No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la genial Christine Feehan. Yo solo me divierto un poco.

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Leah estaba sentada en la barandilla del porche y miraba al mundo resplandeciendo de blanco. El dolor vibraba a través de su cuerpo... a través de su alma misma, hasta que se sintió tan aplastada por él que apenas podía respirar. Dentro de la casa podía oír a Garrett y Kate riendo mientras jugaban con el bebé, Angela. De vez en cuando sentía su ligero toque, cuando se aseguraban de que estaba cerca.

Se aseguraba de que solo tocaran la superficie que les presentaba, una adolescente en un nuevo lugar extraño y excitante ansiosa por la celebración de Navidad. La sangre cárpato que habían compartido con ella hacía más fácil mantener la fachada, y toda una vida de ocultar sus emociones a los demás facilitaban aún más la tarea.

Se mordió con fuerza el labio inferior y estudió sus largas uñas. Se las mordía todo el tiempo, pero volvían a crecer rápidamente, más fuertes y mejores gracias siempre a la sangre cárpato que Garrett y Kate habían compartido con ella. Todavía no podía tocar a la gente sin leer sus emociones. Como si algo en la sangre hubiera realzado sus habilidades, y podía ser horriblemente incómodo. No le gustaba ir a la escuela, prefería los tutores que le proporcionaba Kate, aunque sabía que sus padres adoptivos creían que necesitaba la compañía de gente joven. No era así. Necesitaba estar sola.

—¿Leah? ¿Estás bien?

La voz masculina hizo que levantara bruscamente la cabeza. Tiago estaba de pie delante de la barandilla, con las manos embutidas en los bolsillos.

Mordiéndose con fuerza el labio inferior, tuvo cuidado de no dejar que la miseria se mostrara en su cara. El dolor estaba haciendo que se le revolviera el estómago. Incluso su visión parecía emborronarse.

—Claro. —Apenas pudo arreglárselas para soltar la palabra, y no se molestó en intentar lanzarle una sonrisa falsa y alegre.

Esto no era su dolor. En algún lugar allí en el bosque, el hombre que reclamaba ser su compañero estaba sufriendo una agonía. Quería ignorarlo, pero no podía. La culpa arañaba sus entrañas. Sentía el dolor íntimamente... y desesperación. A pesar de todo, se sentía intrigada por el hombre. Era demasiado viejo, por supuesto. Y demasiado dominante. Definitivamente esperaría que ella le obedeciera y ese no era su estilo en absoluto. Se acomodaba a los deseos de Kate y Garrett porque les quería, no porque tuviera que hacerlo.

—Leah —La voz de Tiago interrumpió de nuevo sus pensamientos. Saltó sobre la barandilla y se agachó cerca de ella—. Mírame.

—¿Por qué?

Él sacó un pañuelo de su bolsillo y le limpió la cara.

—Tienes pequeñas gotas de sangre en la frente. —Fingió no notar que se apartó de él, negándose a dejar que sus dedos le rozaran la piel. Simplemente la limpió, cuidando de no tocarla, y lanzó un resoplido al aire—. ¿Qué pasa?

—Nada. —¿Cómo es que él no podía sentirlo? ¿Cómo podían Kate y Garrett no sentir el dolor y la pena que tanto pesaban en el bosque? Los lobos lo hacían. Podía oírlo en la melodía de aullidos distantes que llenaban la noche de tristeza y desasosiego. ¿Alec tenía menos oído que los animales?

Leah se pasó la mano por la cara, como si pudiera librarse de la verdad. Ese hombre, de aspecto tan invencible, tan severo, frío y duro, un hombre con hielo en las venas y muerte en los ojos, la había mirado... mirado directamente... y la había tocado donde nadie más podría haberlo hecho. Se presión una mano contra la cabeza dolorida. Dolía. No debería, pero la sensación era como un bisel cerrándose con una firme e implacable presión.

—No será "nada" cuando estás sudando sangre, Leah. Somos amigos, ¿verdad? Puedes contarme qué pasa.

Leah no sabía si tenía amigos. Confiaba en sus padres adoptivos y en Peter y Charlotte. Aparte de eso, nunca se permitía a sí misma estar a solas con nadie. Kate creía que el tiempo la curaría, pero Leah lo dudaba. Para preservar su espíritu y su cordura, se había retraído del mundo cuando niña, y quizás se había quedado allí demasiado. No sabía cómo ser amiga o colega.

—Si, por supuesto que somos amigos —dijo, dando la respuesta obligada. Con el correr de los años se había encontrado diciendo justamente lo que la gente esperaba oír, ellos se quedaban contentos y la dejaban en paz.

Tiago se relajó visiblemente.

—¿Por qué no vienes a casa de Felix a jugar al nuevo videojuego? Es genial.

—Estaba ayudando a Kate a hacer casas de jengibre para esta noche. —Se envolvió los brazos alrededor de sí misma protectoramente.

