CAPÍTULO 12
De algún modo estaba sobre su regazo, con la bata todavía abierta y la mano de Naruto dentro, pero en vez de sentirse amenazada, Hinata se sentía profundamente segura, rodeada por el calor y la fuerza de él como si de una ciudadela se tratara. Era una sensación deliciosa, una que jamás había podido disfrutar. Quería hundirse en él, gozar de aquella libertad nueva, porque era eso, un paisaje enteramente nuevo que se abría ante ella.
Pero Naruto quería información, con todo detalle, y el detective Uzumaki era muy bueno en salirse con la suya.
Podía haber resistido la intimidación, pero no aquel silencio de espera que mantenía, un silencio en el que ella percibía tensión. Aquella tensión no se aliviaría hasta que Naruto lo supiera todo, de manera que se lo contó, hasta el último detalle de horror, incluido el sentimiento de culpa que había guardado dentro de sí a lo largo de los años.
Tenía la cabeza apoyada en su hombro y el rostro vuelto hacia la musculosa pared de su pecho. Por alguna razón era más fácil así, como si ella no pudiera ver ni ser vista.
- Me dejó sin conocimiento - comenzó - Cuando volví en mí estaba desnuda, tendida de espaldas en el suelo, con las manos atadas a una especie de tubo, quizás un viejo radiador. Otsutsuki estaba desnudo también, sentado a horcajadas sobre mis caderas y con el cuchillo en la mano, sonriente y aguardando a que me despertase. Dusty estaba atado a una cuna como a un par de metros de distancia, viéndolo todo.
-Era un niño muy guapo. -Su tono de voz era suave y distante al recordar-. Tenía rizos dorados por toda la cabeza y unos ojos azules grandes y redondos. Estaba muy asustado y lloraba todo el tiempo.
Naruto bajó la vista a su gran mano apoyada en el vientre de Hinata, que casi lo cubría completamente. La idea de que Otsutsuki le viese así y que utilizase un cuchillo contra aquel cuerpo suave, esbelto, femenino, era tan insoportable que apenas reprimió el gruñido que empezó a surgirle del pecho. Hinata parecía haberse olvidado que en aquel momento estaba casi desnuda, con la mente perdida en el pasado, pero Naruto era muy consciente de ello.
Aun en su rabia miró aquellos pechos suaves y redondos de tiernos pezones rosados y sintió el deseo quemarle por dentro. Lo controló, lo obligó a mantenerse apartado para poder abrazar a Hinata y escucharla. ¿Alguna vez la había abrazado alguien, le había procurado consuelo?
Creía que no, y eso contribuía a incrementar su rabia.
-No sé por qué lo hice -prosiguió Hinata, con la con la cabeza apoyada confiadamente en el hueco de su hombro-. Pero algo dentro de mi se negó... No pude rendirme a él. Antes habría muerto que darle lo que quería. Él quería que le suplicara, pero yo no estaba dispuesta a hacerlo. Quería que yo tuviera miedo, y lo tenía, pero no permití que él lo viera. Me reí de él. Oh, dios, me reí de verdad. Él me hirió con el cuchillo, y yo le grité y le dije que era una patética imitación de un hombre. Èl me separó las piernas e intentó metérmelo.- Titubeó incómoda-. Ya sabes… eso, no el cuchillo.
-Ya sé lo que es «eso» -gruñó Naruto.
Hinata escondió la cara un poco más en la curva de sucuello.
-No pudo hacerlo, y yo me burlé de él, le dije que no tenía más que un miserable gusano y que él mismo era un miserable gusano. Él se puso fuera de sí, noté que perdía el control, que explotaba todo aquel odio y aquella furia, pero seguí empujando. También sentí lo que experimentaba Dusty, tan aterrado, suplicándome que no permitiera que aquel hombre malo le hiciera daño otra vez.
