Capítulo 4.

Narra Sasuke.

El ruido de la cinta de correr era un zumbido constante bajo mis pies mientras corría. Apenas había pegado

ojo la noche anterior y estaba de un humor de perros. El sudor me corría por la espalda y por la cara. Cogí una toalla y me sequé de mala manera antes de tirarla al suelo. Mi iPod sonaba con música heavy, pero no estaba lo bastante alto, así que subí el volumen, agradecido porque el piso estuviera insonorizado.

Seguí corriendo a un ritmo casi frenético. Había repasado todas mis opciones y planes durante la noche y había acabado con dos ideas.

La primera era que si Shikamaru y Naruto conseguían meterme en la empresa, podría intentar pasar la entrevista dándole a Hiashi detalles muy vagos acerca de la mujer que supuestamente había cambiado mi punto de vista y, por tanto, me había reformado. Si jugaba bien mis cartas, podría mantener la farsa hasta demostrarle mi valía a Hiashi y luego decir que había pasado lo impensable: esa mujer perfecta me dejaba. Podría fingir que estaba destrozado y volcarme en el trabajo.

Sin embargo, a juzgar por lo que Shikamaru me había explicado, la idea seguramente no funcionaría.

Tendría que presentarle una mujer de verdad, una que convenciera al Hyuga de que era mejor persona de lo que él creía que era.

Alguien, en palabras de Shikamaru, «sensata, agradable y afectuosa».

No conocía a muchas mujeres que encajasen en todas esas categorías, a menos que tuvieran más de sesenta

años.

No creía que Hiashi se tragara que me había enamorado de alguien que me doblaba la edad.

Ninguna de las mujeres con las que me relacionaba pasaría su inspección. Sopesé la idea de contratar a alguien, tal vez a una actriz, pero parecía demasiado arriesgado.

Las palabras de Shikamaru no dejaban de repetirse en mi cabeza.

«Estás ciego, Sasuke. Tienes la solución delante de las narices».

La señorita Haruno.

Shikamaru creía que debía usar a la señorita Haruno para que fingiera ser mi novia. Si me distanciaba de la cuestión e intentaba ser objetivo, debía admitir que tenía razón.

Era la tapadera perfecta.

Si Hiashi creía que me marchaba de Sannin Inc. porque estaba enamorado de mi asistente personal y la elegía a ella, y a nuestra relación, por encima de mi trabajo, ganaría muchos puntos.

No se parecía en nada a cualquier otra mujer con la que hubiera estado. Shikamaru creía que era agradable, inteligente y encantadora. Parecía caerles bien a los demás.

Todo eran ventajas.

Salvo que estaba hablando de la señorita Haruno.

Apagué la cinta de correr con un gruñido y cogí la toalla que había tirado. Una vez en la cocina, saqué una botella de agua y me la bebí de un tirón antes de encender el portátil. Inicié sesión en el sitio web de la

empresa, repasé los archivos de personal y me detuve al llegar a la ficha de la señorita Haruno. Estudié su fotografía mientras intentaba ser objetivo.

No tenía nada reseñable, salvo los brillantes ojos verdes, muy grandes y rodeados de largas pestañas.

Suponía que tenía el cabello largo, pero siempre lo llevaba recogido en un moño severo. Tenía la piel muy blanca. Me pregunté qué aspecto tendría tras pasar por las manos de un maquillador profesional y vestida con ropa decente.

Miré la pantalla con los ojos entrecerrados, concentrado en su imagen.

Dormir unas cuantas horas no le iría mal para librarse de las ojeras que tenía y tal vez le sentaría bien comer otra cosa que no fuera sándwiches de mantequilla de cacahuete y mermelada.

Estaba como un palo.

Me gustaba que mis mujeres tuvieran más curvas.

Gemí, frustrado, mientras me frotaba la nuca.

Suponía que, en esas circunstancias, mis preferencias daban igual.

Era lo que necesitaba.

En esas circunstancias, tal vez debería admitir que necesitaba a la señorita Haruno.

