¡Hola! Pensé esta historia para época navideña, la empecé el 24 pero no la pude terminar a tiempo. De hecho tampoco la pude terminar hoy, pero no quise que pasara este año. Aquí todavía estoy en el 2020.

Espero que, aunque ya no vaya mucho con las fechas, puedan leerla y disfrutarla. Le falta la segunda parte, que espero poder terminar en enero del 2021. Si les gusta, dejen review, ayudan mucho a los ánimos.

Si hay algún error, lo siento, Ya se acerca el año nuevo y estoy en fecha límite.

¡Feliz año Nuevo!


MILAGROS DE NAVIDAD

CAP. 1

El reloj de la sala dio las seis y treinta cuando Hermione Granger revisó el pequeño plato en el alféizar de la ventana. Seguía lleno.

La luz reflejada por la nieve que cubría el camino la cegó por un instante. Se frotó los ojos con los dedos y tomó el recipiente entre sus manos. El encantamiento de calefacción le evitaba sentir el frío del exterior, así que apoyó los codos en la orilla para percibir la brisa. La calle estaba desierta; era demasiado temprano como para que alguien anduviese rondando, aunque fuera la víspera de Navidad.

Hermione agitó el platito mientras volvía la cabeza hacía el interior de su pequeño apartamento en Hogsmeade. El papel tapiz celeste brillante resaltaba aún en la penumbra.

—Es el sabor que te gusta —dijo en voz baja—. Paté de hígado y calabaza.

Esa mañana se había cumplido una fecha más desde que había visto a Crookshanks, su gato, por última vez. Tres días antes, lo había dejado en aquel mismo lugar, disfrutando de la vista de aquella ventana. Aquel había sido uno de los días más ocupados en el Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas del Ministerio de Magia, donde había comenzado a trabajar, y había regresado a casa muy tarde. Por lo cual, ignoraba en qué momento a Crookshanks se le había ocurrido salir a dar un paseo y no volver más.

Hermione Granger había hecho todo lo que le habían aconsejado. Afiches con la fotografía de un gordo gato mitad Kneazle custodiaban cada poste del pueblo y las vitrinas de cada tienda. En ellos, Crookshanks agitaba la cola muy apaciblemente y le bufaba a todo aquel que no le cayera en gracia. También había dejado abierta la ventana y había puesto su comida favorita para que pudiese olerla. El apartamento estaba en un tercer piso, pero sabía que Crookshanks encontraría la forma de llegar, tal y como había podido salir; después de todo, no era un gato cualquiera. Crookshanks estaba dotado de grandes capacidades gracias a que, en parte, era una criatura mágica.

Poco a poco, la luz de la mañana terminó de iluminar el pequeño pero ordenado espacio. La joven bruja tomó su varita, volvió a llenar el plato con comida fresca y lo dejó en el mismo lugar. Las campanadas del reloj de pared, marcando las siete en punto de la mañana, terminaron de quitarle la somnolencia habitual de las primeras horas. Así que se vistió y tomó un café lo más rápido que pudo, y enrumbó al trabajo a través de su chimenea conectada a la Red Flu. En víspera de Navidad, no era usual que los hechiceros que laboraban al servicio del Ministerio fueran a las oficinas, pero siempre había uno que otro detalle pendiente. Además, si había un lugar en el que podía estar informada del avistamiento de un mitad Kneazle, era justamente en su departamento.

Cuando llegó, la fila para tomar los ascensores se encontraba inusualmente libre esa mañana. La espera no fue mucha, pero fue la suficiente para distraer la vista con la decoración de aquel año. El vestíbulo daba la bienvenida a sus visitantes con coloridas guirnaldas que adornaban las paredes de madera oscura y pequeñas hadas revoloteando en el techo color azul eléctrico.

La enorme espalda del alto mago que tenía adelante le evitó distinguir bien a quiénes la precedían en la línea; sin embargo, le pareció ver una familiar mancha de pelo rubio platino entrando antes que ella. Ya había visto a Draco Malfoy en el Ministerio antes, solo que no sabía que el Departamento de Seguridad Mágica diera citas en víspera de Navidad. Malfoy no iba al cuarto piso —como ella—, sino al segundo, a la oficina de Servicios Administrativos del Wizengamot. No necesitaba ver su insignia de visitante para saber eso, todo el mundo lo sabía.

Al finalizar la guerra, la familia Malfoy había tenido que rendir cuentas ante la comunidad mágica. Los juicios a los seguidores de Voldemort todavía continuaban luego de más de casi dos años y los Malfoy habían sido los primeros en ser juzgados. Muchos magos y brujas todavía resentían que, tanto Draco Malfoy como su madre, Narcissa, solo hubieran recibido castigos menores debido a su colaboración con la justicia; en cambio, aplaudían que Lucius Malfoy tuviese que purgar condena en Azkaban.

