Lamento mucho la tardanza, pero ya sabéis como está la cosa... En España ahora estamos empezando a salir de este embrollo, y la verdad... la poca creatividad que siempre he tenido se volatilizó durante el confinamiento. Espero que este bloqueo no vuelva a repetirse.
Disfrutad.
Sin advertencias especiales en este capítulo.
14
Gesunden
Sanando
En cuanto puso un pie en el salón para desayunar con los demás, medio dormido y con solo una leve expectativa, Yuuri tachó otro en su lista de días malos.
Oteó la descomunal mesa y reparó en cada uno de los rostros. Gwendal, Günter, Murata. Conrart, Cecilie y Stoffel. Anissina, Raven y Elizabeth. Intentó que no se notara la decepción en su rostro cuando, por tercera mañana consecutiva, Wolfram no había acudido a desayunar con los demás.
La noche anterior había pasado un total de cuatro horas sentado frente a su puerta, con la candorosa esperanza de que se decidiera a salir aunque fuera a una hora intempestiva. En algún punto de la espera, se había quedado dormido y Conrart había aparecido a su lado para cubrirle los hombros con una manta y acompañarle a su propia habitación.
Miró con mala cara el fastuoso desayuno. Nada de lo que veía le parecía apetecible. Al final mordisqueó sin ganas la esquina de una tostada con mantequilla y consiguió ingerir el total de medio vaso de zumo. Autoimponerse el ayuno no iba a favorecer a nadie.
Salió de su ensimismamiento cuando unas manos de mujer aparecieron a su izquierda, rellenando su vaso con una jarra de porcelana. Resiguiendo dicha extremidad, vestida en verde y blanco, encontró un rostro conocido.
—Lazania —llamó, de forma inconsciente. Su tono fue casi sorprendido.
Sintió las miradas de los presentes puestas en él, cuestionándole.
—¿Sí, Majestad? —respondió la muchacha, sofocada. Saltaba a la vista que no estaba acostumbrada a que se dirigieran directamente a ella.
Yuuri pestañeó varias veces, sin tener muy claro lo que iba a decir en realidad.
—Conocí a tu hermano —aseguró, como si acabara de recordarlo—. Hernan.
La expresión de la joven se suavizó, tiñéndose rápidamente de melancolía.
—Sir Weller me lo dijo —confesó la muchacha.
—Resistía —aseguró Yuuri con un súbito fervor—. Como muchos otros.
Sin meditarlo demasiado, apoyó la mano en la juntura del codo de Lazania. Ella dio un respingo y se puso muy colorada, tal vez por lo cercano e inesperado del gesto.
—Le traeremos de vuelta, ¿de acuerdo?
Lazania parpadeó, los enormes ojos verde oscuro húmedos por las lágrimas.
—Gracias, Majestad —alcanzó a balbucear.
Cuando Lazania pasó junto a Sangria, ésta la tocó el hombro de forma cariñosa. Abandonaron el comedor con aquel paso sincronizado, comedido, que tenían todas las doncellas de palacio.
—Eso ha sido irresponsable —sentencio Gwendal con los labios pegados a su taza.
Yuuri se volvió hacia él con el ceño fruncido, anticipándose a una de sus aleatorias reprimendas.
—No deberías darle falsas esperanzas —le reprendió el mayor de los hermanos—. Es posible que el muchacho incluso haya muerto. Ello solo hará que el golpe sea más contundente.
Si Gwendal esperaba una réplica airada, indignada, iba a sentirse profundamente decepcionado. Yuuri puso un especial esfuerzo en que su tono fuera lineal, sin altibajos.
—Si nosotros mismos no creemos en poder ganar, ¿quién va a hacerlo? —lanzó.
La tensión en el ambiente creció súbitamente como la espuma. Gwendal le analizaba en silencio, los labios tan apretados en una fina línea que casi estaban pálidos.
—Su Majestad tiene razón, Lord Voltaire —intervino de pronto Elizabeth—. En tiempos como estos, no nos queda otra que tener fe en nuestras posibilidades. ¿Acaso esperáis que os sigan unas tropas que saben que su General se ha dado por vencido?
Gwendal pestañeó varias veces en sucesión rápida, incrédulo. Estaba acostumbrado a que Yuuri cuestionara su postura, pero que una jovencita con la que apenas tenía relación hiciera lo propio parecía haber superado todas sus expectativas.
Yuuri y Elizabeth intercambiaron una breve mueca cómplice mientras Gwendal carraspeaba y volvía a su desayuno.
Sentado justo enfrente de él, Murata ni siquiera se esforzó por disimular la sonrisa en su cara.
Era mediodía cuando por fin Wolfram emergiera de la cama. Por primera vez en tres días.
En aquel tiempo, había estado casi siempre durmiendo. Despertando lo justo para dar cuenta de la comida que le traían rigurosamente tres veces al día. Con la mente llena de una niebla densa que apenas le permitía formar pensamientos coherentes.
Un letargo terrible. Para él, habían sido mucho más de tres días, el tiempo estirado hacia el infinito más allá de toda lógica. Encogido por el miedo a lo que le aguardaba tras el diminuto reducto que se había construido. Las expectativas. Todo a lo que debería enfrentarse.
Se había despertado al amanecer, y se había dicho a sí mismo que no podía permanecer más tiempo aislado del mundo. Había saltado de la cama con energía explosiva, dirigiéndose al cuarto de baño como un relámpago. Si decidía por fin dar un paso adelante, al menos debería oler como una persona decente.
Al igual que en el Pacto de Sangre, el castillo Spitzwerg poseía conducciones de agua caliente. Llenó la tina hasta que rebosó y se sumergió en ella. Utilizó una ingente cantidad de jabón en cada rincón del cuerpo y empleó no menos tiempo en adecentarse el cabello hasta que quedó inmaculado. Permaneció en el agua hasta que ésta se enfrió y se volvió turbia. Desenredarse el cabello y perfumarse le costó al menos otros diez minutos.
Salió del cuarto de baño dejando la impronta de sus pies mojados en el suelo. Al abrir el armario en busca de algo decente que ponerse, tuvo que pestañear varias veces al ver tres versiones distintas de su uniforme azul.
Tocó, casi con reverencia, el puño bordado en hilo de oro del más cercano. Había creído que nunca llevaría de nuevo los colores de su familia. Que no volvería a ser digno de ellos. De que se refirieran a él como "Lord Bielefeld".
Muy en el fondo, una parte de él aún lo creía.
Un suspiro de profundo alivio abandonó sus labios cuando por fin ajustó entorno a sí mismo la conocida casaca, al cerrar el cinturón y calzarse las botas altas. Aunque sus dedos conocían de memoria la mecánica de colocarse el pañuelo, su mente parecía haberlo olvidado tras tres años ajeno a la práctica.
Se peinó el cabello con los dedos, algunos mechones húmedos adhiriéndosele al cuello. Su delgadez provocaba que la casaca le fuera grande en el torso, aunque algo corta en los puños. Apretó dos tramos más el cinturón, satisfecho con la impresión general.
Por último, se anudó la espada al cinto. No era la suya —por supuesto, ésta debía haberse perdido en la toma del Pacto de Sangre— pero alguien se había molestado en encontrar un modelo muy parecido. Tal vez incluso forjada a propósito para él, a juzgar por la perfección con la que encajaba la empuñadura en su mano.
Tomó aire frente al espejo, juzgándose a sí mismo a través de los ojos de otros.
Su fachada debía ser perfecta. Sin un solo resquicio.
A juzgar por la expresión sorprendida, hasta cierto punto maravillada, de los guardias que custodiaban su puerta, había tenido éxito.
—Lord Bielefeld —le saludó uno de ellos—: iba a despertaros, señor. Lord Voltaire desea que os reunáis con él y el resto del Consejo dentro de una hora.
¿Gwendal le convocaba a un consejo? Hasta entonces, su presencia en tales encuentros era más fruto del apoyo moral a Yuuri que de una implicación real en el asunto que debiera tratarse.
—Lady Cecilie también insiste en que la visitéis, Señor —añadió el otro guardia.
Todos parecían ansiosos por verle. Se sintió súbitamente culpable.
—Informad a Lord Voltaire de que acudiré —concedió—. Antes voy a ver mi madre.
—Sí, Señor —asintieron los guardias al unísono.
Se despidió de ellos con un leve gesto de cabeza y se marchó pasillo abajo, poniendo especial esfuerzo en su postura más digna.
Wolfram iba sintiéndose un poco más vivo a cada paso que daba, avanzando por aquellos familiares pasillos llenos de bustos y tapices que rememoraban las glorias de la casa Spitzwerg. Hubo un tiempo en el que, a pesar de llevar el apellido Bielefeld, se había sentido tan parte de los Spitzwerg como el que más: era tan parecido a su madre que casi asustaba, además de haber heredado el maryoku de fuego de ésta.
