CAPÍTULO 4
§•ΩΩ•§
-¡Maldita sea, Uzumaki! - Jiraiya le dirigió una mirada furibunda-. ¿Tenías que ser tan gilipollas? Esa mujer ha venido aquí con la intención de ayudar, ¡por Dios! Nos ha proporcionado una información asombrosa. ..
-De asombrosa, nada -le interrumpió Naruto, sintiendo todavía los efectos de la rabia que bullía en su interior, aunque ahora por lo menos la mitad iba dirigida contra él mismo-. Si no lo hizo ella, estuvo allí cuando sucedió. O lo hizo, o es un cómplice, y nos está desafiando a que la pillemos en una trampa contándonos esa absurda historia de videntes.
-Ella sabe detalles que nadie más que el asesino, o asesinos, podría saber -dijo Sai lacónicamente-. Mierda, todos conocemos la basura que esos supuestos videntes describen en sus supuestas visiones. «Siento una impresión de la letra c» -imitó-. «Tiene algo que ver con la letra C, y está mojado... Sí, decididamente siento una sensación de humedad. El cadáver está cerca del agua».
-Lo cual reduce la búsqueda a todo el jodido estado -terminó Naruto-. Lo que ha descrito esa mujer no es la visión de un vidente, sino la declaración de un testigo. Estaba allí cuando sucedió, y para mí acaba de ponerse la primera de la lista.
-Ella no puede haberlo hecho -protestó Jiraiya débilmente, con clara desilusión.
-Sola no -concordó Naruto-. No habría tenido la fuerza suficiente.
-Está claro que debemos investigar a esta mujer -terció Sai.
El teniente suspiró.
-Ya sé que pensáis que ha sido una idea tonta, pero los videntes realmente han sido de gran ayuda en algunos casos en los que he intervenido.
Naruto soltó un resoplido.
-Por lo que a mí respecta, un vidente no es más que un psicótico.
-Está bien, está bien. - Jiraiya todavía parecía descontento, pero les hizo un gesto con la mano para que se fueran-. Id a ver qué lográis averiguar acerca de ella.
Regresaron a sus mesas, Sai detrás de Naruto.
-¿Qué demonios te ocurre? -murmuró contra la espalda de Naruto.
-¿A qué te refieres? ¿Acaso crees que debería haber fingido que la creía?
-No, me refiero a que la minga se te ha puesto tiesa como una porra, y estabas tan cerca que a punto has estado de pincharla con ella en la barriga -contestó Sai.
Naruto se volvió y miró furioso a su compañero, pero no se le ocurrió ninguna excusa que dar. No sabía qué había sucedido, sólo que a partir del momento en que ella le miró con aquellos ojos perlas, tuvo una erección tan intensa que ni un gato podría arañarla.
Todavía notaba los efectos.
-Diablos, no sé - dijo por fin.
-Amigo, si estás tan cachondo, más vale que te rasques lo que te pica antes de volver a encontrarte con ella. O se le da muy bien manejar un cuchillo, o está liada con alguien que lo maneja bien. Si yo fuera tú, no me gustaría que ninguna parte de mí cuerpo sobresaliera para llamarle la atención.
-Deja de preocuparte por mi vida sexual -le aconsejó Naruto en tono severo-. Tenemos que averiguar lo que podamos acerca de esa Hinata Hyūga.
•
§•ΩΩ•§
•
Nunca la habían puesto tan furiosa. Hinata estaba acostumbrada a encontrarse con una mezcla de incredulidad y burla, pero siempre había sentido una necesidad casi desesperada de conseguir que la gente le creyera, de convencerles de que podía ser de ayuda, de que lo que afirmaba era cierto.
Pero no experimentó esa necesidad en lo que al detective Uzumaki se refería. No le importaba un comino lo que pensara aquel neanderthal, suponiendo que fuera capaz de realizar un proceso mental tan avanzado.
A lo mejor era porque había tenido mucho miedo de acudir a la policía, siendo plenamente consciente del grado en que aquel paso iba a alterar su vida cuidadosamente construida. A lo mejor era simplemente que había cambiado. Pero cuando él se puso tan insultantemente despectivo, no sintió otra cosa que cólera. Desde luego, no iba a quedarse allí a rogarle que la creyera; ya llegaba tarde al trabajo, maldita sea, y aunque había llamado, la fastidiaba haberse tomado tantas molestias para nada. Se había sometido a la dura prueba de contar lo que había visto, ¡Y aquel idiota había dicho que era un montón de mierda!
Sus movimientos fueron bruscos mientras lidiaba con el intenso tráfico, Y sólo a base de fuerza de voluntad consiguió calmarse antes de provocar un accidente. Ya se había enfrentado a idiotas como aquél, muchas veces; no era nada nuevo, excepto por la manera en que se había acercado a ella, tratando de intimidarla con su tamaño.
