Volví :D

Este capítulo iba a ser el más corto de todo el fic y ha acabado siendo el más largo de calle. Un clásico :o

Pero antes de pasar a la acción, debo comentar una cosa que he descubierto hoy mismo.

Resulta que mirando fanarts (otra de mis aficiones infinitas), he topado con UNO INSPIRADO EN MI FANFIC. AY LA MADRE!

En concreto en la escena entre el Maoh y Wolfram del inicio del capítulo 6. Lo podéis encontrar en la página de tumblr de lunazero12-fanart.

¡GRACIAS, lunazero12 (seas quien seas y estés donde estés)! Nunca, JAMÁS, hubiera imaginado que algo que escribiera sería capaz de inspirar una belleza como esta. ¡Alabados seáis los que tenéis el don del dibujo, porque no es mi caso!

Y gracias de nuevo a todas las hermosas personas que leen y comentan. Como publico de uvas a peras (duh) ya no recuerdo a quién he contestado y a quién no. Siempre he sido un puto desastre y dudo que cambie ya :p

Sin advertencias especiales en este capítulo.


13

Gerichtsverfahren

Juicio


Wolfram pestañeó varias veces, a medio camino entre sueño y vigilia, cuando un ruido repetitivo e insistente inundó la habitación. Resquebrajando la monotonía de una noche por lo demás agitada en el plano emocional.

Era noche cerrada, así que sus ojos necesitaron unos largos segundos para empezar a definir las formas de la habitación. La pequeña bóveda que había creado con el edredón de plumas estaba agradablemente cálida, así que tuvo que batallar mucho consigo mismo para desembarazarse de aquel calor y levantarse a averiguar qué le había despertado.

Al caer la noche había movido un viento feroz, con fuertes rachas que golpeaban las ventanas y llevaban a los árboles del jardín a arañar el exterior del cristal. El sonido que le había despertado, no obstante, gozaba de un ritmo iterativo que delataba un origen distinto.

Caminó hacia la ventana, con ceño más y más fruncido. Sin pensárselo demasiado, descorrió las cortinas.

Se dio un susto de muerte cuando sus ojos registraron el rostro de Yuuri pegado al exterior del cristal, su mano suspendida en un amago de nuevo golpeteo. Dio un instintivo salto hacia atrás.

—¿¡Qué diablos haces aquí!? —gruñó con una mano en el pecho.

Era una pregunta literal. No imaginaba cómo Yuuri había conseguido trepar hasta aquella altura sin partirse la crisma.

La expresión del otro, asido de forma precaria al exterior del ventanal, era ligeramente culpable. Su aliento empezaba a empañar el exterior del vidrio.

—¿Me abres? —gesticuló—. ¿Por favor?

Wolfram valoró efímeramente dejarle fuera, colgando como un grotesco murciélago congelado para que todo el que pasara le viera. Al final, sin embargo, descorrió el cerrojo de la ventana y dejó que el viento helado se colara en el interior.

Yuuri se acuclilló en el alféizar y saltó al interior, aterrizando con más elegancia de la que Wolfram había esperado.

—¿En qué demonios estabas pensando, Yuuri? —le regañó—. ¿Consideras que morir trepando un muro es un final digno de aparecer en tus memorias?

Yuuri tenía las mejillas arreboladas por el frío y los labios ligeramente azules. Había retirado los últimos restos de tinte de su cabello, así que éste volvía a ser del negro brillante que tanto envidiaban los mazoku.

Y que Wolfram deseaba tocar con todas sus fuerzas.

—Tenía que verte —dijo como única justificación—. Antes de… —tragó saliva—. Los guardias no me dejaban entrar de ninguna manera, así que tuve que improvisar.

Wolfram observó su expresión autosuficiente, pagada de sí misma, como si contemplara una criatura mitológica. ¿En serio la alternativa escogida era trepar una pared hasta un tercer piso y llamar a su ventana?

—No tengo palabras —admitió.

Yuuri se encogió de hombros y sonrió con fingida inocencia. Un simple vistazo a tan adorable expresión aceleró su pulso y arremolinó el calor en sus mejillas.

—¿Cómo estás? —preguntó Yuuri, súbitamente serio. Ansioso, más bien.

Wolfram se cruzó de brazos, ciñendo la camisa del pijama entorno a su cuerpo.

—Más sereno de lo que esperaba —reconoció—. Quiero que todo esto termine de una vez, sea cual sea el resultado.

Yuuri inclinó la cabeza y se humedeció el labio inferior, al parecer desconcertado por su respuesta. ¿Qué había esperado? ¿Que rompiera a llorar?

Como si no le conociera…

—Conrad y Yozak han discutido —dijo al cabo de unos largos segundos. Obviamente desesperado por cambiar de tema.

—¿Qué pasó? —preguntó Wolfram, sorprendido.

—Conrad le acusa de confabular con Gwendal a sus espaldas —reveló Yuuri—. La cosa se puso fea. Dijeron cosas. Peores incluso que… cuando el miasma. Al final, tuvieron que separar a Conrad de él.

La manera de formular la frase llamó poderosamente la atención de Wolfram.

—¿Solo a Conrart? —indagó.

—Yozak no parecía tener mucho interés en ganar la disputa —explicó Yuuri, particularmente turbado por el hecho—. Y tiene un bonito ojo morado y un labio partido para demostrarlo.

Wolfram expulsó el aire por las fosas nasales, sabiendo a dónde conducía aquella conversación.

—Sé que te cuesta aceptarlo, pero tanto Gwendal como Gurrier han hecho lo que debían —murmuró—. No quisiera que nada de esto afecte a tu relación con ellos. Ni mucho menos a algo tan duradero como Conrart y Gurrier.

Yuuri pareció aceptar su postura de buen grado, lo cual le sosegó al menos en parte.

Conrart y Yozak habían sido una especie de unidad, una constante desde que su memoria empezara a ser sólida. Recordaba perfectamente el día que su hermano —Weller, en aquellos tiempos— había regresado de uno de sus viajes trayendo consigo al desnutrido adolescente del llameante cabello rojo.

Wolfram solo había sido un niño por aquel entonces, pero le había ganado la absoluta transparencia de Yozak. Alguien que no se veía en la necesidad de fingir algo que no era. A diferencia de Conrart.

O así lo veía él, en su estupidez infantil.

Observándoles interactuar había aprendido mucho sobre la verdadera amistad, sobre lo cerca que podían llegar a estar dos personas. Las sonrisas cómplices, las interminables tardes practicando con las espadas hasta que tenían barro en las cejas. Las largas tertulias bajo las estrellas con una botella compartida como compañera.

Y entonces había visto la mirada de Yozak aquel día. Cuando Julia le regalara a Conrart el famoso colgante. La mixtura imposible de desolación y rencor. Y había comprendido que Conrart era un experto en romperle el corazón a los que tenía cerca.

Le dolía de una forma insospechada que una historia tan imperecedera como aquella —con un largo futuro por recorrer— fuera a terminar por su culpa.

—Deberías marcharte, Yuuri —sugirió en un susurro—. Mañana será un día largo para todos.

Yuuri le miró con absoluta desolación, como si acabara de comunicarle una noticia nefasta. Sus ojos eran enormes y muy negros en la penumbra de la habitación. Era lo más bello que había visto nunca, y su pulso se apresuró en consonancia.

Yuuri alargó la mano y le apretó la suya por encima del puño de la camisa. Su pulso temblaba.

—Ojalá pudiera ahorrarte todo esto… —deseó en voz alta—. Créeme, Wolfram… Nunca he querido nada con tanta fuerza.

Antes de que Wolfram pudiera reaccionar, Yuuri eliminó la distancia entre ambos y le abrazó. Fue envuelto por una nube de olores distintos: lluvia, océano, canela, cuero y algo frutal.

Por inercia, Wolfram levantó ambos brazos y los cruzó tras su espalda. Su piel era caliente incluso a través de las capas de tela que les separaban.

—Todo saldrá bien —aseguró Yuuri contra su oído. Su voz sonó estremecida, intercalada con breves sollozos—. Ya lo verás.

Wolfram cerró los ojos, inspiró y se permitió unos segundos de autoengaño.


El día acababa de empezar y Gwendal ya tenía un titánico dolor de cabeza gestándose en sus sienes.

Seguía sin recibir respuesta de Lord Gyllenhaal. Diez días antes había conseguido convencer a Stoffel de enviar un escuadrón conjunto de Voltaire y Spitzwerg a proteger las tierras de Gyllenhaal. A aquellas alturas, las noticias de vuelta deberían haber llegado a Spitzwerg, ya fuera del noble en cuestión o de alguno de sus hombres anunciando la resolución del movimiento. Unos días después, había convocado a Lord Gyllenhaal o a alguno de sus representantes al juicio de Wolfram.

El resultado había sido el mismo. Un silencio inquietante.

Lo mismo podía decirse de Lord Wincott. Y, si era sincero consigo mismo, dicha ausencia le era más preocupante. Porque no había cabido en sí la duda de que Del Kierson, influenciado por el gentil y magnánimo Odile von Wincott, apoyaría la inocencia de Wolfram una vez escuchara su testimonio. Ambos poseían muchas de las cualidades que habían hecho tan especial a Suzanna Julia.

Al menos sí había recibido respuesta de Valtrana, aunque en honor al protocolo solo Günter podría abrirla llegado al momento, ante los ojos de los Diez. La prudencia nunca estaba de más ante perspicaces aristócratas.

Y hablando del diablo…

Quince minutos antes se había reunido con un malhumorado Radford y una no más amigable Rochefort. Habían llegado durante la noche cerrada, juntos, por lo que Gwendal solo había sabido de su presencia cuando uno de sus hombres le había informado justo después de despertar.

Muy lejos de lo que uno espera encontrar al regresar de entre los sueños. Tras casi diez minutos enzarzados en una discusión que no conducía a ninguna parte, había cedido los asuntos protocolarios a Günter y se había dirigido al tercer piso del ala sur.

El gesto de los guardias era grave cuando le dejaron entrar en la última habitación del corredor. Casi pareciera que le estaban dando el pésame sin palabras.

Wolfram estaba sentado en la cama, las manos entrelazadas apoyadas en sus rodillas. Pálido y ojeroso, pero con expresión firme. Sobre la mesa había una bandeja con un sencillo desayuno, aunque era evidente que ni lo había tocado.

Cuadró los hombros cuando él entró, adoptando una postura erguida. El perfecto hombrecito, inquebrantable ante las adversidades. Sin dejar que notaran ni un atisbo de debilidad.

—¿Es la hora? —preguntó. Su voz carecía de ansiedad.

—No aún —respondió Gwendal, avanzando hasta detenerse a unos tres metros de su posición—. Valtrana no asistirá. No obstante, ha hecho llegar su resolución.

Wolfram asintió levemente. Sabía mejor como para preguntar el sentido del voto de su tío.

Gwendal le analizó de los pies a la cabeza. Ya estaba vestido, y al menos había intentado peinarse. Había elegido un atuendo anodino, de colores apagados, que disimulaba la largaría de sus extremidades.

En otro tiempo hubiera escogido sus mejores galas, una manera pretenciosa e ingenua de intentar impresionar a los Diez. De esgrimir su sangre noble como si fuera su mejor baza y el motivo para librarse de cualquier acusación.

—¿Por qué estás aquí, Gwendal? —preguntó de pronto.

Las palabras no salieron. Su voz surgiría rota, una indigna muestra de flaqueza que no se había permitido desde que abandonara la infancia.

En su lugar, se arrodilló hasta estar al mismo nivel que Wolfram. Levantó una mano: seguía siendo gigantesca en contraposición a la rodilla de Wolfram, aunque éste ya no fuera un niño ni lo había sido en décadas. Sostenerle la mirada era una de las cosas más duras que había hecho jamás, en especial porque él había sido el principal artífice de su situación.

—Solo espero que puedas perdonarme algún día —musitó.

Wolfram pareció meditar su respuesta unos —largos— segundos, pero al final una brevísima sonrisa agitó sus comisuras.

—Has hecho lo que debes —aseguró—. No hay nada que perdonar. No te culparé sea cual sea el resultado.

En cierta manera, para Gwendal hubiera sido más desagraviante que le gritara, que le amenazara. Que se enfrentara a él como en su más salvaje adolescencia. Que le gritara a la cara en un desproporcionado estallido de descontrol emocional.

Una vaga señal de que aún quedaba algo del indomable joven que les había llevado de cabeza durante décadas. De que su cautiverio no había matado lo más genuinamente Bielefeld en él.

—Lo único imperdonable que has hecho ha sido abrir una brecha entre Conrart y Yozak —añadió Wolfram.

Gwendal hubiera jurado que acababan de formársele unas cuantas arrugas más en el ceño.

Cómo no. El Maoh había ignorado a todo y todos, burlado la vigilancia quién sabe cómo, para reunirse con Wolfram.

—Ha estado aquí, ¿verdad? —sugirió, aunque ya sabía la respuesta.

—Conoces a Yuuri —repuso Wolfram—. No hay nada lo bastante insensato o imposible como para que no lo intente.

La contrariedad en su rostro debía ser notable, porque Wolfram se inclinó hacia adelante con una mueca zorruna.

—¿Vas a ponerte en plan super-protector porque un hombre se haya colado por la noche en la habitación de tu hermano menor?

Gwendal le miraba como si acabara de nacerle un tercer brazo.

—No bromees —le recriminó—. Hace que parezca que nada de lo que está sucediendo te importa.

Wolfram rio, una risa desapasionada y amarga. Un sonido terrible.

—Sí me importa, Gwendal —replicó—. Mi maldito futuro está en juego. Pero coincidirás conmigo en que no sirve de nada lamentarse. Si los Diez esperan juzgar a un niño deshecho en llanto, van a llevarse una decepción.

La respuesta le dejó traspuesto, porque había pronosticado una explosión de cólera, una destrucción que incluyera mobiliario hecho añicos y tal vez algún tapiz humeando. Desde luego, no había previsto aquel despliegue de entereza y sobriedad.

¿Cuándo había madurado tanto? ¿Cuándo había dejado de ser el niño caprichoso para convertirse en un hombrecito tan digno?

¿Cómo podría conducir a alguien así al cadalso?

Hubiera querido decirle mil palabras reconfortantes. Abrazarle, ser un último escudo entre él y el mundo que quería comerle vivo. Pero Wolfram —Lord Bielefeld— no iba a aceptarlo.

Se puso en pie y cruzó las manos tras la espalda. Allí no había pasado nada.

