"CLUB NOCTURNO"


What If? Universo alterno de Balada de Pájaros Cantores y Serpientes.

Historia corta.


SINOPSIS

En Panem no hubo guerra, ni Tratado de Paz, ni Juegos del Hambre. La vida de los ciudadanos sigue su curso normal; mientras la relación entre el Capitolio y los distritos es pacífica.

Coriolanus Snow no tuvo que sufrir la perdida de toda su familia, de la fortuna familiar o las consecuencias de la guerra.

Lucy Gray, una cantante e integrante del Covey, se muda al Capitolio para estudiar en la universidad quedando a cargo de su tío, Pluribus Bell, dueño de un Club Nocturno.

Durante uno de los shows, Coriolanus y Lucy se conocen, sintiendo una conexión entre ellos que no pueden ignorar.


FRAGMENTO DE "BALADA DE PÁJAROS CANTORES Y SERPIENTES"

Ella le dedicó una sonrisa pensativa.

Hubiera sido agradable haberte conocido bajo circunstancias diferentes.

¿Cómo cuáles? era una pregunta un tanto peligrosa, pero no pudo evitar hacerla.

Oh, como por ejemplo que hubieras ido a uno de mis shows y me oyeras cantar le dijo ella. Y luego te hubieras acercado a hablar, y quizás hubiéramos tomado algunos tragos, y bailado algunas piezas.

Podía imaginarlo, ella cantando en algún sitio como el Club Nocturno de Pluribus, cruzando sus miradas, teniendo una conexión incluso antes de conocerse realmente.

Yo volvería a la noche siguiente.

Como si tuviéramos todo el tiempo del mundo asintió ella.


CAPÍTULO 1: PRIMER ENCUENTRO

POV CORIOLANUS

Una chica llamada Lucy Gray es presentada por el dueño, mientras estamos en el Club Nocturno festejando el cumpleaños de un amigo.

−Dicen que esa chica canta como los dioses –comenta Sejanus.

−No solo eso, es indescriptiblemente hermosa. Una vez, vine aquí, intenté hablarle, pero alguien nos interrumpió mientras nos presentábamos y ella se tuvo que ir –agrega Festus.

−Pobre de ti, la chica te dejó solo –se burla Felix.

−Lo que pasa es que tú siempre terminas intimidando a las mujeres, actúas como desesperado cada vez que vez a una y en vez de acercarlas, las espantas –explica Sejanus.

Me río.

−Tienen razón, seguro fue lo suficientemente inteligente para aprovechar esa interrupción y escapar de ti.

Aunque muchas le hacen caso, en ocasiones las chicas que, si tienen algo de moral o sentido común, terminan sintiendo miedo de él.

−No se burlen, saben que siento debilidad por las chicas lindas y tiernas. Dejen de hablar como si ustedes tuvieran experiencia con las mujeres. Mi vida amorosa es mucho más activa que la de ustedes, en especial, la de Coriolanus y la tuya Sejanus.

−Al menos nosotros dos no jugamos con todas las mujeres como si fueran objetos que podemos usar y desechar cuando nos aburrimos, como alguien que conocemos –responde Sejanus serio.

−Pero ustedes se la pasas ignorando a todas las que se te acercan.

−Soy directo y honesto. ¿Qué sentido tienen las relaciones, si nunca te ha interesado nadie en particular? –justifico–. Tener novia no está entre mis prioridades ahora mismo.

−Eso es peor, no tienes corazón.

−¿Y tú lo tienes? No nos hagas reír, por favor.

Nunca me interesó el romance, ni las relaciones, para mí era una pérdida de tiempo, tiempo que podía invertir en hacer otras cosas más importantes. Suficientes problemas tenemos en nuestra familia actualmente, luego de la muerte de mi padre a causa de una enfermedad grave; sumado a todo el esfuerzo que estuve haciendo tratando de ganar puntos, para conseguir la beca. La primaria y secundaria era publica para cualquier ciudadano, pero la universidad, no. Obtener una beca significa para cualquier joven la oportunidad de cambiar tu futuro y para la familia, poder ahorrar miles de dólares al año. En el último tiempo, ni mi madre, ni yo hemos tenido tiempo de lidiar con asuntos tan banales. Es la primera vez en meses que salgo realmente.

−Algún día tendrás que salir del cascaron, querido Snow. En la vida, estudiar no lo es todo. Tal vez la vida te sorprenda y un día conozcas a alguien por quien si sientas que vale la pena intentarlo.

No hay modo que Festus Creed entienda mis motivos, por lo cual no digo nada.

−Puede que tengas razón. Por ahora, ¿me piensas dejar de molestar con lo mismo?

Él se encoje de hombros y vuelve la vista al escenario.

−Solo por Lulu, me odiaría a mí mismo si me pierdo su presentación. Algún día la tendré, estoy seguro.

−¿No te has rendido? Le has puesto hasta un apodo.

