CAPÍTULO 3

§•ΩΩ•§

No había sido una regresión.

Lo sabía porque llevaba todo el día teniendo regresiones de verdad, aterradores recuerdos resurgentes que la invadían, la abrumaban y la dejaban agotada y exánime cuando volvía a la realidad.

Hinata conocía los detalles de su particular pesadilla, le resultaban tan naturales como las facciones de su cara; pero los detalles que llevaban todo el día bullendo en su cerebro eran nuevos, distintos. Cuando despertó de su estupor la tarde anterior, logró recordar poco le la imagen del cuchillo al atacar, y seguía estando tan cansada que apenas consiguió hacer vida normal. Se fue temprano a la cama y durmió profundamente, sin soñar, casi hasta el amanecer, momento en que los detalles comenzaron a aflorar a la superficie.

Los golpes de recuerdos se sucedieron a lo largo de todo el día; apenas se recuperaba de uno cuando otro surgía en su conciencia, vívido y horrible. Nunca le había ocurrido nada igual; las visiones siempre habían sido agobiantes y agotadoras, pero siempre había conseguido recordarlas inmediatamente después. Estos ataques constantes la dejaban confusa e impotente por el cansancio. Varias veces estuvo da de llamar al doctor Hiruzen y contarle aquella aterradora novedad ero algo la hizo contenerse.

Una mujer había sido asesinada. Había sido real.

Que Dios la ayudara, las revelaciones habían regresado, pero esta vez era diferente, y no sabía qué hacer.

La visión había sido intensa, más intensa que ninguna que hubiera experimentado antes, pero no sabía quién era la víctima y tampoco podía distinguir dónde había ocurrido. Antes, siempre tenía al menos algún atisbo, alguna idea vaga de la identidad y el lugar de los hechos, pero esta vez no. Se sentía desorientada, su mente se esforzaba pero no conseguía encontrar la señal, igual que la aguja de una brújula en busca de un polo magnético que no existiera.

Había visto suceder el crimen una y otra vez en su mente, y cada vez obtenía más detalles, como si un viento fuera levantando las capas de niebla y cada vez que emergía de una repetición de la visión, más exhausta que antes, más horrorizada se sentía.

Estaba viéndolo a través de los ojos del asesino.

La mente de él se había adueñado de la suya, la fuerza mental de su rabia había echado por tierra seis años de bendita nada y la había sobresaltado, arrastrándola una vez más a una percepción extrasensorial. No era que la hubiera convertido en su objetivo, no había hecho tal cosa; aquella enorme oleada de energía mental no tenía un objetivo determinado ni un plan concreto; él no sabía lo que estaba haciendo.

La gente normal nunca se imaginaba que existían personas como ella, personas cuyas mentes eran tan sensibles que eran capaces de percibir las señales eléctricas del pensamiento, leer la energía residual de cosas que habían sucedido tiempo atrás, y hasta adivinar las pautas en formación de acontecimjentos que aún no habían tenido lugar. No era que aquel hombre fuera normal en todos los aspectos excepto en su falta de sensibilidad extrasensorial, pero Hinata hacía tiempo que había hecho la distinción para sí.

La gente normal era la que no percibía nada. Ella poseía la capacidad de saber, y eso siempre la había hecho estar aparte, hasta que seis años antes se vio atrapada en una pesadilla que todavía la atormentaba. Traumatizada, aquella parte de su cerebro se había cerrado; durante seis años había vivido como una persona normal, y le había gustado, de modo que quería que continuase aquella clase de vida. Con los años, había ido poco a poco permitiéndose creer que la percepción no volvería jamás, pero se equivocó; tal vez su mente había necesitado todo aquel tiempo para curarse, pero las visiones habían regresado, más fuertes y más agotadoras que nunca.

Y vistas a través de los ojos de un asesino.

Una parte de ella todavía albergaba la esperanza... ¿de qué? ¿De que no hubiera sido real, después de todo? ¿De que no estuviera volviéndose loca? ¿Prefería hacerse una ilusión antes que aceptar que las visiones habían vuelto, que su vida segura y normal había tocado a su fin?

