No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la genial Christine Feehan. Yo solo me divierto un poco.

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—Jane, no puedo encontrar mis alas —dijo la pequeña Emma, corriendo por el salón, con sus rizos oscilando arriba y abajo—. He mirado por todas partes.

—Stefan las cogió —ayudó Chrissy—. Dijo que Emma no era un ángel y que iba a tirar sus alas. —Sus ojos demasiado grandes eran muy solemnes, deseando ver que terrible castigo asignarían los adultos a semejante crimen.

Jane puso los ojos en blanco cuando Emma empezó a gemir.

—Soy un ángel. ¡Lo soy! Stefan es un chico malo, muy malo, ¿verdad, Embry?

Embry la levantó en brazos y la hizo girar antes de que sus gemidos pudieran convertirse en un llanto serio.

—Creo que Stefan es un niño travieso, no uno malo. ¿Qué podría haberle hecho pensar que no eres un ángel?

—Él siempre quiere comida y yo cogí su emparedado y se lo di al perro de María. Stefan no necesitaba el emparedado tanto como el perro de Maria. Stefan podría simplemente ir a la cocina en cualquier momento. Eso es lo que dijo Jane, ¿verdad, Jane?

—Así es, Emma —estuvo de acuerdo Jane—. Siempre hay bastante comida para todos, pero no debiste coger el emparedado de Stefan. Si querías dar de comer al perro de Maria, tenías que haber ido a la cocina a buscar algo.

Embry se aclaró la voz. Eso podría ser francamente espeluznante. Es capaz de darle al perro un asado la próxima vez.

—Lo que quiero decir, Emma, es que preguntes a Rachel o María antes de coger nada de la cocina. Ellas saben lo que comen los perros.

Emma tenía cuatro años, y Jane estaba bastante segura de que la discusión seguiría indefinidamente si no encontraba una forma de cambiar de tema.

—Tenemos que apresurarnos y llevar a los niños a la posada. Todo el mundo espera para ver el espectáculo.

—Necesito mis alas, Embry —declaró Emma—. No puedo ser un ángel sin mis alas. —Su labio inferior empezó a temblar.

—Encontraremos tus alas, pequeña —la tranquilizó Embry. Recorrió la habitación con la mirada y sonrió a Jane.

Ella había logrado esto, había creado un milagro para estos niños. Todos ellos estaban en vías de tener buena salud y lentamente empezando a creer que no tenían que robar comida y que siempre tendrían un techo sobre sus cabezas. Nunca era fácil. Jane había rescatado a siete niños que habían estado viviendo en las alcantarillas de Rumania y los habían llevado a las Montañas de los Cárpatos. Jane y Embry se alzaban lo antes posible y se quedaban despiertos hasta tan tarde como podían para estar con los niños. Habían tenido bastante suerte encontrado a varias mujeres humanas que estaban dispuestas a trabajar para ellos, cuidando de los niños durante las horas en las que no tenían más remedio que dormir.

Embry nunca había imaginado que podría querer tanto, pero a veces, como ahora, el amor parecía derramarse fuera de él y llenar todos los espacios de la habitación. Abrazó de nuevo a Emma, ignorando sus chillidos, y condujo al pequeño grupo a la silla donde Stefan estaba intentando fulminar a los demás con la mirada. Embry guiñó un ojo al chico y le ofreció la mano.

—Vamos. Esto es una cena de celebración y cuanto más rápido nos pongamos en camino, más rápido comerás. Sé que Cora y la señora Young son fantásticas cocineras. No querrás perderte la comida.

Stefan suspiró y se puso en pie. Sacando las alas de debajo de su trasero.

—Al menos yo no tengo que ser un ángel —De repente sonrió a Embry—. Conseguí ser rey.

Embry dejó caer una mano sobre el hombro del chico. Stefan era el mayor y tenía ocho, había cargado con la responsabilidad de los otros, vaciando bolsillos, intentando conseguir comida para alimentarlos, siempre intentando protegerlos de los mayores, viviendo en las calles y las alcantarillas. Era alto para su edad y muy delgado, con un manojo de pelo oscuro que se negaba a cortarse. Cuando Embry había querido insistir en que se cortara el pelo, Jane había señalado que el chico estaba intentando imitarle, así que se lo dejaba suelto y despeinado. Después de eso Embry había pasado tiempo intentando dar al chico unos pocos consejos para mantener su pelo largo brillante. Esta noche parecía haber hecho un trabajo mejor de lo habitual. Ni siquiera Emma tenía nada que decir sobre el pelo de Stefan.

—Te ves genial esta noche.

—Jane dijo que todo el mundo iba de la iglesia a la posada.

—Si, van al servicio nocturno y después irán a la cena. ¿Queréis ir al servicio? —Miró fijamente a Jane, intentando con fuerza mantener la cara seria.

Stefan le frunció el ceño.

—Yo no. Yo no voy.

—No creí que quisieras, pero pensé que sería mejor preguntar, solo para mantener tus opciones abiertas. Será mejor que nos vayamos o llegaremos tarde.

