CAPÍTULO 19

-¿Cómo se llama la víctima? -preguntó Naruto, mirando el cadáver mientras el fotógrafo de la policía tomaba instantáneas desde diferentes ángulos.

Era una escena del crimen típica, si es que existía semejante cosa. La habitación hervía como un hormiguero, y la mayoría de los presentes no hacían nada salvo andar por ahí. La casa estaba abarrotada de policías, y el barrio atestado de reporteros que no hacían caso de la ligera lluvia con tal de conseguir un comentario de cualquiera que quisiera hablar con ellos.

Allí estaba Jiraiya, y también Sai, Sakura y Utakata. ..Dios, parecían estar allí todos los detectives del equipo, y decían que el jefe venía de camino. Los chicos de las huellas dactilares estaban pintando todo con su polvillo negro, la gente de las pruebas forenses pasaba una aspiradora... Aquello era un zoo.

- Ameyuri Ringo -dijo Sakura-. Su marido, Gōza, fue quien la encontró. Es representante de ventas de una empresa farmacéutica y ha estado en viaje de trabajo.

-Y resulta que vuelve a casa justo cuando su mujer ha sido asesinada -dijo Naruto en tono cansado.

Todos se miraron entre sí. Habían visto las escenas de los otros crímenes y ésta no se les parecía en nada, salvo por el hecho de que había muerto una mujer a cuchilladas.

Además, la víctima estaba aún vestida y tumbada en la cama como si la hubieran matado allí.

No había indicios de agresión sexual.

Naruto dejó escapar un suspiro de alivio. Hinata no se había equivocado; todos sabían, y era sólo cuestión de probarlo, Gōza Ringo probablemente había asesinado a su esposa e intentaba que pareciera obra del asesino en serie. Probablemente pensó que, ya que los medios de comunicación habían informado que no había pruebas, estaría seguro cuando la investigación encontrase sólo material forense que podía relacionarse con él; al fin y al cabo, él vivía allí.

-Lleváoslo para interrogarlo y averiguad si tenía alguna póliza de seguros contra su mujer - dijo Jiraiya-. O si la pilló con otro tío. Yo voy a intentar calmar a los periodistas, pero no podré decirles gran cosa hasta que acusemos efectivamente a ese tipo, así que no creerán. - Parecía deprimido ante la idea de enfrentarse a la horda reporteros chillones.

-Por lo menos podremos hacer algo con este caso -comentó Sakura.

Sai se acercó a Naruto y ambos salieron de la casa. Los periodistas se apiñaban en torno a Jiraiya, gritándole preguntas. Él intentaba hablar, pero ellos no dejaban de interrumpirle.

-Supongo que Hinata no habrá tenido una visión de este asesinato -dijo Sai.

-Ni siquiera lo ha vislumbrado, pero de todos modos ha pasado algo inquietante; no ha sido una visión, pero esta tarde ha tenido una especie de conexión con él. El asesino había escogido a su próxima víctima, pero ocurrió algo y la perdió.

Sai lanzó un silbido.

-¿Cómo está Hinata?

-Con los nervios de punta. Esto la está agotando.

-No me extraña. Ojalá hubiera algún modo de hacérselo más fácil.

-Yo me aseguraré de que esté bien -dijo Naruto con seriedad. -A propósito, ¿cómo van las obras en mi casa?

-Los suelos casi están terminados, y entregarán los muebles este fin de semana. Podrás mudarte el lunes, si quieres.

Naruto soltó un resoplido al entrar en el coche.

-Venga ya, colega.

Sai rió.

-Sí, eso es lo que yo pensaba. Te veré por la mañana.

Tal como Naruto había esperado, Hinata aún estaba despierta cuando él llegó a casa.

-No ha sido él-le dijo, y observó cómo la tensión abandonaba el semblante de Hinata. Parecía muy pequeña, acurrucada en una esquina del sofá, estrechamente envuelta en su bata-. Es probable que lo haya hecho el marido de la víctima y que haya intentado que parezca un crimen como los otros. -Le tendió una mano-. Vamos, cariño, volvamos a la cama.

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Kakuzu controló con todo cuidado su alegría la tarde del viernes, mientras veía cómo se alejaba la indignada cliente. Kin se encontraba allí, de modo que no podía dejar escapar siquiera el menor indicio de lo que sentía. ¡Por fin! Aquella vez sí que iba a paladearla; había transcurrido demasiado tiempo, tres semanas, para que pudiera realizar una comparación exacta con el último caso. Además, había llegado a la conclusión de que fue la prisa del último castigo lo que lo estropeó. Esta vez lo haría como había que hacerlo, con una planificación lenta y cuidadosa, dejando que fuera creciendo la emoción. Necesitaba por lo menos una semana para hacerlo como era debido.

