Descargo de responsabilidad: Harry Potter es propiedad de JK Rowling, quien tiene la amabilidad de permitirnos interpretar su mundo a través de Internet. Hago esto por voluntad propia y sin fines de lucro.


Preludio:

Harry James Potter no habría tenido mucho por qué vivir antes de recibir su carta de Hogwarts. No más que por sí mismo, en realidad.

Después de todo, siendo huérfano de padre y madre después que estos murieran en un accidente de coche cuando era pequeño, había ido a parar a casa de sus únicos parientes vivos, donde se le consideraba nada más que un estorbo. Incluso peor, según los Dursley, Harry era menos que todos y todo lo demás.

Un Fenómeno, nada más y todo menos.

Harry era muy consciente de este hecho, y no era solo por la constante repetición de su condición anormal. Pues de más estaba decir que cada vez que intentaba hacer algo bueno por los Dursley o para ganarse su aprecio, sin importar cuánto lo intentara, ellos siempre lo rechazaban de la manera más cruel posible.

Como aquella vez que su tía rompió la tarjeta del Día de San Valentín en la que había trabajado con tanto esfuerzo frente a él, sin el menor remordimiento.

O en el Día de las Madres, en la que le dio unas bonitas flores blancas que recogió de camino a casa, aunque el tallo hubiera arañado sus manos. A las cuales sólo había dado una mirada de reojo antes de arrebatárselas rápidamente. Y con tal desprecio, como si fueran la más grave de las ofensas, las pisó con saña en el suelo y desechó en la basura sin mirar atrás.

O esa otra vez, cuando hizo todo lo posible por sacar las mejores calificaciones en clase, esforzándose tanto, solo pensando que tal vez eso los haría estar, un poco, solo un poco orgullosos de él.

Pero, por supuesto, no lo fueron.

Lo que es más, Dudley inclusive fue tan lejos como para decir que Harry lo había hecho apropósito para que pareciera estúpido y como consecuencia le habían dado una de las peores palizas que recordara en su corta vida.

Harry era nada más que un problema. Un bicho raro. Y ese era un hecho.

Entonces ya no se esforzó más. Trató de mantenerse fuera del camino de los demás lo máximo posible y pasar desapercibido, como debería de hacerlo un estorbo como él.

Pero quedarse callado y distante era aburrido y lo llevaba a pasar mucho tiempo solo con sus pensamientos, encerrado en su armario mientras miraba fijamente hacia la parte inferior de las escaleras cada mañana y cada noche con un sentimiento de desesperanza, desplazando sus emociones cada momento que pasaba fuera de su alacena y perfeccionando las únicas habilidades que tenían, que eran, por supuesto, cocinar, limpiar y trabajar en el jardín. Y claro está, ser extremadamente ligero de pies para que no pudiera ser detectado innecesariamente por sus familiares o por cualquier otra persona.

De hecho, Dudley había inventado un juego que rápidamente se volvió su favorito, en el que él y su pandilla de matones perseguían a Harry, y si le atrapaban le golpeaban hasta quedar satisfechos. Este juego tuvo un efecto muy indeseado en su víctima usual, Harry se volvió muy rápido para los niños de su edad, mejoró la mayoría de sus reflejos y también lo hizo bastante perceptivo de cómo funcionaba el ambiente que lo rodeaba.

Sabía que quejarse con los profesores podría ganarle algo de tiempo dentro del aula, pero tendrá un efecto adverso tan pronto saliera.

E igualmente sabía a ciencia cierta que cualquier castigo que se les diera a sus persecutores si los identificaba volvería a él multiplicado como un karma en cuanto pusiera un pie en "casa".

Así como también sabía que solo había una forma de lidiar con eso, y es no ser atrapado. Simple, ¿no?

Empezó a ser más consciente de su entorno y el comportamiento de los que le rodeaban e incluso algo paranoico para sus siete años de vida. Su vida social escolar había terminado gracias a los matones, porque nadie se acercaba a él por temor a convertirse en el próximo objetivo. Solo unas contadas veces tuvo la oportunidad de hablar un poco con los niños de su edad, antes de ser espantados por su tonto y gordo primo. Después de todo, los extraños y raros como él no tenían amigos, así que Harry realmente no podía culpar a ninguno de los otros niños, entendía su deseo de mantenerse fuera de la mira de Dudley.

Mientras tanto también trabajó en mejorar sus otras habilidades, mejor dicho, las que sus familiares no conocían muy bien. Como su nivel de lectura o el hecho de que en realidad estaba aprendiendo por su propia iniciativa a hablar otro idioma. Aunque debía de admitir que en un principio no fue allí con una intención autodidacta.

Un día, Petunia se olvidó de él afuera y estando cansado de tener que disculparse por ser dejado atrás nuevamente, decidió pasearse por su cuenta por el vecindario. No es que fuera al nuevo para él, en lo absoluto. No supo cuánto había caminado y la verdad ni le importaba, cuando se encontró a la Sra. Warker tambaleándose con su carrito de la compras en una mano y solo un taco en el pie derecho. Una de las ruedas faltantes, la otra chueca y chirriante, el tacón bajo de color negro y roto del que supuso su pie izquierdo en la otra mano, un par de agujeros de gran tamaño en sus medias de oficina y con ambas rodillas sangrantes.

Su ropa, que más tarde se enteró se dedicaba a que perdurarán pulcramente bien planchadas y almidonadas, estaba sucia, rasgada y mojada. Lo tenía todo arrugado, desde el elegante saco hasta los párpados. Y con una mirada tan cansada bajo ellos, como si cargara con un peso más grande que ella en sus envejecidos hombros. Harry la vio caminar sorprendido, como si una de las damas del cera de alguno museo viniese a la vida y hubiera perdido su camino, deshaciendo su figura lentamente con el sol, estando a punto tropezar y caer un par de pasos después cuando un desafortunado hueco en el pavimento se cruzó en su camino.

No supo qué lo impulsó pero inmediatamente y sin dudar se acercó a acompañarla a casa.

Más tarde aprendió que la Sra. Warker, del número 16 de Gray Ranch Hill, vivía unas doce calles abajo de Privet Drive, le gustaban las galletas de coco y tomar el té con miel y canela. Acostumbraba dar largas caminatas entrada la tarde, solía jugar ocasionalmente en la lotería del centro al menos una vez a la semana, y recientemente había sido abordada y violentada por unos asaltantes cuando volvía del mercado, cuando Harry la encontró.