−Me gustan los desafíos, y ella es uno muy interesante.

−Cuando deje ser un desafío, la abandonaras como al resto –pongo los ojos en blanco. Ese es el final predecible de siempre.

−No estés tan seguro, esa chica es especial, tiene algo que la hace encantadora y diferente del resto. Si tan solo me diera una oportunidad... ¡Oh, miren! Ahí está.

Todos giran a mirar, pero yo mantengo mis ojos en la bebida pensativo, puede decir lo que quiera, pero ha hecho lo mismo anteriormente con chicas que según él le interesaban más de lo normal.

−Hola, damas y caballeros. Mi nombre es Lucy Gray Baird, pero pueden llamarme Lucy. Estoy complacida de encontrarme con ustedes esta noche, en este show especial por el nuevo aniversario del Club Nocturno Bell y según me informaron hay un cumpleañero hoy, me gustaría saber quién es el afortunado de esta noche.

−¿De qué habla? –pregunto.

−Si alguien cumple años el día que se presenta, le dedica su show y lo saluda –explica Festus.

Apollo, quien mantuvo silencio cuando todos discutíamos con Festus, se pone de pie y sacude las manos.

−Oh, eres tú. ¿Cuál es tu nombre, chico?

−Apollo Ring.

−Mucho gusto y feliz cumpleaños. ¿Cuántos cumples?

−Dieciocho años.

−Excelente edad. Yo estoy por cumplir diecisiete años.

Es menor de edad ¿Cómo consiguió trabajar en este lugar? Debe ser un riesgo también, además de ilegal si fue contratada por alguien.

Escucho su voz cada vez más cerca, más puntualmente a mis espaldas.

Levanto mi mirada y me encuentro con la suya. Ella rápidamente, vuelve a centrar su atención en Apollo.

Lleva un vestido elegante colorido con volante y ancho de la cintura para abajo, las capas del mismo le dan cierto volumen a la falda, su cabello castaño está trenzado y lleva una delicada y fina tiara en su cabeza.

−Tal vez no lo sabes, pero mi tradición es dedicarle algunas canciones a las personas que vienen a festejar en días especiales, aniversarios, cumpleaños, bodas. Y esta noche te toca a ti. ¿Alguna sugerencia?

Él nombra algunas canciones y ella asiente.

−Estaré encantada –contesta con amabilidad–. Espero que tú y tus amigos lo disfruten.

Festus trata de llamar su atención, pero no lo logra, en su lugar, ella se queda mirándome a mí y me dedica una sonrisa, que por algún motivo hace mi corazón de un vuelco.

−¿Tú cómo te llamas?

−Coriolanus –respondo.

−Nunca te vi por aquí.

¿Ella me estaba prestando atención?

−Nunca he venido.

Es normal ¿no? No permiten entrar aquí a los menores de dieciocho aquí y seguramente no estaría aquí si Apollo no hubiera insistido tanto.

−Eso imaginé, tengo buena memoria para los rostros. Bienvenido, guapo.

Apoya su mano en mi hombro antes de volver al escenario, buscar la guitarra y sentarse en un banco y ubicar el micrófono a su altura.

−No es justo –se queja Festus–. En minutos, consigues más que yo y ni siquiera te importa.

−Soy irresistible –digo en tono socarrón, solo para enfurecerlo más.

−¡Ya cállate! Y no seas infantil –lo reta Apollo–; porque no vinimos aquí por chicas.

−Mejor habla por ti...

Se sigue quejando, aunque no lo escucho, porque ahora esa misteriosa chica se ganó toda mi atención.

Lucy Gray Baird es muy atractiva y linda, en eso debo darle la razón.

Empieza con los primeros acordes de guitarra y unos segundos empieza a cantar, su voz suena en el salón dulce y llena de sentimientos.

Abajo en el valle, el valle tan bajo

A última hora de la noche, escucha el ruido del tren.

El tren, amor, oye el tren soplar.

A última hora de la noche, escucha el ruido del tren.

Ve a construirme una mansión, constrúyela muy alta

Entonces podré ver pasar a mi verdadero amor.

Verlo pasar, amor, verlo pasar.

Entonces podré ver pasar a mi verdadero amor.

Ve a escribirme una carta, envíala por correo.

Prepárala y séllala a la cárcel del Capitolio.

Cárcel del Capitolio, amor, a la cárcel del Capitolio.

Prepárala y séllala a la cárcel del Capitolio.

Las rosas son rojas, amor; las violetas son azules.

Los pájaros en los cielos, saben que te amo.

Saben que te amo, oh, saben que te amo.

Los pájaros en los cielos saben que te amo.

Se parece a una canción que solía cantar mi madre cuando mi hermana y yo éramos pequeños. Es muy similar a esa canción que en ocasiones también canta a solas cuando se pone nostálgica.

Nunca he conocido a ninguna mujer con bonita voz aparte de mi madre, excepto esta cantante.

