CAPÍTULO 6

Sintió la cólera en su interior cuando la mujer se fue caminando, y se obligó a controlarla, como controlaba todo.

Ahora no era el momento de dejarla explotar, resultaría inapropiado.

Todo a su debido tiempo. Miró la reclamación que había presentado la mujer y sonrió al leer su nombre: Mei Terumi, nª 3311 de la avenida del Ciprés. La garantía de obtener un justo castigo le daba cierta paz. A continuación, teniendo cuidado de que su cuerpo bloqueara la línea visual de Kin, se guardó el impreso de reclamación en el bolsillo para tirarlo más tarde. Sólo un idiota lo habría dejado por allí encima, tal vez para que algún entrometido lo viera y lo recordara más tarde, y Caroll Kakuzu no se consideraba idiota. Todo lo contrario, de hecho. Se enorgullecía de cuidar hasta el más pequeño detalle.

-No sé cómo puede quedarse tan tranquilo cuando la gente le su futuro inmediato en aras de la seguridad de un camionero. Impulsada habla así, señor Kakuzu -murmuró Kin detrás de él-. A mí me han entrado ganas de arrearle a ésa un puñetazo en la cara.

Él mostraba un semblante perfectamente calmo.

- Bueno, algún día se lo arreará alguien -dijo.

Le gustaba Kin; tenía que aguantar las mismas cosas que él y siempre era solidaria cuando alguien le hacia pasar un mal rato. La mayoría de la gente era aceptablemente cortés, pero siempre había unos cuantos que necesitaban que les dieran una lección. Sin embargo, Kin era infaliblemente educada, y le llamaba «señor». Él agradecía su agudeza.

Era muy poquita cosa, bajita, morena y corriente, pero por lo general afable. No le irritaba tanto como muchas otras mujeres, con su aire tonto y sus nimiedades.

Carroll Kakuzu se conducía adoptando una postura erecta, militar. Con frecuencia pensaba que el mundo estaba perfectamente acondicionado para los militares... si uno era oficial, claro.

Habría sido el primero de su clase en cualquiera de las academias, si hubiera podido asistir a ellas. Por desgracia, no había tenido los contactos que se necesitaban para entrar en alguna academia militar; los contactos eran imprescindibles, y quienes carecían de ellos quedaban excluidos. Así era como la clase alta mantenía cerradas sus filas. Incorporarse a la vida militar como recluta era impensable; también rechazó otras opciones porque constituían una graduación de segundo orden frente a las academias. En vez de la distinguida carrera militar que debería haber tenido, estaba atascado en aquel humillante trabajo de atender las reclamaciones de los clientes de unos lujosos grandes almacenes, pero eso no significaba que dejase a un lado sus normas personales.

Medía uno setenta y siete, pero su postura erguida con frecuencia inducía a la gente a pensar que era más alto. y por regla general se le consideraba un hombre apuesto, pensó; estaba en buena forma física gracias a las dos veces por semana que iba al gimnasio; tenía un cabello rubio, espeso y rizado; y lucía facciones regulares. Le gustaba vestir bien, y siempre era muy meticuloso con su acicalamiento personal. La atención al detalle marcaba la diferencia entre el éxito y el fracaso, nunca se permitía a sí mismo olvidarlo.

Se preguntó qué diría Kin si descubriera el poder que él mantenía oculto, bajo un perfecto control, hasta que llegase el momento de darle rienda suelta. Pero nadie sospechaba, y Kin menos que nadie. Engañar a todos de una manera tan completa le proporcionaba una inmensa satisfacción; los policías eran tan idiotas, ¡tan profundamente faltos de clase!

Tuvo paciencia suficiente para esperar hasta que Kin se tomara el descanso de la tarde antes de acercarse al ordenador a ver si Mei Terumi tenía una cuenta en los grandes almacenes; para satisfacción suya, sí la tenía. Siempre resultaba mucho más fácil cuando disponía de este acceso inicial a la información. Sin embargo, no le interesaba cómo llevaba los pagos. La información de los requerimientos de pago de cada cliente se encontraba al principio del archivo, y esa información incluía el nombre y la ocupación del cónyuge.

