Disclaimer: Los personajes no me pertenencen, son de la increíble JKR.
Sólo la historia es mía, creada en el infame encierro pero ideada en un hermoso club llamado "Yo también estoy esperando un nuevo capítulo de Muérdago y Mortífagos" (sí, seguimos esperando). Dedicada a todas ustedes.
Especiales gracias a PauliJean Malfoy, FranSanchez, Caro 2728, SamanthaBenitez, NoraCg, Malger934, Caprichosa25, IsabellaMalfoyG, Redeginori, Annimo, Victoria y a ti, anónimo pero asiduo lector:
Gracias a ti, que llegaste hasta aquí, al pendiente de este par de irreverentes.
Nada más que agradecerles, les envío grandes besos y abrazos, gracias de nuevo por seguir esta historia y comentar, seguirla, favoritearla y apoyarla. Fue hecha con mucho amor y horas eternas de encierro.
Por última vez, les digo:
#QuédateEnCasa y mejor lee Fics.
Besos draconianos especiales,
Paola
Día de aquí para adelante/ El final es el inicio de algo
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Día 70/ Aplausos
Cuando Perkins fue a recogerlos, ellos lucían ropa por fin normal. Malfoy llevaba puesta una elegante túnica con bordado de platas que lo hacían parecer mucho más serio y pálido de lo que era y Hermione calzaba unos tenis, jeans y un suéter holgado muy muggle, llamando la atención mucho más que en shorts bombachos y camisa de algodón, se veía tan sana y radiante, ambos lo hacían mientras sus manos se entrelazaban.
Ella llevaba un bolso ligero, con, Perkins sospechaba, varias cosas robadas del departamento. Vaya que eran una pareja que combinaban cuando los veías reír o hablarse, como si fueran de esas típicas parejas que llevan años juntos, no apenas 70 días contra su voluntad y 7 años de enfrentamientos escolares.
Perkins aún llevaba su traje de epidemia, pues aunque los casos habían mermado, aún había personas contagiadas, sin embargo, gracias a la rápida acción mundial, lograron contenerla y dosificar la enfermedad. Es decir, a partir de ahora, la gente podía contraer la peste naranja, pero ya no sería un contagio masivo como en ese momento... así se asegurarían que todos tuvieran los cuidados necesarios sin volver a colapsar el sistema. Hermione le sonrió radiantemente a Perkins y él les entregó sus varitas. Por protocolo, les pidió conjurar un sencillo lumos, cuando lo hicieron a la perfección, el medimago tachó algo de su lista protocolaria y se disponía acompañarlos a la salida, pero Hermione tiró de él hacia la ventana.
—Tenemos algo para ti, Perkins —susurró la chica emocionada, casi empujándolo por la ventana.
Cuando se asomó, aún reticente, vio a sus otros compañeros medimagos haciendo lo mismo, mirándose confundidos entre las ventanas y entonces, cientos de aplausos los golpearon. Los demás pacientes se habían quedado en su departamento para esperarlos, convenciéndolos de asomarse y cuando lo hicieron, prorrumpieron en aplausos y gritos de gratitud a aquellos que realmente cansados, adoloridos, sin ver a sus familias en todo ese tiempo, investigando e imparables, habían levantado de nuevo a la comunidad mágica.
Aquellos medimagos cubriendo turnos extra, alejados de sus propios hijos, inclusive a veces sin los insumos necesarios, eran quienes merecían toda la ovación del mundo, ellos, que preferían dormir en las bancas de su hospital a prorrumpir en cómodas camas para cuidar a sus pacientes, quienes se habían enfrentado a los familiares más histéricos y furiosos de los pacientes, a los niños descorazonados, alejados de sus madres enfermas, aquellas almas que no se separaron del hombre moribundo, que le hicieron la compañía humana posible, aquellos que tuvieron que llorar mientras dejaban ir al niño, el joven, el adulto, cerrar sus ojos para no ver más, aquellas personas que exhaustas, tuvieron siempre un diagnóstico para todo, que entre el terror por su propia vida, antepusieron a cientos, "por el bien mayor".
Perkins soltó un hipido mientras Hermione y Draco le aplaudían, algunos pacientes gritaban vítores, otros cantaban y otros más, se habían aventurado a abrazarlos. No dejaron de aplaudir hasta que las manos, rojas, les hormiguearon y dolieron. Aquellos seres merecían el mundo que con dedicación y profesionalismo, habían cuidado hasta que se mejoró. Ellos eran los héroes en las miles de historias que se iban a contar en un futuro, ellos, sólo ellos, serían los recordados.
Después de minutos u horas, no lo sé, pero tampoco importaba, porque todos los aplausos del mundo no equipararían al esfuerzo que Perkins y otros realizaron, decidieron bajar rumbo a la libertad. El medimago aún conmocionado, los acompañó al piso de abajo.
—Bien, a partir de aquí, ya pueden llegar solos —carraspeó Perkins, intentando no sonar sentimental. Con un toque de varita, abrió las grandes puertas de cristal y aún tomados de la mano, la pareja salió del edificio, que se selló herméticamente apenas pusieron sus traseros en Londres. Aún no había el caos cotidiano en las calles, sin embargo, el olor a llanta, grasa, humedad, comida frita y árboles los golpeó como una visión. Hermione se giró para decir algo, pero ya no había rastro de Perkins.
