CAPÍTULO 5

Lo vio en cuanto salió del banco. Estaba solo en su coche, allí sentado, mirándola. El sol de las últimas horas de la tarde se reflejaba en el parabrisas y le impedía ver con claridad su rostro, pero sabía que era él.

El detective Uzumaki.

Aunque en realidad sólo podía discernir la anchura de aquellos fuertes hombros y la forma de su cabeza, lo reconoció gracias a algún primitivo instinto de conservación, una actitud de alerta frente al peligro.

No salió del coche, no la llamó. Simplemente la observó.

Hinata fue rápidamente en dirección a su automóvil, negándose fríamente a reaccionar a su presencia. Cuando salió del aparcamiento, él arrancó y se puso a seguirla de cerca.

Y permaneció allí, pegado a su parachoques trasero, mientras ella se abría paso entre el tráfico normal de la tarde. Si se creía que iba a ponerla nerviosa con aquel juego adolescente, iba a llevarse una sorpresa; sus nervios ya habían sido puestos a prueba en circunstancias más difíciles que aquélla, y había sobrevivido.

Tenía recados que hacer, cosas que habría hecho durante el fin de semana si no se hubiera visto agobiada por aquella horrible pesadilla. No permitió que la presencia del detective le impidiera hacerlas; si quería ver lo que hacía después del trabajo, le esperaban intensas emociones.

Se detuvo frente a la tintorería, donde dejó unas cuantas prendas para limpiar y recogió otras ya limpias. La siguiente parada fue en la biblioteca, a devolver dos libros. A continuación fue al supermercado del barrio. En cada parada, él aparcó el coche lo más cerca que le fue posible, dos veces a su lado, y aguardó imperturbable a que regresara.

Cuando Hinata salió del supermercado, él observó cómo empujaba el carro, cargado con cuatro bolsas, hasta la parte de atrás del coche y lo frenaba con un pie para que no se deslizase mientras abría el maletero.

El detective salió del coche y se plantó a su lado casi antes de que el ruido de la portezuela al cerrarse llegara a alertarla. Giró la cabeza bruscamente y le vio allí, grande y tenebroso como una tormenta. Llevaba los ojos ocultos por unas oscurísimas gafas de sol. Las gafas de sol siempre la hacían sentirse vagamente incómoda. Como siempre, su presencia física fue tan fuerte como un puñetazo; tuvo que contenerse para no dar un paso atrás.

-¿Qué quiere? -le preguntó con frialdad.

Él extendió una enorme mano y levantó sin esfuerzo una de las bolsas del carrito para meterla en el maletero.

-Sólo ayudarla con la compra.

-Toda mi vida me las he arreglado sin usted, detective, de modo que ahora también.

-No es ningún problema. -La sonrisa que le obsequió era a la vez burlona y carente de humor. Cargó en el coche las bolsas que quedaban-. No se moleste en darme las gracias.

Hinata se encogió de hombros.

-De acuerdo.

Se dio la vuelta, abrió la portezuela y se sentó al volante. El espacio de aparcamiento que tema enfrente estaba vacío, lo cual quería decir que no tendría que salir marcha atrás; enfiló por medio del espacio de delante y dejó que el detective colocase el carrito o que hiciera con él lo que le viniera en gana. No estaba de humor para ser educada; estaba cansada, deprimida y enfadada. Peor aún, estaba asustada, aunque no del detective Uzumaki, por muy desagradable que fuera éste; sus miedos eran mucho más profundos.

Tenía miedo del monstruo que había destrozado a Nōnō Yakushi.

Y tenía miedo de sí misma.

Cuando se detuvo en el siguiente semáforo después de salir del supermercado, ya le tenía otra vez a la espalda. Aquel hombre poseía verdadero talento para desenvolverse en medio del tráfico.