—Carmen está haciendo algunas cosas geniales para la cena de esta noche. Debería pasar por allí y ayudar. Iba de vuelta ahora.

—Te he encontrado una docena de veces ya y te conozco de la red, pero no he conocido a Carmen. Es intimidante pensar en conocerla. Es tan famosa.

—Puede tocar el piano —concedió Tiago— pero no es presuntuosa ni nada. Estaba ciega antes de estar con Eleazar, pero no creo que vea mucho mejor ni siquiera ahora. —Sonrió, dientes blancos brillaron contra la línea oscura que utilizaba alrededor de los labios para atraer la atención hacia el piercing de su boca al igual que sobre el aro de su labio.

—Yo creía que cuando la convertían a una, todas las cicatrices e imperfecciones desaparecían —Se tocó la cicatriz en forma de medialuna que tenía en la cara—. ¿Y cómo puedes tener piercings? ¿Tu cuerpo no se sana a sí mismo?

Tiago suspiró.

—Es una auténtica lucha —concedió—. No los llevo la mayor parte del tiempo porque los agujeros siempre se están cerrando en cuestión de minutos, pero tengo que mantener mi reputación, así que simplemente me concentro en ello todo el tiempo alrededor de todo el mundo y puedo mantener los piercings sin problemas.

—¿Por eso la piel ha crecido sobre el diamante de tu nariz? —preguntó Leah, frotándose la barbilla sobre lo alto de las rodillas recogidas. Miró fijamente al reluciente mundo blanco. Parecía un cuento de hadas, todo cristal y hielo. Frío... como estaba ella. Cerró los ojos brevemente contra la pena que la aplastaba, intentando escuchar a los lobos, intentando captar su canción. Siempre los había adorado, siempre había tenido mucha afinidad con ellos, y ahora el sonido llamaba a algo solitario y primitivo en ella.

Tiago se presionó la mano sobre la nariz.

—¡Otra vez no! Espero que no fuera cuando el príncipe me vio. —La evaluó con una mirada entrecerrada—. Vas a venir, ¿verdad? Carmen es realmente agradable. Eleazar también, pero no quiere que yo lo sepa.

Leah sacudió la cabeza.

—Ahora no puedo ir. Ya te cogeré más tarde. —Necesitaba estar sola, pensar las cosas por sí misma. Le gustaba Tiago, pero era una distracción y no tenía ni idea de que estaba molesta. Cayo lo habría sabido. La idea llegó inesperada y la llenó de vergüenza y pena. De rabia.

—Vamos, Leah, no seas bebé. Solo porque tus padres crean que necesitas una niñera eso no significa que no puedas venir conmigo. Tengo más de veintiuno.

Ella le miró fijamente.

—¿De veras? Creía que tenías la edad de Alec. No vas a convencerme para que haga algo malo, Tiago. —Algo que la hiciera sentir incluso más culpable. Podía no ser capaz de convencerla, pero ella estaba dispuesta a desobedecer a sus padres. El terrible peso de su pecho se incrementó, la pena casi la ahogó. Tenía que hacer que esto parara... hacer que Cayo entendiera que esto no iba de él o de su rechazo a él. No era personal. Habría rechazado a cualquiera. Tenía que ponerse en movimiento.

—Solo estás furiosa porque yo me divierto sin tener que esperar a un adulto para salir de casa —dijo él—. Solo bromeaba. No hay necesidad de molestarse.

—No soy un bebé —exclamó ella, presionándose ambas manos sobre el estómago que se revolvía salvajemente. Quizás si vomitaba sobre él se largaría—. No tienes que burlarte de mí.

—Claro que sí. Para eso están los amigos.

Eso la sobresaltó. Eran amigos... o algo así. Le gustaba Tiago. Solo que no le gustaba estar a solas con él... con un hombre. Con nadie. Se pasó una mano por el pelo e intentó no llorar.

Tiago, leyendo su expresión, lo intentó de nuevo.

—El príncipe llegó mientras estaba en casa de Felix y Heidi y dijo que iba a hacer que Jasper hiciera de Santa Claus esta noche. Tío, eso asustará a todos los niños. Seguro que será entretenido.

—Asustar a una panda de niños pequeños no es divertido, Tiago. Especialmente cuando se trata de Santa Claus. Podrías traumatizarlos.

—Estás empezando a sonar más y más como Kate. —No parecía que le estuviera haciendo un cumplido—. Yo no voy a traumatizarlos. Será Jasper... y yo no le elegí... fue el príncipe.

—Esta noche asegúrate de no asustar a los niños, especialmente a Angela.

Se miraron fijamente el uno al otro durante un largo momento de silencio. Cuando Tiago se apartó con una expresión torva, ella se aclaró la garganta.

—¿Puedes cambiar de forma?

Él sacó pecho.

—Por supuesto

Leah miró hacia la casa.