A Harry le gusto ella inmediatamente, su casa aunque fuese estructuralmente igual a las vecinas, de alguna forma resaltaba, ya sea por la elección de las flores del jardín o el color de la pintura, había algo especial en ella. Por dentro era sorprendentemente pequeña y acogedora, siendo probable que sea por la cantidad de cosas desordenadas alrededor ocupando espacio. No había fotos de gatos, ni olía a col, como la casa de la Sra. Figg, eso ya era una mejora en particular agradable.

Harry se entró acostumbrando rápidamente a volver a su casa a diario. Ella frecuentaba darle una calurosa bienvenida, como si lo conociera de toda su vida, como si le simpatizara en realidad. En realidad, fue ella la que se ofreció a enseñarle francés, a cambio que volviera más seguido. Harry no tuvo corazón para decir que no había tal necesidad, pues lo habría hecho sin nada a cambio.

Ella solía halagarle en francés cuando abonaba y regaba sus begonias, y amablemente le instruía en su pronunciación cuando la ayudaba a ordenar, en orden alfabético sus muy adorados libros, que comúnmente estaban dispersos por toda la casa. Muchos de ellos, descubrió, eran de aventura y magia, con criaturas que jamás pudo haber soñado. También le ayudaba a organizar sus amados discos de vinilo. En orden alfabético, y en francés, claro está. Que de alguna forma terminaban en los lugares de lo más raros, incluyendo y no esta de más decir, la cesta de productos del baño y dentro del lavaplatos.

No tenía mucha idea de quién sería ese tal Johnny Rotten, pero lo que sabía era lo realmente afortunado que era de tener una fan tan devota como la Sra. Walker, la cual limpiaba y cuidaba con adoración su disco autografiado, como su mayor logro y tesoro en su vida. Nunca tuvo que preocuparse de buscar este disco en el lavaplatos.

Ella le enseñó a presentarse, dar un saludo y una despedida cortés, entre otras frases básicas.

A veces también ayudaba a su vecino de la casa de al lado, el Sr. Meyer, un hombre de pecho ancho y grande como un oso, si este anduviera derecho. Era un caballero de cabello corto, barba recortada con partes que empezaban a tornarse gris, bastante bonachón, como si su caracter hubiese sido endulzado con miel y dulces. Que alegremente le ofrecía limonada mientras le ayudaba a clavar las tablas sueltas en el pórtico de su casa, enseñándole a nombrar herramientas en francés e incluso instruirle también en italiano, la cual era su lengua madre, a cambio de tareas domésticas o de jardín ocasionalmente. Pues debido a la artrosis en su cadera, la cual solía hacer un "Pop" bastante singular cuando se agachaba o estiraba seguido de un dolor intenso, se le imposibilitaba moverse e incluso formar algunas palabras completas sin tomar largas aspiraciones profundas, un hombre verdaderamente atormentado.

Puede que la paga no fuera la más cuantiosa que algún otro esperaría por su esfuerzo, pero él no negaría que las largas conversaciones y cada vez más agradables tardes lo más lejos posible de sus tíos valían más que suficiente. Los nietos del Sr. Meyer y la Sra. Walker no eran tan entusiastas cuando venían a visitarlos, así que por su parte ambos se alegraban de tener a alguien que escuchara con tanto interés sus empolvadas historias.

Y como a veces ofrecía también sus demás útiles habilidades a las personas de otros barrios un poco más lejos, le llevó a tener bastante dinero. Oculto en un lugar seguro dentro de su armario, donde ni sus tíos meterían las narices. Además de darle una mejor idea de los lugares que circundan su entorno; qué barrió no era adecuado acercarse; qué lugares su primo y sus secuaces no solían frecuentar; que vecinos tenían más similitudes con sus parientes; que vecinas chismoseaban con frecuencia con su tía; que zona había un callejón sin salida o una reja demasiado alta para ser escalada.

Las tardes que no la pasaba aprendiendo idiomas mientras trabajaba para alejarse el mayor tiempo que pudiera de los Dursley las complementaba con visitas diarias a una biblioteca cerca de su escuela, en la que diariamente se ocultaba de su primo y su pandilla. Nunca se atrevieron a volver a entrar allí desde que la Srta. Fillips, la bibliotecaria, los vetó por su imposibilidad de mantener el orden y el silencio en su biblioteca, que era otra forma de decir derribar cinco estantes completos de sus valiosos libros y demás daños materiales que no quisieron pagar. Lo cual demostraron eficientemente al huir de la escena del crimen a toda la velocidad que sus regordetas piernas les permitían, sin importarles dejarlo ahí tirado.

A pesar de descubrirlo escondido entre los estantes caídos bajo un centenar de pesados libros, diccionarios y carpetas, misteriosamente sin un rasguño ella terminó apiadandose de él, en su aterrada insistencia de no tener nada que ver con los otros niños que le perseguían y de suplicar no decirles a sus tutores, de los cuales no pasó por alto el que no los nombrase. Le dejó quedarse, con la condición de que la ayudará a ordenar dicho desastre. Lo cual, para su sorpresa, aceptó con mucho alivio, pero lo dejó pasar.

Mientras el niño más leía y aprendía, más se intensificaba su curiosidad por el exterior. Descubrió que incluso en su propio país e incluso en su propio condado se hallaban maravillas que él nunca había llegado a soñar, más allá de los cercos nivelados, la casas iguales y los patios de césped parejo, y más cerca de lo hubiera imaginado. Que le hacían ansiar poder descubrirlas el mismo. Aunque más tarde fuese regañado por soñar despierto cuando preparaba la cena.

A menudo en esos momentos pensaba en los Dursley como el mayor tormento que se había enfrentado en su escasamente corta vida y él mismo como un especialista en darles esquinazo, un escapista, como los de la tele con sus tanques de agua, cadenas y juegos de manos. Que por más mala que sea su situación más increíble parecía su solución. Aunque a veces, cuando se permitía soñar demasiado alto, también le gustaba la idea de ser más como aquellos justicieros enmascarados, con sus respuestas rápidas, ayudando al que lo necesita y los trucos de estar en un lugar y parecer haberse ido. Ayudado a la gente cuando más necesitaban que algo o alguien le diera una respuesta, un significado. Una esperanza.

¿Y por qué no? ¿Por qué no debería abrazar y convertirse en un seguidor de estas ideas, de este deseo irrefrenable de ser más que una plaga, más que una carga?

Casi como confirmación del destino, su tío Vernon siempre cambiaba de canal, con el rostro crispado de un feo color morado y decía casi a grito que estos personajes eran una panda de extraños y destartalados anormales, con todas sus ideas peligrosamente ridículas. Un completo desperdicio de su dinero en cable, constantemente interrumpiendo entre las importantes noticias de las que debía informarse para su igual de importante trabajo, que —¡Qué mejor que sería el mundo si desaparecieran para siempre!—. Curiosamente con el mismo tono de enfado con el que se dirigía hacia él regularmente.

