Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es iambeagle, yo solo traduzco con su permiso.
Capítulo 12
—Tengo que confesar algo —anuncié ni bien estábamos en el departamento de Edward.
—Suéltalo —insistió él, encendiendo la luz y cerrando la puerta detrás de él.
Caminé hacia la sala, quitándome mis zapatos bajos y poniéndome cómoda en su sofá.
—Estas son mis confesiones —comencé a decir mientras él se ocupada de encender el televisor—. Justo cuando pensé que dije todo lo que tenía que decir, mi otra chica dice que tiene uno en camino...
—Es asombroso que no te percates que estás citando a Usher ahora mismo —señaló, sentándose en el sofá y colocando sus piernas largas cubiertas por jean sobre la mesa ratona.
—Cierto. Lo siento. Supongo que es una reacción inconsciente al escuchar la palabra "confesión".
Sus labios se curvaron en una sonrisa y chocó mi rodilla con sus nudillos.
—También tengo una confesión. Pero tú primero.
—Estoy embarazada —solté, golpeándome mentalmente una vez que las palabras salieron de mi boca—. Mierda. Lo siento. No, no. No estoy embarazada. Noté que mi confesión era completamente tonta y sentí la necesidad de decir algo muy importante.
Edward parpadeó. Dos veces.
—Necesito cerveza. ¿Quieres cerveza? —preguntó, colocando sus palmas sobre sus piernas mientras se levantaba lentamente del sofá—. Eso si es que no estás en la dulce espera.
—Lo único que espero es que me eches —murmuré, robando el control remoto que él había abandonado en el sofá—. Pero, sí, gracias. Me encantaría una cerveza. —O diez.
Estuve agradecida de los dos minutos a solas mientras que Edward desaparecía en la cocina. Pero entonces esos dos minutos terminaron y volvía hacia mí, ofreciendo una cerveza y sentándose más cerca de mí que antes.
—¿Qué estabas por decir? —Bebió su cerveza, mirando expectante—. Ya sabes, antes que anunciaras tu embarazo.
—Iba a decir que yo fui la que eligió esa película horrible, no Emmett —expliqué, hundiéndome en el sofá, deseando saber cómo conversar apropiadamente.
—Ahora entiendo tu razón para querer admitir algo un poco más escandaloso. Esa confesión fue peor de lo esperado, incluso para ti —dijo, sacudiendo la cabeza—. Además, ya sospechaba que tú elegiste la película.
—Como sea. —Mi primer trago largo de cerveza y logré beber media botella—. ¿Qué ibas a confesar?
—Yo fui el que te embarazó —dijo de inmediato.
Solté un suspiro, incapaz de contener mi sonrisa.
—En serio, Edward.
—Está bien. ¿En serio? Puede o no que hayas intentado besarme la noche en que Peter terminó contigo. —Su expresión cambió de arrepentido a divertido en cuestión de segundos.
—Espera, ¿qué? —Fruncí el ceño, tratando de recordar exactamente lo que pasó esa noche. Todo lo que lograba recordar era a Paula Deen mascullando la palabra "manteca" y a mí pateándole el trasero a Edward en tenis de mesa en la Wii.
—No recuerdo eso. Para nada.
—Eso suele pasar después del quinto shot de tequila —bromeó, encogiéndose de hombros rápidamente—. Te lo dije, de todas formas. La mañana siguiente. ¿Recuerdas?
—Dijiste que bromeabas —acusé, levantando la voz al menos cinco octavos.
—Sí, pero estaba bromeando sobre bromear.
—¿Quieres decir que me mentiste? ¡Eres un mentiroso!
—Oye, mira —dijo de repente, apagando el televisor e inclinando su cuerpo hacia mí, posando su brazo en el respaldo del sofá—. No te lo dije porque sabía que te asustarías y te pondrías rara.
—¡No me asusto! —discutí, poniéndome de pie apresuradamente. Él me observó intencionadamente y lentamente volví a sentarme—. No me pongo rara.
