Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Suzanne Collins.


CAPÍTULO 3: CENA

POV CORIOLANUS

Me separan pocas cuadras del bar, por lo que incluso bajo los ofrecimientos de mi madre, opto por ir caminando.

Mientras más me acerco al lugar, más nervioso y ansioso me siento. Debí preguntarle al menos unas cinco veces a mi familia si me veía bien antes de salir, ellas se reían un poco porque nunca me vieron preocuparme por mi aspecto antes. Mientras camino bien vestido y con un ramo de flores atrapo la atención de parejas y chicas en el camino. Cuando eso pasa, mis mejillas se colorean y trato de esconder el ramo en mi espalda y casi me arrepiento de no haber aceptado que mi madre me acercara. ¿Por qué siquiera estoy haciendo esto?

La respuesta viene a mi mente de inmediato. Lo hago por Lucy Gray.

Cuando me detengo a la puerta del bar, mi corazón se descontrola y respiro hondo en un intento de calmarme antes de entrar.

Dos chicas pasan por mi lado con sus tapados largos y me miran de reojo.

−¿Ese no es el chico de anoche? –murmura la pelirroja a su amiga–. Míralo hasta le trajo rosas hoy ¿no es tierno? –sonríe.

−Solo cállate y entra –dice la otra incómoda, empujándola dentro del bar y cerrando la puerta. −Discúlpala, ¿vienes por Lucy Gray? –dice la rubia acercándose a mí, deber tener diez más que yo.

−Sí... Perdón ¿tú eres?

−Trabajo aquí, aunque me temo no nos cruzamos, sí te vi con la sobrina del jefe –explica–. Yo y mi compañera nos tomamos un breve descanso antes del siguiente turno. Lucy ha llegado hace varias horas, debe estar esperándote –me dedica una sonrisa amable–. Ven, sígueme, te llevaré donde ella nos indicó.

¿Ella ha preparado algo especial para nosotros?

Sigo a esta chica porque aparentemente, Lucy le pidió un favor. Casi todas las personas que trabajan aquí, son mucho mayores que Lucy, ninguna parece tener menos de veinticinco años. Supongo que Pluribus no quiere exponer a chicos que sean tan jóvenes a este ambiente, o son empleados confiables de años.

Me lleva por varios pasillos hasta un pequeño sector VIP, donde hay una mesa ya preparada y algunos platillos fríos servidos.

−Hace calor aquí, disculpa –comenta. La chica se quita el abrigo y lo deja colgando en su brazo mientras yo examino mi alrededor; luego revisa la temperatura del aire acondicionado y se siente el cambio, porque el ambiente resulta más fresco y menos agobiante−. Debiste causar muy buena impresión en ella.

−¿Por qué lo dices?

−Ella pidió que la cubriéramos hoy, pero dijo que hoy se reuniría contigo y que la dejáramos encargarse de todo –asegura–. Siéntete cómodo, le avisaremos que llegaste. Suerte, chico.

Dice antes de dejarme solo en el salón.

Camino alrededor y veo una barra sobre la que descansan vasos, copas y otros utensilios para preparar cocteles; y también tienen una heladera en una esquina y una estantería repleta de licores. No aparenta ser un lugar que comparten con los clientes, salvo que tal vez paguen unos cuantos dólares extras.

Yo esperaba que me devolviera el favor por compartir mi cena con ella en el salón principal, pero esto supera mis expectativas. Significa un tiempo a solas con ella, sin que tengamos que gritar para escucharnos el uno al otro. Me siento en una de las sillas altas que están alrededor de la barra, apoyándome en la pared de atrás y la espero. Entreteniéndome leyendo una de las tantas revistas de bodegas y sociedad que hay cerca de mí, solo para evitar pensar en lo nervioso que me siento por el encuentro.

