Hi everyone! Aquí está el primer capítulo oficial (ya que el anterior es simplemente una introducción). Y lamento el plazo tan largo para subirlo, prometo que el próximo no tardara tanto.

En primer lugar quiero darles un agradecimiento especial por permitirme la dicha de que leyeran mi historia. Admito que no es la más original, pero lo hago con mucho cariño. En segundo lugar, el inicio del fic es lo que es, no puedo decir mucho a eso. Este es mi primer intento de escritura creativa y si bien soy muy consciente que el comienzo ciertamente no es de primera no me preocupa dejarlo como un marcador de cómo comencé mi escritura. Es de esperar que anime a otros a ver que ellos también pueden escribir mal y luego trabajar para mejorar.

Dicho esto, espero que disfrutes leyéndolo o encuentres otros fics que se ajusten más a tus preferencias para leer.

Si me da la cabeza tengo la intención de hacer los siete libros y quizás algo más. No lo sé el destino y el colesterol decidirán mi suerte. La caracola ha hablado.

¡Un beso especialmente enorme y amoroso a Nia, Carlaa Rioos, Luxerii! Gracias por detenerse a escuchar mi historia.

Respuestas a los reviews al final :3


Capítulo 2:

El cambio sucedió de un dia para otro.

Tan súbitamente que jamás podría definir en qué momento pudo haber sucedido.

Pudo haber sido fácilmente mientras el cosquilleo de pánico, adrenalina y diversión se deslizaba lentamente por su cuerpo para acentuarse cómodamente en la boca de su estómago, luego de hallarse a sí mismo envuelto entre los brazos de Erik. Escondido detrás de la extensidad entintada de sus tatuajes mientras trataban agitada y a prisa de tranquilizar sus corazones galopantes y reducir sus jadeos por aire en respiraciones forzosamente silenciosas, intentando lo mejor posible no ser percibidos, ocultos detrás de la gran verja negra, vieja y retorcida del parque en "Shimmering Glades". Que estaba exactamente a trece calles y tanto poco de su nuevo refugio. Aquel entre la avenida desnivelada y aquella calle secundaria con el nombre gracioso.

Entre enormes arbustos de hibisco, ambos tratando inútilmente de encogerse en su sitio, tan juntos que oían sus pulsos sincronizados. Mientras las manos grandes y callosas cubrían su boca ahogándole sin querer y el sudor frío que venía con la adrenalina se deslizaba por su espalda, lo unico que paso por su mente fue la emoción salvaje que le abarcaba el pecho y en la colonia de aroma terroso e intenso que hacía que el suelo bajo sus pies se moviera de a momentos.

El detective Kane y el oficial Wheels los habían perseguido durante veinte minutos a pie sin parar ni un momento antes de lograr perderlos entre el mar de gente dentro del parque. Aquel viejo parquecillo era una de las grandes intersecciones entre las grandes avenidas repleta de edificios y los escaparates de compras, concurrido, amplio y turístico.

Y desde hace quince que el ingenuo de McClain se había extraviado en uno de los tantos callejones sin salida de la zona, obra de Dahlien.

—¡Tantos problemas por unas cuantas manzanas sucias y una cartera con solo 12 peniques! — fue lo primero que había gruñido Ryan una vez los cinco se encontraron ya solos y a salvo.—¡Mira esto, está apenas y si la use!— dijo indignado mirando los agujeros en su nueva chaqueta de cuero, la cual había conseguido casi nueva en uno de sus juegos de poker. Su acento, siempre más fuerte después de pasar un tiempo en casa de su primo mayor durante el descanso, se desangró en sus palabras enfadadas y él sonrió ante la familiaridad.

Él vió con algo de lastima el berrinche, e inclinó la cabeza para ocultar una pequeña sonrisa y mirar mejor el daño en la prenda. Por el costado izquierdo de la prenda corría una gran raja de forma casi vertical, del cual colgaban dos grandes trozos de cuero negro, que junto con uno de los puños deshecho en jirones y los viejos jeans con las rodillas rotas, le daban a Ryan el aspecto de un absoluto desastre recién salido de un mundo post-apocalíptico más que el del típico "chico malo" de los barrios bajos.

Chocando botellas de cervezas, David y Erik se reían con alegría y disfrute de la desgracia de su amigo, mientras Sarah con paciencia casi religiosa seguía consolando los quejidos infantiles de su novio sobre policías dementes y tacleadas letales. Pasando sus delicadas manos por su cabello, teniendo cuidado de que sus muñequeras de púas no le rasguñaran la cara ni se enredasen con los rizos dorados. Con sus prolijas uñas de barniz morado desenroscando sus mechones rubios cariñosamente. Descansando su mejilla contra la suya, asintiendo y dejando ocasionales besos reconfortantes sobre su coronilla.

Bugiardo siguió haciendo pucheros por su "nueva" chaqueta favorita pérdida trágicamente durante la huida a campo traviesa, en las indomables y crueles calles salvajes de la ciudad por unas 15 horas más.

Al menos hasta que Sarah se hartó y amenazó con dejarlo si seguía molestando e interrumpiendo su meditación.

Claro, esa había sido una operación sencilla. No los tenía fichados en la zona a ninguno de ellos por lo menos desde hace dos años, los objetivos eran al azar sin coincidencias físicas o de comportamiento obvios, salvo ser opulentosamente confiados e incautos. Fuera de sus bonitas jaulitas de oro. Como un pajarillo cayendo del nido directo a las fauces de gatos hambrientos.

Todo tan sencillo, todo tan fácil. Hasta que en un buen día, lo que sucede, sucede. Y hay que correr.

O quizás... Quizás fue ese día de tarde lluviosa bajo el caprichoso clima de Londres, un tiempo después. Aun cuando no recordaba detenerse en su carrera a considerar cómo se sentía a profundidad aquella grisácea tarde, tenía un sentimiento de que algo había pasado. Algo mucho más grande que sus apresuradas preocupaciones. O que aún estaba por pasar.

Él solo podía escuchar el chapoteo resonate de sus suelas gastadas en los senderos de las dispersas callejuelas y callejones perdidos en la City. Iluminadas parcialmente por anticuadas farolas de gas sobre las paredes, encendidas antes de tiempo frente a la poca visibilidad, mientras los tejados lloraban a lágrima viva. Oía las voces distantes pero se confundían entre el eco del salpicar y su pesada respiración. Como si el sonido tuviera que deslizarse cuidadosamente entre las gotas que caen y caen y el eco natural del ambiente o sus valiosos mensajes se perdería para siempre. Resultando que los gritos de dos resonaran como cientos en sus oídos.