—Olvidé darle las gracias —susurró, acongojada. Draco se encogió de hombros, sosteniendo firmemente su mano y la abrazó, mientras ella brincaba levemente cuando escuchó la campanilla de una bicicleta pasar muy cerca.
—Presiento que lo volverás a ver —Entonces la miró. Por Merlín que se veía aún más preciosa en la luz natural—. ¿A dónde vamos?
Hermione abrió la boca para responder, pero unos gritos a lo lejos los distrajeron. Ginny y Harry corrían hacia ella con globos atados a la carriola y el pequeño James aferraba uno. Ella soltó un chillido y corrió a su encuentro.
Correr era una sensación extraña después de setenta días en cautiverio. Se estrelló en los brazos de su amigo, quien la estrechó y levantó del suelo, mientras ambos gritaban, encantados. Después pasó a manos de Ginny, pero las lágrimas no le dejaban ver nada, sencillamente estaba encantada. Entonces dejó de dar vueltas y el mundo desapareció cuando se inclinó sobre la carriola y el pequeño James le tendió los brazos, estaba enorme.
—Mi pequeño Jamsie —dijo con voz demasiado chillona mientras lo cargaba—. Estás enorme... ¡Te como tus piecitos!
—Los Potter —dijo una voz a su lado, Hermione se giró con el niño en brazos, mientras veía a Harry y Draco evaluarse con las miradas, sin embargo, Draco desvió antes los ojos al ver al pequeño James jalar a Hermione para plantarle un beso lleno de caramelo. Su mirada se suavizó y ella casi estuvo segura que habría cargado al niño si no se tratara de mini Potter. Ginny arqueó una ceja mientras miraba el intercambio de miradas y abrió los ojos, pero no dijo nada. Se mantuvo callada aunque los ojos casi se le salieran de las órbitas—. Demetrio será mucho más apuesto —comentó Draco en un susurro soberbio.
—Bueno... esto—carraspeó Harry subiéndose las gafas, ajeno al último comentario—, venimos a recoger a Hermione.
—Te veo después, Granger —se despidió el rubio, dio un cabezazo a los Potter y se desapareció.
Hermione sostuvo con fuerza a James, sintiéndose abandonada de pronto. Así habían acabado sus setenta días de confinamiento y un bebé en camino, Ginny la tomó del brazo y caminaron hacia su departamento en el centro de Londres.
—Te veo diferente —comentó la pelirroja mirándola escrutadoramente.
—Sí, bueno, una cambia cuando pasa del blanco al naranja y luego al blanco de nuevo —comentó Hermione encogiéndose de hombros, pero Ginny no estuvo conforme con la respuesta.
—Y cuando un Malfoy te pasa por encima, ¿eh? —contestó con suspicacia. La castaña se ruborizó, pero no dijo nada. Ginny sonrió ampliamente—. Está guapísimo, Hermione.
—Es más que eso, te vas a morir cuando te cuente.
¡SORPRESA!
Gritaron un par de personas apenas metió la llave de su departamento y abrió la puerta. Ahí estaba Neville con Hannah y el pequeño Tobías, así como Luna y su prometido, Ralph Scamander. Ella les sonrió con cariño y entró, con los Potter detrás. Los abrazó a cada uno y fingió brindar con ellos mientras la llenaban de preguntas sobre su cuarentena. Ralph y Harry habían encantado muchas serpentinas de color naranjas y por todos lados aparecían naranjas rodando por su salita desnuda siendo perseguida por los pequeños James y Tobías.
—Creo que es momento de irnos, Hermione está cansada —comentó Luna cuando sus ojos la atraparon tirando la champaña por el fregadero.
Cuando por fin todos se marcharon, Hermione miró entonces su espacio vacío y un maullido le besó el corazón, Crookshanks había sido cuidado por los Potter mientras ella no estaba, el gato se enroscó en sus piernas e incluso la dejó abrazarlo momentáneamente para después escurrirse hacia su guarida. La castaña rodó los ojos, gato ingrato, tantos días separados y apenas le daba un minuto de atención.
Entonces miró su salita, era más grande que en San Mungo, sin embargo, seguía siendo un espacio pequeño y solitario. Antes de marcharse a Turqía, Hermione había sacado los muebles de Ron e incluso quemó aquellos que le recordaran, es decir, todos.
Así que ahora sólo tenía un puff que se robó del cuarto de James, un televisor antiguo de su papá y sus libros puestos de cualquier manera sobre el suelo de madera cuando desapareció el librero. La cocina carecía de accesorios básicos para cocinar.
Deprimida, abrió el cuarto y lo encontró con su ropa revuelta sobre la cama, demasiado desordenado, tal cual la había dejado antes de huir. Con un movimiento de varita (qué bien se sentía usarla), la ropa se colgó en su sitio y ella se descalzó para recostarse en la cama, entonces le pareció grande e incómoda, sin Draco como almohada o su presencia ególatra molestándola por cualquier cosa.