Consultó el calendario, aunque, naturalmente, no necesitaba hacerlo. Simplemente, aquello formaba parte de su increíble precisión. Sí, la fecha posible más próxima sería el viernes siguiente por la noche. Los fines de semana eran la mejor ocasión, porque eran días en los que no se trabajaba y así podía dormir más el día siguiente. Dejaría que la euforia de los medios de comunicación, por satisfactoria que fuera, se apagase un poco. Aquel frenesí no tenía de dónde alimentarse, aunque se hubiera producido aquel tonto brote de histeria la otra noche, cuando un vendedor mató a su mujer y trató de hacer recaer en él la culpa. Por supuesto, no le funcionó; el muy imbécil no prestaba la misma atención a los detalles. La policía lo caló inmediatamente. Los informativos de televisión sonaron más bien decepcionados.

Sí, esta vez sería estupenda, tal vez la mejor hasta entonces. La mujer había sido una verdadera cabrona, de las que él siempre había despreciado nada más verlas: delgada, bronceada, frágil, recargada de joyas de dudoso gusto. Iba exhibiendo el dinero que tenía. Era posible que contara con un sistema de seguridad, o incluso perros guardianes. La posibilidad resultaba interesante, constituiría una verdadera prueba de su genio. No prestó atención a la probabilidad de que existiera un marido; eso nunca había logrado detenerlo.

Leyó el nombre que ella había escrito y lo repitió mentalmente, saboreando las sílabas.

Marilyn Elrod.

Ya notaba cómo la emoción iba inundándolo de energía.

Marilyn Elrod.

Tarareó unas pocas frases de una canción, sustituyendo el nombre: Ma-ri-Iyn, oh Ma-ri-Iyn, larará no sé qué más. Era una canción que se tocaba antes de la carrera de Preakness. Lo gracioso era que su víctima no sabía que iba a participar en ella.

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El viernes por la noche, Hinata le preguntó qué tal iban las obras de su casa. Naruto mintió sin dudarlo un instante.

-Casi están terminadas -dijo--. Ha habido un retraso en la entrega de los muebles que encargó Sai.

Los muebles ya habían sido entregados y todo tenía un aspecto magnífico, pero no tenía intención de marcharse de casa de Hinata hasta que atraparan al asesino. Había transcurrido otro fin de semana sin ningún asesinato. Unos cuantos reporteros sarcásticos empezaron a preguntar si la policía estaba segura de que se trataba de un asesino en serie o simplemente se habían asustado por las similitudes entre los asesinatos de Nōnō Yakushi y Mei Terumi.

-¿Has sentido algo hoy? -preguntó Naruto.

Hinata negó con la cabeza.

-Nada concreto. Sólo una especie de nerviosismo.

Y cuando volvía a casa, pasó por delante de una joven pareja tan acaramelada que se estaban besando apasionadamente en la acera. Hinata se encontraba en aquel estado automático que sobreviene :cuando uno conduce, con la guardia baja, y de pronto se encontró viendo el interior de la mente del joven. Una vez más, aquello le produjo tal impresión que la bloqueó inmediatamente y se retiró de aquel contacto emocional. Tuvo el extraño pensamiento de que esperaba que encontrasen pronto algún lugar privado, dada la intensidad de la excitación del chico, o de lo contrario no sería ella la única impresionada.

Entonces comprendió que ya dos veces había logrado controlar el contacto, romperlo.

Incluso antes, en el momento en que sus capacidades alcanzaban su punto máximo, no había sido capaz de hacer algo así. Había aprendido a protegerse parcialmente, pero no había llegado a conseguir la protección total. De acuerdo, así que el contacto inicial le había venido cuando estaba relajada; había podido cortar inmediatamente la conexión.

Ella no había deseado recuperar sus capacidades, pero de repente se sintió inundada por una sensación de triunfo y contento. Después de todo, Otsutsuki no había ganado. El proceso de curación había llevado mucho tiempo, pero al final había vencido ella. Había salido del trauma todavía más fuerte que antes, más capaz de controlar el don que le había sido dado. Incluso, con Naruto, había superado el terror a lo físico y aprendido la dicha del placer sexual. No podría haberlo hecho dos años atrás, ni siquiera un año antes, pero su curación por fin había avanzado hasta el punto de ganar la partida.

