CAPÍTULO 10
Naruto no consiguió hacerle decir nada más, aunque la línea seguía abierta.
Se vistió a toda prisa y metió los pies descalzos en unas zapatillas de deporte. Agarró su sobaquera, con la Beretta dentro, pero no perdió tiempo en ponérsela. Apenas un minuto después de contestar al teléfono estaba ya saliendo por la puerta.
El corazón le retumbaba dolorosamente contra las costillas.
¿Qué había dicho Hinata?
Su última frase había sonado tan débil que casi no pudo oírla; algo que estaba haciendo otra vez.
No importaba lo que hubiera dicho. Había sentido su pánico a través del teléfono, tan real como si lo estuviera viendo. Hinata tenía problemas, problemas graves.
Llovía ligeramente, justo lo bastante para que las calles estuvieran resbaladizas y necesitara usar todo el tiempo el limpiaparabrisas del coche. No pudo conducir tan deprecia como hubiera querido, pero aún así iba demasiado rápido para el estado de la calzada. La sensación de urgencia le hacía mantener el pie en el acelerador. Al llegar a un Stop simplemente reducía la velocidad, y se detenía en un semáforo rojo sólo hasta que se abría una brecha en el tráfico.
Un accidente ocurrido en la autovía le obligó a saltar la mediana, retroceder y tomar otra ruta, desperdiciando un tiempo precioso. Habían pasado casi veinte minutos cuando por fin llegó a la casa de Hinata. Su coche se encontraba en el lugar de costumbre, y había una luz encendida en el cuarto de estar
No se molestó en subir los pequeños escalones, sino que se plantó en el porche de un salto y a la puerta.
-¿Hinata? Soy Naruto. Abre.
Dentro de la casa reinaba un silencio absoluto, tan total como el de la otra tarde en la vivienda de los Yakushi, como si allí no hubiera criatura viviente. Se le heló la sangre en las venas, y su voz sonó al llamarla otra vez al tiempo que golpeaba la puerta con el puño.
Aquella puerta no tenia cristales que pudiera romper, y no perdió el tiempo en ir a la parte de atrás a ver la puerta de la cocina. Retrocedió un paso y lanzó un fuerte puntapié a la puerta.
Después de cuatro patadas se rompió la cerradura y se astilló el marco, y la puerta cedio de golpe para ir a estrellarse contra la pared. Sabía que debería ir más despacio, no entrar a lo loco sin conocer cuál era la situación, pero el miedo pudo más que la prudencia, y se arrojó por la abertura sin pensarlo, Beretta en mano.
-¡Hinata!
Hinata estaba allí, sentada en el sofá, en el círculo de luz que proyectaba la lámpara, igual que una estatua en un nicho. Tenía los ojos abiertos, fijos y vacíos. Estaba completamente inmóvil, blanca como la cal, y por un instante de agonía Naruto dejó de respirar. El dolor fue como un puñetazo, y sintió que le oprimía el corazón.
Entonces se acordó de lo que había dicho el agente Umino, que al principio creyó que estaba muerta, y comenzó a respirar de nuevo y consiguió moverse, aunque el miedo aún no le había soltado de su helada garra. Dejó la pistola a un lado y se arrodilló en el suelo frente a Hinata, le cogió una mano del regazo y la sostuvo mientras le palpaba la frágil muñeca con dos dedos. Presionó ligeramente y encontró el ritmo tranquilizador del pulso, lento pero firme.
Tenía la piel helada, pero justo debajo de aquel frío superficial latía el calor de la vida.
- Hinata -dijo otra vez, ya mucho más calmado. Seguía sin haber respuesta.
La examinó detenidamente. Y después exploró el entorno que la rodeaba No había señales de lucha, ni tampoco heridas a la vista. Parecía estar bien físicamente.
El auricular del teléfono yacía a su lado, sobre el sofá, un pitido intermitente. Lo recogió y lo colocó en su sitio.
Tragó saliva al comprender lo que debía de haber pasado. Hinata había tenido otra visión, tal vez incluso todavía estuviera atrapada en ella. ¿Qué sería esta vez? ¿Otro asesinato ? Santo Dios, con tantas drogas y pandillas callejeras, resultaba increíble que Hinata no pasara la mayor parte del tiempo en estado catatónico. ¿Percibiría alguna vez lo bueno, los momentos de felicidad de las personas que jugaban con sus hijos o se reían de alguna broma sencilla?