La vista de su casa no fue tan estimulante como de costumbre. Tenía la irónica certeza de que su refugio iba a ser violado por un hombre grande e implacable al que por lo visto había desagradado de inmediato. Estaba acostumbrada al escepticismo de la gente, pero no al desagrado; aquella actitud la hería un poco, aunque le causaba Sorpresa experimentar ese sentimiento. El detective Uzumaki no significaba nada para ella, así que debía de ser simplemente que era propio de la naturaleza humana querer que los demás piensen bien de uno.

Tal como esperaba, Uzumaki subió la rampa de entrada antes de que ella tuviera tiempo de apagar el motor. Salió de su coche, se quitó las gafas de sol y se las guardó en el bolsillo de la camisa. A pesar de la incomodidad que le producían las gafas de sol, Hinata deseó de pronto que no se las hubiera quitado, porque sus ojos de color celeste cielo, iluminados por los últimos rayos del sol poniente, eran duros y de una intensidad que daba miedo.

-¿Qué quiere ahora ? -le preguntó-. ¿O es que se ha dado este paseo para ayudarme a bajar las bolsas de la compra?

-Ha dicho que puede arreglárselas sin mi ayuda -señaló él-. He pensado que podíamos charlar un rato.

Alguien salió de la casa vecina. Hinata levantó la vista y vio a su vecina, Chiyo, de pie en el porche, mirándolos con curiosidad. La saludó con la mano y un «hola». El detective Uzumaki también agitó la mano.

-Me alegro de volver a verla -dijo.

Hinata, ceñuda, controló su genio. Por supuesto, el detective ya había interrogado a los vecinos; no habría esperado otra cosa de él. Aquella mañana había dejado claro que sospechaba mucho de ella.

A pesar de lo que había dicho, cuando ella abrió el maletero sacó las cuatro bolsas repletas de la compra, dos en cada mano.

-Después de usted -dijo cortésmente.

Ella se encogió de hombros; si estaba dispuesto a cargar con la compra, ella estaba dispuesta a permitírselo. Abrió la puerta de la casa y la mantuvo abierta para que pasara él, luego le siguió al interior y le guió hasta la cocina, donde él dejó las bolsas encima de la mesa.

-Gracias - le dijo.

-¿Por qué me da las gracias ahora, cuando antes no lo ha hecho?

Hinata enarcó las cejas.

-Usted me dijo que no lo hiciera. -Empezó a sacar las cosas de las bolsas-. ¿Qué es lo que le preocupa, detective?

-Un asesinato.

Las circunstancias de la muerte de Nōnō Yakushi no eran algo que ella pudiera tomarse a la ligera. Sus facciones se volvieron tensas al decir, sencillamente.

-A mí también. -Sus ojos se agrandaron y adquirieron una expresión atormentada.

Uzumaki se apoyó contra el armario y la contempló pensativo mientras ella se movía por la cocina, se agachaba para guardar esto aquí, se estiraba para poner eso allá. No se le había escapado la tensión que revelaba su semblante.

Recorrió la estancia con la vista. Le gustaba la cocina, lo cual era un pensamiento más bien inquietante; fuera lo que fuera lo que había imaginado del interior de aquella casa, no coincidía con aquel ambiente tranquilo y acogedor. Su propia cocina era estrictamente funcional; la de Sai contenía lo último en tecnología y resultaba de lo más intimidatorio. Sin embargo, la cocina de Hinata Hyūga resultaba reconfortante. Junto a la ventana, delante del fregadero, había una fila de pequeñas macetas en las que crecían hierbas que prestaban al aire un agradable aroma. Las baldosas del suelo eran de un color blanco crema, con dibujos en suaves verdes y azules. Las persianas abiertas estaban pintadas del mismo azul, y sobre la mesa pendía un ventilador de techo de color blanco.

-¿Ha averiguado algo interesante sobre mí? -preguntó Hinata, manteniéndose de espaldas a él mientras colocaba latas en una balda.

Uzumaki no respondió, sino que se limitó a contemplarla con aire meditabundo. No tenía ninguna intención de informarla acerca de sus progresos, O de la falta de ellos.