—¿Crees que alguien que solo tiene parte de cárpato puede cambiar realmente de forma? —Evitó su mirada frotándose la barbilla pensativamente sobre las rodillas como en profunda contemplación. Tiago podía actuar como un tonto alrededor de los adultos, pero era tan agudo como un clavo y podría ser capaz de leer su expresión.

—Bueno... —frunció el ceño—. Esa es una buena pregunta. Marie se convertía en tigre, lo que era muy guay por cierto, pero nunca he oído que ningún adulto mencionara que nadie más pudiera hacerlo.

—¿Cómo cambias?

Él sacudió la cabeza.

—Ni siquiera lo pienses, Leah. No es tan fácil. Yo practico todo el tiempo y todavía cometo errores.

—No practicas todo el tiempo. Juegas a videojuegos todo el tiempo. —Con otra mirada de reojo hacia la casa, bajó de la barandilla hasta la nieve. Al contrario que Tiago, ella no podía regular su temperatura corporal y estaba temblando por estar sentada en la barandilla con el viento frío que se sumaba a su escalofrío. Al menos había dejado de nevar. Levantó la vista al cielo amenazador, cargado de pesadas nubes.

Tiago le frunció el ceño.

—¡Ey! Puedo cambiar. Mira esto —Retrocedió unos pocos pasos y se quedó de pie, con los brazos extendidos. Empezaron a brotar plumas de su cuerpo, su cara se reformó varias veces hasta que sus rasgos pasaron del blanco oscuro al gris amorronado bordeados de blanco. Sus iris se volvieron de un brillante amarillo, y se desarrolló un pico gris verdoso con penachos de plumas alrededor de la base. Su cuerpo se compactó, cambió, encogiendo con unas pocas paradas y saltos hasta que estuvo sentado en la nieve con la forma de una lechuza muy pequeña. El cuerpo de la lechuza era marrón grisáceo con un intrincado patrón de rayas y barras e incluso puntos en ciertos lugares. Se quedó muy quieta, el cuerpo era tan pequeño que realmente respetaba como Tiago lo había logrado. Los grandes ojos parpadearon hacia ella.

Leah se paseó alrededor de la diminuta criatura.

—Asombroso, Tiago. ¿Cómo te las arreglas para ser tan diminuto? ¿Realmente puedes volar? ¿O solo tienes todo eso por motivos ornamentales?

La lechuza emitió una nota llorona y brincó varias veces, extendiendo las alas y aleteando hasta que alzó torpemente el vuelo. Tiago voló alrededor de ella varias veces, elevándose más alto y volviendo a caer, directamente hacia su cabeza.

Leah levantó las manos y corrió por la nieve, cogiendo nieve del borde del porche y lanzándosela al errante pájaro.

—Basta, no tiene gracia, Tiago.

El pájaro se alzó de nuevo y la rodeó, ganando velocidad una vez más para el ataque. Leah corrió de vuelta a la casa, cerca de la estructura, mientras el pájaro la acosaba. Se agachó y se cubrió la cabeza, justo cuando Tiago se abalanzaba sobre ella. La pequeña lechuza golpeó el lateral de la casa y cayó como una piedra al suelo. El pájaro yacía completamente inmóvil, sus pequeñas patas apuntaban directamente hacia arriba, como en los dibujos animados.

Leah dejó escapar el aliento en un lento siseo de desagrado.

—No tiene gracia, Tiago. Levanta. —Había un silencio ominoso. Alzó la cabeza y dio un paso hacia él. Si estaba intentando asustarla... como normalmente... iba a retorcerle el cuello. El pequeño cuerpo permanecía inmóvil, con las patas tiesas. Su mano revoloteó alrededor de su garganta, el miedo empezó a surgir. Temía moverse, temía examinar a la pequeña criatura.

—¡Tiago! —Se apresuró hasta él, dejándose caer de rodillas en la nieve al alcance de la lechuza. Justo cuando iba a levantarla, los enormes ojos se abrieron de golpe, el pico se abrió de par en par y las alas revolotearon.

—¡Te pille! —Tiago se sentó riendo.

Leah saltó sobre sus pies, con el corazón palpitando. Quería machacarle con algo la cabeza y nunca había tenido tendencias violentas... bueno, casi nunca. Tiago solo se burlaba de ella. Le encantaban las bromas y ella parecía un objetivo genial.

—Muy divertido.

La sonrisa desapareció en la cara de él.

—¿Qué te pasa últimamente, Leah? Las lechuzas a menudo se tropiezan contra cosas y se atontan. La gente cree que están muertas, pero solo están noqueadas. Lo leí y pensé que te haría sonreír. Honestamente, no eres divertida. —Se levantó de un salto y retrocedió alejándose de ella—. Aún no somos adultos. No hay nada malo en reírse de las cosas.

Se marchó sin una mirada atrás.