—Vendrán a buscarte una vez los Diez estén reunidos —anunció.

Wolfram le dedicó una sonrisa trémula que no alcanzó sus ojos.

—Aquí estaré.


Yuuri aplastó su cabello contra el cráneo en un vano intento de parecer más presentable.

Se había colocado una capa de terciopelo azul sobre los hombros, cerrada con un broche de oro y rubíes; una versión más ostentosa de la que solía lucir en los actos oficiales en el Pacto de Sangre.

Sin duda un presente de Stoffel. Lord Spitzwerg parecía convencido que cubrirle de regales iba a granjearle un favor especial. Yuuri no sabía cómo sentirse al respecto más allá de abrumado.

Tras un impecable afeitado y vestir una chocante reproducción de su traje oficial negro, poco más podía hacer para aparecer frente a los Diez con un aspecto decente. Las descomunales ojeras no tenían solución. Tampoco la palidez en las mejillas y los párpados caídos que denotaban la escasa calidad de su descanso.

Permaneció unos largos segundos contemplando su reflejo. Mirando a través de él, en realidad. Elevó la barbilla y se observó por un ángulo distinto.

¿Qué verían en él cuando le miraran? ¿Un rey? ¿Un niño?

Seguía siendo más lo segundo que lo primero. Escuálido, diminuto. Insignificante en aquel mundo despedazado por la guerra.

Muy a menudo se sentía incapaz de ver la grandeza que Wolfram, Conrart, Murata —Shinou— parecían apreciar en él. Si es que alguna vez había estado allí.

Un par de golpes en la puerta le sacaron de su ensimismamiento, y a duras penas contuvo el saltito que dio sobre ambos pies.

—¡A-Adelante…!

Conrart se asomó a la puerta, sin entrar. Su aspecto impecable, uniforme y espada al cinto, engañaría a cualquiera que no le conociera y supiera apreciar el deje alicaído en sus rasgos, la tensión en su ceño.

—¿Estáis listo, Majestad?

Yuuri a punto estuvo de soltar una carcajada, aunque su corazón se sintiera oprimido, porque un pedazo tan negligente de cotidianeidad era lo mejor que podría haberle pasado en un día como aquel.

—Es Yuuri, Conrad —replicó, por inercia—. Lo sabes perfectamente.

La sonrisa murió rápidamente en sus labios. ¿Cómo podía mecerse en aquel reducto de familiaridad cuando su mejor amigo se enfrentaba a una condena definitiva? ¿Tenía el derecho a aferrarse a tan reconfortante momento cuando Wolfram estaba aguardando ser juzgado por los Aristócratas, poniendo su vida y su liberad en sus manos?

Tragó saliva.

—Vamos —anunció.

Pestañeó en sucesión rápida antes de salir para que nadie viera el brillo húmedo en sus ojos.

El breve recorrido fue como si él mismo se dirigiera al cadalso. Desconocía a dónde le conducía Conrart, pero apenas se cruzaron con nadie. Las pocas personas con las que coincidieron, miembros del servicio en su mayoría, le regalaron expresiones sombrías y gestos de empatía.

El Maoh iba a asistir al juicio de su prometido. Iba a ser testigo de las acusaciones que iban a verterse sobre el que estaba destinado a ser su consorte.

Fuera cual fuera el resultado, sería la comidilla de todo el país durante meses.

En una encrucijada en concreto, Gwendal se les unió. Apenas dedicó un asentimiento a Conrart y se puso a caminar a su lado en completo silencio. Yuuri dedicó una mirada alternativa a ambos antes de volver a fijarse en el dibujo del suelo reluciente bajo sus pies.

La tensión entre ambos hermanos aún era patente, aunque los dos se esforzaban a su manera por no demostrarlo. No les había visto interactuar ni una vez en aquellas dos semanas y, en realidad, casi lo prefería (si el antecedente de Conrart y Yozak servía de algo).

Siendo francos, Conrart no parecía tolerar aquellos días la presencia de nadie que no fuera él. Lejos de sentirse honrado, era una clara manifestación de la difícil situación en la que se encontraban.

—¿Has hablado con los Diez? —preguntó al final, ansioso—. ¿Votarán por la inocencia de Wolfram?

Gwendal aguardó un tiempo tan largo para responder que Yuuri llegó a pensar que nunca iba a hacerlo.

—No puedo hablar por mi voto antes de tiempo, ya que podría considerarse unortodoxo, pero aseguraría que Günter y Lord Spitzwerg votarán por su absolución —concedió.

—Eso me… sorprende, viniendo de Stoffel —reconoció Conrart.

—¿Por qué? —inquirió Yuuri—. Es su tío. ¿No es lo… lógico? —habían visto, al igual que él, a Lord Spitzwerg abrazando efusivamente a Wolfram a su llegada—. No imagino a Stoffel votando su culpabilidad.

Los dos hermanos intercambiaron la primera mirada cómplice desde que Yuuri estaba en aquel castillo.

—Stoffel ha virado de opinión en muy poco tiempo —reveló Gwendal, sin detenerse—. En concreto, desde que llegó a sus oídos que Wolfram te salvó en las cumbres de Nimander. Apenas unos días antes, estaba dispuesto a sentenciarle sin juicio previo.

Yuuri se mentiría a sí mismo si negara que no le sorprendía. No consideraba a Stoffel mala persona —muy pocos lo eran en su haber—, pero había visto de primera mano la tensión manifiesta para con sus sobrinos.

Como con tantas otras cosas, Wolfram había sido el primero en hablarle sin tapujos sobre Stoffel. En aquel momento, prácticamente le responsabilizó de la infame Guerra que había asolado el país veinte años antes. Al parecer una postura que compartía con Gwendal.

Desde su experiencia, Stoffel había resultado ser un tipo bastante inofensivo. Apenas había dado problemas desde que le pusieran los puntos sobre les íes y le confinaran a Spitzwerg, reclusión que el propio Yuuri había levantado con el tiempo cuando fue evidente que no iba a intentar nada demasiado frontal contra la corona o sus sobrinos.

Tomó aire varias veces para que aquella progresión de pensamientos se parara en seco. Lidiaría con Stoffel y su voluble personalidad en otro momento; por entonces, le valía con que votara por la inocencia de Wolfram.

—Bueno, tampoco le declararán culpable, ¿verdad? —preguntó en voz alta, intentando restar hierro a la situación.

A su despreocupada pregunta siguió un silencio denso, solo roto por el sonido de las suelas de los tres avanzando por el pasillo. Miró a su padrino con una ansiedad enfermiza oprimiéndole la caja torácica.

—¿Verdad, Conrad?

—No estés tan seguro —intervino Gwendal, su tono aparentemente glacial—. Dadas las circunstancias del caso, el voto de Anissina valdrá el doble que el del resto de nobles. Ahora que su padre ha muerto y que su hermano ha sido dado por desaparecido, Anissina es la cabeza de la familia Khrennikov. Te garantizo que Wolfram sólo se librará de la condena si ella declara que confía en su inocencia.

—¿Y qué problema hay? —sugirió Yuuri con una sonrisa nerviosa—. Anissina es nuestra amiga. Jamás creería que Wolfram mató a su padre voluntariamente... ¿no?

El silencio que siguió a su despreocupada pregunta le heló las entrañas. Miró a su derecha, esforzándose por seguir respirando.

—¿Gwendal?

El rostro del susodicho permaneció impertérrito, pero las arrugas en su ceño se volvieron más profundas.

—Anissina ya no es la misma persona que tú conocías —aseguró, ronco—. Se ha vuelto… impasible. No sé si será capaz de seguir adelante sin desmoronarse. La guerra se lo ha quitado todo, Majestad: no sería de extrañar que albergara cierto deseo de venganza.

El dolor en la voz de Gwendal era más que palpable: seguramente él sufría más que nadie por la actual situación de su amiga. Y por la de su hermano. Aunque se escudara bajo una actitud huraña, iracunda, para ocultarlo.

Todos somos esclavos de las expectativas que penden sobre nosotros.

La noticia le agrió la saliva en la boca. No había visto a Anissina desde que regresara: la había imaginado enfrascada en algún disparatado invento que le impidiera prestar atención a nada más. Ahogando la pena en planos imposibles y cachivaches potencialmente peligrosos como otros la sofocaban con alcohol o visitas a casas de placer.

De haber sabido cuál era su estado, hubiera hecho lo imposible por hablar con ella. Reconfortarla. Por qué no, apelar a su benevolencia.

Ya era demasiado tarde. Siempre llegaba demasiado tarde.

Se encontraban de pie frente a unos portones flanqueados por seis guardias, y del interior emanaba una creciente amalgama de voces. Los guardias empujaron las enormes piezas de madera: Gwendal entró con tal fluidez que Yuuri fue incapaz de ver nada tras las puertas.

Tomó aire y avanzó con las manos hacia adelante.

Conrart se interpuso entre él y la puerta del salón. Yuuri parpadeó tres veces antes de elevar la mirada y establecer contacto visual. La diferencia de estatura se había reducido en los últimos tiempos, pero Yuuri aún tenía que mirarle desde abajo. La eterna mirada gentil tenía un tinte compungido.

—No puedo permitirte que asistas a ése juicio —anunció.

Yuuri elevó las cejas en un gesto inquisitivo.

—N-no entiendo, Conrad… —admitió.

Su padrino le tomó del brazo con delicadeza. Le apartó lejos del alcance de los oídos de los guardias, aunque al menos la mitad de los susodichos les observaban con mal camuflado disimulo.

—No formas parte de esto por una razón —murmuró Conrart—. Gwendal y Günter temen que tu… cercanía con Wolfram sesgue tu postura. No creen que puedas ser objetivo en esta situación en concreto. Aunque no tengas voto en el veredicto, dudan que puedas contenerte de intervenir, y que ello influencie el voto de otros.

—¡No diré nada! —se apresuró a decir, por inercia—. Te lo prometo, Conrad… Por favor.

Obviamente, Conrart no creía ni una palabra. La voz de la experiencia, sin duda. Había prometido demasiadas veces quedarse quieto y calladito para hacer justo lo opuesto un instante después. Lo cual había puesto en peligro a sus protectores más veces de las que podía contar.

—Esto es más que un juicio por asesinato —afirmó—. Los nobles aprovecharán esta coyuntura para evitar que la familia Bielefeld siga contando con virtuales privilegios.

—¿De qué privilegios hablas?

Conrart le dedicó la mirada, la que intentaba hacerle ver la realidad sin herir sus sentimientos ni tacharle de idiota.

—Yuuri —empezó, su tono comprensivo y pausado, como dirigido a un niño—: oficialmente, Wolfram es tu prometido. ¿Acaso esperas que el resto de familias no consideren eso un trato de favor? De cara al pueblo, los Bielefeld están un escalón por encima del resto de nobles. Muchos no están dispuestos a tolerarlo más tiempo.

¿Por qué tenía que ser todo tan complicado? Las intrigas políticas se le escapaban, siempre lo habían hecho. No sabría detectar la hostilidad hacia él ni aunque la pintaran con letras de neón.

—Por otro lado, los que pretendan tener intenciones nobles, se escudarán en que el nombre de Wolfram y su reputación han sido puestas en entredicho.

El corazón de Yuuri se saltó un latido.

—¿Saben que…?

—No. Por supuesto que no —se apresuró a esclarecer su padrino—. Pero han oído rumores. Y saben que los Bielefeld fueron derrotados en territorio Khrennikov cuando Wolfram les comandaba en nombre de Valtrana. Es una mancha en su historial que tal vez no perdonen nunca.

¿Era aquello lo que aguardaba a Wolfram tras recorrer el agónico camino hasta allí? ¿Merecía un nuevo golpe cuando sus huesos ya se habían astillado bajo mil impactos?

Le parecía increíble que después de todo lo vivido Wolfram siguiera manteniendo aquel regio talante que caracterizaba a los Bielefeld. Cualquier otra persona hubiera perdido la razón al verse tanto tiempo atrapada en un mundo frío y hostil, donde nadie parecía tener una amable palabra de consuelo para él, y sufriendo la constante humillación de saberse un objeto cuyos sentimientos no importaban. Si a él le hubiera ocurrido lo mismo posiblemente se hubiera convertido en un ser patético y autocompasivo, desquiciado por todo el dolor que había presenciado.

Pero no Wolfram.

Tras el lógico periodo de adaptación, de duelo por sí mismo, había seguido adelante. Aparentemente sin secuelas salvo aquella tristeza profunda que parecía anidar en sus ojos. Una amargura que no le había impedido vapulear a su captor y permitirles huir de varias decenas de soldados. Y sin maryoku.

—Él es fuerte —afirmó Yuuri, mirándose obsesivamente los pies. La postura hizo que su voz sonara ahogada—. Más fuerte que yo, Conrad. Más que nadie. No tenemos ni idea de lo que ha tenido que soportar... Y aun así, yo sé que sigue tratando de ser el mismo a pesar de todo. De no venirse abajo.

Se sorbió la nariz cuando el familiar escozor le inundó las fosas nasales.

—Me necesita. Debo estar con él —balbuceó—. Por favor, Conrad.

Los familiares ojos castaños bordeados de plata seguían fijos en él sin pestañear. Muy lejos de su expresión ambigua, casi siempre indescifrable, Conrart tenía unos de los ojos más expresivos que había visto jamás.

En aquel momento, había algo más que seriedad. Un miedo feroz que solo podía apreciarse en contadas ocasiones.

Yuuri no quiso seguir indagando, porque ver algo distinto a autocontrol en su padrino solo podía conducir a su propio colapso. Intentó avanzar hacia las puertas, pero topó de nuevo con el brazo de Conrart extendido frente a su pecho.

Debía haber algo más. Aclarado el anterior punto, ¿por qué seguía reticente a que asistiera al juicio?

—Hay algo que no me estás contando —adivinó.

Conrart le sostuvo la mirada, pero no rebatió su afirmación. Empezaba a ponerle nervioso.

—Dímelo, Conrad —exigió. Voz inusualmente autoritaria.

El susodicho pareció escoger minuciosamente las palabras antes de exteriorizarlas. Siempre tratándole como si fuera de cristal.

—Este juicio no es solo para Wolfram —confesó—. También se te juzgará a ti. Indirectamente, al menos.

Yuuri pestañeó varias veces en sucesión rápida, esperando que su padrino le aclarara su última aseveración. Palabras que no poseían ningún sentido para él.