−¿Estás llorando? –pregunta Sejanus sorprendido.

Llevo mi mano a mis ojos y siento la piel húmeda, solo que soy demasiado orgulloso como para reconocerlo, y lo niego. Durante estos meses, toda la familia está muy sensible, se podría decir que todavía estamos de luto.

–No tiene nada de malo, Coryo, fue conmovedor. Te haces el duro, pero en el fondo no lo eres.

Debo estar completamente atrapado por la chica, porque de otro modo estoy seguro que le diría algo para contradecirlo, incluso aunque tenga razón.

Les doy una excusa vaga a mis amigos, diciéndoles que conseguiré más bebidas para nosotros y mis pies me llevan casi por reflejo a la barra. Aprovecho que están atendiendo a otras personas para sentarme en una silla lo más cerca del escenario. Lucy se percata de mi presencia y ríe suavemente, hasta que recuerda que tiene público y vuelve apartar su vista de mí, y sigue cantando una canción tras otra, mientras las canciones avanzan en complejidad llegan tres músicos para tocar varios instrumentos, mientras la chica recorre libremente todo el escenario cantando y bailando, haciéndose dueña del mismo.

−Así que venías por bebidas e irías al baño –escucho a Sejanus sentado a mi lado en un taburete alto.

−Vete –respondo si siquiera mirarlo, me siento incapaz de apartar de esta curiosa chica. Su voz es afinada y perfecta, sus movimientos son gráciles y elegantes como los de una bailarina profesional y lo que puede hacer con la guitarra y el piano es increíble. En segundos pasa de una canción alegre, a una balada triste o romántica.

−Lo haría, el problema es que, si Festus te ve solo, vendrá a golpearte. Ya ha bebido demasiado y sabes que no es él mismo cuando bebe.

−Me da igual lo que haga.

La chica me habló y me sonrió, deseó que disfrutara su show; mientras él no obtuvo nada. En cierto punto resulta satisfactorio.

−Es preciosa –comento.

−¿Hablas en serio? ¿Ingeriste drogas o solo posca? ¿Eres el mismo Coriolanus que conozco?

−Seguramente bebí demasiado, reconozco que me siento mareado.

Si es que no me siento así de tanto seguirle cada uno de sus pasos de baile, no deja de moverse y lo hace velozmente.

−Basta de alcohol por hoy. Me estás preocupando.

Me encojo de hombros.

−Les llevaré las botellas a los chicos y les diré que te sientes descompuesto.

−No lo estoy.

−Así te dejaran en paz. Vine por ti, porque estabas demorando y pensamos que había sucedido algo. No te podíamos ver desde nuestra mesa por la pared que separa ambas zonas.

−Ustedes no pueden verme, pero Lucy Gray, sí. Necesito hablar con ella.

−Creo que no hará falta que vayas hasta ella, está por terminar y mira en nuestra dirección, hacia ti.

Observo de reojo si dijo la verdad.

−Suerte, campeón. Aunque tu cabello es un desastre ahora –pasa los dedos de su mano por mi cabello acomodándolo y luego arregla el cuello de la camisa–. Mejor –Sejanus sonríe satisfecho.

−¿Me veo bien? –pregunto.

-Claro que sí, "guapo" –dice imitando el extraño acento de la chica. Eso también me pareció interesante, no parece ser de aquí por la forma en la que habla–. Creo le gustaste. Todo saldrá bien. Distraeré a los demás para que no te arruinen el momento. Envíame un mensaje si necesitas algo.

−Gracias, no tengo ganas de lidiar con ellos cuando están borrachos.

−Nadie quiere, ahora mismo están peleando entre todos, cantando canciones de borrachos y se me parte la cabeza. Casi me arrepiento de mi decisión de ser el responsable esta noche. En cuanto tenga oportunidad, me marcho.

−Avísame cuando te vayas. También quiero irme antes que ellos.

−Tenlo por seguro.

Agarra las botellas de posca y licor y se aleja, no sin antes pedir en la barra más cosas.

−¿Pueden llevarnos tres pizzas a la mesa ocho? También una para mi amigo y una botella de agua, por favor –agrega.

−Enseguida, señor.

Lo miro con sospecha.

−¿Quieres recuperar la sobriedad más rápido o morir ahogado mientras duermes?

−Eres peor que un padre en algunos aspectos.

−Por supuesto, por eso quiero ser médico. Te sentirás mejor cuando comas un poco y te hidrates. No me mires así, solo los estoy cuidando.

−Está bien, aunque no creo que los demás te hagan caso.

−Considerando que a estas alturas están mil veces peor que tú, no lo dudo.

Me pasa la botella de agua junto al vaso de vidrio que le entregan y se marcha.

Abro la botella y la sirvo en el vaso. Mis manos tiemblan y me duele la cabeza. Me he controlado, por lo que estaré bien si hago lo que él me indicó, también me dio un sobre con un polvo que cura la resaca, lo agrego al agua esperando que se disuelva. El sabor es asqueroso, pero es eficaz.

