Güenas! Espero que todos sigáis bien.
No puedo creer lo mucho que he tardado (en especial porque es el único documento que está abierto de perpetuo en mi portátil), pero al final hay días que escribía dos frases y luego 2 semanas en blanco. Alucinante. Deshonra sobre toda mi familia (y mi vaca).
En fin... al final salió tan largo que he tenido que partirlo en dos. Brutal.
Disfrutad, como siempre.
Sin advertencias especiales en este capítulo (salvo una brevísima escena sexual contada en quinto plano lo menos).
15
Wolken
Nubes
Part I
Si cerraba los ojos un instante, Yuuri casi podía borrar los últimos meses de un plumazo y fingir que nada había cambiado.
Soldados entrenando de fondo mientras él, recién salido de la ducha tras un necesario footing matutino, era seguido por un acelerado Günter con su infaltable montaña de papeles y mil asuntos pendientes en los labios. Asuntos triviales en su mayoría, en la línea de elegir el color perfecto de las flores y los cortinajes para el enésimo aniversario de la fundación del reino.
Casi podía olvidar que estaban en guerra. Que aquello no era el Pacto de Sangre sino el último gran palacio que resistía a un invasor desconocido. Y que lo que Günter entonaba eran peticiones desesperadas de su pueblo destrozado por el conflicto.
Las solicitudes se le acumulaban en los brazos tras el breve resumen de Günter al poner cada una en sus manos. Caligrafías variopintas pero todas ellas teñidas de urgencia. A Yuuri le costaba hacer una lista mental de todas ellas, mucho menos ordenarlas por prioridad.
Con un dolor semejante a cuchillazos en las sienes, revisó por tercera vez una petición urgente de víveres para el condado norte de Radford. Al parecer, los soldados del Imperio habían arrasado sistemáticamente los cultivos de la zona en las últimas semanas. Algo que le recordaba demasiado a las antiguas invasiones que aparecían en sus libros de historia en la escuela secundaria.
—No entiendo por qué debo autorizar algo que es de primera necesidad para esa gente —cuestionó Yuuri, intentando que el fajo de papeles no se le cayera de las manos—. Concedédselo y ya está.
—No funciona así —le informó Günter, su tono considerado como si hablara con un niño—. No si queréis ahorraros futuros reproches por parte de territorios menos beneficiados. En concreto, Lord Gyllenhaal…
—¡Estoy harto de política! —rugió Yuuri. Sin pensarlo demasiado, empujó el fajo de folios contra un aturdido Günter—. ¡No dejaré que mis súbditos se mueran de hambre si puedo hacer algo al respecto! ¡Enviadles los malditos víveres…!
Se arrepintió de sus palabras, de su tono déspota, una fracción de segundo después. Soltó el aire por la nariz en un intento de tranquilizarse y se cubrió brevemente los labios con una mano.
—Lo siento mucho, Günter —balbuceó—. No sé qué me ha pasado…
Fue mucho peor cuando su consejero no reaccionó en consonancia sino con su habitual comprensión.
—Estáis sometido a mucha presión, Majestad —concedió Günter—. Nadie podría reprocharos un sano exabrupto de vez en cuando.
A pesar de las palabras de Günter, siguió sintiendo el filo de la culpabilidad hendido en sus entrañas.
—¿Hemos tenido noticias de Yozak? —quiso saber Yuuri, tal vez para que ninguno de los dos pensara en su bochornoso desplante.
—No desde hace días, Majestad —repuso Günter, echando a andar a su lado—. No me preocuparía: estoy seguro de que peca de prudente y prefiere no arriesgarse a enviar mensajes que puedan comprometer su misión.
Sus palabras no tuvieron el efecto calmante esperado. Las últimas nuevas de Yozak le ubicaban en algún lugar cerca de la frontera entre Khrennikov y Voltaire, demasiado cerca de Seiffert como para que Yuuri se sintiera tranquilo al respecto. De todos modos, la escasa información que había logrado recabar el espía le llegaba con cuentagotas a través de Gwendal.
La ausencia general de noticias era peor que las malas nuevas.
Su trayectoria les llevó hasta un pequeño grupo expectante en el patio de armas. Se detuvo, olvidando momentáneamente el incidente de unos instantes atrás. Un laxo círculo de soldados contemplaba el intercambio de Conrart y Wolfram, que practicaban con la espada.
En honor a la verdad, parecía menos una práctica que una contienda en toda regla. Los ataques que intercambiaban bien podrían haber decapitado a un oponente menos diestro y no había ningún tipo de mesura en la fuerza de sus acometidas.
Si cualquiera de los dos fuera tan en serio con él, su cabeza ya hubiera estado separada de su cuello.
Tras el primer análisis acelerado, un matiz saltó a la vista: era evidente que Wolfram no estaba en su mejor momento. Allá donde Conrart parecía fresco como si acabara de entrar en la lucha, el joven jadeaba sonoramente y su frente y cuello brillaban por el sudor. Sus embites eran erráticos, potentes pero desesperados, y a duras penas conseguía esquivar las certeras acometidas de su hermano. Solo su juego de pies parecía a la altura de su vieja habilidad.
Mientras miraba, el joven intentó una finta desesperada, un cambio de dirección en el último momento. Conrart se apartó en lo que dura un parpadeo: la espada de Wolfram pasó apenas rozando su brazo y el propio impulso le hizo pasar de largo. Su padrino tomó con facilidad la muñeca de Wolfram, desprendiendo la espada de su mano, y le golpeó con considerable fuerza entre los omoplatos.
El joven cayó de forma aparatosa, nariz y barbilla colisionando con el suelo irregular bajo sus pies.
Yuuri tomó una bocanada superficial y antes de darse cuenta corría hacia el centro del campo de entrenamiento.
—¡Para, Conrad…! —gritó—. ¿¡No ves que está extenuado…!?
Su padrino se paralizó a medio movimiento, la espada elevada sobre la clavícula, y se volvió hacia él con una mueca de confusión.
—Yuuri, no creo que…
Un gruñido irritado llamó la atención de ambos. Wolfram se incorporó trabajosamente y golpeó el suelo bajo él con el puño cerrado.
—¡No te metas en esto, Yuuri…! —rugió.
—Pero…
Una mano en su hombro le apartó hasta despejar el espacio entre los dos contendientes. No tuvo que darse la vuelta para saber que se trataba de Günter.
—Manteneos al margen, Majestad —murmuró su consejero.
—Por muy orgulloso que sea Wolfram, no está en condiciones de… —empezó a protestar en un murmullo.
—Os equivocáis —le cortó Günter en tono gentil pero resoluto—: el enfrentamiento aún no ha terminado.
Yuuri se quedó mudo, sus ojos sin abandonar la contienda ni siquiera parpadear.
Mientras miraba, Conrart pateó la espada de Wolfram para acercársela. Evidentemente, no iba a enfrentarse a un oponente desarmado (era demasiado noble para ello).
La mano de Wolfram se cerró con firmeza entorno a la empuñadura de la espada, tan fuerte que su puño parecía temblar por la tensión. Todo su semblante se había modificado, como si tras una pausa necesaria hubiera aceptado su propio estado imperfecto.
Escupió en el suelo, una mezcla de sangre y saliva, y tras propulsarse con ambos pies ya estaba de nuevo contra su hermano. Las espadas chirriaron al chocar una con otra.
