¡Hola a todas! ¡He vuelto antes de tiempo con el siguiente capítulo del príncipe! El motivo: Vosotras :D ¡GRACIAS, GRACIAS Y GRACIAS! ¡Casi 40 reviews en un capítulo! ¿Qué puedo decir? ¡Estaba tan emocionada que me puse a escribir el siguiente con mucha ilusión porque tenía muchas ganas de que supieráis cómo continúa la historia, y es que no os imagináis la que se va a liar! Con todo mi cariño os traigo 8.000 palabras! :D
¡Quiero dedicar este capítulo a todas las nuevas lectoras que se han animado a escribirme! :D
En el anterior capítulo, Draco hizo ver a Hermione que no solo él la deseaba y la dejó pues... en fin...con ciertas necesidades XDDD Lo que trama Blaise me preocupa un poco...pobre Ginny... Y como veis, Theo ha encontrado una buena excusa para pasar más tiempo con Lunita. :P En cuanto al castigo de Snape, bueno...gracias a eso Hermione y Draco pasarán tiempo juntos :)
PD: Me gusta tanto Lunita que he hecho un one-shot de ella con Draco... jejejeje por si queréis leerlo! Espero que os guste :)
¡MUCHAS GRACIAS POR VUESTRO APOYO! :D
Contestaciones a las no registradas:
Rosyr: ¡hola nena! :D Bueno con las pociones, al menos sirve de algo los dos años de latín que tuve en bachillerato xDDD Con respecto a Blaise, ya sabes como es... muy malo y cerdo hahahaha todo lo contrario a Theo y Luna que son dos ángeles jijiji ^^ espero que ese degenerado entre en razón...¡si yo hubiese sido Hermione, directamente, no hubiera dejado marchar a Draco JAJAJAJAJA en fin... a ver si se da cuenta! Espero que te guste este capítulo! por cierto hice un one-shoot de Draco y Luna. Sí. Has leído bien. Druna. Creo que te gustará o no... no se xD ya me dirás hahaha un besito muy grande! :D
Lorena: hola guapa! Me alegro de que te gustasen los dos últimos capítulos. Intento ser todo lo fiel posible a los personajes. Espero que te guste este cap! Un beso fuerte! :D
Emma Felton: Querida Emma. Te contesto aquí también el review del one-shoot, porque por allí como ya no actualizaré, no podré! Me alegro de que te gustase! :) La verdad es que lo quise hacer sencillo porque no fui capaz de ser totalmente infiel...jejeje aunque quién sabe... a lo mejor me desmadro porque tengo algunas cosas en mente que ni te imaginas jajajaja con respecto a lo del Drinny, te voy a ser sincera. El día que me dejaste el review, te hubiera dicho: No, no me gusta. Never, pero... ha dado la casualidad de que el otro día, me encontré con un Drinny que me hizo cambiar de opinión... solo te digo eso... que no quiere decir que el dramione decaiga. Para nada. Sigue siendo mi prioridad, pero ese fic me dejó trastocada. Lo tengo en favoritos,( lamentablemente no está terminado u.u) por si le quieres echar un vistazo jajajajaja en fin... volviendo al príncipe, lo de usar a Ginny para poner celosilla a Hermione... bueno... mejor no te adelanto acontecimientos porque es que ni te imaginas lo que pasa por mi cabeza, pero me encanta que escribas tus ideas y peticiones porque me divierto muchísimo! :D bueno guapa! ¡te dejo con el capítulo! Espero que los disfrutes y te guste mucho :) Un beso muy grande!
layli: ¡Hola guapa! ¡Bienvenida al príncipe durmiente! Me alegra que te gustasen los caps! Espero que este capi te guste tanto como los anteriores :D ya me dirás! Un besito muy fuerte :)
natalie malfoy: Hellou! espero que te guste este capítulo! ya verás por qué...jejeje... yo la verdad es que no he visto las fotos esas de las que me hablas, y se que a mucha gente le cae mal Ginny, pero en mi fic yo la veo diferente. No se... lo único que no me gustó de ella en los libros es que terminase con Harry... pero bueno... en realidad no me gustó ninguna de las parejas si te soy sincera, que se le va a hacer xDDD en fin... aunque no tengas mucha idea del triángulo, prueba. A lo mejor suena la flauta jajajajaja :D un beso muy grande! :)
Os dejo con la lectura :D
-Lachlan el Larguirucho- Editado
Ron se despertó con mucho esfuerzo, como cada mañana. Se sentía hambriento y lo que más le apetecía antes de la clase de Transformaciones de ese día, era un buen desayuno. Sin embargo, había algo que no se quitaba de la cabeza. Días atrás, desde lo lejos, en las escaleras al lado de su dormitorio, había visto a Lavender dándole algo a Cormac McLaggen disimuladamente.
Estaba casi seguro de que habían sido unas bragas. McLaggen había sido rápido en guardarlas, pero no lo suficiente como para que él no las viera. Así que ahí estaba Ron, dando vueltas en la cama inquieto, pero sobretodo, molesto. Molesto con Hermione por ignorarles. A Harry y a él. Molesto porque los había dejado de lado y sentía que los había cambiado por la tonta de Lavender.
Se preguntó por qué se habían hecho tan amigas cuando nunca se habían llevado bien. Y por si fuera poco, Parvati, Luna y su hermana también la tenían acaparada todo el tiempo.
Estaba tan dolido que se le había ocurrido algo al ver a Lavender dándole las bragas a McLaggen, pero sabía que iba a necesitar ayuda y que Harry se iba a negar rotundamente a participar. Creyó que quizás Seamus Finnigan y Dean Thomas se animarían, así que no le dio más vueltas, se levantó de la cama y se acercó a ellos, que aún dormían como si nada.
— Sh, Seamus— lo llamó descorriendo las cortinas del dosel de su cama. Luego lo zarandeó con insistencia — Despierta.
Finnigan se cubrió los ojos al notar la claridad del amanecer golpeándole en la cara.
— Déjame dormir un poco más, que aún es pronto.
— ¡Venga ya!— insistió moviéndolo— Dean y tú tenéis que ayudarme con una cosa.
Dean, desde su cama, se incorporó y se frotó un poco los ojos, somnoliento.
— ¿Qué pasa conmigo?
En cuanto a Harry y Neville, continuaban durmiendo profundamente.
— Tenéis que ayudarme a entrar en el dormitorio de los de sexto. En el de McLaggen— explicó.
Seamus enarcó una ceja. Después, se levantó y comenzó a vestirse. No entendía cómo Ron podía tener tanta energía de buena mañana.
— ¿Y para qué quieres entrar en el dormitorio de Cormac McLaggen?
Ron se paseó de un lado a otro, de brazos cruzados.
— Porque... eh, vi a la pesada de Lavender dándole unas bragas. Supongo que eran suyas.
Dean abrió los ojos con sorpresa.
— Tío, ¿estás seguro? Ya sabemos que Lavender está como una cabra pero tanto como para darle unas bragas a McLaggen…
Ron entornó los ojos al ver que dudaban de él.
