Capítulo 5: Promesa de Atardecer
El sol resplandecía sonriente sobre el Senguko, los rayos solares invadían libremente cada espacio que los orificios de los árboles del bosque no tapaban, a la orilla de un riachuelo y bajo la sombra de un gran árbol se encontraba Kagome observando jugar a sus dos protegidos, si bien es cierto que les había castigado prohibiéndoles salir del castillo, en esa ocasión hacia una excepción pues junto a ella nada podía pasarles.
A pesar de lo acontecido últimamente, la sacerdotisa se encontraba de un mejor humor, el asunto del regalo de Naraku era desplazado constantemente cada vez que recordaba el acercamiento que había tenido con Sesshomaru en el jardín la noche pasada, sonreía embobada al recordar su tacto sobre su cintura y se estremecía al recordar el cálido aliento del peliplata cerca de su rostro.
Debía reconocer que lo que sentía por el demonio se le estaba saliendo de las manos, en un principio pensó que no era más que simple agradecimiento por su acto, pero al pasar el tiempo y descubrirse a ella misma apresurándose para encontrarse con él puntual en el jardín todos los días, le hacía darse cuenta de que su presencia se estaba volviendo indispensable. Sumado a eso estaba el hecho de que se pusiera nerviosa cada vez que él se acercaba, en este instante reconoció lo que no quería, reconoció que su corazón no era más que un caballo sin rienda totalmente desbocado ante la fatalidad de caer rendida nuevamente ante los pies de alguien por amor.
Si, estaba enamorada, el demonio le gustaba muchísimo y eso generaba en ella sentimientos confusos, una creciente ola de nervios conjugada con miedo se asomaba en su ser, un torrente de esperanza crecía en ella ante la posibilidad de volver a amar a alguien, sin embargo, estas mismas esperanzas eran aplastadas ante la cruel idea de que él la rechazase.
-¿Por qué sonríes tanto Kagome? –preguntó la pequeña Rin posicionándose frente a la chica, tenía las manos ocultas en su espalda.
-¿Estaba sonriendo? –preguntó ella haciéndose la desentendida a lo que la pequeña articuló un si con su cabeza.
-Rin está contenta de que estés feliz –mencionó sonriente sacando sus manos de atrás para mostrar dos coronas de flores que había hecho –Una es para ti –dijo acercándose a ella para ponérsela en la cabeza –Y esta otra es para el señor Sesshomaru –finalizó.
La pelinegra sonrió.
-Están muy lindas Rin, muchas gracias.
-No hay de qué –mencionó – ¿Crees que la corona le guste al señor Sesshomaru?
-Por supuesto pero ¿Por qué le hiciste una? –preguntó la miko, sabía que la niña tenía especial agradecimiento con el ambarino pues cada vez que lo veía hacia una exagerada reverencia y decía gracias, aun así quería escuchar su respuesta.
-Porque me salvó –dijo obvia –Y también porque te gusta y te hace sonreír como hace rato.
La joven sacerdotisa abrió sus ojos con asombro y vio alejarse a la niña que era llamada por Shippo para meterse al agua, sonrió incrédula y preocupada, si Rin siendo una niña absolutamente distraída pudo notar su interés en el youkai de seguro todos también lo sabían.
No era que esto último le preocupase, al final de cuentas ella era la única responsable de sus sentimientos y nadie más tenía que involucrarse u opinar sobre lo que sentía, no obstante lejos de los rumores que pudieran surgir estaba la abierta posibilidad de que Sesshomaru se enterase, esta idea le daba miedo y la hacía sentir insegura porque si algo tenía claro, era que él no era un hombre fácil si no todo lo contrario, era hermético como un libro del que no puedes leer más allá de la portada.