A partir de aquel momento, resultó casi imposible analizar los detalles de la contienda. El intercambio de espadazos era tan rápido que tal vez solo Günter de entre todos los presentes era capaz de seguirlo. Yuuri observó atónito cómo Wolfram viraba a medio salto en el aire, agachándose para esquivar una embestida, y giraba sobre ambos pies para contraatacar por un ángulo distinto.
Parecían estar bailando. No, incluso algunas danzas palidecerían en comparación. Era aterrador y bello al mismo tiempo.
Lo fácil que podía resultar matar para un soldado en el campo de batalla.
—N-no lo entiendo… —balbuceó, solo a medias para sí—. Es totalmente distinto a hace unos minutos… Parecía que iba a desplomarse…
—Habéis dudado de él —murmuró Günter cerca de su oído—. En público, para más inri. Siendo Wolfram, es un impulso más que suficiente para hacerle perseguir la victoria hasta el último suspiro.
Conrart prácticamente derrapó sobre ambos pies al arquearse para evitar el extremo de la espada de Wolfram. Éste emitió un gruñido de pura frustración y recalibró su postura en una fracción de segundo, ojos llameantes y los dientes al descubierto.
Y solo entonces, en un momento de claridad, Yuuri comprendió dónde había cometido el error.
"No quiere que nadie le salve"
Se llevó ambas manos a la boca para ocultar su expresión culpable.
"Quiere salvarse a sí mismo"
Wolfram gritó. Conrart detuvo la espada en seco apenas unos milímetros antes de que rozara el cuello blanco de su hermano.
Yuuri contuvo el aliento entre sus manos. Nadie batía ni una pestaña, y en un primer instante creyó que era por la aplastante victoria de Conrad.
Al menos hasta que el susodicho dejó caer el brazo, alejando su arma del cuello de Wolfram, para su absoluto alivio. Solo entonces advirtió que el filo de la espada de Wolfram estaba suspendido sobre el flanco descubierto de Conrart, cuatro dedos bajo la axila.
Una oleada de aplausos siguió al empate técnico entre ambos hermanos antes de que se retiraran, adoptando una actitud más solemne.
La sonrisa de Wolfram era pletórica, salvaje, echando hacia atrás los labios para exponer gran parte de su dentadura. Su pecho ascendía y descendía acelerado bajo la camisa mientras se apoyaba en ambas rodillas en un intento de recuperar el aliento.
Conrart le revolvió el cabello con una mano, la infaltable sonrisa cálida curvando sus labios. Wolfram no solo aceptó el gesto sino que se meció en él, comedido pero sin duda relajado.
Y Yuuri se sintió inexplicablemente celoso de que le dejaran fuera de aquel momento.
Cuando Wolfram llegó al despacho de Gwendal, la estancia estaba sumida en la oscuridad. Miró derredor, confundido, hasta que reparó en el balcón abierto con la suave brisa haciendo ondear las cortinas escarlata. Se dirigió al exterior sin pensárselo demasiado.
La terraza ofrecía una vista privilegiada de los jardines. Luciérnagas multicolores revoloteaban entre las flores de noche recién abiertas. Gwendal estaba sentado sobre aquel mundo quieto frente a una mesa de volutas metálicas, dándole la espalda.
—¿Querías verme, hermano?
Gwendal no se dio la vuelta: en su lugar alargó la mano y llenó dos copas de lo que parecía vino blanco. Wolfram frunció el ceño: Gwendal rara vez bebía, no más allá de lo exigido por el protocolo durante los banquetes. ¿En qué más había cambiado su familia durante su ausencia?
—Uno de mis soldados dice que has recuperado tu maryoku —anunció Gwendal.
Giró en su dirección, y Wolfram no supo interpretar la expresión en sus ojos claros. Esperanza, y tal vez un poco de anhelo. Su mueca debió parecerle estupefacta a Gwendal, porque se puso en pie y se le acercó, no sin antes tomar una de las copas de la mesa.
—Te vieron practicando en los jardines —confesó, encogiéndose de hombros. Dio un largo trago a su copa.
Después siguió un silencio tenso en el que Wolfram no consiguió decidirse sobre si le estaba exigiendo una explicación o simplemente le juzgaba desde su mutismo.
Al final, elevó la mano derecha y ejecutó una floritura en el aire mientras murmuraba entre dientes. Un fuego rizado y delgado palpitó justo en la punta de sus dedos por unos segundos, iluminando el rostro de ambos.
—Apenas puedo mantener una llama pequeña, y no durante mucho tiempo —aseguró—. Por mucho que me alegre, es totalmente inútil en un hipotético enfrentamiento. Evoluciona mucho más lento de lo que me gustaría.
Sacudió la mano, disipando la llama y creando una pequeña nube de pavesas.
—¿No lo notas tú, hermano?
Gwendal se tomó un rato irritantemente largo para responder, como si no estuviera muy seguro de cuál debía ser su respuesta.
—Vuelvo a oír el murmullo de la tierra —reconoció—, pero los espíritus se niegan a obedecer. Es cuestión de tiempo, imagino —concluyó, resignado.
—Es exactamente lo que dijo Anissina —coincidió Wolfram—: la presencia de Yuuri nos devolverá el majutsu tarde o temprano.
Algo se relajó en el semblante de Gwendal ante la mención de Anissina, y Wolfram se preguntó cuándo había tenido lugar aquel cambio en concreto. Desde cuándo el nombre de Lady Khrennikov suponía motivo de alegría más que de estrés y pánico.
—No es eso de lo que quería hablarte —confesó Gwendal—. De ser así, todo sería mas sencillo.
Wolfram no osó presionarle para que hablara. Gwendal jamás se andaba con remilgos y pasaba por encima de quien fuera con la verdad por delante.
—Todos en el castillo se hacen eco del rumor —musitó Lord Voltaire, en tono bajo como si lo contrario fuera una indecencia—. El Maoh ya no comparte aposentos con su prometido. Éste se muestra inusualmente distante para con el Rey. Es un cambio demasiado notorio como para no incitar habladurías.
Antes de que pudiera decirse una palabra más, Wolfram se dirigió a la mesa, tomó la segunda copa y vació su contenido de un solo trago. No podía hablar de aquello con Gwendal estando cien por cien sobrio. Si a su hermano le resultó alarmante su comportamiento, se encargó de no exteriorizarlo.
—En condiciones normales, es una cuestión en la que que no osaría inmiscuirme —reconoció Gwendal—. Pero vuestra relación es un asunto de estado ahora mismo, con más motivo después del juicio. La gente no comprende que el Maoh te defendiera con tanta ferocidad para luego mostraros distantes en público y en… la intimidad —carraspeó la última palabra.
¿Tan obvios habían sido como para alentar tales habladurías? En opinión de Wolfram, ambos habían hecho un impecable trabajo de acercamiento mútuo. Pasos diminutos en apariencia, zancadas de gigante después de todo lo que había pasado entre ambos. De lo perdido y de lo que estaba por perder. Casi habían conseguido reconstruir los frágiles cimientos de lo que compartieran antes de aquella maldita guerra.
El matiz amargo que lo permeaba todo era más evidente de lo que había pensado si los rumores sobre la vida sentimental del Maoh se habían disparado hasta llegar a oídos de Gwendal.
—Eso es exclusivamente asunto de Yuuri y mío —Wolfram casi lo gruñó con la voz tirante.
