inquirió, deteniéndose.
El susodicho tuvo la decencia de sostenerle la mirada mientras hablaba.
—En realidad, Majestad, él mismo ha pedido que no os permitamos verle.
La nueva información cortocircuitó sus funciones cerebrales. De todas las razones por las que sus intentos de ver a Wolfram habían fallado, aquella era la última que hubiera esperado.
—¿¡Qué!? —exclamó—. ¿¡Por qué…!?
Sus emociones viraron rápidamente del desconcierto a la indignación y después a un miedo atroz. Wolfram había disuelto su compromiso, después le había esquivado deliberadamente. Sentenciar que no deseaba verle era el último paso en una progresión vertiginosa hacia la catástrofe.
—Lord Bielefeld se niega a defenderse —le confió Günter—. Sospecho que teme que le persuadáis de lo contrario si tenéis la ocasión.
Yuuri parpadeó muchas veces en sucesión rápida.
—¿Cómo que se niega a defenderse?
—Le propuse una estrategia de defensa que rechazó de forma tajante —elaboró Günter, el ceño fruncido—. En mi opinión, conmover a los Diez con un relato lo suficientemente sobrecogedor haría que Lord Bielefeld se ganara su favor. Pero él se niega en rotundo a aportar detalles de su cautiverio.
La última afirmación ofreció la pieza que faltaba en el extraño rompecabezas.
¿Pero cómo explicárselo a Günter? ¿Cómo hacerle entender que la reticencia de Wolfram solo obedecía a un furioso instinto de autoprotección? Ya había ido muy lejos al confiarle a Conrart los escabrosos detalles del cautiverio de su amigo: no estaba dispuesto a traicionar la confianza de Wolfram una segunda vez.
—Previsiblemente, Lord Bielefeld está dispuesto a morir antes que mancillar su honor —concluyó Günter.
—¿Morir?
La palabra serpenteó en su cráneo como una corriente eléctrica. La ya conocida opresión en el pecho regresó con redoblada fuerza.
—¿Cuál creéis que es el castigo por el asesinato de un noble? —inquirió Günter.
Era una pregunta retórica.
—¿Te refieres a…? —se atragantó sin poder terminar.
—En otros tiempos, sería la horca —apostilló Günter—. Podéis esperar que algunos lo exijan en el fervor del debate; pero dado que no se ha ejecutado a nadie desde los tiempos de antes de Lady Cecilie, me decanto por creer que Lord Bielefeld se enfrenta al destierro, con todo lo que ello implica.
Le dedicó una mirada significativa, pero su mueca de desconcierto fue de lo más expresiva. Sin duda Günter empezaba a dudar de su éxito como educador.
—La prohibición de por vida de pisar cualquier territorio mazoku —especificó Lord Christ—. La imposibilidad de recibir ayuda o asilo de cualquier ciudadano de Shin Makoku. Incluso de su propia familia.
¿No era eso lo que habían hecho con Huber? Alejándolo a la fuerza de todos, obligándole a emprender acciones de dudosa legalidad para recuperar su honor… con el consabido resultado.
—No… No puede ser…
Para alguien como Wolfram, tan fácil de reconocer, sería una condena a muerte. Solo no sobreviviría en territorio enemigo, y menos con los hombres de Seiffert buscándole por cada palmo de terreno conquistado.
—¡No voy a permitirlo! —chilló, un fervor creciente despertando en su voz—. ¡Wolfram es inocente, y los Diez deben saberlo!
Günter le observó con una mixtura de lástima y empatía, actitud recurrente ante sus sugerencias inconscientes.
—Ni siquiera vos estáis por encima de la ley, Majestad —le recordó Lord Christ—. Y debéis tenerlo presente si queréis evitar una insurrección de parte de los Aristócratas.
Günter había dado vueltas —muchas— sobre una sencilla idea hasta conseguir que lo comprendiera. Entendió entonces que Gwendal había intentado lo mismo: que ambos, desde sus respectivos métodos opuestos, habían tratado de disuadirle de una actitud concreta.
—¿Insinúas que debo aceptar lo que sea que los Diez decidan si no quiero provocar una revuelta?
La sola idea le dio dolor de estómago. Traicionaría todos sus principios, segándolos como si no valieran nada.
—Me temo que es exactamente lo que eso significa —aclaró Günter en tono sombrío.
Esa noche, cuando Wolfram llevaba un rato balanceándose en el límite entre el sueño y la vigilia, la puerta se abrió con estruendo. Había estado sentado en el sillón junto a la ventana, cabeceando, pero igual que el resto de habitaciones colindantes su descanso acababa de verse perturbado.
Echó una mirada a sus espaldas. En la penumbra, distinguió a Yuuri dirigiéndose hacia él con sus ropas negras. Se puso en pie, esbozando una anticipada mueca de frustración: ¿acaso no había dejado claro que no quería que Yuuri le viera?
