Disclaimer: Naruto y sus personajes pertenecen a Masashi Kishimoto.


-Desorden-


Para Temari, era casi una ilusión el compartir el lecho con alguien. Nunca lo había hecho porque ni siquiera le gustaba y se había prometido a sí misma —en más ocasiones de las que podía o sabía contar— que nunca, jamás, volvería a hacerlo.

Y mucho menos con ese hombre.

Sin embargo, parecía ser que caer en las redes de Shikamaru Nara era algo de lo que no podía escapar.

Todo empezaba con una simple visita rutinaria y protocolaria. Después de todo, era la embajadora de la Villa Oculta de la Arena en Konoha, así que era completamente normal que la visitara cada cierto tiempo para que los tratados de paz se siguieran manteniendo vigentes. El problema era que, absolutamente siempre, su guía era la misma persona.

Comenzaban hablando con frases escuetas y sin casi mirarse a los ojos, del modo más antipático en el que ambos sabían, escondidos en las máscaras de «qué mujer más problemática» y «qué niño más llorón».

El día progresaba entre esa aura de hastío y frialdad que los dos imponían, pero, cuando llegaba la noche y Shikamaru acompañaba a Temari a su habitación en la misma posada de siempre, los disfraces caían al suelo, las sombras se disipaban y ambos amantes se encontraban en la cama, en el suelo, contra la pared; donde fuera necesario para expresar la liberación de sus almas que, cansadas de aparentar lo que no eran y lo que no sentían, se entregaban la una a la otra.

Cuando la chica volvía a su hogar, la culpa la acechaba. No estaba bien lo que estaba haciendo. Estaba manteniendo relaciones esporádicas con un chico tres años menor que ella y que no vivía en su misma villa. ¿En qué posición la dejaba eso?

Según Temari, en una muy comprometida, pues se sentía una aprovechada por acostarse con aquel hombre al que a veces veía como un niño que no sabía nada de la vida y como una ilusa por pensar que era posible que mantuvieran una relación estable dos personas que habían empezado siendo enemigos y que ni siquiera residían en el mismo lugar. ¿Qué pasaría si llegasen a formalizar una relación? Probablemente, sería ella la que tendría que sacrificarlo todo para estar con él, tendría que mudarse de su villa natal a otra, que no le era tan desconocida, pero a la que no estaba completamente acostumbrada. Se tendría que separar de sus hermanos, relacionarse con gente distinta, comenzar de nuevo. Y no se veía preparada para hacer algo así.

Sin embargo, también recordaba lo bien que se sentía entre los brazos cálidos de Shikamaru y que experimentaba que verdaderamente era una mujer. Nunca había imaginado tener relaciones con nadie. Porque ella no había nacido para algo así, porque ella debía luchar y proteger a sus hermanos. Y solo eso. Entonces, llegó aquel chico que se quejaba por todo para romperle los esquemas, para demostrarle que podía sentirse deseada, que podía sentirse apreciada por alguien y para darle calidez no solo a su cuerpo, sino también a su corazón. Por eso, no podía evitar terminar desnuda, enredada entre las piernas del único heredero de los Nara y sintiéndose completa mientras hacían el amor cada vez que visitaba la aldea aliada de la Arena.

Por supuesto, aquella ocasión no había sido una excepción y, tras haber sido escoltada por Shikamaru durante todo el día, habían pasado la noche juntos en su habitación.

Cuando despertó, se quedó mirándolo fijamente. Dormía desnudo —al igual que ella estaba— y de lado. Sus cuerpos eran solo tapados por una fina sábana. Su respiración era tremendamente pausada y su cabello, suelto, caía libremente por su espalda, colándose algunos mechones encima de su mejilla. Las veces que le había tocado el pelo había notado que era muy sedoso, mucho más que el suyo, aunque siempre lo llevara recogido. Probablemente, hacerse ese peinado era una tradición de su clan y por eso la respetaba. Estaba segura de que algún día se dejaría la barba igual a la que solía llevar su padre porque así sentiría que seguía teniendo un vínculo al que aferrarse.

