'Y así quisiera que ella se viera, como lo hago yo: como esa caricia

que se alza en medio de mil golpes'.

- Elvira Sastre

Un sábado más, Draco, Pansy y Theo salían de la sala común de Slytherin sintiendo mil ojos en la nuca. Había pasado un mes desde el encontronazo con Blaise, y la situación había degenerado tanto que Draco había llegado a pedir a sus amigos que no se sintiesen obligados a meterse en el mismo fango que él. Insistió en que tenían opciones, en que la rabia de su antiguo grupo era únicamente contra él, y prácticamente llegó a obligarles a dejar de juntarse con él.

- Como no dejes ya el tema Draco, voy a cruciarte – le había jurado Theo, sujetándose el puente de la nariz.

- Draco, a estas alturas deberías saberlo: no escogeríamos el bando apaleado de no querer estar en él. No somos héroes Gryffindor que tratan de interponerse entre tú y Zabini, ni somos tiernos Puffs que sienten compasión por ti. Somos tus amigos, y estamos contigo porque creemos en lo mismo que tú. Ni más, ni menos.

Draco encontró perfectamente razonable aquella sentencia de Pansy, y fue eso lo que terminó por zanjar el asunto. Se volvieron inseparables, y disfrutaron de una tranquilidad insospechada que Draco no recordaba haber vivido en ninguno de sus años en el colegio. Sí, era cierto que de vez en cuando Zabini y los suyos les escogían como blanco de sus burlas, pero también en eso se mantuvieron fríos e impasibles. Pero Draco descubrió, conforme pasaban los días, que no provocar enfrentamientos mantenía su mente serena y despejada, lo cual no le venía nada mal para rendir mejor en clase y para centrar sus preocupaciones en cosas más importantes, como en las pocas líneas que le transmitía su madre de vez en cuando, que cada vez se tornaban más oscuras. Pero lo que más le sorprendió fue que abandonar su faceta de bully hacía que se sintiese un poco mejor consigo mismo. Y, al igual que no recordaba haber tenido un año tan tranquilo en Hogwarts, tampoco recordaba sentirse orgulloso de sí mismo por algo que había logrado por su cuenta.

Por ello, cuando aquella mañana volvió a sentir el rechazo de sus compañeros no pudo importarle menos, y comentó con Pansy y Theo los avances que cada uno estaba teniendo en el proyecto de Pociones mientras desayunaban.

A la hora acordada, se dejaba caer en el mismo asiento de siempre a la vez que Granger dejaba caer los pesados libros enfrente suya, y comenzaba una vez más la extraña rutina de cada sábado. Y era extraña, porque cada semana se sentía más cómodo en compañía de la muchacha, habiendo llegado incluso a sentarse juntos durante la semana para simplemente estudiar. Merlín, aún recuerda con horror el día que se le escapó decirle que por fin había encontrado a alguien lo suficientemente inteligente como para hablar de Runas Antiguas sin acabar con un dolor de cabeza. La cara de Granger fue un poema, y volvieron rápidamente a trabajar en lo suyo.

Mirando de soslayo a la muchacha, sonrió ligeramente preguntándose cuándo reuniría el valor necesario como para hacerle la pregunta que sabía que quería hacerle desde el incidente en el patio. Potter y la comadreja ya habían sacado el tema a Theo y Pansy, pero Granger parecía querer darle todo el espacio del mundo.

- También puede ser que no se atreva porque te metiste con ella durante años – se recordó a sí mismo.

Comenzó entonces un debate interno bastante vergonzoso, en el que se regañaba a sí mismo por haber sido tan imbécil. A medida que se había alejado de su familia durante el verano, y había cuestionado los ideales y métodos de su padre, se había dado cuenta de que tipos como Voldemort ganaban seguidores generando odio irracional. La idea de la pureza de la sangre se había comenzado a tambalear en su interior hasta caerse, y observar como una nacida de muggles le retaba y le superaba en la magia ya no le suponía una vergüenza sino una revelación.

Y fue una revelación tan arrolladora que no pudo evitar interrumpir a Granger en una de sus explicaciones.

- Siento haberte llamado sangresucia y haberte considerado inferior por ser nacida de muggles. – soltó mirándola fijamente.

La chica quedó estática, con los ojos y la boca sumamente abiertos. Draco percibió entonces que las conversaciones cercanas a ellos habían muerto, y al mirar por encima del hombro se percató de que todos los alumnos de mesas próximas les observaban con una expresión similar. Reparó por más tiempo de lo necesario en un par de ojos verdes antes de volver a mirar a su compañera, que parecía haber recuperado la compostura.

- Malfoy, ¿estás enfermo o algo? Pensaba que simplemente habías madurado un poco, pero ahora creo que o te has vuelto loco o te han dado algún tipo de poción especialmente fuerte – habló la chica, sin ningún tipo de malicia, mientras le observaba.