Mei Terumi estaba divorciada.

Chasqueó la lengua. Qué pena que no fuera capaz de mantener una relación.

Por supuesto, aquello no quería decir que viviera sola. A lo mejor tenía hijos, o un novio que vivía con ella, o una compañera de habitación lesbiana. Tal vez viviera con su madre.

Cualquiera de aquellas posibilidades haría más difícil su tarea, pero de ningún modo imposible.

Casi albergaba la esperanza de que surgiese una complicación así, pues suponía una prueba más veraz de su inteligencia y de su temple. No era muy corriente tener otro transgresor tan cerca de haber tenido el último; sentía cierta curiosidad por ver si esta vez sería más mañoso, como un atleta que intensificara su entrenamiento, o si sería verdad lo contrario. Esperaba ser todavía más fuerte y más rápido, con la mente más clara, la oleada de poder más intensa.

Cuando salió de trabajar ya sentía bullir en su interior aquella emoción por lo que le aguardaba. No hizo caso de esa agradable sensación y siguió su camino normal, ya que, naturalmente, no podía consentir que se reforzara, no era el momento. El placer, cuando lo liberara, sería más intenso por el hecho de haber tenido que esperar. Así que fue a su apartamento, leyó el periódico y metió un plato de comida preparada en el microondas.

Mientras éste se calentaba, puso la mesa: mantel individual, servilleta, todo como Dios manda.

El hecho de que viviera solo no era motivo para dejar a un lado sus normas.

Sólo cuando se hizo totalmente de noche se permitió sacar el mapa de la zona de Orlando y buscar la avenida del Ciprés para marcar la ruta desde su apartamento con un rotulador amarillo memorizando cuidadosamente cada giro. Estaba más cerca de lo que había esperado, a no más de quince minutos en coche.

Cómodo.

A continuación salió a dar un agradable paseo en su automóvil, disfrutando del buen tiempo primaveral. Aquel primer reconocimiento del terreno era poco más que un vistazo desde el coche para localizar la casa y grabarla en su mente. También se fijaría en otros detalles, como la distancia a la que estaban las otras casas, si había muchos perros o gatos en el vecindario, cuántos niños parecía haber en las inmediaciones. Si había una valla que rodease el jardín, cuántos coches había aparcados en la rampa de entrada, o si existía un garaje.

Cosas así.

Detalles.

Más tarde averiguaría más, mucho más, iría descubriendo cada vez más con cada visita, hasta pasar al reconocimiento final, cuando entraría en la casa misma y se aprendería la distribución de las habitaciones. Entonces sería cuando dejaría que fuera aumentando el placer, porque había algo delicioso en el hecho de vagar por la casa cuando su propietaria no estaba dentro, tocar sus cosas, fisgonear en los roperos y en el armario del cuarto de baño. Estaría ya dentro de ella, y la víctima ni siquiera lo sabría. Sólo faltaría el acto final.

Pasó con el coche frente al número 3311 de la avenida del Ciprés. En vez de garaje cerrado, había un cobertizo abierto para coches en el que sólo cabía uno, y el espacio estaba ocupado por un Pontiac de cinco años de antigüedad. No había más coches, ni bicicletas ni tablas de patines, lo cual indicaba que no había niños. Dentro de la casa vio una sola luz encendida, lo cual quería decir que o bien había una sola persona dentro, o todo el mundo estaba en una misma habitación. Normalmente solía ser lo primero.

Dio vuelta a la manzana y pasó por delante una segunda vez; dos vueltas era lo que tenía asignado por visita. Si había alguien observando, lo cual no era probable, atribuiría la segunda pasada a que el visitante se había perdido. pero una tercera levantaría sospechas. La segunda vez se fijó en la valla que discurría junto al costado izquierdo de la casa, al lado contrario del aparcamiento.

Bien.

Una valla constituía un buen parapeto para ocultarse. El costado derecho estaba más abierto de lo que él hubiera preferido, pero con todo la situación era bastante buena. Realmente muy buena. Todo iba colocándose en su sitio.

§•ΩΩ•§

Hinata estuvo acurrucada en el sofá, leyendo un libro que sólo era medianamente interesante, y poco a poco se fue relajando.