Había hojeado el periódico del domingo, pero no había conseguido concentrarse; los destellos de recuerdos eran demasiado frecuentes, demasiado intensos. No había encontrado ninguna mención de un asesinato que le hubiera provocado una reacción. A lo mejor estaba, pero ella simplemente lo había pasado por alto; no lo sabía. A lo mejor no se había cometido cerca de allí, pero por alguna extraña casualidad ella había captado las señales mentales del asesino. Si la mujer viviera en otra ciudad, por ejemplo Tampa o Daytona, lo sucedido no aparecería en los periódicos de Orlando, y Hinata no conocería su identidad ni el lugar donde se encontraba.

Una parte de ella era cobarde. En realidad no quería saber nada, no quería volver a formar parte de aquella vida. Se había construido algo sólido y seguro allí, en Orlando, algo que quedaría destruido si volvía a implicarse de nuevo. Sabía exactamente lo que iba a pasar: no le creerían, y luego se reirían de ella. Después, cuando la gente se viera obligada a aceptar la verdad, se mostraría suspicaz y temerosa. Estarían muy dispuestos a servirse de su talento, pero no querrían su amistad. La evitarían, los niños pequeños se asomarían a su ventana un instante y echarían a correr, chillando, si ella les devolviera la mirada. Los niños algo mayores la llamarían «la bruja». Inevitablemente, los fanáticos religiosos empezarían a murmurar que aquello era «obra del diablo», y de vez en cuando aparecerían piquetes enfrente de su casa. No, tendría que ser idiota para meterse otra vez en aquello.

Pero no podía dejar de pensar en la mujer. Sentía la dolorosa necesidad de por lo menos saber cómo se llamaba. Cuando moría alguien, por lo menos había que saber su nombre, un vínculo diminuto con la inmortalidad que decía: esta persona estuvo aquí, esta persona existió.

Sin nombre, no había más que un espacio en blanco.

Así que, todavía estremecida de cansancio, se volvió hacia el televisor y esperó, medio aturdida, a que llegaran las noticias. Estuvo a punto de quedarse dormida varias veces, pero hizo un esfuerzo por seguir despierta.

-Probablemente no sea nada -musitó en voz alta-. Estás volviéndote loca, eso es todo.

Era un extraño consuelo, pero allí estaba. Los miedos particulares de cada uno eran diferentes, y ella prefería estar loca que tener razón.

La pantalla del televisor parpadeaba conforme los bustos parlantes saltaban de una historia a otra, y esa vez dedicaron un minuto entero a estudiar en profundidad el efecto de la droga y de las pandillas en los vecindarios del centro de la ciudad. Hinata parpadeó, súbitamente aterrada por la posibilidad de que las imágenes visuales la abrumaran mezcladas con las mentales, tal como había ocurrido en el pasado cuando percibía los sentimientos de las personas que había visto. Pero no sucedió nada; su mente seguía en blanco. Al cabo de un minuto se relajó y dejó escapar un suspiro de alivio. No había nada allí, ningún sentimiento de desesperación ni desesperanza. Comenzó a sentirse un poco más animada; si podía recibir aquellas imágenes y emociones de la misma forma que en el pasado, a lo mejor era verdad que se estaba volviendo un poco loca.

Continuó viendo la televisión, y de nuevo se sintió adormecer. Notó que empezaba a ceder a la fatiga y que se iba deslizando sin esfuerzo hacia un ligero sueño, aunque intentó recordarse a sí misma que debía permanecer despierta hasta que acabasen las noticias. ..

-…NŌNŌ YAKUSHI...

Hinata se sobresaltó violentamente cuando aquel nombre resonó dentro y fuera de su cabeza. Su percepción interior sirvió de amplificador del nombre que acababa de pronunciar el presentador de televisión. Se irguió con cierto esfuerzo en el sofá, pues no se había dado cuenta de que al dormirse se había resbalado hasta una posición horizontal. El corazón le latía con fuerza contra las costillas y notó su propia respiración presa del pánico, rápida y superficial, cuando miró la pantalla.