¿Cómo lograría vivir su vida, si siempre estaba sobrecargada con toda aquella mierda de la vida de otros ?
Hinata llevaba puesto sólo un delgado top y unas bragas, y tenía las piernas heladas al tacto. Naruto se levantó y cerró la puerta destrozada, y después fue al dormitorio a buscar una manta. La pequeña habitación, al igual que todas las que había visto del apartamento, era acogedora y sedante. Hinata había convertido aquella casa en su refugio, su barrera para defenderse del mundo. Se quedó de pie en medio y miró a su alrededor, aprendiendo a conocerla en los pequeños detalles. Los cobertores de la pequeña cama estaban revueltos y medio tirados en el suelo; era evidente que se encontraba acostada cuando comenzó la visión, y el estado de aquellas ropas daba la medida de la agitación que debió de sentir.
Había un chal de punto tirado sobre una mecedora. Lo recogió y regresó al cuarto de estar, donde se lo echó por encima a Hinata, con cuidado de taparle bien los brazos y las piernas. Que él supiera, Hinata no se había movido ni siquiera un centímetro, excepto el apenas perceptible subir y bajar de su pecho por la respiración.
No sabía qué más hacer, salvo esperar. Fue a la cocina y preparó una cafetera; tal vez Hinata no necesitara café cuando saliera de aquel trance, pero seguro que él sí.
Se sentó en el sofá a su lado a observarla. Su expresión era tan vacía como la de la estatua a la que le había recordado antes. No se daba cuenta de nada; tenía los ojos abiertos, pero o bien se hallaba inconsciente, o bien. ..estaba ida, no sabía cómo.
Estudió su rostro inexpresivo. Vistas de perfil, sus facciones poseían una pureza de otro mundo que no había notado antes. Cuando estaba despierta, lo afilado de su lengua y la fría inteligencia que vio en aquellos insondables ojos perlas acaparaba la mayor parte de su atención. La mayor parte, pero no toda. Si Hinata estuviera despierta, seguramente él no le habría tapado aquel cuerpo semidesnudo.
Miró la suave curva de sus labios y recordó su textura, su sabor. Su figura era todo delicadeza femenina, curvas suaves y ligeras que le provocaban un intenso calor en todo el cuerpo y una clara tirantez en la piel.
Habían transcurrido diez minutos. El mecánico zumbar y escupir que provenía de la cocina había cesado, lo que indicaba que el café había terminado de hacerse. Fue por una taza, y después volvió a sentarse junto a Hinata y dejó la taza sobre la mesita auxiliar. Levantó a Hinata muy suavemente y la sentó sobre sus rodillas.
- Hinata. ¿Puedes despertarte ya? Vamos, cariño, despierta. -Le acarició la cara, le dio un apretón en el hombro, la sacudió.
Ella emitió un leve ruido, que no llegó a ser un gemido, y sus pestañas se agitaron.
-Vuelve a mí, Hinata. Soy Naruto. Despierta y cuéntame qué ha pasado.
La cabeza le cayó inerte sobre su hombro. La acunó en el brazo y con la mano libre le frotó el hombro, sintiendo la piel fría y lisa bajo su dura palma. La sacudió otra vez, pero sin violencia, sólo para reanimarla. Ahora Hinata tenía los ojos cerrados, lo cual le pareció más natural, como si estuviera durmiendo.
-¡Hinata! -Usó un tono de voz más duro-. ¡Despierta y háblame, maldita sea!
Ella gimió e intentó apartarse de él, pero la mano se le cayó sin fuerza sobre el regazo como si no pudiera controlarla. Aspiró varias veces espasmódicamente, sus párpados se abrieron pero se cerraron otra vez, pues al parecer aquello le costaba un esfuerzo excesivo.
- Hinata, mírame. -Pronunció su nombre a propósito, para hacerla volver de lo más recóndito de la oscuridad, de vuelta hacia la luz.
•
•
Alguien la llamaba insistentemente por su nombre. La mente exhausta de Hinata se aferró a aquel dato conocido, igual que una persona que está a punto de ahogarse se aferra a un salvavidas. Le proporcionaba un centro, una sensación de identidad en medio del nublado torbellino de aquella pesadilla. La voz sonó muy lejana al principio, pero luego se fue acercando cada vez más, hasta que la sintió justo encima.