— No me lo estoy inventando. Estoy seguro de que se las dio— le espetó.
Seamus terminó de colocarse la corbata del uniforme.
— A lo mejor no eran suyas. Vete tú a saber.
Él frunció el ceño.
— ¿Cómo no iban a ser suyas? ¿De quién iban a ser sino?— dijo con bordería— Además, tenían dibujitos y eran de color rosa. Aunque desde tan lejos no las vi muy bien.
Dean soltó una risita.
— Hm…pues si eran de color rosa… Entonces sí, es probable que fuesen de Lavender.
Seamus bufó, cansado.
— Pero de todas formas, ¿qué más te da Ron? — hizo una pausa, como si acabase de hacer un gran descubrimiento —Oh, ¿es que acaso quieres las bragas? ¿Por eso quieres ir al cuarto de McLaggen?
Ron sonrió con malicia.
— Esto...sí.
La confusión de Seamus se palpaba en el ambiente. Se sentía muy confuso pero debía admitir que la curiosidad lo estaba matando. Incluso había empezado a tener ganas de ver las dichosas bragas.
— ¿Y por qué? ¿Para que quieres tú las bragas de Lavender?
— Ya os lo explicaré más tarde. Pero tenéis que ayudarme— murmuró al ver que Harry se removía, apunto de despertarse— ¿Os apuntáis o no?
Dean y Seamus ni se lo pensaron.
— Está bien— dijo Finnigan. Thomas asintió en silencio.
— ¿Y qué pasa con Harry y Neville? Siguen durmiendo— comentó Dean mirando como roncaban entre las sábanas.
Ron se tensó.
— Será mejor que no se enteren— respondió después de un largo silencio— Vamos. Tenemos que ser rápidos.
— ¿Y si McLaggen y sus compañeros están en la habitación?— inquirió Seamus con preocupación.
— No creo. Si no me equivoco los de sexto tienen ahora clase de pociones.
Sin decir nada más, se marcharon rumbo a la habitación de Cormac McLaggen. Cuando entraron, no había ni rastro de los susodichos por los alrededores, así que Ron no se lo pensó y buscó un baúl que tuviera las iniciales C.M. Cuando lo vio, lo abrió rápidamente. Las manos le temblaban y el miedo a que los pudieran pillar le provocaba una subida de adrenalina indescriptible. Después de revolver durante un rato en las pertenencias de Cormac, en una de las esquinas del baúl, bajo un montón de camisas y varias bufandas, encontró las bragas. Eran de color rosa con corazones. No pudo evitar soltar una fuerte carcajada.
— ¡Aquí están! — exclamó desdoblándolas y extendiéndolas para que Seamus y Dean las viesen—¡Las tengo!
Dean abrió los ojos como platos.
— ¡Tenías razón, tío! ¡No hay duda! Son de Lavender ¡Seguro!— dijo entre risas.
Seamus, en cambio, quería salir de allí cuanto antes. No quería que los expulsaran.
— Ron, guárdalas y vámonos antes de que nos pillen.
Dean y Ron le siguieron sin rechistar y cerraron la puerta. Sin embargo, Ron Weasley no tuvo un detalle en cuenta, y es que con las prisas, se dejó el baúl de Cormac McLaggen abierto y con toda la ropa revuelta.
Cuando volvieron a su cuarto vieron que Harry y Neville no estaban. Probablemente habrían bajado a desayunar.
— Se habrán creído que estamos en el Gran Comedor— dijo Seamus sin poder parar de reír cada vez que veía las bragas.
— Pero cuando vean que no estamos allí se van a extrañar— añadió Dean.
Ron, que aún llevaba el pijama puesto, se puso el uniforme.
— Bueno, luego nos inventamos alguna excusa y ya está.
— ¿Y ahora qué?— inquirió Seamus intrigado.
— ¿Y ahora qué de qué?
— Pues... ¿que qué hacemos con las bragas?
Ron se quedó en silencio.
— Hm...— dijo esbozando una sonrisa — Vamos a la estatua de Lachlan el Larguirucho.
Dean se sorprendió.
— ¿No estarás pensando en lo que yo creo?
Sin embargo, Ron parecía cada vez más nervioso.
— Sí. Pero no pueden saber que hemos sido nosotros. Tenemos que ser rápidos, porque como se enteren Lavender o Hermione…nos matarán.
Media hora más tarde, Hogwarts era un caos. En uno de los pasillos del séptimo piso, un gran corro de alumnos rodeaba la estatua de Lachlan el Larguirucho mientras Colin Creevey se dedicaba a correr y saltar entre la gente, intentando sacar fotos a lo que había colgado encima de la escultura. Ron, Seamus y Dean no dejaban de reír. Harry y Neville por otra parte habían vuelto del Gran Comedor y a pesar de que no sabían de quién eran las bragas, compadecían a la pobre propietaria.
Los gemelos Weasley, entre risas, treparon la estatua para coger la ropa interior y la alzaron para que todos la vieran.
— ¡Chicos!— exclamó George emocionado.
— ¡Parece que hoy toca subasta!— añadió Fred.
— ¿Cuánto estáis dispuestos a pagar por la ropa interior de una chica desconocida?— preguntó George con emoción.
— ¡Animaos, animaos! ¡Puede que estas braguitas pertenezcan al amor de vuestra vida!— exclamó Fred.
Más caos. Y más gritos.
— ¡Cinco galeones!— chilló un alumno de Ravenclaw desde la aglomeración de personas.
Fred alzó aún más la ropa interior.
— ¿Alguien da más? Cinco galeones a la una…
— ¡Quince, quince! ¡Yo ofrezco quince galeones!— chilló Colin Creevey y es que pensó que si conseguía las bragas, podría hacer un reportaje completo. Entre lo del espectáculo del Gran Comedor y la ropa interior, iba a convertirse en el mago fotógrafo más conocido de todos los tiempos.
— Parece que por ahora va ganando Colin…quince a la una, a las dos…— continuó George.
— ¡Treinta galeones!— exclamó Seamus.
Ron frunció el ceño.
— ¿Pero qué haces?
— Es una estrategia, Ron. Así ofrecerán más ahora— explicó.
— Pero puede salirte mal. Yo no me gastaría en la vida treinta galeones en unas bragas de Lavender. Qué horror…— dijo poniendo una mueca de asco.
— ¡Treinta galeones a la una!— gritó Fred con entusiasmo— Treinta galeones a las dos… Treinta galeones a las…
El silencio se hizo cuando alguien chilló desde el fondo del pasillo.
— ¡Noooo! ¡Qué hacéis con eso! ¡Cómo habéis podido!— gritó Lavender corriendo a toda velocidad en su dirección, dispuesta a matarles.
— ¡Así que eran de Lavender Brown!— exclamó un alumno de Hufflepuff.