-Así que seguí riéndome de Otsutsuki, dándole patadas todo lo que podía. De algún modo conseguí darle un puntapié entre las piernas, aunque no muy fuerte porque me resbaló el pie en su muslo, pero él… se volvió loco. En un momento determinado estaba sobre mí y al momento siguiente estaba atacando a Dusty, y Dusty chillaba a todo pulmón. Todavía le oigo chillar. Percibí sus sentimientos, su terror absoluto, su agonía. Fue como una ola negra que me inundase, que me invadiese el cerebro, y yo también me puse a chillar. Chillé y chillé, había sangre por todas partes... -Se detuvo, y después de una interminable pausa que duró tan sólo unos segundos, dijo simplemente-: No recuerdo nada más. Dusty murió, y yo morí con él.
Naruto sabía lo que había ocurrido después; el profesor se lo había contado. Los gritos de Hinata señalaron el lugar donde se encontraba Otsutsuki al sheriff y sus hombres, y mataron a Otsutsuki antes de que pudiera volcar su furia sobre Hinata. Pero no llegaron a tiempo de salvar a Dusty, y en cierto modo tampoco llegaron a tiempo de salvar a Hinata. Unida como estaba a Dusty, la muerte del niño fue la suya propia, y fue un milagro que hubiera sobrevivido al shock.
Naruto le acarició el pelo detrás de la oreja y le rozó la mejilla.
-Pero tú regresaste -dijo con ferocidad controlada.
-Con el tiempo. Pasó mucho tiempo antes de que fuera capaz de sentir algo, alguna clase de emoción. Antes lo había percibido todo, los sentimientos de todo el mundo, y después de eso ni siquiera podía percibir los míos. No tenía ninguno.
- Te curaste, Hinata. Ha pasado mucho tiempo, pero él no ganó. No ha podido vencerte.
-Se acercó mucho -replicó Hinata. Permaneció apoyada en Naruto por espacio de unos segundos-. Si yo no le hubiera empujado, si le hubiera dado lo que quería, probablemente Dusty aún estaría vivo.
Naruto soltó un resoplido.
-Ya, sería estupendo que todos fuéramos omnipotentes. -No estaba dispuesto a perder aquel momento mostrando contemplaciones ante el lógico sentimiento de culpa que experimentaba Hinata. La sacudió ligeramente y la obligó a levantar la vista hacia él-. Me alegro de que estés aquí -dijo con toda intención.
Ella logró esbozar una frágil sonrisa.
-Yo también. Y hay ocasiones en que eso parece ser lo más cruel de todo, que me alegre de estar viva. Cuando me reía de Otsutsuki no pensaba en lo que pasaría después; lo único que sabía era que de ningún modo podía soportar que me violase. La idea de tenerlo dentro de mí me resultaba tan repugnante que estaba dispuesta incluso a provocar que me matara antes que tolerar que me tocase. De todas las cosas que me han causado pesadillas, el sexo ha sido la peor. Puedo ver violencia en la televisión o en las películas, pero sigo sin soportar una escena de sexo. No puedo imaginarlo como amor. Recuerdo la cara de Otsutsuki, el olor de su aliento, la forma en que salpicaba saliva cuando me gritaba. Recuerdo la sensación de tenerle encima, entre las piernas, y todavía siento el deseo de burlarme. -Respiró hondo-. De todas maneras, el sexo nunca ha sido agradable para mí -dijo con sinceridad.
-¿Por qué? -El tono de voz de Naruto no era exigente, y su contacto resultaba casi distraído al apartarle con suavidad el pelo de la frente, pero la mirada de sus ojos era intensa.
Hinata nunca había hablado de las dificultades que había tenido con el sexo, pero por alguna razón, allí acurrucada en los protectores brazos de Naruto, con el resto el mundo a raya, pudo hacerlo. Se sentía extrañamente soñolienta, atrapada en una mezcla de cansancio y las secuelas del estrés, como si nada fuera del todo real.
-Fue horrible. Mentalmente, no pude soportarlo. Tuve que esforzarme mucho para construirme una coraza, para protegerme de todo -explicó. -Era la única manera de poder funcionar con normalidad, y esa coraza era, como mucho, sólo una protección parcial. Toda mi vida he querido ser normal, he querido amar a alguien, tener una relación sentimental, tener lo que tiene la gente normal. No he querido nunca estar sola, he deseado una intimidad que sea maravillosa, pero no lo ha sido. La intimidad física simplemente hacía desaparecer mis barreras mentales. No podía bloquear nada. La interferencia mental era enorme; lo único que podía sentir eran las emociones de él, que impedían cualquier disfrute físico que yo pudiera haber experimentado. Eso tampoco resultaba muy halagador. -Esbozó una sonrisa torcida-. Él no se sentía abrumado por el afecto hacia mí; lo único que quería era sexo. y estaba orgulloso de sí mismo por atreverse a tener una relación sexual con una vidente chiflada.
