Ma' pasao lo mismo. Capítulo extremamente largo partido en dos. Esto empieza a parecer HP lel

OJO CUIDAO!

Esto es probablemente… bueno, probablemente no, SEGURO, lo más gráfico (en el mal sentido) que habrá en todo el fic. Durante mucho tiempo he valorado si suavizarlo o no, pero es una de las (muchas) partes que escribí hace ocho años o así. Por lo tanto… mira, que sea lo que sea. Es que ni os dedico unas palabras porque solo debería pedir perdón. Gracias, de todos modos, por seguir leyendo.

PERO, OJO CUIDADO. The shit gets real…

Advertencias en este capítulo: Non-con explícito, lenguaje soez y violencia.


17

Albtraum

Pesadilla

Part I


Los días que siguieron al incidente, Yuuri los pasó en un estado de constante aturdimiento. Funcionando como algo mecánico con sus engranajes perfectamente engrasados pero sin cuestionarse el porqué de nada.

—¿Os encontráis bien, Majestad?

Se tomaba un tiempo exageradamente largo para responder afirmativamente, e incluso entonces era consciente que sus guardianes habían captado su mentira al vuelo.

Lo peor, con muchísima diferencia, era Wolfram. Y no por méritos propios.

Wolfram era cortés entorno a él, con una actitud intachable, pero nunca le dedicaba ni una mirada ni palabra de más. Su trato era estoico y distante. Interaccionaba con él lo necesario e indispensable, pero no forzaba conversaciones; ni siquiera cuando Greta estaba implicada (con una creciente frustración al notar la tirantez entre sus padres).

Se mirara por donde se mirara, más hiriente que cualquier otra opción que pudiera tomar.

Hubiera sido fácil —casi deseable— pensar que había vuelto a su actitud despechada de años atrás. Infantiloide. Sin embargo, más que rencor, a Yuuri le pareció una desesperada manera de no presionarle. De no alarmarle con cualquier muestra de afecto.

Él, por su parte, no sabía cómo manifestar sin que resultara violento que se moría por tenerlo cerca. Por mucho que el irracional deseo le atormentara.

De esa guisa pasaron casi diez días. Y entonces su confusa vida sentimental llegó a un brusco parón cuando el regreso de Yozak la expulsó a un rotundo segundo (o tercer) plano.

—Radford ha caído —fue lo primero que dijo al llegar frente al palacio, envuelto en una andrajosa capa de viaje que sin duda cumplía el objetivo de evitar miradas inquisitivas.

Mientras descabalgaba, un ejército de los pocos sanadores con maryoku que quedaban en Spitzwerg se ocupaban de atender a la pequeña comitiva que le seguía, unos cincuenta, la mayoría en un estado deplorable. Yuuri apartó la mirada, horrorizado, al ver cómo dos médicos ayudaban a descender a un soldado a quien le faltaba una pierna.

—Asaltaron el castillo hace dos noches —prosiguió Yozak, acercándose a grandes zancadas hasta detenerse junto a Gwendal—. Había imperiales por todas partes y fue imposible contactar antes.

Lord Voltaire apretó los puños a los lados.

—¿Lord Radford?

—Desaparecido —confirmó Gurrier—. Y lo mismo se dice de Rochefort.

—¿Por qué no hemos recibido noticias de esto? —quiso saber Stoffel.

—Creedme, Lord Spitzwerg —replicó Yozak en tono grave—: los que vienen conmigo son los que están en mejor estado. Supongo que os hacéis una idea.

Hubo unos segundos en los que la dimensión de la situación planeó como un espectro sobre un grupo expectante. Al final, Gwendal les dedicó a todos un gesto de cabeza hacia el interior.

—Hablemos en privado —propuso, en vistas del corrillo de curiosos que empezaba a aglomerarse en el acceso al castillo.

En cuanto todos los implicados estuvieron dentro del despacho y Günter, el último, cerró la puerta, se armó un griterío. Bueno, más bien Stoffel lo inició.

—¡Hay que replegar a todos los soldados de inmediato! ¡Llamarlos de nuevo a Spitzwerg!

—¿Y dejar a nuestros aliados sin refuerzos? —se opuso Gwendal, sentándose en la silla y llevándose una mano a la frente—. Sería una condena para todos ellos.

—Somos los siguientes, Gwendal —se le encaró Stoffel, su tono ascendiendo sin mesura—. Si han tomado Radford, el siguiente paso lógico es Spitzwerg. ¿A dónde iremos cuando eso suceda? ¿Cómo resistiremos si prácticamente la mitad de nuestras huestes están en Gyllenhaal y Wincott?

—Con el debido respeto, Lord Spitzwerg —se atrevió a puntualizar Yozak en tono lúgubre—: si toda la fuerza del Imperio decide caer sobre nosotros en este instante, ni todos los soldados de Spitzwerg podrían evitar una masacre.

Uy. El golpe en el ego de Stoffel fue casi audible.

—Mantengamos la calma, señores —se hizo oír la voz exhortativa de Murata, anticipándose al conflicto.

Consiguió el efecto deseado, y todos se volvieron en su dirección a esperas de unas palabras que ayudaran a esclarecer aquel embrollo.

—Han pasado semanas —meses— y seguimos marchando a ciegas —recapituló—. El borde del terreno imperial está ya muy cerca y no tenemos más pistas sobre el paradero del Emperador que cuando llegamos aquí. Debemos lanzar un ataque contundente y es probable que solo tengamos una oportunidad. Debemos golpear en el momento y lugar adecuados.

Aprovechando el breve silencio que siguió a su intervención, se quitó las gafas y las limpió con el bajo de la camisa. Yuuri estaba convencido que era más un gesto estudiado que una necesidad.

—No quería llegar a tener que sugerir esto, pero vista la situación no tenemos demasiadas alternativas —murmuró Murata, tan bajo que quedó dudas si no lo decía para sí mismo.

Se acomodó las gafas con aire dramático y se volvió a su izquierda.

—Me veo obligado a pediros que os sometáis a un interrogatorio, Lord Bielefeld —dejó caer—. Habéis estado en uno de los bastiones imperiales durante tres años, bajo yugo de uno de los Generales del Imperio: considero improbable que no oyerais ni vierais nada que apuntara a la ubicación del Emperador.

La sugerencia pareció resultarle ofensiva a Wolfram, cuyos puños se cerraron automáticamente a ambos lados.

—¿Me acusáis de mentir? Os dije todo lo que puede ser útil, y no es mucho —aseveró—. Gwendal y Lord Spitzwerg me interrogaron al respecto cuando llegué aquí.

—Que no lo recordéis no significa que no lo sepáis —replicó Murata, su tono igual de plano, diplomático—. Algo que careciera de sentido en el pasado podría serlo todo ahora. Quizá lo único a lo que aferrarnos.

A Yuuri le alivió que sus palabras tuvieran tan poco sentido para él como para Wolfram, a juzgar por su mueca confundida.

—Creo que no os entiendo —anunció, no sin cierta contrariedad.

—Tenemos el Espejo Demoníaco —dijo Murata—. Una de las pocas reliquias que se logró rescatar del Pacto de Sangre antes de su caída.

La expresión de Wolfram fue ensombreciéndose a medida que la sugerencia tomaba forma.

—Yo podría conducir el tránsito —continuó Murata, sobándose la barbilla—. Haciendo las preguntas adecuadas, el Espejo podría mostrarnos aquello que estamos pasando por alto. Shibuya y yo deberíamos…

—No —negó Wolfram de pronto. Su tono era rotundo y un poco alarmado—: Yuuri no va a participar en esto.

Aquella súbita preocupación por él, aunque las cosas estuvieran tan tensas entre ambos, pintó una sonrisa instintiva en los labios de Yuuri.