La espesa bruma le dificultaban el ver más allá de tres metros delante, entre la lluvia, el vapor que flotaba a 20 centímetros del suelo y su propia respiración irregular. El pecho le dolía, las piernas le temblaban, tomar aire ardía y el pelo mojado se le pegaba en los ojos, mejilla y cuello. Podía sentir el incómodo peso de la ropa abrazándolo como si fuese alguna clase de segunda piel muy desagradable.

Por un breve segundo se cuestionó si así se sentían los reptiles al mudar de piel, sintió compasión. Pero sobre todo sentía más pesado aún el remordimiento picando detrás de sus ojos y asfixiando su cerebro, solo permitiéndole enfocarse en no chocar contra una pared, tropezar o caer. Lo que no era mucho puesto que esa tarea se la encargaba a su instinto natural. Por lo demás estaba ciego como un topo, apenas si tenía idea de a dónde se dirigía o de qué ocurría, ni de qué haría ahora que estaba solo.

Lo sentía por Erik, el pobre Erik, en verdad lo hacía, pero ¿Realmente lo podían culpar por huir?

¿Después de todo lo que había pasado, de lo que le pasó a...?

No.

No, no lo podían, no tienen derecho. Era inocente y no podían arrestarlo por algo que no hizo, que no pudo haber hecho. ¿Qué podía haber hecho él?

Si lo atrapaban lo enviarían a un maldito orfanato, como a Dave, o peor aún, de nuevo a esa casa. De ninguna manera él volviera a ese infierno. No tenía opción y realmente lo sentía por eso, pero no podía hacerlo. No podía hacer nada.

Lo único que estaba en su poder era orar porque Dahlien y Bugiardo se mantuvieran a salvo.

Siempre supo que Jean era alguien de naturaleza amable, al igual que también era firme en su persecución, y vaya que le había hecho correr.

Pensándolo ahora con más calma, acortar camino por el parque en medio de un temporal no fue su decisión más sabia en su momento. Al igual que el tropezar con los gastados ruedos en su pantalón y por consiguiente resbalarse en la única maldita baldosa suelta en su camino justo cuando estaba por perder a los vigilantes.

Boca arriba, de espalda e indefenso sobre el suelo, indiferente a las ondas en los charcos vecinos, con agua sucia llenando sus oídos y manchando sus cabellos negros con barro, el cielo parecía caerse sobre él.

No tenía miedo de la lluvia. Nunca lo hizo y nunca lo hará. De hecho, de cierta forma podría decir que estaba perdidamente encandilado por el clima frío y húmedo. La impresionante sensación de gotas de helado líquido golpeando sus pálidos brazos desnudos y su rostro; ese aroma húmedo y turbulento llenando sus fosas nasales con las fragancias de gotas de lluvia invadiendo las calles, aceras y sobre el pasto húmedo. El mundo se detenía en las calles azules, y los parques verdes parecían crecer y respirar, reclamando lo que por derecho le pertenece. Que ha comparación con el gris del paisaje de la ciudad, que tan temerosa se comprimia. Sublimada e impotente.

Pero esta no era una lluvia normal. Oh, no. Y estaba muy lejos de ser una vista o sensación agradable.

Oh, claro que no.

Podía sentirlo en los huesos, también todos sus demás sentidos, gritándole alertas.

O fue tal vez cuando finalmente estalló la tormenta, rugiendo con ira y tronando furiosa. Era poco usual que la City de londres sufriera algo más que una llovizna pasajera, más extraño aún que se presenten enormes tormentas eléctricas en medio del verano, en especial cuando un día antes la sensación térmica subía hasta llegar a los 30 grados, un día seco y templado, sin corriente alguna que irrumpiera en la calma de las repletas calles británicas, monótonas y concurridas.

No hubo aviso, anuncio, ni nota al pie de página. Ni una sola nube más oscura, para crear una mísera sombra. Simplemente los rayos irrumpieron el paisaje iluminando el cielo misteriosamente, y el aguacero se cernía amenazante. Pero francamente él no tenía tiempo para considerar todo esto.

El agente Marcus Kane le tomó gentilmente de los hombros, que eran cubiertos por una suave manta de algodón apenas le subieron a la patrulla, ayudándolo a bajar del coche, cubriéndolo con su alta figura de la lluvia perpendicular por el viento y lo guió por jefatura. No se veía muy distinta a ninguna otra en la que había estado en los últimos 2 años, los mismos fríos pasillos ya sea de mármol blanco, gris y negro reluciente o de madera barnizada. Salvo por el evidente hecho de que ahora eran manchados con litros y litros de agua y barro que escurría de los incautos que osaban salir al mundo del delito, solo para conseguir una noche de resguardo bajo techo, aunque sea entre oficiales.

De reojo notó a uno de estos cuando pasaba, todavía goteando sobre una pila de diarios del dia anterior. Conversaba jovialmente con un oficial de aspecto muy serio y sobrio, que atento a su palabras tomaba nota en una libreta pequeña de bolsillo, la que presumía de ser cuerina negra con un emblema impreso de unos leones. El emblema clásico de la Scotland Yards, reconoció . Sentado una silla que no parecía tan incómoda y firmando papeles con una pluma elegante prestada (declaraciones de su crimen, quizás), el hombre parecía particularmente aliviado de ser retenido, lejos del horrible clima. Desafortunadamente él nunca fue uno de ellos, más por elección que por falta de méritos.

El viento chocaba salvaje contra las ventanas, haciendo un traqueteo repetitivo, siendo el único sonido dentro de la vacía habitación a la que le llevaron para interrogarle en cuanto llegara el representante de servicios infantiles.

El edificio era viejo, pudo notarlo desde el primer momento, pero la fachada era nueva. Unos 70 años como mínimo, la entrada e interior renovados, pero de puertas chirriantes, la paredes con manchas de humedad, generando burbujas en la pintura, y que una vez secas provocan que se despegasen y descascararan, capa tras capa de pintura, y por no decir de la altas ventanas antiguas y necesitadas de atención.