Sin embargo, lo que más le unía a aquella familia era el hecho de haber pasado parte de su infancia allí, entre estancias fragantes y aún más fragantes jardines atestados de rosas y otros miles de flores. Una paz envolvente se iba apoderando de él a medida que avanzaba y reconocía ciertos lugares: la alfombra que había embarrado al entrar sin cuidado un día de lluvia; la columna tras la que se había ocultado jugando con Elizabeth al escondite; la repisa cuyo jarrón había tirado accidentalmente y que le había dejado una marca aún visible en el antebrazo...
Golpeó una puerta lateral con los nudillos y pasó tras ser invitado.
Cecilie estaba sentada frente a su gigantesco tocador a tres espejos, observando con cierto aire ufano su siempre hermoso reflejo. Su cabello brillaba como el oro puro mientras lo ahuecaba con dedicación, lanzando miradas a cada ángulo de su imagen. Sólo detuvo su muda contemplación de sí misma cuando notó su presencia, y le sonrió a través del cristal.
—Pasa, Wolf, cariño.
Sin aspavientos. Un inesperado regalo de normalidad.
—Madre —saludó Wolfram, cerrando la puerta a sus espaldas—, ¿querías verme?
—Bueno —admitió Cecilie con una sonrisa amorosa—, sólo disfrutar un poco de un hijo al que creía perdido.
Giró sobre sí misma, los pies desnudos deslizándose con gracia sobre la moqueta carmesí.
—Ven aquí, Wolfram —propuso.
Las pulseras de sus muñecas tintinearon cuando extendió ambos brazos en su dirección en un claro ofrecimiento.
Dejarse absorber en el abrazo de su madre era un bálsamo, un relajante para su agitado estado anímico. Cecilie parecía menos proclive a exageradas muestras de afecto en la intimidad, algo que agradeció enormemente.
Cecilie se colocó a sus espaldas, encarándolos a ambos hacia el espejo. Las manos de su madre sobre sus hombros, tensas y a la vez protectoras, le infundían un dolor que no era capaz de explicar. Y aquel hermoso rostro tan parecido al suyo aún dejaba translucir las emociones, habilidad que él parecía haber perdido tiempo atrás.
Desde el espejo, les devolvían la mirada dos personas; lo más semejantes en apariencia que alguien podía ser siendo madre e hijo.
—Cada vez te pareces más a mí —opinó Cecilie—. Has crecido un poco, si no me falla la vista.
Wolfram no se había dado cuenta hasta entonces, aunque ello explicaba el pedazo de muñeca y tobillos que asomaban más de la cuenta. En los últimos tiempos, cuando se miraba al espejo sólo veía un mar de cardenales y marcas sangrantes. Agradeció que la ropa cubriera las que aún eran visibles.
—¿Podrías ayudarme a peinarme? Es realmente engorroso tener esta preciosa melena con los tiempos que corren... —se quejó Cecilie, tomando asiento y sacudiendo la cortina de cabello rubio.
Wolfram asintió con diligencia y cogió el peine que le tendía su madre. Sumergió los dedos en aquella cascada de rizos dorados y empezó a cepillarlos con cuidado y dedicación.
Durante unos minutos, solo pudo oírse el sonido del peine deslizándose entre tirabuzones de oro y el tarareo soñador de Cecilie. Wolfram se permitió un cortísimo remanso de paz antes de percatarse que los ojos de su madre estaban clavados en él sin pestañear.
—Estás muy delgado —observó con disgusto—. Demasiado. Los hombres no se fijarán en ti si descuidas tu apariencia de esa manera...
Wolfram quiso decirle que le importaba muy poco que los hombres se fijaran en él o no, pero conociendo a su madre sabía que su opinión sobre un tema tan trivial no le importaría en lo más mínimo.
—Hay asuntos más acuciantes de los que preocuparse —murmuró.
Si había esperado que ello diera por finalizada la conversación, estaba siendo muy ingenuo.
—Soy tu madre, Wolfram —le recordó Cecilie con cariño—. No hay secreto tuyo que puedas ocultarme, aunque te esfuerces en ello. Y veo en tus ojos que has sufrido lo indecible. No me lo has contado todo.
¿Cómo hacerlo? ¿Cómo hacerla partícipe de la terrible realidad en la que se había convertido de su vida? ¿Cómo decirle que luchaba cada instante por recuperar una normalidad que nunca regresaría?
—Soy un Bielefeld —anunció él con fingida serenidad—: no nos auto compadecemos de lo ocurrido en el pasado.
Cecilie le observó sin pestañear por unos largos instantes.
—Tu padre también se empeñaba en ocultar sus heridas —murmuró con melancolía—. Era tan obstinado... Cambiante, imprevisible. Era lo que me fascinaba de él.
Wolfram guardó silencio en un intento de visualizar el rostro de su padre, pero no lo consiguió. Su memoria estaba enturbiada por el retrato que su madre guardaba celosamente en su dormitorio. Su padre había sido un hombre atractivo, característica que según decían había heredado él. Wolfram se recordaba admirando el bello rostro pintado en el lienzo cuando apenas levantaba unos pocos palmos del suelo.
Su padre se había parecido mucho a su hermano, pero allí donde Valtrana tenía rasgos de aristócrata, su padre los había tenido de aventurero. Había acumulado innumerables pretendientes (y otras tantas conquistas… hombre y mujeres, según había oído), pero sus ojos finalmente se habían posado sobre Cecilie von Spitzwerg. Por aquel entonces la Maoh ya tenía dos hijos, uno de ellos fruto de su relación con un humano, pero Lord Bielefeld había sido capaz de ver más allá y mirar a la mujer indómita y gentil que había detrás.
Wolfram quedó huérfano antes de los veinte años: el constante tira y afloja contra los humanos nuevamente golpeaba a la Maoh. Aquel día su madre lloró durante horas sobre el regazo de Gwendal mientras Conrart se limitaba a acariciarle los hombros con gentileza. Él, incapaz de comprender lo sucedido, se había pasado toda la tarde jugando con Gisela, aunque aquella tristeza que planeaba sobre el castillo también se había aposentado en los ojos de ella.
Wolfram, muy de vez en cuando, rememoraba la sensación de unas manos cogiéndole por debajo de las axilas, y casi podía oír la risa orgullosa de Winfred von Bielefeld al ver el rostro de su hijo.
Una risa que se había silenciado demasiado pronto. Su padre había muerto siendo casi medio siglo más joven que Cecilie. Un final sobre el que Wolfram no había preguntado demasiado. No quería saberlo, permitir que la verdad le atormentara y nublara sus sueños de pesadillas.
Tal vez algún día.
Sacudió la cabeza. Prefería recordar a aquel padre que reía al verle, aquella mirada de orgullo. El hombre del que su madre se había prendado y del cual aún era oficialmente la viuda.
Aun así, se recordó con cierta contrariedad, siempre había tenido presente que el auténtico amor de su madre había sido Dan Hiri Weller. Tanto su padre como el de Gwendal ocupaban un lugar secundario en el corazón de Cecilie von Spitzberg.
Se tomó unos segundos para volver a enlazar la conversación. Su silencio había sido más dilatado de lo que pretendía.
—Prefiero no pensar en ello —admitió finalmente para zanjar el asunto—. No es algo de lo que me sienta orgulloso. No creo estar listo para que la gente lo sepa.
Temió por un momento que siguiera indagando. El concepto "no" solía ser costoso de calar en la mente de su madre y raramente la disuadía de insistir. En aquella ocasión, pero, percibió en el acto su tensión manifiesta.
—Está bien, Wolf —suspiró, dándose por vencida.
Apenas diez segundos después, la misma mirada inquisitiva volvió a sacarle de su ensimismamiento. Observó el reflejo compartido con una pregunta muda en el rostro.
—¿Qué hay de Yuuri? —lanzó al final Cecilie.
Wolfram no se permitió ni pestañear, forzando su semblante más impasible.
—¿Qué sucede con él? —replicó, fingiendo inocencia.
—Wolfram... —susurró Cecilie—. Me da miedo que estés poniendo más de lo que recibes...
El joven contuvo el aire un tiempo demasiado largo. El suficiente para que ella atisbara tras la fachada.
—No debes preocuparte —aseguró—. No estamos tan cerca como antes, de todos modos. Ya no tiene la capacidad de dañarme.
—Oh, por favor… —se burló Cecilie con una sonrisa zorruna—. Puedes engañar a tus despistados e ingenuos hermanos, pero no a la mayor experta en amor que ha pisado Shin Makoku.
Se volvió hacia él, mirándole de medio lado por encima del hombro cubierto de oro.
—Reconozco la mirada de los que sufren por amor —le reveló en tono confidente, contenido y emocionado al mismo tiempo—. La chispa indeleble cuando tus ojos se posan en el objeto de tus deseos. Es algo muy difícil de disimular, Wolf.
¿Tan evidente era? ¿Incluso cuando se había dicho una y mil veces que iba a acabar con aquel despliegue de patetismo?
Tomó aire, valorando efímeramente si soltar de una vez por todas la verdad que le quemaba en la lengua.
¿Quién si no su madre comprendería mejor los pormenores de un corazón roto? ¿Ella, que había perdido a la persona amada más veces que las que nadie que conociera? Cerró los ojos un instante y se armó de valor.