—No debes preocuparte —se hizo oír—. He experimentado en otras ocasiones los efectos del Espejo: ahora sé de sobras cómo funciona y cómo evitar efectos indeseados.

Wolfram se volvió hacia él y le miró. Por primera vez en días, desde el cataclismo que habían creado en aquel bosquete anónimo, de verdad le miró.

—No se trata de ti, Yuuri… No en realidad.

Ken intervino antes de que Yuuri pudiera manifestar su desconcierto por la confusa afirmación.

—Incluso con la ayuda del Espejo, encontrar un recuerdo en concreto en un periodo tan largo necesitará una cantidad de maryoku exorbitada —elaboró Murata—. Una que tal vez yo solo sea incapaz de generar. Necesito a Shibuya en el tránsito.

Wolfram abrió la boca y volvió a cerrarla. Repitió la secuencia dos veces en sucesión rápida. Su gesto se endureció visiblemente.

—Me niego —se reafirmó—. No si Yuuri va a estar implicado.

Se marchó a enérgicas zancadas, dejándolos a todos plantados y envueltos en un tenso silencio.

Gwendal se frotó la frente y emitió un suspiro agotado antes de levantarse del escritorio y salir por la puerta, presumiblemente en busca de su hermano. Conrart, Günter y Stoffel le siguieron apenas unos segundos más tarde. Podían oírlos discutir a lo lejos, con mayor o menor fiereza.

La mente de Yuuri permaneció en blanco unos largos instantes, observando el escritorio vacío de Gwendal mientras intentaba dotar de sentido a la actitud de Wolfram. Se volvió hacia la puerta, el entrecejo fruncido en una mezcla de irritación y confusión.

—¿Por qué se pone así? —preguntó, solo a medias para sí mismo—. No es como si no supiera cómo funciona el maldito espejo…

Casi inmediatamente, se escuchó un suspiro colectivo. Yozak y Murata mostraban idénticas caras de circunstancia, incómodas. Intentaban a toda costa esquivar su mirada.

—¿Qué? —sugirió, elevando los brazos a los lados.

¿Qué se estaba perdiendo?

Yozak se pasó la mano por la cara antes de mirarle con un único ojo azul acusatorio.

—¿Hola, hay alguien ahí? —le espetó con sarcasmo—. Lord Bielefeld no quiere que veáis lo que el malnacido de Seiffert le hizo.

Sus tripas se retorcieron por la tensión. ¿Acaso todo el maldito país lo sabía ya?

—Sé lo que pasó, Yozak —puntualizó, aunque en tono más grave de lo habitual—. Te recuerdo que fuí quien le encontró. Oí a los guardias hablar de ello y Seiffert… —titubeó un instante, bajando la mirada—. Seiffert no tuvo ningún reparo en decirlo delante de mí.

—Es muy distinto saberlo a verlo con tus propios ojos —replicó el soldado.

Después se inclinó hacia adelante hasta que sus rostros estuvieron a la misma altura. Era un gesto recurrente en Yozak, aunque a Yuuri le irritara más y más en los últimos tiempos, recordándole demasiado a un adulto que se pone al nivel de un crío para no intimidarlo.

—El Lord Mocoso es un bocado irresistible —murmuró Yozak, su nariz casi rozando su oído—. Y Seiffert lo tuvo durante tres años. Su reticencia me hace pensar que quizá no sabemos la dimensión de lo que pasó en ése tiempo. Tal vez no esté de más que tengáis algo de tacto al respecto.

El ya familiar peso frío anidó en su pecho, oprimiéndole el corazón.

Claro. Wolfram era ofensivamente guapo. Había estado bajo el yugo de Seiffert durante tanto, tanto tiempo…

No había nada de sorprendente en que quisiera evitar con tanta ferocidad que alguien hurgara en sus recuerdos.

Intentó contener un estremecimiento y se palmeó el rostro para autoinfundirse valor.

—No quiero pensar en eso ahora —murmuró, solo a medias para sí—. ¿Dónde han llevado a los heridos?

Yozak pestañeó varias veces en sucesión rápida.

—¿Por qué queréis saberlo?

—Me esforcé en aprender majutsu curativo precisamente para situaciones como esta —le recordó Yuuri, desabrochándose los puños de la casaca y arremangándolos—. ¿A dónde debo ir?

Las siguientes horas fueron frenéticas. En el mal sentido.

Al principio agradeció tener una tarea que ocupara el cien por cien de su atención y que le impidiera pensar en Wolfram y lo complicadas que estaban las cosas entre ambos.

(O en lo apetecibles que le habían parecido sus labios, muchas gracias).

Tras cinco horas trabajando sin descanso, empezaba a ver los contras en su lógica.

Para cuando había llegado al salón, transformado en improvisada enfermería de emergencia, los sanadores ya habían categorizado a los heridos por gravedad. Yuuri aceptó sus escuetos y sinceros agradecimientos y se puso a su disposición. Le encargaron aquellos de menos gravedad, sin duda sabedores que su experiencia no era muy dilatada. También se ocupó de estabilizar aquellos en riesgo inminente de shock hipovolémico mientras los sanadores se encomendaban a operaciones más delicadas.

En las primeras dos horas, murieron seis de los cincuenta y tres. Las bajas ascendieron a doce en las siguientes tres. Se amputaron cinco piernas y tres brazos. Un soldado perdió ambos ojos.

Yuuri se apresuró contagiarse de la actitud de sus improvisados colegas, que no se permitían ni un momento de debilidad para llorar a los caídos o mutilados. Se dijo que tendría tiempo de lamentarse —horrorizarse— más tarde.

Los sanadores parecían maravillados por su reservorio interminable de energía demoníaca. Si bien su maryoku no estaba sufriendo ningún desgaste aparente por las continuas curaciones, su cuerpo y mente se resentían de la extenuación. Sus párpados y miembros pesaban más de lo habitual y empezaba a sentir la cabeza ligera.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó, con una sonrisa trémula, a la mazoku tendida frente a él.

La soldado había sufrido un feo golpe en la cabeza, envuelta al completo en vendas compresivas. El uniforme violeta que pertenecía a Rochefort era casi negro allí donde la sangre le había corrido por el cuello.

—Mucho mejor —repuso, con el tono perezoso que delataba un estado de sedación—. Muchas gracias, Majestad.

Yuuri prolongó su sonrisa y cambió la postura de sus dedos, deslizándolos por encima de su mano y cerrándolos entorno a su muñeca. Gisela le había indicado hacía una eternidad que era preferible tocar a los heridos en lugares no vitales, como los brazos u hombros, para que no tuvieran sensación de gravedad.

Cualquiera que hubiera sido el percance de la soldado había astillado parte de sus costillas, así que Yuuri se había concentrado en mejorar su respiración. Ésta había empezado a ser estable y profunda apenas unos minutos antes.

—¿Puedo deciros algo, Majestad?

Yuuri le prestó toda su atención y asintió, demasiado cansado para responder con una frase igualmente cortés.

—La mayoría sabíamos que volveríais —aseguró la muchacha, que debía rondar la edad de Wolfram—. Algunos perdieron las esperanza, pero la mayoría estábamos convencidos de que no nos habíais abandonado.

Yuuri no pudo evitar que su mandíbula se descolgara levemente. Era la primera vez que alguien le confirmaba sus más terribles sospechas: que una parte, más o menos numerosa, de sus súbditos creía que les había dejado a su suerte.

Una verdad que Conrart y los demás habían intentado dejar fuera de su conocimiento; supuso, para no añadir presión innecesaria sobre él. Un lamentable defecto que, se dijo, pensaba remediar en cuanto tuviera oportunidad.

Se recompuso tan rápido como pudo, deseando que ella no notara cómo le temblaba la mano sobre su muñeca.