Él siempre había sido un problema para sus tíos pero, ¿Por qué no por una vez complacer a su tío y desaparecer para siempre también?

Después de todo, ¿Por qué no irse?

¿Por qué no irse?

Como pólvora esta idea tomó forma y se implantó tatuada por fuego en su mente. Decidido a su nuevo camino, estudió todos y cada uno de los libros que pudo encontrar sobre trucos, ilusión y engaños, yendo incluso entre los empolvados pasillos más olvidados de la biblioteca, encontrando la muy desvalorada Magia del escenario. Pudo vislumbrar la ciencia detrás de abrir cerraduras, desviar la dirección, el poder de las distracciones, la hipnosis, sugestión, pickpocketing y mentalismo, aunque este último le costó más que nada. Empezó a incorporar esos nuevos valores en su vida. Pequeños pasos, nada muy complicado en principio. Un juego de manos, una moneda o billete que estaba allí y ahora no está, en un pestañeo vuelve a donde estaba, ¿algo estuvo allí?

Lo mejor, él no estaba allí para que le culparan... ¿O lo estaba?

Lenta pero segura, la idea empezó a volverse más clara en su mente, él se iría y nunca volvería a ese lugar.

Su vida por ahora no era mucho, pero seguía diciéndose a sí mismo que un día, cuando se haya ido, cuando fuera mayor de edad, haría todo lo posible por hacer algo de sí mismo, lo lograría, ser más de lo que fueron sus padres y lo que le dijeron sus familiares que él también es.

Sin embargo, todo eso cambió cuando tenía siete años.

Y era irónico de hecho, que hubiese incluso preferido regresar a esa época.


15 de agosto, 2001

Harry Potter a sus 18 años había ganado una guerra, hacía ya unos tres años. Mucha gente pensaría que sería feliz, mucha gente realmente creía que es feliz, pero mucha gente también ignoraba que habían demasiadas cosas que habían sucedido a lo largo de los años que lo enojaba, que lo entristecía. Y que eran francamente tan estúpidas y podrían haberse evitado con tan solo un poco de sentido común, que entreabren sus cimientos y exponían los escombros del pasado.

Algo que Hermione había dicho, muy sabiamente para su edad durante su primer año, fue que a los magos les faltaba horriblemente.

Bueno, tenía razón, pero lamentablemente parecía haber contraído algo de esa enfermedad, si el hecho de que se casara tan solo a los 21 años con Ron, y trabajar como esclava en el Departamento de la Ley Mágica era un indicio.

Harry creía que era un desperdicio.

Ella realmente era una chica muy inteligente a la que le encantaba estudiar, en definitiva ambiciosa y que quería cambiar el mundo mágico para que fuera más moderno, e idealmente, más justo. Ron, por otro lado, era algo del tipo más pragmático, odiaba estudiar y solo mostraba su inteligencia mientras jugaba al ajedrez o discutía estrategias de Quidditch con cualquiera que se detuviera a escucharlo, y estaba más que cómodo con eso.

A pesar de que ahora eran pareja, eso ciertamente no significaba que se llevarían bien todo el tiempo. Sí, estaban enamorados, pero no, nunca pudieron llevarse bien. Al menos si es que las discusiones como desayuno, almuerzo y cena cada cinco minutos eran una pista.

En ese sentido ciertamente seguían teniendo la misma dinámica que siempre habían tenido antes de marcharse, pero desde su viaje a Australia a encontrar y devolver la memoria a los padres de la chica, ahora también eran la pareja más enfermizamente cursi del planeta. Cuando no discutían. Hermione se había calmado un poco y Ron había madurado. Se estaban complementando realmente bien... la mayoría del tiempo.

Pero Harry admitía que el hecho de que tuvieran tanta aceptación con todo lo que sucedía a su alrededor, lo alteraban de formas que no podía explicar. Era como volver a su quinto año, pero en lugar de la ira burbujeante a punto de explotar solo había una profunda e insaciable insatisfacción. No malinterpretes, eran sus mejores amigos, los apoyaba y no los abandonaría después de todo lo que habían pasado juntos, pero eran esos pequeños momentos en los que a pesar todo no podía soportar respirar en la misma habitación sin sentir que se sofocaba.

Comprendía su deseo de continuar una vida normal justo donde la habían dejado antes de la guerra, con nuevas altas y bajas, pero siguiendo adelante, aunque no pudiera realizar él también esos sentimientos. No significaba que los entendiera todo el tiempo perfectamente.

Harry extrañaba con frecuencia a sus amigos, Hermione había encontrado una universidad mixta en Australia cerca de donde se habían asentado sus padres y aprovechó la oportunidad de obtener una maestría en runas antiguas junto con un título en derecho, teniendo un plan de estudios por correo, lo cual además del trabajo ciertamente la tenía muy atareada, por no decir estresada. Ron y ella habían conseguido un apartamento cerca de Londres. Escribían cartas a menudo, pero dejó de sentirse lo mismo con el pasar de los meses.

Por otro lado, la hija más joven de la familia pelirroja estaba jugando para las Arpías y enterrando su dolor emocional debajo de los escándalos de supuestos revolcones con los magos más famosos de todo el país. E incluso hay más. Según las confiables fuentes de la prensa, la pareja más querida del país habría roto luego de haber durado un total de trece días desde que la prometedora jugadora Ginevra Weasley se hiciera profesional durante su último año en Hogwarts, antes de que se despertara una mañana para encontrar un artículo de página completa en la sección de deportes del Profeta que mostraba a su entonces supuesta novia semi-vestida en lo que parecía una habitación de hotel, besándose con el capitán del equipo contrario durante una fiesta posterior a un partido.

O así iba el cuento, el cual era poco confiable después de que te dabas cuenta de que ellos nunca habían vuelto a ser pareja después de terminada la guerra. Comprensible confusión, en realidad. La señora Weasley tardó un buen tiempo en acostumbrarse a su nuevo "yerno", fue un episodio lamentable el que la prensa fuera la que le informará de la nueva relación.

La verdad es que ambos se querían mucho ciertamente, pero era del tipo de cariño más fraternal que romántico. En el tiempo que estuvieron separados el uno del otro se habían extrañado bastante, no podían negarlo, pero era más un tipo de preocupación que se tendría por un hermano o una hermana.