La habitación en la que estaba por su parte era amplia y amueblada, con paredes de subtonos de rojo opaco y distintos grises claros dando un falso sentimiento de hogar, como casa de muñecas de ejecutivos con trajes sosos. Con los típicos cuadros estándar que esperarías en un edificio gubernamental, grises y oscurecidos por la opacidad del ambiente húmedo, y un sillón grande y de apariencia incómoda, también gris. Ubicada en un corredor aislado, separada por unos diez metros en línea recta de las demás puertas que daban a otras salas de interrogación más "serias", y también le alejaban del resto del ajetreo de la estación. Asfixiante y solitario de no ser por la compañía de la lluvia chocando contra el cristal.

La puerta estaba cerrada desde fuera, y había un agente malhumorado junto a ella. "Grita si necesitas algo" le había dicho pero no parecía muy entusiasmado de escuchar algún pedido. Pero lo entendía, a juzgar por las manchas de agua en sus hombros y la que le llegaba desde los negros zapatos hasta las rodillas, el rojo brillante en la punta de la nariz y los temblores que le recorrían, el hombre estaba muy pronto a enfermarse, solo empeorado por el horrible clima al que ha sido expuesto. Además estaban las manchas de tinta seca en sus dedos, el notorio contorno oscuro bajo sus ojos cansados y flojos, los cuales cerraba en demasiadas ocasiones y la forma en que intentaba no cabecear era muy obvio que estaba por demás decir trasnochado y agotado. Y a decir verdad el tampoco estaba muy entusiasmado de molestar al pobre.

Estaba lloviendo a cántaros detrás de las viejas ventanas. Sonaba como un preso chocando sus gastadas cadenas contra viejos barrotes, mientras que el vapor sobre la inmaculada taza de té que no había atrevido a tocar se alzaba lento sobre la elegante mesa de oficina con sillas plegables de plástico. También gris, por supuesto.

Todas las ventanas... excepto una, cuyo cerrojo estaba flojo y sosteniéndose apenas en un único tornillo. Un destello irrumpió en la sala tal como el flash una cámara, capturando un suceso único en el tiempo. Para cuando el tardío trueno retumbó la habitación brillaba pero solo con su ausencia.

A decir verdad y considerándolo todo, recordaba vagamente que las luces azules y rojas del patrullero, que en ese momento se encontraba estacionado, si que le aturdieron más de lo que lo habían hecho hace tan solo unos momentos.

Culpó de eso al golpe en la cabeza, mientras corría calle adentro, doblando en la esquina a Cock Hill, entrando por el callejón que sabía daba a Catherine Wheel Alley, y siguió corriendo sin parar por distintos callejones y pasajes de la ciudad mojada y tormentosa.

Ya con varias calles de ventaja, por lo menos unas quince o veinte, entró a otro callejón directo a la parte trasera de varios edificios. Entre estos, unas bonitas casas adosadas que gozaban de cierto porte victoriano. Siguió su camino en adelante con más calma.

Alzó la vista al cielo tormentoso, que parecía mucho peor que cuando entro a jefatura, distintos cúmulos grises se mezclaban en círculos continuos cual brebaje en la noche sombría y violeta, mientras la lluvia caía como una larga cabellera plateada de una dama, golpeando su rostro. El viento aún no era fuerte pero pronosticaba un pronto aumento en su ímpetu por desviarlo en su destino mientras pasaban los minutos. No dudaba que en una hora como mucho podría levantarlo fácilmente del suelo como un pichón remontando su primer corriente, y sacudirlo igual de fácil, tal como si de una vieja muñeca se tratase.

Por fin y alegremente después de un rato de caminata halló lo que buscaba. Sobre una de las tantas paredes de uno de los tantos complejos de departamentos de la zona, se distinguía un graffiti corroído de un zorro dorado de ojos azules, sobre unas bonitas dalias moradas que brotaban y se enredaban a su alrededor como una corona floral, a su lado una escalera de emergencias y un contenedor de basura abollado. La tapa estaba hundida y llena de agua.

Con una mueca ignoró la bilis que le trepaba por la garganta, subió sobre el contenedor de residuos rápidamente con cuidado de no resbalar por la lluvia y el viento incesante.

Saltó a la barandilla de la escalera de incendios con agilidad, sujetándose con todas sus fuerza y balanceo su peso. Aterrizando sano y salvo dentro de ella, agradeciendo tener la suficiente familiaridad en ese aterrizaje para no haber caído de senton. Escaló hasta llegar el techo del edificio lo más rápido que pudo, o quiso hacerlo, se detuvo a dos pisos exactos y agudizando el oído a cualquier movimiento, quedándose completamente quieto espero hasta que dejo de escuchar las sirena de policía a unas calles, yendo afortunadamente en dirección contraria a su ubicación.

Suspiro y siguió subiendo hasta su otro refugio dentro del vecindario, el gallinero de palomas del Sr. Kang del B7. Puede que no sea lo que llamarías una estadía de lujo de las que salían en aquellas revistas caras pero le serviría por esa noche lluviosa, al menos hasta que las aguas se calmen, luego resolvería como salir de su otro pequeño gran dilema.

Cayó dormido de inmediato una vez se recostó en el suelo de corcho y paja limpia.

Después de unas tantas horas de sueño que se sintieron como solo minutos, los rayos lo despertaron con un brinco. Alterado, se desenvolvió de su abrigado capullo, y se aproximó a una de las ventanas pequeñas del gallinero. Pasando su manga izquierda cada tanto, pues su aliento empañaba el cristal, notó que todavía era de noche. Seguramente no debieron haber pasado más de tres o cuatro horas.

La extraña tormenta parecía de alguna forma haber empeorado aún más, el aire en remolino huracanado golpeaba rugiendo con extrema aspereza contra las indefensas paredes de chapa y madera que de alguna manera todavía se mantenían en pie, orquestando un crujido horrible y espeluznante. Las palomas inquietas daban chillidos alarmados con cada sacudida que daban los truenos contactando con tierra, golpeado las alas contra las barras de sus jaulas, mientras el espectáculo pirotécnico de luces estáticas brillaba con letal belleza nocturna.

Dando su sueño por perdido, guardo la suave manta que le dieron los polis cuidadosamente debajo una madera suelta, junto al resto de provisiones resguardadas allí. Botellas de agua limpia, o previamente hervida; enlatados como sopa, atún o mermelada; partes de mantas y alguna cobijas gastadas de aquí y allá, lejos del heno y suciedades de ave, y se preparó para partir.