Todos comenzaron a mirar a la chica. Algunos emocionados y otros expectantes. Parvati, Ginny y Luna, que iban con ella, se quedaron atónitas. Hermione, en cambio, seguía en el dormitorio de las chicas. Por algún motivo no había querido ir a desayunar y se había quedado en la cama.
Lavender echaba chispas, sin entender cómo habían conseguido los gemelos sus bragas.
— ¡Dádmelas ahora mismo sino queréis que os lance un maleficio! — amenazó queriendo arrebatárselas.
Fred la escudriñó durante unos momentos y estuvo a punto de devolvérselas, pero tuvo una idea mejor.
— ¡Tendrás que pujar!— exclamó.
— Estoy contigo Fred— añadió George—¡Se reanuda la subasta!
Lavender ahogó un grito.
— ¡Malditos!
Parvati se acercó a ella y la apaciguó un poco para que no los matara allí mismo.
— Tranquila Lavender, tranquila.
— ¡Cómo quieres que esté tranquila! No quería que nadie viera esas…esas…precisamente esas...— dijo haciendo un pucherito, queriendo que la tierra se la tragase allí mismo.
Recordó al estúpido de Cormac McLaggen y supo que había sido él. Le prometió que no las enseñaría y se las había dado nada más y nada menos que a los gemelos. No entendía cómo había podido confiar en ese imbécil. Por mucho que las quisiera de vuelta o gritase a Fred y George, seguían con la subasta mientras el resto de chicos la miraban embobados y continuaban pujando por llevarse sus bragas.
— ¡Ya vamos por treintaicinco!— exclamó George frenético— Treintaicinco a la una…a las dos…y a las tr…
— ¡Cien galeones!
Todos se dieron la vuelta intrigados por saber quien había sido el loco que había ofrecido tal absurda cantidad de dinero.
Y allí estaba.
Cormac McLaggen, plantado en mitad del pasillo, de brazos cruzados, con algunos alumnos de sexto, que regresaban a la Torre de Gryffindor después de la clase de pociones. Lavender sintió como el corazón le daba un vuelco al verlo. ¿Cómo tenía la poca vergüenza de, no sólo dar sus bragas, sino de pujar por ellas? Antes de que pudiera decirle algo, McLaggen había ganado la subasta y estaba recogiendo su ropa interior.
Cormac parecía bastante enfadado, y es que no entendía cómo los gemelos tenían la ropa interior de Lavender. Se los llevó a parte para hablar a solas.
— ¿De dónde narices habéis sacado eso? — preguntó.
— ¡Estaban encima de la estatua, amigo mío!— exclamó George echándole un brazo por encima.
Cormac lo apartó de un empujón. Aún no sabía quién le había cogido las bragas del baúl, pero sus compañeros desde luego que no eran los culpables. Notó como alguien le clavaba intensamente la mirada en la nuca y al girarse sobre sus talones, vio a Lavender frente a él mirándole con un odio intenso. Perfecto.
Ella creería que él había sido el responsable.
— Me dijiste que no las enseñarías, me lo prometiste. Eres un estúpido, Cormy. No sé cómo he podido confiar en ti— gritó arrancándole de un tirón las bragas de las manos. Luego le pegó una bofetada.
Ginny, Parvati y Luna se quedaron estupefactas al escuchar el impacto y ver como la mejilla de Cormac McLaggen se volvía de un rojo intenso. No entendieron nada. Lo único que sabían era que al parecer la ropa interior era de su amiga, pero desconocían que tenía que ver eso con Cormac y por qué se había puesto así de furiosa.
Ron, desde el otro extremo del pasillo, tuvo que hacer un esfuerzo enorme por contener la risa. Sin embargo, Dean y Seamus parecían arrepentidos. No les gustaba hacer llorar a una chica y cuando vieron como las lágrimas de Lavender rodaban por su rostro, se dieron cuenta de lo gilipollas que habían sido.
Harry y Neville, por otra parte, seguían sin saber qué pasaba.
Cormac intentó retener a Lavender al ver que pretendía marcharse pero se dio cuenta de que... qué iba a decirle. Ella no iba a creerle. Era lo más lógico. ¿Cómo iba a creer que alguien había entrado en su habitación y le había robado las bragas?
Al cabo de unos minutos, la calma volvió al pasillo del séptimo piso y Cormac volvió a su cuarto iracundo, pero sobretodo, con ganas de venganza. Quería saber quién había sido el desgraciado que había registrado sus cosas y le había robado.
Ron, en cambio, estaba eufórico. Sacó unas ranas de chocolate del bolsillo de su túnica y comenzó a devorarlas cuando volvía con Dean, Seamus, Neville y Harry a su habitación para coger los libros de Transformaciones y marcharse a clase. Había conseguido fastidiar a Lavender. Sentía que se lo merecía, por haber acaparado a Hermione hasta el punto de haberles olvidado. A Harry y a él.
Deseaba darles un escarmiento a todas. Menos a Ginny, claro. Su hermana lo mataría.
Cuando atravesaron el retrato de la Dama Gorda y entraron en la sala común, vieron que no había nadie. Ron estaba seguro de que Lavender estaría lloriqueando en su habitación.
Dean, Neville y Seamus se marcharon al dormitorio y Harry y Ron se sentaron junto a la chimenea. Y justo ahí, apareció Hermione bajando las escaleras. Ese día llevaba el pelo más despeinado que nunca y apenas se le veía el rostro. Ron no desaprovechó la oportunidad. Estaba molesto con ella, después de todo.
— Hermione, cuánto tiempo— dijo con tono sarcástico— ¿Esta vez también vas a marcharte sin decirnos nada?
A ella se le encogió el estómago al escucharle. No tenía ganas de empezar una discusión en ese momento a pesar de que sabía que tanto él como Harry estaban a punto de estallar por haber pasado de ellos durante los últimos días sin venir a cuento. Tenía asuntos más importantes en mente. Habían transcurrido dos días desde su ''percance'' con Malfoy en la biblioteca, y ese día por la tarde, después de clase, había quedado con él en el cuarto de baño de los prefectos para comenzar a elaborar las pociones. No habían estado a solas desde entonces y tenía los nervios a flor de piel así que lo que menos necesitaba en ese momento era que Ron se pusiese pesado, avasallándola a preguntas. Además, otro de los problemas era que tenía un chupetón en el cuello inmenso y no llevaba pañuelo para poder cubrirse la zona. A pesar de que se había puesto el pelo de tal forma que no se le viese, tenía miedo de que alguien lo pudiese descubrir. No era el momento para hablar con Ron. Ni con Harry. Tenía que marcharse de la sala común cuanto antes.
— Hermione, te estoy hablando, ¿por qué no respondes?— insistió levantándose del sofá.
Harry también se acercó a ella, preocupado.
— Ron tiene razón, Hermione— dijo— Supongo que estarás muy ocupada con el trabajo de pociones igual que todos… pero es que ni siquiera nos diriges la palabra y ya no sabemos qué pensar.