La familia Snow siempre fue conocida por estar en una buena posición no solo económica, sino también por estar integrada por importantes personas bastante honradas por sus posiciones militares y por formar diversas empresas con éxito desde hace más de un siglo. Por lo que podría decir que llevamos una vida cómoda, podríamos vivir sin necesidad de trabajar, pero los Snow nunca se caracterizaron por ser perezosos, ya que nos esforzamos en todos los aspectos, incluso en los estudios y el trabajo. Mi madre, de hecho, volcó toda su energía en mantener en pie la compañía que dirigía mi padre. El trabajo fue lo único que le permitió no pensar en cosas tristes y seguir luchando a pesar de la muerte de la persona que más amaba; tal vez de no haber hecho eso, se hubiera sumido en su propio dolor y la depresión.


─¿Coriolanus Snow? –su voz interrumpe mi lectura y mis pensamientos, siento que los latidos de mi corazón se aceleran y por unos segundos me olvido como se respira.

Es ella.

Me giro a mirar y la encuentro parada en la puerta con medio cuerpo dentro y medio fuera. Una vez que obligo a mis pies a moverse tomo el ramo de rosas y lo ubico en mi espalda, ocultándolo de ella, entonces entra y la puedo ver en detalle. Lleva un lindo y voluminoso vestido corto de seda rojo, con incrustaciones de piedras y los accesorios del cabello coinciden tanto con las rosas que tengo en mano como con el vestido, sus labios rojos carmesí, destacan en su delicado rostro. Si antes mis latidos se habían acelerado por unos segundos, ahora mi corazón late con más fuerza.

─¡Oh, ahí estás! Volviste –comenta emocionada.

Siempre tan alegre. Pienso.

Un impulso me lleva a acercarme a ella, pero tan pronto como la voy alcanzando, me quedo quieto en mi lugar y Lucy sonríe, siendo ella quien da los pasos que faltan para llegar a mí y besarme las mejillas, deja caer su mano en la mía e inmediatamente entiendo la indirecta y elevo su mano hasta depositar un tierno beso en el dorso de la misma, un extraño y desconocido hormigueo recorre todo mi cuerpo cuando mis labios entran en contacto con su suave piel y siento que mis mejillas se calientan, levanto levemente la mirada y noto que ella está ruborizada. No sé quién de nosotros dos, suelta la mano del otro primero, pero sucede de forma muy repentina.

¿Sintió lo mismo que yo? ¿Qué importa eso ahora? Las rosas.

Adelanto mi otra mano y le muestro mi presente y justo entre medio de las rosas, adherido al papel que lo envuelve, hay una barra de chocolate con almendras.

−Para ti –me atrevo a decir y por unos momentos me siento como un colegial enamorado por primera vez, que teme ser rechazado por la chica más increíble que ha conocido.

Los labios de ella se curvan; y en vez de tomar el ramo, arranca algunos pétalos de las rosas blancas y rojas.

Los acaricia con las puntas de sus dedos y los lleva a su nariz para olerlo.

−Cuando era pequeña, solían sumergirme en una pequeña bañera con suero de leche y pétalos de rosa antes de dormir. Me trae algunos recuerdos.

Mientras trato de encontrarle sentido a sus palabras ella toma el ramo agradecida.

−Es hermoso, gracias –ahora ella cierra los ojos huele el ramo completo y se ríe.

−Las corté yo mismo esta tarde –explico–. Pensé que te gustaría por lo que contaste ayer.

−Son mis favoritas –afirma–. Espera...

Ella nota que hay algo más y lo saca del sobre improvisado y encuentra el dulce escondido.

−¿Cómo supiste que me gusta el chocolate?

−¿No les gusta a todas las personas? –la verdad es que me dijo esa mujer, pero no lo voy a reconocer–. Me incluyo.

−Supongo que tienes un punto. Vas bien, Coriolanus.

Le devuelvo la sonrisa.

−Te ves esplendida –comento.

−Y tú te ves perfecto pensaba usar otra cosa, pero mi amiga dijo que estabas vestido bastante formal y cambié de opinión. Disculpa la demora.