Menuda mierda.

Mi móvil sonó y miré la pantalla. Me sorprendí al ver el nombre de Shikamaru.

—Hola.

—Perdona por despertarte.

Miré el reloj y me di cuenta de que solo eran las seis y media de la mañana. Me sorprendió que él sí

estuviera despierto. Sabía que le gustaba levantarse tarde.

—Llevo despierto un rato. ¿Qué pasa?

—Hiashi Hyūga te verá hoy a las once.

Me levanté y sentí un escalofrío en la columna.

—¿Lo dices en serio? ¿A qué vienen las prisas?

—Estará fuera el resto de la semana y le dije a Naruto que estabas pensando acudir a una entrevista en La ciudad de La arena.

Solté una carcajada.

—Te debo una.

—De las gordas. Tanto que nunca podrás pagarme. —Se echó a reír —. Sabes muy bien que hay muchas posibilidades de que esto acabe en nada a menos que puedas convencerlo de que las cosas han cambiado, ¿verdad? Mentí a Naruto como un bellaco, pero mi palabra solo te ayudará al principio.

—Lo sé.

—De acuerdo. Buena suerte. Dime cómo te va.

—Lo haré.

Colgué, comprobé mi agenda y esbocé una sonrisa torcida al darme cuenta de que la señorita Haruno la había actualizado la noche anterior. Tenía un desayuno de trabajo a las ocho, lo que quería decir que volvería a la oficina a eso de las diez. Decidí que no iría a la oficina. Se me había ocurrido cómo presentar a mi supuesta novia en la entrevista.

Marqué el número de la señorita Haruno. Contestó tras unos cuantos tonos, con voz soñolienta.

—Mmm… ¿diga?

—Señorita Haruno.

—¿Qué?

Inspiré hondo en un intento por ser paciente. Saltaba a la vista que la había despertado . Lo intenté de nuevo.

—Señorita Haruno, soy Sasuke Uchiha.

Su voz sonaba ronca y desconcertada.

—¿Señor Uchiha?

Suspiré con pesadez.

—Sí.

Oía mucho movimiento y me la imaginé sentándose torpemente, con aspecto desaliñado.

Carraspeó.

—¿Hay… esto… hay algún problema, señor Uchiha?

—No iré a la oficina hasta después del almuerzo.

Se hizo el silencio.

—Tengo que ocuparme de un asunto personal.

Contestó con sequedad:

—Podría haberme mandado un mensaje de texto…, señor.

—Necesito que haga dos cosas por mí.—Seguí, haciendo caso omiso del deje sarcástico de su voz—. Si Orochimaru aparece y quiere saber dónde estoy, dígale que me estoy ocupando de un asunto personal y que no sabe dónde me encuentro. ¿Le ha quedado claro?

—Como el agua.

—Necesito que me llame a las once y cuarto. Justo a esa hora.

—¿Quiere que diga algo o me limito a jadear?

Me aparté el teléfono de la oreja, sorprendido por su tono. De hecho, parecía que a mi asistente no le hacía

gracia que la despertasen temprano. Semejante descaro no era habitual en ella, y no sabía muy bien cómo tomármelo.

—Necesito que me diga que mi cita de las cuatro se ha adelantado a las tres.

—¿Algo más?

—No. Ahora repítame lo que acabo de decirle.

Emitió un sonido raro, una especie de gruñido, que me hizo sonreír. La señorita Haruno parecía tener carácter en según qué circunstancias. Sin embargo, quería asegurarme de que estaba lo bastante despierta como para recordar mis instrucciones.

—Tengo que decirle a Orochimaru que se está ocupando de un asunto personal y que no tengo ni idea de dónde está. Lo llamaré exactamente a las once y cuarto y le diré que su cita de las cuatro se ha adelantado a las tres.

—Bien. No la cague.

—Pero, señor Uchiha, esto no tiene sentido, ¿por qué va a…?

Colgué, sin hacerle el menor caso.

CONTINUARÁ...