La realidad fue entrando poco a poco, aunque en ella había algo muy irreal. Tenía la sensación de estar apoyada contra alguien, de que unos brazos la rodeaban, y era una sensación tan desconocida que la confundió. Ella no permitía que nadie la abrazase; la intrusión mental, reforzada por el contacto físico, resultaba un trastorno demasiado grande. Sin embargo, alguien la había abrazado de hecho, insistía su mente.
Oh, sí. Naruto.
Intimidándola suavemente, tenaz, negándose a escucharla.
..Claro. Naruto.
Se obligó a abrir los párpados y se encontró mirando de frente aquel rudo rostro, aquellos ojos cielo oscurecidos por la preocupación. Sintió el corazón de él latir con fuerza contra ella, un ritmo reconfortante que le provocó el impulso de acurrucarse contra él. Notó el calor de su gran cuerpo debajo, alrededor, ahuyentando el frío que le helaba los huesos. ¿Por qué tenía tanto frío?
Miró a su alrededor con los ojos nublados. Se encontraba en su sala de estar. ¿Pero por qué estaba allí Naruto, y por qué estaba ella sentada en sus rodillas? ¿Por qué estaba tan cansada? Había esperado que el detective la llamase, pero no la llamó, y se fue a la cama. ..
Le había llamado ella.
Se puso rígida, al tiempo que los recuerdos regresaron a su cerebro trayendo consigo una avalancha de horribles detalles que hubiera preferido no recordar. Su mente exhausta luchó por combatirlos.
- Naruto. -Asió su camisa, retorciendo la tela entre los dedos.
-No pasa nada -murmuró él, acariciándole el pelo-. Estoy aquí. Has tenido otra visión, ¿verdad? ¿Qué ha sido esta vez? No tengas ninguna prisa, tranquilízate. ¿Quieres un poco de café? ¿Te sentirás mejor así?
Le acercó la taza de café a los labios, y ella bebió un pequeño sorbo con la esperanza de que la cafeína le hiciera ganar unos pocos minutos. Tenía que ordenar sus ideas, contarle a Naruto todo lo que pudiera, pero aquel café era el peor que había probado nunca, y volvió la cara con una mueca cuando él intentó hacerla beber de nuevo.
-Ha vuelto a hacerlo -dijo con pronunciación un tanto imprecisa.
-¿Quién? -preguntó Naruto en tono ausente, intentando que Hinata bebiera un poco más de café. Pero ella apartó la cabeza.
-Él. Esta noche ha matado a otra mujer. -El temblor había empezado otra vez, un temblor que le nacía dentro.
Naruto se puso en tensión. Ella notó cómo contraía los músculos bajo su peso.
-¿El mismo que mató a Nōnō Yakushi? -preguntó lentamente.
-Sí. Percibí que estaba ahí, mirando... Lo sentí, sólo ligeramente, la noche que te llamé.-Hizo un esfuerzo por decirlo todo seguido, aunque fuera a trompicones.
-¿Eso es lo que te asustó?
Hinata afirmó con la cabeza, aunque apenas podía moverla en el hueco del hombro de Naruto.
Naruto la estrechó contra sí, cogió el teléfono y llamó a la central. Se identificó y dijo:
-¿Se ha dado esta noche algún parte del asesinato de una mujer?
-No, está todo bastante tranquilo para ser viernes. Supongo que la lluvia ha contribuido a ello. ¿Es que sabes algo que no sepamos nosotros?
-Puede que sí, puede que no. Escucha, si surge algo así, llámame al busca. De día o de noche, da lo mismo.
-De acuerdo.
Colgó y miró a Hinata.
-No se ha recibido ningún parte.
Ella todavía estaba aferrada a su camisa, y sus ojos habían adoptado aquella mirada remota que tenían el lunes por la mañana, cuando relató una historia de horror con voz fría e inexpresiva. El temblor de su cuerpo menudo se había incrementado; Naruto la rodeó con ambos brazos, en un intento de absorber los espasmos que notaba que le recorrían todo el cuerpo.
-La víctima es pelirroja -dijo Hinata con aquella voz débil y fantasmagórica-. Y es muy guapa. Está viendo la televisión, una película antigua. No sabe que él está ahí. Él se sitúa a su espalda y se queda ahí, mirándola. Le divierte eso; ¿cuánto tiempo pasará hasta que ella se dé cuenta de su presencia? Demasiado. Es una zorra imbécil, y él empieza a aburrirse. Le toca el cuello con la mano izquierda, y después le tapa la boca antes de que pueda gritar. Le encanta ese primer momento de terror. Tiene el cuchillo en la mano derecha. Se lo acerca a la garganta.