−¿Qué amiga? –pregunto pensando que se refiere a la chica que me trajo aquí.

−La chica pelirroja que te encontraste fuera. Le hablé sobre ti por encima, porque empezó a hacer muchas preguntas esta tarde.

Entonces, es la otra.

−No parece una persona discreta.

−No, no lo es para nada en ocasiones, pero es una buena amiga –asegura–. ¿Por qué no comiste nada?

−No me pareció adecuado empezar sin que estuvieras presente.

−Siendo así, ¿Qué estamos esperando, guapo? Sé que deben traer el plato principal, aún así te dejé comida de antemano para que pudieras comer un aperitivo mientras esperabas.

−No lo sé, ¿una señal tuya?

Ella sujeta mi brazo y me lleva hasta la mesa, esperando a que me siente, luego deja las flores y el chocolate en un costado de la mesa rectangular.

−Estuve pensando –empieza–. Ayer te dije que quería conocerte sobrio. Para beber podríamos empezar con algo suave y después de la cena te prepararé alguno de los cocteles que son la especialidad del bar.

−Pensé que no bebías.

−Y no bebo mucho, menos cuando tengo presentaciones, pero... particularmente esto lo encuentro divertido. Por supuesto, he probado casi todos, tengo que saber cómo saben.

−¿Todo eso lo aprendiste en un año?

−No, mucho de lo que sé, es por mi madre, debes recordar que te dije que trabajo codo a codo con mi tío mucho tiempo. Te sorprendería lo mucho que suele beber el Covey en días festivos, si bien ella no me permitía beber, no tenía nada en contra de que la ayudara y aprendiera. Ahora que estoy trabajando aquí, me enseñan más cosas, practico y leo bastante para mejorar mi habilidad.

−¿Estoy frente a una barwoman?

−Podrías llamarme así, solo que aquí dirían que soy una principiante.

−Sí, pero tú sabes más que yo.

Me pregunto si debería mencionarle lo que dijo mi madre mientras la veo preparar unos desconocidos tragos en la barra, aunque probablemente sea mejor esperar.

−¿Cómo se llama tu madre?

−Sabine ¿por qué preguntas?

Es ella, es la hija de la amiga de mi madre. El mundo realmente es muy pequeño. Trato de disimular mi sorpresa y respondo con voz normal.

−Curiosidad, pareces sentir un gran amor hacia ella.

Debo tener suerte de que no note la mentira en mi voz, ya que está bastante concentrada mezclando líquidos y agitándolos como ayer hacían sus compañeros en la barra.

−Sí, en especial debido a que ella es lo único que tengo.

−¿Qué tienes?

−Mi padre murió en un accidente cuando yo era una niña. Desde entonces, solo fuimos mamá, yo, mis primas y el resto del Covey.

Se me forma un nudo en la garganta al escucharla. No debí abrir la boca.

−Lo siento.

Lucy se dedica a servir los cocteles y aromatizarlos, decorándolos con frutos del bosque en vasos altos y luego se acerca hasta mí. Poniendo uno frente a mí, también busca dos botellas de agua y dos de gaseosa de la heladera.

−Todos dicen eso, pero nadie sabe lo que se siente; fue difícil, aún lo es para mamá.

−Yo sí –replico y ella me mira con curiosidad una vez que se sienta frente a mí a poco más de un metro de distancia–. Mi padre murió hace pocos meses, por eso creo entenderte. Lo lamento de verdad, Lucy Gray.

−No sabía. Debe seguir siendo difícil para ti, es muy reciente.

−Lo es −ella debe notar que no tengo deseos de hablar y ella por su parte tampoco.

−Podríamos no hablar de esto esta noche.

−Te lo agradecería.

Lucy sonríe apenada, pero luego deja frente a mí uno de los vasos.

−Espero que te guste −dice mientras se sienta frente a mí−. Algo liviano para empezar.

−¿Que tiene?

−Es un coctel con un bajo nivel de alcohol, principalmente con frutas e hidromiel, aunque le agregue otras cosas. Tiene un sabor un tanto acido, como dulce.