Se levantó y se puso su pijama más cursi, con la que solía ver televisión cuando estaba deprimida o comía helado, olía a chocoalte y el olor la calmó, pero la hizo sentir sola. Se puso sus pantuflas de conejito, regalo de Teddy Lupin y se acurrucó en el puff con el libro que llevaba en el bolso.
"Relatos eróticos de una mujer juzgada injustamente" , suspiró con nostalgia. Había comprado ese libro en el aeropuerto después de haber pasado todos los filtros de seguridad. La portada le recordó a Malfoy y el morbo pudo más. Pensó en leerlo en cuanto llegara a su casa, pero nunca lo hizo, porque la encerraron con él. Así que ahí estaba, setenta días después, por fin en la calma de su casa, lista para leer los crímenes eróticos de Anne Marie.
Pero el timbre sonó y ella se levantó, enfurruñada. Era imposible obtener un poco de paz.
Draco estaba parado del otro lado con una mueca cuando la vio en su pijama azul y sus pantuflas de conejito rosas. La mueca se transformó en risa y Hermione también rio.
—Eres una cursi, Granger —dijo con ligereza mientras la besaba como si llevara años sin verla. La abrazó con fuerza y ella se aferró a él—. Te extrañé.
—Apenas han sido unas horas—se quejó Hermione ocultando su sonrisa, ella también lo había extrañado—. Vamos, pasa.
—Estaba esto en el piso, de parte de McMillan —dijo Draco enseñándole una canasta de frutas. La chica torció los ojos, era una canasta repleta de rechonchas y muy falsas naranjas. Qué ironía.
Draco lanzó una mirada al sitio, el cual se encontraba carente de muebles. Se guardó de decir algo y le sonrió.
—¿Ya comiste? —preguntó casualmente. Hermione negó con la cabeza y se dejó caer en el puff.
—Vinieron mis amigos, pero ninguno se dignó a traerme algo hecho. Ginny tuvo la idea de llenarme el refrigerador, pero no de cocinarme algo —se quejó mientras enterraba su cara en el cuello de su pijama
—¿Siempre será así, Granger? —cuestionó Draco mientras la ponía de pie para después sentarla en un banquito a su lado y abría el refrigerador—. Al parecer necesitas un elfo.
Ella le lanzó una mirada mientras lo veía preparar todo con maestría, conociendo sus gustos excepcionalmente.
—¿Para qué tener un elfo si te tengo a ti, sin paga justa, para que cuides de nosotros? —preguntó Hermione mientras él adelantaba procesos con la varita. Draco le sonrió y le tendió un bowl con pasta en cuestión de minutos.
—Se llama esclavitud y estoy segura que has trabajado muy duro para abolirla, así que deberás pagarme— le dio un beso rápido en la oreja que la erizó—, pero no te preocupes, no necesito dinero, con otra cosa está bien —Le acarició las caderas y luego regresó a su trabajo—. No vas a vivir aquí —dijo de pronto mientras tomaba su propio tazón y miraba alrededor con ojo crítico. Hermione le miró con cansancio—. Es demasiado pequeño y...
—Lo sé —contestó ella mientras se servía más pasta—. Sólo había pagado un mes más, pero supongo que por la pandemia, el casero no me corrió. Antes de irme a Turquía, le dije al casero que me iba... No quiero quedarme más, pero debo buscar estos días... es... complicado encontrar algo disponible.
Draco asintió, fingiendo indiferencia.
—He visto algunos pisos cerca del ministerio mientras tú estabas con tus amigos —comentó con casualidad. La chica lo miró, estupefacta—. Quizá podríamos verlos mañana...
—¿Cerca del ministerio?, ¿podríamos como de nosotros juntos? —preguntó ella, abriendo los ojos—. ¡Whoa!... ¡Estamos yendo muy rápido, Draco!
El chico se encogió de hombros y se giró para mirarla.
—En setenta días me he enamorado, nos hemos cuidado, cocinado, organizado, peleado y todo lo que lleve "ado", he visto lo peor de ti y viceversa... Hermione, creo que hemos avanzado en esta relación más de lo que una pareja normal haría en años, incluyendo a Demetrio.
—¡No se va a llamar Demetrio!
—No viviré contigo si no lo quieres —dijo Draco mirándola con calma—. Pero déjame conseguirte algo cerca del ministerio para que no te desaparezcas y puedas ir a comer a casa caminando. Es por ustedes y su comodidad.
Hermione se mordió el labio mientras escuchaba a los vecinos poner la novela. No se había dado cuenta lo silencioso que eran los departamentos de San Mungo...
—Sólo veámoslos —cedió la chica—. Pero no sé si sea una buena idea vivir juntos... Igual será bastante caro...
—Sólo para ustedes dos, cariño, deja de pensar las cosas tanto —afirmó Draco mientras la besaba con suavidad en la frente. Dejó su tazón encima del fregadero que comenzó a limpiarse solo—. Nos vemos mañana.
—¿A dónde vas? —preguntó la chica cuando lo vio tomar sus cosas y dirigirse a la puerta.