-¿Estás segura de que es el mismo? -preguntó Naruto. Estaba desesperado por oírlo decir que no estaba segura.
-Sí. La película aún no ha terminado, y amortigua el ruido. Él la obliga a quitarse el pijama y tenderse en el suelo. Los sofás resultan demasiado estrechos; no le gustan los sofás. Utiliza un condón. Ella no merece su esperma. Lento y suave, lento y suave... Deja que se relaje, que no tenga tanto miedo. No le hagas daño, todavía no.
Naruto la sujetó contra sí, la abrazó tan fuerte que esperaba que ella protestase, pero Hinata no protestó, pues toda su atención estaba fija en aquella terrorífica narración. Los escalofríos le subían por la espalda, y el cabello de la nuca se le puso de punta.
Oh, Dios.
-Ha terminado. Está de rodillas delante de ella. Ella lo mira asustada, con los ojos muy abiertos, pero esperanzada. Eso está muy bien, verdaderamente bien. Él le sonríe, y ella mueve temblorosa esos labios de imbécil, pero sonríe también. Tiene miedo de no hacerlo, pues cree que él está loco. Es demasiado idiota para vivir. Está aburrido; esto no es tan divertido como lo de la vez pasada. A lo mejor podría animarla un poco. La pincha un poco y ella chilla como un cerdo, y entonces empieza la carrera. Vueltas y más vueltas, alrededor del árbol.
-Dios mío -dijo Naruto con voz ronca-. Hinata, déjalo ya. Ya basta.
Ella parpadeó y volvió a enfocar la vista en él, y la expresión de sus ojos hizo que Naruto sintiera deseos de llorar. La palidez causada por el agotamiento oscurecía el rostro de Hinata igual que una máscara de barro.
-Tienes que atraparlo -dijo con voz borrosa.
-Ya lo sé. Lo haré, cariño. Te lo prometo.
Ella volvió a esconder la cara en su hombro y cerró los ojos. Su cuerpo quedó inerte en brazos de Naruto. Él la miró y vio que empezaba a respirar lenta y profundamente, lo que indicaba que se había quedado dormida. Con toda rapidez se había deslizado en la inconsciencia. No se alarmó; después de haberla visto como estaba cuando él llegó a la casa, aquello le pareció completamente normal.
Se quedó allí sentado por espacio de varios minutos, con el semblante serio, pensando en las desagradables ramificaciones. Por fin se levantó, todavía con Hinata en brazos, y la llevó hasta el dormitorio, donde la depositó con cuidado sobre la cama. Ella ni se movió cuando le quitó el chal y volvió a taparla con la sábana.
Rellenó la taza de café caliente, luego volvió a sentarse y se puso a reflexionar sobre lo sucedido esa noche. No le gustaba nada.
Echó una mirada al reloj: ya eran más de las doce. Pero llamó a Sai de todos modos.
Alguien levantó bruscamente el auricular al otro extremo de la línea, y oyó una voz de mujer que dijo:
-¿Diga? -Al mismo tiempo Sai decía-: jNo contestes! -Era obvio que dos cervezas no le habían dejado demasiado incapacitado, y era obvio que la cita anulada había sido recuperada.
Entonces se puso Sai al teléfono, apartando a su compañera.
-¿Sí?
Naruto no estaba de humor para hacerle alguna broma.
-Esta noche Hinata ha tenido otra visión -dijo sin preámbulos-. El mismo tipo. Dice que ha matado a otra víctima.
Sai guardó silencio durante un par de minutos mientras absorbía aquella información.
-¿Dónde? -preguntó.
-Todavía no se ha recibido ningún parte.
Más silencio. Luego dijo:
-Esto demostrará de un modo o de otro si ella es lo que dice ser.
-Sí. Se encontraba bastante mal. Estoy en su casa, por si me necesitas. La central me llamará si se informa de algo.
-De acuerdo. Si ella está en lo cierto... ¡Mierda!
Eso es, mierda. Naruto se quedó allí, tomando café, meditabundo. Si Hinata estaba en lo cierto, y el mismo tipo que había asesinado a Nōnō Yakushi acababa de matar a otra mujer, y de la misma manera, iban a tener problemas. Por mucho que ansiara pescar a aquel hijo de puta, creía que estaba buscando a un asesino ocasional, había albergado la esperanza de que fuera alguien que conocía a la señora Yakushi. Pensó que sería algo personal, aunque no había podido encontrar nada que indicase qué había sido. El hecho de que hubiera múltiples heridas de arma blanca normalmente significaba que alguien odiaba de verdad a la víctima.