-Hijo de puta -dijo Naruto con suavidad. Hinata alzó un hombro ligeramente.
-Estaba un poco chiflada. Todavía lo estoy.
-Diablos, no me extraña que te ponga nerviosa el sexo. Lo único que has visto es el lado malo; nunca has tenido ilusiones románticas, ¿no es verdad? Sabes lo que es marcar tantos, lo que es una violación. Debes de pensar que los hombres son escoria.
-No -negó Hinata--. Cuando uno sabe lo que sienten otras personas, como lo sabía yo, sabe que eso no puede ser así. Existen mujeres egoístas y mezquinas, igual que existen hombres asquerosos. Pero a la hora de practicar el sexo, no podía cerrar la mente y limitarme a sentir. No habría sido distinto si me hubiera enamorado locamente de un hombre maravilloso que me quisiera tanto como yo a él; no podría haber disfrutado del sexo con toda aquella estática mental impidiéndolo.
» Creo que había asumido que no podía tener ningún tipo de relación romántica -continuó diciendo-. Me gustaba estar sola, en mi pequeña cabaña de las montañas. El doctor Hiruzen pensó que trasladarme a aquella cabaña sería bueno para mí, que sería un paso hacia la normalización de mi vida. y lo fue; fue estupendo. Trabajé con él en experimentos y en documentación, y de vez en cuando le ayudé a encontrar a gente desaparecida, aunque el esfuerzo que me exigía eso era tan grande que...bueno, ya sabes cómo es. Alguna que otra vez, antes de lo de Otsutsuki, conseguí dirigir las percepciones. Era capaz de concentrarme en algo específico y entrar en una visión. Ahora ya no puedo controlarlo en absoluto.
-¿Quieres que sea como antes?
-Nunca he querido tener otra visión -murmuró Hinata--. Pero si no puedo escoger, sí, me gustaría poder controlarlas. Es... es como caer en una emboscada. -Estaba empezando a entrarle el sueño de nuevo, y se le cerraron los párpados.
-Pero excepto estas dos visiones, ¿no has tenido otros episodios aparte?
Hinata pensó en la primera noche, cuando le llamó y supo lo que estaba haciendo, lo que iba a decir, incluso cuando él contestó al teléfono.
-Ha habido sólo un instante de clarividencia, pero no en relación con los asesinatos, y no ha vuelto a suceder. Duró sólo un segundo o dos. No creo que las visiones sean episodios de clarividencia; son...diferentes, más basadas en los sentimientos. De todos modos. .. no. Nada más.
-Bien.
Había una gran carga de satisfacción en su voz, una satisfacción que Hinata no supo descifrar del todo. A continuación, su enorme mano le cubrió un pecho, y ella supo, con un instinto que nada tenía que ver con su capacidad psíquica y sí mucho con el hecho de ser mujer. Ya desaparecida toda somnolencia, echó la cabeza hacia atrás sobre el brazo de él para mirarle a los ojos.
-A mí me parece que ésta es la ocasión perfecta para mostrarte un poco del placer del sexo -murmuró Naruto. Aquellos ojos cielo brillaban de énfasis, con un profundo color azul-. No puedes percibir mis sentimientos, de modo que eso resuelve un problema, Si tuvieras miedo de mí, no habrías pasado media hora casi desnuda en mis brazos, lo cual soluciona el otro problema. Lo único que tienes que hacer es tumbarte y dejar que yo te haga sentirte bien.
Hinata experimentó un escalofrío, su mirada clavada en la de Naruto. ¿Era aquélla la ocasión? Hasta la llegada de Naruto no había sentido el deseo; el sexo había sido un experimento, una esperanza, y en última instancia, una decepción. No tenía miedo de él, sino de fracasar de nuevo. Amarle era algo tan nuevo, tan sorprendente, que no quería empañar esa sensación. Era una cobardía, pero preferiría no intentarlo y conservar así la débil esperanza de que tal hubiera sido posible, en vez de intentarlo y fallar. Aquella posibilidad un pobre consuelo, pero era mejor que nada.
