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—Ha ocurrido un incidente —Sasuke, embajador de Konoha, le dijo a su Primer Líder el momento en que entró en el centro de mando.
Obito lo miró con ojos de piedra, con la mandíbula rígida, mientras se dirigía a la sala de guerra, Sasuke lo seguía a su lado. Su primer líder acababa de regresar de Lopixa, el puesto de avanzada de Izuna. Y a juzgar por el hecho de que Obito regresó solo, sin la hembra humana que Izuna había robado, Sasuke sabía lo que significaba.
Otra hembra humana había despertado el instinto de un Konohano.
Su hermano guerrero, su compañero embajador, su amigo Izuna había acaba de ser dotado de una luxiva, un compañera predestinada. Sasuke no sabía cómo sentirse con esta noticia, por lo que mantuvo su mente centrada en la tarea en cuestión: informar a su Primer Líder del incidente que había ocurrido en su ausencia. Un incidente por el que Obito estaría furioso.
— Deseo ver a mi mujer, Sasuke. Hazlo rápido —Obito respondió. Obito tenía una hembra humana propia, una embarazada y como con cualquier Konohano apareado que había estado lejos de su luxiva, que no la había apareado en un par de tandas, era mejor mantener un amplio espacio, ya que eran fáciles de enfurecer.
Su amigo por lo general sensato parecía al borde y Sasuke preguntó si debería decirle a Obito en ese momento o tal vez esperar hasta que tuviera una sesión de apareamiento con su hembra primero, calmado y centrado después de su viaje a Lopixa. Nix, lo sabía. Las noticias necesitaban ser compartidas. Las puertas de la sala de guerra se abrieron y Sasuke asintió a Madara, otro de los embajadores de Obito. El otro macho lo estaba esperando, sus brazos apoyados en su amplio pecho, su expresión severa. Eran dos de los cinco embajadores de Obito. Los dos restantes, Sasuke no pudo evitar pensar, abrasado por la envidia que arremetía a través de su cuerpo. Los otros tres, Shisui, Itachi y ahora Izuna, habían encontrado a sus compañeras predestinadas en hembras humanas.
— Dime —Obito ordenó una vez que los tres machos estaban solos, aislados en la sala de guerra, lejos de las orejas de los guerreros estacionados en el centro de comando. Sasuke siempre prefirió la franqueza, por lo que dijo
— El cristal ha desaparecido.
— ¿Qué? —Obito siseó, sus pupilas se ensancharon incluso en la baja iluminación.
Ese cristal de Konoha era el único cristal lo suficientemente grande como para alimentar una nave al Cuarto Cuadrante, donde el resto de las hembras humanas serían devueltas a su hogar, el planeta llamado tierra... Necesitaban ese cristal. Las hembras habían sido programadas para partir de Konoha en el momento en que Obito hubiese regresado a la Ciudad Dorada. Ahora, ese precioso y raro combustible faltaba. Madara habló:
— Había siete guerreros de servicio anoche, todos negaron cualquier conocimiento sobre su robo.
— Tenemos que encontrar ese cristal —Obito gruñó, sus ojos se endurecieron— Sin ello…
El Primer Líder sacudió la cabeza, un sonido áspero de frustración desgarrándose de su garganta. Obito respiró hondo, mirando más allá de los dos durante un momento antes de decir.
— Me temo que he manejado mal esta situación con las hembras humanas.
Sasuke compartió una mirada con Madara, que dijo:
— Todos estuvimos de acuerdo, el consejo de ancianos también, que sería mejor para las hembras permanecer resguardadas y fuera de la vista durante su tiempo aquí.
Obito no respondió por un momento, pero parecía estar luchando contra una decisión en su mente. Sasuke no envidiaba a Obito su posición, la presión de ser Primer Líder de una raza guerrera y mientras Sasuke tenía sus propios deberes, tenía su propio puesto de avanzada en el este para supervisar y dirigir, palidecía en comparación con lo que Obito trataba con cada único lapso. Finalmente, Obito dijo:
— Izuna se ha ganado a su hembra humana. Su nombre es Hitomi. Elige quedarse con él de aquí en adelante en Konoha. No regresará a la Tierra con las demás.
Los labios de Sasuke se apretaron. Justo como lo había sospechado. Un feo sentimiento en su pecho amenazó con levantar su cabeza, por lo que lo mantuvo aplastado herméticamente.
— Mientras estaba en Lopixa, me habló de que mi tratamiento de las hembras restantes han sido pobre. Mi luxiva también me ha dicho que no está de acuerdo con la forma en que las hemos mantenido resguardadas. Hitomi dijo que las hembras están asustadas, inquietas.
Los músculos de Sasuke se tensaron. Los machos Konohanos odiaban la idea de lastimar a las hembras y podía escuchar el dolor en la propia voz de Obito, tan agudo como lo sintió en la incomodidad de su pecho. Una vez más, miró a Madara a los ojos. De todos los embajadores, solo Sasuke y Madara no habían sido expuestos a cualquiera de las hembras humanas. Obito los había puesto en el centro de comando desde el momento en que aterrizaron y solo los machos que había estado en la misión de rescate para salvarlas de los Krevorags, cuyos instintos no habían despertado para ellos, fueron permitidos para servirlas y protegerlas.