—Yo le amo, madre —confesó al fin, apenas un murmullo trémulo—. Y sé que este sentimiento sólo me reportará dolor, pero no puedo evitarlo.
La voz se le entrecortó al final de la frase. Pestañeó cuando las lágrimas le burbujearon en ojos, enturbiándole el campo visual.
—He llegado a un punto en el que sé que no podré amar otra persona —aseguró.
La Cecilie del espejo le miraba con una mezcla de infinitos amor y lástima.
—No es éste el tipo de historia de amor que hubiera deseado que vivieras… —reconoció.
Wolfram se recompuso lo suficiente para intentar esbozar una sonrisa palpitante. El resultado fue una mueca grotesca, tan forzada que resultaba horripilante.
—Hace mucho que nada de lo que deseo se hace realidad, madre —susurró—. Por triste que suene, empiezo a acostumbrarme.
Estaba convencido de que Cecilie iba a decir algo, pero no le dejó una ventana para ello. Depositó el peine con cuidado sobre el tocador y se dio la vuelta.
Justo a tiempo. Cecilie no llegó a ver las lágrimas que le punteaban los párpados.
Aunque sin duda una madre sabía esas cosas.
—Debo irme —anunció—. Gwendal me ha convocado a una reunión.
Odiaba dejar aquella conversación inconclusa. O peor: con un final tan deprimente. Su madre no merecía cargar con su amargura cuando ya había guardado luto durante tres años por su supuesta pérdida.
Se marchó de todos modos. En medio de una guerra, pocos eran los que podía encontrar consuelo. Y su madre ya era veterana en la desesperanza.
Yuuri se quedó petrificado en la puerta de la sala de reuniones, deteniéndose con tanta brusquedad que Conrart casi chocó contra él. Nada más cruzar el umbral, su rápido escaneo se había detenido abruptamente en una única cabeza rubia.
—¡Wolfram…! —exclamó, incapaz de contenerse.
En otra situación, le hubiera avergonzado el arrebato en su tono (en especial porque Gwendal les estaba mirando). Pero, oh, fue una experiencia medicinal ver a Wolfram ataviado de nuevo con el color azul de Bielefeld.
Sin duda todos los presentes compartían tal pensamiento, pero ninguno hizo comentario alguno. El objeto de su atención pestañeó un par de veces y le dedicó un gesto enfurruñado.
—¿Dónde estabas? —exigió—. Llevamos diez minutos esperándote.
No pudo contener la sonrisa nerviosa que curvó sus labios mientras tomaba asiento entre Günter y Anissina.
Tras aquellos tres días, Wolfram parecía haber renacido. No solo había vuelto a lucir prácticamente su aspecto inmaculado, elegante, de siempre sino que sus ojos brillaban en un familiar fulgor fiero.
—Siento haberos hecho esperar —se disculpó Yuuri.
La expresión soñadora, bobalicona, permaneció en sus comisuras incluso cuando Wolfram dejó de prestarle atención y se encaró a Gwendal.
—¿Podemos empezar ya, Lord Voltaire? —sugirió.
Más sonaba a exigencia que no admitía dilación. Yuuri tuvo que ordenar a sus músculos faciales que dejaran de sonreír.
—El motivo de esta reunión no es otro que planificar nuestras siguientes acciones —admitió Gwendal—. Pasada la… agitación de los últimos días, no podemos postergar más este encuentro. Ahora que el Maoh está aquí —hizo una breve pausa para señalarle con la cabeza—, tal vez un cambio de estrategia nos sea beneficioso a largo plazo. Pero primero considero oportuno poner a todos los presentes al corriente de los últimos movimientos del Imperio dado que la mayor parte se considera información privilegiada.
Desplegó sobre la mesa un gigantesco mapa de Shin Makoku y zonas aledañas. Era tan grande que Murata y Anissina tuvieron que retirar las manos. Gwendal metió la mano en un tarro atestado de pequeños objetos que castañeaban al moverse.
—Hemos perdido la mitad del territorio Radford en las últimas dos semanas —empezó—. Lord Radford y Lady Rochefort resisten en la residencia de verano de Radford, cerca del límite con Spitzwerg. El control de Lord Gyllenhaal sobre su territorio es residual, reducido solo al castillo y unos pocos terrenos adyacentes. Voltaire está casi todo perdido y Lord Bielefeld a duras penas consigue mantener la posición: solo la mitad oeste de Bielefeld es terreno mazoku.
Iba complementado sus palabras moviendo metódicamente diminutas banderas rojas y azules por el mapa. Por el momento, solo había usado las carmesíes.
—El frente se sitúa ahora en el norte de Radford y las fronteras de Voltaire y Bielefeld —indicó—. Son los únicos lugares donde existe un conflicto abierto. En el resto… la situación es mucho peor: sin ningún tipo de resistencia efectiva.
Yuuri observó el mapa con creciente angustia. Demasiado rojo por todas partes. Khrennikov, Rochefort, Christ y Voltaire parecían estar ya en su totalidad manos del enemigo. Prácticamente solo el oeste de Grantz, Wincott, la mayoría de Spitzwerg y el norte de los territorios bajo el directo control del Pacto de Sangre estaban libres de la presencia imperial.
La saliva se secó en su boca. Shin Makoku no era un país demasiado extenso si lo comparaba con enormidades como Gran Shimaron, pero le parecía excesivo que un pueblo donde prácticamente todo el mundo sabía defenderse en batalla hubiera perdido dos terceras partes de su territorio en tres años.
—Esta es la situación —finalizó Gwendal, dejándose caer de nuevo en el sillón—. ¿Vuestras impresiones, damas y caballeros? Ahora es el momento de manifestar todo aquello en lo que no ha habido oportunidades previas.
Nadie parecía dispuesto a hablar el primero. Yuuri se preguntó si, como él, también estarían asimilando el alud de información. Si a todos, al igual que él, les habría tomado por sorpresa la precaria situación del país.
—Es sorprendente lo dosificada que nos llega la información desde el Imperio a pesar de que llevan tres años aquí —expuso Günter al final—. Apenas conocemos nada sobre su organización militar o la identidad de sus líderes. Son pasmosamente herméticos con sus motivos ulteriores, y la información circula con máximo celo.
—Los prisioneros capturados en Nimander tampoco fueron de mucha utilidad —intervino Yozak—. No es que los… métodos de sugestión no funcionaran: sencillamente, no tenían nada relevante que contarnos.
—Parecen tener la información tan compartimentada que es difícil hacerse una idea global —opinó Anissina, sobándose el mentón con una mano—. Funcionan en un sistema piramidal: los rangos bajos difícilmente conocen nada de los movimientos de sus superiores antes de recibir las órdenes. Una astuta estrategia, si queréis mi opinión.
Gwendal se hizo hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. Para Yuuri, su envejecimiento prematuro nunca había sido tan evidente.
—Hemos combatido prácticamente a ciegas todo este tiempo —se lamentó, los labios ocultos entre sus dedos entrelazados—. Defendiéndonos a la desesperada, sin saber dónde golpear.
—Ni siquiera hemos respondido a la pregunta más básica —lanzó Stoffel—: ¿por qué?
Todos guardaron silencio durante una larga pausa, luchando contra sus propias emociones negativas. Impotencia, básicamente.
El propio Yuuri sentía un familiar terror a lo desconocido disparándose a cotas inimaginables. Todo era más fácil cuando Shimaron era su mayor preocupación y un rey codicioso movía los hilos de sus tropas con el solo objetivo de ser la única potencia militar del continente.
—Lord Spitzwerg ha dado en el clavo —corroboró Yozak—. No podemos negar que esta no es una simple conquista ni un intento de establecer hegemonía.
—¿Estamos seguros de eso? —se aventuró a preguntar Yuuri. Sentía su frente empezar a cubrirse de un sudor frío.
—No han intentado acciones hostiles con ninguna otra nación —apuntó Günter—. Solo les interesa Shin Makoku, por algún motivo.
—No pugnan por ningún recurso concreto —puntualizó Gwendal—. No han mostrado ningún interés en las explotaciones mineras. Tampoco se han tomado la molestia de reforzar relaciones comerciales con naciones colindantes más allá del intercambio de esclavos y metales con Svelera y Gran Shimaron.
Hubo un breve silencio en el que todos absorbieron la información allí vertida. Yuuri, con las manos apretadas sobre la mesa y con expresión solemne, deseaba con todas sus fuerzas que alguien rompiera el tenso silencio.
—Su lucha es específicamente contra los mazoku. Es innegable —sentenció Anissina.
—La inmensa mayoría son humanos —confirmó Wolfram, quien no se había movido ni un milímetro desde que Gwendal iniciara su exposición—. Pero hay una gran cantidad de mestizos, incluso de segunda y tercera generación; puede que más. No obstante, no hay mazoku pura sangre.
—Eso es imposible —apostilló Stoffel—. ¿De dónde han heredado si no la sangre mazoku?
—¿Es posible que existan unos pocos ancestros comunes? —se aventuró Gwendal.