—Circunstancias que no esperaba me han mantenido lejos más tiempo del que desearía, pero nunca podría abandonaros —reconoció—. Este es mi mundo y vosotros sois mi pueblo.

Le sorprendió de lo mucho que creía en sus propias palabras. Podría haberlas pronunciado en un acto oficial frente a una multitud de nobles y hubiera sido igual de resoluto.

Su respuesta pareció ofrecer una dopante paz mental a la soldado, que entornó los ojos y cayó inmediatamente en un sopor reparador. Solo entonces Yuuri se permitió disolver su mueca tranquilizadora.

La fe desesperada en él, esa que compartían Günter y Conrart, era más dañina que las acusaciones y los lógicos reproches.

Su cuerpo dio una involuntaria sacudida cuando una mano se depositó en su hombro. Se volvió a toda velocidad, aunque le costaba enfocar el rostro inclinado sobre él.

—Majestad, deberíais retiraros por hoy —la sanadora en cuestión parecía totalmente extenuada, pero una sonrisa iluminaba su rostro—. Habéis trabajado sin descanso durante horas.

—Estoy bien —replicó Yuuri—. Aún quedan-

—Debo insistir, Señor —protestó la mujer—. Todos los pacientes están estables y en proceso de recuperación, y no nos beneficiará que agotéis vuestro maryoku.

En cuanto abrió la boca para protestar, el agotamiento golpeó de nuevo, y descubrió que en realidad no deseaba nada más que dormir y olvidarlo todo por unas horas.

—Está bien —musitó—. Pero os pido que me aviséis de inmediato si puedo ser de ayuda.

—Así lo haremos, Majestad.

Un ligero mareo le llevó a entrecerrar los ojos y sujetarse en el respaldo de la silla para mantener un mínimo de dignidad. Cuando giró sobre sí mismo tras destensar cuello y brazos, la sanadora seguía allí.

—Dejadme transmitiros el agradecimiento de todos mis compañeros —pidió, con un respetuoso gesto de cabeza—. No imagináis lo importante que es para nosotros que hayáis decidido acompañarnos hoy.

Las palabras parecían llegarle en diferido, pero inmediatamente forzaron una sonrisa en sus comisuras.

—Es lo mínimo que podía hacer —aseguró.

"Más después de dejaros solos. De desaparecer durante años"

Aquello último quedó implícito, aunque imaginó que la mujer sería ajena a tales pensamientos.

—No dudéis en hacerme llamar si requerís de nuevo mi ayuda.

Ella le dedicó otra breve inclinación antes de volver a sus tareas. Yuuri caminó hacia el exterior del salón hasta encontrarse un vestíbulo vacío.

Se pasó la mano por la cara para despejarse. Frunció la nariz: no lo había advertido hasta entonces, pero sus manos apestaban a cobre. Incluso tras lavarlas con reiteración.

Su paso era lento y cargado, como si sus pies fueran de hierro. El silencio de los corredores fue una bendición tras horas escuchando alaridos, quejas y órdenes cargadas de urgencia. Incluso el frío fue bienvenido, despejando en gran medida su embotamiento.

¿Era eso lo que vivían los médicos durante las guerras? ¿Gisela y Julia y los miles que siempre estaban al pie del cañón? ¿Durante horas y días y meses hasta que quien fuera decidía que ya había suficiente y firmaban la paz?

Apenas habían sido horas y se sentía extenuado a todos los niveles.

Sus piernas habían seguido el camino por instinto, porque al volver a la realidad se encontraba a unos pasos de su puerta. Cuadró los hombros en cuento notó que no estaba solo.

Wolfram estaba recostado contra el muro, con los brazos cruzados en silenciosa espera. Deshizo su postura en cuanto percibió su presencia, saliendo a su encuentro con un claqueteo de las suelas de sus botas.

Estaban solos. Probablemente Wolfram había despachado a los guardias para permitirles privacidad.

O el aura agresiva los había espantado sin necesidad de cruzar palabras.

Se observaron uno al otro durante instantes eternos, como si aún planeara sobre ambos un recuerdo de su animadversión inicial. Vio cómo Wolfram tragaba saliva, su nuez moviéndose brevemente arriba y abajo. Al final las pestañas cayeron sobre los párpados en un gesto de conformidad.

—Lo haré —lo dijo tan bajito que apenas se le oyó.

A oídos de Yuuri, fue la más clara aceptación de una derrota que había escuchado nunca.

No alcanzó a más que asentir sin emitir sonido. Wolfram le imitó en su mutismo y se marchó por donde, presumiblemente, había venido.

No sabía muy bien cómo tomar su leve interacción, tensa hasta el punto de lo insufrible. Y no se sentía con fuerzas para lidiar con tales contradicciones en aquel momento.

Abrió la puerta de su habitación, se dejó caer sobre la cama y por fin lloró hasta quedarse dormido.


El lugar escogido para un proceso tan delicado fue el templo familiar de los Spitzwerg. Por un doble motivo.

Uno: el ambiente de privacidad mantendría lejos a miradas y oídos indeseados.

Dos: el tránsito sin duda se vería facilitado por el aura mística que flotaba en la sala.

Aunque Conrart, Gwendal y Günter les habían acompañado hasta la misma puerta, solo los tres implicados cruzaron finalmente el umbral. Murata pretendía con ello eliminar cualquier interferencia indeseada en el proceso y, aún sin decirlo explícitamente, proporcionarles cierta intimidad.

La estancia tenía reminiscencias al Templo de Shinou, aunque Yuuri tenía muy claro cual prefería. Como todo en los dominios Spitzwerg, la sala exudaba opulencia: las elevadas columnas que sostenían el techo abovedado eran un entramado de volutas de oro y había cortinajes de terciopelo en todos lados. Allá donde el edificio donde Ulrike residía carecía de ventanas en sus salas interiores, aquel tenía enormes ventanales con vidrieras multicolores que bañaba el interior en un collage de rojo, verde y oro.

Una estatua de Shinou, labrada en lo que parecía bronce, presidía la estancia. Debía medir unos cuatro metros y, en su opinión, no reflejaba fielmente el aspecto del Rey Original. La efigie era excesivamente alta y fornida en proporción y la nariz aguileña, cuando la de Shinou había sido ligeramente respingona.

Frunció el ceño. Después del insólito sueño días atrás, lo que menos le apetecía era llevar a cabo un proceso tan delicado ante la mirada estoica de Shinou. Fuera o no de metal.

Se posicionaron en el centro mismo de la sala, bajo el pico de la bóveda. Murata desenvolvió el Espejo, guardándose de no tocarlo con las manos desnudas. Como la mayoría de objetos sobrenaturales de aquel mundo y siguiendo una cultura con un peculiar sentido del humor, el Espejo Demoníaco parecía algo tan inofensivo y vulgar como un cuenco de sopa. Nadie le dedicaría una segunda mirada de no ser por el león grabado en oro en el fondo.

Sin embargo, Yuuri conocía muy bien lo que podía lograr. Las apariencias engañaban ya en la Tierra, pero el hecho se multiplicaba exponencialmente cuando de Shin Makoku se trataba.

Murata le tendió el artefacto a Wolfram; sus manos temblaban visiblemente cuando se cerraron entorno al espejo. Yuuri se preguntó si lo dejaría caer, arrancando toda posibilidad de conocer una verdad que defendía con tanta fiereza.

Incapaz de soportar un gesto tan claro de vulnerabilidad, se acercó a ambos y cerró los dedos entorno las muñecas de Wolfram para intentar contener los temblores.

—Eh, eh… ¿Estás bien? —murmuró, entrando inconscientemente en su espacio personal.

Después levantó la barbilla y se quedó traspuesto, a escasos milímetros de aquellos ojos verdes que le miraban sin pestañear. Comprendió dónde estaba el elemento perturbante.