Hermione bufó molesta. ¿Cómo iba a hacerles caso con todo lo que tenía en la cabeza? Siempre había estado con ellos, haciéndoles los deberes, sacándolos de apuros continuamente y ya estaba harta. Por una vez tenía amigas y se saltaba las reglas más a menudo. Se divertía con ellas. Aún así sintió que les debía alguna explicación. Al menos, para que se quedaran tranquilos y no insistieran por el momento.
— Harry, de verdad que lo siento pero es que estoy muy agobiada — dijo con pesar —Tenéis que comprenderme. Sé que llevo semanas algo distante con vosotros y apenas pasamos tiempo juntos, pero es que…ahora mismo, no puedo— se tensó y desvió la mirada— Tengo que marcharme para recoger varios libros de la biblioteca antes de la clase de Transformaciones y...
Run entornó los ojos. Estaba rara.
— No te vayas tan pronto— le espetó reteniéndola— Nos debes una explicación.
Hermione tiró para zafarse de su agarre pero para su desgracia, debido al esfuerzo que tuvo que hacer, el pelo se le movió dejando a la luz la marca.
La dichosa marca que Malfoy le había hecho en la biblioteca.
Ron se quedó boquiabierto y la soltó como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Harry parecía tan sorprendido como él.
Hermione se quedó sin respiración e instintivamente se llevo la mano al cuello.
— ¡¿Q-qué... qué es eso?!— chilló el pelirrojo señalándola atónito, con total indignación.
Hermione se puso lívida. Tenía que improvisar o la conversación no iba a terminar bien.
— No es nada, Ron. Me di un golpe y se me puso morado. Eso es todo— comentó enderezándose, intentando parecer segura.
Harry, que hasta ahora era el que más tranquilo había estado, estalló. Sintió una gran decepción, no por Hermione, sino por el hecho de que no hubiera confiado en ellos como para contarles lo que pasaba.
— ¿Piensas que vas a engañarnos así?— dijo irritado— ¿Por eso pasas de nosotros? ¿No se suponía que...eramos amigos?
— Harry, yo…
Ron perdió la paciencia en ese momento. Las orejas se le habían puesto coloradas.
— ¡¿Quién ha sido él que te ha puesto la mano encima, Hermione?!— gritó, invadiendo su espacio personal— ¡Dínoslo!
Hermione se exasperó. Se sentía demasiado agobiada y ni siquiera le estaban dejando espacio, y eso que se suponía que eran sus amigos. ¿Es que acaso no la entendían?
— Es inútil hablar con vosotros. No escucháis— les espetó furiosa y dio media vuelta — Me voy.
Pero Ron la sujetó de la muñeca, impidiéndole que avanzase.
— No, Hermione, ¡quiero saberlo! ¡Quién ha sido!
Hermione inspiró profundamente para no perder los nervios.
— Ron, por favor. Suéltame. Estás haciéndome daño.
— Esto... Ron...— quiso intervenir Harry para decirle que se estaba pasando pero no pudo.
— ¡De verdad que no puedo creerlo, Hermione!— chilló él— ¡Nos has dejado de lado... por un tío!
Hermione, mordiéndose el labio y hasta las narices, lo empujó para liberarse de su agarre, le dio una bofetada con todas sus fuerzas y se marchó corriendo de la sala común.
Cuando el silencio se hizo en el lugar, Harry suspiró.
— Genial, Ron… has mejorado las cosas.
Él, en cambio, se frotaba la mejilla, con ira, a pesar de lo que le dolía.
— ¿Y qué quieres, Harry?— le espetó— Te dije que estaba viéndose con alguno. Si es que lo sabía. Y encima nos lo ha estado ocultando.
— Cálmate, Ron. Tiene que estar muy confundida. No sé. Yo también he perdido un poco los papeles, pero es Hermione.
Ron no comprendía cómo Harry podía estar tan tranquilo. Aquello para él había sido una traición en toda regla por parte de su amiga.
— ¿Y qué? Nos ha mentido. ¡Para mí ya no existe!
Harry despegó los labios y volvió a cerrarlos. Era mejor esperar a que se le pasase el enfado a su amigo. Estaba seguro de que tarde o temprano harían las paces como había sucedido siempre. Ron se marchó a su dormitorio con los puños apretados y dio un portazo que hizo que todas las paredes temblaran. Había empezado el día estupendamente bien con la broma a la pesada de Lavender y en menos de una hora se había peleado con Hermione.
Ginny Weasley no tuvo alternativa. Supo que iba a ser una tarde horrible desde el momento en que Blaise pasó por su lado en uno de los pasillos y le metió una nota disimuladamente en el bolsillo de la túnica.
'' A las seis en el sitio que tú y yo sabemos, Weasley. Y más te vale no faltar.''
Había releído la nota más de cien veces, y ahí estaba ella. A las seis en punto. Dirigiéndose por uno de los pasillos del quinto piso al aula donde le hizo la dichosa paja a Zabini, sin tener ni idea de por qué no lo mandaba la mierda y acaba con toda aquella historia. Ah sí, ya lo recordaba. Porque la expulsarían de por vida. Se sentía fatal por no haber hablado con las demás de lo sucedido, pero perfería que no lo supiesen porque la situación podía ir a peor. Aunque luego pensó que peor de lo que ya era... difícil.
Cuando llegó a la dichosa clase, la puerta estaba entreabierta pero se paró antes de entrar porque ahora que sabía lo sucia que podía llegar a ser la mente Zabini, le preocupaba el qué pudiera pedirle esa vez. Inspiró profundamente, sacudió la cabeza intentando calmarse, alzó la mano y empujó suavemente la puerta.
Allí estaba él sentado en una mesa, esperando. Con la corbata aflojada y el primer botón de la camisa desabrochado.
Cuando Blaise la escuchó entrar, alzó la vista encontrándose con sus ojos azules. Estaba muy serio y tenía ojeras, como si hubiera pasado mala noche.
— Weasley— dijo con un deje de impaciencia en la voz— No me gusta que me hagan esperar.
Ginny cerró la puerta y se acercó a donde estaba sentado, maldiciéndolo, odiándolo con cada paso que daba.
— Agredece que haya venido. Aún no sé qué estoy haciendo aquí.
— No tengo nada que agradecerte— le espetó— En cambio tú sí. Podría haberte delatado a Pomfrey o a Snape, así que quiero... oírte suplicar.
Ginny apretó fuertemente los puños intentando reprimirse porque deseaba, a toda costa, estamparle un puñetazo en la cara.
— Ni hablar— escupió.
Blaise sonrió con cinismo. Sabía que la tenía totalmente acorralada.
— Weasley, no juegues con fuego. Aún no sabes con quién estás tratando. Puedo ir en cualquier momento a informar. Te lo vuelvo a repetir. Quiero oírte suplicar— insistió.
Ginny, fijando la vista en el suelo, se mordió el labio con todas sus fuerzas, notando el sabor métalico de su sangre. Lo maldijo en silencio, por recordarle que no tenía ninguna opción. Blaise, al ver que no respondía, acercó su mano y le alzó suavemente la barbilla para que lo mirase.