-Deje que le diga -se ofreció ella en tono ligero-- que hoy ha averiguado que nunca me han detenido, nunca me han puesto una multa de tráfico, y que, por lo que saben mis vecinos, no salgo con nadie ni recibo visitas. Pago mis facturas puntualmente, no utilizo tarjetas de crédito y no tengo libros pasados de fecha de entrega en la biblioteca, aunque los habría tenido si no hubiera devuelto los de hoy.

-¿Por qué no me vuelve a contar lo del viernes por la noche? -dijo Uzumaki. Su tono de voz era duro.

Ella se lo había resumido brevemente, y no le había gustado. La ira que llevaba todo el día bullendo dentro de él estaba controlada, pero a duras penas. Definitivamente, aquella mujer le había picado.

Vio cómo los hombros de Hinata se ponían tensos.

-¿Qué parte no entendió?

-Me gustaría volver a oírlo todo. Déme ese capricho. Limítese a empezar otra vez por el principio.

Hinata se dio la vuelta, igual de pálida que aquella misma mañana, cuando relató la historia por primera vez. Uzumaki se fijó en sus manos que estaban cerradas en dos puños a los costados.

-¿La molesta hablar de ello? -le preguntó con frialdad. Esperaba que así fuera. Si le remordía la conciencia, a lo mejor lo soltaba todo. Ya había sucedido antes, aunque normalmente ese tipo de confesiones se debían a una total idiotez y a un orgullo mal entendido.

-Naturalmente. ¿No le molesta a usted oírlo?

-Verlo fue mucho peor.

-Lo sé -murmuró Hinata, y por un instante la expresión de sus ojos quedó al descubierto.

Había dolor en aquellos ojos de color lila oscuro, y también rabia, pero sobre todo Uzumaki vio un sentimiento de desolación que le golpeó de plano en el pecho.

Tuvo que cerrar los puños con fuerza para no acudir a consolarla. De repente parecía tan frágil como si fuera a desmayarse. También era posible que fuera una magnífica actriz, se recordó gravemente a sí mismo, apartando a un lado aquella preocupación, inoportuna e insólita, hacia alguien sospechoso.

-Hábleme de la noche del viernes -dijo-. ¿Qué dijo que estaba haciendo?

-Fui al cine a las nueve.

-¿Adónde?

Hinata le dijo el nombre de los multicines.

-¿Qué película vio?

También se lo dijo, y luego añadió:

-Espere... Puede que todavía tenga la entrada, suelo guardarla en el bolsillo. Todavía no he hecho la colada, así que aún debe de seguir allí.

Salió presurosa de la cocina; él no fue detrás, pero escuchó con atención para seguir sus movimientos por la casa para que no pudiera salir de ella sin que él se enterara, si ésa era su intención. Por supuesto, había bloqueado la salida con su coche y no pensaba que intentase huir corriendo. ¿Por qué iba a hacerlo, estando tan segura de que él no tenía nada de que acusarla? Y, maldita fuera, tenía razón.

Hinata regresó en sólo un minuto y le entregó la entrada de cine usada, teniendo cuidado de no tocarle al depositar el trocito de papel en su mano. A continuación se apresuró a apartarse unos cuantos pasos; Uzumaki torció la boca al notar el gesto. No podía ser más clara al mostrar el desagrado que sentía hacia él. Contempló la entrada que tenía en la mano; era de las generadas por ordenador, y llevaba impresos el título de la película, la fecha y la hora. Aquello demostraba que había comprado una entrada, pero no que hubiera visto la película. Él tampoco la había visto, de modo que no podía hacerle preguntas pertinentes sobre la misma.

-¿A qué hora salió del cine?

-Cuando terminó la película, a eso de las once y media. - Hinata permanecía de pie, en tensión, junto a la mesa.

-Al volver a casa, ¿qué ruta escogió?

Ella se lo explicó, hasta los números de las salidas de la autovía.