-¿Está cazando? -preguntó Naruto.

-¿ Quién sabe ? Como te digo, no he sentido nada concreto. Tal vez sea sólo que tengo mucho miedo a esta noche.

-Quizá yo pueda hacer algo al respecto -dijo él en voz baja y grave. Estaba apoyado contra los armarios de la cocina mientras Hinata preparaba algo rápido para comer, como de costumbre.

Le miró y sintió una flojera en las rodillas. Naruto parecía tan profundamente varonil que todas las células de su cuerpo reaccionaron. Naruto mostraba siempre un aspecto ligeramente descuidado, aun cuando llevase la ropa recién planchada, pero en aquel momento era más acentuado, con la camisa arrugada y el pelo revuelto, y con aquella marca en la mejilla del ataque sufrido por la mañana de la cuchilla de afeitar, además de que necesitaba afeitarse otra vez. Como siempre, todavía llevaba puesta la sobaquera, de la que asomaba la culata de su enorme pistola; estaba tan acostumbrado a ir armado que ya no se daba cuenta. Aquellos penetrantes ojos cielo se veían más celestes de lo normal, con un brillo predatorio al mirar a Hinata.

-Quizá -aceptó ella con voz más ronca que de costumbre. De quizá, nada; estaba segura.

El poder sexual que Naruto ejercía sobre ella era tan fuerte que lo único que la salvaba de caer presa del pánico era el hecho de saber que, cuando quisiera, podía hacerle enloquecer también. Tal vez tuviera dudas acerca de la implicación emocional de Naruto, pero no cabía error en cuando a su reacción física. Lo único que tenía que hacer era rozarse contra él o mirarle de determinada manera, o incluso no hacer nada, y él se excitaba.

Aquello la sorprendía a veces, porque desde luego ella no era ninguna provocadora, aun haciendo un esfuerzo de imaginación. Siempre se había vestido de forma que disimulara su femineidad porque nunca había querido llamar la atención de ningún tipo. Pero Con Naruto todo aquello no importaba; era como si él nunca viera la ropa sino que mirase directamente a la mujer que había debajo. Ella seguía vistiendo de la misma manera, tanto por costumbre como por comodidad -al fin y al cabo, la ropa estaba allí-, pero ahora, un tanto sorprendida de sí misma, se daba cuenta de que no sentía la necesidad de continuar Con el camuflaje. Las cosas habían cambiado. No tenía que ocultarse para proteger su intimidad mental, ni tampoco tenía que preocuparse por la desagradable intrusión que suponían las insinuaciones sexuales. Naruto hacía esas insinuaciones bastante a menudo, y en ellas no había absolutamente nada de desagradable.

Ahora era más fuerte. Sus capacidades habían cambiado. Se había curado y poseía el control. Experimentó otro leve estremecimiento al comprender que, por primera vez, ya no estaba a merced de sus poderes mentales. Podía vestirse del modo que quisiera. Podía Comprar la ropa ajustada y de moda que siempre había admirado, e incluso algo claramente sexy.

-¿ Qué estás pensando ? -preguntó Naruto, nervioso-. Me estás mirando como si yo fuera un canario y tú el gato.

Hinata dejó que su mirada bajara un poco más y le rozara delicadamente las caderas.

El semblante de Naruto se alteró. Se enderezó para separarse del armario, con todos los músculos de su poderoso cuerpo en tensión. Entonces extendió una mano y apagó la cocina sin titubear. Hinata levantó las cejas.

-Puede que esto tarde un poco -dijo él Con mirada intensa al tiempo que la atraía hacía sí.

Ese fin de semana no ocurrió nada, aunque Hinata no logró sacudirse aquella sensación de inquietud por lo que se avecinaba. Estaba empezando a pensar que iba a sentirse así hasta que atraparan a aquel hombre. Pero dominó la tensión mejor que el fin de semana anterior, tal vez gracias a la nueva seguridad que había encontrado en sí misma. Puso a prueba su control de la situación cuando estuvo un rato charlando con Chiyo el sábado, en un deliberado intento de abrirse; inmediatamente captó los sentimientos de su vecina, y cuando decidió parar, el flujo se interrumpió. Fue como abrir una puerta y cerrarla otra vez. ¡Era capaz de hacerlo!

Sin embargo, en sí misma no era una experiencia del todo satisfactoria; descubrió que Chiyo reprobaba profundamente la situación de su vecina, con aquel hombre, aunque fuera un policía, que se había ido a vivir con ella tan descaradamente. Chiyo pensaba que daba mal ejemplo. A Hinata le gustaría saber a quién estaba dando mal ejemplo, dado que ella era la persona más joven de aquel vecindario. La mayoría de sus vecinos eran jubilados.