Sasuke estaría mintiendo si dijera que no estaba... curioso. Locamente, enloquecedoramente curioso.
Había sido curioso desde el momento en que nació en este mundo y su mente única le hizo especialmente difícil no calmar esa curiosidad. Pero luego recordó su lealtad a Obito, a Konoha. Como embajador, respetaría la decisión de su Primer Líder. Incluso entonces, sintió los zarcillos de su mente envolviéndose en la necesidad de ver a las hembras. La necesidad de ver si una de ellas era suya.
Sacudió la cabeza con fuerza, luchando contra ese tirón. Sasuke siempre había sido diferente. Pero sus obsesiones habían catapultado a la tecnología de Konoha más lejos de lo que otros creían posible. Y el costo que le causaron esas obsesiones valió la pena, para ver su carrera acelerada, a pesar de todo lo que habían soportado. Sasuke dijo entonces:
— Todos sabemos por qué ha sucedido esto. Los machos están escuchando historias de compañeras predestinadas, que las hembras humanas están despertando instintos. Esto es algo que deberíamos haber previsto. Los machos quieren que las hembras restantes se queden aquí, no de vuelta a la Tierra.
— No esperaba que mis guerreros jurados traicionaran mis órdenes en de esta manera —Obito dijo, sus cuernos enderezándose en frustración.
— La desesperación conduce a la acción —Sasuke dijo simplemente— Debo decir... No sabemos cuándo recuperaremos el cristal Obito. Si lo recuperamos. Quizás ya haya sido destruido por un hombre desesperado. Porque no lo sabemos, tenemos que decidir sus alojamientos hasta que lo hagamos. Como dijiste, he escuchado informes de sus guardias que son infelices. Hay que hacer otros arreglos.
Obito dejó escapar otro suspiro frustrado y miró entre los dos.
—Diganme honestamente, mis amigos, la verdad. ¿Creen que he sido injusto e hipócrita en este asunto? ¿Manteniéndolas escondidas, lejos de los hombres cuyos instintos podría despertarse por ellas? — Obito miró hacia la puerta de la sala de guerra— Soy Konohan. Mi objetivo principal en la búsqueda de una hembra era con el propósito de reproducción, de continuar nuestra raza. En cambio, encontré mi luxiva ¿Es mi derecho impedir que otro macho encontrara la suya?
La mandíbula de Sasuke se apretó y la amargura se alzó en él, sorprendiéndolo y la corto. Una vez más, lo aplastó. Madara se detuvo al lado de él, inmóvil. Obito continuó:
— ¿Si simplemente las dejo, las dejo ver nuestro planeta, que vean a nuestros machos y decidir por sí mismas? Pensé que las estaba protegiendo, dándoles una elección, pero ahora me pregunto si les he estado dando la equivocada. Un Konohan apareado las trataría mejor que cualquier humano macho posiblemente podría. Eso lo digo con absoluta certeza.
— Dales esa opción —Madara aconsejó— Esa es la única, así lo sabrás con certeza.
— Podemos tener una de las viviendas de embajador en la parte superior de la Ciudad Dorada preparada para ellas, si es necesario — Dijo Sasuke. — La de Izuna, quizás, todavía es privada y pondríamos guardias pero sería mejor que los cuartos en los que han estado.
Obito sacudió la cabeza en un gesto de asentimiento y observó los dos de ellos. — ¿Y crees que debería permitir que se vean?
La respuesta estaba en la punta de la lengua de Sasuke, pero no podía decidir si era una respuesta egoísta o no. Negando su inicial reacción, dijo:
— No.
Madara le dirigió una mirada aguda. Obito dijo:
— Confieso que tu respuesta me sorprende, Sasuke. Pensé que querrías ver si tu propio instinto despertaba con una.
— Lo que deseo y lo que es necesario esta en conflicto dentro de mí —Sasuke respondió. Pensó que era justo que Obito lo supiera— Lucho con ello, cada lapso. Pero como dije, la desesperación lleva a la acción. Simplemente no podemos predecir lo que harían los hombres desesperados.
— ¿Y tú? —Preguntó Obito, mirándolo— ¿Tengo que preocuparme sobre ti y tus acciones?
Sasuke lo pensó, muy consciente de que Madara estaba mirándolo también
— Obedeceré tus órdenes iniciales, Obito —Sasuke finalmente le dijo— No las buscaré activamente.
Por extraño que parezca, Sasuke no pudo decidir si Obito parecía aliviado o decepcionado con sus palabras.
— Sin embargo, mi propia vivienda en la Ciudad Dorada reside en las terrazas más altas donde sugerí que se alojaran —Sasuke continuó con cuidado—Si por casualidad veo a mi hembra, si mi instinto se despierta por ella... — Un anhelo tan intenso asaltó su cuerpo, tensando cada uno de sus músculos. Sasuke gruñó y terminó diciendo. — Si eso sucede... nada me alejará de ella. Ni siquiera tus pedidos, Primer Líder.