-La policía de Orlando no ha dado ninguna información acerca del apuñalamiento sufrido por la señora Yakushi, ya que todavía es objeto de investigación.

En la pantalla apareció una foto de la víctima. Nōnō Yakushi. Aquélla era la mujer que había visto Hinata en la visión. Nunca había oído su nombre, pero experimentó una intensa sensación de reconocerlo, demasiado intensa para ignorarla. El solo hecho de oír el nombre en televisión actuó como un megáfono dentro de su cabeza.

Así que era cierto, era real. Todo ello.

Había vuelto la percepción. E iba a hacer trizas su vida si ella no hacía algo al respecto.

§•ΩΩ•§

El lunes por la mañana, Naruto contemplaba las fotografías de la escena del crimen, examinando cada minúsculo detalle una y otra vez al tiempo que dejaba que sus pensamientos fluyeran libremente, con la esperanza de que le saltara a la vista algún dato crucial que se le hubiera pasado antes por alto, algo que le mostrara una pista, cualquier pista.

No tenían nada por donde empezar, maldita fuera, absolutamente nada. Una vecina que vivía al otro lado de la calle había oído ladrar a un perro a eso de las once, según creía, pero los ladridos se interrumpieron y no volvió a oír nada más hasta el momento de ser interrogada. Quedó claro que el señor Yakushi se encontraba trabajando; había ayudado a otro obrero del muelle a descargar un camión, y la hora estaba completamente verificada. El examen médico no había podido establecer una hora exacta de la muerte, porque tal cosa resultaba imposible a menos que hubiera algún testigo, y desgraciadamente la franja de tiempo incluía la media hora anterior a que el señor Yakushi se hubiera ido a trabajar.

Naruto todavía experimentaba aquella sensación en el estómago: lo había hecho Yakushi. Según sus compañeros, el señor Yakushi tenía una actitud totalmente normal cuando llegó al trabajo, y estuvo haciendo bromas. Tendría que ser un verdadero monstruo, de lo cual nunca había dado el menor indicio, para haber acuchillado a su esposa, haberse lavado fríamente y cambiado de ropa y después haberse marchado a trabajar como siempre sin el menor rastro de nerviosismo.

No tenían ninguna muestra de semen, aunque el examen médico dijo que se habían encontrado laceraciones en la vagina que indicaban que la señora Yakushi había sido penetrada brutalmente. Tampoco tenían fibras ajenas a la casa, excepto las que habían traído consigo los miembros del Departamento de Policía de Orlando. No tenían muestras de cabello, ni púbico ni de otra parte. No tenían huellas. y no habían encontrado los dedos de Nōnō Yakushi.

-No tenemos una mierda -musitó, tirando las fotos sobre su escritorio.

Sai le acompañó con un gruñido. Ambos estaban cansados; apenas habían hecho un alto en las cuarenta y ocho horas que habían transcurrido desde que entraron en la casa de los Yakushi. y con cada hora que pasaba, se reducían las posibilidades de encontrar al asesino de la señora Yakushi. Los crímenes, o se resolvían rápidamente, o era fácil que no se resolvieran.

-Hecha un vistazo a la lista de basuras.

Le pasó la lista pormenorizada a Naruto, el cual se puso a mirarla. Contenía la basura típica: residuos de alimentos, cartones de leche vacíos, cajas de cereales, un surtido de correo de desecho sin ningún interés, bolsas de plástico de la compra de un par de tiendas, filtros de café usados, una caja de pizza con dos trozos sin comer, papel de cocina sucio, una lista de la compra antigua, la revista de programación de televisión de la semana anterior, un par de números de teléfono garabateados, un cheque anulado para la compañía telefónica, varios recipientes de aerosol vacíos, periódicos de aproximadamente una semana. ..Resultaba evidente que los Yakushi no reciclaban. Nada que fuera inusual o que estuviera fuera de lugar.

-¿Y estos números de teléfono? -preguntó.

-Acabo de llamar a los dos. - Sai se reclinó en su silla y puso encima de la mesa sus pies calzados de cuero italiano-. Uno es de una pizzería, el otro es de una compañía de cable.