—No estabas cuando nos invadieron —elaboró Conrart, su tono suavizándose en consonancia a su mirada—. A ojos de los Diez, tu ausencia es la causa principal de que Shin Makoku cayera en desgracia. Si preguntas a los Aristócratas, estoy seguro de que la mayoría apoyará una sola idea.

Yuuri supo lo que iba a decir solo una fracción de segundo antes de oírlo.

—Que no deberías haberte marchado a tu mundo en primer lugar —concluyó.

En los primeros instantes, no supo cómo sentirse. De hecho, ninguna emoción permeó el súbito aturdimiento que se apoderó de su cuerpo y mente.

Después, de golpe y porrazo, sus pensamientos empezaron a ir a mil por hora. Mareándole. Inundándole de incredulidad y de una sorda sensación de injusticia.

Una que ni siquiera agitó al Maoh dormido en su interior.

—Gwendal, Günter y yo mismo… te lo ocultamos al considerar que solo entorpecería tu trabajo —confesó Conrart—. Meses antes de la llegada del Imperio, ya se alzaban voces discordantes contra ti. En concreto con tu elección de ir y volver entre mundos. Muchos consideran una muestra de poco compromiso que te marches periódicamente a la Tierra. No parece que sea solo una opinión de la nobleza.

Apretó los puños, sus uñas hendiendo la piel y sin duda dejando marcas. Sentía la familiar sensación de ahogo, magnificada en los últimos días, oprimiéndole el pecho.

—He renunciado a ir a la Universidad, a tener un trabajo… A mis amigos de la Tierra —enumeró con creciente desazón—. Prácticamente no veo a mi familia: aunque para ellos mi ausencia sea de días, para mí las semanas y los meses son igual de duraderos.

Tragó saliva antes de seguir, el nudo de angustia presionándole la garganta hasta restañarle la voz.

—Shin Makoku es más mi hogar de lo que la Tierra lo ha sido en años —aseveró—. Tú lo sabes, Conrad. Todos lo sabéis.

¿Qué muestra de compromiso podía ser más grande que descuidar su mundo natal para entregarse a aquel?

—¿Qué más puedo hacer para demostrarlo? —suplicó—. ¿Qué más puedo hacer…?

Su voz se fue apagando hasta morir del todo. No preveía una respuesta. No era tan ingenuo como para esperar unas palabras milagrosas que calmaran su tormenta emocional.

Al parecer, los nobles eran como lobos hambrientos que siempre querían más. Y sospechaba que lo único que calmaría su avidez sería que abandonara definitivamente la Tierra.

Nunca regresar. No volver a ver las sonrisas gentiles de sus padres. No volver a probar el delicioso curry de su madre que parecía curar todos los males. No volver a sentir la mano de Shouri revolverle el cabello.

Las lágrimas pugnaron por derramarse con la simple idea. Ya había estado antes en aquella disyuntiva, en aquel abismo de elecciones. En aquella ocasión, la decisión había sido casi insoportable, partiéndole por la mitad.

De haberse dado la vuelta…

Conrart le ofreció un perfil en el que resaltaba una mandíbula tirante. Evidentemente sus pensamientos estaban lejos, divididos entre su necesidad de protegerle —reconfortarle— y la apremiante angustia por el hermano que iba a enfrentarse a una acusación de asesinato.

—No te detendré si quieres asistir, pero es mi deber prevenirte de lo que vas a encontrarte —concedió.

Yuuri se sorbió la nariz cuando Conrart se inclinó sobre él para mantener su conversación en el más absoluto secreto.

—Cuidado con Lady Rochefort y Lord Radford —le advirtió en un susurro—: han sido los más críticos desde el principio. Es esperable que agiten el debate de forma intencionada si eso les beneficia políticamente. Y que se dirijan directamente a ti aun cuando ese no sea el objetivo de la vista.

Yuuri asintió, decidido a no dar pie a tales disputas. Apenas había coincidido un puñado de veces con Rochefort y Radford… lo cual, si lo pensaba bien, podía ser uno de los motivos de su desconfianza. De ella recordaba a una dama temible, sin el lado maternal del que gozaba Chêri pero una furiosa lealtad para con su país que no podía sino admirar. De Radford, un militar veterano autor de decenas de proezas, apenas tenía una opinión formada más allá de ser increíblemente diplomático para haber entregado toda su vida a la espada.

Nunca habían sido abiertamente hostiles con él. Indiscutiblemente, y por lo que Conrart le contaba, aún no había adquirido la sagacidad necesaria para detectar las segundas intenciones aunque fueran flagrantemente obvias.

Aún tenía mucho que aprender. Y debía hacerlo rápido si no quería que otros pagaran sus errores.

Tomó aire, ordenando a sus piernas que se movieran, y abrió los portones con renovado aplomo.

Cientos de cabezas se volvieron hacia él. Captó el movimiento sincronizado, como una oleada, en los límites de su visión, pero se obligó a mirar al frente mientras se adentraba en la sala escoltado por Conrart.

Era una estancia enorme, con el techo terminado en una bóveda decorada con remaches de oro. Había diez sillas dispuestas en semicírculo en el centro de la sala: una para cada representante de las Diez Familias. Solo cinco estaban ocupadas. Stoffel se sentaba entre Günter y la silla vacía que correspondía a Lord Gyllenhaal. Lord Radford y Lady Rochefort permanecían uno junto al otro, a dos espacios de Stoffel. En el hueco entre ambos deberían haberse sentado Del Kierson von Wincott y Valtrana von Bielefeld.

Gwendal permanecía de pie en el centro del círculo, los brazos cruzados a la espalda en actitud solemne. Sus ojos se posaron por un instante en él, sorprendidos de verle allí, pero no hizo ningún gesto ni comentario.

Conrart le puso una mano en el brazo y le condujo hasta uno de los bancos apelotonados en los extremos de la sala. Apenas había sitio libre: una nutrida multitud de mazoku, mestizos y humanos, a todas luces ciudadanos de a pie, se habían congregado ya en la estancia. Supuso que se permitía asistir a los civiles de cara a la transparencia de las decisiones, y el pueblo respondía de buena gana, ya fuera por ansias de justicia o simple morbo.

Casi todos los ojos le siguieron en su trayectoria. Escuchó murmullos. Algunos dedos incluso se atrevieron a apuntarle. Intentó no sentirse intimidado y forzó su expresión más impávida, aunque las piernas le temblaban a cada paso. Se sentaron en la tercera fila junto a Murata, que no se dignó a dedicarles ni una mirada cuando se aposentaron a su lado. Sus ojos oscuros analizaban la escena ante sí con mecánico interés.

Lady Chêri estaba sentada en primera fila, aunque desde aquella posición Yuuri solo podía ver la cascada dorada que cubría su espalda. No podía —ni quería— imaginar cómo podía sentirse una madre al asistir a un juicio en el que su hijo era acusado de asesinato. La mayoría de madres —y padres— se sentirían y mostrarían destrozados. Una parte de él dudaba que incluso la inquebrantable Cecilie fuera capaz de mantener el tipo.

Desde allí parecía sorprendentemente pequeñita, frágil. Inmóvil. Yuuri parpadeó por enésima vez para tragarse las lágrimas.

Tras unos segundos en los que los murmullos expectantes fueron apagándose, Günter se puso en pie desde su sitio. Llevaba de nuevo sus mejores galas, una larga túnica blanca que le hacía contrastar con todos a su alrededor. Se aclaró la garganta antes de dirigirse a los presentes.

—Bienvenidos, ciudadanos de Shin Makoku. Estamos hoy aquí, bajo la mirada del pueblo, para juzgar a Lord Wolfram von Bielefeld de la acusación de asesinato contra Lord Dieter von Khrennikov —anunció, su voz retumbando en los muros de la sala circular—. Lord Bielefeld ha confesado la muerte de Lord Khrennikov bajo su mano y espada, acontecida hace tres años cuando las tropas de Shin Makoku intentaron recuperar las tierras Khrennikov del dominio del Imperio.

Nadie parecía sorprendido por los detalles. Supuso que los rumores debían haber corrido como la pólvora desde que pisaran territorio Spitzwerg. Si Gwendal estaba en lo cierto, tal vez incluso antes.

—Traed al acusado —exigió Günter, elevando el tono.

Una puerta en el extremo de la sala se abrió y dos soldados Spitzwerg condujeron a Wolfram al interior. Vestía una austera túnica blanca sobre calzas grises, un atuendo anodino que desentonaba con su aire aristocrático. No llevaba grilletes; caminaba solícitamente al lado de los guardias con expresión inmutable.

Las bolsas bajo sus ojos eran más oscuras y notorias que nunca. Ni una vez miró a Yuuri; a nadie más que a los Diez, en realidad.

Uno de los guardias le indicó con un gesto que tomara asiento. La silla tenía grilletes adheridos a patas y reposabrazos, pero no se molestaron en usarlos. La actitud del reo dejaba en claro que la fuga no estaba entre sus intenciones.

—Llamamos a la acusadora, Lady Anissina von Khrennikov, segunda hija de Lord Dieter von Khrennikov —anunció Günter en voz alta.

Las puertas principales se abrieron para dejar pasar a la mujer más audaz que Yuuri había conocido. Tal vez con excepción de su propia madre.

Estaba irreconocible. Para empezar ya no vestía los llamativos colores de su familia, sino un sencillo vestido gris que no encajaba para nada con su personalidad. La larguísima melena estaba firmemente recogida en un apretado moño. A ojos de Yuuri, Anissina no había aparentado jamás más de treinta años humanos, pero en aquellos instantes parecía mucho, mucho mayor.

Avanzó con un zapateo de tacones bajos hasta sentarse con parsimonia en la silla en el extremo del semicírculo. Dirigió a Wolfram una mirada gélida que duró unos larguísimos segundos. Desde aquel ángulo, Yuuri no vio odio en el gesto, sino anticipación. Cautela.

Anissina esperaría a oír todo lo que debía decirse antes de decidir qué postura adoptar. Entrelazó los dedos de las manos y apoyó la barbilla en ellos.

El encuentro había turbado mucho más a Wolfram que a Anissina, a juzgar por la lividez verdosa de su rostro. Sus nudillos estaban blancos aferrándose al reposabrazos, pero tomó aire y mantuvo el semblante impertérrito.

Günter aguardó unos dramáticos segundos para proseguir.

—Como es menester en un juicio de este calibre, se han enviado misivas a todos los representantes de las Diez casas nobles de Shin Makoku para solicitar su asistencia. No hemos recibido noticias de Lord Gyllenhaal y Lord Wincott —apostilló—. Es posible que el mensaje no haya llegado o que su situación sea… comprometida.

Nadie emitió ni un susurro. Obviamente, muchos se temían lo peor.

Günter desplegó una tira de papel cuidadosamente enrollada sobre sí misma tras retirar un lazo azul cobalto. Le dio la vuelta para que todos vieran las letras garabateadas en tinta azul y el sello familiar, un ave coronada de llamas.

—Lord Valtrana von Bielefeld excusa su ausencia alegando la peligrosidad de cruzar los bordes —anunció, sosteniendo la misiva—. No obstante, pide que se tenga en cuenta su voto: manifiesta su intención de apoyar la absolución del acusado.

Yuuri no había tenido duda alguna de que Valtrana defendería a su sobrino a capa y espada. A juzgar por el bufido despectivo de Lord Radford, compartía su parecer.

Günter tomó una segunda nota, mucho menos sofisticada —aparentemente, una simple esquina de pergamino— y la mostró de igual manera. El sello, impreso en cera, era una espada entretejida con zarzas.

—Así mismo nos lo hace saber Lord Adelbert von Grantz —notificó.

Los ojos de Yuuri se abrieron a sobremanera. Adelbert nunca se implicaba en la política de Shin Makoku en lo más mínimo, cargando su título solo como papel mojado y rechazando abiertamente su pertenencia a la nación. Que hiciera valer su estatus como Noble solo para apoyar la inocencia de Wolfram le conmovió hasta límites insospechados.

—¿Por qué intervendría Adelbert? —preguntó en voz baja, a nadie en particular.

—Sospecho que Lord Voltaire ha tenido algo que ver… —musitó Murata a su lado.

Yuuri no pudo más que sonreír para sí con una inmensa gratitud hacia Gwendal. Sin duda Gwendal había tenido preparado el juicio de antemano, mucho antes de que llegaran a Spitzwerg, y había allanado al camino hasta donde había sido capaz. Sin duda era uno de los motivos por los que la conversación entre Adelbert y él había sido tan hermética.

Incluso obligado por el protocolo, Gwendal no iba a dejar ningún cabo suelto si ello podía dar puntos a la absolución de Wolfram.

Contó mentalmente. Wolfram ya tenía cuatros votos a su favor —cinco, si él no se había equivocado respecto a Stoffel—. Si había entendido bien la dinámica del proceso, algo que Murata se había molestado explicarle una y otra vez hasta que caló en su mollera, Wolfram necesitaba otros dos, hasta siete, para ser absuelto.

Eso llevaba a Rochefort y Radford. O al doble voto de Anissina.

Tras la sombría conversación con sus protectores, ninguna se le hacía probable.

—Llamamos al primer testigo —anunció Günter—: Sir William Richter, Cabo Primero de la División Bielefeld.

Un muchacho de cabello plateado y el uniforme azul de los Bielefeld se puso en pie desde la multitud, se alisó la casaca y avanzó hacia el estrado dispuesto en el centro del semicírculo. A Yuuri le era familiar: tardó unos segundos en ubicarle como uno de los usuarios de majutsu de la guardia personal de Wolfram.

El susodicho dedicó una florida genuflexión a los Aristócratas antes de plantarse en una rígida postura militar.

—Cabo William Richter, Ladies y Lores —se presentó.

—¿Participó hace tres años en la fallida toma del Castillo Khrennikov, Cabo?

—Así es —confirmó el interpelado—. Segundo regimiento de usuarios de majutsu.

—Relátenos brevemente lo acontecido en la batalla, Cabo —pidió Günter.

El chico se tomó unos instantes para ordenar sus ideas antes de hablar.

—Llegamos en plena madrugada, navegando por el río desde Radford, con la esperanza de tomarlos desprevenidos —empezó tras una dilatada pausa—. Lord Dieter pretendía usar unos antiguos pasadizos ocultos bajo el castillo para introducir a un pequeño grupo que abriera camino. Nunca llegamos: nos interceptaron antes.

Algunos entre el público asintieron con fervor, anticipando sus siguientes palabras. Sin duda habían estado presentes en aquel día fatídico.