-¿Y dónde estaba cuando tuvo esa supuesta visión?

Ella apretó los labios pero mantuvo la compostura, y contestó con voz firme:

-Como le dije esta mañana, acababa de salir de la autovía. Las visiones siempre son muy...agotadoras, de modo que salí de la calzada.

-¿Agotadoras? ¿Cómo?

-Perdí el conocimiento -repuso ella sin más.

Uzumaki elevó las cejas.

-Perdió usted el conocimiento -repitió, con una incredulidad tan evidente en su tono de voz que a Hinata le picaba la mano de ganas de abofetearle-. ¿Quiere decir que se desmayó a causa del estrés?

-No exactamente.

-¿Pues exactamente, qué, entonces?

Ella se encogió de hombros en un gesto de impotencia.

-La visión me domina, no puedo ver ninguna otra cosa, no oigo nada más, no sé nada más.

-Comprendo. Así que se quedó allí sentada hasta que terminó la visión, y después continuó tranquilamente hasta su casa y se fue a la cama. Si está tan segura de ser vidente, señorita Hyūga, ¿por qué esperó más de dos días para contárselo a la policía? ¿Por qué no nos llamó inmediatamente? Quizá pudiéramos haber pillado al culpable todavía en el barrio, o incluso dentro de la casa.

El rostro de Hinata perdió el último vestigio de color al sentir el impacto de aquella voz profunda y sarcástica. No había forma de explicarle lo que había sucedido seis años atrás, por qué los detalles la confundieron hasta que no tuvo la seguridad de si había experimentado una regresión o era que las visiones habían vuelto. No podía desnudar su alma ante un hombre como aquél, desnudar su psique para que él viera todos sus miedos, sus puntos vulnerables.

En vez de eso se concentró en lo único de lo que él había dicho que ella podía refutar.

-N-no -tartamudeó, odiando la inseguridad de su voz. Aspiró profundamente para alejar aquel indicio de flaqueza-. No me limité a continuar hasta casa. Un policía de patrulla se fijó en mi coche y se paró para ver si me pasaba algo. No me acuerdo de nada, excepto de la visión, desde el momento en que saqué el coche de la calzada hasta que el policía dio unos golpecitos en la ventanilla y me sacó del estupor. Yo temblaba mucho, y le dije que era epiléptica y que debía de haber sufrido un ataque leve. Él sospechaba un poco, y me hizo salir del coche, pero por fin me dejó marchar y me siguió hasta mi casa para cerciorarse de que llegaba sin novedad.

Naruto no se enderezó de su postura apoyado contra el armario, pero cada centímetro de su cuerpo vibraba de atención.

-¿Á qué hora fue eso?

-No lo sé.

-Haga un cálculo. Salió del cine a las once y media; ¿más o menos a que hora empezó la visión?

-Las once cuarenta, las once cuarenta y cinco, no lo se con seguridad.

-¿Ya que hora llego a casa? ¿Cuanto duro la visión?

-¡No lo sé! --estallo, Hinata, dándole la espalda-. Me costo mucho llegar a casa; después me derrumbé y no me desperté hasta la tarde del sábado.

Naruto estudió su espalda rígida. La joven estaba temblando, un temblor leve pero visible.

Debería alegrarse de haberla puesto nerviosa pero en cambio sentía aquel extraño impulso de consolarla.

-Seguiremos en contacto -dijo con brusquedad, y se fue antes dejarse llevar por aquel impulso.

Maldita sea, ¿qué le pasaba con aquella mujer? Era muy consciente de la presión que sentía en la ingle, y sabía que si ella hubiera mirado, de ninguna forma habría dejado de advertirlo. Gracias a Dios, al parecer prefería mirar a cualquier otra parte antes que a él.

Había oído hablar de policías que se ponían cachondos con el peligro, pero él nunca había sido uno de ésos ¿Qué diablos le estaba pasando?