—Si ése fuera el caso, llevarían milenios muertos —replicó Günter—. De ninguna otra manera habría tantos mestizos de sucesivas generaciones. La herencia mazoku estaría demasiado diluida como para que pudiera notarse la diferencia o siquiera manifestarse.
—Tampoco es el caso —objetó Wolfram, el cejo fruncido en concentración—. Eberhart Seiffert dijo una vez que su padre había sido un virtuoso del majutsu de tierra. Es un mestizo de primera generación: tiene más de cien años.
—¿De dónde provienen esos mazoku? —lanzó Yuuri al aire—. ¿Hay más tierras demoníacas en otros continentes?
—No que sepamos —confesó Conrart—. Hay gente con herencia demoníaca desperdigada por todos los continentes y archipiélagos, pero el origen de todos está aquí, en Shin Makoku.
—Sigue siendo inexplicable que haya tanta densidad de mestizos y aparentemente ningún pura sangre —apuntó Anissina—. Y más extraño aun que se vuelvan con tanta ferocidad en contra de un pueblo con el que comparten una herencia tan clara.
—¿Qué opináis, Alteza? —presionó Günter, girándose hacia el Gran Sabio.
Atípicamente, Murata no había articulado palabra en mucho rato. Mantenía su típica postura reflexiva, con la cabeza inclinada y la barbilla recostada sobre sus manos entrelazadas. No podían verle los ojos, lo cual daba un aspecto tétrico a su expresión.
—Lo único que podemos sacar en claro de este embrollo es que parece más una cuestión de lealtad al Imperio que de pureza de sangre —sentenció Murata—. Aunque odian con todas sus fuerzas a los mazoku pura sangre, no parecen tener ningún problema con el mestizaje entre sus propias filas.
Por el rabillo del ojo, Yuuri advirtió que Gwendal y Anissina intercambiaban una fugaz mirada significativa. Conrart y Yozak hicieron lo propio, así que tal vez era algo que había dicho Murata.
Su instinto le disuadió de preguntar en voz alta, aunque tomó nota de cuestionar más tarde a su padrino al respecto.
—Eso sigue sin arrojar ninguna respuesta —apuntó Stoffel—. ¿Quiénes son esta gente y de dónde vienen? ¿Por qué se han propuesto destruir Shin Makoku?
Estaba mirando directamente a Murata al lanzar aquellas preguntas al aire. Éste tuvo la decencia de sostenerle la mirada con expresión impasible.
—Vamos, Lord Spitzwerg —intervino Anissina, la voz densa como miel derramada sobre pan—: ¿no creéis que si su Alteza supiera algo al respecto lo compartiría con nosotros? ¿Que si todo este embrollo tuviera su origen en algún punto del pasado no hubiéramos sido ya informados?
La tensión en el aire era inaguantable. Al mirar a los presentes, Yuuri descubrió con estupor que todos los ojos estaban puestos en Murata.
¿Había insinuado algo Anissina? Valoró, por un momento, que su acusación velada fuera cierta y Murata les estuviera ocultando información esencial. La sola idea le congeló las entrañas.
¿Le mentiría también a él? ¿Se atrevería, cuando había manifestado abiertamente que su lealtad estaba con el Maoh una vez Shinou hubiera concluido con su misión?
Murata emitió un largo suspiro y una brevísima sonrisa serena curvó sus labios. No había ni un tinte de nerviosismo en su gesto.
—Así es, Lady Khrennikov —confesó—. Nada sé sobre les motivos de estas gentes ni el porqué de su rencor, sin duda infundado, hacia los mazoku. Sin embargo, si queréis mi opinión, no deberían preocuparnos tantos sus motivaciones como su línea de acción.
Si el quiebro de Murata pareció un instintivo ardid para desviar la atención, nadie lo comentó. La tensión se redujo sustancialmente, todos los presentes aguardando las siguientes palabras del Gran Sabio como una lluvia benévola.
—Asumamos que tienen una rencilla pendiente con Shin Makoku —apoyó la barbilla en sus manos entrelazadas—. Deberíamos preguntarnos, ¿cuál es su objetivo? ¿Gobernar los territorios del país? ¿Esclavizar a su población? ¿Simple ensañamiento?
—Si os importa mi postura, no descartaría la última —puntualizó Wolfram en tono sombrío—. La actitud que esgrimen hacia los mazoku es… desproporcionadamente cruel. Surgida de una pesadilla delirante.
Yuuri se giró a mirarle, y deseó moverse dos sitios simplemente para apoyar la mano en su pierna en un toque tranquilizador. Evidentemente, Wolfram estaba hablando de sí mismo, de los tormentos a los que los imperiales —Seiffert— le habían sometido.
Pero no se refería solo a su persona. En diversas ocasiones, Yuuri había captado retazos de las vivencias de otros, mazoku o fieles al país que habían sufrido destinos semejantes. No recordaba los detalles, y no sabía bien si era porque Wolfram en ningún momento había sido específico o porque su mente los había borrado de forma deliberada.
Una parte de él aún parecía reticente a aceptar los horrores más viscerales de aquella guerra.
Anissina no parecía del todo de acorde con aquella teoría, y se dispuso a exponer su postura.
―Por muy resarcidor que resulte creerlo, no considero probable que sea salvajismo sin razón. Deberíamos investigar a fondo cualquier…
Alguien golpeó la puerta dos veces. Antes de que le permitieran la entrada, un soldado ataviado con los colores de Spitzwerg abrió la puerta. Visiblemente inquieto, cuadró los hombros en señal de respeto.
—Disculpad la interrupción, Majestad —anunció—: hay un asunto que requiere vuestra atención.
—¿Qué significa esto, soldado? —rugió Gwendal, poniéndose en pie y apoyando ambas manos sobre la mesa—. ¿Acaso no ves que estamos en un consejo privado?
—Os pido disculpas, General —aseguro el recién llegado—: juro que la atención de su Majestad no puede ser aplazada. De ningún otro modo hubiera osado interrumpiros.
Günter se levantó de su sitio y se dirigió a la puerta. Gwendal hizo lo propio, con doble violencia.
—Este Consejo aún no ha terminado —exhortó antes de salir—. Que nadie se mueva de su sitio.
La mirada gélida, autoritaria, de Lord Voltaire debería haber disuadido a cualquiera de desobedecerle, pero Yuuri apenas tardó unos segundos en rebelarse ante tal mandato.
—Si sabes lo que te conviene, siéntate —siseó Wolfram.
—Ha venido a buscarme a mí —replicó Yuuri sin mirarle—. Y soy yo el que voy a atender lo que quiera que tenga que decirme.
Si Gwendal quería que tomara por fin responsabilidad, iba a hacerlo aunque contraviniera sus órdenes directas. Ni siquiera registró si alguno de los presentes le seguía cuando se asomó al pasillo.
El soldado que había interrumpido la reunión, muy alterado, balbuceaba frente a unos ceñudos Gwendal y Günter.
—…noticias hasta esta pasada madrugada —apelotonaba las palabras al hablar—. Se infiltró como polizón en uno de los cargamentos humanitarios de Caloria. El cargamento desembarcó en el puerto oeste de Bielefeld hace ahora siete días, pero las misivas que lo anunciaban se han perdido por el camino. Diez soldados la han escoltado en todo momento hasta aquí para asegurarse de que llegara en buen estado.
Yuuri ya había comprendido que se refería a alguien en concreto, pero la identidad de la susodicha persona se le escapaba.
—¿De quién estáis habl-
Enmudeció de golpe, el final de la frase atascado en la base de su garganta. Sus ojos se abrieron a sobremanera y, en consonancia, su corazón se saltó una palpitación. Acababa de atisbar a alguien al final del pasillo, escoltada por otros dos soldados.
—¿Greta...? —murmuró. La pena y la dicha reinaban a la par en su voz.
Nada había podido preparar a Yuuri para aquel momento, y cayó en la cuenta de que aquella era la señal más clara y contundente del paso del tiempo, de aquellos tres años que para él habían transcurrido en pocos días.
La Greta que corría hacia él ya no era en absoluto una niña. Bueno, al menos no como antes. Era más esbelta y estilizada que nunca y había crecido unos bien entrados veinte centímetros. Su piel era aún más oscura si cabía, como si hubiera estado expuesta al sol durante meses, y los rizos castaños le llegaban por debajo de los hombros.
Se sorprendió de ser capaz de absorber tantísimos detalles en el breve lapso antes de que Greta chocara contra él y se fusionaran en un abrazo imposible.
—¡Yuuri…!
De pronto sus piernas parecían de gelatina, pero se las apañó para levantar a Greta y apretarla contra él, evitando por bien poco caer hacia atrás por la inercia. Las piernas de Greta se apretaron entorno a su cadera, y le sorprendió darse cuenta la facilidad con la que le envolvía.
Su pecho sufrió un estertor y empezó a arderle el interior de los párpados. Se había perdido un tiempo valiosísimo, unos años en los que su hija había crecido sin que él pudiera contemplar ni un segundo. Un tiempo que, por la propia naturaleza humana, era dolorosamente corto.