Y todavía fue peor cuando Naruto escogió aquel momento para salir al porche vestido tan sólo con unos vaqueros más bien asquerosos. Como habían pasado todo el día en casa sin hacer nada, no se había afeitado. Se le veía grande, rudo, ligeramente peligroso y totalmente masculino, con el poderoso pecho desnudo.

-Hola, Chiyo -llamó-. Siento interrumpir. Cariño, ¿ sabes dónde he puesto el aceite de engrasar mi pistola?

-En ningún sitio --contestó Hinata--. Lo dejaste fuera. Te lo he puesto yo en la cocina, segundo cajón de la derecha.

Él le dirigió una ancha sonrisa.

-Lo siento. -y desapareció en el interior de la casa.

Chiyo tenía el semblante rígido y los ojos muy abiertos, mirando el lugar donde había estado Naruto un momento antes. Hinata se movió incómoda. Aquélla era una ocasión en la que decididamente no sentía deseos de abrir aquella puerta para saber lo que sentía Chiyo.

Entonces Chiyo exhaló un largo suspiro.

-Dios santo -dijo. Tenía las mejillas ligeramente sonrojadas. Dirigió a Hinata una mirada avergonzada-. Puede que esté desfasada -admitió-, pero desde luego no estoy ciega.

Minutos después, Hinata entró en la cocina y encontró a Naruto montando tranquilamente su pistola. No podía ser que hubiera limpiado el arma en el tiempo que había transcurrido.

-Lo has hecho a propósito -le acusó, haciendo un esfuerzo por mantener el tono calmo.

Chiyo todavía estaba un poco mareada cuando ella entró en la casa.

Naruto sonrió sin dejar de hacer lo que estaba haciendo.

-Me gusta revolverle las plumas -admitió-. Pensé en desabrocharme los vaqueros, pero me arrepentí. Eso era excesivo.

-Menos mal. De haberlo hecho, quizá no hubieras podido volver a entrar en casa ileso.

-La he fastidiado de verdad, ¿eh?

-No exactamente.

Naruto levantó la vista con expresión interrogante. Hinata le sonrió dulcemente.

- Chiyo se ha quedado cautivada por tu virilidad, grandullón.

Tras un momento de sorpresa, Naruto rompió a reir. Como pesaba demasiado para mover la silla, Hinata apartó la mesa y le puso las manos en los hombros al tiempo que se sentaba a horcajadas sobre sus rodillas. Él dejó de reírse y sus facciones adquirieron aquella conocida expresión tensa.

-Sé muy bien lo que siente Chiyo -susurró Hinata, hociqueando en su mejilla. El corazón se le aceleró al notar su aroma, todo calor, un olor a hombre mezclado con el penetrante tufo del aceite de engrasar. Se fue moviendo muy despacio contra la protuberancia que abultaba sus vaqueros.

-Espera. -La protesta de Naruto sonó débil-. Tengo las manos manchadas de aceite.

-¿ y qué ? Soy lavable -murmuró ella, y eso fue lo único que él necesitó oír.

El fin de semana fue maravilloso. Hinata ignoró la sensación de alarme que no la abandonaba nunca, que jamás dejaba que sus nervios se calmasen, y disfrutó de lo que tenía. No hubo visiones ni falsas larmas de crímenes copiados. Sugirió que fueran hasta la casa de Naruto a ver cómo estaba todo, pero él estaba en plan perezoso y no mostró interés. Vieron la televisión y leyeron. Probaron recetas de cocina… o más bien fue Hinata quien las probó mientras Naruto le hacía compañía y tomaba muestras de los resultados. Y también hicieron el amor, con frecuencia. Era exactamente la clase de vida que Hinata siempre había querido y siempre creyó imposible.

Cuando llegó el lunes, después de un fin de semana sin que sucediera nada, la prensa fue mordaz. El Departamento de Orlando había reaccionado excesivamente, como si creyera que el cielo iba a caerle sobre la cabeza. Un columnista sugería que no sólo habían hecho el ridículo basándose en dos asesinatos similares, sino que toda aquella algarabía podía haber sido la causa del crimen de Ringo.

-Se olvidan -dijo Naruto con sarcasmo-- de que el Departamento no es responsable de toda la publicidad que se ha dado a esto; han sido los medios de comunicación. Nosotros hemos tratado de mantener la discreción en la medida de lo posible.