Se había sentido en tensión todo el día, preguntándose si el detective Uzumaki la estaría esperando en el aparcamiento cuando saliera del trabajo, como el día antes. No estaba segura de poder aguantar otra tanda de enfrentamientos hostiles con él, pero al mismo tiempo tuvo la curiosa sensación de haber sido dejada de lado cuando salió del banco y vio que él no estaba allí.

Era como esperar a que acabara de resolverse el suspense, sólo que eso no terminaba de suceder.

Apoyó la cabeza en el respaldo del sofá y cerró los ojos. Bajó los párpados y vio su cara: las duras líneas, la nariz rota, el celestes cielo de sus ojos hundidos. No era el rostro de una persona madura y mundana: aunque sus rasgos fueran más regulares, la expresión de aquellos ojos siempre le haría ser distinto. Eran los ojos penetrantes de un depredador, siempre vigilantes. Se le ocurrió que la gente de Orlando podía considerarse afortunada de tenerle del lado de la ley y que sus presas fueran los delincuentes en vez de las personas normales.

Además, añadida a la fuerza de su personalidad, estaba también la imagen que tenían todos los policías, aquel escepticismo generalizado, el frío distanciamiento, el muro que los encargados de hacer cumplir la ley levantaban entre ellos y aquellos a quienes servían.

Había conocido a varios policías, y en todos lo había visto. Los policías sólo se relajaban con los de su especie, con otros que habían visto y hecho las mismas cosas. Ninguno de ellos se iba a casa y se ponía a contarle a su cónyuge la mezquindad y depravación que veía a diario. ¡Qué excelente tema de conversación para la cena! Los policías arrojaban una alta tasa de divorcios. El estrés era increíble.

Los policías nunca habían sabido cómo tratarla a ella. Naturalmente, al principio todos se la tomaban en broma, pero después de haberles demostrado la verdad, todos se ponían muy incómodos, porque su percepción psíquica los afectaba también a ellos. Sólo un policía entendía a otro policía, eso estaba claro. Pero ella había percibido sus emociones, su rabia, su miedo, su asco; no podían erigir aquel muro contra ella, y por lo tanto se sentían vulnerables.

Luego, seis años atrás, tuvo que aprender a leer los sentimientos de la gente igual que los leía todo el mundo, captando sutiles indicios en el lenguaje corporal y el tono de la voz, observando la expresión del rostro. Fue como un niño que aprende a hablar, porque nunca había tenido que basarse en información visual. Durante un tiempo no quiso aprender, lo único que deseaba era que la dejaran en paz en el bendito silencio, pero el aislamiento total no formaba parte de la naturaleza humana; hasta los eremitas se relacionaban con animales. De manera instintiva, una vez que se sintió a salvo, empezó a observar a la gente para conocerla.

Fue difícil conocer al detective Uzumaki; torcía la boca con humor irónico. Tal vez le había costado tanto entenderle porque apenas podía soportar mirarle. No porque fuera repulsivo, pues a pesar de sus duros rasgos no lo era, sino más bien porque era muy intenso. La hacía sentirse incómoda, al mirarla de aquel modo, al machacarla hasta obligarla a sacar a flote recuerdos que ella prefería olvidar.

No le tenía miedo; por mucho que él lo intentase, no podría relacionarla con el asesinato de Nōnō Yakushi porque no existía tal relación. No podría encontrar pruebas que no existían.

La inquietud que sentía...

Hinata se quedó paralizada de pronto, con los ojos muy abiertos y fijos en la nada mientras buscaba mentalmente la sensación que la había inundado. No era una visión, ni nada tan agobiante, pero percibió claramente una vaga animosidad, una amenaza.

Se puso en pie de un salto y comenzó a pasear por la habitación, tratando de ordenar sus pensamientos.

¿Qué estaba ocurriendo? ¿Estaba realmente volviendo la percepción, o es que estaba experimentando una reacción perfectamente normal a la fuerte carga de estrés?

