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Capítulo 03
Sasuke sintió una opresión en el pecho. No era la reacción que había esperado de ella. Esa mujer era una actriz consumada. Lo llevaba en la sangre.
–Esta vez no tienes público, Sakura –observó con brusquedad–. Vas a tener que responsabilizarte de tus acciones.
Sasuke dio un paso al frente, pero se detuvo cuando ella alzó la cabeza y lo miró con determinación. Y algo se endureció en su interior. Por un instante había estado a punto de caer en la trampa y creer que podía ser vulnerable.
–Aún me deseas, Sakura. Podrás negarlo, pero sabes que es mentira –continuó, haciendo un esfuerzo por comportarse civilizadamente–. No pienso marcharme de aquí sin ti. Pagarás por lo que me hiciste. Y lo harás en mi cama.
Sakura abrió la boca, pero la cerró de inmediato, espantada. No le cabía duda de que Sasuke estaba dispuesto a llevar a cabo su amenaza e intentó no imaginarse la escena. ¿Cómo negar que lo deseaba tras su demostración de descontrol? Le asustaba la seguridad de Sasuke en que ella haría lo que le ordenaba. Tras la desaparición de su padre había disfrutado de la libertad por primera vez y le aterrorizaba la idea de que alguien volviera a dictarle cada uno de sus movimientos.
–¿En serio crees que me marcharé de aquí contigo así sin más? ¿Tan arrogante eres?
–Pagué un elevado precio por tu petulante necesidad de salvar la cara frente a tu padre aquella noche, Sakura –los ojos de Sasuke se oscurecieron–. Fui vetado en todos los hoteles de Europa y me colgaron el cartel de haber violentado a una mujer. Arruinada mi carrera, tuve que emigrar a los Estados Unidos para empezar de nuevo.
–¿Y qué? –espetó Sakura–. ¿Pretendes que te compense convirtiéndome en tu amante?
–Eso y mucho más, Sakura –él sonrió–. Me pagarás admitiendo lo mucho que me deseas.
«Lleva buscándote seis meses. No se marchará así sin más», pensó ella asaltada por una repentina sensación de pánico junto con algo humillantemente excitante.
–¿Y? –ella soltó una carcajada–. ¿Vas a encerrarme en tu ático y sacarme solo cuando te apetezca jugar? –a pesar de su intención, su voz la delató dando la falsa sensación de que lo estaba considerando.
–No puedo negar el atractivo de esa imagen, pero, no. No me importa que nos vean en público. Yo no tengo ningún problema con la prensa, a diferencia de otros...
–¿Y después, qué? –preguntó Sakura apenas capaz de contener su histeria–. ¿Me volverás a dejar aquí cuando hayas terminado?
–Yo me ocupo de todas mis... amantes –él se encogió de hombros–. Suelen ser autosuficientes y, con tu dominio de los idiomas, no te costará encontrar un trabajo decente, desde luego mejor que el que tienes ahora.
–Esto sí que es histórico –ella soltó otra carcajada–. Tú ayudándome a encontrar trabajo.
Sakura ocultaba que no poseía ninguna cualificación. Desde luego era capaz de hablar varios idiomas con fluidez y podía organizar una fiesta para más de cincuenta personas. Sabía decorar con flores y comportarse ante la realeza y los diplomáticos, llevar una conversación sobre política o historia del arte, pero del mundo real, no sabía nada.
Rezando para que no volviera a tocarla, se encaminó sobre sus piernas temblorosas hasta la puerta y la abrió. Aliviada, comprobó que Sasuke la había seguido, pero el alivio duró poco pues él empujó la puerta con firmeza para cerrarla de nuevo.
–Te estoy ofreciendo una oportunidad, Sakura –insistió él–, una posibilidad de construirte de nuevo una vida.
–Los dos sabemos que no se trata de ningún ofrecimiento – Sakura se cruzó de brazos y lo miró–. No llevas seis meses buscándome para luego marcharte sin más.
–Eso es cierto –él sonrió–. Pero no te supondría ningún esfuerzo, Sakura. Yo me encargaré de que disfrutes.
–¿Y todo eso durará hasta que te hayas aburrido?
–Es todo lo que te ofrezco –la expresión en el rostro de Sasuke indicó que Sakura había dado en el clavo–. Un tiempo limitado como mi amante hasta que ambos estemos preparados para seguir adelante. No tengo interés en nada permanente, y menos contigo.
