Disclaimer: por desgracia no gano nada publicando historias en esta página. La que está forrada es J. K. Rowling.
Advertencias: sobre la trama, que es un AU. Hacía muchísimo que no escribía sobre Harry Potter. De hecho, una sola historia escribí en toda mi vida y terminé borrándola. También tengo pendiente releer media saga... Así que es probable que, no sé, os suene raro. Como hay chorrocientos fics de HP en la página y no me los he leído todos, no puedo jurar que esto sea el no-va-más de la originalidad.
Esta historia es un regalo para Lyra Nym por su segundo puesto en la actividad del multifandom del foro Alas Negras, Palabras Negras. Pensé que quizá podría agradarte.
Hasta nunca, Privet Drive
Hedwig estaba tan impaciente como él. Harry ya había empaquetado todas sus pertenencias, que tampoco eran tantas, y llevaba asomado a la ventana al menos hora y media. Empezó a preguntarse si su padrino se había perdido, o si había olvidado la dirección. Harry se la había anotado, por si acaso, y creía haber escrito "Número 4 de Privet Drive en Little Whinging" correctamente, pero la tardanza de Sirius le estaba poniendo nervioso.
Decidió darle media hora más de margen. Después se permitiría entrar en pánico.
Repasó la habitación para cerciorarse de que no le quedase nada atrás. Sería un viaje de ida sin vuelta. La idea de marcharse para siempre y vivir con Sirius le emocionaba tanto que apenas había dormido, y llevaba semanas de un humor estupendo, a prueba de Dursleys.
Dudley y sus tíos estaban escondidos en la cocina. Harry sospechaba que no saldrían de ella ni con un incendio. Por lo que ellos sabían, el padrino de Harry era un recluso fugado y peligroso, buscado incluso por las autoridades muggles. No se había molestado en explicarles la verdad. En lo que llevaban de verano, le habían hecho alguna pregunta al respecto, pero no habían tratado de convencerle para que se quedase. Si los Dursley no estaban preocupados por él, no sería Harry quien lo estuviera por ellos.
Sin embargo, el mundo mágico sabía que Sirius Black no era ningún asesino fugado de Azkaban. Poco después de entregar a Peter Pettigrew, se celebró un juicio. Harry había querido asistir para apoyar a su padrino, pero no le habían dejado. Ron iba poniéndolo al corriente de las novedades vía lechuza, gracias a que su padre trabajaba en el Ministerio. Y Hermione, que estaba suscrita a El Profeta, le había enviado el ejemplar en el que Sirius aparecía en portada bajo el titular "SE DECLARA INOCENTE A BLACK".
Eso había sucedido el 12 de julio, y ya casi estaban en agosto. Harry había esperado que Sirius apareciese por Privet Drive al día siguiente. No fue así. En su lugar, le había escrito para explicarle que estaba terminando de resolver unos asuntos y que iría a buscarle el último domingo de julio a las cuatro de la tarde.
Bajó las escaleras de dos en dos hasta la cocina y abrió la puerta de la nevera. No tenía hambre, lo que tenía en el estómago era un nudo de nervios, pero echó un vistazo de todas formas. Terminó cogiendo una manzana del frutero, bajo la atenta mirada de los Dursley.
―Se está retrasando, ¿no? ―Comenzó tío Vernon.
―Era evidente que carecería de modales ―señaló tía Petunia, dándose la vuelta y espiando por la ventana de la cocina.
―Se ha olvidado de ti ―añadió Dudley.
Harry tomó asiento con aparente tranquilidad, mordiendo su manzana.
―Estará ocupado deshaciéndose de alguien camino aquí ―comentó―. Y evitando a la policía.
―¡Espero que la policía no se presente en nuestra casa! ―Chilló Petunia, escandalizada―. ¿Qué dirían los vecinos?
―¡De ninguna manera! ―Tío Vernon se había puesto en pie, con un puño en alto―. ¡No se atreverá a montar ningún espectáculo! Vas a salir de aquí pitando, chico. ¡Ve tú a su casa!
Harry no habría tenido ningún problema en coger sus cosas e ir él mismo a casa de Sirius, pero no tenía ni idea de dónde era.
―Me ha dicho que le espere aquí ―dijo lentamente―. No querría cabrearle por nada del mundo, ya sabéis. Es un asesino.
Dudley se encogió en su silla, tía Petunia compuso una mueca de terror y tío Vernon se volvió a sentar. Los tres guardaron silencio. Harry pensó en lo feliz que habría sido su vida si los Dursley siempre hubiesen sido así.
El reloj marcó las seis de la tarde. Dos horas de retraso. Harry no quería que se le notase, pero estaba francamente preocupado. ¿Y si el Ministerio había cambiado de decisión y habían vuelto a encerrar a Sirius? ¿Lo sabrían los Weasley? ¿Dumbledore lo impediría?
Tía Petunia dio un respingo.
―¡Vernon! Ese chucho va a estropear mis azaleas.
Harry tuvo una corazonada y se precipitó hacia la puerta. Se golpeó la espinilla contra el mueble del recibidor y consiguió abrir mientras se frotaba la pierna.
Un enorme perro negro atravesaba el jardín, jadeando. Harry se apartó para dejarle pasar y cerró la puerta.