—Embry —preguntó Emma mientras se dirigían a la puerta. —¿Realmente va a venir San Nick? ¿Tendrá un regalo para mí?

Hubo un repentino silencio, y comprendió que su respuesta era importante para todos los niños cuando bajó la mira a sus caritas expectantes. Incluso Stefan parecía esperanzado, aunque intentaba aparentar indiferencia.

Ellos nunca habían tenido un árbol de Navidad, o comida suficiente o siquiera un techo sobre sus cabezas, y menos un regalo de Navidad.

—Estoy seguro de que está de camino —dijo Embry, un nudo en la garganta amenazaba con ahogarle. Intercambió otra mirada con Jane. Era fácil entender por qué ella había necesitado rescatar al menos a estos niños. Solo podía salvar a algunos, y había hecho lo posible para proporcionarles una buena casa.

—Venga, todo el mundo, vamos. Esta noche montaremos en trineo —anunció Jane—. Aseguraos de tener vuestros sombreros, abrigos y guantes.

—¿Como el trineo de Santa? —preguntó Chrissy. A los cinco años, era la mayor de las niñas y se tomaba su papel muy seriamente. Había asombro en su voz, y Jane estuvo instantáneamente agradecida a Embry por haber pensado en un paseo en trineo.

—Bueno, nosotros tenemos caballos en vez de renos —dijo Jane— pero será divertido. Cuando subáis, poneos la manta encima para que estéis calentitos.

No podían meter a los siete niños en un trineo, así que Jane montó con los cuatro niños para que pudiera "cuidar de ella" mientras Embry se ocupaba de las tres pequeñas. Stefan tomó las riendas y con aspecto muy adulto, azuzó los caballos. Jace, el chico más pequeño, de solo tres años, se aferró con fuerza a Jane y chilló de deleite mientras se deslizaban por la nieve hacia la posada.

Embry escaneó la zona alrededor. Sabía que había habido varios ataques sobre las mujeres y uno dirigido al príncipe, y su aprensión creció cuando se internaron en la parte más espesa del bosque. Un revoloteo en lo alto atrajo su mirada hacia arriba y vio varios búhos desplegando las alas en lo alto. Los caballos resoplaron, expeliendo nubes de vapor en el aire, tirando de las cabezas cuando vieron a los lobos que paseaban junto a ellos, el líder corría paralelo a ellos, sus ojos azules llameaban.

—Nuestra escolta —gritó Embry, riendo. Guerreros allá donde mirara, volando sobre ellos, corriendo junto a ellos, vigilando a los niños y a Jane. Les saludo mientras el trineo corría sobre la nieve, las cuchillas deslizándose fácilmente.

Las campanillas del trineo tintineaban a cada paso que daban los caballos. Las mejillas de los niños estaban rojas y sonrosadas, tenían los ojos abiertos de par en par por la excitación y sus risas eran música para sus oídos. Te amo, Jane. Gracias por darme la vida.

Yo también te quiero, Embry. Gracias por ser tú. Nadie más habría aceptados a estos niños y los habría abrazado como has hecho tú. Eres un hombre extraordinario.

La posada estaba iluminada, luces coloridas brillaban desde el balcón y rodeaban la puerta. Los caballos se detuvieron justo en la entrada y la posadera, Rachel, una de las mujeres que con frecuencia cuidaba de los niños, salió a saludarlos. Abrazando a cada uno, se los llevó al enorme comedor donde habían levantado el escenario. Embry y Jane tomaron sus asientos, Jane le aferró la mano con fuerza, cruzando los dedos por que los niños se divirtieran actuando para todos los adultos.

La cabalgata terminó con solo unas pocas dificultades. Lo hicieron bien, aunque el ángel dio una patada al rey en la espinilla, y este saltó por el escenario durante un minuto antes de recordar que tenía audiencia. Tiago cantó una conmovedora canción rap, su propia versión navideña del Jingle Bells, que en realidad fue bastante buena y su audiencia le aplaudió tanto que, en su entusiasmo, casi se cayó del escenario improvisado.

Embry pasó el brazo alrededor de los hombros de Jane.

—Eres una mujer increíble. ¿Cómo conseguiste todo esto? Los niños están muy felices y míralos ahí arriba. Son todos pequeños artistas.

Edward asintió con la cabeza.

—Una actuación fantástica, Jane. No tenía ni idea. Debes haber pasado mucho tiempo preparándolos. —Miró a su alrededor a las caras de su gente, todos sonrientes, las caras cansadas y sombrías de sus guerreros relajadas y felices, la mayor parte de ellos saludando a los niños con su estruendoso aplauso.

—¿No han hecho un trabajo maravilloso? —Jane estaba sonriendo a sus niños—. ¿Qué te pareció la versión de Tiago de un villancico rap? Ha trabajado realmente duro en el número. Y Leah cantó muy bien. Me sorprendió cuando oí su voz por primera vez. Kol y Kachiri bailaron muy bien, y por supuesto nadie toca el piano como Carmen. Estoy muy satisfecha con todo esto.

