Antes de nada, siento la tardanza. Ni siquiera sé si la mayoría seguiréis ahí, pero desde el principio dije que iba a terminar el fic, que nunca lo dejaría inconcluso porque me supuso mucho esfuerzo y dedicación en su momento. Y yo cumplo mis promesas (casi siempre), así que si no habéis abandonado la historia y continúais siguiéndola después de tanto tiempo, gracias. A todos.
Espero que estéis bien ahora mismo, que con todo el tema del coronavirus, no veas la que se ha montado.
Han pasado muchos años ya desde que publiqué por última vez, pero bueno. He vuelto. Sólo espero que os guste el capítulo, que me digáis tanto si os ha molado como si no. Para mí ha sido muy importante y ya os digo, ha sido muy cabrón de escribir. Además, no os imagináis la que he liado para subirlo al doc manager porque ocupaba tanto que la página se volvía loca y no me dejaba, así que he tenido que ir pegándolo por partes. Horrible, vaya.
Aparte de este capítulo, queda uno más, que será el último. Ya está escrito también, así que no tardaré muchos días en subirlo. Otra cosa más... después de este capítulo y el epílogo dejaré una nota de autora más extensa, hablando sobre algunas cosas.
Iré contestando los reviews poquito a poco, mañana mismo me pondré, pero todos tendréis vuestras respuestas. No voy a entretenerme mucho más porque supongo que querréis leer. Sólo espero que no sufráis mucho, pero sobretodo, que os guste.
Y ahora... os dejo con la lectura.
I paced around for hours on empty
I jumped at the slightest of sounds
And I couldn't stand the person inside me
I turned all the mirrors around
-Halsey- Control-
-Silencio-
Cuando sucede algo horrible, algo realmente peligroso, algo de lo que sabes que no hay vuelta atrás… experimentas muchas sensaciones.
Una ola de calor. Esa ola de calor que te quema, recorriendo todo tu cuerpo acompañada de un sentimiento que conoces muy bien. El pánico. Pánico que se va extendiendo por todo tu organismo hasta envenenarlo por completo.
El pinchazo. Un pinchazo insoportable que sientes en las entrañas. Duele tanto que piensas que vas a vomitar, pero no lo haces. Y eso empeora aún más la situación porque sigue dentro de ti. Sigue consumiéndote. Matándote poco a poco.
La boca te sabe a sangre. Los ojos pican. Sientes un hormigueo en la punta de los dedos y frías gotas de sudor resbalan por tu piel.
Y entonces te derrumbas. Es sólo durante una fracción de segundo, pero sientes que vas a caer y no vas a poder volver a levantarte. Una parte de ti lo desea con desesperación porque eso significa que ya no tendrás que sufrir más, ni luchar, que quizá con esa caída todo acabe.
Escuchas una voz en tu cabeza que se ríe de ti, que se burla porque sabe que ya no podrás ser feliz.
Nunca más.
La pesadilla no acabará. Y tendrás que soportar esa agonía hasta el final.
Draco.
Draco Malfoy.
Hermione se derrumbó, cayó al suelo de rodillas y empezó a llorar, sin poder creer que fuera cierto. Ginny Weasley por fin consiguió reaccionar y la sujetó por los hombros, intentando tranquilizarla pero Hermione se encontraba presa del pánico.
— ¡Hermione! ¡Hermione, escúchame!— dijo sujetándola del mentón para que la mirase directamente a los ojos, pero no parecía funcionar—¡Hermione, por favor!
Y fue entonces, cuando por fin Hermione Granger fue consciente de que Draco Malfoy iba a morir.
Iba a morir.
— Ginny — dijo con desesperación aferrándose a su amiga. Ginny tenía los ojos rojos, como si estuviese a punto de desmoronarse pero tenía que ser fuerte. Sabía lo que Malfoy significaba para su amiga— Qué vamos a hacer ahora...
— Hermione, escúchame— murmuró muy seria, intentando calmarla— El espejo puede equivocarse. Esto podemos impedirlo. No tiene por qué pasar.
Silencio.
Respiraciones agitadas.
Silencio.
Aún seguía Draco Malfoy reflejado en el cristal.
Hermione se puso de pie forzosamente y Ginny la ayudó. Durante unos momentos se miraron, calladas, hasta que Hermione se vio con fuerzas para hablar. Estaba un poco más tranquila pero las manos no dejaban de temblarle. Ginny Weasley no la soltó en ningún momento.
— El espejo nunca se equivoca, Ginny. Al menos, hasta ahora.
— Pero puede hacerlo.
Hermione se exasperó al ver que su amiga no aceptaba la dolorosa realidad.
— ¡Claro que no! ¡Ha acertado hasta ahora y ya sabemos lo que va a ocurrir si vamos al Ministerio de Magia esta noche!
Ginny explotó.
— ¡¿Crees que no lo sé?! ¡Es decir, ya no es por Malfoy! Quizá…—la voz le flaqueó en ese momento— Quizás mañana, todos nosotros…estemos muertos. Ya sabes a lo que nos estamos enfrentando, Hermione.
Y sí. Hermione lo sabía perfectamente. Se estaban enfrentando a Lord Voldemort y a sus séquitos, los mortífagos. Se estaban enfrentando a algo demasiado grande. Algo de lo que probablemente no saldrían vivos. Ni siquiera habían encontrado el anillo, y la serpiente del que no debía ser nombrado seguía viva, así que las posibilidades de obtener la victoria se reducían a cero.
Aquello iba a ser un baño de sangre y ambas lo sabían. Pero tenían que hacerlo. Por mucho que les doliese, si realmente Voldemort había capturado a Sirius Black, tendrían que dejar a un lado sus sentimientos y ayudar a Harry. Sabían lo importante que era su padrino para él. Y era la única familia que le quedaba.
Harry no tenía padres. No había tenido la oportunidad de conocerlos porque Voldemort se los había arrebatado. Sus tíos, por otra parte, no le querían. Él era una carga para ellos. Y todos los demás, por suerte o por desgracia, sabían qué era tener familia.
Y por otra parte, qué iba a hacer… ¿mentir a Malfoy, no advertirle de lo que ocurría y marcharse sola con Harry y el resto al Ministerio, en plena noche? No podía hacerlo.
Le estaría traicionando.
— No te preocupes, Hermione— la sacó Ginny de sus pensamientos repentinamente—Harry iba a intentar contactar con Sirius, ¿no? A lo mejor, se encuentra bien y nos estamos preocupando por nada. Y si finalmente tuviéramos que salir del castillo… lo más apropiado sería que no avisásemos a Malfoy, así estaría a salvo.
Hermione la fulminó con la mirada.
— ¿Tú te irías en plena noche al Ministerio, sabiendo que estás arriesgando tu vida y no le dirías absolutamente nada a Zabini?
Ginny se quedó callada.
No.
No podría hacerlo.
Pero no respondió. Y su incómodo silencio hizo saber a Hermione la evidente respuesta.
— ¿Y qué hacemos entonces?
— Si es verdad que Sirius está en el Ministerio, tendremos que ir todos. Sinceramente no sé qué va a pasar. Deberíamos avisar a alguien… pero Dumbledore ni siquiera está aquí…— la voz se le resquebrajó a Hermione en ese momento, perdiendo toda esperanza.
Ginny la sujetó de la mano.
— Vamos a hablar con Harry, para ver lo que ha pasado y ya decidimos qué hacemos. No te preocupes por lo del espejo ahora. Ya idearemos un plan.
Hermione asintió y se marcharon de la sala de los Menesteres a toda prisa. El tiempo corría y no podían desaprovecharlo.
Cuando iban por los pasillos, ignorando las quejas de los cuadros debido al estruendo que causaban sus pisadas, se cruzaron con Harry. Estaba pálido y sudoroso. Lo acompañaban Ron, Neville, Lavender, Parvati y Luna. Al parecer llevaban un rato buscándolas. Es más, Harry llevaba el mapa del merodeador abierto. Las lágrimas y ojos rojos de Hermione no pasaron inadvertidas para Luna Lovegood, ni para ninguno de los presentes.
— ¿Qué… ha pasado? — preguntó Ron bastante preocupado.
Ginny se mordió el labio. Sabía con certeza que Hermione no querría que mencionase nada del asunto.
— Nada. Sólo estamos asustadas— dijo con voz queda. Exceptuando a Luna, los demás no le dieron mucha importancia porque tenían otras preocupaciones en mente.
Hermione carraspeó. Tenía que olvidar por un momento lo que había visto. Ya pensaría en qué hacer cuando llegase el momento.
— Harry, ¿has podido hablar con Sirius?
Harry se llevó la mano a la cicatriz al sentir de nuevo un pinchazo. Ron lo tuvo que sujetar al ver que perdía un poco el equilibrio.
— Yo… Hermione…— su voz sonaba rota— Me he puesto en contacto con el número 12 de Grimmauld Place.
— ¿Y qué ha pasado?— preguntó Ginny ansiosa.
— ¡Pues que no había nadie!— gritó exasperado— ¡Sólo he visto a Kreacher pero le he preguntado y se ha negado a responderme!
Ron asintió dándole la razón.
— Entre Neville y yo hemos tenido que sacarle de la chimenea porque iba a volverse loco— comentó refiriéndose a su amigo— Ya sabes cómo es Kreacher, Harry. Está amargado. No le hagas caso.
— ¡Cállate, Ron!— lo cortó en seco.
— Vale, vale. Sólo intentaba animar.
— A ver, Harry, cálmate y dime qué te ha dicho Kreacher— dijo Hermione sintiendo sus labios cada vez más resecos. Era una egoísta. Porque no estaba pensando en Sirius. Sólo en Malfoy. Y lo único que estaba haciendo era aparentar que todo iba bien cuando en realidad no era así.
Harry se ajustó las gafas.
— Sirius no estaba en el cuartel general. Ni el profesor Lupin, ni Ojo Loco, ni Tonks, ni nadie. O eso ha asegurado Kreacher. No creo que estuviese mintiendo pero estoy seguro de que ocultaba algo porque le he preguntado por el Departamento de Misterios, por si Sirius estaba allí y me ha dicho que nunca regresará, Hermione. ¡Me ha dicho que él y su dueña se han quedado solos otra vez! ¡Cómo se atreve!
Hermione lo miró fijamente a los ojos y se vio reflejada en ellos.
— ¿Estás seguro de que no había nadie en la cocina, Harry? En la casa, en general.
— Estoy seguro— afirmó con convicción— Tenemos que ir al Ministerio inmediatamente. ¡El tiempo pasa y Sirius podría estar muerto mientras nosotros charlamos, Hermione!
Hermione contuvo la respiración por unos momentos. ¿Qué hacía? ¿Les contaba lo que había pasado con el espejo? Miró a Ginny de soslayo, quien estaba esperando a que tomase una decisión. Apretó el puño, haciendo un esfuerzo por no contenerse más y soltarlo todo, pero al final, su puño, tal y como se tensó, acabo aflojándose.
Rindiéndose.
Y Hermione se quedó en silencio.
— Hay algo raro— comentó Lavender de repente señalando al mapa del merodeador— ¿Lo notáis?
— ¿El qué?— preguntó Neville bastante confuso e inquieto, pero fue Harry el que se percató.
— Que Snape no aparece en el mapa del merodeador— dijo sintiendo como un escalofrío le recorría la espalda— Me di cuenta antes, cuando salimos de la torre de Gryffindor.
Hermione se tensó. ¿A dónde podría haber ido Snape a esas horas?
Harry la sacó de sus cavilaciones.
— Hermione, ¿has avisado a Malfoy de todo esto?
— Íbamos a ir ahora a buscarles— se apresuró a decir Ginny al ver que Hermione no era capaz de responder. Es más, mantenía la vista fija en el suelo.
Harry forzó una triste sonrisa.
— Jamás pensé que llegaría a decir esto, pero necesitamos a Malfoy y a sus amigos, Hermione— confesó con cierta pena— Si no fuese por Malfoy no hubiésemos encontrado la copa y… bueno aunque aún falten algunos Horrocruxes… cuantos más seamos, más posibilidades tendremos de hacer algo. Y…— hizo una larga pausa, buscando las palabras adecuadas— Si nuestras vidas hubieran sido diferentes, quizá hubiéramos podido ser… amigos.
Hermione se sorprendió ante su comentario. No se esperaba que Harry hiciese una confesión de aquel tipo sobre Draco Malfoy y por un breve instante se sintió feliz.
Sólo…por un breve instante.
— Pues aunque el estúpido de Malfoy haya encontrado la copa, no pienso perdonarle por todo lo que nos ha hecho durante estos años— el malhumor de Ron se podía palpar en el ambiente. Sin embargo, su expresión cambió de buenas a primeras— Aunque, si tú piensas que nos va a venir bien su ayuda, Harry… y Hermione… ya sabes, confía en él, no me voy a interponer.
Ginny le palmeó la espalda.
— Así me gusta, hermanito. Y que sepas que Malfoy no es tan malo. Sólo hay que saber… aguantarle.
Parvati soltó una risita por lo bajo.
— Venga, vamos a por ellos— los instó Harry a que se diesen prisa— Aunque, ahora que lo pienso, es mejor que vayamos a buscarles nosotros tres, Hermione— añadió refiriéndose a Ron y a ella— Los demás, id a mi habitación a por los colmillos de basilisco. Cogí unos cuantos cuando fui con Parvati y Goyle a la cámara de los secretos. Deberíamos llevarlos, por si acaso. Es mejor que no tener nada, supongo. Nos vemos dentro de veinte minutos junto a la cabaña de Hagrid. ¿Alguna duda?
Nadie cruzó palabra y todos se marcharon, dejando el pasillo vacío y en silencio. Y Filch, como siempre, no se percató de nada porque se encontraba en las cocinas, bebiendo y lamentándose, acompañado de la señora Norris.
Ron y Harry caminaron hacia las mazmorras pero Hermione se quedó rezagada, totalmente abstraída. No quería llegar a la sala común de Slytherin.
Nunca.
La primera vez que se coló allí estuvo asustada porque la descubriesen pero ahora… su miedo era muy diferente. No quería encontrarse con Malfoy, no quería verle, no quería aceptar que fuese a pasar todo lo que tenía que pasar... pero cuando quiso darse cuenta, los estandartes de las serpientes la rodeaban y la frialdad de aquel lugar al que irónicamente había ido tantas veces la sobrecogió. Era tan tarde que ya no había nadie. Ni alumnos sentados en los sofás junto al fuego ni en la biblioteca. Esa noche el lago negro estaba más tranquilo de lo habitual. Tanto, que transmitía calma.
La calma que precedía a la tempestad.
Ron y Harry sintieron nostalgia al recordar la primera vez que entraron en la estancia, convertidos en Crabbe y Goyle con poción multijugos y desearon volver a ese momento. Cuando aún no tenían ni idea de lo que se avecinaba y sólo deseaban que la cámara de los secretos no hubiera sido abierta.
Harry miró el mapa del merodeador para saber con exactitud la habitación en la que estaban Malfoy y los demás. Eso sí, nunca esperó encontrarse con un escenario tan surrealista como el que contempló cuando abrió la puerta de par en par. Crabbe y Goyle estaban sentados en una mesa junto a Blaise tomando el té. Sujetando la taza, alzaban el dedo meñique de una forma muy cursi y junto a ellos, yacían en las sillas, un par de muñecas hinchables bastante estrafalarias que tenían una enorme boca con forma de O. Theodore Nott descansaba en su cama mientras leía un libro tranquilamente y Malfoy no dejaba de pavonearse por el cuarto, amenazándole una y otra vez, diciéndole que como volviese a llamar a Hermione por su nombre, iba a usar una imperdonable. La Cruciatus si hacía falta.
Sin embargo, todos se quedaron en silencio al verles irrumpiendo en sus aposentos en mitad de la noche. Aquello era inusual. Y el aspecto de Harry daba a entender que algo malo estaba ocurriendo. Malfoy miró a Hermione buscando respuestas pero ella apartó la vista. Tenía los ojos hinchados, como si hubiera estado llorando y se sintió culpable durante una fracción de segundo. Quizá por el hecho de que ellos estaban ahí felices, sin ninguna preocupación cuando era evidente que sucedía algo.
Draco intentó no darle importancia. Deseaba que fueran imaginaciones suyas, que simplemente hubieran ido porque querían hablar con ellos.
O pasar el rato.
— Qué pasa, Potter— dijo con arrogancia— ¿No has podido esperar a mañana para verme? Por cierto, Weasley, supongo que no estás acostumbrado a tanto lujo. Espero que te guste nuestra habitación— alzó las cejas, dando a entender que Ron nunca podría tener algo así.
Hermione se acercó a él. Ron, en cambio, por una vez en su vida no amenazó con matarle. Simplemente, lo ignoró y entrecerró los ojos. Harry no se vio con ánimos para hablar así que decidió que lo hiciera su amiga. Además, creyó que era la más indicada.