Tuvo que buscar fuerzas para enfrentarse a él, para permitirle acercarse tanto. Él había usado la masculinidad como arma, sabedor de que cualquier mujer se sentiría amenazada por un hombre extraño que se irguiese así sobre ella, sobre todo uno que pareciese estar hecho de madera y comer clavos para desayunar. Dentro del estereotipo de poli bueno/poli malo, su aspecto le clasificaría automáticamente como poli malo. Nadie en su sano juicio esperaría benevolencia o consideración de un hombre así.
Casi la invadió el pánico cuando él se le acercó de aquel modo. En su mente, aún percibía el calor generado por su cuerpo, que se había adueñado del estrecho espacio que había entre ambos. Furiosa, se preguntó si habría hecho eso mismo si ella fuera un hombre; su instinto le decía que no. Aquélla era una táctica que utilizaban los hombres sólo con las mujeres, la amenaza del contacto. No dejaba de resultar curioso que algo tan simple, tan básico, pudiera ser también tan aterrador.
Se estremeció. No podría haber soportado que él la tocara; habría saltado como una cobarde total.
Como era tan tarde, fue difícil encontrar aparcamiento junto al banco en el que trabajaba.
Tuvo que dar tres vueltas a la manzana hasta que un cliente que se iba dejó un espacio del que consiguió apoderarse antes de que lo hiciera otro. Luego permaneció varios minutos sentada en el coche, respirando hondo y procurando calmarse un poco. Contempló el edificio del banco y encontró consuelo en su solidez. Su trabajo en contabilidad era agradable, seguro, desapasionado; lo había elegido a propósito cuando se trasladó allí. Los números la bombardeaban con ideas y sensaciones, no le pedían nada; sus cualidades no variaban nunca, un cero era siempre un cero. Lo único que tenía que hacer era alinearlos en columnas, meterlos en un ordenador y llevar la cuenta del debe y el haber. Los números eran siempre limpios, nunca se ensuciaban como los seres humanos.
Y resultaba agradable apoyarse en algo, aun cuando sabía que no tenía necesidad de hacerlo. La pequeña casa que había convertido en su hogar la había comprado para siempre, cuando decidió que quería vivir en Florida, lejos de Washington, en la otra punta del país. El doctor Hiruzen habría dispuesto lo necesario para que recibiera un cheque todos los meses, si ella hubiera querido; pero no quiso, pues finalmente prefirió ser independiente, sin todos los sistemas de apoyo de la Asociación. Incluso ahora, lo único que tenía que hacer era coger el teléfono y decir al doctor Hiruzen que necesitaba ayuda, y se la enviarían. Aunque no había sido culpa de él, ni de nadie, el doctor Hiruzen seguía sintiéndose culpable de lo que había sucedido seis años antes.
Suspiró. Le pagaban por horas; cada minuto que pasara allí sentada le sería deducido de su paga. Resuelta, se sacó de la cabeza al detective Uzumaki y salió del coche.
•
§•ΩΩ•§
•
-Eh, muñeca, ¿has encontrado ya algo interesante? -La detective Sakura Uchiha, que respondía sólo al nombre de «Sakura», dio unos golpecitos en la cabeza a Naruto al pasar por detrás de su silla.
Era una mujer alta, larguirucha y encantadoramente corriente, con una expresión habitualmente alegre y divertida que invitaba a sonreír. En general, para una mujer era duro ser policía, y concretamente detective, pero Sakura había encajado bien. Estaba felizmente casada con un entrenador de fútbol de instituto, enorme, que parecía estar dispuesto a descuartizar a cualquiera qule causase la menor molestia a Sakura. Sakura tendía a tratar a todos los demás detectives como si fueran los alumnos adolescentes de su marido, con una desconcertante mezcla de ligero coqueteo y actitud maternal.
Naruto la miró ceñudo.
-Este caso debería ser tuyo. Teníamos el fin de semana libre, maldita sea.
-Lo siento -dijo ella con aire angelical, al tiempo que saludaba a Sai con una sonrisa cuando éste levantó la vista del teléfono que tenía pegado a la oreja desde primera hora de la mañana.
-¿Qué tal la muela? -preguntó Naruto.
-Mejor. Estoy hasta arriba de antibióticos y analgésicos. Ha sido un absceso, de modo que ahora llevo un drenaje en la raíz.
-Qué horror. -La expresión era sincera.
-Sobreviviré, pero Utakata está ocupándose de conducir todo el tiempo mientras yo tenga que llevar esto. - Utakata era su compañero-. ¿Hay algo que podamos hacer para ayudar, alguna pista que podamos seguir? Tenemos nuestros casos para ocuparnos, pero por lo que ha llegado a mis oídos, la escena del sábado por la mañana parecía sacada de una película de terror.