—Y tener a los Trovadores Oscuros cantando para rematar a lo grande —añadió Embry—. Creo que nuestros invitados están muy contentos con el espectáculo.

—Para ser totalmente honesto, Jane, nunca esperé mucho de esta producción —admitió Edward—. ¿Cuándo tuviste tiempo para hacer todo esto? Sabía que estabas practicando con los niños, e incluso con los adolescentes, pero esto va realmente mucho más allá de lo que nunca imaginé.

—Fue divertido, Edward. Y los niños realmente necesitaban sentirse parte de la ocasión. No quiero que se sientan diferentes. Ninguno de ellos. Es importante que los adultos les vean y reconozcan sus talentos.

—¿Y no lo hacen? —La sonrisa desapareció de su cara. No lo hacían. Con lo importante que eran los niños para ellos, con lo atesorados y preciosos que eran, el resto de la comunidad cárpato velaba por su salud y seguridad, pero no necesariamente por nada más. No siempre había sido así.

—No son solo sus padres —dijo Jane—. Los hombres de los cárpatos han luchado solos durante tanto tiempo, sin familias, que han olvidado como es tenerla. Su vida es la guerra, no el hogar, ni esposa e hijos. Está la educación, no solo libros, sino enseñarles las costumbres de los cárpatos, cómo cambiar de forma, las salvaguardas e incluso luchar. ¿Quién hace eso? Nunca lo hemos decidido. Los niños son pocos y nadie piensa en reunirlos así para que todos puedan conocerse los unos a los otros, hacerse amigos y tener a adultos que los acepten.

Edward recordó su propia juventud, los guerreros deteniéndose para dirigirle una palabra o consejo aquí y allá, un llamador de gemas llevándole a las cavernas y mostrándole como se hacía, otros trabajando con él en cambiar de forma e incluso en tácticas de batalla. Jane tenía razón.

—Pensaré en lo que me has dicho, Jane —dijo—. Tiene sentido. Los niños parecen más felices de lo que nunca les he visto. Visité brevemente a la madre de Emily, la señora Young, y ella mencionó que habías hecho a mano esos disfraces. Te hubiera proporcionado ayuda si la hubieras pedido.

—Tuve ayuda. Cora cose también. Y queríamos coserlos a mano en vez de al modo cárpato para mostrar a los niños y niñas cómo podía hacerse. Embry y yo intentamos integrar los dos mundos tanto como es posible. Senna Lahote me dijo que ella y Paul hacían lo mismo por Kol y Kachiri.

Edward tomó la mano de Isabella y la atrajo a su boca, sus dientes arañaron gentilmente adelante y atrás sobre los nudillos.

—Parece haber muchas cosas que no he considerado. Hemos aprendido mucho de tu fiesta, Isabella. Varios de los nuestros han tenido que incorporar métodos humanos junto con los cárpatos. Cuantos más de nuestros guerreros encuentren parejas entre las mujeres humanas, con más frecuencia ocurrirá. Es mejor que aprendamos ya a integrar a humanos en las familias cárpatos.

La llevó lejos de los demás hacia el gran árbol de Navidad. Varias personas habían hecho adornos para colgar de él, trayéndoselos a Rachel de todos los pueblos de alrededor. Se inclinó para rozar la comisura de la boca de su compañera con un beso.

—Mira a tu alrededor, Isabella. Tú has hecho esto. Es la primera vez en siglos que hay tantos cárpatos reunidos en un mismo lugar con nuestros vecinos. Los niños están riendo y corriendo por allí, excitados, y los hombres están relajados. Bueno, —enmendó—. alerta como debería ser, pero mucho más relajados de lo que les he visto nunca. —Su mirada se posó en Peter—. Mírale, Isabella. Ese hombre ha pasado su vida entera luchando, pero ahora, está en paz.

La sonrisa en respuesta de Isabella fue gentil y llena de comprensión.

—Y por supuesto tú necesitabas ver esto. Se te tiene que recordar de vez en cuando por qué estás luchando, Edward. Todo el esfuerzo que haces es por ellos. Si nunca ves la recompensa, la carga empieza a pesar demasiado.

Él sintió un dolor en la garganta cuando miró alrededor. Había tantos de ellos, sus guerreros, altos y erguidos con su distintivo pelo negro, ojos implacables, pero ahora riendo. Miró más allá de ellos a los otros hombres, algunos en el vestíbulo, unos pocos en la barra, la mayoría fuera donde él podía sentirlos. Al límite. ¿Sin compañera que les arrancara de su vacía existencia, quién les ayudaría? ¿Quién les daría esperanza? ¿O la reunión solo acentuaría su soledad?

Isabella se apoyó contra él, compartiendo la calidez de su cuerpo.

