¡Hola! Les traigo el segundo capítulo de Milagros de Navidad.
Batallé bastante con los acontecimientos y por eso demoré. Adelanto que este no es el capítulo final de la historia. Lamentablemente, no se logró condensar todo en solo dos capítulos. Si esperaron por este fic, lo siento mucho, van a tener que esperar más para leer el final. Por lo menos tendrá un capítulo más.
Si les gusta, déjenmelo saber en reviews. Siempre me alegra leerlos.
MILAGROS DE NAVIDAD
CAP. 2
El departamento de Hermione Granger era más colorido de lo que Draco Malfoy había pensado. No era que la tuviese constantemente en sus pensamientos, pero había tenido tiempo suficiente para hacerse algunas ideas cuando había tomado al gato para devolvérselo a su dueña.
—Siéntate —le dijo ella—. Tengo un poco de chocolate preparado; pero si no quieres, puedo hacer té.
—El chocolate está bien —respondió él.
La joven Gryffindor, aún nerviosa, caminó hacia el pequeño espacio que le servía de cocina.
Draco dejó el abrigo en el perchero al lado de la puerta y tomó asiento en un viejo sofá tapizado con una tela de flores que, en algún momento, habrían tenido que ser de un rosado muy brillante. ¿Se lo habrán entregado así?, pensó. Por alguna razón se imaginaba a Hermione viviendo en un lugar más parecido a un aula de Hogwarts. A través de los cristales de la ventana, pudo ver que había comenzado a nevar.
Hermione Granger regresó con dos tazas humeantes de chocolate. A Draco, aquella bebida le recordaba los viejos tiempos, aquellos en los que su vida todavía tenía la apariencia de ser perfecta. Había crecido con toda clase de mimos y comodidades en la mansión de la familia Malfoy, con todos los regalos con los que sus padres lo habían podido malcriar. A excepción de aquella dulce bebida que su madre tenía estrictamente prohibida durante la temporada navideña, por considerarla una costumbre simple y poco digna de un Malfoy.
Draco tomó su taza con ambas manos y le dio un sorbo mientras Hermione, sentada al otro lado del sofá, lo miraba fijamente. Debajo del abrigo, Draco llevaba una camisa y un pantalón igual de negros.
—Y… así que… ¿Estuvo con ustedes todo este tiempo? —preguntó ella.
Ambos dirigieron la mirada hacia Cookshanks, quien —después de comer— se había acostado de panza en el borde de la venta.
—Llegó a la mansión hace dos días. No tenía collar, así que no pudimos saber de quién era.
Hermione Granger y Draco Malfoy habían sido contemporáneos en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, pero jamás habían sido cercanos; lo que los hacía incapaces de reconocer a la mascota del otro. Todo lo contrario, habían pertenecido a las dos casas con el historial de enemistad más antiguo: Gryffindor y Slytherin. Además de eso, Draco Malfoy había sido criado con ideales de pureza de sangre y rechazo a todo lo no mágico; eso incluía, en especial, a Hermione, una bruja nacida de muggles.
—Nunca antes había escapado. No creí que fuese necesario ponérselo… Quizás ahora deba hacerlo.
La joven bruja anotó mentalmente que debía hacer una visita a la Tienda de Criaturas Mágicas, en donde seguramente encontraría el collar adecuado para Crookshanks. No sabía en qué se diferenciaban los collares mágicos de los collares muggles; en los segundos, normalmente colgaba una placa grabada con el nombre del animal y los datos del dueño. Hermione bebió de su chocolate y contempló su taza. No sabía qué más decirle, jamás habían charlado.
La situación de Draco Malfoy y la de su familia era más que pública en el mundo mágico. Todos sabían que habían podido rescatar muy poco de su antigua fortuna, ya que el Ministerio había decidido confiscar la mayoría como reparación por los crímenes cometidos por Lucius, el padre de Draco; y que habían estado cerca de la retención de su magia. Draco y Narcisa Malfoy habían salido libres de cargos, pero no se habían librado del escarnio social. Era muy raro verlos en público y se rumoreaba que no habían pisado Hogsmeade desde hacía mucho tiempo.