Ella se dijo a sí misma que se alegraba de verle marchar... que estaba siendo ridículo, pero la soledad crecía. No reía como los otros chicos... no sabía cómo hacerlo. Online, cuando hablaba con Tiago, podía ser diferente, ser algún otro. Nadie podía verla o tocarla y podía simplemente relajarse y divertirse. Pero aquí... todo el mundo estaba cerca. Podía sentir cada emoción, y eso le rasgaba la piel y arañaba su corazón hasta que se sentía tan en carne viva que pensaba que simplemente dejaría de existir. Algunas veces, incluso la tierra parecía gritar de dolor hacia ella.

En la distancia, un lobo solitario aulló tristemente. La canción tenía una nota apagada que la golpeó. El lobo estaba tan solo que deseó extender los brazos y envolver los dedos alrededor del colgante que yacía entre sus pechos. De repente al hacerlo, sintió una calidez en vez del frío helado, casi pulsando en su mano. Lo sabía. Iba a meterse en problemas si Garrett y Kate descubrían que se había ido, pero tenía que ir. No podía contenerse.

Leah cogió su parka blanca revestida de piel y salió corriendo en la dirección en la que había oído al lobo. ¿Era Cayo? Su corazón saltó ante la idea. Sus ojos habían sido tan azules... tan intensos... y tan llenos de dolor. Ella conocía el dolor íntimamente. Conocía a la gente. Escondían terribles inclinaciones, terribles secretos bajo caras falsamente sonrientes. ¿Era ella mejor que el resto, dejando que el hombre sufriera porque tenía miedo?

Se estremeció a través de la chaqueta. Garrett se pondría furioso con ella y no le gustaba cuando se enfadaba de veras. Normalmente solo le lanzaba una mirada severa, pero si estaba furioso, insistía en castigarla. Eso normalmente significaba pasar tiempo con los otros niños. Para los demás habría sido fácil, pero para ella siempre era el más temido de los castigos. Sus pies se hundieron en la nieve y se detuvo, mirando en dirección a la casa. No podía ver a nadie, habiéndose entrado ya en la línea de los árboles. El lobo aulló de nuevo, una nota plañidera esta vez, como si también él buscara respuestas.

Leah cuadró los hombros y se puso en camino otra vez, abriéndose paso a través de la nieve que caía mientras intentaba seguir el sendero poco profundo que serpenteaba a lo largo del cauce del río. La punta de su nariz se enfriaba junto con sus orejas. Se bajó más la capucha, intentando evitar el frío. Era imposible. Se tropezó y casi cayó. La acción brusca la sacudió lo bastante como para que sacudiera la cabeza con fuerza, intentando aclarar los gritos lastimeros del lobo que simplemente no la dejaban en paz.

Durante mucho tiempo había pensado que su respuesta era vivir en el mundo de los cárpatos, pero ahora comprendía que no podía relacionarse con nadie aquí mejor de lo que podía en el mundo humano. Se limpió las lágrimas que debería haber habido en sus ojos, solo que no había ninguna. Las sentía arder profundamente en su interior, atrapadas como sus recuerdos. Solo Kate y Garrett parecían ser capaces de aceptarla con todas sus diferencias... con todos sus defectos. Nunca iba a sobreponerse a su pasado... a sus habilidades psíquicas. Podía tener más control del que acostumbraba, gracias a sus padres adoptivos, pero no era suficiente para permitirle ser como los demás.

Tropezó con una rama sepultada en la nieve. Y miró alrededor sorprendida al comprender que había estado caminando todo el tiempo y no tenía ni idea de donde estaba. Se giró en un círculo frunciendo el ceño. ¿En qué dirección estaba la casa? Podía llamar a Garrett, pero se enfurecería con ella. Sería mucho mejor encontrar su propio camino de vuelta. Aun así, se enfadaría con ella cuando lo averiguara, pero su furia estaría de algún modo atemperada por el hecho de que estuviera a salvo.

Un grito casi humano de agonía rompió la noche enviando escalofríos por su espina dorsal. El pelo de su nuca se puso de punta, la sangre casi se congeló en sus venas. Jadeó mirando salvajemente alrededor. Había sido cerca, tan cerca que podía oír los gruñidos y chasquidos de un lobo

Impulsada por algo exterior a ella misma, Leah corrió, dejando que la reverberación de la lucha la guiara.

Bajo un árbol deforme un enorme lobo macho de pelaje rojizo, luchaba con la trampa que se cerraba alrededor de su pata. Había sangre salpicada por la nieve, y el lobo masticaba su propia pata en un esfuerzo por liberarse. Cuando se detuvo, la criatura se dio la vuelta para enfrentar a la nueva amenaza, con los labios retraídos en un gruñido, los ojos amarillos brillaban con malicia mientras la advertía.