—No somos solo gente, somos una sociedad. ¿Pero cómo podemos ser una sociedad si nunca interactuamos los unos con los otros? —Extendió el brazo hacia arriba para tocarle la cara, tan marcada por la preocupación—. Las viejas costumbres han desaparecido para siempre. Así es, Edward, por triste que sea. Tenemos que encontrar una forma de unir a esta gente con nuevas tradiciones. Ahora tenemos que hacer nuestra propia historia. Tenemos enemigos, si, pero tenemos esto. —Barrió el brazo alrededor de la habitación para abarcar a todos, a cárpatos al igual que a sus amigos humanos—. Tenemos mucho y tú has hecho esto. Jasper solía quejarse por tu amistad con tu sacerdote, el Padre Barner, pero ahora uno de sus mejores amigos es Quil Ateara.

La mención de su viejo amigo, un sacerdote asesinado por miembros de la sociedad por su asociación con Edward, le entristeció. Obligó a su mente a alejarse del pasado.

—Jane mencionó que hemos luchado en demasiadas batallas y estado demasiado tiempo sin niños, que no les damos las herramientas apropiadas que necesitan. ¿Crees que tiene razón? —Los ojos negros de Edward descansaron sobre la cara de Isabella. Los compañeros no se mentían los unos a los otros, incluso si lo que había que decir era doloroso. Vio la respuesta en la cara de ella, en la forma en que sus dedos se apretaron alrededor de los de él y pareció momentáneamente angustiada.

—Tú no puedes pensar en todo, Edward.

—No tengo elección, Isabella. Es mi deber, mi responsabilidad. Estos niños son todos cárpatos, y los que no lo son aún... pronto lo serán. Tienes razón al decir que no solo somos gente. Somos una sociedad y tenemos que empezar a actuar como tal. Nuestros enemigos se las han arreglado para mantenernos enfocados en ellos, en vez de prestar atención a los detalles de nuestras vidas que son importantes. Nuestros niños lo son todo. En vez de molestarnos por sus travesuras, como hemos estado haciendo con Tiago, deberíamos todos estar ayudándoles a aprender.

—Cariño —dijo ella suavemente—. Tiago acabaría con la paciencia de un santo.

Una pequeña sonrisa flirteó en la boca de él.

—De acuerdo, te concederé eso. Ese chico es demasiado viejo en algunos aspectos y demasiado joven en otros. Ninguno de nosotros ha tenido que tratar con niños, no en siglos, e intentar encontrar la tolerancia y paciencia va a tener que ser una prioridad, especialmente ahora que algunas de nuestras mujeres están embarazadas.

Isabella codeó a Edward cuando Emmett y Rosalie entraron en la habitación.

—Parece tensa. ¿Crees que está de parto?

—Emmett me dijo que está luchando con ello. Pedí a Jessica que eligiera un lugar para el parto y enriqueciera la tierra para Rosalie y el bebé, esperando que eso ayudaría a Rosalie a relajarse lo suficiente para dar a luz.

—Me sorprende que viniera.

—Tiene que encontrarse con una amiga de Internet aquí esta noche. Una huésped, Siobhan Steward es su nombre. ¿La has conocido?

—No, pero Rachel la mencionó. Aparentemente, acaba de salir de una operación de cataratas y se pasa casi todo el tiempo en su habitación. Solo vino para conocer a Rosalie, está algo entrada en años y estaba preocupada porque esta fuera su única oportunidad.

—Emmett me dijo que Felix la había investigado. Aparentemente es inofensiva, pero quiero tomar precauciones extra con Rosalie. Teniendo en cuenta los últimos acontecimientos no confío en nadie tratándose de ella... ni siquiera en una anciana inofensiva con cataratas.

Rosalie y Emmett se abrieron paso lentamente a través de la habitación hacia Edward y Isabella. Edward se adelantó para saludar a su cuñada con un beso en la mejilla.

—¿Estás segura de que no deberías estar descansando? —le preguntó, mirando a Emmett, con una ceja inquisitiva arqueada.

—Estoy definitivamente de parto —admitió Rosalie—. El bebé ha decidido venir esta noche lo quiera yo o no. Será más fácil y rápido si me quedo en pie tanto tiempo como sea posible. Quería ver el espectáculo, pero me muevo un poco lento.

Isabella la abrazó.

—Puedo mostrártelo en mi mente, cada detalle, especialmente las partes divertidas. Los pequeños estaban tan monos y no tenía ni idea de que los adolescentes tuvieran tanto talento. Tiago realmente tiene una buena voz y siempre es muy ocurrente.

—¿Tiago cantó? ¿Y me lo perdí? —preguntó Rosalie.

Edward suspiró.

—Si llamas cantar a lo que hizo. Tiene una buena voz, y no puedo entender por qué el chico no canta ni una sola canción que se pueda entender. ¿Y qué eran todos esos giros que estaba haciendo allí arriba?

—¿Giros? —repitió Emmett, mirando a Isabella en busca de una explicación.

—Parecía que estuviera teniendo convulsiones —explicó Edward.

—Estaba bailando —dijo Isabella, lanzando a Edward una mirada reprensiva.