No sabía si seguiría teniendo contacto con él para ese entonces porque, aunque era cierto que cada vez se sentía mejor cuando estaba a su lado, también las dudas y la incertidumbre la asaltaban con más frecuencia. Era difícil sobrellevar esa situación de carga constante sobre sus hombros y estaba segura de que algún día le acabaría explotando en la cara. Era casi inevitable que la onda expansiva afectara a Shikamaru también. Lo que no sospechaba era que ocurriría tan pronto y con solo escuchar dos simples palabras.

Shikamaru, en ese momento, comenzó a despertarse. Abrió sus ojos y después, instintivamente, los volvió a cerrar, aunque no tardó mucho en enfocar su vista en el rostro de Temari, que lo observaba en completo silencio.

Se había dado cuenta hacía mucho tiempo de que no le importaría en absoluto despertarse cada día con esas vistas; con los ojos verdes de Temari clavados sobre los suyos, como si estuviera escudriñando cada detalle de su cara con determinación.

La amaba. La amaba tanto que no comprendía cómo era posible que todavía no le hubiese dicho que quería pasarse toda la vida a su lado.

Era cierto que tenían buena sintonía en la cama, pero no se trataba solo de eso. Salían a pasear juntos, incluso a cenar a distintos locales de Konoha. Hablaban de miles de temas; desde los más nimios e insignificantes hasta los más profundos, incluso incluyendo sus inquietudes personales o sus planes de futuro. Temari era una mujer interesante, sin duda alguna. Y no solo eso, era resolutiva, valiente, fuerte e inteligente. En resumen: era perfecta para alguien como él porque solventaba todos sus defectos. Lo completaba de alguna extraña manera que no lograba comprender del todo, pero que le fascinaba.

—Buenos días —le dijo mirándola aún a los ojos. Temari ni se inmutó ante el saludo, simplemente permaneció observándolo y en silencio.

Shikamaru sabía que era alguien compleja. Nunca podía adivinar lo que pasaba en su mente porque era bastante hermética y encima tampoco era de expresar sus sentimientos con palabras. Muchas veces era insoportablemente molesto, pero no se sentía con el derecho de presionarla insistiéndole con sus preguntas. Después de todo, oficialmente no eran nada; solo dos personas que se llevaban bien, que hablaban y que pasaban ratos estupendos en la cama.

Ni siquiera sabía lo que ella sentía. Sí, podía ser el ninja más inteligente del País del Fuego, pero eso no lo eximía de sentirse inseguro de vez en cuando o de no poder descifrar con propiedad la verdad oculta que se escondía tras los ojos verdes de Temari.

Como si su sistema completo se lo hubiese exigido, se movió, acortando su distancia con el cuerpo de la joven rubia por completo, y posó su brazo alrededor de su cintura mientras escondía el rostro en su cuello.

Temari se sobresaltó. Las pupilas se le dilataron y contrajeron con inusual velocidad, mientras que aquel calor que bien conocía se expandía sobre su alma, inundando por completo su corazón.

—¿Qué haces? —le preguntó, altiva, sin corresponderle al abrazo—. Vamos a levantarnos, que me tengo que ir.

El joven cortó el abrazo repentinamente y Temari se sintió, de forma inexplicable, algo desamparada. Lo vio acomodándose de nuevo de lado para mirarla, imitando su postura, y su cara compuso un gesto serio, determinado.

—Temari —susurró el chico. Después suspiró, dándose a sí mismo el valor que necesitaba para decir lo que tenía pensado desde hacía mucho tiempo, y volvió a hablar, esta vez con un tono de voz mucho más alto y claro—, te quiero.

Aliviado, le sonrió con verdad. Necesitaba materializar aquel sentimiento para quedarse tranquilo consigo mismo. Además, consideraba que se lo debía. No quería, no podía seguir escondiéndolo porque sabía que quería estar con ella para siempre. Y ese era el primer paso para que pudieran formar una vida juntos: hacerle saber lo que realmente sentía.