Decir que no había herido su orgullo sería mentir. Le molestó el ser llamado loco, y eso unido a que se sentía abrumado por las miradas hizo que recogiese rápidamente sus libros, se incorporase y saliese de la biblioteca sin hacer caso a los llamados de Granger.

Encolerizado como estaba, hizo que los libros levitasen detrás suya mientras caminaba rápidamente y sin un rumbo fijo por los pasillos, ignorando los susurros que levantaba. Sin ser consciente, sus pasos le acabaron llevando hasta la cabaña de Hagrid, en los límites del Bosque Prohibido. Se detuvo, siendo invadido por el recuerdo del pánico que pasó aquella noche de primer año, pero reanudó el paso todavía más cabreado pensando en lo cobarde que fue al lado del gran Potter.

No valoró la posibilidad de haberse perdido hasta que se calmó lo suficiente y se percató de que no había ningún tipo de sendero marcado. Frustrado, ahogó un grito a la vez que pateaba una piedra, y decidió que lo mejor era volver sobre sus pasos.

No llevaría ni dos minutos caminando cuando le pareció ver algo por el rabillo del ojo. Se detuvo, y mirando en aquella dirección divisó lo que parecía ser una chica rubia, caminando tranquilamente por el bosque.

- ¡Eh, tú! ¡Chica! – gritó, lo más alto que pudo. Se detuvo y miró en su dirección, y solo cuando comprobó que era una persona normal y no cualquier bicho del Bosque, se dirigió hacia ella. - ¿Qué haces aquí? ¿Sabes cómo volver?

A medida que se acercaba, sus facciones se delinearon claramente y se percató de que estaba sonriendo. Finalmente la reconoció, era una alumna de Ravenclaw un año menor que él, con la que le habían comparado desde el primer día por lo similares que eran sus tonos de rubio. Su nombre, por supuesto, no se lo sabía.

- Hola a ti también. Te he visto antes paseando bastante agitado, pero no he querido decirte nada porque parecías estar sumamente concentrado. – habló tranquilamente, aún sonriendo levemente. Draco sintió como si aquella chica realmente estuviese viendo dentro de él, y decidió que mantendría las distancias.

- Eh bueno, he llegado hasta aquí sin darme cuenta. ¿Sabes volver? – inquirió de nuevo, ligeramente exasperado porque no le había contestado a ninguna de sus preguntas. Ella simplemente volvió a darle la espalda y continuó su camino.

- Claro, pero antes tengo que ir a un sitio. Puedes venir si quieres.

Draco dudó seriamente, pero recordó que no tenía una mejor opción a la que recurrir y echó a andar detrás suyo, en silencio.

- Soy Luna Lovegood, por cierto – canturreó cuando la alcanzó. Draco comenzó a abrir la boca, pero se quedó en el intento – Sé que eres Draco Malfoy, no hace falta que te presentes. – añadió en el mismo tono suave.

Parpadeó varias veces, sorprendido. Ella era consciente de que él no se sabía su nombre, y parecía darle exactamente igual. Continuaron en silencio por unos minutos, un silencio que se le hizo bastante cómodo pues sabía que aquella chica no esperaba ningún despliegue de educación o conversación por su parte.

- Por curiosidad, ¿a dónde vamos? – inquirió.

- Suelo venir a hacer compañía a los thestrals. No falta mucho – respondió como si estuviese hablando de hacer visitas a familiares.

Fue entonces cuando Draco recordó algo más sobre ella. Había oído a gente reírse de ella, asegurando que estaba loca y que se inventaba todo tipo de criaturas que nadie más que ella veía. Creía recordar, incluso, que una vez su grupo (o exgrupo) de amigos se habían metido con ella, y apretó las manos pensando en que seguramente ella fue en algún momento víctima de sus propias burlas. El karma se lo pagaba ahora, dependiendo de ella para salir de aquel maldito bosque.

No pudo darle más vueltas al asunto cuando ella frenó en seco y le tomó del antebrazo para detenerle. Frunciendo el ceño, miró a la chica, a su alrededor, y de nuevo a la chica sin entender absolutamente nada, e iba a abrir la boca para empezar a pedir explicaciones cuando volvió a dejarle con la palabra en la boca.

- Están justo enfrente, no podemos acercarnos así como así. Son criaturas tímidas. – susurró, mirando fijamente algo delante de ellos. Draco definitivamente se arrepintió de haberla seguido.

- No hay absolutamente nada aquí, Lovegood. Al final va a resultar ser cierto eso de que estás chiflada – reclamó, cabreado. Giró sobre sus talones y comenzó a deshacer sus pasos cuando la chica volvió a hablar.