La miko se levantó y llamó a los niños para regresar a la aldea, la hora del té estaba próxima. Mientras caminaba con sus protegidos pensaba en la posibilidad de que el ambarino sintiese lo mismo que ella, ahora que recordaba con detalle cada encuentro con él y lo analizaba quizá ella no le era del todo indiferente, un pequeño rayo de esperanza se anidó en su pecho, quizá solo quizá él también gustase de ella, una sonrisa fue lo único que se formó en sus labios y siguió su camino con muchas mariposas revoloteando en su estómago, en su pecho y en todo su cuerpo.
Por otro lado se encontraba Sesshomaru, un demonio imponente, respetado y temido por bestias, hanyous y humanos, él estaba sentado en una rama sobre la copa de un árbol al otro extremo del riachuelo, desde ahí podía observar perfectamente a la joven miko que últimamente rondaba en su cabeza, la insistente necesidad de verla lo había llevado a seguirla y vigilarla desde las sombras, de manera anónima y lejana pues jamás le reconocería al mundo que ella le gustaba, si, la chica lo atraía, lo había reconocido para sí mismo porque no era cobarde, lo reconoció esa noche en la que la tuvo en sus brazos y sintió estremecerla, lo supo cuando el deseo creciente de besarla se había apoderado de él, la había deseado y por eso ligeramente había apretado su cintura para estrecharla más a su regazo.
Observada a la chica y ella no se inmutaba, parecía lejana a sus deseos, una ola de celos se había formado en él cuando la vio pensante ¿Acaso estaba pensando en el imbécil ese que la pretendía?, el solo hecho de imaginarlo le hacía hervir su sangre, la quería para él, solo para él, verla sonreír de esa forma y que él no fuese el motivo le carcomía el alma en celos pues debía admitir que lo estaba ya que era un demonio posesivo, posesivo con la hembra que le gusta, con aquella que a pesar de ser humana no necesita más que su sutil y delicada belleza para encantarle, porque la había comparado con todas las demonios casaderas de esa época y ninguna le llegaba, ninguna era como ella.
A pesar de todo no quería ni se permitiría reconocerlo para los otros ni para ella, lo sabía él y eso era suficiente, el maldito prejuicio que tenía para con los humanos lo imposibilitaba para soltarse con ella y admitirle a todos que ella le gustaba.
La vio alejarse y de inmediato supo el motivo, la hora del té, la hora de ellos se estaba acercando, esperó a que tuviesen ventaja en el camino y después de un rato empezó a seguirles.
Varios días pasaron desde que la humana y el youkai se dieron cuenta de lo que realmente sentían el uno por el otro, a pesar de saberlo su relación y cercanía era la misma, Kagome se esforzaba por no mostrar su nerviosismo ante él, a veces hasta se portaba valiente para acercarse un poco más. Sesshomaru en cambio, continuaba con su semblante, con su carácter y con un sentimiento exponencial por la miko. Ambos trataban de ocultar sus sentimientos sin mucho éxito.
Aparentemente todo estaba en relativa calma hasta que la tranquilidad de la aldea se vio interrumpida por la noticia de los constantes ataques que sufrían las aldeas vecinas a manos de demonios, demonios que viajaban en masa para atacar a personas inocentes y luego robarles el alma. El temor y la inseguridad se habían propagado por todo el sector, varios exterminadores se habían ofrecido como voluntarios para dar protección a las zonas más vulnerables.
-No son estúpidos, saben que aquí no tienen posibilidades y es por eso que no nos atacan –Kagome era quien tenía la palabra en la reunión extraordinaria que estaba liderando, los ataques no cedían y por eso debían ayudar a sus vecinos, no podían permitir más muertes.
-Pero si dejamos la aldea ellos lo sabrán –interrumpió un joven de ojos verdes, llevaba puesto un traje de exterminador –si nos vamos expondremos a nuestra gente.
Sesshomaru observaba todo, un creciente orgullo y admiración surgía de su pecho, la mujer que le gustaba lideraba a un grupo de personas, tenía aires de fiereza, era firme, calculadora y noble, todos la miraban con respeto, sin duda era una gran líder, sonrió de lado al escucharla hablar y se ensimismo en su figura para grabar las expresiones de ella.