La fila avanzó y Hermione pudo entrar al ascensor. El hombre alto delante de ella ingresó, empujando y pidiendo disculpas, y se situó al fondo. Sin él para bloquearle la vista pudo observar mejor a los demás: Ben Rutter del Departamento de Deporte y Juegos Mágicos; una bruja de pelo corto y negro que le pareció haber visto en la Oficina del Uso Incorrecto de la Magia; Alfred Brown, un desmemorizador; y Draco Malfoy.

Su antiguo compañero de clase se pegó lo más que pudo al lado izquierdo y evitó hacer contacto visual. Hermione se quedó cerca a la entrada. Las puertas se cerraron y el ascensor comenzó a subir.

—Séptimo piso, Departamento de Deporte y Juegos Mágicos, que incluye el Cuartel General de la Liga de Quidditch de Gran Bretaña e Irlanda, el Club Oficial de Gobstones y la Oficina de Patentes Absurdas —indicó una voz femenina.

Nadie bajó.

—¿Qué tal, Hermione? —la saludó Alfred.

—Hola, Alfred. Todo bien —le respondió.

—¿Y qué pasó con el gato? ¿Ya apareció? Vi tus carteles cuando pasé por Hogsmeade.

—Aún no —le dijo, entre nerviosa y avergonzada. En parte por la presencia del Slytherin—. Pero gracias por preguntar.

—Sexto piso, Departamento de Transporte Mágico, que incluye la Dirección de la Red Flu, el Consejo Regulador de Escobas, la Oficina de Trasladores y el Centro Examinador de Aparición —volvió a decir la voz. De nuevo, no bajó ni subió nadie.

—Sobre el otro asunto —le indicó Alfred, bajando el volumen de su voz—. Tu permiso está listo, puedes pasar a recogerlo ahora, si gustas. La oficina estará abierta hasta las doce.

«Lo olvidé por completo. ¿Cómo puede ser?», se reprochó Hermione mentalmente.

—Quinto piso, Departamento de Cooperación Mágica Internacional, que incluye el Organismo Internacional de Comercio Mágico, la Oficina Internacional de Ley Mágica y la sede británica de la Confederación Internacional de Magos.

Las puertas volvieron a abrirse y esta vez ingresó un viejo mago de barbas largas y sombrero puntiagudo.

—Cuarto piso, Departamento de Regulación y Control de las Criaturas Mágicas, que incluye las Divisiones de Bestias, Seres y Espíritus; la Oficina de Enlace con Duendes y la Agencia Consultiva de Plagas.

—Subo en un momento. Gracias por el aviso y felices fiestas —se despidió Hermione antes de bajar.

La Oficina de Realojamiento de Elfos Domésticos se encontraba al final de un largo pasillo de paredes igual de oscuras y lustrosas que las del vestíbulo; con la diferencia de que de ellas colgaban cuadros de criaturas fantásticas en sus ambientes naturales, comiendo, cazando o simplemente pasando el rato. Entre las pinturas, resaltaba la de un joven mago delgado y de rostro amable. «Newt Scamander», decía en una inscripción en letras doradas ubicada en el borde inferior.

Hermione esperaba encontrar el lugar vacío y así fue. Además de ella, la oficina contaba solo con dos miembros más, que tenían sus escritorios detrás del suyo. El lugar era pequeño, pero bien organizado; algo de lo que se había tenido que encargar personalmente en sus primeros días ahí. Estaba lleno de archivadores encantados que no permitían un pergamino fuera de lugar y repisas con plumas y botes de tinta. Sobre su escritorio, encontró el correo del día: un triste par de documentos que revisó en pocos minutos.

«¿Cómo lo pude olvidar?», se repitió mentalmente, mientras se dejaba caer en su asiento. ¿Lo había olvidado de verdad o es que lo había hecho a un lado deliberadamente?

Sin pensarlo dos veces, tomó de nuevo el ascensor rumbo al tercer piso.

—Tercer piso, Departamento de Accidentes y Catástrofes Mágicas, que incluye el Escuadrón de Reversión de Magia Accidental, el Cuartel General de Desmemorizadores y el Comité de Excusas para los Muggles —escuchó, antes de que las puertas se cerraran tras ella.

La sede de los desmemorizadores era una oficina mucho más amplia que la de ella, incluso parecía estar mejor iluminada. Sus ventanas estaban encantadas —como la mayoría de las ventanas del Ministerio— para ofrecer una vista falsa del exterior que variaba según la temporada.