—A mi casa—contestó Draco mientras abría la puerta principal, Hermione se había quedado sentada en la cocina, estupefacta—. Me estoy dando a desear— le guiñó un ojo y desapareció.
Día 90/ Par de retorcidos
Draco se examinaba en el espejo del vestíbulo mientras Hermione, cruzada de brazos, le arrojaba una bolsa de verduras congeladas.
—Potter se lo tomó bastante bien, ¿no? —preguntó el rubio mientras desaparecía la sangre de su túnica blanca del ministerio—. Pensé que podría ser más... diverso el asunto.
—Te dije que esperaras a que regresara Ginny de la copa de quidditch...
—¿Pero por qué?—preguntó Draco con una sonrisa en los labios—. Eso no cambia los hechos, cielo— Hermione le arrojó un pañuelo y se dio la vuelta. El rubio la tomó con delicadeza del brazo y la giró.
—Vale, lo siento... No sabía que se iba a poner tan sensible por decirle que los Chuddley Cannons iban a ser descalificados por los Puldomore. Caramba amor, ni siquiera se puso hecha una fiera cuando le contamos de nuestra relación... o de tu embarazo.
Hermione rodó los ojos y se quitó los zapatos, dándose la vuelta hacia la sala.
—Son insoportables, Draco, ya no son niños.
—Fue divertido —se encogió de hombros el rubio, mientras se sentaba en un taburete frente al gran sofá gris donde Hermione se había dejado caer—. Dame tu pie, mereces un masaje.
—Deja de ser tan lindo, sigo enojada —le contestó Hermione mientras estiraba sus pies hacia él, quien comenzó a masajearla y su tensión desapareció—. Quiero un gran pedazo de pastel de café —se quejó con un mohín, mirándolo.
Draco le sonrió y se levantó, caminando hacia la cocina y cortándole un cacho de pastel. Hermione había pasado de vomitar por el olor a amarlo y en cantidades pequeñas no le hacía daño al bebé. Mientras lo servía, admiró su departamento con cierto orgullo.
Era un gran y espacioso piso en el centro de Londres, entre un concepto moderno de espacio abierto mezclado con un antiguo edificio arte decó con ventanales increíbles. Tenía todo lo que la chica deseaba, un gran sofá mullido para leer junto a la chimenea, ventanales con luz natural, piso de madera clara y molduras blancas con un cielo raso gris, cojines peludos como Crookshanks y un aire refinado y moderno, un tanto sobrio, (y una gran pantalla plana para ver sus programas) como Draco.
Al principio, o sea, como dos semanas nada más, el espacio era exclusivamente para Hermione, pero con sus arranques hormonales que lo dejaban exhausto después de horas de sexo maratónico, Draco había tenido que dejar ropa ahí para salir corriendo al otro día rumbo a sus trabajos, después de eso sí, una sesión rápida de sexo y un desayuno veloz. Así que después de una o dos semanas en ese ritmo, donde ella no le permitía irse a su casa porque la cama King size le parecía enorme, terminó por mudarse con ella, como había predicho desde el inicio.
—¿Me perdonas? —preguntó Draco mientras le enseñaba la rebanada de pastel. Hermione la siguió con lujuria pero él no se la entregó—. Di que me perdonas.
—Hay algo muy mal o muy roto en ti si exiges que una embarazada te pida disculpas y la manipules con lo que más desea en el mundo —contestó Hermione haciendo un mohín.
—¿Esto es lo que más deseas en el mundo? —preguntó Draco enseñándole la rebanada.
—Todos los días deseo algo diferente, hoy es ese pastel, dámelo.
—Perdóname.
—Te perdono por haber incitado a Harry con el quidditch, par de retorcidos, como los veo riéndose y compartiendo folletos de cunas, como los veo compitiendo, me mato —rezongó Hermione poniendo los ojos en blanco, extendió la mano, impaciente—. Dame ese maldito pastel.
Draco se lo tendió y se sentó a su lado, mirando la televisión muggle, su última y más grande adicción.
Día 112/ Hola, hermano
Era Junio y hacía calor, Hermione llevaba un vestido suave y elegante cuando atravesó la verja de aquella casita lujosa junto al mar. Draco y ella se habían quitado los zapatos muchos metros antes, pues tomaron el camino sobre la arena, deteniéndose a jugar en el agua fría del mar, lo que provocó que la túnica y el vestido de la chica terminaran con manchas de agua salada y arena que no se molestaron en limpiar antes de entrar por el sendero principal.
—Amo la naturaleza —dijo Hermione mientras hundía sus dedos en el césped recién cortado y giraba sobre sí misma, apenas comenzaba a notarse una incipiente pancita, parecía eternamente estreñida y no embarazada, como ella misma se recordaba.
—Pareces una loca —le reprochó con sumo cariño Draco antes de darle un beso amoroso—. ¿Estás lista para conocer a mi familia renovada?
Hermione adquirió un color pálido y Draco soltó una risotada mientras le tomaba la mano y se dirigían a la parte trasera de la hermosa casita de mar.