- ¿Has leído alguna vez sobre los thestrals? Son unas criaturas muy peculiares y raras, pero hay amplios estudios sobre ellas. – habló, sin atisbo de resentimiento o enfado en su voz, como si Draco no hubiese tratado de ofenderla. Este frenó en seco y se giró una vez más en su dirección.

- La verdad es que nunca me han interesado las criaturas mágicas más allá de los dragones. – admitió Draco quedamente.

- Los thestrals son físicamente parecidos a un caballo esquelético, y tienen alas largas y fuertes. – comenzó Luna, buscando algo dentro de su bolso – Están catalogados como de peligrosos, pero no te preocupes, son muy mansos si sabes cómo ganártelos.

Draco ahogó un quejido y se mordió el labio inferior rememorando aquella ocasión en la que trató de ganarse a un hipogrifo. Esto no podía salir bien. Con el único animal con el que se llevaba bien era con el que estuviese lejos de él.

- Y si no puedes verlo, he de decirte que estás de enhorabuena. – musitó, mirándole con aquella sonrisa – Únicamente pueden ser vistos por aquellos que han visto la muerte, por lo que no verlos implica que has tenido la fortuna de no ver a nadie morir.

Draco sintió como el aliento se le escapaba de la boca mientras Luna finalmente agarraba lo que parecía ser un trozo de carne y lo arrojaba unos metros por delante suya. Entonces, Draco observó como el pedazo de carne era levantado del suelo por algo invisible, que lo zarandeó de un lado a otro hasta hacerlo desaparecer. Un escalofrío le recorrió el cuerpo de arriba a abajo, pero se encontraba demasiado maravillado como para echar a correr.

- Recuerdo un cuento que mi madre me leía de pequeño en el que aparecía dibujado un caballo esquelético y alado, pero nunca pensé que fuese real. – murmuró, volviendo a situarse al lado de Luna. - ¿Tú los ves? – inquirió, sabiendo que de ser así estaría tocando un tema delicado. Ella asintió y rebuscó otro pedazo de carne en el bolso.

- Mi madre era una bruja extraordinaria a la que le encantaba experimentar. Un día, uno de sus experimentos salió mal y yo lo presencié. – musitó, sin perder el tono dulce de su voz, y lanzó el pedazo, que fue atrapado en el aire – Fue bastante horrible, pero papá y yo hemos sabido apañárnoslas.

Draco realmente se sintió afortunado. Imaginar que Narcissa moría delante de sus ojos le puso la carne de gallina.

- ¿Te gustaría acariciarles? No podrás verles, pero sí sentirles. – Luna le hablaba con la misma voz serena pero con una chispa de emoción en los ojos, grandes y azules. Draco titubeó, pero finalmente le pudo la curiosidad y asintió.

Entre ambos, arrojaron sucesivamente pedazos de carne a la vez que avanzaban lentamente. Se dejaba guiar por completo por Luna, pues para él era como si avanzasen hacia la nada. Llegó un punto en el que pudo escuchar claramente unas fuertes respiraciones cercanas a él, como si un gran animal resoplase. Fascinado, se quedó congelado en el sitio. El miedo se le arremolinaba en la boca del estómago.

Se sobresaltó al sentir la mano de Luna sobre la suya, pero comprendió cuando la dirigió hacia la nada. Cerró los ojos por puro miedo, y sintió bajo su palma la piel de un animal helado, que parecía no tener carne alguna, únicamente hueso. Poco a poco abrió los ojos, maravillado de cómo podía sentir algo que no veía.

Luna retiró su mano y acarició al mismo animal desde otro ángulo para darle espacio a Draco.

- Esto es increíble - susurró el rubio sin darse cuenta. No se sentía tan emocionado por algo desde el Mundial del año pasado, y puede que ni entonces.

- Son unos seres bastante incomprendidos - canturreó Luna. Draco la observó alimentar al animal invisible con asombro - Pueden llegar a ser los seres más pacíficos y leales, pero la gente los evita porque son un poco...

- Diferentes - concluyó Draco en un susurro, mirando al suelo. Nunca pensó que podría llegar a sentirse identificado con un animal, y menos con uno al que la mayoría de la gente no podía ver. - Gracias por traerme y mostrármelos. Bueno, tú ya me entiendes - rió, irónico. - Nunca los hubiese descubierto sin tí.

Al levantar la mirada, Luna le observaba con cariño.

- Has sido tú quién se ha traído a sí mismo hasta aquí. Puede que sea la primera vez que son tus propios pasos los que te llevan a algo grande, y no las circunstancias o las influencias. - susurró sin el menor atisbo de reproche. - Yo únicamente te he acompañado y te he ayudado cuando lo has necesitado.

Dentro de él, un Draco se reía pensando en lo rara que era la muchacha mientras que otro callaba y asimilaba sus palabras como si fuese lo más sabio del mundo.

Hizo caso al segundo.