—Acabas de decirme que estabas embarazada.
—¿No me pongo tan rara? —pregunté, sabiendo que esta discusión la iba a perder
—¿Realmente quieres que conteste eso?
—No. Dios. Por favor, no. —Aunque era meramente mi segundo trago, decidí que era hora de terminar mi cerveza. Oh, por Dios. Era una alcohólica. O simplemente estaba sedienta.
—No te enfades —susurró, sus dedos rozaron mi hombro—. Debería habértelo dicho.
Me mordí el interior de mis mejillas.
—Está bien —mascullé, incapaz de apartar mi mirada de su boca—. Entonces, ¿no nos besamos esa noche?
—No.
—Y luego, un par de noches después me vuelvo a emborrachar y quise acostarme contigo... —comenté, sintiendo el calor en mis mejillas mientras decía las palabras.
Él sonrió, presionando sus labios.
—Sí.
—Temo lo que intentaré obligarte a hacer esta noche —dije, riéndome suavemente para esconder mi vergüenza.
—No te avergüences —murmuró, acercándose—. Quiero decir, no fue que me ofreciste una paja con los pies.
—Espera. —Levanté una mano—. ¿No te gusta eso?
—Quizás. Si eso es lo que te gusta.
Me ahogué en una carcajada.
—Edward. —Me estiré y dejé que mi mano se enrede en su cabello, cediendo ante la urgencia de tocarlo—. Es curiosamente dulce que me dejarías hacerte una paja con los pies si así lo quisiera.
Él se rio, percatándose de, o quizás sin importarle, lo ridículo que sonaba.
—Bueno, me gustas. Ya te dije eso.
Tragué, apartando mi mano de su cabello.
—Sí. —Exhalé, mirando entre nosotros—. Sí me dijiste eso.
—Solo han pasado dos minutos, pero ¿quieres otra cerveza? —ofreció, sus dedos largos y fríos encontrando su lugar en la parte posterior de mi cuello.
—Por favor —dije, un poco demasiado suplicante—. Quiero decir, claro. Sí. Genial. Eso sería bueno. Gracias... bro.
Él puso los ojos en blanco.
—No me digas "bro", Bella.
—Vale —respondí, agradecida de que tuviera suficiente autocontrol para no hablar con acento.
La confusión en su rostro me llevó a gruñir fuertemente y dejar caer mi cabeza en mis manos, tomando el aire muy necesitado.
—¡No puedo hacer esto! —grité, agitando mis brazos salvajemente frente a mi rostro.
—¿No puedes hacer qué? —preguntó él, volviéndose a sentar—. ¿Tener una conversación normal conmigo?
—Exacto. No puedo. No puedo hacerlo porque lo único en lo que pienso son tus labios y la forma en que tus dedos están aferrando delicadamente el cuello de la botella de tu cerveza...
—¿Delicadamente? ¿No podrías haber usado una palabra diferente?
—Está bien. Dedos largos y sexy de hombre. ¿Eso está mejor? —pregunté, exasperada, ignorándolo—. No lo sé, Edward. Me estoy volviendo loca porque te deseo y te gusto y no me pongo así alrededor de los tipos. Nunca.
—Lo sé —concordó él, suavizando su expresión—. Pero me gusta que solo actúes así a mi alrededor.
—Es molesto —me quejé—. ¿No estás molesto conmigo?
—Es entretenido —contestó, sacudiendo la cabeza.
—Solo deja de pensar, Bella —sugirió, como si fuera así de fácil—. Necesitas dejar de sobrepensar esto. —Sus ojos estudiaron mi rostro, ya no se veían divertidos ante mi locura.
—No puedo. ¡Está en mi sangre! —chillé, poniéndome de pie para dar vueltas por la sala—. Sobrepensar está en mi sangre. Es una maldición, una enfermedad, una...