Tuvo la extraña sensación de haber tenido un sueño bonito, cálido, e incluso agradable, aunque no recordaba sobre qué era o de qué trataba. Eso le ocurría a veces.

Ignorando el estremecimiento que le bajo desde la nuca hasta la punta de los dedos y el vuelco que le dio en el estómago, atribuyéndolo a los cambio de aire fuera, se puso de nuevo su ropa aún húmeda. La chaqueta reversible que encontró entre restos de ropa vieja y basura que nadie quiere le quedaba algo grande, y aunque gastada era funcional, además de impermeable. Perfecta en todo sentido descontando por el cierre roto.

El tamaño era lo de menos en realidad, después de todo creció en harapos mucho peores que estos, podía cómodamente crecer en ella, esta vez por elección. Aunque ni el mejor piloto ni abrigo podría protegerlo con este clima. Todavía sentía los calcetines llenos de agua a pesar de haberlos escurrido hace horas.

Sabía que era considerablemente más peligroso huir que quedarse quieto en un solo lugar cuando te persiguen. Los persecutores suelen darle un plazo determinado de tiempo a su presa para que se sienta nuevamente en confianza y que tiene el control de la situación, pero ni ellos se arriesgarían a salir a perseguirlo en tamaño huracán.

Ignorando el fuerte presentimiento de que algo estaba ocurriendo salió nuevamente a la buena voluntad de la naturaleza.

Anduvo sin rumbo tratando de llegar lo más lejos de la City y sus oficiales, mientras el cielo violeta oscurecía toda señal de luz, siendo los rayos los únicos faroles en su húmeda travesía, yendo entre más callejones, callejuelas y diversos refugios, tratando de mantenerse lo más posible bajo techo y asilo, inconsciente de los noticieros que advertían sobre un fuerte torrente fluvial extraño, impredecible e irregular, y pronosticaban que podría extenderse por los próximos días.

Pronóstico que, por cierto, fue bastante desacertado.

La extraña tormenta desapareció tan rápido como había surgido, que debió ser después de que bajara del metro en Marden, luego de hacer una intersección entre el Central Line a Northern Line, subiendo en Liverpool hasta Bank. De allí línea recta hasta su última parada, donde sabía que Bugiardo tenía un refugio no muy lejos de la estación. Quizás si no fuera por ese Maldito "chico bueno", se hubiera salido con la suya sin consecuencias.

No, él no podría definir cuándo fue que sucedió, no realmente.

Harry solo podía recordar que un día despertó, encontrándose en la oscuridad.

Inmediatamente eso se sintió mal.

Por un lado, tenía frío. Se había ido a dormir refugiado bajo una gruesa colcha termica, con su amada esposa en sus brazos. Ahora estaba acostado debajo de una manta de lana raída y delgada, tenía escalofríos y estaba solo.

No podía ver nada, había un hedor intenso y desagradable que provenían desde una esquina. Le dolía mucho la cabeza, se preguntó brevemente si se había desmayado de borracho, pero recordó que dejó de beber desde hace más de 5 años, después de la tercera vez que se emborrachó mientras daba una visita al segundo Weasley por Rumania y montó un dragón... ¿O fue después que montó a Charlie?

No lo recordaba, sólo sabía que realmente aprendió a odiar el Bourbon.

Por otra parte, sintió encierro. El dormitorio que compartían era un espacio amplio y aireado, con grandes ventanales y con un techo hechizado alto y ampliado. Ahora se encontraba, estando bastante seguro de este hecho, en un espacio muy pequeño, confinado y muy oscuro, incluso para ser de noche.

Susurró con precaución un -Lumos - sin moverse de su sitio, más por costumbre que por creer realmente obtener un resultado. Nada ocurrió. En realidad, podía sentir su magia estirarse y flexionarse, sentir el hechizo estallar, pero nada sucedía. Por lo general, eso funcionaba fácilmente si su varita se encontrara dentro de su alcance.

Bueno, mierda.

Un examen físico rápido le informó que no estaba herido de ninguna manera significativa, nada parecía restringir sus movimientos a excepción de la oscuridad, todos sus huesos estaban donde pertenecían y no aparentaba estar sangrando en ninguna parte, pero no tenía sus lentes, tenía algún tipo de hipotermia leve y también estaba perfectamente afeitado. Y estaba mucho, mucho más delgado de lo que debería ser.

Por otro lado, también se sentía... ¿pequeño?

¿Qué dem-? Se preguntó a sí mismo.

Incorporándose lentamente en su sitio, dudo un momento. Cuando una voz chillona resonó, brotando a través de la oscuridad.

—¡Niño!¡Arriba, Levántate!—. La voz gritó molesta y se escucharon fuertes golpes repetitivos provenientes de su derecha, como de manos huesudas contra un tronco hueco. —¡AHORA!

La respiración de Harry se detuvo y sus pupilas se dilataron en sus ojos muy abiertos cuando los recuerdos lo golpearon de pronto. Su mente se aceleró, y solo una palabra se repetía constantemente en círculo, como el riel de un tren de juguete en su cabeza:

¡... Funcionó...!¡Funcionó!¡Realmente funcionó!

Dándose cuenta, casi se rió histéricamente en sus nervios de su torpeza de creer que eran las memorias de la noche anterior las que recordaba. En realidad, fueron de la última noche que recuerda que estuvo con vida. Harry se encontró a sí mismo estando actualmente, en lo que supuso era su cuerpo antes de su onceavo cumpleaños. Si el estar de vuelta en el infernal armario bajo la escalera era una pista.

Mierda. Pensó mientras la sonrisa incontrolable de incredulidad se deslizaba hasta volverse en la mueca de una sonrisa forzada, mientras sus ojos sin profundidad veían el fondo de las mugrosas escaleras sobre él.

Tratando de ubicarse palpó un poco a su alrededor y descubrió un estante pequeño, una pila muy pequeña de lo que a juzgar por el material era ropa, a un costado lo que supuso la base del calentador de agua, también una cuerda para un foco al alcance de la mano. Encendió la luz y descubrió que estaba en un lugar decepcionantemente familiar, y que vestía ropa demasiado grande, que sabía que había pertenecido a su primo Dudley, cuando Dudley tenía... probablemente entre ocho o nueve años.