Hinata le miró preocupada.

-Pero ahora, al decir ellos que ha sido una falsa alarma, la gente dejará de tomar tantas precauciones. Esto le da al asesino más oportunidades para tener éxito.

-Díselo a la prensa. Lo único que te darán es la respuesta sabihonda de que ellos no generan la noticias, sino que se limitan a darlas.

-Si eso fuera lo único que hicieran, perfecto. Pero es que las cambian, las distorsionan, las .interpretan».

Naruto vio que Hinata estaba verdaderamente molesta; él también estaba cabreado, pero las noticias de la prensa alteraban a Hinata en un nivel más profundo. Recordó que sus experiencias con los medios de comunicación por lo general no habían sido agradables, y se apresuró a cambiar de tema.

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Kakuzu estaba complacido con lo que había conseguido el fin de semana. Había hecho varias visitas casuales a los alrededores de la casa de Elrod y quedó encantado con lo que descubrió. La casa era grande y de clase alta, situada en el centro de un gran solar con un exceso de ajardinamiento que .le proporcionaría un buen escondite. Unas vallas de casi dos metros de altura marcaban la separación entre casi todas las parcelas del barrio, lo cual reducía todavía más la posibilidad de que pudiera verle algún vecino fisgón.

No había visto al señor Elrod, aunque en la guía telefónica figuraba uno. ¿Estaría fuera de la ciudad? Era preocupante que esa pregunta hubiera resultado tan fácil de responder, aunque la respuesta provino de una fuente inesperada. Marilyn Elrod había salido de su casa ni cinco minutos antes de que le entregasen el correo, y Kakuzu sencillamente aprovechó la oportunidad para recogerlo y echarle un vistazo.

Parte de la basura habitual iba dirigida al señor James Elrod, lo cual confirmaba su existencia. Había un sobre más interesante que llevaba el membrete de un bufete de abogados de Orlando. Kakuzu no titubeó para abrirlo, y lo que leyó le complació enormemente. Al parecer, el señor y la señora Elrod se hallaban inmersos en los trámites del divorcio, y el señor Elrod se había ido recientemente de casa.

Qué pena.

Se guardó la carta, ya que estaba abierta, y volvió a meter el resto del correo en el buzón.

Un rápido vistazo a los alrededores de la casa le sirvió para ver que no había perro -si lo hubiera, a aquellas alturas estaría ladrando como un descosido-, pero sí había sistema de alarma. No era especialmente complejo, pero suponía un problema. Aun así, todos los sistemas tenían alguna debilidad, y no le cabía duda de que acabaría encontrando un medio para entrar.

Todo a su tiempo, por supuesto, todo a su tiempo.

No iba a cometer el error de precipitarse como la última vez.

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-Han hecho que parezcamos idiotas -rugió el jefe Mifune. No estaba de buen humor.

El alcalde le había leído la cartilla por haber actuado prematuramente y haber provocado un ataque de histeria entre todas las mujeres mayores de la ciudad. No sólo eso, la mala publicidad le había costado dinero a la ciudad. Orlando dependía en gran medida del turismo, visitantes de todo el mundo acudían a la Casa del Ratón. El índice de ocupación de los hoteles y moteles había descendido de forma importante desde que saltó la noticia.

-No puedo creerlo -dijo Jiraiya en tono plañidero-. ¡Todo el mundo se queja porque no han asesinado a nadie!

-Ha habido sólo dos asesinatos. De acuerdo, los detalles eran extraños por su similitud...

-El FBI está de acuerdo en que se trata del mismo hombre -interrumpió Naruto--. No estamos aislados en esto, jefe. Ese tipo anda suelto por ahí fuera. Con la ayuda del FBI, creemos que hemos identificado por lo menos otros diecisiete crímenes que ha cometido.

-¡Así que puede que se haya ido de la ciudad al estallar la noticia! -barbotó el jefe.

Naruto negó con la cabeza.

-Creemos que sigue aquí.

-¿En qué información se basan?

«Hinata», quiso decir, pero no lo hizo. A cambio, se contentó con decir:

-Nunca ha abandonado una zona tan pronto. Seguimos la pauta que tiene establecida.

-El alcalde quiere saber, y yo también, exactamente qué están haciendo ustedes con su tiempo. Si no hay pruebas, ¿qué diablos hacen?

El rostro de Naruto había adquirido una expresión pétrea. Sai vio las señales de una incipiente pérdida de control y se interpuso.