Era lo más cerca que estaban desde…

Tragó saliva cuando el rubor le subió a las mejillas en una fracción de segundo. Dio un paso mecánico hacia atrás. Wolfram, por su parte, se había recobrado con loable rapidez.

—Estoy bien —garantizó. Le apartó la mirada en un gesto premeditado—. Acabemos con esto cuanto antes.

Hubiera podido seguir un silencio tenso de no ser porque Murata decidió ir al grano.

—¿Qué tal está tu maryoku, Shibuya?

—Al cien por cien —respondió de inmediato.

Había colapsado en la cama nada más llegar el día anterior, demasiado agotado incluso para permitirse cenar o incluso tomar un baño, pero por la mañana había despertado totalmente revitalizado. No por primera vez, agradeció haber dormido sin sueños.

Los ojos de Murata rodaron a su izquierda.

—¿Estáis listo, Lord Bielefeld?

Wolfram respondió con una sonrisa desapasionada, irónica.

—Poco importa si lo estoy o no.

Y sin dejar que se dijera ni una palabra más, se volvió hacia Yuuri con algo innombrable en el rostro.

—Cuando esto termine, no soportarás estar cerca de mí —sentenció.

Si bien la aseveración le caló hondo, desestabilizándole por un segundo, se las arregló para ofrecerle una sonrisa alentadora.

—No tomes por mí ese tipo de decisiones.

Dio la sensación de que Wolfram quería decir algo, pero lo pensó mejor y cerró la mandíbula con una mueca casi siniestra. Escuchó perfectamente el bufido que abandonó sus labios apretados.

—Recuérdalo, Shibuya —apuntó Murata, subiéndose las gafas sobre el puente de la nariz—: no podemos alterar nada de lo que vamos a ver. Solo podremos… observar.

Lo sabía. La primera vez que accedió sin saberlo al poder del Espejo, había viajado a un pasado no muy lejano, en plena guerra contra Gran Shimaron. Los detalles se habían difuminado con el pasar del tiempo, pero recordaba con claridad a un Wolfram triste y frustrado sumergido en una adolescencia complicada en tiempos oscuros.

Y a Lady Wincott.

Había sido una experiencia extraña conocer en persona a la famosa Suzanna Julia de la que todos parecían tan prendados. Más surrealista si cabe sabiendo que no era sino su vida anterior. El escaso tiempo transcurrido en aquel espejismo de historia había bastado para comprobar que ninguna de las alabanzas estaba de más y que era natural que su marcha hubiera dejado una impronta tan profunda en todos los que la conocían.

Si bien su paso por el pasado había cambiado profundamente su perspectiva sobre los sucesos de la Guerra, a su regreso resultó evidente que su presencia no había alterado en lo más mínimo cómo sucedían los acontecimientos.

Aquel era el engaño y el poder del Espejo Demoníaco. Permitía a sus usuarios sumergirse en el más mínimo detalle del pasado que pretendían desentrañar, pero no alterarlo.

Por terrible que fuera lo que mostraran. Por mucho que Yuuri hubiera deseado en su momento que Conrart no partiera a Guthenberg, nada hubiera podido impedirlo.

Porque el pasado no puede reescribirse. Incluso en un mundo con seres omnipotentes, lo transcurrido resulta intocable.

—Lo sé —aseguró.

—Dado que queremos poder analizar cada detalle, no podremos interactuar con el recuerdo —puntualizó Murata—. Seremos intangibles, inaudibles e invisibles.

Yuuri asintió.

Murata se dirigió a Wolfram. Titubeó un instante, como si le pidiera perdón, y depositó una mano en su hombro derecho. Yuuri hizo lo propio en el izquierdo, aunque con mucha menos resolución.

Mientras Murata empezaba a salmodiar entre dientes, en una variante de makokuan ya en desuso, Wolfram encaró el Espejo Demoníaco hacia el cielo y miró dentro.

Acto seguido, caían.


"Quiero saber"

"Quiero saber", se dijo una y otra vez.

"¿Quiero…?"


Cuando su mente reflotó al plano consciente, Yuuri se encontró tiritando en una oscuridad infinita. Sordo y ciego. Esperó en la inmensidad negra a que sucediera algo.

Esperó.

Esperó.

Pestañeó hacia la nada: aquello era nuevo. Debería estar ya en algún sitio.

¿No?

—¿Murata? —probó—. ¿Wolfram?

Nada. En absoluto nada.

Una mano se cerró sobre su muñeca. Se le escapó un gritito de espanto.

—Shibuya.

Emitió un suspiro aliviado a las tinieblas.

—Gracias al cielo… ¿Dónde estamos?

—Imagino que no has formulado con claridad la pregunta en tu mente, así que el Espejo no sabe a dónde enviarnos —elucubró Ken—. Si no somos muy específicos, podríamos acabar en cualquier momento entre el nacimiento de Lord Bielefeld y el día actual. Tal vez incluso antes.

Le apretó la muñeca por encima de la manga del uniforme. Casi le pareció que temblaba.

—Intenta concentrarte en el motivo por el que estamos aquí —le animó—. Es fácil perderse en el flujo de recuerdos, más si son ajenos.

A pesar de que no podía ver nada en aquella oscuridad total, Yuuri cerró los ojos. Los apretó, lanzando el ruego a sus adentros.

"Por favor… muéstranos lo que sea que Wolfram sabe que pueda ayudarnos a descubrir dónde debemos dirigirnos ahora"

Algo doloroso despertó en su pecho al tener aquel pensamiento en concreto. Incluso en aquel espacio incorpóreo, sus ojos se llenaron de lágrimas.

"Que no sea horrible, por favor…" suplicó.

Un punto de luz estalló en el espacio entre ambos, exigua pero cegadora en contraste con la negrura total en la que habían estado. Fue creciendo hasta iluminar un escenario desgraciadamente conocido.

Era la habitación en la que había encontrado a Wolfram en el castillo Khrennikov. La misma que el Maoh había hecho volar por los aires en un estallido de cólera.

Poco parecía haber cambiado. La misma mesa con dos sillas, que albergaba cinco botellas de vino y seis finas copas. La misma moqueta inmensa. Las mismas cortinas oscuras descorridas.

Oh.

Y el mismo Wolfram consumido que había hallado cuando a priori no debería haber esperanza.

Se separó de Murata y se acercó a pasos lentos, analizando cada detalle. Wolfram estaba sentado en la repisa junto a la ventana, con las rodillas pegadas al pecho y los brazos rodeándose las piernas. La cabeza ladeada contra la ventana hasta que parte de su cabello se adhería al cristal.

Era la visión más deprimente que Yuuri recordaba.

Las pistas no eran claras. ¿Cuándo estaban? ¿Cuánto había transcurrido desde la llegada del Imperio?

¿Cuánto llevaba Wolfram siendo el esclavo de aquel bárbaro?

Se plantó frente a él, a escasos milímetros de su rostro, y analizó cada detalle. No eran muchas las ocasiones en las que podía explayarse en los detalles sin miedo a ser descubierto.

La increíble mejora de Wolfram en las últimas semanas le había llevado a olvidar lo demacrado que parecía cuando le encontró en Khrennikov. Lo mucho que la piel se adhería a los pómulos como si no hubiera nada entre ella y el hueso. Las ojeras amoratadas y el collar de marcas negras allí donde la ropa no llegaba a cubrir.

Invadió su espacio personal, tan cerca que por lógica debería sentir su aliento en la cara. Necesitó unos segundos para ver a través del espejismo resignado, y entonces la respiración quedó atorada en su garganta.

Su aire alicaído, lánguido, era solo una fachada. Todo su lenguaje corporal estaba aullando, cada músculo tenso hasta hacerle temblar al completo. Sus uñas sin duda dejarían medialunas allí donde apretaba la ropa entorno a sus brazos.