Levanto del vaso, observo el hielo con forma redonda en el fondo y las bayas en la superficie y decido probarlo por primera vez.

−Es delicioso −le digo y bebo un poco más antes dejarlo nuevamente−. Tengo una pregunta... ¿Por qué estamos aquí?

−¿A qué viene la pregunta? ¿No quieres estar a solas conmigo? Podemos volver al salón −ella se lleva un pequeño emparedado con rodajas de carne, verdura cortada muy fina y aderezos.

−Oh, no estoy diciendo eso. Solo quiero saber porque elegiste este lugar.

−De vez en cuando me gusta la tranquilidad, si nos hubiéramos quedado junto a los clientes, no me hubieran dejado en paz. Te conté que varios clientes recurrentes me persiguen ¿no? Quería evadirlos, y poder charlar contigo sin ninguna interrupción. Y este salón lo suelen alquilar para cumpleaños o festejos privados de grupos reducidos, como puedes ver tiene todo lo necesario y es algo pequeño.

−Técnicamente, yo soy uno de esos clientes. ¿No lo has pensado? Podría intentar algo.

−No lo harías −responde segura, mofándose de mí.

−¿Por qué estás tan segura? −le sigo el juego.

−Porque hay una cámara en esa esquina −señala hacia la izquierda y recién la noto−; tenemos guardias en la entrada del bar dispuesto a socorrer a cualquiera que esté en peligro, incluso ayer te conté que tengo mis propias armas y trucos para defenderme. Pareces un chico inteligente, así que no te atreverías.

−No creo que esas cosas le importen a alguien que se haya obsesionado contigo −lo considero, porque dudo que eso pueda detener a alguno de los que está interesado en ella−. No es que quiera intentar nada extraño, pero deberías aceptar que te gusto y que solo por eso querías estar a solas conmigo.

−No hables por mí, fuiste tú quien se acercó primero. Tomando como base eso, las rosas y el chocolate, puedo afirmar que yo te gusto a ti −su sonrisa de lado y su mirada inteligente, hace que sienta esa misma cosa que ayer cuando se acercó a mí en la mesa.

−Si te dijera que sí, ¿habría algún problema?

−No realmente −contesta−. Eres lindo, y no me refiero solo a lo físico −reconoce.

−¿A qué te refieres, entonces?

−Estoy tratando de descubrirlo −ella me mira con curiosidad.

−También yo. Hay algo en ti, que hace que quiera mantenerme a tu alrededor.

Lucy se ruboriza y se pone nerviosa, viéndose más adorable.

−¿Y qué propones para que lo descubramos?

−¿Eso quieres?

−Si no fuera el caso, no hubiera aceptado tu intento de acercamiento, en primer lugar. Te hubiera rechazado como a todos los demás.

−Nunca he dicho esto... a nadie, pero tengamos una cita −pido−, fuera de este lugar y a la luz del día. ¿Quién sabe, Lucy? Tal vez tengamos más cosas en común de las que pensamos −le dedico una sonrisa encantadora, esperando tener una respuesta positiva.

Me mira en shock y noto que traga saliva, luego se recompone.

−¿Cuándo y dónde?

−¿Eso es un sí?

−Sí, estoy aceptando tener una cita contigo.

Lo dice y mi corazón se sobresalta, por unos minutos, no sé que responder y ella parece complacida de haberme incomodado como yo a ella. Estiro mi mano para apoyarla con delicadeza sobre la suya.

−Donde tú quieras, guapa −la llamo así adrede, porque ella lo mismo conmigo desde ayer. Lucy se da cuenta porque lo hago y se ríe.

−Bien, charlamos en la semana. Pensemos en algún lugar.

−Algún lugar que no conozcas y al que te gustaría ir. Ya que será una cita, ¿por qué no elegimos uno que al menos sea nuevo para ti?

−Prometo pensar en algo, pero si es por eso tengo una lista larga.