—Perdóname, Greta… —sollozó.
La niña se separó de él lo justo para mirarle entre unas pestañas punteadas de lágrimas.
—¿Por qué, Yuuri…?
Necesitó unos largos segundos para recuperar la entereza suficiente para articular una frase coherente.
—Perdóname… Por no poder darte el hogar seguro que mereces… ―balbuceó contra el hombro de su hija.
No recibió una inmediata respuesta, lo cual le impulsó a echarse hacia atrás de nuevo y a observarla con curiosidad. Greta estaba mirando algo —a alguien— situado en algún punto a su espalda.
Era Wolfram, de pie en medio del pasillo, aturdido y con los ojos abiertos como platos. Sin pensarlo, Yuuri depositó de nuevo a Greta en el suelo y procedió a observarlos alternativamente.
Y de pronto Wolfram estaba llorando, lagrimones enormes corriéndole por las mejillas ruborizadas. Se llevó una mano a los labios para amortiguar el creciente gimoteo, entrecortado, que emanaba de su garganta.
―Greta… ―balbuceó, cada letra un esfuerzo titánico.
Y del mismo modo que con él, Greta corrió desesperadamente hasta acomodarse en los brazos de su padre. El momento fue tan íntimo que todos los presentes apartaron la mirada, sobrecogidos.
Wolfram la abrazaba con tanta firmeza que sus cabellos se confundían. Greta se aferraba a él como si ni siquiera la fuerza más poderosa de aquel mundo pudiera despegarlos. Se escuchó un sollozo, aunque era imposible dilucidar a quién pertenecía.
Incluso entre la cortina de lágrimas que licuaba su visión, Yuuri no pudo hacer otra cosa que sonreír.
La reprimenda de Gwendal había sido legendaria. Digna de aparecer en las crónicas.
"Y Lord Gwendal de la casa Voltaire dispensó a Lady Greta Shibuya von Bielefeld, primogénita del Vigesimoséptimo Maoh, el sermón más terrible de la historia de Shin Makoku"
Tras casi diez minutos, incluso Gwendal empezaba a quedarse sin voz ni ideas para describir lo que había tachado de "altamente impropio e indigno de una princesa".
En honor a la verdad, Greta había soportado la reprimenda con admirable estoicismo. Ni una réplica abandonó sus labios; de vez en cuando, sobresaltada por un repunte en el tono de Gwendal, se permitía dar un breve respingo.
—¿¡Acaso no pensaste en cómo se sentiría la Reina Flurin, quien te ha acogido todo este tiempo, al descubrir que habías desaparecido!?
Era la séptima (u octava) vez que mencionaba a Flurin en su discurso. La ira de Gwendal era tan arrolladora que ni siquiera la mueca más genuinamente adorable de Greta logró reducir las densas arrugas que poblaban su entrecejo.
—Dejé una nota, Gwendal —replicó Greta, como si fuera una obviedad.
—¡Una nota…! —bramó Gwendal.
Su puño se abría y cerraba de forma espasmódica. En breves empezaría a realizar una pantomima de tejer para descargar su frustración.
—Gwendal… —intentó intervenir Yuuri.
La mirada del aludido, gélida y ofensiva, le persuadió de seguir hablando.
—Esto lo ha aprendido de ti —le acusó, señalándole con un dedo—. ¡Ésa tendencia a pasar por encima del sentido común, poniéndote en peligro por impulsos irracionales! ¡Llevándonos a todos de cabeza y pendientes de tus erráticas decisiones…!
Yuuri no negaba que había previsto que el sermón viraría irremediablemente hacia él. Tampoco iba a eludir su parte en el asunto: Greta había asistido decenas de veces a actos impetuosos por su parte que, de forma inesperada, se habían saldado con éxito. No era sino esperable que intentara seguir sus pasos y obtener resultados semejantes.
Una más a la interminable lista de responsabilidades que aparejaba la paternidad. De tal palo tal astilla.
Al final, Gwendal se había retirado; carraspeando, frotándose las sienes con insistencia y mascullando que iba a enviar de inmediato una misiva a Flurin en Caloria. Greta dedicó una mirada implorante a Wolfram, que no le había soltado la mano durante todo el aterrador proceso.
—Se le pasará —garantizó éste, para nada tan impresionado como ellos dos—. Ya sabes que es incapaz de enfadarse contigo.
Greta reaccionó con un largo suspiro de agotamiento. Aferró la casaca de Wolfram y hundió el rostro en su estómago.
—Tenía que veros… —balbuceó contra la tela—. Cuando oí que Yuuri había vuelto, no pude hacer otra cosa…
—No te estamos regañando, Greta —garantizó Yuuri, arrodillándose junto a la muchacha y rodeándola con los brazos—. Ambos estamos muy felices de tenerte aquí.
Por extensión, su abrazo alcanzó también a Wolfram. Su gesto era tenso, incómodo, pero no se apartó.
Había sido un día francamente agotador. Una montaña rusa de emociones que, Yuuri creía que hablaba por todos, les había dejado drenados.
Antes de que Gwendal pudiera llegar hasta Greta, ésta había sido apresada en la absorbente atención de Lady Cecilie y posteriormente de Anissina. Tal vez la presencia de Lady Khrennikov, con la firme promesa de escuchar las aventuras de Greta para transformarlas en una revolucionaria novela, era lo único que había disuadido a Gwendal de abordar antes a la princesa.
Yuuri dudaba que la precipitada llegada de Greta hiciera nada para suavizar la tensión entre Gwendal y él, pero confiaba en que la presencia de la muchacha sí consiguiera aligerarla tras unos días de convivencia. Greta tenía aquel efecto en casi todo el mundo, pero éste se exacerbaba hacia el infinito cuando de Gwendal se trataba.
—Hoy todos nos merecemos descansar —suspiró—. Mañana nos pondremos al día, ¿te parece?
Ni siquiera se había puesto el sol, pero Yuuri tenía la sensación de que aquel día había durado al menos cuarenta horas.
Cruzó momentáneamente miradas con Wolfram. Su expresión era indescifrable y le hizo imposible una lectura concreta. Éste fingió no notar su escrutinio y se inclinó sobre su hija, delineándole una oreja y escondiendo tras ella un mechón de rizos oscuros.
—Nos vemos mañana, Greta. Buenas noches —le deseó, depositando un beso en su frente despejada.
Le dedicó un breve gesto de cabeza antes de girar sobre sus talones y marcharse a pasos enérgicos por el corredor.
Yuuri suspiró largamente, entre confuso y herido. Podía sentir la mirada interrogante, desconcertada, de Greta desde allí. No obstante, la muchacha se refrenó de hacer preguntas y le siguió dócilmente hasta su habitación.
—Chêri-sama dice que mañana tendrás una habitación lista para ti —explicó Yuuri.
—No hace falta —se apresuró a decir Greta—. Quiero dormir contigo, Yuuri.
Su tono era débil, temeroso. Yuuri la abrazó por enésima vez.
No hablaron demasiado mientras tomaban la cena —una "humilde" combinación de seis platos que Sangria les había traído—. Todos parecían asumir que preferían disfrutar del reencuentro en privado. Yuuri sospechaba que la ración extra de tarta obedecía a lo rápido que había corrido el rumor de la épica regañina de Gwendal.
Ni siquiera el detalle pareció subir el ánimo de Greta. Yuuri, notando su deseo de guardar silencio, no forzó la conversación. La técnica había demostrado ser eficiente en otras ocasiones. Al menos cuando de Wolfram se trataba.
Dejó que Greta tomara un largo baño mientras él intentaba ordenar sus ideas. Apoyó la frente en el cristal de la ventana, frío, observando el exterior oscuro mientras los últimos ensueños de una familia feliz y reunida se volatilizaban.
De todos los escenarios posibles, no había considerado el que Wolfram se aislara voluntariamente de ellos. No había barajado otra posibilidad que una reunión familiar a la altura donde los tres acabaran metidos en la misma cama. Incluso ser despertado a patadas resultaría reconfortante dadas las circunstancias.
Parecía que sus deseos de normalidad tardarían en ser satisfechos.
La puerta del baño se abrió con un chirrido y Yuuri tuvo que pestañear varias veces para cerciorarse de que su vista no le engañaba. Greta llevaba uno de los infames camisones rosa de Wolfram, o al menos una reproducción muy acertada. Con la primera ojeada el detalle le pareció poco menos que perturbador.
Todo en aquel atuendo gritaba "Cecilie" a los cuatro vientos.
Si pasó por su cabeza lo inadecuado, educacionalmente reprobable, que era dormir con su hija de once años, lo descartó rápidamente. Él había empezado a dormir solo cuando Shouri quiso tener su propia habitación, allá por los catorce. Y a juzgar por las veces que había tenido la desgracia de bucear en el ordenador de Shouri, gracias al cielo por el muro entre sus cuartos.
Ellos no se habían enfrentado a una guerra, ni habían pasado años separados. Greta había estado lejos de su familia, de su propio país, durante años. Sin esperanzas de regresar.