Lucy Gray anuncia una canción más, antes de su descanso y promete que volverá para cantar unas pocas canciones más una hora después.

−Una hora es suficiente –murmuro.

Tengo casi una hora para hablar con ella y debo aprovecharla.

Definitivamente estoy borracho, o loco. ¿Por qué siquiera pienso en hablar con alguien que no conozco? ¿Es porque mi amigo no ha dejado de hablar sobre ella? ¿Es por lo talentosa, alegre y amable que aparenta ser? ¿O por qué no se parece a ninguna chica que haya visto antes?

La última canción llega rápidamente a su fin y luego se despide. Camina con su guitarra en la mano y sale por detrás de las cortinas del escenario y espero paciente a que aparezca por otro sector nuevamente.

¿Y si ella descansa en los salones escondidos del bar?

Cinco, diez, quince minutos. No hay rastro de ella. Me convenzo de que la volveré a ver cuándo cante para los nuevos clientes que llegan pasada la medianoche y estoy pensando en volver con mis amigos y lidiar con sus locuras, cuando escucho su voz.

−Pensé que te cansarías de esperar.

−No estaba esperando a nadie –miento.

−Si tú lo dices, fingiré te creo, guapo –se ríe.

Se sienta a mi lado sin pedir permiso.

−No serías el primero en intentar algo similar. Gajes del oficio, supongo. Vivo acosada por hombres en su mayoría borrachos.

−Puedo estar borracho, no obstante, no tengo malas intenciones.

−Entonces ¿qué quieres? –pregunta intrigada por saber la respuesta.

−Charlar –contesto–. Y escapar de mis amigos, quienes en este momento no deben saber ni donde están parados, a excepción de uno, que es más o menos normal.

−Pude notarlo, ¿Cómo se llama ese que desde hace tiempo no para de intentar atraer mi atención cada vez que viene?

−¿Festus?

−¡Ah! Sí, ese. Recordaba que tenía un nombre raro. Siempre hago de cuenta que no lo veo, en ocasiones, pienso que está tan fuera de sí por culpa de esos licores que bebe, que no debe ni recordar lo me ha intentado hacer durante la noche anterior. ¿Puedo?

Señala botella de agua.

−Adelante.

Ella bebe de la botella directamente con los ojos cerrados y suspira aliviada.

−Gracias, eres un sol.

−¿Qué te ha hecho ese idiota? –pregunto serio.

−¿Así hablas de tu amigo?

−Será lo que sea de mí, pero con las mujeres es precisamente eso. No hay otra forma de llamarlo.

−Tiene lógica. La pregunta correcta sería que no me ha hecho –Lucy pasa el dedo por la tapa pensativa –. Me tratado de besar y tocar, me ha abrazado, me ha invitado a salir miles de veces a pesar de que lo rechacé, me ha seguido por los pasillos del bar completamente borracho, obviamente, hasta me ha ofrecido dinero para que estuviera con él... en ese despreciable sentido, tratándome como si fuera una prostituta. Puedo estar en Club Nocturno, pero nunca voy a caer tan bajo, sin contar que el dueño no permite esas situaciones en el lugar, es su manera de proteger a todos los que trabajamos aquí. En el último tiempo tu amigo se ha calmado un poco, aunque le llegué a tener miedo al comienzo.

¡Por Dios! Cuando habló de ella, no pensé que había llegado tan lejos. De repente, me siento molesto, pero trato de mantener el tono de mi voz tranquilo.

−¿Quieres que me encargue de la situación?

Lucy saca de su bolsillo algo y me lo muestra una pequeña navaja multiuso y un spray de gas pimienta, esos que suelen promocionar para que lleven las mujeres ya que simulan ser lápices labiales o perfumes de bolsillo.

−Eso quiere decir que no.

−Le he lanzado gas pimienta varias veces y luego lo he golpeado. Los empleados siempre tenemos artículos de protección a mano, e incluso más potentes y peligrosos que estos. Creo que ese chico aprendió la lección, no debe meterse conmigo.

Rompo a carcajadas tan solo de imaginar la escena, se lo tiene bien merecido luego de esa confesión.

−Me gusta tu risa, pensé eras alguien extremadamente serio.

−¿Qué te hizo pensar eso?

−Me ignoraste completamente al comienzo y cuando te hablé fue para romper el hielo y que no te sintieras tan tenso, si vienes a festejar con tus amigos, deberías divertirte, si lo haces sanamente no tiene nada de malo.

−Ellos me estaban fastidiando, por eso no te presté atención al inicio. Por cierto, tienes una encantadora voz y eres muy talentosa. Me cuesta creer que solo tengas ¿diecisiete?

−Su pizza –interrumpe la misma persona que tomó el pedido de Sejanus.

Coloca un plato y cubiertos frente a mí.

¿Puede ofrecerle otro a ella? –pregunto.