Naruto soltó un gruñido. Se recostó en su silla y apoyó también los pies en la mesa. Dan Post en vez de Gucci, y además gastados.

Qué demonios.

Sai y él se miraron el uno al otro por encima de sus cuatro pies y los dos escritorios. A veces se les ocurrían las mejores ideas cuando estaban en aquella postura.

-La entrega de pizzas a domicilio implica que un desconocido entre en casa, y existen un cincuenta por ciento de probabilidades de que la compañía de cable haya enviado un técnico.

El rostro delgado y pálido de Sai se veía pensativo.

-Aun cuando hubiera ido un técnico a la casa, no habría sido de noche.

-Y probablemente sería esperar demasiado que la señora Yakushi pidiese una pizza a esas horas de la noche, para zampársela entera ella sola. El análisis del contenido de su estómago...- Naruto estiró el brazo derecho y rebuscó entre los papeles que poblaban su escritorio, y por fin extrajo del montón el que quería-. Aquí está. El médico dice que la víctima no había comido nada hacía por lo menos cuatro o cinco horas. Nada de pizza. Así que la pizza que había en la basura era de antes, por lo menos del almuerzo. Tal vez tuviera ya uno o dos días.-Pese a todas las tentadoras posibilidades, su experiencia le decía que no había existido ningún repartidor de pizzas.

-Podemos averiguar a través del señor Yakushi exactamente a qué hora pidieron la pizza.

-Y la compañía de cable podrá decirnos si tuvieron que mandar un técnico a la casa de los Yakushi.

-De modo que tenemos claramente uno, y posiblemente dos, desconocidos que estuvieron en la casa. Un repartidor de pizzas se habría quedado en la puerta, pero aun así podría haber visto a la víctima. En el caso del técnico, es probable que entrara de hecho en la casa.

-Las mujeres charlan con los técnicos -dijo Naruto con los ojos entornados mientras seguía aquel hilo de razonamiento-. A lo mejor ella le dijo que no ruciera ruido, pues su marido trabajaba en el turno de noche y estaba durmiendo en el dormitorio. El tipo dice: sí, yo también he trabajado en el turno de noche, y es muy duro. ¿Dónde trabaja su marido? y ella se lo dice, incluso le cuenta a qué hora sale del curro y cuándo llega a casa. ¿Por qué habría de preocuparse? Al fin ya! cabo, ¿le habría contratado la compañía de cable si él no fuera un honrado ciudadano ? Las mujeres no tienen problemas en dejar entrar a un técnico y contarles toda su vida mientras él trabaja.

-Está bien. - Sai cogió un cuaderno y se lo puso sobre las piernas-. Uno: Consultamos con el señor Yakushi exactamente cuándo entregaron la pizza, y quizá le pedimos que nos haga una descripción del repartidor.

-O repartidora; podría ser una chica. y lo mismo ocurre con el técnico.

-O técnica -le corrigió Sai-. Es posible. Si no, conseguimos el nombre de la pizzería y seguimos a partir de ahí. Dos: Hacemos lo mismo con la compañía de cable.

Naruto se sintió mejor. Al menos estaban trabajando y habían dado con una pista por la que empezar.

En ese momento sonó el teléfono. Era la línea interna. Apretó el botón y levantó el auricular.

- Uzumaki.

- Naruto --dijo el teniente Jiraiya-. Sai y tú venid a mi despacho.

-Vamos para allá. -Colgó el teléfono-. El jefe quiere vernos.

Sai bajó los pies de la mesa y se incorporó.

-¿Qué has hecho ahora? -se quejó. Naruto se encogió de hombros.

-Nada, que yo sepa. -Ciertamente no daba la imagen del poli duro de las películas, pero sí que tenía una habilidad especial para meter el dedo en el ojo de la gente y cabrearla.

Simplemente sucedía. No tenía mucha paciencia con los tipos chorras.

El despacho del teniente tenía dos grandes ventanas interiores; vieron a la mujer que estaba con él, sentada de espaldas a la puerta.