-Por eso tengo planeada una estrategia, la masa de demonios se mueve en grupo, si logramos exterminarlas juntos se acabara el problema, varios de ustedes vigilaran en el aire las aldeas vecinas en busca de algo anormal, algunos se quedaran acá acompañando a Kikyo y a la anciana Kaede por si algo los ataca –dijo decidida –Yo los acompañaré en la batalla, juntos acabaremos con el problema de raíz –hizo un pausa –Ahora, afilen sus armas y pongámonos en marcha.
El vitoreo de los exterminadores retumbó por cada parte de la aldea, el padre de Kagome la miró con una expresión que ella no supo distinguir, lo vio alejarse y su mirada se fijó en cierto ambarino que la observaba de soslayo con su típica mirada frívola.
Ella le sonrió abiertamente, tomó su arco con sus flechas y caminó hacia él.
-Señor Sesshomaru –saludo haciendo una pequeña reverencia –pensé que no lo vería por acá, es muy temprano aún.
Esto último era totalmente cierto, la luz del sol apenas empezaba a asomarse en el firmamento.
-Tuve curiosidad –contestó y ella lo miro un tanto asombrada –Me preguntaba quién era la insolente que estaba levantando masas tan temprano –cada palabra que salía de su boca era como una pequeña melodía pausada y clara.
Ella sonrió y alzó una ceja.
-¿Sorprendido? –Continuó con su ceja alzada –Supongo que no todos los días ve a una mujer liderando una batalla ¿no?
El bufó sarcástico
-Para nada, de usted no puedo esperar menos –confesó.
Kagome se sonrojó, el frio que sentía se esfumó por completo al escuchar sus palabras, se sintió halagada y orgullosa de sí misma. Iba a responderle pero un joven exterminador la interrumpió.
-Señorita Kagome los soldados han visto a lo lejos restos de humo en una de las aldeas del este, una gran nube oscura la está rodeando.
La sacerdotisa indicó a todos que se preparasen y pidió que le trajeran su caballo, una vez que terminó de dar indicaciones se volteó para ver al youkai pero este ya había dado media vuelta para marcharse, como no estaba tan lejos se apresuró a alcanzarlo.
-Señor Sesshomaru –pronunció su nombre mientras con su pequeña mano agarraba su brazo para detener su andar, él miró inexpresivo el agarre de la chica y volvió su mirada a ella.
-Solo quería despedirme, nos vemos luego –dijo sin soltar su brazo, un pensamiento loco cruzó por su mente y sin importar qué decidió preguntar -¿Me va a extrañar? –esa última cuestión salió de su boca de manera lenta, tímida y temerosa.
El ambarino no se inmuto, permaneció segundos en silencio.
-¿Usted si? –le contestó con otra pregunta.
Kagome cayó en cuenta de lo que estaba haciendo, todavía tenía preso su brazo entre sus manos y él no había hecho nada para alejarse, ella pensó un poco, no se acobardaría.
-Yo si –confesó mientras afirmaba también con su cabeza.
Antes de que él pudiese responder escuchó que Sango le llamaba, tenían que partir ya. Kagome se soltó de él despacio, le sonrió de nuevo, se montó en su caballo y salió de la aldea acompañada de varios exterminadores.
El panorama que se mostraba ante los ojos de la miko era totalmente oscuro, la aldea estaba sumergida en una espesa nube grisácea que era causada por los demonios que paseaban alrededor de la misma, varios cadáveres se vislumbraban y la tiesa silueta de algunos con sus rostros perdidos e inexpresivos le daba un aire tétrico a toda la escena.
La chica tomó tres flechas y las colocó en su arco al tiempo que lo tensaba, inyectó en ellas poder espiritual y disparó en línea recta, las flechas se dispersaron por la aldea mientras limpiaban la niebla con veneno que había. La luz rosa purpura de las flechas y el poder que tenían llamó la atención del grupo de demonios quienes se lanzaron en contra del grupo de exterminadores para atacarlos.