No se había resignado a la esclavitud. Pero sin una salida a su alcance, era un animal enjaulado.

Salvaje, insumiso, pero impotente a merced de un dueño despiadado.

Los ojos de Wolfram se movieron a su izquierda sin que ningún gesto delatara el viraje de su atención. Yuuri se volvió en la misma dirección y a punto estuvo de emitir una exclamación al ver a Eberhart Seiffert de pie en la puerta, vestido con ropas casuales de un carmesí intenso.

Era como una mancha de sangre reciente en un lienzo en blanco y negro.

—Seiffert —anunció Yuuri, incapaz de suavizar el rencor en su tono.

Los ojos de Murata no abandonaban la escena ante él ni para parpadear, como si cualquier ínfimo detalle o gesto fuera a darles la respuesta a todo. Siguió con la mirada la trayectoria del General desde la puerta hasta la cama, como si un escrutinio continuado fuera a decirle todo lo que necesitaba saber sobre un enemigo tan terrible.

Seiffert lanzó sobre la cama algo envuelto en tela y después se dirigió a la mesa, donde llenó de vino una de las seis copas. Los ojos de Wolfram se posaban alternativamente en él y el misterioso objeto.

¿Qué es esto? —escupió.

Seiffert se dejó caer en el sillón junto a la mesa con la copa en la mano.

Te he traído un regalo —dijo únicamente. Le hizo un gesto exhortativo—. No seas descortés y ábrelo.

La velada amenaza fue evidente incluso para Yuuri. Aunque no tuviera sentido al ser una mera reproducción, no osó retirarse ni un milímetro de su sitio junto a Wolfram, como si su cercanía sirviera de escudo entre Seiffert y su prisionero.

Tras unos tensos instantes en los que Wolfram no movió ni un músculo, bajó las piernas al suelo y caminó en dirección a la cama. Yuuri notó algo extraño en su paso, rígido y antinatural; un estremecimiento en su espina dorsal mientras desenvolvía el impuesto obsequio.

Había visto suficientes películas para anticipar las posibilidades. ¿Le habría traído Seiffert la cabeza u otro miembro amputado de algún conocido como señal de poder? Por lo que conocía del energúmeno en cuestión, no se le hacía muy improbable.

La realidad superó las expectativas... y no en el buen sentido.

Vio la expresión de Wolfram descomponerse cuando sus manos se cerraron sobre tejido sedoso de un suave rosa pastel. Tiró de la prenda, desvelando un camisón rematado con puntillas y lazos rojos en las mangas y el cuello.

Eberhart, sentado en el sillón en actitud indolente, le observaba con una sonrisa torcida.

¿Te gusta? —sugirió—. ¿No te trae buenos recuerdos?

Wolfram se volvió lentamente, ojos desorbitados y labios entreabiertos. Sus manos se sacudían por la fuerza con que sostenía la prenda.

El Maoh no sabía apreciar tus esfuerzos —se burló Seiffert, con una mueca que expuso parte de una dentadura perfecta—. El muy necio nunca llegó a valorar lo bien que te queda el rosa.

Yuuri se cubrió la boca con las manos, intentando con todas sus fuerzas no emitir un grito de espanto. Un instante después, Wolfram exteriorizó la misma pregunta imperiosa que rondaba su cabeza.

¿Cómo puedes saber…?

Todo el mundo lo sabe —le interrumpió Seiffert, inclemente—. Que cada noche renunciabas a tu hombría para saltar a la cama del Maoh con la esperanza de que se compadeciera de ti y te tomara. Vestido como una esposa solícita, pero dispuesto a abrirte de piernas ante la mínima provocación como una puta complaciente se levantó de su sitio, la copa olvidada en el suelo junto a él—. Es cultura popular de vuestro amado Shin Makoku. Un cuento para mandar a los niños a la cama y que sean buenos.

Las manos de Wolfram seguían temblando, pero ya no era atribuible a la rabia.

Estaba aterrorizado. Paralizado por el pánico.

Un animalillo deslumbrado por los faros de un automóvil. A un instante de quedar aplastado contra el asfalto.

Póntelo —no era una sugerencia.

Wolfram no reaccionó. De hecho, ni siquiera pestañeaba, atrapado en una parálisis transitoria.

Seiffert se acercó hasta estar a unos pocos centímetros del muchacho. Yuuri no recordaba que fuera tan alto, pero debía estar cerca de la estatura de Gwendal.

A su lado, Wolfram parecía diminuto. Quebradizo.

Éste solo alcanzó a negar con la cabeza, los ojos aún abiertos como platos.

Bien —dijo únicamente Seiffert.

Levantó la mano y le propinó una fortísima bofetada en la mejilla izquierda. El golpe contra piel elástica chasqueó con estridencia, girándole la cara. Incluso le hizo trastabillar, evitando caer desplomado al anclar por instinto la pierna derecha.

Yuuri se estaba moviendo antes de registrar su propio avance. La mano de Murata en su antebrazo le detuvo.

—No estamos aquí, Shibuya —le recordó. Su tono, no obstante, era grave—. No podemos hacer nada.

Ni siquiera se dignó a mirarle; todos sus sentidos estaban puestos en Wolfram, que se incorporaba con un intento de expresión desafiante. Lágrimas involuntarias habían despuntado en sus comisuras y su mejilla izquierda era ya de un rojo furioso.

Un camisón de mujer y una proposición —le espetó Seiffert con ironía—. ¿No te sientes ya como en casa? ¿No es así como consiguió el Maoh tenerte a su entera disposición?

Aquello era privado. Íntimo. Hablaba de algo que había sucedido tras puertas cerradas en el mayor bastión de Shin Makoku.

Por primera vez, Yuuri fue consciente de lo pública que era en realidad su vida privada. De la cantidad de detalles personales que debían ser vox populi.

Seguía resultándole bárbaro, cruel, que Seiffert lo usara como munición para menoscabar a alguien que ya había perdido. ¿Era necesaria aquella humillación?

Seiffert se sirvió una segunda copa y regresó a su sillón. Posó de nuevo la mirada en el joven mazoku, aún traspuesto.

Ahora, póntelo —repitió.

Evidentemente, Wolfram sabía mejor que para seguir contradiciéndole.

Se dio la vuelta y Yuuri retuvo el aliento, horrorizado ante la visión de su espalda. Las cicatrices que había visto en su futuro eran entonces heridas recientes, sangrantes y furiosas. Era difícil determinar su antigüedad, pero la carne aún estaba inflamada en algunos puntos. Evidentemente, no habían recibido un tratamiento adecuado.

No le extrañaba que cojeara y sus movimientos fueran comedidos, encaminados a no irritar más heridas abiertas. Le parecía increíble que pudiera siquiera moverse con aquella calamidad en su lado posterior. Pero Wolfram siempre encontraba nuevos modos de maravillarle.

De frente a mí, Wolfram. Mírame a la cara.

En su parálisis, el aludido parecía estar sopesando los pros y contras de su siguiente elección. Tomó aire, volvió a soltarlo; giró sobre sus talones.

Y entonces sus ojos se desorbitaron.

Yuuri también percibió por primera vez que había más gente en la habitación. En concreto cinco, ataviados con el mismo uniforme rojo de Seiffert, pero con menos galones y detalles pomposos.

Esgrimían la misma expresión hambrienta y abominable que su General. No les había visto entrar.

No te importa que otros presencien el espectáculo, ¿verdad? —canturreó Seiffert—. Debes recompensarles por los perjuicios provocados en tu absurdo intento de huida.

Yuuri no pasó por alto la nariz amoratada de uno de los individuos. Otro tenía un cardenal de tamaño considerable entorno al ojo izquierdo.