Había estado pensando en Uzumaki, y de repente se sintió inquieta y amenazada. Algo bastante fácil de entender si Uzumaki fuera el origen de esa amenaza. La mayoría de la gente pensaría eso mismo, pero Hinata analizó de nuevo aquella sensación y no logró encontrar ningún miedo de Uzumaki relacionado de ninguna forma con su investigación.

La animosidad la golpeó y se hizo más fuerte. Hinata se tapó la boca al notar una súbita náusea. Estaba ocurriendo algo.

Dios, estaba ocurriendo algo.

¿Pero qué? ¿Algo relacionado con Uzumaki? ¿Se encontraba en peligro?.

Se detuvo de golpe, con los puños cerrados con fuerza. Tal vez debiera llamarle, ver si se encontraba bien. ¿pero qué iba a decirle? Nada. No tenía que decir nada. Si él contestaba al teléfono, resultaría obvio que estaba bien, y ella podría simplemente colgar.

Era un truco infantil. Aquella amenaza que no acababa de tomar forma la estaba poniendo enferma. Rompió a sudar, debatiéndose en la indecisión, y de pronto se hicieron cargo de la situación sus antiguos instintos. A ciegas, buscó con la mente tratando de conectar con Uzumaki, tratando de localizar con precisión aquella borrosa nube de maldad. Era como buscar a tientas en la niebla; no podía enfocarse en nada.

Con un gemido, volvió a dejarse caer en el sofá. ¿Qué había esperado? Llevaba seis años sin poder hacer aquello, e incluso antes no había sido fácil. Sólo porque había tenido una extraña visión y había sentido aquella vaga amenaza, ¿ debía pensar que había recuperado todas sus antiguas capacidades? ¡Tenía la esperanza de no recuperarlas nunca, maldita sea!

Pero en aquel preciso instante las necesitaba, necesitaba algo para calmar el pánico que la invadía.

Pero si Uzumaki estuviera inconsciente -desterró la palabra «muerto» antes de pensar siquiera en ella- no podría recoger las señales mentales que ella le enviase. Todavía más frenética, invocó una imagen del compañero. Sai Shimura. No le había prestado mucha atención, pero fue lo bastante observadora como para recordar su cara. Cerró los ojos y se concentró mientas oía su propia respiración, áspera y agitada, tratando de encontrar una persona en particular.

¡Piensa!, se ordenó con fuerza a sí misma. ¡Piensa en Sai!

No sirvió de nada.

Jurando por lo bajo, agarró el listín telefónico y recorrió con el dedo la columna de la U hasta encontrar el apellido Uzumaki. ¿Cómo podía ser que hubiera tantos? Ah, allí estaba.

Naruto Uzumaki. Cogió el auricular y tecleó el número antes de que pudiera perder la intención de hacerlo.

Y de pronto supo que él se encontraba bien.

No fue como antes, no había sintonizado con sus sentimientos; no había ninguna barrera mental. Simplemente lo supo. Tuvo una imagen mental de él sentado con los pies descalzos y el torso desnudo delante de la televisión, viendo un partido de béisbol y bebiendo una cerveza.

Musitó un taco al tiempo que cogía el teléfono.

-Sí.

Hinata se sobresaltó. Aquella palabra había sonado en su oído justo a la vez que se imaginó a Uzumaki en su mente, hablando.

-Ah. ..er. ..Lo siento -tartamudeó, y volvió a dejar el auricular en su sitio.

Se quedó mirando fijamente el teléfono, tan aturdida que no sabía qué hacer. Había oído claramente el ruido de un partido de béisbol de fondo.

Naruto se encogió de hombros ligeramente irritado y colgó el teléfono. Se había perdido un out del partido, que tuvo lugar precisamente en el momento en que apartó la atención de la pantalla. Se dejó caer contra el respaldo con un gruñido y cruzó las piernas sobre la mesita.

Aquélla era la ocasión en que más cómodo se encontraba hacía tiempo; sin camisa, sin zapatos, con una cerveza en la mano tan fría que la boca se le hacía agua por beberla.

La que había llamado era una mujer. Lo supo de forma instintiva, aunque la voz le había sonado grave e insólitamente áspera. La voz de un fumador.

Pensó en Hinata Hyūga. Su voz era un poco ronca; el solo hecho de oírla le provocaba una erección cada vez. Se miró las piernas con gesto reflexivo.