-No sé - dijo nerviosa -. ¿Y si…?
-Deja de preocuparte por eso -la interrumpió Naruto,-. Tú sólo túmbate, cierra los ojos y déjamelo todo a mí.
Era más fácil decirlo que hacerlo. Hinata le miró todavía con preocupación, incapaz de decidir sí o no. Le habían ocurrido demasiadas cosas malas para poder dar aquel paso. Se odió a sí misma por ser tan débil, y los ojos empezaron a llenársele de lágrimas.
Naruto le concedió aproximadamente dos segundos y después resolvió él mismo la cuestión. Bajó la mano por su cuerpo y la pasó por debajo de la cinturilla de las bragas, para introducirla en la hendidura de entre los muslos. Hinata dejó escapar un gemido de sorpresa y automáticamente aferró la muñeca de Naruto y tensó los muslos alrededor de aquella mano.
Tenía los ojos muy abiertos, eclipsando la palidez de su rostro. Pero incluso mirándose fijamente el uno al otro, un rubor febril inundó sus mejillas.
-¿Confías en mí? -preguntó Naruto con voz calma, como si no le estuviera costando hasta el último resquicio de autocontrol contenerse para no poner a Hinata debajo de él y hundirse dentro de ella, buscando así un bendito alivio para su dolorosa erección.
Ella se mordió el labio, y él estuvo a punto de soltar un gemido por la provocación.
-Bueno, sí.
-Entonces relaja las piernas. No voy a hacerte daño. De hecho, te garantizo que va a gustarte.
Ella consiguió sonreír débilmente.
-Conque me lo garantizas, ¿eh?
-Por supuesto. -Inclinó la cabeza y le rozó los labios en un ligero beso.
Hinata se estremeció, atrapada por los dientes de la cobardía. Tenía miedo de probar y fallar, y miedo de que si no confiaba en él ahora, tal vez no tuviera otra oportunidad. Al final, el segundo de esos miedos resultó ser más fuerte. Fuera como fuera, quería saber lo que era acoger a Naruto dentro de su cuerpo, sentir su increíble fuerza penetrar en ella, proporcionarle placer a él, aunque sólo fuera eso. Naruto estaba empeñado en darle placer a ella primero, estaba segura, pero también sabía que después le tocaría a él. No estaba accediendo simplemente a un jugueteo, sino al acto sexual completo.
Aspiró profundamente, temblorosa.
-De acuerdo. Mientras tenga tu garantía personal.
-Lo pondré por escrito y lo haré firmar por un notario -prometió Naruto, y volvió a besarla.
Hinata no podía controlar los leves temblores que le sacudían todo el cuerpo, pero volvió a aspirar profundamente y separó lentamente los muslos. Naruto acarició suavemente los blandos pliegues cerrados, y ella dejó de aferrarle la muñeca.
-Tranquila -susurró Naruto, ya continuación la abrió con habilidad y la penetró con un largo dedo.
Hinata se puso rígida en sus brazos y cerró los muslos en un intento de controlar aquella mano invasora. Pero fue inútil, pues no había nada que ella pudiera hacer para detener el lento avance del dedo en su interior. La impresión la aturdió.
Oh, Dios.
No estaba seca, pero distaba mucho de estar lista para la penetración. La fricción hacía que el dedo pareciera tan grande como un pene. Hinata luchó brevemente por contener el caos de sus revolucionadas terminaciones nerviosas, pero al fin se derrumbó contra el pecho de Naruto y se rindió.
-Así, eso es -la arrulló él, e introdujo otro dedo más.
Ella arqueó las caderas un momento y después claudicó. Se sentía dilatada, invadida, había perdido el control de su cuerpo. Un instinto adormecido, primitivo, estaba volviendo a la vida Sus músculos internos se contrajeron suavemente para ajustarse, y Naruto sintió que un estremecimiento lo sacudía de arriba abajo.
Le dijo con voz ronca.
-Esto es lo máximo que voy a hacerte, por o menos en este momento. Puedes relajarte, porque ya ha sucedido. ¿Te estoy haciendo daño?