Cuando entró en el coche admitió que no debería haber ido por lo menos no sin ir acompañado de Sai. Por lo visto, Sai había dado el trabajo por terminado ese día, pero él no había podido hacer lo mismo. En lugar de eso, esperó a Hinata Hyūga en el aparcamiento de su lugar de trabajo y la siguió hasta su casa Había sido una tontería; ¿y si ella llamase al teniente y se quejase de que él la estaba acosando? El teniente les había dado luz verde para investigarla, pero Naruto sabía que aquella tarde se había extralimitado.

Al menos la joven le había dado algo interesante que comprobar. No sería difícil verificar si un policía de patrulla se había detenido a investigar un vehículo sospechoso. Tenía el lugar y la fecha, y sabía que era dentro del tercer turno.

Pan comido.

Regresó a la oficina y empezó a hacer llamadas telefónicas. Le llevó una hora conseguir el nombre del policía en cuestión, Iruka Umino, un veterano que llevaba seis años patrullando.

Cuando le llamó a su casa, no obtuvo respuesta. Esperó una hora más y llamó otras cuatro veces, sin resultado. Consultó su reloj de pulsera; eran casi las ocho, y tenía hambre. Supuso que podría levantarse temprano la mañana siguiente y pillar al agente Umino al salir del turno, pero nunca se le había dado bien esperar cuando quería algo. Qué demonios; Iruka tenía que comenzar a trabajar dentro de menos de tres horas, así que Naruto se figuró que bien podría irse a comer algo y después volver y llamarle otra vez. Averiguara lo que averiguara, tendría toda la noche para meditar sobre ello.

Se fue a casa y se preparó rápidamente un par de bocadillos; luego, mientras se los comía, escuchó los mensajes del contestador y consultó cómo iba la nueva temporada de béisbol.

Todavía estaba cabreado con los Gigantes de San Francisco, y quería que no ganara nadie más que ellos.

El béisbol no pudo retener su atención, y sus pensamientos seguían deslizándose hacia Hinata Hyūga, a aquellos profundos ojos perlas que tenían más sombras que un cementerio.

Fuera cual fuera su plan, no se sentía cómoda del todo con él; se alteraba visiblemente cada vez que hablaba de la noche del viernes. Ni siquiera una actriz ganadora de un Óscar podría ponerse pálida como la cal como le había sucedido a Hinata aquella tarde.

Recordó cómo temblaba su frágil cuerpo, y sintió nacer de nuevo el impulso de rodearla con sus brazos, acunarla contra sí y decirle que todo iba a salir bien.

¿A qué se debía aquel absurdo sentimiento protector?

Aceptó que tenía el natural instinto masculino de cuidar de una mujer; él era más grande y más fuerte, por lo tanto, ¿por qué no iba a interponerse entre una mujer y cualquier peligro que pudiera amenazarla? ¿Por qué no iba a cuidar de ella cuando subiera o bajara las escaleras, dispuesto en todo momento a sostenerla en sus brazos si aquellos traicioneros tacones altos que llevaban las mujeres la hacían tropezar? ¿Por qué no iba a hacer por ella cualquier tarea desagradable cada vez que pudiera y se lo permitiera su horario? Cuando era patrullero e investigaba accidentes de coche, lo primero que hacía siempre era comprobar si había mujeres o niños afectados, sin pensarlo siquiera. Pero, maldita sea, su instinto protector nunca se había extendido a alguien sospechoso de asesinato.

Él era policía; ella era una sospechosa. No podía permitirse tocarla de ninguna forma, salvo lo que fuera necesario para desempeñar su trabajo. Acunarla en sus brazos no figuraba en la lista.

Pero deseaba hacerlo. Sí, lo deseaba mucho. Quería hacerla apoyar la cabeza en su hombro, quería acariciarle la mejilla, el cuello, y después dejar que su mano bajara para investigar sus pechos, la curva de su vientre, la suave hendidura entre sus piernas.