A lo lejos, en el patio trasero, se escuchaban voces y risas, Hermione tragó ruidosamente e hizo un amago de ponerse los zapatos, pero Draco la detuvo con una sonrisa cómplice.
—El patio es pura arena, te apuesto que todos irán descalzos, relájate, Señora Malfoy.
—Aún soy Granger —contestó Hermione con altivez—. Y pasará un graaan rato antes que me digne a cambiar mi apellido.
—Debemos trabajar en eso pronto —murmuró Draco con una sonrisa mientras le acariciaba el dedo anular desnudo. Hermione le dio un golpecito y siguieron avanzando, más relajados, hacia el gran jardín que se abría ante ellos, entre césped salvaje y arena.
Debajo de un pergolado, sentados alrededor de una mesa circular se encontraba una mujer alta y rubia vestida con una túnica ligera finísima, que reía sonoramente en los brazos de un señor alto con algunas canas en su cabello castaño oscuro (era un pez gordo en el ámbito de propiedades mágicas, según recordó Hermione), que la veía con adoración, como jamás nunca la había visto en su vida pasada.
El señor se le hizo extrañamente familiar... Sentados a su alrededor, en taburetes de madera y tela, había un hombre y una mujer jóvenes, de su edad que lanzaron un gritito mientras Draco se acercaba de la mano de Hermione, quienes se detuvieron abruptamente cuando a lo lejos, tres grandes perros negros ladraron para después caer sobre el rubio.
—¡Hola chicos! —gritó con deleite Draco mientras Lepus, Columba y Pupppo le hacían fiesta a ambos. Hermione los acarició con familiaridad y cuando levantó la vista, la chica de cabello castaño claro casi rubia, había corrido a su encuentro, con una gran sonrisa.
—¡Con que eres tú, ansiaba conocerlos! —La abrazó con calidez mientras Hermione reía, avergonzada, ¿Conocerlos? Ya sabían sobre...—. Soy Olive y él es mi hermano...
Hermione soltó una exclamación cuando el hombre castaño y de estatura baja se acercó con las manos metidas en los bolsillos y una media sonrisa en el rostro.
—¡Perkins! —exclamó la chica, sorprendida. El hombre asintió, riéndose.
—Es bueno verte sin tu traje azul, hermano —saludó Draco con una sonrisa sincera. Hermione se giró hacia él boquiabierta—. Quizá olvidé decirte que él era mi hermano —agregó ante su mirada confusa.
—Mi nombre es Russell —Perkins, o sea, Russell, le tendió la mano a Hermione con una sonrisa—. Russell Perkins, medimago de San Mungo.
—¿No le habías dicho que él era tu hermano, hermano? —se indignó Olive golpeando a Draco, quien negaba, divertido por la escena. Hermione se llevó las manos al rostro, enrojeciendo violentamente.
—¡Por Merlín, Morgana y todo lo que importa! —exclamó, acalorada—. ¡Tú me viste todo!
Russell se sonrojó pero asintió.
—Es el mejor medimago de San Mungo, no te avergüences—dijo Draco, mirando orgulloso a su hermano—. También Olive es la mejor medimaga obstetra de San Mungo, probablemente ella también vea todo en un futuro.
Hermione seguía con el rostro enterrado en sus manos cuando Narcisa se acercó de la mano de su esposo. Eso bastó para drenar el color de sus mejillas. Pero la mujer sonreía, viéndose tan joven y feliz, tan distinta a como la conoció años atrás, en otra vida. Sin esperar nada, la abrazó con calidez y Hermione le respondió con torpeza, cohibida.
—Bienvenida, Hermione y mini Malfoy—sonrió la mujer mirando su vientre con timidez, Hermione asintió, feliz y Narcisa lo tocó con una gran sonrisa—. Yo soy tu abuelita Cissy, estoy tan feliz de que estés aquí —Entonces alzó la vista y mirándolos con altanería, señaló la mesa—. Vamos, vamos, siéntense, es momento de festejar al bebé que viene en camino.
—Es mi cumpleaños, madre—rezongó Draco, atrayendo a Hermione para besarla—. No de Demetrio.
—¿Demetrio? —preguntó el señor Perkins. Hermione negó con la cabeza, golpeándolo.
—Es un mal chiste, ni loca mi hijo se llamará así. Además puede ser niña.
—Susana —dijo Draco ganándose una mirada enojada.
—Oh cariño... —contestó Narcisa arrebatándole a Hermione de su lado y llevándola a la mesa—. Por eso ya no festejo tu cumpleaños, ya pasaste de moda.
Hermione rio mientras Draco las seguía, como un niño malcriado.
Olive apareció un pastel con su varita y se lo arrojó al rubio, quien comenzó a perseguir a Russell, intentándolo embarrar, todos reían, como una familia amorosa.
Día 275/ Demetrio
—Te mato—chilló Hermione mientras apretaba con fuerza la mano de Draco, quien no se quejó en lo mínimo—. Te mato.
—Puja —la incitó el rubio mientras se sentaba detrás de su espalda, soportando su peso y acariciándola —. Puja, ya casi sale Demetrio.