No pudo evitar sentir una amarga sensación de orgullo. Como era de esperar, Wolfram se había mostrado poco solícito a seguir órdenes ajenas.

Éste no movió ni un músculo, congelado con las manos entorno a los botones de la camisa. Era evidente que la idea de desnudarse en una habitación con seis hombres observándole le producía pavor.

¿Acaso alguien podría culparle?

Escuchó a Wolfram sisear cuando la tela adherida a sus heridas se despegó de la piel. Los hombros blanquecinos quedaron expuestos, y acto seguido los brazos y torso en el que se contaban las costillas a simple vista.

Tus ojos sobre los míos, Wolfram —amenazó Seiffert—. No me hagas repetírtelo.

Wolfram tragó saliva y obedeció, elevando el mentón en una pantomima de dignidad. Aunque sus ojos estaban dirigidos a Seiffert, su mirada era desenfocada, puesta en el vacío. Sus dientes hendían el labio inferior hasta casi hacerlo sangrar.

Sus dedos necesitaron tres intentos para desabrochar el cierre del pantalón; lo deslizó por sus piernas con un movimiento fluido. Se escucharon silbidos y burlas a media voz cuando se hizo a un lado para salir de la prenda arrugada en el suelo.

Se quedó quieto, encarado a Seiffert y sus secuaces con los brazos entorno al pecho como un endeble escudo. Eberhart le dedicó un gesto categórico con la mano.

Sigue.

Yuuri oyó la forzosa inhalación de aire. Vio el pequeño pedazo de tela resbalar por sus muslos y rodillas, acompañado por sus manos intranquilas. No pudo perder de vista la mirada mortificada, aullando de impotencia, cuando la ropa interior cayó al suelo entorno a sus tobillos.

Las risas crecieron en intensidad, igual que los comentarios indecentes.

La mano de Wolfram se cerró a toda prisa en el cuello del camisón, cubriendo gran parte de su cuerpo de la vista. Apenas tardó unos segundos en pasar la ominosa prenda por la cabeza con movimientos bruscos y ceñirla entorno a él, pero el resultado resultó violento incluso para los dos observadores fantasma.

El camisón era más diáfano que cualquiera que Yuuri le hubiera visto llevar. Dejaba ver demasiados detalles íntimos: definía las caderas estrechas, el hueco del ombligo y la areola oscura de los pezones. Incluso se adivinaba el lecho de dorado vello púbico.

Mirad eso —se burló el hombre del ojo negro. Yuuri decidió llamarle "Tuerto"—. ¿No es una cosita hermosa? Era difícil juzgarlo con tanta ropa.

No es raro que el Rey Demonio lo tuviera como su puta personal —replicó otro, de denso cabello plateado y cuya nariz era de un satisfactorio negro amarillento.

Dos copas tintinearon. Un brindis en honor a la esclavitud.

¿Estáis seguro que es un hombre? —lanzó un tercero, con la boca desfigurada en un lado por una vieja herida—. Con ése aspecto, da la sensación que al meter la mano entre sus piernas uno solo vaya a encontrar un húmedo agujerito.

Todo color se había drenado del rostro de Wolfram, que asistía paralizado al descarado escrutinio a su persona.

Es un varón, os lo aseguro —aseguró Seiffert.

Una suerte —anunció el cuarto, que esbozaba una sonrisa ladina bajo un impresionante bigote—: para un muchacho, cada vez es como la primera.

Dejó la copa sobre la mesa y avanzó hacia el centro de la estancia. Wolfram se hizo bruscamente hacia atrás cuando el hombre le aferró la muñeca y tiró de él con violencia. Le tomó desprevenido, y acabó impactando contra el pecho del susodicho. La mano del hombre fue directa a su baja espalda, apretando posesivamente la carne por encima de la tela semitransparente.

El mazoku reaccionó por instinto y levantó la cabeza con violencia. Su cráneo chocó contra el mentón del soldado y le hizo retroceder con un grito de sorpresa.

En lo que dura un parpadeo, Seiffert estaba sobre él y cerraba una mano sobre su cuello.

Le empujó hasta hacerle chocar contra la pared, sosteniéndole por el pescuezo hasta que solo las puntas de sus dedos tocaron el suelo bajo ambos. Un gemido constreñido abandonó sus labios: el golpe debió dejarle aturdido, porque apenas consiguió despegar los párpados mientras Seiffert se inclinaba sobre su oído.

No consentiré muestra alguna de desobediencia delante de mis subordinados, ¿me has entendido? —rugió, salpicándole de saliva—. Te recomiendo encarecidamente que no lo empeores.

Soltó su cuello, pero solo un segundo más tarde su puño se cerró sobre el dorado cabello. Le arrastró sin dificultad alguna a pesar de la evidente resistencia y le lanzó sobre la cama. Aunque Wolfram intentó incorporarse en el mismo instante, Tuerto se lanzó sobre él y le apresó la mandíbula con una mano.

Más te vale obedecer al General, cosita hermosa —gruñó contra su cara. Después sonrió, un atisbo de lengua humedeciendo sus labios—. Seremos mucho más gentiles que él, te lo prometo.

Claramente, fue más de lo que Wolfram pudo soportar.

Gritó. Un chillido de impotencia y desesperación que heló la sangre en las venas de los mudos espectadores.

Unas manos como garras se cerraron entorno a las pálidas muñecas, inmovilizándole sobre la colcha. De haber estado en su cuerpo físico, Yuuri hubiera vomitado.

En un último coletazo de resistencia, Wolfram levantó un pie y golpeó ciegamente. Su talón impactó en la nariz de Tuerto, añadiendo un hematoma más a un ya de por sí interesante muestrario.

¡Puta mazoku…!

La mano del de cabello plateado golpeó a plomo su mejilla. Ni siquiera ello hizo desistir a Wolfram de perseguir la libertad, sacudiéndose con insistencia contra el creciente número de manos que le inmovilizaban. Un hilo de sangre descendía de sus fosas nasales.

Sus dientes se cerraron a escasos milímetros de los dedos de Tuerto.

¡Por los dioses, qué carácter…! —se burló el soldado. Buscó a sus compañeros con aire cómplice—. ¿Os importa echarme una mano?

Dos pares de manos presionaron contra sus rodillas y se las separaron con violencia. Tuerto se inclinó sobre él con una sonrisa de oreja a oreja.

Yuuri no vio donde había ido la mano del soldado, pero a juzgar por la exclamación de Wolfram se hacía una idea muy aproximada.

Tuerto emitió una carcajada. Movió la mano. Wolfram cerró los ojos, todos los rasgos deformados de agonía, y echó la cabeza hacia atrás. Pataleó con desesperación, pero las manos afianzadas en sus rodillas y tobillos le impidieron nada más allá de inútiles convulsiones.

Sigue estrecho. No es de extrañar que la pequeña zorra renquee cada mañana al caminar.

Tuerto no dejó de reír ni un instante mientras se desabrochaba la bragueta.

Yuuri agradeció que a aquellas alturas su visión fuera tan borrosa, en una mezcla de vértigo y espanto, que sus ojos no lograron identificar los detalles de lo que sucedía ante él.

Solo los gritos de Wolfram, irregulares y a creciente volumen, permeaban el terror que le mantenía paralizado.

Chilla como una puta de burdel —dijo alguien—. Es irritante.

Y dicho esto una mano enorme descendió sobre sus labios para sofocar sus protestas. Wolfram no cesó de gritar tras la improvisada mordaza.

La pesadilla era perpetua. Los ojos desorbitados de terror mirando al techo, las lágrimas corriéndole por las comisuras y cayendo sobre la almohada. Los gritos ahogados contra una mano gigantesca.

