'Incomprensible espíritu:
a veces faro
a veces mar'.
- Samuel Beckett
Las semanas pasaron rápidamente y aquella mañana, tras el desayuno, Draco se dirigió a la biblioteca con Theo y Pansy por tercera vez. El primer sábado Draco y Granger fueron los únicos que pisaron la biblioteca, y se dedicaron a trabajar mientras se ignoraban. El segundo, Granger apareció con Potter y Weasley, quienes se sentaron en otra mesa junto a sus parejas, e intercambiaron algunas dudas y correcciones en un tono agrio, que desapareció el tercer sábado, cuando hablaron de forma neutral e incluso Pansy llegó a bromear con la comadreja. Esto dejó tan desconcertados a ambos que se apresuraron en terminar con la sesión de trabajo.
Los tres se sorprendieron de la semi tregua que a la que habían llegado con los leoncitos, y se ganaron por parte de Zabini y el resto un recopilatorio de miradas de desaprobación y burlas que pretendían herirles el orgullo durante el resto de la semana. La absoluta indiferencia del Príncipe de las Serpientes ante eso sólo consiguió crispar aún más los nervios del grupo.
Aquel sábado, en lo que parecía una nueva rutina, volvieron a encontrarse los seis en la puerta de la biblioteca, con Weasley prácticamente siendo arrastrado por Granger mientras se terminaba una tostada. A Draco no le pasaron desapercibidas las ojeras que comenzaban a notarse bajo los ojos de Potter. Parecía cansado y nervioso, y supuso que ni siquiera en su Casa estaban siendo benevolentes con él.
Sin mediar palabra, se sentó junto a Granger en la mesa de siempre y comenzaron a trabajar. No habría pasado ni una hora cuando notó que la chica se removía nerviosamente en su asiento, mirándole de tanto en tanto. Resopló, fijó la vista en ella y apoyó la barbilla en su mano, alzando una ceja.
- Granger, si no me concentro difícilmente sacaremos buena nota. No olvides que soy el inteligente del equipo, necesitamos de todo mi potencial – comentó irónico, tratando de picarla.
Pasando olímpicamente del último comentario, Hermione abrió los ojos como platos al escuchar cómo Draco se refería a ella por su apellido y no por algún mote horrible, pero se recompuso rápidamente y se irguió en su asiento.
- Llevo toda la semana tratando de encontrar más información sobre esta parte del procedimiento, pero hay muchas líneas de investigación que se contradicen. Tenemos que ponernos de acuerdo en cuál seguir – sentenció, poniendo delante del rubio dos grandes libros de texto y señalando la parte a la que se refería.
Draco leyó cuidadosamente y comenzó a hacer anotaciones. Sabía que esa era la parte más compleja de la elaboración del Veritaserum, por lo que apartó su tarea mientras sus labios se curvaban en una sonrisa.
- Así que la mejor alumna de Hogwarts necesita ayuda. – susurró mirándola levemente. Notó como su expresión cambiaba, esperando recibir algún tipo de insulto, pero Draco simplemente continuó leyendo.
Dedicaron el resto de la mañana a elaborar un extenso escrito que recopilase todas las posibles interpretaciones, hablando entre ellos sin ningún tipo de malicia. Para cuando llegó la hora de comer y hubieron terminado, Granger suspiró y sonrió ampliamente a Draco mientras recogía.
- Gracias, Malfoy. No sé qué mosca te ha picado, pero me alegro del cambio. – dijo tranquilamente mientras se alejaba. Draco, sin salir de su asombro, la observó reunirse con Potter y Weasley, que le miraban con recelo.
Realmente no había sentido ninguna necesidad de meterse con Granger, e incluso se podía decir que estaba siendo, de largo, la mejor compañera que había tenido en un trabajo de clase. Sacudió la cabeza y alcanzó a Pansy y Theo.
- Hermione, ¿qué hablabas tanto con Malfoy? ¿No te estará molestando, verdad? – inquirió Ron al tiempo que se llenaba el plato de alitas de pollo.
- Pues sobre el proyecto Ronald, no tengo otro motivo por el que hablar con él como comprenderás – resopló ella. – Y no, sorprendentemente no ha tenido una mala palabra contra mí en todos estos días, e incluso hoy diría que ha sido muy amable.