De seguro nueve, considerando la horrible camisa de aquel programa que él veía cuando tenía cuatro o cinco años, cuando Petunia, según recordaba, en un ataque de nostalgia había conseguido para su "Dudders" y que este había terminado lloriqueando, pero para que la tirase. Y ahora coronaba el montón de ropajes, que era casi lo mismo.

Estaba menos ciego de lo que debería ser al no tener puestas sus gafas, ¿Cuándo fue que se los habían comprado? ¿Cuándo tenía seis o siete años?

Sabía que aquellas gafas que uso la mayor parte de su vida su tío más que seguro que las sacó de un basural, y por si fuese poco habían arruinado más si era posible su escasa vista con el tiempo. Por lo mismo que había decidido dejar de usarlas durante su tiempo fuera de la vista de sus tíos, aunque eso cansase sus ojos. O al menos así fue antes de volver al infierno.

Doble Mierda.

Aún desconfiado y buscó más pistas sobre la nueva situación en la que se hallaba. Nada parecía extraño aquí. Pequeño montón de ropa usada sucia a un lado. Un par de pequeños juguetes rotos que Dudley ya no había querido. Curiosamente, estos le parecían formas familiares de forma vaga, lo que era probable por no haberlos visto en casi dos décadas. La única bombilla de luz parpadeaba irregularmente. Unas cuantas arañas dispersas de distintos tamaños se cernían sobre él, ¡qué alegría! Oh, por no mencionar una excesiva cantidad polvo.

No había ni el más mínimo signo de magia, obvia o no, alrededor.

Encontró sus viejos lentes con un poco de torpeza, y luego halló un trozo de espejo roto, que seguramente ni a Vernon ni Petunia le molesto desechar allí. Algo muy sorprendente conociendoles.

Lo levantó hasta su rostro, con el corazón de pronto empezando a tamborilear ansioso en el pecho, como un bongo excepcionalmente resonante.

Su reflejo de nueve años le devolvió la mirada. Grandes ojos verdes vibrantes, ocultos por gruesas gafas remendadas que se deslizaban por la pequeña nariz en el infantil rostro y enmarcada por la mata de pelo negro como el ala de un cuervo, tan desordenado como un nido, a la cual nunca había podido domesticar totalmente. Harry se quedó con el aliento atascado mientras subía el flequillo. La fina línea de piel lisa y clara en forma de rayo, la misma que había desaparecido cuando el horrocrux de Voldemort había sido destruido, estaba coronando su frente.

Solo dos opciones pasaron por su mente; o estaba muerto y alucinando en algún tipo de limbo/infierno personalizado atrapado por la eternidad en el armario bajo la escalera atormentado por los Dursley por todos sus errores, condenado a los sonidos de golpes en la puerta por tocino, pisadas de elefantes en el techo en todo momento, y las horribles quejas y burlas eternas. O realmente funcionó.

La voz aguda de su tía exigiendo que se levantara inmediatamente lo sacó de sus pensamientos profundos. Tomó una gran bocanada de aire a pesar del mal olor, apagó su mente y en piloto automático abrió la puerta del armario, se dirigió a la cocina y comenzó a preparar el desayuno.

Pasando junto al reloj de la cocina notó que las manecillas aún no daban las 7.

No es que fueran cosas que él hubiera cuestionado a esa edad, ya que le habían dicho incluso desde mucho más joven que limpiara y cocinara; ahora que lo pensaba quizá fue desde antes del momento en que pudo alcanzar la estufa. Con ayuda de un taburete, claro.

No levantó la vista de su trabajo a pesar del constante murmullo quejumbroso y desagradable de una voz aguda a sus espaldas, ni de los pequeños ruidos molestos de su autora al desplazarse por el lugar con sus chillonas pantuflas rosas. Esforzándose en contener la mueca cuando le recordaron a cierto personaje desagradable durante su quinto año, dio vuelta el tocino. Hacía tiempo que había perdido el miedo por la arpía que se hacía llamar su tía, pero todavía se encontraba aturdido y fastidiado, un desafortunado efecto secundario del viaje tempo-espiritual debía suponer, y tampoco tenía conocimiento de lo que estaba ocurriendo. Demonios, tendría que ver la forma de conseguir un calendario cuanto antes pudiera.

El cielo matutino detrás del marco de la ventana tenía una mezcla armónica entre el azul marino que desaparecía y daba lentamente paso a un celeste claro con suaves pinceladas de rosa junto con la salida del sol naciente. Si esta era una ilusión culposa dentro del limbo, por lo menos sabia que el tiempo transcurría de la forma lenta y constante usual.

Justamente cuándo el cielo perdió totalmente sus tonos azules una hora después Harry vio a su gordo tío entrando a la cocina, bramando un agradable "¡Péinate!" por saludo matutino. Petunia le sirvió té y este empezó a leer el periódico sin más tardar. Era muy temprano para que su primo se levantase por su cuenta, recordó.

Tía Petunia, como a cualquier otra persona decente como ella, no se le pasaría por la mente considerar bien educado ni por asomo a cualquier otra persona que se presentaba al desayuno después del mediodía, pero se negaba a siquiera pensar en molestar los dulces sueños de su amado angelito los fines de semana, si no mal recordaba.

No fue hasta que casi terminó que se dio cuenta de que estaba haciendo Eggs Benedict con el desayuno Inglés tradicional a un lado, y que Petunia estaba mirando sus nuevas habilidades culinarias con una preocupación creciente en su mirada.

Apagando el fuego de la hornalla, pasó un momento hasta que se dio cuenta de que ella pensaba que era magia, cosa que sirvió para disfrutar inmensamente más de su comida, a pesar de tener que ver a los Dursley terminar de comer algo mucho mejor, sabiendo que Vernon y Petunia estaban preocupados de que fueran venenosos o estuvieran contaminados, o algo igualmente antinatural como el chef mismo.

A Harry siempre le había gustado cocinar, en especial cuando era él el que comía, y una de las primeras cosas que hizo de adulto fue tomar lecciones adecuadas de cocina, mejorando de manera prominente su sazón. Algo con lo que Rita Skeeter y los lectores del profeta estuvieron obsesionados bastante tiempo. Con un bufido silencioso se dio cuenta de que era algo mágico, si, pero no de la forma en que a ellos les preocupaba.