— Malfoy, para— dijo con voz queda— Esto es serio. Tenemos que hablar.
Nadie dijo nada.
Hermione, intentando encontrar las palabras adecuadas, les contó lo que había pasado, obviando algunos detalles como el hecho de que había visto la imagen de él reflejada en el espejo cuando había preguntado si alguien iba a morir esa noche en el sintió como el pánico corría por sus venas. Notó un sabor a bilis trepando por su garganta y no supo si iba a ser capaz de reprimir las naúseas. Y no fue el único... Theodore Nott tuvo que ir al baño para vomitar.
Si todo aquello resultaba ser cierto y Sirius Black no se encontraba en el cuartel general de la orden del fénix, significaba que la visión de Potter era real, y eso quería decir que Voldemort estaría en el Ministerio de Magia.
Los mortífagos estarían en el Ministerio.
Sus padres estarían en el Ministerio.
Al rato, la puerta del cuarto de baño se abrió, y Theodore Nott, pálido, se apoyó contra el pilar, tambaleándose un poco.
— ¿Dónde está Luna?
Hermione se puso tensa.
— No te preocupes, todos… están esperándonos fuera, junto a la cabaña de Hagrid.
— ¿Y Ginny? — preguntó Blaise angustiado, mientras comenzaba a vestirse. Aún tenía heridas por lo del hipogrifo y no podía hacer mucho esfuerzo, pero no pensaba quedarse allí de brazos cruzados.
A Hermione le sorprendió oír el nombre de su amiga saliendo de los labios de Zabini. Era la primera vez que lo escuchaba llamándola tan naturalmente por su nombre.
— Ella está bien. Está con los demás.
Draco tosió en ese momento. Y luego miró a Hermione, insinuándole que entrase con él en el cuarto de baño. Ella asintió en voz baja y le siguió.
— Id preparándoos. Vamos a salir esta noche y parece que no va a ser para divertirnos— dijo antes de cerrar la puerta.
Theodore se mordió el labio notando el sabor metálico de su sangre. Su padre estaría allí. ¿Qué iba a hacer? ¿Y qué iba a pasar con Luna? No podía exponerla a tal peligro, quería protegerla pero sabía que desgraciadamente no iba a poder impedir que fuera de ninguna manera, así que suspiró y fue a por su ropa, al baúl donde tenía todas sus pertenencias.
Una vez dentro del frío cuarto de baño, Draco Malfoy acorraló a Hermione contra la pared pero al ver que ella continuaba sin mirarle a los ojos, la sujetó de la barbilla para que lo hiciese. Sabía que estaba conteniendo las lágrimas. Sabía que había algo más.
— Granger, qué coño te pasa.
Hermione notó como resbalaba una lágrima por su mejilla y alzó la mano para secársela rápidamente.
— No es nada. Estoy asustada.
Draco soltó una falsa risa.
— Joder, ¿crees que no te conozco lo suficiente como para saber que me estás contando una puñetera mentira?
Hermione sonrió, forzadamente.
— De verdad, no te preocupes. Comprende que no tenemos posibilidades, que probablemente muramos todos esta noche. ¿Cómo quieres que esté? Yo… no… quiero perderte.
Draco la escrutó en silencio y finalmente retrocedió un par de pasos.
— ¿Y qué pretendes que haga, Granger? ¿Que me quede aquí sin hacer nada? Hace un año lo hubiera hecho. Lo sabes. Sabes que no me hubiese importado una mierda lo que hubiera pasado con vosotros o que tú te hubieras ido con Weasel y Potty al Ministerio a haceros los héroes una vez más. Pero las cosas han cambiado. Yo he cambiado.
— Pero…
— Y te quiero, joder— dijo deslizando las manos por su cuerpo— ¿Cómo quieres que te deje sola y me quede aquí sin hacer nada? Me estás pidiendo mucho, Granger. Sé que no quieres que vaya. Que estás preocupada porque me pase algo, porque seguramente estarán mi tía y mi padre, pero no vas a impedirme que te acompañe. No seas egoísta.
— Yo… — no podía contener las lágrimas por más tiempo. Malfoy no tenía ni idea. ¿Cómo podía estar tan tranquilo?— yo también te quiero pero…
— No te preocupes, Hermione— susurró deslizando el dedo pulgar por su mejilla, limpiando sus lágrimas— Saldremos de ésta. Y cuando todo acabe, las cosas volverán a ir bien. Yo podré meterme con Weasel y Potter a todas horas y nosotros podremos hacer lo que nos dé la gana. Podremos…estar juntos.
Hermione soltó una suave risa, algo animada, pero esa felicidad duró escasos instantes. Ellos no iban a volver.
Draco no iba a volver.
Y tuvo que tragarse todos sus sentimientos al notar como Malfoy aprisionaba su boca. Notó su lengua húmeda deslizándose sobre la suya y sus brazos aferrándose con desesperación a su cintura. Y Hermione supo que él quería fundirse con ella. No salir de aquel cuarto de baño jamás. Atesorar aquel momento con todas sus fuerzas, con miedo a que no pudieran volver a vivirlo más. Hermione lloró mientras se besaban. Lloró y se abrazó a él con angustia, deseando que cambiase de opinión, que volviese a ser el idiota arrogante que fue una vez, el que se preocupaba por sí mismo y no por ella. Ni por nadie más.
Pero no sucedió.
Cuando sus labios se separaron, Draco la miró con vehemencia.
— No sé qué va a pasar esta noche, Granger. Ni las consecuencias que tendrá, pero te prometo— lentamente le acarició el pelo e hizo una pausa— que no voy a dejar que te hagan nada. Y ahora, vamos a salir y a enfrentarnos a toda esta mierda.
Y sin más, abrió la puerta y cogió a Hermione de la mano.
— Gracias, Draco— susurró ella con un poco más de confianza. Malfoy la miró de soslayo y sonrió.
Preparados para enfrentarse a sus pesadillas, se marcharon de la habitación dejando atrás muchos sentimientos. Crabbe y Goyle temblaban como flanes, Blaise Zabini se sentía algo débil, Theodore Nott, abatido y Draco Malfoy, asustado. Más que nunca. Pero al mismo tiempo, seguro porque iba con Hermione.
Y con sus amigos.
Y sabía que nadie le iba a dar la espalda.
Los tenía a todos de su lado. Incluso a Potter y a Weasley, aunque le fastidiara reconocerlo.
Sin embargo, ninguno de ellos contó con que se encontrarían a Pansy Parkinson sentada junto a la chimenea de la sala común, jugando con su varita distraidamente, formando siluetas con el fuego.
— ¡Pero qué! — dijo al verlos a todos juntos. O más bien al ver a Ron, quien no dudó en esconderse detrás de Harry como acto reflejo— ¡Qué haces tú aquí! Digo… qué hacéis vosotros aquí.
Pansy, a veces, cuando se sentía intranquila por alguna razón, solía ir y sentarse junto a la chimenea para pensar y resguardarse del frío. Y cuando ya tenía las ideas más claras, volvía a su cuarto a dormir. Esa noche en concreto, había salido para ver si podía aclarar todas las dudas y las sensaciones que había estado experimentando con Weasley, y ahora… se lo encontraba allí.
— Nada, nada. ¿Verdad, Harry? Ya nos íbamos— se apresuró a decir el pelirrojo con voz temblorosa.
Pansy se puso frente a ellos, impidiéndoles el paso y se cruzó de brazos. Quería saber qué se traían entre manos porque conocía a Draco y al resto muy bien y sabía que cuando Crabbe y Goyle tenían cara de estreñimiento severo, el motivo era jodidamente grave.
— Qué está pasando aquí— dijo con exigencia— Y no pienso mover ni un dedo hasta saber qué estáis tramando.
Harry la fulminó con la mirada.
— No tenemos tiempo para entretenernos contigo, Parkinson. Si tanto interés tienes, ven con nosotros.
Pansy lo miró con escepticismo y al ver que la ignoraban y se marchaban, no se lo pensó dos veces y los siguió, algo confusa. Aún así, no desaprovechó la oportunidad y aceleró el paso hasta estar cerca de Ron, que cada vez se pegaba más a su amigo y le murmuraba cosas como—Harry, pero qué has hecho. Está loca. Va a matarme, seguro. Ahora no nos va a dejar en paz. Es una pesada. Nos va a perjudicar, te lo digo— Las mazmorras eran oscuras y más de uno tuvo que sacar su varita para iluminar la estancia. Pansy agradeció no haberse puesto el pijama aún.
— ¿Y a dónde se supone que vamos?— preguntó al cabo de un rato, cuando no pudo soportar más el incómodo silencio. Nadie hablaba. Ni siquiera Blaise o Theodore.
— Al Ministerio de Magia— dijo Hermione en un tono cortante.
— ¿Cómo? ¿Por qué?— Pansy se detuvo. ¿Al Ministerio? ¿Qué narices estaba pasando?
— Mira, no hay tiempo para explicaciones, Pansy— murmuró Blaise, que se había quedado algo rezagado— En resumen, vamos a ir… a intentar rescatar al padrino de Potter. Creemos que el que no debe ser nombrado lo ha capturado y va a matarle.
— ¡¿Qué?!— el chillido de la chica no pasó inadvertido para los habitantes de los cuadros, que comenzaron a quejarse enseguida— Estáis locos. No… ¡No estáis bien de la cabeza!
— Tú decides— dijo Blaise. Los demás no se habían detenido y eran los únicos que se habían quedado atrás. Ron había aprovechado la oportunidad para salir pitando — Esto no es ninguna broma, Pansy. Puedes quedarte aquí y hacer como si nada o venir con nosotros y arriesgar tu vida. Es decisión tuya. Pero si vas a venir, no nos toques las narices.
Pansy rechinó los dientes. Odiaba cuando Blaise se ponía gilipollas, pero no replicó. Su cabeza, echa un lío, comenzó a atar cabos a toda prisa. Decisiones. Detestaba tomar decisiones. Si todo aquello era verdad, tanto Weasley como los demás corrían un grave peligro. ¿Pero qué pintaba ella en todo aquello? Durante muchos años, Draco y el resto habían despotricado contra Potter por su afán de querer hacerse el héroe constantemente. Y ahora… ¿Iban a hacer ellos exactamente lo mismo? ¿No se daban cuenta de que era un suicidio?
Al ver que Blaise la abandonaba a su merced y se quedaba completamente sola, sopesó las opciones que tenía.
Ir al Ministerio de Magia con ellos. Ayudarles.
Ayudar a Weasel.
O quedarse en el castillo, tranquila, sin preocupaciones, durmiendo en su cama.
Avanzó un paso.
Si permanecía allí seguiría siendo la misma de siempre. Seguiría siendo, de algún modo, una pusilánime.
Avanzó otro paso.
Tenía miedo de que alguien muriera. Si era cierto que el que no debía ser nombrado estaba en el Ministerio, podía matarlos a todos. Podía asesinar al pobretón.
Avanzó un último paso y soltó un gruñido por lo bajo.
— ¡Joder!— gritó antes de salir corriendo en su dirección. No los iba a ayudar porque le preocupara la muerte de la comadreja paupérrima. Ni mucho menos. Lo hacía porque también iban Draco, Vincent, Gregory, Theodore y Blaise. Y de algún modo, habían sido sus amigos a lo largo de todos esos años.
Y aunque Draco la hubiera tratado mal en incontables ocasiones, le había perdonado. Era su amigo después de todo. Y había sido su primer amor. Eso era algo que nunca cambiaría.
No podía abandonarles.
A ninguno.
Así que no dijo nada más, no hizo ninguna pregunta, y muerta de miedo y notando como un sudor frío le recorría la espalda, los siguió hasta que llegaron a la cabaña del guardián de los terrenos de Hogwarts.
Neville, Luna, Lavender y Parvati estaban esperándoles. Pansy ignoró por completo las miradas de los demás, sorprendidos por su acto de presencia. Irónico, cuando ya había ido a una de las reuniones del GCTMM.
— Harry, se nos ha ocurrido algo mientras esperábamos — comentó Neville, bastante inquieto, empezando a repartir los colmillos de basilisco entre todos.— Bueno, la idea se le ha ocurrido a Luna.
La chica señaló al bosque, donde se encontraban los Thestrals. Harry lo comprendió en seguida. Sin embargo, los que no podían verlos, no entendían a que se referían. Y la posibilidad de usar las escobas quedaba descartada porque Snape, después de la huída de Umbridge, para evitar más problemas, había decidido requisarlas.
Harry y Luna se encaminaron a donde se encontraban aquellos seres y el resto los siguieron.
— Sé que muchos no podéis verlos— apostilló Luna— pero son seres muy amigables, ¿sabéis?
— Yo sí los veo— dijo Theodore muy serio. Sabía muy bien lo que eran. Claro que lo sabía. Su madre había muerto años atrás. Y él la había visto, tumbada en la cama, con aquellos ojos opacos, la piel helada y el rostro demacrado. Y empezaba a notar como los recuerdos trepaban, ansiosos por volver a despertar, deseando ser los protagonistas de sus pesadillas. Porque había escuchado tantas veces aquellas palabras... ''Theodore, ella está muy enferma.'' ''Theodore, tu madre no va a recuperarse'' ''Es mejor que no la llevemos a San Mungo y permanezca aquí en casa, Theodore'' ''Yo cuidaré de ella'' Quizá…quizá su padre... Desechó rápidamente aquel perturbador pensamiento, sin querer enfrentarse a la realidad pero irónicamente era algo que siempre había estado en su mente y conforme avanzaba la noche y el cielo empezaba a estar despejado, él parecía tenerlo más claro. Mantuvo un semblante taciturno. Los animales, esqueléticos y hambrientos lo miraban con aquellos ojos blancos escalofriantes— Son Thestrals, ¿no? Siempre nos llevan en carruaje al castillo.
Blaise, por su parte, había presenciado demasiadas veces la muerte de cerca, así que también podía verlos. Hermione había leído acerca de ellos y era consciente de que aquellos seres podían entenderles. Y los demás estaban al corriente, a pesar de que no veían nada. Obviamente, las réplicas de Draco no se hicieron de rogar.
— Yo no pienso montarme en un apestoso bicho deforme que ni siquiera veo. Qué pretendéis. ¿Que parezcamos focas retrasadas volando?
A pesar de la gravedad del asunto, Blaise soltó una risita por lo bajo. Ginny, que estaba junto a él también se rio.
— Pues me parece que no vamos a tener más remedio— comentó Blaise.
Harry hizo un ademán con la mano para que se adelantasen, dirigiendo la mirada a donde se encontraban los seres.
— Hay un problema— terció de pronto Theodore, que cada vez parecía estar más pálido— Sólo hay nueve. Y somos… eh— contó rápidamente al resto— catorce. No podemos ir todos. Algunos tendrán que quedarse y pedir ayuda.
Harry dudó unos momentos y finalmente, asintió conforme.
— Está bien. Creo que es…buena idea. Los que no vengáis deberíais buscar al profesor Snape. Alertar a los demás.
Ron carraspeó y señaló a su hermana.
— Entonces, tú te quedas aquí, Ginny.
La pelirroja bufó con total indignación.
— ¡Pero qué narices estás diciendo! ¿Por qué no puedo ir? ¿Por qué lo digas tú?
— Porque es peligroso— terció Harry— Y tanto Luna como tú sois... las más pequeñas.
— Venga ya— le espetó Ginny— Vosotros lleváis arriesgando vuestras vidas desde que entrásteis en Hogwarts.
Harry, agobiado por las fuertes punzadas que no cesaban, se llevó la mano a la cicatriz. El dolor le dificultaba tomar decisiones.
— Bueno, pues… alguien tiene que quedarse— comentó con voz áspera— ¿Hay alguien a quien no le importe?
Lavender se adelantó un paso.
— A Parvati y a mí nos da igual. ¿Verdad?
La chica asintió.
— ¿Qué? Pues si Parvati se queda aquí, yo me quedo con ella— dijo Goyle de repente y Crabbe empezó a levantar la mano desesperado, ofreciéndose voluntario como si estuviese en clase o algo por el estilo— Espero que no te importe, Draco.
Malfoy negó un par de veces con la cabeza. Casi que agradecía que Crabbe y Goyle no fuesen al Ministerio.
Harry suspiró.
— Está bien, pero… aún somos diez. Y sólo podemos ir nueve.
Todos miraron a Pansy rápidamente. Ella se puso furiosa.
— ¡Qué! Yo no pienso quedarme. Encima que he venido hasta aquí. ¿Por qué tengo que ser yo? ¡Que se quede ella!— con dedo acusador, señaló a Luna.
Nadie esperó que Theodore Nott le diese la razón a la chica en seguida. Es más, uno de los motivos por los que el Slytherin se había sentido más angustiado conforme el tiempo avanzaba era por el hecho de que estaba casi seguro de que no podría proteger a Luna de los mortífagos.