Obito lo miró cuidadosamente con la misma expresión que usaban cada vez que tenían tiempo para entrenar en las salas de entrenamiento. Le gustaba estar calculando si podría derrotarlo ese lapso y si es así, cómo. Sasuke le devolvió la mirada pero Obito se volvió hacia Madara y preguntó:
— ¿Y tu? — La sonrisa de Madara era lenta y lánguida. Sin duda la misma sonrisa que usaba en las pocas hembras Konohanas disponibles que quedaron cuando las convencían de calentar sus pieles por la noche.
— Mi respuesta es la misma que la de Sasuke—El otro embajador respondió, sus brazos aún cruzados fuertemente sobre su pecho— Voy a respetar tus deseos al permanecer apartado de ellas pero pienso que todos sabemos... que a veces los destinos tienen otros caminos para nosotros, voy a dejar mi destino en sus manos.
Obito dejó escapar un suspiro agudo, tomando un breve momento para reunir sus pensamientos.
— Iré a hablar con las hembras ahora. Sasuke, ten una vivienda equipada adecuadamente. La vieja morada de Izuna será suficiente. Es la más lejana de las demás y no la necesitará en un futuro inmediato —Obito dijo, aunque sus labios se apretaron mientras lo decía.
La traición nunca le sentaba bien a Obito. El hecho de que Izuna robará a una hembra humana justo fuera del centro de comando. Hembra predestinada o no, debía picar, especialmente considerando que todos ellos eran tan cercanos como los hermanos de sangre.
—Madara—Obito se dirigió a él.
— ¿Sí?
— Encuentra ese cristal —Gruñó su Primer Líder.
Con eso, Obito salió de la sala de guerra y bajó por el corredor, en dirección a los pasillos donde albergaban a las hembras humanas restantes. Madara miró a Sasuke cuando se volvió para mirarlo.
— Se lo tomó mejor de lo esperado —Señaló Madara.
Un zumbido en los oídos de Sasuke comenzó, ahora que su inmediata tarea había sido satisfecha. Sus dedos se movieron a sus costados, su mente volvía a la sala donde Obito estaba sin duda alguna entrando en ese mismo momento. Solo un pequeño vistazo y Sasuke lo sabría con certeza. Nix. Apretó sus dedos en sus palmas, sintiendo sus garras cortando en su carne gruesa. Madara sonrió de nuevo.
— Te duele, ¿no es así?
— ¿Que duele?
— No saber —Dijo Madara
— Y tú, Sasuke... eres tal vez uno de los únicos Konohanos que no sabe qué es eso. Como se siente. Genio como eres, has vivido toda tu vida sabiéndolo todo. El conocimiento es fácil de absorber. Confieso que me gusta verte en los barrios bajos como el resto de nosotros aquí.
Sasuke gruñó. Madara era uno de sus amigos más cercanos y sabía que podía contar con él para cualquier cosa, que sería fiel hasta el final. Pero Madara sabía qué botones apretar.
— Dime honestamente —Dijo Sasuke— ¿Sabes quién tomó el cristal?
— Yo no —Madara dijo, su expresión seria. Pasó una mano por uno de sus cuernos negros que se enroscaba alrededor de su cráneo— Pero no mentiré y diré que no estoy contento de que haya sucedido.
La mandíbula de Sasuke se apretó y se aflojó. Desde que las hembras habían llegado, casi no había progresado en el campo especializado de armadura que estaba creando para sus guerreros. Eran una distracción. Uno que quería investigar a fondo, pero no podía. Y lo estaba llevando a la locura. Madara lo observó con cuidado y aconsejó.
— Encuentra una mujer. Esta noche, Sasuke. Una mujer Konohana. Deja que suelte algo de esa tensión. Estás bien apretado. Todos sabemos que pasa cuando estas demasiado tiempo así.
Sasuke se quedó quieto, pensando en la sugerencia de Madara. Tal vez una mujer cálida y ansiosa le haría bien. No se había apareado a lo largo de un ciclo lunar y los Konohanos eran conocidos por ser seres carnales. Madara liberaba sus tensiones todas las noches con una interminable corriente de hembras a su entera disposición.
— Voy a considerar eso —Dijo Sasuke.
— Por todo nuestro bien, hazlo —Madara respondió.
Ese zumbido se estaba haciendo más fuerte en sus oídos y se volvió hacia la puerta de la sala de guerra.
— Te veré en la sala de entrenamiento mañana — No esperó la respuesta de Madara.
En el largo pasillo, respiró hondo, pero luego se enderezó cuando notó a los guerreros apostados a lo largo del pasillo lo observaban y lo vigilaban como si fuera un arma a punto de estallar. Sasuke no pudo evitar girar la cabeza por el pasillo... por donde estaban alojadas las hembras, como solía hacer cuando estaba en el centro de mando. La tentación, en su forma más pura. Con un gruñido, se dio la vuelta, acechando hacia el conjunto puertas que conducían al exterior. Quizás Madara tenía razón.
Necesitaba una hembra esa noche.
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