"La comida tiene magia propia, de alguna forma", pensó divertido, pero sin dejar pasar ni una emoción por su rostro. Sus pensamientos se desplazaron rápidamente hacia la risa de Jamie y las otras voces alegres de sus niños durante las comidas.

Antes que pudiera detenerse la antigua cocina de los Dursley y sus comensales se volvieron borrosas manchas mientras sus pensamientos divagaban, salieron de su visión y se instalaron otras, más familiares y deseadas que lo que nunca serían los actuales residentes. Su hijo mayor mostrando orgulloso el perfecto platillo, después del quinto intento desastroso (pero delicioso) de panqueques relleno de chocolate. Con su cabello pelirrojo oscuro cubierto de pequeños trozos de cáscaras de huevo y harina en la nariz. Su pequeña Lily con chocolate en las regordetas mejillas y riéndose entre gorgoteos en su sillita de bebe, mientras su madre batallaba por limpiarlas mordiendo firmemente sus labios para no reírse al empeorar el desastre pegajoso que era su niña ahora. Al refunfuñando sobre migas cayendo en su libro de dragones que su tío le regaló mientras acababa su cereal y yogurt con manzana, con las mejillas ligeramente enrojecidas.

Lizzy tomando chocolate caliente junto a la ventana abierta, con espuma sobre la comisura de su bonita boca, viéndose adorable, mientras el viento otoñal despeina su cabellos castaños y el aire se perfumaba con aroma a Dalías.

Con sus ojos avellana siempre relucientes... Contemplativos, estoicos, tristes o nostálgicos, alegres y vivos…

Repletos de lágrimas, sin atreverse a derramar ni una gota, sujetando con fuerza el cuerpo de un niño ya dormido, entre el polvo y el silencio, acariciando distraída sus cabellos castaños. Su niño.

Durmiendo... Para siempre.

Tomando una respiración profunda y haciendo tripas el corazón, tragó el apretado nudo en su garganta. Los ojos le ardían al igual que detrás del paladar sentía un regusto a hierro y tierra, como si estuviese tragando cuchillas oxidadas. Tuvo que hacer un esfuerzo para terminar el resto de lo que tenía en el plato, le sabía pastoso y desagradable, incluso más que antes. Como un trago de crece huesos particularmente horrible, mientras luchaba por mantener una expresión neutral. Para su desgracia, tenía la sensación de que su nivel de interpretación facial se había quedado junto con su cuerpo en el futuro, y obviamente había perecido, aún cuando no parecía que sus tíos se hubieran percatado de su desliz.

También sentía su memoria muscular más tosca, imprecisa. Otra cosa que deberia de arreglar.

Después del desayuno, otra forma de definir a los pocos restos de comida que le permitieron junto con un vaso de agua, mandarle recoger los trastos y limpiarlos, lo enviaron de regreso al armario. Mientras pasaba se fijó en el calendario en la pared, y comprobó la fecha.

"16 de Agosto de 1989"

Definitivamente nueve.

Carajo.

Pensó en lo que paso cuando tenia entre ocho y nueve años. Después de que volviera a ese lugar a los nueve, la mayoría de las veces solo lo dejaban salir para las tareas del hogar, arreglar el jardín y para usar el baño. Y no fue hasta un par de años más tarde que se tranquilizaron lo suficiente para soltarle un poco la correa. Así fue hasta que llegó su carta de Hogwarts, y todos los avances se fueron al garete.

Bien, tendrá que ver como arreglar aquello luego, aunque por el momento no era lo primero en su lista. Era miércoles, Vernon trabajaba el resto del día. Petunia, por otro lado, una vez terminará con sus propias tareas de la casa (dejando la mayoría de ellas para él obviamente), despertaría, alimentaría y vestiría como a una persona al cerdito que tenía por hijo, luego dejaría a Dudley para que jugara con sus amigos mientras ella tomaba el té con sus vecinas. A él por su parte no lo dejaran salir hasta varias horas después. O al menos hasta que Petunia crea que ya no estaba siendo muy útil y le encargué alguna tarea más. Por ahora, tendría tiempo para planificar.

Volvió al reducido espacio, sintiéndose un poco molesto por lo débil que sentía su cuerpo. En su época, Harry era uno de los magos más hábiles de su edad, una vez que se deshizo del alma parásita dentro suyo. Y habría sido mucho más poderoso si los Dursley no hubieran retrasado su crecimiento mágico al alimentarlo de forma insuficiente. Afortunadamente, las pequeñas alteraciones sutiles en el ritual le había permitido mantener sus facilidad para aumentar y entrenar su poder actual, o eso se supone. Además debía de volver su núcleo mágico menos inestable, más manejable, especialmente cuando lograse deshacerse del horrocrux en su cicatriz, ya que la primera vez fue particularmente horrible.

Ugh... todavía tengo que encargarme de eso.

¿También tendría que morir de nuevo? Ahogó una mueca cuando esta comprensión le golpeó. Sacudiendo la cabeza, decidió que buscaría una forma más segura de deshacerse de el imbécil de Riddle.

Suspirando resignado por todo el trabajo que tenía por delante no se molestó en prender la bombilla y se sentó con las piernas cruzadas sobre la maltrecha cucheta que se negaba rotundamente a llamar una cama.

Si realmente habían regresado podrían cambiar las cosas. De ninguna manera estaba planeando vivir la vida como lo había hecho antes.

Harry recordaba haber sido débil y haberse portado bien en esa vida anterior. Eso solo lo obligó a casi contraer un matrimonio sin amor por presión social, con múltiples familias, mientras lo colocaban en un pedestal en el que no quería estar después de años de tormento y de ser miserable, ¡Oh, y luego perder al amor de su vida, muchas gracias! A ver morir a tantas personas, amadas o no, ellos le importaron. Sesenta y cuatro víctimas, tan solo de la batalla de Hogwarts. Sus nombres estaban tatuados en su mente sin importar cuánto tiempo a pasado; ni hablar de la totalidad de cuerpos y fosas comunes que se encontraron una vez capturados los mortifagos y puestos bajo Veritaserum en la segunda Guerra.

La gran mayoría logró escapar del país, pero cayeron los suficientes peces gordos como para formar un caso.

Pero a su vez también empezaron los sobornos. Para antes que se acercaran los juicios las pruebas desaparecieron al igual que los testigos, y lentamente empezaron a volver del extranjero un gran número de magos y brujas. Las ruedas de desinformación y de la prensa.