-No fue agradable. -Una frase que se quedaba corta.
Sakura volvió a palmearle, esta vez en el hombro, y volvió a sus asuntos. Naruto también volvió a los suyos.
El trabajo de un detective resultaba aburrido la mayor parte del tiempo; consistía en hablar mucho por teléfono, revisar los periódicos o salir a hablar con personas cara a cara. Naruto había pasado las últimas horas enfrascado en las dos primeras actividades. Normalmente, Sai llevaba aquella parte del trabajo mejor que él, pues era más paciente, pero esta vez se puso a ello con gran determinación. Lo que le había sucedido a Nōnō Yakushi no debería sucederle nunca a nadie, pero realmente le cabreaba que Hinata Hyūga le hubiera dado en las narices con lo que sabía del caso.
-¿Tienes tú algo? -preguntó Sai, con evidente frustración en el tono de voz cuando colgó el teléfono--. No he conseguido nada con la pizzería ni con la compañía de cable. Toda la calle ha tenido problemas con el cable, pero por fin repararon la línea a una manzana de allí. No fue necesario entrar en ninguna vivienda. y la pizza fue entregada por una chica de dieciséis años. El señor Yakushi fue el que la pagó. Punto final.
-Aquí tampoco hay nada -murmuró Naruto-. Todavía.
Hinata Hyūga nunca había sido detenida, ni siquiera le habían puesto una multa de aparcamiento, según lo que logró averiguar. Pero no dejó que aquello le desanimara. Tal vez el nombre de Hinata Hyūga fuera un sobrenombre. Si era así, más adelante buscaría esa información. Se podía seguir la pista a las personas por su número de la Seguridad Social, el impuesto sobre la renta, utilizando diversos recursos. Sabía dónde trabajaba y qué coche tenía. Ya había enviado varias peticiones, como un registro de las llamadas que había hecho y recibido; cuando terminara con ella, sabría hasta su talla de sujetador.
Apostaba a que ya era capaz de adivinarla: 34C. Al principio habría calculado que no usaba más de una copa de tamaño B, pero aquella monjil blusa blanca engañaba. Había notado una seductora redondez...
¡Maldita sea! Tenía que dejar de pensar en el sexo, por lo menos en lo relacionado con aquella mujer. Cada vez que se acordaba de la inquietante y macabra historia que les había contado, casi se asfixiaba de pura furia.
Nōnō Yakushi había soportado una agonía indecible antes de morir, y Hinata Hyūga, si es que aquél era su verdadero nombre, intentaba convertirla en un espectáculo de segunda. No le sorprendería recibir una llamada de los medios de comunicación locales, en la que le preguntaran si había algo de verdad en el rumor de que la policía estaba trabajando con una vidente para encontrar al asesino. Si Hinata Hyūga buscaba publicidad, por el motivo morboso que fuera, su siguiente paso sería comunicárselo a los medios ella misma.
Todavía le asombraba el valor de la joven. Descontaba totalmente aquella mierda de la videncia; la única forma de que pudiera saber las cosas que sabía era habiendo estado allí.
Naruto no sabía si el asesino había actuado exactamente como ella lo había narrado, pero los detalles pertinentes de lo sucedido eran de una exactitud absoluta. El único modo de que hubiera tenido valor suficiente para llamar la atención sobre sí misma era que no existieran pruebas que la relacionaran con el crimen. El asesino había procedido con sumo cuidado; los forenses no habían logrado encontrar ni el más mínimo rastro de material ajeno al lugar del suceso. Por lo tanto, ella lo había hecho sólo por la emoción de dejar con un palmo de narices al departamento de policía, aireando los detalles en sus caras y sabiendo que no podrían ponerle un dedo encima.
Ella no había empuñado el cuchillo, Naruto estaba bastante seguro de eso. De modo que el verdadero asesino era alguien a quien ella conocía, alguien que le era cercano. Un hermano, tal vez, o un novio; alguien que estuviera lo bastante cerca como para compartir la tortura y el asesinato. Se la imaginó en la cama con el hijo de puta que había apuñalado a la señora Yakushi, y se le revolvió el estómago.
Había cometido un error al tentarle con aquella declaración. Ella era el hilo que le conduciría al asesino, y no lo soltaría hasta que llegase al final.
Se levantó y cogió su chaqueta.
-Vámonos -dijo a Sai.
-¿A algún sitio en particular?
-A hablar con los vecinos de la señorita Hyūga, a averiguar si tiene un novio.
•
No lo tenía. Los vecinos de la izquierda, una pareja de jubilados de Ohio, estaban seguros de eso. Ebizō y Chiyo, como se presentaron a sí mismos, describieron a Hinata como callada, simpática y siempre complaciente para recogerles el periódico y el correo cuando ellos estaban de visita en casa de su hija, en Massillon, y también para dar de comer al gato. No había muchos vecinos que fueran tan amables.