Ron se atragantó con un pedazo de carne y Harry dejó de comer automáticamente, mirando fijamente a Hermione con los ojos como platos.
- Yo también estoy sorprendida chicos. Y creedme que he pasado la mayor parte del tiempo fijándome en si estaba forzando su comportamiento, pero realmente ha actuado muy natural. Puede que simplemente esté madurando – sugirió Hermione mientras daba palmadas a Ron en la espalda. Cuando finalmente el chico dejó de toser, giró su cuerpo en su dirección.
- Pero Hermione, es Malfoy. No es normal que de un año para otro haya decidido madurar. Apuesto lo que sea a que trama algo. – aseguró Ron, buscando la aprobación de Harry con la mirada.
- La verdad es que es raro, pero cuadra con su comportamiento de estas semanas. No participa en las peleas de sus amigos, y ya no busca la boca ni la mitad que lo hacía antes. – caviló Harry, que había hecho de fijarse en Malfoy su nuevo pasatiempo. – También tengo que decir que Nott no es mal chico, y creo que tú tampoco estás pasando un mal rato con Parkinson, Ron.
- La verdad es que me lo esperaba peor. Es orgullosa, irónica y muy Slytherin, pero cada vez me resulta más inofensiva. – reconoció Ron, con la boca llena.
Harry comió en silencio, enfrascado en sus pensamientos. Malfoy había sido siempre un muchacho insoportable y creído, capaz de enorgullecerse de cosas tan absurdas como la pureza de sangre o la riqueza e influencia de su familia, pero de ahí a ser como su padre había un largo camino. Para Harry, Malfoy era un niñato con aires de grandeza que se asustaba cuando veía una sombra en el Bosque Prohibido. Su padre, sin embargo, podía no llegar a reflejar emoción alguna, y parecía tenerle tal indiferencia a la vida humana como para darle a una niña de once años un diario maldito y dormir tranquilo por las noches. Y eso le inspiraba mucha más desconfianza que un niño malcriado.
La comida transcurrió sin mucha más conversación, y se disponían a salir del comedor cuando escucharon a sus espaldas fuertes pisadas que se dirigían rápidamente hacia ellos. Se hicieron a un lado justo a tiempo para que un grupo de niños de tercer año les adelantasen y prácticamente volasen hacia la salida, vociferando.
- ¡Os lo vais a perder!
- ¡Van a pegarle, seguro que le pegan!
- ¡Habría que avisar a la profesora Mc Gonnagall!
- ¡Ve tú, yo no me lo pierdo!
Al oír esto, los alumnos de otros cursos que se encontraban cerca salieron disparados detrás de los niños, decididos a no perderse una buena pelea. Ron miró a Harry y Hermione inquisitivamente, y sin esperar a que Hermione saliese con la idea de ir a buscar a algún profesor, les arrastró en la misma dirección que el resto de alumnos.
No tuvieron que caminar demasiado, pues toda la escena se estaba desarrollando en el patio central del castillo. Llegaron relativamente pronto, y no necesitaron apartar a nadie para tener una vista directa de la situación.
En el centro del patio, un niño de Ravenclaw, de segundo o tercer curso, rehuía a un pequeño grupo de Slytherins, entre los que destacaban Zabini, Crabbe y Goyle. Cuando la espalda del chico dio contra una de las tantas columnas que rodeaban el patio, Crabbe le sujetó del hombro mientras Zabini quedaba frente a él, acorralándole y usando su altura para intimidarle.
- Así que te pareció divertido reírte de Crabbe, ¿no? ¿Creías que podías meterte con nosotros tan fácilmente? Nadie te ha explicado todavía como funcionan las cosas por aquí, ¿cierto? – exclamó Zabini burlonamente, disfrutando de cómo el chico parecía encogerse. El séquito de Slytherins, como si de una jauría se tratase, se desplegó en torno a la escena formando un semicírculo de risas y ánimos para su compañero, mientras el patio se iba llenando de gente que observaba la escena y temía decir cualquier cosa que llamase la atención de las serpientes hacia ellos.