—¿Cómo es que…? —comenzó Hermione— ¿Cómo supiste que era mi gato?
Draco tragó el último sorbo de chocolate y dejó la taza sobre la mesa de centro. Hermione lo había tomado por sorpresa.
—Te escuché —respondió sin más.
—¿Me escuchaste?
—En el ascensor.
Hermione recordó que habían compartido el ascensor del Ministerio esa mañana y su conversación con Alfred.
—Ya veo —le dijo la chica. Una vez que la mente de Hermione Granger empezaba a trabajar, nadie podía pararla—. Pero eso fue temprano en la mañana…
—No me di cuenta de inmediato —se apresuró él —. Até cabos y deduje que podría ser tuyo… Luego tenía que ubicarte…
—Oh, claro…
Hermione terminó su bebida y jugueteó con la taza vacía entre sus manos. Los copos de nieve aún se veían cayendo a través de la ventana, mientras las tiendas de Hogsmeade apagaban sus luces poco a poco.
Clinc, clinc. Hizo el platito de Crookshanks al caer al suelo. El gato lo había dejado caer y había bajado del alfeizar maullando repetidamente.
—Oh, no —dijo Hermione—. Acabas de comer.
El gato, sintiéndose ignorado por su dueña, caminó hacia el sofá directo hacia Draco y se frotó en sus piernas.
—Parece que lo malcriaste.
—Si no le daba de comer, amenazaba con comerse un pavo real —dijo, agachándose para acariciarlo.
—Es extraño verlo así con alguien. Normalmente no se comporta como un gato, casi siempre es más un Kneazle.
—¿Es un mestizo? Lo imaginaba.
De un salto, Crookshanks subió al sofá, se acomodó al lado de Malfoy y continuó frotando su cabeza en él. Por algunos minutos, en la habitación solo se escuchó su ronroneo.
Hermione dirigió la mirada hacia el reloj, eran las 9:12 de la noche y Draco Malfoy aún estaba ahí. Era extraño, ella lo había invitado a pasar por cortesía, creyendo que no aceptaría. Pero ahí estaba, sentado en su sofá y jugando con su gato.
—Ehm… —comentó Hermione. Tratando de buscar las palabras correctas para pedirle que se fuera y que sonara lo más amable posible— Es un poco tarde ya y…
—Estoy aquí por algo más —la cortó él.
Hermione no pudo evitar asustarse. El ambiente había cambiado de un momento a otro y ahora Draco la miraba de frente y sin titubeos. Lentamente, tratando de no llamar su atención, volvió a tomar la varita que llevaba en el bolsillo.
Malfoy se percató de que la había puesto en alerta y le dijio:
—No voy a atacarte, Granger. Llevo dos años tratando de reinsertarme a esta sociedad y no pienso arruinarlo… Quiero hablarte sobre mi madre.
Hermione lo miró a los ojos. ¿Debería confiar en aquel muchacho que la había llamado sangresucia durante largos años? Lo volvió a ver, no había pasado tanto tiempo como para que fuera tan distinto; tenía el mismo cabello rubio y los mismos ojos grises que conocía. Pero, ¿era en realidad el mismo? Al fin y al cabo, la guerra los había cambiado a todos.
—Quieren reabrir el juicio de mi madre… y necesito tu ayuda.
Era la primera vez que Hermione Granger estaba tan cerca de Draco Malfoy como para poder analizarlo. Ahí, sentado en su sofá —con el semblante cansado y sin el usual porte orgulloso—, estaba aquel niño petulante que la había hecho menos durante toda su vida escolar. Draco era humano y por ende Hermione sabía que era capaz de sentir preocupación por alguien a quien amaba, solo que ella nunca lo había visto hacerlo.
—Pero ella ya fue juzgada. ¿Bajo qué motivos…?
—¡Bajo el motivo de que es Narcisa Malfoy! —le dijo, alterado. Cuando se dio cuenta, Draco trató de calmarse—. Es solo política. La fotografía de mi madre en Azkaban en la portada de El Profeta es algo que haría lucir muy bien al nuevo ministro.
