Merlín!, ya no podía más. Eran los terceros pantys del día. Y todo por culpa de Harry, del verano y de sus hormonas alborotadas.

Siempre se había sentido atraída hacia Harry Potter. Era su más grande fan. Desde los 6 años que soñaba con conocerlo, con ser su novia, con besarlo. Pero una vez que lo conoció, y a medida que fue creciendo, los ojos de Harry, sus labios, se iban haciendo insuficientes y otras partes de su cuerpo comenzaban a inspirarle nuevas fantasías, cada vez más acaloradas. Como ese día de verano, cuando pequeñas porciones de su cuerpo habían causado estragos en su imaginación.

Ginny se encontraba en su habitación, aún excitada, observando a Harry, Ron y Hermione desde la ventana y tratando de evitar que sus panties se mojaran una vez más. Comenzaba a sufrir el bajón anímico que a veces seguía a los estallidos hormonales que la tomaban por sorpresa desde el día que Harry Potter llegó a pasar las últimas semanas del verano en La Madriguera.

El motivo de su actual estado era que, al estar desgnomizando el jardín, junto a su hermano Ron, su amiga Hermione y su adorado Harry, todos habían terminado un poco sudados y Harry tuvo la brillante idea de secarse el sudor de la frente con la parte delantera de la polera, descubriendo parte de su abdomen. Fueron sólo unos segundos, pero en esos mínimos momentos Ginny pudo apreciar la piel blanca, el suave vello negro que bajaba desde el ombligo, perdiéndose en los pantalones del chico, el delgado abdomen flexionado, mostrando los músculos precisos y la parte baja de sus pectorales. Impactada, levantó la vista y se encontró con el pelo alborotado pegado a la frente, las mejillas sonrojadas y los labios abiertos de Harry, exhalando cansado. Esos segundos fueron tiempo suficiente para que su cerebro desarrollara vivas imágenes en las que ella lamía el abdomen del chico y en las que el pelo sudado y los labios entreabiertos de él se debían a que la estaba penetrando enloquecido de pasión.

Sintió un pinchazo en su entrepierna, un calor en el vientre y percibió como la humedad bajaba, mojando nuevamente sus panties.

Eran los terceros del día.

Los primeros habían sucumbido al "efecto Harry" en la mañana, cuando se había levantado al baño temprano y se lo encontró subiendo la escalera, soñoliento, vestido con unos pantalones de pijama y una polera de Ron. Siendo el pelorrojo más alto, la prenda le quedaba un poco grande, por lo que se caía de un lado, mostrando un hombro blanco y el nacimiento del cuello. Ese pequeño detalle trastornó a Ginny. ¡Qué ganas de besarlo ahí!, ¡Qué tentación morder ese hombro tieniéndolo encima!. Lo que daría por darle chupetones en el cuello para hacerlo gemir, y después deslizarse hasta sus labios y besarlo hasta desfallecer.

El chico, ajeno al efecto que provocaba en la pelirroja, le había murmurado un "buenos días" que ella pudo contestar con una sonrisa. Pero después, al sentarse ella en el inodoro, sus fluídos formaron una línea cuando bajó sus panties, dando cuenta del efecto devastador que el pequeño encuentro matutino había tenido. Aunque era muy temprano y por ello volvió a su cama, no pudo conciliar nuevamente el sueño, atrapada en fantasías donde Harry aparecía con el torso desnudo, donde ella le mordía ese precioso cuello, donde sus hombros estaban al alcance de sus manos. Sentía dragones en el estómago. Se sentía inflamada, húmeda y ansiosa. Su cuerpo le indicaba crudamente lo que necesitaba y de quién.

Los segundos panties fueron dados de baja luego del almuerzo. Esa vez fue su olfato el que la traicionó, cuando Harry tomó asiento a su lado y su nariz percibió el olor de su piel. ¿En serio nadie más notaba lo rico que olía? A su juicio Harry no necesitaba usar ningún perfume, su aroma natural era enloquecedor, una fragancia cálida, indescriptible, irresistible, seductora, sexual…Por Godric! Tuvo que ahogar un gemido, pero no pudo evitar que la humedad se deslizara fuera de su vagina, mojando los segundos panties del día.

La comida no olía a nada, ni el pan, ni las frutas del postre. Harry fue todo lo que pudo percibir durante esa hora y media en que comió mecánicamente, sin saber qué se echaba a la boca, procurando que nadie notara su turbación cuando alcanzaba alguna cosa de la mesa y el chico quedaba dentro de su campo de visión, dejándola apreciar detalles que la enloquecían. Su mandíbula con una leve barba naciente, el contraste entre la piel blanca y el pelo negro. Esas manos con las que soñaba entrelazar los dedos, o mejor que la tocasen lentamente por todo el cuerpo. Esos brazos que deseaba que la rodearan. Esos labios y esos dientes que quería sentir en las partes más sensibles de su cuerpo. Y esos ojos verdes, brillantes…cómo deseaba causar que se entrecerraran mientras él gemía con la cabeza echada atrás.

Pudo sonreírle cuando le dirigió la palabra, pudo bromear en la sobremesa, pudo mirarlo a esos ojos que le hacían delirar. Pudo disimular el nudo permanente en su estómago y controlar las ganas de saltarle encima. Pero no pudo evitar fluír, que su cuerpo respondiera ante su presencia y se preparara para recibirlo, como si todo fuera natural y ella tuviese plenas posibilidades de ver complacidos sus deseos.

Cuando se levantó de la mesa y se dirigió al baño, sintió al caminar su entrepierna resbaladiza, el pobre estímulo que ofrecía la presión de su short de jeans sobre su sexo inflamado y ansioso. Así que luego de lavarse los dientes tuvo que ir a cambiarse los panties. Tuvo que echar mano de un hechizo para limpiarlas y guardarlas, manteniendo en secreto que era víctima del "efecto Harry". No podía dejar sus panties en el cesto. Se moriría de vergüenza si alguien más descubriera el estado de su ropa interior por culpa del niño que vivió.

Y ahora, con las cuartas panties del día puestas, caía en cuenta que en realidad no tenía suficiente ropa interior como para soportar todos los días de visita que restaban, ni energía mental para tolerar a diario tanta frustración y tanto deseo contenido.

Estas iban a ser largas semanas si no podía controlarse. El "efecto Harry" estaba resultando demasiado asolador.