Protegerla de su padre.
Él… no había…protegido a su madre.
Y sabía que si ella permanecía en el castillo, estaría a salvo. En ese momento no le importaba lo que le pasase a él pero no podía perder a Luna bajo ningún concepto.
— Luna…— dijo suavemente acariciándole la mejilla, pero ella se apartó— No vengas.
— ¿Qué?
— No quiero que te pase nada. Por favor.
Luna Lovegood no solía enfadarse. Su semblante siempre era taciturno, su aura transmitía tranquilidad pero ahora… ahora había fruncido el ceño y por una vez en su vida estaba molesta.
Indignada y molesta.
— No me pidas eso, Theodore. Quiero ayudar. Quiero… estar contigo.
Theodore, sin perder la paciencia, la sujetó de los hombros y la miró fijamente a sus ojos azules.
— Luna, por favor. Escúchame. Lo sé— dijo en un susurro, rozando el lóbulo de su oreja con los labios— Pero… aquí también necesitan tu ayuda. Oníria podría averiguar dónde está Dumbledore. Es importante que te quedes.
Las lágrimas de la chica resbalaron por sus mejillas.
— Luna— la voz de Theodore se volvió fría—Te necesitan. Por favor. Te quiero.
— Por favor, Theodore…
— Confía en mí. Es importante.
Sus pupilas se dilataron. Quería ir con él, con ellos a toda costa. Pero… sabía que Theo estaba desesperado, que no quería exponerla a tal peligro. De algún modo, lo entendió. No iba a ponérselo más difícil. Esbozó una triste sonrisa, lentamente se acercó a él y besó la comisura de sus labios, notando como sus lágrimas se fundían en su boca.
— Creo que él tiene razón, Luna. Sé que quieres ayudar pero de esta forma también lo estarías haciendo. Yo confío en ti. Todos confiamos en ti— comentó Harry con convicción.
La chica se lo pensó unos momentos y finalmente se resignó. El hecho de que Oníria pudiese encontrar a Dumbledore le hacía recobrar las esperanzas. No podía perder ni un segundo— Es mejor que salgamos ya. No tenemos tiempo. Cada minuto que perdemos es crucial. Y si Sirius muere, yo…
Silencio.
A Theodore le costó mucho soltar la mano de Luna, que sujetaba con miedo, pero acabó haciéndolo. Ella no dijo nada. Sólo se mantuvo firme, sin dejar de mirarle mientras observaba como se alejaba. A Hermione y a Ginny las tranquilizó el hecho de que sus amigas permaneciesen a salvo, ajenas a todo peligro.
Harry indicó a todos donde se encontraban los animales. La mayoría de ellos, incluido Malfoy, se subieron al lomo de los Thestrals torpemente con ayuda de los que sí podían verlos. Es más, Draco agradeció enormemente que el bicho no se resistiese a pesar de que no podía ver absolutamente nada. Sólo sus piernas colgando a ambos lados de algo invisible. Aún así se sintió molesto, debido a las risotadas de Crabbe y Goyle.
— Parecéis retrasados— dijo Gregory señalándolos, riéndose sin parar.
Malfoy bufó y comenzó a soltar improperios por lo bajo.
— Ya veréis cuando vuelva del Ministerio, imbéciles. Montaos vosotros si tanta gracia os hace— dijo dudando por un momento si realmente iba a regresar. Luego miró a Hermione de soslayo y se dio cuenta de que estaba desolada. ¿Qué coño estaba pasando? Nunca la había visto con esa expresión. Ni siquiera cuando ocurrió lo de Astoria y fue a buscarla a su habitación.
Parecía… haber perdido toda esperanza.
— ¡Pero qué narices! ¡Bajadme de aquí!— chilló Pansy de pronto, agarrándose con todas sus fuerzas a un pelaje sedoso invisible. Nunca le habían gustado los caballos ni nada que tuviese que ver con ellos.
— Eres una exagerada. Hace unos momentos querías venir. Además, tu Thestral parece muy manso— murmuró Ron pero en cuanto vio que ella lo fulminaba con la mirada dando a entender que le iba lanzar una imperdonable si volvía a hacer otro comentario, cerró el pico.
Theodore miró por última vez a Luna, que permanecía de pie, junto a Lavender y Parvati que alzaban la mano a modo de despedida. Esbozó una triste y desgarradora sonrisa.
Sí, era mejor así.
Podría salvar a Luna, al menos.
Tuvo la sensación de que era la última vez que la iba a ver pero sus pensamientos fueron interrumpidos cuando Harry alzó la voz:
— ¡¿Estáis todos preparados?!— exclamó sujetándose fuertemente al lomo del Thestral. Después se dirigió al animal, vacilando un poco—Queremos ir al Ministerio de Magia, la entrada para visitas, en Londres.
Pasaron unos segundos, y los seres comenzaron a desplegar las alas con fuerza. El pánico embargó inmediatamente a Draco Malfoy, que estuvo a punto de soltarse en cuanto su Thestral salió disparado y alzó el vuelo rápidamente en la espesura de la noche.
— ¡Joder!— chilló notando como una sensación de vértigo se apoderaba de él y es que el hecho de no ver nada lo estaba volviendo loco. Parecía que iba a caer al vacío de un momento a otro y estrellarse contra el suelo— ¡A quién se le ha ocurrido esta idea de mierda! ¡Al retrasado de Longbottom, seguro! ¡Potter, sé que te gusta hacerte el héroe pero esto es sobrepasarse, joder! ¡Este estúpido bicho es demasiado…inestable! ¡Seguro que me habéis dejado el que tenía algún defecto! ¡Ya veréis cuando…!
No pudo terminar. El Thestral, que pareció entenderlo todo, agitó las alas con tanta fuerza que Draco se resbaló y comenzó a lloriquear. Dejó de quejarse inmediatamente cuando tuvo claro que aquel asqueroso ser lo comprendía. No quería que en uno de esos arrebatos, el animal perdiese el juicio y él acabase siendo arrojado en mitad del mar, cerca de Azkaban.
Blaise procuró sujetarse lo más fuerte posible a la crin del animal y se rio suavemente. Sentía el miedo fluyendo por su organismo pero de alguna manera, mientras veían como sobrepasaban el castillo, Hogsmeade, los terrenos y notaba el viento acariciándole el rostro, se sintió libre por fin.
Había estado atado a su madre, a todos sus secretos…a todo el veneno que había significado la mierda de su vida. Una sensación de alivio llenó su pecho.
Irónico, cuando quizá, dentro de unas horas, estarían todos muertos.
Ginny Weasley.
Él.
Y todos.
Hermione, en cambio, permanecía con los ojos cerrados, apretando los párpados con todas sus fuerzas. Odiaba volar. Siempre lo había hecho. La noche era fría y llevaba tanto rato agarrando la crin del Thestral que apenas tenía sensibilidad en los dedos. No dejaba de darle vueltas a lo del espejo pero había llegado a una conclusión. Si realmente era cierto que Draco Malfoy iba a morir tenía que evitarlo. Podía cambiarlo.
El futuro aún no estaba decidido.
O al menos, esperaba que así fuese.
Cuando por fin aterrizaron, más de uno suspiró de puro alivio, entre ellos Draco Malfoy, que estaba más pálido de lo habitual.
— Juro que si volvéis a obligarme a montarme en una de esas cosas…— jadeó — Joder, ha sido…
— Horrible— concluyó Ron por él— Tengo ganas de vomitar.
Pansy se había bajado de la montura algo más tranquila, pero tenía el pelo completamente alborotado. Ginny, por otra parte, no había tenido ningún problema.
— Bueno, ¿y ahora qué hacemos?— preguntó Neville, desabotonándose el cuello de la camisa de lo agobiado que se sentía.
Harry, sin decir nada, no se detuvo. Sabía perfectamente cuál era el camino y su angustia crecía por momentos. Hacía horas que había tenido la visión y las posibilidades de que Sirius estuviera muerto eran cada vez mayores.
— ¡Seguidme! ¡Es por aquí!— exclamó sin mirar atrás hasta que llegó a la roja cabina telefónica y abrió la puerta bruscamente, sin vacilar— No cabemos todos. El número es: seis, dos, cuatro, cuatro, dos— lo marcó haciendo un gran esfuerzo por controlar el temblor de sus dedos y Ron, Pansy y Neville entraron con él— Nos vemos abajo, Hermione.
La chica asintió y después de que Harry, dentro de la cabina, soltase toda la perorata a la voz femenina que les preguntó el motivo de la visita y recogiese las chapas de todos, bajaron rumbo hacia el Atrio, notando como sus corazones latían con fuerza. Vieron como la luz de las farolas desaparecía. Y la poca luminosidad de la calle se convertía en oscuridad. Vieron como sus sueños se desvanecían, conforme aquella cabina telefónica descendía.
Una vez estuvieron todos reunidos, Hermione suspiró aliviada al ver que junto a la fuente dorada, donde solían estar los magos de seguridad, no había absolutamente nadie. La estancia estaba vacía, desértica, y aquello no auguraba nada bueno. Sólo se podía escuchar el fluir del agua de la fuente, pero aún así Harry no se amedrentó. Sabía cuál era el camino. Lo había visto muchas veces en sus pesadillas. El departamento de Misterios. El día que acudió al Wizengamot para ser juzgado.
La profecía.
No iba a vacilar ahora.
Armándose de valor, siguió caminando junto al resto, bajaron por los ascensores más cercanos, avanzaron por los pasillos iluminados por antorchas como él había hecho incontables veces en su sueño y abrieron una puerta. Sin embargo, había algo diferente y Harry se dio cuenta en cuanto entró junto a los demás en una sala circular completamente negra, que no transmitía nada bueno. No supo qué era pero lo percibió en cuanto Blaise Zabini, que fue el último en llegar, cerró la puerta.
Las antorchas se apagaron como si hubiese venido una repentina ráfaga de viento y la sala quedó completamente a oscuras. Alarmados, todos sacaron sus varitas rápidamente. Sólo se podía ver un atisbo de luz que provenía de unas velas que había a ambos lados de una serie de puertas negras que eran exactamente iguales y rodeaban toda la estancia.
Harry se extrañó. Había demasiadas puertas. En su sueño llegaba directamente a la que le permitía el acceso al Departamento de Misterios y ahora…
Ahora estaban en clara desventaja.
¿Cuál de ellas era la que debían abrir?
— Tengo miedo— musitó Pansy con un hilo de voz pegándose inconscientemente a Ron Weasley. Por primera vez, él no se apartó. Después de todo, también estaba asustado.
Las paredes comenzaron a girar a toda velocidad. Draco se aferró a Hermione y Ginny a Blaise, sin saber qué iba a ocurrir. Es más, Neville Longbottom por un momento creyó que, entre tanto jaleo, el suelo acabaría desprendiéndose. Afortunadamente, al cabo de unos segundos, la habitación dejó de moverse.
— ¿Qué coño ha pasado?— preguntó Blaise.
No era el único que estaba confuso.
— Potter, a dónde tenemos que ir ahora — Draco sujetaba la mano de Hermione con fuerza. No le gustaba ni un pelo lo que estaba sucediendo.
Harry, sudoroso y notando cada vez más sequedad en sus labios, tragó saliva con dificultad.
— No lo sé. Hay demasiadas puertas. No sé cuál es el camino, Malfoy.
— ¡¿Qué?!— gritó Pansy.
— ¿Y ahora qué hacemos? — Ginny volvió a guardar la varita en su bolsillo— Ya ni siquiera sabemos cómo volver. Al menos yo no sé cuál es la puerta por la que hemos entrado.
— ¡Me da igual!— dijo Harry sintiendo que estaba perdiendo el control de la situación por completo— ¡Tenemos que salvar a Sirius! Ya nos preocuparemos de cómo salir de aquí después. A ver— su mente trabajó a toda velocidad, recordando la pesadilla, cada detalle...— En mi sueño, llegaba aquí desde los ascensores y entraba por una puerta negra metálica que había al fondo de un pasillo. En esa habitación había un montón de estanterías y… no sé, cuando la vea... sabré por donde es.
— Una puerta que lleva a más puertas y más pasillos y más… joder, Potter, ni siquiera tú lo sabes— espetó Malfoy perdiendo la paciencia— Así no vamos a llegar a ninguna parte.
—¡Cállate, Malfoy! Déjame… pensar.
Ron se interpuso.
— Vamos a entrar aquí, Harry. Tengo una corazonada— dijo aproximándose a la puerta más cercana. Harry no se negó.
Estaban quedándose sin tiempo.
El chico abrió la puerta con cierto temor y los demás entraron tras él.
— Me podéis decir… ¿qué cojones es…esto? — dijo Blaise totalmente atónito al fijarse en la estancia.
La habitación, algo más iluminada que la anterior, estaba casi vacía. Casi, salvo por el hecho de que en medio de la sala se encontraba un gran tanque de cristal, lleno hasta arriba de un líquido oscuro y viscoso que daba bastante repelús. Y no era lo peor, en su interior había unos objetos blancos que se movían de un lado para otro como si de medusas se tratasen.
— No voy a preguntar qué es eso porque prefiero no saberlo— repuso Theodore— ¿Éste es el camino?
— No— negó Harry.
Pansy y Ron se aproximaron al tanque para ver más de cerca aquellos seres que se movían.
— Harry, mira, son…como… cerebros— comentó Ron— Pero, ¿por qué tienen cerebros en el Ministerio? Qué raro.
El rostro de Pansy adoptó una mueca de repulsión.
— Y qué importa eso ahora. ¡Qué asco!— dijo sintiendo arcadas y al percatarse de que lo tenía muy cerca gritó:— ¡Maldita comadreja! ¡No te pegues tanto a mí!
— Pero si eres tú la que lleva toda la noche agarrada a mi camisa— farfulló Ron bastante molesto al ver que ella era la que invadía su espacio.
Harry bufó.
— Dejadlo ya, no es aquí. Vamos a volver a la sala de las puertas.
A pesar de que Pansy y Ron no dejaban de discutir salieron de aquel lugar y cerraron la puerta tras de sí.
— Deberíamos lanzar algún hechizo para saber que ya hemos estado aquí. La habitación podría ponerse a dar vueltas de nuevo— puntualizó Theodore.
Hermione asintió, sacó su varita y apuntó hacia la puerta en la que se encontraban los cerebros.
—¡Flagrate!— e inmediatamente se formó una X roja en la puerta.
Draco silbó por lo bajo y hundió las manos en sus bolsillos, queriendo aparentar estar tranquilo y para nada aterrorizado.
— Desde luego tus corazonadas son un asco, Weasley. Si te dieran un galeón por cada vez que te equivocas…en fin. Podrías comprarte una casa decente. Esta vez deberíais hacerme caso a mí y no a la comadreja—cacareó y sin esperar respuesta se acercó a la puerta que había a su izquierda y la abrió.
Ron fue a mandarle a la mierda, pero no pudo al ver que Harry salía corriendo nada más fijarse en que tras la puerta que había abierto Malfoy, había un largo y oscuro pasillo y al fondo…
La puerta de sus pesadillas.
La del Departamento de Misterios.
La cicatriz cada vez quemaba más. Hasta tal punto que el dolor se había vuelto insoportable.
Estaría allí.
Sirius estaría allí.
Un nudo se formó en su garganta. Todos le siguieron.
— Es… estoy seguro. Es aquí— dijo acercando la mano al picaporte para abrirla.
Los demás, situados tras él, ya habían sacado las varitas esperando lo peor. No sabían qué era lo que iba a pasar ni lo que se iban a encontrar y sentían que si sólo uno de ellos se rendía, acabarían haciéndolo todos.
Harry suspiró y abrió la puerta. Efectivamente se trataba de aquella inmensa sala repleta de estanterías que no parecía tener fin.
—¡Lumos!
Procurando no hacer ningún ruido, fueron avanzando muy despacio, moviéndose en la densa oscuridad. Harry miraba de un lado a otro, buscando a Sirius, pero lo único que había a su alrededor eran esferas de cristal. Las que aparecían en su sueño.
Estantería noventa y siete.
Aquel recuerdo le vino a la mente. Sin ser consciente, aceleró el paso, notando como su respiración se volvía cada vez más pesada. Los demás le seguían sin decir ni una palabra.
Estantería ochenta y uno.
Ochenta y seis.
Continuaron avanzando.
Estantería noventa y tres.
Noventa y cinco.
Estaban cerca pero no podían ver a Sirius por ninguna parte.
Noventa y seis.
Solos, rodeados de oscuridad.
Solos, en aquel asfixiante silencio.
Harry se detuvo al llegar a la estantería noventa y siete.
— Es aquí— jadeó mirando a todos lados, esperando encontrar a Sirius pero…
— Aquí no hay nadie, Potter— Draco alzó su varita para ver si conseguía apreciar alguna silueta en la penumbra.
Harry, desesperado, empezó a bordear la estantería, yendo de un lado para otro, con ansiedad.