—No lo es: virtualmente, el Maoh no tiene vida privada, y por consiguiente tú tampoco. Aunque suene injusto, no es solo asunto vuestro —le corrigió Gwendal. Parecía querer estar en cualquier sitio menos en aquella conversación—. El pueblo necesita algo inmutable, seguro, y estos cuchicheos solo degradan la ya de por si frágil imagen pública de Yuuri.
Le miró directamente, y su mirada fue como una gélida puñalada en sus entrañas. Una que hablaba de decepción y un poco de perdón el mismo tiempo.
—¿Hay algo que no nos hayáis contado?
Wolfram cuadró la mandíbula, preguntándose si no sería exagerado llenarse una segunda copa y apurarla antes de responder.
—Rompí el compromiso, Gwendal —confesó al fin, incapaz de alargar más el tenso silencio—. Ya no soy su prometido, por tanto no tengo derecho a compartir su cama.
Gwendal no parecía impresionado por la nueva. No hizo ningún comentario ni indicio de ir a hacerlo en breves, así que tragó saliva y siguió.
—Esperaba que se calmaran las cosas para solicitar una anulación oficial —reconoció Wolfram—. Pero es evidente que no puedo postergarlo más tiempo. Los rumores viajan más rápido de lo que he podido controlar.
—¿Por qué? —lanzó Gwendal—. ¿Por qué ahora, después de años insistiendo?
Wolfram no pudo sostenerle la mirada más tiempo, así que ladeó la cabeza sobre un hombro para que no viera su expresión descompuesta.
—¿Tengo que decirlo…? —lanzó, su voz sonando a ruego.
Su tono quebradizo, solo pretendidamente firme, pareció ser incentivo suficiente para que al fin Gwendal se levantara de su sillón y caminara hacia él, elevándose sobre su cabeza como la mole que era.
Parecía reticente a tocarle —tal vez temía romperle—, pero al final su gigantesca mano se posó sobre su hombro. Sin presionar, solo dejada caer. Wolfram se estremeció bajo su toque, pero tras los instantes iniciales el contacto le resultó reconfortante, como si le sostuviera.
—Una parte de mí se quedó allí, Gwendal —alcanzó a balbucear—. Tal vez para siempre. No sé quan grande puede ser. No… —tomó una profunda bocanada—. N-no puedo pretender seguir con la vida que tenía planeada. Sería una imperdonable muestra de ingenuidad.
"He madurado lo suficiente para reconocer una causa perdida"
—Por favor, Wolfram —murmuró Gwendal—: no cargues con la culpa de algo que no fue tu elección.
Agachó la cabeza, porque no soportaría el peso conjunto de las palabras de Gwendal y su desbordante compasión. Y rezó a Shinou o al dios que quisiera escucharle por no sucumbir a la humillación máxima y romperse del todo frente a su hermano.
—No obstante, te apoyaré si esta es tu elección.
La rotuna afirmación de Gwendal fue suficiente para hacerle levantar la cabeza para mirarle, ojipláctico.
—¿Lo harás?
—No tengo motivos para oponerme —repuso Gwendal, siempre juicioso—. Tal vez sea un cambio necesario para ambos. Y dudo que tenga repercusiones negativas para ti, al menos a largo plazo. Incluso aunque anuleis vuestro compromiso, el pueblo lo olvidará. Eventualmente —añadió—. El honor de Bielefeld no es insalvable.
Lo que apenas un instante antes había sido resignación, se transformó a toda velocidad en cólera. Wolfram apretó los dientes y no hizo nada por retener el impulso de apartar la mano de Gwendal de un manotazo.
—¿Honor? —espetó, retrocediendo varios pasos. Su cercanía no le resultaba tan grata como momentos atrás—. ¿Crees que ése es el motivo de todo?
Su repentino cambio de actitud parecía haber tomado desprevenido a Gwendal, lo cual solo hizo que disparar su frustración. ¿En serio era incapaz de comprenderlo?
—Aún crees que es una fachada, ¿verdad? —le inculpó—. Una estúpida cuestión de estatus y orgullo. ¿Te sorprende que me importe bien poco el honor de mi apellido, Gwendal?
Se llevó una mano al pecho, como si ello fuera a reforzar el sentido de sus palabras. En realidad era un modo desesperado de sostenerse a sí mismo sobre rodillas temblorosas.
—Todos lo creéis —acusó—. Seguís tomándome por un niño encaprichado con su juguete. Sois incapaces de concebir que mis sentimientos sean auténticos. Todos vosotros… Conrart, Madre, tú.
Llevaba años constriñendo aquella indignación. Guardándose las acusaciones con miedo a estar envenenándose poco a poco con el rencor.
—Estoy cansado; hastiado de que me toméis a broma, de que creáis que sólo sigo a Yuuri a todas partes porque le debo fidelidad —expresó con amargura—. Lo hago porque quiero, porque deseo hacerlo.
Sus cuerdas vocales fueron más rápidas que su mandíbula al intentar morderse la lengua.
—Porque si a Yuuri le pasara algo, la gran razón de mi vida habría desaparecido —acabó por confesar.
Quiso retroceder en el tiempo, borrar los últimos cinco segundos. Morderse la lengua hasta sangrar si era necesario.
Pero el tiempo no va hacia atrás. Y él acababa de ponerse el corazón en un puño y lo exponía ante el escrutinio de Gwendal.
Solo quedaba ir con todo. Aunque le destruyera.
—No lo soportaría, Gwendal... No soportaría perder a Yuuri —gimoteó—. Porque aunque a mí mismo me cueste comprenderlo, es cada vez más fuerte... Y duele muchísimo.
Agachó la cabeza cuando sintió el familiar burbujeo ardiente de las lágrimas en sus párpados. Se sentía extrañamente embotado, como si le hubieran administrado un fuerte sedante.
—Soy una criatura despreciable, ¿no? Ladina e hipócrita…
Se sorbió la nariz y se limpió el amago de lágrimas con el puño de la casaca. Después pintó una sonrisa artificial, estudiada y estremecida. Le miró con los ojos relucientes y el gesto atormentado.
—Nada de esto importa ya… —aseguró con voz ronca—. Yuuri no debe enterarse, ¿de acuerdo? Conociéndole, me abofetearía y restauraría el compromiso.
—¿Tan mala sería dicha opción? —replicó Gwendal, paralizado ante su despliegue emocional.
Wolfram le dedicó una mirada intensa con ojos sin duda inyectados en sangre.
—No quiero su compasión —sentenció con fiereza—. No quiero condenarle a una unión indeseada solo porque es demasiado bueno como para apartarme de su lado.
—Yuuri nunca te echaría de su lado —alcanzó a murmurar Gwendal.
Wolfram soltó una carcajada desgarrada. Era jodidamente gracioso. Lo optimista, ingenuo, que Gwendal podía ser tras su perfecta fachada arisca.
—Se avergüenza de mí, Gwendal —balbuceó, su voz a medio camino entre un sollozo y una risotada—. De las pretensiones que he tenido desde el principio respecto a nuestro compromiso. Lo he sabido durante mucho tiempo: me lo negaba a mí mismo como un mantra, pero ahora sé mejor que eso.
Aquella vez, el sollozo fue físicamente doloroso. Le dio náuseas. Se llevó una mano al abdomen como si ello fuera a mantenerle entero.
—Y aun así… soy incapaz de apartarme de su lado. De guardarle rencor. —admitió, en un indudable tono de derrota—. Es una buena persona. Una de las mejores que he conocido.