La joven, horrorizada, se levantó de forma instantánea de la cama. Se vistió con una velocidad asombrosa y se recogió el pelo en dos coletas. Se colgó el abanico de la espalda y continuó recogiendo sus pertenencias.

Quería desaparecer, quería huir de allí lo más pronto posible. Se sentía expuesta, aterrorizada, insegura. ¿Cómo iba a ser posible que un hombre sintiese algo así por ella? No, no estaba preparada para enfrentarlo. No quería separarse de su aldea, de sus hermanos, de su vida habitual. No quería salir de su zona de confort y tampoco sabía cómo actuar en una relación de pareja, pues jamás había imaginado que tendría una.

Shikamaru se quedó atónito. ¿Qué era lo que había ocurrido allí? Le acababa de confesar sus sentimientos y ella simplemente se había levantado de la cama y se había puesto a recoger sus cosas para marcharse a toda prisa. ¿Lo que le estaba sucediendo era real?

Parpadeó varias veces, todavía incrédulo de la situación que se estaba desarrollando delante de sus ojos. Sin embargo, sabía que debía actuar rápido, pues Temari casi había acabado y pronto saldría por aquella puerta y quién sabía si para no volver nunca más si él no la llegaba a detener.

Se levantó y se puso simplemente su ropa interior y sus pantalones para no perder demasiado tiempo. Tras eso, se acercó hasta Temari, quien le daba la espalda en ese momento.

—¿Qué es lo que te pasa?

—No me pasa nada —respondió, escueta, y se dio la vuelta porque ya había terminado de recogerlo todo—. Simplemente que se me hace tarde. Me tengo que ir.

Shikamaru la retuvo sosteniéndola del antebrazo. No, las cosas no se iban a quedar así. Si Temari no quería nada de él, debería decírselo de forma clara.

—No me engañes.

La colocó justo enfrente de él y las miradas chocaron como si se tratase de una de las miles de batallas que se habían visto forzados a librar durante sus vidas. Temari se sorprendió mucho ante su resolución y seguridad. Aquel chico no era alguien que se tomase las cosas demasiado en serio y verlo así la conmovió. Aunque, por supuesto, su rostro, impasible, no lo reflejó.

—Eres listo, pero no creas que lo sabes todo de mí.

—No he dicho eso en ningún momento —aseguró.

La joven de ojos verdes, en un movimiento un poco brusco, se soltó de su agarre.

—No puede ser, Shikamaru. Esto no funcionaría —espetó seria mientras el chico sintió como si el corazón se le comprimiera al escuchar esas palabras—. No nos parecemos en nada, vivimos en aldeas diferentes, incluso soy mayor que tú.

—¿Y qué? Todo eso tiene soluciones muy sencillas —explicó tranquilo.

—¿Ves? Ese tipo de respuestas evidencia que aún eres un niño.

Shikamaru se rio levemente, mostrando su disconformidad ante aquella aseveración. Era absurdo y patético. Sabía que Temari estaba intentando ponerse excusas que no tenían consolidación ninguna y, como era un tipo listo, se las destrozaría todas de una vez.

—¿Un niño? ¿Qué dices, Temari? Si solo soy tres años menor que tú. Además, podríamos mudarnos juntos, adonde sea. Me da igual mientras esté contigo. Y no, no nos parecemos mucho, pero eso es lo bueno de lo nuestro, que nos complementamos el uno al otro. No me puedes negar que nos llevamos bien y que nos divertimos juntos. ¿No es eso lo que se supone que hace una pareja?

Temari tragó saliva. ¿Cómo desmontaba esos argumentos tan buenos? No en vano estaba lidiando con el mayor estratega de Konoha, pero ella era alguien tozuda y no se dejaría convencer tan fácilmente. Si no podía contraargumentar, simplemente actuaría, aunque fuera de una manera bastante cobarde para su comportamiento habitual.