—¡Que no se va a llamar Demetrio! —gritó desquiciadamente Hermione mientras pujaba con sus fuerzas.
—¡Vamos Demetrio, eres un campeón! —exclamó Olive desde abajo, mirando a su sobrino salir—, se ve la cabeza.
—¡Deja de llamarlo así, rubio oxigenado!
Un último pujido y Olive tomó al bebé lleno de sangre entre sus manos. Draco soltó un sollozo y Hermione rio, plena mientras lo envolvían y se lo ponían en sus brazos. Draco rodeó con sus brazos los de Hermione mientras ella sostenía al pequeño bulto.
—Felicidades, es un varón.
—Hola Scorpius Malfoy— saludó con ternura infinita Hermione mientras entre ambos, sostenían al pequeño bebé, acunándolo con suavidad y mucho, mucho orgullo.
—Hola Scorpius Demetrio Malfoy —susurró Draco al oído de Hermione. Ella sonrió, recargando su cabeza en el pecho del hombre más orgulloso del universo, mientras miraba a su hermoso bebé rubio succionar en busca de leche, su primer alimento.
Día 400/ Juguemos jenga ¿Qué puede pasar...otra vez?
—¿Qué estamos haciendo, Draco? —preguntó Hermione mientras escuchaba la puerta de un lugar abrirse, Draco la llevaba con los ojos vendados, aferrada a su espalda.
—Escapándonos del demonio que tenemos por hijo —susurró él mientras la sentaba en el suelo. Hermione tomó una postura más cómoda con las palmas en el piso y el tacto se le hizo familiar.
—Es culpa de todos ustedes, bola de alcahuetes, yo era una niña muy bien portada... pero a mi madre se le ha olvidado lo estricta que era conmigo cuando se volvió abuela... Cissa ha regresado a malcriarlo como a ti y tus hermanos... pfff ya vi a Russell y Olive comprándole la escoba mini saeta 2020 para su cumpleaños —replicó Hermione.
—Demetrio es adorable y obtiene todo lo que quiere, ¿por qué no? Es un Malfoy y yo le daré el mundo entero, te lo prometí y lo voy a cumplir —contestó Draco con una sonrisa bastante orgullosa. Ya que aunque no logró que lo registraran así, principalmente porque Hermione lo miró con la varita blandida mientras registraban su nombre, solían referirse a Scorpius de esa manera, con cariño—. Quítate la venda, Granger.
Hermione miró a su alrededor y soltó una exclamación.
Estaban en SU pequeño departamento de cuarentena, lucía exactamente igual de blanco, pequeño y claustrofóbico, pero cientos de luces cálidas flotaban alrededor, como pequeñas hadas, lo que le confería al espacio un lugar más acogedor. Sentada en el piso de formaica, miró frente suyo y había un Jenga ya en torre. Draco se sentó frente suyo, con su túnica elegante con botones de plata desentonando terriblemente con el espacio tan blanco.
—¿Jugamos? —Hermione soltó una risa y asintió. Era el mismo Jenga de hacía un año, rayado y con tiras encima para cambiar las preguntas..
—¿Cómo es que lo conseguiste? —preguntó.
—Soy un hombre influyente, Granger —contestó, encogiéndose de hombros. Hermione rodó los ojos—. Bueno, por Russell... Es bueno que sea mi hermano.
—Aprovechado —rio la mujer mientras miraba a Draco, cada segundo que pasaba, se encontraba más enamorada de aquél petulante, convenenciero y sarcástico hombre. Tomó un rectángulo y leyó, con una sonrisa en los labios.
—"¿Cuántos hijos tendremos?" Uff, con lo que dolió el primero, sólo quiero uno —contestó Hermione y vio la cara de desilusión de Draco que no dijo nada—. Quizá considere tener otro, para que no se sienta solo, falta Susana, pero en varios años en el futuro—tentó al tiempo que él sonreía deslumbrantemente.
—"Viaja con tu pareja a Turquía, Italia, Suiza". Trato hecho —contestó Draco y le entregó un sobre alargado con dos boletos de avión a Hermione quien soltó una exclamación emocionada—. Creo que sería bueno hacer todo lo que dijimos.
La chica asintió con una gran sonrisa y sacó otra pieza. Se quedó estupefacta cuando la leyó y al alzar la vista, Draco estaba arrodillado a su lado, con una sonrisa, le quitó la pieza con delicadeza y dijo, sin leer, porque se lo sabía de memoria de tanto que había practicado:
—Hermione Jean Granger, hace un año me hinqué para que dejaras de mandarme a bañar porque te asqueaba mi olor a café, hoy, el mismo día, pero hace un año, el día que considero que realmente inició nuestra relación y un compromiso de por vida, lo hago para pedirte que seas mi esposa, te amo.
Hermione soltó un gritito asintiendo, carente de palabras, mientras él agitaba su varita y de una Flor de luna, el primer botón de su cosecha en cautiverio, se abrió en cuanto lo rozó y de entre las flores y rocío lunar, un gran diamante se levantaba, dispuesto. Ella estiró su mano temblorosa y Draco lo deslizó por su dedo anular, sonriéndole como nunca.