Se congeló, percibiendo en un parpadeo que algo no iba bien. El joven que se dirigía hacia él caminaba con un aplomo inusual en el torpe Maoh medio-humano que conocía.
Solo cuando lo tuvo encima reconoció las pupilas verticales, contraídas hasta ser poco más que rendijas en la inmensidad oscura.
—M-majestad —alcanzó a balbucear.
No consiguió emitir ningún sonido más, pues una mano se cerró sobre su cuello y le empujó hacia atrás. Trastabilló con sus propios pies, retrocediendo con dificultad hasta que su espalda chocó contra la pared. La mano en su yugular no solo no se aflojó, sino que los dedos se cerraron con renovada firmeza entorno a su garganta.
—Lord Christ afirma que te niegas a defenderte —le acusó el Maoh—. Exijo saber por qué.
"Estúpido Günter. Cotilla metomentodo…". La retahíla mental de apelativos era interminable.
Analizó el rostro del Maoh, los ojos fijos sin parpadear, la mandíbula tensa y las fosas nasales dilatadas. No se dejaría amilanar, incluso aunque el que le tuviera retenido fuera un dios iracundo.
—No me niego a defenderme —le corrigió—. Sencillamente no estoy dispuesto a usar los métodos que él sugiere.
La proximidad del Maoh le alteraba, llevando sus sentidos a flor de piel. Estaban más cerca de lo que se consideraría adecuado, decente. Sin duda el otro no se había percatado de la rodilla que había colocado estratégicamente entre sus piernas (o, más probablemente, le traía sin cuidado). Notaba su olor desde allí (más bien se bañaba en él), a fruta y algo más básico que no identificaba. No podía describir con palabras lo que todos aquellos factores le hacían a su organismo.
Las viejas costumbres nunca mueren.
—Si tu intención de guardarte la verdad es firme, tendré que contarla yo por ti —sentenció el Maoh tras un largo e incómodo silencio.
Wolfram necesitó unos segundos para desembarazarse del magnetismo primitivo que exudaba el otro y comprender las implicaciones de sus palabras.
Un miedo repentino le paralizó, insuflando una tensión dolorosa a todas sus extremidades. Empezaron a temblarle las rodillas y la mano que rodeaba la muñeca del Maoh. Negó lentamente sin despegar los ojos de los de su rey.
—Es una argucia —aseguró—. No os atreveríais… Nunca me haríais algo así.
No sabía si le estaba hablando al Maoh, a Yuuri o a los dos. A quien quiera que le escuchara, en realidad.
—Ten por seguro que lo haré si tengo que elegir entre tu vida o tu honor —fue la aplastante respuesta.
El Maoh se inclinó más sobre él, hasta que su aliento le acarició la mejilla. Wolfram tragó saliva en una mezcla de temor y anticipación.
—Tu honor me trae sin cuidado —aseveró el Maoh—. Esa no es más que una palabra vacía, una que nada tiene que ver con los actos de cada individuo.
El cuerpo de Wolfram dio un respingo cuando notó varios dedos deslizarse con parsimonia por la línea de su mandíbula. El roce, aún etéreo, le erizó el vello de todo el cuerpo.
—Sin embargo, tu vida me es muy preciada —reconoció el Maoh. Sus ojos estaban fijos en algún punto situado entre su nariz y labios—. Soy incapaz de comprender que la valores tan poco.
La mano que tenía entorno a la muñeca del Maoh se aflojó hasta caer a su costado. Dejó caer la cabeza hasta que su frente rozó la barbilla de Yuuri.
—Levantarme de esa cama la primera mañana fue lo más duro que he tenido que hacer jamás…
No osó mirarle a la cara, comprobar qué reacción esgrimía ante sus palabras.
—Pero fue peor tener que hacerlo una segunda. Y una tercera, y una cuarta… —prosiguió, su voz apenas un hilo—. Y así hasta perder la cuenta. Hasta que asumí que aquella iba a ser la norma el resto de mi vida.
Un sollozo quebró su discurso. Notó su rostro tensarse, pugnando por mantener bajo vereda unas lágrimas incontenibles.
—Ya lo sabe demasiada gente… —balbuceó—. Por favor, Majestad… Permitidme retener aunque sea una pizca de dignidad.
Esperaba una réplica grandilocuente, juiciosa, echando por tierra su pobre y emocional argumento.
Lo que no podía haber previsto fue el roce suave —fresco—, una presión gentil, contra sus ojos cerrados.
Pestañeó, incrédulo. Eran los labios del Maoh lo había sentido sobre los párpados.
—No imaginas lo que me hace verte llorar —susurró éste.
El aliento de Yuuri acarició la piel húmeda de sus párpados.
—No te obligaré —garantizó el Maoh—. Pero no prometo no tomar medidas si el curso de los acontecimientos escapa a mi control.
Onii-san: "hermano mayor", de forma cariñosa.