—No funcionaría, Shikamaru. Me tengo que ir.

Temari se encaminó hacia la puerta y, cuando la abrió, las palabras de su acompañante la retuvieron unos instantes más.

—¿Es que tú no me quieres, Temari? —susurró con algo de dolor; dolor que ella también experimentó como propio al percatarse de la amargura en su tono de voz.

—Eres muy ingenuo —contestó de forma un tanto fría sin darse siquiera la vuelta—. No todo se resuelve con eso.

Temari abandonó la habitación y Shikamaru, a pesar de la tensión de la conversación y de lo que parecía un rechazo sin vuelta atrás, sonrió con alivio. No le había dicho que no lo quería, así que todavía había esperanza. Ya se le ocurriría algún plan para convencerla de cuánto se necesitaban el uno al otro.


El repiqueteo de los dedos chocando contra la mesa del despacho del Kazekage no cesaba. Temari, nerviosa, no podía detener el gesto, que ya estaba empezando a impacientar a su hermano pequeño.

—¿No puedes mandar a otra persona?

—Sabes que no —replicó Gaara conciso.

Temari suspiró. Llevaba tres semanas evadiendo la solicitud de su hermano para que visitara Konoha. Las relaciones entre ambas aldeas eran muy estrechas y eso se traducía en viajes constantes por parte de la embajadora de la Arena. Antes de su encontronazo con Shikamaru, no solía replicar ni un instante. No podía mentir; le gustaba visitar Konoha. Era completamente distinta a su aldea natal, le resultaba agradable y exótica y, por supuesto, estaban aquellos encuentros clandestinos —y otros, no tanto— con el heredero del clan Nara.

Gaara la miró, incesante. Era realmente extraño. Desde que a su hermana mayor se le había designado desempeñar la labor de embajadora y preservar las relaciones diplomáticas con la Aldea Oculta de la Hoja, jamás se había quejado. De hecho, solía volver muy contenta, de buen humor e, incluso, más habladora de lo que solía ser habitualmente. Sin embargo, notaba que desde hacía tiempo algo había cambiado. Y no era desde que se negó por primera vez a ir, sino desde hacía algunas semanas atrás, en las que, a la vuelta de su viaje, no se le veía tan radiante como de costumbre, sino, más bien, distante y demasiado pensativa.

No sabía qué le había pasado y tampoco le insistiría para que le contara. Eso sí, tenía claro que no debía mezclar sus asuntos personales con el trabajo, así que su obligación era viajar ese mismo día hacia Konoha. Además, de ese modo, tal vez podría resolver lo que la traía tan inquieta.

—Temari, el trabajo es el trabajo. Lo sabes. Siempre que vas a Konoha estás en buenas manos, ¿no? —La chica, al escuchar esas palabras, frunció el ceño levemente y de forma casi imperceptible, pero Gaara se dio cuenta del gesto. Así que era eso. Estaba seguro de que en cualquier momento su hermana mayor oficializaría su noviazgo con el cabeza de los Nara, pero no se esperaba que estuviesen atravesando una mala racha—. Así que, lo siento, pero no podemos posponer tu viaje más.

—Bien —soltó ella con algo de antipatía—, eso sí, me gustaría que solicitaras al Hokage que no tenga guía en esta ocasión. Conozco la aldea lo suficientemente bien como para ir yo sola.

Gaara apoyó sus codos en la mesa de su despacho, cruzó los dedos de sus manos y colocó allí su barbilla. Cerró los ojos. Temari podía ser la más tozuda del mundo si se lo proponía, así que cedería. Simplemente le asintió y, cuando su hermana abandonó la habitación, llamó al Hokage para informarle de que la embajadora de la Arena en la Hoja no necesitaría a nadie que la acompañara en esa ocasión.