-¿Han notado que entrara o saliera alguien de la casa? ¿Recibe muchas visitas?
-No que yo haya visto, aunque, claro está, no nos sentamos a vigilar la casa de Hinata - dijo Chiyo con la altiva indignación propia de alguien que precisamente hacía cosas así-. No, no creo que haya visto nunca gente que haya venido a verla. ¿ y tú, Ebizō?
Ebizō se rascó el mentón.
-Creo que no. Es la vecina perfecta, sabe usted. Siempre dice algo cuando la vemos, no va por ahí con aire de desdén como hacen algunos. y además cuida de su jardín.
Naruto frunció el ceño mientras garabateaba en el pequeño cuaderno que llevaban encima todos los policías.
-¿Ninguna visita? -subrayó-. ¿Nunca?
Chiyo y Ebizō se miraron el uno al otro y se encogieron de hombros al tiempo que sacudían la cabeza negativamente.
-¿Ningún familiar? ¿Un hermano, una hermana?
Más negativas.
-¿Amigas? -gruñó.
-No -repitió Chiyo un poco irritada-. Nadie. Hasta se ocupa ella misma del jardín en vez de contratar a un chico o del vecindario. Nunca he visto a nadie por aquí salvo al cartero.
Un callejón sin salida. Estaba francamente confuso. Dirigió una mirada a Sai y vio el leve frunce de su frente, que indicaba que su compañero estaba igual de desconcertado. Los hombres podían ser seres solitarios, pero las mujeres rara vez lo eran. Probó por otra vía:
-¿Sale mucho?
-No muy a menudo, no. De vez en cuando va al cine, me se. No puedo creer que esté metida en ningún lío. Hace dos años, cuando Ebizō se rompió una pierna, ella se quedaba con él cada vez que yo tenía que salir. – Chiyo le miró con cara de pocos amigos.
Naruto se dio cuenta de que la chica lo reservaba todo para él, en vez de incluir a Sai en sus antipatías.
Cerró el cuaderno de golpe.
-Gracias por su ayuda.
Una ayuda escasa.
Los vecinos de la derecha hicieron prácticamente los mismos comentarios, excepto que la señora de la casa tenía dos niños pequeños pegados a sus faldas y no podía prestar demasiada atención a quien entraba o salía de la casa de al lado. No, nunca había visto que Hinata tuviera una visita.
Regresaron al coche y subieron a él. Los dos se sentaron en silencio y contemplaron el número 2411 de Hazlewood. Era un pequeño bungalow limpio y fuerte, típico de las casas construidas en los años cincuenta, aunque había sido repintado de un frío color arena y animado con esos toques que las mujeres ponen en sus nidos, con un reborde de lo que para él era un color crema pero cuyo nombre sólo conocían los homosexuales y las mujeres. El porche de la entrada estaba decorado con un par de helechos y unas cuantas flores de color rosáceo, todas en macetas que colgaban de unos aros.
Y bien, ¿qué era lo que habían averiguado? ¿Que su sospechosa más probable parecía ser más bien una especie de monja?
-Ese porrazo que acabamos de oír es el que nos hemos dado nosotros, al chocar contra una pared vacía-dijo Sai por fin.
Naruto frunció el entrecejo, pero no había forma de negarlo. Se sentía frustrado y enfadado, pero en el fondo notaba una cierta sensación... ¿de alivio? Maldita sea, ¿qué le estaba pasando? ¿Se sentía aliviado porque un caso de asesinato se estaba convirtiendo en un importante dolor de cabeza y no había sido capaz de encontrar nada en la mejor pista que tenían?
-Tiene que haber estado allí --dijo--. Sabía demasiado.
Sai se encogió de hombros.
-Existe otra posibilidad.
-¿Cuál?
-Que sea una vidente auténtica -sugirió en tono ligero.
-No me vengas con ésas.
-Entonces busca tú otra explicación. A mí no se me ocurre ninguna. He estado pensando en ello, y nada de lo que hemos podido averiguar sobre esa mujer nos ha proporcionado el menor indicio de que esté involucrada en algo así. Por muy raro que parezca, puede que merezca cierta credibilidad.
-Ya, y puede que los extraterrestres aterricen en el césped de la Casa Blanca.
-Hazte a la idea, tío. Esa vecina es de las que se asoman por la ventana cada vez que se acerca un repartidor de pizza por la calle. Si Hinata Hyūga saliera, o alguien entrara en su casa, puedes apostar a que no habría pasado inadvertido.
-Aún no hemos averiguado quiénes son sus amigas del trabajo, con quién va a comer.
-Ya. Bueno, vamos a ver qué tal se nos da. Por mi parte, sé reconocer un callejón sin salida cuando veo uno.
Continuará...