—Tenían esos… extraños reveladores de majutsu —contó William—. Nos habían delatado sin que nos diéramos cuenta en cuanto pusimos un pie en la orilla. A partir de ahí, la escaramuza apenas duró un par de horas.

Tuvo que detenerse, su respiración agitada escuchándose con claridad por encima del tenso silencio. No podía asegurarlo desde allí, pero Yuuri hubiera jurado que sus ojos estaban arrasados en lágrimas.

—Estábamos perdiendo —garantizó con voz desafinada—. Los soldados de a pie llevaban armas imbuidas de houseki. Tenían un escuadrón entero de usuarios de houryoku, al menos dos centenares. Nuestro maryoku, en cambio, llevaba semanas debilitándose. Las matemáticas eran sencillas: en menos de una hora, quedábamos la mitad de los que habíamos desembarcado.

Varios sitios a su derecha, Yuuri captó a un hombre tuerto hundiendo el rostro entre las manos. Escuchó el sollozo. Otro mazoku a su lado procedió a frotarle la espalda en un intento de tranquilizarle.

—Lord Dieter aceptó que el intento era fallido y ordenó retirada —prosiguió William—. Fue entonces cuando el General Seiffert nos atacó por la retaguardia, desde el norte.

Wolfram temblaba. Yuuri necesitó unos instantes para entender que era la impotencia por haber sido incapaz de combatir junto a sus hombres. La certeza ineludible de que, aún contra su voluntad, había engrosado las filas del enemigo.

—Nos arrinconaron contra el río. La mayoría de nuestras naves habían sido destruidas por los usuarios de houjutsu. Algunos, en su desesperación, se lanzaban al agua. Fueron rápidamente abatidos a flechazos. Todo era… confuso. Apenas podíamos distinguir aliado de enemigo. En medio del caos, nos separaron en dos grupos: una treintena de soldados nos quedamos aislados del resto con Lord Dieter.

Yuuri tuvo que tragar al advertir que tenía la garganta seca, como si hubiera ingerido papel de lija. Apenas podía oír el relato por encima del retumbe de su propio pulso.

—Seiffert en persona vino a por nosotros, junto a unos cincuenta soldados —explicó William—. Fue cuando vi…

Frenó allí mismo, como si las palabras quedaran atoradas en su garganta.

—¿Qué vio exactamente, Cabo? —insistió Günter.

El soldado titubeó un instante antes de hablar. Le dedicó una breve mirada afligida a Wolfram, como si suplicara su perdón.

—A Lord Wolfram von Bielefeld —anunció—. Decapitando a Lord Dieter von Khrennikov.

Los murmullos volvieron, con creciente entusiasmo. Incluso escuchó algún insulto velozmente sofocado. Yuuri apretó las perneras de sus pantalones; tenía las manos resbaladizas por el sudor.

—Montaba a caballo a la izquierda del General Seiffert. Se adelantó, atravesó la contención, y se lanzó directamente contra Lord Dieter. No obstante… —añadió William—. No era él mismo.

—Explíquese —exigió Günter.

—Le llamé, pero no me reconoció —especificó el joven—. Extraño dado que he formado parte de su escuadrón desde hace dos décadas y de su guardia personal durante seis años. Nos graduamos juntos en la Academia Militar; hemos participado codo con codo en más misiones de las que puedo recordar.

Las comisuras de Wolfram se curvaron levemente hacia arriba, dándole una expresión soñadora y melancólica al mismo tiempo. Pareciera estar nadando en recuerdos lejanos, sin duda algunas de las aventuras que el soldado había mencionado muy por encima.

—Estábamos muy cerca, apenas unos metros —reanudó el joven—. Sencillamente fue como si no pudiera verme u oírme. Dudo que una actitud así pueda fingirse. Tampoco la obvia apatía que esgrimía Lord Bielefeld, incluso con una espada en la mano: cualquiera que haya combatido con él, sabrá que es un luchador impulsivo, incapaz de camuflar su fervor en batalla. No había nada de eso en el mazoku apático que vi ése día.

Yuuri no pudo contener el suspiro de alivio que abandonó sus pulmones. La versión de Wolfram era secreta, pero un testigo había descrito exactamente lo mismo que todos habían creído.

Era cuestión de tiempo. En cuanto Wolfram hablara, no tendrían motivos para seguir acusándole.

—Estaba ido. Fue como si… estuviera abstraído o algo por el estilo —William tomó aire—. No era él mismo —repitió—. Es todo lo que puedo decirles.

—Gracias, Cabo —agradeció Günter—. ¿Hay algo más que queráis añadir?

—Sí —confirmó William, con renovada decisión—. Deseo manifestar mi total apoyo a Lord Wolfram von Bielefeld, sea cual sea el veredicto. Echo en falta que se haya omitido la hoja de servicios de mi superior en esta vista. Cualquiera que le conozca mínimamente sabrá que es incapaz de atentar contra la vida de un aliado. La traición, sencillamente, no está en su naturaleza.

Sin esperar a réplica, bajó del estrado y regresó a su sitio a paso firme. Al pasar a la altura de Wolfram, cuadró los hombros y se llevó una mano a la frente en señal de respecto.

Era evidente la devoción que los allegados de Wolfram sentían por él. Yuuri recordaba un tiempo en el que había supuesto que los subordinados de Wolfram sencillamente le seguían porque estaban colados por él (al parecer, solía provocar aquel efecto en los hombres en general).

Tras haber compartido alguna que otra escaramuza y unas terribles sesiones de instrucción con ellos, había sabido apreciar algo más trascendental en la lealtad del escuadrón del Wolfram. Al parecer, su amigo había reunido méritos más que suficientes como para no necesitar segundos motivos para inspirar tal sentimiento.

Cuatro soldados más pasaron por el estrado —un Voltaire, dos Khrennikov y otro Bielefeld—, todos con versiones similares de los hechos. Todos recalcaron su postura de un Wolfram ausente, incapaz de reconocer a sus propios aliados. Uno de ellos, otro de los más afines a Wolfram, a poco estuvo de romper a llorar de la impotencia de tener que hablar en contra de su superior.

Günter parecía tomar nota mental de cada palabra, sus ojos violeta observando a cada testigo sin pestañear.

—Llamamos a declarar a Lord Wolfram von Bielefeld —anunció.

El aludido se puso en pie con aquellos movimientos gráciles que le caracterizaban y se recolocó la ropa antes de avanzar hacia el estrado. Su paso era firme, casi marcial, y se encaró con aire regio a los Diez. Si escuchó alguna de las acusaciones vertidas contra su persona desde el gentío, nada en su rostro o postura lo delató.

—Lord Bielefeld, habéis oído los cargos presentados contra vos —expresó Günter, voz apersonal—. ¿Cómo os declaráis?

—Culpable —manifestó el aludido, sin titubear.

Yuuri cerró los ojos un instante. Wolfram podía tener muchos defectos, pero mentir no estaba entre ellos. De hecho, en toda su vida había conocido a nadie tan sincero.

Para bien… y para mal.

—Lo hice —prosiguió, interrumpiendo la siguiente frase de Günter—. Encaja con los recuerdos que conservo de aquella batalla. Muchos aquí me vieron hacerlo —añadió, con un gesto de mano hacia los soldados que habían hablado—. Y aceptaré el castigo correspondiente. Sin embargo, debo matizar mi declaración.

El silencio era imposible, denso: nadie quería perderse ni una sílaba.

—No levanté arma alguna contra ningún ciudadano de Shin Makoku de forma voluntaria —juró Wolfram.

—¿Podría explicarnos esa matización?

Wolfram agachó brevemente la cabeza; parecía estar reuniendo fuerzas para seguir hablando. Yuuri sabía que aquel era el momento más temido, en el que tuviera que hablar sobre sus vivencias bajo el yugo del Imperio.

Nunca en su vida había deseado con más fuerza poder abrazar a alguien.

—El responsable de la conquista del territorio Khrennikov, Eberhart Seiffert, tenía a su servicio un poderoso hechicero —expresó con aparente entereza—. Un usuario de houryoku como no he visto nunca. Lo único que en mi haber se le asemeja vagamente es el houjutsu usado por el rey Saralegui de Pequeño Shimaron. No obstante, el mencionado posee una capacidad de control muy superior.

Junto a Yuuri, Murata se inclinó un poco más. Se diría que había redoblado su atención en lo que sucedía frente a sus ojos.

—En el primer año de mi cautiverio, dicho hechicero utilizó sus habilidades conmigo en diversas ocasiones —prosiguió, la voz notablemente ronca—. Privándome de mi voluntad. Seiffert me llevó consigo en sendas batallas, obligándome a combatir contra los fieles a Shin Makoku. No descarto que Lord Khrennikov no fuera el único al que abatí durante ese tiempo.

—¿No lo recordáis? —preguntó Günter. Su expresión era confundida y a la vez preocupada—. Acabáis de decir que la acusación concuerda con los recuerdos que conserváis.

—Recuerdo… destellos —aseguró Wolfram, pensativo—. Imágenes inconexas. Es otra notable diferencia respecto a la técnica ocular del Rey Saralegui: en dicho caso, la víctima nunca deja de ser consciente de sus actos, solo pierde el control sobre su cuerpo. Con este hechicero, el proceso solo deja… vacío. Ausencia. Dudo que pueda transmitirles lo que se siente pues nunca había experimentado nada semejante.

—¿Qué perseguía obligándoos a algo parecido? —intervino Stoffel, notablemente perdido.

Aquella vez, Wolfram miró directamente a su tío al hablar. Con gesto grave e impregnado de amargura.

—Simple diversión —sentenció, lo bastante alto como para que todos los presentes pudieran escucharle—. "Por humillar a los mazoku pura sangre". Son palabras textuales de Eberhart Seiffert, de quien fui prisionero tres años. Lo hizo sencillamente porque podía. Ése es el tipo de enemigo al que nos enfrentamos.

El tono de los cuchicheos era diferente a los anteriores. Eran murmuraciones aprensivas, horrorizadas, como si los ejércitos imperiales fueran a caer sobre ellos en cualquier momento.

—Inteligente jugada, Lord Bielefeld —musitó Murata para sí.

Lady Rochefort pidió la palabra.

—Si ése hechicero posee un poder semejante, ¿por qué lo utilizaría para abatir a Lord Khrennikov, un noble que ya no ostenta ningún cargo efectivo, y no para acabar con la vida del Maoh? Digo más, ¿por qué no utilizar dicho poder para manipular a alguien que fuera una amenaza real, como Lady Spitzwerg o el propio Maoh, los únicos capaces de utilizar maryoku incluso tras la caída de nuestro territorio?

—El motivo de este juicio es llegar a una conclusión sobre la intencionalidad o no de Wolfram von Bielefeld en la muerte de Lord Dieter von Khrennikov, no especular sobre sucesos que tal vez nunca ocurran —recordó Günter en voz alta. La mano que tenía contra el estrado presionaba tan fuerte la madera que le temblaban los dedos.

—Algo que nunca sabremos a ciencia cierta —apostilló Lord Radford—. Supongamos que todo lo que hemos oído es verdad y su voluntad fue manipulada por un hechicero. ¿Permitiréis que esta criatura siga compartiendo la cama del Maoh? ¿Arriesgaros a que le decapite de igual manera a como hizo con Lord Khrennikov?

Los labios de Wolfram, entreabiertos, se estremecían como si intentaran sin éxito pronunciar varias palabras. Articular una defensa.

Yuuri se puso en pie como empujado por un resorte, pero la mano de Conrart en su hombro le obligó a sentarse apenas un segundo después. Dedicó una mirada indignada a su padrino antes de volverse hacia los Diez. Naturalmente, su gesto ya había conseguido llamar la atención de los Aristócratas, que le observaban con un abanico de actitudes que iban desde la desconfianza hasta la empatía.

—¿Tenéis algo que decir, Majestad? —preguntó Stoffel.

—El Maoh no tiene voz ni voto en este juicio, si nos apegamos a las antiguas leyes —se apresuró a apostillar Günter. Daba la sensación de que temía que metiera la pata.

—Por favor —insistió Lord Radford—: quiero oír lo que tiene que decir.

Yuuri agradeció que le dieran la palabra con un breve gesto de cabeza. Volvió a ponerse en pie, rezando para que sus piernas le sostuvieran el tiempo suficiente.

—Wolfram ha estado semanas viajando conmigo —afirmó en voz alta—. Hemos dormido al raso y hemos estado solos en lugares sin testigos. Si hubiera querido hacerme daño, podría haberlo hecho en infinidad de ocasiones. En su lugar, me salvó la vida: él mismo estaba herido, pero me arrastró por las laderas de Nimander hasta que los hombres de Adelbert nos encontraron. No hay ningún motivo para sospechar de sus lealtades.

Hubo un tirante silencio entre el que Yuuri cruzó la mirada con la de todos los Aristócratas. Podía sentir la mirada de Wolfram clavada en él, pero decidió no darse por enterado.

—Nadie albergaba duda alguna del apoyo del Maoh a su prometido —apuntó Lady Rochefort en tono mordaz—. Los Bielefeld son bien conocidos por sus habilidades en el lecho. Sin duda su más joven descendiente ha heredado tal don y puede convencer a cualquier hombre entre las sábanas.

El comentario provocó una escandalizada exclamación colectiva. La silla de Cecilie chasqueó con estruendo cuando ésta se puso bruscamente en pie. Entre sus manos chisporroteaban pequeñas llamas rojizas y pavesas.

—Cuidado con vuestras palabras, Lady Rochefort —siseó—. ¡Es de mi hijo del que estáis hablando!

—No se os ha dado la palabra, Lady Spitzwerg —repuso Günter, notoriamente contrariado por tener que reprender a Cecilie—. Os ruego que guardéis silencio o tendré que pediros que abandonéis la sala.

La ex–Maoh fulminó a los presentes con la mirada, pero al final pareció encontrar algún recóndito remanente de paz interna y mantuvo el tipo. Al volver a sentarse, una pequeña espiral de humo surgió de entre sus manos apretadas.

Yuuri, por su lado, aún estaba algo traumatizado por las atrevidas palabras de Lady Rochefort. ¿Acababa de sugerir en público que ellos…? El rubor le subió a las mejillas en un santiamén, mezcla de escándalo y cólera.

—Dudo mucho que Lady Rochefort crea de verdad en sus propias palabras —aseguró Conrart a su lado—. Pero tiene una sobrina en edad adecuada para asumir responsabilidades. Degradar la reputación de Wolfram y la tuya propia la beneficia políticamente de cara a una posible sucesión.