Aunque Harry nunca estuvo enojado con Ginny en específico, había estado más bien furioso con la prensa por el desastre que podría causar en la carrera de la chica y profusamente preocupado por cómo podría afectarla personalmente. Sorprendentemente, Ginny se lo tomó mejor de lo que esperaba. No solo no estaba triste, o molesta, o fastidiada siquiera, estaba feliz de sacar a la luz su relación oficialmente con Jasperson, realmente aliviada.

Por un lado, le ahorro el tener que discutir con Ron, al menos hasta que llegaron las buenas nuevas hasta Australia.

Por otro, ya no aparecería en primera plana como prometida de nadie sin su previo consentimiento, lo cual fue bienvenido para ambos lados.

Ella nunca fue la misma después de la guerra, y se vio casi obligada a cumplir con un noviazgo falso al igual que él, cuando era obvio para todos los que los conocían que ya habían terminado hacía mucho tiempo. Es cierto que los dos salieron brevemente en su sexto año, pero ambos acordaron que no funcionaba y se separaron, sin resentimientos.

Y el hecho de que estuviera enamorado de su hermano mayor desde los 13 años no había tenido que ser un tema descubierto y discutido durante su separación final. Para su alivio.

Sin embargo, cuando todo el circo mediático perdió el interés en su vida amorosa, en lugar de afrontar sus sentimientos por él, parecía que cada vez se distanciaba un poco más del gemelo Weasley y también de sus otros amigos.

¿Realmente tenía algún derecho de entrometerse en sus vidas?

No lo creía.

El joven pelirrojo por fin empezaba a volver a ser quien era, era feliz de nuevo. Volvió a sonreír. Volvió a reír. Incluso reabrió la tienda en el callejón Diagon al público, en la que George empezó a pasar lentamente más y más la mayor parte del tiempo, finalmente la idea de inventar y llevar la felicidad a los demás se convirtió en una forma de abrazar la memoria de Fred en lugar de revolcarse en la tristeza. Lee se encargaba de los inventos y con algo de ayuda de Ron, después de que el joven volviera de Australia, que estaba dirigiendo la ubicación de Hogsmeade en la que George había invertido después de que Zonko's cerrará unos años antes.

El pensar en que él estaba volviendo a ser el hombre alegre que era lleno su estómago de calor. Él más que nadie comprendía muy bien como era creer jamás volver a reír después de habitar en el silencio por tanto tiempo, y se sintió muy orgulloso de la espectacular reapertura de "Sortilegios Weasley", sabía que era lo que las personas más necesitaban por sobre todo, era tener esperanza.

¿Qué cara tenía él para ir a molestarles después de irse tanto tiempo?

Honestamente, hasta donde él sabía podría ya haber formalizado una relación con Angelina Johnson y formado una familia. Él reacia su vida nuevamente y no iba a arruinarlo por sus deseos egoístas. Ya les había quitado mucho. A todos.

Los únicos consuelos constantes que había tenido durante la partida de sus amigos y la escandalosa e inesperada ruptura con su novia, fueron Luna y Neville. Lo cual fue muy bienvenido entre la oscuridad y el silencio de Grimmauld Place. La joven rubia había empezado una nueva columna de "Criaturas Fantásticas Atípicas de Gran Bretaña Mágica" en el Quisquilloso poco antes de volver para su último año y no se había detenido desde ahí, además de ascender a reportera junior logró ganar el puesto como co-directora del diario junto con su padre. Por otro lado, el joven mago después de regresar en su último año y obtener sus Éxtasis, consiguió una tutoría de aprendiz bajo el ala de Sprout durante dos años, con un puesto asegurado como asistente de un herbolario mundialmente reconocido en Rumania. Del cual Harry nunca había oído hablar en su vida hasta que lo mencionó, aunque eso no le impidió escuchar con gusto a su entusiasmado amigo.

Los tres amigos se reunían sin falta todos los sábados a la tarde y se quedaban desde temprano los domingos. Una de las ventajas de cursar octavo era que se les permitió salir a Hogsmade siempre que querian. Y después de graduarse les era imposible no seguir viéndose, algunas veces iban a un café del lado Muggle o por una pinta a un pub no muy abarrotado, lejos del escrutinio público. Otras se quedaban en casa de la chica, ayudando en el jardín, un gusto que los tres compartían con tranquilidad y luego disfrutaban el resto del día al aire libre. Separados de todo problema o preocupación.

Pero ahora Harry estaba harto de todo. Execrando a los astros y al firmamento. Porque el mundo perdió el rumbo, y él perdió su lugar.

La gente simplemente parecía olvidar lo que había costado la guerra y, lo que es más importante, el por qué.

Por supuesto que aquellos que habían perdido familiares y amigos querían ver a los responsables en Azkaban por resto de su existencia, o pasar por el adorable beso del dementor. Pero el Ministerio apenas y se limpió de sus malas influencias.

La mayoría de los burócratas habían sobrevivido y ya estaban trabajando para asegurarse sus puestos de trabajo destruyendo pruebas. Sin rastro de papel, sin convicción, sin memoria. Gente así se había hecho a un lado y había dejado que Voldemort gobernará su país simplemente asesinando al Ministro de Magia. Habían hecho lo que les dijeron y ni siquiera pensaron en que lo que hicieron estaba mal. Y esa estupidez comenzó incluso desde antes de Hogwarts, aunque por seguro que allí habían empezado a fortalecerse. Incrustado en el centro de la sociedad como un cáncer, que infecta todo a su alrededor y se autodestruye.

Todos corriendo por llegar a ningún lado, y aunque vivían engañados siempre iban a conformarse con promesas nunca cumplidas. Pues él ya se cansó de esos ídolos quemados, porque ya no hay ni discurso que lo pueda elevar, el tuvo suficiente.

Era algo que Harry había estado considerando por un tiempo, un plan en el que había estado reflexionando desde que habló con Luna después de la muerte de Sirius. Todo se estaba volviendo demasiado. La presión que había comenzado con la muerte de Cedric, incluso antes de eso, y que seguía aumentando y aumentando, lo iba a matar si las cosas continuaban como estaban. Necesitaba tiempo para pensar. Para sanar. Necesitaba escapar.

Necesitaba ser libre.

Un pensamiento, un deseo que hacía mucho tiempo no había considerado una necesidad. Había ideado todo tipo de planes supuestamente brillantes en esos primeros días de claridad. Pero sabía que nada funcionaría incluso antes de intentarlo. Simplemente no lo dejarían irse así como así. Ellos creían necesitarlo, sin querer escuchar nada más que sus propias ideas y convicciones.