"La mejor" se dijo para sí mismo.
No registró el momento en el que su hermano se movió hacia él, solo que de pronto lo tenía encima. Los pulgares de Gwendal se posaron sobre sus pómulos, elevándole el rostro, y le retiraron los restos de lágrimas con gentileza. Era un gesto que recordaba haber recibido de Cecilie, de Conrart, incluso en una ocasión de Julia, pero no de Gwendal.
Tampoco su hermano había estado jamás con los sentimientos tan a flor de piel, con una desolación desgarradora derramándose por sus ojos y rasgos.
—Nunca quise un porvenir tan triste para ti —reconoció, su voz rota y apenas audible—. No lo mereces, Wolfram.
E incluso entre las lágrimas que pugnaban por volver a derramarse, Wolfram sonrió.
—No es triste, Gwendal —aseguró—. Es hermoso. Por eso duele tanto.
Tuvo la sensación de que su hermano lloraba con él. Era más de lo que podía haber esperado.
Tras una afligida pausa (en la que Wolfram definitivamente no había oído a Gwendal sonarse la nariz), su hermano encontró la fuerza para hablar.
—Günter empezará a redactarlo mañana mismo —aseguró—. Te informaré cuando esté listo para… iniciar los trámites.
Wolfram asintió un par de veces con la vista perdida.
Ya no había marcha atrás. El paso que acababa de dar era irreversible.
—Hasta entonces… intenta mantener una imagen pública coherente —aconsejó—. No es sensato avivar rumores inciertos.
No necesitó más detalles para comprender lo que Gwendal muy juiciosamente le estaba pidiendo. Fingir normalidad, pasar por alto los últimos acontecimientos como si solo fueran un mal sueño.
Columpiarse en último remanso de dicha antes que una parte imprescindible de su vida se desmoronara.
Yuuri había estado mirando por la ventana, perdido en sus pensamientos —algo harto frecuente en los últimos días— cuando alguien llamó a la puerta. Tres golpes, firmes y rítmicos. Se le aceleró el pulso en el acto.
—¡A-adelante…! —alcanzó a exclamar.
El crujido de la madera acompañó a la visión de Wolfram de pie en el umbral, firme con las manos cruzadas a la espalda en actitud formal.
—Buenas noches —saludó.
Parecía listo para la cama, pero a diferencia de los camisones que solía llevar en el pasado había optado por un sencillo pijama de seda azul que no hacía nada por disimular su delgadez.
—¿Qué haces aquí? —soltó Yuuri, sin pararse a pensar si su entonación era exigente o solo ansiosa.
Wolfram frunció los labios, como si la pregunta le ofendiera.
—¿Acaso es extraño que pase tiempo con mi familia? —replicó.
Yuuri no se permitió sentirse esperanzado tan rápido, ni siquiera sonreír como antaño hubiera hecho ante una sorpresa tan agradable. En aquellos momentos se encontraban en una especie de limbo donde su relación empezaba a sanar, pero Yuuri no había esperado en ningún momento que Wolfram decidiera cambiar de golpe su reciente decisión de dormir solo.
No llegó a existir un silencio incómodo, pues Greta salió del baño envuelta en una nube de vapor, el cabello húmedo recogido en un desordenado moño y enfundada en el mismo camisón que algunas noches atrás.
—¡Wolfram…! —exclamó, sorprendida y entusiasmada de verle allí.
Éste no respondió. De hecho, no se le oía ni respirar.
Yuuri no comprendió la súbita palidez en el rostro de Wolfram. Sus ojos, con las pupilas contraídas, estaban fijos en Greta como si acabaran de ver un fantasma. Ni tan solo reaccionó cuando la muchacha se le acercó y tironeó de su manga para llamar su atención.
—¿Te encuentras bien, Wolfram…? —preguntó Greta en tono preocupado.
La pregunta pareció sacarle de su trance, porque pestañeó con insistencia y dibujó una sonrisa forzada.
—S-sí, claro —mintió—. Es que… has crecido tanto.
Como todas las preadolescentes del mundo, Greta se mostró rápidamente avergonzada por un cumplido directo de su padre.
Yuuri les miró alternativamente, desde su azorada hija a su mejor amigo que parecía haberse obligado a sí mismo a estar allí. Alguien necesitaba decir algo de forma desesperada para relajar el ambiente. Y si tenía que recaer en sus manos, que así fuera. Aunque fuera una absoluta tontería.
—Hace una noche estupenda —comentó sin reflexión previa. Ensanchó su sonrisa—. ¿Y si dormimos fuera?
Las muecas de los otros dos eran un poema.
—¿Cómo "fuera"? —se aventuró a preguntar Wolfram.
—Solía hacerlo con Shouri en las noches de verano —garantizó Yuuri, encogiéndose de hombros—. Sacábamos los futones al patio o al tejado. Aunque a menudo acabábamos llenos de picaduras de mosquito…
—¿Qué es un mosquito, Yuuri? —inquirió Greta.
—Son insectos voladores que se alimentan de sangre —explicó Yuuri. Se llevó una mano a la barbilla—. Ahora que lo pienso, nunca he visto ninguno en Shin Makoku…
Wolfram y Greta intercambiaron una mirada interrogante, incluso un poco alarmada. Yuuri se había acostumbrado a aquella expresión cuando procedía a explicar detalles cotidianos de su mundo que para los mazoku resultaban prácticamente alienígenas.
—Eso parece peligroso —opinó Wolfram—. ¿No acabais desangrados? ¿Qué arma utilizáis contra ellos?
La expresión aterrada de Greta dejaba en claro que ambos habían pintado a aquellas criaturas peor de lo que eran. Probablemente, mucho más grandes.
—No… ¡No! —replicó Yuuri con una sonrisa indolente—. Son muy pequeños. Y molestan un montón, pero eso es todo.
Su pequeña familia no parecía muy convencida, pero rápidamente Wolfram encontró otro motivo de objeción.
—Hace un poco de frío para dormir al raso —opinó, dubitativo.
—No si nos llevamos esto —comentó Yuuri, tirando sin ningún cuidado del fajo de mantas que vestía la cama.
Necesitaron tres viajes para reproducir una cama de matrimonio decente en el balcón empedrado. Las cejas arqueadas de Wolfram indicaban lo absurda que consideraba aquella idea, pero no hizo comentarios. Parecía menos contrariado cuendo se introdujo en el nido de cobijas al lado de Greta. Por su lado, la muchacha parecía eufórica por estar por fin compartiendo tiempo en familia.
—Esto es divertido —opinó—. Deberíamos hacerlo más a menudo.
—No te lo parecerá tanto por la mañana, cuando te duela todo —masculló Wolfram por lo bajo, atacando su almohada a codazos.
La risa musical de Greta disipó el mal humor de residual de su padre en un santiamén. Al igual que el propio Yuuri, su hija parecía mecerse de buen gusto en cada pequeño rescoldo de familiaridad.
No había ni luna ni estrellas, unas nubes de un oscuro azul uniforme cubriendo toda la bóveda sobre ellos. Tal vez era la razón de que la noche fuera cálida.
Incluso con una larga separación pendiendo sobre sus cabezas, fue absurdamente fácil caer en los viejos hábitos. Por inercia, Yuuri acabó curvándose contra Greta, cuya nariz se hundió de buen grado en su pecho. Superando una especie de reticencia inicial, Wolfram rodeó el cuerpo de la joven laxamente con ambos brazos.