Sin saber si volvería a verlos algún día.
La habitación estaba silenciosa y cálida, con un fuego medio consumido aun ardiendo en la pequeña chimenea, pero Yuuri sentía un frío atroz paralizarle los miembros incluso entre tupidas cobijas. Arrancó los ojos del techo que empezaba a ser familiar y miró a su derecha.
Los grandes ojos castaños de Greta le observaban sin parpadear, la mejilla semihundida en la almohada y la respiración apenas audible. Yuuri absorbió todos los detalles: las pestañas densas y larga, elegantes. El bronceado uniforme de la piel bajo la escasa luz exterior. La melena de rizos pardos derramándose como hiedra sobre el hombro vestido de seda.
No hizo más que confirmar su vieja intuición de que su hija iba a ser una belleza deslumbrante. Una que sin duda le depararía años espantando a numerosos pretendientes.
Dibujó una leve sonrisa.
—¿No puedes dormir?
Greta pestañeó varias veces, como si no comprendiera la pregunta.
—¿Cómo podría? Tengo miedo de parpadear y que desaparezcáis de nuevo…
La culpabilidad le apuñaló al haberse entretenido en pensamientos tan superficiales.
—Oh, Greta… —murmuró.
La abrazó con toda su alma, hundiendo la nariz en frondosa cabellera rizada.
—He tenido tanto miedo, Yuuri… —se oyó la voz de la muchacha, ahogada contra su pijama—. He estado a salvo en Caloria todo este tiempo, pero no podía dejar de pensar en vosotros ni un instante…
Se sorbió sonoramente la nariz. Yuuri no se había percatado hasta entonces de que estuviera llorando. Se encogió más a su alrededor, elevando las rodillas de modo que todo el cuerpo de la niña quedara en una especie de capullo protector.
Su voz hablaba de un miedo y una pena que parecían compartir todos en aquel mundo.
—Flurin ha sido buena conmigo. Mucho mejor de lo que podría haber esperado de una reina humana. Pero no érais vosotros —repitió—. No tienes ni idea, Yuuri… No sabes lo que nos hizo a todos que desaparecieras durante años…
No había rencor, reprobación, en su voz: solo una tristeza amarga, ya sedimentada. Supuso que esconderse bajo la cama, huír de aquella inevitable conversación, no era una opción. Así que optó, a sus diecisiete años, por ser un padre responsable.
—¿Quieres hablar de ello? —se aventuró.
Greta pareció sopesar su respuesta, pero al final se recolocó para encararle del todo.
—Hacía pocos días que te habías marchado. Wolfram regresó malherido de Khrennikov, asegurando que estábamos en guerra —hizo una breve pausa—. Decía sin parar que regresarías pronto, que de algún modo sentirías lo que esos extraños nos estaban haciendo…
No tuvo que seguir para que Yuuri adivinara el final implícito de la oración.
No volviste.
No lo había hecho. Había permanecido tres días en una benévola ignorancia mientras su país era masacrado y sus súbditos seguían creyendo en su milagroso regreso. Y no había sentido ni una fugaz e instintiva inquietud mientras aquella parte elemental de sí mismo se dirigía a la aniquilación.
Iba a soltar la enésima disculpa, no menos sentida que las anteriores, pero Greta habló antes.
—Wolfram me salvó.
Aquellas tres palabras parecían explicarlo todo, albergar todas las razones del mundo.
—No se separó de mí desde que regresó de Khrennikov, solo lo justo para que Gisela le curara —aseguró—. Atacaron de noche. Estábamos durmiendo cuando el castillo cayó: ahora sé que todos se esforzaron por ocultarme lo cerca que estaba el peligro. Me escondió en el armario y fingió seguir dormido —relató con fingida serenidad—. Luchó cuando le despertaron, pero le golpearon hasta dejarlo inconsciente. Yo solo pude mirar por una rendija cómo se lo llevaban… Günter me encontró tres horas después, cuando las habitaciones junto a la nuestra estaban en llamas.
Instintivamente, se pegó más a él. Sus tobillos estaban ya entre sus rodillas y su cabeza descansaba en el brazo extendido bajo ella. Yuuri procedió a acariciarle el cabello como solía hacerlo desde las primeras veces que se coló furtivamente en la cama entre Wolfram y él.
—No supimos nada más de él —reconoció la niña, muy bajito—. Muchos decían que había muerto… Conrart y Chêri-sama opinaban que le habían tomado como esclavo como a tantos otros. Gwendal le dio por perdido.
Las lágrimas lograron romper la barrera de sus párpados y una de ellas le goteó por la mejilla.
—Huber… —balbuceó—. Huber murió, Yuuri. Y Eru y Nicola. Y aunque suene egoísta, podía soportarlo. Pero no lo de Wolfram. No podía.
Fue incapaz de seguir, y lo que había sido un lloro contenido, casi silencioso, se convirtió un llanto a pleno pulmón que intentó vagamente ahogar contra la almohada.
En aquella ocasión, la culpabilidad amenazó con ahogarle, volviendo rígidos sus miembros y convirtiendo su abrazo en algo casi mecánico, difícilmente tranquilizador. Solo sabía que no había pensado en Greta ni una fracción de lo que debiera. No cuando ella parecía haberlo hecho cada instante de aquellos infames tres años.
Parpadeó enérgicamente. Que Greta le viera llorar no solucionaría nada, solo degradar la imagen de la ya de por sí pantomima que tenía por padre. Nadie necesitaba al Yuuri incapaz de lidiar con sus propias emociones, autocompadeciéndose cada vez que alguien le lanzaba la verdad a la cara.
Greta pareció luchar lo suficiente contra las lágrimas como para parpadear sin que se derramaran.
—¿Por qué no duerme Wolfram con nosotros? —lanzó en un murmullo burbujeante.
Yuuri tomó aire para autoinfudirse valor. Había rezado para que Greta le ahorrara aquella conversación en particular para un momento en que sus capacidades mentales estuvieran al máximo, pero al parecer quería ir al grano.
—Greta… —empezó, aunque no tenía ni idea de por dónde seguir. Carraspeó—. Wolfram y yo le hemos dado un tiempo a nuestro compromiso —confesó.
La joven no parecía demasiado sorprendida por la noticia, más bien molesta porque no le hubiera llegado directamente por su parte.
—Eso no es justo —murmuró Greta, y pareció adivinar cierta rabia en su tono.
—Entiendo que estés confundida… incluso enfadada —aseguró Yuuri, mirando a todas partes menos a los ojos de su hija—. Pero debes comprender que…
—No para mí —se apresuró a corregir la muchacha—: no es justo para Wolfram.
Ay, NO. ¿De verdad era su hija pre-adolescente la que intentaba lidiar con su vida sentimental? Greta aprovechó su fugaz embotamiento para incorporarse sobre un codo y elevarse por encima de él. Por algún motivo, el gesto le impresionó como si fuera el propio Wolfram el que le mirara con aire acusador.
—Para él siempre ha sido muy sencillo. Los días que tú no estabas con nosotros, Wolfram casi no dormía en toda la noche —reveló—. A veces hasta le oía murmurar tu nombre... Solía quedarse dormido por la mañana abrazando tu pijama.
Aunque la imagen mental le produjo una súbita ternura, no entendía el punto que perseguía Greta. Suspiró entre los labios apretados y negó de cara al dosel.
—Es todo más complicado de lo que parece, Greta…
—No es complicado —le replicó, los grandes ojos castaños muy abiertos y llameantes clavados en su rostro—. ¿Tú quieres a Wolfram, Yuuri?
El aliento quedó atascado en su pecho y no pudo más que permanecer petrificado bajo la inquisitiva mirada de su hija, los ojos desorbitados hasta que le dolieron las cuencas.
Nadie jamás le había encara tan frontalmente sobre aquel asunto. Ni tan solo Wolfram, en sus directas y violentas expresiones de afecto, había ido tan de cara al respecto.
No se sentía preparado para tener aquella conversación, y mucho menos con su hija con la que acababa de reencontrarse. Greta debería estar pegada a su cadera, eufórica por el reencuentro, y no cuestionándole con aquel insospechado resquemor.
Supuso que era "esa" edad. Algo contra lo que no podía luchar.
—Wolfram te quiere mucho, Yuuri —insistió Greta—. No quiero que le hagas llorar más...
Y sin más, con el tono tajante y el aplomo digno de su otro padre, se enrolló en las sábanas y le dio la espalda.
Yuuri se quedó parpadeando, la mandíbula inferior caída de tal manera que agradeció que estuvieran solos y sumidos en la oscuridad.
Auguraba una noche con pocas horas de sueño, si es que conseguía alguna en absoluto.
Era un día espectacular. No hacía viento y apenas unas pocas nubes algodonosas salpicaban el cielo.