-¿Quién es ésa? -murmuró Naruto, y Sai sacudió la cabeza en un movimiento negativo.

Naruto llamó con un golpecito sobre el cristal, y el teniente Jiraiya les hizo un gesto para que pasaran.

-Adelante, y cerrad la puerta -dijo. En cuanto estuvieron dentro, les dijo:

- Hinata Hyūga, éstos son el detective Uzumaki y el detective Shimura. Están encargados del caso Yakushi. La señorita Hyūga tiene cierta información de interés.

Sai tomó asiento al otro lado de la mesa del teniente, separado de la señorita Hyūga.

Naruto se apoyó en la pared al otro costado de ella, fuera de su línea visual directa, pero donde todavía pudiera verle la cara. Ella apenas le miró a él ni a Sai; tampoco al teniente. En vez de eso, parecía estar concentrada en las persianas que cubrían las ventanas exteriores.

Se hizo un breve silencio mientras parecía reunir fuerzas. Naruto la observó con curiosidad.

Estaba tan tensa que casi podía ver cómo se le contraían los músculos. Había en aquella mujer algo que resultaba misterioso, algo que le hizo mantener la vista fija en ella. No era una belleza, aunque poseía unas facciones regulares y unos ojos que desde luego no eran nada duros, pero estaba claro que no hacía nada por atraer la atención. Llevaba zapatos negros y planos, una estrecha falda de loneta negra que le llegaba a mitad de la pantorrilla, y una blusa blanca sin mangas. Tenía un bonito cabello oscuro de aspecto limpio, pero se lo había peinado hacia atrás en uno de esos austeros moños franceses. Contaría unos treinta años, supuso, haciendo una valoración automática con su ojo de policía. Resultaba difícil calcular su estatura estando sentada, pero probablemente tendría una altura media, tal vez un poco menos. Estaba un poco más delgada de lo que le gustaba a él, pesaría unos cincuenta y cinco kilos; él prefería las mujeres blanditas más que huesudas.

Tenía las manos fuertemente entrelazadas sobre las rodillas. Naruto se sorprendió a sí mismo contemplándoselas: esbeltas, de huesos finos, sin joyas, y delataban a todas luces su tensión nerviosa, aunque no hubiera reparado ya en que su postura, más que inmóvil, era rígida.

-Soy vidente -dijo ella sin rodeos.

Naruto apenas reprimió un resoplido de burla. Sus ojos se cruzaron con los de Sai en una fugaz mirada que indicaba que los dos pensaban lo mismo: ¡otra de las pintorescas ideas californianas del teniente!

-El viernes pasado por la noche volví a mi casa en coche después de ir a ver una película - prosiguió ella en tono monocorde, carente de expresión, que no disminuyó la gravedad y aspereza de su voz. Era una voz de fumadora, se dijo, excepto que apostaría algo a que no fumaba. Las personas nerviosas como ella rara vez se daban a los vicios fáciles-. Eran más o menos las once y media cuando salí del cine. Acababa de dejar la autovía cuando empecé a tener una visión de un asesinato que se estaba cometiendo en aquel momento. Las... visiones son abrumadoras. Me las arreglé para salir de la calzada.

Hizo una pausa, como si se sintiera reacia a continuar, y Naruto observó que retorcía las manos hasta dejarlas sin una gota de sangre. Respiró hondo y siguió:

-Lo veo a través de los ojos de él-dijo en un tono sin inflexiones-. Entró por una ventana.

Naruto se puso rígido y concentró toda su atención en el rostro de la joven. No necesitaba mirar a Sai para saber que su compañero también se había puesto alerta.

El relato prosiguió a un ritmo lento, de cadencia regular, que resultaba extrañamente hipnótico. La mujer tenía los ojos muy abiertos y vacíos, como si mirase hacia dentro de sí.

-Todo está oscuro en la habitación. Espera hasta que ella está sola, la oye en la cocina, hablando con su marido. El marido se va. Espera hasta que el coche del marido sale de la rampa de entrada, y entonces abre la puerta y empieza a acecharla. Se siente como un cazador persiguiendo su presa.