— Dilo, pecosa— su voz sonó aterciopelada, totalmente calmada, pero contenía cierta amenaza.
Ginny pensó que tenía que proteger a las demás. Que ella no era la única implicada en lo sucedido. Que si Zabini hablaba, ella no sería la única afectada. Por mucho que le jodiera, tenía que dejar su orgullo a un lado aunque sintiera que él lo había pisoteado.
— No digas nada— masculló con rabia.
La sonrisa de Blaise se ensanchó más. Aún continuaba sujetándola de la barbilla.
— Se te olvida algo.
Ginny tuvo ganas de llorar en ese momento de la impotencia que sintió, pero hizo un esfuerzo titánico con tal de que él no viese sus lágrimas. No pensaba darle la satisfacción. Tenía que ser fuerte.
— Por...favor— dijo en un susurro, con humillación.
Blaise le soltó la barbilla y apoyó las manos en la mesa en la que estaba sentado.
— Buena chica, pecosa.
Ginny hirvió de rabia. Odiaba que la llamase así. No, odiaba que la tratase así. Era un puto cerdo.
— ¿Cuánto va a durar esto, Zabini?— preguntó con ansiedad— ¿Cuánto tiempo pretendes estar con este maldito juego?
Blaise suspiró, haciéndose de rogar. Se había prometido a sí mismo que la volvería a utilizar una vez más. Sólo esa vez, pero recordar aquellos encuentros lo ponían jodidamente cachondo y no entendía por qué.
— No lo sé, Weasley. Supongo que... hasta que me canse.
— ¿Y cuándo va a ser eso? — insistió Ginny, molesta. Al menos quería saber a qué atenerse.
Blaise resopló, hastiado.
— Weasley, cierra la boca. No te he dicho que vengas para hablar— la aguijoneó con crueldad— Para eso tengo a las de mi casa.
Ginny no pudo aguantar más. Notaba el escozor de las lágrimas y sabía que no iba a ser capaz de controlarlas por más tiempo, así que respiró profundamente intentando dejar sus sentimientos a un lado y se acercó más a él, mirándolo con todo el odio del mundo.
— Lo que sea, suéltalo ya— dijo entre dientes— Quiero irme.
Blaise la observó durante unos instantes de arriba abajo y se humedeció el labio inferior. Recorrió con su mirada abrasadora cada centímetro de su cuerpo pensando en lo que iba a obligarla a hacer esa vez. Después de un largo e incómodo silencio, la cogió del cuello de la camisa con suavidad y acercó los labios a su oído.
— Bésame— dijo en un susurro.
Ginny sintió un escalofrío. ¿Besarle?
— ¿Qué?— preguntó con incredulidad, creyendo que había escuchado mal porque después de lo de tocarle el jodido basilisco, un beso le parecía insignificante. Aunque luego, sintió rabia al ser consciente de que iba a arrebatarle su primer beso de una forma humillante y cruel.
Blaise la soltó de la camisa y apoyó la mano en la mesa.
— No me gusta tener que repetir las cosas.
Ginny lo miró en silencio. Él no desviaba la vista. Permanecía sentado, expectante. El muy desgraciado. Aún así, conteniendo una enorme rabia se aproximó a él hasta que sus labios quedaron a escasos centímetros de su boca, cerró los ojos y dio el último paso pero...un dedo ardiente se interpuso entre su boca y la de Zabini, deteniéndola.
— ¿Qué crees que estás haciendo, Weasley?
Ginny abrió los ojos y vio a Zabini frunciendo el ceño, bastante molesto.
— Lo que me has dicho— le espetó— Besarte.
Blaise esbozó una sonrisa sibilina.
— Pensaba que eras más inteligente, Weasley. En la boca no.
A Ginny le dio un vuelco el estómago. Estaba dispuesta a lanzarle una imperdonable si intentaba forzarla a algo así. Blaise, en cambio, reprimió la risa al ver que se ponía roja hasta la raiz del cabello.
— Oh, ni de coña— escupió con desprecio— Eso si que no. No estoy dispuesta. Me da igual que avises a Pomfrey o a quien té de la gana. Se acabó.
— No adelantes acontecimientos, pecosa. Ahí no...por el momento.
Ginny se calmó un poco pero lo miró con cierta confusión, preguntándose dónde narices querría que lo besase entonces. Blaise alzó la mano, cogió la suya acercándola a él y ella se estremeció al notar la suavidad de la piel de su cuello. Al notar la rapidez con la que le latía el pulso mientras él le deslizaba la mano, mirándola con vehemencia.
— Empieza por aquí y ya veremos— musitó soltándole la mano.
Ginny se mantuvo inmóvil y algo insegura durante un momento. Cuando por fin se decidió, se acercó a Zabini y le rozó el cuello con los labios.
Blaise se aceleró nada más notar la caricia de sus labios y la situación empeoró cuando ella abrió lentamente la boca y comenzó a besarle muy despacio, rozándole con la punta de la lengua. Sin poder evitarlo, la agarró de los brazos y la apartó.
Ginny se asustó al percatarse de que parecía que Zabini iba a comérsela con la mirada.
— Qué— dijo en un susurro.
— Desabróchame la camisa.
Ginny cada vez se sentía más confusa. No sólo por él, sino porque lo del cuello le había gustado, pero sólo un poco, por no decir casi nada. Pero lo de la camisa, lo de la camisa no le hacía ni puñetera gracia.
— Por qué.
— Haz lo que te digo, Weasley— la instó él.
Ginny, con reticencia, comenzó a quitarle la corbata y la dejó encima de la mesa. Tragó saliva y comenzó a desabrocharle los dichosos botones de la camisa pero conforme iba haciéndolo y notando el calor que desprendía su torso, una subida de temperatura le recorrió todo el cuerpo y se asustó.
Blaise continuaba sentado, mirándola con intensidad. Diciéndose a sí mismo que no pensaba tocarla, que no iba a mover ni un dedo, pero cuanto más tardaba ella en desabrocharle los botones y más rozaba la piel de su torso, más difícil le resultaba no hacerlo. Sabía que tenía que controlarse, que, bajo ningún concepto, podía ponerle las manos encima a Weasley.
Draco y el resto nunca se lo perdonarían si lo hacía.
— Ya...— dijo Ginny con un hilo de voz cuando hubo llegado al último botón. Parecía bastante alterada y es que, a pesar de que ya había visto los abdominales de Zabini cuando usó la poción multijugos, tenerlo frente a ella no era lo mismo. Se sorprendió a sí misma pensando en que... si no fuese un bastardo, no estaba mal. Era atractivo, después de todo.
Blaise se dejó la camisa abierta colgando de los hombros, dejando a relucir la perfección de sus pectorales y sus abdominales, porque en el fondo... quería que Weasley lo contemplase.
Volvió a coger la mano de ella y se tocó la clavícula.
— Ahora aquí.