Bingo.

Volvió a coger el teléfono.

-¿Acaba usted de llamarme? -preguntó bruscamente, tras hacer una breve llamada al servicio de información.

-Er... sí. Lo siento.

-¿Había algún motivo para ello ?

La oyó respirar por la línea, un sonido rápido y superficial. Algo la había alterado.

-Estaba preocupada -admitió ella finalmente.

-¿Preocupada? ¿Por qué?

-Creí que usted podía tener algún problema, pero me equivocaba. Lo siento -volvió a decir.

-Se equivocaba -repitió él, con exagerada incredulidad-. ¡Fíjate!

Hinata le colgó de golpe. Naruto hizo una mueca por el telefonazo e hizo el ademán de apretar el botón de rellamada, pero en vez de eso colgó también. En lugar de ser sarcástico, debería haber intentado averiguar qué era lo que la había alterado; a lo mejor Nōnō Yakushi hacía que le remordiera la conciencia; a lo mejor estaba a punto de tirar de la manta.

El agente Umino la había dejado fuera de toda sospecha, aunque ella no lo sabía aún, pero todavía estaba seguro de que Hinata conocía la identidad del asesino. Ahora, por haber sido un bocazas, había echado a perder la posibilidad de averiguarlo, porque seguro que a la joven no le quedarían ganas de hablar con él.

Entonces cayó en la cuenta de que ninguno de los dos se había identificado. Ella sabía quién era él, igual que él sabía quién era ella. y había tenido razón en una cosa, maldita sea: en efecto, tenía problemas. Volvió a mirarse las piernas.

Problemas graves.

Le picó la tentación. Dejó la cerveza sobre la mesa con tal porrazo que salió un poco de espuma de la lata. Acto seguido, maldiciendo su propia idiotez, cogió el auricular y pulsó la tecla de rellamada.

-¿Qué? -soltó Hinata, contestando antes de que hubiera finalizado siquiera el primer tono.

-¿Qué sucede aquí? Dígame.

-¿Qué le gustaría que le dijera? -preguntó ella dulcemente.

-Por ejemplo, la razón por la que me ha llamado.

-Ya se lo he dicho. Creí que podía estar pasando algo malo.

-¿Qué le hizo pensar tal cosa? -Por mucho que lo intentara, no podía eliminar el escepticismo de su tono de voz.

Hinata aspiró profundamente para tranquilizarse.

-Mire, tuve una inquietante sensación en relación con usted y me preocupé. Estaba equivocada.

-¿Qué le hizo pensar que tenía que ver conmigo?

Silencio mortal. Naruto esperó, pero Hinata no dijo nada. El silencio era tan profundo, sin percibirse siquiera el ruido de su respiración, que sintió un escalofrío alarmante que le subía por la espalda.

-¿Se encuentra bien? -le preguntó con brusquedad-. ¿Hinata? -Silencio-. Vamos, nena, dígame algo o voy inmediatamente para allá.

-jNo! -Su voz sonó estrangulada-. No... No venga.

-¿Está bien?

-Sí. Sí, estoy bien. Sólo es que. ..estaba pensando en otra cosa.

-¿Como cuál?

-Quizá no guarde relación con usted, sino con otra persona. Tengo que pensar en esto. Adiós.

-No cuelgue -la advirtió Naruto-. Maldita sea, Hinata, no cuelgue... jMierda! -Sonó en su oído el tono de marcar. Colgó el teléfono con violencia y se puso en pie de un salto. Iría allí, vería qué pasaba...

...¿Y qué se encontraría? Dudaba sinceramente que ella le abriese la puerta. Ni siquiera tenía un motivo para ir, porque el agente Umino la había dejado fuera de toda sospecha. Eso llevaba carcomiéndole todo el día; a menos que surgiera algo más, y tal como estaban las cosas no parecía que hubiera esperanzas de ello, no tenía razón alguna para hablar otra vez con Hinata. y resolver el caso de Nōnō Yakushi parecía una tarea cada vez más difícil. Le cabreaba profundamente que aquel caso pareciera un verdadero misterio, un asesinato entre desconocidos, el típico caso que no se resolvía casi nunca. La señora Yakushi merecía algo mejor.