Sakura apenas registró el insulto y de nuevo abrió la puerta. Y de nuevo Sasuke la cerró.
–Mira, Uchiha...
–¡No!
El grito de Sasuke la dejó sin respiración. Y cuando acercó el rostro, sombrío y feroz, sintió martillear dolorosamente el corazón.
–No, mira tú. Solo hay un final posible: accedes a venir conmigo. Si deseas otra demostración de lo susceptible que eres ante mí, me encantará proporcionártela –él se interrumpió y miró a su alrededor con evidente asco–, pero personalmente preferiría hacerte el amor por primera vez en un lugar más lujoso.
La seguridad de que la haría suya allí mismo si así lo deseaba hizo que Sakura diera un paso atrás. Le parecía tener una soga apretándole el cuello.
Sasuke contuvo la urgencia casi animal de echársela sobre el hombro y llevársela de aquel patético lugar. En cuanto la hubo besado había comprendido que no podía dejarla allí. No soportaba verla en ese lugar. Era como arrojar un diamante a una charca inmunda.
–No tienes a quién recurrir, Sakura. Si esperas que algún príncipe azul venga a rescatarte sobre su caballo blanco y te perdone por los pecados de tu padre, no sucederá. Y no olvides que yo conozco tus pecados.
Sakura lo miró con espanto. Las palabras de Sasuke habían calado más hondo de lo que le gustaba admitir. Ese hombre tenía razón. No tenía a quién acudir. Karin y ella tenían un hermanastro, pero, tras el trato recibido por parte de su padre y el modo en que ellas lo habían ignorado aquel día cuando lo habían visto tirado en la acera, no le cabía duda de que no haría nada por ellas. Ese joven se había convertido en un multimillonario hombre de negocios y seguramente las odiaba tanto como a su padre.
Su hermana tampoco sería de ayuda. Nunca lo había sido, a pesar de tener dos años más que ella. Y eso le recordó que Karin sí dependía de ella. ¿Cómo había podido olvidarse de Karin siquiera un segundo?
La respuesta era insultantemente sencilla y estaba de pie a escasos metros. Una sensación de inevitabilidad la inundó. El encuentro con Sasuke no había sido casual. La había estado buscando y, tras encontrarla, no iba a dejarla en paz. No tenía adónde ir.
Como si interpretara sus pensamientos, los ojos de Sasuke emitieron un destello triunfal. De repente, como inyectada con una dosis de adrenalina, la mente de Sakura se despejó. Si iba a marcharse de su apartamento con ese hombre, se aseguraría de que la única persona que dependía de ella se beneficiara de la situación.
La idea de hablarle a Sasuke de su hermana era un anatema. Acababa de comprobar hasta dónde llegaban las ansias de venganza de ese hombre. Si le hablaba de Karin, seguramente lo utilizaría contra ella, igual que su padre. La idea le hizo estremecerse.
Sin embargo, era consciente de que el audaz plan que estaba formándose en su cabeza le aseguraría el odio eterno de Sasuke.
La sangre de Sasuke vibraba de expectación mientras observaba a la mujer frente a él, la barbilla alzada desafiante, aunque ambos sabían que acabaría por ceder. Sería suya. El pequeño acto de rebeldía no había hecho más que demostrarle que sería el último hombre al que elegiría, a pesar de lo desesperada de su situación.
Pero lo único que le importaba era apagar la hoguera que lo quemaba por dentro. Ver a Sakura tragarse su orgullo y negar la evidente atracción mutua iba a ser una deliciosa venganza, lo mínimo que se merecía después de lo que había sufrido por su culpa.
–¿Y bien, Sakura? ¿Qué has decidido?
Sakura no soportaba tanta arrogancia y apenas podía creerse que estuviera considerando lo que estaba a punto de hacer.
En cierto modo no le resultaría difícil, simplemente volvería a representar el papel que tan bien conocía, el de la heredera sin nada más que hacer que elegir el vestido que se iba a poner. Nadie, salvo Karin, sabía lo mucho que odiaba ese papel, ese mundo vacío en el que la gente se apuñalaba por la espalda, en el que ninguna reacción era sincera.
–Te acompañaré, ahora mismo si lo deseas –balbuceó al fin mientras observaba la pequeña sonrisa triunfal que curvaba los labios de Sasuke–. Pero tengo ciertas condiciones para esta... relación –le costaba encontrar las palabras.