-Hemos recibido de las empresas de servicios listas de nombres de clientes nuevos que se dieron de alta el año pasado, y estamos trabajando con ellas, investigando todos los nombres. Con el perfil que nos ha proporcionado el FBI, podremos reducir mucho la búsqueda.

El jefe Mifune era de la vieja escuela. No le gustaba la fina sofisticación de Sai, su dinero, su ropa elegante ni su físico exótico. Sin embargo, respetaba los contactos políticos que tenía Sai en la ciudad, por cortesía de ese mismo dinero. Respondió con un gruñido algo así como:

-Más vale que encuentren algo pronto, o de lo contrario... -y se fue del despacho de Jiraiya.

Jiraiya suspiró y sacó un pañuelo para secarse la frente.

-Mierda. ¿Habéis descubierto algo en esos nombres?

-Nada que dispare ninguna alarma, pero todavía tenemos un montón de nombres que investigar.

-Está bien. Informadme en cuanto tengáis algo.

-Muy bien.

-Qué hijo de puta -dlijo Naruto con los dientes apretados mientras regresaban a su despacho.

-Cálmate, socio. Él no sabe lo que sabemos nosotros, porque no podemos contarle lo de Hinata. No creo que lo entendiera.

- Jiraiya tiene razón.- Una fría cólera asomaba todavía en los ojos y el tono de Naruto.- Esos cabrones no estarán satisfechos hasta que aparezca otra mujer asesinada.

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Kakuzu aprovechó bien el tiempo de noche. Encontró un lugar seguro donde dejar su automóvil y estudió la situación respecto de los perros del vecino. Eran dos, pero uno de ellos tendía a ladrar por todo, y el otro al otro lado de la calle se unía. Los ladridos normalmente no provocaban más que unos cuantos «cállate ya.

A Marilyn EIrod le iba la marcha. Salía de copas casi todas las noches, lo cual quizá fuera la razón por la que el señor Elrod ya no vivía allí. No obstante, hasta el momento no se había traído a nadie a casa Su activa vida nocturna le ofrecía a él abundantes oportunidades para cerciorarse de que todo fuera perfecto.

La vida nocturna de la mujer también le, proporcionaba un medio de entrar en la casa.

Toda la vivienda estaba rodeada de densos matorrales que llegaban hasta el garaje. La dueña tenía la costumbre de dar marcha atrás con el coche hasta allí, para así no tener más que arrancar de frente cuando saliera; como ella estaba mirando hacia delante era para él un juego de niños deslizarse desde su escondite entre la vegetación hasta el interior del garaje antes de que se cerrara la puerta automática. Ella nunca miraba atrás.

La puerta que conducía del garaje al cuarto de calderas no estaba conectada al sistema de seguridad, aunque sí lo estaba la puerta exterior de entrada. Estaba cerrada con llave, pero las cerraduras no constituían un problma para él. Aquélla era otra habilidad que había aprendido por sí mismo, con la ayuda de un curso de cerrajero por correspondencia que había seguido empleando un nombre falso, sólo por precaución. Otro pequeño detalle que había previsto y solucionado.

La primera vez que penetró en la casa simplemente se dio un paseo por ella para familiarizarse. Se mantuvo tranquilo, sin permitir que la emoción le empujase a actuar antes de esta, verdaderamente preparado, como le había ocurrido en la última ocasión.

La segunda vez exploró un poco más Abrió los armarios y hurgó entre la ropa, y decidió que el gusto de la dueña parecía haberse congelado en el estilo de los bares de solteros de los ochenta. Advirtió que se gastaba una fortuna en maquillaje mientras fisgoneaba en el armario del cuarto de baño.

Le satisfizo que no hubiera armas de fuego en la casa. Las armas podían ser un problema importante.

A continuación, tarareando para sí, inspeccionó la cocina. Vio que a la señora Elrod no le gustaba mucho cocinar; el frigorífico contenía sobre todo comida preparada para el microondas. Pero sí que había cedido a la moda de tener un amplio juego de cuchillos sobre la reluciente encimera negra, algo con lo que él había contado. Ya que cocinaba tan poco, no era probable que echase de menos un cuchillo. Los fue examinando de uno en uno, probando las mal afiladas hojas de acero inoxidable. La mayoría de las mujeres ya no se enorgullecían de valer para las tareas domésticas, lo cual él deploraba. Si los cuchillos estuvieran bien cuidados, él no tendría que correr el pequeño pero existente riesgo de llevarse uno de ellos para adherirle un filo como era debido.