-Masara por favor saca a todas las personas de la aldea y llévatelas al borde de la montaña, quédate con ellas y protégelas –Kagome observó como la exterminadora obedecía a su orden, cuando se aseguró de que ningún aldeano corría peligro levantó una barrera espiritual en forma de domo imposibilitando la salida de los demonios.
La batalla que se libraba en ese sector era sumamente compleja, no eran demonios poderosos pero cada vez que acababan con unos otros más salían.
-¡Muéranse de una sola vez! –Ordenó Kagome mientras una flecha con una inmensa energía espiritual era lanzada con velocidad hacia la bola de demonios que se encontraban intentando traspasar la barrera espiritual que había levantado. Los youkais fueron destruidos al instante, sin embargo un nuevo grupo de ellos surgió de inmediato.
-"¿Qué rayos está pasando?" –se preguntó a sí misma la sacerdotisa.
Llevaba varias horas de batalla y cuando creían haber destruido a los youkais, otros surgían de inmediato.
El nuevo grupo de demonios se lanzó en contra de ellos, esta vez la miko no los atacó, se abrió paso en medio de sus compañeros de batalla, algo estaba haciendo que esos youkais de baja categoría se regeneraran de manera increíble. Una pequeña luz purpura capturó la atención de la mujer, no entendía la razón pero estaba segura que esos destellos eran invisibles para el resto pues increíblemente surgían del vientre de un enorme ciempiés que estaba siendo cubierta por la bola de demonios.
"Esa cosa los está pariendo" –comentó totalmente asqueada.
Ahora lo entendía, estaban robando el alma de los aldeanos para alimentar a los youkais recién nacidos, eran débiles y por eso no habían atacado su aldea.
Tensó su arco con fuerza, puso toda su energía y atención en el ciempiés… Estaba lista para atacar cuando vio un poderoso látigo verde rozar su figura, volteó la vista sorprendida hacia el dueño y pudo ver a Sesshomaru arrasar de un solo ataque con todos los demonios que habían decido atacarla sin que ella se percatase.
No sabía en qué momento el ambarino se había colocado a su lado en la batalla ni como rayos ingreso al domo sin sufrir ningún efecto, volvió su vista al ciempiés y lanzó su flecha, con una puntería certera desintegró en miles de partículas el cuerpo del demonio, al mismo tiempo todos los otros youkais se desintegraron.
La chica caminó hacia el lugar donde había visto el destello de luz pero extrañamente había desaparecido.
Los exterminadores ayudaron a curar a las personas que habían resultado heridas en la batalla, el atardecer ya estaba empezando a caer y ellos debían volver.
Kagome había buscado con insistencia a Sesshomaru pero su presencia se esfumó como era costumbre, observó como todos los miembros de su aldea se preparaban para partir, Sango ya estaba montada en Kirara y ella en su caballo.
El paisaje que se estaba formando a lo lejos compensaba las horas de batalla que habían librado, el sol empezaba a caer y los tonos naranjas pintaban el horizonte, a lo lejos, justo en la salida del camino se encontraba el youkai que ella había buscado, su silueta parecía brillar con los rayos tenues del astro rey y el viento meneaba su melena con gracia elegante.
El caballo de Kagome se detuvo cuando llegó al lugar en donde el peliplata estaba, ella no dijo nada y él volteó su rostro para mirarla, sin decir una palabra él empezó a caminar por un sendero que se salía del camino, era claro que en esos mudos movimientos le había pedido que lo siguiera. La miko alzó su vista al aire para buscar a Sango quien le devolvió una mirada picara e insinuante, movió sus manos para indicarle que no perdiera más tiempo y fuera tras de él, cosa que no tardó en hacer.
Sesshomaru detuvo su andar y Kagome bajó de su caballo, estaban en la playa, el sonido de las olas era hermoso…
-Te gustan las cosas triviales –la voz varonil de él se acompasaba perfectamente con el sonido de las olas –pensé que ver esto te gustaría –confesó inexpresivo y desinteresado para guardar apariencias.