Al atardecer de aquel jueves de otoño, Shikamaru fue llamado a la oficina del Hokage. Era raro, pues Kakashi no solía reclamar su presencia a esas horas del día, así que supuso que sería algo importante. Bufó fastidiado. Qué duro era a veces ser el consejero del Hokage. Lo peor de todo era que sabía que Naruto lo relevaría muy pronto y que esa tarea iba a ser infinitamente más dura.

Tocó la puerta y escuchó la voz masculina dándole permiso para entrar. Lo hizo y se quedó de pie, justo enfrente de la mesa del despacho del Hokage, que era ahora ocupada por al que antiguamente se le conocía como Kakashi el del Sharingan.

No era muy usual, pero el hombre lo miraba demasiado serio para el carácter desenfadado que solía tener. Shikamaru arqueó una ceja.

—Shikamaru, ¿me puedes explicar qué has hecho esta vez?

—¿Yo? —dijo el ninja, sorprendido, mientras se señalaba el pecho con el dedo índice de su mano derecha.

Kakashi frunció el ceño. Después, lo relajó y suspiró.

—Sí, tú, quién más va a ser. La embajadora de Suna ha estado hoy aquí.

El joven abrió sus ojos con estupor. ¿Temari había vuelto? ¿Por qué diablos no había sido informado de eso si se suponía que era su guía siempre que visitaba la aldea?

—¿Por qué no se me ha dicho nada?

El hombre de pelo plateado se levantó de la silla que ocupaba y dio un rodeo a la mesa, poniéndose después justo enfrente de Shikamaru.

—Porque ella pidió que nadie la acompañara. El Kazekage mismo me lo solicitó expresamente, de hecho.

Shikamaru apretó los dientes ligeramente. Así que era eso. Temari era muy astuta y sabía que había estado evadiendo sus viajes durante al menos las tres últimas semanas. Y ahora había decidido cumplir con sus responsabilidades, pero sin tener que cruzarse con él. Perfecto.

—Ha sido un malentendido. Lo solucionaré.

—Bien. Y Shikamaru —mencionó Kakashi mientras lo miraba fijamente—, no mezcles tus líos de faldas con el trabajo.

Shikamaru asintió, algo avergonzado.

—De acuerdo. Lo siento, Sexto.

—No te preocupes. Por cierto, Temari está todavía en la posada en la que se suele hospedar. Te recomendaría ir a resolver ese malentendido. Ya sabes —dijo Kakashi con ironía y sonriendo esta vez—, por el bien de la aldea.

El joven, como respuesta, también le sonrió y salió deprisa de la oficina del Hokage. Se fue corriendo hasta la posada, la cual conocía muy bien, e incluso en la recepción le dejaron entrar sin ponerle pegas.

Cuando llegó al cuarto donde Temari siempre se alojaba, abrió la puerta sin siquiera llamar o pedir permiso. La chica estaba en el centro de la habitación, con el pelo suelto, con el cuerpo cubierto solo con una delgada bata y dándole la espalda. Por supuesto que sabía que estaba ahí, pero había decidido ignorarlo deliberadamente.

—¿Ahora te escondes de mí? —preguntó Shikamaru con sorna mientras cerraba la puerta de la habitación.

—Yo no me escondo nunca de nadie. Simplemente no me haces falta.

El chico, a pesar de la crudeza de las palabras, sonrió. Sabía perfectamente que Temari estaba construyendo su típica barrera de chica fría y que desprecia a todos sin razón aparente, pero él sabía derribarla. Lo había hecho antes y esta ocasión no sería una excepción.

—Es curioso porque, según mis cálculos, no te hago falta desde hace años. Esta aldea no es tan grande, así que es más que obvio que la conoces de sobra. Pero esta es la primera vez que rechazas mi guía.

—Las cosas cambian —espetó—. Ahora, si no te importa, me iba a dar un baño. Vete.

Tras pronunciar esas palabras, Temari se dio la vuelta para encararlo y fue ahí cuando supo que era demasiado tarde.

Kagemane no Jutsu completado con éxito.