–¿Relación? –él arqueó una ceja–. ¿Convertirnos en amantes? ¿Pareja?
Sakura se sonrojó. A pesar de haberla dicho en tono sarcástico, la palabra «pareja», le llegó al alma. Jamás serían pareja.
–Sí –luchando contra la agitación que sentía, buscó una silla–. Tengo mis condiciones.
Sasuke cruzó los brazos sobre el pecho. Parecía casi divertido. Era evidente que solo la quería para una cosa y ella se aprovecharía de su deseo.
–Quiero dinero –declaró con firmeza.
Sakura no pudo evitar un respingo ante sus propias palabras. La habían criado como la reina de la diplomacia y, sin embargo, con ese hombre apenas era capaz de hilar dos frases juntas. Aunque su vida dependiera de ello, con él no podía fingir.
Una extraña sensación se instaló en el estómago de Sasuke al asimilar las palabras de Sakura. Debería habérselo imaginado. Una mujer como ella jamás lo haría gratis. Esperaba de él que pagara generosamente por el privilegio de llevársela a la cama, del mismo modo que había pagado por la primera vez que la había tocado.
–Jamás he pagado por acostarme con una mujer –sentenció con evidente asco.
Sakura palideció y Sasuke tuvo que reprimir el impulso de soltar un bufido. ¿Cómo podía parecer tan vulnerable cuando estaba ahí de pie pidiéndole dinero por ser su amante? Las bonitas mejillas se incendiaron y él sintió cierto consuelo al adivinar su lucha.
–Son mis condiciones –insistió ella–. Quiero una cierta cantidad de dinero. De lo contrario, no iré a ninguna parte. Y si te acercas a mí, me pondré a gritar como una loca.
–¿Para atraer a tus vecinos? –él sonrió–. No vi que nadie se asomara al pasillo cuando esos de ahí estaban gritando. Pero ¿exactamente de cuánto dinero estamos hablando?
Sakura tragó saliva y se humedeció los labios llamando con ello la atención de Sasuke hacia las rosadas y jugosas protuberancias.
Maldita fuera esa mujer. La deseaba y estaba dispuesto a pagar casi cualquier precio por ella.
Sakura se sentía asqueada, pero había llegado demasiado lejos para echarse atrás. Sabía que Sasuke iba a despreciarla por aquello, pero mientras la deseara todo iría bien.
Nombró una cifra, precisamente la cantidad de dinero que necesitaba para asegurar los cuidados de Karin durante un año. Si iba a hacerlo, por lo menos que mereciera la pena. Un año de terapia y rehabilitación bastaría para asegurar la recuperación de su hermana.
Sasuke soltó un pequeño silbido y su mirada se endureció. De nuevo dio un paso hacia ella y Sakura tuvo que esforzarse por no recular. Curiosamente, tras haber mostrado sus cartas, sentía que se había librado de una pesada carga.
–Tienes un caché muy elevado.
–¿Y qué? –Sakura sentía arder las mejillas de vergüenza, pero se mantuvo firme.
–Por esa cantidad, creo que tengo derecho a probar la mercancía antes de tomar una decisión ¿no crees?
Sakura se revolvió indignada ante las palabras de Sasuke a pesar de reconocer que sería una hipócrita si le recriminara por ellas.
Y antes de que pudiera reaccionar, él la tomó por la nuca y la atrajo hacia sí.
–Yo no pago por sexo –rugió él–. Jamás lo he hecho y jamás lo haré. Me parece asqueroso e inmoral. Sobre todo, cuando tú lo deseas tanto como yo...
Antes de terminar la frase ya había tomado posesión de los rosados labios. Sakura se sentía aturdida y acalorada. Apretada contra él, percibió la magnitud de la excitación masculina.
Los labios de Sasuke la obligaron a abrir los suyos y supo que ya no habría vuelta atrás. Las lenguas se encontraron en un seductor y exigente baile. A su pesar, Sakura emitió un gemido. Sasuke la poseía con sensual maestría y, lejos de molestarle, se apretó más contra él y le rodeó el cuello con los brazos.
Sasuke deslizó una mano por el costado de Sakura. La joven era plenamente consciente de la anticipación que le hinchaba los pechos y endurecía los pezones.