Hermione no sabía qué responderle. Narcisa y Draco habían evitado ir a la prisión mágica solo porque habían decidido colaborar con la captura de varios mortífagos, los cuales habían sido sus amigos anteriormente. Por esa razón, incluso muchas de las familias sangrepura —que, aunque no habían participado activamente en la causa de Voldemort, compartían sus ideales— les habían dado la espalda.
La taza, ya bastante fría, aún seguía en su mano, así que la puso en la mesa.
—Bueno… —trató de responder ella— No sé qué decirte. De ser llamada a declarar, diré lo mismo que la primera vez. Tú ayudaste a que Harry no fuese descubierto durante nuestra permanencia en tu casa y tu madre lo ayudó a seguir con vida. Esa es la verdad y la mantendré.
—No es suficiente.
—No sé qué más podría hacer.
—Podrías… hablar con Weasley.
La guerra mágica había marcado a muchos de maneras distintas. Por ejemplo, tras saber lo que había ocurrido con sus padres, Hermione se había escondido tras los libros que siempre le habían servido de refugio y había decidido terminar su educación en Hogwarts. Harry Potter y Ron Weasley, por su parte, habían resuelto dejar atrás el castillo y ayudar en la búsqueda de los mortífagos fugitivos.
Para cuando los juicios habían comenzado, Lucius Malfoy, se había convertido en uno de los primeros mortífagos en vender información a cambio de una condena más favorecedora y se rumoraba que, si movía bien sus fichas, él y su familia podrían salir bien librados; ya había ocurrido una vez y podía pasar de nuevo. Para Hermione, todo pareció estar claro desde un principio: diría la verdad, aunque eso favoreciera de alguna forma a quien había sido la mano derecha de Lord Voldemort. El proceso de Harry fue un poco más largo, pero terminó aceptando que lo correcto era presentarse y decir todo como había pasado.
Para Ron las cosas habían sido distintas. Él se había negado rotundamente a participar en cualquier cosa que pudiera darle siquiera una oportunidad a quienes habían estado involucrados, directa o indirectamente, en la muerte de su hermano Fred, quien había caído en batalla. Hermione y Harry habían decidido comprenderlo y respetar su decisión.
—¿Con Ron? —preguntó Hermione.
—Es el único que no declaró…
—Su declaración no cambiaría nada…
—¡Necesitamos que hable, Granger! —dijo Malfoy alzando la voz—. ¡Solo dime si puedes hacer que lo haga!
Crookshanks había saltado del sofá y los había dejado frente a frente. Hermione trató de pensar en algo que decirle, pero ni su ágil mente fue capaz de encontrar algo mejor:
—No está en mis manos.
—¡Pero sí lo está! —le respondió Draco levantándose abruptamente del sofá—. Sí está en tus manos, lo puedes hacer. ¡¿No se supone que es tu novio?!
—Es hora de que te vayas, Malfoy. —dijo ella de inmediato. Draco había llegado demasiado lejos—. Es tarde.
Hermione se puso de pie también, caminó rápidamente hacia la puerta y la abrió.
—Escucha —Malfoy trató de calmarse a sí mismo—. Sé que no fue la mejor forma…
—Sal de mi casa —dijo Hermione muy seria.
—¡No hasta que me escuches!
—¡Sal de mi casa ahora, Malfoy! —Hermione tomó su varita del bolsillo y le apuntó con ella.
Draco la miró y le dedicó una sonrisa sarcástica.
—Ya te dije que no vine a atacarte —le dijo y levantó las manos socarronamente.
—No tienes ningún derecho de venir a mi casa y tratar de obligarme a absolutamente nada.
Hermione no le apartó ni los ojos ni la varita de encima. Su cabello castaño, de rulos enmarañados, caía por sus hombros y la hacía lucir especialmente amenazante.
—Está bien, me voy —dijo él—. Pero ¿sabes qué? Es bueno saber que, al fin y al cabo, no somos tan diferentes…
Malfoy escupió las palabras como frías dagas y Hermione volvió a ver al Draco Malfoy que había conocido en Hogwarts.
—Por años —continuó el Slytherin—, esa escuela se encargó de meternos en la cabeza que nosotros éramos los malos y que ustedes no eran capaces ni de matar una mosca. ¡Los valientes Gryffindor, los de buen corazón! Pero lo veo en tu cara, Granger. El rencor está ahí y no puedes ocultarlo.
