Bombones y otros nuevos intereses

Al cuaderno que trajo de las termas apenas le quedan algunas páginas en blanco. Durante el mes que lleva en el Castillo, su habitación se ha ido llenando poco a poco de cosas variadas: Libros de arte, filosofía y magia, biografías de magos famosos, dibujos, piedras con formas y colores extraños… La pandereta cuelga de la pared, con todo su colorido y hay algunas plantas cerca de la ventana. A Haku aún se le hace raro tener ese espacio para él, para sus cosas. Tener pertenencias es algo a lo que no había dado importancia nunca antes. Siente que ha avanzado mucho, tanto en magia como aprendiendo otros temas que le interesan, así como en la relación con Cálcifer y su maestro. Aunque se mantiene respetuoso con ambos, siente que tiene amigos por primera vez. Le gustan las clases, pero también le gusta cuando hablan de cosas sin importancia, cuando Howl y él se compinchan para sacar de quicio a Cálcifer, cuando este último le da la razón a él vez de a su maestro con respecto a algún tema y cuando simplemente los tres comparten la sala de estar, cada uno con sus cosas.

Una noche, tras estar fuera todo el día, Howl llega con una caja roja de apariencia lujosa. Está llena de bolitas de chocolate, cada una con un interior sorpresa que tienen que ir descubriendo. Haku hace una mueca al morder una rellena de menta y le tiende el trozo restante a su maestro, quien lo toma cauteloso. Pero al morderlo, Howl se ríe.

—No me creo que no te guste el chocolate con menta —mientras, Haku finge un escalofrío—. Es mi favorito.

Sin embargo, pasa justo lo contrario cuando Howl muerde una bolita rellena de crema de naranja, la cual odia. A Haku parece encantarle. El mago está contento de que su aprendiz esté desarrollando poco a poco su personalidad. Muchas veces coinciden en gustos, pero muchas otras no y eso le gusta. Haku está aprendiendo muchísimo (y muy rápido) de él, pero sin convertirse en una copia suya. No se arrastra tras él imitándole en todo, sino que le trata como a un igual, siempre convencido de que sus propios gustos son igual de válidos que los de su maestro. A Howl, que está acostumbrado a que la gente le trate o con fanatismo o con miedo, ese nuevo trato le gusta.

Ojos fríos de bruja

Howl ya sabe que es más probable que lluevan panecillos de leche, pero de algún modo esperaba algo de preocupación por parte de Yubaba sobre el bienestar de su pupilo. "¿Está comiendo bien?" "¿Durmiendo bien?" "¿Teniendo una experiencia agradable?". Pero las preguntas de la bruja son más como "¿Qué le estás enseñando?" "¿No estarás usando sus poderes para tu beneficio?" Esa posesividad tan lejos de lo maternal le ofende, y no entiende cómo no ofende a Haku.

Cuando van a las termas para una reunión de seguimiento tras un mes en el Castillo, Haku parece que nunca ha salido de allí. Regio, tan "correcto" que roza lo mecánico. Aunque nunca lo admitiría, a Howl le intimida cuando se pone así. Por un momento tiene el fugaz pensamiento de que allí el chico parece más joven. Yubaba exige verle sólo un instante, como para comprobar que sigue entero. El mago se pregunta si se dará cuenta de que ya no tiene el parásito, y de si le implantará uno nuevo. Pero la vieja bruja parece conforme y le ordena que se retire. Cuando se quedan solos, le exige a él.

—Muéstrame la marca.

Howl vacila unos instantes, pero sabe que no tiene sentido resistirse. Se levanta la camisa y ahí está, sobre su pecho. El sello. Yubaba sonríe.

—Muy bien. Ahora dime, ¿cuánto hace que expulsó mi hechizo? —Howl baja la mirada— Me has decepcionado, Howl, esperaba que me lo dijeras tú mismo. ¿O pensabas que no me daría cuenta?

—No lo recuerdo, fue al cuarto o quinto día. Ni siquiera llevaba una semana en el Castillo. Yubaba, hasta que no lo expulsó no fue capaz de progresar…

—No se lo puse por lo que crees que se lo puse —interrumpe la bruja—. Haku es extremadamente poderoso, Howl. Debes tener cuidado.

Por su tono, Howl no sabe si es una advertencia o una amenaza.

Cuando vuelven al Castillo, Howl observa que, literalmente, Haku parece más joven sólo allí. El pelo le ha crecido unos centímetros y su cara parece menos redondeada, pero los cambios sólo pueden apreciarse fuera del mundo de los espíritus. "Es su cuerpo físico el que crece", se dice. Por un momento mira a los ojos solemnes del chico y recuerda las palabras de Yubaba. "Debes tener cuidado". Y un escalofrío recorre su espalda.

Howl, el peluquero más poderoso de su tiempo

El invierno es la estación que menos le gusta. No por el frío, sino porque todo está dormido. Los árboles duermen. Los animales duermen. Las ciudades quedan desprovistas de vida en la calle, todos están dentro de las casas, alrededor del fuego. El invierno es una época de introspección y así es como se siente Howl, introspectivo. Encerrado en sí mismo.

Haku lee al lado del fuego y Howl le mira sin que se dé cuenta. Han pasado cinco meses desde que está allí con él y es sorprendente la velocidad a la que aprende. Si no fuera porque le interesan más temas además de la magia, ya le quedaría muy poco que enseñarle. Los ojos verdes del niño-dragón se despegan de las páginas para posarse en los suyos y Howl retira la mirada algo avergonzado. Pero el chico no parece darle mayor importancia.