Yuuri cerró los ojos, tan fuerte que puntos blancos danzaron en su campo visual, pero descubrió que no podía bloquear los sonidos.

Seguía oyendo las súplicas sofocadas, el llanto entrecortado y los chillidos estremecidos que escapaban ocasionalmente, cuando el fervor del agresor desellaba por un instante los labios del prisionero.

¿Ya no pareces tan valiente, eh, escoria mazoku?

Siguió un golpe seco, sin duda un puño impactando en un rostro expuesto. Un gimoteó borboteó en el aire, pendiendo en un silencio extraño.

¿Puedo usar su boca, General?

Muerde como una alimaña —respondió Seiffert—. Si quieres correr el riesgo…

Yuuri tuvo que ordenar a todos los músculos de su cuerpo que no reaccionaran.

No importaba. La imagen ante sí no se alteraría en lo más mínimo.

El pasado no iba a cambiar.

Los gritos siguieron, ahogados a medias. Wolfram lloraba. Aullaba. De dolor, humillación y pánico. Suplicaba. Imploraba que se detuvieran. Que le dejaran sumirse en la inconsciencia.

Que le mataran.

Risas. Mofas escandalosas.

No pararon incluso cuando el camisón fue más escarlata que rosa, reducido a jirones. Un estallido de rojo.

No puedo creerlo… —se carcajeó Tuerto entre jadeos, ambas manos cerradas entorno a un cuello pálido—. Me estoy follando al prometido del Rey Demonio… Joder, esperad a que los demás lo sepan…

Eventualmente, la resistencia de Wolfram pareció agotarse. Los gritos ahogados pasaron a ser débiles gimoteos y sus forcejeos apenas eran espasmos descoordinados.

Eh, Dedrick —lanzó el del cabello plateado, brindando junto al sillón de Seiffert—. ¿No vas a probarlo?

Uno de los soldados, de cabello oscuro y rizado, había permanecido al margen del escabroso espectáculo. Apenas se había movido más de tres pasos de la puerta y contemplaba la escena con el rostro blanco como el papel.

N-no es necesario —balbuceó, apartando la mirada. Se movía con nerviosismo sobre ambos pies—. N-no…

Seiffert estaba sobre él en cuestión de segundos, pasando una mano por sus hombros en una mofa de camaradería.

¿Rechazarás la recompensa de tu General, Dedrick? —sugirió, con algo inquietante alojado en cada sílaba—. ¿Eres consciente del honor que supone esta invitación? ¿De lo mucho que otros soldados desearían estar en tu lugar?

Quiere serle fiel a su mujercita, General —se burló el del bigote, corriendo raudo a ocupar el lugar de Tuerto mientras éste se retiraba con una mueca soñolienta y satisfecha—. No podéis culparle por ser un necio enamorado.

Un coro de carcajadas siguió al comentario.

Yuuri temblaba por la cólera contenida, muy seguro que todo habría explotado ya a su alrededor de encontrarse en el plano físico.

¿Cómo podían bromear, tener conversaciones casuales, mientras participaban de una atrocidad semejante?

La lividez en el rostro del tal Dedrick escaló hasta un tono verdoso cuando los demás le condujeron con palmadas en la espalda hasta la cama, ofreciéndole al prisionero inmovilizado en tobillos y muñecas.

Yuuri escuchó con claridad dos únicas palabras, gimoteadas en un hilo de voz, cuando el soldado se inclinó sobre el cuerpo tendido sobre la colcha revuelta.

Lo siento… Lo siento…

La guinda final de aquel pastel monstruoso fue que otros se vieran obligados, visiblemente en contra de su voluntad, a cometer un acto inhumano.

El tiempo dejó de tener sentido. La mente de Yuuri desconectó, incapaz de verse atrapado en aquella pesadilla interminable.

Lamentó su elección. Se maldijo y arrepintió un millón de veces del precio a pagar por conocer la verdad.

¿Lo vale? ¿Realmente lo vale?

A su lado, Murata permanecía callado como una tumba.

En aquel momento, uno de los soldados se concedía la segunda ronda con el cautivo. Tenía a Wolfram sobre sus rodillas, el puño cerrado entorno al dorado cabello para mantenerle la cabeza presionada contra la colcha. Mechones rubios arrancados de raíz caían sobre los hombros desnudos del muchacho, el camisón desgarrado abierto hasta la curva de la espalda desfigurada.

Yuuri necesitó varias inhalaciones para reunir la fuerza para hablar.

—¿Es esto necesario, Murata…?

Alcanzó a despegar los ojos del vacío para mirar a su izquierda con el rostro desencajado.

—¿Para qué…? —balbuceó—. ¿Por qué querría el Espejo mostrarnos todo esto…?

Por primera vez, el Gran Sabio no tenía respuesta ni palabras.

A escasos metros, un grupo de monstruos rompían a su mejor amigo y él no podía hacer más que mirar entre una cortina de lágrimas.

Todo era de un rojo acuoso en su campo visual. Pero su maryoku no existía en aquel espacio atemporal.

Apenas registró el sonido, a años luz, de un puño golpeando la puerta.

—Shibuya —llamó Murata para captar su atención.

Necesitó varios segundos para enfocar su alrededor con los ojos inyectados en sangre. Eberhart miraba hacia la puerta con el gesto torcido; parecía valorar si debía o no atender a quien fuera que le buscara.

Seiffert sencillamente se reacomodó la bata al ponerse en pie y ató laxamente el lazo. El tipo de individuo tan convencido de su autoridad que no requiere símbolos oficiales para infundir respeto.

Los demás no se inmutaron, prosiguiendo con su macabro entretenimiento mientras su General abría la puerta y recibía a un sofocado soldado vestido de rojo y plantado en una postura marcial.

Curiosamente, no podían definir con claridad su rostro. Incluso el Espejo tenía sus límites.

Mensaje privado del Emperador, General Seiffert —anunció el hombre, atropellando las palabras.

No veían la expresión de Seiffert desde allí, pero quedó patente en un segundo que no estaba contento.

¿Me has interrumpido para esto, soldado? —masculló.

Lo lamento, Señor —suplicó el recién llegado—. El heraldo del Emperador insistió en que el mensaje debía llegaros con la mayor celeridad.

No me hagas perder el tiempo y habla —exhortó el General.

Sonó lo bastante convincente.

No han podido acceder a los restos —informó el soldado, la ansiedad patente en su voz—. Algún tipo de majutsu en letargo protegía el cuerpo. Todos los que han descendido a la tumba han sufrido una… muerte horrible.

A su lado, Murata dibujó una sonrisa casi desencajada.

—No podía ser otro sitioMaldición, debí saberlo…

Aunque Seiffert se inclinó para que el soldado le susurrara la siguiente frase, Yuuri la escuchó como si la soltara en su oído.

Os ordena elegir de inmediato algunos de vuestros soldados más preparados y dirigirlos a su base. Aquellos con al menos un cuarto de ascendencia mazoku —indicó—. Que partan en menos de tres días.

Seiffert no necesitó más explicaciones y se limtió a asentir.

Recibido. Manifiesta al heraldo que saldrán mañana mismo.

De inmediato. Gracias, Señ-

Pero Eberhart ya había cerrado la puerta en sus narices y había girado sobre sí mismo.

Incluso en aquella realidad extraña, Yuuri tuvo que luchar contra el mareo que atacaba su equilibrio, amenazando con doblarle las rodillas.

Quería despedazar a Seiffert. Reducirlo a jirones. A polvo. A él y a todos los indeseables que habían participado en aquel horror inimaginable. Liberar al Maoh en una orgía de sangre y gritos que nutriera las pesadillas del Imperio durante siglos.

Pero permaneció petrificado, incapaz de dotar de movimiento a sus articulaciones. Ni siquiera respiraba, algo que había pasado a no ser una necesidad tan básica.