Ginny, que parecía haber perdido un poco el miedo, no tardó tanto en decidirse a besar esa zona. Primero despacio, suave, con un leve roce, sin ser consciente de que todo aquello ponía peor a Zabini, que no se veía con fuerzas para seguir aguantando.
— Ve bajando hasta que yo te diga que pares— susurró él intentando controlar su tono de voz.
Ginny continuó el recorrido por su clavícula, esparciéndole pequeños y húmedos besos hasta que llegó a sus pectorales.
— Para— dijo intentando controlar su respiración jadeante— Bésame ahí.
Ella observó la zona donde él le había dicho que lo besara y vio que se trataba de su pezón. Definitivamente, Zabini era un pervertido, pero después de lo que le hizo la última vez, Ginny se vio capaz de hacer cualquier cosa, así que cerró los ojos, comenzó a besarle con sus cálidos labios y abrió un poco más la boca para poder acariciar su pezón con la lengua. Sentía que no podía mantener muy bien el equilibrio, así que alzó lentamente las manos y se agarró a los muslos de él, aferrándose a ellos.
Blaise notó como ella profundizaba en el beso que lo estaba haciendo perder la cordura y entonces lo sintió. Sintió su jodido mordisco. Pequeño y sutil, pero lo suficientemente incitante como para hacer que perdiese el dominio de sí mismo.
— Basta— dijo queriendo sonar firme. Alterado, la apartó y se levantó de la mesa.
Ginny estaba demasiado impactada. Sorprendida por haber perdido el control y extrañada por cómo había reaccionado Zabini ante aquello. No podía hablar. No sabía qué decir al verlo plantado frente a ella con la camisa abierta, jadeando con pesadez, clavándole la mirada con una intensidad abrumadora. Cuando al fin se decidió a preguntarle, él se adelantó acercándose a ella y la rodeó con los brazos, deslizándolos por toda su espalda hasta llegar a su trasero. Ginny, en ese momento, notó sus manos colándose por debajo de su falda, rozando su ropa interior. Alzó la vista para mirarle y vio que estaba tensando la mandíbula, resistiéndose, haciendo un esfuerzo sobrehumano por controlarse.
Blaise la atrajo más hacia él y le pasó sutilmente la punta de la lengua por el lóbulo de la oreja intentando no mirar su boca, porque no podía.
No debía besarla.
Así que bajó más los labios hasta llegar a su cuello y continuó el recorrido descendiendo hasta su clavícula.
Ginny no era capaz reaccionar. Cada beso de Zabini contra su piel quemaba. Ardía. Jamás había sentido algo parecido. Y sus manos, aferrándose a su trasero y rozando el tejido de sus bragas, le habían hecho perder la cordura. Sintió su cuerpo caliente y lánguido. Sabía que podría haberle impedido que la tocase pero no se veía con fuerzas, o más bien, no quería. Y se odió a sí misma por ello.
Blaise apartó los labios de su piel, alzó sus manos, comenzó a desabrocharle el primer botón de la camisa del uniforme pero, de buenas a primeras, no pudo seguir. Se quedó paralizado. Paralizado porque en ese maldito momento se dio cuenta. De muchas cosas. De que había perdido el control y de que quería follársela.
Cuando por fin consiguió reaccionar frente a esa oleada de pensamientos que invadían su cabeza, se apartó de ella bruscamente. Ginny jadeaba y parecía tan confusa como él. Y Blaise no supo qué decir. Siempre había tenido respuesta para todo pero ahora, por primera vez, se había quedado sin palabras.
Así que se mantuvo en silencio, se aproximó a la mesa para coger su corbata y la miró de soslayo una última vez antes de marcharse de la clase. No se había abrochado los botones de la camisa pero para él, era lo de menos. Le importaba una mierda, más bien.
Cuando se fue, Ginny tardó un largo rato en reponerse. Las piernas le temblaban y tuvo que apoyarse en la pared para no perder el equilibrio. Un millón de preguntas pasaron por su cabeza y ninguna respuesta era buena. Lentamente, se abrochó el botón de la camisa, se marchó de la clase y cerró la puerta. Al salir, tuvo miedo. Miedo de lo que había sentido, miedo de la reacción que había tenido Zabini. No entendía ni comprendía absolutamente nada, pero si sabía algo.
Sabía con certeza que, desde el momento en el que entró en el aula, se había olvidado por completo de Harry Potter.
Draco Malfoy llevaba más de quince minutos esperando en el baño de los prefectos pero Granger no daba señales de vida. Habían quedado en que se verían allí después de clase, pero ella aún no había aparecido.
Sintió una sacudida al recordar la última vez que había estado con ella en aquel sitio, pero prefirió olvidarlo, al menos por un momento, porque ahora se sentía eufórico. Desde que se habían besado en la biblioteca, ella se sonrojaba al pasar por su lado y se ponía nerviosa al verle por los pasillos, así que, básicamente, había conseguido lo que pretendía. Que lo desease tanto como él a ella.
Odiaba hacerlo, pero había llegado a la conclusión de que si se acostaban, podrían zanjar el asunto de una vez por todas. Los dos.
Por otra parte, tenía que admitir que en la biblioteca no se habían llevado tan mal. De hecho, incluso se había divertido haciendo el trabajo con ella y no entendía por qué, sobretodo después de haber estado humillándola y repudiándola durante tantos años por ser una sangre sucia.
Su relación, muy a su pesar, había cambiado y él lo sabía.
Absorto en sus pensamientos, ojeó uno de los libros de pociones que había cogido de la biblioteca y se sentó en el suelo del cuarto de baño, junto al caldero que había llevado. La puerta se abrió de par en par y Hermione entró furiosa, soltando maldiciones.
Draco alzó la vista y vio que estaba muy enfadada.
— Granger, podrías ser más puntual. Llevo cerca de veinte minutos esperando y he estado a punto de largarme. La próxima vez no creo que tenga tanta paciencia— dijo con cierto desdén. Aunque en realidad no pensaba ir a ningún sitio, pero él no solía esperar a nadie y quiso hacerse el duro.
— Si tanto querías marcharte, haberlo hecho. Nadie te retiene aquí, Malfoy—le espetó sentándose junto a él y le arrebató el libro de las manos— Mira, hoy no me apetece estar mucho rato con esto. No ha sido un buen día y no estoy de humor.
Draco suspiró y comenzó a verter algunos ingredientes en el caldero, con cierta parsimonia.
— Ya veo, ya. ¿Qué ha pasado si puede saberse?
Hermione bufó, cansada. La pelea con Ron la había puesto tan furiosa que todos los nervios que había tenido a lo largo del día por el hecho de haber quedado con Malfoy, se habían esfumado.
— Prefiero no hablar del tema. Tenemos que terminar las pociones antes de que acabe la semana y nos vayamos a nuestras casas. Y...
— Me parece muy bien, pero— la cortó— quiero saber qué ha ocurrido. Siento demasiada curiosidad.
Hermione resopló. No iba a dejarlo estar, desde luego.
— ¿Realmente quieres saberlo? — inquirió frunciendo el ceño— Pues esto. ¡Esto es lo que ha pasado!