— Tiene que estar por alguna parte. Tiene que estar…aquí.
No. No podía estar pasando. ¿Acaso habían llegado demasiado tarde? O por el contrario, lo que Hermione dijo en un principio era cierto, ¿y era una trampa? ¿Se había arriesgado tanto y había expuesto a todos a semejante peligro… para nada?
— Harry— susurró Hermione en voz baja— Creo que Sirius no está aquí.
No. No quería escuchar esas palabras porque aquello significaba que todo había sido en vano, que todos podrían haber muerto… por su culpa.
— Esto… joder— la voz le flaqueó repentinamente a Blaise Zabini— Potter, deberías ver eso de ahí. Hay una esfera de cristal en la que está grabado tu nombre.
Harry se extrañó y se acercó a donde señalaba el Slytherin.
Estantería noventa y siete.
''S.P.T. a A.P.W.B.D.
Señor Tenebroso
y Harry Potter''
A Draco Malfoy se le dilataron las pupilas al ver aquella inscripción.
— Esto no me gusta nada, Potter. Nada. Larguémonos de aquí cuanto antes.
Harry no le escuchó y alzó la mano para coger el objeto y examinarlo de cerca. Hermione se interpuso.
— Ni se te ocurra, Harry— le advirtió. No le gustaba ni un pelo aquella esfera. Algo malo iba a pasar. Lo sabía. Que Sirius no se encontrase allí no quería decir que ellos no estuvieran en peligro.
El espejo.
La imagen del espejo seguía martilleándole las sienes.
Pero Harry la ignoró y actuó sin pensar en las consecuencias. Rápidamente, alzó la mano y se puso de puntillas para alcanzar la esfera que prácticamente rozaba con los dedos. Sin embargo, cuando por fin la tuvo en sus manos y notó el calor que irradiaba, la decepción lo abrumó.
No sucedió absolutamente nada. Por un momento había tenido la absurda esperanza de que, de algún modo, ese objeto le revelaría algún detalle por pequeño que fuese, pero qué esperaba. Era sólo una maldita esfera de cristal. No iba a ver a Sirius reflejado en ella ni iba a averiguar el paradero de los Horrocruxes que faltaban por destruir.
Hermione suspiró de puro alivio al ser consciente de que no ocurría nada pero su calma se esfumó en cuanto notó una presencia tras ellos.
— Muy bien, Potter. Ahora date la vuelta y dame…— siseó Lucius Malfoy pero no pudo terminar la frase porque para su sorpresa, al acercarse, pudo distinguir la silueta de la persona que menos hubiera imaginado encontrarse esa noche. Se quedó petrificado. Su hijo. Su hijo estaba allí— Draco, qué haces…aquí.
Las palabras arrastradas calaron en el pecho de Draco. Su corazón latía con tanta fuerza que parecía que iba a explotar.
Su padre.
Enfrentarse a su padre.
Uno de los miedos que lo había estado atormentando hasta ahora. Que su padre descubriese toda la verdad, que supiese que ya no era el mismo, que averiguase que lo había traicionado.
— Muy astuto, Potter. Sabías que era una trampa— Lucius arrastró las palabras sin dejar de apuntarle con la varita, sin flaquear—¿Pretendes amenazarme… trayendo aquí a Draco contra su voluntad? ¿Piensas… que así vais a poder marcharos con vida? Dame la profecía y suelta a mi hijo ahora mismo.
— Estoy aquí por voluntad propia, padre— el tono de voz de Draco Malfoy sonó frío, completamente impersonal, aunque en el fondo estuviese aterrorizado.
Lucius miró a su hijo a los ojos, sin apartar la varita de Harry. Los otros mortífagos acababan de llegar, iban encapuchados y los habían rodeado, pero aún así, todos sabían quiénes se ocultaban tras aquellas máscaras.
— Cómo te has atrevido a usar la maldición Imperius contra mi hijo, Potter— siseó Lucius apretando con fuerza los dientes, sin darle importancia a lo que había escuchado.
Draco, notando como el pánico fluía por todo su cuerpo, se interpuso entre Harry Potter y él.
— Padre— dijo con desdén. Con aquel desdén y desprecio que lo caracterizaban—Potter no ha usado la maldición Imperius conmigo. Estoy aquí porque me da la gana. He venido con él porque he querido.
Nunca le había hablado así a su padre. Nunca se había atrevido a desobedecerle. Era la primera vez que se enfrentaba a él, pero sintió como la adrenalina estallaba en su interior ante aquella última revelación.
Lucius dudó por unos momentos, bastante confuso. Entonces miró a los allí presentes y se percató de algo. El hijo de Nott también estaba con ellos. Y Zabini. Y la hija de los Parkinson.
— Qué narices haces tú aquí, Theodore— espetó de pronto el señor Nott, al percatarse de que su hijo también estaba allí. Eran ellos los que pretendían pillar a Harry Potter por sorpresa, y parecía que la situación se había puesto en su contra.
Draco no dejó hablar a Theodore y le impidió el paso al sentir que iba a adelantarse y cometer una locura.
— Me he dado cuenta de muchas cosas, padre— dijo aparentando seguridad— No quiero ser un mortífago. No quiero ser el que era antes. Ni despreciar más a los muggles. No quiero estar en vuestro puto bando. Más bien, no queremos. Ni Theodore, ni Crabbe, ni Goyle. Ni ninguno de nosotros.
— Dónde está Sirius— terció Harry de pronto, fuera de sí— ¡Dónde…— jadeó— está! ¡¿Qué ha hecho Voldemort con él?!
—¡Dónde está Sirius! — comenzó a canturrear a lo lejos una voz femenina, soltando risotadas—¡Dónde está el pobre Sirius! ¡Draco es un traidor! ¡Draco es un traidor! ¡Nuestro querido Theodore también es un traidor!— pero en seguida su tono cambió y comenzó a gritar como una posesa, con ira— ¡Cómo te atreves a pronunciar el nombre del señor Tenebroso! ¡Cómo osas mancillarlo con tus sucios labios de sangre mestiza! ¡Y tú…Draco… cómo te atreves a desobedecer la voluntad de tu familia!
Lucius tensó la mandíbula e ignoró por completo a Harry Potter y a Bellatrix Lestrange, que parecía estar tan furiosa como él.
—¡Draco!— exclamó adoptando una mirada amenazante. No podía creer todo lo que estaba escuchando. Simplemente no daba crédito a lo que estaba presenciando— Estás cometiendo un grave error. Cómo has podido traicionarnos de esta forma. Te dije, cuando entraste por primera vez en Hogwarts, que te acercases a Potter,— esa vez pronunció con más desprecio de lo normal su nombre— que consiguieras información. Información que podría ser muy valiosa para el señor Tenebroso. No te ordené en ningún momento que dejases a un lado tus principios, te convirtieses en un cobarde incapaz de aceptar tu destino y te aliases con el enemigo. Cómo has podido caer tan bajo, Draco. Ven ahora mismo con nosotros, antes de que sea demasiado tarde. Aún puedes reparar el error que has cometido.
Draco soltó una falsa carcajada que puso los pelos de punta a Hermione.
— No pienso ir a ninguna parte— escupió y en su rostro se dibujó una mueca de aversión— Y no- soy –ningún- cobarde— hizo mucho énfasis en aquellas palabras— Lo fui. Sí. Cuando despreciaba a los muggles, como hacías tú. A los sangre sucia. Como hacías tú. Cuando prefería no afrontar los problemas, como hacías tú, padre. Porque sé que en el fondo, tenías miedo de que él regresase. Siempre lo he sabido. Pero ya no pienso obedecer tus órdenes nunca más ni voy a ser lo que tú quieres que sea.
—¡Silencio!— gritó y el eco de su voz resonó a lo largo de toda la sala. En ese momento dejó de apuntar a Harry con la varita y lo apuntó directamente a él. Apuntó en dirección a su pecho, dispuesto a lanzar una imperdonable. Su hijo lo había puesto en evidencia. Lo había avergonzado delante de todos. Si hubiese estado presente el señor Tenebroso, los hubiera asesinado a ambos— Niño insolente. Tú… tú ya no eres un Malfoy. Tú ya no eres mi hijo. Eres un traidor. Un traidor… a la sangre. ¡Qué has hecho, Draco!
Había tanta tensión en el ambiente y estaba tan sobrecargado, que casi no se podía respirar. Lo único que se escuchaba era el incesante canturreo de Bellatrix, que estaba provocándole un dolor insoportable en las entrañas a Neville Longbottom. El chico había apretado las uñas tan fuerte contra las palmas de sus manos que habían comenzado a sangrarle.
Durante unos momentos, nadie hizo nada. Nadie se movió ni un ápice.
Fue Blaise Zabini el que tomó la iniciativa.
— ¡Expelliarmus!— gritó con fuerza, consiguiendo desarmar a Lucius Malfoy, que en ese momento estaba centrando toda la atención en su hijo.
Inmediatamente, todos, aprovechando la confusión, comenzaron a correr con desesperación hacia la salida. Hermione dominada por el pánico, no dejaba de mirar hacia atrás, esquivando imperdonables sin parar, y sobre todo, sin apartar la vista de Malfoy. No podía asimilar lo que estaba sucediendo. Malfoy se había revelado contra su padre.
Ya no había vuelta atrás.
Estaban en peligro de muerte.
Todos ellos.
Harry, deslizó la profecía en el bolsillo de su pantalón deseando no perderla y continuó corriendo a toda prisa.
—¡Desmaius!
—¡Expelliarmus!
—¡Petrificus Totalus!
— ¡Draco vuelve aquí ahora mismo! ¡Draco!
—¡Theodore!
Una lluvia de hechizos inundó la oscura estancia, pero ninguno se detuvo. Ya podían ver la puerta al fondo, a lo lejos. Ginny lanzó tal Reducto que provocó que las numerosas estanterías cayesen unas encima de otras haciendo el efecto dominó. Corrieron a toda prisa para evitar ser aplastados. Estaban a punto de salir de aquel lugar cuando de repente, escucharon una voz femenina a sus espaldas.
—¡Avada Kedavra!— la maldición que lanzó Bellatrix Lestrange rozó la oreja de Harry Potter pero siguieron adelante— ¡Imperius!—esa vez pasó cerca del costado de Draco. Si su sobrino no quería cooperar, lo arrastraría con ellos a la fuerza.
Nadie se detuvo.
Ya casi estaban.
Sólo un poco más.
Unos metros más.
Theodore Nott abrió la puerta de golpe y cuando Hermione, que era la última, pasó por debajo del dintel, Draco lanzó un hechizo.
—¡Fermaportus!
Jadeaban sin parar, intentando recomponer el aliento, notando como la adrenalina corría por su cuerpo. Volvían a estar en la sala circular de las puertas.
— ¡Qué hacemos ahora!— gritó Ginny asustada— ¡Tenemos que salir de aquí!
Harry asintió. Ya no sabía qué pensar sobre Sirius. Estaba claro que les habían hecho una encerrona. Abrumado, abrió la primera puerta a su derecha.
Una vez dentro, todos se dieron cuenta de que estaban en otro lugar. Un lugar… diferente.
En el centro de la habitación había un foso de piedra. A Harry le recordó a la sala del Wizengamot donde había sido juzgado una vez, sin embargo, no había sillas, ni tribunal, ni absolutamente nada. Estaba vacía. Y en medio del foso, sólo se hallaba una tarima en la que se alzaba un arco.
Harry entornó los ojos al percatarse de que había algo extraño en ese arco, como una especie de cortina.
De velo.
Escuchaba unas voces en su cabeza. Algo o alguien llamándole. Y provenía de aquel objeto. Lentamente, bajó al foso, subió a la tarima y se acercó al arco con cierto recelo. Le pareció ver a alguien tras el velo pero no se trataba de Sirius. Era como si…
— ¡Harry, no lo toques! —chilló Hermione— ¡Creo…creo que es peligroso! ¡Vámonos! ¡Ya!
Pansy no se tenía en pie. Iba a desmayarse de miedo. Si su familia se enteraba de que estaba allí, arriesgando su vida con los palurdos de Gryffindor, la castigarían de por vida. Por no hablar del encontronazo con el padre de Draco, de Theodore y de Vincent.
— ¡Joder, vamos a morir todos!— gritó llevándose las manos a la cabeza. Pensó que sería buena idea buscar algún método que la relajara y optó por pellizcar a Ron Weasley en el trasero, que era al que tenía más cerca. Pero a pesar de los chillidos molestos de Pansy, de las quejas de Ron para que lo dejase en paz o de las advertencias de Hermione para que saliesen de aquel maldito lugar antes de que los mortífagos regresasen, Harry no escuchó nada.
Sólo la voz que le hablaba a través del velo, instándole a que alzase la mano para tocarle.
''Harry''
La voz serpenteaba, reptaba en sus oídos. Era peligrosa. Casi podía tocar el velo con las yemas de los dedos.
''Harry''
Esa voz era un susurro apenas audible. Un susurro acompañado de falsas promesas y muerte.
— Harry— se escuchó la voz de Draco Malfoy a sus espaldas. Al chico se le abrieron mucho los ojos al ser consciente de algo. Malfoy jamás lo había llamado por su nombre.
Nunca.
Y el terror que había percibido saliendo de sus labios le había erizado el vello de la nuca. Se giró aterrorizado y los vio.
Todos los mortífagos les habían rodeado y estaban apuntando a sus amigos con sus varitas. Rodolphus y Bellatrix Lestrange habían capturado a Neville Longbottom y Ronald Weasley. El señor Nott y Antonin Dolohov a su propio hijo y a Pansy Parkinson. El señor Crabbe y Walden Macnair a Ginny Weasley y a Blaise Zabini. Y Lucius Malfoy y Rabastan Lestrange a Draco y a Hermione Granger.
Harry no movió ni un solo dedo. Sabía que si lo hacía comenzarían a llover maldiciones imperdonables. Se fijo en la mirada de odio que descargaba Lucius sobre su hijo y como el señor Nott se contenía por no lanzar una imperdonable a Theodore Nott allí mismo.
Los aliados de Voldemort estaban furiosos. Harry nunca los había visto así. Ni siquiera aquella noche en el cementerio, en Pequeño Hangleton, durante el Torneo de los Tres Magos, cuando Cedric Diggory murió.
Se arrepintió inmediatamente por no haber escuchado a Hermione cuando tenía que haberlo hecho. Ella se lo había advertido, desde el principio.
— Draco, recapacita antes de que sea demasiado tarde— siseó Lucius sujetándolo del brazo. Hermione, que estaba casi al lado, forcejeó intentando soltarse de las garras de Rabastan Lestrange, pero se quedó inmóvil al notar que el mortífago clavaba la varita contra su cuello— El señor Tenebroso está a punto de llegar y si descubre lo que has hecho, te matará. Lo sabes, Draco.
— No pienso cambiar de opinión, padre— escupió con desprecio. Se fijó en Harry y vio que estaba tan confuso como él. Alzaba la varita con mano temblorosas apuntando a los mortífagos, desesperado, con miedo a que le ocurriese algo a alguno de ellos.
Lucius suspiró con rabia. Lo había intentado pero ya era tarde. Los demás mortífagos lo habían visto. Traicionado por su legado.
Por su propio hijo.
No podía flaquear. Su propia vida estaba en juego.
Muy despacio, sin soltar a Draco, avanzó a donde se encontraba Harry.
— Potter, guarda la varita ahora mismo y dame la profecía que escondes en el bolsillo.
Los jadeos de Harry se volvieron más fuertes.
— ¡No!— sabía que no estaba en posición de negarse pero veía las súplicas en el rostro de sus compañeros para que no lo hiciese.
—¡No se la des, Harry!— gritó Neville Longbottom.
La sonrisa torcida de Bellatrix se ensanchó. Tenía los dientes negros y el pelo andrajoso, como si acabase de salir de Azkaban a pesar de haberse fugado meses atrás, y aquello le propiciaba un aspecto espeluznante. Sujetaba a Neville sin dejar de reírse mientras él intentaba liberarse.
— Potter— Lucius había perdido la paciencia y ya no estaba dispuesto a escuchar ni una sola negativa más— Si no me das la profecía, verás como mueren tus amigos. Uno a uno.
Harry apretó los dientes. Por un momento dudó de que Lucius fuera capaz de matar a su propio hijo. Pero… ¿y el resto? Acabarían con ellos si no obedecía. Viendo que se había quedado sin opciones, bajó la mano en la que tenía la varita y deslizó la otra muy despacio en el interior de su bolsillo. Sacó la esfera de cristal, y con impotencia, se la dio.
Sin embargo, justo cuando Lucius Malfoy la cogió, un destello de luz iluminó la habitación y por un momento hubo un silencio sepulcral.
— ¡Aléjate de mi sobrino!—gritó Sirius Black y le dio un puñetazo a Lucius en la nariz, haciendo que perdiese el equilibrio y la esfera cayese al suelo, dejando escapar la profecía.