−Sin duda, la tienes −ella ha pasado la mayor parte de su vida viajando de un lado a otro y según supe sus anteriores visitas al Capitolio fueron cortas, hasta que se mudó hace unos meses−. En ese caso, seré tu guía personal.

−Seguro las chicas hasta matarían por tener ese privilegio −bromea.

−Pero tú serás la única que lo tendrá, no deberás luchar contra nadie para conseguirlo.

Creo que es hora que yo también salga de mi burbuja, aquella en la que he estado escondido los últimos años. Mi padre se fue, pero la vida sigue. Eventualmente toda la familia deberá encontrar un motivo para seguir, en lugar de estar lamentándonos por un pasado que no se puede cambiar. Y ayer creo que encontré el mío.

−¿Debería creerte?

−Si lo deseas, ponme a prueba. Prometo portarme bien.

Justo en ese momento, entra un chico y nos trae la comida.

A Lucy no parece importarle aún estemos tomados de la mano, ni que él nos vea. Simplemente le agradece y lo deja marchar cuando ya ha servido nuestra cena. Me alegra no haber comido casi nada desde el almuerzo, porque todo lo que trajo no solo es demasiado, sino también que son platillos variados.

Es ella quien aleja su mano primero para que podamos comer.

−¿Tu tío sabe de nuestra cena? −pregunto.

−Le dije del plan esta mañana y no tuvo problema. Incluso sabe quién eres, a pesar de que no te ve desde que eras pequeño, me comentó que conoció a tus padres.

−¿Eso significa que sabe quién soy?

−No entiendo a qué te refieres.

La importancia de mi familia y sobre todo de quien soy hijo, probablemente.

−Mi tío solo me dijo que tus padres solían venir muy a menudo aquí cuando eran jóvenes. ¿Debería saber algo más?

−Te lo contaré en nuestra cita −doy el tema por finalizado.

Lucy entrecierra los ojos mirándome con cierta sospecha y luego lo deja pasar.

−De acuerdo, en ese caso, cenemos.


La cena transcurre con calma y cuando terminamos, me siento frente a ella en la barra. Está en lo correcto, prefiero estar aquí con ella que, en un salón repleto de personas, como ayer.

−¿Te gusta el helado?

−¿A quién no?

Ella sonríe y saca algunos potes de helado sin indicación solo para ver los sabores.

Por un momento pienso que lo va a servir solo, hasta que separa unas botellas de licor, vodka y salsa y unos vasos y copas.

−Elige un sabor, aunque no tenemos tanta variedad en este sector. Solo chocolate, vainilla y algunos frutales.

Llegamos al acuerdo de preparar uno de fresas y otro de crema con chip de chocolate y Lucy se encarga de decorarlos y prepararlos.

Esparce las salsas alrededor del interior de las copas, luego tritura el hielo junto al helado y unas pequeñas cantidades de las bebidas, hasta que toma una consistencia entre cremosa y liquida. Para terminar, le hecha una crema encima les coloca un sorbete a ambos tragos. Me pasa el que hizo para mí y se sienta en la butaca que está a mi lado a beber el suyo.

−Tienes buena mano –comento antes de beber incluso.

−Te lo dije, disfruto preparar tragos.

−¿Y qué sueles hacer aparte de esto y cantar?

−A veces escribo.

−¿Canciones? −trato de adivinar.

−Sí, no es muy a menudo, porque con todo lo que debo hacer en la escuela y aquí, no me da el tiempo, pero amo componer. Incluso me anoté en las clases extracurriculares relacionadas con música y literatura, aunque eso suponga que tenga menos tiempo libre en la semana.

−¿A qué escuela asistes?

−Colegio Ivywild, no queda muy lejos de La Academia –al ver mi expresión sorprendida, continua−. No te sorprendas, estoy haciendo una asociación lógica, dijiste que los que los estaban anoche eran tus compañeros y sé muy bien donde van. Es una escuela para privilegiados, por decirlo de una forma.