Yuuri apenas podía creer lo que estaba oyendo. ¿Acaso no podían dejar a un lado las intrigas ni siquiera en un momento como aquel?

—Cálmate, Shibuya —intervino la voz de Murata, dispersando la niebla en su cabeza—. Estás emitiendo maryoku.

No lo había notado, pero efectivamente un aura amenazante había empezado a brotar de cada poro de su piel, alarmando a los que tenía sentados alrededor. Tomó a duras penas las riendas de su propio autocontrol, aflojando sus propios puños; no fue fácil.

La sala estaba a un punto de asemejarse a una batalla campal. Todos se habían levantado de sus sillas y los gritos se confundían. Stoffel y Lady Rochefort se bramaban el uno al otro a escasos milímetros de distancia. Y daba la sensación de que Gwendal la arremetería a cabezazos con Lord Radford. Günter iba de un lado a otro en un vano intento de instaurar el orden.

A su alrededor la escena no era más pacífica. Unos cuantos abanderados Spitzwerg increpaban a un reducido grupo ataviado de lila que pertenecían a Rochefort. Por algún motivo, un soldado Bielefeld y un Voltaire se tenían cogidos del cuello de la casaca.

Yuuri no comprendió inmediatamente el porqué de aquella explosión de agresividad, algo a sus ojos inaudito en un proceso gobernado por los Aristócratas. Después, paulatinamente, todo cobró sentido.

La guerra hacía aquello a las personas. Magnificando los rencores, sacándolos a flor de piel. Obligando a cualquiera a buscar enemigos entre sus más allegados porque temían nunca estar cara a cara con el auténtico culpable para poder resarcirse.

A Yuuri le habían hablado de aquello… pero verlo con sus propios ojos, estar en medio de un intercambio de gritos y resentimientos que crecía sin control, era mil veces más horrible.

—¡Orden! —gritó Günter por enésima vez.

Acompañó la exhortación con una sonora patada a su silla. El comportamiento de Lord Christ fue tan atípico que el guirigay enmudeció en el acto. Los Diez que estaban presentes se sentaron como niños regañados por un profesor, con variopintas muestras de sofoco.

—Os recuerdo, honorables Aristócratas, que no estamos aquí para cuestionar las decisiones personales del Maoh —clamó Günter en tono autoritario y conciliador al mismo tiempo.

—Deberíamos —apostilló Lady Rochefort, apartándose unos mechones salvajes del rostro—. En especial si sus decisiones personales nos afectan a todos.

—Bielefeld, Voltaire y Khrennikov fueron los más damnificados durante la invasión —les recordó Gwendal, su ceño profundamente fruncido—. Si Lord Valtrana y yo mismo hemos dado el beneficio de la duda al Maoh, no cabe en mi entendimiento por qué no podéis hacer lo mismo.

—Es fácil para vos, Lord Voltaire —siseó Lord Radford—. El Maoh os ha permitido mantener vuestro estatus, una suerte de control en las sombras aun cuando residís en el territorio de Lord Spitzwerg.

Gwendal reaccionó llevándose una mano a las sienes. Era evidente que su paciencia se agotaba a pasos agigantados.

—¿Os importaría centraros en el tema que nos ocupa y dejar las rencillas personales para otra ocasión?

—¿Por qué deberíamos dar nuestro voto de confianza al prometido del Maoh? —protestó Lady Rochefort—. ¿Merece ésa generosidad un rey que nos abandonó a nuestra suerte mientras éramos masacrados?

—La ausencia del Maoh no fue voluntaria —gruñó Günter, quien evidentemente estaba a un paso de perder los nervios—. En su mundo, estos tres años apenas han transcurrido en tres días. Nunca había sucedido una irregularidad de tal calibre al viajar entre mundos.

—Nada de esto hubiera pasado si se hubiera quedado en Shin Makoku —insistió la mujer—. Irregularidad o no, es innegable que su preferencia por ése otro mundo ha permitido que el Imperio nos invadiera y redujera a esclavos. ¿O acaso lo negáis?

La pregunta la lanzó directamente hacia él: Yuuri recibió el impacto de su acusación como un proyectil. Los ojos verdes de Lady Rochefort no estaban teñidos de odio, sino de consternación, de preguntas desesperadas.

Yuuri fue incapaz de sentir nada diferente a empatía por ella.

—¡Basta!

La sala entera enmudeció y todas las cabezas se volvieron. Wolfram había golpeado el estrado con tanta fuerza que el estruendo retumbó en los muros. Dedicó una mirada solemne y a la vez iracunda a los presentes.

—¡Es a mí a quién juzgáis, honorables Aristócratas! —les recordó, llevándose una mano al pecho—. No toleraré ser ignorado cuando es mi futuro el que está en juego.

A su exabrupto siguió un silencio tupido en el que solo pudo oírse su agitada respiración. Yuuri miró a cada uno de los Aristócratas, preguntándose quién osaría hablar primero.

Al final, Lord Radford se aclaró la garganta.

—Los alegatos en favor del joven Bielefeld son conmovedores. El problema, señoras y señores, es que siempre temeremos haber dejado a un espía del Imperio adentrarse en nuestras filas —murmuró.

Yuuri a duras penas constriñó el rugido visceral que reverberó en su garganta. El Maoh parecía dispuesto a hacer una de sus gloriosas apariciones en cualquier momento.

—¿Espía? —siseó Wolfram, su tono teñido de indignación.

Se cogió compulsivamente el cuello de la camisa y tiró de él de un solo y brusco movimiento. Algunos botones se abrieron limpiamente, dos se desperdigaron por el suelo reluciente. Ante el absoluto pasmo de los presentes, Wolfram se dio la vuelta y expuso su espalda desfigurada a la vista de todos.

Se escuchó una horrorizada exhalación combinada. Cecilie tuvo que cubrirse los labios para que su sollozo no fuera audible. Gwendal estaba lívido, luchando encarnizadamente por mantener una expresión inmutable.

—Decidme, honorables Aristócratas —gritó Wolfram para hacerse oír por encima de las exclamaciones—: ¿por qué dispensarían a un espía una gentileza como esta?

La túnica colgaba de sus brazos lo justo para mostrar sus hombros y el indicio de la baja espalda. El entramado de heridas era monstruoso, un trabajo meticuloso de una crueldad impensable. Tal y como Yuuri había apreciado la vez anterior, no todas eran antiguas: las blancas, ya cicatrizadas, se entremezclaban con algunas aún rojizas.

Wolfram no miraba a nadie en particular, sus ojos fijos en algún punto sobre las cabezas del gentío. Lady Rochefort estaba pálida, sus labios abiertos en una perfecta "o" espeluznada. Lord Radford no pudo hacer otra cosa que apartar la mirada.

—Esto es lo que el Imperio hace con sus prisioneros —prosiguió Wolfram en tono creciente, una vena palpitándole en una tensa yugular—. Muchas de ellas me las gané por reafirmar mi lealtad a Shin Makoku, por negarme a ceder. ¿Es esto prueba suficiente de honestidad, honorables Aristócratas? ¿Cuántas cicatrices más serían necesarias para convenceros de que, como muchos otros, solo fui carne de agravio por parte del Imperio?

No dejó un silencio suficiente para que nadie replicara.

—He visto cosas que poblarían vuestras pesadillas durante siglos —garantizó, procediendo a recolocarse la túnica sobre su persona. Su frente y cuello brillaban por el sudor—. Si creéis que lo que me han hecho es atroz, no podéis ni imaginar las torturas a las que sometieron a mazoku, mestizos y humanos que he conocido durante mi cautiverio —hizo una breve pausa—. A mí vinieron a rescatarme: una suerte que la inmensa mayoría no tuvo ni tendrá jamás.

Se apoyó con ambas manos en la barandilla del estrado y paseó la mirada por todos los presentes, en un círculo de casi 360º.

—No quiero apelar a vuestra compasión —aseveró—. No la merezco: yo estoy vivo allí donde otros murieron. O peor: sufriendo la interminable maldad del Imperio. Condenadme si ése es vuestro criterio: estáis en vuestro sagrado derecho. Pero como fiel servidor de Shin Makoku y del Maoh, como prisionero del Imperio, me siento en la obligación de preveniros sobre la maldad que vais a encontraros.

Detuvo su vuelta sobre sí mismo y le miró fijamente a él. Incluso con la distancia, el esmeralda de sus ojos estaba impregnado de resolución. Como sucedía muy a menudo en los últimos tiempos, la visión le cortó la respiración.

—Si nos enfrentamos a ellos estando divididos, nos aplastarán —aseguró Wolfram—. Si titubeamos, nos aniquilarán hasta borrar todo rastro de nuestra nación. No podemos permitirnos tal negligencia: no podemos más que obsequiarles con la misma generosidad que nos han proporcionado a nosotros.

El resto de la sala desapareció de su perspectiva. Solo estaban él y Wolfram, y las palabras de éste pendiendo en el vacío entre ambos.

Se estaba dirigiendo a él, ¿verdad? Su soliloquio no era más que un consejo dirigido a él, un ruego lanzado directamente a su persona en caso de que su destino ya estuviera sellado.

"Eres un enclenque. No podemos permitirnos un Maoh enclenque"

Se hizo un súbito silencio que Yuuri no comprendió. Por el rabillo del ojo, un fogonazo de rojo le indicó que Anissina se había puesto en pie.

No lo había advertido hasta entonces, pero Anissina se había mantenido al margen del debate y las puntuales trifulcas. No había emitido ni una palabra desde que entrara en la sala, sin intervenir una sola vez.

La mujer avanzó hacia Wolfram con sus zapatos bajos claqueteando en la estancia. Se levantó apenas unos dedos la falda para ascender los cuatro escalones del estrado, deteniéndose junto al acusado con expresión imperturbable.

Wolfram se encaró a ella, y por un breve instante pareció hacerse pequeño bajo su glacial escrutinio.

—Yo no quería, Anissina. Te juro que es la verdad —juró con voz firme—. Jamás pensaría ni un instante en at-

La mano de Anissina se elevó y fue a estrellarse, certera, en la mejilla derecha de Wolfram, silenciando su frase. El golpe fue claramente audible en cada rincón de la sala.

Yuuri apenas registró el momento en el que se puso en pie e hizo un ademán de ir hacia ambos. La mano de Murata, como una garra entorno a su antebrazo, le detuvo.

—Espera, Shibuya —le advirtió—. No te precipites.

Algunos abanderados Bielefeld, entre ellos William, también habían abandonado sus asientos y estaban en tensión. No parecían saber muy bien qué hacer, solo se sentían incapaces de mantener el tipo.

Wolfram, con la mejilla que empezaba a enrojecer, elevó la cabeza y miró a Anissina de medio lado. Ésta guardó la mano entre los pliegues de su falda y le ofreció una perspectiva de su barbilla levantada y su mirada acusadora.

—Eso... por tardar tanto en volver, Lord Mocoso —murmuró.

Acto seguido se inclinó hacia adelante y apresó a Wolfram en un efusivo abrazo.

Nadie supo cómo reaccionar a la inesperada actitud de Anissina. Empezaron los murmullos y los tensos intercambios de miradas. Yuuri no podía más que contemplar la escena con la boca abierta y los miembros en tensión, como dispuesto a saltar.

Anissina murmuraba algo en el oído de Wolfram, aunque por supuesto nadie entendió ni una palabra. Los ojos del muchacho estaban desorbitados y, si la vista no le engañaba, punteados de lágrimas.

Cuando se separaron, Anissina le dedicó una sonrisa tan cargada de cariño que Yuuri se quedó descolocado. ¿Se había perdido algo?

—¿Lady Khrennikov? —preguntó Günter, evidentemente tan fuera de juego como el resto de presentes. El sudor le arremolinaba el cabello en las sienes.

Ella se volvió hacia los Aristócratas con tanto fervor que parte del cabello se le desprendió del moño, meciéndose ligero sobre sus hombros.

—Tras oír los testimonios que aquí se han vertido, he llegado a una conclusión —anunció.

Yuuri tuvo la sensación de que todos los presentes se habían inclinado hacia adelante. Él mismo se sentaba en el borde mismo del asiento, a solo unos milímetros de caer de forma aparatosa.

—No creo ni creeré jamás que Lord Bielefeld pudiera asesinar a mi padre de forma intencionada, premeditada o voluntaria —sentenció Anissina—. Es algo que no está en la naturaleza del joven noble temperamental pero irracionalmente apegado al honor que conozco. Mi voto, por tanto, pide su absolución.

Se escucharon algunas protestas airadas, discordantes, pero la mayoría de los presentes aplaudieron la decisión de Lady Khrennikov.

Anissina bajó del estrado con aplomo, dejando atrás a un anonadado Wolfram, y se plantó frente a los Diez con los brazos en jarras.

—Y vosotros, nobles Aristócratas, deberíais replantear el sentido de vuestro dictamen —opinó—. Porque, de no hacerlo, tal vez le estemos tendiendo un puente de oro al enemigo.

Cruzó las manos a la espalda y empezó a caminar de un lado a otro, estableciendo deliberado contacto visual con cada uno de los Diez.

—¿Os dais cuenta de lo que ha sucedido hoy aquí? —lanzó al aire—. Para aquellos menos avispados y con perdón para las damas aquí presentes, voy a ponerlo con palabras: hoy, el Imperio ha conseguido enemistar a personas que por lógica deberían combatir unidas. Hoy les hemos allanado un poco más el camino a la victoria. Porque en lugar de aunar fuerzas para derrotarlos, estamos invirtiendo una ingente cantidad de tiempo y recursos en pelearnos entre nosotros.

Yuuri reconocía aquel tono in crescendo, el entusiasmo que hacía resplandecer a Anissina como un retrato remarcado en los bordes. La manera en la que Lady Khrennikov parecía engrandecerse ante las adversidades era poco menos que legendaria.

—Pueblo de Shin Makoku —gritó Anissina—: hoy, el Imperio ha ganado.

Muchos de los presentes intercambiaron miradas perturbadas y, hasta cierto punto, culpables.

—Como Lord Bielefeld ha manifestado, no hay nada lo bastante retorcido que no puedan acometer para someternos. Para humillarnos. Su testimonio debería servirnos de advertencia sobre lo que puede sucedernos a todos y cada uno de nosotros.

Se llevó una mano al pecho, como haciendo una promesa.

—No pienso permitir que ganen —juró—. No después de lo que nos han hecho. Así que aquí y ahora, yo apelo a vuestro sentido común para seguir manteniendo fuertes los lazos que han permitido defender nuestro país durante milenios. Aunar a todos nuestros mazoku, humanos y mestizos leales bajo una única causa.