Genial. Había aprovechado que no estaba mirándolo para hacer los sellos de su técnica y tenerla paralizada, completamente a su merced. Ella, tan distraída como estaba por sus nervios y por el intento desesperado por fingir su indiferencia, ni siquiera se había dado cuenta. Solo le había bastado con esperar al momento adecuado para retenerla frente a él, dejándola con cero posibilidades de escapar.

—¿Crees que esto es gracioso? —le preguntó con molestia al verlo sonriendo con autosuficiencia.

—Es muy gracioso.

Shikamaru empezó a moverse hacia Temari, haciendo que el cuerpo de la mujer se acercara hacia él también al compartir los mismos movimientos. Cuando faltaban unos centímetros de distancia para que sus cuerpos se rozaran, Shikamaru se detuvo. Temari lo miraba con profunda seriedad y a él, la sonrisa, a esas alturas, se le había borrado del rostro. Sus ojos, fijos en los verdes de la chica, denotaban un coraje y determinación que ella nunca había visto. El vello de todo el cuerpo se le erizó.

El joven alzó sus manos y las posó en el cuello femenino. A su vez, atrapada por su técnica, Temari hizo lo mismo.

Antes de hablar, él volvió a sonreír, aunque esta vez no era con altanería, sino de forma genuina y con amor desbordante. Una vez más, ella se estremeció ante sus gestos.

—Eres tan testaruda.

—Shikamaru… —intentó la chica cortarlo, pero él no la dejó.

—Déjame hablar aunque sea por una vez. Sé que soy un inmaduro, un vago, un ingenuo, todo lo que quieras. Siempre pensé que mi vida sería mediocre, que me casaría con una mujer normal y tendría dos hijos: un niño y una niña —Shikamaru sonrió mientras Temari lo miraba casi sin parpadear, pendiente de lo que decía—. Lo que nunca me llegué a imaginar era que la mujer de la que me enamoraría sería totalmente lo contrario de la definición de normal. Que sería la más preciosa de las cinco naciones, la más fuerte, la más temperamental y la más altruista que he conocido jamás —relató mientras acariciaba la mejilla derecha de Temari y ella, sin darse cuenta, se aferraba a su cuello con las yemas de sus dedos, como si jamás quisiera alejarse de nuevo de él—. No te voy a pedir que dejes nada ni que abandones a nadie. No me importa irme contigo si es necesario; a Suna o adonde sea.

—Pero si eres el consejero del Hokage… Además, Naruto te necesitará algún día.

Shikamaru frunció un poco el ceño. Era verdad. Se lo había prometido a sí mismo cuando Naruto lo salvó de las garras de la mismísima muerte durante la guerra.

—Naruto me entenderá. Tú eres mi prioridad absoluta, Temari. Y te repito: me iré contigo adonde haga falta, adonde tú quieras.

Al fijarse bien en los ojos verdes de Temari, se dio cuenta de que brillaban, emocionados por esas palabras. Era eso, simplemente eso. Estaba asustada por enfrentar lo que sentía, insegura por abandonar a sus hermanos, que eran pilares fundamentales en su vida aunque ya fueran adultos.

—Pero… —musitó en un vano intento por contraargumentar una batalla dialéctica que sabía bien que ya había perdido.

—Pero nada, Temari. Estás tan enamorada de mí como yo de ti. ¿Y sabes qué lo demuestra?

—¿El qué, listillo? —le cuestionó con algo de sorna y sonriendo de lado.

—Que desde que empecé a hablar deshice el Kagemane no Jutsu y no te has soltado de mí.

Temari, con los ojos abiertos por la sorpresa, miró hacia abajo sin despegar las manos del cuello del chico. Era cierto, la sombra no estaba por ningún sitio. Además, si recordaba bien, en un momento de la conversación, Shikamaru le había acariciado la mejilla y eso no se había reproducido en sus propios movimientos.