Pero ahora Harry tenía un verdadero plan. Y nada lo detendría. Había estado seguro que Hermione y Ron tratarían de convencerlo de que no lo hiciera, pero lo sorprendieron al darse cuenta rápidamente de sus intenciones. Más aún cuando afirmaron apoyarlo y cubrir su espalda en casa. Los tres sabían que ellos no podían irse y tampoco querian, ya habían comenzado a establecer una nueva vida en el mundo mágico y que aquí estaba su lugar en el mundo. El buscará su propio camino.

Harry no quería tener que lidiar con las cosas en el aquí y el ahora. Era demasiado doloroso. Ver cómo todo por lo que había luchado fue deshecho o ignorado por aquellos a los que se les permitió salirse con la suya gracias a tener dinero, los contactos adecuados y ser sangre pura. Claro que nadie lo llamó así abiertamente, pero fue lo que realmente sucedió. Y estaba enfermo de quedarse callado y tranquilo. Como todos parecían esperar de él.

Entrenado como un perro.

A Harry no le importaba en especial aquello que pensaran los otros. También había tenido mucha práctica en no preocuparse por las opiniones de los demás durante sus últimos 10 años en el Mundo Mágico. Si el renunciar al entrenamiento de Auror Junior fuera tan fácil le fue un indicativo.

No podía negar que en su momento era lo que más quería hacer de su vida una vez terminase la escuela. Pero eso fue mucho tiempo antes de saber que tendría que ser él mismo el que matase al Lord Oscuro más terrible del último siglo, o morir en el intento.

Pero el remordimiento era grande y le pesaba como el demonio. Para seguir reprimiendo toda esta tristeza que le causaba no salvar todas esas vidas en la batalla de Hogwarts y su incapacidad de protegerles durante el reinado terrorífico de Voldemort, se sumergió en trabajo y escapó de sus tormentos. Siempre fue el primero en llegar y el último en irse, dedicaba a su trabajo cada minuto de su día, era en lo único en lo que pensaba y por lo que vivía.

Precisamente por esto es que habían querido nombrarlo Ministro de Magia. Rechazó el cargo desde luego, habría sido un completo fracaso como Ministro; solo Shacklebolt o Hermione podrían ser capaces de levantar la sociedad mágica después de una guerra devastadora sin que colapsara sobre ellos.

Habían pasado menos de diez meses desde el final de la guerra cuando comenzó el entrenamiento de los aurores y su tolerancia a las estupideces había estado en su punto más bajo.

Harry era un luchador consumado, era el mejor de su clase, pero la verdad es que odiaba pelear, y estaba cansado de ello. Estaba por encima del promedio en investigación y recolección de evidencia, pero no podía ir a ningún lado sin ser reconocido, lo que hacía imposible la mayor parte del trabajo. Al punto que los hechizos de cambio de apariencia temporal y de largo plazo se convirtieron en su nueva especialidad.

Estuvo aprendiendo a lidiar con su fama un poco mejor que antes, o por lo menos lo intento. Sonreía y era educado, y trataba de ser paciente con la gente cuando lo detenían en la calle o le pedían un autógrafo, tratando de ser lo más cortés posible en rechazarlos, pero los frecuentes intentos de pociones de amor o extraños que intentaban tocarlo al azar lo enloquecian.

Finalmente había admitido para sí mismo que nunca sería solo Harry, y que la gente siempre sabría quién era.

Y también admitía que pudo haber comenzado a usarlo un poco a su favor, nada exagerado.

Una de las consecuencias de la irrupción a Gringotts fueron la prohibición a su entrada al banco durante año y medio junto una multa de cinco mil galeones, una que el mismo Ministerio había insistido en encargarse de pagar. Cosa que no ayudó en sus intentos de enmendar su relación cordial con los encargados del banco, más aún cuando los magos a cargo de dicha transacción fueron los lame botas pomposos de la peor calaña que el Ministerio había encontrado, de Merlín sabe donde, e insistido en utilizar, para su personal absoluto disgusto.

El mismo habría ido en el mismo momento de acabar la batalla y entregar su vida, su magia y su servicio para saldar su deuda, de no haber colapsado de agotamiento y despertar cinco días después en la Madriguera. Molly tampoco permitió darlo de alta hasta dos semanas después. Ni hablar de dejarlo abandonar su cama, mucho menos la casa. Para cuando logró salir el daño ya estaba hecho, y ni siquiera tenía permitido acercarse al banco para disculparse. Intentarlo sería positivamente un suicidio. No le apetecía tentar más su suerte, no con su historial.

Al no poder acceder a su bóveda y con una necesidad casi desesperada de oro, firmó un acuerdo de patrocinio con empresas de escobas y otros elementos de Quidditch por un aproximado de sesenta mil galeones, un cinco por ciento de la compañía, además de un nuevo y brillante modelo de temporada asegurado. Un desapasionado y desacertado intento de introducirlo al mundo del Quidditch profesional supuso, aunque fue un bonito regalo de cumpleaños para Ron, sin duda lo sorprendió.

Por otro lado su vida profesional y personal estaba en el caño. Skeeter se había dado un festín de notas y primicias como un buitre en un cuerpo moribundo después de la caída del Lord, no sería extraño suponer que incluso mucho antes que el cadáver se enfriará, que dejarían a su época escolar como juegos infantiles. Desde que era un mentiroso compulsivo como afirmaba desde hace años y en realidad Voldy seguía vivo tomando fuerza en algún aldea africana remota o en el este de Finlandia, hasta que acabó con el último mago oscuro con un ritual de magia oscura y otros sacrilegios para ser el próximo soberano mágico absoluto con un reinado de oscuridad eterna. Y claro, no estaba de más agregar, de vez en vez, despues de haber terminado la etapa de su ruptura, una publicación especial de ser uno de los hombres solteros más codiciados cada pocas semanas.

A la décimo séptima vez que negó rotundamente todos los chismes que se esparcieron en el Ministerio por tres días seguidos dejó de prestarle atención a todos a su alrededor y a no dirigirles la palabra a ninguno más de lo estrictamente necesario. Tan solo esto sirvió como confirmación para que todos los idiotas creyeran en la basura del Profeta y engrandecieron aún más a esa perra oxigenada, haciéndole hervir la sangre.

Lastimosamente, esto se volvió una realidad más rápido de lo que esperaba.