Teniendo en cuenta todas las circunstancias, no le gustó nada Marilyn Elrod.

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-Ven a casa a cenar con Ino y conmigo esta noche -dijo Sai el viernes.

Naruto se recostó en su sillón. Estaba tan harto de las malditas listas que tenía encima de la mesa que le entraron ganas de tirarlas todas a la basura. Jamás se hubiera imaginado que había tanta gente que se había mudado a Orlando el año anterior. Lo que le cabreaba en realidad era que no le estaban proporcionando ningún maldito dato. Se alegraba de que hubiera llegado el fin de semana, aunque Sai y él estaban de servicio.

-Es viernes -le recordó a Sai.

-¿Y que? Los viernes tienes que comer igual que los otros días de la semana, ¿no?.

- Hinata se pone bastante tensa los viernes.

-Entonces le vendrá bien quitarse cosas de la cabeza. Si tiene una visión, puede tenerla tanto en mi casa como en la suya.

- De acuerdo, voy a llamarla.

Hinata interpuso el mismo razonamiento que él, y Naruto le dio la misma respuesta que le habla dado Sai. En realidad no necesitó que la convenciera demasiado, porque había pasado la semana temiendo que llegara el viernes. Cenar con Sai e Ino sería una agradable distracción.

Aquella semana, todos los días había pasado parte de la hora de la comida yendo de compras, y esa noche se puso por primera vez uno de sus trajes nuevos. Sai había dicho que se vistiera de manera informal, y así lo hizo, pero los estilizados pantalones blancos de algodón y el cuerpo blanco sin mangas eran muy atractivos, en su opinión Naruto pensó lo mismo. Cuando Hinata salió del dormitorio, la mirada de él se detuvo en sus hombros desnudos y en el profundo escote en uve.

-¿Llevas sujetador? -le preguntó en tono tenso.

Hinata se miró

-¿Por qué?

-¿Sólo quiero saberlo. ¿Lo llevas?

-¿Se ve algo? -preguntó Hinata, volviendo al dormitorio para examinarse en el espejo

Naruto la siguió.

-Maldita sea, Hinata, ¿lo llevas o no lo llevas?

-¿Es que lo necesito?

-Voy a averiguarlo yo mismo -repuso él, frustrado, extendiendo una mano hacia ella.

Pero Hinata se escabulló y le dirigió una sonrisa traviesa.

-Tranquilo, pequeño. Tendrás que esperar hasta después para saberlo. Si no nos vamos ya, llegaremos tarde

-Nunca te he visto ese traje -dijo Naruto, siguiéndola.

-Es nuevo Lo he comprado esta semana.

Naruto estudió su espalda, tratando de decidir si era capaz de distinguir la línea del sujetador debajo del chaleco blanco que dejaba al descubierto una porción desconcertante de Hinata.

No era que resultara indecente, sólo que no estaba acostumbrado a verla así vestida. Le gustaba muchísimo, pero no quería que nadie más apreciase el panorama.

La casa de Sai era grande y espaciosa, con un pulido mobiliario de colores claros y suaves que hacían parecer todavía más grandes las habitaciones. Se respiraba una sensación de espacio, serenidad y frescor, incrementada por las frondosas plantas de interior y los ventiladores del techo que agitaban suavemente el aire.

La cena fue relajada, con abundantes bromas y chistes. Hinata le preguntó a Sai cuándo estaría terminada la casa de Naruto, y él mintió sin que se le moviera un pelo de la cabeza Más retrasos, dijo solemnemente.

Ino le contó a Hinata los planes de boda que estaba haciendo y la suerte que había tenido al planificar un compromiso a tan largo plazo, porque ibas a necesitar todo ese tiempo para preparar una boda grande y formal. Sai empezó a sudar ligeramente mientras escuchaba la conversación, pero ya no tenía aquella mirada de pánico cerval; se estaba acostumbrando a la idea del matrimonio en relación a consigo mismo.

Una serie de truenos, normales durante las noches de verano, les obsequió con espectaculares fogonazos de luz y un fuerte retumbar. Después de cenar, Sai hizo varias fotografías de todos juntos, y eso le llevó a enseñar los gruesos álbumes de fotos que había ido acumulando a lo largo de los años.

Naruto figuraba de forma prominente en muchas de las instantáneas, y Hinata estudió su rostro con interés. Parecía distinto en las fotos en blanco y negro que había hecho Sai.

Al ver su interés, éste se sentó a su lado para contarle todo acerca de cada una de ellas.