Draco sonrió cuando la vio apartándose el cabello con brusquedad para enseñarle el cuello. Ahogó una risa y sonrió al ver el chupetón jodidamente grande que aún seguía marcado a pesar de que ya habían pasado días. Instintivamente, alzó la mano y lo acarició, rozándole con el pulgar.
Hermione se estremeció al notar su tacto.
— ¿Qué estás haciendo?— dijo apartándole la mano y con nerviosismo, volvió a cubrirse la marca con el cabello.
— A ver, Granger. Tampoco es para tanto. Los he hecho más grandes— se jactó evadiendo su pregunta.
Hermione entornó los ojos. Odió que se regodeara de sus estúpidas conquistas delante de ella. ¿Se los habría hecho a Greengrass? ¿Habría estado con alguien más? Al ser consciente de que estaba, por algún motivo absurdo, poniéndose celosa, cabeceó un par de veces.
— Eres un idiota— le espetó con la mandíbula apretada— Por tu estupidez, he discutido con Harry y Ron esta mañana y ahora no me hablan.
Draco abrió los ojos como platos.
— ¿Cómo? ¿El pobretón y el cabeza rajada te lo han visto?
Hermione rodó los ojos.
— Sí, Malfoy. Claro que lo han visto. Como para no verlo.
Él se temió lo peor. Si Weasley Pis y PajiPotter se enteraban de que se habían enrollado, se correría la voz por todo el puto castillo.
— Pero no se te habrá ocurrido decirles quién te lo ha hecho, ¿verdad?
— ¿Enserio crees que soy tan estúpida como para hacer algo así?
Draco se quedó mucho más tranquilo, como si se hubiera quitado un peso de encima.
— No, pero tenía que asegurarme.
Hermione suspiró, sintiéndose agotada. Había sido un día duro, se había peleado con Harry y Ron y ahora empezaba a ser consciente de que estaba a solas con Malfoy. Otra vez. No podía quitarse sus besos y caricias de la cabeza.
— Bueno, sigamos con esto. Prefiero olvidar el tema— dijo queriendo distraerse.
Él no dijo nada.
Al cabo de un rato, después de haber estado cortando ingredientes y añadiéndolos al caldero, a Draco se le escapó una risa.
— Qué pasa— preguntó Hermione desviando la vista del libro, centrándola en él.
Draco la miró con media sonrisa ladeada, apoyando las palmas de las manos en el suelo, adoptando una postura provocativa.
— Menuda cara habrá puesto la comadreja.
Hermione puso los ojos en blanco. Se arrepintió de haberle contado lo de Harry y Ron. Desde luego iba a darle la lata el resto de la tarde.
— A mí no me hace gracia, Malfoy— le espetó muy seria.
— Pues a mí sí. Dime que el retrasado de Creevey ha inmortalizado el momento con su dichosa cámara.
Hermione se tensó al recordar que, precisamente, Colin había estado ocupado dedicándose a sacar fotos de las bragas de Lavender, porque antes de salir del dormitorio la había visto abalanzándose sobre cama, llorando a moco tendido así que prefirió no hablar de ello, y menos con él.
— No— suspiró— Y te garantizo que si lo hubiera hecho, ahora habría fotos por toda la escuela de la bofetada que le he dado...
No pudo terminar la frase. Había vuelto a meter la pata.
Draco se inclinó un poco hacia delante, muy interesado. Sus ojos grises brillaban con intensidad, como si hubiera descubierto el hallazgo del siglo.
— ¿Bofetada?
Hermione chasqueó la lengua. Maldita sea.
— Bueno, eh...eh… yo…— murmuró.
La expresión de Draco cambió.
— Ya veo, Granger. No hace falta que me lo expliques. Lo entiendo.
Hermione enarcó una ceja, extrañada.
— ¿Ah sí?
— Claro— dijo pasándose una mano por el cabello— Si no me equivoco, te ha preguntado quién ha sido, ¿verdad?
— Sí— afirmó Hermione.
— Y tú no has querido decírselo.
— Obviamente que no.
Draco se mantuvo en silencio un momento antes de continuar.
— Le has dicho que no es asunto suyo quien te meta mano, me has defendido y le has partido la cara— dijo en un vano intento de aguantar la risa.
Hermione resopló, enfadada, al ver que seguía siendo, después de todo, el mismo ególatra de siempre, incluso para eso.
— No te he defendido, imbécil— le espetó— Le he pegado porque estaba forzándome a decírselo. No te entusiasmes tanto.
Draco silbó, yendo de sobrado.
— No es que me entusiasme. Hubiera sido lo más lógico.
— Sí...claro. Como sea, será mejor sigamos con la poción.
Draco la miró y de malagana echó algunos crisopos dentro del caldero, soltando maldiciones por lo bajo al ver que no le seguía el juego. Cuando ya llevaban más de una hora elaborando las dichosas pociones, Hermione parecía haber desistido. No dejaba de frotarse el pelo con estrés.
— No esperaba que estas pociones fuesen tan difíciles de elaborar. No sé si vamos a tener tiempo suficiente— se quejó agobiada— ¿Qué hacemos si no podemos terminarlas?
Draco alzó las cejas.
— Supongo que tendremos que hacerlas durante las vacaciones.
Hermione se quedó boquiabierta.
— ¿Qué?— preguntó atónita.
— No te emociones, Granger— respondió fríamente sacándola de su fantasía— Me refería a una poción tú y otra yo. Ya sabes, repartirnos el trabajo.
Hermione lo miró dubitativa.
— Reconozco que no sería mala idea— dijo después de un largo silencio—¿De cuál te encargarías tú?
— Sinceramente, me da igual. No voy a tener problemas con ninguna — dijo con arrogancia. Aunque debía admitir que hasta para él eran jodidas.
Hermione entrecerró los ojos.
— Pues si tan fácil te resulta, ¿por qué no elaboras las dos?
Draco se rió con falsedad.
— No cuela, Granger.
Hermione tuvo que aguantar la risa al ver lo serio que se ponía.
— Vale, vale. Sólo bromeaba.
Después de haber añadido varias raíces de Asfódelo, un cuerno de bicornio pulverizado y algunas sanguijuelas, Draco volvió a acercar su mano al rostro de Hermione, para apartarle el cabello. Ella estaba tan concentrada en buscar información sobre las pociones que hasta que no notó sus suaves dedos rozándole el cuello, no se percató.
— ¿Puedes dejarlo ya? — suspiró dándole un manotazo.
Draco soltó una risa, disfrutando, sin poder quitarse de la cabeza la imagen del pobretón viendo su marca.
— Evidentemente que no.
Hermione sintió como su pulso se aceleraba. No podía soportarlo. Soportarle, a él. Al estúpido niñato engreído que la sacaba de sus casillas, el mismo que le gustaba, el mismo que hacía que tuviese miedo. Demasiado miedo como para reconocerlo.