Sus "mentiras" y escándalos no le permitieron tener ningún compañero verdaderamente profesional durante dos años. Se encargaba solo de las misiones más peligrosas; cazaba por su cuenta a salvajes hombres lobo y fanáticos de Greyback, a los más desbocados gigantes y sanguinarios vampiros, magos oscuros en ascenso que trataban de conseguir la inmortalidad de la misma maldita manera que Voldemort. Dejó de contar las veces que irrumpió y apresó el solo a imbéciles dementes en medio de algún ritual sanguinario desde la vigésimo novena.

Cuando prácticamente gritaba que no quería que le asignaran ese tipo de misiones, lo cual era cada dos por tres, le decían que estaba sobreactuando, y lo mandaban de vuelta al trabajo sin dejarlo rehusarse.

Si se quejaba a sus superiores, le decían que nadie podía confiar en él lo suficiente como para cubrirle la espalda, o le preguntaban si no prefería quedarse con toda la gloria para él solo de todos modos.

Cuando trataba de que los Sanadores le curaran las heridas que le infligían sus oponentes, ellos inmediatamente asumían que solo quería obtener atención, de la misma a la cual lo acusaba El Profeta. Aunque estaban prácticamente obligados a atender las heridas mortales por el juramento que habían hecho, hacían casualmente la vista gorda a las demás "lesiones menores no letales", que "podían curarse con el tiempo", o en cinco segundos si es hicieran bien su trabajo.

Harry se las arregló para sobrevivir, pero tuvo que utilizar todo su tiempo libre para aprender magia curativa, lo que causó que aquellos que lo descubrían estudiándola solo pensaran que la usaba para torturar a los criminales que capturaba. Por lo que refugiarse en casa de Andrómeda para curarse y estudiar medicinas pasó a ser algo usual dentro de su rutina. Por lo menos estaba el beneficio de poder cuidar de su pequeño ahijado, su pequeño arcoiris siempre iluminaba sus oscuros días.

Todavía tenía cicatrices en su cuerpo y más de una sobre su rostro, pero sabía ocultarlas, taparlas. Había aprendido desde hace mucho tiempo con sus tíos cómo cubrir los moretones que le habían dado antes de ir a la escuela, y aplicó esa habilidad para ocultar cualquier recordatorio o símbolo de su vida pasada, en todo momento.

Sus acciones aunque aparentemente abruptas y descaradas en su momento, se debieron en gran parte a Andy, que al fin le expresó sus temores de que le matasen durante el trabajo, un temor que estuvo de acuerdo que estaba justificado. Si era honesto, siempre había temido que algún día se le acabara la suerte y que a él también se lo llevaran como a Sirius. Teddy ya había perdido a Remus y a Tonks, no podía dejarlo él también, y tampoco a Andy.

Andrómeda fue de las únicas personas a las que le informó de su pequeña travesía, y sin duda, de la cual fue más difícil de despedirse. Estuvo tan nervioso de enfrentarse con la última descendiente Black que casi se desmaya, no recordaba haberse sometido a tanta expectativa desde que supo que solo tenía unos días para enfrentar un verdadero dragón adulto. Aunque pensando en retrospectiva casi extraño al terrorífico Colacuerno Húngaro.

Pero contrario a sus más grandes temores, ella tomó la noticia con tal calma y gracia que lo dejó anonadado. Sin duda el resoplido y el revoleo de ojos mientras estaba tranquilamente cruzada de brazos no estaban en sus planes, tanto como el —"Ya lo sabía, querido"— igualmente de exasperado como cariñoso.

Harry solo se lamentaría no estar cerca para ver crecer a su ahijado poco a poco en sus primeros años, aún con los trasladadores gemelos de emergencia personalizados que hizo, con ayuda de Hermione. Prefería tener sus precauciones. Indetectables y que se activaban con una palabra detonante, que los llevaría hasta el mismo radio que su contraparte en caso de extrema necesidad. O para una visita rápida. Pero después de descubrir que sus compañeras del Ministerio trataban activamente de deslizarle pociones de amor, decidió que realmente necesitaba alejarse de Inglaterra por un tiempo.

Volaría a otro punto de partida, ya no había tiempo para pensar.

Harry había dejado una carta con instrucciones de qué hacer con las pocas cosas que tenía en caso de que le pasara algo. Realmente no pensó que fuera necesario, ya que él planeaba cambiar de aires y quizás tomar el camino panorámico para volver a casa, no significaba que nunca volvería, pero de nuevo prefería tomar sus precauciones. Kreacher juro servir a Andy hasta su regreso, por lo que no debería de preocuparse, Teddy heredaría Grimmauld Place junto con un gran porcentaje de la bóveda familiar Potter y Black como su heredero si algo le sucediese. A pesar del tiempo, todavía no terminaba de creer que Sirius había decidido hacerlo su heredero. Hermione y Ron obtuvieron la bóveda en Gringotts donde él había dejado un mínimo de quinientos galeones. Y se había tomado la libertad de invertir una parte sustancial de su bóveda de confianza en Sortilegios Weasley del callejón Diagon.

Tenía plena confianza de no haber desperdiciado ni el más mínimo sickle, knut ni galeón. Sabía bien que todo era prestado en esta vida. Y lo poco que realmente le quedaba, se lo iba a jugar.

Supo desde el principio que era arriesgado y también demencial en varios sentidos, y que lastimaría a mucha gente que quería de descubrirlo. Pero tomó la decisión por sí mismo. Después de todo a nadie le gusta un salvador roto y lastimado. Cuando Harry finalmente decidió que lo tenía todo y que tomó todo lo que podía necesitar, desapareció.

El plan salió en perfecta sincronía.

Ese fue el comienzo de un viaje que le trajo a las dos personas más importantes en su vida.

Y un final imprevisto que lo cambió todo para siempre.

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O lo haría, si él no tuviera algo que decir al respecto.


Gough Island

22 de junio, 2007

Harry Potter, de veintisiete años, estaba dibujando en el suelo de piedra maciza una modificación de antiguo esquema ritual mágico que había encontrado, y que había estudiado en secreto de forma intensiva durante meses. El Ritual modificado debía ser realizado con una poción especial, y de tener una sincronización y compromiso mutuo perfecto para funcionar. Tenía que lograrse esta noche semi iluminada. No habría una oportunidad como esa hasta el próximo solsticio, estaba decidido a ello.

Durante un tiempo había sido un hombre que a pesar su pasado tenía algo por lo que continuar. Ahora difícilmente no podría no entender y comprender de primera mano la sombra de dolor que oscurecía la faz de Amos Diggory, con la pérdida de su único hijo en manos de la telaraña de engaños de Voldemort durante el torneo. En la que todos en el mundo mágico, no solo él, terminaron envueltos de alguna manera u otra.