Yuuri se había escaqueado de la constante vigilancia de Günter para dar un paseo por los jardines. Conrart no aparecía por ninguna parte y de Murata podía decirse lo mismo. Greta tampoco estaba disponible: sin duda en aquel preciso instante estaría enfundándose en un vestido tras otro hasta que su "abuela" estuviera satisfecha. Cecilie había puesto reiteradamente el grito en el cielo por el aspecto descuidado de su única nieta, y se había empeñado en solucionarlo con la mayor brevedad posible.
Lazania y Sangria se habían dejado arrastrar de buen grado, y de alguna manera Elizabeth también se había enterado, por lo que calculaba que aún pasarían un par de horas antes de que Greta fuera libre.
En realidad, temía reconocer la razón por la que prefería bajar solo al jardín.
Esa mañana, recién salido del baño tras su footing matutino, había descubierto desde su ventana a Wolfram y Elizabeth paseando por los caminos adoquinados que zigzagueaban entre isletas de flores. Casi pegados. En un momento dado, la mano de la joven incluso se había posado en el brazo del chico.
Yuuri pensó efímeramente en apartárselo de un manotazo —rompérselo, tal vez— antes de que sus propios pensamientos le horrorizaran. No parecía ir precisamente sobrado de autocontrol en los últimos tiempos. Y la opción fácil era achacarlo a las mil tribulaciones que aguardaban para desgarrarle en mil pedazos.
Supuso que Wolfram intentaría disfrutar todo cuanto pudiera del aire libre, siendo que sin duda le había sido negado en los últimos años, así que le pareció una oportunidad de oro para un nuevo intento de acercamiento.
El primer cuarto de hora fue infructuoso. Los jardines de Spitzwerg eran gigantescos, incluso más de lo que había juzgado en un principio. Una sucesión de parterres y tiestos y jardineras y laberintos de setos que se aparecían sin fin. Había glorietas y pérgolas de metal, algunas incluso parecían de oro.
Nada parecía indicar que la guerra seguía desarrollándose —gente muriendo, siendo esclavizada— más allá de aquellos muros.
El Consejo de Guerra —aunque Yuuri se resistía a llamarlo así— había proseguido el día siguiente de la aparición de Greta. Hubiera querido decir que allí se había encontrado una solución mágica a aquel conflicto, pero Yuuri había aprendido ya que no existían tales milagros.
En su lugar, se había tomado una decisión que no le gustaba, y Yozak había partido al norte de las tierras de Radford con la esperanza de recabar información que pudiera serles útil. Una suerte de tregua que poco había hecho por relajar la tensión en el ceño de Gwendal.
La presencia de Greta, sin embargo, sí había reducido la tensión entre Wolfram y él. La adoración que Wolfram sentía por su hija incluso había propiciado algún acercamiento, tiempo de calidad en familia. No obstante, Yuuri no tenía modo alguno de saber si la aparente tolerancia de Wolfram a su cercanía se debía únicamente a lo feliz que se sentía de haber recuperado a su hija.
Comprobarlo exigía un experimento a la altura.
Casi media hora más le condujeron de bruces a su objetivo.
Wolfram estaba sentado a la sombra de un árbol semejante a un cerezo pero de flores azul añil. Leyendo.
Solo. Bien.
Yuuri tardó unos minutos en atreverse a interrumpirle, observándole en silencio desde su posición a unos treinta metros. Resultaba atípico verle tan relajado, en especial cuando se había empeñado en volver a entrenar con la espada aun contraviniendo los consejos de sus hermanos y Günter.
Si había una señal inequívoca de que empezaba a recuperarse, era la manera tajante con la que había pasado por encima de sus opiniones para hacer lo que le placiera.
Tardó en darse cuenta de que su escrutinio no era tan discreto como él creía. Por supuesto, Wolfram había percibido a leguas su presencia. Introdujo un delgado meñique entre las páginas antes de elevar la vista en su dirección.
—Te oigo respirar desde aquí, Yuuri —aseguró.
Éste le dedicó una mueca de culpabilidad, frotándose la cabeza mientras se acercaba a torpes zancadas. Había una sonrisa leve, casi inexistente, en los labios de Wolfram y tenía las mejillas sonrosadas. Yuuri no le había visto tan vivo desde que regresara tras "el incidente de Tres Años" (como Murata había decidido bautizarlo).
Las sonrisas de Wolfram siempre habían sido escasas, excepcionales, en favor de un ceño y labios fruncidos y una personalidad a menudo intratable. Tal vez por ello Yuuri había aprendido a apreciarlas más si cabía.
Su madre solía decir que los mejores perfumes venían en frascos pequeños.
—¿Puedo sentarme? —preguntó, señalando el pedazo de hierba junto a él.
—Técnicamente, puedes hacer lo que te plazca —le recordó Wolfram, doblando la esquina de una hoja y depositando el libro en el suelo.
Yuuri emitió un bufido despectivo mientras se dejaba caer con escasa elegancia justo a su lado. Sus rodillas chocaron brevemente.
—No me siento especialmente real ahora mismo, aunque tu tío se empeñe en hacer reverencias cada vez que coincidimos.
Esquivar los temas mas candentes entre ambos le parecía un primer paso inteligente. Y Wolfram mordió el anzuelo sin pensárselo demasiado (tal vez de forma deliberada).
—Supongo que ya te habrás dado cuenta de que Stoffel es un hombre complicado —concedió—. Puede darte lo mejor y lo peor de sí mismo en sucesión rápida sin que uno reste fuerza a lo otro. Un don que muy pocos poseen.
Se sacudió las briznas de hierba de las perneras del pantalón. Seguía sin mirarle, pero Yuuri no sentía ni una décima parte de aquella insufrible tensión que parecía haberse instaurado entre ambos de forma permanente.
—Mi tío nos aprecia muchos a los tres, pero a la vez nos ve como un impedimento para que los Spitzwerg asuman el poder —valoró, sonriendo resignado—. Será por lo de no llevar su apellido, supongo...
Se echó hacia atrás hasta que su espalda descansó contra el tronco.
—Aun así... —murmuró—. Me acogió cuando mi padre no regresó. Los pocos años que pasé aquí, con Elizabeth, con mi madre y Gwendal, fueron los más felices de mi vida.
—¿No en Bielefeld? —preguntó Yuuri, algo confundido—. ¿Y tu tío Valtrana?
Wolfram siempre se mostraba tan orgulloso de su apellido que a Yuuri ni se le hubiera pasado por la cabeza que Bielefeld no fuera un auténtico hogar para él.
Aunque, si lo pensaba bien… Stoffel era un hombre complejo, pero Valtrana no se quedaba atrás. Sus pocos encuentros habían sido suficientes para llegar a la conclusión que no era alguien fácil de lidiar. Si le dieran la opción de elegir, no tenía muy claro por quién se decantaría.
—Es lo más parecido a un padre que tengo ahora —confesó Wolfram—. Sin embargo, por mucho amor que me diera, la sombra de mi padre siempre estaba en aquel castillo, compitiendo con él incluso tras su muerte. Enrareciendo el ambiente. Prefería vivir aquí —confirmó, observando los aún magníficos jardines de los Spitzwerg.
Ante sus ojos, una pareja de mirlos dorados descendió entre los parterres y se pusieron a picotear las lombrices ocultas bajo la hierba. Más allá, ruiseñores de color púrpura y azules jilgueros chapoteaban en una fuente moteada de nenúfares. A su lado, Wolfram emitió un profundo suspiro de paz.
Analizando sus palabras, Yuuri se dio cuenta entonces de lo poco que sabía del pasado de Wolfram más que lo básico para formarse una vaga idea. A veces la pasión del muchacho era tan intensa entorno a él que, egoístamente, le costaba imaginar que tuviera una historia antes de su llegada.
—¿Cómo era? Tu padre, quiero decir —las palabras manaron sin consultar con su cerebro.
Por un momento creyó que Wolfram iba a volver a encerrarse en un silencio protector. Para su sorpresa, se hizo hacia atrás hasta apoyarse con ambas manos en la hierba bajo ambos y elevó la vista al cielo.
—Veamos… —dijo, pensativo—. Mi madre suele describirlo como un cachorro inquieto, indomesticado. Alguien incapaz de estar de brazos cruzados y con terribles cambios de humor.
—De alguien tenías que haberlo heredado… —musitó Yuuri sin pensarlo demasiado.
La reacción a su pulla fue una mirada casi asesina.
—¿Me dejas seguir? —sugirió Wolfram, mordaz.
—Lo siento, perdona —balbuceó Yuuri, tragando saliva.
—Aun así, mi padre nunca tuvo alma de soldado —explicó Wolfram tras una corta pausa—. Aunque era un buen esgrimista, era más bien una obligación familiar que algo nacido de sí mismo. Estaba más interesado en descubrir nuevas tierras y explorar el mundo que en ascender en la jerarquía militar. Era mi padre el que no quería que fuera soldado —puntualizó.
—¿En serio?
—Dicen que montó en cólera cuando madre me regaló mi primera espada —aseguró Wolfram, con una sonrisa creciente—. Por suerte, Conrart y Yozak empezaron a instruirme en secreto cuando fui lo bastante mayor para sostenerla.
Yuuri pestañeo varias veces mientras absorbía la información.