Parecían haber llegado a un mudo acuerdo en el que solo importaba una cosa.
Greta debía estar a salvo. Greta debía sentirse a salvo.
Se quedaron despiertos durante largo rato, mucho después de que Greta se durmiera, acurrucada entre ambos como si aún fuera la desamparada huérfana que llegara a sus brazos años atrás.
En más de una ocasión, Yuuri tuvo la sensación de que Wolfram iba a hablarle, pero al final el silencio siempre prevalecía. En un giro radical cada vez más frecuente, fue él quien tomó la iniciativa.
—Echaba de menos esto —reconoció.
El comentario consiguió por fin llamar la atención de Wolfram, que giró la cabeza en su dirección hasta que su cabello se fusionó con el de Greta.
—¿El qué?
—Tú y yo —musitó Yuuri. Advirtió en una milésima de segundo lo mucho que podía malinterpretarse—. Greta —se apresuró a añadir.
Esperaba una de aquellas bendecidas sonrisas, pero en su lugar el semblante de Wolfram se ensombreció como si no fuera a volver a ser feliz.
No comprendió por qué la expresión de Wolfram parecía tan desolada. ¿Acaso no se sentía feliz por aquel rato que las circunstancias les regalaba a los tres? Un efímero limbo que les suspendía sobre aquel mundo en descomposición. Aislándoles por un brevísimo instante de todo lo que les consumiría en cuanto osaran prestar un poco de atención.
Las muertes, expolios y torturas que seguían sucediendo tras aquellos muros. El calvario de Wolfram, cuyo dolor permeaba cada uno de sus gestos y palabras.
Que hicieran lo que hicieran, en pocos años Greta parecería mayor que ambos. Que antes de un siglo deberían enterrar a su hija y ninguno parecería mayor de treinta.
Tragó saliva, pestañeando en sucesión rápida para disolver la humedad que se acumulaba en sus párpados. Rogó que sus siguientes palabras no sonaran a súplica.
—No quiero que esto termine —musitó, su voz sufriendo breves altibajos—. Es lo único que nos queda.
En la penumbra, le fue imposible dilucidar qué significaba la mueca tensa de Wolfram. Tras un silencio desquiciante, los labios de éste se abrieron.
Y de pronto una cortina de lluvia se precipitó sobre ellos desde las alturas.
Greta despertó con un chillido alarmado. La desesperada carrera al interior sería poco menos que hilarante vista desde fuera, en especial cuando Yuuri y Wolfram tuvieron que volver a toda prisa sobre sus pasos para recuperar el empapado montón de cobijas y almohadas. Farfullando y con cabello y ropas empapadas, ambos dejaron caer el amasijo de telas sobre las relucientes baldosas.
Tras un extraño momento de silencio y alternativas miradas ojipláticas, los tres estallaron en sonoras carcajadas.
Wolfram se estaba riendo. A mandíbula batiente y sujetándose el estómago como si le diera flato.
Yuuri se quedó ensimismado observando aquellos hoyuelos, el sonrojo feroz en las mejillas. Era maravilloso verle feliz. Oír su risa. Las lágrimas despuntar en sus comisuras por el simple hecho de reírse de un plan improvisado y fallido.
Sublime. Estuvo a punto de echarse a llorar de puro alivio.
Greta sacudió la cabeza sin dejar de reír, los tirabuzones amarrados adheriéndose a su cuello y orejas.
—Estoy empapada… —balbuceó, solo a medias contrariada.
—Trae —le indicó Wolfram, atrapando la cabeza de la muchacha con una toalla y secándole los rizos con diligencia.
Lo hizo una gracia que indicaba que lo había hecho decenas (cientos) de veces.
Cuando la muchacha estuvo seca y enfundada en una camisa desproporcionada a su tamaño (sin duda destinada a Yuuri), los dos chicos se encargaron de retirar las sábanas empapadas y sustituirlas por un respuesto que encontraron en uno de los armarios. Fue un corto rato de extraña complicidad, un pequeño acto doméstico en el que se vieron desprovistos de palabras e implicaciones.
Para Yuuri, el brevísimo tiempo supo a gloria.
Greta se había quedado dormida en el sillón para cuando Yuuri y Wolfram habían terminado de vestir de nuevo la cama. Apenas suspiró cuando el último la levantó con sumo cuidado y la depositó en la cama, cubriéndola hasta la clavícula.
Una estampa doméstica que le hizo sonreir como un idiota incluso cuando se metió entre las sábanas recién cambiadas y rogaba por unas horas de sueño reparador.
Su cabello aún estaba húmedo y la ducha involuntaria le había enfríado el cuerpo. Tal vez incluso tiritaba. Aunque Greta era un punto de calidez a su lado, sus pies estaban congelados y anotó mentalmente introducir el maravilloso invento de los calcetines en aquel mundo en cuanto tuviera oportunidad.
Sí debía estar temblando, porque pocos minutos después oyó removerse a Wolfram desde su sitio en el otro extremo de la cama, arrimándose a ambos de forma casi imperceptible.
—Mételos, enclenque —le animó Wolfram en la oscuridad, y Yuuri sintió cómo éste separaba los tobillos bajo la sábana.
Fue un gesto sencillo, incluso pasando por encima de Greta que dormía entre ambos. Los pies de Wolfram eran suaves y, lo más sorprendente, cálidos. Para Yuuri fue un indicativo de que su maryoku empezaba a regenerarse, llenándole de aquel fuego incombustible tan característico en él.
Ahogó una risita.
—¿Qué? —sugirió Wolfram con una ceja arqueada en la semi-oscuridad.
Yuuri tuvo que reprimirse para que su risa no despertara a Greta.
—Hacía mucho que no me llamabas "enclenque"... —observó.
Vio la revelación calar en el rostro de Wolfram, relajando toda la tensión de su ceño.
Éste le devolvió una de aquellas añoradas sonrisas plácidas, y ni siquiera el propio Yuuri pudo luchar contra el súbito calor que burbujeó en su estómago. Un cosquilleo que había empezado a ser una sensación recurrente y que se esforzaba con el mismo ímpetu en ignorar.
Wolfram volvió en sí solo para encontrarse envuelto en gemidos, sudor y un calor abrumadores.
Su percepción espacio-temporal parecía haberse ido de paseo y fue incapaz de comprender dónde ni cuándo estaba. Ni quién diablos era la mujer totalmente desnuda que estaba cabalgándole.
Una joven con una frondosa melena de rizos rubios cayendo entorno a sus hombros descubiertos. Levantó las manos, que parecían tener vida propia, y le abarcó los pechos: eran pequeños y firmes, de pezones turgentes que presionaban contra su palma.
Su mente empezó a aullar de instintivo rechazo, pero su cuerpo parecía tener otras ideas a juzgar por el ritmo vertiginoso de sus caderas.
Solo debieron ser unos segundos, aunque su mente se encargó de prolongarlo más allá toda lógica.
—Estás viendo la concepción de mi único hijo —dijo una voz de hombre en su oído.
Giró la cabeza a tal velocidad que de tener todo aquello algún sentido hubiera sufrido un latigazo cervical.