Ese fue su límite.

Él tuvo suficiente de todo eso, abandonó su puesto como Auror, se despidió de sus amigos y familiares, y se largó a un viaje indefinido por el mundo. Pero nunca pudo realmente decir adiós a esa persona correctamente. Le faltó valor.

No mucho después de esto, Harry descubrió a su verdadero compañero en su travesía, una chica, Elizabeth Saint Hawkins.

Lizz

El regusto de una sonrisa apareció en sus labios, con fantasmas de dulces toques de almíbar.

¿Sería muy pronto enviar una carta diciendo cuanto la amaba?

Sin cerrar los ojos ni tomarle más de un momento podía visualizar con perfecto detalle el cielo claro y resplandeciente del día que se conocieron, el sabor salino del viento y la tibieza de la corriente y las olas translúcidas en aquel día. Ella era una estudiante de sanación, graduada de Ilvermorny, apenas un año menor que él. Durante su viaje por el Caribe tuvieron el gusto de encontrarse cuando coincidieron en el hotel que se hospedaban y rápidamente pudieron entablar una amistad por su mutua afición recientemente descubierta por las actividades de adrenalina, a pesar de sus naturalezas tranquilas y su evidente deseo de sanación, y también de sanar a otros.

El tiempo que permaneció a su lado, realmente hizo feliz a Harry, más feliz de lo que lo había sido en mucho tiempo.

Juntos trataron de tener una vida normal y de ser felices, coincidían en muchos sentidos y tenían un profundo afecto por el otro. Al igual que un dolor persistente que solo ellos conocían y que podían reconocer entre sí. Y aunque eso no los hiciera felices, podían encontrar un consuelo en el lugar donde las memorias se entremezclaban.

Pero por supuesto, ese no podía ser un final, tan solo era el maldito intermedio.

Apretó la mandíbula cuando un brusco recuerdo atravesó su mente dejándolo mareado.

Carne quemada, mejillas húmedas, hierro, amoniaco y azufre en el aire, sombras de figuras humanas colgando en el cielo cubierto de humo negro y rojizo. Ojos que miran sin mirar hacia el vacío.

Aspiro irregularmente abriendo los ojos, sin saber cuándo los había cerrado, su costado caido contra la pared, apretando los dientes.

No, no dejarían que eso sucediera.

Los dos habían descubierto un ritual que, si se hacía correctamente, podría enviar la mente de ambos al pasado, pero lastimosamente agotando sus reservas de su núcleo mágico y su energía vital, siendo un todo o nada. Pero con una investigación más profunda descubrieron que si las fusionaban con las de uno o más compañeros podrían lograr retroceder sus almas a su recipiente más joven al mismo tiempo.

Y viendo que el presente era solo un grupo de sangre pura arruinando no solo el gobierno sino al país, extendiéndose gradualmente por el continente, personas estúpidas con mucho poder permitiéndolo y gente buena sufriendo. Ya sin nada ni nadie que lo atase a ese lugar, a Harry realmente no le importaba arriesgarse a volver atrás y cambiarlo desde los cimientos, incluso si tuviera que pagar un precio por ello.

Él abrió los ojos con un conocido ardor decidido en el pecho y se sacudió el aturdimiento agitando la cabeza.

No, no consentiría ese desastre.

Su acto final de doble suicidio había funcionado aparentemente y ahora estaba aquí. O estaban aquí. Sea como sea, ya estaba hecho, y no había marcha atrás. No quería dar marcha atrás.

Esta vez, iba a hacer las cosas a su manera. Esta vez sabía sobre el mundo, sabía quiénes eran sus enemigos y quiénes eran sus amigos y sabía cómo jugaría. Esta vez él era libre, y esta vez, les mostraría a todos los que se pusieran en su camino cómo era el verdadero caos vibrando bajo la piel. Por ahora, sin embargo, esperaría su momento.

Primero, tenía la intención de hacer una lista y reordenar su mente. El ritual original no mencionaba nada acerca de ideas confusas y recuerdos aleatorios, aunque es algo que debía de esperarse; si recordará toda una vida de experiencias que no identificaba pero reconocía como propias positivamente se volvería loco. Y quién sabe, quizás ya lo está, hace bastante tiempo había perdido el control de su estado emocional y psicológico. Tendría que agregar el arreglar una cita con un profesional de salud mental a su lista de cosas que hacer, quizás para más tarde.

Por ahora entre sus prioridades estaban rescatar a cierto viejo costal de pulgas de la perrera horrible en la que estaba alojado y encontrar a cierta Dame perdu dans la poubelle, que conociéndola como lo hacía seguiría los consejos de las farolas, los buzones de correo y olmos por su paso para encontrar su rumbo. Por no mencionar a sus "three little hooligans" preferidos, que si no le fallaban las fechas, se hallaban seguramente perdidos por ahí, los cuales serán considerablemente más difíciles de hallar que los dos anteriores.

Para ello también necesitaba un lugar seguro para quedarse. Además de ser un sitio adecuado para alojar a sus acompañantes debía ser seguro y alejado de intrusos indeseables. También tendría que ver como establecer sus propias barreras mágicas.

Eso tenía arreglo. Puede que en el pasado no lo entendiera pero ahora sabía con seguridad que tenía contactos con los que podría acceder a un acuerdo, si jugaba bien sus cartas.

Y para ello necesitaba salir del maldito armario.

Por el momento, esto era todo lo que necesitaba saber. No tenia porque tener muchas ambiciones a gran escala que, al menos en su caso, serian más riesgo que ganancia. Algo tan simple como respirar demasiado fuerte podría tener profundos efectos mariposa, como que Voldemort obtenga acceso a magia poderosa, mejores aliados y comience su campaña terrorista un año antes, o que cambie de "derrocar al Ministerio" a "Dominación Mundial" en dos aleteos.

Si estaba en el tiempo que suponía debía, significaba que todavía había tiempo para cambiar mucho antes que llegara su carta de Hogwarts.

Bien. Primero lo primero. Salir de allí.

Aparentemente tenía nueve años, pero era un niño mágico de nueve años.