−Se podría decir que sí, aunque no se trata de lo económico, es más bien que solo se puede ingresar en la mayoría de los casos, si tuviste un familiar que asistió a la misma en el pasado.

−Eso me explicó mi tío cuando le pregunté, se forma un circulo bastante cerrado, porque van pasando miembros de esas familias, de generación a generación, o personas con contactos. Él no consiguió matricularme ahí a pesar de que fue alumno en el pasado y también envió a sus hijos allí.

−¿Por qué?

−Me integré a mitad del semestre, la mayoría de las escuelas primarias o secundarias ya cierran las inscripciones para esa época, La Academia, también. Fue difícil para él conseguirme un cupo en alguna escuela.

−Podrías probar el año próximo –propongo.

−No lo creo. Estoy bien donde me aceptaron, ya hice mi grupo de amigos y me adapté perfectamente a la escuela y sus actividades. Aparte, por un solo año, no vale el cambio. ¿Suena tonto si te digo que estoy harta de los cambios?

−En tu situación, creo que tiene sentido. ¿No fue eso lo que te trajo de vuelta al Capitolio, de todas formas?

−Justamente por eso quiero seguir en la escuela en la que estoy. De por sí nunca tuve amigos fuera del Covey, al menos no permanentes; y ahora tengo la oportunidad de conservar a los que tengo.

Es entendible en una chica que se ha pasado gran parte de su vida estudiando a distancia, sin tener contacto directo con los involucrados. Seguramente lo que quiere ahora es tener una vida normal, aquella que nunca tuvo.

−¿Y eso quieres que sea para ti? ¿Un amigo que puedas conservar?

−Solo para dejar claras las cosas... tú pediste tener una cita conmigo y yo acepté, eso significa que probablemente no te quiera como amigo. Los amigos se reúnen, salen juntos; no tienen citas.

−Solo para dejar claras las cosas, me interesas.

−Y no pienso detenerte –asegura con una sonrisa ladeada, al acercar su mano a mi rostro y la apoya en mi mejilla−. ¿Quieres bailar?

−¿Aquí?

−¿Por qué no?

Bebo de mi vaso mientras veo a Lucy alejándose un poco hasta la pared más cercana, toma un control remoto y una pantalla holográfica aparece frente a ella. Empieza a buscar música entre los archivos moviendo sus manos de un lado a otro y selecciona una carpeta específica para reproducir. El dispositivo estaba tan bien oculto, que no lo había notado hasta ahora.

Entonces, recuerdo el consejo que me dio esa mujer ayer, razón por la que cuando ella me mira casi suplicante, me pongo de pie, le tiendo mi mano y espero que ella la tome.

−¿Me permite esta pieza?

−Será un placer.

Lucy eligió una canción lenta para ambos. Ella rodea mi cuello y yo su cintura. Por unos minutos solo nos miramos, su cercanía y calidez ahora mismo me abruma, pero no permito que eso me impida moverme.

−No haces esto muy a menudo ¿verdad?

−¿Los bailes escolares cuentan?

−Claro.

−Pero nunca he bailado con nadie a solas.

−Siempre hay una primera vez –me dedica una sonrisa y yo por mi parte también. Sus uñas se clavan levemente en mi nuca. Lucy Gray parece muy pequeña y delicada a mi lado, incluso cuando yo con mi estatura media no me puedo considerar el chico más alto, pero si en comparación con ella.