Los soldados se habían desperdigado por la habitación. Dos reían despatarrados en el suelo, chocando dos copas con el poco vino que quedaba. El tal Dedrick se había retirado a su mismo rincón, con los ojos prácticamente fuera de las órbitas y un tono verdoso en el rostro.

Yuuri tragó saliva antes de enfrentarse al horror absoluto que le aguardaba a su izquierda.

En la cama, Wolfram seguía catatónico. Desmadejado como una marioneta sin hilos, las piernas tendidas en una postura grotesca y los restos del camisón ensangrentado arrugados entorno a sus caderas.

Yuuri no quiso mirar ahí. Había demasiada piel desnuda. Demasiado rojo.

No había expresión alguna en su rostro, como si su cerebro hubiera colapsado, impidiéndole ver ni sentir nada. Los ojos verdes que miraban al cielo eran turbios, opacos. Yuuri advirtió con horror las heridas en la comisura de la boca, los labios hinchados cubiertos de una amalgama de sangre y la esencia de varios hombres.

Eberhart se inclinó sobre la figura lánguida y sanguinolenta que yacía en la cama. Sonrió, la expresión más abominable que Yuuri había visto jamás. Depredadora.

Deseó poder saltarle todos los dientes de un golpe. Hacérselos tragar.

Shinou, fantaseaba con la idea.

Wolfram apenas se movió, solo un breve escalofrío. Su rostro seguía contemplando el techo, ausente, congelado en una mueca ida.

Te advertí que no intentaras huir ni rebelarte. Esto te lo has hecho a ti mismo.

Los dedos de Seiffert se posaron en su mejilla; luego recorrieron brevemente las comisuras inflamadas y el pequeño hueco bajo el labio.

Si tu Maoh pudiera verte ahora… ¿qué pensaría?

La cara ensangrentada, vapuleada, no dio muestras de reacción. Yuuri apenas vio una lágrima solitaria recorrer la senda que otras tantas habían formado desde las comisuras, escaldando la piel.

¿Sentiría compasión? —elucubró—. ¿O le repugnarías…?

Deslizó la mano por el borde del destrozado camisón, exponiendo el blanco muslo que había debajo.

—Basta —musitó Yuuri.

Sabía lo que venía a continuación. No soportaría verlo otra vez.

Se iba a romper en pedazos si le obligaban a verlo otra maldita vez.

—Basta…

El colchón crujió cuando la rodilla de Seiffert se apoyó en la cama junto a su indefenso prisionero.

—¡BASTA! —rugió Yuuri—. ¡MURATA, SÁCANOS DE AQUÍ…!

Murata gritó a su lado.

Volvieron a la realidad como impelidos por una fuerza titánica. Y Yuuri se dejó lanzar al suelo, cayendo aparatosamente sobre su trasero.

El mundo tardó un rato irritantemente largo en volver a estar atado a las leyes de la física. O al menos eso le pareció a Yuuri.

Lo que había oído no tenía ningún sentido para él. Ninguno en absoluto.

¿Por qué soldados con ascendencia mazoku? ¿Qué lugar podía estar protegido por un hechizo que matara a quien intentara acceder?

Algo así debería haber llamado la atención de Wolfram en el pasado. ¿Por qué…?

Se quedó helado, la respiración atorada en su garganta.

Claro…

¿Cómo iba Wolfram a recordar lo que un soldado había dicho a metros de él mientras…?

Las náuseas atacaron en aquel momento, cuando su cuerpo alcanzó el ritmo frenético de sus pensamientos.

No pudo contenerlas. Vomitó en el suelo reluciente, entre sus manos espasmódicas que apenas conseguían sostenerle. Fue más bilis que vómito, ya que apenas había comido nada en las últimas veinticuatro horas. Las arcadas eran tan intensas que tuvo que doblarse sobre sí mismo, hincando un codo en el suelo mientras se sostenía el estómago con la otra mano.

No podía respirar. No podía pensar.

¿Cómo iba a seguir viviendo después de lo que había visto?

Logró incorporarse tras una eternidad, cuando su estómago estuvo tan vacío como desearía que estuviera su mente. Pero entonces las lágrimas estallaron en sus ojos y el dolor fue mil veces más terrible.

El odio que sentía por Seiffert, visceral e interminable, se entremezclaba con un horror que nunca había imaginado.

Las advertencias de Murata, del propio Wolfram, cobraron una nueva dimensión casi palpable.

Nunca te has enfrentado a algo así.

No a una crueldad tan gratuita. Al tipo de persona que infringe dolor a otros por pura diversión, sin perseguir ninguna meta concreta.

Soushu, Belal… Todos los anteriores enemigos de Shin Makoku habían sido feroces, despiadados con aquellos que consideraban que interferían en sus objetivos.

El Imperio, con Eberhart Seiffert como primer y conocido representante, destruía a sus víctimas porque podía. Por el simple motivo de tener las cartas ganadoras en su mano.

Y solo era un subordinado del adalid de una maldad peor. Una que amenazaba con devorar su mundo hasta los huesos.

No supo cuánto tiempo pasó en aquella postura, hincado de rodillas a escasos milímetro de su propio charco de vómito y con los sollozos partiéndole el pecho. Su boca sabía a ácido. Para cuando logró incorporarse, sobre brazos más que inestables, apenas podía definir las formas que le rodeaban.

No quería —no podía— mirar al fogonazo de oro que atisbaba en los límites de su campo visual, inmóvil como una copia perfecta de la estatua que presidía la sala.

Escuchó un gimoteo y volvió la vista a su izquierda como un resorte. Ken no se había movido de su postura forzada, encogido en posición fetal y presionándose la cabeza con ambas manos.

—Murata… ¿Estás bien? —preguntó por inercia.

Éste necesitó unos segundos para ser capaz de componer una oración con sentido.

—Has cortado el tránsito con mucha brusquedad… —jadeó—. Es como si me abrieran la cabeza…

Era incapaz de sentir un mínimo de empatía por Murata en aquel momento. Cualquier emoción empequeñecía al lado de lo que acababa de contemplar.

A través de la profusa cortina de lágrimas, vio que Wolfram le miraba fijamente. Una expresión indescifrable, como una mueca, tensaba sus rasgos. Con deliberada parsimonia, se inclinó para depositar el Espejo Demoníaco en el suelo frente a ambos.

Y aunque estaba vuelto hacia él, Yuuri supo que no le estaba mirando.

—Te dije que no quería que lo vieras —musitó. Su voz creó un eco antinatural en la estancia abovedada—. ¿Comprendes ahora por qué?

Y dicho esto se marchó a grandes zancadas, abriendo la puerta del templo con estruendo y saliendo de aquel lugar como una exhalación.

—¡Wolfram…! —le llamó, con voz estrangulada.

Su grito se perdió en la inmensa sala vacía. Wolfram ni siquiera titubeó en su desesperada carrera y prácticamente arroyó a cuantos aguardaban en el exterior.

Yuuri se recompuso lo suficiente como para llegar sobre pies inestables al exterior del templo. Supo que todos notaron en el acto lo alterado que estaba, despeinado, con el rostro enrojecido y los ojos arrasados en lágrimas.

—¿Qué ha pasado? —le interrogó Gwendal, la ansiedad casi estridente en su tono.

—¿A dónde ha ido Wolfram? —alcanzó a preguntar Conrart con evidente angustia.

Yuuri dejó ir una bocanada y levantó una mano para pedir silencio.

—Un momento —suplicó—. Solo… un minuto. Os lo suplico.

Y se marchó en persecución de Wolfram, indiferente a las voces que se alzaron a su espalda.


Mira, ni comentarios hay… :/ Me ha dolido hasta a mí tener que leerlo otra vez para revisar la puñetera ortografía.