−Sí, claro –se sorprende por mi pedido, aunque no hace comentarios al respecto.

−Y... ¿Quieres algo para beber?

−No bebo mientras trabajo –contesta.

−No me refiero a alcohol –justifico –. Pide lo que quieras, va por mi cuenta.

−No hace falta, puedo pedir yo misma.

−Por favor, acepta. Esa pizza puede alimentar tranquilamente a dos o tres personas y no tengo mucho apetito ahora mismo, acompáñame. Imagino que debes estar agotada luego estar ahí arriba por casi una hora. La próxima invitas tú –trato de llegar a un trato, intento desesperadamente retenerla un rato más.

−¿La próxima?

−La próxima vez que venga a verte –respondo.

Tardo en comprender lo que dije, fue un impulso. Realmente quiero volver aquí, volvería todos los días tan solo para verla con su música ahí arriba y conversar. Seguramente, fue inoportuno.

–Lo siento, me excedí. Quizá alguien se moleste si pasas tiempo otros chicos.

Alguien como su novio... es imposible que esté sola. Eso sería demasiado bueno para ser verdad.

−Isabelle, dame un jugo de naranja, por favor –ordena Lucy sonriéndome y sin dejar de mirarme−. Trato, la próxima vez pago yo.

Lo logré.

−No nos hemos presentado –comenta.

−Yo sí.

−Yo no me presenté contigo –corrige.

−Sé tu nombre.

−Hagamos de cuenta que no. Finjamos que tú y yo nos encontramos casualmente en la barra del bar mientras pedíamos nuestras bebidas y que no sabemos nada el uno del otro. Pretendamos que no me escuchaste cantar y que yo no hablé en esa mesa. Somos simples desconocidos.

−Bien, empecemos desde cero –acepto.

−Cierra los ojos –pide.

La chica cierra los ojos y la imito.

−¿Listo?

−Sí.

−Tres... Dos... Uno... Cero... Pon tu mente en blanco y ábrelos.

Cuando lo hago Lucy se toma unos segundos para abrir los ojos.

Ella me tiende la mano y me dirige una sonrisa amable.

−Me llamo Lucy Gray Baird. Pero mis amigos me conocen más por Lucy.

−Es un gusto conocerte, Lucy Gray. Me llamo Coriolanus Snow, pero los más cercanos me llaman Coryo o Coriolanus.

−Coryo, suena bien.

−Permitiré que me llames así.

−Lo recordaré más adelante. Es un placer conocerte, Coriolanus Snow.

Nos damos un suave apretón de manos, en el momento que se tocan, siento una especie de hormigueo recorriendo mi cuerpo y mis mejillas calentarse.

Abro los ojos sorprendido al notar que reaccionó igual. Por unos segundos ninguno de los dos habla, ni se separa.

−¿Quién eres? –pregunta finalmente.

−¿Quién eres tú?

¿Por qué siento esta conexión con ella?

Pero ambos acabamos riendo.

−¿Edad?

−Dieciocho ¿tú?

−Dieciséis, en un mes cumplo diecisiete.

−¿Qué haces trabajando en un lugar como este? No me malinterpretes, es solo quiero saber cómo llegaste a esto.

−Soy artista, mi tío es el dueño del bar, por eso me permitió participar haciendo shows. Voy al último año de secundaria y pretendo entrar en la escuela de música. No llevo mucho tiempo en el Capitolio, menos de un año. Mis padres me dejaron con mi tío para que pueda estudiar. Ellos viajan mucho. ¿Qué hay de ti?

−Vivo con mi madre, mi hermana y mi prima. No muy lejos de aquí. Asisto a La Academia y los chicos que viste conmigo son mis compañeros, también. Recibí una beca, para entrar en la universidad.

−Felicidades. ¿Has decidido que estudiar?

−Estoy entre economía y política.

−Das el perfil para cualquiera de las dos.

−Gracias –respondo. Hay algo más importante que quiero saber−. ¿Novio?

−¿Por qué? ¿Me lo estás preguntando? –acerca su rostro al mío y mirándome sugerentemente curvando su labio hasta un costado–. Porque creo que esto podría funcionar –utilizando su tono atrevido haciéndome sonrojar.

−Estoy bastante que una chica como tú podría conseguir algo mejor.

−Aún no lo he hecho. Estoy segura que tú tienes decenas de chicas haciendo fila detrás de ti, considerando que eres muy atractivo –ella toca mi mejilla con su dedo índice. Sus flirteos me dejan sin palabras.

−No me importan las demás chicas, por algo estoy contigo ahora.

Siento que su cálida mano quema mi piel junto donde toca.

−Pienso que eres extraordinaria.

Lucy se aleja y aparta su mano de mi rostro.

−Creo que eres tú, el que debería replantearse conseguir algo mejor.

−¿Y si lo mejor eres tú?

−¿Sin novia? –pregunta.

−Estoy solo.