Y él no quería no ver nunca más a Hinata Hyūga. Si ella no estaba involucrada en el caso, y oficialmente él tenía que aceptarlo, tendría que buscar algo más. No le gustaba lo que sentía, pero era demasiado fuerte para ignorarlo.

Hinata paseó nerviosa, alternando los juramentos con el acto de secarse las lágrimas.

¡Maldito Uzumaki! La había puesto tan furiosa, que con gusto le habría arreado un puñetazo si lo hubiera tenido delante. Pero Uzumaki era el menor de sus problemas. Definitivamente, la percepción estaba volviendo, si bien quizás un poco alterada respecto de antes. Tal vez no sentía tanta empatía como antes, tal vez había un poco más de clarividencia. De no ser así, ¿cómo podía haber sabido que Uzumaki estaba viendo un partido de béisbol? ¿Cómo podía haber previsto su respuesta al instante? Eso nunca le había sucedido anteriormente.

Había estado pensando en él, sin querer, pero estaba claro que le tenía en la mente cuando la invadió aquella inquietud, aquella sensación de peligro. Automáticamente pensó que tenía algo que ver con él, pero no era así; simplemente, la presencia de Uzumaki en su mente era tan fuerte que no se dio cuenta de que ambas cosas no estaban relacionadas entre sí.

Eso significaba que tenía dos problemas; no, tres. Uno: estaba recuperando sus capacidades extrasensoriales, en forma de rachas. Ella no las deseaba, pero allí estaban, y tendría que hacerles frente. Apartó de sí aquella idea, porque, aunque aquel problema iba a causar un gran efecto en su vida, los otros eran más inmediatos.

Dos: el detective Uzumaki iba a ser una complicación. Ya lo estaba siendo. La ponía más furiosa que nadie que hubiera conocido nunca, y lo hacía sin pretenderlo siquiera. Era un verdadero neanderthal, sarcástico y escéptico, y notaba el impacto de la rabia que él albergaba dentro de sí. Era un hombre tan intenso que ella casi cedió al impulso de esconder la cara cada vez que lo veía. Ardía con aquella especie de fiera masculinidad que hacía que las mujeres se volvieran y le miraran con ojos de carnero degollado. Hinata era consciente de que no tenía mucha experiencia con los hombres, pero eso no significaba que fuera idiota. Sus reacciones hacia él eran demasiado intensas, carentes de toda proporción. Y lo último que necesitaba en aquel momento era tener que lidiar con una atracción sexual, sobre todo cuando no iba a resultar nada de ella.

Gruñendo, se dio cuenta de que Uzumaki sentía la misma atracción reacia. La había llamado nena Probablemente, lo único que le contenía era que sospechaba de ella, y eso no podía durar mucho a la vista de la ausencia de pruebas. Los hombres como él no vacilaban cuando deseaban a una mujer; una vez que hubiera aceptado que ella no tenía nada que ver con el asesinato de Nōnō Yakushi, Hinata tendría que vérselas con él.

Lo cual le llevaba al problema número tres, el que la alteraba de tal forma que había aplazado para otro momento pensar en él: la maldad que había percibido, la que le había causado aquella inquietud, poseía la misma….textura, o personalidad, que la fuerza que había sentido la noche en que Nōnō Yakushi fue asesinada.

Se trataba del mismo hombre.

Seguía allí, y su maldad estaba concentrada en otra persona. Todavía no tenía forma concreta, sólo había percibido un eco de la misma, pero el asesino iba a actuar de nuevo, y ella era la única esperanza que tenía la policía, y también la víctima, para detenerlo a tiempo.

No tenía nada con que continuar, ninguna cara, ningún nombre. Sin embargo, con un poco de tiempo podría concentrarse en él, permanecer con él, y él cometería algún error que le revelaría su identidad.

Tendría que trabajar con la policía, y eso significaba trabajar con Uzumaki. No le cabía duda de que iba a ser una situación incómoda y difícil, pero no tenía otra alternativa. Estaba atrapada en aquello y no había manera de escapar.

Continuará...