Sí. No. No había imaginado que aquello pudiera provocarle semejantes sensaciones. Se sentía un poco delirante a causa de la lmpresión y del placer, y negó con la cabeza, haciendo caer su melena sobre el pecho de Naruto. Estaba estupefacta al ver que su cuerpo era capaz de experimentar una sensación tan intensa.
-Entonces cierra los ojos, cariño. Cierra los ojos y siente. No pienses, sólo siente.
Hinata, impotente, así lo hizo. Con los ojos cerrados, fijó su concentración en su propio cuerpo y en lo que estaba ocurriendo en él. El color estalló detrás de sus párpados. Una ola de calor la inundó, seguida rápidamente de un escalofrío que no era realmente un escalofrío, sino más bien una oleada de placer casi doloroso. Notaba la piel demasiado tensa, demasiado sensible. Sus pezones se irguieron y endurecieron, enhiestos y firmes.
Los dedos de Naruto profundizaron un poco más, rozando los delicados tejidos internos.
Hinata volvió a arquear las caderas, absorbiéndole. Sus muslos se abrieron para permitirle un más fácil acceso. El corazón le retumbaba en el pecho, y tuvo una sensación como si pudiera salir volando. Se aferró a la camisa de Naruto, hundiendo los dedos en su carne, en un intento de agarrarse a algo en medio de la tormenta que la azotaba.
Oyó que él le decía algo, pero sentía tal fragor en los oídos que no pudo distinguir de qué se trataba. No era importante; ya percibía la dulzura de su tono, y eso era lo que necesitaba.
Los dedos salieron de su cuerpo, y dejó escapar un leve sonido de disgusto y acercó las caderas hacia él. Rápidamente, Naruto le quitó las bragas y volvió a posar la mano en su cuerpo. Esta vez ella separó los muslos de buen grado y notó la húmeda avidez que había entre ellos. La intrusión, cuando llegó, supuso un exquisito alivio, pero fue un alivio que duró sólo un momento. El lento empuje de aquellos dedos desató un hambre profunda, poderosa, de tal modo que el contacto no era un placer, sino una necesidad. Entonces, el pulgar buscó hacia arriba entre los suaves pliegues y presionó el firme y henchido capullo que había allí. Un estallido de puro fuego recorrió sus nervios, y lanzó un grito tenso al tiempo que se curvaba hacia Naruto.
Naruto la estrechó firmemente contra él, sujetando su sensual forcejeo. Le estaba hablando, en tono grave y ronco al oído, animándola a subir a cumbres más altas mientras su fuerza la mantenía anclada al suelo. Siguió frotando y dibujando círculos con el pulgar, atormentando el pequeño capullo, cada caricia más ardiente que la anterior. Hinata sintió un pulso vibrar entre sus piernas, golpear con un ritmo que jamás había sentido. La pasión se convirtió en una llamarada que abrasaba su carne con una invisible marca.
-¡Na-Naruto! Fue casi un quejido de angustia.
Naruto le inclinó la cabeza hacia atrás y puso su boca sobre la de ella, repitiendo con la lengua los movimientos invasivos de sus dedos, con violenta presión. Ella gozó intensamente con aquel juego, y alzó una mano para aferrarse de sus fuertes hombros antes de ofrecerle la boca más plenamente.
La sensación se incrementó muy deprisa, ascendiendo en una espiral cada vez más cerrada, y de pronto resultó ser demasiado. Su cuerpo entero se contrajo y acto seguido se convulsionó violentamente en un orgasmo que la azotó en forma de oleadas. Se agitó en espasmos incontrolados, y tuvo la sensación de estar a punto a romperse en pedazos. Naruto la abrazó con fuerza para hacerla ver que no estaba sola en la tempestad. Gritó con voz ahogada, ronca, y él sofocó los gritos con su boca.
Cuando la cresta de la sensación descendió, aunque todavía se sentía recorrida por pequeñas olas que agitaban la parte inferior de su cuerpo, se quedó lánguida, con la cara enterrada en el pecho de Naruto mientras intentaba recobrar el aliento. Él la levantó, y entonces sus músculos se tensaron bajo ella y se puso de pie, sujetándola firmemente en sus brazos.