—¡¿Rencor?! —respondió Hermione, mientras asía fuerte su varita—. ¡No voy a pedirle a Ron que entierre el recuerdo de su hermano muerto para ayudar a alguien que siempre lo vio como escoria! ¡Me humillaste por largos años por ser nacida de muggles y me llamaste sangresucia! ¡Y ahora llegas a mi casa a exigirme que te hagas favores! ¡¿Cómo puedes pretender algo de mí si ni quiera eres capaz de pedir perdón?!
—¡Me arrepiento de eso, Granger! ¡Cada maldito día!
Draco respiró agitado por un momento y la miró, como esperando que dijera algo. Hermione también lo miró con los ojos muy abiertos y siguió alerta, pero nerviosa. La mano que sostenía la varita ahora temblaba sin que ella pudiese controlarlo.
—No puedo volver el tiempo atrás —continuó, luego de unos segundos—. Sé que soy un cobarde, Granger. Que no soy capaz ni de pedir perdón por mis errores apropiadamente. No puedo, yo no…
Draco y Hermione se quedaron ahí, observándose el uno al otro. De pronto, el peso de todo lo vivido había caído sobre ambos.
—Señorita Granger, ¿necesita ayuda? —dijo una voz desde el corredor.
Hermione, que se encontraba de espaldas a la puerta, bajó la varita lo más rápido que pudo.
—No pasa nada, Sr. Hickey —dijo la chica, dándose la vuelta hacia el portero que había subido al escucharlos discutir.
—¿Está segura? —volvió a preguntar, esta vez mirando directamente a quien reconocía como un ex seguidor de Voldemort.
—Estoy segura —reiteró, tratando de parecer tranquila; aunque su rostro, que estaba rojo como un tomate, la delataba—. No debimos hacer ruido. No quisimos molestarlo. Solo estábamos charlando.
Tras una corta conversación, en la que el portero del edificio trató hasta de cerciorarse de que Hermione no estuviese bajo los efectos de una maldición, el Sr. Hickey por fin bajó las escaleras.
La joven volvió a cerrar la puerta.
—Si en algo ayuda —volvió a hablar Draco antes de ella diese la vuelta—. Ya no me queda casi nada, Granger. Ni amigos, ni familia. Ya ni siquiera puedo caminar tranquilamente por las calles. Todos saben lo que hice y tengo una hermosa marca en el brazo para recordármelo cada día.
—Nunca te he deseado eso, Malfoy.
El sonido de las campanadas del reloj irrumpió entre ellos de improviso. Cuando Hermione lo vio, las manecillas estaban a punto de marcar las diez de la noche.
—Debo irme —dijo Draco. Movió la cabeza nerviosamente y caminó hacia la puerta con decisión. Al pasar al lado de la mesa de centro, la golpeó con la pierna haciendo tintinear las tazas en las que habían tomado el chocolate y haciendo caer el bolso de Hermione al suelo, desparramando su contenido sobre el piso de madera.
El reloj iba por la cuarta campanada. Esa noche había sido una de muchas primeras veces para Hermione, en lo que a Draco Malfoy se trataba. Nunca antes lo había visto contraer el ceño después de haberse sentido torpe y nunca antes lo había visto actuar nerviosamente, como cuando intentó recoger lo que había tirado.
Hermione trató de decirle que no importaba, pero luego decidió agacharse y ayudarlo. Tenía muy pocos objetos personales en aquel bolso, pero de todas formas no quería que se encontrara con alguno de sus pequeños secretos. Tomó del piso un peine y un gancho de pelo, mientras Draco recogía algunos papeles y los colocaba sobre la mesita.
Cerca a la octava campanada, Hermione distinguió un documento de color amarillento en las manos de Draco.
—Esto es… —dijo Draco, observando el papel.
—Dámelo —le dijo Hermione, alarmada.
El reloj marcó las diez cuando la chica tomó el papel y ambos desaparecieron.
Crookshanks, sentado otra vez en el alfeizar de la ventana, observó el lugar en el que se habían esfumado mientras mecía suavemente la cola.