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Era más temprano que de costumbre cuando Marilyn Elrod llegó a casa, pero las tormentas habían dejado sin electricidad el bar, y los dueños habían invitado a todo el mundo a salir, cortésmente pero con firmeza. También venía algo más achispada de lo normal, y cuando vio que no se abría la puerta del garaje, pulsó de nuevo el botón del interruptor. Pero siguió sin suceder nada.

-Maldita sea -musitó, apuntando con el mando a distancia directamente a las puertas y con el dedo apretado sobre el botón. Nada. Lo tiró en el asiento del pasajero, a su lado-. Malditas pilas.

Salió del coche y trotó con sus zapatos de tacones altos hasta la puerta de la casa, y permaneció allí de pie un instante, tratando de acordarse del código de la alarma de seguridad.

Sólo disponía de unos pocos segundos después de abrir la puerta, no recordaba exactamente cuántos, para marcar el código y así evitar que se disparase la alarma. Odiaba aquel maldito dispositivo, hacía un ruido que le destrozaba los tímpanos. El sistema de seguridad había sido idea de James, no de ella. Los hombres y sus juguetitos.

Tardó un minuto en darse cuenta de que la pequeña luz roja que había encima de la alarma no estaba encendida. Maldición, ¿ es que en aquella casa todo funcionaba mal? Pero entonces rió suavemente para sí. ¡Claro! Allí también se había ido la luz. Debería haber reparado en lo oscuro que estaba todo el barrio.

Introdujo con mano torpe la llave en la cerradura y abrió la puerta, y entró en la casa tambaleándose ligeramente. ¡Cielos, estaba todo más oscuro que una tumba! ¿Cómo iba a ver nada? Velas, pensó. Tenía velas. Había comprado un surtido de velas de incienso, pensando en el ambiente sensual que crearían cuando se llevara un amante a casa. Probablemente James tenía alguna linterna por ahí, pero no sabía dónde estaba. Era probable que se la hubiera llevado consigo el muy cabrón. No querría que su muñequita se viera atrapada en la oscuridad.

¿Pero dónde las había puesto? ¿En la cocina? Aquél no parecía el sitio apropiado para guardar velas de incienso.

Por otra parte, en la cocina era donde estaban las cerillas, y tal vez las había guardado allí.

Se quitó los tacones mientras avanzaba a tientas por la casa en sombras en dirección a la cocina. Encontró primero las cerillas y encendió una aliviada por la pequeña llamita de luz.

Quemó tres antes de dar con las velas de incienso.

Encendió una inmediatamente para alumbrarse. Bueno, aquél era un buen final para una noche aburrida, pensó disgustada. Mejor sería que se fuera a la cama, ya que no podía ni siquiera ver la televisión.

Subió las escaleras llevando un saquito de velas en una mano y la otra vela encendida en la otra, y sólo tropezó una vez.

-Epa -susurró-. Tengo que tener cuidado. Llevo fuego en la mano.-Aquella idea la hizo reír tontamente.

Ya en el dormitorio, que había transformado completamente después de marcharse James- quemó todas las sábanas sobre las que había dormido el cabrón-, fue encendiendo las velas de una en una y las colocó sobre la cómoda para ver el efecto que hacían al reflejarse en el espejo. Sí, se dijo: era muy sensual. El denso aroma del incienso se elevó en el aire y la hizo toser un poco. Tal vez debería usar velas sin perfume.

Comenzó a desvestirse y dejó las prendas donde fueron cayendo. El incienso se hizo más fuerte, y volvió a hacerla toser.

En ese momento se detuvo y torció la cabeza a un lado.

¿Había oído algo?

Aguardó, pero la casa seguía estando silenciosa. Sí, aquél era el problema. Estaba acostumbrada a oír el leve zumbido del frigorífico, los relojes, los ventiladores del techo. Sin ellos, se daba demasiada cuenta de los ruidos exteriores.

Una vez que estuvo desnuda, se puso una bata y se anudó el cinturón flojo. De pronto se sentía demasiado soñolienta para llevar a cabo el ritual completo de la crema limpiadora, así que simplemente mojó una toalla en el oscuro cuarto de baño y se la pasó por la cara antes de dejarla en el lavabo.

Regresó a la habitación bostezando. Las llamas de las velas parpadearon, enviando hacia el techo embriagadoras nubes de incienso. Se inclinó para soplarlas, y en ese momento un rostro apareció en el espejo.

Se giró en redondo, reprimiendo un grito ahogado en la garganta.

-Holaaa -dijo el hombre suavemente.

Continuará..