Pero él no le acarició esos pechos, tal y como ella deseaba que hiciera. Se paró en seco y levantó la cabeza. Sakura abrió con esfuerzo los ojos y los fijó en la mirada oscura que la censuraba por negar tozudamente su atracción. Respirando entrecortadamente, supo que debía apartarse, pero era incapaz de moverse.
–Por mucho que me cueste admitirlo –Sasuke habló con voz ronca teñida de desdén–, quizás merezca la pena pagar la astronómica cifra que pides por acostarme contigo.
Concluyó la frase apartándose de Sakura que se sintió tambalear.
–Desde luego has aprendido mucho, Haruno –continuó él–, aunque no sé en qué camas habrá sido. ¿Fueron tus anteriores amantes los que te enseñaron a destilar esa mezcla embriagadora de inocencia y sensualidad que vuelve locos a los hombres?
Ese hombre no tenía ni idea y no podía explicarle que todo había sido real. Sakura se juró a sí misma que haría lo que fuera para que él jamás lo supiera.
–¿Y qué te esperabas? –preguntó haciendo un esfuerzo por recuperar la compostura–. ¿Una pobrecita heredera aún virgen? Estamos en el siglo XXI y seguramente ya sabrás que las vírgenes pertenecen al pasado junto con los caballeros andantes y sus caballos blancos.
Sasuke se apartó aún más de ella intentando reprimir la tensión que emanaba de su cuerpo. La odiaba, y se odiaba a sí mismo porque sabía que no tendría la fuerza suficiente para marcharse de allí sin ella, para mostrarle otra cosa que no fuera desdén. Tenía que hacerla suya, tenía que cerrar el desagradable episodio de una vez por todas.
Miró a Sakura y, para su desconsuelo, su determinación estalló en mil pedazos. Tenía los cabellos revueltos, las mejillas encendidas, los labios hinchados. El pecho ascendía y descendía entrecortadamente y los preciosos ojos jade emitían furiosos destellos.
En ese momento sintió un irrefrenable deseo de tomarla allí mismo, en el mugriento apartamento. Deseó cambiar el gesto desafiante por otro mucho más complaciente. De creer que con una vez bastaría, lo haría, pero sabía que no era así y haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad decidió que esa mujer no lo rebajaría hasta ese punto.
Sakura recuperaba poco a poco el control con las palabras de Sasuke aún resonando en su cabeza: «Yo no pago a las mujeres por sexo. Jamás lo he hecho y jamás lo haré. Es asqueroso e inmoral». Y lo triste era que estaba de acuerdo con cada una de esas palabras.
Al fin consiguió arrancar la mirada de los azules negros y caminar sobre unas piernas tambaleantes de nuevo hacia la puerta, segura de que Sasuke se marcharía para siempre.
–¿Qué estás haciendo? –preguntó él antes de que Sakura pudiera abrir la puerta.
–Acabas de decir que nunca has pagado... –ella lo miró perpleja.
–Sí, y lo dije en serio –contestó él con expresión imperturbable.
–¿Entonces...?
–Hay otros medios de pago –Sasuke se cruzó de brazos–, y no son tan... descarados.
–¿A qué te refieres? –el traicionero estómago de Sakura dio un vuelco al saber que no estaba dispuesto a dejarla.
–Regalos –él sonrió con cinismo–. Muchas mujeres, y hombres, se han beneficiado de la generosidad de sus amantes durante siglos. Cuando nuestra relación haya terminado podrás hacer con ellos lo que quieras, como convertirlos en el dinero que tanto necesitas.
–Regalos –repitió Sakura–. ¿Qué clase de regalos?
–De los caros –Sasuke encajó la mandíbula–. Joyas, como las que llevabas aquella noche.
Sakura se sonrojó al recordar los valiosísimos pendientes y el collar de diamantes que su padre le había regalado para el baile de debutantes en París. Habían pertenecido a su madre, pero las autoridades se lo habían llevado, junto con todo lo demás.
En el fondo se sintió aliviada por no tener que recibir dinero. Las joyas convertían lo que estaba a punto de hacer en algo más decente y se consoló con la idea de que no sería la primera amante a quien Sasuke hubiera regalado joyas.
–De acuerdo –asintió al fin–. Aceptaré regalos como medio de pago.
–Por supuesto que lo harás –él sonrió de nuevo.
–¿Y... qué esperas de mí? –Sakura se imaginó la escena y sintió pánico.