Los niños mágicos podrían, bajo estrés, crear el tipo de daño que directamente mataría a adultos muggles. Pero aún así necesitaba de la práctica y el cuidado para no explotarse a sí mismo. Y aunque lo más probable es que solo conseguiría unos moretones y a lo mucho un hueso roto, no necesitaba que el Ministerio o alguno de los espías mentecatos de Dumbledore, o incluso peor, el mismísimo profesor le vigilarán más de cerca.

La Sra. Figg, aunque fuera agradable con él cuando era niño, no dudaría en delatarlo al viejo mago apenas dejará de circular nuevamente por la zona, sin pensar un segundo si esta era la opción correcta, o por lo menos, la más sensata. Los Dursley si mal no recordaba apenas si pudieron engañar a los vecinos la primera vez diciendo que había sido aceptado en un "Internado/Correccional de menores, para casos graves", claro que cada vez que supuestamente debía de volver a casa estaba, sorprendentemente, o castigado por algo o enfermo, muy enfermo.

Y les funciono. Claro, tampoco es que alguien hubiese ido a comprobarlo.

Por Merlín y Morgana, ¿Es que la sociedad mágica no tienen ni un gramo de sentido común?

Como sea, Harry sabía que no tenía puesto el rastro, porque aún no había conseguido su varita, la cual tenía una serie de runas particulares que dejaría de funcionar a partir de la mayoría de edad mágica. También sabía que la magia accidental no era rastreada antes de que entrasen al mundo mágico. Entonces, si pudiera canalizar su magia accidental, muy bien podría mejorar su situación.

No haría daño un poco de experimentación en su pequeña hipótesis. Concentrándose, miró fijamente uno de los tantos juguetes rotos dispersos alrededor, el viejo y gastado peluche flotó unos centímetros sobre el estante al lado del catre y se desplomó de nuevo en su lugar. Harry dio una sonrisa de locura. Más decidido que antes en su pequeño experimento volvió a intentarlo, el pequeño elefante volvió a elevarse un poco más alto que antes y se acercó hasta estar frente a sus ojos. De cerca notó que le faltaba uno de los botones de sus ojos, el abrigo de color ciruela que llevaba estaba gastado y desteñido, además que una de las costuras del costado estaba rota haciendo sobresalir el relleno.

Trato de comenzar concentrándose en reparar la costura, mentalizado las palabras Reparo, que había realizado millares de veces en su vida como mago. Y que siendo portador de lentes y de una inmensa mala suerte, el número se multiplicaba significativamente.

La clave para lanzar hechizos básicos era bastante simple. Todo lo que un mago capaz tenía que hacer era permanecer (mayormente) tranquilo y sereno, y tener la determinación de hacer que el hechizo existiera. La magia accidental por otro lado sucedían con frecuencia en la etapa más temprana y consistia principalmente en las emociones y los deseos del infante. Harry recordaba una vez haber sido regañado por su maestro durante diez interminables minutos delante de toda su clase después de que Dudley falsamente le acuso de hacer trampa. Para cuando reunió el valor suficiente para levantar la vista de su escritorio notó inmediatamente, al igual que toda la clase, que de alguna forma inexplicable el peluquín del Sr. Phillips extrañamente se había tornado de un azul brillante, y por supuesto, no tuvieron mejor idea que echarle la culpa por este hecho. Digamos que su tío había estado muy feliz de tener una razón por la cual castigarlo por su vandálico comportamiento, es una lastima que eso había escalado más rápido de lo que cualquiera de los presentes había esperado o estaba dispuesto a reconocer. De hecho, fue lo que los llevó a la situación en la que estaban.

Ignorando un escalofrío que escaló por su espada volvió a su experimento. Estaba seguro de que querer lograr su objetivo y no querer hacerse daño durante el proceso era suficiente para lanzar con éxito el hechizo. Fijó su mente en pensamientos alegres e ignoro todo lo demás dentro de la oscuridad.

En un segundo el pequeño animalito de felpa estaba completamente restaurado y si no se equivocaba también se veía mucho mejor que antes. Sonrió satisfecho de su obra.

Bien, ahora veamos cómo salir de aquí.

Volvió a centrarse en su determinación. Unos minutos más tarde resopló con suavidad por el esfuerzo anterior tratando de no hacer ruido. Estaba un poco frustrado, sentía su flujo de magia mucho más áspero y menos manejable, en vez del suave y constante al que estaba acostumbrado. Pero esto solo lo hacía más obstinado acerca de su objetivo.

Hubo un leve crujido cuando el cerrojo de puerta se atrofio, aunque por fuera parecía no haber ningún cambio en lo absoluto.

Bien, eso sería un comienzo.

~AT~AT~AT~AT~AT~AT~AT~AT~AT~AT~AT~AT~AT~AT~

Soy mala y los dejaré en suspenso ;P Espero que les haya gustado. Cualquier cosa o detallito que me he pasado por alto avisenme. Respuesta aquí bien sabrosas ;D

Nia : ¡Muchas gracias! Eso intentó. De hecho tengo que cortarme un poco el mambo para no escupir cada cosa que me pasa por la cabeza en el Word y publicarlo asi sin mas. Quiero escribir cosas que me interesan, pero no se si son coherentes la mayoría del tiempo. Es que no puedo controlarme *w*

Claraa Rioos : ¡Gracias! No sabes lo contenta que me pone escuchar eso :3

Luxerii : ¡LUXEEEERII! ¡Holiiiis *w*! Que contenta me pone leerte, preciosa. Me alegra haber hecho cortocircuito en tu mentecita bonita, jajajjajaskdask. Si la verdad es en principio cuando empecé a imaginarme esta historia no podía imaginar de quién podría estar Harry enamorado, o como él se miente a sí mismo "Encaprichado". Y llego a mi vida una historia, una historia sin terminar del 2004 y me enamore. Luego la borraron. Alexa, play despacito. En fin, la cosa es que es un capricho de mi corazón que no pude resistir. Sip, su relación fue mucho drama, mucho pain, mucha soledad y anhelo, y cuando tuvieron una oportunidad... pasaron cosas. Si son el ship principal o no, eso lo dejo a tu criterio :D. Respecto a Harrynkis, no lo definiría como un romántico romántico; devoto, sincero y frontal sí.(aunque estuviera de espalda jaja) ¡OH, Babe! Va ser un desastre, ellos se encargaran de ello. Oh respecto a la poción, eso es porque así es como yo creo que se ven y reaccionan las pociones al activarse. Cursi, lo se.