—¿Eso es lo que era? No podía decidir si estaba haciendo striptease sin desnudarse o necesitaba ayuda médica inmediatamente. Como nadie corrió a ayudarle, me quedé en mi asiento. Giraba en el suelo y se sacudía por todas partes como una oruga.

—Breakdance —interpretó Isabella para Rosalie.

—¿Y el striptease? —preguntó Rosalie.

—Ese sería el baile raro sin compañero, creo —dijo Isabella—. Yo no estoy exactamente al corriente de las modas, pero parecía como si estuviera... er... bueno, ya sabes.

—No sé —Edward se encogió de hombros—. Casi se cayó del escenario en ese punto.

Rosalie rió, presionándose una mano sobre el estómago.

—Sabía que debería haber estado allí, solo por eso.

—Fue digno de ver —estuvo de acuerdo Edward— aunque no entendí ni una palabra de lo que dijo, ni por qué estaba escupiendo y gruñendo mientras cantaba.

—No estás a la moda —declaró Emmett.

Isabella y Rosalie rieron juntos. Edward pareció herido.

—¿Con qué? Yo estoy en la onda. Ocurre que sé que eso no es bailar. Kol y Kachiri bailaron y Carmen tocó auténtica música y Leah cantó como un ángel. Los Trovadores cantaron un par de baladas maravillosas y ninguno, ni siquiera Michael, escupió mientras lo hacía.

Emmett sacudió la cabeza tristemente.

—No hay esperanza de modernizarte, hermano.

Rosalie se presionó una mano sobre el estómago y extendió la mano hacia Emmett.

—Las contracciones están empezando a ser más fuertes, reír lo empeora.

Ambos hombres parecieron atacados por el pánico. Isabella tuvo que ocultar una sonrisa.

—Lo hará bien, Emmett. Estás muy pálido. Te alimentaste esta noche, ¿verdad?

—Solo se comporta como un bebé —dijo Rosalie—. Se alimentó. Quería estar preparado por si yo necesitaba sangre. —Sonrió hacia él—. Que no lo haré. Todo va a ir bien.

—No para mí —admitió Emmett—. No tenía ni idea de lo que se sentía al dar a luz. Compartir la experiencia es francamente aterrador.

Edward asintió en acuerdo, pero estaba mirando a sus guerreros, los hombres de los cárpatos sin pareja. Ellos eran los guardianes esta noche, ya que con tanta frecuencia estaban en tierras extranjeras, solo esta vez, tenían la responsabilidad de proteger a una de sus mujeres durante el parto. Los hombres se movieron atravesando la habitación, poniendo a prueba, escaneando y examinando las regiones circundantes en busca de enemigos.

—En realidad estoy muy excitada por conocer a una de las huéspedes que ha volado desde San Francisco. Su nombre es Siobhan Steward y podría estar emparentada conmigo. Ambas estamos interesadas en la genealogía y ya que no tengo realmente ningún pariente por mi lado de la familia, realmente espero que seamos parientes —dijo Rosalie. Me envió mensaje a través de Rachel de que no se sentía muy bien esta noche y quería conocerme en sus habitaciones, así no tendría que bajar aquí con todo el caos. Creí que sería muy buena idea.

—Definitivamente no —dijo Emmett.

—¡No! —Edward fue inflexible.

Rosalie le hizo una mueca.

—No estoy hecha de porcelana. Es una anciana y acaba de salir de una operación y ha venido desde lejos. Lo menos que puedo hacer yo es subir las escaleras e ir a verla.

—Sola no. Estará aquí más de una noche, Rosalie —persuadió Emmett—. No tienes necesidad de verla esta noche. —Colocó la mano sobre su estómago, que se ondeó una vez más con una contracción—. Tienes otras cosas que hacer esta noche. Isabella, si fueras tan amable de pedir a Rachel que la avise de que Rosalie está de parto y que ya se arreglará una visita en un día o dos.

—Bueno, no voy a perderme a Jasper haciendo de Santa Claus —dijo Rosalie firmemente, consciente de que la postura testaruda de la mandíbula de Emmett significaba que no cambiaría de opinión—. Así que no creas que puedes apresurarme a salir de aquí.

Jasper. A pesar de la gravedad de la situación, con Rosalie tan cerca del momento, Edward no pudo evitar la risa burlona en su voz. Rosalie está cerca de su momento y quiere verte dejándote caer con tu alegre traje rojo antes de tener su bebé. Así que adelante con el espectáculo, hijo mío.

Edward dio la orden por su vínculo mental privado establecido siglos antes a través del vínculo de sangre.

No puedes apresurar a San Nick. Esta es una noche ocupada para él, Edward. Ni siquiera tú, mi príncipe, puedes controlar su llegada.

Edward lanzó una sonrisita a Emmett y tiró del largo pelo de Isabella.

—Tengo que hablar con algunos de mis hombres. No llevará mucho. Tú puedes pasear por ahí con Rosalie y ocuparte de que se comporte.

—Como si pudiera hacer otra cosa —replicó Rosalie.

