Disclaimer: Harry Potter no me pertenece (llora), pero me gusta jugar con los personajes y ponerlos en situaciones que me hubiera gustado ver.

Este fic participa en el Fictober del grupo "Yo también estoy esperando un nuevo capítulo de Muérdago y Mortifagos", también es mi primer fic publicado, entonces por favor, tengan piedad.


3. Chocolate caliente

Marzo, 1996

Hermione Granger sabía que se preocupaba en exceso, pero es que no podía evitarlo. Muchos podían decir que era paranoica, incluso Harry, que tenía casi a todo el colegio en contra al inicio del año, trató de no estresarse con toda la situación, pero Hermione no podía solo relajarse.

Ella conocía a Harry y sabía que no les estaba contando todo. No es como si ella pudiera obligarlo, pero se alejaba por momentos.

Y ella, entre las reuniones del ED, obligar a Skeeter a realizar la entrevista para la revista " El Quisquilloso", sumado a que los exámenes estaban cerca, sus obligaciones como prefecta de Gryffindor y sus actividades como miembro activo del P.E.D.D.O., sentía que pronto sufriría de una de esas tan comunes crisis de nervios que tan bien conoció en su segundo año.

Lo único que quería hacer era echarse a llorar de la frustración, porque Umbridge no ayudaba para nada.

Por eso, cuando se topó a Draco Malfoy en una de sus tan recurrentes visitas a los elfos domésticos de las cocinas, jamás pensó que se relajaría en lugar de explotar contra él.


Lo único que Draco Malfoy quería esa noche era un chocolate caliente, y aunque sabía que era toda una molestia ir justo a las cocinas, no podía ocultar que le producía un placer extraño poder tener ese momento para él, regañando a cualquier estudiante fuera de la cama con sus privilegios de prefecto de Slytherin y miembro honorífico de la Brigada Inquisitorial.

Disfrutó demasiado cuando se topó con algunos estudiantes estúpidos de Hufflepuff a los cuales con mucho placer acusó con el viejo conserje.

Lo que no sabía era que su bebida no sería lo único que disfrutaría esa noche, aunque se pasara los meses que siguieron negándolo.


Lo único que podías escuchar esa noche en los pasillos solitarios eran los pasos de la bruja que cargaba una mochila enorme y que daba toda la pinta de haberse quedado dormida sobre algún libro, por las marcas en la mitad de su rostro.

Se dirigía, como algunas noches, a las cocinas de Hogwarts, porque últimamente no encontraba algún otro momento libre para intentar hacer entender a los elfos domésticos de Hogwarts que ellos también tenían derechos.

Eso, por supuesto, si le permitían la entrada.

Como aquella vez que Dobby recibió la ley del hielo de sus compañeros elfos por permitir que Hermione entrara y tratara de ponerles gorros y bufandas la Navidad pasada.

Hermione sonrió con ese recuerdo, porque incluso Harry tuvo que intervenir para que Dobby pudiera tener una convivencia normal con sus compañeros.

Y por esos pensamientos, olvidó que no era la única prefecta que podía rondar por las noches.

-Sangre Sucia- dijo alguien a sus espaldas.

Ese alguien que perfectamente podía reconocer. El rubio de cara afilada que se empeñaba en hacerle la vida imposible. Hermione lo ignoro, como casi siempre hacía.

-Acaso no sabes que es de mala educación no responderle a tus superiores, Sangre sucia…- rio Draco Malfoy a sus espaldas.

Hermione tomó su varita, porque ese joven nunca jugaba limpio.

-Sangre sucia, te estoy hablando…-

Estaba a punto de llegar al sitio de la cocinas, solo tenía que hacerle cosquillas a la estúpida pera y podría perderlo de vista.

Cuando le puerta apareció, no dudó en entrar, pero el empujón que recibió la hizo trastabillar y casi caer al suelo.

-Lástima- dijo Draco, caminando dentro de las cocinas sin inmutarse –si hubieras caído estarías en el lugar al que perteneces, sangre sucia-.

La sangre de Hermione hirvió, odiaba a ese maldito.

-¡Estúpido hurón!- le gritó en cuanto caminó dentro. El rubio ni se inmutó.

Los elfos domésticos los observaron en silencio, porque no sabían quién de los dos les daba más miedo, si el joven que los golpeaba y humillaba o la muchacha que los perseguía hablando sobre cosas abominables, como los sueldos y vacaciones.

No tuvieron mucho tiempo de pensar, porque Draco comenzó a gritar pidiendo una cena. Hermione se dio por vencida, estaba demasiado cansada como para gastar más energía con alguien como él. Ya regresaría otro día. Cuando dio media vuelta para irse, escuchó ese maldito comentario.

-Sabes sangre sucia, en lugar de pretender que puedes ser como nosotros, deberías servirme al igual que ellos-. Lo que Draco Malfoy nunca pensó fue que ese comentario le costaría el resto de su vida. Draco nunca supo cómo fue que la impura de Granger lo tomó por sorpresa.

Un elfo doméstico servía una bebida espumosa que tenía toda la pinta de estar hirviendo, fue ahí cuando Hermione lo supo.

- Sabes Malfoy…- dijo tomando la taza del aire en donde el elfo la mantenía flotando –creo que tienes razón-. La bebida estaba, en efecto, muy caliente. Perfecto.

Draco enarcó una ceja mientras la bruja caminaba hacia él y se acomodó en su asiento.

Hermione no sabía mucho sobre chicos, porque ella prefería estar en situaciones en las que tenía todo el control. Los chicos y las relaciones eran algo impredecible, pero eso no quería decir que no tuviera el conocimiento básico. En teoría, cualquier hombre fanfarrón, como lo era el mago que tenía enfrente, se cohíbe ante una mujer que toma el control de la situación. Era algo científicamente comprobado, y Hermione adoraba ese tipo de datos.

Para cuando la joven bruja estuvo tan cerca de él, Draco sabía que se traía algo entre manos. Su error fue no pensar en esa opción. Granger se inclinó sobre él, demasiado cerca para ignorarlo, con la taza humeante en las manos.

-Debería servirle Sr. Malfoy- Draco se quedó congelado. –Aquí está su chocolate . ¿Puedo servirle en algo más?-.

Draco sólo la miró. ¿Qué demonios estaba haciendo la sangre sucia?

La bruja se acercó aún más y Draco simplemente tragó. No podía pensar… ¿En qué momento llegó a esa situación?

Y una mierda.

Hermione supo que ganó cuando él se removió en su asiento. Fue entonces cuando vació el contenido de la taza humeante sobre el regazo del mago. Sonrió, vaya que era idiota.

Draco gritó una sarta de obscenidades y entre ellas maldijo las partes nobles del fundador de su casa.

Para cuando pudo reaccionar, se encontraba solo en las cocinas sin ninguna otra compañía que la de los elfos domésticos, que lo observaban aterrorizados en una esquina.


En los días que le siguieron a ese encuentro, nadie podía saber que cada noche, sin falta, Draco Lucius Malfoy iba a las cocinas a pedir un chocolate caliente.