−También yo –contesta y su sonrisa se vuelve más amplia–; probablemente nunca lo sabremos si no lo intentamos.

−¿Qué significa eso?

−Te debo una cena, vuelve mañana si estás libre y conversamos. Es mi día de descanso. A veces ayudo a mi tío a atender, pediré que me cubran en la noche.

−Perfecto –respondo–. ¿Mañana a las nueve?

−Me encantaría, Coryo. ¿Me puedes pasar mi libreta y un bolígrafo? –le pregunta a la chica que llamó Isabelle–. Gracias, amiga.

Ella anota su nombre y un número y arranca la hoja que huele a rosas.

La acerco a mi nariz para asegurarme que no me lo imaginé.

−¿Lo sientes? Es un regalo de mi madre, le gustan las flores, en especial esas.

−En el tejado, tenemos un invernadero donde cultivamos rosas, por eso lo reconocí al aroma.

−Adorable.

Guardo el papel en el bolsillo interior de mi chaqueta, para asegurarme de no perderlo. Ubica su libreta frente a mí y anoto el número de mi casa y el móvil. Voy a tener una cita con ella y acabamos de intercambiar números. ¿Cómo sucedió tan rápido?

−Pareces confiable –comenta–; solo haré una aclaración.

−Te escucho.

−No soy como las demás chicas, como las que tu amigo Festus acostumbra tratar.

−Lo has rechazado, indudablemente eres diferente.

−Aclarado eso, podemos empezar como amigos por ahora. Me agradas, de verdad.

−No pretendo otra cosa, Lucy. Yo tampoco soy como él.

−Es bueno saberlo –ella besa mi mejilla sorprendiéndome–. Gracias por la comida. No tengo mucho tiempo, será mejor que empecemos.

Miro el reloj y veo que le faltan casi treinta minutos para reanudar su presentación.

−¿Esto no es cansador para ti? Dijiste que estudias, pero te presentas aquí por las noches –comento mientras compartimos la pizza y las bebidas.

−A veces, lo es. Pero no creas que estoy aquí todos los días. Solo los fines de semana y algunos días luego de la escuela, pocas horas. Mi tío me protege mucho. Por el momento lo puedo sobrellevar. Me siento bien ayudando a Pluribus, ya que gracias a él estoy aquí. Convenció a mi madre diciéndole que estaba dispuesto a cuidarme y darme educación, mientras ella estuviera de gira.

−¿De dónde eras?

−Del Capitolio –reconoce–. Sin embargo, pasé toda mi infancia y adolescencia moviéndome con mis padres de un lado a otro y estudiando a distancia, por eso cuando me instalé aquí, me pude saltar un año. No me puedo quejar, todo lo que viste en el escenario, lo aprendí de ellos y el resto del Covey.

−¿Qué es el Covey?

Ella duda unos instantes respecto a cómo explicarlo.

−El Covey es un grupo de músicos y artistas, que se trasladan de un distrito a otro cada cierta cantidad de meses, son años y años de gira.

−¿Ustedes son gitanos?

−Podrías pensarlo de esa forma, si bien yo definiría al Covey como artistas ambulantes que quieren llevar sus talentos a otras partes y compartirlos con la gente, mientras ganan dinero. Los gitanos o nómadas no necesariamente cumplen con esa característica.

Entrecierro los ojos, inseguro sobre sus motivos de renunciar a todo lo que formó parte de su existencia hasta hace un tiempo atrás.

−¿Qué te hizo volver al Capitolio?

−Ya estoy más grande y comprendí que no quiero seguir llevando esa vida, no de forma permanente, al menos. Le escribí una carta a mi tío, le dije lo que pasaba por mi mente y me contestó que me recibiría con gusto si llegaba a un acuerdo con su hermana.

−¿Hablas de tu madre?

−Sí, ellos son medios hermanos y se criaron juntos. Cuando mi tío abrió el Club Nocturno varias décadas atrás, mi madre y algunos más fueron quienes empezaron con esta tradición. Él pensó que eso los uniría más, ya que podrían trabajar juntos.

−Y ahora estás tú, todo queda en familia.

−Eso parece.

−¿No te volverás a ir una vez que culmines tus estudios universitarios?

Espero que no.

−Aún no lo he pensado. Aún así, faltan al menos seis años para que siquiera lo considere.

−Pueden pasar muchas cosas entre medio.

−¿Cómo qué? –noto que arquea una ceja y me mira de reojo.

−Podrías enamorarte, casarte, formar una familia, tener un trabajo formal y ya no querrías irte.

−¿Estás queriendo insinuar algo?

−No me tomes en serio esta noche –le pido–, y me disculpo por adelantado si digo algo desagradable.

−Bebiste de más –murmura divertida.

−Sí, solo que no tanto como ellos.

−En ese caso, en el futuro nos tendríamos que ver durante el día.

−¿Para qué?

−Para descubrir cómo te comportas en días normales sin bebidas de por medio, por supuesto.