Hinata asió su camisa al tiempo que él la llevaba a toda prisa al dormitorio y la colocaba encima de la cama. La bata le colgaba de los hombros, y Naruto se la quitó del todo y a continuación empezó a quitarse la ropa.
No había encendido la luz, pero la puerta estaba abierta y la claridad procedente de la sala de estar se derramaba sobre la cama. Hinata permaneció tendida sin moverse, envuelta en una lasitud tan completa que creyó que jamás podría moverse de nuevo. En aquel tranquilo estado subconsciente, con sus sentidos físicos tan agudizados y sus procesos mentales apenas funcionando, sentía cada uno de los latidos de su corazón al bombear la sangre a través de las venas. El pulso le vibraba en los lugares más blandos de su cuerpo.
Con un esfuerzo, levantó los pesados párpados y observó como se desnudaba Naruto. Su urgencia era casi una fuerza palpable, sus movimientos eran bruscos y violentos. En cuestión de sólo segundos, su poderoso cuerpo quedó desnudo. Reptó para situarse encima de Hinata, sus duros muslos empujaron entre los de ella y los obligaron a abrirse, y acto seguido dejó caer su peso.
Se hizo una profunda quietud, un silencio, tanto dentro como fuera. Con increíble dicha, y un poco de agitación, Hinata sintió la dureza de los genitales de él contra la blandura de los suyos. Naruto se apoyó en un brazo y con la otra mano buscó entre los dos cuerpos para guiar su verga al tiempo que contraía sus glúteos y comenzaba a empujar lentamente al interior del cuerpo del cuerpo de Hinata.
A Hinata se le enredó la respiración en la garganta y se sintió ahogada de nuevo en un mar de sensaciones. Se había sentido dilatada por los dedos de Naruto que entraban en ella, pero aquel grueso miembro la llenó hasta el borde del dolor. Aunque estaba mojada, sus delicados tejidos internos estaban inflamados por la anterior actividad; su vagina estaba muy sensible, y se tensaba convulsivamente contra Naruto conforme éste se iba introduciendo inexorablemente hasta la empuñadura.
Soltó un leve gemido de pánico, de una incomodidad que rayaba en el verdadero dolor.
Naruto se detuvo, conteniéndose en lo profundo de ella. Su poderoso cuerpo temblaba.
-¿Estás bien? -Su tono de voz fue ronco y apenas audible.
Hinata no supo qué decir. No estaba teniendo ninguna interferencia empática; su atención estaba centrada totalmente en su cuerpo. Pero físicamente no estaba segura de que pudiera soportarlo cuando él empezase a empujar. Era tan grande, y el menor movimiento raspaba sus terminaciones nerviosas; era una sensación a caballo entre el dolor y el éxtasis. Su mente estaba en blanco, y no encontró palabras para darle la tranquilidad que él buscaba.
Era un hombre, no un santo. Su carne viril vibraba dentro de Hinata. Se contuvo rígidamente durante un momento de tensión mientras aguardaba la respuesta, pero al no recibir ninguna su control se hizo añicos. Un sonido áspero salió de su garganta, y empezó a empujar con gran potencia, cada vez más profundo. El impacto sacudió todo el cuerpo de Hinata.
Ahora supo qué respuesta debía darle, y se aferró fuertemente a Naruto al tiempo que éste agitaba las caderas. El brusco chocar de los dos cuerpos se mezcló con la ronca respiración de él y los suaves gemidos de ella.
Había deseado a Naruto, y había deseado esto. Cerró los ojos con fuerza, saboreando cada instante. La encantó su rudeza, lo salvaje de su apetito. La encantaron los gruñidos que escapaban de él, el calor y el sudor de su cuerpo al encogerse y embestir, Siempre se había sentido aislada, como un bicho raro, pero con Naruto era simplemente, puramente, una mujer.
Nada interfería con aquel instante; eran macho y hembra, apareándose con una fiera pasión sin complicaciones. Ojalá aquello durase siempre.