Harry recobró la esperanza inmediatamente y sonrió al ver a su padrino.
— ¡Sirius!
Tonks, el profesor Lupin, Mundungus Fletcher, Kingsley y Arthur Weasley habían aparecido, y aprovechando ese breve instante, habían empezado a luchar con el resto de mortífagos.
— ¡Iros de aquí inmediatamente!— gritó el señor Weasley a Ron y a Ginny en cuanto los vio y al darse cuenta de que Rodolphus alzaba la varita contra él gritó: ¡Expelliarmus!
Pero ninguno pensaba ir a ninguna parte. Harry los miró con vehemencia y se dio cuenta de que todos opinaban lo mismo, incluso Pansy Parkinson. Nadie le iba a dar la espalda a él o a la orden. Sacaron sus varitas rápidamente y una ola de hechizos iluminó la sala.
Ginny junto a Blaise, en un extremo de la sala, luchaban contra Macnair y el padre de Vincent.
— Qué vergüenza, Blaise— gritaba Crabbe sin dejar de lanzar maldiciones— ¡Cómo he podido invitarte todas estas veces a mi casa! ¡A ti, al hijo de Nott o incluso a Draco! ¡Reducto!— Blaise esquivó de puro milagro el último hechizo y Ginny intentó ponerse entre los dos pero Macnair no la dejó.
— ¡Y Gregory y Vincent, aunque no estén aquí, opinan igual que nosotros! ¡Sois unos hijos de puta!
— ¡Qué habéis hecho para que mi hijo haya acabado metido en esto! Haberle hecho cambiar sus ideales a Vincent. Y a Gregory. ¡No puedo creerlo! ¡Qué opinará el señor Goyle de esto!
— ¡Ellos han cambiado porque han querido! ¡Expelliarmus!— exclamó Blaise y tuvo que rodar en el suelo al ver que un Avada venía directo hacia él— ¡Porque sois todos unos desgraciados y ninguno quiere seguir vuestros pasos! ¡Están cansados de sufrir por vuestra culpa!
Sin embargo, cuando volvió a levantarse a duras penas se dio cuenta de que Ginny, no muy lejos, se había caído al suelo y su varita se encontraba a varios metros. Macnair había logrado desarmarla y estaba a punto de matarla.
Y entonces no dudó. Se abalanzó para protegerla.
—¡Bombarda!— gritó el mortífago.
Ambos salieron despedidos y cayeron en el otro extremo de la sala, estrellándose contra el muro.
Durante unos segundos todo se volvió negro. El ambiente era cargado, denso y costaba respirar. Ginny escuchaba el pitido de la explosión en sus oídos y apenas podía ver con claridad. Débil y mareada se incorporó un poco y se percató de que tenía heridas graves y todo el cuerpo lleno de sangre.
Desesperada, buscó a Blaise con la mirada. Seguía aturdida y notaba el sabor metálico de la sangre en la boca. Tenía el labio reventado y la cabeza le dolía con tanta intensidad que apenas podía mantenerse consciente.
Fue el grito de él lo que la hizo reaccionar. Blaise yacía no muy lejos de ella, con la pierna rota. El hueso de la tibia sobresalía de la carne dándole un aspecto horrible. Arrastras y casi sin aliento, Ginny se acercó a él para ayudarle, que aún seguía en el suelo sin dejar de gritar., sabiendo que estaban perdidos, que iban a morir. Se mordió el labio y escupió sangre. Mucha. Había demasiada.
— ¡Joder!— un nuevo gritó de Blaise la devolvió a la realidad. El chico continuaba sollozando sin parar. Ella se fijó en su pierna y vio que la tenía completamente destrozada. Los huesos estaban hechos trizas. Tenía que hacer algo para sacarle de allí antes de que…
— No voy a tener piedad con ninguno— siseó el señor Crabbe que se había acercado a ellos para rematar la faena. Con un movimiento rápido, alzó la varita y apuntó a Blaise Zabini— ¡Avada Keda...
Ginny apretó los párpados como acto reflejo, aferrándose con todas sus fuerzas a la camisa llena de sangre de Blaise, dando todo por perdido pero por suerte en el último momento, Tonks se interpuso y lanzó un Expelliarmus, salvándoles la vida. Arthur Weasley, desde el otro lado de la tarima, luchando ahora contra Rabastan, había visto como Zabini, antes de la explosión, había protegido a su hija. Si salían vivos de aquello, tenía que pedirle perdón por haber dudado de él.
Por otra parte…
— Tú— el señor Nott lanzó una imperdonable contra su hijo. Una detrás de otra. Kingsley se había golpeado en la cabeza y tanto el Slytherin como Pansy se habían quedado solos, sin ayuda— Tú— jadeó más fuerte— Me has traicionado. Tú.
Pansy se echó un poco hacia atrás al ver que el señor Nott se centraba totalmente en su hijo. La varita temblaba en su mano y no sabía qué hacer. Sentía que si intervenía iba a joderlo todo.
Theodore no se amedrentó.
— Cuando termine esto, irás a Azkaban. Y ya no tendré que verte nunca más— dijo con convicción—¡Reducto!
— Tú— siseó esquivando el último maleficio. No entendía cómo su hijo había podido traicionarle y burlarse de él. Y lo peor era que sentía que él ya no le tenía miedo, que estaba dispuesto a enfrentarse a él— Eres igual que tu madre.
Theodore apretó la mandíbula. Había sido él. Él la había matado. Cada vez estaba más seguro.
— Mi madre era buena persona— jadeó con gran esfuerzo, sintiendo un sabor a bilis recorriéndole toda la garganta— No como tú.
— Tu madre— escupió el señor Nott— era una zorra. Una zorra que sólo daba problemas.
La cólera embargó a Theodore. No iba a permitir que la insultase.
— ¡Crucio!— gritó por primera vez en su vida. Estaba furioso. Quería que su padre sufriese, que se retorciese de dolor. Verlo sufrir. Como él le había hecho a su madre.
El señor Nott contrarrestó la Cruciatus con agilidad y comenzó a reírse, completamente desquiciado.
— ¿Vas a lanzar una imperdonable a tu padre, Theodore?— su voz sonó peligrosa. Dio un paso al frente. Pansy seguía detrás del chico, cohibida— ¿A mí… un Crucio? – otro paso. Sus pisadas, apenas perceptibles debido a todo el estruendo en el ambiente hicieron que el tiempo se detuviera por un momento. La respiración de Theodore se volvió agitada. No le gustaba ese tono, lo conocía, lo había escuchado infinidad de veces.
En casa. Durante la noche. Cuando iba a su cuarto para decirle que su madre estaba enferma.
Lo escuchaba.
Aquellas palabras amortiguadas provenientes de la habitación contigua.
''Crucio''
Lo escuchaba y se tapaba la cabeza con la almohada queriendo que acabase aquella pesadilla.
''Crucio''
Pero no era ninguna pesadilla.
''Crucio''
Era real y sabía lo que él le había hecho a su madre durante tantos años.
''Crucio''
Hasta que no quedo nada de ella. Sólo aquel esqueleto sin vida. Sólo aquel cuerpo con ojos pálidos y rostro demacrado.
''Crucio''
El señor Nott, aprovechando que su hijo se desplomaba, sumiéndose en la oscuridad, apuntó con su varita a Pansy Parkinson.
—¡Imperius!
Y Pansy no pudo hacer nada para esquivar la maldición.
Ron, al otro lado de la sala se dio cuenta y se horrorizó, y lo que pasó a continuación fue aún peor. Pansy cambió la dirección a la que apuntaba su varita, desde el señor Nott hacia Theodore, que ahora la miraba completamente aterrorizado.
— Mátala a ella si te atreves— siseó el señor Nott con desprecio, soltando una risa cargada de odio— Lánzale a ella una imperdonable si eres capaz.
Theodore estaba pálido. Miró a Pansy a los ojos y se dio cuenta de que ya no era ella. Estaba siendo controlada por su padre.
Hijo de puta.
El señor Nott sabía que Theodore no iba a poder hacerle nada a la hija de los Parkinson. Y aquella chiquilla no tendría fuerza de voluntad suficiente como para resistir la maldición Imperius.
— Pansy, reacciona— murmuró con un hilo de voz, notando como la muñeca comenzaba a temblarle. Estaba flaqueando. Estaba siendo débil. Estaba rindiéndose, dejando caer su varita— Pansy, por favor. Vuelve.
—¡Crucio!— gritó la chica haciendo que Theodore se desplomase contra el suelo y comenzase a convulsionar—¡Crucio!— gritó una vez más— ¡Crucio!
Y mientras Theodore se retorcía en el suelo y experimentaba lo que hasta ahora había sido indudablemente el dolor más horrible que había sentido en su vida vio como su padre lo miraba, sonriendo, creyéndose superior.
Lo supo. Su padre iba matarle.
No iba a dudar, no había pena ni remordimiento en sus ojos.
Disfrutaba con aquello.
— ¿Creías que no iba a ser capaz de hacerte lo que le hice a tu madre?— dijo suavemente haciendo que el chico sintiese un escalofrío.
— ¡Crucio!— volvió a gritar Pansy.
Una nueva sacudida de dolor embistió a Theodore.
— ¿Creías que por ser mi hijo… iba a compadecerme de ti? ¿Que iba a sentir lástima por ti?
— ¡Crucio!— chilló Pansy, adoptando la misma sonrisa que había dibujada en la comisura de los labios del señor Nott.
Theodore notó como las lágrimas resbalaban. Él siempre había sido un pusilánime. Un había hecho nada por salvar a su madre aún sabiendo lo que sucedía.
Y entonces, sólo entonces, pensó en ella.
En Luna Lovegood.
Al menos Luna estaba a salvo, pero él iba a morir y no podría regresar. No podría volver con ella.
Nunca más.
No habría más tardes juntos ni noches resguardándose del frío bajo el cálido fuego de la chimenea en la sala de los Menesteres.
Cerró los ojos, rindiéndose por completo. Tumbado en el suelo, esperó. Esperó a morir. Esperó a que su padre lo matase pero aquello no sucedió. Escuchó los gritos. Alguien corriendo hacia él. Las pisadas que resonaban con fuerza contra el suelo. La voz de Ronald Weasley.
— ¡Yo sí que te voy a dar Crucio, maldito gilipollas!— graznó acercándose todo lo rápido que pudo y apuntó al mortífago con su varita— ¡Reducto!
El señor Nott salió despedido por los aires y se estampó contra una de las paredes. El golpe fue tan grande, que parte del muro se agrietó y cayó al suelo inconsciente. Automáticamente, Pansy perdió el conocimiento y se desplomó. Theodore notó que tenía el ojo derecho inflamado. Le dolía y había perdido visibilidad. Ni siquiera tenía fuerzas para incorporarse así que permaneció tumbado a su lado, respirando con pesadez. Ron se acercó a toda prisa, se arrodilló y con cuidado, incorporó a Pansy un poco, sujetándola entre sus brazos.
Las maldiciones continuaban lloviendo en la sala, como si de destellos se tratasen pero para Pansy, el tiempo se había detenido. Aturdida, abrió muy despacio los ojos. No sabía lo que había pasado, no recordaba absolutamente nada, sólo que una sensación de bienestar la había embargado. Una sensación que aún seguía estando ahí. Era tan placentera…Tan agradable. Esbozó una sonrisa pequeña y alzó la mano para acariciar la mejilla de Ron.
— ¡Pero qué haces!— se espantó él de inmediato— Creo que se ha dado un golpe en la cabeza. ¡Reacciona!
Theodore suspiró.
— Es la maldición Imperius. Tardará un rato en salir del trance. Es probable que no recuerde nada— intranquilo, se fijó en su padre, al otro lado de la tarima, inmóvil y cubierto de sangre. Al menos, por el momento no tendría que preocuparse por él.
— Comadreja— balbuceó Pansy, tirándole de la camisa al darse cuenta de que no le prestaba atención— Eres muy guapo. Pobre, pero guapo.
Ron frunció el ceño.
— Cierra los ojos y duérmete. Tengo que ayudar a los demás. Nott se quedará contigo— hizo el ademán de levantarse pero ella no se lo permitió.
— No, no, no. Theodore quiere a Lunita. A Lunita Lovegood. Ji,ji,ji— dijo soltando unas risitas— Tú te tienes que quedar conmigo porque te quiero mucho, Weasel pobretón.
Y sin más, le plantó un beso en la boca. Fue suave, húmedo y breve.
Demasiado breve, pensó Ron por un fugaz instante. Breve y diferente a los demás, que siempre habían estado repletos de mordiscos y habían sido agresivos y con sabor a sangre. A pesar de la preocupación, se enrojeció, se apartó y desvió la mirada avergonzado. Notaba como le quemaban las orejas. ¿A qué venía esa confesión? ¿Y ese beso? ¡Estaba loca de remate!
— Quédate aquí con ella y cuídala, Nott. Harry necesita mu ayuda— comentó intentando no pensar mucho en lo ocurrido y la dejó a cargo de Theodore.
Theodore asintió y abrazó a Pansy para que no se abalanzase sobre él.
— No pasa nada, Pansy— murmuró acariciándole el pelo como a una niña pequeña a la que le acababan de quitar su juguete favorito— Weasley volverá después.
— ¿De verdad?
— Sí, sí. Te lo prometo.
— ¿Pero es una promesa con meñique?— dijo alzando la mano.
— Sí…Paaansy… con meñique incluido.
Y Ron, sin mirar atrás y con la varita en la mano, se subió a la tarima donde ahora se encontraban Sirius, Harry y Neville junto al velo que permanecía en el centro. Habían conseguido aturdir a Rodolphus entre los tres, pero Bellatrix continuaba lanzando maldiciones sin parar.
—¡Expelliarmus!— gritó Harry, agotado, sin apartar la vista de su padrino. Tenía una sensación horrible, algo clavándose en su pecho, como si fuera a reventar de un momento a otro. No quería perder a nadie.
No podía.
Neville se interpuso.
— ¡Tú! ¡Déjalos en paz! — gritó señalando a Bellatrix con la varita—¡EXPELLIAR..!
—¡Expelliarmus!— se adelantó ella dejándolo desarmado.
Harry, Sirius y Ron fueron a intervenir pero no tuvieron la más mínima oportunidad porque Dolohov los interceptó para que no se entrometiesen.
Neville, a pesar de verse solo y desarmado, continuó mirándola con intensidad. La mujer, esbozando una sonrisa casi repugnante, se aproximó a él hasta a estar muy cerca. Sentía que aquel muchacho no le tenía miedo. Sentía su odio, clavándose en sus entrañas.
— ¿Es que no sabes quién soy?— dijo él con voz fría, sin apartar la mirada de sus ojos— Neville. Neville Longbottom, ¿te suena ese nombre? ¿Recuerdas a mis padres?
La mujer, de inmediato, soltó una carcajada.
Harry, Ron y Sirius aún continuaban luchando contra Dolohov y no sabían qué estaba pasando. Neville parecía acorralado.
— Vaya— rio Bellatrix clavándole la varita en el cuello, a punto de lanzar un maleficio— Sí, los Longbottom. Tuve el placer de conocerlos. Qué sorpresa. ¡A ver cuánto tardas en derrumbarte como ellos, asqueroso traidor a la sangre! ¡Crucio!
Neville se desplomó en el suelo, sintiendo la maldición en sus propias carnes. Aquella maldición que le traía tantos recuerdos del pasado.
Pensó en sus padres.
Ese dolor era el que habían experimentado. Una y otra vez, siendo torturados por no desvelar el paradero del señor Tenebroso.
— Tus padres fueron muy reacios— siseó sin dejar de apuntarle— ¡Crucio!
Neville se mordió el labio inferior al notar la nueva sacudida de dolor pero aún así miró a Harry, que no estaba muy lejos, gritando de la impotencia.
Sus padres nunca saldrían de San Mungo. Nunca regresarían a casa ni se recuperarían por culpa de ella. Por culpa de Bellatrix Lestrange.
Mordió su labio con más fuerza.
— ¡Crucio! — chilló ella entre risas— ¡Tus pobres padres suplicaron porque parase! ¡Suplicaron por volver con su hijo!
Neville, con la mejilla pegada al frío suelo rocoso de la tarima se percató de que su varita no estaba muy lejos. Las palabras de Bellatrix resonaban en su cabeza.
Quería matarla.
Quería que muriese por todo el dolor que había causado a su familia, pero... ¿estaba dispuesto a dejar su moral a un lado y lanzar un Avada Kedabra? Si lo hacía sería igual que ellos.
''Mátala''
— ¡Crucio!— chilló— ¡Nadie va a salvarte, Longbottom! ¡Vas a morir! ¡Solo! ¡Tumbado en el suelo! ¡Aplastado como si fueses un insecto!