»Pero ella es una presa fácil. La ve en la cocina, sirviéndose una taza de café. Saca un cuchillo del juego que hay allí, aguardándole a él. Ella le oye y se da la vuelta, y dice: ¿Sasori?, pero entonces lo ve y abre la boca para gritar.

» Está demasiado cerca, ya lo tiene encima. Él le tapa la boca con una mano y le apoya el cuchillo en la garganta.

Hinata Hyūga dejó de hablar. Naruto siguió concentrado en su rostro, que ahora estaba pálido y sin color excepto por el tono rosado de sus labios. Sintió cómo se le erizaba el vello de la nuca en reacción a aquel fantasmal tiempo presente que ella empleaba al hablar, como si el crimen se estuviera cometiendo allí mismo.

-Continúe -instó el teniente. Transcurrió un instante antes de que ella reanudara el relato, y su tono fue más frío que antes, como si de ese modo pudiera distanciarse de lo que estaba diciendo.

-La hace quitarse el camisón. Ella está llorando, suplicándole que no le haga daño. A él le gusta eso, quiere que ella le suplique, quiere que piense que no le pasará nada si se limita a hacer lo que él le ordene. Así es más divertido, cuando se dé cuenta de. ..

Se interrumpió y dejó la frase sin terminar. Al cabo de otro momento prosiguió:

-Usa un condón. Ella se siente agradecida, le da las gracias, él es amable con ella, casi gentil. Ella empieza a relajarse aunque sigue llorando, porque él no le está haciendo daño y cree que simplemente se marchará cuando termine. Él sabe cómo piensan las putas imbéciles.

»Cuando ya ha terminado, la ayuda a levantarse. Le coge la mano, se inclina y la besa en la mejilla. Ella se queda allí de pie, hasta que siente el cuchillo. El primer corte es superficial, lo suficiente para que ella sepa lo que va a pasar, y así él podrá ver el pánico en sus ojos más tarde, pero no debe ser tan grave que eche a perder la caza, así no habría diversión alguna.

» A ella le entra el pánico, chilla y trata de salir corriendo, y en él se desata la rabia. Durante todo este tiempo la ha contenido para jugar con la mujer, disfrutando de su miedo y su humillación, permitiéndole albergar esperanzas, pero ahora ya puede darle rienda suelta, ahora ya puede hacer lo que ha venido a hacer. Esto es lo que más le gusta, el terror total que ve en sus ojos, la sensación de ser invencible. Puede hacerle lo que le venga en gana, tiene un poder total sobre ella, y se regodea en ese placer. Es su dios; su vida o su muerte dependen de él, de su sola decisión. Pero su decisión es la muerte, por supuesto, porque eso es lo que más le gusta.

»Ella lucha, pero el dolor y la pérdida de sangre le han mermado las fuerzas. Consigue llegar al dormitorio y cae al suelo. Él está decepcionado; quería que la lucha durase más tiempo. Lo pone furioso que ella sea tan débil. Se agacha para cortarle la garganta, para terminar el trabajo, pero la puta se vuelve contra él. Estaba fingiendo. Le golpea. Él había tenía la intención de darse prisa, pero ahora le enseñará, no debería haber intentado engañarle con trucos. Su rabia es como un globo incandescente, que se hincha y lo llena por completo. La apuñala una y otra vez, hasta agotarse. No, no está agotado; es demasiado poderoso para estar agotado. Está aburrido. Ha acabado demasiado pronto; ya le ha dado la lección, pero esto no le ha procurado tanta diversión como esperaba.

Se hizo el silencio. Al cabo de unos instantes, Naruto se dio cuenta de que la joven había terminado. Aún seguía rígida en su asiento y con la mirada fija en las persianas de la ventana.

El teniente Jiraiya parecía decepcionado por la falta de reacción de Naruto y Sai.

-¿Y bien? -pidió impaciente.

-¿Y bien, qué?

Naruto se apartó de la pared. En su interior había empezado a crecer lentamente la rabia conforme escuchaba el relato frío y carente de toda emoción, pero se trataba de una rabia controlada. No sabía qué motivos tenía aquella mujer para haber ido allí, pero de una cosa estaba seguro, no necesitaba ser ningún vidente para saberla con seguridad: ella había estado allí.