La sonrisa de Sasuke se esfumó y, de repente, su rostro adquirió una expresión de dureza. No parecía un hombre que deseara tan desesperadamente acostarse con ella que estuviera dispuesto a pagar cualquier precio.
–Considerando el precio que has puesto, espero que seas una amante dispuesta, afectuosa e imaginativa. Soy un hombre muy activo sexualmente, Sakura, y me enorgullezco de satisfacer a mis amantes, de modo que espero lo mismo a cambio. Sobre todo, de ti.
Sakura tuvo que hacer un esfuerzo para controlar una risa histérica. ¿Amante imaginativa? Ya tendría suerte si conseguía ocultarle su inocencia. No le costaba mucho imaginarse la reacción de ese hombre si se desvelara su verdad, incluso podría rechazarla por ello. Aunque tentada de soltárselo todo, pensó en su hermana y eso bastó para cerrarle la boca. No había vuelta atrás. Solo podía ir hacia delante y aceptar las consecuencias de las acciones que había desatado cinco años atrás.
–¿Y durante cuánto tiempo me quieres contigo? –preguntó con voz temblorosa.
Sasuke se acercó a la puerta y le acarició la mejilla con un dedo, arrancándole un escalofrío. Su mirada negra recorrió el femenino cuerpo antes de posarse en sus ojos.
–Creo que una semana bastará para satisfacer mi deseo de retribución, y el tuyo.
Sakura dio un respingo. No le pasó desapercibido el insultante comentario de que una semana bastaría. Debería sentirse aliviada.
Una semana resultaría soportable.
–Una semana pues –asintió ella mientras se convencía a sí misma de que siete días no serían más que una gota en el océano de su vida. Podría con ello.
–Me muero de impaciencia de que llegue la semana que viene – Sasuke sonrió, aunque la sonrisa no alcanzó a sus ojos–. Por fin podremos dejar el pasado atrás. Para siempre.
–Créeme, el sentimiento es mutuo –le aseguró ella.
–Recoge tus cosas, Sakura –tras un momento de tensión, Sasuke dio un paso atrás–, y asegúrate de no dejar nada.
–Pero, cuando todo termine, volveré aquí...
–Jamás regresarás a este lugar –le aseguró él con una mirada de desprecio.
Sakura abrió la boca para protestar, pero se lo pensó mejor. Era lógico que Sasuke pensara que no iba a regresar a ese lugar sabiendo que iba a convertir las joyas que le iba a regalar en dinero.
Lo que no sabía era que en una semana estaría tan arruinada como en esos momentos, y no podía permitir que su mente aguda lo dedujera.
Ya se preocuparía por ello cuando llegara el momento, decidió mientras se dirigía al dormitorio en busca de la maleta. Unas pocas horas antes, lo único que había tenido en la cabeza era cómo terminar la velada sin desmoronarse por el agotamiento y la constante preocupación por su hermana. Ya no le quedaba dinero suficiente para su tratamiento.
Pero de repente su vida había quedado patas arriba y había surgido un inesperado benefactor para Karin. La semana parecía estirarse como una condena en presidio. Sin embargo, Sakura sentía una punzada de anticipación. ¿Esperaría Sasuke que se acostara con él esa misma noche? La idea hizo que el corazón le diera un vuelco y se le secara la boca. Aún no estaba preparada, ni lo estaría en un millón de años.
Saberse receptora de tan intensa masculinidad resultaba abrumador ante su inexperiencia. Sakura descolgó la ropa del perchero.
Ni siquiera tenía un armario y casi soltó una carcajada al recordar el dormitorio del que había disfrutado toda su vida con su cama de cuatro postes.
–En realidad, puedes dejarlo todo aquí –Sasuke apareció a su espalda–. A no ser que poseas algo con valor sentimental. Yo te proporcionaré un guardarropa nuevo.
A Sakura no le cupo la menor duda de que la mayoría de las mujeres que habían pasado por la vida de Sasuke se habría sentido más que dispuesta a complacerle y tuvo que desestimar una extraña sensación al pensar en ellas. No eran celos, no podían serlo. Odiaba a ese hombre por lo que le estaba haciendo y en qué se había convertido.
La humillación por lo que iba a permitir que sucediera, y la seguridad de que no tenía ninguna elección, pues era su única posibilidad de ayudar a Karin, le dio fuerzas.
–Dame cinco minutos –exigió.