Pero la presencia de otra víctima, asesinada con el mismo modus operandi, quería decir que tenían un psicópata en Orlando. Un asesino en serie. Alguien sin conciencia, alguien que sólo actuaba según sus propias reglas. Peor aún, parecía tratarse de un asesino en serie inteligente, que se tomaba muchas molestias para no dejar ninguna prueba. Los asesinos en serie eran muy difíciles de coger, cualesquiera que fuesen las circunstancias, pero uno que fuera listo era casi imposible. Mataban mucho antes de cometer por fin un error.
Naruto no podía hacer otra cosa que esperar. No podía investigar un asesinato del que no se había dado parte, un cadáver que no se había hallado. Hasta que apareciera una víctima, lo único que tenía era una visión sufrida por una vidente quemada y traumatizada. Sin embargo, creía en ella; sus tripas creían en ella, y eso en sí mismo ya daba miedo. En un rincón de su cerebro todavía quedaba un resquicio racional que le decía: «espera a ver», pero la razón no podía disipar el nudo que tenía en el estómago.
Conocía la terminología: asesino en serie con agresión sexual y espiral de violencia. Intentó recordar si había en Orlando algún crimen de esa clase sin resolver antes del de Nōnō Yakushi, pero no le vino ninguno a la mente, al menos ninguno que se le pareciera. O bien el asesino acababa de empezar a matar a sus víctimas, o bien se había trasladado desde otra ciudad. Si un asesino se desplazaba, los crímenes se repartían por diversas jurisdicciones, y los policías tal vez nunca cayeran en la cuenta de que eran obra de un asesino en serie porque no disponían de los otros asesinatos para comparar.
Si la señora Yakushi había sido la primera víctima, para haber vuelto a matar tan pronto el asesino debía de haber perdido totalmente el control, y pronto habría un baño de sangre en la ciudad. Un asesino cada vez más violento empezaba despacio; podían transcurrir meses entre una víctima y otra. Luego los asesinatos comenzaban a espaciarse menos, porque ésa era la única manera en que se ponía cachondo, y quería más y con más frecuencia. Una sola semana de lapso era señal de una incipiente escalada de violencia.
Y él no podía hacer otra cosa que esperar.
¿Cuándo sería más probable que se descubriera el cadáver, si es que había cadáver? A lo mejor el marido trabajaba en el turno de noche, como el señor Yakushi. A lo mejor era ése el denominador común, que el marido trabajase por las noches. En ese caso, el descubrimiento se haría por la mañana, digamos que entre las seis y las ocho. Pero si la víctima vivía sola, podían pasar un par de días o más hasta que alguien la echara de menos lo bastante como para ir a ver qué pasaba. Diablos, había visto casos en los que la víctima llevaba incluso semanas muerta antes de que alguien lo descubriese.
Esperar.
Volvió a mirar el reloj. Las dos y cinco. El café se había terminado, y tomaba tanto que sólo le hacía efecto mientras fuera rellenando la taza. Estaba cansado; sentía los párpados como si fueran papel de lija. Observó el sofá de Hinata, y lanzó un resoplido de rechazo; él medía uno ochenta y siete, y el sofá poco más de metro y medio. Nunca había sido aficionado al masoquismo.
Se asomó a la única habitación de la casa que no había visto, preguntándose si sería otro dormitorio. No lo era. Allí era donde Hinata guardaba muebles viejos, maletas, cajas de libros. Aquel lugar no estaba tan abarrotado como solían estarlo las habitaciones principales de su propia casa.
La única cama que había era la que ocupaba Hinata en aquel momento. Supuso que podría marcharse a casa, pero no quería dejarla sola. La cerradura de la puerta estaba destrozada.
No sabía cuánto tiempo iba a dormir Hinata, pero tenía la intención de estar allí cuando se despertara.
Dudó sólo una fracción de segundo, imaginando qué diría ella si se despertase con él aliado en la cama, pero se encogió de hombros y fue al dormitorio. Que él se hubiera dado cuenta, Hinata ni siquiera se había movido.
Se desnudó hasta quedarse en calzoncillos, arrojó las prendas sobre la mecedora y dejó la pistola sobre la mesilla de noche, y el busca con ella. Era la única mesilla, y Hinata estaba en aquel lado de la cama. Naruto se apresuró a pasar por encima de ella y, sin el menor remordimiento de conciencia, se acostó a su lado y apagó la luz.