Shinou estaba sentado en una butaca junto a la cama, las piernas cruzadas y la mejilla apoyada en una mano en una actitud indolente. Observaba la escena con algo semejante a aburrimiento, los ojos fijos en él sin pestañear. Wolfram fue incapaz de reaccionar durante unos largos instantes, la esperpéntica situación vaciando su mente como si hubieran sacado los pensamientos con algún instrumento punzante.
Intentó hablar, pero las palabras parecían atoradas en su garganta. Sus manos no consultaron con su cerebro al acomodarse, aún sin mirar, en la curva de las delgadas caderas de la mujer.
"¿¡Qué demonios…!?"
De repente ya no era él el que estaba en la cama —gracias a los dioses—, sino de pie al lado de Shinou y contemplando la íntima escena. El hombre tendido sobre su espalda, desnudo y siendo montado por la rubia belleza, era el propio Shinou, con el gesto circunspecto, casi concentrado, y los labios apretados en una fina línea.
Parpadeó varias veces, girando la cabeza en sucesión rápida para cerciorarse de que, efectivamente, había dos Shinou junto a él.
Acto seguido, se palpó entero para asegurarse que seguía vestido. Por fortuna así era.
Un instante después, la cólera tomó el lugar del desconcierto. ¿Le había arrastrado Shinou a alguna extraña fantasía tórrida? Resultaba desconcertante, en parte porque Wolfram había estado muy seguro de que los apetitos del Rey Original no iban en aquella dirección. No a juzgar por los confusos retazos de recuerdos compartidos que aún tenía recluídos en un rincón de su memoria.
—Por idílico que parezca, este es mi infierno particular —confesó Shinou antes de que él pudiera exteriorizar su ira.
La confesión selló los labios de Wolfram, borrando todo lo que había planeado decir —vociferar—.
La mujer sacudió la cabeza, la dorada cabellera deslizándose sobre un hombro y adhiriendo mechones rubios a sus sienes sudorosas y los labios entreabiertos. Y entonces, aunque no la había visto jamás, Wolfram la reconoció.
Se humedeció el labio antes de aventurarse a hablar. Los fervorosos gemidos le hacían perder el hilo.
—¿P-por qué consideras que ver cómo… intimas con mi antepasada es algo que deseo?
Shinou rodó los ojos y le dedicó una mirada resignada desde su sillón.
—No es algo que pueda controlar —reconoció—. Cuando compartes la mente con alguien, los recuerdos son bidireccionales. Deberías recordarlo de la última vez.
Sí lo recordaba… por mucho que quisiera borrar las dichosas imágenes de su cabeza. Podía vivir perfectamente sin la imagen mental de Shinou sobre el Gran Sabio en al menos cien escenarios y otras tantas superficies horizontales, muchas gracias.
Pestañeó, intentando controlar el súbito mareo que le atacó la boca del estómago. Estiró la mano para apoyarse en cualquier sitio, el que fuera, y su palma tocó una superficie fría y uniforme.
Ya no estaban en la habitación —dio gracias, por enésima vez— sino de pie en un corredor vacío y tenuemente iluminado. Era uno de los muchos pasillos del Pacto de Sangre, pero incluso a él le costaba ubicar cuál. La decoración era muy distinta y sin duda los milenios pasados habían hecho mucho por mejorar la iluminación interior del gigantesco palacio.
Analizó a Shinou con aire crítico. Su opinión sobre el Rey Original había variado mucho con el tiempo, desde la devoción ciega que todo mazoku profesa por su dios hasta la desconfianza más absoluta tras el incidente de Soushu. Si bien se había redimido a sus ojos, al menos en parte, no iba a arrodillarse como si fuera un simple mortal en presencia de una divinidad.
En su lugar, dibujó su mueca más feroz.
—¿Qué hacemos aquí? —inquirió.
Shinou no pareció impresionado por su evidente aura de agresividad. Tampoco compartía ni un ápice de su impaciencia. En realidad, estaba esperablemente relajado para ser un difunto que fisgoneaba en el mundo de los vivos.
—Mi influencia sobre el plano físico es precaria —confesó el Rey Original—. Ni siquiera puedo proyectarme más allá del Templo ahora mismo. Murata intentó hablar conmigo en el templo familiar de los Spitzwerg, pero no pude hacerle llegar mi respuesta.
—¿Cómo puedes estar aquí entonces, en mi cabeza? —lanzó Wolfram, deseando que fuera al grano.
—Eres mi descendiente —dijo Shinou como única explicación—. El vínculo de sangre bien permite transgredir algunas leyes universales. Y ése es precisamente el motivo de mi presencia en tu subconsciente.
Por supuesto, el Rey Original no hacía nada a la ligera. No obstante, incluso a él le había costado imaginar una petición tan lapidaria.
—Te pido que me cedas tu cuerpo durante unas horas.
Wolfram retrocedió un par de pasos, como si le hubieran golpeado. Un bufido despectivo abandonó sus labios.
—No acabó bien para ambos la última vez —musitó.
—Y nunca tuve la ocasión de pedirte disculpas por ello —replicó Shinou, y sus rasgos se suavizaron en un gesto casi paternal. Se llevó una mano al pecho—. Lo hago ahora, aunque no fuera yo mismo. Perdóname.
El dios de los mazoku le estaba pidiendo perdón a él. Wow. Debía ser algún tipo de hito histórico.
Pero por muy conmovedor que fuera el gesto, no hizo nada por aclarar sus dudas.
—¿Por qué ahora, después de tanto tiempo? —insistió—. ¿Qué pretendes?
Los ojos de Shinou, de un azul antinatural, le observaban en silencio. Además de inmensurablemente poderosos, parecían sinceros. Se burló internamente de todos los que desde hacía años le comparaban con el Rey Original: incluso siendo un espejismo del pasado, Shinou seguía siendo absurdamente atractivo. No se creía capaz de inspirar ni una pizca de aquel natural magnetismo.
—Solo pedir un poco de generosidad —aseguró Shinou—. Hay un asunto de extrema urgencia que debo tratar con mi Gran Sabio.
Ante la mención de Murata, la desconfianza de Wolfram repuntó en el acto. El calor le subió al rostro, lo cual le probó que si era un sueño era uno muy real.
—Ni se te ocurra hacer nada… indecoroso con mi cuerpo —le advirtió.
Shinou no mostró ni un ápice de sorpresa por su acusación velada.
—Descuida —garantizó.
Acto seguido, estaba sobre él. Wolfram no tuvo tiempo ni de expulsar el aire por los labios cuando Shinou se inclinó para susurrarle al oído.
—Te aseguro que será lo más hermoso que has visto en mucho, mucho tiempo.
Y empezó a caer.
Wolfram despertó en mitad de la noche, más cerca del amanecer que del anterior ocaso. Pestañeó de cara al dosel durante minutos antes de desembarazarse del brazo de la niña dormida a su lado y bajar de la cama. Ni siquiera se permitió calzarse.
Yuuri no batió ni una pestaña, roncando en voz baja en su lado de la cama.
Dedicó una sonrisa despectiva a los centinelas que dormitaban contra los dinteles y siguió su camino, sin prisa. La noche aún era joven y la oscuridad mantenía sus intenciones en el secreto. Ninguno de los demás guardias osó interceptarle más allá de un breve gesto de cabeza.
Tan divertido como resultaba sumir en sueño inducido a los responsables soldados que Lord Spitzwerg había puesto a velar el sueño de aquellos más importantes, agradeció que por una vez la entrada estuviera despejada.