Libero una de mis manos y tomo una de las suyas, mientras aumento el agarre de mi abrazo de mi otra mano en su cintura, e intento recordar lo que suelo hacer cuando he bailado con mi hermana, mi prima o alguna compañera. Mi mente empieza a funcionar nuevamente y mi cuerpo responde. Resulta complicado pensar con claridad con ella tan cerca de mí. Me recuerdo que ella es excelente bailando y que debo seguirle el ritmo, pero es ella quien amolda sus pasos a los míos de forma perfecta y sincronizada. Internamente agradezco a mi madre por haberme enseñado a bailar, incluso aunque hayan sido bailes más formales. Por mi parte voy un poco más allá, porque sé lo que es capaz de hacer Lucy, luego de observarla el día anterior. Cada tanto la ayudo hacer giros y la acerco a mi pecho, para luego alejarla haciéndola dar otra vuelta mientras mantengo mi mano elevada. Hasta que la ronda de baladas o vals acaba y empiezan a sonar canciones más alegres y movidas. Para ese momento ambos, nos hemos soltado bastante y creado nuestros propios pasos de baile sincronizados. Lucy empieza a alejarse de mí y bailar dando vueltas a mi alrededor, rondándome, acariciándome, para luego volver a enfrentarme, aferrarse a mis manos o mis brazos, y seguir bailando juntos.

−Ya no estas rígido, te has soltado y te diviertes. Sigue así –murmura en mi oído.

Ella también parece estar divirtiéndose mientras baila conmigo.

−Esa energía tan particular tuya es contagiosa –explico. La hago dar otra vuelta y el tenerla tan cerca nuevamente, me permite escuchar los acelerados latidos de su corazón, latiendo a la par del mío.

−Me siento halagada –comenta llevando mis dos manos a su cintura nuevamente cuando empieza una nueva canción y ella rodea mi cuello con su brazo para descansar y dice el nombre de una canción, da una indicación y la música cambia automáticamente–. También reconoce mi voz –explica.

−Bastante útil –digo observando el diminuto dispositivo que está enganchado en el hombro de su vestido y mantuvo presionado para cambiar el repertorio.

−Aquí solemos practicar cuando está desocupado, porque nos podemos alejar de todo y no molestamos a nadie.

−¿Y los instrumentos?

−Solo los traemos si son necesarios. Tenemos un cuarto especial para guardarlos cerca de aquí –luego hace una pausa−. Coriolanus, eres un buen compañero –ella apoya su cabeza en mi hombro izquierdo mientras nos movemos al compás de la música.

−Tal vez, pero no estoy a tu altura.

−Puedes llegar a estarlo.

−¿Cómo?

−Te enseñaré. No ahora, más adelante. Si quieres seguir viéndome, claro.

−Sabes que sí.

Lucy levanta su cabeza y se detiene a pocos centímetros de mí.

−Eso lo averiguaremos luego de nuestra cita.

Si tan solo me inclinara un poco, nuestros rostros estarían a la misma altura y podría besarla. Sin embargo, se siente incorrecto, porque no quiero que ella piense que la estoy utilizando, que solo la quiero pasar un momento como la mayoría de los chicos que se debe cruzar aquí. ¿Cómo va a confiar en mí si cruzo esa línea ahora y tal vez sin su consentimiento real? Optó por inclinarme levemente y besar su frente.

−Luego de esa primera cita, querré tener una segunda y luego una tercera, una cuarta, una quinta... Entonces, Lucy, podrás enseñarme lo que quieras.

−Espero que no te aburras de mí para entonces.

−Dudo que alguien se pueda aburrir de ti.

Solo me bastó una noche para caer ante ella.

−Eres diferente del resto, puedo verlo.

−El problema radica en que a la mayoría no le gusta lo diferente, solo lo conocido.

−No deberías dar por sentado algo como eso, no todos somos iguales. Aparte no lo dije para ofenderte, me gusta eso que te hace especial. ¿Dejarás que te lo demuestre?

−Lo permitiré, tengo curiosidad por saber que tan lejos llegamos.

−¿Por qué piensas que podría funcionar?

−Es una posibilidad. Suelen decir que no existen las casualidades.

−¿Entonces qué es lo que sí existe?

−El destino, todas las personas tenemos uno. Y éste, tarde o temprano nos lleva a lugares determinados y personas que tal vez siempre nos esperaron.

−¿Eso crees que sucede entre nosotros?

−Supongo que aún es muy pronto para asegurarlo. ¿Quién sabe? Más adelante, lo descubriremos.