Leah retrocedió, manteniendo una distancia segura mientras el animal se abalanzaba hacia ella. La trampa le retuvo y chilló y se mordió la pata de nuevo, antes de darse la vuelta para mantener un ojo cauto en ella. Sus costados se movían pesadamente y el sudor hacía su pelaje incluso más oscuro. Su cuerpo se estremecía. Podía sentir el dolor recorriéndolo. Este no era Cayo. El lobo no podía cambiar o se habría liberado a sí mismo. Era un auténtico animal salvaje atrapado en una trampa. Mirándole a los ojos, comprendió que liberarse le era imposible pero su espíritu se negaba a rendirse. Gruñía hacia ella continuamente, mostrando sus dientes, con saliva goteando de su boca, y en todo ese tiempo sus ojos amarillos nunca abandonaron su cara.

¿Realmente iba a marcharse cuando este magnífico animal luchaba valientemente? Cuando estaba dispuesto a cortarse su propia pata para asegurar su liberación. Leah no podía dar la espalda a la bestia, su compasión se alzó rápidamente. Levantó una mano, con la palma hacia afuera.

—Solo relájate —consoló, intentando calmar su propio corazón que latía rápidamente. Tomó un profundo aliento y lo dejó escapar.

El gemido del lobo retumbó profundamente en su garganta, pero dejó de gruñir, asintiendo como si estuvieran conversando.

—Eso es. Está bien. —A veces podía contener a un animal, incluso a uno salvaje, mientras curaba heridas, pero nunca habían intentado sujetar a ella a un lobo. Era una unión de dos espíritus, y eso nunca era fácil en la mejor de las ocasiones.

El lobo se quedó en silencio, mirándola con ojos intensos. Se acercó más, sintiendo el cálido retintín que siempre se extendía a través de su mente y cuerpo antes de conectarse sólidamente, concentrándose en el animal, llamando silenciosamente, implacablemente, a la misma esencia de la bestia. En su estómago se hizo inesperadamente un nudo y su garganta ardió. Había un sabor amargo en su boca, una sombra rozó su espíritu, algo aceitoso, engatusador y maligno. Su alma se estremeció y se echó atrás.

Horrorizada, Leah alzó la cabeza para mirar al lobo. Vio la pata cambiar de forma, el cuerpo del animal se retorció y contoneó, el morro se alargó en una horrenda cabeza con forma de bala asentada sobre algo medio humano y medio lobo. La boca se abrió de par en par en la parodia de una sonrisa que mostró dientes puntiagudos y manchados.

El aliento se le congeló en los pulmones. No podía moverse, no podía dar forma al pensamiento de llamar a Kate o Garrett. Solo pudo quedarse allí esperando a que la muerte viniera a ella.

Un gran lobo negro irrumpió desde los árboles, ejecutando saltos que cubrían varios metros a la vez. El animal la golpeó en el hombro, conduciéndola lejos del vampiro. Ojos de un azul helado ardieron con un frío glacial cuando el lobo se dio la vuelta en medio del aire y se lanzó a la garganta del vampiro que cambiaba. El lobo pesadamente musculado lanzó a la criatura hacia atrás antes de que tuviera oportunidad de cambiar completamente de una forma a otra. Poderosas mandíbulas se cerraron sobre la garganta expuesta y la desgarraron.

Mira a otro lado.

La orden llegó clara y cristalina a la mente de Leah. Cerró los ojos con fuerza, pero eso no eliminó los sonidos de carne desgarrada, los gritos agudos y gruñidos y aullidos del no—muerto. La voz golpeó su cerebro, cortando profundamente. Sintió gotas como cenizas ardientes que quemaron a través de sus guantes y piel hasta el hueso. Fue imposible contener el pequeño grito de dolor sobresaltado que se le escapó

Los gruñidos se hicieron más altos, los chillidos más violentos y terribles. Leah se cubrió la cara con las manos para evitar mirar, pero no pudo evitar el terror morboso y abrió los dedos lo suficiente como para espiar a través. Cayo era otra vez un hombre... no... no un hombre. Era completamente un guerrero de los cárpatos, sus ojos llameaban de furia, su boca estaba reducida a una línea cruel y despiadada. Los músculos ondearon en su espalda y se hincharon en sus brazos cuando pasó el puño a través del pecho del vampiro y cerró los dedos alrededor del corazón ennegrecido y marchito. Se produjo un terrible sonido de succión y el chillido se hizo más alto. La sangre salpicó en un arco negro. Las manos de Leah le protegían la cara, pero esta vez la sangre salpicó el dorso de sus guantes, derritiendo tela y piel inmediatamente.

Leah jadeó de dolor y metió ambas manos en la nieve viendo con horror como Cayo extraía el corazón y lo lanzaba a cierta distancia del vampiro. El no—muerto arañaba y mordía, luchando viciosamente, abriendo profundas laceraciones en la piel de Cayo. El ácido veteaba el cuello, el pecho y los brazos del cazador cuando hizo una pausa y el relámpago crepitó y crujió en lo alto.