La habitación era sorprendentemente austera incluso bajo la tenue luz del exterior. Las pilas de libros y pergaminos parecían haber sido ordenadas con escuadra.
Típico.
La cama ajena se hundió bajo su peso, precipitándole contra el otro cuerpo tendido en ella.
Lejos de estar dormido, Murata emanó un largo suspiro de resignación y se incorporó lentamente sobre el colchón, buscando las gafas en la mesita que tenía junto a la cama.
—¿No va siendo hora de que dejes en paz a Lord Bielefeld,... —empezó.
Se volvió hacia el muchacho rubio, lanzándole una fría mirada de advertencia tras las lentes.
—...Shinou?
En los labios de Wolfram asomó una sonrisa zorruna, tan atípica que quedó claro que no era él mismo el que controlaba aquel cuerpo. Sus ojos habían mutado imperceptiblemente del verde a un azul tan oscuro que parecía negro.
—¿Te has dado cuenta? —canturreó.
Murata no parecía para nada impresionado.
—Ni en mis más salvajes fantasías concebiría que Lord Bielefeld acudiera a mi cama en mitad de la noche.
Shinou extendió su sonrisa, exhibiendo una dentadura impecable, y hundió la mejilla en la almohada. La nariz de Murata se colapsó por el súbito aroma floral, como a girasoles en verano. Nada que ver con sus recuerdos más antiguos.
—Este chico es bastante susceptible de alojar otras almas junto a la suya —comentó Shinou, tocándose la frente con un dedo—. Su voluntad es fuerte, pero aun así es un contenedor idóneo. Por alguna razón me siento muy cómodo en este cuerpo... Quizá porque es el descendiente que más se parece a mí desde hace siglos —elucubró. Levantó una mano pálida y delgada frente a su rostro—. Ha sido… sorprendentemente fácil.
—No tienes derecho a poseerle cuando quieras —le reprochó Murata—. ¿No te parece que ya hay bastantes recuerdos negros en su memoria como para que añadas incertidumbre a su presente?
El entrecejo de "Wolfram" se tensó visiblemente.
—Sólo disfruto de la sensación de estar vivo —protestó Shinou, igual a como lo haría un niño al que le han negado un capricho.
Elevó una pierna para que su rodilla rozara el muslo de Murata a través de la tela. No fue un acercamiento recíproco.
—Además… Él me lo permitió.
Las cuerdas vocales eran las de Lord Bielefeld, pero en la mente de Murata solo resonaba la voz de barítono de Shinou.
—¿Le pediste permiso?
La sugerencia pareció resultar ofensiva para el Rey Original.
—¿Por quién me has tomado? Claro que le pedí permiso.
—¿Qué le prometiste? —replicó Murata a toda velocidad.
No era la cortesía de Shinou lo que le resultaba sorprendente, sino el beneplácito de Lord Bielefeld.
—Un remanso —respondió Shinou, su voz dulce y densa como melaza—. Mientras yo estoy al mando, Lord Bielefeld disfruta de un sueño idílico, tan real que nadie vería la diferencia. Un deseo por mucho tiempo atesorado.
Murata se hacía una idea muy aproximada de qué fantasía estaba viviendo Lord Bielefeld en aquellos instantes, y no pudo más que alegrarse por un bien merecido meandro para alguien que había sufrido tanto.
Pestañeó cuando el cuerpo junto a él desplazó el peso para estar prácticamente tendido sobre él. El aliento de Lord Bielefeld, cálido y fragante, le acarició el oído y le erizó el vello.
—Sé qué fuiste a pedirle a Ondine —susurró Shinou.
La acusación le dejó desarmado, sin una sola opción a réplica bailando en su lengua.
—Me siento traicionado, mi hermoso Sabio —aseguró Shinou—. Que intentaras borrar nuestra vida pasada se me antoja una crueldad desmedida incluso para ti, que no tienes corazón.
Estaban tan cerca que Murata podía analizar perfectamente su reflejo en la mirada ajena. Un azul que no parecía sucumbir al paso del tiempo. Contra su más férrea voluntad, se le disparó el pulso.
—Pero no es ese el motivo de mi visita —reconoció Shinou.
Para el absoluto descanso de Murata, Shinou se incorporó hasta quedar sentado al borde de la cama. Si su consciencia, muy en el fondo, empezó a aullar por la separación, se aseguró de que ninguno de sus gestos lo delatara.
—Yuuri sigue teniendo su maryoku, y el resto de mazoku ya han empezado a recuperarlo aunque la mayoría aún no lo sepa —empezó Shinou, gesto serio hasta donde él podía ver—. Pero puede que no sea suficiente. El enemigo ha acumulado más poder del que ambos podíamos haber predicho.
Inclinó la cabeza hasta que el extremo de los bucles dorados le rozó el hombro con aire casual.
—Debemos sacar el as bajo la manga.
El gesto de Murata no varió ni un milímetro, pero Shinou parecía convenido de que sabía de qué le estaba hablando.
—Hagas lo que hagas, debes llevarlo allí —insistió—. Sabes de qué hablo —no era una pregunta.
Murata soltó el aire lentamente entre los labios apretados y se presionó el puente de la nariz.
—No será fácil —predijo—. En especial porque imagino que no querrás que sea sincero con Yuuri respecto a esto.
—Evidentemente —coincidió Shinou, cruzando las piernas y apoyándose con ambas manos en la colcha—. Ya sabes cómo reaccionaría si supiera la verdad.
Oh, claro que lo sabía. Podía verlo con meridiana claridad. Yuuri había iniciado un lento proceso de cambio personal, pero seguía siendo el mismo muchacho incapaz de poner en peligro a sus aliados ni aunque un bien mayor fuera a surgir del riesgo.
Dejó caer las manos laxas sobre sus rodillas, sintiéndose totalmente agotado solo con la perspectiva de la tarea frente a él.
—Lo intentaré —confirmó—. Pero no prometo nada.
Shinou dibujó una de aquellas sonrisas que denotaban que se sentía el dueño del mundo y se inclinó a un lado hasta que su nariz casi rozó el hombro de Murata.
—Confío en tu poder de convicción, mi querido Sabio —susurró.
El vello de la nuca se le erizó en el acto. Incluso a través del tiempo, el poder que Shinou tenía sobre él le dejaba indefenso.
Yuuri debería haber previsto que el frágil paréntesis de calma sería rápidamente despedazado. Y por supuesto tenía que ser con la petición de Gwendal de que le visitara en su despacho.
Era un suceso inevitable, imaginó, pero no por ello menos traumático.
Llevaba al menos cinco minutos de pie ante la puerta doble, pero sus piernas parecían bloquearse cada vez que su cerebro mandaba una mínima orden de movimiento.
Gwendal y él habían convivido en una tensa aceptación de la mutua presencia desde el juicio de Wolfram. Ni siquiera los reiterados intentos de Yuuri de reparar su relación parecía haber hecho nada por suavizar el ceño de Lord Voltaire cuando se encontraban en la misma habitación.
Era evidente que Gwendal aún no le consideraba digno de asumir el mando. Ni cualquier tarea que requiriera un mínimo poder de decisión. Hasta entonces le había relegado tareas menores que no definían en modo alguno el desarrollo del conflicto, básicamente papeleo.
Legalmente, podía pasar por encima del criterio de Gwendal y obrar como quisiera. Era el Maoh, a fin de cuentas. Tenía poder para asumir las funciones que la placiera o adjudicarlas a quien considerara oportuno (como Günter bien se había encargado de enseñarle).