—Nunca me has hablado de tu padre —observó.
Ni una palabra, si lo pensaba bien. Asumía que había existido un Lord Bielefeld (de ninguna otra manera Valtrana sería su tío), pero era una presencia inconsistente y sin rostro en el haber de Yuuri. Antes de aquella conversación, ni siquiera había tenido claro si el susodicho seguía vivo o había muerto.
—No hay mucho más que contar —se excusó Wolfram—. Apenas recuerdo nada… Tenía unos quince cuando murió.
—¿Cómo murió?
Una momentánea emoción, intensa y desgarradora, fulguró en la mirada de Wolfram antes de extinguirse a la misma velocidad.
—Nunca lo supe —reconoció, muy bajito—. Nadie nunca lo menciona. Prefiero que siga siendo así.
Antes de que un silencio embarazoso se instaurara entre ambos, Wolfram se propulsó con agilidad hasta ponerse en pie.
—Caminemos —propuso.
Yuuri experimentó un fugaz pensamiento intruso.
¿Dejaría Wolfram que le tocara el brazo como había hecho Elizabeth?
Para que su subconsciente no le traicionara, empeñó una especial cantidad de energía en mantener ambos brazos pegados al cuerpo. Supuso que el resultado debía ser rígido, casi mecánico, al caminar sin mover las manos.
—He dicho que Conrart y Yozak empezaron a instruirme, ¿verdad? Bueno, en algún momento el asunto pasó a manos de Günter y Gwendal —prosiguió Wolfram—. Después, a los cincuenta y tres, entré en la Academia Militar. Me gradué con honores. Pasé por la instrucción del Ejército como todos y gané mi rango por méritos propios. No soportaba la idea de alcanzar un estatus militar por ser hijo de quien soy.
Era lo más locuaz que Wolfram había sido en… bueno, en tres años, supuso. Yuuri se sentía demasiado aliviado como para cuestionar su súbito empuje de labia.
—Habláis mucho de la Academia —observó Yuuri. Conrart y Yozak también lo mencionaban a menudo—. ¿Es una especie de escuela?
—No exactamente —le corrigió Wolfram. Si creía que por su estatus de Maoh ya debería saberlo, se contuvo de comentarlo—. En realidad, pasas muy poco tiempo en la Academia. El justo para aprender teoría militar, historia bélica y esas cosas. Y aprender a manejar armas en el improbable caso que tu familia no se haya encargado de ello. El resto… Más de diez años en los que sirves en diferentes divisiones. Los distintos superiores te ponen a prueba antes de permitirte ascender de rango.
Yuuri no osó interrumpirle. Era con mucha diferencia lo más que Wolfram había hablado desde… en fin, desde siempre. Y no por primera vez se sentía sediento de cada pequeño detalle.
—Recuerdo un día… —divagó Wolfram. Casi, casi, había una carcajada adivinada en su garganta—. Bueno, fue casi un mes en realidad. Nos llevaron a otros siete cadetes y a mí al corazón de la cordillera al oeste de Voltaire, con los ojos vendados, y nos dejaron atados a un gran árbol. Me liberé el primero, cinco horas después, descoyuntándome el hombro —se volvió hacia él, la comisura izquierda curvada hacia arriba en una mueca socarrona—. Estuve a punto de desmayarme.
Yuuri estaba seguro que él no parecería tan divertido ante una anécdota como aquella, pero había aprendido hacía mucho que el sentido del humor de los mazoku era un tanto particular.
—Comí cosas que te harían vomitar —reconoció Wolfram—. Nevó durante días, y después se puso a llover. No conseguimos dormir en un rincón seco en más de siete noches.
Reconoció que resultaba cómico imaginar a Wolfram malviviendo a la intemperie con otro puñado de desdichados. Incluso era difícilmente verosímil, en especial cuando recordaba sus ademanes caprichosos al principio de su historia en común.
Supuso que, como suele decirse, las apariencias engañan. Tal vez había estado subestimando a Wolfram todo aquel tiempo, asumiendo que la innecesaridad de vivir en condiciones infrahumanas era un indicativo de incapacidad para ello.
—Suena muy duro… —murmuró Yuuri.
—Lo fue —admitió Wolfram—. Pero también extrañamente gratificante. Era la primera vez que me valía por mí mismo: mientras mi madre estuvo sobre mí, fue algo imposible —añadió con un suspiro de resignación.
Yuuri no pudo más que soltar una carcajada. Conocía muy bien aquella sensación, la de carecer de control sobre su propia vida en favor de una madre sobreprotectora. Y de quererla demasiado como para siquiera plantearse contravenirla.
Se detuvieron, codo con codo, ante un sector del jardín que parecía un delirante mosaico de colores.
—¿Estas no son…?
Las variedades más apreciadas de Cecilie atestaban cada centímetro de las jardineras, en diferentes estados de maduración. Carmesíes Gwendal Secreto, azules Conrart Resiste en la Tierra (bien conocidas por ser las primeras en florecer y las últimas en marchitarse), perfumadas Suspiros Rojos de Cecilie y blanquísimas Inocencia de Yuuri. Incluso unas cuantas pequeñas prímulas rosas, erguidas con zarcillos, que en su momento fueron bautizadas como Valiente Greta.
—Mi madre debió plantarlas en algún momento, antes de que el Pacto de Sangre cayera —opinó Wolfram, solo ligeramente interesado.
La primavera parecía tocar cada rincón de aquel mundo, indiferente a los conflictos de los mortales.
Yuuri se acuclilló al lado de Wolfram y observó el apelotonamiento de flores de todos los matices, bañándose en la sobresaturación de aromas. Notó que las doradas que llevaban su nombre aún no se habían abierto, siendo apenas capullos firmemente enrollados sobre sí mismos. Recordó las palabras de una sonriente Cecilie, con una pala en la mano y tierra en las mejillas, un día en el que su curiosidad le empujó a preguntar.
"Hermoso Wolfram es una de mis más increíbles creaciones. La planta resiste bajo tierra las heladas y la sequía más extremas y produce más semillas que ninguna otra. Florecen más tarde que el resto y se marchitan rápido, pero mientras duran… son las más hermosas de todas."
La mano de Wolfram se cerró sobre el puño de su camisa, tironeando con gentileza de su persona. Pareció tachar su gesto de inapropiado solo un instante después, pues dejó caer la mano. De todos modos, estaban tan cerca que podía sentir su aliento sobre el rostro.
—Quiero enseñarte algo.
El susurro le puso la piel de gallina. Por un momento, supo que se dejaría conducir por Wolfram hasta el fin del mundo si era necesario.
Éste expulsó el aire por los labios en una larga bocanada. Entornó los ojos, las largas pestañas meciéndose a unos milímetros de sus mejillas. Parecía intentar relajarse, sus hombros distendiéndose al tiempo que elevaba ambas manos en el aire. Empezó a batir los dedos. Más bien los mecía, como si moldeara el aire.
De pronto, un fulgor estalló entre sus yemas.
Yuuri abrió mucho los ojos, su pulso acelerándole con una secreta emoción.
—Wolfram… —empezó.
—Shh —le cortó éste en el acto.
Yuuri apretó los labios con firmeza mientras las chispas se multiplicaban y fusionaban en una estrecha llamarada espiral. Ante sus ojos, la llama errática empezó a cambiar de forma, danzando justo sobre la mano abierta de Wolfram. Parecía un proceso costoso, lento: el fuego emitía leves pulsos que parecían capaz de disiparlo en cualquier momento.
Tras unos largos instantes, una pequeña ave de fuego descansaba entre las palmas expuestas de Wolfram. Daba saltitos elegantes sobre unas finísimas patas de llamas doradas, mientras una cola llameante se desplegaba en espasmos como la de un pavo real.
Wolfram le miró fijamente, invitándole a decir algo. Yuuri titubeó antes de hablar.
—¿Puedes usar majutsu de nuevo?
La frente de Wolfram, con el entrecejo apretado, estaba perlada de sudor, pero su expresión mostraba una gratificante complacencia.
—Aún es débil en comparación a como era antes —reconoció—. Pero voy progresando.
Agitó los dedos y el pájaro emitió una suerte de canto crepitante antes de empezar a volar ágilmente entorno a sus cabezas. Su larga cola dejaba una estela de ceniza y pavesas a su paso.
Yuuri observó la danza del ave con maravilla, el corazón latiéndole con redoblada velocidad. Nunca se la había ocurrido que el majutsu de Wolfram pudiera tener otra utilidad que no fuera… en fin, carbonizarlo todo.
—Es hermoso… —murmuró por inercia.
Wolfram le miró fijamente, el ave en llamas danzando en el verde de sus irises. Le sonrió, una sonrisa leve y tan dulce que hizo cosas curiosas en su pecho.
"Sí es hermoso…"
Yuuri pestañeó varias veces y apartó la mirada, las mejillas incandescentes. Se le había acelerado el pulso, un calor reconstituyente inundándole por dentro.
En aquel pequeño edén aislado de un mundo terrible, incluso él vio motivos para sentirse afortunado.
Awww-