Un movimiento captó su atención, y Leah se apartó de la hipnótica visión del vampiro para ver el corazón ennegrecido arrastrándose por el suelo cubierto de nieve en un esfuerzo por volver a su amo. Rodó por el sendero de vuelta hacia su amo, y se acercó a donde sus manos estaban enterradas en la nieve. Con un grito de terror sacó las manos, girándose con el estómago revuelto ante semejante abominación.

El látigo de un relámpago cayó del cielo para incinerar el corazón. El relámpago se separó en el último momento, formando dos hebras una de las cuales golpeó al vampiro mientras la otra golpeaba el corazón. Un hedor nocivo llenó el aire y se alzó humo negro, justo cuando el chillido gemebundo decaía junto con el vapor.

En el silencio resultante, Leah oyó su propio corazón tronándole fuerte en los oídos. Levantó la cara para encontrar la mirada de Cayo, y su corazón se saltó abruptamente un latido. Parecía tan fuerte... tan invencible. Sus ojos eran tan fríos, tan azules, pero quemaban a través de ella hasta sus huesos, marcándola. Él se movió y ella parpadeó, ya roto el hechizo hipnótico. Leah se alejó de él, la furia la bañaba en oleadas. Su fuerza era tan poderosa que la abrumaba, casi poniéndola de rodillas. Un sonido de desasosiego se le escapó de la garganta, atrayendo instantáneamente la mirada intensa de él.

Al momento la furia desapareció. Él le tendió la mano.

—Ven aquí conmigo. Estás herida. No tengas miedo, Leah. No podría hacerte daño, sin importar las circunstancias.

Tragó con fuerza y retrocedió otro paso, su boca se quedó seca cuando él encorvó un dedo hacia ella. ¿Por qué no podía gritar llamando a Garrett o a Kate? Ellos eran su ancla cuando el terror la invadía y su espíritu se retraía. Físicamente, era incapaz de huir de él. Había aprendido hacía mucho que toda resistencia provocaba una rápida represalia. Podían golpearla hasta la sumisión física, pero su mente iría a donde nadie más podía seguirla. Podía estar a salgo, acurrucarse lejos en un lugar dentro de su mente.

Cayo pudo ver el miedo extremo en los ojos de su compañera. Todo vestigio de dolor había desaparecido de su cara, dejándola tan pálida que su piel parecía traslúcida. La furia que estaba conteniendo amainó cuando los instintos protectores que no sabía que tenía se alzaron rápida y agudamente. Deseó arrastrarla a sus brazos y abrigarla allí, pero ya podía sentir a su alma huyendo de la necesidad salvaje que había en él. Nunca habría imaginado que alguien pudiera ser tan frágil. Aproximarse a ella requería una delicadeza que no estaba seguro de poseer.

—Escúchame, pequeña —Hizo un esfuerzo supremo por suavizar su voz. Raramente se acercaba a la gente y sentía la garganta oxidada—. No deberías haber presenciado esto. Matar a un vampiro siempre es confuso y violento. Solo quiero sanar las quemaduras de tu piel. ¿Me dejarás hacerlo?

Ella no respondió, simplemente le miró aterrada.

El corazón se le removió en el pecho.

—Si tanto te asusta, llamaré a Kate. Es una gran sanadora, pero debe hacerse rápido. La sangre del vampiro quema como ácido. Este se había convertido recientemente o no había sido tan fácil de... —dudó queriendo evitar la palabra "matar"—... destruir.

Leah tragó varias veces.

—¿Cómo? —La palabra surgió, apenas un susurro.

Él tocó su mente, encontrando sus manos palpitantes y ardientes. Parecía que fuera a desmayarse, incluso se sentía mareada en su mente.

—No dolerá. Seré muy cuidadoso.

Tomó varios alientos y alzó la barbilla en un esfuerzo por obligarse a dar un paso hacia él. Su cuerpo temblaba visiblemente. Él podía ver el esfuerzo que le costaba, pero estaba orgulloso de ella por el intento. No cometió el error de ir hacia ella. Era demasiado alto, irguiéndose sobre la diminuta figura, y sabía que solo la asustaría más si se movía. Esperó, conteniendo la respiración en sus pulmones, regulando tanto el latido de su corazón como el de ella en un esfuerzo por mantenerlo firme. Dio un segundo paso y después un tercero, extendiendo ambas manos para que él pudiera ver las quemaduras veteadas de ácido donde la sangre del vampiro había derretido la tela de sus guantes. Sus manos temblaban cuando las colocó en las palmas abiertas de él.

—¿Preferirías que llamara a Kate?

Ella sacudió la cabeza.

—Ellos no saben que seguí la llamada del lobo. Se enfadarán conmigo —Alzó los ojos—. Les decepcionará.

Su llamada. Internamente, Cayo maldijo. No estaba unida a él, pero su sangre... su corazón... su misma alma la llamaba. Por supuesto que había respondido. Ninguna compañera podía resistirse a la necesidad de su otra mitad. Y él la necesitaba desesperadamente. Cerró sus dedos alrededor de los de ella.