Quizá era la flor de luna, quizá era el amor con que la habían cultivado, casi con la misma dedicación con la que cultivaron su amor entre ellos, pero ahí entre lucecillas flotantes, arrodillados en el piso, ambos resplandecían, enamorados, plenos y felices.
Se besaron con suavidad y como tantas otras veces en el pasado, terminaron haciendo el amor al lado de ése Jenga, guardián de sus secretos y el inicio de su amor.
—Al final, gané —comentó Draco mientras acariciaba la espalda de su ahora prometida. Ella no le hacía mucho caso mientras miraba su anillo reposar sobre el pecho de él—. Pero debo confesarte algo...
Hermione sonrió, distraída.
—¿Qué nunca tuvimos la peste naranja, contrataste actores que salían a nuestro alrededor de vez en cuando y sólo me dabas pociones para vomitar?, ¿Qué ningún otro paciente adquirió el apellido del primer infectado, sólo yo, señora Malfoy? —preguntó con casualidad. Draco levantó la cabeza, extrañado de su pregunta.
—No, eso sí fue real. No sería tan maquiavélico para contratar tantos actores... Lo del apellido sí fue cosa mía —Draco sonrió como si el recuerdo le diera risa.
—¿Entonces? —preguntó ella, interesada por aquello que quería confesar.
—Quizá no la fingí, pero quizá, muy quizá... probablemente, encanté a alguien que sí la tenía para que estornudara el libro que compraste en la librería del aeropuerto mientras esperábamos nuestro vuelo y quizá soborné a los jefes de Perkins para que me dejaran quedarme contigo en un espacio tan pequeño y no en nuestras casas, yo sólo quería demostrarte que ya no era tan... yo.
Hermione lo golpeó sin esfuerzo y sonrió perezosamente.
—Siempre serás muy tú, pero he de admitir que todo te salió muy bien, amor... Aunque todo pudo salir terriblemente mal...
—El que no arriesga, no gana.
Hermione se incorporó con pereza y tomando la camisa del chico, cubrió su desnudez, para después acercarse al vidrio donde alguna vez había intentado rayarlo con una grosería y le lanzó una mirada sensual a Draco, quien se acercó, desnudo e impúdico como siempre, a verla con curiosidad. Entonces ella, con el anillo en su mano, escribió sobre el vidrio:
Hermione Granger
Draco Malfoy
Epidemia de la peste naranja
2020
Y lo encerró con un corazón. El anillo no se inmutó ni quebró, sólido y soberbio.
—Antes, las mujeres solían escribir sobre las ventanas con sus anillos de compromiso, para comprobar la pureza del diamante que equivalía a la pureza de su amor y el esfuerzo de su hombre.
—El diamante es tan puro como mi amor por ti. —dijo Draco mientras la abrazaba, haciendo una anotación mental en su cabeza, la cual consistía en comprar aquél pedazo de ventana bendita o mejor el departamento o bien el edificio, lo que se pudiera primero.
Día 1460/ Es hora de abrir la otra caja
Era un suave día de primavera, sin embargo, a Hermione le encantaba meterse en su bata afelpada y acurrucarse junto a la chimenea, que aunque emitía luz, no calor y mantenía la enorme habitación de su casa en los suburbios mágicos del Valle de Godric muy confortable, así que ahí estaba, tirada a su lado, sobre la costosa alfombra, leyendo sobre derecho mágico, después de un día de trabajo muy revitalizante y con Scorpius acostado, exhausto de haber pasado todo el día jugando con James y Albus.
La puerta se abrió y apareció Draco, quien llevaba su túnica del trabajo, ahora oscura, que indicaba su rango de Jefe del área total de pociones mágicas y experimentales, colgada sobre su hombro con casualidad.
Hermione levantó la vista y le sonrió mientras él se inclinaba para besarle la nariz, como todas las noches desde que vivían juntos. Se sentó a un lado en la alfombra y le quitó el libro de las manos, ella se incorporó, lista para echarle la bronca.
Pero él sonreía como siempre lo hacía cuando se trataba de ella, sensualmente, feliz y sin tapujos, ligeramente bobalicón.
—He estado pensando, ya tenemos un hijo, después nos hicimos novios, apenas nos casamos y ahora tenemos esta casa para los tres... pero... creo que es momento de dar el siguiente paso.
La mujer le echó un vistazo a la caja negra que llevaba sobre las manos y soltó una carcajada, negando con la cabeza.
—No Draco, creo que aún no estamos en ese punto de la relación...
—¿Eso crees? —preguntó él, dubitativamente—. Pero si no lo hacemos, quizá... quizá... nunca estemos listos.
Hermione suspiró, incómoda y se recogió el cabello en una coleta, mientras se tapaba más con su bata.
—Tienes razón, creo que ya estamos en este punto de la relación después de vivir juntos, un hijo, una casa y un matrimonio.
—Abramos "Juegos eróticos para parejas".
Hermione se arrodilló mientras miraba al rubio, con una sonrisita en los labios, dejó caer su bata a un lado, dejando a la vista un negligé negro y parte de sus pechos, se mordió los labios y abrió la caja.
