En una tierra que una vez estuvo plagada de ángeles y demonios, seguidores y pecadores, yacía una pequeña sacerdotisa de origen desconocido, que trabajaba para la iglesia junto sus padres. Bajo clero, un sueldo pobre, su familia no tenía otra alternativa que servir a los de arriba, pues debían pagar por la enfermedad que mataba a la abuela de la pequeña, una de sus razones para seguir esforzándose.
Esta castaña con ojos dorados, de nombre Hanamaru, miraba todas las tardes el estanque situado a un lado del edificio religioso, para observar fijamente como los renacuajos de allí terminaban convirtiéndose en saludables ranas. Para ella era una examinación interesante, una metáfora sobre el crecimiento de cualquier ser vivo. En algún momento, ella también abandonaría el estanque, cuando un apuesto muchacho pidiese su mano y lograra enamorarla.
ー¡De nuevo, de nuevo! ¡Tengan cuidado!
ー¡Debemos encontrarla antes de que llegue al pueblo!
Mientras la joven seguía inmersa en sus pensamientos, algunos adultos caminaban por los alrededores con antorchas, dagas, y otros utensilios desconocidos. Hanamaru sabía el por qué, la razón de sus nerviosismos y precauciones. Y es que días atrás, un demonio prisionero escapó de las garras de los seguidores de Dios, quienes se encargaban de atrapar y matar a estos desgraciados seres. Aquellos hombres probablemente poseían conocimientos de exorcismo, o de lo contrario, no habría forma de lidiar con un ente del inframundo.
ーNo me preocupa, en verdad.ー Murmuró la menor, apartándose de allí.
A Hanamaru no le agradaba el ruido, así que siempre intentaba estar en lugares apartados, escondidos. Una de sus mayores distracciones era la literatura, dado que no tenía muchos amigos, aprovechó la oportunidad que el Todopoderoso la brindó, para explorar mundos de otras personas; pensamientos y percepciones diferentes. En verdad fue un milagro que la enseñasen a leer, pese a no pertenecer a una familia medianamente importante. Ella misma se consideraba un mortal privilegiado por esta misma razón.
Mientras se sentaba bajo la copa de un árbol, con la sombra cubriéndola, decidió seguir con uno de los libros que empezó recientemente. Era una historia fantástica ubicada en un mundo mágico sin pies ni cabeza, con un amor prohibido y dos protagonistas enamorados. Llegado hasta cierto punto de su pacífica lectura, se nombraron a ciertos seres celestiales; los ángeles, provocando una ligera mueca en la castaña. Y es que justo en ese momento, decidió cerrar el libro, olvidando poner el marca páginas.
ーMaru... conoció a un ángel. Ese ángel sigue con ella, seguramente. Porque prometió a Maru que cuidaría de ella desde el cielo-zura.
Una infancia solitaria, una amistad efímera. Esos son los recuerdos de su niñez que atesoraba con cariño.
ーPadre, madre... la abuelita. Maru sabe que todos estarán bien... porque su ángel de la guarda prometió cuidar de nosotros. Es por eso que los demonios no me dan miedo.
Mas eso no era del todo cierto, ya que la pequeña sí temía, muy internamente. Los demonios, seres maléficos y contrapartes de los ángeles, siempre deseaban tentar a los humanos y arrebatar sus almas. Y quien sabe, pues tarde o temprano, cualquiera de sus familiares podría verse implicado en un pacto prohibido, si la desesperación y manipulación uniesen fuerzas.
De nuevo, con una expresión molesta, decidió levantarse de su escondite tranquilo, tomando su preciado libro y dirigiéndose hacia el pueblo donde vivía. Allí podría encontrarse con su mejor amiga, Ruby, que de seguro ayudaba a su hermana mayor con el rebaño. Sin embargo, una vez allí, la susodicha no estaba. Lo más probable es que ya estuviese en casa. ¿Cuándo fue que se hizo tan tarde? Hasta hace un momento el sol seguía resplandeciendo...
ーSupongo que debería irme también... ー Murmuró Hanamaru, un tanto deprimida al recordar la situación.
Sí, el como los demonios cada vez crecían más, y el como los ángeles no daban señales de vida... Esto sería una tragedia, como tantas historias que leyó, pero realmente no deseaba un destino así. Uno en el que debía entregarse a los diablos y abandonar a su abuela necesitada. Ella, solo por su querida abuelita, seguiría levantándose sin temer a la tentación. Una niña como ella podía hacerlo, porque los humanos eran los seres más poderosos de la Tierra. Nadie, pues incluso los mismísimos demonios, necesitaban de estos débiles seres para continuar existiendo, eso debía significar algo... ¿cierto?
Así es, los mortales eran poderosos, a su propia manera.
Cuando el sol volvió a saludar por la mañana, la castaña ya se había adelantado, pues esta ya estaba más que acostumbrada a madrugar, desde que comenzó a trabajar en la iglesia. Soltando un leve suspiro, volvió a su rutina diaria. Su padre, un sacerdote sin demasiado reconocimiento, debía estar allí antes del amanecer, para esparcir la palabra de Dios, mientras que su madre, una simple doncella, ayudaba a los más necesitados junto otras Hermanas.
La castaña se preparó y comenzó a caminar, hasta que pocos minutos después pudo divisar la iglesia, pero casualmente, justo en aquel momento, logró encontrarse con su mejor amiga. Fue una suerte, pues Ruby también estaba ocupada cuidando de los animales de sus padres. Afortunadamente, la pelirroja pertenecía a una de las familias más ricas de la zona, por lo que tenían mucha comida y buenas provisiones. Incluso si la situación estaba siendo difícil para todo el pueblo, ellos siempre tenían comerciantes interesados en sus productos.