Neville centró su vista en el velo del arco que se alzaba, justo detrás de Bellatrix. Escuchaba las voces. Las voces que provenían de aquel artilugio que le transmitía una sensación escalofriante.
''Mátala''
''Mátala''
''MÁTALA''
Y un recuerdo fugaz pasó por su mente.
La única vez que en su vida se enfrentó a Harry Potter y a sus amigos en primer curso. La noche en la que les impidió el paso para que no salieran de la sala común de Gryffindor y causasen más problemas a su casa. Y el maleficio que Hermione le lanzó a él, obligándole a estar tumbado sobre el frío suelo durante horas, paralizado, solo, como lo estaba ahora.
Tenía que redimir a sus padres. Tenía que luchar. Tenía que seguir con vida…por ellos.
Reuniendo todo el coraje que pudo, se incorporó y aprovechando que Bellatrix había bajado la guardia y se reía sin dejar de mirar a los mortífagos que aún seguían en pie dando a entender que iba a matarle, gritó:
— ¡Accio Varita!
Todo sucedió demasiado rápido. Bellatrix volvió a centrar su atención en él y lo apuntó con la varita para acabar de una vez por todas pero no pudo. Neville, impulsado por una fuerza superior, como si alguien le estuviese diciendo lo que tenía que hacer en cada momento, gritó: ¡Petrificus Totalus!— dejándola completamente paralizada. Y sin dudarlo, más seguro que nunca, levantó la pierna y con todas sus fuerzas le dio una patada, provocando que la mujer cayese de espaldas hacia atrás, justo a donde se encontraba el velo.
Silencio.
Silencio bajo aquel destello de varitas que no cesaba nunca. Silencio bajo una lluvia de hechizos que iluminaba aquella oscura sala con forma de anfiteatro.
Silencio.
Bellatrix cayendo a cámara lenta, sin mover ni un músculo de su cuerpo. Sin dejar de sonreír.
Y Neville volvió a la realidad de golpe. Volvió a escuchar las explosiones. Los gritos de dolor de algunos de sus amigos. Los gritos de Harry Potter a sus espaldas.
El tiempo volvió a arrancar.
Esperó. Esperó a escuchar el golpe del cuerpo de Bellatrix impactando contra el suelo al otro lado del velo, después de haber atravesado la rasgada cortina. Esperó con incertidumbre pero Bellatrix ya no estaba. Había desaparecido. Su cuerpo no estaba al otro lado del arco.
Y entonces lo comprendió. No iba a volver.
Sirius, consiguiendo aturdir a Dolohov de una vez por todas, se acercó a toda prisa con Harry y Ron.
— ¿Está… está…?— balbuceó Neville sin apartar la vista del arco.
— Está muerta. Es el velo de la muerte— explicó Sirius— Chico, ¿estás bien?
Neville no podía asimilar lo que ocurría.
— En serio, ¿no va a volver? —preguntó sintiendo que por fin sus padres habían sido redimidos. Un gran alivio se instaló en su pecho— ¿De verdad que está muerta?
— Sí. No va a volver, muchacho— murmuró Sirius, echando una ojeada rápida por la sala. Sólo quedaban Lucius Malfoy, Mcnair y Rabastan. El resto de aurores se habían encargado de la mayoría de mortífagos que yacían ahora en el suelo— Eres muy valiente. Podría haberte matado.
— ¡¿Neville, estás bien?!— gritó Harry, muy agitado. Había visto como sufría la maldición Cruciatus y se sentía culpable por no haber podido hacer nada.
— Sí. Sólo… un poco mareado— Neville se tambaleó, notando como le temblaba todo el cuerpo. Aún sentía punzadas. El dolor de la maldición— Es mejor que nos alejemos de aquí. Cualquiera de nosotros podría haber caído en el velo y haber muerto.
Sirius se tensó al escuchar aquellas palabras. No supo por qué, pero una ola de calor lo sacudió, sintiendo que las cosas podrían haber sido muy diferentes. Harry, en cambio, seguía intranquilo. Se fijó en que Draco y Hermione aún continuaban luchando contra Lucius.
Tenía que ayudarles.
— Harry, vete de aquí— le ordenó Sirius— Iros de aquí— dijo en general haciendo aspavientos a Ron y a Neville— El resto de aurores…
— ¡Pero…!— lo cortó Harry.
— ¡Harry! ¡Hazme caso! ¡Marchaos!
El chico no pudo negarse a la mirada suplicante de su padrino y viendo que la mayoría de sus amigos le necesitaban, obedeció. Entre Ron y él ayudaron a Pansy y a Theodore a ponerse en pie, y Neville y Ginny consiguieron levantar a Blaise.
Estaban perdiendo las fuerzas. Harry lo sabía. Podía percibirlo en los ojos de todos. Y no le emocionaba la idea de abandonar a Sirius.
Ni a Hermione. Ni siquiera a Draco Malfoy.
Pero no podía hacer nada, así que apresuradamente instó a todos a que lo siguiesen en dirección al Atrio. Confiaba plenamente en que su padrino salvaría a sus amigos.
— ¡Draco!— aulló Lucius por enésima vez. Estaba quedándose sólo y a pesar de que sus aliados le hacían frente a Weasley, a Tonks y a Remus Lupin, no iba a rendirse. No entendía el motivo por el que su hijo había cambiado pero a pesar de ello no quería que le sucediese nada y sabía que si no lo hacía entrar en razón, el señor Tenebroso le mataría.
Sin embargo, Lucius se percató. Se dio cuenta de que aquella sangre sucia amiga de Potter no se apartaba de él y de que su hijo se preocupaba más por el bienestar de ella que por el suyo propio. Draco siempre le había hablado mucho sobre ella, desde que había entrado por primera vez en Hogwarts, cada vez que volvía del curso y pasaba las vacaciones en casa.
El roce de sus manos no pasó desapercibido. Ni las miradas furtivas que ambos se dirigían como si de cálidas luces se tratasen.
Y entonces lo tuvo claro.
Hermione Granger era la razón de que su hijo ya no fuera el mismo. Ella era el motivo de que Draco hubiera cambiado sus ideales. Ella era la que lo había envenenado.
— Cómo has podido, Draco— siseó sosteniendo la varita— Con una sangre sucia.
Malfoy sintió un pinchazo en su interior. Algo que le advertía de un peligro inminente. El cambio de actitud de su padre se lo decía y más aún cuando vio como Lucius desviaba la varita para apuntar a Hermione.
No.
No iba a dejar que le hiciese nada.
—¡Avada Kedabra!— gritó sin dudarlo ni un segundo. La odiaba. Odiaba a la amiga de Potter. Ese ser inferior y abominable tenía que ser erradicado.
Tenía que eliminarla.
Como acto reflejo, Draco empujó con todas sus fuerzas a Hermione y ella cayó al suelo. La maldición pasó a escasos centímetros de su rostro, provocando que sintiese un escalofrío.
— Ni se te ocurra hacerle nada, padre— le advirtió, amenazante— Tendrás que matarme a mí antes.
— Draco, no quiero hacer esto…— murmuró Lucius, volviendo a apuntarle con la varita. Le estaba dando una última oportunidad pero sabía que ya nada podría ser igual. Su hijo se había convertido en un traidor a la sangre. Sin embargo, aún podía enmendar su error. Nadie, a parte de él y los otros aliados del señor Tenebroso sabían sobre la traición que su hijo había cometido. Si hacía que él se olvidara de todo, el mundo mágico desconocería la verdad— pero no me dejas alternativa.
— Qué vas a …— él se aterrorizó.
— ¡Obliviate!
Draco vio como el hechizo salía de la varita a toda velocidad, apuntando directamente a su corazón. Y a pesar de presenciar cómo se acercaba, se quedó completamente paralizado. Vio todo a su alrededor moviéndose a cámara lenta. A Hermione gritando, intentando interponerse y a su padre dejando escapar los últimos siseos que habían acompañado a aquel maleficio. Escuchaba el ruido amortiguado, reventando en sus oídos como la música que sonó en la discoteca del Londres muggle cuando estuvo encerrado en el cuarto de baño con Hermione.
Iba a…
Olvidarlo todo.
A ella.
Y a todos.
Para siempre.
—¡Protego!— exclamó Sirius causando que se formase una barrera a su alrededor en el último momento. Aún no comprendía qué hacía el hijo de Lucius Malfoy allí, con todos pero no había tiempo para explicaciones— ¡Márchate ahora! ¡Hermione, tú también!
— ¡Deja a mi hijo!— gritó Lucius comenzando a lanzar maldiciones.
— ¡Marchaos! — insistió— ¡Ya!
Draco, asustado, guardó su varita en el bolsillo y ayudó a Hermione rápidamente. Sin mirar atrás y esquivando maldiciones, salieron corriendo de aquel lugar y se dirigieron al Atrio. El eco de las pisadas resonaba con fuerza y sus respiraciones eran agitadas. Hermione nunca había estado tan asustada como en ese momento. Tenía que contarle a Draco lo que había visto en la sala de los Menesteres. No podía ocultárselo por más tiempo.
— Malfoy, espera— jadeó en la oscuridad del pasillo. Ambos podían reflejarse en los azulejos negros del suelo y tenían frío. Estaban perdiendo las esperanzas. Los dementores no debían de estar muy lejos — Tengo que decirte algo.
— No hay tiempo, Granger— siseó sin soltarla de la mano— Tenemos que encontrar a Potter. No podemos detenernos ahora.
— Pero…
— Ya casi estamos—dijo entrando en el ascensor.
Las puertas se cerraron bruscamente y comenzaron a subir a toda prisa hacia el Atrio.
Hermione, angustiada, se dejó caer contra la pared del ascensor.
— Antes de ir a buscarte esta noche a tu habitación, fui con Ginny a la sala de los Menesteres y…
Draco volvió a sacar la varita de su bolsillo como precaución y continuó escuchándola.
— Verás, fui a preguntar algo al espejo… algo que me preocupaba.
El ascensor se detuvo y ambos siguieron hacia adelante.
Se acercaban al Atrio. Podían escuchar el fluir del agua de la fuente.
— Qué preguntaste, Granger— dijo él, sin detenerse.
Veían unas siluetas al fondo.
— Pues… si alguien iba a morir esta noche. Y con alguien, me refiero a alguno de nosotros.
Harry Potter estaba allí.
— ¿Y cuál fue la respuesta?— indagó Draco, notando como un sudor frío le recorría, y no sólo por saber finalmente qué era lo que había estado atormentando a Hermione durante toda la noche, sino porque había conseguido visualizar a la persona que se encontraba frente a Potter.
Hermione no pudo responder porque lo que vio la dejó en silencio.
Lord Voldemort.
Estaba allí. Con Nagini. Apuntando a Harry con su varita. Los demás, atemorizados, se habían quedado algo apartados. Harry les había ordenado que así lo hicieran. La mayoría estaban gravemente heridos y necesitaban atención médica. La serpiente reptaba alrededor de ellos, lenta y peligrosamente, dispuesta a atacar si alguno de ellos se movía.
— Mierda— susurró Draco. No supo qué lo asustó más, si el hecho de que Voldemort hubiese dejado de centrar su atención en Potter y ahora lo estuviese mirando a él con sorpresa o que la duda de quién iba a morir esa noche irrumpiese repentinamente en su cabeza.
Aunque… no necesitaba llegar a una conclusión, porque él mismo sabía la respuesta. Por esa razón Granger estaba tan rara y ni siquiera podía mirarle a los ojos.
Porque era él.
Y la mirada de decepción de Voldemort se lo decía. No iba a salir de allí con vida.
— Draco… ayudando a Harry Potter— murmuró apuntándole peligrosamente con la varita. Voldemort se había percatado al instante. ¿Qué hacían si no, el hijo de Lucius y sus compañeros con los demás? No luchaban entre ellos. Claramente estaban protegiéndose los unos a los otros.
— Deja a Malfoy en paz— jadeó Harry, apuntándole con la varita— Es a mí a quien quieres, ¿no? Es a mí a quien deseas matar.
Voldemort soltó una carcajada pero continuó apuntando a Draco. Hermione no sabía qué hacer pero estaba segura de que hiciera lo que fuese, iba a ser contraproducente. Voldemort podía quitarles de en medio a todos en un abrir y cerrar de ojos y que apuntase a Draco con tanto odio, la estaba volviendo loca.
El espejo.
Aquella visión… ¿iba a cumplirse?
— Harry…Potter— dijo Voldemort entre risas— Has venido a morir. Pero antes… antes tengo que deshacerme de los traidores. De los que se han opuesto a mí. Y tú vas a tener el placer de presenciar cómo lo hago.
Los demás, en cambio, miraban fijamente a la serpiente, que continuaba reptando a su alrededor, pensando cuál iba a ser la presa por la que iba a empezar. Ella estaba deseando que su amo diese la orden.
Ginny apretó la mandíbula con fuerza. Nagini era un Horrocrux. Todos, menos Pansy, lo sabían. Tenían los colmillos de basilisco para acabar con ella. Sólo necesitaban tiempo.
Algo de tiempo.
Y una pequeña distracción. Sólo eso.
— Draco, me has decepcionado— siseó Voldemort nuevamente, ignorando a Harry Potter— Esto tendrá consecuencias. No sé qué habrá pasado para que hayas acabado aliándote con el enemigo, pero no importa. Ya no importa. Voy a acabar contigo ahora mismo y cuando no quede nada de ti, lo haré con tus padres y… ¿sabes lo que haré con ellos más tarde?— rio mirando repentinamente a Nagini.
— Mis padres no tienen la culpa— le espetó Draco sin poder mirarle directamente a los ojos— Yo tomé una decisión hace tiempo. No pienso obedecer ninguna orden nunca más. De ninguno de vosotros.
— ¡Silencio!— gritó Voldemort furioso por ver que no había atisbo de respeto en sus palabras. Ni respeto, ni miedo. Lo que más ansiaba era acabar con Harry Potter de una vez por todas, pero no podía dejar estar que el hijo de uno de sus mayores aliados lo hubiera traicionado. Tenía que acabar con él.
Y luego ya se encargaría de Potter.
—¡Avada Kedabra!— gritó con todas sus fuerzas y una luz verde iluminó el Atrio. A Hermione se le dilataron las pupilas al ver que la maldición imperdonable iba dirigida a Draco.
Sabía lo que precedía después y no se sentía preparada. Ni siquiera estaba lo suficientemente cerca como para impedir que recibiese el maleficio. Aún recordaba su silueta reflejada en el espejo. La silueta que le decía adiós, que se iba alejando, sumiéndose en las sombras de aquel cristal para no volver nunca más.
—¡No!— chilló antes de que el destello los cegase por completo.
Silencio.
Hermione cerró los ojos. Escuchaba las respiraciones de todos. Inspiró pesadamente, cogiendo aire con dificultad.
No podía, no quería verle. No quería verle muerto, tumbado en el frío suelo.
Harry comenzó a gritar.
Hermione no podía enfrentarse a la realidad, no quería abrir los ojos nunca más pero por algún motivo, al escuchar los persistentes sollozos de Harry y los gritos de Ron y Ginny, fue levantando los párpados lentamente, notando como perdía la poca fuerza de voluntad que le quedaba. Había sentido una ráfaga de viento repentina y un murmullo a lo lejos. Una voz que se había ido perdiendo poco a poco conforme Voldemort había lanzado la maldición imperdonable.
Había sido sutil. Suave.
Pero las palabras no estaban claras dentro de su cabeza.
— ¡No!— gritó Harry—¡No!
Hermione abrió los ojos, tambaleándose, sintiendo que iba a vomitar de un momento a otro. Centró la vista rápidamente en el lugar donde estaba Draco. Y lo vio.
Tumbado en el suelo.
Pero… una silueta borrosa yacía junto a él.
— ¡Profesor Dumbledore!— volvió a gritar Harry.
Y entonces, las palabras cobraron sentido junto a aquella voz que había resultado tan familiar a Hermione.
'' Has cometido una estupidez viniendo aquí esta noche, Tom''— había dicho Albus Dumbledore justo antes de interponerse entre la maldición imperdonable y Draco Malfoy.
Harry se derrumbó junto al director y comenzó a zarandearle con desesperación, queriendo que reaccionase.
— ¡Profesor Dumbledore! ¡Profesor! ¡Por favor, profesor! ¡Despierte!
Y Hermione lo entendió. Miró a Draco, que yacía aterrorizado en el suelo, asimilando lo que estaba sucediendo. Dumbledore le había salvado. Había dado su vida por él.
— No puede ser— susurró Blaise sentado en el suelo, sin dejar de sujetar a Ginny— Dumbledore está muerto. Dumbledore está muerto. Joder.
''Dumbledore está muerto.''
Hermione notó como las lágrimas comenzaban a brotar y se sintió inmensamente culpable porque una parte de ella estaba aliviada por el hecho de que Malfoy aún siguiese con vida, de que Draco Malfoy no fuese la persona que había muerto.