—Bella. —Su voz es firme, tomándome por sorpresa y obligándome a terminar mi diatriba—. Detente.
—Sí. Gracias.
—Ven aquí —ordenó con voz áspera. Hice lo que dijo, acercándome lentamente hacia donde estaba sentado en el sofá.
—¿Qué? —pregunté, un mero susurro.
—¿Qué puedo hacer para que dejes de pensar? —cuestionó, sus labios temblaban.
Me encogí de hombros, bajando la mirada hacia él.
—Acércate más —instó, ofreciendo una mano.
Me acerqué hasta estar a su alcance, permitiéndole que tomara mi cintura, obligándome a que me parara entre sus muslos. Mi pecho subía y bajaba mientras sus manos pasaban por mi trasero, luego por mis muslos. Se me puso la piel de gallina y él sonrió, dejando que sus dedos se hundieran por debajo del dobladillo de mis shorts.
—¿Cuáles son las posibilidades de que no enloquezcas si te beso ahora mismo? —preguntó él, sin molestarse en ocultar su sonrisa.
Poniendo los ojos en blanco, coloqué ambas manos sobre sus hombros y me incliné. Él exhaló, rozando su nariz con la mía, nuestros labios tan cerca.
—No me volveré loca. Lo prometo —mascullé, cerrando la distancia y besándolo.
—¿Está bien esto? —preguntó, manteniendo sus ojos en los míos mientras sus dedos rozaban suavemente la tela de mis shorts entre mis piernas abiertas.
Asentí, exhalando temblorosamente.
—Necesito escuchártelo decir —demandó con brusquedad.
—Está más que bien.
Él se lamió los labios y apretó la mandíbula, considerando su próximo movimiento.
—Quítate estos.
Con mis ojos aún fijos en los suyos, llevé mis manos lentamente hacia el botón de mis shorts, bajando el cierre con cuidado y dejándolos caer hacia mis pies. Entonces, sus ojos abandonaron los míos y él inhaló fuertemente entre dientes antes de bajarme para estar a horcajadas sobre él en el sofá.
—Bell. Acabas... —murmuró incoherentemente, pasando sus manos por mi espalda y aferrando mi cuello, llevándome hacia sus labios.
Gemí en su boca cuando sentí sus manos en mi trasero, embistiendo mis caderas contra las suyas. Con un gimoteo necesitado, giré mis caderas lentamente contra él, sintiéndolo endurecerse.
—Te sientes tan bien —susurré temblorosamente, dejando besos a lo largo de su mandíbula y cuello—. Quítate tus pantalones —rogué, jalando de sus jeans.
Un beso más y me colocó con cuidado a su lado en el sofá así podía remover sus jeans. Una vez retirados, se volvió a sentar y se quitó la sudadera y la camiseta en un movimiento. Él tomó mi cintura, gruñendo cuando volví a mi lugar sobre su regazo.
Se estremeció ligeramente cuando pasé mis dedos por su estómago hasta llegar a su pecho. Soltando una risa temblorosa, enlazó mis dedos con los suyos.
—Bella. —Mi nombre salió de su boca, sonando muy diferente a cualquier otro momento en que lo había pronunciado antes.
Él metió su mano por debajo de mi camiseta, pasando sus dedos suavemente por mi estómago antes de colocar su palma en mi pecho, sus dedos ásperos contra mi pezón. Moví mis caderas contra las suyas, gruñendo ante la sensación de su polla frotándose contra mí. Pero no era suficiente.
—No es suficiente —jadeé. Mi estómago dio un vuelco cuando su otra mano se ubicó entre nosotros, haciendo a un lado el material de mi ropa interior.
—Quiero tocarte —gruñó—. ¿Puedo?
Me retorcí en su regazo, tratando de frotarme contra sus dedos. Él se levantó para besarme, aún sin molestarse en tocarme a pesar que sus dedos estaban tan cerca, justo allí.
—Edward —me quejé—. Necesito que me toques.