Resultaba agradable.
Empezó a invadirle una sensación de contento, un cálido antídoto a la preocupación de las últimas horas. Grande como era, la cama se le hacía estrecha, pero incluso eso tenía su lado bueno, porque tenía a Hinata muy cerca. La rodeó con sus brazos y la acunó contra sí, con la cabeza apoyada en el hueco de su hombro. El cuerpo menudo de Hinata era suave y frágil, y su respiración le rozaba el pecho a Naruto con el más leve de los contactos
No le costaría nada permanecer así tumbado y despierto el resto de su vida, si podía protegerla a ella de lo que había pasado aquella noche. Hinata se lo había dicho, el agente Umino se lo había dicho, el profesor se lo había dicho, pero hasta que lo vio con sus propios ojos simplemente no se dio cuenta de lo traumático que era para ella, cuánto daño le hacía, el coste que le suponía.
¡Qué precio había pagado! Naruto sabía las consecuencias que tenia para el espíritu humano ver tanto horror, un día tras otro. Algunos policías lo llevaban mejor que otros, pero a todos les pasaba factura, y eso que ellos poseían una sensibilidad simplemente normal ¿Qué habría sido para Hinata el sentirlo todo, todo el dolor, la rabia y el odio? Perder su capacidad de experimentar empatía debió de ser como ser rescatado de una tortura. Ahora que evidentemente había recuperado aquella capacidad, ¿cómo se sentiría? ¿Atrapada?
¿Desesperada?
Sintió el deseo vibrar en sus ingles; no podía estar junto a ella sin desearla. Pero más fuerte que el deseo era la necesidad de abrazarla con fuerza y protegerla, tanto de los horrores de dentro como de los de fuera.
Durmió hasta las ocho, y se despertó instantáneamente cuando se dio cuenta de que el busca no había sonado durante la noche Ni tampoco se había movido Hinata Yacía inerte a su lado, con una inmovilidad que indicaba la medida de su agotamiento ¿Cuánto le duraría normalmente aquel estupor?
Se dio una ducha, suponiendo que a ella no le importaría que usara su cuarto de baño y sus toallas Después se afeitó, utilizando la maquinilla de ella, y soltó un juramento al cortarse. Acto seguido fue a la cocina y preparó otra cafetera. Empezaba a sentirse tan cómodo en casa de Hinata como en la suya propia Mientras esperaba a que se hiciera el café, estuvo examinando los destrozos de la puerta de entrada para cambiarla por otra Acababa de terminar cuando sonó el teléfono.
-¿Has sabido algo? -preguntó Sai
-Nada.
-¿Qué dice Hinata?
-No ha dicho nada Lleva durmiendo casi desde que salió de la visión anoche. Logró contarme lo que había visto, y después se quedó dormida
-Esta noche he pasado horas pensando en esto Si se trata de un asesino en serie
-Tenemos problemas.
-¿No deberíamos decir a Jiraiya lo que pensamos?
-Creo que sí. Al fin y al cabo, él creyó a Hinata antes que ninguno de los dos No podemos hacer nada hasta que se verifique el crimen, pero debemos tenerle informado
-Vamos a tener la sensación de estar haciendo el ridículo sí no aparece nadie
-Eso espero -dijo Naruto con gravedad-. Sinceramente espero poder sentirme el mayor idiota andando por la calle. Eso sería mejor que la otra alternativa.
Sai suspiró.
-Hablaré con Jiraiya -se ofreció-. ¿Cuánto tiempo vas a quedarte en dasa de Hinata?
-No lo sé. Por lo menos hasta que sea capaz de funcionar por sí sola. Todo el fin de semana por lo que parece.
-La deja agotada, ¿eh?
-Tú no sabes ni la mitad. -Se le ocurrió una idea-. Y mientras andas por ahí hoy, necesito que me consigas una puerta. La de Hinata no era muy fuerte.
•
•
La voz tiraba insistentemente de ella, se negaba a dejarla descansar. Era una voz muy paciente, pero implacable. En lo más recóndito de su conciencia sabía que le era familir, pero no lograba reconocerla del todo. Estaba cansada, muy cansada; sólo quería dormir, olvidar.
No era la primera vez que aquella voz la sacaba del olvido. ¿Por qué no la dejaba en paz?
Impaciente, opuso resistencia a aquella perturbación, él, buscando regresar de nuevo a la comodidad de la nada.