—Yo lo haré entonces. No puedo llamar al relámpago ya que no eres completamente cárpato, así que utilizaré mis propios poderes sanadores. Puede ser... íntimo. Tendrás que confiar en que no me aproveche, en que solo hago lo que es necesario.

Bajó la cabeza, centímetro a centímetro, dándole tiempo suficiente para cambiar de opinión. Su mirada mantenía la de ella cautiva, negándose a permitirla apartar la vista del acto familiar que estaba ejecutando. Sus labios se movieron a lo largo de las vetas, ligeros como plumas, solo rozando pequeñas caricias sobre las quemaduras. Su lengua acarició como suave terciopelo. Ella saltó y casi apartó la mano. Instintivamente, él apretó los dedos, sujetándole la piel contra sus labios.

Seguramente sabes que nuestra saliva sana.

Leah asintió, todavía incapaz de apartar la mirada de la profundada de la de él. No se siente igual cuando Kate o Garrett me curan cortes. Se siente... Intimo. Demasiado íntimo. Sexy. Incluso erótico. Un débil rubor apareció en sus mejillas ante sus pensamientos, no pudo controlar la ráfaga de calor en su sangre, o el cómo su útero se tensó con expectación cuando los labios de él tocaron la piel quemada. Estaba tan hipnotizada por él, que ni siquiera notó que había utilizado la forma más íntima de todas de comunicarse... mente a mente por un vínculo privado que solo ellos dos compartían.

La lengua se arremolinó, eliminado el picor de las quemaduras. Parecía una seducción... como si él estuviera quitándole sigilosamente algo más de lo que pretendía. Podía ver cada detalle de su cara, la fuerte mandíbula y nariz, la forma de su boca, y sobre todo los glaciales ojos azules de los que no podía escapar. Sus pestañas eran espesas y muy negras, tanto como el pelo y las cejas. El color de sus ojos resultaba más intensamente vivo en contraste. Se sentía casi mareada, como si cayera en su intensa mirada.

Atrajo aire profundamente a sus pulmones y encontró la fragancia de él. Su corazón igualaba el ritmo del de él. Su mente se relajó realmente y su guardia le permitió deslizarse dentro. Su alma rozó contra la de ella, no empujó, ni tomó, simplemente tocó, tan ligera que apenas sintió la fusión, su alma se extendió buscando instintivamente, anhelando la de él... anhelándole a él.

Quiso apartar la mano de un tirón, decirle que haría que Kate la ayudara después, pero no pudo. Nunca había sentido nada tan correcto en su vida. En ese breve momento no hubo pasado o futuro, solo este momento y este hombre.

Cayo encontró cuidadosamente cada quemadura en su piel, cada rastro que la sangre del vampiro había dejado atrás. Podían ser como esporas, engendrando las cosas más maléficas si no se erradicaban. Afortunadamente, el vampiro se había convertido recientemente y aún no se había entregado completamente al poder del mal. Cayo se tomó su tiempo, rozando la yema del pulgar a lo largo de la muñeca interna, saboreando la sensación de su piel y el hecho de que, en este pequeño momento, se había relajado un poco con él.

Fue con gran renuencia que alzó la cabeza y dejó que las manos de ella se le deslizaran entre los dedos.

—Ya. Está hecho.

—¿Y tus heridas? Puedo sanarte.

—Puedo hacerlo yo mismo. —Pero no podía respirar sin ella. Apartó la mirada antes de que ella viera eso en él... la necesidad de cogerla y llevársela lejos donde no tuviera más elección que aceptarle. La bestia luchaba por alzarse, exigiendo a su pareja. Cruelmente, la empujó hacia abajo. Nada arruinaría este momento con ella.

—Quiero verte de nuevo. Necesito hablar contigo.

Él se inclinó ligeramente por la cintura y extendió la mano con la misma lenta deliberación, dándole tiempo suficiente para poner objeciones. Cuando no lo hizo, le colocó un mechón de pelo caoba tras la oreja.

—Estoy a tu servicio.

La sonrisa de ella fue tentativa... una rama de olivo.

—Necesito decirte que no eres tú. Soy yo. Sé lo que es una compañera y esto es un error. Yo soy... defectuosa. No puedo ser como las otras mujeres... nunca. —Agachó la cabeza, evitando su mirada. Los ojos de él parecían tan vivos que casi le quemaban la piel, pero tan fríos que la hacían estremecer.