−Suena a cita –comento serio bebiendo el jugo.

−No te ilusiones, confórmate con verme en mi lugar de trabajo por el momento.

−Me diste tu número sin que te lo pidiera, eso debe contar de algo.

−Solo te lo di en caso de que surja algo y decidas dejarme plantada. No pienso esperarte eternamente aquí –me contradice.

Deben ver algo divertido en nuestro intercambio, porque todos los empleados que están en la barra no dejan de mirarnos.

Isabelle se inclina en la barra y susurra en mi oído.

−No te preocupes, sé que le gustas –cuando la miro, me guiña un ojo y se aleja volviendo la atención a los vasos que está secando.

−¡Hey! ¿Qué le dijiste, Izzy? –reclama Lucy.

−¿Celosa? –se burla de Lucy–. Tranquila, chica. Solo le pasé un mensaje de su amigo Sejanus, como lo está cubriendo para que los chicos no lo descubran contigo, no puede decírselo en persona –miente convincentemente.

Nos mira con desconfianza, pero no puedo dejar de sonreír.

−Sejanus quiere saber si me pienso quedar mucho tiempo más, o si me iré con él.

−Como sea –suspira y toma otra porción de pizza para comer–, no es como si me importara.

−Quince minutos, Lucy –le recuerda la mujer.

−Trataré de apurarme.

−¿Cuánto va a durar esta vez? –pregunto.

−Veinte minutos o menos.

−Te observaré desde aquí.

−¿Y luego? ¿No te vas a ir con ese amigo tuyo?

−Lo haré, pero no sin antes despedirme de ti.

No hablo más y la dejo comer tranquila. Come y bebe en tiempo record, se disculpa para ir a retocar su maquillaje y cambiarse antes de su presentación. Sonrío divertido viendo la forma graciosa en la que corre ahora que está apurada.

−Se toma todo muy en serio, así es ella –comenta la mujer–. Si logras entrar a su corazón, no te arrepentirás.

−¿La conoces desde hace mucho?

−Desde hace varios años, pasamos bastante tiempo juntas cuando ella está en el Capitolio.

−¿Son amigas?

−Más bien la siento como una hija –corrige–; no solo por la diferencia de edad, sino porque la he cuidado cuando era pequeña.

−Cuéntame sobre ella –pido, mi voz sonó ansiosa.

−Depende, si es muy personal debes preguntarle a ella. ¿Qué quieres saber?

−Lo básico. Lo que le gusta, lo que odia, algo que le gustaría que le regalen, sus lugares favoritos...

−Mira, chico. Solo te lo diré porque quiero que hagas las cosas bien y no salga herida. Sin embargo, si te pregunta, no te dije nada.

Asiento.

−Seré breve, aprovechemos que está ocupada y dejaré de hablar tan pronto como la vea aparecer. Primero, tienes que saber...

Empieza a contarme detalles sobre Lucy y mientras habla, hago una lista mental de ello y la repito una y otra vez para recordarla más tarde. Ella demora lo suficiente en presentarse como para que yo descubra toda la información que necesito para mañana.

Cuando ella vuelve con las fuerzas recuperadas tras descansar y alimentarse, las canciones son más alegres y movidas y ya hay jóvenes en la pista, aplaudiendo y bailando al mismo tiempo que ella.

−¿Te gusta bailar? –pregunta Isabelle a mis espaldas.

−No es algo que haga a menudo, pero estoy disfrutando verla bailando.

−Memoriza todos sus pasos esta noche y mañana sácala a bailar.

−Eso estoy tratando de hacer. Solo que no creo llegar a su nivel.

−Ni yo. Pero comprende, ella casi nació bailando.

Un teléfono suena y aparentemente es el suyo, porque contesta y luego la veo alejándose por el pasillo.


Esta vez Lucy vuelve a mi lado tan pronto como termina la segunda parte de su show. Luego de charlar un rato, su cabeza cae en mi hombro involuntariamente y me doy cuenta de lo agotada que está. Ahora todos están bailando en la pista, incluidos mis amigos y compañeros, por los parlantes sale la música a un volumen tan alto, que ya resulta difícil escucharnos entre nosotros.

Suspira con los ojos cerrados.

−Ojalá pudiera irme a casa.

−¿Por qué no puedes? –pregunto.

−Debo esperar a que mi tío o Izzy se desocupen.

−Te ofrecería llevarte, pero sabes que no debes aceptar ofrecimientos de extraños.

−¿Ni siquiera si eres tú?

−No hoy, al menos.

−Lo siento –se disculpa llevando sus manos a los ojos y frotándoselos–, no me di cuenta –se aparta un poco. Le paso la botella de jugo y ella bebe–. Gracias.

−¿Tienes un lugar para descansar aquí?

−Sí, en el camerino, hay un sofá cama. Creo que iré allí, de paso escaparé del ruido.

−Te acompaño.

Ella no se resiste.