- Hinata. Vamos, Hinata. Despierta.
Aquello no iba a acabar. Trató de dar la espalda al ruido, pero había algo que la sujetaba.
-Eso es, cariño, abre los ojos.
La rendición pareció más fácil; no tenía fuerzas para luchar. Los párpados le parecían de piedra, pero se esforzó por abrirlos, y frunció el ceño confusa al ver al hombre que estaba sentado en la cama junto a ella. Sus brazos la rodeaban a un lado y a otro, tensando la sábana; era eso lo que le impedía moverse..
-Bueno - dijo él con suavidad-. Hola, cielo. Empezaba a preocuparme.
Hinata no podía pensar; todo era confuso. ¿Por qué estaba Naruto aprisionándola de aquel modo? Debía de llevar la confusión pintada en la cara, porque él sonrió y levantó una mano para apartarle el cabello enmarañado del rostro.
-No pasa nada. Pero llevas mucho tiempo durmiendo, y no sabía si era normal o no, así que he decidido probar a despertarte. Me ha costado un poco - añadió en tono irónico.
-¿Qué…?¿Porqué estás aquí? - balbuceó ella, intentando sentarse.
Naruto se echó hacia atrás y soltó la sábana, y ella se incorporó con esfuerzo hasta la posición de sentada, un esfuerzo tan grande que se sintió dolorida. ¿Qué le pasaba?¿Había estado enferma? La gripe, tal vez; le dolían tanto los huesos, que quizá fuera esa la explicación. ¿Pero porqué estaba allí Naruto?
-Si tuviera que adivinar -dijo él, empleando un tono grave y tranquilizador-, diría que tu necesidad de ir al baño tiene que ser ya crítica. ¿Podrás llegar hasta allí?
Cuando él lo mencionó, Hinata se dio cuenta de que había dado exactamente en el clavo.
Asintió con un gesto y apartó la sábana con mano torpe. Él se puso de pie para que pudiera sacar las piernas de la cama. No llevaba puesta mucha ropa, pensó Hinata débilmente al tiempo que se sentaba en el borde de la cama y se miraba las piernas desnudas, pero no tenía fuerzas ni para preocuparse.
Intentó ponerse de pie, y volvió a hundirse pesadamente en el colchón. Naruto se agachó y la levantó con facilidad en sus brazos. La cabeza se le cayó en la curva formada por el cuello y los hombros de él, y aquella postura le resultó tan cómoda que no intentó modificarla.
Oyó el zumbido del aire acondicionado. Notaba el aire frío en la piel, y el calor que irradiaba el gran cuerpo de Naruto le parecía divino.La llevaba…a alguna parte. Cerró los ojos.
-No, no los cierres -la regañó él, dejándola de pie en el suelo. Ella volvió a abrir los ojos y vio que se encontraba en su cuarto de baño-. Haz un esfuerzo, cariño. Vamos, ¿podrás arreglártelas tú sola o quieres que me quede contigo?
Hinata no estaba tan cansada como para no lanzarle una mirada que decía: «¡Venga ya!», y él rió suavemente.
-Estoy bien -le dijo, aunque captó la preocupante debilidad en su propia voz. Pero no hizo caso. Se las arreglaría; siempre se las arreglaba.
-Está bien, estaré justo al otro lado de la puerta. Llámame si me necesitas.
Cuando Naruto la dejó sola, Hinata se quedó de pie, en precario equilibrio, mirando con anhelo la bañera y preguntándose a sí misma si lograría sostenerse en pie el tiempo suficiente para tomar una ducha. Sería muy embarazoso que Naruto tuviera que ayudarla, que manipulase su cuerpo desnudo como si ella fuera un bebé desválido.
No obstante, lo primero es lo primero. Tenía mucha sed, pero había una necesidad más acuciante. Cuando ésta fue satisfecha, se bebió de golpe dos vasos de agua y después permaneció unos segundos con el vaso apoyado contra la frente. Tenía la mente todavía tan borrosa que cualquier pensamiento le suponía un verdadero esfuerzo. Necesitaba recordar algo, sentía que era urgente, pero no pudo concentrarse lo bastante para sacarlo a la luz. Lo único que deseaba hacer era dormir. Bendito sueño. No quería recordar.
En realidad deseaba mucho tomar aquella ducha.