Quizás hubiera asesinado ella misma a la señora Yakushi, quizá no, pero estaba en aquella casa cuando ocurrió. Como mínimo era cómplice, y si creía que iba a poder presentarse allí con aquella chorrada de historia y conseguir un montón de atención de los medios de comunicación mientras se quitaba de encima a todos, había topado con la persona equivocada.

-¿Qué opinas? -le espetó Jiraiya, irritado por tener que preguntar.

Naruto encogió los hombros.

- ¿Una vidente? Baje a la realidad, teniente: éste es el montón de mierda más grande que he oído en mi vida.

Hinata Hyūga se estremeció y separó lentamente las manos como si le costara hacerlo. Acto seguido, con la misma lentitud, volvió la cabeza y miró a Naruto por primera vez. A pesar de su rabia glacial, Naruto sintió que se le contraían bruscamente los músculos del estómago, como reacción. ¡No le extrañaba que Jiraiya hubiera quedado cautivado! Aquellos ojos eran del perla sacado del océano, profundos, claros e insondables, de esos ojos a los que un hombre puede mirar y olvidarse de lo que estaba diciendo. Había algo exótico en ellos, aparte de la riqueza del color; una especie de aura de otro mundo que él no acertaba a comprender del todo. Sin embargo, la expresión que mostraban era fácil de entender, y Naruto supo sin ningún género de duda que no la había impresionado precisamente con sus encantos.

Ella se puso de pie y le miró de frente, encarándose con él como si fueran dos adversarios en el viejo Oeste a punto de sacar las pistolas. Su semblante había adquirido una expresión calma y curiosamente distante.

-Le he dicho lo que sucedió -dijo con voz clara y decidida-. Puede usted creerlo o no, me es exactamente igual.

-No debería -replicó él en el mismo tono decidido. Ella no preguntó por qué, aunque Naruto hizo una pausa para que lo hiciera. Pero en lugar de eso su boca se curvó en una leve sonrisa sin humor.

-Me doy cuenta de que acabo de convertirme en su principal sospechosa -murmuró-. Siendo así, mejor será que ahorre tiempo para los dos y le diga que mi dirección es el 2411 de Hazelwood y que mi número de teléfono es el 555-9909.

-Conoce el procedimiento -dijo él con sarcástica admiración-. No me sorprende. -Dio un paso hacia ella, lo bastante cerca para que Hinata tuviera que levantar los ojos para mantener el contacto visual, lo bastante cerca para invadir su espacio y amenazarla sutilmente-. O puede ser que me esté leyendo la mente, ya que es vidente. -Puso énfasis en la última palabra- A lo mejor es capaz de decirme qué va a pasar a continuación, a menos que necesite una bola de cristal para saber lo que estoy pensando.

-Oh, para eso no hace falta ser vidente, no es usted muy original que digamos. -Se detuvo un momento, y le obsequió de nuevo con aquella sonrisa-. No tengo intención de salir de la ciudad.

No estaba retrocediendo, y Naruto volvió a notar que se le contraían los músculos del estómago. A primera vista, la joven parecía una persona gris, sin personalidad, temerosa de hacerse más atractiva, pero aquella primera mirada a sus ojos le había obligado a cambiar de opinión.

La mujer que tenía delante no carecía de seguridad en sí misma, y no estaba en absoluto intimidada por él aunque era treinta centímetros más alto. y además había otra cosa que le roía el cerebro; maldita sea, era su aroma, un aroma dulce y suave que no tenía nada que ver con el perfume y sí mucho con la piel femenina. Su involuntaria reacción le puso todavía más furioso.

-Ya veo que no. -Habló en tono grave y áspero-. ¿Hay alguna otra cosa que vea en su bola de cristal, algo que quiera decirme?

-Por supuesto que sí -ronroneó ella, y el súbito destello que vio en sus ojos perlas le dijo que había acertado al decir aquello-. Váyase al diablo, detective.

Continuará...