''Eres despreciable. De lo peor. Una egoísta de mierda''
Intentando reaccionar, se acercó tambaleándose a Draco y lo ayudó a ponerse en pie con manos temblorosas.
— Estás vivo— era lo único que salía por sus labios. Despreciable.— Estás vivo.
Draco no dijo nada. No pudo hacerlo. No podía apartar la vista del profesor al que había insultado y maldecido durante tantos años. Y ahora, después de tanto tiempo sintiendo repulsión hacia él, Dumbledore le había salvado la vida. Se sintió miserable.
— ¡Voy a matarte! — gritó Harry notando como la ira iba envenenándole por dentro. No entendía nada. Por qué. Por qué había aparecido el profesor Dumbledore en ese momento.
No podía estar muerto.
Estaba cansado. Agotado. Había perdido a muchas personas por culpa de Voldemort.
Albus Dumbledore lo había acogido desde que llegó a Hogwarts, y en parte, gracias a él, había sentido que tenía un hogar. Un hogar al que regresar todos los años. Y ahora, Dumbledore permanecía tumbado en el frío suelo del Atrio, reflejándose en aquellas oscuras baldosas. Sus ojos se habían apagado y su piel cada vez estaba más fría. No se movía ni respiraba y Harry conocía esa expresión. Era la misma que vio en Cedric, cuando su corta vida llegó a su fin. Todos los recuerdos que había estado intentando olvidar volvieron a su cabeza de golpe, aporreando la puerta de su mente, queriendo irrumpir en su vida de nuevo como un invitado no deseado.
Como pudo se puso en pie y alzó la varita. Miró a Dumbledore una vez más y se fijó en que tenía una mano completamente ennegrecida, como si se le hubiera encangrenado, pero para Harry, ya no importaba nada. Ni siquiera su propia vida. Porque supo que si Voldemort hubiese acabado con él aquella noche, cuando era aún un bebé no hubiesen muerto ni Cedric Diggory ni Albus Dumbledore. Ni nadie.
Él tenía la culpa.
La culpa de absolutamente todo.
Sabía que no iba a lograr matar a Voldemort, que aún era demasiado fuerte, que aunque consiguiese deshacerse de Nagini, no había encontrado el anillo pero... aún así se sorprendió en cuanto se percató de que los demás se habían situado tras él y habían sacado sus varitas. Incluso Zabini que yacía sentado en el suelo, con la pierna destrozada, la tenía en la mano.
Voldemort continuaba riendo sin parar, sin creer lo que acababa de ocurrir.
— ¡Dumbledore ha muerto!— gritó eufórico— ¡Ha muerto! ¡Y tú serás el siguiente, Potter!
Sin embargo, Voldemort no entendía por qué Dumbledore había aparecido repentinamente y no había puesto resistencia alguna a la maldición pero justo en ese momento, recordó la noche en la que eliminó a los Potter y se quedó gélido. Aquella noche, la madre de Harry había protegido a su hijo, y por culpa de su sacrificio él había sido derrotado. Si intentaba matar a Draco Malfoy ahora, podía correr la misma suerte, así que decidió centrarse en la persona de sus pesadillas.
En la persona que tenía justo delante, desafiándole con insolencia. Ya vería qué hacía con Draco Malfoy más tarde.
— ¿Piensas que puedes derrotarme, Potter? — siseó levantando la varita, con una sonrisa cínica, haciendo un movimiento exquisito con su túnica, quitándole importancia a los últimos pensamientos que acababa de tener. Ellos no sabían. No entendían todo lo que había hecho para seguir con vida.
Nunca conocerían su secreto. Ni donde los había escondido.
— Sé que me quieres a mí— dijo Harry muy serio— Deja a mis amigos en paz y seré tuyo.
Voldemort soltó una carcajada.
— ¡Harry, ni se te ocurra! — gritó Ronald Weasley.
— ¡Cállate, Ron!— lo advirtió Harry, sin apartar la vista de Voldemort— Es muy sencillo, ¿no? Él desea acabar conmigo, así que le voy a dar lo que quiere, lo que ha ansiado durante tantos años.
— ¡No digas tonterías, Harry! ¡Nos matará a todos y lo sabes!— dijo Ginny con desesperación, intentando que entrase en razón.
Neville, en cambio, continuaba centrando su atención en la serpiente, apretando con fuerza el colmillo que tenía dentro del bolsillo de sus pantalones.
Harry no escuchó a sus amigos y fue bajando poco a poco la mano en la que tenía la varita. Había algo que no paraba de dar vueltas en su cabeza como un carrusel y es que cuando preguntó por los Horrocruxes en el espejo, se había visto reflejado a sí mismo.
¿Él era el elegido? ¿Él era el único que podía derrotar a Voldemort? ¿Por ese motivo aparecía su silueta en el espejo? Esas eran las preguntas que se había hecho desde un principio pero ahora... ahora comenzaba a atar cabos. Ahora todo tenía sentido.
Y si él…¿era un Horrocrux?
Aunque pareciera imposible, la idea no dejaba de golpear en su pecho. Si estaba en lo cierto, tenía que dar una oportunidad a sus amigos para que pudiesen derrotar a Voldemort aunque eso significase que él acabara muerto. Por mucho que todos los Horrocruxes estuvieran destruídos, si él realmente era uno de ellos, mientras siguiera con vida nunca se desharían de Voldemort.
Para él... era el final.
Todo había acabado.
Voldemort sonrió en cuanto vio que el chico se rendía y cerraba los ojos, a la espera de recibir el maleficio.
— ¡No te preocupes, Potter!— exclamó apuntándole con la varita— Será rápido. ¡Avada Kedabra!
Los gritos de todos sus compañeros se esfumaron, la luz se convirtió en oscuridad y notó como el mundo que había a su alrededor dejaba de tener sentido en cuanto sintió la maldición imperdonable atravesando su corazón. Su varita, algo frágil de tantas batallas, cayó al suelo y se resquebrajó por la mitad. Y luego, él, sintiendo como sus rodillas iban aflojándose, terminó tumbado en el frío suelo.
Y en silencio.
No supo cuánto tiempo pasó, quizá horas, meses, años, pero Harry, algo aturdido y desconcertado, después de una larga oscuridad, despertó en el lugar que menos hubiese imaginado.
La estación de King Cross.
No había nadie a excepción de él y había tanta luminosidad que no podía ver con claridad, pero pese a ello hizo un gran esfuerzo, se puso en pie forzosamente y comenzó a caminar sin rumbo. Confundido y algo asustado, se dio cuenta de que algo o más bien la silueta de alguien, se vislumbraba a lo lejos. Conforme fue acercándose pudo ver claramente de quién se trataba.
Dumbledore.
Entonces dedujo que había muerto.
— Harry…— dijo Albus con voz solemne— Eres un chico maravilloso. Muy valiente… Demos un paseo.
Y Harry no contestó. Qué importaba. Simplemente asintió y se aproximó a él. Durante unos momentos se dedicaron a pasear en silencio, observando aquel lugar que parecía un paradero entre dos mundos. Tenía la sensación de que esperaba algo o a alguien y no sabía por qué. Quizás un tren.
— Profesor Dumbledore, supongo…— se atrevió a decir después de un largo silencio— supongo que he muerto.
El director continuó caminando y se rio suavemente, con algo de desánimo.
— ¿Muerto? Yo no lo diría así, Harry.
— Pero… lo recuerdo perfectamente, Voldemort ha acabado conmigo. He notado como la maldición golpeaba en mi pecho. He notado como todo a mi alrededor desaparecía. He notado ese frío. Ese vacío.
— Te equivocas, Harry. Y creo que no hace falta que yo te lo explique. Creo que tú mismo has llegado a una conclusión de lo que había dentro de ti.
Harry supo de inmediato a qué se refería. Claro que lo sabía. En realidad siempre lo había sabido, pero no lo había querido aceptar, no hasta ahora. ¿Pero acaso Dumbledore también estaba al tanto de la existencia de los Horrocruxes?
— Yo era un Horrocrux, ¿verdad? Por eso mi imagen salía constantemente reflejada en el espejo. Ese era el motivo. Pero, ¿usted... estaba al corriente de todo esto? ¿Usted sabía todo lo de los Horrocruxes?
— Te debo muchas explicaciones, Harry— dijo el director— pero primero, empezaré desde el principio. La noche en que Voldemort mató a tus padres e intentó acabar contigo, creó un Horrocrux más. Un Horrocrux no deseado. Y ahora mismo lo que acaba de destruir es una de las pocas partes de su alma que quedaban. Pero la tuya sigue intacta, Harry. No puede acabar contigo porque cuando lo intentó aquella noche, cuando tú aún eras un bebé, tomó tu sangre pensando que lo fortalecería y lo único que consiguió fue introducir una parte de la protección que tu madre te hizo al morir en tu lugar. Su cuerpo mantiene vivo el sacrificio que hizo tu madre para salvarte. Por esa razón tú sigues con vida.
A Harry le daba vueltas la cabeza. No entendía nada.
— ¿Y qué pasa con Malfoy? Usted… lo ha protegido. ¿Pasará lo mismo con él?
— Sólo he evitado que otro alumno inocente muriese, Harry. Draco es un buen chico y sé que ahora estará bien. No te lamentes por mí. Yo hubiera muerto aunque no hubiera intervenido. Lo sabía desde hacía un tiempo.
Harry se detuvo en seco y lo miró fijamente.
— ¿Por qué?
El profesor Dumbledore le tendió la mano aún ennegrecida para enseñársela. Y entonces, Harry se dio cuenta de un detalle que había sido desapercibido para él.
Hasta ahora.
En ella llevaba un anillo. Un anillo que juraría haber visto antes reflejado en un espejo.
— No puede ser. ¿Cómo lo ha...conseguido?
— Harry... han pasado muchas cosas a lo largo de este año. Sospechaba que Voldemort había encerrado parte de su alma en algunos objetos desde hacía mucho tiempo. Yo fui quien dejó el espejo en la sala de los Menesteres para que vosotros lo descubriéseis porque mi presencia en Hogwarts no era bien recibida con todos los problemas que hubo con Dolores. Era la mejor forma para comunicarme, debido a todo lo ocurrido a lo largo del curso. Este anillo fue difícil de encontrar, Harry. Muy difícil. Pero fue aún más difícil de destruir. La maldición fue extendiéndose rápidamente a lo largo de los meses y era irreversible. Sólo el profesor Snape estaba al corriente de ello.
— ¡¿Snape sabía todo lo que estaba pasando?! — preguntó Harry sorprendido y algo molesto.
— Sí, él estaba al corriente. Es más, Severus está de camino, Harry. El pequeño ser de tu compañera Luna Lovegood, Oníria, es fascinante. Ha conseguido rastrearme, encontrarme y avisarme a tiempo de todo lo acontecido y de que estábais aquí. Maravillosas son estas criaturas. Si no llega a ser por Oníria, probablemente Draco Malfoy estaría muerto ahora mismo y vosotros no hubierais sabido que yo me había encargado del anillo.
— Es decir, que si usted destruyó el anillo y alguien acaba con Nagini...
— Voldemort volverá a ser vulnerable— terminó la frase Dumbledore por él— Harry, escúchame, eres una persona extraordinaria. Sé que todo saldrá bien.
Harry contuvo las lágrimas.
— Pero...le he perdido a usted.
— He tenido una vida larga, Harry. No estoy orgulloso de algunas decisiones que tomé durante mi juventud pero creo que ha sido más que suficiente para mí. Tus amigos te necesitan. Tú decides ahora si coger el tren que está apunto de llegar o volver con los demás. Sé que tomarás la decisión correcta.
Harry esbozó una sonrisa falsa, sintiendo un dolor punzante en su corazón. Sabía que esa sería la última vez que le vería.
— Ni siquiera sé si todo esto es real o está pasando dentro de mi cabeza— comentó confuso.
Albus Dumbledore sonrió por última vez.
— Claro que está pasando dentro de tu cabeza, Harry, pero eso no significa que no sea real.
Harry también sonrió, dando un paso hacia atrás, alejándose del andén, observando como la silueta de Dumbledore se volvía borrosa.
Dio otro paso hacia atrás.
Tenía que acabar con Voldemort. Sabía que sólo iba a tener una oportunidad. No podía cometer ningún error, si no... la muerte de Albus Dumbledore habría sido en vano.
Un paso más.
Una intensa luz lo envolvió.
Poco a poco, Harry sintió que recobraba de nuevo el sentido, pero no abrió los ojos. Aún yacía tumbado en el suelo, no muy lejos del cuerpo sin vida de Dumbledore. Escuchaba las risas sibilinas de Voldemort, escuchaba los gritos de Ron, escuchaba la pura agonía en el llanto de Hermione. Quería levantarse y decirles a todos que estaba bien, pero no debía hacerlo.
Aún no. Su varita estaba destrozada aunque era consciente que la de Dumbledore no se encontraba muy lejos. Podía usarla, pero tenía que esperar al momento adecuado.
— ¡Harry Potter está muerto! ¡Harry Potter está muerto!— gritaba Voldemort eufórico. Ya sólo quedaba un obstáculo en su camino.
Terminar con la vida de Draco Malfoy. A partir de ahora, todos le temerían. Nadie le contradeciría.
Nunca.
Pero él no iba a acabar con el chico. No iba a cometer el mismo error que aquella noche, años atrás. Esta vez iba a ser más precavido. Lo haría otro por él. Así no correría riesgos de ningún tipo. Sólo tenía que elegir una víctima, y si se negaba... usaría la maldición Cruciatus.
Y entonces la vio. A la amiguita de Harry Potter. La sangre sucia inmunda, que no se apartaba de su lado. No dejaba de abrazarle. Y comenzó a sentir repulsión. Cómo un ser como ella osaba tocar a alguien de sangre pura. Cómo él, Draco Malfoy... siendo sangre pura osaba estar con un ser tan inferior.
Cuánto más los observaba más asco experimentaba. Más odio sentía. Más rabia notaba en su interior.
Tenía que acabar con ellos.
— Tú— dijo con desprecio apuntando a Hermione con la varita. Los demás se quedaron en silencio, aterrorizados— Levántate ahora mismo y saca tu varita.
Hermione no se atrevió a mirarle a los ojos. Notaba la ira y la frustración en cada parte de su ser. Harry estaba muerto. Y ella iba a ser la siguiente.
Lo sabía.
Pero había algo que no comprendía. Cuando ella preguntó al espejo si iba a morir alguien, sólo apareció la imagen de Malfoy reflejada en el cristal. De nadie más. En ningún momento había visto la imagen de Harry.
¿Acaso… el espejo se había equivocado?
Miró de soslayo a su amigo por última vez. No se movía.
Estaba muerto.
— ¡Sangre sucia inmunda! ¡Apunta a Draco con tu varita!
Hermione, desolada y sintiéndose contra la espada y la pared, notó como le resbalaban las lágrimas por las mejillas. No hacía falta ser muy inteligente para averiguar las intenciones de Voldemort. Si se negaba a obdecerle, la obligaría a hacerlo, la torturaría o usaría la maldición Imperius. No tendría más remedio... pero nunca se hubiera imaginado que ella sería la que acabaría con Draco Malfoy. Por mucho que se resistiese, no iba a lograr evitarlo. Y notaba que su voluntad se había resquebrajado. Había visto como uno de sus mejores amigos moría delante de sus propios ojos. Por no hablar de Dumbledore, a quien había admirado durante tantos años.
Muy despacio alzó la varita y apuntó a Draco Malfoy.
Draco la miró a los ojos y sonrió con tristeza conteniendo las ganas de llorar. Sabía que era el fin, pero al menos, quería que esa fuera la última imagen que tuviera Hermione de él. Sonriendo. Sin miedo.
Harry, poco a poco, fue levantando los párpados y se fijó en que Voldemort estaba demasiado distraído observando a Draco y a Hermione como para darse cuenta de que él aún seguía vivo. Es más, podía percibir cierto odio en la mirada del que no debía ser nombrado, como si no comprendiera el tipo de sentimientos que había entre sus amigos, como si le resultasen repugnantes.
Tenía poco tiempo para actuar.
Era ahora o nunca.
Lentamente, se arrastró hasta llegar al cuerpo de Dumbledore y cogió su varita. Voldemort se dio cuenta y desvió rápidamente la suya, apuntando en su dirección, sorprendido. No entendía por qué Harry Potter seguía con vida. Estaba casi seguro de que el hechizo había impactado de pleno contra su cuerpo. Repentinamente, empezó a sentirse intranquilo porque había perdido el control de la situación, algo que no le sucedía desde hacía años. Desde aquella noche en el Valle de Godric. Así que dominado por la ira, apretó los dientes y gritó de nuevo:
— ¡Avada Kedabra!
Harry apuntó en dirección a él con la varita de Dumbledore.
— ¡Expelliarmus!