Por fin, lo más sencillo de hacer fue abrir el grifo del agua y meterse debajo de él, con ropa y todo, de modo que eso fue lo que hizo. Dejó a propósito el agua no demasiado tibia, pues sabía que eso la despertaría, no porque quisera sino porque aceptaba la necesidad.
Permaneció de pie bajo el chorro fresco, con la cara vuelta hacia arriba para percibir toda la fuerza del agua, y esperó a que se disipara la niebla, que volviera la memoria. Dejó que el agua la dominara y se llevase la sal de las lágrimas, del mismo modo que una inundación se apodera de un riachuelo. Pero llegó un momento en que ni eso fue suficiente y tuvo que enterrar la cara entre las manos, al tiempo que los sollozos recorrían todo su cuerpo.
-¿Hinata ? -El tono de voz impaciente y preocupado cambió de pronto y se tornó grave y firme -: Ya sé, cielo. Ya sé que es horrible. Pero ahora no estás sola. Yo voy a cuidar de ti.
El grifo del agua se cerró. y Hinata sintió las fuertes manos de Naruto sobre ella, ayudándola a salir de la bañera. Se quedó de pie sobre la alfombrilla, chorreando agua, todavía con los ojos cerrados, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.
-Estás empapada - dijo Naruto, aún en aquel tono tranquilizador, sedante- Vamos a quitarle esta ropa mojada….
-No -logró decir Hinata con voz ahogada.
-No puedes dejártela puesta.
-Sí me la voy a dejar.
-¿Estás segura?
Ella asintió.
-Está bien. Sólo abre los ojos, cariño, y dime que podrás arreglártelas, y me iré a buscar ropa seca y te dejaré a solas. Pero antes quiero ver esos ojos.
Hinata tragó saliva y aspiró hondo dos veces para controlar las lágrimas. Cuando creyó poder dominar la situación, se obligó a sí misma a abrir los ojos y mirar a Naruto.
-Puedo hacerlo.
Naruto la observó con mirada penetrante ya continuación asintió brevemente con la cabeza.
-Voy por la ropa. Dime qué quieres ponerte.
Hinata intentó pensar, pero no le venía nada a la mente.
-Lo mismo me da. Cualquier cosa.
-Cualquier cosa. -Si por él fuera, le bastaría con unas bragas y el albornoz de algodón.
Mientras él aguardaba fuera, Hinata se quitó la ropa mojada, se secó torpemente y después se vistió con lo que él le trajo. Se estaba frotando el pelo húmedo con una toalla cuando Naruto decidió que ya había disfrutado de bastante tiempo, y volvió a abrir la puerta.
-Dame, lo haré yo -le dijo, quitándole la toalla y bajando la tapa del inodoro para que se sentase.
Ella se sentó, y Naruto le fue secando cuidadosamente el exceso de humedad del cabello, luego cogió el peine y empezó a deshacer los enredos. Hinata permaneció allí sentada igual que una niña, dejando que él la atendiese, y aquellas pequeñas atenciones le proporcionaron un placer que jamás había conocido. Entumecida, se dio cuenta de que lo que él había dicho era cierto: esta vez no estaba sola. Naruto estaba con ella. Había estado allí esa noche y todavía seguía allí, cuidando de ella, prestándole su fuerza cuando ella no tenía ninguna.
-¿Qué hora es? -preguntó Hinata por fin.
Algo trivial, pero las cosas pequeñas y sin importancia eran las anclas de la vida, las constantes que procuraban estabilidad.
-Casi la una. Tienes que comer; vamos a la cocina, y haré café y después te prepararé el desayuno.
Hinata recordó el café que Naruto le había dado a beber, y le dirigió una mirada horrorizada.
-El café puedo hacerlo yo.
Naruto aceptó de buen grado el rechazo de su café, pues ya estaba acostumbrado. Hinata estaba saliendo de aquello, ya podía decir lo que quería sobre su café. Estaba más despejada, aunque su rostro seguía sumamente pálido salvo por las ojeras, y tirante por la nerviosa. Le rodeó la cintura con un brazo para sostenerla los dos se encaminaron lentamente hacia la cocina.
Hinata se apoyó contra el armario mientras hacía el café, luego sentó y observó cómo Naruto preparaba con cierta competencia un desayuno a base de tostadas, tocino y un huevo revuelto. Comió un par de bocados del huevo y del tocino, y una tostada. Naruto se comió resto.
Cuando se derrumbó, Naruto, sin decir palabra, la atrajo hacia la abrazó mientras ella lloraba.
Continuará...