Él comenzó a sonreír, sus labios hinchados y rojos, ojos entrecerrados, provocando que mi estómago diera un segundo vuelco. Levanté mi trasero hasta que sus dedos ligeramente me rozaron, haciendo nada para aliviar el dolor entre mis piernas.
—Por favor —rogué de nuevo, inhalando cuando lentamente deslizó uno, luego dos dedos dentro de mí.
—Dios. Bella —siseó—. Estás muy mojada por mí.
—Porque te deseo —admití, cerrando los ojos y dejando caer mi cabeza contra su hombro.
—Lo haces, ¿eh? —preguntó con voz ronca, curvando sus dedos y rozando su pulgar contra mi clítoris—. Dime lo mucho que me deseas.
—Ya sabes —jadeé, respirando contra su cuello—. Ya lo sabes.
—Quiero escucharlo —murmuró, retirando lentamente sus dedos.
—Te deseo demasiado. —Hice un puchero ante las pérdida, estirando una mano entre nosotros y metiéndola en sus bóxers.
—Mierda —gruñó, observando con asombro mientras volvía a empujar sus dedos dentro de mí.
Intensifiqué mi agarre en la base de su polla, subiendo y bajando mi mano, amando el gruñido que salió de su pecho.
—Estás cerca, ¿o no? —preguntó, acelerando sus dedos, empujándome hacia el éxtasis.
—Sí —gemí—. Dios, sí.
—Quieres que te haga correr, ¿o no? —Sus palabras me alentaban y bombeé su polla más rápido.
—Mierda. Por favor. Edward —rogué por mi liberación, incapaz de concentrarme en algo que no fuera lo que me estaba haciendo.
Un ardor lento e intenso comenzó a asomarse en el fondo de mi estómago y no pude evitar jadear, sabiendo que estaba tan, tan cerca. Sabiendo que no quería a otro que no fuera Edward para que me hiciera sentir así. Sabiendo que no quería a otro que no fuera Edward, punto. Jadeé contra sus labios antes de dejar caer mi cabeza contra su hombro.
Usando su mano libre, él levantó mi cabeza y apartó el cabello de mi rostro.
—Quiero ver cómo te vienes, Bella —susurró con voz ronca.
Cerré mis ojos, jadeando en busca de aire y perdiendo el control, sus últimas palabras me llevaron a la cima mientras embestía su mano.
—Suéltalo —comandó mientras gemía, jadeando su nombre, pensando solo en él.
Lentamente comencé a recuperar los sentidos y abrí mis ojos, sonriéndole perezosamente a Edward.
—Oh, por Dios —susurré, mi pecho jadeaba rápidamente.
Él tragó con fuerza, aún mirándome con una expresión de lujuria mientras tomaba su polla.
—Mierda —siseó, dejando caer su cabeza contra el sofá y bombeando su polla, frotando su pulgar sobre su cabeza—. Eso fue muy caliente, Bella.
Observé, incapaz de apartar la mirada cuando él cerró sus ojos y aferró mi pecho con su mano libre. Entonces, su respiración se volvió irregular, mi nombre escapó de sus labios, y sabía que estaba pensando solo en mí.
Él abrió sus ojos, observando al techo.
—Santo cielo —dijo finalmente, levantando su cabeza y mirándome con ojos bien abiertos.
—Sí. Lo sé —acordé, tratando de no mirar el desastre entre nosotros.
—No estás volviéndote loca —notó, aferrando la parte posterior de mi cuello, pero esperando a que me inclinara para besarlo—. No aún, al menos.
—Bueno, fui capaz de contener mi oferta para una paja con los pies, así que estoy impresionada conmigo misma ahora.
Él me sonrió, soltando una carcajada, una pequeña confirmación que esto no sería raro o incómodo entre nosotros.
Mmm, espero que esto compense por no actualizar ayer jajaj
¡Gracias por comentar y hasta el próximo!