Pero no duró. No podía durar, dada la urgencia de la necesidad de él. Demasiado pronto su ritmo se incrementó, y retrocedió para luego arremeter con gran fuerza. Le levantó las piernas y le apoyó los tobillos en sus hombros. Con una exclamación ahogada, Hinata sintió cómo se hacía todavía más grande y más duro dentro de ella. Naruto dejó escapar un grito áspero, una última embestida, y comenzó a estremecerse convulsivamente.
Cuando dejó de temblar, cuando el último de los espasmos abandonó su cuerpo, Hinata abrió los brazos y él, débilmente, se dejó caer en ellos. Su gran peso la aplastó contra el colchón, pero estaba demasiado cansada para preocuparse por ello. Notaba los latidos del corazón de Naruto retumbar lentamente contra su propio pecho. Su cabello rubio, humedecido de sudor, descansaba junto al suyo sobre la almohada. Tenía el rostro vuelto hacia ella y proyectaba su cálido aliento sobre su cuello.
Hinata le acarició la espalda, disfrutando del calor de su piel bajo las palmas. Empezaba a pesarle cada vez más a medida que iba deslizándose hacia el sueño, pero no le importó. Sentía una languidez de puro contento. Sólo el paraíso podía ser mejor que aquello, yacer bajo los efectos de haber hecho el amor, con el hombre que amaba durmiendo acunado por su cuerpo y por sus brazos. Quería tiempo para quedarse así, quieta, en un lugar donde el mal no pudiera entrar.
Pero entró acompañado de un súbito pitido. Naruto reaccionó al instante, retirándose de ella y sentándose en un solo movimiento fluido. Encendió la lámpara y apagó el busca para leer la pantalla digital. Hinata estaba petrificada. Sin pronunciar palabra, Naruto cogió el teléfono y marcó un número, sosteniendo el auricular entre la cabeza y el hombro mientras empezaba a ponerse los pantalones arrugados.
-Soy Uzumaki -dijo lacónico. Escuchó un momento y después dijo-: Estaré ahí dentro de diez minutos. ¿Has llamado a Sai? No importa, ya le llamo yo. Vuelve a llamar por radio al agente de patrulla y dile que se cerciore bien de que la escena esté protegida.
Apretó el botón y esperó de nuevo el tono de marcar. Mientras llamaba al segundo número, Hinata se levantó de la cama y recogió rápidamente su bata. Estaba retorcida, con una de las mangas vuelta del revés. Le temblaban las manos, pero consiguió estirar la prenda, envolverse en ella y anudarse el cinturón. Naruto se sentó en el borde de la cama y empezó a ponerse los zapatos.
-Tenemos una víctima -dijo en voz baja por el teléfono-. Me reuniré allí contigo. -No miró a Hinata-. Es el número 3311 de la avenida del Ciprés.
El ciprés. Hinata sintió que el estómago se le hacía un nudo. Lo sabía, pero esto disipó la última sombra de duda.
Naruto colgó el teléfono y fue a la sala de estar, poniéndose la camisa por el camino. Hinata le siguió, silenciosa como un espectro, y se quedó en la puerta contemplando cómo él se ajustaba la sobaquera e introducía la gran pistola en su sitio, bajo el brazo izquierdo.
No se acercó a él, y él no vino a ella. Se detuvo frente a la puerta de la calle y se volvió para mirarla.
-¿Te encuentras bien? -le preguntó, pero había un aire distante en sus ojos y en su voz; tenía la mente ya fija en el trabajo que le aguardaba.
-Claro -contestó Hinata, ocultando el terror, el dolor y la soledad. No podía permitir que su debilidad entretuviera a Naruto.
-Volveré en cuanto pueda -dijo él, y se marchó.
Hinata se quedó allí de pie hasta que se desvaneció el ruido del motor de su coche, y después se acercó hasta la puerta de la calle y la cerró con llave. A continuación recogió los restos de la pizza y lavó los pocos platos que estaban sucios. Cuando regresó a la sala de estar, vio sus bragas en un extremo del sofá, las recogió e hizo una bola con ellas.
Estaba muy cansada, pero dormir le pareció imposible. El placer de la noche había quedado destruido por el regreso del horror. En aquel preciso momento no podía permitirse a sí misma pensar en ninguna de las dos cosas, de modo que se sentó en el sofá y contempló en silencio el lento transcurrir de lo que quedaba de noche.
Continuará...