Se puso en pie de un salto, maldiciendo para sí. La había visto por primera vez aquella misma mañana, y desde entonces no había podido dejar de pensar en ella. Seguro que había sido víctima de la famosa «química» entre dos personas.

Miró la hora: las nueve y cuarto. Diablos, tenía que bajar a la comisaría y esperar al agente Umino. Por lo menos, las chorradas de costumbre que se comentaban le impedirían pensar tanto en ella. Paseó nervioso durante unos momentos, luego cogió las llaves del coche y se puso en acción.

Tal como había esperado, el agente Umino llegó puntual, como hacían muchos policías, para tener tiempo de sobra para cambiarse de ropa y tomar un café, una especie de preparación cotidiana antes de que comenzase el turno.

Iruka Umino era un hombre medio en casi todos los sentidos: estatura media, peso medio, facciones medias. Sus ojos, sin embargo, eran muy despiertos, los ojos escépticos de un policía, alguien acostumbrado a ver de todo y esperarse de todo.

Recordaba con toda claridad el incidente del viernes por la noche.

-Fue un tanto misterioso -dijo, pensando en ello-. La joven estaba allí sentada, como una estatua, con los ojos abiertos y fijos. Al principio creí que había encontrado un fiambre. Encendí la linterna, pero no vi nada sospechoso en el coche, y entonces me di cuenta que respiraba. Di unos golpes en la ventanilla con la linterna, pero ella tardo un poco en enterarse.

Naruto sintió un incómodo hormigueo que le subía por la espalda.

-¿Se había desmayado, tal vez?

El agente Umino se alzó de hombros.

-Las únicas personas que yo he visto con los ojos fijos como los de ella eran cadáveres o locos. Los ojos se cierran cuando uno se desmaya.

-¿Y qué pasó entonces?

-Por lo visto, estaba confusa de verdad, y al principio pareció asustada. Tenía problemas para moverse, como una persona que sale de la anestesia. Pero se las arregló para bajar la ventanilla, y dijo que era epiléptica y que debía de haber tenido un ataque. Yo le pedí que saliera del coche, y ella obedeció. Temblaba como una hoja, de la cabeza a los pies. No noté olor a alcohol, ni tampoco parecía haber tomado drogas. Ya había llamado para preguntar por la matrícula del coche, y todo estaba bien, de modo que no había razón para retenerla. Como he dicho, temblaba como un flan, así que la seguí hasta su casa para cerciorarme de que no le pasara nada.

-¿A qué hora fue eso? -preguntó Naruto.

-Veamos. Puedo consultar mis papeles de esa noche para darle la hora exacta, si la necesita, pero creo que era poco después de media noche, quizá las doce y cuarto.

-Gracias -dijo Naruto-. Me ha ayudado mucho.

-Ha sido un placer.

Naruto volvió a casa en su coche meditando sobre lo que le había dicho el agente Umino.

Para ser un breve encuentro, le había proporcionado gran cantidad de información.

Por una parte, más o menos a la misma hora que Nōnō Yakushi fue asesinada, Hinata Hyūga se encontraba en la otra punta de la ciudad desde la residencia de los Yakushi. Las observaciones del agente Iruka corroboraban en gran medida lo que le había dicho Hinata acerca de cómo la había afectado la «visión».

Así que ¿qué tenía ya? Lógicamente, no podía seguir considerándola sospechosa, y sintió que algo en su interior se aflojaba con alivio, Ella no había estado allí, tenía una coartada. No había nada que la relacionase con el asesinato. ..excepto sus propias palabras. Había visto cometerse el crimen. No cabía otra explicación. ¿Pero cómo podía ser?

Hinata sabía algo, algo que no le había contado a él. Algo que le causaba aquellas sombras en los ojos. Iba a averiguar qué era lo que ocultaba, a averiguar exactamente cómo estaba ella relacionada con aquel asesinato. La única alternativa era que realmente fuera vidente, y él no podía aceptar tal cosa.

Aún no.

Quizá no para siempre..., pero aún no.

Continuará...