Sabía que estaba jugando sucio, y que este no era el curso que se pensaba el natural de las cosas. Pero eso ya no le importaba. En este mundo, en este tiempo y en el ahora ya no le quedaba nada, no había cartas que escribir ni legado que dejar para la prosperidad, pero no estaba solo en esto. No desde hace mucho tiempo.

Su intención era en definitiva egoísta, ambiciosa y peligrosa; si se descubría, pasaría a ser recordado como el mago oscuro más anunciado de su tiempo, siendo predicha su caída a la maldad desde los 11 años, cuando perdió 150 puntos de Gryffindor en su primer año de colegio. Ese fue realmente el momento en el que todos supieron que era un niño realmente maligno desde la cuna, a excepción de su honorable profesor de pociones, el ya preveía su oscuridad desde antes de poner un pie en la institución.

Ahora lo recordaba y sabía a ciencia cierta que era un pensamiento simplemente hilarante, aunque no fuera capaz de reírse de ello. Ya no era capaz de reír por nada.

Siempre había tenido en ese sentido un poco de compasión por la historia de los últimos magos oscuros del milenio anterior. Fueron los más reconocidos de su tiempo de alguna forma, pero habían estado más solos que nadie, incluso para los que los conocieron en algún momento eran irreconocibles. Riddle extinguió su nombre de la mente colectiva de cientos; desde los encargados del orfanato en el que pasó sus primeros diecisiete años de su vida, a el centenar y medio durante su época estudiantil y luego la época que siguió a ella, hasta su segundo ascenso al poder. Y lo que consiguió solo fue que el nombre que se dio a sí mismo fuera lo único que todos quisieron olvidar.

Todos sabían de lo que estaban hablando cuando lo mencionaban sin hacerlo pero ninguno entendía que tan profundamente olvidado estaba su identidad realmente. Nadie a parte de él mismo y Dumbledore se atrevieron alguna vez a llamarlo por esos nombres, cualquiera de los dos fuera.

...Y Ginny, cuando realmente estaba molesta.

Grindelwald era una historia diferente.

No supo nunca lo suficiente del infame personaje histórico, y nunca se rebajó lo suficiente para buscar algo dentro de la basura sensacionalista barata de Sketter como para desperdiciar su dinero en algo que ella o sus colegas escribieran. Nunca estuvo dispuesto de juzgar la personalidad de un hombre viendo desde la lupa de imbéciles.

Ambicioso, sanguinario, sádico y sediento de poder, ¡Ja, no tenía duda!

Fuera de eso, nada. No había nada ni nadie a su lado. Y se fue de este mundo también en la completa soledad.

Apostaría que ahora, donde quiera que sea que ambos se encontrasen, hubiesen hecho lo que sea por lograr lo que él se proponía. Acabar con todos sus errores desde el núcleo y conseguir sus ambiciones y deseos egoístas sin importar el costo.

Pensó con nostalgia en que no hace mucho tiempo habría rabiado de solo considerarse tan patético para ambicionar algo así. Antes de…

Detuvo su último trazo cuando las memorias se hicieron demasiado tangibles ante él.

Las ruinas del castillo elevándose hacia el cielo nocturno, escombros levitando, cuerpos flotando. Hogwarts era un cascarón de lo que antes fue un refugio y un hogar para tantos, sus ventanas rotas y vacías, los dormitorios destrozados, pasillos llenos de polvo y magia residual, pesado aroma a hierro y el Gran Salón el escenario del triunfo de un Señor Oscuro. Las estrellas siendo oscurecidas por la furiosa hoguera que barría el Bosque Prohibido, junto con el aroma a carne quemada y azufre. Sonidos sordos, risas y voces que no oía.

Empezó a sentir la respiración levemente superficial y el pulso disparándose. Junto con el comienzo de una migraña.

La mansión familiar. Donde se había despedido con renuencia, abrazando y besando con suavidad en la mejilla a una Andrómeda agotada pero persistente. Donde despeinó afectuosamente los ondulados cabellos azules de su ahijado, mientras el pequeño de 13 años sostenía a su niña con ojos brillantes y radiante sonrisa mientras otros tres niños jugaban en la sala.

Ahora destrozada, y el silencio. Sin importar cuánto llorase, gritase o implorase.

Cerró los ojos firmemente cuando comenzó a nublarse a su alrededor e ignoro el leve zumbido que empezaba a aparecer en sus oídos, como un dolor fantasmal.

No se suponía que terminaría de esta manera.

Un torbellino de pensamientos confusos y llenos de miedo fue repentinamente interrumpido por un par de brazos pasando por sobre los suyos, sujetándole suavemente, y la única voz que podía detener un huracán con solo escucharse vibró sobre los cabellos en su nuca.

—¿Estás seguro de esto, Harry?— Duda y comprensión se entremezclaban en una voz suave, como si un susurro envuelto en cariño y miel se escurriera entre la brisa, inundando el lugar silencioso.

Tomó aire lentamente y lo soltó igual de lento, la tensión desapareció. Y se recordó, de nuevo, que no estaba solo en esto. Ya no.

—Permaneceré a tu lado, no tengo dudas.— Afirmó decidido y devoto, mirando hacia el frente.

Era cierto, no había nada por lo que quedarse en ese lugar, en ese tiempo, en esa mala vida. Todo lo que había construido de sus ruinas, ahora solo existía preservado en su memoria.

Se levantó lentamente, sujetando las manos a su alrededor con las propias, los brazos se deslizaron al girarse y su dueña apareciendo frente suyo.

—Te amo. —Dijo suave, con una sonrisa susurrada.

Ella solo devolvió su sonrisa, aún sin soltarlo. Y con algo más. Una pequeña chispa de burla en su mirada.

—¿Cómo a una hermana? — Él rio. Realmente se rio en lo que serían meses de total melancolía, sintiéndose como años de dolor. Incluso se sorprendió a sí mismo de todavía ser capaz de generar dicho sonido. A pesar de que sonase débil y discreta, fuera de práctica, tan distinta, y tan familiar a la verdadera risa. Como un reflejo en un salón de espejos de algún circo, burlándose de él y él burlándose de sí mismo.

Ella solo siguió sonriendo, sus ojos suavizándose, siendo más un verdadero reflejo de el mismo que su propia risa. Triste y esperanzada. Comprensiva.

Su Cómplice.

—Como mi compañera. Con mi vida, ahora y eternamente.— Una sonrisa se extendió por su joven pero cansado rostro. Los mechones con leves grises cayeron sobre sus ojos, pero sin bloquear la mirada esmerada igual de brillante que la primera vez que la vio, e igual de triste.—¿Me amas?