Según Lucy hoy se esforzó más de lo normal y estuvo practicando todo el día. Normalmente ella se presenta media hora, y este día al ser especial, lo alargó a dos horas.

Lucy camina adelante y se detiene en una puerta blanca, sin ninguna identificación especial, saca la llave de su bolsillo, pero se le engancha en uno de sus volantes y luego se cae. Decido abrir la puerta por ella y entro antes de dejarla pasar. La habitación estaba a oscuras, pero Lucy presiona el interruptor y enciende todas las luces. Se para frente al espejo y se empieza a quitar todos los accesorios de su cuello, cabeza y muñecas. Solo me quedo mirándola desde la puerta, lo que menos quiero es invadir su espacio y que se sienta incómoda conmigo. Hay ropa de hombre y mujer sobre una mesa y el sofá que mencionó está en una esquina. Puedo reconocer los conjuntos que usaron los músicos de esta noche. Aquí se deben vestir y preparar todos.

−¿Estarás bien? –pregunto.

−Sí, gracias –se tapa la boca y bosteza ruidosa y largamente. Luego se acerca a mí, para recibir las llaves–. Puedes irte si quieres.

−¿El plan sigue en pie? –pregunto para asegurarme.

−Descansaré todo el día si hace falta, para recuperar energías. Pero la cena sigue en pie. De todas formas, tienes mi número, puedes escribirme cuando quieras por si acaso. Solo procura no hacerlo hasta después del mediodía, o interrumpirás mi sagrado y merecido sueño.

−Nunca lo haría bajo estas circunstancias.

−Qué considerado... –comenta.

−Descansa bien, Lucy –llevado por otro impulso, inclino mi cabeza, beso su frente y acaricio su mejilla con delicadeza.

Sus ojos se abren completamente por la sorpresa y noto que se sonroja. Aparto la mano rápidamente temiendo que lo tome mal, no suelo ser así con nadie. Cierro la puerta en la medida que salgo, pero ella sigue manteniéndose a la vista apoyándose en la pared.

−¿Necesitas algo más?

Niega con la cabeza.

−Hasta mañana. Gracias por todo –se recompone y me dedica una sonrisa.

−Hasta mañana –contesto.

Vuelvo por la misma dirección por la que vinimos.

−Coryo –escucho que me llama, giro para encontrarme con su cabeza asomándose por la puerta−, ¿alguno de tus amigos está sobrio?

−¿Te da miedo que suframos un accidente?

−Sí −reconoce.

−No debes preocuparte, Sejanus decidió ser el conductor responsable, no bebió ni una gota.

−Avísame cuando llegues a tu casa.

−De acuerdo.

−Fue agradable conocerte –reconoce.

−Lo mismo digo.

Se despide definitivamente y cierra la puerta.


Al bajar las escaleras me tomo todo el tiempo necesario para no tropezar. Sejanus me está esperando cerca de las mismas sonriendo.

−¿Todo bien?

−Nos volveremos a ver mañana –confieso.

−¿Pasó algo?

−¿Debería?

−No sé, dímelo tú.

−Solo conversamos, eso es todo. Lo de mañana que quede entre nosotros.

−Por supuesto, no le diré a nadie.

No me quiero a arriesgar a que Festus se entere y decida venir nuevamente solo para fastidiarnos.

−¿Dónde están los demás?

−No pienses en ellos, se quieren quedar hasta que cierren el bar. Félix pedirá que los venga a buscar su chofer. Solo somos nosotros dos.

Me acerco a barra nuevamente para pagar todo lo consumido, pero Sejanus dice que ya se encargó de eso por mí, y que solo le faltó dejar la propina porque se olvidó. Entonces, el dinero con el que pensaba pagar lo que consumí con Lucy lo divido entre las propinas para los meseros y para los músicos en dos alcancías diferentes.

Un hombre me entrega un paquete diciendo que guardaron las porciones de pizza que quedaron en la tabla. No es mucho, pero seguramente mi hermana lo apreciará cuando despierte en la mañana y revise la heladera durante el desayuno.

−Vamos –digo.

Cuando nos estamos alejando en el auto de Sejanus comento:

−¿Te gustaría volver conmigo otro día?

−Sí, ¿por qué no? Espera... No me digas que...

−Si puedo ver a esa chica, vendré todos los días o fines de semana que tenga libres –confieso–. Trabaja durante las tardes y los fines de semana. Hay algo, aún no sé qué es, pero lo pienso descubrir.

−¿Tuviste más suerte que Creed?

No hace falta que responda, mis expresiones le deben dar la respuesta que necesita.


Como le prometí, agendo el número de Lucy y le mando un mensaje diciéndole que llegue bien, para mi sorpresa, el teléfono vuelve a sonar a los pocos minutos con una respuesta suya deseándome dulces sueños. Me duermo con la imagen de su rostro fijo en mi mente y el recuerdo de ella cantando y bailando en el escenario.