Los ojos de la chica se humedecieron un poco, comprendió que él se había tomado el tiempo de buscar un lugar hermoso y que la había esperado para mostrárselo.
-Me encanta –dijo mientras trataba de detener sus traviesas lágrimas –Gracias.
La emoción que sentía la joven era justificable, el sol estaba ocultándose y su forma se hundía en el mar para apagarse de apoco regalando sus hermosos y coloridos rayos a sus espectadores.
-No pensé que nos acompañaría en la batalla –mencionó ella quitándose una lagrima con su mano.
-Supuse que me extrañaría –dijo para fastidiarla.
El color rojo se apodero del rostro de la chica que lo tapaba con sus manos para ocultar su vergüenza.
-¡Engreído!
-Insolente
Ella sonrió, permanecieron un rato en silencio hasta que ella decidió volver a hablar.
-Siempre he soñado casarme en la playa –el youkai la miró interesado –empezar la ceremonia en el atardecer y cuando el sol se haya ocultado encender antorchas que iluminen toda la costa –en los ojos de la chica se podía ver mucha ilusión.
-¿Por qué cancelaste tu compromiso? –soltó sin más, él tenía curiosidad y ella se revolvió un poco incomoda.
-Supongo que no estaba preparada –confesó –Pero si algún día me casase ¿Usted haría el sacrifico de estar presente en mi boda? –ella había soltado esa pregunta para cambiar el tema y él lo notó.
-Absolutamente no –dijo fastidiado
Ella sonrió sonoramente.
-Por favor –pidió.
-No.
-Por favor –volvió a pedir pero esta vez su mirada se tornó dramáticamente triste.
Él suspiró
-Haré un esfuerzo.
Ella volvió a sonreír triunfante.
-¿Lo promete? –preguntó esperanzada.
-Olvídalo –contestó con más fastidio en sus palabras.
La mirada de la chica volvió a fingir tristeza dramática. Él rodo los ojos y ella interpretó eso como un "está bien".
Ella mostró su mano derecha, estaba empuñada y solo el dedo meñique estaba levantado.
-¿Qué haces?
La chica no contestó y tomó la mano de Sesshomaru, dobló sus dedos para empuñarlos y dejó erguido el dedo meñique únicamente.
-Es una promesa de meñique –dijo viéndolo a los ojos –es como un juramento inquebrantable –finalizo de decir mientras enrollaba su meñique en el de él.
Ella le sonrió ampliamente a boca cerrada, habían hecho una promesa al atardecer y permanecieron en silencio hasta que el sol se ocultó por completo dando paso a la luna que se reflejaba llena sobre el agua.
-Por cierto –dijo la azabache para romper el silencio –Gracias por cubrir mi espalda en la batalla –estaba nerviosa, se acercó a él y con valentía inyectada en sus venas se paró de puntitas para depositar un suave, cálido y casto beso en su mejilla. Una corriente eléctrica había invadido el ser de ambos y el corazón de ambos se desbocó sin control, siendo ella la única que no podía ocultarlo.
Separó sus labios suavemente de la piel del ambarino y le regalo una sonrisa corta y tímida, se subió a su caballo y empezó a galopar en dirección a la aldea, ya era tarde y debían regresar.
Sesshomaru la observó mientras llevó su garra hacia el sitio donde ella había depositado el beso, aún sentía su cálido tacto en su mejilla.
-De nada –contestó y empezó a seguirla.
Caminaron juntos y en silencio bajo el cielo nocturno que parecía saludarles con la luz de la luna y las estrellas.
Holaaaaaa! ¿Cómo están? Muchísimas gracias por leer la historia, estoy tratando de no desaparecer del mapa jajaja, de verdad me alegra mucho que les guste y me entusiasma decirles que el regreso de Naraku ya está cerca.
Gracias por sus comentarios pues me motivan muchísimo, gracias por leerme y estar ahí, los quiero.