Hermione se acercó al escritorio de Margaret, una de las asistentes administrativas de la oficina, y le pidió el permiso que había ido a buscar.

—Déjame ver, querida —le dijo, buscando entre la pila de papeles del escritorio—. Creo que es este. Sí, este es. Wendell y Monica Wilkins, Sydney, Australia.

La mujer le pasó a Hermione una hoja de papel que llevaba por título PERMISO TEMPORAL DE ACERCAMIENTO.

—Sí, es este —le respondió Granger, tratando de que su voz no se entrecortara. Le dio las gracias y se fue.

La guerra mágica no había sido un acontecimiento sencillo para nadie. Ella lo sabía y lo vivía. Cuando había decidido ayudar a Harry Potter en la búsqueda de los horrocruxes de Voldemort, siempre había tenido claro que sus padres correrían un gran peligro. A cualquier mortífago le resultarían un objetivo más que interesante; siendo ellos los padres de Hermione Granger y, más aún, siendo muggles.

Para salvarlos de cualquier represalia, Hermione Granger había tenido que tomar la decisión más difícil de su vida: alejar a sus padres indefinidamente, y lo había logrado mediante el uso de la magia. Nadie podía negar que Hermione era una de las mejores brujas de su edad, sin embargo, alterar la memoria humana siempre había sido peligroso y ella había decidido correr el riesgo. Luego de darles nuevas identidades y establecerlos en Australia, había ido a enfrentar su destino, con la esperanza de volverlos a encontrar.

Cuando la guerra había terminado, Hermione había utilizado toda su capacidad para devolverles su vida pasada, pero había sido en vano. Revertir el hechizo había sido imposible hasta para los desmemorizadores del máximo órgano de gobierno de la comunidad mágica. Finalmente, dada la delicadeza del asunto y para preservar la tranquilidad de aquellos dos muggles, se había decidido que Hermione los visitara lo menos posible y, siempre, con el permiso del Ministerio.

Hermione regresó a su apartamento simplemente porque no tenía otro lugar a dónde ir. Se acomodó en el sillón y pasó la tarde ahí, contemplando aquella hoja de papel que le daba autorización de ver a sus padres desde la distancia. «Va a ser muy raro para ellos ver a una extraña frente a su casa todo el tiempo, Srta. Granger», le habían dicho. «Es lo mejor mientras encontramos la forma de revertirlo». Y aquella sería la segunda Navidad que pasaría observando a su familia desde la acera del frente.

La castaña amiga de Harry Potter no se levantó hasta que el cielo estuvo completamente oscuro, guardó el permiso en su bolso y se dirigió a la ventana. Revisó el platito de Crookshanks y lo encontró tal y como lo había dejado.

Hermione suspiró y miró a la calle, en esa ocasión Hogsmeade rebosaba de gente. Grupos de familias transitaban muy alegremente, alumbrados por los faroles de la calle adornados de rojo y blanco, y las luces multicolor de las vitrinas. Toda aquella felicidad navideña no hizo más que aumentar el dolor en su pecho, que poco a poco trepó hasta su garganta y salió de ella con un débil quejido. Las lagrimas se agolparon en sus ojos y, sin más fuerza para contenerlas, las soltó. Esa Navidad la pasaría incluso más sola.

Pero algo la hizo parar de llorar. Sin ningún aviso, alguien a quien no había esperado ver se apareció tres edificios antes que el suyo, frente a una pequeña tienda de dulces. El cabello rubio platino de Draco Malfoy podía verse bajo la capucha del pesado abrigo negro que llevaba puesto. Hermione pensó que, debido a su pasado, podría haberse puesto otra cosa.

Draco le echó un vistazo a la tienda y luego a los demás establecimientos. Buscaba algo, pero Hermione no sabía qué. Lo vio avanzar unos pasos, mirando hacia todos lados, hasta que llegó justo frente a ella. Él pareció hallar lo que buscaba y ella lo vio dirigirse a su puerta de entrada.

Hermione se quitó de la ventana lo más rápido que pudo. «¿A quién podría visitar aquí?», se preguntó. Ni la anciana señora Wihlborg, ni Poppy —otra de sus vecinas— parecían ser material de visitas de un Malfoy. El resto de inquilinos había decidido pasar las fiestas en familia, en lugar de solos en un desvencijado edificio de apartamentos. Pero quizás Malfoy no sabía eso y era la visita de alguno de aquellos, pensó Hermione tratando de convencerse.

Instintivamente, posó la mirada en el pequeño farol que tenía al lado derecho de la puerta, el cual funcionaba como un intercomunicador mágico. Se sintió tonta por hacerlo. No había razón para que Draco Malfoy fuera a verla a ella.