Edward se alejó pausadamente, moviéndose entre los aldeanos, invitados y su gente para buscar al antiguo al que había divisado. Cayo estaba en el bar, entre las sombras, sus ojos fríos seguían el proceso de Leah mientras esta se movía por la habitación.

—¿Cómo estás? —preguntó Edward.

—Mejor. Ella ya no está tan afligida y eso ayuda. Se me ocurrió atormentarme unos minutos y después volver a mi patrulla. Si no puedo hacer nada más, al menos sé que puedo mantenerla a salvo.

—Si es una Buscadora de Dragones como Marie sospecha, es mucho más que una poderosa psíquica. Eso explicaría las cosas que Kate dice que puede hacer.

—Y también significa que sufrió mucho más trauma incluso del que ya conocemos.

Edward palmeó a Cayo en la espalda.

—Eres un hombre honorable, Cayo, y más que merecedor de una rara gema como sin duda será Leah.

—Esperemos que tengas razón.

Edward le dejó en paz, de pie en las sombras donde vivía la mayor parte del tiempo. La tristeza inundó al príncipe, pena por sus guerreros, tan solos, la mayoría sin mucha esperanza, pero viviendo sus vidas en la medida de sus posibilidades.

Vladimir Lahote estaba de pie justo en la puerta, y Edward se aproximó a él.

—¿Sospechas que alguno de estos hombres pueda ser el mago? Tú te acercaste a él, entraste en su madriguera y posiblemente captaste su esencia.

Vladimir encogió los hombros.

—No puedo divisar a ningún hombre que pudiera ser el mago que buscamos. Todos hemos recorrido las habitaciones, escuchado y escaneado e incluso puesto a prueba, pero todos los invitados parecen ser legítimos.

—¿Qué te dice tu instinto? —preguntó Edward.

—Que el enemigo está cerca —respondió Vladimir.

—El mío me dice lo mismo —Edward se encogió de hombros—. Sigue buscando. Dile lo mismo a los demás. No podemos permitirnos ningún error.

Vladimir asintió y se abrió paso una vez más por la habitación, entregando el mensaje del príncipe verbalmente a los guerreros presentes. No confiaba en que su vínculo común de comunicación no fuera espiado si el mago estaba aliado con un vampiro. Cuando se aproximó a Brady y McArty con sus compañeras, arriesgó una rápida mirada hacia MaryAnn.

La visión de ella le quitó el aliento. Estaba sentada a una mesa cerca de Senna y Paul, hablando con Kachiri, Kol y Leah, riendo de algo que le estaban contando, y estaba tan guapa que le hería los ojos. Su piel parecía brillar y estaba hipnotizado por su boca y sus ojos. El sonido de su voz jugó bajando por su espina dorsal. El deseo golpeó su cuerpo, tensando sus músculos, endureciendo su ingle haciendo que dejara de moverse y se quedara quieto, obligando a su mirada a apartarse de la tentación. No debían atraparte mirándola fijamente, o siquiera pensando en ella. Tenía que mantener la mente fija en su objetivo... descubrir al mago oscuro.

—Edward presiente aún que la amenaza es muy real con la mujer de Emmett tan cerca del momento. Os pide a ambos que permanezcáis alerta —Entregó su mensaje, manteniendo su mente en modo de batalla, sabiendo que ambos le estaban poniendo a prueba. Habían estado probando las mentes de los hombres sin pareja tanto como habían podido. Varias veces habían tocado sus pensamientos.

Senna levantó la mirada y le sonrió.

—¿Estás bien? Paul me dijo que resultaste herido defendiendo al príncipe.

—No fue nada, hermanita, un arañazo, nada más. —No había sentido nada por esta mujer a través de su hermano cuando Paul la había traído por primera vez a casa, pero ahora podía recordar todas las pequeñas cosas que ella había hecho por él y por sus hermanos. Con frecuencia compartía sus pensamientos cálidos y risueños con ellos y las travesuras de Kol y Kachiri, esperando hacer su existencia más llevadera. Ahora podía sentir auténtico afecto por ella.

Casualmente dejó caer la mano sobre el hombro de Senna.

—Comprobé a Amun y Thia. Nada ha perturbado su sueño. —Su mirada revoloteó sobre Kol y Kachiri—. A Thia le habría encantado verlos bailar. Siempre menciona que su hermana solía disfrutar mucho bailando. Con suerte tendrá oportunidad de volver a verla bailar. —Miró fijamente hacia MaryAnn, hizo una ligera reverencia y se alejó sin un parpadeo en la expresión de su cara.

MaryAnn le miró mientras se marchaba.

—Dios, eso si que es un hombre guapo

Senna asintió.

—Si, ¿verdad? Todos los hermanos Lahote lo son. Hay cinco de ellos y cuando están todos juntos son una visión asombrosa. La mayoría de las mujeres babean incontrolablemente alrededor de todos ellos.

MaryAnn siguió al hombre con la mirada, sintiéndose un poco celosa por todas esas mujeres. Vladimir indudablemente tenía la atención de las mujeres solteras de la habitación, pero no les dedicó más de una mirada. No era que ella deseara a un hombre propio, pero no le habría importado que se fijara en ella.