Yuuri no pudo asegurarlo, y seguramente el aludido lo negaría el resto de su vida, pero pensó ver sonreír levísimamente a Gwendal. Anissina giró sobre sí misma y extendió los brazos a ambos lados.

—¿Vuestro voto, damas y caballeros?

Stoffel se puso en pie unos segundos después de la pregunta lanzada al aire.

—Pido la absolución del acusado —anunció.

—Pido su absolución —sentenció Gwendal, incapaz de camuflar el alivio en su voz.

Günter fue a hablar, pero le interrumpió el gesto de Lady Rochefort solicitando la palabra.

—Pido la absolución del acusado —repitió la mujer con firmeza.

—Pido la absolución del acusado —la voz de Radford era solo un eco de las anteriores.

—Con mi voto, pido la absolución del acusado —manifestó Günter—. Y recuerdo los votos emitidos por Lord Adelbert von Grantz y Lord Valtrana von Bielefeld previo a este juicio, ambos favorables a la absolución.

Wolfram miraba al frente sin pestañear. Parecía no creerse cómo se habían desarrollado los hechos, como si tantas voces rogando por su inocencia fueran un sueño demasiado lejano e improbable.

—Lord Wolfram von Bielefeld —anunció Günter, conteniendo a duras penas la sonrisa que le desbordaba los labios—: este Consejo ha tomado una decisión por unanimidad, con permiso de los ausentes que no han podido manifestar su voto. Nuestro fallo es vuestra absolución de los cargos presentados y la restauración de vuestro honor y nombre.

Se escuchó un chillido eufórico, y acto seguido Cecilie había abandonado su silla y partía en pos de su benjamín en un torbellino de negro y oro. A su veloz reacción siguió un coro de coordinados aplausos y algún que otro vítor. Obviamente, el reducido grupo ataviado de azul fueron los más ruidosos.

En pocos instantes, el rostro de Wolfram sencillamente había desaparecido en las profundidades del escote de su madre (sobra decir que contra su voluntad). Yuuri no deseaba nada más que correr hacia el centro de la sala, tomar a Wolfram en volandas y abrazarlo con firmeza hasta asegurarse de que estaba a salvo. Un extraño impulso cuyo origen desconocía.

En su lugar, se puso en pie con la barbilla levantada y los puños cerrados a ambos lados. Ignoró categóricamente las miradas inquisitivas de Conrart y Murata y se aclaró sonoramente la garganta.

—¿Puedo decir unas palabras, Lord Voltaire? —insufló un poco más de volumen de lo habitual, esperando hacerse oír por encima del griterío.

Gwendal le analizó en silencio desde su sitio. Tal vez preguntándose por qué le pedía la palabra a él en lugar de a de Günter, que había dirigido el proceso. Valorando si debía permitirle hablar, si protagonizaría una metedura de pata catastrófica que se le volviera en contra.

Al final, Lord Voltaire le dio un voto de confianza. Asintió levemente.

Dejándolo en sus manos.

Fue difícil encontrar su voz con cientos de ojos mirándole, pendientes de cada movimiento. Estaba habituado a hablar delante del pueblo, pero tener a los Diez analizándole, juzgándole, era muy distinto. Parpadeó un par de veces para disipar el sudor que se le metía en los ojos y empezó.

—Entiendo que no tengáis fe en mí —concedió—. Solo un necio os culparía. Aunque fue algo que escapaba a mi control, dejé Shin Makoku sin protección durante tres años. Un error imperdonable que todos estamos pagando —contra su voluntad, el final de la frase sonó estremecido.

Recuperó el control de sus cuerdas vocales. No podía permitirse que vieran a un niño.

Era un hombre, un Rey, lo que necesitaban.

—Y no os pido que olvidéis, ni siquiera que perdonéis. Solo os ruego por una nueva oportunidad.

Aquella súplica iba dirigida a Gwendal. Se aseguró de que lo supiera buscándole con la mirada, ofreciendo su expresión más resoluta. Lord Voltaire no pestañeaba, pero emitió un leve asentimiento que calentó por dentro el pecho de Yuuri. Dándole esperanza y renovada seguridad en sus propias palabras.

Pegó los brazos a los lados y realizó una pronunciada inclinación, casi ofreciendo la coronilla a los Diez. El gesto no debía tener mucho sentido para alguien ajeno a las costumbres japonesas, pero para él poseía un poderoso significado.

—¡Os pido disculpas! —gritó—. ¡Os pido disculpas a todos, pueblo de Shin Makoku!

Se incorporó tras unos largos segundos. Las expresiones de los Aristócratas eran confusas como poco, estupefactas.

—Haré todo lo que esté en mis manos para recuperar vuestra confianza —garantizó, volviéndose brevemente hacia el pueblo allí congregado—. Y aquí y ahora os hago una promesa que juro mantener hasta las últimas consecuencias.

Hizo una breve pausa y buscó a Wolfram con la mirada. Éste le contemplaba con aire solemne, los labios entreabiertos en una mueca de sorpresa y, ¿por qué no?, admiración. Deseó poder sonreírle sin que ello restara fuerza a su discurso.

—No regresaré a mi mundo hasta que hayamos recuperado Shin Makoku.

Eran dos voces, la suya y la del Maoh, las que habían jurado al unísono como si fueran una sola. Y nadie fue capaz de negar la veracidad de su promesa.


Wolfram tragó saliva por enésima vez, rígido sobre el potro de tortura sobre el que el diablo en persona le había obligado a tenderse. El instrumento infernal en sí, con cables y cadenas —en apariencia innecesarias— por todos lados, parecía surgido de sus más antiguas pesadillas infantiles.

Había protestado con insistencia, pero al final Anissina había ignorado categóricamente sus muecas de terror y le había puesto el monstruoso casco en la cabeza. Seguía esperando que en cualquier momento le friera una corriente eléctrica, o que el infame artefacto empezara a dar vueltas con él dentro. Como si fuera la primera vez…

Paseó la mirada por la habitación en un desesperado intento de tranquilizarse. El improvisado laboratorio tenía una densa capa de polvo a excepción de lo que ambos habían tocado al entrar. Resultaba evidente que nadie había estado en aquella habitación en mucho tiempo. Algunos objetos amorfos, que sin duda eran parte de la colección de chismes de Anissina, aparecían apilados a lo largo y ancho de la estancia (en ocasiones, rozando el techo cubierto de telarañas).

No había mayor prueba de los tiempos difíciles por los que había pasado Lady Khrennikov. Aunque a juzgar por el brillo entusiasta en su mirada mientras manipulaba palancas y botones, se dirigía directa a una meteórica recuperación.

Anissina recogió con las manos un rollo de papel garabateado que emergía de una ranura en la máquina. Para Wolfram, la caótica combinación de números, letras y símbolos carecía de sentido. Obviamente, no era el caso para ella.

—No parece haber secuelas —opinó, analizando concienzudamente el pedazo de papel—. Tus ondas cerebrales son normales. ¿Por qué exactamente Gwendal estaba preocupado?

Como era costumbre, se sintió vergonzosamente expuesto —desnudo— bajo el atento escrutinio de Anissina. Solo el Gran Sabio lograba ponerle más nervioso.

—No fue solo impresión suya —admitió, entrelazando las manos. Era difícil escuchar sus propios pensamientos por encima del zumbido de la máquina—. Yo mismo… tenía mis dudas.

—¿Por qué? —indagó la mujer en tono incisivo—. ¿Cómo funciona esa habilidad de control?

—Requiere contacto visual directo para que tenga efecto. Duraba horas, en el peor de los casos días, pero al parecer debía renovarlo cada tanto. No obstante, la mayor parte del tiempo me sentía… débil, mareado. Confundido. Incluso cuando pasaban días sin ver al hechicero.

—Eso más probablemente era debido a las houseki —opinó Anissina—. Ya eres familiar con los efectos que producen en los mazoku pura sangre. Incluso pisar terrenos con alta concentración de piedras esotéricas menoscaba tu bienestar físico.

—No podía dejar ningún margen a error —se defendió Wolfram—. Yo…. —titubeó, humedeciéndose los labios antes de hablar—. No podía poner en peligro a Yuuri…

Un rubor avergonzado le subió a las mejillas. Estaba convencido de estar a punto de oír un comentario típicamente Anissina.

"Hombres". "Tan débiles". "No se puede confiar en vosotros". "Siempre dramatizando".

En su lugar, Anissina pareció empatizar con su evidente turbación emocional y cambió de tema para ahorrarle un mayor despliegue de debilidad.

—¿Qué tal está tu maryoku?

—No hay respuesta clara —se lamentó Wolfram—. Es como si se hubiera dañado la conexión con el mundo Espiritual.

—Volverá, te lo garantizo —se apresuró a puntualizar Anissina—. Un lazo tan fuerte no desaparece con facilidad.

Wolfram suspiró profundamente y se dejó caer laxo contra la superficie en la que reposaba.

—Regresó… por un momento. Cuando creí que Yuuri iba a morir —confesó—. Apenas sirvió para prender a uno de los soldados que nos tenían acorralados… No había sido un fuego tan inestable desde que tenía treinta. Me dejó drenado inmediatamente después.

—Las emociones fuertes pueden provocar un pico de maryoku —explicó Anissina con aire erudito—. Es un fenómeno que llevo años estudiando. Intento replicarlo en Gwendal, pero con él solo funciona insistir hasta la irritación.

Le dedicó una sonrisa deslumbrante que a Wolfram le dio escalofríos.

—Nunca te has quedado sin maryoku —prosiguió—. En tu caso, se necesitaría más que una exposición prolongada a piedras esotéricas para algo tan radical. Mi teoría es que activaste un mecanismo instintivo de autodefensa: reduciendo tu maryoku al mínimo desde el núcleo, tu cuerpo y mente pretendían paliar los efectos de las houseki. Ahora que no te hace falta, lo esperable es que se recupere con el tiempo.

Por rebuscada que fuera la teoría, explicaba muchas cosas. Nunca había estado tanto tiempo expuesto a houseki, así que era esperable que no hubiera podido prever los síntomas.

—¿Cuánto tiempo? —se aventuró a preguntar.

—Es difícil de predecir —confesó Anissina, llevándose una mano a la barbilla—, pero me atrevería a decir que no mucho. Días, semanas como mucho. Spitzwerg es el territorio con más nivel de maryoku tal y como están las cosas. Y el regreso de Su Majestad no solo revitalizará tu maryoku, sino también el de todos los mazoku. Es un proceso imparable.

De forma totalmente atípica, ninguno de los dos tenía nada que decir continuación. Dejaron que un dilatado silencio fuera calando entorno a ellos. Solo el sonido de las palancas siendo manipuladas por Anissina rompían un ambiente por lo demás insoportable.

—Anissina —empezó, incapaz de resistir la tensión—: no conocía demasiado a tu padre, pero es evidente que era digno de admiración. Lamento muchísimo su pérdida.

Anissina permaneció unos instantes en silencio, dispersa en sus propios pensamientos —¿recuerdos de su infancia, tal vez? — antes de permitir que sus comisuras se curvaran en una levísima sonrisa melancólica.

—Mi padre era un buen hombre, pero desafortunadamente tradicional —opinó—. Nunca valoró mi ingenio ni mis deseos de crear. En su perspectiva, la única manera en la que podía ser útil era casándome con alguien con un título y una fortuna en consonancia. Teniendo unos cuantos hijos que pudieran heredar Khrennikov si Densham no hacía lo propio. Ni un instante barajó la posibilidad de que fuera yo y no Densham quien gobernara Khrennikov. Llegado el momento de retirarse, sencillamente cedió el puesto a mi hermano y no hubo más que hablar.

Le dedicó una intensa mirada azul que parecía exigir su empatía con excesiva agresividad.

—Es algo desgraciadamente común que ha pervivido durante siglos —concluyó—. Como sabrás, un hecho semejante llevó a tu antepasada a mentir sobre su género.

Claro que lo sabía. Era de dominio público que Rufus von Bielefeld había fingido durante gran parte de su vida ser un varón para poder capitanear los soldados Bielefeld y gestionar sus tierras tras el fallecimiento de su padre. Incluso era recogido en muchas de las crónicas de la época, con lo cual había pasado directamente a su educación de manos de Günter.

En una ocasión, con la despreocupación que traen unas cuantas copas de vino, recordaba haber conversado con el Gran Sabio al respecto con un vals de fondo.

"Oh, Rufus era todo un portento" había garantizado Murata, con aquel distintivo brillo en la mirada que hablaba de recuerdos imposiblemente lejanos. "Pequeña pero matona, como dirían en la Tierra. Aún con su complexión, conseguía amilanar a cualquiera con quién decidiera enfrentarse. Recuerdo una vez…" una risita entre dientes interrumpió la frase. "El antepasado de Lord Günter se atrevió a bromear sobre su estatura. Digamos que Lord Christ no conservó todos sus dientes para cuando concluyó el intercambio."

Por muy pintoresca que fuera la anécdota, tuvo que regresar a la realidad al percatarse de que Anissina estaba desnudando su corazón ante él.

Muy poco eran los afortunados (?) que alcanzaban a ver un atisbo de fragilidad en Anissina La Carmesí. Desde luego, en lo que a él respecta, no había recibido más que intransigencia y consejos lanzados contra él más que ofrecidos con la templanza esperable en una dama.

Si era sincero consigo mismo, cualquier otra cosa hubiera sido preocupante. El abrazo público que Anissina le dispensara apenas dos horas antes era un gesto mucho más efusivo de lo que jamás hubiera esperado viniendo de ella. Sencillamente, su manera de demostrar afecto no entraba en los estándares.

Nada en Anissina lo hacía.

Por ello era más asombroso que decidiera compartir con él un pasaje tan íntimo de su pasado. Un evidente despliegue de vulnerabilidad.

—Lo siento mucho, Anissina —parecía haberlo dicho ya un millón de veces. Nunca era suficiente—. Me gustaría pode-

¡PAF! Pestañeó, incrédulo, al procesar que Anissina acababa de golpearle la cabeza con un fajo de papeles cuidadosamente enrollado para garantizar su dureza.

—¿¡A qué viene eso…!? —bramó, indignado, frotándose la cabeza para amortiguar el escozor—. ¿¡Por qué demon-¡?

Se interrumpió cuando, de manera más que osada, el dedo índice de Anissina se posó sobre sus labios para silenciarle.