ー¡Hanamaru-chaaan~! ¿V-vas de camino a la iglesia? ¿Qué harás hoy?
Con una sonrisa amable, la pequeña de la misma edad preguntó con curiosidad. Mientras tanto, la castaña solo movía los brazos, buscando como contestar de manera interesante.
ー P-pues... Por el momento, Maru seguramente solo limpie el interior de la iglesia y rece-zura... R-realmente no hacemos mucho más cuando somos tan jóvenes-zura. Ya sabes, es madre quién se encarga de los habitantes...
Ruby negó con la cabeza, sujetando las manos de la más bajita. ー ¡Sigue siendo increíble ver cuanto te esfuerzas, Hanamaru-chan! Cuando Ruby tenga tiempo irá a verte, de seguro pronto harán un coro de esos tan lindos, hehe.
ー Un coro... ー Susurró como primera respuesta, con cierta tristeza en sus ojos. Habían pasado meses desde la última canción. ー Quizás nuestros superiores no desean celebrar nada este año-zura. Uhm... o tal vez... Maru se confundió demasiado debido a su forma peculiar de hablar, ha... haha.
ー ¡No digas eso! R-Ruby te escuchó muchas veces, ¿sabes? Casi nunca te confundes al cantar. Además... Ruby piensa que se trata de otra cosa, por supuesto que no tiene que ver contigo. Son esos demonios... ¿cierto? Ruby vio a los adultos ayer... Padre estuvo con algunos.
ー Ah...
Los mayores, cierto. La castaña también recordaba a los ciudadanos molestos y precavidos. Estaba claro, los demonios ya sabían como lidiar con la prisión de los exhorcistas, por eso escapaban tan seguido.
Y es que, en este alocado y abandonado mundo, los humanos lograron encontrar diversas maneras de mantener presos a los siervos del Diablo. Aún había mucho maná y conjuros que debían aprender, para destruir esos organismos pecaminosos, sin embargo, tal y como algunos profetas daban por hecho, probablemente Dios decidió abandonarlos, pues ningún ente salvador aparecía. Nunca. Ya nada garantizaba el perdón, ni tampoco la propia salvación. Era como si el Dios al que tanto alababan hubiese decidido retirarse.
Pero justo en aquel momento, aquel instante de felicidad compartido con la pelirroja que tanto añoraba, la castaña sintió una misteriosa y suave voz susurrando sobre su oído.
ー Encuéntrame... Muérdeme tú también.
¿Qué significaba eso? ¿Quién... la habló?
ー ¡¿R-Ruby-chan?! ー Gritó, aturdida. Sus ojos abiertos y expresión perturbada lograron contagiar esa misma paranoia en su amiga, cosa que en ningún momento deseó. Pero... ¿por qué ahora? ¿Acaso su intento de no pensar en el quizás fin del mundo, merecía un castigo? ¿Tal vez... había demonios cerca burlándose?
ー ¡H-Hanamaru-chan! ¿O-ocurre algo...? De pronto tienes muy mala cara. ¿Viste algo extraño?
La menor negó, colocando su derecha sobre la cabeza, apartando por un rato su gorro eclesiástico. La pelirroja de mientras miraba a los lados con inquietud, pero no percibía nada fuera de lo normal.
ー P-perdón... solo... Maru se siente confusa-zura...
ー Encuéntrame... Muérdeme tú también.
La hermosa voz repitió la frase, en lo más profundo de la mente adolescente.
Pero Hanamaru no entendía nada, no era capaz de saber si aquello era parte de su inmensa imaginación, o realmente algo estaba manipulando su realidad. Deseaba aparentar normalidad, pero su cuerpo no tardó en comenzar a temblar, sintiendo como si su límite como mortal inexperto, estuviese al máximo. Ruby se percató de esto, y decidió sujetarla.
ー ¡Vayamos a la enfermería, Hanamaru-chan! O-o mejor aún, ¡quizás tú madre puede ayudarte! ¡Vamos!
La castaña negó otra vez, tratando de recuperar la compostura. Podía sentirlo, el como su respiración no hacía más que agitarse de a poco. Estaba nerviosa, incómoda... no quería preocupar innecesariamente a su mejor y única amiga. ー R-Ruby-chan... si Maru se siente mal... promete que no le dirás nada a sus padres... Es mejor sí... Maru intenta seguir por si misma-zura. ¿Recuerdas...? Ya es bastante difícil cuidar de la abuelita...
La pelirroja apretó los labios, sintiendo mucha rabia por no ser de ayuda. ー Entonces... al menos deja que te ayude a llegar a la iglesia, ¿s-sí...? ー Ante eso la sacerdotisa asintió, y juntas, comenzaron a caminar a paso lento, hasta alcanzar dicha zona.
Durante la caminata, Hanamaru ya parecía sentirse mejor, así que sus caminos se separaron en la entrada de la iglesia.
ー Si vuelves a sentirte mal házmelo saber, ¿de acuerdo? Intentaremos soluciar esto juntas si no quieres preocupar a los demás... pero nunca te lo guardes para ti sola, Hanamaru-chan.
ー Así será, Ruby-chan... Ya me siento mejor, así que no te preocupes-zura~.ー Una sonrisa un tanto triste, falsa, más bien, pero Ruby la aceptó y correspondió de la misma forma.
ー De acuerdo... luego nos vemos, Hanamaru-chan~...
Fue una despedida vacía y de pocas palabras, pero por el momento, al menos, Ruby no podía hacer mucho más, solo preocuparse desde la distancia.
Sin embargo, momentos después, aquello regresó una vez más; esta vez fue un susurro que provenía de lo más profundo del alma de la sacerdotisa.
ー Encuéntrame... Muérdeme tú también.