— Creo que será mejor que lo dejemos por hoy— dijo cerrando el libro de un golpe. Luego se levantó sabiendo que había pasado mucho tiempo con él, diciéndose a sí misma que tenía que marcharse antes de que las cosas empeoraran.
Draco, mirándola con avidez, se incorporó.
— Venga, Granger. No seas tan…mojigata. Sé que quieres.
— ¿Que quiero qué?
— Lo que acaba pasando cuando estamos solos. Lo quieres otra vez.
Hermione estuvo a punto de dar media vuelta y marcharse, pero algo la retuvo. Se mantuvo inmóvil, firme delante de él, sin apartar la mirada de sus ojos de hielo.
— De eso nada— le dijo— Te recuerdo que tú eres el que siempre…
— ¿El que siempre qué, Granger?— inquirió— ¿El que siempre cede? Que yo sepa la otra noche en la biblioteca tú no hiciste nada por impedir lo que sucedió. Es más, te gustó.
Hermione se puso colorada.
— No, n-no me gustó— tartamudeó apretando los puños.
— ¿Ah, no? ¿Seguro?— sonrió ladino— ¿Y qué me dices de lo que sucedió en las mazmorras? ¿O en mi habitación? Ninguna vez te has negado, Granger. Ninguna.
— Pero, pero…
Hermione se mordió el labio. Malfoy tenía razón. No lo había impedido. Ni una sola vez. Ni en su cuarto cuando la pilló por sorpresa, ni en las mazmorras cuando la acorraló contra la pared, ni en las mesas de la bibloteca la última vez.
— Tú y yo sabemos que tenemos…— Draco hizo una pausa acercándose más a ella, con las manos hundidas en los bolsillos— cierta atracción sexual, y te aseguro que reconocerlo por mi parte es jodidamente difícil.
Hermione sintió como la piel comenzaba a quemarle.
— Bueno…— su voz se había vuelto entrecortada. Jamás había visto los ojos de Malfoy tan de cerca. Las veces que se habían besado, los había cerrado, pero ahora estaban a escasos centímetros y los podía contemplar. Esos ojos grises casi plateados que ardían de deseo.
— ¿Ves?— dijo Malfoy con voz ronca— Lo sabes. Eso demuestra el comportamiento que estamos teniendo últimamente.
Hermione decidió tragarse su orgullo y darle la razón.
— Vale— bufó molesta— Está bien. Tienes razón. ¿Contento? ¿Y ahora qué?
Draco sonrió y se apartó un poco, dejándole espacio.
— Creo que es más que evidente— suspiró lacónico— Está claro que esto es pasajero. Acabará por desaparecer, pero sólo hay una forma de que termine y creo que eres lo suficientemente inteligente como para saber de lo que te estoy hablando.
Hermione se quedó en silencio. Claro que sabía pero no quería aceptarlo.
— ¿Podrías ser más explícito?— lo dijo con la esperanza de que se tratase de otra cosa.
Draco se aproximó a su oído hasta rozarlo con los labios.
— ¿De verdad quieres que sea más explícito, Granger?
Hermione tragó saliva al notar el cálido aliento de Malfoy acariciándole el lóbulo de la oreja.
— Follando— le susurró él.
Hermione se apartó rápidamente y su rostro se enrojeció violentamente.
— ¡¿P-pero qué es-tás diciendo?!— El corazón le latió a toda prisa— ¿En serio crees que estoy tan mal de la cabeza como para…para…?— desvió la mirada avergonzada.
— ¿Follar? — concluyó por ella — No te avergüences, Granger. Tampoco es para tanto.
— No lo será para ti porque desde luego para mí…mira, déjalo— le espetó Hermione girándose sobre sus talones para marcharse— No me creo que esté hablando contigo sobre esto. Me voy.
Pero no pudo avanzar. Malfoy la había cogido del brazo. Sutilmente, sin apretarle, sin hacerle daño como lo había hecho Ronald Weasley esa misma tarde. Podía marcharse si quería. Él no la estaba reteniendo. Era ella la que se mantenía allí de pie clavada mientras él la provocaba.
— No seas tan dura contigo misma— suspiró soltándola al ver que ella lo miraba muy seria— Acéptalo y verás como todo será mucho más fácil.
— ¿Pero tú te estás escuchando, Malfoy?— dijo desesperada— Eso es algo que tiene que surgir con alguien que te guste, te atraiga y tú a mí no…
— ¿No te atraigo?— preguntó arqueando una ceja— No te lo crees ni tú— en ese momento dio un paso al frente quedando a escasos centímetros de su rostro, la miró con avidez, se inclinó un poco hacia delante y se detuvo cuando solo estaba a unos pocos centímetros de sus labios.
Hermione se quedó inmóvil. Notaba el roce de su boca contra la suya, su cálido aliento, pero él se mantuvo esperando, sin dar el paso, incitándola.
— ¿Qué pretendes?— musitó— ¿Que sea yo la que te bese? Estás muy equivocado.
— Venga, Granger, sé que lo estás deseando— dijo en un tono áspero— Te mueres por hacerlo.
— No.
Draco no se alejó. Quería besarla y sabía que ella no iba a apartarse si lo hacía. Sólo tenía que acortar la poca distancia que los separaba pero deseaba que lo hiciera ella, que Granger se viera obligada a ceder, así que deslizó la mano por su brazo suavemente hasta llegar a su cuello, la hundió en su cabello muy despacio y comenzó a jugar con uno de sus rizos, como si estuviera dispuesto a esperar lo que hiciera falta.
Al cabo de un rato, cuando consideró que sus provocaciones habían surtido efecto, se apartó de ella con una mueca ladeada.
— No te creo. El color de tus mejillas no dice lo mismo.
Hermione no pudo decir nada. Se limitó a llevarse la mano al rostro y notó como la cara le ardía.
Draco se agachó y recogió el caldero y los libros. Sabía que ella lo estaba fulminando con la mirada. Lo sentía. Riéndose para sí mismo, se dispuso a marcharse pero cuando fue a salir del cuarto de baño se detuvo en seco, justo en el dintel de la puerta, se dio media vuelta y la miró con intensidad.
— No sé porqué te empeñas en negarlo, Granger. Cuando dejes de ser una orgullosa y lo aceptes, házmelo saber. Estaré esperando.
Hermione, sintiendo como le ardía el cuerpo, vio como se esfumaba por la puerta del baño de los prefectos. Si él no hubiera llegado a apartarse en el último momento, ella lo hubiera hecho.
Lo habría besado.
Deseaba hacerlo pero la Hermione responsable, aquella que siempre insistía en lo que era correcto y racional, le decía a gritos que se olvidara de él de una vez por todas, que aquello no tendría un final feliz.
Así que Hermione, sofocada y confusa, recogió sus pertenencias y se marchó del lugar, deseando que llegaran las vacaciones de Navidad para volver a casa, pasar unos días alejada de Hogwarts y de él, y poder recapacitar.
Sin embargo, Hermione Granger debería haber sabido que las cosas nunca suceden como uno las planea.