—Deja de disculparte —siseó—. Es irritante y harto innecesario. Y no quedará más claro por más que lo repitas.

Wolfram conocía las desastrosas consecuencias de contradecir a Anissina, así que detuvo en seco su verborrea. El dedo de Anissina abandonó sus labios y en su lugar su mano al completo se apoyó en su hombro en un reconstituyente apretón. Sus labios acompañaron a sus ojos en una sonrisa triste.

—Me ha proporcionado… tranquilidad —reconoció—. Conocer el final de su historia. He tenido mucha más suerte que miles que jamás tendrán ese consuelo. El destino de mi hermano, en cambio, sigue siendo un misterio —cerró los ojos un instante y tomó una profunda bocanada de aire—. Solo espero que no sufriera.

—Nada recuerdo de Densham —garantizó Wolfram—. Muchos fueron tomados como prisioneros, Anissina. Tal vez siga con vida.

"Lo cual podría no ser tanto una bendición como una condena"

Lo último lo dijo solo para sus adentros. No quería extrapolar su caso al de todos los prisioneros del Imperio, pero había pocas posibilidades de que a Densham le hubiera deparado nada agradable.

Anissina, en consonancia con su recién recobrada entereza, no se permitió venirse abajo por las posibilidades. En su lugar, se inclinó sobre Wolfram con una creciente sonrisa maquiavélica.

—Aprovechando que estás conectado a mi Lee-tu-maryoku-kun, voy a realizar un pequeño ensayo que llevo tiempo planeando. Es totalmente inofensivo, apenas nos tomará un par de horas o tres...

Todas sus alarmas se dispararon al oír el distintivo "clic" de unos grilletes inmovilizándole contra el asiento.

—Eh, ¡oye! —chilló con desesperación, sabiéndose irremediablemente atrapado—. ¡Eso no era parte del trato…!


Yuuri suspiró, cambió de posición enésima vez y acabó apoyando la barbilla en su rodilla derecha. La puerta del laboratorio de Anissina siguió firmemente cerrada a pesar de su incomodidad.

Había esperado pacientemente sentado durante casi dos horas. A aquellas alturas, ya le dolían el trasero y la baja espalda por el continuo contacto con el suelo de impecables baldosas.

En un momento dado, había oído un alarido desesperado tras la puerta. Había valorado brevemente intervenir, pero estaba demasiado acostumbrado a los gritos de pánico atravesando las puertas del laboratorio de Anissina como para tomárselo en serio. Si bien aterradores, los experimentos de Lady Khrennikov solían ser inofensivos más allá de alguna fractura ocasional y prendas abrasadas.

La mejor prueba de ello era que Gwendal seguía de una pieza tras una amistad de casi un siglo con Anissina. Supuso que, con tal antecedente, Wolfram se las arreglaría para salir vivo de aquella.

En efecto, la víctima en cuestión emergió de la puerta unos minutos después. Despeinado y, juraría, con algunos mechones chamuscados, pero por lo demás ileso.

Yuuri se puso en pie de un salto. Se castigó mentalmente apenas un instante más tarde: no había pretendido parecer tan ansioso.

—¿Cómo ha ido? —sugirió. Su voz, aún contra su voluntad, también sonó urgente.

Wolfram adoptó una postura desenfadada y se metió las manos en los bolsillos.

—Antes de que decidiera usarme como sujeto de experimento, ha determinado que no hay ningún problema con mi maryoku —le comunicó, visiblemente molesto—. Según ella, volverá en unos pocos días.

Yuuri se colocó a su lado mientras avanzaban por el pasillo desierto.

—¡Bien! —exclamó, golpeándole brevemente el hombro—. ¡Te dije que se solucionaría! ¿Algo más? —inquirió.

Wolfram no dijo nada durante unos largos segundos, abstraído en su propio mundo. No había reaccionado a la evidente muestra de camaradería.

—No pasa nada con mi cabeza —suspiró al fin, restándole importancia con una indolente floritura—. Parece ser que nos preocupamos por nada. Ese hechicero no tiene ningún tipo de control sobre mí.

—Eso estaba claro desde el principio —bufó Yuuri, vagamente indignado.

—Quizá te sorprenda, pero Gwendal tiene una fe ciega en el criterio de Anissina —replicó Wolfram—. Supongo que ahora se quedará tranquilo respecto a eso.

Por su tono acelerado, deducía que su amigo no se sentía especialmente locuaz. Podía notar que le estaba agobiando a base de preguntas, pero debía lanzar una última para saciar su hambrienta curiosidad.

—Oye… ¿Qué te dijo Anissina durante el juicio?

Toda la sala había asistido al momento en el que Lady Khrennikov se había inclinado sobre Wolfram, abrazándole, y hablándole al oído de modo que sus palabras quedaron solo para ellos. Por un momento, Yuuri pensó que preguntar algo semejante era una impertinencia y que Wolfram se cerraría en banda.

Inesperadamente, el chico se volvió y le dedicó una leve sonrisa impregnada de calidez. Tan, tan familiar que sintió deseos de llorar de felicidad.

—Que los hombres somos débiles —reconoció—. Y que no volviera a hacer llorar a Gwendal.

"Llorar" y "Gwendal" en la misma frase era una combinación tan improbable que cortocircuitó sus neuronas.

—¿De verdad eso ha pasado…? —repuso con una mueca de grima.

—A mí también me cuesta asimilarlo —reconoció Wolfram—. En honor a la verdad, mi madre siempre ha defendido que Gwendal es un blando de corazón muy en el fondo. Deberías oír s-

Wolfram se detuvo en un único y fluido movimiento. Sus ojos miraban por encima del hombro de Yuuri; al volverse, éste atisbó a Conrart aguardándoles al final del pasillo con su inmutable sonrisa serena.

—No tengo hambre —anunció Wolfram de pronto—. Creo que voy a saltarme la cena. Discúlpame frente a todos, si no te importa.

Yuuri pestañeó varias veces en sucesión rápida.

—¿Te encuentras bien, Wolfram? —preguntó—. ¿Es por el experimento de Anissina?

Wolfram negó débilmente con la cabeza.

—Puede que no lo parezca, pero estoy… agotado —en consonancia a sus palabras, arrastraba las sílabas al hablar—. Saturado, más bien. Mi mente va a mil y no puede parar ni un segundo.

Se pasó una mano por la cara como si intentara despejarse. Sus párpados presentaban una curva alicaída.

—Necesito descansar, Yuuri —suplicó—. Dame unos días y podremos… hablar.

Sonaba demasiado parecido al temible "tenemos que hablar" que, por lo general, si las películas de Hollywood tenían algo de razón, solía acabar en melodramáticas rupturas. Y una música trágica a la altura.

No había advertido que había dejado de respirar. Apenas creía el impacto que las palabras de Wolfram habían provocado en él.

Su reacción fue demasiado lenta.

—C-claro, ¡vale! —exclamó en tono forzosamente jovial—. Que duermas bien, Wolfram.

El aludido le dedicó una mirada inquisitiva, casi agradecida. Sin más, giró sobre sus talones y emprendió el camino de vuelta sobre sus propios pasos.

Yuuri permaneció de pie en medio del camino hasta que Conrart llegó a su altura. Por el ceño fruncido de su protector, era evidente que el comportamiento de su hermano también le tenía intrigado.

—¿Ocurre algo, Yuuri?

Fue incapaz de responder hasta que vio el cabello dorado de Wolfram desaparecer tras el final del corredor.

—No —se apresuró a decir—. Creo… que no.


Conrart empezaba a desear con todas sus fuerzas que aquel día terminara por fin.

Había acompañado a un más que cabizbajo Yuuri a su habitación. Su ahijado no había elaborado el porqué de su abatimiento, pero no había que ser un genio para entender que tenía que ver con Wolfram.

—Dale tiempo. Tiene que poner sus pensamientos en orden.

Era lo único que se había permitido decirle a Yuuri al respecto. Por su reacción, la de mirarle desde abajo con aquellos ojos cruelmente inocentes y sobrecogidos, supo que había dado en el clavo.

No había sido suficiente para subirle el ánimo. Su rostro era profundamente sombrío al esconderse tras la puerta. Conrart se había quedado de pie frente a una puerta cerrada, dividido entre tensar el hilo o dejar al Maoh lidiar con las emociones a su propia manera.

Tras asegurarse de que los guardias custodiaran la puerta de Yuuri hasta que él regresara, se permitió dirigirse a su propia estancia para quitarse el engorroso uniforme ceremonial y darse una bien merecida ducha.

No llegó a su destino. Reconoció a la mole apoyada en una postura desenfadada contra el dintel de la puerta. Al llegar a su altura, y tal vez captando su mirada pasivo-agresiva, Yozak elevó las manos a ambos lados de su cabeza.

—Vengo en son de paz —garantizó, su clásica sonrisa zorruna curvándole las comisuras—. Y he conseguido una vieja botella de licor de Van Dar Bia que sin duda avalaría una reconciliación amigable.

Una combinación de familiaridad y agotamiento general le hizo relajar el constante estado de tensión.

—Está bien —concedió al fin, aunque en un tono que evidenciaba que no daba su brazo a torcer.

Yozak se encogió levemente de hombros y le indicó con un gesto que le siguiera.

El recorrido, si bien corto, fue unos de los ratos más incómodos de la vida de Conrart. Agradeció llegar pronto al susodicho lugar, porque beber no estaba reñido con un silencio dilatado.

En apariencia, la reducida habitación de Yozak era de una austeridad militar, pero Conrart sabía mejor: si abría cualquier armario o baúl al azar, le recibiría un impresionante muestrario de vestidos y zapatos altos de brillantes colores. Bajo el adusto escritorio, sin duda los cajones contenían cantidades industriales de joyas baratas y todo tipo de maquillaje.

Yozak pateó la silla y se desplomó en ella con un largo suspiro. Tal y como había prometido, una botella polvorienta y dos vasos bajos les esperaban sobre la mesa.

Conrart analizó las posibilidades. Por corta que fuera la tertulia, tardarían al menos una hora en acabar la botella —algo que sucedería irremediablemente si empezaban a beber—. Yozak pareció leerle la mente mientras vertía cuatro dedos de licor en cada vaso.

—Gwendal ha apostado a medio escuadrón frente a la puerta de Su Majestad y otro tanto con el Lord Mocoso. Estarán bien —garantizó—. Sobrevivirán sin tu fervorosa vigilancia durante un par de horas.

Elevó su vaso.

—Por Lord Bielefeld —brindó.

Conrart se le unió con mucho menos entusiasmo y no poca desconfianza.

Tomaron el trago en silencio. Yozak no había exagerado: era un buen licor, con su agradable ardor enajenante al descender por la garganta. Incluso le lloraron los ojos. Yozak emitió una bocanada, enseñando los dientes al sonreír y con lágrimas punteándole las comisuras.

—¿Qué hay de nosotros? —lanzó de pronto al aire.

Y en apenas un parpadeo, el encuentro se había vuelto serio.

—¿Estamos bien? —insistió Yozak.

Conrart tamborileó en la mesa con los dedos antes de establecer contacto visual.

—No lo sé —reconoció—. Al final todo se ha solucionado de manera sorprendentemente satisfactoria, pero no puedo evitar sentirme… traicionado.

Hubo un breve fulgor dolido en el azul de los ojos de Yozak, pero logró mantener el tipo con una expresión estoica.

—Me ocultaste tus planes —prosiguió Conrart—. Te llevé a Yuuri porque confiaba en ti más que en ninguna otra persona, y decidiste omitir que confabulabas a mis espaldas con Gwendal. Sobre el futuro de Wolfram, ni más ni menos.

Estaba usando más agresividad de la que había pretendido en un principio, pero no pudo evitar la dosis extra de veneno en cada palabra.

Yozak había estado en silencio todo el rato, como si interrumpirle fuera a suponer una catástrofe peor. Su dedo se paseaba por el borde del vaso en círculos sin fin.

—Juré lealtad a Shin Makoku —alegó—. Puedes considerarme un hombre de moral laxa si lo deseas, pero ésa siempre será mi prioridad. Y tenía claro desde el principio que el camino de Lord Voltaire era el único que favorecería al Lord Mocoso a largo plazo. Y esto —señaló al espacio entre ambos—, es justo lo que sabía que sucedería. Precisamente por eso consideré oportuno omitir las órdenes de Lord Voltaire.

Se echó hacia atrás en la silla, sin impresionarse en absoluto per su expresión ceñuda.

—No esperaba que lo comprendieras, Capitán —reconoció—. Esperar otra cosa sería digno de alguien que no te conociera en absoluto. Pero debo recordarte que también has hecho cosas reprobables para protegerlos a ambos.

Hablaba de Gran Shimaron, por supuesto. Aquel negro periodo de su pasado aún poblaba sus pesadillas de vez en cuando. El rostro traicionado de Yuuri era una imagen que cargaría de por vida gravada en sus retinas.

También la expresión desolada de Yozak previa al chispazo de intuición. Los breves momentos previos a que le precipitara por un abismo —y él lo permitiera— solo por proteger su coartada.

¿Estaba siendo hipócrita? ¿Estaba acusando a Yozak de algo en lo que él había caído de forma tan flagrante apenas unos años atrás?

Su interlocutor pareció estar concediéndole unos instantes de cortesía para lidiar con sus contradicciones morales. Una palabra lanzada en el momento adecuado a su centro le destruiría, pero Conrart sabía que Yozak nunca aprovecharía tal oportunidad para una bajeza semejante.

—Sigo creyendo lo que te dije en ése barco —aseguró Yozak al final, resquebrajando el prolongado silencio—. Tratar a Lord Bielefeld como si fuera de cristal sólo alargará una infancia perpetua. Ya no es un niño, pero tampoco le dejamos convertirse en un hombre. Es algo de lo que todos, en mayor o menor medida, hemos pecado.

Se inclinó hacia adelante, apoyando un codo en la mesa para estar más cerca de él. Sintió el roce accidental contra el tobillo, pero no se permitió ni parpadear.

—Tú mismo lo has visto, enfrentándose a los Diez como si no temiera a nada: ya no es el muñeco roto que rescatamos en Khrennikov. Y de eso hace apenas unas semanas. Cuando se recupere de esto, porque lo hará —insistió—, se convertirá en algo que ninguno podemos imaginar. Posee ése tipo de grandeza. Pero para ello debemos empujarlo en la dirección correcta.