Y la gran sala se iluminó de un fogonazo. Podían verse las luces que salían despedidas de ambas varitas. El verde y rojo iluminaban toda la estancia. Y el frío y oscuro suelo brillaba.
Voldemort sujetó su varita con fuerza al notar que Harry Potter le impedía llegar hasta él con su imperdonable. Sólo necesitaba concentrarse un poco más pero lo único que quería Harry era entretenerle. Confiaba en que la conversación que había tenido con Dumbledore era real. Después de todo, él seguía vivo así que si Dumbledore le había dicho que Severus iba de camino, sólo tenía que esperar. Y sabía que esta vez la maldición lo mataría, así que no apartó ni un segundo la vista de Voldemort, ni siquiera para mirar al resto de sus compañeros, que no daban crédito a lo que estaban presenciando.
Hermione estaba tan sorprendida que dejó caer su varita al suelo. Harry estaba vivo. No entendía cómo ni por qué. Ni siquiera sabía si todo aquello era real, pero... seguía con vida. Era lo único que importaba.
Sin pensarlo, corrió hacia Malfoy y lo ayudó a levantarse. No tenía ni idea de cómo iban a poder acabar con Voldemort cuando prácticamente era inmortal si no habían sido destruídos todos los Horrocruxes, pero tenían que intentarlo. Neville Longbottom se puso en pie rápidamente, sacó el colmillo de basilisco y miró a Nagini con intensidad.
Era el momento. Voldemort no podía hacer nada. Estaba demasiado ocupado luchando contra Harry. Era su oportunidad pero justo cuando se impulsó a tomar la decisión para lanzarse contra la serpiente, notó como alguien se aparecía entre las sombras y le arrebataba el colmillo de la mano con brusquedad sin que él pudiera hacer nada. Y lo siguiente que vieron todos, incluido Voldemort, fue a Severus Snape. El profesor de pociones, con el colmillo del basilisco que le había quitado a Neville, se acercó a toda prisa a la serpiente que reptaba al acecho y se lo clavó en la cabeza sin ningún atisbo de duda.
Nagini intentó atacar pero Severus había sido demasiado rápido. La serpiente empezó a retorcerse violentamente.
Lord Voldemort perdió el control en ese momento. Lo entendió. Absolutamente todo.
¿Acaso habían descubierto su secreto? ¿Habrían hecho lo mismo con el resto de Horrocruxes?
Harry sonrió cuando vio que Voldemort comenzaba a dudar y aflojar el agarre de su varita. Había bajado la guardia por completo. Su hechizo, cobró fuerza, comenzando a tomar el control, a devolver poco a poco el Avada Kedabra en su dirección.
Voldemort se sentía completamente obnubilado. Sólo podía pensar en cómo habían averiguado lo que él había estado ocultando tan cuidadosamente durante años. ¿Cómo era posible? Lo que sí tenía claro era que no podía dejar que unos estúpidos críos acabasen con él después de todo lo que había conseguido pero para cuando quiso darse cuenta, era demasiado tarde.
Harry apretó con fuerza la varita de Dumbledore terminando de romper la barrera entre él y Voldemort hasta que logró que el propio Avada Kedabra del señor Tenebroso regresase de vuelta al lugar de dónde había venido. Poco a poco, la varita de Voldemort empezó a resquebrajarse, dejando pasar aquella luz verde.
Voldemort notó como el hechizo volvía hacia él. Primero lo sintió en su varita, más tarde en las yemas de los dedos y finalmente, impactando contra el resto de su cuerpo. Y sólo entonces, el que una vez fue Tom Riddle comprendió que no sólo habían acabado con Nagini. Cuando notó aquel escalofriante frío tan reconocible que había experimentado años atrás, entendió que habían destruído todos y cada uno de los Horrocruxes y él no había sido consciente de ello.
Se encontraba mal y no podía respirar. Poco a poco, debilitado, cayó de rodillas al suelo.
En ese momento volvió a mirar a Nagini, inerte, en el suelo. Estaba muerta. Alzó la vista y vio a Severus Snape.
— Severus...— pero ya ni siquiera podía hablar. Se desvanecía.
Todos le habían traicionado, de alguna manera.
Siempre había estado solo. Su piel también empezó a agrietarse como su varita. Miró por última vez a Harry Potter y vio cómo sus amigos corrían hacia él.
Todo se volvía borroso. Y ya ni siquiera podía distinguir las siluetas.
Y justo ahí. Cuando Voldemort estaba saboreando su propia muerte, comprendió por primera vez en su vida cual era la diferencia entre aquel chico y él.
Harry Potter...nunca había estado solo.
Exhaló dejando escapar su último aliento. Su cuerpo comenzó a consumirse y todos los allí presentes vieron como se esparcía por el aire como si fuera ceniza y desaparecía hasta no quedar nada de él.
Silencio.
Harry se tambaleó. Notaba un pitido insoportable en los oídos. Vio que Hermione intentaba abrazarle, que Ron le zarandeaba para que reaccionase, que Draco y los demás le miraban con preocupación pero simplemente suspiró, cerró los ojos y se desplomó, perdiendo el conocimiento.Y lo último que vio antes de que todo se volviera oscuro fue a los miembros de la Orden a lo lejos y al Ministro de magia, Cornelius Fudge, llegando a toda prisa al Atrio.
La batalla había terminado.
Habían pasado semanas desde la batalla contra Voldemort y los mortífagos en el Ministerio de Magia y a pesar de que El que no debía ser nombrado había muerto, de que Harry ya no sentía dolor en la cicatriz, de que Blaise podía volver a caminar sin problemas gracias a los cuidados intensivos de Madame Pomfrey o de que las heridas de Hermione, Draco y el resto iban desapareciendo, aún quedaban cicatrices.
Demasiadas cicatrices.
Esas cicatrices en cada uno de ellos, que calaban hondo y que no se esfumarían fácilmente. Algunas, de hecho, habían sido tan profundas que permanecerían por siempre en sus corazones.
La muerte de Albus Dumbledore había afectado enormemente a todos. Al mundo mágico en general.
Y sobre todo, a Harry.
El entierro se había llevado a cabo en los terrenos del castillo, y Harry, conforme habían ido transcurriendo los días, había sido constantemente el centro de atención de El profeta, sólo que ahora que por fin Cornelius Fudge había presenciado todo lo ocurrido, los medios ya no estaban en su contra. Así que las últimas semanas habían sido muy complicadas. No sólo para Harry, sino para todos. Draco y algunos de sus compañeros, entre ellos Vincent o Theodore, habían tenido que acudir al Wizengamot y ver cómo, después de un largo debate, decidían mandar a sus padres a Azkaban de por vida.
Malfoy estaba desolado, roto... porque sentía que había perdido una parte de él, que había perdido a su padre. Para siempre. Pero por otro lado, ya no tendría que ser lo que su padre esperaba que fuese. Ya no tendría que ser un mortífago ni tendría que preocuparse porque Lucius aceptase su relación con Hermione Granger.
Narcisa Malfoy, en cambio, destrozada por todo lo sucedido, había dejado de dirigirle la palabra su hijo, y Draco sabía que iba a tener que esperar para confesarle que tenía una relación con Hermione Granger. Sabía que ella no lo iba a aprobar, pero al menos era más tolerante que su padre y tenía la esperanza de que acabara resignándose y comprendiera sus sentimientos algún día.
En cuanto a Hermione, permanecía sentada en un banco junto a la entrada de Hogwarts con las demás chicas, conversando tranquilamente. Era el día en el que se estaban llevando a cabo los TIMOS y se podía palpar bastante estrés en el ambiente. Harry, al otro lado del patio, algo alicaído, hablaba con Daphne Greengrass sobre Severus Snape, asegurándole que tenía una charla pendiente con él por todo lo ocurrido pero que no encontraba el momento. A pesar de su tristeza, parecía estar algo sonrojado mientras conversaba con ella.
Pansy Parkinson se encontraba no muy lejos de él. Sin embargo, ella no hablaba. Más bien gritaba y no dejaba de discutir con Ron, asegurando por enésima vez que todo lo que había confesado semanas atrás de que le quería y de que era muy guapo, lo había dicho por culpa de la maldición. Y en cuanto a Neville Longbottom estaba teniendo una conversación con Hannah Abbott y ella, parecía no tenerle miedo por fin después de haber leído sus grandes hazañas y cómo había acabado valientemente con Bellatrix Lestrange.
— ¿Cómo creéis que les habrá ido a Malfoy y al resto? — preguntó Ginny con curiosidad, sentándose junto a Hermione en el banco de piedra. Estaban esperando a que Blaise y el resto llegasen. Crabbe y Goyle aún continuaban examinándose en el Gran Comedor, pero los demás estaban en su habitación organizando algunas cosas. La pelirroja miró desde lejos a su hermano y se dio cuenta de que ya estaba morreándose otra vez con Pansy como si nada, como si no hubiesen discutido momentos atrás. Suspiró de puro aburrimiento. ¿Cuándo iban a admitir que en el fondo se gustaban?
Hermione se encogió de hombros, indecisa.
— Supongo. Malfoy no habrá tenido ningún problema en Pociones. Pero... yo no estoy muy satisfecha del todo. No me ha ido muy bien.
Lavender resopló, harta de que su amiga se quejase cada vez que salía de algún examen.
—¡No digas tonterías, Hermione! Seguro que después tienes Extraordinarios en todo.
Parvati soltó una risita sin dejar de mirar hacia la entrada del castillo, deseando que Gregory apareciese para ver cómo le había ido.
— Sí, sí. Siempre dices lo mismo.
— Al menos Luna y yo no tenemos que hacer los TIMOS hasta el año que viene— suspiró Ginny con alivio— ¿Tan duros son?
— Sí, son…horribles— dijo Parvati con ansiedad— Yo estoy un poco asustada con los resultados.
Luna sonrió y acarició suavemente a Oníria que descansaba sobre su hombro, moviendo sutilmente las alas. Ella permanecía de pie, ansiosa porque Theo llegase. Sabía lo que había sufrido las últimas semanas por la ruptura de la relación con su padre. Hasta que sus amigos no regresaron de la batalla del Ministerio, Theodore no le contó con detalle todo lo que había sucedido con su madre años atrás. Y habían sido días muy duros para él. Y para ella... que lo había apoyado en todo momento.
— Por cierto, Hermione— dijo sin dejar de acariciar a Oníria— Ya va siendo hora de que llames a Malfoy por su nombre, ¿no crees?
Hermione tosió con nerviosismo.
—Eh, lo sé. Es que aún, me estoy acostumbrando… me resulta difícil, creedme.
Todas se rieron con fuerza.
— Esto... y ahora, ¿qué vais a hacer? — preguntó Ginny algo preocupada— Me refiero… a qué vais a hacer Malfoy y tú ahora que prácticamente todo el mundo sabe lo vuestro. Bueno, todo Hogwarts. ¿Lo vais a hacer…oficial? Yo creo que al final podré quedar con Blaise en verano porque cuando pasó lo del Ministerio y mi padre vio como me salvaba, entró en razón, así que no creo que nos prohíba vernos. Menos mal. Aunque mi madre sigue un poco cabreada. Ya sabéis como se pone con cualquier cosa, pero se le pasará.
Hermione se preocupó ante la pregunta. Hacía tiempo que estaba evitando pensar en ello. ¿Qué iban a hacer Draco y ella ahora que todo por fin había terminado? Sabía que él iba a tener problemas por estar a su lado. Problemas, sobre todo, con su familia. Aunque Lucius estuviera en Azkaban y no pudiera dirigir su vida, Draco sufriría un rechazo por parte de sus otros familiares. No iba a ser nada fácil, desde luego. Y ya de por sí le resultaba duro ir cogida de la mano de él por todo Hogwarts o que se sentase con ella en la mesa de Gryffindor porque muchos de los alumnos no habían asimilado su relación y los juzgaban constantemente. A ellos y a los demás.
— No lo sé, Ginny. El tiempo lo dirá.
— Pues sí— afirmó Lavender esbozando una sonrisa alentadora, intentando quitar tensión a la conversación— Es mejor no pensar en ello ahora. Aún nos quedan días de clase. ¡Y yo al menos voy a aprovecharlos para pasar tiempo con mi Cormy antes de que empiecen las vacaciones de verano! ¡Vosotras deberíais hacer lo mismo!
Hermione sonrió con tristeza. Ella también quería pasar sus últimos días con Draco Malfoy. Y con ellas. Con todos, en general. Nunca olvidaría ese curso ni todo lo que había vivido. Y quería sincerarse. Que ellas supiesen lo mucho que las iba a echar de menos ese verano. Sin embargo, cuando despegó los labios para hacerlo, pasaron unas alumnas de Ravenclaw, bastante molestas. Iban en grupo y por las apariencias, eran de tercer o cuarto curso.
— De verdad, menudos… idiotas— dijo una de ellas metiéndose detrás de la oreja el mechón del poco pelo que le quedaba en la cabeza, con estrés. Lo tenía completamente chamuscado— Y dicen que Draco Malfoy es insoportable, pero al menos ahora él se sienta con los de Gryffindor en el Gran Comedor y sonríe como un tonto todo el rato. Los amiguitos de Cassius Warrington y Adrian Pucey son mucho peor. Mirad lo que me han hecho esta vez.
— Es que siempre están fastidiando a todo el mundo. A mí me dejaron encerrada en clase de Pociones el otro día y cuando vino el profesor Snape, me castigó y me quitó cincuenta puntos. Pensaba que iba a robar poción multijugos. Por lo visto, no es la primera vez que ocurre. Imaginaos lo mal que lo pasé. Por si fuera poco, los de mi casa se enfadaron conmigo y no me creyeron— añadió la más alta, sin dejar de fruncir el ceño— Deberíamos devolvérsela de una vez. Lástima que no sepamos la contraseña de la sala común de Slytherin para colarnos por la noche y darles su merecido mientras duermen. ¿Os imagináis? La cara que pondrían esos imbéciles...
La alumna del pelo chamuscado, algo alicaída y bastante molesta, se rio con ironía.
— Te has vuelto loca. ¿Cómo vamos a entrar ahí? Si nos pillasen nos expulsarían. A veces pienso que deberías haber estado en Gryffindor y no en Ravenclaw. Deja de decir gilipolleces antes de que alguien te escuche. Al final nos castigarán. Otra vez.
Y así, como si nada, se alejaron en silencio y de malhumor.
Todas sonrieron con nostalgia pero no dijeron nada. Ni una sola palabra. Porque no había nada que decir. Ya lo sabían. Absolutamente todo. Y Hermione tuvo que contener las lágrimas al recordar lo sucedido. Cómo empezó la aventura, aquella noche en que ellas decidieron plantarles cara y meterse en territorio prohibido. Y lo diferentes que hubieran sido las cosas si al final hubiesen decidido no hacer nada y quedarse en su habitación.
Hermione no podía dejar de preguntarse... si no hubiera ido al dormitorio de Malfoy aquella noche, ¿ahora serían tan amigas?
Sabía la respuesta con absoluta certeza.
No. Cada una iría por su camino.
Ella no estaría con Draco Malfoy.
Y Voldemort seguiría vivo.
Simplemente todo… sería diferente.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando Ginny la sacó de su ensimismamiento de golpe.
— Esto, Hermione… aquella noche, ya sabes, la de la broma…— dijo arrugando la nariz—¿Aún sigues sin saber por qué Malfoy te besó?
Hermione se quedó en silencio. Esa pregunta seguía ahí, pululando. Rondando en su cabeza desde hacía mucho tiempo.
— Pues sí, Ginny. Sigo sin saberlo— respondió algo confusa, mirando a todos lados para ver si Draco y el resto aparecían. No entendía cómo podían estar tardando tanto— Malfoy siempre evita el tema. No ha querido decírmelo y no sé por qué pero…— añadió totalmente convencida— tengo la sensación de que nunca lo hará.
Las demás se extrañaron.
— ¿Por qué? — preguntó Lavender.
Hermione suspiró.
— Quizá por orgullo. Probablemente se trate de eso. Pero no sé, quizás sea mejor así.
Todas le dieron la razón porque sabían lo orgulloso que era él.
Sin embargo, Hermione nunca sabría que, lo que realmente impulsó a Draco Malfoy a querer besarla aquella noche en la que se coló en su habitación, fueron celos.
Simples y estúpidos celos.
No sé ni qué decir ahora mismo. La verdad es que sufrí mucho escribiendo este capítulo y se me saltaron las lágrimas con esta última escena, aunque no os voy a engañar. Con el epílogo lloré. Demasiado. Porque escribir esta historia ha significado mucho para mí. No os imaginais cuanto, pero bueno... ahora no voy a enrollarme y a ponerme nostálgica. Eso ya lo haré después del epílogo, que lo subiré en unos días y tengo una nota preparada. Y ahí ya lloraremos todos juntos.
Muchos besos, y espero que vuestros reviews sean con mucho amor (y que no hayáis sufrido demasiado por mi culpa) XDDD