Harry vio como una niña, de Hufflepuff y seguramente de la misma edad que el chico acorralado, se revolvía en los brazos de un chico que trataba de retenerla. La rabia le consumió por dentro, y cerró los puños cuando dio la primera zancada en dirección a los Slytherins. Vio por el rabillo del ojo como otros estudiantes mayores le imitaban, y a falta de dos metros una voz conocida les hizo frenar a todos en seco.
- ¿Qué se supone que estáis haciendo? Decidme que no sois tan patéticos como para ir de peligrosos con un niño dos cursos menor que vosotros, porque me está dando bastante vergüenza ajena.
El reclamo arrogante de ni más ni menos que Draco Malfoy contra los de su propia casa hizo que Zabini y el resto del grupo girasen rápidamente en dirección a la voz, con expresiones crispadas. Parkinson, Nott y Malfoy emergieron de entre la gente para ir directamente hacia el grupo, con este último a la cabeza. Al llegar hasta ellos, Malfoy levantó la barbilla levemente y enarcó una ceja, apoyando una de sus manos en la cadera como si aquella situación le estuviese suponiendo un gasto de oxígeno innecesario.
- Únicamente le recordamos al chaval que hay ciertas reglas no escritas en este colegio, Draco. ¿Desde cuándo te molesta? – inquirió Zabini, quién a diferencia del resto de Slytherins no se había achantado ante las palabras de Malfoy y le retaba con la mirada.
- No es que me moleste, es que me da vergüenza ajena verlo. – bufó Draco, sin cambiar de postura. – No veo el punto de haceros los gallitos delante de un mocoso que simplemente ha llamado estúpido a Crabbe. Teniendo en cuenta que tampoco ha dicho ninguna mentira.
El ofendido comenzaba a balbucear una queja cuando Zabini le adelantó para encarar a Malfoy. Zabini volvió a hacer uso de su altura para simular una ventaja, pero eso no parecía afectar al rubio, que le contemplaba como si prefiriese estar escuchando un sermón de Umbridge.
- No sé qué te ha dado últimamente, pero estás insoportable. ¿Le estás empezando a coger el gustillo a ser el héroe? Porque acabas de interrumpir al héroe por excelencia – exclamó, mirando a Harry a escasos pasos de ellos. Malfoy siguió su mirada, y verde y plata chocaron brevemente – Quizá deberían volver a ponerte el Sombrero Seleccionador, pareces un cachorro de león.
Malfoy dio un paso más, quedando a escasos centímetros de Zabini. En su expresión no había más aburrimiento, sino pura rabia.
- Si tu mayor orgullo como Slytherin es quitarle los caramelos a un niño, quizá deberían ponerte a ti el Sombrero. Lo mismo decide que donde hay que mandarte es al circo– siseó. El silencio que reinaba en el patio se rompió, dado paso a acalorados susurros y exclamaciones por lo bajini. La mandíbula de Harry cayó levemente, absolutamente descolocado por la contestación del rubio.
- Con que esas tenemos. ¿Qué os parece, chicos? Resulta que Malfoy tiene valores – ironizó, causando risas entre su grupo. – Ándate con ojo rubito, recuerda que duermes en un nido de serpientes – amenazó. Le dirigió una última mirada cargada de odio, y pasó junto a Malfoy asegurándose de golpearle con el hombro. El resto de Slytherins, como guiados por un Alfa, le imitaron. Draco les observó con suficiencia, aguantando estoicamente los leves empujones hasta que se hubieron marchado. Desviando un segundo la mirada hacia el chico Ravenclaw, giró sobre sus talones, y se dirigió hacia el interior del castillo seguido por Pansy y Theo.
Harry continuaba parado en la misma posición cuando el rubio pasó a su lado.
- Potty, cierra la boca que te van a entrar moscas. – murmuró mientras le aguantaba la mirada profundamente.
Harry, errático, cerró la boca al instante y le siguió con la mirada. El grupo de gente que se interponía entre el camino de los tres Slytherins, entre los que se encontraban Ron y Hermione, se dividió para dejarles paso, e igualmente les siguieron con la mirada. Cuando Harry se reunió con sus amigos, no sabía si quiera por dónde empezar.