La luz amarilla del farol se volvió azul claro. Alguien llamaba.

Hermione se acercó y el rostro del portero apareció entre las llamas.

—Srta. Granger —dijo el hombre. Hermione pudo percibir el nerviosismo de su voz—. La busca… la busca… la… la busca el Sr. Draco Malfoy.

Hermione se quedó perpleja y, por un momento, no supo qué hacer. Si a él le había causado una gran impresión ver a Draco Malfoy ahí, buscándola a ella, Hermione lo estaba todavía más.

—¿Le dijo… hmm hmm? —respondió, aclarándose la garganta—. ¿Le dijo cuál es el motivo?

—Dice que necesita hablar con usted, que es algo personal.

Hermione no respondió de inmediato. No sabía si era buena idea invitarlo a pasar o si debía bajar ella misma. Pero no podía hablar con él, si eso era lo que necesitaba, en medio de la fría calle. Sería descortés, incluso para tratarse de Malfoy.

—¿Señorita? —la llamó el portero.

—Sí… este… sí, dígale que pase.

¿Draco Malfoy en su casa? Nunca lo hubiera imaginado. Y debía admitir que le daba curiosidad saber cuál era el motivo de su visita.

El timbre sonó. Hermione miró la puerta y aferró la varita que guardaba en el bolsillo del pantalón. Curiosidad o no, debía estar preparada.

Cuando abrió, Draco Malfoy seguía teniendo la capucha del abrigo sobre la cabeza. Se miraron unos instantes en los que ninguno dijo nada.

—Granger —dijo él, cortando el silencio y dejando ver su rostro por completo.

—Malfoy —respondió ella.

—Creo… que tengo algo que es tuyo.

Draco Malfoy entreabrió el abrigo con su brazo izquierdo y sacó de él a un gordo gato color naranja.

—¡Crookshanks! —gritó Hermione y tomó al animal entre sus brazos. Un nudo se le formó en la garganta y amenazó con hacerla llorar frente a una de las personas menos indicadas. Ella luchó para no hacerlo, pero algunas pequeñas gotas aún pudieron hacer brillar sus ojos.

—¿Cómo…? ¿Por qué tú…? ¿Cómo es que tú…? —preguntó confundida.

—Apareció a las afueras de Malfoy Manor hace dos días —le dijo, con una visible incomodidad—. No me preguntes qué hacía ahí o cómo llegó. No lo sé, no conozco a esa bestia. Hizo tanto escándalo que mi madre estuvo a punto de cocinarlo vivo. Tuve que dejar que pasara para que se callaran… él y mi madre.

Hermione abrazó a su gato aliviada de poder volver a verlo. Crookshanks le devolvió el saludo con un suave ronroneo; pero en cuanto olfateó su comida favorita, exigió ser puesto en el piso. En cuanto lo dejó ir, el silenció cayó otra vez, incómodo.

—Pues… —Draco tomó la iniciativa nuevamente—, eso es todo. Ya tienes a tu gato.

—Yo… —dudó Hermione—. Gracias, Malfoy.

La capucha del abrigo volvió a cubrir sus mechones rubios y Draco Malfoy emprendió la retirada. Hermione lo observó dar algunos pasos rumbo a la escalera, cuando se dio cuenta de que ni siquiera lo había invitado a pasar y se sintió el peor ser humano del mundo.

—¡Espera, Malfoy! —le gritó antes de que pisara el primer escalón y haciendo caso omiso de su sentido común—. ¿Quieres pasar?

El más joven de los Malfoy la miró sorprendido. La situación era lo bastante extraña para ambos.

El rostro de Draco Malfoy se contrajo en un gesto pensativo. Hermione esperó a que la mandara a volar. No sabía por qué lo había invitado a pasar, ni de lo que se suponía que podían hablar.

—Tengo que ir a casa —dijo él. Aunque no parecía que tuviera muchas ganas de ello.

—Claro… —dijo ella—. De todas formas, muchas gracias.

Una extraña nostalgia se apoderó de la Gryffindor cuando le dijo que no y en ese momento, Hermione sintió que había tocado fondo. Había estado dispuesta a tomarse un chocolate con Draco Malfoy con tal de no estar sola en vísperas de Navidad. Se rio de sí misma por aquel extraño pensamiento, tomó la puerta y estuvo a punto de cerrarla, hasta que…

—¡Granger! —gritó él en el mismo lugar en el que se había quedado—. Creo que puedo pasar… solo un momento.

Hermione lo miró con la boca entreabierta, pero no dijo nada. Volvió a abrir la puerta y Malfoy cruzó el dintel.