—Demetrio necesita una hermana.
Draco besó el cuello de Hermione mientras la sentaba en su regazo a horcajadas y con la otra mano, lanzaba un hechizo insonoro y el seguro a la puerta.
—Creo que estamos en ese punto de la relación.
—Alguien también ya está en su punto —susurró ella mientras se besaban de nuevo.
Quizá abrieron el juego o quizá lo olvidaron a sus pies mientras retozaban... pero era un hecho que aquellos dos, después de 1470 días, de los cuales 70 pasaron en confinamiento por alguna extraña gripe naranja, eran las personas más felices y enamoradas del universo. Quizá algún día dejaron de contar los días o siempre lo hicieron como un viejo hábito que les trajo la cuarentena mágica.
Día 1800 Hola Susana Distancia
—¡No, ni loca me vas a llevar a San Mungo ahora! —gritó Hermione mientras le aventaba una toalla a Draco, ella se encontraba a la mitad de un baño relajante en la tina francesa de su lujoso baño.
—Has entrado a labor de parto hace unas horas, cariño —dijo con toda la calma Draco, intentando no sonar asustado—. ¿Planeas tenerlo en la tina?
—Iré cuando tenga que ir —dijo Hermione poniéndose unas rebanadas de pepino en los ojos—. Ahora vete, nos alteras.
Draco cerró la puerta del baño suspirando, Scorpius estaba sentado en la cama con Narcissa y Jane, mirando hacia el baño, impertérritos.
—Nunca va a salir de ahí —dijo Draco tomando una maleta y encogiéndola para meterla a su bolsillo.
—¿Y hermanita? —preguntó Scorpius abrazando a sus abuelas, se había vuelto más demandante con ellas desde que se enteró que tendría una hermana, sin embargo, cuando creía que nadie lo veía, se emocionaba con el nuevo bebé.
—Aún no sabemos si es hermanita o hermanito, Scorp —dijo Draco cargando a su hijo—, pero lo vas a querer mucho, ¿cierto?
—Es hermanita, ella me lo ha dicho —dijo Scorpius aferrándose al cuello de su papá, él no se había rasurado aquél día y la barba le picaba, le daba risa.
—Está bien —contestó Draco mirando asustado a las abuelas, quienes reían—. Eso no da nada de miedo, para nada...
—Es normal, a su edad tenías un oso que te acompañaba a todos lados —dijo Cissy con una sonrisa nostálgica.
—¡Señor Buttercream! —exclamó Draco con una sonrisa, pero su madre negó.
—Nunca te compramos un oso, pero aun así, tú lo tenías e incluso le dabas de tus dulces... Así de raro son los niños.
—Bien, estoy lista —dijo Hermione abriendo la puerta del baño mientras se colocaba su bata, intentando caminar erguida para evitar la mirada sabihonda de su esposo diciendo "Te lo dije hace horas"—. Vamos por esa hermanita, Scorp.
—Es tan hermosa—lloró Hermione mientras cargaba un bultito enrojecido—. Y tiene mi cabello castaño, pero tus ojos, Draco... es perfecta.
—A ella sí le llamaremos Susana Distancia Malfoy.
—Ni se te ocurra, que así como están mis hormonas, sin chistar te mato, "Eloy Cciso"—sorbió Hermione mientras le entregaba el bultito a su esposo. Se veía tan lindo con la bebé en sus brazos...
—¿Qué te parece Ara?
—Es un nombre digno de una Malfoy
—Es una hermosa constelación, como Scorpius.
—Te amo tanto, Hermione —susurró Draco para no despertar a la pequeña Ara que se aferraba a su dedo—. Sin duda alguna ponerme naranja ha sido lo mejor que me pudo pasar.
Hermione le sonrió, satisfecha y orgullosa de su pequeña familia. Y todo pensando que fue por una gripe ridículamente naranja.
FIN
¡A ti, de nuevo, gracias por haberme dejado compartir mi mini historia en esta época de pandemia y encierro!
Te envío más besos draconianos y mucha, mucha fuerza.
Paola
NOTA 1: Agradezco a todos aquellos que le han dado seguir y la han marcado como favorita. Si les gusta el drama y el amor/desamor de estos dos, pueden leer "Arréglame o Destrúyeme:Nuestro secreto", mi fanfic largo. Actualizo seguido.
NOTA 2: Si me dejas un comentario, te lo contestaré en mensaje privado dado que es el último capítulo, pero absolutamente no caerás en el abandono.
Nota de la autora 2021:
Quiero agradecerte por llegar hasta aquí y espero que Hermione, Draco y su color naranja te hayan ayudado a sobrellevar esta pandemia que no duró un mes, (que fue al inicio de marzo cuando inicié escribiéndola) y que en muchos lugares, incluyendo donde vivo, aún no podemos superarlo (hola febrero 2021).
Te envío un gran abrazo y espero que lo que leíste, haya traído alegría a tu corazón.
Gracias por todos sus comentarios, apuestas y la manera tan linda de ser.
Un beso,
Paola 2021