Abatida por sus incuestionables razonamientos, sonrió y apoyó su frente contra la del chico. Era cierto. Todo lo que le había dicho era cierto. Y estaba realmente hastiada de esconderlo todo, de ser indescifrable, de echarlo de menos en silencio y de no sentirse completa porque no estaba a su lado. Pero, sin duda alguna, lo que la llevó a dar el paso definitivo fue que le dijera que renunciaría a todo por ella, que se sacrificaría porque lo único que quería, su única meta en la vida era que estuvieran juntos.

Movió sus labios hasta los masculinos y los besó. Primero, muy despacio, como si quisiera congelar aquel instante para siempre y, luego, comenzó con el ritmo demandante al que acostumbraba.

Shikamaru metió sus manos por debajo de la bata, por la parte de sus hombros. Deslizó la prenda y pronto cayó al suelo, dejando la desnudez de la chica completamente a su vista. La agarró por la cintura y la besó con más pasión, pues antes había sido ella la que había dirigido las caricias de los labios del uno contra el otro.

—Te necesito, Temari —le susurró en el oído mientras apretaba su cintura desnuda con sus manos.

La chica tembló por un instante. Nunca unas palabras habían significado tanto para ella. Temari era una de esas personas que creían que los sentimientos se pueden expresar de mil maneras más aparte de con un simple «te quiero» y que Shikamaru lo hubiese sabido leer le caló hasta los huesos.

—Creo que… tienes mucha ropa puesta —comentó y después empezó a desnudarlo y le soltó el pelo.

Shikamaru, decidido a intentar controlar la situación aunque fuera por una vez, le posó la mano en la espalda y la condujo hacia la cama. La tumbó y se quedó mirando con insistencia su perlada desnudez, sus senos, que se le antojaban perfectos, el espacio entre su ombligo y su pubis, el cual se moría por besar, y su sexo.

Se acercó hasta el borde de la cama, con su excitación palpitándole con anticipación, con las ganas consumiéndole cada célula de su ser, y se arrodilló frente a Temari. Se agachó y empezó a besarle los muslos, mientras ella comenzaba a suspirar ligeramente por el reguero de besos que le estaba dejando en la parte interior de las piernas.

Mientras más subía por su piel, los latidos del corazón de la chica iban más rápido. Lo habían hecho en incontables ocasiones, pero esa se sentía más especial, más pura. Ni siquiera la primera vez que lo hicieron se había sentido tan expectante y deseosa.

Cuando llegó a su sexo y comenzó a besarlo delicadamente, el cuerpo de Temari tembló. Pero eso era solo el principio, pues cuando él consiguió colarse en su centro de placer con la lengua, soltó un gemido involuntario que hizo que Shikamaru la mirase sonriente y que ella se sonrojase de forma irremediable. Decidió que sería mejor posarse la mano encima de la boca para que nadie los escuchase.

El chico continuó con su labor, acelerando sus movimientos de vez en cuando, profundizándolos y ralentizándolos después, hasta que también introdujo uno de sus dedos en la intimidad femenina. Temari arqueó la espalda y, tras unos segundos sintiendo aquellos movimientos simultáneos tan placenteros, llegó al límite. Y la explosión en su interior fue tan absurdamente grande que se quedó agotada e incluso mareada.

Shikamaru, sin levantarse completamente, fue subiendo con su rastro de besos por el pubis de la chica, siguiendo por su vientre para acabar en sus senos, mientras ella enredaba de nuevo sus manos entre los cabellos negros y lisos y apretaba sin demasiado cuidado su cabeza sobre su cuerpo.

Los besos y las caricias llegaron hasta su clavícula y después hasta su cuello. Entonces, el joven se separó un poco y, con los torsos completamente pegados, la miró. En sus ojos vio que ella también lo necesitaba, pero jugaría un poco antes de concretar la unión.

—Temari, dímelo.

—¿Que te diga el qué?

—Lo sabes perfectamente —susurró con sensualidad sobre sus labios y después los besó, mordiendo al final su labio inferior.

—Shikamaru… —gimió ella, en una mezcla de queja y de placer.