—Ha requerido gran cantidad de coraje, pequeña, el decirme estas cosas. Te agradezco que hicieras el esfuerzo —Mantuvo la voz amable, resistiendo la urgencia de arrastrarla hasta sus brazos. Estaba extremadamente adorable allí de pie intentando rechazarle sin herir sus sentimientos. Todos estaban equivocados... Kate y Garrett e incluso Edward. No era demasiado joven. Incluso ahora, cuando debería haber sido no más que una joven adulta emergiendo de su infancia, él sabía que ya era una adulta. Su alma había rozado la de ella. Se le había arrancado su infancia, y la joven que había aquí era demasiado elusiva, simplemente demasiado frágil. Demasiado maltratada, demasiado sensible por su enorme talento psíquico, por las atrocidades que se habían cometido contra ella y que habían conducido a su espíritu tan profundamente y tan lejos, y era apenas capaz de permanecer en el mundo—. El tiempo aclarará esto por nosotros. Entretanto, permíteme escoltarte de vuelta a tu casa.

—¿No estás enfadado conmigo?

—¿Por no estar lista aún para mi reclamo? —Le cogió la mano entre sus dedos cálidos y seguros cuando ella estaba tan insegura—. Por supuesto que no.

Cayó nieve del árbol más cercano y ambos se giraron hacia el sonido. Las ramas se balancearon y una pequeña lechuza alzó el vuelo extendiendo las alas, su cuerpo se bamboleó y se lanzó directamente hacia ellos.

Cayo saltó colocando su cuerpo entre la criatura y Leah. Calculó su ataque, dando un manotazo al pájaro en el aire incluso cuando ella chilló y el pánico se hizo evidente en su voz.

—¡No! Es Tiago. Tiene que ser Tiago. —Intentó rodear a Cayo, su tono protector hizo erizarse el pelaje del lobo, disparando la respuesta de su bestia ante la idea de que ella protegía a otro hombre. Se movió sin que pareciera que lo hacía, evitando que le rodeara.

La lechuza se sacudió, sus movimientos eran torpes, unos brazos aparecieron donde las alas habían estado. Cayó a la nieve y un joven quedó despatarrado allí, todo brazos y piernas, con aspecto ligeramente sorprendido y muy asustado pero decidido. Se tambaleó hasta ponerse en pie, apretando los puños y fulminando a Cayo con la mirada.

—Déjala en paz.

Cayo podía haberse sobrepuesto a los instintos de su especie, pero sintió la respuesta de Leah al desconocido, el relámpago instantáneo de diversión teñido de admiración. Desnudó los dientes, un gruñido retumbó profundamente en su garganta, un desafío al otro hombre. Al instante el claro fue rodeado por la manada, los lobos se paseaban, respondiendo a su gruñido con una agitación y agresión que igualaban las de él. El fuego ardía en su mente, en su corazón, rabiaba en sus entrañas y eso se reflejaba en sus ojos, ahora de un rojo feroz.

Leah intentó empujarle a un lado, pero él la cogió del brazo, su apretón era como de acero.

—¿Quién es este hombre para ti?

—Mi amigo. No te atrevas a hacerle daño. —Lucharía por Tiago ya que no podía luchar por sí misma.

La manada de lobos desnudó los dientes, acercándose más, estrechando el círculo. Leah podía divisar a los enormes animales peludos, y todos saludables, todos concentrados en Tiago.

—No necesitas tener amigos masculinos —espetó Cayo, sus fuertes dientes blancos resplandecieron, mostrando un indicio de sus caninos alargados al igual que los incisivos. Sus músculos ondearon bajo la piel, crujiendo y abultándose mientras luchaba con el cambio.

Asustada, Leah empezó a retroceder alejándose de él, sintiendo la rabia salvaje que se alzaba, al animal tomando el control. Pero algo, quizás desesperación, dolor, pena, algohizo que se detuviera. Le tocó, con la palma abierta sobre el pecho, mirándole a los ojos. Incluso con la apariencia de un lobo sus ojos eran siempre azules, y ahora mismo eran turbulentos y tormentosos.

—Cayo. Es mi amigo. No mi novio. —No debería tener que excusarse, pero no pudo evitar querer consolarle. La necesidad era mucho más urgente y fuerte que el deseo de huir.

Él le cogió la mano, llevándosela a los labios, y ondeó la mano hacia los lobos babeantes. El círculo se abrió a regañadientes.

—Vete. Vete ya —espetó—. mientras todavía tenga el control.

—Lo siento —susurró ella.

Leah y Tiago corrieron, cuidando de no tocarse el uno al otro, Leah con el corazón pesado y la pena arañándola. Huyó con lágrimas corriendo por su cara preguntándose de dónde venían, sintiéndose inadecuada y cobarde. Huyó del dolor de Cayo y de sus propios miedos. ¿Es que nunca iba a haber un refugio seguro para ella?

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Solo subiré un cap más creo jeje y después prepararé el cap de 'Así me llaman' mi nuevo serial de oneshots jeje gracias a las chicas que escogieron cuál cap le gustaría para inaugurar el serial.

No olviden dejar un lindo comentario, tampoco olviden pasarse nuestro grupo 'Twilight Over The Moon'.

¡Nos leemos pronto!