—¿Qué quiso decir sobre la hermana de Thia? ¿Por qué ya no baila? —Se preguntó si Vladimir había visto alguna vez bailar a la hermana de Thia. Y se preguntó por qué le molestaba pensar que quizás lo había hecho.

Senna suspiró pesadamente.

—La hermana pequeña de Thia, Jasmine, fue raptada por un grupo de hombres jaguar. Ellos... —se interrumpió, mirando a su hermano y hermana, y sacudiendo la cabeza— le hicieron cosas. No sale de la jungla ni se acerca al rancho. Se niega incluso a ver a Thia si está con Amun. Thia está tan angustiada que ha estado hablando de dejar el rancho, nuestro hogar, para intentar ayudar a su hermana. Paul justo me estaba diciendo que tú ayudaste mucho a Elizabeth y quizás podríamos encontrar una consejera para Jasmine. Aunque, allá donde vivimos, eso podría ser muy difícil.

MaryAnn se encontró a sí misma observando al alto cárpato mientras este se deslizaba por la habitación con absoluta confianza estampada en cada línea de su cuerpo. Era fluido y grácil, casi elegante. El punto sobre su pecho le estaba doliendo de nuevo y se presionó la mano firmemente sobre él. La sensación se extendió, haciendo que sus pechos se tensaran y sus pezones se endurecieran. Una calidez se propagó por su estómago y entre las piernas. Tragó con fuerza, intentando arrancar su mirada de esa boca sensual y la imagen de esta moviéndose sobre su cuerpo.

—Supongo que no hay muchas consejeras cerca de vuestro rancho.

—No. —Senna frunció el ceño—. Por lo que cuenta Thia, Jasmine nunca ha sido una persona fuerte. Y tienen una prima, Solange. Ella detesta a los hombres y Thia no ha sido capaz de combatir su influencia. Es todo muy triste.

—Quizás tenga una palabra o dos con Thia cuando se alce —aventuró MaryAnn.

—¿Lo harías? Eso sería muy útil. Quizás podrías intentar darle algún consejo sobre cómo aproximarse a Jasmine para que al menos acepte a los hombres de nuestra familia. Ellos morirían por protegerla. Simplemente son así.

—Me encantará ayudar —dijo MaryAnn, su mirada una vez más vagaba hacia el alto y guapo cárpato que obviamente estaba de guardia.

—Perdóname, Senna —interrumpió Kol— pero prometiste presentarme a Quil Ateara. Después de todo podría ser mi tío.

Senna apretó la mano de Paul.

—Lo hice, ¿verdad? Vamos a hablar con él y ver qué tiene que decir. —Condujo a su hermano a la mesa donde Quil Ateara estaba sentado con Sue Young, su hermano Harry y su hermana Emily. El compañero de Emily, Sam, se levantó cuando ella se aproximó, como hicieron los otros dos hombres.

Quil miraba fijamente a Senna, sacudiendo la cabeza.

—Te pareces tanto a mi hermana que resulta asombroso. Era mayor que yo por bastantes años y abandonó la casa cuando yo tenía diez años. Nunca volví a verla. Pero te juro que eres justo como ella.

Senna se hundió en la silla junto a él después de presentar a Kol. Notó que la madre de Sue se alejaba rápidamente, con un pequeño ceño en la cara.

—Lo siento, ¿la hemos molestado?

—No, me temo que no le gusta ningún jaguar, aunque para ser totalmente honesto, no creo que yo lo sea —dijo Quil—. Nunca había oído que tuviéramos sangre jaguar. De hecho, nunca había oído hablar de la raza jaguar hasta que me hice amigo de Jasper.

—No te preocupes por Mamá —añadió Sue—. Se acostumbrará. Solo tiene que acostumbrarse a todo esto.

Las puertas dobles del comedor que conducían al balcón se abrieron de repente, y una mujer bajita vestida de elfo con orejas puntiagudas y rico pelo negroazulado se colocó en el centro de las puertas abiertas.

—Señoras y caballeros, ¿podrían prestarme atención, por favor? Muchos pueden no saber esto, pero ocurre que soy maga. Venid conmigo niños. ¿Pueden los niños venir aquí al balcón? Voy a mostrarles a uno de los magos más grandes de todos los tiempos. Él es un secreto bien guardado.

Todos los niños, los cárpatos y los de los aldeanos, empujaron hacia adelante y los adultos se reunieron tras ellos. Kol alzó a Emma sobre sus hombros, y Leah cogió a la pequeña Angela mientras Tiago levantaba al pequeño Jace. Stefan aferraba a Chrissy por los hombros y la mantenía cerca, mientras Kachiri sujetaba las manos de Jane y otros dos niños las de Embry. Alec, sintiéndose bastante mayor, tenía la responsabilidad de la última niña, la pequeña Blythe.