Pero... PERO.
No era así como quería que funcionara Shin Makoku. Hacer valer su autoridad no reportaría más que tensiones innecesarias e inestabilidad a un ya de por sí frágil agarre sobre la situación. Y Gwendal no lo merecía.
(Sobre todo, Gwendal no lo merecía)
Su única opción era seguir trabajando para volver a ser digno de la confianza de Lord Voltaire. De todos.
Con aquella súbita inyección de arrojo, golpeó la puerta con los nudillos y pasó sin anunciarse.
A diferencia de todas las últimas veces que habían interactuado en las últimas semanas, Gwendal le estaba prestando toda su atención. De hecho, daba toda la impresión de haber estado mirando fijamente la puerta mientras aguardaba su llegada.
Para su absoluto desconcierto, señaló con un gesto afable la silla frente a él.
—Por favor: siéntese, Majestad.
Su tono le dio escalofríos. Solo lo recordaba de momentos de máxima vulnerabilidad, donde Gwendal había estado muy seguro que una actitud agresiva con él conseguiría romperle.
Hubiera sido descortés negarse, aunque todos sus músculos chillaran por una huida precipitada, así que tragó saliva con el mayor disimulo posible y se sentó muy rígido en la silla. El escritorio entre ambos no parecía una barrera física lo suficientemente sólida.
Gwendal abrió el primer cajón del escritorio y le acercó un documento por encima de la mesa. Acto seguido entrelazó las manos, expectante.
Yuuri empezó a leer el documento, pero su cerebro desconectó tras una oración de tres líneas que sintetizaba sus propios títulos. Optó por el atajo lógico.
—¿Qué es esto?
—La disolución de vuestro compromiso con Wolfram —fue la tajante respuesta.
Durante los instantes que siguieron a la revelación, Yuuri no consiguió entender de qué estaba hablando Gwendal.
Después, lentamente, algo hizo "clic" en su cerebro y le estrujó las entrañas.
Habían pasado tantas cosas que había olvidado por completo la conversación en aquella posada perdida en Rochefort. El peso de todo lo que estaba sucediendo a su alrededor, en un giro vertiginoso que nunca se detenía, había conseguido expulsar aquel episodio en particular a una esquina recóndita de su perspectiva.
Tomó el documento entre las manos, súbitamente sudorosas. Estaba seguro que sus ojos casi se salían de las órbitas mientras sacaba fuerzas de flaqueza y empezaba a leer desde el principio, con pausas absurdamente largas entre cada palabra y la siguiente.
La cabeza empezó a darle vueltas con el "…por propia voluntad, elegimos disolver el compromiso de matrimonio a fecha de…"
Indudablemente, eran lágrimas lo que le quemaba como ácido el interior de los párpados cuando vio el elegante arabesco al pie del documento. La firma de Wolfram, justo bajo su nombre completo.
Tardó demasiado en tomar las riendas de sus propias emociones, y ni siquiera entonces fue capaz de mirar a Gwendal a la cara.
—Antes debo hablarlo con él y…
—Como veis, ha firmado —le interrumpió Gwendal—. Él está de acuerdo. No hay nada de lo que hablar.
—No puedo tomar esta decisión así como así —intentó argüir—. Si Wolfram quería disolver el compromiso debería h-
"Te lo dijo" siseó una voz insidiosa en su cabeza. "Alto y claro. Pero tú preferiste pasarlo por alto. Olvidarlo hasta este preciso momento"
Todo cobró sentido. La distancia voluntaria de Wolfram para con su familia. Su expresión desolada en el trasfondo aún cuando debería estar bañándose en el cariño de los suyos.
Había estado preparándole para el inevitable mazazo. Y el muy estúpido había sido incapaz de atar cabos.
—N-no es posible… —murmuró, no sabía muy bien si para Gwendal o para sí mismo.
Lord Voltaire seguía mirándole sin pestañear.
—¿Me permitís dejar de ser momentáneamente vuestro Consejero y hablar con sinceridad?
Yuuri tomó aire y alcanzó a asentir con la visión borrosa a causa de las lágrimas.
¿Por qué demonios lloraba, de todos modos?
—¿Por qué no le dejas marchar?
Estuvo seguro de que su súbita inhalación fue ruidosa. Separó varias veces la mandíbula, pero solo pequeños sonidos estrangulados manaron al primer intento.
—¿Qué quieres decir…?
—Has predicado incansablemente que vuestro compromiso fue un accidente, un error —argumentó Gwendal, su voz rezumando una extraña mezcla de gentileza y amargura—. Has rechazado de forma constante y rotunda sus avances e incluso comprometido su honor al favorecer públicamente a otros y otras. Cientos de veces has asegurado que no reciprocas sus afectos.
Hizo una breve pausa que a Yuuri solo le sirvió para ser consciente del ritmo desbocado de su propio corazón.
—Pero no has disuelto el compromiso —puntualizó Gwendal—. Incluso años después del incidente. Me resulta incomprensible. Reconozco que lo último que imaginaba era que dicha iniciativa viniera de él.
Su expresión se tornó suspicaz, inculpadora. Yuuri dudaba que una puñalada doliera más que aquella mirada dirigida a él.
—Una parte de mí se pregunta si no será porque te gusta la sensación de tener un poder semejante sobre otra persona —le acusó—. Que sencillamente te es cómodo, gratificante, tener su exclusiva atención y devoción. Un plan alternativo por si todas las demás opciones te fallan. Si me permites el comentario, una forma de esclavitud tan cruel como cualquier otra.
Gwendal podía ser su consejero y Jefe de Estado, pero ante todo era el hermano mayor de Wolfram. No dudaba que pudiera emprender acciones ofensivas contra él si consideraba que estaba dañando a su hermano.
—No es eso, Gwendal —alcanzó a decir, sobreponiéndose lo suficiente al pánico—. No es eso…
Pero no encontró las palabras para emitir una réplica coherente. Y la misma voz odiosa en su cabeza lanzó la puñalada definitiva, sembrando una duda terrible.
"¿He estado dando por sentado a Wolfram?"
¿Había confiado en que incluso tras los reiterados rechazos su lealtad le impediría abandonarle?
¿Había estado tan rematadamente convencido de que Wolfram no iba a dar un paso atrás bajo ninguna circunstancia?
Se llevó la mano a los labios cuando la tensión acumulada se desencadenó en forma de náuseas. Se sentía miserable y en gran medida mezquino.
Si las acusaciones de Gwendal eran ciertas, aunque hubieran permanecido en el espectro inconsciente de su comportamiento, ello le convertía una persona mucho menos íntegra de lo que todos —y él mismo— creían.
Para cuando percibió la mano de Lord Voltaire en el hombro, ya se sentía mareado. Se preguntó si más que un gesto cercano, tranquilizador, era una manera de evitar que se desplomara.
—Yuuri, te pido esto como amigo, no como consejero —habló Gwendal, su tono tan grave que resultó desconocido—: termina con esto. Es lo mejor para Wolfram.
Inspiró con dificultad, su respiración húmeda a causa de las lágrimas que habían acabado inundándole los labios.
Estuvo tentado de reducir el escrito a trizas, pero se limitó a estrujarlo en su puño mientras abandonaba el despacho con la ceguera de un animal herido.
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¿Acaso no lo era?
Muy dafuc todo...