—Absolutamente.

Había sinceridad allí. Ambos lo sabían.

—¿Cómo a un hermano?

La burla inundó su tono.

Sabían la respuesta, no había necesidad de confirmación. No era del todo una mentira, no era del todo una verdad. Pero ambos estaban de acuerdo con la inexactitud.

—Tengo suficientes hermanos.

—Lo encuentro irrelevante.

—¿Qué puedo decir, Potter? Siempre he sido una duda para el mundo.

—Y nunca una respuesta para ser escuchada, Mio caro.

Nuevas risitas suaves inundaron el silencio de la gruta, sólo interrumpido por un suave goteo lejano.

Las paredes, el suelo y el techo de la caverna estaban grabados con una vertiginosa serie de runas, Harry trató de no mirar hacia ningún lugar demasiado, sabía que los símbolos parecían moverse y arrastrarse unos a otros, confundiendo sus pasos y desviando su camino. En su lugar, la miraba a ella.

Sus ojos avellana con discretas motas azules ocultas mientras la cortina de pestañas revoloteaba, como sombrillas de encaje, tanto que su brillo solo podía mostrarse para él. Su respingada nariz de muñeca, su dulce boca sabor canela, sus bonitos labios almibarados, su perfumada piel dorada. Las pequeñas manchas irrumpiendo en su tez, los surcos pintados de angustia, sus castaños cabellos lacios flotando suelto al ritmo del viento salino que entraba de grietas desconocidas.

Separándose, se colocaron uno frente al otro detrás de la compleja línea circular en el piso. Sosteniendo las copas de plata, con el brebaje brillando de un violeta fluorescente mezclado con negro y dorado, dando un parecido a un universo entero bailando en su manos. Sus miradas conectadas, aguardando el momento para entrar.

—Kreacker, cuando el ritual se complete, y nuestros cuerpos colapsen por el agotamiento, tómalos y sellados en el mausoleo familiar.— El anciano elfo asintió obediente al pedido suave pero firme de su amo, aunque las lágrimas ya escurrían por su arrugado rostro.— Ya hemos preparamos el lugar con hechizos de preservación. Si algo sale mal, no te angusties, queremos que busques una nueva familia a quien servir y que seas feliz. No dejes que el pasado te detenga. Este es mi último deseo y voluntad.

Las nubes se movieron dando sitio y una media luna se aparecía majestuosa en el techo sobre la gruta. Perezosamente tomando su lugar en el secreto sacrilegio.

—Se feliz, y gracias. Por todo.

Gotas saladas se deslizaron por el cetrino y anciano rostro del elfo cuando rompió a llorar, solo consoladas por las últimas dulces palabras dichas por su señora. Oh, su ama, su amable ama, la más bondadosa, la más considerada, a pesar de todo aún se preocupaba por su humilde Kreacker. En el tiempo que había tenido el honor de servirle jamás pudo decir ni una falla de su magnificencia, la mejor elección que había hecho su joven amo nunca. Oh, su pobre amo.

Lamentándose en el silencio, sin darse cuenta de sus propios débiles murmullos delirantes, el anciano elfo asintió una y otra vez. Las sonrisas de los magos permanecieron en su sitio, con leve desánimo, sus ojos nunca se desviaron de su compañero, todavía firmes y consolantes.

Levantando su copa, el hombre sonrió a ver la luna reflejada en ella, casi como un niño. La sombra en el reflejo pálido del astro rey, imagen de la cándida inocencia, no mostrando mancha ninguna en su faz. Luz serena de sus penas.

Cuarto creciente deslizándose por el manto negro salpicado de estrellas. La mitad de ella, de él mismo y la otra mitad dentro de la copa de su compañera, reflejados. Siendo partes completas de un todo que se unen para su último encuentro. Pues está noche para siempre terminaron todas sus hazañas.

Sintiéndose un poco satírico por su próximo final y sabiendo el costo de sus actos, de sus fallas y errores en su pobre vida paria, y de la propia esencia de su alma, se permitio a si mismo la indulgencia de recitar sus votos a la mujer frente suyo, una última vez.

« Con questa mano io dissiperò i tuoi affanni. Il tuo calice non sarà mai vuoto perché io sarò il tuo vino. Con questa candela illuminerò il tuo cammino nelle tenebre. Con quest'anello io ti chiedo di essere mia. »

Sin hacerse esperar una sonrisa brillante iluminó el rostro. No había visto sus ojos tan brillante desde la última vez que dijo esas palabras. Travesura y rebeldía hasta su último aliento. Sin edición y sin destello de duda ella repitió los suyos. Delicados sonidos vibrantes y hermosos salieron de sus labios cantando un apreciado y conocido código.

« With this hand I will lift your sorrows. Your cup will never be empty, for I will be your wine. With this candle, I will light your way in darkness. With this ring… with this ring I ask you to be mine. »

La hora se acercaba.

Bajando la mirada hacia una luz repentina, la que descubrió saliendo de su copa platinada. El líquido brillaba y se revolvía, el dorado fusionándose con el negro como agujeros negros hechos de oro en el vacío del espacio, mientras el violeta bailaba en nuevos tonos de lila, púrpuras, morados y azules, la plata irrumpió en el cosmos entre sus manos.

Mercurio brillante. Serpientes arcoíris. Magma violeta. Hielo y nubes de chispas relampagueando.

Bebieron hasta la última gota al mismo tiempo sin vacilar cuando la Escarcha de cristal hizo aparición brotando bulliciosa.

Ambos se pararon uno frente al otro en medio del intrincado círculo ritual, sostuvieron sus varitas y comenzaron a recitar el largo encantamiento mientras respiraban de manera constante y se mantenían relajados, sin prisas. Finalmente entrelazaron sus manos en un fuerte abrazo, sus frentes descansando en la del contrario y sostuvieron sus respectivas varitas hacia el cielo de la gruta y empujando toda la magia que pudieron. A su alrededor empezaban a zumbar cantos y música, casi provenientes de la misma nada. La pintura sobre el suelo empezó a elevarse y a girar. Una cúpula marcada por los múltiples sigilos en el esquema se alzó hasta el cielo, bajo la luz de la luna.

Hasta que finalmente su núcleo mágico se agotó, igualmente su fuerza vital se acabó y las luces en sus ojos se desvanecieron. Ambos cuerpos cayeron.

Ambas almas se habían ido a una dimensión atemporal en busca de un pasado para el cual asentarse y con suerte comenzar de nuevo.

Nunca tuvo muchas motivaciones propias por qué vivir, más que por si mismo, pero si muy buenas para morir.