Mientas hablaba, pequeños pulsos de luces coloreadas tintineaban alrededor de la mujer y la nieve caía sin tocarla nunca. El mundo a su alrededor parecía deslumbrante y majestuoso, remolinos de niebla le cubrían los pies mientras bailaba a lo largo de la barandilla del balcón con sus pequeñas botas de elfo, su pelo se balanceaba alrededor como una capa, y su cara resultaba un poco mágica a la plateada luz de la luna.

Colgaban cristales de los aleros y pulsaban con los mismos colores, suaves rojos, verdes, azules y amarillos, convirtiendo la noche en un despliegue de luz.

Un jadeo colectivo surgió de los niños, y Stefan tuvo que agarrar a Emma cuando esta se asomó al balcón, mirando con respeto a las luces. Alice giró en un pequeño círculo y saltó de vuelta abajo delante de los niños.

—Oh, cielos, creo que olvidé mi varita. La necesito para revelaros a San Nick. —Su voz bajó dramáticamente y miró a derecha e izquierda como si solo confiara en ellos—. Él siempre viene bajo la cobertura de la noche utilizando tormentas como esta para evitar que los niños le vean. —Miró de nuevo a su alrededor—. Si solo tuviera mi varita.

—Pero Alice —aventuró Chrissy— está en tu mano.

—¿De veras? —Alice se las arregló para parecer sorprendida y alzó la brillante varita, haciéndola girar en un pequeño círculo. Llovió centelleante polvo de duende por todo el balcón cubierto de nieve—. Oh, bien, funciona. Déjame ver. Mirad al cielo e intentaré recordar como hacer esto. Solo lo he hecho una vez, sabéis, pero por vosotros, lo intentaré de nuevo.

Alice ondeó la varita en un gesto amplio mientras bailaba de nuevo por la barandilla. La caída de la nieve se apartó como si fuera una cortina. Un gran muñeco de nieve con ojos de carbón y una zanahoria por nariz se dio la vuelta, con aspecto culpable, y se alejó corriendo por el suelo hasta el pueblo.

—Oh, cielos, fue el equivocado. Ese era el Hombre de Nieve. Dejadme intentarlo otra vez —dijo Alice.

Los niños rieron cuando Alice trajo de vuelta la nieve, hizo otro vertiginoso baile y una vez más lanzó polvo de duende mientras abría la cortina de nieve.

Los niños... y la mayor parte de los adultos... jadearon de nuevo, algunos de ellos se pusieron las manos sobre la boca, en un esfuerzo por permanecer callados. Arriba en el cielo, donde las estrellas tintineaban y la luna brillaba, un reluciente trineo atravesaba la noche, arrastrado por renos. Un hombre con una barba blanca vestido con un traje rojo bordeado de piel blanca conducía a los renos. En el trineo había una enorme bolsa abultada por juguetes. Las campanas del trineo repicaban suavemente, y las luces pulsantes que iluminaban la nieve ahora iluminaban el cielo alrededor de los renos que arrastraban el trineo, haciendo que por un momento la cara alegre de Santa pudiera verse claramente, y al siguiente quedara suavizada por una luz pastel.

Sus ojos parecían ser tan negros como el carbón. Había nieve en su barba y sobre las riendas y las sillas rojas con flecos plateados de los renos. El trineo voló en círculos sobre sus cabezas. Un silencio cayó sobre la multitud cuando los renos descendieron más y más en un amplio círculo para finalmente tomar tierra en el techo sobre ellos. Nadie se movía. Podían oír el sonido de los cascos encabritándose sobre sus cabezas. Silencio. Entonces se oyeron pesadas botas caminando.

Todo el mundo giró la cabeza para ver a Santa junto al árbol, apilando regalos por todas partes. Se detuvo una vez para agarrar un puñado de galletas y también algunas zanahorias que Jane había hecho que los niños dejaran para sus renos.

Emma fue la primera en moverse, contoneándose hasta que consiguió que la bajaran para correr por la habitación hacia Santa Claus. Se detuvo, balanceándose sobre las puntas de los pies, levantando la mirada hacia él.

—¿Me trajiste un regalo?

Santa rebuscó en su bolsa.

—Creo que sí. ¿Dónde estaba? ¡Elfo! Necesito que me ayudes a encontrar el regalo de Emma.

Alice se puso un dedo en los labios.

—Santa cree que soy un elfo de verdad. —susurró a los niños—. Será mejor que vaya a ayudarle. —Atravesó de puntillas la multitud, con su sombrero se elfo oscilando y sus botas verdes sin hacer ningún ruido sobre el suelo.

Santa se sentó e hizo señas a los niños para que formaran una fila. Cuando la pequeña Angela fue colocada en su regazo, y tiró de su barba, Santa lanzó una mirada ardiente al elfo. Te aseguro que esta se la devuelvo a tu padre.

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Aiñ! Ya solo nos queda un capítulo! Este me encantó jajaja Jasper apareciendo como santa Claus! Muero de amor jajaja

No se olviden de pasarse por nuestro lindo grupo 'Twilight Over The Moon', tampoco olviden dejar un lindo comentario.

¡Nos leemos pronto!