No pasa mucho rato hasta que Howl se encuentra mirándole otra vez. Ni siquiera se ha dado cuenta de en qué momento ha vuelto a dirigir su atención hacia el muchacho, pero sí se da cuenta de que éste está algo más alto y delgado, que sus facciones parecen haberse alargado un poco y que el pelo le llega por debajo de los hombros.

—Tienes el pelo más largo.

Haku vuelve a levantar la mirada del libro. Levanta una ceja.

—Se supone que es normal en este mundo, ¿no?

Howl ríe ante la cara de desconcierto del chico.

—Sí, es normal. Lo decía porque si quieres puedo cortártelo.

Dicho y hecho; un rato después Haku está sentado en una silla en el baño de arriba (el de Howl) con una toalla alrededor de los hombros y el pelo mojado. El mago le está peinando.

—Entonces lo quieres como lo traías.

—Sí.

—Muy bien.

Comienza a cortar y Haku se estremece.

—Perdón. Nunca había sentido algo así. El sonido es… agradable.

Conforme corta, va dejando parte del cuello del chico al descubierto. Es largo y esbelto. Le corta también el flequillo y es gracioso cómo Haku aprieta los ojos para que no le entre pelo en ellos. Cuando termina, el chico parece encantado con el resultado y con la experiencia. Howl se pregunta si a él no le vendría bien un corte, pero decide que va a probar a dejárselo un poco más largo.

Como las estaciones

A Haku le resultan curiosas las "estaciones del año". En su mundo, el clima se mantiene constante: lluvia a veces y tiempos de más sequía, pero nada más. Todo el tiempo crecen las mismas plantas y hace más o menos la misma temperatura. Debe admitir que no lleva muy bien el frío y es por eso que pasa casi todo el día pegado a Cálcifer.

Howl siempre le dice que en invierno todo está silencioso y es más aburrido, pero un día descubre que eso no es del todo cierto: está en la ciudad, comprando algunas cosas que su maestro le ha encargado cuando empieza a ver a gente con máscaras y ropas llamativas. Las calles están decoradas con farolillos de colores y hay puestos con manzanas bañadas en caramelo. Le recuerda un poco a Arbia. Nada más volver al Castillo, pregunta a su maestro, quien le dice que son los carnavales.

Le cuesta convencerle: a Howl no le gusta salir a la ciudad porque le conocen y es complicado pasar desapercibido. A veces la gente, sin educación ninguna, se acerca a él a pedirle trabajos mágicos. Sin embargo, Haku insiste en que si se disfraza bien nadie podrá saber que es él, y así lo hacen. Howl baja un baúl lleno de máscaras y túnicas súper extrañas y en un rato todo el salón está lleno de trapos. Haku escoge una máscara redonda de aspecto tribal que en su opinión resulta algo escalofriante y Howl una como de animal. Ambos se ponen túnicas con capucha para que les tape el pelo y poder abrigarse bien por debajo. La de Haku es verde; la de Howl roja.

La ciudad está llena de gente pero nadie reconoce a Howl con el disfraz. Haku, quien goza del privilegio del anonimato, no tarda en subirse la máscara para devorar una manzana de caramelo. Howl ve de lejos a Sam, pero decide no saludarla. Por algún motivo sabe que no se sentiría cómodo delante de su pupilo. Cuando vuelven al Castillo, volando, con las máscaras puestas para que no les dé el frío en la cara, le dice a su aprendiz que si el carnaval le ha parecido divertido, flipará con las lluvias de estrellas en verano. Intuye la sonrisa bajo la máscara del muchacho y se dice a sí mismo que Haku es a veces frío y a veces cálido, justo como las estaciones.

Una noche menos fría

Sucede una noche de finales de invierno. Han cenado fuera, en el estudio, y están de sobremesa sentados en el césped, cada uno con una manta por encima. Entre ellos, una lámpara de aceite les ilumina y la luz es lo suficientemente tenue para que también pueda verse el cielo estrellado. El frío fuerte ha quedado atrás y un manto verde de brotes nuevos se extiende ante sus ojos. Howl da un trago a su cuarta copa de vino.

Haku está a su lado, abrazándose las rodillas bajo la manta, sonriendo por algo que le acaba de decir. No sabe cuál es el detonante, pero de pronto le mira y se da cuenta de que se siente atraído por él. Se fija en la forma de sus ojos, de sus labios, en su porte, que sigue siendo elegante sentado en el suelo y envuelto en una manta. El chico parece darse cuenta de su escrutinio y le devuelve la mirada con esa expresión indescifrable. Howl dirige la vista de nuevo hacia sus labios. Se pregunta qué se sentirá al besarlos. "¿Serán tan blandos y suaves como los de Sam?" Cuando se hace consciente del lo que está pensando, una parte de él se horroriza. Por suerte o por desgracia, es una parte que el alcohol mantiene a raya.

Como si su cuerpo fuera desfasado con el tiempo, Haku parece haber crecido mucho desde que le conoció, hace poco más de medio año. Va dejando de parecer un niño y se está convirtiendo en un joven adolescente. Nunca le ha preguntado su edad (o la edad de su cuerpo, porque asume que para un dios la edad es un concepto que carece de sentido), pero diría que aparenta unos catorce años. Sacude la cabeza, con expresión soñadora, y se levanta.

—Me voy a dormir, Haku. Creo que he bebido demasiado. No tardes mucho en acostarte, mañana tienes una lección importante y querrás estar descansado.

—Sí, maestro Howl.

El mago no espera a que su pupilo se levante y entra en el Castillo. Cuando Haku le sigue, ya ha desaparecido por las escaleras.

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¡Muchas gracias por leer! Espero que os haya gustado y nos leemos en el próximo