—Vamos. Por favor…

Temari se revolvió un poco. Desvió la mirada e incluso a Shikamaru le pareció que se había sonrojado ligeramente. Pero ¿a quién pretendía engañar? Solo le estaba pidiendo que le dijese lo que sentía, algo que él ya había hecho y de distintas formas. Y ella, en cierto modo, no le había dado nada a cambio, así que era lo justo.

Movió de nuevo su rostro y sus ojos se encontraron con los del chico, a quien veía en ese instante más hombre que nunca. Sí, no podía mentirse más. El corazón no es una máquina, no se puede programar lo que sentimos y en qué momento lo haremos.

—Shikamaru —le dijo con decisión—, te quiero.

Él no pudo aguantar más. De una sola vez, entró, haciendo que ambos soltaran un quejido pesado y pasional.

—Yo también te quiero.

Shikamaru la besó de nuevo y, mientras se movía en su interior y notaba cómo ella se movía de igual modo contra él y le posaba las manos en la espalda, lo supo. Que todo el camino que había recorrido durante toda su vida justificaba ese momento. Que le daba igual la guerra, las pérdidas, el sufrimiento, si la recompensa era tan grande como estar al lado de una mujer como Temari.

Cuando terminaron, ambos se tumbaron, exhaustos y bocarriba, uno al lado del otro. Con las respiraciones desbocadas por la intensidad del orgasmo, se quedaron mirando al techo, sin decir una sola palabra.

—¿Estás dispuesto a vivir en Suna entonces? —preguntó la chica con un tono de voz apacible mientras se ponía de lado y escondía su mano debajo de la almohada.

—Si es lo que quieres, sí.

Temari le sonrió con sinceridad, agradecida por su consideración, aunque era más que consciente de que no sería capaz de alejarlo de sus raíces.

—Bueno, ya lo pensaremos —Hizo una breve pausa y, después, juguetona, continuó—. Ahora que yo he desvelado algo…

—Algo que los dos sabíamos —interrumpió el chico y ella, como respuesta, chistó.

—… te toca contarme un secreto.

—¿Un secreto?

—Un secreto —repitió Temari.

Shikamaru se quedó algo pensativo. No era un tipo que tuviese muchos secretos, aunque se le había ocurrido una bobada de la adolescencia que casi nadie sabía. Era algo vergonzoso, pero también una estupidez sin importancia del pasado.

—Bueno… —comenzó, algo dubitativo— hace mucho tiempo, me gustaba Ino.

Ya lo había soltado. No era tan difícil después de todo. Sin embargo, cuando miró a Temari, la vio seria. ¿En serio se iba a enfadar por algo así? De repente, la chica no pudo contener más su gesto de molestia fingida y explotó en carcajadas que inundaron toda la habitación y le dieron años de vida a Shikamaru al escucharla.

—Tenías buen gusto. Ino es muy guapa.

—Ahora ha mejorado considerablemente.

Temari, conmovida, le acarició la mejilla despacio. Se acercó hacia él y volvió a besarlo. Sintiendo que, ambos tenían energías suficientes por la intensidad de los besos, se puso de rodillas sobre la cama y pasó una pierna por encima del torso del joven para sentarse a horcajadas sobre él.

Era cierto; ella no solía ser así de sumisa durante el sexo. Le gustaba controlarlo todo, hacerlo todo a su gusto y llevar siempre las riendas de la situación. Shikamaru simplemente le posó las manos sobre la cintura, sintiendo la carne de sus dedos fundiéndose con la de la piel femenina.

—Prepárate —afirmó mientras se movía para colocarse de forma más accesible sobre él—, ahora es mi turno.


FIN


Nota de la autora:

Me gusta mucho analizar las debilidades que pueden tener personajes que se ven muy seguros e inquebrantables, por eso quería hacer algo de este estilo con Temari. Si has llegado hasta aquí, ¡gracias por leer! Espero infinitamente que te haya gustado.

¡Nos vemos en la próxima!