Por un momento, Conrart se dejó llevar por la pasión en las palabras de Yozak. Se preguntó si, de todos ellos, no sería Yozak el único que había intuido a tiempo el potencial de Wolfram, viendo más allá del carácter irascible y aparentemente pueril del benjamín de Cecilie.

No era la primera vez que se planteaba aquel espinoso tema. Incluso recordaba haber enfrentado a su madre al respecto alguno que otra vez: Cecilie, en su infinita benevolencia, había perlongado más que nadie la niñez de Wolfram con la esperanza de conservarlo como un niño eterno. Su madre se había mostrado reticente a que Wolfram iniciara su instrucción militar, cuando en su momento no había batido una pestaña porque Conrart y Gwendal hicieran lo propio. Para Cecilie, parecía suficiente que Wolfram fuera un diestro espadachín y un portento en el uso de majutsu dentro de los inmensos muros del Pacto de Sangre.

Con Cecilie sumida en su fantasía del sempiterno benjamín y Gwendal llevando las riendas de la política del país, en su momento el peso de aquella disyuntiva había recaído sobre Conrart. Una carga asfixiante de llevar en solitario cuando su hermano parecía odiarle con tanta intensidad.

La llegada de Yuuri había vuelto boca abajo su pirámide de prioridades. De pronto, la posición de Wolfram en el gran esquema de las cosas no parecía tan apremiante como encajar al joven Maoh venido de otro mundo en él.

No podía evadir su propia culpa. Nunca había descuidado del todo a Wolfram, pero tampoco negaba que Yuuri hubiera copado el cien por cien de su atención desde que aterrizara —en toda la extensión de la palabra— casi seis años antes.

El propio Wolfram había luchado con fervor contra aquella etiqueta impuesta por otros, la de un niño criado entre algodones. Echándose a los hombros responsabilidades y expectativas que no le correspondían; arriesgando su propia integridad física si ello significaba ascender peldaños en una férrea jerarquía militar y política.

Había aceptado la herencia de Bielefeld siendo más joven que cualquiera antes que él. Capitaneado las tropas de su familia y permitiendo así a Valtrana una liberad virtual para los entresijos políticos y comerciales sin tener que preocuparse por algo tan básico como la seguridad de sus tierras.

Y, en un giro demasiado vertiginoso para haberlo visto venir, el Imperio había vuelto a bambolear hasta los cimientos un proceso que parecía encaminado al éxito. Wolfram había crecido a pasos agigantados desde que Yuuri llegara a sus vidas, solo para ser roto —resquebrajado— durante un cautiverio de tres años. Transformando su apabullante energía en una amargura íntima que empañaba todos sus gestos y palabras.

Tal vez Yozak tenía razón y no era una fiera protección lo que Wolfram necesitaba en aquel momento. Más bien una oportunidad de hacer borrón y cuenta nueva.

Resurgir de sus propias cenizas en un escenario que le permitiera brillar con luz propia.

Cerró los ojos un instante, aflojando los puños que había cerrado por instinto sobre la mesa.

—Por muy en lo cierto que estuvieras respecto a Wolfram, sigue estando el asunto de Gwendal —le recordó, tal vez en un alarde de insidia—. Recuperar mi confianza te costará un tiempo si siempre voy a temer que las órdenes de mi hermano pasen por encima de nosotros.

Yozak guardó silencio, sorprendido por su último rescoldo de resentimiento. De repente, sus ojos se iluminaron en un chispazo de malicia y sonrió de manera que enseñó casi toda su dentadura. Le golpeó suavemente la pierna por debajo de la mesa.

—¿Son celos lo que ven mis ojos? —canturreó.

Conrart permaneció con el ceño fruncido unos larguísimos instantes antes de permitir que sus comisuras se relajaran.

—¿Acaso no me has dado motivos para ello?

La risa de Yozak, grave y desenfadada, hizo vibrar su propia caja torácica. Sin molestarse en mediar palabra, llenó un tercer vaso para ambos.


Yuuri llevaba casi una hora metido en la cama, pero el sueño parecía huir de su desesperado agarre. Y eso que se sentía más cansado que nunca en su vida.

Necesitó un periodo vergonzosamente largo para admitir para sus adentros cuál era el motivo.

Estar tanto tiempo separado de Wolfram había sido sorprendentemente doloroso. Le había vuelto taciturno, a veces irascible, y su psique le había castigado con un insomnio persistente durante las últimas dos semanas.

Olvidando el cisma entre ambos incluso antes de llegar a Spitzwerg. La reticencia de Wolfram de compartir de su cama.

Una parte de él había creído que sería temporal. Un bache pasajero.

"Cuando pase el juicio, todo volverá a ser como antes"

Pero entonces se enfrentaba a la perspectiva de tener una enorme cama helada para él solo durante mucho tiempo, y el mismo frío pareció introducirse en sus entrañas hasta dificultarle la respiración.

Se encogió en posición fetal, intentando generar un poco de reconstituyente calor, y ordenó con vehemencia a su cerebro que se durmiera.

Éste tenía otra idea, a juzgar por la elección de proyectarle recuerdos aleatorios. Noches infinitas en las que había sido vapuleado por los codazos y patadas ninja de un Wolfram sumido en un sueño profundo. Algunas en las que se había visto arrojado de la cama y había optado por quedarse allí al ser menos lesivo para su físico en general.

Fríos anocheceres de invierno en los que caminar descalzo, acelerado, hasta la cama era una muda promesa de un calor reconfortante. Una cama en la que siempre estaba Wolfram y, muy a menudo, también Greta.

Abrió los ojos, observando en la semioscuridad el dosel que pendía sobre la cama. Inspiró profundamente e intentó dotar de sentido a su desazón.

¿Acaso se no había quejado hasta la extenuación con cualquiera dispuesto a escucharle de lo que suponía compartir cama con su (oficialmente) prometido? ¿Qué maldito y retorcido sentido podía tener que se lamentara de no extender la mano y tocar el maligno camisón de seda? ¿O que ansiara oír los ronquidos imposibles que emanaba alguien con un aspecto por lo demás angelical?

—Estúpido Wolfram… —masculló, subiéndose las cobijas hasta la coronilla y haciéndose una furiosa bola de mantas—. Estúpido

Muy en el fondo de su consciencia, alguien puso voz a su inarticulado deseo.


Conrart cerró con cuidado la puerta de la habitación y se alisó el uniforme antes de dar dos pasos más. La idea de la reconstituyente ducha, olvidada por el momento.

Había dejado a Yozak roncando a pleno pulmón, con medio cuerpo fuera de la cama, y se había marchado con la intención de plantarse frente a la puerta de Wolfram en rigurosa custodia. Sin meditarlo demasiado.

No se lo habían ordenado. Tras su absolución, nadie debía asignar una vigilancia sobre alguien ya declarado inocente. Wolfram podía ir y venir libremente por todo el castillo sin que se le pidieran explicaciones. Gwendal así lo había firmado bajo decreto esa misma tarde.

Era más bien un deber autoimpuesto. Una manera de cerciorarse de que ya no había ninguna amenaza a la vista para su hermano.

Giró la última esquina antes de llegar a la habitación de Wolfram. Tras su absolución, se le había asignado una estancia en las plantas inferiores, lejos de aquella en la que había estado recluido los últimos quince días y muy cerca de la que ocupaba su madre. Un lugar ideal para iniciar un largo proceso de curación.

Juraría que había visto cómo se interrumpía el rayo de luz cinérea que se colaba bajo la rendija de la puerta.

Imaginó a Wolfram yendo de un lado a otro tras haber abandonado el ingenuo espejismo de descanso reparador. Tal vez era incapaz de conciliar el sueño. Todas las emociones del día debían haberle pasado factura, lo suficiente como para dejarle agitado aún con su absolución.

Imaginó que tras haber dejado atrás aquella nefasta etapa, Wolfram necesitaba tiempo para poder dedicarse a reconstruir el resto de su vida. Entre ellos, superar su cautiverio y lidiar con su convulsa vida emocional. Ninguna de las dos parecía un proceso fácil.

Paró en seco justo diez pasos antes de llegar a su destino.

La puerta estaba abierta, entornada casi al máximo. Y entonces notó otro detalle anómalo.

¿Dónde estaban los guardias?

Se precipitó hacia la puerta y la empujó dos palmos antes de asomarse al interior.

—¿Wolfram?

Su mano voló por instinto y desenvainó cuatros dedos de su arma.

Alguien estaba sentado en una silla junto a la cama de su hermano. Observándole fijamente. No podía averiguar su identidad desde allí, solo cabello oscuro.

El desconocido ni se inmutó cuando Conrart apoyó el filo de su arma contra el cuello descubierto.

—No te muevas —siseó como advertencia.

Pasando totalmente por alto su amenaza, el desconocido giró la cabeza sobre el hombro para mirarle.

Ojos rasgados, gesto firme enmarcado en cabello negro. Conrart apartó la espada.

—Majestad —murmuró.

El aludido se puso en pie con una gracilidad de la que carecía el propio Yuuri. Era la primera vez que veía al Maoh sin aquella amenazadora aura de maryoku azul. No parecía tan temible sin la aterradora aureola de energía y ataviado con un pijama celeste que le iba corto en los puños y los tobillos.

Logró ignorar momentáneamente la atípica aparición y clavó los ojos en el rostro dormido, ajeno, de su hermano.

—Wolfram… —murmuró.

—Sufría una pesadilla —explicó el Maoh, adivinando sus pensamientos—. En beneficio de su propio descanso, he utilizado un poco de maryoku para concederle un reposo reparador. No despertará hasta el amanecer.

El joven pasó la mano por encima del rostro de Wolfram, sin tocarlo. Conrart ni siquiera podría asegurar que hubiera llegado a rozar sus labios.

Pero tal vez lo había hecho antes de que él entrara en la habitación. Quién sabe qué más cosas inapropiadas.

El gesto agitó algún tipo de indignación latente en las entrañas de Conrart a la par que cientos de preguntas. Aquel ser sobrenatural estaba usando un cuerpo que no era suyo para algo que Yuuri difícilmente aprobaría. O que como mínimo le escandalizaría.

Fue incapaz de quedarse callado.

—Disculpad mi osadía, Majestad —murmuró, tono suave y cauteloso—: pero considero injusto que os valgáis de Yuuri sin su consentimiento.

Acababa de firmar un contrato directo a ser fulminado por un rayo.

El Maoh permaneció inmóvil unos instantes. Se irguió acto seguido y se volvió hacia él con un solo movimiento líquido: para su absoluto estupor, sus comisuras estaban erguidas en una brevísima sonrisa.

—¿Qué os hace pensar que Yuuri no se comportaría del mismo modo? —sugirió, tocándose el pecho con una mano—. ¿Qué os empuja a descartar con tal rotundidad que haya sido Yuuri el que me haya traído aquí?

En honor a la verdad, la réplica le dejó sin palabras.

Aún no habían acabado de dilucidar qué era el Maoh. ¿Una doble personalidad de Yuuri? ¿La condensación de los conocimientos de los anteriores Reyes Demonio? A menudo hablaba como si hubiera vivido mucho tiempo, algo que no encajaba con un adolescente de diecisiete años.

Aunque claro… Yuuri, aún sin saberlo, también debía haber heredado una parte de la personalidad de Julia. ¿No era ese el concepto de las reencarnaciones? ¿Aprender en cada vida para ser capaces de progresar en la siguiente?

Hubo en tiempo en el que él mismo se planteó cuál había sido su vida anterior y qué tipo de huella había dejado en su personalidad, en el curso de su misma existencia. De eso hacía mucho tiempo, antes de llegar a la conclusión que tales reflexiones no conducían a ninguna respuesta y solo suponían una inversión desmesurada de energía.

—No imagino a Yuuri colándose en la habitación de mi hermano a altas horas de la noche —no pudo evitar una sonrisa trémula—. Más bien, todo el mundo esperaría justo lo contrario.

El Maoh le observó fijamente con aquellos ojos de pupilas gatunas que no parpadeaban.

—Creía que conocíais mejor a vuestro ahijado, Sir Weller —no sonrió, pero de algún modo Conrart imaginó una mueca irónica.

¿Podía el Maoh ser sarcástico? ¿No iba a colapsar el universo sobre sí mismo o algo por el estilo?

El Maoh aprovechó su lapsus para acercarse una vez más a Wolfram. Le apartó unos mechones dorados del rostro, expandiendo el contacto más de lo estrictamente necesario. Deslizando el dorso de la mano por su mejilla.

Wolfram, caminando en sueños sin nombre, apenas suspiró entre los labios entreabiertos.

—Solo quería verle —se excusó el Maoh—. Y Yuuri también.

Conrart no pudo contenerse de levantar las cejas en una expresión sorprendida. El Maoh tomó el gesto como una pregunta inarticulada, y por un momento pareció un simple adolescente pillado durante una travesura.

—Hay muchos tipos distintos de amor, Sir Weller —aseguró—. Además, no son inmutables. Evolucionan, se convierten en otros. Algunos imposibles de definir. Preguntad a vuestra madre al respecto si tenéis dudas.

Antes de que Conrart pudiera asimilar el sentido oculto tras las crípticas palabras, el Maoh prácticamente había invadido su espacio personal. Yuuri seguía siendo más bajo que él, pero de algún modo el Maoh parecía erguirse por encima de cualquiera aunque tuviera el físico de un adolescente.

—Os pido que guardéis en secreto esta conversación —no era en absoluto una petición, más bien una orden velada.

Y sin más, sus párpados se cerraron y se desplomó sobre sus rodillas.

Conrart reaccionó justo a tiempo, atrapándole en el aire antes de que se abriera la cabeza contra el suelo.

Había pasado un tiempo desde que sujetara a Yuuri se aquella manera. Se sorprendió al notar lo mucho que le colgaba los pies, lo largas que se habían vuelto sus extremidades, y lo mucho que parecía pesar. Como si hubiera crecido en poco tiempo en los lugares adecuados.

Yuuri suspiró sonoramente y hundió la nariz en su pecho. Una sonrisa plácida bailaba en sus labios. Conrart no le había visto dormir tan a gusto desde que aquella pesadilla comenzara.

Suspiró, saliendo de la habitación y cerrando la puerta con un golpe de talón. Apuntó mentalmente tener una charla con los centinelas de su hermano sobre bajar la guardia incluso aunque el Rey Demonio en persona se plantara ante la puerta.

Oh, cómo deseaba que aquel confuso día terminara…


Mareeeeeee... Adoro a Anissina. Recuerdo que en los primeros visionados del anime, llegó a ser mi personaje favorito en muchos pasajes. Qué locuela :/