―¡Saca a ese animal de mi casa! ―Bramó tío Vernon―. ¿Pero cómo te atreves a…?
La boca se le quedó abierta y desencajada. Antes de terminar lo que estaba diciendo, Sirius recuperó su forma humana ante los ojos de los tres Dursley. Había engordado un poco desde la última vez que lo había visto. También se había cortado el pelo y estaba afeitado y bien vestido. Era un hombre totalmente diferente a aquel que se había escapado de Azkaban hacía tan solo unos meses, aunque aún se le notaba cansado.
―Lamento la tardanza, Harry ―se disculpó―. Estos deben ser tus tíos. Yo soy Sirius Black, el padrino de Harry.
Dudley chilló y se parapetó tras la mesa de la cocina. Vernon y Petunia parecían petrificados y no dejaban de observarles como si estuviesen a punto de estallar.
―Gracias por cuidar de Harry todos estos años ―continuó Sirius, con algo de extrañeza ante la escena―. Pero comprenderán que, ahora que soy un hombre libre, se venga conmigo. James y Lily me nombraron su tutor.
A tía Petunia le dio un tic en el ojo.
―¿Hombre libre? ―Farfulló tío Vernon―. Va-váyase de mi casa… Llévese al chico si quiere y váyase…, por favor.
Sirius dirigió a Harry una mirada inquisitiva. Este se limitó a encogerse de hombros.
―Mis cosas están arriba. ¿Me ayudas?
―Sí, claro. ―Sirius sacó la varita del bolsillo, haciendo que los Dursley contuviesen el aliento―. Eh… bueno. Ha sido un placer. Harry, ¿te despides?
―Adiós ―dijo sin mirar atrás.
Condujo a Sirius hasta la habitación y observó como se ocupaba de sus cosas.
―Antes de nada, debes memorizar esto. ―Sirius le tendió un pergamino con una sola frase escrita―. Dumbledore insistió en ello. Quiere que estés lo más protegido posible.
Iba a preguntarle de qué tenía que protegerse, pero al final no dijo nada. Bien pensado, Harry poseía un poder de atracción hacia los problemas y magos tenebrosos; y, aunque Voldemort se encontraba débil y sin apoyos, seguía rondando por ahí.
―Bien, Harry, ahora vamos a aparecernos ―le informó―. ¿Lo has hecho alguna vez? ―Harry negó con la cabeza―. No te preocupes. Sujétate con fuerza a mi brazo.
Un segundo más tarde, la casa de sus tíos se desvaneció y todo se volvió negro. Harry notó una fuerte presión en el pecho y boqueó en busca de más aire. Se aferró al brazo de su padrino con energía, deseando que esa fuerza invisible que lo comprimía desapareciese. Pero tan rápido como empezó, terminó; y lo siguiente que vieron sus ojos fue la calle de un vecindario algo maltratado.
―¿Cómo te encuentras? ―Le preguntó Sirius―. Impresiona un poco la primera vez.
―Creo que prefiero las escobas ―respondió, todavía algo aturdido.
Su padrino sonrió.
―James dijo lo mismo.
Hizo lo que Sirius le pidió y pensó en aquella frase que le había hecho memorizar unos minutos antes. «El hogar de Sirius Black se encuentra en el número 12 de Grimmauld Place, en Londres.»
Miró al frente, buscando el número 12. Estaba a punto de decirle que el número 12 no existía, cuando lo vio emerger entre el 11 y el 13. Subió los escalones hasta la puerta recién aparecida, que tenía la pintura desconchada. Todo el edificio tenía un aspecto tétrico, peor que el de sus vecinos, que no era poco. La fachada estaba sucia y en las ventanas se acumulaba la mugre.
Sirius dio un golpecito a la puerta con su varita y enseguida se encontraron en el vestíbulo.
―La he estado arreglando ―le dijo rápidamente, y en su cara apareció una expresión de disculpa―. Quería que estuviese bien para cuando llegases, pero había mucho que limpiar. Todavía hay mucho por hacer, en realidad.
Harry estuvo de acuerdo en que necesitaba algo de arreglo. Parecía una casa muy antigua, como todo lo que había en ella: alfombras raídas, papel pintado despegado y muebles desvencijados.
―Dormí once años debajo de una escalera ―repuso Harry―. Esto está genial. ¿La has comprado?
―Ya era mía. Yo crecí en esta casa. Después me fugué y mi madre me desheredó, pero es mía igualmente.
―Es perfecta ―insistió Harry.
―No es cierto ―dijo Sirius, esbozando una sonrisa triste―. Aunque podemos intentar que lo sea. Remus y Molly me han echado una mano y volverán a pasarse mañana. Cuando sea más… habitable, podrías invitar a tus amigos, si quieres.
―Me encantaría. Y a Ron y a Hermione también les encantará venir.
Se fijó en que Sirius continuaba un tanto angustiado, así que le abrazó. Notó que los músculos se le destensaban y que suspiraba largamente.
―Gracias por venir a buscarme, Sirius.
Su padrino murmuró algo en respuesta. Tras un par de minutos, se separaron, mucho más relajados y contentos.
―Bueno, tengo que presentarte a Kreacher ―le dijo―. Oh, y a la señora Black. Ellos sí que te van a encantar, son la alegría de esta casa.
